19 marzo, 2011

Leños encendidos. Por Francisco Sosa Wagner

La comunicación humana se mide ahora por caracteres, tipo de letra, fuentes en línea y no sé cuántas zarandajas más. A través de internet los mensajes son escuetos como verso farfalloso y lo que antes llamábamos recados, y hoy calificamos como SMS, se llenan de siglas, apócopes y otros metaplasmos, abominables en su mayoría.

El teléfono móvil se usa asímismo para conversaciones mercantiles (“me mandas el listado de stocks y te envío por attache el factoring y el merchandising”) o para intercambiar informaciones tontas. Todo además a grandes voces. Como hago muchas horas en los trenes no tengo más remedio que oír a los viajeros y sorprende advertir la presencia de personas, que visten años y calzan muchas leguas andadas, coger el teléfono para comunicar el emocionante dato de que el tren está pasando por Burgos y chispea.

Es decir, nunca la técnica había puesto a nuestra disposición más posibilidades para comunicarnos y nunca las habíamos desaprovechado con tanta vehemencia.

Y luego están todos esos “amigos” que nos salen en las “redes sociales” que se cuentan por centenares y que aumentan de día en día. Se agradece, claro es, que alguien se acuerde de nosotros y también es una alegría recuperar el contacto con algún compañero de correrías estudiantiles o saber de pronto de alguno de esos amores que se hallaban extraviados entre los renglones de la prosa gárrula que es la vida. Pues son como velas que se encienden cuando ya creíamos la cera definitivamente agotada.

Pero amistad, lo que se dice amistad, es otra cosa y bien distinta. La amistad es un camino largo, cercado por aventuras y experiencias, un camino de placeres y dolores que, cuando se vive auténticamente, permite arribar a puertos remotos y escalar cimas claras y brillantes desde la que se divisa un paisaje de emociones compartidas y de sentimientos dignos. La amistad es un perfume donde conviven la generosidad y el altruismo con otras especias que tienen vida, una vida crepitante como la tienen los leños encendidos.

Y la amistad real, no la ficticia, es un portón que se abre para hacer entrar por él ese torrente de palabras bien aderezadas que llamamos conversación. Eso es lo que hoy muchos echamos de menos: hablar, en un lugar sin ruidos, donde no haya un televisor inclemente, ni música ambiental (habría que instaurar, para quienes nos torturan con ella, una pena especial y de las gordas en el Código penal), tan solo los hablantes, con un vaso de buen vino, que disparan sus ideas, sus temores, sus esperanzas, también sus puyas mal intencionadas.

Aquellas tertulias de antaño son un sueño hogaño. Uno piensa en las que tan bien se describen en novelas como “Pequeñeces” del Padre Coloma y en tantos testimonios de principios del XX, con aquellos escritores que formaban un corro de admiradores/aduladores y en los que aprovechaban para pontificar saltando de la observación sesuda al disparate, de la maledicencia a la ternura.

¿Cuándo se cometió el tertulicidio y se asesinó la conversación? Estos delitos hay que imputarlos a la televisión y les ha aplicado un ácido ya definitivamente destructor el SMS y el móvil.

El caso es que nuestra vida se alarga y se alarga con el omega 3 y la piscina de los SPA pero se contrae encapsulada en siglas, en iniciales, en caracteres ... Una vida en formato Times New 12.

18 marzo, 2011

Para qué valen los obispos

Medianoche. Ceno con muy queridos colegas, regreso al hotel y echo un vistazo a la prensa en internet, más que nada por ver qué pasó en Japón en este rato. Me encuentro con unos obispos en la portada digital de ABC. Ellos a lo suyo; o sea, metiéndose donde nadie los llama, donde carecen de toda competencia y donde tienen la misma legitimidad que un ciudadano cualquiera sin sotana ni gaitas. Que dicen que reconocen “los rasgos nacionales propios de Cataluña”. El desinteresado reconocimiento aparece en una carta pastoral titulada “Al servicio de nuestro pueblo”. Yo, que no soy oveja de su redil, pensaba, tonto de mí, que su pueblo era el pueblo de Dios y que ahí no había fronteras ni estatutos ni más autodeterminación que la heterodeterminación de no desear a la del quinto ni comer carne los viernes de cuaresma. Pero no.

Tampoco sé de qué me sorprendo. Será por las cervezas que traigo, que me ponen sensible y pelín áspero. Al fin y al cabo, ellos siempre reconocen lo que toque allí donde estén, lo mismo un alzamiento que un bajativo. En Madrid reconocen una unidad de destino en lo universal y en Tarragona o en Almería, si se tercia, reconocerán una unidad de destino en lo particular. Tan impropio de su ministerio lo uno como lo otro, aunque su ministerio no tiene a estas alturas ningún misterio: estar a bien con el que mande en cada lugar y colocarse los primeros para hacer méritos, por lo que pueda pasar. Señorito, deme algo y yo le aplico hisopo y bendigo su empresa. Tienen su criterio y lo tienen bien claro, sólo que es el suyo. Como sus ideales son trascendentes más que nada, aquí abajo tienen malos libres para estar en la procesión y repicando, una vela a Dios y otra a su panza. Dejemos que los niños se acerquen a ellos mientras ellos juegan con el manos libres.

En cuanto vuelva a casa voy a presentar una propuesta en mi comunidad de vecinos: que hagamos una carta ganadera con una lista de objeciones a la Santísima Trinidad y a varios mandamientos. Ya sé que no es de nuestra incumbencia y que bastante tenemos con el lío de los jardines y los garajes. Pero tampoco esos señores pintan nada reconociendo naciones unitarias o mediopensionistas, y míralos. Así que, si jugamos, jugamos todos.

Citan a Juan Pablo II y dicen que "los pueblos europeos unidos no aceptarán la dominación de una nación o de una cultura sobre todas las demás". Vale. Pueden decir lo que quieran y hasta decir misa, porque nosotros no somos muy de hogueras. Tan fuera de lugar como si afirmaran exactamente lo opuesto. Pero los de mi portal vamos a cambiar nada más que una frasecita y por la misma regla de tres de que cada uno se puede meter donde no lo llaman. La nuestra va a quedar así: “Los pueblos europeos unidos no aceptarán la dominación de una iglesia o de una fe sobre todas las demás”. Firmado, Juan Antonio I, papá. Qué pasa.

17 marzo, 2011

Los tejemanejes del constructivismo

Voy a cambiar de vida, sí o sí. Nadie me cree: no me cree mi mujer, no me creen mis amigos, no me creen mis compañeros. Pero se equivocan, voy a cambiar de vida. O sea, que voy a dejar de hacer (tanto de) dos cosas que me tienen frito: viajar con cualquier pretexto y hacer escritos de encargo.
Lo primero lo voy a solucionar pidiendo pasta. Oye, igual que otros profesionales. ¿Quiere usted que le repare esa cañería que se le rompió, ya que soy fontanero? Pues tantos euritos. ¿Necesita usted una ponencia la mar de guapa o una conferencia para una señalada ocasión, y mejor si es de un tipo con acento de allende los mares? Vale, son mil euritos. Y si piensa publicar las actas, no me sea pillín y no vaya a avisarme después como si ya me hubiera avisado antes. Por el texto, mil euritos más, hala. A tomar por el saco. Que digan que no y así viviré mucho más tranquilo y a mi bola. Y si dicen que sí, por lo menos tendré para los regalitos que llevo a casa a la vuelta. Que ahora, a veces, pierdo dinero y todo, porque cómo me voy a pasar todos esos días en la Conchinchina y no traer al menos una pulsera maja para quien me dio el permiso.
L0 de los articulejos de encargo es otro cantar. Hoy en día no hay colega ni amigo que no esté coordinando un libro colectivo y que no te invite, con el argumento de que, joer, si participan todos los grandes de la especialidad, cómo no vas a estar tú también, con lo enorme que eres. Luego, a la hora de la verdad, aparece ese trabajo tuyo, que te costó medio divorcio y perderte tres partidos de la Champions y resulta que a su lado, en el índice correspondiente, están sólo los de un tal López, de Bolivia, Fernández, de Perú, y García -otro-, de Villanueva de la Serena, de un I.E.S. de allá. Dicho sea con todos los respetos para bolivianos, peruanos, serenos y compañeros secundarios, claro. Pero lo que jode es que, cuando preguntas que por qué no figuran el artículo que Dworkin iba a escribir para la ocasión o el que Ferrajoli había comprometido, segurísimo, te contestan que porque están mayorones del todo y hechos unos zorros y que mírate tú, en cambio, qué guapeton y lozano y que, como lo estás haciendo muy bien, muy bien, muy bien, cariño no pares y sigue escribiendo y ahora mándame algo para un nuevo monográfico que voy a editar y tienes de plazo tres semanas. Pues me voy a negar. Este menda ya no escribe de encargo, salvo que con el encargo vengan un cheque de aquella manera o, al menos, unos percebes o cosa que se pueda disfrutar sensorialemnte. Ya nos entendemos. Y punto.

Se me fue la mano, ando calentito. Estoy ahora mismo en la estación de Orense, camino de Santiago, ultimando un trabajote de encargo que me tiene hasta ahí y más. Así que no tengo tiempo para otras cosas y les doy este trocito, un fragmento de nada, que a lo mejor hasta es algo legible y se entiende un poco.

Con mis disculpas por ser tan pelmazo. Y con afecto, eso sí.

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Los tejemanejes del constructivismo ético.

En esquema, o en caricatura , el constructivista es aquel que viene a sostener que, en cualquier sociedad madura y con auténtica democracia deliberativa, la mayoría, o -idealmente- todos, coincidiría en otorgar a cada valor moral el mismo contenido: concretamente el que yo, constructivista, le asigno. Es decir, deliberando en libertad, con suficiente información, con imparcialidad y con buen respeto a las reglas de la argumentación racional, todos llegarían, para cada norma o cada caso, a las mismas conclusiones a las que yo llego por mi cuenta y sin deliberar con nadie. Pues nunca se ha visto un constructivista que formule un enunciado como éste: “yo, en tal asunto de razón práctica, me inclino o prefiero o estimo más racional la tesis T, pero admito que puede tener más razón este legislador o aquel juez al preferir la tesis T´, ya que seguramente ahí ha tenido lugar un proceso reflexivo y deliberativo más puro que el acaecido en mi mera conciencia”. Jamás se ve un razonamiento así entre los constructivistas. Al contrario, su idea es que si los otros no han llegado a la conclusión de él, es porque no han reflexionado con la imparcialidad que deben ni deliberado con la ecuanimidad necesaria .

Permítaseme explicar lo del constructivismo todavía de otra forma más. Las éticas constructivistas parten de que nuestros concretos juicios en el campo de la razón práctica pueden y suelen estar viciados por nuestra inevitable inserción en el “mundo de la vida” (determinaciones culturales, sociales, prejuicios compartidos…) y en un entramado de intereses puramente personales, todo lo cual nos determina de manera consciente o, sobre todo, inconsciente. Es decir que cuando yo afirmo “X es justo”, y aunque lo haga con la pretensión y el convencimiento de que tal afirmación es racional y de que es racional también la reflexión mía que está en la base, yo seguramente estoy expresando con ese juicio lo que es el producto de mi concreta socialización, de las pautas culturales de esta sociedad en la que vivo e, incluso, de mis intereses, temperamento e inclinaciones puramente personales. Esto, según el constructivismo moral, no ocurriría así si los individuos fuéramos capaces de razonar con prescindencia total de tales condicionamientos sociales y personales, nada más que en cuanto seres humanos genéricos dotados de una razón no desfigurada por esas “contaminaciones”. Así que se propone el siguiente experimento: si somos capaces de imaginar cómo razonaría y a qué conclusiones llegaría, en estas materias de razón práctica (moral, Derecho, política...), un sujeto perfectamente imparcial y no dirigido por prejuicios como aquellos, estaremos reconociendo que eso que pensamos que diría un sujeto imparcial es, por una parte, lo que sostendría cualquier sujeto imparcial, por lo que los acuerdos, incluso unánimes, entre individuos imparciales serían posibles; y, por otra parte, tendremos que admitir que eso que pensamos que pensarían los imparciales es lo verdadera y objetivamente racional, y no lo que opinamos nosotros cuando razonamos tal como somos, condicionados, prejuiciosos y, en consecuencia, no imparciales. Y entonces el constructivista hace su salto y dice: pues ya está, puesto que estoy seriamente convencido de que mi afirmación “X es justo” es la misma que sería objeto del acuerdo entre sujetos razonadores plenamente imparciales y, por tanto, en pleno ejercicio de una razón práctica no manchada de prejuicio, puedo decir que esto que pienso yo (que “X es justo”) es perfectamente racional, aun cuando lo haya pensado yo y no conste que se haya reunido aquella asamblea hipotética de imparciales, llámese auditorio universal, comunidad ideal de diálogo o situación originaria bajo el velo de ignorancia.

Lo que nunca hemos visto hacer a un constructivista es afirmar “X es justo” y añadir luego que eso es lo que le parece a él, que es un sujeto inserto en su horizonte social y personal particular, y que vaya usted a saber si pensaría igual un individuo sin prejuicios ni influencias sociales, culturales y contextuales. Por eso el constructivismo gusta a tantos que piensan entre sí distinto: porque a todos les parece que les refuerza sus razones, que deberían ser las razones de todos si la gente fuera como es debido. No compromete a nada más que a estar de acuerdo con uno mismo en que uno mismo tiene razón. Es un buen respaldo de la autoestima.

16 marzo, 2011

Bajando de las nubes

Algo va a tener que pasar o deberán las generaciones nuevas que elegir con sana reflexión y buen tino. El mundo que hemos vivido los de mi generación y similares no va a ser igual. Hemos tenido mucha suerte, se diga lo que se diga. No conocimos guerras cercanas, no supimos del hambre de verdad, los servicios públicos funcionaron bastante bien y hasta le sacamos su tajada a un Estado del bienestar que tuvo más de milagroso que de merecido. No nos ha faltado de nada, o casi, hemos viajado, hemos comido como leones, hemos tenido nuestras farras impunes. Vivimos, en suma, como quien aprovecha el maná y hasta siente que lo merece. Nacidos para la gloria y la cuchipanda, elegidos para el derroche, probadores de placeres diversos y señores de la naturaleza y de una hedonista vida propia.

Se va a acabar, probablemente. O se termina ese estilo procaz de buen vivir o se asumen conscientemente los riesgos que acarrea. Se va a terminar lo de estar en la procesión y repicando, lo de nadar y guardar la ropa de marca en el vestidor lujoso del chalet, cobrando sin pagar apenas, criticando sin dar buen palo al agua, pontificando a humo de pajas desde un olimpo hogareño y una tarima barata. Se termina, sí. Pronto habrá que elegir entre el cambio y el miedo, tendremos -o tendrán nuestros hijos- que optar entre la modestia o la estoica asunción de los finales, cuando toquen.

Con los resabios de aquel marxismo de antaño se diría que son las contradicciones objetivas las que estallan ahora que las centrales nucleares japonesas explotan. Pero más bien da la impresión de que las que habrán de saltar por los aires son nuestras contradicciones subjetivas, personales, íntimas. La noche entera debatiendo sobre ecología con las luces todas encendidas, la excursión a la montaña en cuatro cuatros por cuatro para observar alguna peculiar margarita de los riscos, el jet privado de algunos para pontificar a veinte mil euros la horita sobre ahorro energético.

A mí, gañán perenne, me va a costar fregar los cacharros después de comer sin tener media hora corriendo el grifo del agua caliente. Cuando el agua caliente llegue solo un par de horas por jornada reaprenderé a lavar en una palangana, como cuando en Ruedes. Me viene el recuerdo de lo que eran los inviernos sin más calefacción que lo que de la casa calentara aquella cocina de carbón y maderos. Acostarse con calcetines, calzoncillos abrigados y hasta jersey de lana era más gozoso de lo que cualquier jovenzuelo del presente pueda suponer. Tal vez más gustoso que ese despertarse sudando esas noches en que se nos olvidó, antes de acostarnos, bajar el termostato casero de veintitrés graditos de nada. Hogares caribeños en plena meseta castellana (bueno, o leonesa, qué coño importa ahora que Japón puede ser tan solo una isla en la memoria).

A lo mejor no se sentirán tan desgraciados nuestros nietos al notar la felpa en el reverso de la mano que acaricia la piel ajena, o cuando viajar lejos sea como antaño la soñada aventura que ocurre pocas veces en la vida, o al redescubrir que los conciudadanos son de cuerpo entero y caminan, bípedos, no esos demediados monstruos cariacontecidos que se agarran a un volante y dan vueltas y vueltas en la noria urbana. Quien sabe si hasta volveremos a hablarnos, si volverán a hablarse, y serán en verdad sociales las redes sociales, como en aquella infancia del pueblo que a los niños ya les parece un invento más, otra historia de gormitis, pero con boina y madreñas, embeleco para que coman y callen. Quizá dentro de poco no haya que regañar a los mocosos para que coman, sino enseñarlos a domeñar el hambre y administrar un vaso de leche diaria, si la hay.

El desastre es la contrapartida de la opulencia, el apocalipsis es la bala juguetona de nuestra ruleta rusa. O jugamos o no jugamos. Es cuestión de pensarlo. Lo que no tiene presentación es que nos apuntemos a la sien con la sonrisa boba del lelo que cree que es la carga es de fogueo.

Miro a Elsa y se me ocurre que por qué no va a ser feliz de otra manera. Sólo tendrá que olvidar lo que le estamos enseñando, desvivir la vida postiza nuestra; igual que otros, los mayores que de niños fuimos felices, deberíamos recordar lo que un día aprendimos.

14 marzo, 2011

El Derecho es ciencia oculta

El Derecho es un misterio y la ciencia jurídica se ha vuelto una rama de las ciencias ocultas. Buscarse un abogado o pedir dictamen jurídico es ya como acudir a un echador de cartas o asesorarse con un nigromante. El especialista en Derecho da en el clavo tantas veces como lo hacía el augur de antaño que interpretaba el vuelo de las aves o las vísceras de las bestias. Si las cosas no salen como se previó en tal adivinación, se puede cargar la culpa a algún pato que se desvió de la bandada o a algo que comió el bicho y le oscureció el hígado. Ir a juicio por un caso algo complejo no se diferencia de jugarse la hacienda a las chapas o la vida a la ruleta rusa, pues es tan caprichoso el veredicto del foro como veleidosa resulta, de siempre, la diosa Fortuna.

Y eso cuando hablamos de los muy profesionales jueces y magistrados, de los más sesudos profesores o de los abogados con más salero. Qué decir de los especialistas que cobran de la Administración para darle alivio jurídico y que, por lo que se ve, andan faltos de tiempo para expurgar gacetas oficiales y aligerar el ordenamiento legal de sobrepeso y grasas. Véase si no el gratuito revuelo que se formó en esta Castilla y León de nuestros pecados a propósito del decreto de hace una década que estipulaba incompatibilidades salariales para los que trincan cargo político sin dejar de ser funcionarios, o a la inversa. Casi se mueren del susto más de cuatro sinvergonzones, y total para nada. Después de días de sobresalto, resultó que no había caso, pues la norma autonómica en cuestión había sido derogada por una ley estatal. Y nadie los sabía, claro. Como la autoridad nunca había tenido intención de aplicar el decreto de marras, no se enteró de que ya no regía. De cajón.

Para eso sirve esta diarrea legislativa que padecemos, este superponerse normas legales y autonómicas, este afán de cada parroquia, si la dejan, por tener su propio código civil y un buen ramillete de variados reglamentos: para que los árboles de las normas no dejen ver el bosque de un Derecho que en verdad lo sea, para que medren a gusto los pescadores de río revuelto y para que a los ciudadanos nos la den con queso en lugar de con una legalidad que merezca tal nombre.

13 marzo, 2011

Por qué me siento raro en mis clases

Hoy el tema va de confesiones e íntimos devaneos. Me he hecho la pregunta del título y no veo muy clara la respuesta, pero buscaré más luz explayándome con usted, amigo lector.

Es verdad lo que digo, me noto alienado y encorsetado, casi inseguro, en mis clases ordinarias en la facultad. Es una sensación que se ha ido fraguando de poco para acá. Para poner la dolencia en sus adecuados términos, debo agregar rápidamente dos matices. El primero, que siempre, hasta hace una temporadilla, me he sentido un docente vocacional y disfrutaba mucho esa labor; tanto, que las horas en ella me pasaban volando y a menudo me daba pena que se acabara la sesión del día. Fue así desde el principio, desde novato y cuando todavía llevaba las lecciones prendidas con alfileres. Ahora resulta que, cuando ha transcurrido tiempo de sobra para que uno ya domine mucho mejor lo que tiene que explicar, hay una luz que se apaga, un ánimo que decae. ¿Por qué?

El matiz segundo es que eso no me sucede cuando he de dar clases en otras partes, ante otros auditorios estudiantiles, sean del grado que sean. Varias veces al año dicto cursos en universidades latinoamericanas (en esas ando estos días, precisamente), amén de en otros foros de allá, y siempre renace el gusto y retorna el disfrute. Así que tal parece que el problema lo tengo aquí. ¿Por qué?

La hipótesis que se me ocurre es que se han modificado dos factores: la actitud –real o presunta- de los estudiantes y el patrón institucional. Vamos con ellos.

Todo profesor y cualquier orador sabe cuánto condicionan los auditorios, cómo las actitudes de los que están enfrente son las que influyen bastante para que uno se sienta mejor o peor. Siempre ha sido así y cada nuevo curso se percibe enseguida si esa particular convivencia va a ser grata o pesada. Cada grupo humano adquiere su particular carácter, tiene su impronta, desprende una especie de aroma distinto. En todo grupo hay de todo, por supuesto, pero muy pronto se capta cuál es el estilo dominante, el patrón que impera. Pues bien, con los altibajos de rigor (hace cuatro años me topé con un grupo absolutamente magnífico y alentador), esta temporada me invade la sensación de que me dirijo a alienígenas.

Entiéndase lo que digo y véase que para nada deseo ser faltón o desconsiderado. Siempre hay unas cuantas personas que con su manera de estar te estimulan y con la mirada de esos acabas quedándote para todo el curso. Lo que quiero decir al usar la imagen de los alienígenas es que a la gran mayoría de los presentes se les nota como idos y perplejos, como si, recién descendidos de la nave espacial, anduvieran todavía preguntándose qué hacen unos marcianos como ellos en un aula como esa y ante un profesor así. Y permítanme que les confiese inmodestamente que me tengo por docente bastante claro y escasamente aburrido. Pero el tema no es el de si tal o cual profesor les gusta o les produce grima por su estilo o su método, no; la clave está en un paso previo: no saben bien por qué han ido a dar con su body allí ni le encuentran el intríngulis a lo que en el lugar se hace. Es como si, de pronto, a mí me ponen en una asamblea de fanáticos del macramé y me dicen que debo aprender algo de lo que en tal lugar se diserta y, para colmo, asimilar unas competencias y unas habilidades de tan peculiar arte. Pues me quedo con cara de estupefacción, como ellos.

¿Y antes no era así? Habría de todo, como ahora, pero hablamos de tendencias y predominios. Antes no era tan así. No porque el estudiante de hace alguna(s) década(s) fuera por sí más capaz; hasta podemos poner entre paréntesis el viejo debate sobre si ahora llegan a la universidad los alumnos con menor preparación básica. Seguramente sí, pero dan ganas de desmentir ese dogma cuando uno lee lo que redactan o cómo hablan o qué cultura tienen algunos colegas ya talluditos que no son precisamente de la LOGSE. Me parece que lo que se ha modificado son las maneras de estar y las presunciones aplicadas. Veamos.

Hace un tiempo a la universidad se iba, por lo común, con un propósito de legítimo medro social. Se entendía como una transacción: a cambio de un esfuerzo intenso que me van a exigir, recibiré el visto bueno y el pasaporte para llegar a oficios y posiciones que no están al alcance de todos. Que no deben estar al alcance de todos, se creía, incluso, cuando no éramos tan imbécilmente igualitaristas en lo secundario para que siga camuflándose la desigualdad que importa, que es la de oportunidades reales. Algunos, bastantes, hasta aterrizábamos en la universidad huyendo de algo que nos perseguía y que nos alcanzaría si no nos andábamos listos: el arado, como en mi caso, el andamio, la mina…, la miseria o el duro trabajo físico.

El estado del bienestar mal entendido ha hecho mella y esa ecuación se ha descompuesto. Suele afirmarse, nuevo dogma en mano, que los estudiantes ya no valoran el esfuerzo ni son aptos para él. Es una verdad a medias, ya que es la sociedad misma la que no lo toma muy en cuenta. Son preferibles el pelotazo, la bonoloto, la jugada de ventajista, la especulación, el tocomocho, la soez desvergüenza, la prostitución mediática o de la otra. Ah, o jugar bien al fútbol. La mayor parte de los muchachos que uno se tropieza en las aulas son y se sienten futbolistas fracasados. Si la lección versara sobre los muslos de Sergio Ramos, sí pondrían atención y les vendría el estímulo. Pero vaya usted a contarles cosas sobre leyes y decretos. Para qué. ¿Lo qué?

Han aparecido en la universidad porque las familias no se perdonan no tener hijos con título universitario. No ha habido opción. Algunos intentaron resistir esa presión a base de suspender en el bachillerato (o como carajo se llame), pero los aprobaron. En los institutos y colegios (y más los de pago) no pueden permitirse las frustraciones familiares y, además, les pueden partir la cara los amantísimos progenitores. ¡Niet!

Así que, primero, les falta razón y aliciente para atender al profesor. Total, es probable que este también los apruebe al fin, como los del insti.

Y luego está lo de las presunciones aplicadas. En tiempos, al profesor se le veía igualmente rarito, quizá, pero se le presumía sabio y competente. Hoy no solamente no se valora el especial saber de nadie (salvo el saber jugar al fútbol, el saber cantar y el saber colocarse bien las tetas), sino que se tiene por excentricidad grave el entusiasmarse con teorías, textos o ensayos de laboratorio. Qué pesadez. Pero no sólo es que ya no se conceda ni un ápice de crédito al docente y sus maneras, es que la propia docencia se organiza deliberadamente para que el profesor no haga ostentación de su palmito intelectual ni acompleje al estudiante más burro. Es mejor que los temas los preparen los estudiantes mismos, que los debatan en grupo y los presenten cambiándose de asiento o yo qué sé, con el profesor tomando nota de que están todos. El profesor, un amigo, simplemente. Un colega. El que organiza las charletas. Aquí un amigo, aquí un estudiante. Encantados todos. Los estudiantes más maduros y más capaces ya empiezan a escandalizarse de ver a tanto enseñante haciendo el gilipollas con jueguecitos y posturas. Preferirían que les soltara una buena clase magistral a pelo y les contara cosas que a ellos no se les ocurren cuando trabajan de a cuatro o de tres en fondo. Pero no se lleva. Lo más probable es que el profe tampoco pueda hacerlo sin leer en la pantalla o en el libro lo que va exponiendo. Los que sí podían se van jubilando y los que quedan están preparando la memoria de algún proyecto o evaluando el de otros. No resta tiempo para nada.

¿Y las instituciones académicas qué hacen? Poner trabas a su propio personal, a fin de que pierda el tiempo lo más posible y no le quede de tal para preparar y hacer bien lo que debe, la docencia y la investigación. Homos cambiado de un extremo a otro, ambos viciosos. Hasta no hace mucho al profesor se le daba tanto tiempo y tal libertad, que acabó lo suyo en impunidad descarada. El que quería entregarse a sus experimentos y sus monografías podía hacerlo alegremente, y lo mismo a la docencia esmerada; pero al que prefería holgar con recochineo nada se le reprochaba oficialmente. Ahora sucede que a todo el que asoma sus narices por una facultad se le tiene ocupado con mil patrañas estériles, con la reunionitis y con el papeleo, de manera que si algo estudia, será en su casa, y si no repite cada profesor en sus clases lo que de joven aprendió, será porque se actualiza los fines de semana, a costa de divorcios y desavenencias familiares. Sólo en una cosa se mantiene la tradición: al que no aparece, nada se le dice. Sólo se “estimula” al presente, a fin de que su productividad real, contante, pero también sonante, se aproxime lo más posible a la de absentistas y vicerrectores: cero patatero, pero puntuando por estar allí o haber ido a la reunión de la comisión de reuniones y comisiones.

A la universidad le importa exactamente un carajo que mis clases sean mejores o peores y únicamente me presiona, con sutileza o sin ella, para que a todos apruebe y no me complique la vida ni me busque trabajo adicional al suspender a ninguno. Y, de paso, contrata a pedagogitos que regurgitan sus métodos que solo valen para ponerle careta didáctica a lo que no es más que la rendición y la renuncia: la renuncia al rigor, al esfuerzo profesoral y estudiantil, a la honestidad del trabajo académico y hasta a la vocación que a uno lo llevó a las tarimas un día. Ah, y por si acaso, las tarimas las van quitando también. Todos iguales, el docente y el discente, todos medio idiotas, lelos, alienados. Con las excepciones de rigor, por supuesto, pero es lo que hay.

Cómo no va a deprimirse uno y a perder las ganas, rediez, cómo no.

11 marzo, 2011

Del artesano al artista. Por Francisco Sosa Wagner

No solo en las ciencias y en las técnicas el mundo avanza siguiendo el ritmo brioso de un caballo de carreras, también en la comisión de delitos se advierten signos esperanzados de renovación, de una puesta al día pletórica de promesas.

Hace años supimos de la detención de un hombre que robaba la lana del colchón de la cama en la que había dormido en un hotel de la ciudad donde operaba. Este temible delincuente alquilaba una habitación sin despertar sospecha alguna pues llevaba una maleta que es el utensilio usado por las gentes decentes para pasar la noche en un hotel. Pero la maleta no contenía la muda y el cepillo de dientes tradicionales sino borra que es el desperdicio que queda tras trasegar con esos productos nobles que son la lana y el algodón. El temible delincuente se aplicaba, durante la noche, a vaciar el colchón y llenarlo con la borra. Luego lo cosía quedando la pieza hecha un primor. No pegaba ojo pero se llevaba varios kilos de lana blanca que vendía en el mercado negro. Cuando, al marcharse, pagaba -porque pagaba, religiosa o laicamente, eso no lo aclaran las crónicas locales- nadie en la recepción podía imaginar que se había consumado la burla de la borra. Esto ocurría, en la España profunda, en una época que las hojas del almanaque ya han borrado.

Hoy, solo un borracho podría perder el tiempo con la borra.

Porque lo que se lleva es el atraco a punta de pezón. Ha ocurrido en Madrid: dos mujeres entran en una tienda, merodean por las estanterías, cogen algunos productos, se disponen a pagar con el dinero que no tienen y, entonces, una de ellas se saca una teta y empieza a disparar su leche materna sobre la cara del empleado quien, confuso, pierde el control de la situación. La otra mujer, la que cobijaba su teta en la sólita intimidad de estas glándulas, se dirige a la caja registradora de la que extrae sin dificultad -pues estaba abierta- la recaudación del día.

Un delito a un tiempo reprobable y admirable. Lo primero porque todos los delitos lo son; lo segundo porque, aun manejando instrumentos tradicionales (la teta, el pezón), se le añade un punto de fantasía que es lo que lo convierte en un suceso reseñable (“soseriable”, podríamos decir). En lugar de ganzúas y antifaces, solo se requiere una mujer en estado de puerperio e indiferente a la exhibición de una dominga. Pero esto no es problema porque, si antaño se ofrecían las mujeres como madres de leche o crianderas, hogaño pueden ofrecerse como atracadoras teteras.

Un ejemplo distinto es el que se ha vivido hace unas semanas en la sede de Bruselas del Parlamento europeo. Su Oficina de Correos ha sido asaltada por dos individuos provistos de unos pistolones. Hace un par de años, otros individuos -o los mismos porque ninguno de ellos ha sido habido- atracaron una Oficina bancaria sita en el mismo Parlamento.

Sucesos que han desatado gran alarma porque no se entra así como así en el Parlamento europeo: hay que estar provisto de una identificación que yo llamo el “escapulario” y los políglotas el “badge”.

Las autoridades parlamentarias han deplorado el mal funcionamiento del servicio de seguridad y han emitido varias instrucciones. A mí, que no soy autoridad, lo que me llama la atención es el gusto por el esfuerzo y la laboriosidad de los atracadores. Porque oficinas de Correos y bancarias hay muchas en Bruselas pero carecen de interés porque en ellas se entra y se sale sin dificultad. Y por eso no les excitan al faltarles el duende de la audacia, aquel “más difícil todavía” de los trapecistas de circo de nuestra infancia. Es decir, les falta ese toque personal que convierte a un artesano en un artista.

10 marzo, 2011

La corrupción es la regla

(Publicado hoy en El Mundo de León)

La corrupción no es la excepción, es la regla, al menos cuando se trata de administraciones y de dineros públicos. Ese procesado que aparece cada tanto en los medios de comunicación es el que se pasó de la raya o el más torpe, el que paga el pato por tantos. Los procesos judiciales a los corruptos son la tapadera que nos hace pensar que el Derecho está ahí, vigilante, para ajustar cuentas a los desaprensivos. Así los otros podemos seguir a lo nuestro y dormir tranquilos. Nunca hubo tantas normas para organizar controles y garantizar gestión limpia y en pro del interés general. Lo malo es que casi ninguna se impone seriamente casi nunca. Acabamos de ver, aquí mismo, un ejemplo de libro con ese decreto que trataba de limitar los sueldos de los que cobran de las administraciones por varias vías entre sí incompatibles. El decreto de marras tiene once años y ahora la Junta certifica que jamás se aplicó.

Nos gusta pensar que el corrupto es la oveja negra y que el resto del rebaño va de blanco virginal. La triste verdad es que alguna oveja habrá blanca y unas cuantas negras como el azabache, pero la mayoría somos ovejas grises. Los grises no nos sentimos corruptos y hasta nos complace que a los malísimos los juzguen y los condenen. Pero si a mí la Administración me paga más de lo que debería con arreglo a las normas, ¿soy corrupto? ¿Es corrupto el responsable que tiene conmigo ese detalle? No se sentirá tal, se considerará buena gente, y más si es igual de generoso con todos. Es el sistema mismo el nos hace comulgar con la filosofía de que entre bomberos no hay que pisarse la manguera. Si alguno levanta la voz para quejarse, le recordamos que tampoco a él se le está aplicando la ley a rajatabla, ni en sueldos ni en horarios ni en permisos ni en laboriosidad. Y para qué hablar de los partidos. El verdadero pacto de Estado rige para no matar la gallina de los huevos de oro. Por eso las denuncias serias no suelen venir del partido rival, sino del rival en el propio partido.

Nos han convencido de que el dinero público no es de nadie. Alguien debe recordarnos que ese dinero es de todos. Pero ninguna ley impondrá esa convicción si no la dicta la calle. Es hora de que nos volvamos un poco árabes.

09 marzo, 2011

Todo lo que usted siempre quiso saber sobre la (teoría de) la argumentación jurídica y nunca se atrevió a preguntar (y III)

(La primera parte de esta serie puede verse aquí y la segunda, aquí).

3. ¿Cómo sabremos si los jueces han argumentado (suficientemente) bien?

Cuando la administración de justicia se tomaba por ejercicio de autoridad ante todo, aunque fuera la autoridad delegada del monarca, las sentencias no debían motivarse, pues el que da razón de sus decisiones se muestra con ello sometido a algún imperativo externo. Cuando la justicia impartida era absoluta, porque absoluto era también, o se pretendía, el poder que con las decisiones se expresaba, los jueces debían fallar sin explicar sus porqués. Por la misma razón que, hasta hace bien poco, los padres tampoco se veían en la necesidad de explicar a sus hijos pequeños por qué les ordenaban esto o lo otro. Al fin y al cabo, el poder absoluto, sea de las monarquías de antaño sea de las tiranías de hoy, ve al súbdito como un menor de edad permanente.

Luego las cosas cambiaron, donde cambiaron. Primero el racionalismo sembró la ilusión de que el Derecho podía erigirse en ciencia exacta y de que la impartición de justicia era labor poco menos que mecánica. El juez ya estaba sometido a algo, sí, a un imperio que se ha tornado impersonal, el imperio de la ley, pero la ley se piensa tan perfecta, recogida en sus códigos nuevos, que en la decisión judicial no se ve más que razonamiento silogístico puro y duro. Lo que, al motivar, debe el juez mostrar ahora es que él no inventa ni los hechos del caso ni la norma que trae para el conflicto la solución, sino que los unos y la otra los recoge ahí afuera, en un mundo perfectamente objetivo en el que se encuentran acabados y a la espera de ser descubiertos hasta en su más mínimo detalle. La práctica del Derecho deja de consistir en mandar, más que nada, y se convierte en conocer, es actividad parangonable a cualquier otra labor científica. Lo único que el juez necesita es un buen método y se cree que lo tiene en el de la subsunción, el del elemental encaje de los hechos bajo las normas. Júntense los hechos del caso con la norma pertinente y, si encajan, si se compenetran, la solución sale sola, como feliz alumbramiento resultante de tal ayuntamiento y a modo de conclusión de un silogismo tan sencillo, que cualquiera puede ser juez a nada que no se le olviden los preceptos del código. Al motivar, lo que el juez acredita es que no es él quien aporta ni manipula los hechos ni las normas del caso, únicamente los muestra y viene a decir ahí están, la conclusión la saca cualquiera. Por tanto, el fallo se vuelve poco menos que indiscutible, o así se pretende.

De la sentencia como mandato y mero ejercicio de autoridad se pasó, allá por el XIX, a la sentencia como producto de la razón cognoscente, de la razón teórica. En la fase siguiente, desde comienzos del siglo XX, empezará a concebirse la sentencia como decisión propiamente dicha, y en la motivación se verá la exposición de los porqués de ese juez que, ahora, elige entre alternativas usando su discrecionalidad. De la autoridad del que decide se había pasado a la autoridad de la ciencia, de la razón cognoscente, y, en este momento, el tránsito será a la autoridad, relativa, de la razón práctica. Mas retornarán a lo largo del XX los intentos de hacer de la razón práctica una vía tan segura como la de la razón científica y reaparecerá cada tanto el viejo sueño de la única respuesta correcta para cada litigio y la ilusión de que la discrecionalidad puede desterrarse como un mal evitable.

En las últimas décadas del pasado siglo la teoría de la argumentación jurídica, nacida para ofrecer un modelo discursivo de racionalidad de las decisiones se bifurca. Una corriente pretenderá ofrecer las herramientas para convertir el razonamiento práctico del juez en razonamiento cuasidemostrativo, a base de ofrecer el método para que quien decide pueda conocer la solución objetivamente correcta y verdadera que para cada asunto late, a la espera, en el fondo de un ordenamiento que vuelve a ser perfecto, ahora en tanto que sistema axiológico u orden objetivo de valores. Otra rama de la teoría de la argumentación, menos optimista o con menor idealismo, se conformará con ofertar las estructuras mínimas de la argumentación judicial razonable y tendrá como objetivo la detección de la arbitrariedad, no la justificación de la respuesta correcta única. Veamos todo esto algo más despacio.

Con la crisis de aquel ingenuo y metafísico positivismo del siglo XIX, crisis que, con el cambio de siglo, llega ante todo de la mano de otras corrientes positivistas, curiosamente, sea del positivismo normativista de Kelsen, sea del positivismo empirista del realismo jurídico, sea del positivismo sociologista de parte también de los realistas y de muchos de los de la llamada Escuela de Derecho Libre, se subraya que la discrecionalidad judicial es inevitable y que a ese dato básico hay que adaptar la exigencia de motivación de las sentencias. Ahora la obligación de motivar se entiende como exigencia de que el juez haga valer que sus valoraciones, determinantes al apreciar la prueba y al interpretar la norma –entre otras cosas-, no son arbitrarias. Se trata de que mediante sus argumentos nos convenza de que cualquiera de nosotros pudo fallar igual que él, puesto que ha buscado las mejores razones del Derecho, en lo que el Derecho es instrumento de todos, en lugar de dejarse sin más guiar por sus móviles personales o sus intereses.

En las últimas décadas del siglo XX, y especialmente a partir de la obra inicial de Dworkin, renació en la teoría jurídica aquel viejo anhelo de que la discrecionalidad pudiera evitarse y de que el razonamiento judicial pudiera ser plenamente guiado por la razón cognoscente, objetivo. Otra vez la aspiración de que exista una razón práctica que no sea menos que la teórico-científica. Si existe y está predeterminada una solución correcta, latente en algún fondo del sistema jurídico, necesitaremos nada más que un buen método para desenterrarla y aplicarla al caso. Ese método quiso brindarlo Alexy con la ponderación, que es al iusmoralismo actual lo que la subsunción fue al positivismo metafísico del XIX: una técnica soñada para que los casos difíciles tengan fácil solución, en la idea de que sólo en la superficie o a primera vista, prima facie, son intrincados y dramáticos algunos casos, pero que en el fondo se componen las soluciones gracias a que el sistema jurídico tiene una interna armonía a tenor de la que cada asunto casa nada más que con una solución correcta; o casi. Es cuestión de llevar bien las cuentas, de calcular los pesos con la balanza de nuestra razón práctica, si bien adaptada al pesaje peculiar de lo jurídico. Cuentas complicadas a veces, sí, pero cuentas. Con un buen silogismo lo solucionaban los de la Jurisprudencia de Conceptos y con una imaginaria balanza, más o menos precisa, lo arreglan los de la Jurisprudencia de Principios y Valores.

Aquí asumimos la otra versión de la teoría de la argumentación, la de pretensiones menos idealistas, la menos dada a mitificar las propiedades del sistema jurídico y la que asume la discrecionalidad judicial como inevitable, precisamente porque el sistema jurídico ni es completo ni es coherente ni se expresa con total claridad a través de esas normas suyas que se escriben en el lenguaje ordinario. Porque también asumimos que el Derecho se compone con la materia prima del lenguaje y sus enunciados, no con valores prelingüísticos en un mundo de ontologías platónicas.

Si el razonamiento del juez no es demostrativo de que la suya es la única solución correcta en Derecho –asumamos aquí esa razonable tesis-, su argumentación servirá más que nada para justificar las valoraciones suyas que sean determinantes a la hora de seleccionar los hechos relevantes del caso, de admitir las pruebas de los mismos y de valorar dichas pruebas, por un lado, y, por otro, al tiempo de seleccionar la norma aplicable al caso y elegir una de entre las interpretaciones posibles de la norma en cuestión. Y, puesto que esa justificación la hace para las partes, sí, pero también para nosotros, el conjunto de los ciudadanos, habrá de realizarla con las claves que compartimos, con los patrones pragmáticos de racionalidad y razonabilidad que, aquí y ahora, nos son comunes. Tal es el sentido con que podemos recuperar, en este contexto, nociones como la de auditorio universal de Perelman. Entre cómplices se puede argumentar al servicio de un interés, un fin o una obsesión particular; entre conciudadanos indeterminados, si la argumentación busca el entendimiento tiene que hacerse sin trampa ni cartón, poniendo el énfasis en lo que todos pueden entender y cualquiera podría asumir en tanto que ciudadano prototípico y comprometido con el interés general. Con sus argumentos en la motivación de la sentencia el juez dialoga con nosotros, ciudadanos genéricos, y debe hacerlo apelando a la razón común y compartida, a los esquemas colectivamente vigentes, no de la manera en que un vendedor sin muchos escrúpulos se dirige a sus clientes o un político populista a sus electores, nada más que para seducir, salirse con la suya y ahí te las den todas y si te vi no me acuerdo.

Así debería ser y sobre esa base podemos y debemos construir los instrumentos de control de la calidad y racionalidad argumentativa de las sentencias. Es posible y deseable que la doctrina vaya elaborando modelos bien complejos y, al tiempo, manejables. Es grande la laguna que a tal propósito existe todavía, pues buena parte de la teoría de la argumentación ha pasado a circular por otros derroteros, más cercanos a la ética que a la lógica y más afines al lenguaje de los sacerdotes que guardan el Oráculo que al del común de los mortales juristas. No vamos a desconocer, con todo, que también se han hecho propuestas muy notables, desde las de Alexy, en particular el primer Alexy, a las de Manuel Atienza, entre otros, y pasando por aquellos autores que a la racionalidad argumentativa llegan desde los rigores primeros de la lógica y la inteligencia artificial. No es tan raro, al fin, que los intelectuales tarden décadas en descubrir, sorprendidos, lo que ya sabían nuestras abuelas.

Aquí vamos a proponer lo que podría denominarse un modelo básico de análisis de la racionalidad argumentativa de las decisiones judiciales. También puede verse como modelo básico de construcción de sentencias argumentativamente racionales. Si lo tildamos de básico, es por su evidente sencillez, en primer lugar, pero también porque recoge el núcleo o la esencia de la racionalidad de ese tipo. Puede y debe ampliarse ese núcleo esencial, pero no será tarea que emprendamos en este trabajo.

Supongamos que estamos leyendo, con propósito analítico y crítico, una sentencia. Vale pensar también que vamos a escribirla. Pues bien, ante cualquier afirmación de contenido no perfectamente evidente que en ella se contenga y que resulte o se presente como relevante para la justificación del fallo, debemos hacernos siempre la siguiente pregunta, para empezar: eso por qué. Algunos ejemplos rápidos y bien elementales. Que el juez dice que la voluntad del legislador al crear la norma era tal y cual: por qué. Que el juez afirma que el testimonio de aquel testigo era difícilmente creíble o que el perito no parecía nada competente: por qué. Que el juez sostiene que el fin de la norma que interpreta y aplica es este o el otro: por qué. Y así siempre.

La idea de fondo es que se puede tildar de arbitraria toda afirmación, no evidente en su contenido, que sea relevante para la resolución del caso y que no esté justificada con razones admisibles que la hagan o, al menos, sirvan para hacerla y pretendan hacerla, razonable.

Esa idea general, la de interrogar siempre sobre los porqués, puede desglosarse o precisarse en tres preguntas que cabe enunciar así: usted por qué lo sabe (i), eso a qué viene (ii) y por qué tenemos nosotros que pasar por eso (iii).

(i) La pregunta sobre usted por qué lo sabe será aplicable siempre que en la sentencia el juez haga una afirmación relevante y cuyo contenido no sea del dominio común. Supongamos que, con importancia para el caso que se está dirimiendo, se afirma en la sentencia que el ochenta por ciento de los varones españoles calzan zapatos de talla superior a la cuarenta y cuatro. Una tesis así, más que dudosa y discutible, o está avalada por algún tipo de estudio empírico, análisis fáctico o encuesta, por ejemplo, o podrá tenerse por perfectamente gratuita, arbitraria del todo. Si el juez mantiene que tal afirmación está respaldada por este o aquel trabajo de campo, la perspectiva crítica podrá trasladarse al método y fiabilidad de dicho material científico, pero, en principio y mientras no conste o se haya aportado un análisis de contenido opuesto, podremos considerar que sí se ha justificado la tesis, al menos mínimamente. En caso contrario, podremos aplicar la siguiente pauta crítica: si el juez mantiene, sin más, que “A” y yo mantengo, sin más, que “no A” y si ni él ni yo aportamos ulteriores razones, por qué ha de valer más su tesis que la mía. Si la única contestación con la que podemos contar es que porque él tiene una autoridad de la que yo carezco, nos hallaremos ante una deficiencia en la racionalidad argumentativa de la sentencia: el juez solicita para su afirmación acatamiento por ser él quien es, no porque valga ella en sí e independientemente de la condición del que la sostiene. Resquicios de aquel absolutismo de antaño.

Nos estamos refiriendo, en este primer apartado, al requisito de exhaustividad o de saturación de los argumentos, que viene a expresar, repetimos, que toda afirmación no obvia debe aparecer justificada hasta el límite de lo razonablemente posible.

(ii) La exigencia siguiente es la de pertinencia de los argumentos. Por muy verdadera que sea una afirmación o muy convenientes las razones que se expongan, han de venir a cuento, han de ser pertinentes para el caso, para lo que concretamente se está debatiendo. En caso contrario, no es razón para el caso y su fallo, aunque lo sea, y buena, para otras cosas. De ahí que siempre debamos tener lista esta pregunta al analizar los argumentos judiciales: esto a qué viene.

Si un amigo nos pregunta por qué hemos dejado de fumar y le respondemos que es debido a que en todo triángulo rectángulo el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos, le estaremos mentando el teorema de Pitágoras, que no es broma, pero él sí puede considerar, con fundamento, que le estamos tomando el pelo o que no tomamos su pregunta en serio. Y así será, con seguridad, salvo que desarrollemos el argumento para mostrar la conexión entre aquel teorema geométrico y nuestra saludable decisión.

Suenan a chiste los ejemplos y a simpleza el método, pero sólo hasta que aportamos algún caso jurisprudencial bien notable. Mencionemos la Sentencia 16/2004 del Tribunal Constitucional Español, de 23 de febrero, sentencia que tuvo gran eco mediático y favorable acogida en la opinión pública. En esta sentencia se plantea el problema de si una sanción impuesta por un ayuntamiento al dueño de un bar, por exceso de ruido, tiene o no tiene el respaldo legal que para toda sanción administrativa se necesita, conforme al art. 25 de la Constitución Española. El Tribunal Constitucional realiza a tal propósito un razonamiento interpretativo complejo, con dos partes principales. En la primera, concreta el significado del principio constitucional de legalidad sancionatoria, aclarando que para que tal requisito se cumpla ha de existir una ley habilitante que predetermine dos cosas: la “fijación de los criterios mínimos de antijuridicidad” y las clases de sanciones que la Administración correspondiente puede establecer.

En un segundo paso, se trata de ver si tales condiciones se cumplen para la ocasión. En la ley de la que se discute si ofrece o no cobertura para el reglamento municipal que preveía sanciones para el ruido, la Ley de Protección del Ambiente Atmosférico, de 1972, se definía contaminación atmosférica, a los efectos de la ley, como “la presencia en el aire de materias o formas de energía que impliquen riesgo, daño o molestia grave para las personas y bienes de cualquier naturaleza”. Por tanto, la sanción reglamentaria del ruido sólo tendrá respaldo legal si el ruido constituye contaminación atmosférica de la referida por tal ley, lo que, a tenor de la citada definición, implica que, a tal efecto, el ruido ha de ser o materia o energía. Pues bien, el Tribunal dice que “cualquiera que fuese la voluntad del Legislador de 1972 (...) el ruido puede encajar en alguna de las expresiones citadas, no tanto como ´partículas` como más bien en el término ´formas` en general –se habla en el lenguaje común de´contaminación acústica` o en el de ´formas de energía`”. Y esta última aseveración la fundamenta el TC así: “El ruido en cuanto provoca determinadas ondas que se expanden en el aire, puede incluirse en esta expresión formas de energía`”.

Tal subsunción será racional en la medida en que sea sostenible la verdad de que el ruido es energía y no otra cosa. El Tribunal no da más argumento ulterior que este que acaba de citarse. Ahora bien, tan endeble argumentación en lo procedente quedó oculta bajo la extensión de un argumento que no era pertinente para la ocasión. Se extiende la sentencia en amplias y muy fundadas consideraciones sobre lo dañino que el ruido puede resultar para la salud y la calidad de vida de los ciudadanos y sobre cómo una excesiva exposición al mismo puede con razón tenerse por atentado grave contra derechos tan fundamentales como el derecho a la intimidad y a la vida privada. Cierto, pero hay un problema: al Tribunal no había acudido, mediante recurso de amparo para proteger un derecho fundamental, ningún ciudadano que estimara dañados esos derechos suyos por causa del bar del propietario multado, sino que fue este el que recurrió para hacer valer que, si no había respaldo legal para la sanción administrativa, se violaba de modo muy grave su derecho a la legalidad sancionatoria, consagrado en el art. 25 de la Constitución. Ese era el tema y ese era el derecho que estaba en discusión, no otro, no aquellos otros. Y al argumentar sobre otros derechos lo que se está haciendo, posiblemente, es encubrir la débil protección que a ese concreto ciudadano se le otorgó de su derecho a no ser sancionado si no es con un apoyo mínimo en la ley, en una ley cabalmente interpretada y no de la manera absurda en que aquella Ley de Protección del Ambiente Atmosférico aparece interpretada en esta sentencia.

(iii) Decíamos más arriba que el tercer test al que podemos someter los argumentos judiciales es el que se plasma en las preguntas sobre por qué tenemos que pasar por eso o, más vulgarmente expresado, eso a nosotros qué nos importa. Se hace referencia a que todo argumento que pueda contar como sustento del fallo judicial ha de ser un argumento admisible. Aquí no hablamos, como en el punto anterior, de la admisibilidad para el caso, sino de la admisibilidad general de un argumento, como argumento que pueda utilizarse en un razonamiento jurídico, y más dentro de los márgenes del Estado de Derecho.

Tomemos un ejemplo. El juez que interpreta el enunciado normativo N se ve en la necesidad de elegir entre dos interpretaciones posibles del mismo, S1 y S2, de cada una de las cuales van a derivarse diferentes consecuencias decisorias para el caso. Pongamos que ese juez adopta un punto de vista religioso y dice que se debe dar preferencia a S1 por ser el contenido resultante el que mejor se compadece con el credo cristiano. Habría usado lo que podríamos llamar un argumento teológico de interpretación para respaldar su preferencia interpretativa. Y, sin duda, su proceder no nos parecerá admisible, por incompatible con los fundamentos de nuestro Derecho, del sistema jurídico de un Estado pluralista y no confesional. O imaginemos que ese juez se inclina por S2 con el argumento de que el sentido así resultante de N es el estéticamente más bello, el más acorde con las pautas vigentes de belleza literaria. El argumento aquí sería de tipo estético, y nos provocará el mismo rechazo.

¿Qué tienen en común ese argumento teológico y ese argumento estético, que hace que la interpretación resultante no nos parezca justificada en tanto que interpretación jurídica? Pues que se trata de dos argumentos interpretativos no admisibles en nuestra cultura jurídica. En cambio, si tal juez echa mano de un canon o argumento teleológico, o de uno sistemático, o de uno subjetivo, alusivo a la voluntad del legislador, o de uno social, etc., la interpretación resultante nos convencerá más o menos, pero no diremos que carece de justificación admisible.

La pauta de admisibilidad nos la da el que pueda un ciudadano genérico compartir o no el argumento de que se trate. Las creencias religiosas son de cada uno y los gustos estéticos son de cada cual en un Estado liberal y pluralista en el que no hay ni una religión común obligatoria, oficial, ni un patrón estético autoritariamente impuesto como único o supremo. Pero, si la religión es de cada conciencia y el gusto pertenece a cada individuo, resulta que el Derecho es de todos, y esa su naturaleza común se tergiversa cuando, al aplicarlo, se hace pasar por el tamiz de lo que es meramente personal del juez. Los gustos culinarios del juez, por ejemplo, no pueden ser los dirimentes cuando resuelve un asunto en materia de seguridad alimentaria, o su credo religioso no ha de determinar su decisión en un pleito en que algún asunto de la fe ande de por medio. No es que sus creencias o gustos no puedan influir de hecho en él, incluso de modo inconsciente, sino que sus argumentos los valoramos positivamente nada más que si en ellos vemos algo que, más allá de las divergencias religiosas y de gusto, a nosotros, en tanto que ciudadanos genéricos, de cualquier religión o de ninguna y de cualquier inclinación ética o estética, también pueda convencernos. Porque el Derecho es de todos las razones admisibles del juez sólo pueden ser las razones que tenemos en común, las que todos podamos admitir y, por tanto, no pueden ser basadas en lo que nos separa o legítimamente nos diferencia dentro de un Estado y una sociedad que consagra el pluralismo y la libertad como valores constitucionales. Las sentencias de los jueces también pueden y deben aspirar a ser elementos en el proceso de construcción de lo común en nuestra diversidad legítima como ciudadanos libres.

Nada se avanza para ese fin al negar la discrecionalidad judicial, al camuflar la presencia de las valoraciones en las decisiones. El único camino transitable es el de la exigencia de razonabilidad de las argumentaciones con que se fundamentan los fallos que, Derecho en mano, pueden tener varios caminos, pero que, también Derecho en mano, no pueden provenir simplemente de la conciencia del juez elevada a suprema, gratuita e incontrolada fuente del Derecho. El control lo hacemos nosotros, en última instancia, y lo hacemos, entre otras cosas, con el instrumental crítico que nos aporta una teoría de la argumentación jurídica tan poco pretenciosa como, al tiempo, ineludible; una teoría de la argumentación jurídica que no quiera negarse a sí misma los fundamentos al convertir la argumentación en demostrativa de soluciones únicas correctas que aguarden la razón práctica que indubitadamente las descubra, sino que asuma que también en Derecho la gente se entiende hablando y que por eso dicha conversación no puede acaecer de cualquier manera, ni siquiera por concesión a la autoridad de los jueces.

08 marzo, 2011

Corrupción: ¡indignaos! Por Francisco Sosa Wagner y Mercedes Fuertes*

(Publicado hoy en El Mundo)
Vivimos asediados por noticias de escándalos y denuncias de corrupción que nos trasladan desde la estupefacción hasta el asco como en un tiovivo endemoniado. Son siempre asuntos delicados que tienen consecuencias muy visibles sobre los dineros públicos y, si miramos el turbio vaso del déficit, advertiremos que en su fondo se halla depositado el légamo de estas prácticas.

Cuando existen indicios de delito, hay tribunales penales que se ocupan de ello. Actúan de acuerdo con sus pausados ritmos, pues ya sabemos que hay plazos en el mundo judicial que se asemejan a los plazos bíblicos o incluso a los geológicos. Pero todo sea bienvenido porque es el sacrificio que ha de arder, en un Estado de Derecho, en el pebetero de las garantías de los ciudadanos.

Dejando aparte a la jurisdicción penal, la pregunta que conviene formular es si el ordenamiento (ojo, no el ordeñamiento) jurídico contiene otros instrumentos de defensa de la legalidad y del buen hacer que no se están activando o se están activando de manera deficiente. En concreto: ¿ha de quedarse la Administración paralizada ante episodios que claramente le resultan lesivos y perjudiciales como organización colectiva que es llamada a gestionar los intereses generales? ¿Ha de ser la Administración el Bártolo del rossiniano Barbero de Sevilla que se queda como una estatua «fría e inmóvil»?

Los estudiosos sabemos que esos instrumentos existen porque la lucha por el Derecho es, desde que el mundo es mundo, una lucha incesante contra «las inmunidades del poder», en la bella expresión de García de Enterría.

Ahora, si nosotros aplicamos una mirada buida a esos escándalos de nuestros pecados advertiremos que casi siempre están relacionados con el urbanismo, los contratos públicos y las subvenciones. Pues bien, en el ámbito del urbanismo, desde hace décadas (incluso desde el franquismo), la Administración puede declarar la invalidez de planes, de promociones urbanísticas, de parcelaciones o de licencias de edificación y ello permite restaurar los espacios heridos por esas actuaciones ilegales, incluso demoliendo las trapacerías que hayan podido llegar a tener la consistencia de un edificio. Es más: se pueden imponer sanciones económicas que eliminen de cuajo los beneficios que haya podido obtener el infractor.

Sin embargo, vemos cómo promociones y construcciones, que acampan extramuros de la legalidad, se convierten en parte inamovible del paisaje sin que las administraciones públicas hayan desplegado sus facultades para defender el interés público conculcado. Y hay algo peor pues, a veces, son esas mismas administraciones las impulsoras de estos desmanes bien porque los respaldan o bien porque miran con insolencia hacia otro lado. Los episodios más visibles de estas actitudes intolerables se producen cuando se atreven descaradamente a inejecutar sentencias firmes de los tribunales de justicia.

El segundo pantano es el de la contratación pública. Hay leyes, en este ámbito, para todo. Podemos decir que no existe resquicio alguno al que no alcance la luz de una previsión del legislador (que es prolífico y proteico: europeo, estatal, autonómico…). Cualquier empresario que se haya visto perjudicado porque los criterios de selección del contratista han sido manipulados o se han desvirtuado las reglas de la publicidad y la concurrencia, o se han efectuado adjudicaciones irregulares, puede poner en marcha procedimientos rápidos de recurso que incluso permiten paralizar las actuaciones realizadas. Y, además, la legislación española ha insistido -cierto que sin éxito- en la responsabilidad en la que incurren los funcionarios que participen en la comisión de estos desmanes. Pero… los tales empresarios ven coartada su independencia por su dependencia de las administraciones públicas. Que les pueden expulsar, si son díscolos y gustan de enredarse con escritos y pleitos, del dulce paraíso donde se degusta el gran pastel de la contratación pública. Y reconducirlos por esta vía poco a poco hacia la mendicidad callejera.

¿Y las subvenciones? De nuevo, nos encontramos con un nutrido grupo de preceptos que permite a las administraciones otorgantes declarar su invalidez e incluso exigir su completo reintegro. Por eso, ante uno de los escándalos que hoy ocupan las páginas de algunos periódicos (no de todos) relacionados con los Expedientes de Regulación de Empleo en Andalucía, no entendemos por qué la propia administración andaluza no ha iniciado ya los procedimientos para recuperar las cantidades indebidamente abonadas.

Volvemos a nuestro argumento que sirve de hilo conductor de este pequeño artículo. El Derecho tiene armas bruñidas para entrar en combate. Está la vía de la jurisdicción penal, que es la más vistosa y la que acapara titulares. Pero está también la más modesta de la jurisdicción contable, atribuida a órganos específicos que tienen encomendadas las funciones de controlar la actividad económica del sector público o de quienes perciben fondos públicos, así como las de determinar los daños y perjuicios ocasionados a las arcas públicas activando los mecanismos de la llamada responsabilidad contable. Esto afecta al Estado y a algunas comunidades autónomas, tan insistentes a la hora de reclamar competencias como negligentes a la hora de ejercer aquellas que pueden resultar embarazosas o poco lúcidas.

Y asimismo -como hemos adelantado- la Administración puede analizar la legalidad de los actos administrativos, soporte de estas subvenciones y, a través de la revisión de oficio o del mecanismo previsto en la Ley de Subvenciones, acordar la nulidad de los mismos y exigir la devolución de las cantidades indebidamente percibidas.

El Tribunal Supremo, en sentencia de 18 de marzo de 2010, ha recordado que «la Administración perjudicada podrá ejercer toda clase de pretensiones de responsabilidad contable ante el Tribunal de Cuentas sin necesidad de declarar previamente lesivos los actos que impugne». Y, con cita de otra sentencia del mismo Tribunal (de 21 de julio de 2004), puntualiza que el procedimiento administrativo de reintegro de subvenciones y el procedimiento de responsabilidad contable no son mutuamente excluyentes, pues tienen distinta naturaleza y significación. El reintegro de subvenciones sólo exige el incumplimiento por el beneficiario de la obligación de justificación del destino de la subvención (se trataba de fondos del INEM) y, en cambio, el procedimiento de responsabilidad contable tiene como presupuesto que el menoscabo de caudales se haya producido por dolo, culpa o negligencia grave del sujeto que ha recibido la subvención.

El 19 de julio del mismo año 2010, el Tribunal Supremo ha tenido ocasión de insistir en estos argumentos.

Concluyamos afirmando que las administraciones no actúan porque faltan las adecuadas decisiones políticas. Y porque la clase política, ávida de influencia, ha ocupado el espacio que debe estar reservado a unos funcionarios públicos neutrales y seleccionados de acuerdo con el principio de mérito y capacidad. En fin, porque los ciudadanos hemos perdido la capacidad de reacción, bien porque muchos se benefician del clientelismo que genera una democracia escoltada por dos partidos políticos como la que padecemos, o porque sencillamente han tirado la toalla y se hallan refugiados en sus asuntos personales como el burgués de la época del Biedermeier.

Pero es hora de indignarse. Y de hacerlo con más amplitud y vuelos que la indignación a la que nos convoca Stéphane Hessel en su escueto opúsculo. Y de recordar que la mirada de Argos del legislador no debemos empañarla con el filtro de los intereses espurios.

*Francisco Sosa Wagner es catedrático y eurodiputado por UPyD. Mercedes Fuertes es catedrática de Derecho Administrativo. Ambos son autores de El Estado sin territorio. Cuatro relatos de la España autonómica (Marcial Pons, 2011).

07 marzo, 2011

Cargos y cargas

(Publicado el pasado jueves en El Mundo de León)

Yo conozco bastante bien cómo funcionan las universidades, pero lo que vamos a tratar vale igual, o más, para otras muchas administraciones, especialmente para aquellas en las que quien manda puede inventarse cargos nuevos y puestos para rellenar con nombramientos digitales.

Todo comienza porque un politicastro con más salero que seso quiere ganar las elecciones para ser jefe ahí o pretende mantenerse en su puesto supremo a base de triquiñuelas y conchabamientos. Sea por un voto, por compasión o por unos achuchones, le propone un carguete de nuevo diseño a uno que se mueve bien en la urna o que se ha quedado en paro y da pena. Dicho y nombrado, ya tenemos al beneficiado con flamante despacho, ordenador guapo y personal al que dar unas órdenes. Pero qué ordenes voy a dar yo, pobre de mí, se dice el mindundi, sabedor de que el órgano tiene que justificarse por su función y que o pone el suyo a trajinar o alguien se hará preguntas. Pasadas las primeras semanas de angustia, a todos se les ocurre la solución que es mano de santo: vamos a hacer una encuesta o a preparar un memorando o a elaborar unos informes, lo que sea, pero es preciso que todo el personal de la institución haga esto que paso a enumerar: a) enviar el currículo de cada uno en un formato nuevo que no permita el corta y pega de lo que cada cual ya tenía de antes; b) rellenar una aplicación informática que siempre se cuelgue al dar a la tecla de enviar, con pérdida inmediata de toda la información hasta entonces guardada; no es un accidente, lo programan así aposta, nada más que para joder y que parezca todo muy sofisticado; c) ir a veinticinco reuniones donde se explique con todo lujo tecnológico la relación entre esa mema ocurrencia y la inteligencia emocional de los primates; d) enviar y reenviar docenas de borradores del mismo documento infame y con faltas ortográficas.

Es impepinable: el órgano administrativo crea su función y el órgano administrativo inútil crea funciones bobas. Los nombran para que obliguen a los demás a perder el tiempo. Sería mejor que a los así favorecidos por el dedo del boss les pagaran lo mismo o les pusieran el típico apartamento para encamarse, pero suplicándoles que no hagan nada ni toquen más cosa. Saldríamos ganando todos.

01 marzo, 2011

Hasta el domingo que viene

No dan para más las horas ni son propicias las circunstancias. Desde mañana enlazo viajes y variados eventos y andaré rebotando de acá para allá durante diez días. Pero no me despido del vicio bloguero para tanto tiempo, sino solamente hasta el domingo que viene, día en que aterrizo en Medellín, y ya contaré cómo andan las cosas por aquellas queridas tierras.

28 febrero, 2011

¿No tiene valor el tiempo?

Trataré de no hacer más viajes largos en coche. Mi sistema nervioso no soporta la limitación a 110 kilómetros por hora. Dudo bastante que con esa medida muchos coches consuman menos combustible, pero no hablo de eso ahora, sino de que los desplazamientos pueden dar la sensación de ser eternos. Para qué hemos llenado todo de autovías carísimas, si luego resulta que las recorremos a paso de mulo. Para qué nos han tentado una y mil veces, y hasta subvencionado, para comprar coches rápidos y seguros, si a ese ritmo iríamos más cómodos en el utilitario más sencillo, y gastando menos, ahí de verdad.

Me choca mucho que para nada cuente lo que de más tiempo va a tomar ahora un viaje de quinientos kilómetros, pongamos. Pero eso a quién le importa, a nadie, salvo, tal vez, a algún pirado en permanente estrés, como este que suscribe. De acuerdo, para aprovechar las horas hay que viajar en otros medios, en particular en tren. Así suelo hacerlo. Pero para ir de León a mi tierra asturiana el tren es una tortura. O piensen que dentro de mes y pico tengo que acercarme a Jaén. ¿Alguien se ha fijado en cómo son las comunicaciones desde el Norte hasta Jaén? Pues mírenlo, mírenlo.

Sólo se valora y sólo se aprecia lo escaso. El petróleo lo es; el tiempo no, por lo que parece. Estamos sobrados de tiempo. El afán de los que lo sienten escaso y quieren exprimirlo tiene apellido psiquiátrico, se considera dolencia y hasta te amenazan con infartos y todo tipo de achaques si te apuras. También tiene su parte subliminal lo de que si corres es más probable que te mueras; de donde se desprende, que, para vivir, anda despacho o incluso detente. Bien es verdad que esas amenazas para la salud no deben contar gran cosa, pues también te prometen atroces enfermedades si no te aceleras nada y te pasas el día sentado o comiendo unas hamburguesas, que mira tú. Es tema para otro día ese de cuáles serán las razones ocultas por las que nos quieren tener a todos y todo el rato con el pánico por la salud. Como si a la mayoría le mereciera la pena vivir, sin comer rico, sin beber alegre, sin gozar del cuerpo con algo de donaire.

El tiempo, el tiempo, las horas, de eso me apetece hablar, de que se considera bien abundante y parece que en todas partes se anda sobrado. Con lo corta que es la vida. ¿Que dura una hora más el viaje en coche? Y qué, tiene usted todo el tiempo del mundo. Y así con todo. Esta mañana debí acercarme a la oficina de mi banco y atendían en una sola ventanilla, con gran cola de gente en espera. No pasa nada, el tiempo del ciudadano es infinito. Es más, el ciudadano debería dar las gracias porque de esa forma lo entretienen y así tiene algo que hacer, aunque sea hacer cola. ¿O acaso preferiría usted estar en casa tocándose los/as cataplines/as? parece que le preguntan todos. Luego me vi obligado a entrar en una tienda de telefonía para una consulta técnica sobre mi móvil. Eso sí es la perdición, el culo del mundo, el averno, el non plus ultra, ¡una tienda de móviles. ¿Han estado ustedes alguna vez? ¿Se han fijado en cuántas horas y más horas se pasan allí los clientes? Que si este dónde tiene el blutú, que si al otro cómo se le pone la tarifa, que cuántas megachorras le salen a este por el agujerito, que si con este cómo navego. Un aparatejo de nada y suena como si el personal manejara un velero de los grandes. Cada consulta una hora y luego que me lo voy a pensar. Y mañana vuelven y preguntan si ya les llegó el Hachetresplús de Nokia y que si vendrán en verde con rayitas azules. ¡Ay! De los nervios me pongo en esas esperas.

El tiempo no computa, porque se supone que abunda. Y abunda porque la gente no vive. Es una decisión consciente: yo no quiero vivir, y como la vida es tiempo, en vez de pegarme un tiro, como haría si tuviera dignidad, lo pierdo. Tira hasta que se acabe. Dejas la vida prendida y van pasando las horas y los días, hasta que se agota. ¡Qué quietud definitiva sin hacer nada! Cuando la gente no tiene algo en qué perder el tiempo, se aburre. Por eso a muchos hasta les gustará que los viajes por carretera se prolonguen. Mira, mientras conduces haces algo, pues si no, no tendrías nada que hacer. No tendrías nada que hacer si no tuvieras que armar tú los muebles que de la tienda te mandan despiezados o que ya compras así aposta, para tener en qué entretenerte. No tendrías nada que hacer si no te llamaran de Movistar todos los días a las tres de la tarde para decirte que hay en este mismo instante una oferta buenísima para mamones como tú, papito, y tú te tiras cincuenta minutos preguntándole a la caribeña que cómo te lo ofrece y que si es con compromiso de permanencia, y, entre pitos y que le das a la flauta, ya pasaron dos horas y llegó el momento de ir a buscar el niño a la escuela, qué bien, salvamos la tarde a base de matarle los minutos.

Las instituciones tampoco tienen el reloj en gran estima. Si el tiempo de los que en ellas trabajamos fuera tomado en serio, no nos obligarían a perderlo tan descaradamente. Quien, como uno, labore en una universidad, lo entenderá a la primera. Todo está ahora organizado en las universidades -y en tantos lugares- para que los profesionales estén entretenidos y sin hacer nada útil. Invitarlos a estar mano sobre mano o nada más que fumando quedaría feísimo. Así que se les exige que hagan el imbécil con muchos papeles, memorandos y reuniones en las que nada útil se va a decidir; y nada inútil, pues propiamente todo está siempre decidido antes y el reunirse es para que parezca esto una democracia en la que se gasta el tiempo en deliberaciones. Pues no, mentira. Simplemente se pasa el tiempo.

Estas que fueron y se llamaron sociedades del bienestar son una pérdida de tiempo. Se comenta mucho últimamente que hay que recuperar o subir la productividad, pero todavía no hemos caído en la cuenta de que no se puede producir si a la gente, tanto en su puesto de trabajo como fuera de él, le sobra el tiempo. Ya sé que es cosa más que nada de funcionarios, pero me atrevo a generalizar. El propio concepto de tiempo libre es reciente y pernicioso. Mis padres nunca lo usaron, el concepto, tampoco lo conocían. Su tiempo era, todo, tiempo de trabajo, de seis de la mañana a nueve de la noche, cada día, todo el año. Y no se quejaban. Si un día tenían una boda o una cena (dejando las vacas atendidas por alguien de confianza), se divertían como locos, se les hacía inolvidable el evento. Exactamente al revés que hoy en día, cuando lo único que puede volver inolvidable una jornada es que el jefe te diga que hagas el favor de acabar esa tarea y que ya jugarás con internet cuando termines, corazón; y tu te picas y lo acusas de mobbing laboral porque van dos veces que te quita la videoconsola y no para de decirte que no mires en la oficina páginas web de gente follando. Pero qué vas a hacer si no; si te pones a trabajar duro, cualquiera puede mirarte mal y hasta el jefe creerá que inentas hacerle la cama.

El tiempo libre se entiende, en el trabajo y en casa, como tiempo sin hacer nada, y resulta agotadora esa quietud. Menos mal que la tele ayuda con programas adecuados para que tampoco vayas a ponerte a pensar, o a leer, que es peor. Y, si se acaban las colas y ya no te queda dónde armar otra mesita de Ikea, cabe tener hijos, que eso es mano de santo y hasta puedes decir en el curro que no produces porque andas con mucha actividad extraescolar.

No saldremos de la crisis mientras no retornen los trabajos forzados, pero tengo para mí que aún va a tardar. De momento, nos imponen por ley ir más despacio. No hay más muerte natural que la muerte lenta, tal piensan nuestros gobernantes.

25 febrero, 2011

Contra el relativismo y a favor de la indignación

Empecemos por la anécdota del día y luego ascendamos paso a paso, si podemos. Una persona muy próxima anda en una universidad buscando firmas para solicitar una política menos cicatera de promoción de profesores titulares acreditados como catedráticos. Se argumenta en el escrito que para una universidad debería ser timbre de honor y motivo de prestigio contar con muchos profesores que han recibido ese visto bueno oficial y que, por tanto, más lógico sería que recortase gastos de otras partidas inútiles y no de esa, pues el cambio de titular a catedrático supone al año unos siete mil euros por cabeza, no más.

Firman todos los compañeros a los que el escrito es presentado, pero un profesor titular les acaba de razonar así, esta misma mañana: tenéis toda la razón y está requetebién esta campaña, pero yo no voy a firmar. ¿Por qué? Porque yo no estoy acreditado todavía, aunque pronto lo solicitaré, y si para todos los que ahora tienen ese título hay plaza en este momento, a lo mejor ya no quedará ninguna cuando sea yo el acreditado que la solicite. Con un par de cojones; concretamente, cojones de burro. Sí señor.

Imbéciles que razonan con el culo los hay en cualquier parte, eso no es novedad. El cretino es especie que abunda más que los gorriones, pues se adapta a todos los ambientes. Lo particular de estos tiempos, creo, es la soltura con que se exhiben y la naturalidad con que se explican. Sin que nadie les dé un par de bofetadas o los mande para casa a cascarse lo que los monos. Sujetos de esta calaña se consideran como Demóstenes mientras hablan, aunque no tengan ni maldita idea de quién era Demóstenes, y no sienten ni complejo ni remordimiento al hacer ostentación de su falta de seso y su egoísmo visceral, todo a la vez. No, luego se miran al espejo, se ven guapísimos y les asalta de nuevo su pasión de narcisos: otra pajilla por lo guapo que soy y el tipo que tengo.

Y, miren por dónde, creo que si se mueven con una libertad y una impunidad impropia de su condición, es por culpa del relativismo. A esto hemos llegado con la dichosa matraca de que todo el mundo es bueno, de que no hay que hacer de menos a nadie, de que cada cual tiene sus valores, aunque no se le vean, y de que todos valemos lo mismo y que el que no ascienda por sabio progrese por puntos de antigüedad. ¡Mentira!

Y luego, en la universidad y antros similares, está lo de la especialización. Usted puede ser profesor del más alto nivel sin saber hacer la o con un canuto y razonando como el tonto del pueblo que usted es. Es más, en su propio pueblo alucinan, pues es la primera acémila local que triunfa en la docencia. ¿Cómo es posible? Porque a lo mejor usted es el que mejor tritura la concha de los caracoles o el que mejor pone la mierda de caballo en un tubo de ensayo o el que con mayor garbo le trasplanta a una oveja una lombriz intestinal o el que con más habilidad cuenta los hilillos que a las alas de una mosca se le aprecian en no sé cuál microscopio. Fuera, de ese detalle, no sabe nada más y hasta tiene dificultades para firmar o pronunciar su propio nombre. Quizá hasta le cuelgan los mocos o se le cae la babilla. Pero ahí tienes al sujeto, hecho un experto superespecializado, publicando en revistas internacionales e indexadísimas sobre alas de mosca o lombrices de oveja y convertido en todo un profesor e investigador, aunque no sabe escribir tres líneas sin torturar la ortografía, ni comer con la boca cerrada.

Y ay del que vaya y le diga cuatro frescas o en público ose criticarlo o simplemente preguntar si es que en el claustro han puesto cuota de tarados. ¡No! ¡Mal compañero! ¡Soberbio! ¡Creído! ¡Tú de qué vas! ¡Reaccionario! ¡Qué atentado! ¿No te das cuenta de que todos tenemos derecho a ser como somos y a ser lo mismo, tanto el borrego como el normal, tanto el decente como el más asqueroso?

Frente a la tolerancia boba y al ecumenismo de pocilga, reivindiquemos la indignación y la agresividad. Y la palabra gruesa y el gesto hostil. Porque no es verdad, no somos iguales ni tenemos el mismo valor. Faltaría más. Ya que no podemos pegarles, y bien está (asumamos, al menos como hipótesis, que bien está), describámoslos tal como son y en los únicos términos que les hacen justicia.

Mutatis mutandis, en el nivel de los estados y las culturas debe de ocurrir algo similar. El multiculturalismo y parecidos movimientos han tenido sus partes buenas, ante todo el ayudarnos a relativizar un poco las creencias nuestras, las de los occidentales, y el forzarnos a revisar con ojo crítico nuestra propia historia de dogmas irracionales y abusos sin cuento. Digo las creencias nuestras porque no me consta que a las otras culturas les haya hecho ninguna mella este empeño en remover cimientos culturales y en equiparar el derecho de cada pueblo o grupo a ser como es. De la misma manera, exactamente de la misma, que al idiota pendejo del ejemplo con el que comencé no le da ningún apuro exhibirse tosco ante el que se le dirige educado y luego se marcha, por culpa de la buena educación maldita, despidiéndose con una fórmula cortés.

No, de aquel habría que despedirse con un buen exabrupto, por lo menos, y a ciertos estados y culturas habría que darles su receta de críticas y actitudes contundentes. Pero entre los intelectuales se lleva poco la vehemencia y predomina la flojera dormilona y acomodaticia, pues nunca sabes cuándo te van a llamar de algún país para dar una conferencia sobre el derecho de autodeterminación de los pueblos caníbales, y, entre los Estados, el relativismo y el mandamiento de gran respeto a las identidades colectivas ha acabado en este supremo ejercicio de cinismo que en este momento estamos contemplando sin que se nos caiga la cara de vergüenza. La mayor, mejor y más pacífica revolución que se ha visto en muchos siglos, si es que alguna ha habido así, y andan los europeos, tan progres ellos, todos timoratos y preguntándose a cómo quedará el barril de petróleo y cuánto subirá mañana la gasolina. Nuestros estados y sus gobernantes son exactamente igual que el zoquete con el que empezamos, basura, escoria, indecencia, hez. No han salido de la fase anal del desarrollo moral.

Si usted, paciente lector –y más hoy-, fuera egipcio o libio y se estuviera jugando los garbanzos y la vida nada más que por la libertad y la dignidad -esos conceptos con los que los europeos se masturban en miles de conferencias, certámenes y escritos-, si usted se estuviera jugando el pellejo contra tiranos y sátrapas y viera, a distancia, que lo único que los estados de Europa hacen por los grandes valores que no sacan de la boca es mandar aviones para rescatar a sus nacionales y luego reunirse para ver a cómo quedará la semana que viene el kilo de lentejas, si usted viera eso, ¿no tendría un acicate mayor para ganar su revolución y luego dar un gran corte de mangas, poner el barril de petróleo en mil dólares y, de propina, contento, decirnos ahí os quedáis, relativistas de las narices, farsantes, payasos? Ceo que si yo fuera libio, me haría hasta islamista radical, nada más que para joder y hasta simulando la fe que no tendría. Y llamaría todos los días a algún hogar de España o Francia o Italia y gritaría nada más que ¡uhhhhh!, para sentir cómo a los del otro lado se les aflojan las tripas.

En el título de esta entrada se dice indignación. Otro día quiero volver sobre el tema, pero hoy me conformo con explicar que si uso estos términos gruesos es con plena deliberación, no cegado por un calentón pasajero. Las finuras de los que estrechan nuestro lenguaje para que suene siempre dulcísimo y acogedor, incluso cuando hablamos de la irracionalidad y la injusticia, no son más que truco para diluir la crítica, para facilitar la impunidad de los peores y para que tanto el achantado como el crítico parezcan lo mismo porque hablan igual. Acaba condenado el que se indigna, no el zopenco o el criminal o el que los tolera y hace nada más que juegos florales. Pues no, amigos, pues no. La libertad se construye con la palabra y la palabra debe ser contundente, firme y agresiva cuando los hechos lo merezcan. Caiga quien caiga. Y, si alguno se ofende, que venga, que venga, y hablaremos.

Sacerdotes virtuales. Por Francisco Sosa Wagner

La confesión o el sacramento de la penitencia es, como se ha dicho con acierto, “la panacea del confort espiritual” (G. Puente Ojea) y se instaura cuando la parusía (o segunda venida de Cristo) se dilata en el tiempo. ¿Cómo calmar los ánimos de los impacientes que además seguían pecando porque la carne es débil y las pasiones tienden al descontrol? se preguntaban los aficionados a estas cuestiones enrevesadas desde san Pablo para adelante.

La respuesta fue el sacramento de la penitencia. Que era pública en un principio y estaba ligada a unas penas severas pobladas de oraciones interminables, ayunos mortificantes, abstención del sexo, limosnas a tullidos etc. Quien redimía así sus pecados no por eso volvía a una vida ordinaria plena pues se le prohibía casarse y, lo que es lacerante, se le obligaba a inscribirse en una cofradía de penitentes donde se debían de aburrir de manera concluyente. Ya me dirán qué hacía un soltero teniendo que compartir sus ratos de ocio con otros penitentes que arrastraban como podían la marca de la infamia.

La flexibilidad se impuso y entonces es cuando surge la confesión auricular y reservada, es decir, el confesonario, ese artefacto que vemos en las iglesias y que está a medio camino entre el armario y la ventanilla de una oficina. Y no es mala invocación esta última pues, en efecto, la administración del sacramento cada vez se asemejaba más a la tramitación de un expediente. Que concluía con una penitencia puramente ritual y, lo que es más importante, con la absolución antes de su cumplimiento.

A partir de ahí el sacramento será un poderoso mecanismo de control social pues el confesonario se convierte en un lugar desde el que, como describe Clarín en “La Regenta”, se podía dibujar el mapa de la ciudad en punto a nombres y apellidos de pecadores y sus pecados preferidos, domicilio de las traiciones, rostros de las infidelidades y demás trapacerías con absoluta precisión. El poder que viene ligado a ello no es necesario destacarlo y era semejante al que hoy día tienen esos ministros del Interior que -como el nuestro- alardean de “saber mucho de todo y de todos”. Y de todas, me temo.

Pero la disciplina de las penitencias se ablandaría más y más y, por ese camino ancho y holgado, llegamos a la práctica bajomedieval de las indulgencias generales y plenarias que borraban miles de pecados de un plumazo volviéndose a la hoja en blanco de la inocencia. Hoy, que se habla tanto del “derecho al olvido” en internet, habría que buscar una fórmula emparentada con esta ideada en el seno de la Iglesia. El pecado se despersonaliza ya de forma rotunda y de aquí al abuso de la venta de las indulgencias y a Lutero, a las 95 tesis clavadas en el portalón del palacio de Wittenberg, etc no había más que un paso y ese paso se dio. Con las consecuencias conocidas.

Pues bien, ahora hemos llegado al colmo de la trivialización de todos estos gloriosos remedios. Resulta que una aplicación en el ordenador que se descarga con la misma frescura con que se descarga un paisano el texto de la ley Sinde permite acceder a los beneficios de la absolución, pagando -eso sí- la modesta cantidad de un euro y medio. Es decir, un católico se puede confesar vía iPhone o iPad. A través de la aplicación se accede a una serie de preguntas -cuantas veces, con cuantas mujeres etc- y finalmente se impone la penitencia: el rezo de un Ave María o un par de Credos, nada agobiante.

Además, al final, en una pantalla, aparece un texto que conforta al pecador. Y le recuerda que es obligación suya acudir a este alivio con la frecuencia que su desorden lo exija.

Toda aquella polémica acerca de si el oficiante debía o no estar libre de pecado (opere, operato, operans ...), que luego dejó obsoleta la funcionarización del cura, cobra ahora una dimensión concluyente pues internet no comete pecados. ¿O sí los comete? Cualquiera sabe, he aquí un bonito asunto para empezar de nuevo la controversia teológica ...

24 febrero, 2011

¿Engañamos a los estudiantes?

(Publicado hoy en El Mundo de León)

Lo que les voy a contar sucedió tal cual y hace bien poco en alguna universidad que no cae lejos. Un catedrático hizo el examen final de su asignatura y poco después recibió la visita de un alumno que no había comparecido y que le contó que había tenido cita con el médico a la hora del examen. El profesor le respondió que lo sentía mucho, pero que si alguna vez concurría a unas oposiciones, por ejemplo, tampoco le iban a cambiar la fecha de su ejercicio porque anduviera con gripe o se enfermara su abuela. A los pocos días, a ese profesor lo llama algún cargo del Vicerrectorado de Estudiantes, quien le cuenta que aquel alumno ha presentado una queja y que, a tenor de no sé qué reglamento, debe el profesor concertar con él otra fecha para la prueba. Le escriben al muchacho desde el Vicerrectorado para indicarle esa resolución, pero no da señales de vida. Entonces le sugieren al docente que él mismo le telefonee. Finalmente se encargan desde la secretaría de la Facultad de dar el aviso y el estudiante se pone en contacto con el profesor. Este le propone examinarlo al siguiente día, a lo que el otro le contesta así: no, no, me viene fatal, pues mañana debo recoger el coche en el taller. Tal como se lo cuento. Quedaron para una semana más tarde.

Es lo que hay, por ahí van los tiros en estos tiempos de demagogia general y chalaneo académico. Dirán que se trata de estrategias para eliminar el fracaso escolar. Es obvio que hay otro fracaso que a la autoridad universitaria le importa un comino, el fracaso vital. A esos muchachos que fueron aprobados entre algodones y mimados en los despachos de los chupatintas quién les va a explicar mañana que su título ha perdido todo prestigio y que en la carrera profesional no valen las excusas ni los pucheros, que la vida va en serio. Para qué les va a servir tener el mismo título barato que recibieron también todos los demás, si casi la mitad de los titulados jóvenes está sin empleo o sin uno decente. Por qué no asumimos que las universidades han de seleccionar a los más capaces y esforzados, para que podamos mañana fiarnos de los puentes que construyan, los pleitos que nos lleven o las cirugías que nos hagan. Por qué, que alguien lo explique.

23 febrero, 2011

Todo el mundo es bueno

Sorprendente lo ocurrido en la NBA. Lo explicaré tal como me lo han contado, aunque no entendí bien si es que ya todo ha sucedido de esta manera o si estamos al comienzo de un proceso que acabará así. Lo narro como si estuviera consumado

Conocemos todos el nivel del baloncesto norteamericano y la talla de los jugadores. Pero, un día, un buen grupo de baloncestistas bajitos constituyó una asociación y se ofreció para defender y gestionar con empeño los intereses de los profesionales de ese deporte. Los grandes de aquellos torneos estuvieron de acuerdo en delegar en esa asociación para que negociara por ellos ciertos asuntos, como el modo de pagar las primas por resultados o el régimen fiscal de sus sueldos. A nosotros, con tanto entrenamiento, tanto gimnasio y tantas competiciones, no nos queda tiempo para eso, pensaron. Pero hete aquí que los de la asociación de pequeños se pusieron a protestar porque todas las estrellas del basket medían dos metros o más. Como en la federación correspondiente, atestada de burócratas, ya andaban un poco hartos de las ínfulas que los Gasol y compañía se gastaban y, en el fondo, envidiaban su fama y sus ganancias, entraron al trapo y se formó una mesa par(asi)itaria para reformar las reglas del baloncesto y el estatuto de los jugadores. La integraban quince políticos de cuarta fila, catorce pequeñajos y la prima de uno de Chicago.

Después de muchos dimes y diretes, se decidió que, en efecto, existía una intolerable discriminación de los de menor estatura y se dispuso que, a partir de la siguiente temporada, las canastas se bajarían medio metro. Por si esa medida no bastaba y dado que podían los equipos empecinarse en mantener sus ajadas estructuras, se pactó también un sistema de cupos o cuotas, en virtud del cual en cada partido debería cada equipo tener siempre en pista al menos a un jugador que midiera menos de un metro setenta. La primera consecuencia fue que los profesionales de más envergadura empezaron a sentirse incómodos, pues se pasaban los torneos con lumbago por tener que agacharse todo el rato, unas veces para encestar y otras para recibir el pase de los compañeros pequeñitos. Así que más de uno se pasó al voleibol, mientras que bastantes aprovecharon para retirarse a vivir de sus rentas en hermosos ranchos del Oeste. Sólo cuatro reaccionarios lamentaron esos abandonos de los más cualificados deportistas.

La siguiente protesta vino de los entrenadores de tercera, que alegaron su frustración por tener que pasarse los encuentros gritando a pie de pista, cuando, en verdad, lo que a ellos les apetecía todo el rato era jugar como los otros. Así que también se reconoció el derecho de los entrenadores a meterse en las alineaciones cuando les apeteciera. Luego empezaron los administrativos, con el argumento de que ellos eran la espina dorsal de los clubes y que a ver quién iba a tener limpias las pistas y planchadas las camisetas si no fuera por lo que ellos se sacrificaban para gestionarlo todo. De modo que se otorgó a los secretarios, contables y mecanógrafos el título oficial de jugadores profesionales de baloncesto y, una vez que tuvieron dicha consideración formal, exigieron igualmente sus minutos de gloria en la cancha.

Al cabo de poco tiempo, el espectáculo era ya más chusco que otra cosa, pues en cada competición oficial andaban corriendo detrás del balón los más variopintos personajes, altos y bajos, gordos y flacos, jóvenes y mayores, con buena técnica algunos y más ganas que saber la mayoría. A todo esto, también se había pensado que la obligación de entrenar era un signo del autoritarismo propio de tiempos pretéritos y que el entrenamiento era una opción personal perfectamente libre. Al buen baloncesto sirve por igual quien se pasa las horas ensayando estrategias y tiros libres que quien se dedica nada más que a ratos, pero desea con idéntica fuerza la victoria en cada torneo, eso proclamaban muchos.

Reclamaron más tarde las animadoras, y no solo con argumentos de género, hasta que se pactó que antes de cada encuentro se sortearía quién bailaba en paños menores en el descanso y quién jugaba el partido completo. Al parecer, el día que a Kobe Bryant le tocó hacer de majorette tras el primer cuarto, decidió colgar las botas y dedicarse al cine. Después fue el turno de los conductores de los vehículos de los equipos y más tarde los socios jubilados, y en todos los casos hubo que aceptar sus legítimas reivindicaciones, en aras de la igualdad y por respeto a la Enmienda Catorce.

A la postre no había sitio para tanto y tan variado jugador, pese a que otra vez se modificaron las reglas para que jugaran simultáneamente veinte contra veinte, y no cinco por cada lado, como hasta ese momento. Del modo más natural y por la inercia de los acontecimientos, se fueron abandonando los estadios y los partidos se organizaban en los parques públicos, las playas o las plazas con amplias explanadas. Un periodista deportivo tuvo un día de esos la ocurrencia de escribir que ya no había diferencia entre el baloncesto profesional y las pachangas callejeras o los partidillos de colegio y, como es lógico, fue fulminantemente despedido de su periódico y tuvo que exiliarse en Alemania. Menos mal que se apellidaba Kaufmann y sabía algo del alemán que le había enseñado su abuelo, que había llegado a Missouri huyendo del nazismo.

Fue por entonces cuando el baloncesto empezó a brillar en Corea del Sur. Recibieron primero a unas cuantas figuras de la anterior NBA, entre ellas un par de españoles. Tanto el Estado como unas pocas empresas vieron venir el negocio e invirtieron en instalaciones, equipamientos y, sobre todo, en fichajes de grandes jugadores de todo el mundo, a los que reconocían y pagaban muy bien. Ni que decir tiene que los coreanos fueron criticados por entregarse a un modelo deportivo que más de cuatro tildaron de retrógrado, feudal y antisindical, aunque esto último no se entiende muy bien. Pero, curiosamente, los mismos que tanto se escandalizaban veían en la televisión cada partido coreano, pues se transmitían a todo el mundo los torneos de esa nueva liga, organizada bajo las siglas NBA(C).

En Estados Unidos una comisión del mayor rango, nombrada por el mismísimo Presidente de la nación, se ha puesto ahora a estudiar la mejor manera de reintroducir el baloncesto de altura en el país. Era un buen modelo de deporte y, sobre todo, un gran negocio para esta tierra, declaró recientemente la Subsecretaria de Deporte. El problema, para el que no se ha encontrado solución todavía, es el de como retirar el carnet federativo a los cientos de miles de ciudadanos que se han hecho con el control de los equipos, las alineaciones y las competiciones. Pero todo se andará o, en caso contrario, se habrá acabado para siempre aquella vieja supremacía baloncestística de los gringos.

Como me lo han contado lo he transcrito aquí, más o menos. Y el caso es que me quedo pensando, porque es como si el caso me resultara familiar y no sé de qué. Serán cosas mías.