24 agosto, 2011

Breviario del buen conversador

Es que la gente ya no sabe hablar. No me refiero en este momento a reglas gramaticales, a sutilezas semánticas o alardes sintácticos, no, sino a la conversación. A que se ha perdido, si alguna vez lo hubo -y tengo para mí que sí-, el arte del ameno conversar. Es para echar a correr y no parar en un buen rato. Lo mismo te endilgan una conferencia sin permiso, que te torturan con minucias sin cuento, igual te aturran con detalles de conocidos que no conoces, que te asfixian con planes que ni te conciernen ni te interesan. De muchos ya huyes como alma que lleva el diablo, sobrecogido y aterrorizado con solo verlos en la acera de enfrente, sabedor de que te harán prisionero de su verborrea de tres al cuarto y que, como intentes meter baza, aunque sea nada más que para un modesto desahogo tuyo o para contarles que te ha tocado la lotería -ojalá-, se largan con viento fresco y te dejan con dos palmos de narices, a quién se le ocurre interrumpirlos, con lo apasionante que les resulta oírse. Caray, si quieres referirte a tus cosas escribe un blog, parece que te indicaran al ausentarse y cuando te quedas con tu modesta palabra en tu boca discreta.

Hasta por teléfono. Tengo un amigo madrileño, por lo demás sumamente querido y al que por otras razones admiro, que cada tanto me llama. Siempre comienza así: “Qué tal, hombre, yo…” Y a su querido yo sigue esto otro, sin pausa y sin que puedas simplemente replicar que bien o que vamos tirando: yo estoy haciendo esto y lo otro y lo de más allá. Cuando se le acaba el repertorio de sus variadísimas hazañas, y sin transición, pasa a la siguiente fase: “Ya sé que en la universidad no dais golpe y es una vergüenza todo lo que hacéis y el otro día le contaba yo a No Sé Quién que a mi deberían hacerme profesor porque soy el único de este país que curra y sabe de las cosas”. Acto seguido, te enumera la larga lista de asuntos de los que él supuestamente conoce más que tú y que ningún otro. Y así una hora, poco más o menos. Luego cuelga y es milagro que no te hayas colgado tú también.

Es un ejemplo de tantos. No tienen interlocutores, sino que hacen prisioneros. Cuando al fin se van cansando, la despedida: bueno, te dejo, menos mal que hoy te encontré, porque nunca estás cuando te llamo, como todos los de la universidad, que no sé qué carajo hacéis todo el día. Es gente feliz la que así te castiga, narcisos perseverantes, alevosos ensimismados.

Mejor que demorarnos en la penosa casuística, elaboremos un pequeño catálogo de consejos para aquel que aún piense que la conversación consiste en conversar y no en hacer palanca en tus orejas para saltar él más alto.

1. La diferencia entre conversación y monólogo radica en que en la primera hay dos o más protagonistas, que por algo se llaman interlocutores. Para admirarse nada más que a uno mismo basta un espejo, y para quererse a sí mismo con fruición cabe hasta tocarse un rato, pero no hay por qué poner testigos que no tengan ganas de numeritos y exhibiciones.

2. El interlocutor también tiene su corazoncito, aunque sea minúsculo. Comienza por interesarte por sus asuntos, pregúntale cómo marchan sus cosas y trata de recordar si últimamente ha tenido algún problema o contrariedad, en cuyo caso la cortesía dicta que debes hacerle ver que te importa su situación y el desenlace de sus tribulaciones. No olvides nunca que él es como tú, en el peor de los casos.

3. Si el otro se está expresando sin desmesura sobre esos temas que le conciernen, no lo cortes. No es correcto interrumpir nunca de manera abrupta, y mucho menos cuando lo que te está contando es algo que a él le importa o le afecta grandemente. No tomes pie en cualquier palabra o expresión para meter tu baza a cualquier precio. Un ejemplo. Tu interlocutor ha empezado hace un momento a relatarte que se ha quedado un poco triste porque se ha muerto ayer su abuela de Albacete. Pues bien, no aproveches la mención de Albacete para saltar con la historia de que ahí precisamente hiciste tú el servicio militar y que te acuerdas que había un bar donde ponían unos estupendos bocadillos de lomo con pimientos que…

4. Ten consideración de la manera de ser y de la situación del que contigo se aviene a charlar. No se mienta la soga en casa del ahorcado. Si lleva cuatro divorcios trágicos, no hagas ostentación de tu feliz matrimonio único ni apología de la familia tradicional y estable. Si ha hecho voto de castidad y, pese a todo, no es mala gente, no te dediques a glosar los placeres de tu carne en todo tipo de citas y locales. Si no tiene hijos, aunque los desearía, no le enumeres las satisfacciones inconmensurables de la paternidad. Y así sucesivamente. Tampoco te extiendas en temas que ese amigo no esté capacitado para comprender o de los que nada pueda decir. Y, desde luego, no hagas ostentación de virtud o ventaja ninguna en la que el otro no pueda medirse contigo. Sobre todo, no le atices conferencias o ponencias sobre temas de tu especialidad que le sean totalmente ajenos.

5. Tanto en lo que dices como en lo que callas, deja ver que has catalogado certera y respetuosamente a la otra parte y que te interesa y te importa así, como es. Algunos casos sencillos. Si sabes y deberías recordar que no le importa absolutamente nada el fútbol, no te pongas a narrarle con lujo de detalles el último partido que viste o los intríngulis del reciente debate entre entrenadores. Si te consta que es alérgico a la telebasura, no trates compensar esa laguna suya a base de ofrecerle pormenores sobre la penúltima discusión en Tele5 entre una prima de Jesulín y una sobrina-nieta de la duquesa de Alba.

A lo mejor te estás moviendo a ciegas, sin conocer sus gustos. Pero sé perspicaz. Si al cabo de dos minutos de reportaje tuyo sobre faenas memorables de José Tomás ves que su boca permanece cerrada y su párpado va cayendo, frena en seco y cambia de tema o, mejor aun, deja que él encauce el diálogo por derroteros que puedan resultar de interés compartido.

6. Detalles, los justos. El detalle excesivo es enemigo de la buena dinámica conversacional. Si te lo quieres montar de Marcel Proust, escribe sobre tus tiempos perdidos, pero no atosigues a los demás de viva voz. Por ejemplo, una buena conversación sobre gastronomía y restaurantes se puede echar a perder si te empecinas en florituras sobre tu último plato del día o sobre las tapas que tomaste el año pasado en aquel restaurante de Murcia. Si te lo preguntan, dilo; pero si no, no te detengas en la minucia. No hace ninguna falta, bien al contrario, que te demores en el número de chorretes de nata montada que le pusieron a los higos en almíbar o en los milímetros de cada boquerón o en la escasez de cebolla que padecía la tortilla de patata. Y procura ir al grano. Si vas a relatar que ayer perdiste el tren a Zaragoza, no empieces así: “Me levanté a las cinco, me duché con la radio puesta, desayuné un par de magdalenas y un café con leche y luego me conecté a Internet para echar un vistazo a El País, encontrándome con la noticia de que había caído la bolsa el día anterior…”. Teniendo en cuenta que tu tren salía a las siete de la tarde, para cuando llegues a lo que importa el otro ya estará muerto o al borde del colapso.

7. No hagas ningún tipo de ostentación, al menos si no te han retado previamente. Es de muy mal gusto dedicarse a fardar de cualquier cosa ante el que no pretende medirse contigo. Por supuesto, sobra toda alusión, velada o clara, a lo rico que eres, las valiosas cosas que posees, lo muchísimo que follas, cuantísimo te quiere la gente, lo que te admiran tus compañeros, lo bien que haces el amor, según unánime juicio de las prostitutas de tu barrio y lo bien que te lo pasas todo el rato y en general.

Hay maneras más sutiles o livianas de ostentación que también están de más, pues aburren a las piedras y dan tufo de superioridad pretendida. Mismamente la ociosa mención de interminables listas de amigos, cada uno por su nombre o apelativo, que el otro no conoce y que le importan un cuerno: ayer encontré en el bar Tal a Pepe, que me dio recuerdos de Juan y me dijo que Alfredo tenía muchas ganas de verme para contarme que se va a casar con Pili, aquella que hasta el año pasado salió con Fernando. Rediez, y quien te escucha no conoce a ninguno de los aludidos, ni le suenan ni le interesan un pimiento, pues, para colmo, toda esa es gente que no tiene nada de particular.

8. Sé prudente al referirte a los temas de los que el otro sabe más que tú. No quieras aleccionar a otro sobre las cuestiones de las que te consta que es más conocedor o tiene mayor experiencia. Te arriesgas a que te deje seco al explicarte que eso ya lo dijo Max Weber, sin que tú tengas ni puñetera idea de quién será el tal Max Beber y se te note en la cara que estás a uvas; o, lo que es peor, que él se calle, poseído por la vergüenza ajena. Quién no ha oído alguna vez a cualquier chiquilicuatre explicarle con toda convicción a un médico especializado en nutrición que el limón tiene mucha vitamina C o que el arroz blanco es muy recomendable para la diarrea. ¿Qué les van a responder? Pues nada, se quedan como corresponde, silenciosos y pensando que de dónde habrá caído este cantamañanas que pretende mostrarles los secretos de su oficio.

9. ¡Cuidado con los tópicos o lugares comunes y con las frases hechas! Están bien para salirse por la tangente cuando a ti no te interesa nada lo que te están contando, son una forma de seguir la conversación a los pesados sin seguirla realmente y mientras no haya manera de echar a correr. Pero no presentes ese tipo de dichos y repetidas cantinelas como si fueran verdades profundas o, peor, producto de tus sofisticadas reflexiones. Afirmaciones del tipo “aquí todo el mundo roba”, “este es un país de ladrones”, “no hay político que no sea corrupto”, “el pez grande se come al chico”, “el que tiene padrinos se bautiza” y así, usadas con gesto circunspecto y pinta de querer impresionar al interlocutor, son indicio de cabeza hueca y pensamiento escaso y muy vulgar. Y a quien contigo habla no le dejan más salida que la de huir de inmediato o enfrascarse en certamen de chascarrillos, que si la culpa es de los catalanes, que si qué vas a esperar de los inmigrantes, que si la Merkel sí que tiene cojones y tal, derroches de profundidad y de originalidad.

10. Es muy fácil tener de qué hablar: pregúntale al otro sobre materias que le importen o que sean del interés de ambos y de las que tú puedas aprender. A lo mejor, si tú, amigo lector, has llegado hasta aquí, estás pensando que menudo lío, qué complejo de pesado y a ver ahora de qué hablo cuando me tope con alguno dispuesto a echar la parrafada. Muy sencillo, selecciona los temas de entre los que el otro puede conversar y pregunta sobre ellos. De casi cualquier individuo se puede sacar algo interesante o entretenido. ¿Qué estás con un gran físico? No me refiero a que te has puesto cachas, no volvamos con el narcisismo, sino a que te toca pasar un rato con un experto en Física. Hombre, pues, poniendo por delante que eres lego en la materia, rétale a que te explique de manera comprensible lo de los agujeros negros y ruégale que te narre qué tuvo de particular Einstein para hacerse tan famoso. ¿Qué te ha tocado enfrente, en la mesa, un jurista con algunas luces? Pues demándale opinión sobre las últimas renovaciones del Tribunal Constitucional o inquiere qué piensa de los jueces que tenemos. ¿Es tu interlocutor un labriego entregado a la tierra y los cultivos? Interésate por lo que opina sobre las patatas de aquí o las de Galicia, sobre si son tan buenos como dicen los puerros de Sahagún de Campos o sobre cómo ve la agricultura ecológica. ¿Te ha tocado en suerte un futbolista de segunda división? Plantéale cuál es el jugador actual al que más admira, pregúntale si es verdad eso que cuentan de que el día anterior al partido decisivo no conviene encamarse con la amiga hasta muy tarde o trata de averiguar cuánto vienen a cobrar anualmente y por término medio los futbolistas de segunda. Y así. Siempre vas a enterarte de algo provechoso o, cuando menos, curioso y que otros no saben. ¿No es mucho más útil y entretenido eso que contarles tú a ellos historietas de ti mismo que ya conoces de sobra porque son tuyas, precisamente? ¿Qué ganas, so Onán, con repetirle a ese físico, jurista, campesino o futbolista que en agosto pasado te zampaste una langosta caribeña en Punta Cana y que te la pusieron dura y con sabor a ajo?

23 agosto, 2011

Sentida y matizada apología de Herodes

Creerán más de cuatro amigos que uno aquí suelta cada día –poco más o menos- lo que se le viene al teclado, de sopetón y sin encomendarse a Dios ni al Diablo. Pues a veces sí y a veces no. Hay entradas que aguardan días y semanas, o hasta meses, pidiendo paso y que tardan en ser escritas, si lo son, por temor a los malentendidos y porque ya bastantes amigos se han dolido por cosillas aquí contadas. Es lo que ocurre con el tema de hoy, así que tentémonos la ropa y vayamos con pies de plomo, pues sostendré que, en general o por término medio, los niños, las presuntas criaturas dulcísimas y tiernas, son unos cabrones.

Rápido, amigo lector, tómese usted las sales, respire hondo, masajéese las sienes y vuelva, si quiere, al texto, para ver antes que nada la consabida puntualización: se trata de una generalización, pero, si de individuos concretos habláramos, si el examen fuera niño a niño, encontraríamos numerosos casos de posesión demoniaca o alma viperina, pero también más de cuatro que son una gloria de infantes, dulcísimas personillas, adorabilísimos seres, prodigios de la bondad, la generosidad, y la humana sensibilidad. Y más digo: los suyos de usted, los de todos y cada uno de mis amigos y compañeros y, por supuesto, los míos propios, forman parte de este círculo, selecto por reducido, de los pequeños sin tacha y que te hacen pensar que por qué no habrás tenido tres más y casi al mismo tiempo.

Reparen en que desde que he reincidido en la paternidad, hace cuatro años y dos meses, he tenido ocasión para observar a muchos pequeñajos y en las más variadas situaciones, en las casas, en el colegio, en los parques, en las calles, en las tiendas y centros comerciales, en las salas de juegos infantiles, en las piscinas, en la playa. Y de ahí la impresión ya reseñada: con las excepciones hace un momento aludidas, unos cabrones con pintas, de lo peor del género humano y del reino animal.

Puede que convenga relativizar algo, sólo un poco, este juicio mío, a base de ponerlo en un contexto más amplio. Y es que año a año y mes a mes me va asaltando una visión más triste y desilusionada del ser humano. Con esta gente que hay, qué hijos vamos a tener, dígame usted. Mas ese sería otro tema para debatir y analizar despacio, ya que ignoro si será que los años me están haciendo un cascarrabias medio asocial o si habrá algo de objetiva razón en esta sospecha de que la ciudadanía se vuelve más penosa de día en día. Sea como sea, la sensación es que nunca había habido tanta mezquindad, jamás semejante índice de aprovechados en todos los sentidos, de pícaros dispuestos a darte el palo como puedan y en cuanto bajes la guardia y, más en general, tanto zángano, tanto indecente y tanto rastrerillo con cara de conejo. Que no hay donde caerse muerto, vaya, y que menos mal que quedan, con todo, unos pocos amigos de ley y media docena de colegas con los que aún puedes conversar sin poner el culo contra la pared y la mano en la cartera.

En tan idílico marco, contemplo lo de los pequeños y no me conformo con el diagnóstico feroz, sino que me pregunto, ahí sí que con más dudas, sobre terapias y tratamientos. Primero lo primero: usted, si tiene práctica reciente de andar con niños de un lado para otro, ¿ha visto qué crueles son, qué egoístas, qué abusones, qué nulamente compasivos, qué soberbios? Podríamos nombrar “virtudes” y no parar. ¿Las quieren más de detalle? Pues observen con qué fruición tratan de monopolizar la atención y las conversaciones, cómo disfrutan interrumpiendo a los demás, mayores incluidos, cómo gritan para que nadie más hable, con qué saña fingen dolores, enfermedades y contratiempos, cómo se recrean en el sufrimiento adulto, y en el de sus compañeros de armas para qué decir, qué faenas se hacen unos a otros sin rastro de conmiseración, cómo se adulan y te adulan cuando necesitan a otra persona y cómo la desprecian, con qué desaires, cuando ya no les hace falta, qué pronto averiguan dónde está el talón de Aquiles de cada cual, qué hace a los otros vulnerables, qué tecla tocar para, cruelmente, vencer la resistencia ajena.

Es natural, lo sé. Los psicólogos dan nombres simpáticos a las etapas del desarrollo moral infantil y justifican por qué son egoístas, egocéntricos, ególatras y engreídos. O sea, unas joyitas. Lo que no les queda claro ni a ellos ni a mí, una vez descrita la desazonadora situación, es qué tratamiento convendrá darles a esos pequeños engendros nuestros. Lo de antes funcionaba, al menos en parte. Quiero decir que serían o seríamos de niños igual de malnacidos, pero al menos en casa y cuando había adultos delante, se disimulaba, por la cuenta que nos traía. Luego, en la escuela o en los parques del barrio, ya nos desquitábamos insultando o pegando a los más débiles de nosotros. Ahora esto último no ha cambiado ni un ápice, por supuesto, pero ya nos pegan, insultan y vejan también a los mayores y nos ponen a sus órdenes con tiránico designio. Esa es, sin la más mínima duda, una de las más sorprendentes sensaciones de los padres de hoy en día: ver que un mierda de dos o tres años ya te puede y te domina y que tú no te atreves ni a decirle que por favor, Luisito, deja de retorcerme los testículos y no le claves alfileres al amiguito en los ojos. ¿Por qué? Lo ignoro. Pero es lo que hay.

Los misterios son más. Interesantísimo, para sociólogos, psicólogos y científicos sociales en general, es el de por qué la gente normal sigue teniendo hijos. Ahora díganme que porque casi no queda gente normal, y a lo mejor les doy la razón. ¿Qué motivos puede haber hoy en día y aquí para tener hijos, para buscarlos con dolo y nocturnidad? Muchas de las de antaño se comprenden, esas sí. Por ejemplo, a la gente le hacía ilusión perpetuarse en sus descendientes, dar salida a sus genes. Así se perpetuaron tantos que mejor habrían estado con un nudo en salva sea la parte. En las sociedades patriarcales e inmobiliarias contaba grandemente el afán por salvar las propiedades de uno en forma de herencia para sus hijos, no fueran a comérselas otros. En ambientes rurales hacía falta mano de obra casera y gratuita, y por eso se reproducían de doce en fondo y aquí te cojo, aquí te preño, vida mía, hagámoslo por lo nuestro. También era inversión para asegurar la vejez y procurarse atenciones en la decrepitud, razón por la que no había matrimonio tranquilo sin alguna hija, o, en el peor de los casos, sin nuera dócil. Pero ahora, díganme, ahora para qué. De esos motivos ya no vale ninguno, bien pensado; o casi.

Necesitamos hipótesis, explicaciones nuevas. Una puede tener que ver con la situación contradictoria de la mujer, ya felizmente liberada, sí, pero solo a medias. Las pobres damas son bombardeadas con la falaz idea de que sin la maternidad queda sin desarrollar una faceta crucial y muy grata de su ser. Se lo cuentan así en las comidas familiares, en la peluquería y hasta en el trabajo. Y se lo creen, cómo no. Un hijo te llena la vida. No se sabe de qué se la llenarán, pero el tópico hace mella en las mujeres.

Luego están las secuelas culturales y psíquicas de la idea de familia. La gente se empareja en plan estable y, al poco, quiera que no, se pregunta para qué y qué falta le hacía. Y, como respuesta mejor muchas veces no se encuentra, hay que suponer que será para tener una familia con todas las de la ley y hacerse hijos. Lo uno lleva a lo otro, como si, por ser lo uno natural, lo fuera lo otro igualmente. De ahí que, por lo común, cuando en una pareja empieza la crisis, muchos concluyen que debe de ser porque les falta algo, porque les faltan los hijos. Mano de diablo: pareja que sin niños malamente se soporta, con ellos pasará a odiarse. Luego, como ya parece que lo del emparejamiento no era tan santo y evidente, el apego se proyecta en la prole y toca pelearse por los descendientes, para que a ellos no les falte la dicha de tener dos casas en vez de una y de peregrinar los fines de semana.

Queda, en fin, aludir al último factor, pero no el menos importante: las consecuencias del llamado Estado del bienestar. En los Estados de esta parte del planeta se vive bastante bien y, sobre todo, queda mucho tiempo libre. Los ciudadanos se aburren, aun cuando haya fútbol todos los días y tengamos Tele5. Urge rellenar el tiempo ocioso y quitarse horas para pensar. ¿Solución? El pasatiempo de los hijos. Mientras los llevas y los traes, los vistes y los desvistes, los proteges y te proteges de ellos, vuelves a sentir que tienes algo que hacer, algo extremamente relevante, al fin un deber y una ocupación.

Ellos lo saben o se dan cuenta, lo captan pronto. Tienen la sartén por el mango porque tú, papá o mamá, te has convertido en la parte débil de esa relación. Eres rehén y te refocilas en tu síndrome de Estocolmo. Al otro lado está el aterrador vacío, no te lo puedes permitir. Mímalos, cómprales de todo, hazles los deberes, pégate con sus profesores, tolérales las impertinencias, permíteles sus desprecios, adora a tus nuevos emperadores. Sacrifícate, cabrón, entrégate, ríndete. El poder ha cambiado de manos, la sociedad se ha tornado infantil, la crueldad de los pequeños ya es la ley de los mayores.

Terminemos en positivo. Por supuesto que se puede ser muy feliz con la propia prole y que cabe hasta que no te dominen y los vayas haciendo provechosos ciudadanos del mañana. Claro que sí. Pero conviene distinguir. Durante siglos y milenios la descendencia era un efecto de la inconsciencia y una imposición de la tradición o hasta una trampa de los modos de producción, como diría un marxista de los de antes. De ahí hemos pasado a la frivolidad como móvil para paternidades y maternidades. Se buscan hijos con afán bien similar al que nos gobierna cuando cambiamos de coche o nos compramos una tele de plasma. Quizá llega la hora de que entremos en la fase de la paternidad consciente y un poco responsable, de la paternidad que forme parte de un plan de vida reflexivo y bien orientado. ¿Qué cómo se come eso? Permitámonos una esquemática exposición en forma de elementales consejos.

1º) Jamás busque hijos si usted no los quiere. Y cuando digo usted, digo usted, no me refiero ni a su pareja ni a sus padres de usted ni a sus suegros o a la peluquera.

2º) No acepte opiniones parciales, sesgadas. Y, como en eso imparcialidad no cabe, no acepte opiniones, y punto. Casi todos los que han sido padres le van a decir que sí y que qué maravilla y que no se lo pierda. Nadie tiene narices para confesarse fracasado por no haberse echado al monte sin descendencia. Los que no han procreado tampoco valen, pues nunca estaremos seguros de si mueve sus juicios la satisfacción o el despecho. Así que usted mismo, no hay otra.

3º) Cuídese muy mucho de haberlos con cualquier mamerto/a. Y, desde luego, si tiene una pareja que le parece de primera, tómese, así y todo, su tiempo. ¿Cuánto tiempo? Mínimo, cinco años de convivencia. Convénzase, sin autoengaño, de que será capaz de aguantar a la contraparte también cuando haya descendencia de por medio. Considere este curioso e inapelable efecto: cada hijo multiplica por diez los defectos de su pareja. Así que ojito. Si su pareja es un bicho o ya apunta maneras de tal, no olvide que mañana se va a fortificar detrás de su hijo y contra usted. Tampoco eche en saco roto esta otra consecuencia que la estadística confirma: el niño casi siempre sale al peor de los progenitores. Si es usted, no pasa nada, pero si es el otro, prepárese para que entre dos lo torturen.

4º) No descarte tenerlo usted solo. Si es mujer, está fácil; si es varón, también hay maneras, empezando por la adopción individual. Los riesgos de una relación entre dos siempre son menores que los de una relación a tres bandas. Y, tal como está el panorama, es para meditarlo antes de embarcarse, con el personal que abunda, en proyectos vitales de tan hondo calado.

5º) Con todo, no se pase de egoísta. Pregúntese honestamente por qué quiere un niño y rechace de plano toda respuesta suya que empiece así: “porque yo…”. Ni porque yo lo necesito ni porque yo tengo ese gusto ni porque yo quiero que él disfrute lo que yo no tuve ni nada de eso. La gente de bien no tiene hijos para que sean de ellos, de los padres, sino para que sean de sí mismos, para que puedan llegar a ciudadanos autónomos y responsables. Si alguien se aburre o necesita compañía o quiere compensar alguna íntima frustración, mejor hará comprándose un perro o un gato.

6º) Nunca se resigne a nada ni soporte a quien no deba so pretexto de que lo hace por su hijo. En eso sí que los niños aprenden de uno. Aprenden a ser autónomos y valientes o a ser unas piltrafillas. En algunas ocasiones el mejor ejemplo que se puede dar a un niño es el de mandar a tomar vientos a su padre o su madre. Educadamente y sin malas maneras, pero como hace la gente con autoestima. Mantenga usted ante su hijo su autoestima, por estima a él y para que mañana también él sepa cuidar de sí mismo y hacerse valer.

7º) Y, hablando de autoestima paterna, ningún hijo se respetará de adulto a sí mismo ni respetará a los demás si de pequeñajo no ha visto cómo su padre y/o su madre se hacen respetar, incluso por él mismo, por el propio hijo.

Si usted, paciente amigo o esmerada amiga, considera que ha pasado este pequeño test con buena nota, adelante, procree sin miedo. Puede disfrutar mucho, como yo mismo estoy disfrutando toda esta temporada. Porque hasta en la selva más repleta de alimañas se pueden vivir muy buenos momentos. Es cuestión de guarecerse y saber montárselo.

22 agosto, 2011

Hablemos de VALORES con los papistas y los papanatas

Llevo todos estos días aguantándome las ganas de soltar con cuatro juramentos lo que pienso de las palabras del Papa de la Iglesia Católica y de hacer algunas bromas sobre ciertos orgásmicos gestos de peregrinos y peregrinas. Pero he conseguido aguantarme. No es mi gente y no es mi problema, y por mí como si se machacan las gónadas con unas piedras o se ponen un cilicio alrededor del sebo ventral. Que los pueden zurcir, vamos, y que un servidor no perderá tiempo en ver cómo braman de dicha en hedor de santidad.

Uy, dirán algunos, respira odio. No, majetones, transpiro asquillo, que es diferente. A cada uno lo suyo.

Están en su derecho de pensar lo que quieran y decir lo que les dé la gana, claro que sí. Dentro del mismo orden que todos los demás. Más digo, si quiromantes, echadores de cartas y variadísimos embaucadores salen hasta en la tele y montan su negocio con la complicidad de autoridades públicas y empresarios privados, por qué no va a venir un señor de Roma, cuya supuesta legitimidad la aporta un tal Espíritu Santo que se posa sobre quien eligen unos cardenales con aquella pinta y que se dedica a repetir a su rebaño las cantilenas que ya pergeñaron sus antecesores en el cargo: que el ser humano viene a este mundo con un pecado original, que Dios quiso darle una oportunidad mandando a su propio hijo a que lo mataran y que si uno se lo cree y toma una hostia consagrada, se come la carne del hijo y se bebe su sangre y se queda puro y bendito a tope. Hay que joderse. Ah, y que nada de darse placer con las partes, que eso sí que es lo peor y que qué horror el sexo por libre y sin morirse de miedo, niños.

Pero no era eso lo que iba a comentar aquí. Sorry. Que celebren en cualquier capital su Día del Orgullo Católico. Que sobre su fe y para los de su fe digan lo que quieran y se entreguen a los cuentos de hadas y a los relatos de vírgenes y sátiros, claro, pero que hablen con propiedad cuando se dirigen a todo el mundo. Y, a propósito de lo de dirigirse a todo el mundo, no sé por qué diantre tengo yo que estar condenado a escuchar los mensajes del Papa en todos los noticiarios y sintonice la cadena de radio o de televisión que sintonice. Reconozco y reivindico su derecho a hablarle a su grey, con la misma contundencia que exijo el derecho mío a no oírlo, ¿vale?, sin que para ello tenga que irme a la montaña y desconectarme del mundo. ¿Cómo podría ser? Muy fácil, que las emisoras anuncien por anticipado si van a contar o no las milongas papales y que una al menos, una de las públicas, se comprometa a no decir ni pío del pío sucesor de Pedro. O eso, o prohibimos Radio María, para empezar, por el daño que puede hacer a la infancia y la juventud. Y bien justa y generosa me parece mi propuesta, vaya.

Al grano de una vez. Tengo entendido que el Papa inmóvil este ha vuelto a soltar aquello de que la sociedad no debe vivir sin valores y que la falta de valores conduce al totalitarismo. El muy felón lo dice así, valores, a secas. No dice valores cristianos o valores católicos, no, dice nada más que valores. Porque sutilmente (bueno, no tan sutil, con la ordinariez que es propia de ese personal) pretende indicar que los otros, los de los demás, no son valores.

Todo dios tiene valores, los creyentes y los no creyentes, los demócratas y los totalitarios, los de Guadalajara y los de Tegucigalpa. Un valor es una pauta abstracta que se emplea para calificar moralmente acciones, normas o estados de cosas. Así, valores son, por ejemplo y entre muchísimos, la libertad, la igualdad, la justicia, la tolerancia, la santidad, la castidad, la obediencia, la honestidad…

Miren esa breve enumeración que al buen tuntún acabo de dejar en el párrafo anterior y ya nos podemos hacer una idea de cuáles son las dificultades teóricas y prácticas con los valores. La primera consiste en que hay valores positivos y valores negativos. Vuelvan a repasar esa pequeña lista y piensen si todos les suenan bien, como referencias positivas para la conducta humana y la organización del mundo. Hay dos que a mí no me gustan ni un pelo: la santidad y la castidad. De otros tengo serias dudas, como la obediencia. Para usted serán otros los discutibles, los que o no son valores o lo son para mal, valores negativos. Pero lo que importa ahora no es debatir el detalle, sino reparar en que distintas personas y distintos grupos propondrán diferentes listas de valores, de valores positivos, de tales pautas o referencias que deben valer de guía para orientar nuestra vida y la organización de las sociedades.

La dificultad siguiente está en que tampoco habrá coincidencia sobre cuál sea el contenido de los valores que unos y otros estimemos tales. De acuerdo, usted y yo consideramos como uno de los supremos valores morales el de la libertad, pero ¿con qué alcance? Para usted, respetable persona conservadora, tradicionalista o católico a carta cabal, que dos personas perfectamente adultas y con plena capacidad de consentimiento se entreguen en común al placer sexual, del modo que la imaginación y el deseo les permita y sin reparar en cuáles oquedades están toleradas y cuáles son pecado, no forma parte de la libertad, sino de su negación o caricatura bajo la forma de libertinaje. En cambio, a mí lo que me parece atentatorio contra la libertad es lavar el cerebro a la gente, y en especial a los adolescentes, para que no se atrevan a hacer con su cuerpo lo que les dé la real gana, sin traumas ni remordimientos cuando a ningún otro dañan con ello. Y lo mismo que, juguetonamente, decimos para la libertad, lo podríamos establecer para cualquier otro valor.

Lo que los valores morales tienen de valores comunes suelen tenerlo así por razón de la apertura de su contenido, precisamente. Esa apertura o indefinición, más allá de un cierto núcleo básico, es lo que permite en nuestras sociedades los acuerdos constitucionales en torno a los “valores superiores” de nuestras constituciones. Por eso un católico y yo podemos vivir bajo la misma Constitución y el mismo sistema de reglas jurídico-políticas, aunque yo a él le parezca un monstruo perverso y yo lo considere a él un soplagaitas: porque fiamos el contenido de las leyes, sean penales o civiles, sean de derecho público o de derecho privado, a las decisiones de las coyunturales y mudables mayorías electorales o a los acuerdos entre grupos que mantienen creencias morales y políticas bien distintas. Yo, por mi escepticismo, lo hago con gusto y convencido de que otra forma civilizada no cabe. Un Ratzinger lo hará de mala hostia, ciscándose en los muertos de la mayoría y pensando que maldita la hora en que los estados dejaron de ser confesionales. ¿O no?

Así que, primero, valores tiene todo quisque, repito, y si caemos en totalitarismos, torturas o masacres, no va a ser porque a media humanidad se los hayan amputado. Segundo, no perdamos la memoria, Herr Benedicto. Porque me acuerdo yo de unos cuantos totalitarismos del siglo XX de los que la jodida Iglesia, la iglesia institución que usted gobierna ahora, no dijo una sola palabra critica mientras oprimían, torturaban o mataban. ¿O habrá que traer a colación a Franco, Videla, Pinochet y tantos otros mierdas con sable que eran agasajados por obispos y cardenales, recibidos con honores en catedrales e iglesias y tenidos por defensores de los supremos valores del Occidente cristiano? ¿Relación entre el totalitarismo y ciertos valores? Sobre eso podría usted mismo escribir unos libros bien gordos, don Joseph, cuerpo mí(s)tico.

Pero no, tontos no son. Cuando dicen que vamos a pique por falta de valores, no es que ignoren las obviedades de ética para párvulos que acabo de recordar. Es que van a la suya y a su estilo. Desprecian y ofenden, pero no a calzón quitado y a cara descubierta, sino a sotana puesta y con vocecita aflautada. Afirman, con ese estilito suyo, que los de los demás, los de los no creyentes, no son valores ni cosa que se les parezca. Que ellos tienen el monopolio de la moral y la verdad y que o les hacemos caso o nos vamos a la mierda, por las malas o por las malas. Primero desean que algún generalote nos meta en vereda. Si no quedan de esos, confían en que, al menos, nos parta un rayo. Pues ellos, que son los llamados, tienen que dar sentido a sus miedos y sus mezquindades y a haber decidido ser como son. Porque la fe no es un don, no fastidien; la fe es una decisión. No les tolero que me digan, con la mano sobre la tripa y la sonrisa meliflua, que ellos tienen un don que a mí no se me ha dado, chincha, rabia.

Para ellos es un valor de los más valiosos el que la gente no se toque por gusto los genitales si no ha habido cura de por medio. Yo voy a probar estos días, a ver si le pillo a semejantes chuminadas el sentido que se me escapa. Les doy mi palabra de que durante el próximo trimestre no me voy a tocar el talón izquierdo ni me lo voy a rascar aunque me pique. A lo mejor me aficiono y sigo y encuentro así, a lo tonto, el sentido de mi vida o se me convierte en un don, dindón. Por qué voy a ser menos que otros, vamos a ver. Tal vez dentro de una temporada ya lleve detrás de mí legiones que griten aquello de “santo subito” o queremos tu talón, tolón, tolón.

Ultimísimo que digo: que sea la última vez que se me meten aquí los lamesotanas a colocar enlaces sobre papas y popes. Nunca jamás borro un comentario, pero en el futuro los de esas sectas –que sí, que son los de la pútrida secta, lo sé; no me refiero a los católicos en general, sino a los fanáticos de la secta- no los voy a tolerar y, de propina, me voy a cagar en sus santos aquí mismo. Dicho queda. Cada uno en sus blogs y Dios en los de ello y en sus obras.

20 agosto, 2011

Bolzano, donde las lenguas se entrelazan. Por Francisco Sosa Wagner

llegar a bolzano desde Múnich es fácil: apenas cuatro horas de tren que transcurren a través de un paisaje feliz que se encarna en alturas altivas, en lagos apacibles, en bosques cuyo corazón en verano es un torrente en ejarbe, y donde las temperaturas son tan cordiales que parecen ofrecer los buenos días como lo hacen esos enanitos jocundos que pueblan los jardines de tantas casas de la región.

Además, el tren austriaco dispone de esos vagones tradicionales que ya apenas quedan y donde se cometían los crímenes de la época gloriosa y novelada. En el que me instalo había un matrimonio japonés con su hijo de 12 o 13 años que se dirigía hacia Milán. Curiosa la actitud de los tres: habían venido -según contaron- por primera vez a Europa en viaje turístico, estaban atravesando nada menos que los Alpes Dolomitas... Pues bien, ¿alguien cree que dedicaban alguna atención al paisaje? Es probable que ese hubiera sido su deseo pero les resultaba imposible pues estaban literalmente enredados entre cables: del ordenador, del iPod, del iPad, de los móviles, de la máquina de fotos, de la de vídeo... En medio de aquel lío era imposible mirar por la ventana ni disfrutar de aquellos montes suntuosos y venerables.

Bolzano (en alemán, Bozen) es, como ciudad, un descubrimiento sobre todo si se disfruta de un tiempo sereno en el que aletean las brisas finas y se reciben por doquier las galanterías de las flores. Bolzano es una maravilla urbanística, una coquetería arquitectónica, el mimo austriaco y la gracia italiana maridadas... No me extraña que se hayan peleado por esta joya unos y otros a lo largo de los siglos. Perteneció al Imperio austrohúngaro y pasó al dominio italiano tras la Gran Guerra. Mussolini quiso italianizarla utilizando los métodos recios a que acostumbraba y Bolzano hizo como que aceptaba los deseos de aquel histrión de teatro en almoneda. Pero siguió con sus sentimientos partidos, entre las culturas italiana y germánica.

Capital de lo que hoy es, jurídicamente, una provincia autónoma dentro de una región italiana, Bolzano es, en términos geográficos e históricos, la zona sur del Tirol. El Imperio de Austria se vio obligado a ceder en 1858 ciudades y espacios a la Lombardía y en 1866 a Venecia. A partir de ese momento, los italianos bajo dominio austriaco eran los que vivían en los territorios costeros de Goricia, Istria, Gradisca y Trieste así como de Dalmacia. En el Tirol estaban mezclados con la población alemana. El catolicismo era, en esta zona, militante -se le llamaba el sagrado Tirol- y ya en las jornadas revolucionarias de 1848-1849 se gestó la idea de dividir el territorio en dos partes: un Tirol alemán en el norte, con Innsbruck como referencia, y otro italiano en el sur, con Bolzano como epicentro. En el marco del Imperio regido desde Viena, los tiroleses disfrutaron de una suerte de Administración autónoma que perdieron en buena medida cuando se convirtieron en zona fronteriza con el reino de Piamonte-Cerdeña primero y de Italia después en el conocido proceso de unificación de este país. Ante estas nuevas circunstancias, se impuso por parte de las autoridades austriacas una discreta pero vigorosa vigilancia. Con todo, los tiroleses siguieron disfrutando de unas ciertas libertades e incluso se hubiera podido crear alguna universidad italiana en el Imperio austriaco si dificultades menores no hubieran desbaratado el proyecto.

Esta región fue, para el Imperio, un problema limitado si lo comparamos con los gigantescos causados en otros lugares. Cuando llegaron sus amenes, las pérdidas territoriales establecidas por el Tratado de Saint-Germain (septiembre de 1919) fueron muy aflictivas para los austriacos: cesión a Italia del Trentino, Tirol del Sur, Trieste, Istria, varias islas de Dalmacia y el Friuli. Se reavivaron las lágrimas derramadas con ocasión de las derrotas de 1859 y 1866.

Después de la Segunda Guerra Mundial se creó la región del Trentino Alto Adige porque Alcide De Gasperi era oriundo de esas tierras y porque quería compensar la alemanidad de una zona con la italianidad de la otra. Tras las últimas reformas constitucionales hay dos provincias: el Trentino, con la capital en Trento, italiana; y el Alto Adige (Südtirol para los alemanes) cuya capital es Bolzano donde se habla el italiano y el alemán con normalidad. Ha habido en el pasado enfrentamientos lingüísticos e incluso terrorismo -en los años 60- pero hoy parecen superados, en todo caso no conocen expresiones violentas. A esta situación se ha llegado por la conjunción de varios factores, entre ellos la prudencia de sus gobernantes y de sus poblaciones, y la incorporación de Austria a la Unión Europea.

El quiosquero, los empleados del hotel, los conductores de los autobuses, los camareros, los jóvenes que uno se tropieza por la calle, hablan uno y otro idioma. En la escuela se aprenden y es así como se construye una comunidad. Comparo la situación lingüística con la de Bélgica, dividida en dos poblaciones rencorosamente enfrentadas y donde las lenguas no se utilizan como instrumentos del entendimiento sino como armas de combate. Lenguas como trincheras. Pruebe el viajero a acudir en tren desde Bruselas a Amberes, a Brujas, a Gante: en cuanto sale de la región de Bruselas -bilingüe- los anuncios de las estaciones del recorrido ya se hacen solo en neerlandés. Sin concesión alguna, ni siquiera al inglés. Para qué hablar del francés...

O en España, donde los partidos nacionalistas vascos, catalanes y gallegos están empeñados en formar comunidades unilingües a base de forzar la historia de la tierra, de las familias, de las costumbres, de todo aquello al alcance de su obstinación política. Bolzano es, por el contrario, tierra donde las lenguas se entrelazan que es como más gustosas son las lenguas. Por sus bosques de músicas, olores y colores anduvo hace miles de años un hombre que careció en su tiempo de significación alguna pero que, convertido en momia y descubierto 5.000 años después en un estado de conservación apreciable, le ha hecho ser un personaje de telediario. ¡No eres nadie en vida y de momia eres un momio!

ES TIERRA además de vinos. Hay varios pero quiero recordar que la famosa uva Gewürztraminer tiene su origen en un pueblecito que se halla a poco más de 20 kilómetros de Bolzano. Se llama Tramin, un lugarejo bellísimo. Es lástima que un domingo, en pleno verano, sea imposible en él comprar nada, ni una botella de vino, ni un recuerdo, pues todos los comercios cierran. El único mesonero que trabaja me cuenta que Tramin es un paraíso porque está a poco más de 200 metros sobre el nivel del mar, apenas nieva en invierno y disfruta de un clima que permite grandes cosechas de peras, manzanas y verduras. Y tiene razón pero tampoco hay que llevar esa condición paradisíaca a sus últimas consecuencias pues es verdad que en el paraíso no se pegaba golpe pero, al final, de él fueron expulsados nuestros primeros padres para «ganarse el pan con el sudor de su frente» y este mandato podría ser observado con mayor rigor por los privilegiados habitantes de este lugar.

En fin, de Tramin queda la uva milagrosa, una uva audaz pues se ha escapado hace ya años a buscar aventuras por Francia, por Alemania, por España (Cataluña, El Bierzo...), lugares todos donde ha echado raíces. El vino que produce, tomado frío, con quesos suaves o con un postre pecaminoso por pingüe, es una tentación por la que toda persona bien conformada debe dejarse atrapar.