19 noviembre, 2011

Hans Kelsen y su "Defensa de la democracia"

Como el otro día contaba de pasada, acabo de traducir un pequeño artículo de Kelsen que aún no estaba en castellano y que se titula "Defensa de la democracia". Saldrá en un libro colectivo el año que viene, pero ahora mismo cuelgo aquí un par de fragmentos.
Téngase en cuenta que está escrito en 1932, en Alemania y en los estertores de la República de Weimar, de la que el propio Kelsen decía entonces que es "la Constitución más libre que jamás se ha dado un pueblo". Sabemos lo que pasó después.
Repárese también en el valor perenne de los clásicos y en cuán fácil es comprender que resulten molestos para tantos. Kelsen es un clásico de la teoría jurídica y de la teoría política y del Estado.
¿Acaso no nos concierne ahora mismo lo que dice sobre la democracia de los especialistas y sobre la usurpación del poder por los técnicos?
Ahí van las palabras de Kelsen.

Sorprendentemente, en el campo de de la teoría social, que en gran parte no es más que un ámbito de la ideología política, el juicio sobre el valor de la democracia se ha modificado súbitamente durante el último decenio. Se vuelve cada vez más pequeño el número de aquellos teóricos dispuestos a conceder alguna ventaja a esta forma de Estado, incluso es cada vez más escaso el número de los que se esfuerzan en aprehender su esencia con objetividad. En los círculos de los teóricos del Derecho Político y de la Sociología resulta hoy poco menos que una obviedad el hablar de la democracia en términos despectivos, mientras que cuenta como moderno el saludar a la dictadura, directa o indirectamente, como el alba de una nueva época. Y ese giro de la actitud “científica” va hombro con hombro con un cambio del frente filosófico: de la claridad del empirismo crítico propio del racionalismo, del que la democracia es espacio vital, empirismo crítico tachado ahora de superficial, se retorna a la oscuridad de la metafísica, oscuridad tenida por sinónimo de profundidad, se pasa al culto a una irracionalidad nebulosa, una atmósfera particular en la que vienen medrando a sus anchas las diversas formas de la autocracia. Este es el signo de los tiempos.

Por eso es hoy doblemente necesario, por eso es hoy más urgente que nunca que aquellos pocos que han mantenido sus cabezas libres de la obnubilación de las ideologías políticas se esfuercen en reflexionar sobre la verdadera esencia y el verdadero valor de esta democracia hoy tan vilipendiada, que se comprometan públicamente a favor de ese bien, antes de que su pérdida enseñe también a los otros lo que ellos mismos pierden. Aunque no sea como si aun cupiera una gran esperanza de que la pérdida pueda evitarse. Hoy, un amigo de la democracia se parece mucho a un médico en la cabecera de un enfermo grave: se prescribe el tratamiento, aun cuando casi han desaparecido las esperanzas de que el paciente se mantenga con vida. Mas el compromiso con la democracia sería también una obligación de cada demócrata, incluso en el caso de que cualquier intento de salvarla estuviera completamente abocado al fracaso. Hay también una fidelidad a la idea, que es independiente de las posibilidades de realizarla. Y hay agradecimiento por una idea que va más allá de la tumba de su realización.

(...)

Con todo, el principal argumento que una y otra vez los defensores de la dictadura traen a colación contra la democracia es este: que su principio básico, el principio mayoritario, es inadecuado para asegurar una objetivamente correcta formación de la voluntad comunitaria. No debe decidir la mayoría, que no ofrece ninguna garantía para el bien del orden así creado, pues el principio mayoritario no es más que un método para la formación de voluntades y no brinda ninguna determinación del contenido de la voluntad. Más bien deben gobernar los mejores. Desde Platón, esta ha sido siempre la fórmula con la que se ha luchado contra la democracia, sin haber logrado poner algo mejor en su lugar. Es una fórmula tan cautivadora en su función negativa como vacía en su función positiva. Pues que los mejores deben gobernar es una obviedad, pero el gobierno de los mejores únicamente significa que el orden social debe poner a los mejores en el lugar correcto. En eso todo el mundo estaría de acuerdo. Pero de lo que todo depende es de la respuesta a esta pregunta: qué es lo correcto, en qué consiste; y a esta otra: quién es el mejor, cuál es el método que con absoluta seguridad lleva a que el mejor y nada más que el mejor alcance el gobierno y se mantenga en él, aun contra el asalto de los malos. A esta pregunta, decisiva desde el punto de vista de la teoría social y de la praxis, no se da ninguna respuesta desde el lado de los contrarios a la democracia. Ellos esperan toda salvación del líder (Führer). Pero en la autocracia queda encerrada en una mística oscuridad la creación del líder (Führer), la cual en democracia ocurre bajo la clara luz de un procedimiento públicamente controlable: mediante la elección. En la autocracia el método racional es sustituido por la fe en un prodigio social. Ese líder (Führer) tocado por los dioses, que conoce el bien y lo quiere, cuya existencia simplemente se presupone, con lo que el problema técnico-social de la organización no es resuelto, sino apartado, ocultado mediante la ideología. Pero la realidad de las dictaduras nos enseña que es el poder el que decide, que como mejor cuenta el que somete a los otros. Bajo las tesis del derecho exclusivo de los mejores a gobernar se oculta nada más que un acrítico y milagrero culto al poder.

Con apoyo en la doctrina de que debe dominar el mejor, se mantiene por regla general la exigencia de que en todas o en todas las cuestiones objetivas debe decidir el especialista y, correlativamente, se opone a la organización democrática la organización corporativa. Tan correcto como resulta afirmar que los problemas técnicos, en el más amplio sentido de la expresión, no pueden solucionarse mediante decisiones de la mayoría, tan incorrecto es sostener que haya una contraposición esencial entre el principio democrático y el principio de especialización corporativa. Ha de tenerse en cuenta, primeramente algo que a menudo se pierde de vista, como es que en un sistema político el papel de los especialistas sólo puede ser un papel secundario. En un sistema político lo decisivo es la fijación de los objetivos sociales, y esa no es una tarea para especialistas. Una vez que se ha decidido sobre las metas sociales, puede entrar en juego la actividad de los especialistas, a fin de establecer cuáles son los medios adecuados para alcanzar los fines propuestos. Nada hay más corto de miras que la sobrevaloración de los especialistas, tan común en Alemania, nada lleva con más seguridad a la pérdida del derecho a autodeterminarse que la abdicación de la razón política en favor de un ideal de objetividad que en todas las épocas ha sido la más efectiva ideología de la autocracia. Los que ponen a los especialistas en un altar olvidan con cuánta frecuencia los expertos discuten entre sí, tanto en los campos puramente técnicos o científico-naturales como en el ámbito de la técnica social. Quién puede zanjar esos debates sino el no especialista, es decir, el político. Pues el establecimiento de los fines, la fijación de las metas, y especialmente la orientación de los objetivos sociales últimos, caen fuera del ámbito de las disquisiciones para especialistas, y tampoco la organización corporativa puede por sí brindar las necesarias decisiones. Conflictos de intereses y asuntos de poder sólo pueden dirimirse por vía democrática o autocrática, mediante compromiso o mediante dictado. La organización corporativa o el especialista solo caben como asesores, no como órganos decisorios, y como tales pueden acompañar tanto a un parlamento como a un dictador.


17 noviembre, 2011

¡La madre que los parió!

A todos. A usted y a mí nos van a (volver) a bajar el sueldo y no diremos ni mu, salvo que sigamos viendo estas porquerías. Los mejores investigadores jóvenes emigran y se van a América o al Norte de Europa. Las reformas universitarias para el singular sistema a la boloñesa se han hecho y se hacen a coste cero. Se organizan en las universidades programas de prejubilación porque las plantillas están sobrecargadas, dicen, y porque hay que meter savia joven.
Pero no.
Meten a este (y a otros así), que tiene de universitario lo mismo que yo de martín pescador, y lo meten para la enésima estupidez, esta vez llamada Cátedra sobre Diversidad Social. La Caixa pone ciento cincuenta mil euros. Debe de ser eso lo que llaman obra social.
Luego vendrá alguno y dirá que me enfado y que vaya carácter. Como para no. Porque a otros, repito, nos van a bajar el sueldo en condiciones y nos van a quitar la extra, entre otras cosas. Y a otros los bancos y cajas los deshaucian.
Se extrañarán cuando empecemos a quemar cosas o cuando algún rector o consejero o bancario de pro acabe sin criadillas. Se extrañarán.

Malos alumnos con mando

(Publicado hoy en El Mundo de León)

Levo treinta años enseñando en Derecho en la universidad. Diecisiete en León. No, no fui ni profesor ni colega de Zapatero, a mí que me registren. Pero sí he tenido, en distintos lugares, unos cuantos alumnos que se pasaron a la política. Habrá de todo, pero recuerdo a los malos estudiantes que eligieron ese oficio. Alguno llegó a presidir un parlamento autonómico y otro ha sido jefe de oposición en comunidad autónoma. Me acuerdo, por ejemplo, de cómo uno de esos, que suspendía una vez sí y otra también, se me acercó un día a contarme que para qué tanto estudiar mi asignatura, si, al fin, él iba a hacer carrera política. De otro supe que movía Roma con Santiago para buscarse enchufes porque tenía atascadas varias asignaturas desde hacía diez o doce años. Triunfaron en lo suyo y medraron en sus partidos y en las instituciones, de lo que se desprende que tal vez no les faltaba razón. Creo que sí acabaron sus carreras de Leyes, porque, sea por fas o por nefas, esos listillos siempre se llevan el gato al agua, aunque no sea culpa de uno. Los corruptos nacen y, sobre todo, se hacen, aprenden desde pequeños. Las corrupciones mayores son las que no trascienden ni aparecen en los periódicos, las del día a día, las del enchufe y los pequeños intercambios de favores. Esas son las que retratan un país y la mentalidad en él dominante.

Luego nos extrañamos cuando colocan parientes, recomiendan a sus paniaguados o se lucran a nuestra costa a base de descaro y perseverancia en sus trapacerías. O nos echamos las manos a la cabeza si dejan el erario público en la ruina más estrepitosa y a la ciudadanía con el culo al aire. En las fotos de campaña todos se ven guapos de cara y con pinta de no romper un plato. Y permitimos que nos seduzcan con sus cantos de sirena cuando repiten manidos tópicos para simples o recitan consignas para ingenuos, sin pararnos a pensar si sabrán al menos hacer la o con un canuto. Y, a fin de cuentas, he puesto como ejemplo a unos pocos que, mal que bien, lograron título universitario. Pero hemos estado gobernados por ministros que no fueron capaces de concluir sus estudios. No debería ser más fácil conseguir un cargo público que sacar unas oposiciones de nivel elemental.

16 noviembre, 2011

Agazapados y dañinos

Cada uno es como es y cada quien tiene sus manías o sus obsesiones. A mí muchas veces me da por fijarme en la gente. Consecuencia: me voy haciendo más huraño. Queda poco donde caerse muerto. Resta un puñado de amigos entrañables y leales, fiables, menos mal, y de pascuas a ramos se topa uno con personas generosas y amplias de miras. Que no falten. Pero la mayor parte del personal está para el desguace o para cambiarse de acera cuando se ve venir.

Uno de los pensamientos que cada tanto me asaltan al cruzarme con muchos compañeros y conocidos es el de qué harían ellos si de pronto aquí hubiera un golpe de Estado -no lo quieran los dioses- o nos metiéramos en refriegas sucias. Mi diagnóstico es que mejor echar a correr, si tal pasara. Puede que en algún caso me equivoque, pero en la mayoría estoy convencido de que acierto. Lamerían las posaderas de los mandamases nuevos con el mismo empeño de siempre, tratarían de hacer méritos y ganar puntos ante ellos y sus lugartenientes y delegados, ronronearían a su vera, delatarían a más de un honesto, competirían para ganarse el favor a cualquier precio, echarían cuentas de cómo medrar a gusto en las nuevas circunstancias. Puerca gentuza. Se les ve venir porque llevan toda la vida entrenándose, ejercitándose en mezquindades, lubricándose la conciencia para ponérsela bien laxa y que tenga cabida para lo que haga falta, vendiéndose al mejor postor y curándose su nostalgia de estercolero. Son gusanos que no ansían mejor cosa que su ambiente nutricio.

Son muchos, maldición, se reproducen como roedores, van dominando y adiestrándose y aguardan su oportunidad con impaciencia. También son versátiles y, a falta del humus ideal, se adaptan a lo de cada momento y nunca pierden. Su cordialidad es postiza, su cortesía farisaica. Si nos fijamos bien, veremos la faca que asoma detrás de su sonrisa. Tienen algo de robots, la falta de pasión, el paso medido, el cerebro de caja registradora. El gesto solo se les ilumina en verdad cuando pillan unos euros. Tienden, además, a emparejarse con sus iguales y a más de un matrimonio de esos me lo suelo imaginar utilizando la cartilla de ahorros a modo de porno nocturno, con juegos preliminares a base de plazos fijos y cotizaciones, en un clímax de once dígitos y haciéndose, amorosos, las cuentas de después en lugar del cigarrillo. Invierten como invertidos y se vierten ahorrándose y con luces de bajo consumo. Cuando se ponen procaces se retan a un tipo variable y las orgías las imaginan entre alientos de promotores inmobiliarios y sudores de brokers enardecidos. Pugnan por vender sus almas al diablo, pero ya no se las compra, está el infierno saturado de miserables en calzoncillos.

Quizá estoy exagerando un poco, pues hablo nada más que del cretino extremo y la tipología de los apuñaladores sonrientes es más variada. Así que distingamos. La mayor parte de ellos no se delata tanto y pasan por buenas personas nada peligrosas. Es lo del agua mansa. Son los que no estarían en el pelotón de fusilamiento ni en el tribunal de orden público, pero tampoco moverían un dedo, porque tengo una familia y tal, y además mi abuela está muy delicada y no puedo darle ciertos disgustos. Esos ocuparían tu puesto y tu oficina con la misma naturalidad que el que va a comprar el pan por las mañanas, pero te llamarían el día anterior con aquello de chico, lo siento, ya sabes que si puedo hacer algo por ti aquí me tienes, pero no me pidas nada complicado porque ya sabes que tengo unos hijos y mi abuela y etcétera. En navidades te enviarían una felicitación a Tegucigalpa o donde estuvieras, deseándote felices fiestas y contándote, a media tinta, que por aquí ya sabes que las cosas no están muy bien y que la única novedad es que se casó Pepito y que Puri está embarazada de gemelos. También que te envidian un poco, pues ellos apenas viajan ya y hay qué ver qué lejos te has ido tú y que ya te vieron el otro día aquel artículo tan crítico y que muy bien y lo leyeron en casa, porque ya puedes suponer lo vigilados que andamos y no te puedes fiar. Y que recuerdos a tu esposa y tus hijos, los suyos ya están muy crecidos y quieren estudiar Económicas. Qué les ibas a decir, que gracias y que a cuidarse, majete.

Y luego los otros, los del colmillo auténtico, los de la trapera, que, pues sobreviviste, te mandan de vez en cuando recuerdos por un cuñado que es viajante y que a lo mejor hasta te envían una separata crípticamente dedicada, pero por persona interpuesta, no vaya a ser que el conserje vea que te escriben y vaya con el cuento a la superioridad. No quieren romper la relación por completo, no sea cosa que un día cambien las tornas y regreses. A tu vuelta serían los primeros en organizarte la cena de bienvenida, esta vez sin cianuro. Si tu retorno es afortunado, se pondrán a tus órdenes con esa cara de feladores irredentos y restregándose con tu ideología. Si vuelves con llagas, derrotado, te enseñarán sus casas y te hablarán de que sus hijos ya terminaron Económicas y que la satisfacción de ahora justifica tanto esfuerzo de antaño. Mientras te lo cuentan, se tocan la libreta del banco en el bolsillo interior y gimen tenuemente.

Ayer acabé de traducir un pequeño escrito de Kelsen que aun no estaba en español, “Defensa de la democracia” (Verteidigung der Demokratie). Un día de estos colgaré aquí algún fragmento majo. Cuenta ahí don Hans que el drama de la democracia es que se halla indefensa ante sus enemigos, pero que mejor que se muera la democracia, cuando el pueblo no la quiere (en 1932 escribía esto el buen hombre, en Alemania), que defender la democracia dictatorialmente. Mutatis mutandis, un drama similar es el de los que se quieren honestos, el de las personas con principios decentes. Les rodean los miserables, pero no pueden apearse de esos principios suyos para ciscarse en sus muertos, los de los otros, o echarlos al vertedero. Una pena. Por eso ganan casi siempre los malos. Pero, al menos, no les riamos las gracias ni aceptemos así como así sus sucios abrazos de Judas como hemorroides.

15 noviembre, 2011

Era una pirámide

Estas entradas siempre las tengo que encabezar con la confesión de que de economía sé tan poco como cualquier economista del montón o de algún gabinete público; o casi. Pero cada día amanezco esperando el veredicto económico y preguntándome si será hoy el fatal desenlace o nos quedará todavía un ratito de vino y rosas. Ahora mismo he visto que, a estas horas de la mañana, la puñetera prima de riesgo está en 452 puntos. La rentabilidad anda ya por el seis y pico. Si el Estado no sigue endeudándose, al precio que sea, un día cercano ya no tendrá para pagar mi nómina ni la de los bomberos o los policías. Y si la deuda continúa por ese camino, el endeudamiento se autoestrangulará y poco faltará para que aquellas nóminas no puedan abonarse igualmente. No se arregla con analgésicos ni con antiinflamatorios, es evidente que la situación es de cirugía o muerte. Cirugía tremendamente invasiva, en órganos vitales y probablemente sin anestesia. Todo lo más, con un trago de Fundador. Sea como sea, que mi nómina no va a seguir donde estaba lo saben hasta los negros (que se decía antes, cuando no éramos políticamente correctos ni pelín gilipollas), aunque la mayor parte de mis colegas y conocidos del funcionariado lo sigan ignorando con denodado empeño. Y si nada más es la nómina la que adelgaza, me doy con un canto en los dientes. Por otro lado, qué ocasión tan buena se aproxima para poner de patitas en la calle a unos (cientos de) miles de zánganos impúdicos.

Estos Estados tenían trampa, hay que fastidiarse. Con lo felices que nos hacían y el gustito que nos daban. Y en épocas electorales aun nos acariciaban un poquito más, que si toma cuatrocientos euros, que si te voy a quitar hasta las puntillas de ese impuesto íntimo, corazón. Pero era un amor como el de esos superbígamos que se montan un matrimonio en cada estación de servicio. Tarde o temprano, el pastel tenía que descubrirse y los culos habían de quedar en su natural estado, al aire. Ya casi estamos ahí.

Primero se empeñaban los Estados porque sus ingresos no alcanzaban del todo y había que completar unos servicios públicos muy guapos, tipo otra televisión pública o un nuevo museo de arte por el morro. Y así. Luego, ya empeñados y con el vicio alentado, hacía falta la deuda para pagar la deuda anterior, aquello de tapar un agujero con otro. Más tarde ya hay que pillar préstamos como sea a fin de pagar los intereses de la deuda, lo cual, puestos a hablar de agujeros, es como querer perforar el aire con un berbiquí y colgar un cuadro en ese hueco. Ahora estamos en el punto en que ya ni para los intereses de la deuda de ayer da la deuda que hoy se emite.

Y, a todo esto, nosotros cogidos por salva sea la parte, pues en cuestión de pufos también tenemos lo nuestro. Si nos quedamos sin parné, ni compramos cosas ni pagamos deudas, y entonces los comercios cierran y los bancos quiebran (o hacen como que), además de que el Estado no ingresa por impuestos.

Era una gigantesca pirámide sobre arenas movedizas, en un lodazal profundo. Parece que nadie lo vio venir, o, si alguno se mosqueó, lo habrán enterrado en los cimientos. Además, de faraones pusimos a unos tipos simpáticos y cachondos que estaban más que nada preocupados por la paz, las focas y los transgénicos, amén de por el lenguaje sexista y los libros de historia para niños. Ahora en unas partes cambian a los faraones por ingenieros y en otras nos llenamos de esperanza porque viene un primo de Nefertiti. Lo llevamos claro.

Caerán primero los derechos sociales, sin distinción entre los que merecen el nombre y los que eran pienso para estómagos agradecidos. Después nuestros dineros, los de quien los tenga o aun vaya a conseguir alguno, dejarán de valer lo que valían. A la postre, nos tendremos que poner a trabajar como nuestros abuelos y no viviremos mucho mejor que ellos, en el mejor de los casos. Entretanto, los habrá que culpen de todo a la libertad y exijan líderes providenciales con mano muy dura.

A ver cómo se lo contamos a nuestros hijos. Las fotos de cuando hace poco será mejor quemarlas. Por pudor. Las relaciones sociales en general, el trato con los vecinos, compañeros y conocidos va a empeorar, volverán los delitos que no recordábamos y se apuñalarán conductores en los semáforos. El pasado sábado, a las doce y media de la noche, estábamos en casa en la sobremesa de una sencilla cena con unos pocos familiares. Había niños jugando y conversación normal. Sonaron dos timbrazos enérgicos y salí, sobresaltado, a ver qué pasaba. Ante la puerta estaba el vecino de al lado, que en diez años no había tenido nunca un mal gesto ni una sola palabra molesta. Iba hecho un basilisco y me decía, con el gesto más hosco, que con tanto jaleo su familia no podía dormir. No había jaleo, de verdad, y era medianoche de sábado. Mis parientes se indignaron un poco, pero a mí me parece que hay que empezar a comprender y echar paciencia. El humor de la gente ya no va a ser igual, cada cual arrastrará su drama y sus angustias, ahora toca bajar el tono y entender. Quién sabe qué problemas estarán acorralando a mi buen vecino, qué ansiedad es en verdad la que lo tiene insomne. Esto no ha hecho más que empezar, aunque todavía queda mucha gente que no se entera o no abre los ojos. El cielo empieza a caer sobre nuestras cabezas. Ya no es el maná, es otra cosa, puro pedrisco. Y lo que nos queda.

14 noviembre, 2011

Ni quito ni pongo

Me levanté esta mañana temprano, miré por la ventana y vi un día de perros, pero me dije: ánimo, colega, es lunes y no vas a empezar ya con la matraca y las puñeterías. Así que sonreí y no prendí la radio.
En las horas que llevo en la Facultad he recibido ya varios correos institucionales. Estoy al límite, siento que puedo estallar, noto como una presión aquí. Pero resisto, de momento.
Para soltar un poco de lastre, transcribo, sin el más minimo comentario y sin poner objeción ni enmienda, el último e-mail de esos. Acaba de entrar. Así reza:

Buenos días:   La Universidad de León, como integrante de la Red Española de Universidades Saludables (REUS), ha aprobado en el último Consejo de Gobierno un Plan Estratégico para los próximos dos años.    Dentro de la línea de trabajo de alimentación saludable, se han dispuesto una serie de iniciativas para fomentar el consumo de alimentos saludables. Una de esas actividades consistirá en la realización de talleres de cocina saludable, que serán impartidos por distintos cocineros a lo largo del curso 2011-2012.    Se oferta a la comunidad universitaria el primer taller de cocina saludable para el próximo martes día 22 de noviembre, en horario de 18:00 a 20:00 horas, en la Cafetería I (entre Facultad de Ciencias Biológicas y Ambientales y Facultad de Filosofía y Letras). Os adjuntamos los enlaces donde podéis consultar más detalladamente la información relativa a esta iniciativa: http://servicios.unileon.es/reus/talleres-de-cocina/   Para participar en esta actividad es necesario inscribirse antes del jueves día 17 a las 12 horas en la Oficina REUS-ULe (Edificio de Servicios) o enviar un correo electrónico a reus-ule@unileon.es, facilitando vuestros datos personales: nombre y dos apellidos, categoría a la que se pertenece (estudiante, PAS/PDI o externo), dirección de correo electrónico y un teléfono de contacto. Además, habrá que efectuar el pago correspondiente antes del jueves a las 12 horas en la oficina REUS-ULe.    Se respetará el orden de inscripción hasta alcanzar el cupo de participantes.   Un saludo,   Comisión Universidad Saludable ULe (REUS-ULe) Vicerrectorado de Campus 

13 noviembre, 2011

Más de lo mismo. Hasta el vómito final

Todos los días un puñado de informaciones como esta que aquí traigo. Pinchen y vean. Es un fenómeno suprapartidista, un mal sistémico, que diría el pedante, un cáncer terminal que se lleva un Estado por delante. Se está llevando varios, generalmente de este Sur de Europa mafioso y de triple moral, católico y putero. Entre ellos, España.
Urge operar. Pacífica y democráticamente, pero cirugía.
No la habrá.
Así que ajo y agua.
RIP.

12 noviembre, 2011

Gasta la pasta ajena y ríete a gusto, que no pasa nada

Es cosa rara el derecho y asunto chusco la política, al menos tal como se practican en estos tiempos. Cuando se juntan y se aparean, suelen nacer monstruos. A sus engendros hay que bajarlos del limbo de la impunidad y para eso hay que meterle mano al derecho antes que nada, hacen falta reformas imaginativas que, sin dañar las garantías de cualquiera ni causar mayor mal que el que se quiere evitar, pongan coto a los abusos que nos escandalizan y nos dejan con cara de tontos.

La Generalidad valenciana le ha pagado a Santiago Calatrava quince millones de euros por el diseño de unos rascacielos que luego no se hicieron. Que no se hayan hecho no será culpa de Calatrava, supongo, a él le habrán abonado lo que pidió y se escribió en el correspondiente contrato. A Urdangarín y compañía, los del llamado Instituto Nóos -que suena a secta satánica o a tapadera de puticlub- les han estado metiendo millones en las cuentas los de Valencia y Baleares por hacer de lobby, o algo así, para conseguir campeonatos y festivales deportivos de los que nunca más se supo. En el caso de los pagos a Calatrava el fiscal ha concluido que no hay base suficiente para imputar delito a los que apoquinaron, y en el del real yerno parece que lo pueden trincar, pero porque se dedicaba a desviar la pastorra hacia sociedades más falsas que la falsa monea; o sea, a su bolsillo y el de su borbona.Señorito, deme algo pa llenarme la borbona, que me muero de frío.

Aquí, por lo que se ve, ya no hay más derecho que el derecho penal. Y todo lo no punible es santo. Borrón y cuenta nueva. Y de que no haya delito porque la ley no tipifique como tal ciertas cosas, ya nos encargamos nosotros, camaradas. Al que tiene unas fotillos de niños en bolas lo fríen y luego lo echan a los cerdos, y no digo yo que esté mal de todo, pero ya nos vale de buscar chivos expiatorios y cabezas de turco. Pero si yo soy presidente de comunidad autónoma y por mi cuenta y riesgo (miento, por cuenta ajena y con nulo riesgo) encargo a un experto en diseño de zapatos que haga el dibujo de unos mocasines monísimos y alusivos a la idiosincrasia de mi nación nacional, firmo con él un contrato en el que comprometo cincuenta millones de euros, se los pago y luego meto el dibujito en un cajón del baño alegando que con lo que ha cambiado el clima y lo poco que llueve ahora, mejor serían unas chanclas y que lo dejamos así, no pasa nada. Nada de nada. Nada. Por cierto, acabo de enterarme de que el año pasado el Ayuntamiento de Gijón, allá por mi tierra, gastó 3.400 euros en los globos que adornaban la Plaza Mayor para la fiesta de Nochevieja. En globos propiamente dichos, no en condones de colores ni exquisiteces más justificadas.

No será delito, ni siquiera de malversación, hacer el burro de esa manera con los dineros del presupuesto. Vale, no lo discutiré. Ni aunque la comunidad de marras esté en números rojísimos. Pues de acuerdo. Responsabilidad política tampoco hay, porque para eso están los electores, felices e indocumentados, para seguir votando al que las urde de ese grosor, sea del partido que sea. Aquí el que vota no veta, fieles hasta que la muerte nos separe y aunque nos vayamos todos a tomar por el saco. ¿No quedará más recurso en derecho para que las tropelías no salgan gratis al que las perpetra y caras a nosotros, los paganos cariacontecidos? Probablemente no, pero algo habría que inventar.

En las relaciones privadas, existe la responsabilidad por daño. Si a usted la compañía aérea le causa un perjuicio serio porque suspendió un vuelo o porque perdió su equipaje, usted puede reclamar y obtener indemnización. Si la agencia de viajes le mete en un hotel que no está a la altura de lo contratado, igualmente. Si un colega le invita a cenar en su casa y le pone unas almejas en mal estado que le dan unos retortijones grandes, porque es un poco guarrete el tipo, le puede sacar una indemnización por el daño. Y así en millones de ejemplos. La base de esas reclamaciones está en los artículos 1902 y siguientes del Código Civil, además de en un puñado de leyes especiales.

En cambio, las trapisondas que hacen los políticos con los dineros públicos no tienen para ellos consecuencia ninguna si no son delictivas –y la gran mayoría no lo son-, aunque el daño para esas sociedades sea tremendo. Si mi asistenta, por descuidada y torpe o malintencionada, me rompe la cristalería maja de cuando la boda, puedo reclamarle a ella una compensación; pero si el alcalde de mi ayuntamiento o el presidente de mi comunidad autónoma nos rompe los servicios públicos porque andan contratando dibujitos de rascacielos o globos de colores a precio de caviar ruso, no hay nada que hacer y se van de rositas. ¿Solución? Acción popular civil por daños. Porque el problema es de legitimación activa; es decir, la cuestión es que la reclamación civil por daños no puede hacerla un muy genérico perjudicado. Pues que se reforme la ley para que sea posible que, al menos, las asociaciones o agrupaciones de ciudadanos sí tengan esa legitimación activa, si es que no queremos dársela al parroquiano individual. Y que por el daño responda el político con su propio patrimonio, y subsidiariamente su partido. Tan simple como eso. Veríamos cómo en un periquete se acababan esa pajillas a varias manos con arquitectos endiosados, yernísimos echados al monte y rateros en general.

10 noviembre, 2011

Fútbol. Por Santiago Álvarez González*

(Publicado hoy en El Correo Gallego)

Cuentan que hace algún tiempo un árbitro de fútbol, que tenía que arbitrar dos partidos en una tarde soleada de sábado primaveral, decidió que era una pérdida de tiempo dedicar algo más de cuatro horas a la no siempre agradable tarea de hacer respetar el reglamento balompédico. Siempre se había quejado de que su labor estaba muy mal pagada, menos aún reconocida, y de que la organización de la competición no le dejaba disfrutar de sus múltiples aficiones de fin de semana.

Contando con la comprensión de algunos otros árbitros, decidió tomar la iniciativa de convocar a los cuatro equipos a la misma hora y en el mismo campo. Jugarían sus respectivos encuentros al mismo tiempo y él, con su amplia experiencia, la connivencia de las autoridades federativas y la colaboración del gestor de las instalaciones y organizador de la liga, liquidaría el asunto sin menoscabo de su puesto y, naturalmente, de sus emolumentos, que seguirían siendo los habituales para estos dos partidos. La sorpresa de los equipos fue mayúscula; pero advertidos por el árbitro de que la nueva situación contaba con todos los parabienes de la Superior Federación Futbolera, se resignaron a disputar sus encuentros en tan singulares condiciones.

No pasó mucho tiempo sin que la degeneración de la competición hiciese nacer un progresivo malestar entre algunos futbolistas. El colegiado en cuestión no sólo arbitraba dos partidos al mismo tiempo, sino que llegaba incluso a mezclar partidos de fútbol once con partidos de fútbol siete. Tímidas protestas llegaron a los oídos del jefe del Colegio de árbitros, totalmente ajeno a la situación, que inmediatamente requirió de las competentes autoridades federativas información sobre si habían autorizado tal despropósito. "Yo no sé nada", dijo el presidente de todos los presidentes; "recabaremos más información", dijo el gestor de todos los gestores; "si es cierto lo que me dices, es una situación muy grave", dijo el que pasaba por allí.

En mi pasada actividad futbolera, con el equipo de fútbol sala de Librería Gallaecia Liber y con el equipo de veteranos del Café Bar Pedregal Brión, sufrí arbitrajes decepcionantes (del mismo modo que seguro que los árbitros sufrieron partidos y actitudes igualmente decepcionantes por nuestra parte). Pero nunca tuve imaginación suficiente para recrear un relato tan surrealista como el que he narrado. Son algunos hechos que están ocurriendo en mi Facultad los que me inspiran esta historia.

Son hechos que si se presentan en términos meramente descriptivos parecen carecer de importancia: uno o varios profesores, que tienen la responsabilidad docente de varias asignaturas a impartir en varios grupos, modifican los horarios, fusionan distintos grupos e, incluso, llegan a fusionar distintas asignaturas de planes distintos. Un simple problema de organización docente, podría decirse de forma amable. Pero si estos mimbres los trenzamos con el resto de la anterior fábula y reproducimos -que se preproducen- las actitudes de todos sus protagonistas, la historia, que ya no es historia, sino realidad, es igualmente surrealista y profundamente injusta.

Máxime si tenemos en cuenta que se está jugando con el derecho a la educación de quienes son nuestro futuro y que quienes tienen que tomar cartas en el asunto no saben, no contestan.

* Santiago Álvarez González es catedrático de Derecho Internacional Privado de la Universidad de Santiago de Compostela.

09 noviembre, 2011

Vértigo

En estos últimos años nos han pasado demasiadas cosas, empezando por una ruina radical y rotunda que todavía no terminamos de asimilar, pues aun le quedan unos ahorros a la abuela o todavía nos cocina mamá a costa de su pensión. Pero verás cuando falten los viejos... O cuando, querido funcionario, el Estado exhausto diga hasta aquí he llegado y se deje morir entre sollozos; entre sollozos nuestros, que para él casi será un alivio transitar a mejor vida.

Pasado el deslumbramiento de hormigón, hemos vuelto a mirar alrededor y contemplamos poco a poco lo que había, corrupción por doquier. Una síntesis única y tremenda de corrupción y despilfarro. Lo que con nosotros, con cualquiera, se despilfarraba (¿se acuerdan de los cuatrocientos euros de hace cuatro años? ¡Hace cuatro años!, parece que fue el pasado siglo. Pues eso no era nada, la pura puntita del derroche absurdo a inicuo), servía para hacernos cerrar los ojos y perdonar al prójimo con beatífica actitud. Nos compraban. Cuando alguien iba a protestar por el latrocinio del día, se le metían en la boca unos billetes de a cien o a quinientos y se quedaba calladito y como en un climax tolerante y posmoderno. Una monada.

Ahora que no va quedando de qué despilfarrar, ahora que nos aprietan el cinturón, pero alrededor del cuello, ahora que dependemos otra vez de los padres y los abuelos y de nuevo miramos con simpatía al tío labriego que despreciábamos antes, cuando teníamos el Mercedes, ¿te acuerdas?, porque a lo mejor el tío del pueblo nos regala unas patatas y unas coles y vamos tirando, ahora, digo, la corrupción nos deja más perplejos y nos enfada. Nadie nos compra ya la conciencia, aunque siga con un cartel de se vende.

Las emociones que con toda probabilidad nos esperan después de las elecciones inminentes son de órdago. Saldrán los números que aún se ocultan, vendrán, sí o sí -y gane quien gane, aunque parece que se sabe quien gana- eso que llaman ajustes y que son un tiro de gracia en las partes íntimas de tanta gente, retornarán las manifestaciones, protestas y algaradas cada vez más feítas y... nos podemos quedar de piedra para siempre, auténticas estatuas ecuestres, pero en burra, como se confirme que hay tela que cortar y se corte en un par de casos que están a la espera y que nos van a dejar bizqueando: José Blanco y Urdangarín. No afirmo que sean culpables, pero la pinta que tienen esos asuntillos es fea tirando a atroz. Y conste que ni quiero compararlos ni olvido otros asuntos ni hay ya paciencia para las clasificaciones y la entomología política y económica.

Acabo de leer unas informaciones sobre el caso Nóos, el del yernísimo subvencionado, y, como sea verdad la mitad de la mitad, vaya tela.

Si de esta no nos ponemos serios y a reflexionar, si ahora -o dentro de pocos meses- no nos vestimos el uniforme de faena y si no aprovechamos la tormenta para reformar este Estado medio mafioso, esta política de salteadores de caminos y esta economía de zánganos sin entrañas, podemos ir escogiendo nuestro epitafio. Estaremos acabados sin remisión y muy merecidamente.

08 noviembre, 2011

El debate

Qué peste. He vuelto a hacerlo, anoche vi el debate de los dos candidatos entre los que, al parecer y según designio divino, tenemos elegir para presidir esta cosa nuestra que dicen que es un Estado.

Horrible, qué quieren que les diga. Horribles el texto y el contexto. Pésimo ejemplo para la ciudadanía, deprimente pedagogía política y social. La política-espectáculo es una degeneración de la política, pero hasta se puede perdonar si el espectáculo es bueno o alienta alguna virtud positiva en quienes lo contemplan. No es el caso. No es ni espectáculo, además; es rito paraeclesiástico que pretende mantener en la fe a los que debieron perderla hace tiempo o tendrían que perderla si supieran sobreponerse al efecto hipnótico. La banalidad del bipartidismo sin sustancia se torna exaltación de la política como acto de fe gratuita. Los errores cometidos se sanan, para unos, a base de imputar a los otros los errores venideros. El futuro se sustancia como veredicto sobre los pasados yerros. Y el espectador votante se ve llamado a conformarse como orgulloso notario del equívoco y la equivocación.

Lo que deberíamos saber o lo que querríamos oír no puede decirse, por si nos disgusta. No cabe que se disculpe quien anduvo por sendas fracasadas, porque cómo vamos a tomar en serio a quien reconoce sus culpas. Sostenerla y no enmendarla, por tanto, o enmendarla de tapadillo sin sostener nada a cambio. Tampoco parece oportuno que quien se opuso antes proponga ahora, con lo que el porvenir se asienta en la oposición al pasado y en la acrítica fe en que, pasado el pasado, vendrán los nuevos tiempos porque pasaron los otros. Al elector se lo cultiva a base de mantenerlo en el no saber, en una incertidumbre políticamente productiva. Sabe lo que hicieron los de antes, pero no sabe por qué lo hicieron, y no sabe lo que harán los que han de llegar, pero sabe que, hagan lo que hagan, harán lo que tengan que hacer, aunque sea sin razones. Se volverá a escoger al que nos convenza de que tiene la más grande capacidad de improvisación, pero nadie rendirá cuentas jamás, porque cada uno jurará que simplemente hizo lo que debía.

Para que acabemos de asumir que no hay lugar para la reflexión, porque los rebaños no reflexionan, en los entreactos del debate la cadena oficial que lo emite presenta retazos de tertulia entre equipos de expertos periodistas que se alinean, con perfecta simetría, como periodistas de equipo. A este lado, los que desde su ponderado saber van a decir, sí o sí, que ganó el uno porque tiene razón; al otro lado, los que desde su inmaculada independencia nos harán ver que el vencedor fue el otro, por idénticas razones que no son razones. Se cierra el círculo y se muestra al pueblo, si es que tal hay, aquello de que extra ecclesiam nulla salus, que no hay salvación por libre, que el pensar sin partido es un pensar imposible, impotente melancolía. Cada periodista completa y complementa a su político y, de paso, muere también el periodismo, para que acabemos de morir todos nosotros como ciudadanos políticos. Y conste que esa parte de los tertulianos mamporreros no la vi, solo me faltaba eso. En esos momentos me levantaba a mis cosas y me ponía otro vasito de ginebra. Eso saqué en claro del debate, la ginebra.

Hoy ya solo importan las encuestas para ver quién venció a los puntos y por cuántos puntos. Importa ahora ver quién dijo mejor lo que no dijo. Lo que hablaron, por inane, no puede ser ponderado, el juicio de fondo lo tiene que reemplazar la estadística frívola. Para tales encuestas se podría votar con el mismo fundamento si se hubiera tenido la televisión sin voz o sin haber visto nada. En realidad, ninguno hemos visto ni oído nada, pues no era ese el propósito ni estaba en los planes un debate, sino un ruido, una fantasmagoría, una alucinación colectiva, un rito sustitutorio.

Y para qué hablar de cómo hablan. Sintomático, radiografía perfecta de lo que somos y de a donde vamos. No casa un verbo con su sujeto, la sintaxis es vilmente asesinada, la pobreza léxica es extrema, los razonamientos no son más que estereotipos vacíos, la agilidad de las mentes brilla por su ausencia, las frases y los gestos padecen el agarrotamiento propio de las cabezas más simples y las personalidades más grises. Llevamos años oyendo que son dos brillantes parlamentarios, dos sujetos inteligentes, dos políticos de fuste. Cielo santo, es posible que, en efecto, sean los mejores. Con eso está todo dicho. Para eso los grandes partidos se vienen esmerando, con trabajo de décadas, en alejar de sus filas y de sus tribunas a los más capaces, a los no homologables a tenor del patrón de mediocridad imperativa.

Es lo que hay. Y punto.

07 noviembre, 2011

Líneas calientes

Vean qué noticia. Resulta que a una señora que se dedica a los contactos telefónicos con paisanos ansiosos que quieren gestionarse unos revolcones, le piden tres años y pico de cárcel por haber pelado a uno a base de bien; esto es, por haberle sacado una pasta gansa, más de cien mil euros. Parte de los gastos fueron en pieles, pero no se incluyó la de la dama, sino, supongo, la de diversos animales que acabaron cubriendo el cuerpo de la que, un día sí y otro también, por teléfono le juraba que le iba a aplicar con brío las delicias del tálamo. De paso, el parroquiano, de Talevera, iba apoquinando igualmente para otras facturas ficticias de la intrépida reina de las distancias largas.

Habrá delitos, seguro, y por mí que abone la mujer las penas que le correspondan, aunque me temo que el placer cesante no se lo van a indemnizar al ingenuo. No me tranquiliza que el abogado de la acusada se apellide Matanzas, pero en verdad ese pleito no es asunto mío.

En fechas tan señaladas como las que estos días vivimos, de campaña electoral a calzón quitado o en deshabillé, las comparaciones se hacen inevitables. Y más insoslayables todavía si echamos la vista atrás y pensamos en las veces anteriores. ¿No sacaron también a muchos conciudadanos nuestros el voto mediante sabrosísimas promesas tan falsas o más que las de la estafadora esta? ¿No hubo incluso quien prometió pleno empleo cuando ya hasta los ciegos veían que los tiempos de la dicha político-conyugal habían pasado? ¿No nos requirieron, para más inri, dineros y más dineros a base de asegurarnos, mostrándonos el canalillo retórico, que a la puerta de nuestra casa tendría parada el AVE y que las viñas del abuelo las iban a recalificar para convertirlas en urbanización de lujo y para que nos forráramos todos hasta no saber qué hacer con tanta guita? ¿No prometieron a los de Villamelones de Arriba que tendrían un polideportivo diseñado por Norman Foster y a los de Villamelones de Abajo que a ellos les iban a poner, sobre el reseco arroyo, un puente repleto de tirantes de Santiago Calatrava? ¿No nos hicieron pensar, para colmo, que cuando fuéramos unos cresos de tomo y lomo no íbamos a tener que pagar ya nunca más, pues se iban quitando los impuestos sobre el patrimonio y los de sucesiones? Y así todo el rato.

¿Por qué ese pobre diablo rico que fue víctima de las añagazas de la hetaira virtual puede ahora reclamar y sentarla ante los jueces -y que le vaya muy bien, espero- , y nosotros, pobretones sin consuelo ni perrilla que nos ladre, hemos de quedarnos así, compuestos y sin autovía, alicaídos y mermados, con los bolsillos otra vez vacíos y las ilusiones hundidas, mirándonos en el espejo los michelines que ya no nos vamos a quitar a base de liposuccion y el bigote canoso, sin más lozanía que la de nuestras hipotecas?

El templado talaverano también se hipotecó por su reina y por los sueños que ella le alimentaba, igual que nosotros firmamos las hipotecas nuestras cuando nos tentaron con un ladrillo, que es más delito, si cabe, y requiere seducción más ladina y dolo más avieso. Al manchego retozón lo amenazaron con un marido imaginario cuando cayó en la cuenta de que lo habían dejado tieso, pero por la parte bancaria, y a nosotros nos amagan con ejecuciones, nada menos, con ejecuciones bancarias, y hasta con que pueden ponernos de propina un corralito en lugar de las mansiones anunciadas y los lujos insinuados.

El fogoso le hacía préstamos a la telefonista provocativa y nosotros... Aquí, llegado a este punto, se me atoran las comparaciones. No sé, tengo un pálpito de pronto. A lo mejor todos somos un poco talaveranos (que no se me ofendan los de de la noble villa; además, parece que la cuentista era asturiana, hay para todos aquí), porque, pensándolo bien, los que llamábamos al prestamista éramos nosotros, los que en el banco jurábamos solvencia exuberante éramos nosotros, los que prometíamos fidelidad eterna y goce sin fin al que nos diera el oro y el moro éramos nosotros, los que rogábamos que nos pusieran un piso y, ya de paso, que nos dieran para unas joyitas y unas pieles éramos nosotros...

Quizás la diferencia con el caso de autos está en que el buen abuelo era honesto y crédulo, como corresponde, y la pécora era la que se dejaba querer. En nuestro caso, da igual para dónde miremos, para las promesas de los políticos, para los bancos que nos abrían sus brazos y sus cajas..., para nosotros mismos. En una larga partida entre tahúres, perdimos hasta la camiseta los más mindundis, como era de esperar. Puede que esa sea la razón por la que ahora no sólo no reclamamos ni alzamos la voz, sino que hasta vamos a votar otra vez a los de las mismas líneas calientes y vamos a seguir pagando para que la banca no se descapitalice, la pobre. Justicia poética, aunque no sea la lírica la mejor virtud de ninguna de las partes, incluidas nuestras partes.

06 noviembre, 2011

Desgracias de nuestro idioma. Por Francisco Sosa Wagner

Estos tiempos duros acortan las palabras como en un intento de ahorrar esfuerzos para concentrarlos en otros afanes y así se ha puesto de moda desear “buenfinde” para referirse al recreo del sábado y el domingo o “me voy de vacas” que dice quien se marcha a pasar unos días a la costa o a la montaña para alejarse del ambiente miasmático de la oficina.

Dijérase que el hablante se hace perezoso y proyecta esta disposición de ánimo sobre el pobre lenguaje que carece de defensas adecuadas porque tampoco la Real Academia se las presta. Ya veremos lo que tarda la Docta Casa en admitir lo de las “vacas” y el “finde” como está a punto de admitir esa cursilada del “jet lag” para referirse a las molestias que producen los cambios horarios cuando se cubren grandes distancias en avión.

Pero donde es preciso echar un cable de ayuda al idioma es en el ámbito de la economía. Ahora que se habla tanto del “rescate” de este o de aquél país, es urgente rescatar al español de las garras de esos economistas a la violeta que, por haber leído un par de libros en inglés y asistido a un cursillo de un “finde” en Wisconsin, se creen con título suficiente para patear y desgraciar el idioma de la madre que los parió y de la leche que mamaron. Obsérvese, como ejemplo, la circulación actual de la palabra “apalancamiento” para referirse al hecho de especular contrayendo deudas. Ha bastado que algún economista desfachatado -con buen acceso a los medios de comunicación- la utilizara un par de veces para que el papanatismo ignaro la emplee con ese desparpajo que gasta quien se pierde por aparentar y por “estar en el ajo” de las jergas esotéricas. ¡Ah, si dispusiéramos de una palanca para levantar a esos bodoques del asiento de sus ignorancias!

¿Cómo no va a andar desasosegada la ciudadanía que padece los estragos de la crisis? Imaginemos a un parado que, deseoso de comprender la injusticia que padece, pretende adentrarse en el jeroglífico de la situación económica y para ello acude a un periódico serio y de su confianza. Y allí se encuentra con un artículo sesudo firmado por un especialista al que pondremos su nombre en inglés y le llamaremos “William of the pasture”. Este hombre le explicará que “el apalancamiento se hace creando uno o varios vehículos SPV que emiten obligaciones de deuda colateralizadas (CDO) en las que pueden vender sus tramos senior y mezzanine, con menor riesgo, ... mientras que el EFSF se queda con el tramo equity ...”. Y más adelante le informa que se necesita “una hoja de ruta de reforma de la gobernanza” y que los bancos tendrán que alcanzar “un 9% de core tier one (CT1) a finales de junio” de tal suerte que pueda calcularse el capital buffer.

La Autoridad bancaria europea no puede ser designada con este nombre por el aplicado alumno de Wisconsin sino que es la “European Banking Authority” encargada de alertarnos sobre los riesgos sistémicos y otras calamidades ambientales presentes y por descubrir.

Con estas aclaraciones, la desesperanza de nuestro parado alcanzará a buen seguro un grado colosal porque unirá a lo aflictivo de su estado la conciencia cierta de ser un ignorante irrecuperable al que no le queda más salida que el suicidio. Pero no el suicidio aquél de los románticos, que se suicidaban porque una Purita les había hecho cuatro mohines, sino un suicidio con todas las alarmas dentro del desengaño definitivo y concluyente. Un suicidio crispado y de venas exhaustas.

Ante este descalabro colectivo en el que vivimos necesitamos luz, que alguien haga señales para que se vea el desamparo de tantos. Y surge la plegaria: ¿cuándo, Señor, vendrá un Padre Isla para desenmascarar a todos estos bocazas?