22 febrero, 2012

Carta abierta a H. M. Enzensberger. Ppor Francisco Sosa Wagner y Mercedes Fuertes

Admiradores como somos de su obra y enamorados asimismo de sus poemas, querido amigo, debemos confesarle la perplejidad que nos ha causado la lectura de su último libro El gentil monstruo de Bruselas o Europa bajo tutela. La perplejidad y la decepción.

Su obra empieza enumerando las glorias alcanzadas en la Europa comunitaria y, junto a los decenios de paz que disfrutamos, cita las ventajas de la movilidad en el espacio europeo, que ha derogado los infinitos problemas causados tradicionalmente por aduanas y fronteras; la moneda única y la supresión de cuantiosos costes en pagos y transferencias; en fin, también las garantías con las que contamos los consumidores al disponer de una información acerca de los productos que utilizamos desconocida en la historia, etcétera.

Pero, al mismo tiempo, usted se queja de la cantidad de normas que aparecen en el diario oficial e incluso las cuantifica en miles y miles de páginas. Con ello ignora que, para construir esas ventajas y beneficios, es necesario promulgar directivas, reglamentos y todo tipo de instrumentos jurídicos. Si quiere entretenerse en seguir cuantificando, consulte los repertorios legislativos del land de Baviera donde usted vive, o los de la República Federal Alemana, o, si quiere un país de menor envergadura, haga lo mismo con semejantes publicaciones en Letonia o Estonia. Se trata éste, admirado Hans Magnus Enzensberger, de un asunto muy complejo que se inscribe en el ámbito de la cultura jurídica occidental, que probablemente merece muchos reproches, pero que desde luego no es privativo de las instituciones europeas.

Injustas son las críticas que formula al Tribunal de Justicia de Luxemburgo, páginas donde, por cierto, se advierte alguna confusión acerca de sus actuales perfiles institucionales. Pero, pasando por alto este descuido de redacción, sorprende que un europeísta convencido como es usted -tal como nos ha demostrado en muchas otras de sus publicaciones- no repare en que precisamente el Tribunal de Luxemburgo es la organización que con más seriedad y tesón contribuye a dotar de sólidos cimientos a la construcción europea. Ahí están las reglas de la «primacía» y del «efecto directo» del derecho comunitario para corroborarlo. Instrumentos capitales para definir el todo como un orden federal por el que se pueda transitar con una mínima seguridad jurídica.

Europa se olvida de la cultura. Éste es otro de sus alegatos. Señor Enzensberger, ¿qué es entonces la selección anual de «capitales europeas de la cultura»? ¿Es o no una política que permite atraer la atención sobre una ciudad, sobre su patrimonio histórico, sobre sus hijos ilustres o sobre las nuevas manifestaciones artísticas a las que se presta escenario y ayuda para su exhibición? Y, sobre todo, en un ámbito cercano a éste, el de la educación, ¿sabe usted los miles de estudiantes que hoy pueden visitar, gracias a los programas Erasmus, universidades extranjeras, conocer sus métodos de trabajo o entablar relaciones de amistad con profesores o compañeros? En el pasado, ¿cuántos jóvenes españoles o portugueses se podían permitir el lujo de desplazarse a un centro especializado de Alemania, de Inglaterra o de Italia? Convendrá usted con nosotros que sólo hijos de familias muy acomodadas han disfrutado durante siglos de este privilegio que tan incalculable valor tiene para personas en formación.

El déficit democrático es estrofa inevitable en el discurso político europeo. Y usted la incorpora al suyo. Un recurso dialéctico muy sencillote porque es evidente que siempre aspiraremos a más democracia: en eso consisten precisamente -como usted nos ha enseñado en sus libros- los cauces anchos y ventilados que las sociedades democráticas propician. Pero poner como ejemplo de mecanismo democrático el referéndum es olvidar que éste es uno de los juguetes más cariñosamente utilizados por todos los dictadores que en el mundo han sido y usted, que conoce la historia reciente de España, lo sabe bien. Con Franco no teníamos democracia pero tuvimos muchos referendos.

De otro lado, Europa cuenta con un Parlamento elegido por sus ciudadanos. Es verdad que la participación en las elecciones europeas es baja, pero esto se debe a que no existe una educación europea en los colegios, tal como usted acertadamente denuncia; también a la escasa atención que en los procesos electorales se presta a las cuestiones europeas, así como al limitado seguimiento por los medios informativos de las actividades que se desarrollan en Estrasburgo a lo largo de una legislatura. Pero, ¿qué diríamos si no existiera esta magna Asamblea, única en todo el planeta y modelo quimérico en otros continentes?

Denuncia usted el dinero que desembolsa ese Parlamento en mantener un canal de televisión. Pero ignora que, gracias a ese canal, cualquier persona en cualquier parte del mundo puede seguir en tiempo real las intervenciones de los parlamentarios en el Pleno, en las Comisiones y en otros debates que allí se celebran. Ítem más: el voto de cada uno de los diputados se puede conocer por millones de ciudadanos a los pocos minutos de haber sido emitido. ¿No pedimos transparencia en la discusión de los asuntos públicos?

Permítanos una confesión personal. Uno de nosotros es parlamentario europeo, representante de un pequeñísimo partido político español. Pues bien, jamás ha tenido la más mínima dificultad para tomar la palabra en los Plenos y, por supuesto, en las Comisiones. Lo que es bien probable que no hubiera podido hacer en muchos parlamentos nacionales, allí donde -según usted- todavía se cultiva la democracia y la división de poderes.

¿Escenario paradisíaco el que pintamos? En absoluto. Los defectos en la construcción del edificio, las deficiencias en el funcionamiento de sus instituciones, la falta de brújula en la conducción de ciertos asuntos, etcétera, todo ello es denunciado por quienes creemos en Europa una y mil veces, oralmente y por escrito. Nosotros desde luego así lo hemos hecho en libros y acogiéndonos a la amabilidad de este periódico.

Sabemos que la definición de un «interés europeo» es tarea titánica pero no menor que la definición de un «interés nacional» ayer y hoy desfigurado por la presión que ejercen cientos de centros de poder difusos pero siempre activos. En el mundo moderno ya no es «el hombre un lobo para el hombre» sino que el hombre es un lobby para el hombre. Pero esto, convendrá usted con nosotros, vale para la Europa unida como valdría para la Europa desunida. Mire usted, si quiere ratificarlo, hacia su entorno bávaro.

Nos sorprende que, para hacer la crítica de las instituciones europeas, no haya recurrido a la excelente y demoledora prosa que se contiene en el libro de Jochen Bittner So nicht, Europa! (Munich, 2010). Es Bittner un notable conocedor de los pasillos y de los entresijos del poder en Bruselas, siendo sus amplios saberes lo que le permite huir de tópicos y lugares comunes.

Admirado Enzensberger, nos quedamos con los magníficos diálogos entre el joven economista y la soprano jubilada de su inigualable Josefina y yo, o con su insuperable El diablo de los números, y con tantas otras páginas de sus libros que seguiremos siempre regalando a nuestras amistades. Nos alegrará que siga usted con salud.

Francisco Sosa Wagner es catedrático y eurodiputado por UpyD. Mercedes Fuertes es catedrática de Derecho Administrativo. Ambos son autores de Bancarrota del Estado y Europa como contexto (2011, Marcial Pons).

21 febrero, 2012

Previsiones realistas

No es que me enorgullezca a tope o me llene de satisfacción, pues habría preferido con mucho equivocarme, pero mi pesimismo de años en este blog ha venido siendo profético, maldita sea. No voy a volver a remitirme a cuando, hace seis años ya, escribía que el Zapatero aquel (¿se acuerdan?) era un patán medio incapaz, sino a las predicciones sobre cómo la crisis económica nos iba a llevar por delante y a dejarnos hechos unos zorros y unas zorras. Pues ahí vamos. No hacía falta saber economía ni ser especialista en quiromancia o cartomancia, bastaba con mirar alrededor sin creer en meigas o providencias y ver que un país con tamaña zanganería, tanta corrupción y tal cantidad de gente viviendo del cuento y el pelotazo no podía mantenerse a flote mucho tiempo. Y al carajo nos estamos yendo, sin que se vea final ni solución.

Se nos irán agotando las fútiles esperanzas colectivas, como las de aquellos que piensan que basta cambiar de partido en el gobierno para que retornen las vacas gordas, ufanas y retozonas ellas. Dicen que la fe mueve montañas, pero la nuestra parece más propia de imbéciles inmóviles. Son dinámicas simpáticas para contemplarlas con el distanciamiento propio de un marciano o de uno de Canadá, pero somos de aquí, qué le vamos a hacer. Por ejemplo, las dinámicas del voto. Cuando el pueblo chachi se siente seguro y chulín, vota socialista de pega, pues cómo vamos a estar mejor que haciéndonos ricos mientras nos sentimos la leche de progres porque estamos contra la guerra en la Conchinchina o a favor de la liberación sexual de los osos polares, y las osas. Cuando se nos adelgaza la cartera o vemos las orejas al lobo proletario, en lugar de pensar que se dan las condiciones objetivas para la revolución o para un sistema social más acorde con la ecología, la ergonomía, la sostenibilidad, el vegetarianismo y los observatorios, votamos a la derecha para que ponga orden, nos meta en cintura a nosotros mismos y libere al mercado de nuestras propias consignas. Somos pistonudos, consecuentes a carta cabal.

La apuesta interesante, a estas alturas, es sobre qué va a pasar cuando resulte que esta vez no, que ni derecha ni izquierda ni adelante ni atrás, que de la crisis no saldremos en diez o veinte años si no es con las piernas por delante o con una mano delante y otra detrás. A ver qué hacemos al comprobar que no valen ni las oraciones ni las procesiones ni las elecciones ni echar el santo al pilón, cuando se le termine la pensión a la abuela o se muera, la pobre, cuando papá también se quede en el paro o a mamá se le acaben los ahorrillos que había ido metiendo en el bote de mermelada, cuando no quede amigo ni colega al que darle el palo, cuando se despidan también contratados de las Administraciones y se cierren todo tipo de instalaciones públicas, universidades incluidas, cuando la gasolina siga subiendo (casi ochenta euros me costó hoy llenar de gasoil el depósito de mi coche) y la luz también y el gas, cuando el automóvil se nos rompa porque ya no hay para tapar los baches en las calles y las carreteras, cuando, en lugar del cincuenta por ciento, como casi pasa ahora, sean un ochenta por ciento de los jóvenes con título universitario los que no encuentren currelo, ni siquiera en plan lumpen, cuando haya que gastar en España los dineros que mandábamos para la lucha contra el hambre en el mundo o los que donábamos a las oenegés que defienden a las focas y los lobos marinos, cuando por no cobrar o cobrar una miseria se planten los médicos y los enfermeros de la sanidad pública, los guardias municipales, los funcionarios de Hacienda, los profesores de infantil y primaria, los de los servicios municipales de limpieza, los conductores de autobús o tren… Qué va a pasar, ¿eh?

Cuántos van a pensar o replicar ahora mismo lo de otras veces, aquello de bah, exageras, no hay mal que cien años dure, verás cómo lo solucionan Fulano o Mengano, o vendrán los alemanes a pagarnos otras rondas. ¿O acaso alguno tiene todavía bemoles para proclamar aquello de “nosotros no somos Grecia”, que decían los de cuando el zapaterismo y los brotes verdes que se comieron los burros, aquellos burros?

Yo les voy a contar lo que ocurrirá y, al tiempo que me juego unas cañas, voto a Bríos que deseo errar al cien por cien. Pues sucederá, aparte de lo enumerado en el penúltimo párrafo, que lo de Valencia de ayer será un juego de niños y un incidente sin la menor importancia en comparación con las que van y nos van a caer. El más inexplicable prodigio de cuanto está pasando tiene que ver con la llamada paz social. Pero es cuestión de tiempo y las calles estallarán. Cuando apriete el hambre, cuando los demagogos vean ahí su mejor oportunidad, también cuando la gente honesta y de buena fe pierda la fe y se convenza de que ni tirios ni troyanos nos sacan de esta y de que habría que hacer una hoguera con unos miles de mangantes, a modo de escarmiento, cuando no quede sopa boba para repartir ni en casa ni en el colegio ni en la universidad ni en ningún sitio. Arderá Troya y la quemarán los propios troyanos después de comerse el caballo de madera.

No es asunto de gobierno u oposición o de tal o cual estrategia política, no se salva con reformas puntuales o coyunturales, no depende de la letra del BOE ni de sentencia de tribunal ninguno, tampoco nos vale ni nos valdrá que Europa juegue a los rescates, al escondite o a tres en raya, si es que queda Europa. Se hunde un sistema social, periclita un modo de vida basado en la corrupción, la hipocresía y la impostura, habrá sangre, sudor y lágrimas hasta que por la fuerza de los hechos y nada más que por eso se impongan nuevos acuerdos: el acuerdo de que hace falta volver a trabajar, dar a cada uno lo suyo, perseguir la mangancia, exigir rendimiento, condenar al ostracismo a los aprovechados y los tunantes, reorganizar el sistema democrático y sus mecanismos electorales y de representación, recuperar la política como noble tarea propia de espíritus nobles, educar a los niños y jóvenes en competencias, habilidades y destrezas, sí, pero modelo Esparta, fusilar a unos cientos de pedagogos y cerrar las facultades de Económicas, pues, al fin y al cabo, si no se enseña Astrología por qué se van a fingir científicas otras patrañas muy similares. Y así.

Las vamos a pasar más putas que Caín, por muy divertido que puntualmente nos resulte quemar tal o cual sitio o darle dos hostias a unos cuantos que yo me sé y que vaya bien y ya estamos con ganillas. Pero las vamos a pasar putísimas. Al tiempo. Esto no ha hecho nada más que empezar, apenas.

PD.- Parece que no tiene nada que ver, pero sí. La semana pasada leí que un importante directivo del PSOE de León se había apuntado en las oficinas del INEM, pues se quedó sin ingresos después de perder los cargos bien remunerados. Nunca tuvo más oficio que el de la política de medio pelo. En el mismo periódico he visto hoy que lo han hecho senador autonómico. Pues por eso. Que ahora o nunca y que esto hay que moverlo un poquitín, compañeros.

20 febrero, 2012

Números como escamas. Por Francisco Sosa Wagner

Se impone resucitar la consideración social de viejas profesiones porque nos inundan las nuevas, amparadas por exóticos títulos, másteres, postgrados y otras zarandajas embaucadoras. Al final de este endiablado laberinto de oficios tendrán que pedir perdón los pediatras, los abogados y los maestros de escuela pues ya ninguna de estas dedicaciones goza de prestigio entre las clases sociales nimbadas por la modernidad. La mía -profesor de una facultad de derecho- se ha debido de derrumbar hace tiempo porque mi correo electrónico está lleno de ofertas imaginativas destinadas a sacarme de la antigualla en la que vegeto: las últimas son un diploma en fabricación de cerveza sin alcohol, un postgrado en management estratégico y un máster en trazabilidad (palabro nuevo, ¡atención a él!) de alimentos argentinos. La que más me gusta es la del management estratégico porque me haría mucha ilusión enterarme qué significan tanto el sustantivo como el adjetivo.

A la vista de las desgracias que nos acaecen, la de mayor futuro es la profesión de astrólogo. Ignoro las razones por las cuales no recibo anuncios para animarme a abrazarla porque en la interpretación de los astros, en su posición y movimientos, en sus idas y venidas están las claves del diario acontecer. ¿Qué perdemos con volver a ellos, como acreditados analistas de la situación? Lo fueron y tuvieron aciertos notables. Voltaire cuenta que, en la cámara de la reina Ana de Austria, se hallaba un astrólogo en el momento sublime del nacimiento de quien conocemos con el nombre de Luis XIV. Y que, según los cortesanos, acertó a vaticinar la relevancia que este hombre tendría en las páginas de los innumerables tomos en que está escrita la Historia.

Es evidente que Voltaire se mofa de estas cosas pero es que Voltaire estaba envenenado por las “luces” y por la “razón”, causas de tantos males, entre ellos de que la astronomía le ganara la partida a la astrología. A partir de ahí el astrónomo es un científico a quien es preciso tomar en serio y el astrólogo un embaucador apto solo para ser embromado.

Algo parecido ocurrió con los juristas durante siglos. Desde la vuelta al derecho romano que se produce en la Baja Edad Media estos ocuparían un lugar de privilegio en las cámaras reales, en los parlamentos nacientes, fueron mediadores infalibles en los conflictos entre poderosos: el emperador contra los príncipes y viceversa, el Papa contra aquél y contra estos etc. Las consecuencias desastrosas son bien conocidas y sus secuelas llegan hasta nuestros días. No evitaron ninguna guerra pero llenaron el mundo de confusión.

Hoy el jurista, si está levantando cabeza, es porque hace años sus funciones les fueron arrebatadas por los economistas y hacendistas que se han revelado tan dañinos como aquellos. Profetas del tiempo pasado, pese a sus saberes matemáticos, estadísticos y econométricos, fueron incapaces para prevenirnos acerca de ni una sola de las amargas resultas de tanta alquimia busátil y bancaria como se ha cocinado en los últimos años. Manejaban números como cuerpos helados, como vegetales mustios, como escamas de unos peces muertos. Mucho nos decían pero nada nos predecían.

Si esto es así, ¿por qué no volver al astrólogo? Que nos digan de qué signo zodiacal es el presidente de este o de aquel Gobierno, el ministro inglés o el portugués, la carta astral de la canciller alemana, la eclíptica que puede influir en esta o en aquella decisión ...

¿No es esto más entretenido que un desbarajuste como el actual que, encima, está presidido por la ciencia? Quiero tener mis ilusiones y mis afanes mecidos por los cometas, por los meteoros, no por un modelo econométrico ni una serie estadística, deshuesados y falsos como un astro apagado.

17 febrero, 2012

Un modelo fraudulento. Por Luis F. Rull

(Artículo publicado el pasado día 8 de febrero en la edición andaluza de El Mundo -también puede verse aquí- por mi amigo Luis F. Rull, catedrático de Física Teórica de la Universidad de Sevilla. Enhorabuena, querido Luis. A ver si somos cada vez más los que nos atrevemos a decir las cosas y a caminar erguidos).

La Universidad de Sevilla (US) es una empresa pública con 7.102 trabajadores, de los cuales 4.628 son docentes e investigadores y 2.474 son personal de administración y servicios. Da servicio a casi 80.000 estudiantes. Su presupuesto es de 480 millones de euros. El 83 por ciento de sus ingresos proviene de las transferencias del Estado y el 14 por ciento de las tasas. El tres por ciento restante procede de distintos conceptos que van desde los intereses de capital, las concesiones (por ejemplo, las cafeterías) y una cantidad muy inferior al 1 por ciento, de las donaciones.

Es decir, prácticamente la totalidad del presupuesto lo aportan los ciudadanos; de forma directa, a través de las transferencias, o indirecta, vía tasas, fijadas por decreto por la Junta de Andalucía.

El presupuesto de la Universidad lo elabora el Gerente, quien a su vez es nombrado por el Rector. El Consejo de Gobierno de la US sólamente tiene encomendada la misión de “estudiar” e “informar” el presupuesto; o sea, no tiene capacidad de veto. Por último, el Consejo Social emite un dictamen y, en su caso, lo aprueba. Es decir, en la ruta que sigue el proyecto de presupuesto desde que se elabora hasta que es aprobado definitivamente, el único órgano por el que pasa, que no dependa directamente del Rector, es el Consejo Social que, sin embargo, pese a la encomienda que tiene por ley, en la práctica ha renunciado expresamente a la potestad de modificar o rechazar el documento si éste no responde a lo que la sociedad o la comunidad universitaria esperan del mismo. Prueben a encontrar en las actas del Consejo Social de los últimos años alguna referencia a cualquier tipo de acción con el objetivo de controlar o reconducir el gasto. ¿Para qué sirve, pues, el Consejo Social?. Ahora es un elemento decorativo, cuando no, un nuevo chiringuito donde instituciones y agentes sociales y económicos disponen de nuevos cargos públicos para repartir entre su siempre larga nómina de afines.

En el mejor de los casos, los Consejos Sociales vuelcan todos sus esfuerzos en establecer hilos de conexión entre la Universidad y el mundo empresarial. En el peor, ni eso. La prueba es que las universidades han ido creando fundaciones (universidad-empresa) con ese fin ante la falta de eficacia de las estructuras convencionales, lo cual duplica el gasto para la consecución de los mismos objetivos, como sucede en tantos otros ámbitos de la Administración.

La conclusión, por tanto, es que hoy por hoy el Rector de la Universidad tiene un control casi absoluto sobre el destino de los presupuestos universitarios pese a que son presupuestos transferidos. Dinero público, del bolsillo del contribuyente.

En este contexto, ¿cómo debería elegirse al Rector? La respuesta razonable es que, dado que la autoridad de éste es tanto académica como económica, debería ser elegido por un colegio electoral donde estuvieran representados, tanto la sociedad que financia el funcionamiento de la Universidad, como los colectivos que forman parte de la comunidad universitaria. Y si esa fórmula mixta no convence, la única alternativa sería la de separar el gobierno académico del económico.

Pero en la Universidad de Sevilla no rige en la actualidad ni lo primero ni lo segundo, sino que es el Claustro universitario el que tiene en exclusiva la potestad de elegir al Rector. Un Claustro que está formado por profesores, personal de administración y servicios, y estudiantes, elegidos a su vez en sus respectivas Centros (Facultades y Escuelas). A menor escala, también los Centros reproducen el mismo modelo y la misma falta de control y rigor en el reparto de los presupuestos, que en algunos casos viene dado en función de las necesidades, por ejemplo, de infraestructuras; y en el peor, en función de caprichos inconfesables que permiten a los Decanos y Directores mantener a su electorado satisfecho.

Un ejemplo de ese uso ‘caprichoso’ de los fondos públicos puede ser, sin ir más lejos, el reparto de los ‘Premios’ a la jubilación anticipada, que sin duda están sirviendo para ‘contentar’ a mucha gente dentro de la Universidad.

Con el dinero del contribuyente se están repartiendo, además, muchos privilegios entre los trabajadores de la Hispalense. Por citar otro ejemplo, baste comprobar como a cualquier ‘acreditado’ se le saca automáticamente, de manera ad hoc, su plaza, sin especificar el perfil del área de conocimiento y mediante la selección, por el propio candidato, de los miembros de la comisión evaluadora. Consecuencias: ¿cuántos profesores de la Hispalense han tomado posesión de una plaza sin pertenecer a la propia US? Me atrevo a decir, sin tener los números delante, que ninguno. Y, ¿cuántos profesores han entrado en un cargo académico (Vicerrectores, Decanos, etc.) como Profesores Titulares y han salido como Catedráticos?. Hay que aclarar que el trabajo de gestión se puntúa muy bien en las Comisiones para ser acreditado como Catedrático. Este modelo, es justo reconocerlo, es extensivo a la mayoría de las universidades españoles, por lo que no es sorprendente, por tanto, que estas estén estancadas en los rankings internacionales, pues el modelo de promoción no invita precisamente al trabajo ni a la superación.

Uno de los orígenes de la tragedia de las universidades españolas (en la US la tragedia llega a ser catastrófica) está íntimamente ligado al modelo de elección del Rector. No he sido el único en darse cuenta de este problema que mantiene a la universidad española sumida en un letargo de mediocridad. El cambio del modelo de elección del rector lleva años encima de la mesa de los ministros. Ninguno se ha atrevido a enfrentarse al lobby de la Confederación de rectores de universidades españolas (CRUE).

Merece la pena destacar también que los miembros del Claustro que van a elegir al Rector llevan ya dos años ejerciendo de claustrales. En esos dos años, el actual equipo rectoral ha ejecutado dos presupuestos que han servido para conseguir, por las razones antes mencionadas, una “satisfacción general” de la Comunidad Universitaria.

En consecuencia se puede afirmar que el modelo de gobierno de la Hispalense (y de las universidades en general) se sustenta en el reparto de privilegios entre profesores y personal no docente. Por tanto, no parece riguroso que se defienda el actual mecanismo de elección del Rector comparándolo con el sistema parlamentario. La labor del Rector se parece más a la del Gerente de un hospital público que a la del Presidente de Gobierno ya que gestiona presupuestos transferidos, por lo que debería rendir cuentas ante la administración, en este caso la Junta de Andalucía, que es la que suministra esos presupuestos.

Creo que el actual sistema electoral es un fraude a los ciudadanos que pagan de sus impuestos el mantenimiento de las universidades, y participar en él termina legitimando un modelo fraudulento.

16 febrero, 2012

Descaro en la Universidad

(Publicado hoy en El Mundo de León)

Imaginemos que, tras cuatro años como Presidente del Gobierno y con la correspondiente mayoría parlamentaria, Rajoy no disuelve las Cortes y no pone fecha para las nuevas elecciones, y que ahí sigue, tan campante y sin refrendo electoral, diez o doce años más. ¿Qué diríamos de él en tal hipótesis? Que es un golpista y que su gobierno se habría vuelto inconstitucional, ilegal e ilegítimo. O supongamos que, desde el comienzo de la Transición y una vez nombrado Adolfo Suárez por el Rey, nunca se hubieran celebrado elecciones, hasta hoy. No habríamos salido de la dictadura o habríamos cambiado un dictador por otro.

También el Estatuto de la Universidad de León establece que el mandato del Decano de una Facultad tendrá una duración de cuatro años y podrá ser reelegido una sola vez de forma consecutiva (art. 92.2). ¿Quién puede y debe convocar las elecciones? El Decano saliente, como mínimo dos meses antes de que se cumpla dicho plazo de cuatro años (art. 60). ¿Qué sucede al cabo de los cuatro años? Que el Decano que había sido elegido cesa automáticamente en su cargo (art. 55).

¿Que por qué cuento todo esto, pongo comparaciones y sugiero calificativos? Porque en nuestra Universidad de León hay un Decano que lleva en tal puesto aproximadamente quince años, sin haberse sometido ni una sola vez a elección por la correspondiente Junta de Centro y, de propina, rebasando todos los plazos legales y estatutarios. Es Decano por vía de hecho o por narices. Y cuela. Chitón. Nadie dice esta boca es mía. Achantan los sucesivos rectores, renuncian al derecho de sufragio (art. 59 del Estatuto) los profesores, los estudiantes y el personal administrativo que integran la Junta de Centro, se mantienen en sus cargos durante más de una década los miembros de su equipo, impasible el ademán y como si todo fuera de lo más natural y honesto. Es un golpe de estrado, y todos tan contentos y marcando el paso. Corea del Norte. O como cuando Franco. El malo, ya verán, seré yo, por contarlo aquí y romper la omertà. Pero tengo una pregunta: ¿qué parte de su cuerpo se limpian todos con el Estatuto de la Universidad y con la legalidad entera? Por cierto, la Facultad en cuestión es la de Ciencias del Trabajo.