25 septiembre, 2012

Comer y creer



                Los colegas de Derecho Eclesiástico de mi Universidad organizan dentro de semana y pico un congreso sobre “Alimentación, creencias y diversidad cultural”. Que les aproveche, dicho sea cordialmente. Sabido el percal de estos temas y visto lo que suele abrigar la diversidad cultural, y repasados también los títulos de algunas interesantes ponencias, es de suponer que se tratará de la relación entre alimentos y libertad religiosa. Así que sucumbo a la tentación de meter la cuchara en tan suculenta cuestión.

                Las religiones al uso, las monoteístas de libro sagrado, tienen en común una curiosa característica: en su dogma o sus normas se establecen alimentos prohibidos, sea radicalmente o sea para ciertos días o épocas. No entremos en el estatuto de la prohibición o su concreta regulación en cada una de tales confesiones, pero las hay que vetan al fiel el cerdo o el alcohol, o que mandan abstenerse de comer carne en ciertos días. También son muy dadas a fijar periodos de ayuno. Bien está, pues no es mi problema. Por mí, como si consideran pecado grave cortarse las uñas o sonarse los moquillos. Otras hay por esos mundos que proscriben enseñar el pelo o cortárselo no sé cómo. O tocarse el pito o que te lo toquen si no hay papeles de por medio. No es como para que nos pongamos ahora en buscar racionalidad a la fe o sentido común al dogma. Otros, sin ir de píos, se alarman cuando ven un gato negro, no se casan en martes 13 o se niegan a pasar por debajo de una escalera; o se entregan a la confiada lectura de los horóscopos en el periódico, que manda narices que en los periódicos todavía se contengan tales tontunas. Por cierto, cuando era pequeño y me enseñaban el Catecismo, estudié aquello de que lo enemigos del alma son el mundo, el demonio y la carne. Me pasé media vida pensando que era la carne de ternera o la de pollo, pero creo que los tiros iban por otro lado. Lo del mundo todavía no lo he pillado, si bien ya no me dedico a los enigmas escatológicos. Tampoco critico a aquellos curas y catequistas, pues luego, durante la carrera, la mayor parte de las asignaturas de Derecho las superé de la misma manera, de memoria y sin entender un pimiento. Todavía me acuerdo de la teoría del acto administrativo, verbigracia, que me tenía consternado y sin saber qué acto sería ese tan lleno de definiciones y parabienes.

                Para que nadie se ofenda a la primera de cambio, trabajemos con ejemplos inventados. Supóngase que hay una confesión religiosa que proscribe a sus creyentes toda ingesta de patatas, mismamente porque el profeta mayor dejó dicho que la patata es tubérculo maldito, subterráneo y diabólico engendro. Cosas igual de raras se ven en las variadas iglesias. Un primer problema conceptual, la mar de interesante, es el de cuántos adeptos debe tener una religión para que sea considerada religión y no desvarío de un sujeto o de una pandilla de ellos. Imagino que en el Derecho Público o en su doctrina estará resuelta esta cuestión, aunque no he encontrado definiciones ni requisitos ni en la Ley Orgánica 7/1980de Libertad Religiosa ni en el Real Decreto 142/1981sobreOrganización y Funcionamiento del Registro de Entidades Religiosas. Como siempre he tenido la tentación de crear una religión un día, y ya puesto, autoproclamarme Pontífice Supremo y delegado plenipotenciario de los dioses, me quedo con la duda de a cuántos tendré que convencer y cómo habremos de organizarnos para contar como religión o entidad religiosa, aunque ya veo que habrá que redactar unos estatutos o cosa similar.

                El caso es que los de la religión R andamos obsesionados por no comer ni tanto así de patata, no vayamos a condenarnos o a contribuir por ello a la debacle universal. Si consiguiéramos dominar en un país y hacer confesional su Estado, sin duda se prohibiría el cultivo, venta y deglución de patatas y tipificaríamos sanciones para los que vulnerasen dichas normas. Pero póngase que vivimos en un Estado pluralista, de libertades y no confesional. Entonces nos tocaría reclamar cosas como que a nadie se le fuerce a comer patatas si no quiere, lo cual es bien obvio, pues a ninguno cabe obligarlo a tragar aquello que no desea y sean cualesquiera sus razones. Pero también es probable que exigiéramos un muy riguroso etiquetado de los productos alimenticios, no fuera a colarse algo del vegetal maldito en algún alimento elaborado. Llegamos, así, al asunto sobre el que pretendo reflexionar y a la tesis que voy a sostener y que formulo de esta manera: ni caso.

                Maticemos antes de que nos parta un rayo teledirigido. Son muchas y muy variadas las razones en pro de que los alimentos con los que se comercia lleven una muy precisa y completa información sobre todos y cada uno de sus componentes. Pero entre tales razones no veo que haya que hacer lugar a la libertad religiosa o la diversidad cultural. ¿Por qué? Porque a cada ciudadano hay que garantizarle que no va a comer lo que no desea o lo que le sienta mal, pero ese es un derecho estrictamente individual. Y punto. Es una libertad básica  del individuo y las razones grupales o religiosas no añaden absolutamente nada. Si yo soy un vegetariano radical y, por mis personales razones, convicciones o manías, no quiero probar jamás de los jamases ni carne ni huevos ni leche, tanto vale mi deseo si se funda en un credo religioso como si soy convencido ateo y contrario a todas las religiones. Por consiguiente, no son ni más potentes ni más valiosas las razones para que se avise de qué productos llevan cerdo que para que en las etiquetas o rótulos se advierta sobre cuáles tienen huevo, carne de avestruz, leche o patata entre sus componentes. Y no digamos si el problema no es de convicciones, sino de salud, pues hablamos de personas alérgicas a algún alimento o sustancia.

                La libertad religiosa es una consecuencia o aplicación de la libertad individual. La libertad religiosa no se justifica, en modo alguno, como homenaje o consideración a las religiones o a los grupos religiosos en cuanto titulares de derechos o intereses más altos que los de los individuos. La libertad religiosa se protege para que cualquier sujeto pueda decidir si profesa alguna religión o no profesa ninguna, y para que pueda vivir en consecuencia y, en su caso, concurrir a los ritos o prácticas correspondientes, en lo que no resulten incompatibles con la libertad de todos y cada uno y con el orden público más básico. De ahí que hasta a la educación religiosa y al proselitismo correspondiente hay que ponerle ese límite claro: si suprimen la libertad o la restringen gravemente, sea la de pensamiento o la de acción, las libertades individuales primigenias ganan y la libertad religiosa cede. Los de tal o cual confesión tienen reconocido derecho a educar en su fe a sus hijos (art. 2 de la Ley de Libertad Religiosa), lo cual no significa más que el derecho a presentar a sus hijos la oferta de esa creencia. Pero no es el derecho a atarlos a ella coactivamente o a eliminar su libertad de elección, la de los hijos. La coacción religiosa carece de amparo bajo la libertad religiosa.

                Volviendo al tema y para concluir, mi derecho a no comer patatas si no me da la gana comerlas o si me sientan mal no vale ni un ápice menos que el derecho de los de cualquier grupo religioso a no comer cerdo o vaca. La diversidad cultural ni quita ni pone sobre ese particular en términos de derechos, aunque sociológicamente o económicamente resulte bien interesante el análisis de los hábitos alimenticios de tirios o troyanos.

                ¿Lo pongo en plan más personal y a mí cercano? Mi hija es celiaca y soy el primer interesado en etiquetados y garantías, pues se daña su salud si toma el gluten que se contiene en algunos cereales. Pero el derecho de mi hija a que no le den gluten por liebre no vale menos, sino más, que el derecho del que no quiere que le den cerdo por liebre o gato por soja. Entre otras cosas, porque la salud en esta vida es asunto más serio que la complacencia de los dioses, el capricho de los sacerdotes de cualquier credo o el legítimo deseo que alguien tenga por hacerse un espacio en la vida eterna al lado del Jefe o con angelitos o huríes.

23 septiembre, 2012

Ética racional, religiones y libertad religiosa



                Enlacemos con el tema de la entrada de anteayer y espesemos todavía más el fin de semana. Se sostenía que es inconveniente e irrazonable mantener que todo ser humano, piense lo que piense y haga lo que haga, es titular de dignidad idéntica o un innato derecho a ser como es, aunque sea un bruto culpable, si bien existen muy potentes razones morales y hasta de utilitaria conveniencia para que un buen Derecho en un buen Estado trate a todos como iguales ante la ley, y muy  particular en lo que se relaciona con procesos, garantías y sanciones.

                En el aire quedaba, o en la ambigüedad, si la responsabilidad última de que los peores sean como son está en los individuos o en las culturas. Podría avanzarse la hipótesis de que, si bien la responsabilidad, en últimas, sólo tiene sentido como predicada de los individuos, no puede desconocerse el componente cultural de los modos individuales de ser, pues somos socializados en una cultura y de ella recibimos la base primera de nuestras convicciones y nuestro orden de valores y preferencias. Quizá el test para valorar moralmente las culturas podría componerse de los siguientes ítems: a) grado de dificultad que una cultura pone al ejercicio del libre pensamiento y a la autonomía moral de las personas que en su marco viven, atendiendo muy especialmente al castigo de la heterodoxia; b) índice de “brutos” morales y prácticos que esa cultura en su seno produce, tolera o fomenta.

                Es fácil imaginar la apresurada réplica a lo anterior, la de que en cada cultura se verá como inferiores morales a los otros, a los de la cultura diferente o de patrones morales opuestos. Mas si de ese dato que empíricamente puede tener sustento, concluimos en un relativismo cultural que haga a las culturas iguales porque cada una se cree superior a la otra, debemos asumir que nuestros valores de libertad (libertad de pensamiento, de creencias, religiosa…) y de igualdad de las personas ante la ley al margen de su sexo, raza, etc., por ejemplo, no podemos predicarlos nada más que de las personas de la cultura nuestra y solo para ellas. Si eso es así, al que mata al infiel por infiel o al que mata al blasfemo no podemos hacerle más crítica moral que una crítica moral relativa: nos parece mal que así se comporte, pero en sí no hace mal y comprendemos que, bajo su punto de vista (que valdría tanto para él como el nuestro para nosotros y sin árbitro posible ni manera de dirimir el empate), hace lo moralmente debido, siempre y cuando que tales homicidios constituyan un imperativo moral en su cultura. Lo mismo si en lugar de hablar de matar al infiel o al blasfemo nos referimos al trato de la mujer como inferior al hombre y sometida a él.

                Es poco menos que inevitable toparse con la religión como elemento cultural y moralmente embrutecedor, al menos si la comparación la aplicamos entre las culturas contemporáneas, las de ahora mismo. Es ante todo la primacía absoluta de una religión en una sociedad la que propicia la brutalidad moral, la irracionalidad moral de sus miembros, o de muchos de ellos; es ese tipo de religión y es su dominio como patrón normativo único o supremo lo que degrada moralmente a tales sociedades y lo que provoca altos índices de “bestias” morales.

                En el llamado Occidente o en las culturas liberal-occidentales la religión no ha desaparecido, sino que sigue teniendo importantísima presencia, en particular las confesiones cristianas. Pero la religión ha evolucionado, o ha sido socialmente “domesticada” o limitada al convertirse o convertirla en un fenómeno atinente a la conciencia individual. La fe religiosa guía la conciencia moral de los creyentes, impulsándolos a vivir su vida de conformidad con el dogma o los mandamientos de la respectiva confesión. Esta “individualización” de la religión y su vivencia hace que las pautas por las que el creyente se rige determinen, por vía moral, su comportamiento en dos aspectos: cómo ha de vivir él y cómo debe tratar a los demás. Pero un tercer elemento tiende a desaparecer, la religión como fuerte de mandatos acerca de cómo han de conducirse los otros y cómo deben tratar los otros a los demás. De esa manera, la religión pierde su naturaleza de imperativo social fuerte, pues ya no ofrece legitimación para obligar al no creyente a serlo (o a fingirse tal) y a vivir según las pautas de la fe. Así que lo que la religión influya para configurar la sociedad y la cultura dependerá de cuántos sean los creyentes y cuán congruentes con su credo, no de su capacidad para forzar coactivamente a los otros a obrar según su modelo moral. Mientras que, así, la religiosidad sigue jugando como regla del actuar de uno, ya no autoriza para la imposición forzada de ese modelo como modelo común.

                Todas las religiones, o al menos las monoteístas o de libro sagrado, combinan un doble ideal, individual y social. El ideal individual es el del sujeto que se atiene perfectamente a los mandamientos, sean los que sean, desde dar culto a Dios hasta abstenerse de ciertas prácticas sexuales o de comer cerdo o comer carne en día de vigilia durante la Cuaresma. El ideal social es el de una sociedad en la que todos y cada uno se comporten de conformidad con esos mandamientos.

                Más allá de esa coincidencia, encontramos también una diferencia decisiva, relativa a cómo las confesiones y sus creyentes se plantean la realización del ideal social. Dos son las alternativas. Conforme a una, la moral de inspiración confesional, tenida por moral verdadera, puede y debe ser aplicada al conjunto de la sociedad mediante la fuerza y la represión violenta del renuente o el heterodoxo, del que piensa y quiere vivir de otra manera. Estamos, así, ante una moral que niega la autonomía moral de los sujetos, una moral que impide el debate moral y que, correspondientemente, descarta también la política como deliberación libre entre alternativas o modos diversos de organizar la vida social. El que así vive y practica su credo religioso es un sujeto moralmente irracional puesto que niega en el punto de partida toda posibilidad de una moral racional. Más aún, su moral le compele a suprimir la de los demás si es diferente, a suprimir, incluso de modo violento, a los demás que no compartan la moral suya, que es la de su religión. No podemos debatir sobre la vida buena o la sociedad adecuada ni convivir con quien quiere matarnos o piensa que deberíamos morir si no creemos lo que él cree y no nos atenemos a los mandamientos suyos. Su moral infame es acorde con lo infame de su religión, se niega a sí mismo la libertad de pensar y, como efecto, niega a los diferentes la libertad para vivir según su libre pensamiento, el de ellos. Una moral que prescinde de la libertad moral es, por definición, una moral irracional, brutal, inhumana, abominable, y moralmente no merece respeto ni igual consideración que las demás morales, que los demás sistemas morales que en una sociedad o en el mundo puedan concurrir. Constituye una degradación de lo humano el que alguno pueda sentirse autorizado o llamado a matar a quien blasfeme o pinte una caricatura de un profeta o a la mujer que vaya por la calle sin velo o enseñando el pelo o la piel de su cuerpo.

                La otra alternativa es la de quienes en la plaza pública ofertan su moral de sustrato religioso para la libre deliberación, buscando convencer en vez de violentamente someter y derrotar. No hay más moral religiosa que pueda aspirar a presentarse como moral mínimamente racional que esa. Ninguna otra merece el respeto y la consideración reflexiva de los ciudadanos libres. Quien me niega a mí mi libertad de conciencia y de creencias, y la correlativa posibilidad de vivir acorde con ellas, me está negando a mí mismo, me está degradando en mi humanidad y mi dignidad. Me respeta mientras me argumenta para convencerme; me trata como un objeto o un ser inferior cuando me coacciona o quiere matarme por no ser como él y no creer lo que él cree.

                La libertad religiosa es un derecho capital que debemos respetar y defender, pero precisamente como libertad y en lo que la religión no niegue la libertad de los ciudadanos. La libertad religiosa sólo puede y debe ser protegida como derecho de cada uno a vivir la vida suya en sintonía con su fe y con la moral que de su fe deriva y como derecho a proponer su moral, la de su credo y su grupo, como moral para todos, exponiendo sus argumentos para la ajena consideración y para la colectiva deliberación. Pero ese derecho a la libertad religiosa no puede acoger ni disculpar ninguna práctica que busque suprimir la libertad de los demás y la deliberación pública acerca de los modos mejores de configurar la convivencia social. No tiene sentido ni congruencia el reconocimiento de la libertad religiosa de los que niegan no solo la libertad religiosa, sino el fundamento mismo de todas las libertades, que es la libertad moral. Un Estado de Derecho no debe de ningún modo proteger las creencias ni las prácticas de semejantes fanáticos, no debe admitir ni fomentar o colaborar con su supuesto derecho a educar a sus hijos en la misma fe, así entendida. Y menos todavía tiene un Estado de Derecho que reprimir a quienes de una religiosidad de ese tipo hagan crítica o mofa.

                No hay sociedad libre ni orden social decente si yo no puedo decir lo que pienso, que es por ejemplo esto: que hay que ser tonto del remate para creerse lo de que el cerdo es animal maldito y no se debe comer su carne, o que peca quien trabaja en sábado o en domingo, o que se contamina el varón que toca a una mujer durante la menstruación; y más, que hace falta ser memo para creer en un Dios que se dedique a legislar tales memeces, en un Dios tan tontaina e insoportablemente caprichoso. Quien pretenda impedirme por la brava pensarlo y decirlo no debe estar amparado por la libertad religiosa, pues para nada quiere ni acata él libertad ninguna y es moralmente un zote y humanamente una birria, además de un perfecto tarugo intelectual.

21 septiembre, 2012

Animales humanos



                Ale, como es viernes y ya nos relajaremos un poco mañana, hoy voy a por todas y a que me llamen cualquier cosa, pues defenderé antes que nada la tesis de que hay seres humanos que son como animales del todo, menos racionales que las más torpes bestias. Lo cual que debo matizar de inmediato y sin reparar en párrafos.

                Lo primero de todo, no quiero que se me molesten los ahora llamados animalistas, celosos guardianes de los derechos morales y hasta jurídicos de los animales. Lo único que quiero decir es que, mismamente, un burro es un burro, aun con toda su dignidad, y que cabe toparse también con seres humanos que son más burros que los burros y que diríanse con dignidad menor. Así que por ahí no es.

                Lo siguiente es la cuestión de los ejemplos, ay, porque hasta ahora todos me estarán diciendo que sí y que no es para ponerse así de precavido o tenso, pero cada uno estará pensando en ese enemigo suyo de toda la vida o en el que le levantó la novia o el novio a base de gin-tonics de garrafa. Pues ejemplos podríamos sacar de acá o de allá, pero por ahora, y para ir de frente al lío, me estoy refiriendo, entre muchos, a los fanáticos religiosos más cerriles y brutales. Aludo a los que de las caricaturas de Mahoma, of course, los que son capaces de matar al infiel que pillen por el cabreo que les causa el que uno que no es de su confesión haga un dibujito cualquiera, hasta bonito si cabe, de su profeta de las narices. Mas no me lo lleven a la islamofobia ni a otras maniobras para represión nuestra o de amor a la censura, ya que por estos andurriales de Occidente tuvimos de esos mismos por millones hace nada de tiempo, como quien dice, y hasta los encontramos ahora si escarbamos un pelín. A día de hoy y salvando las distancias que sean del caso, miren esta noticia sobre los Amish y el cuento cerril y estúpido que se traen sobre la obligación de que los hombres casados vayan con luengas barbas. Y, si lo quieren más cercano y también en su orden, pensemos en esas pandillas que son capaces de encontrar sentido y gusto al matar a un vagabundo que duerme en el recinto de un cajero automático. En fin, que cada cual traiga las muestras que desee, pero a lo que vamos es a que existen tipejos a los que la dignidad humana se les reconoce como concepto moral y constitucional, como atributo constitutivo e insoslayable, pero que no hacen ni un mérito para mostrar que la tienen.

                Puesto así el tema sobre el tapete, lo que me inquieta y pretendo poner en solfa es el modo como aplicamos sin matiz ni escala la idea de dignidad y el lenguaje de los derechos. Partimos de que cada cual goza de un derecho natural o cuasinatural, indiscutible, puro axioma, un derecho a ser como es, creer hasta lo más idiota que creerse pueda y obrar en consonancia con sus sucias ideas o su fe de tarado. Luego, eso sí, si se propasan en su hacer, les aplicamos la ley penal, en la idea de que el castigo no lo merecen por ser como son, sino por actuar como actuaron. Es decir, y yendo de nuevo al caso del que hoy más se habla, un paisano puede tomarse al pie de la letra el Corán (o cualquier libro sagrado de religión monoteísta, que allá se andan), convencerse de que es gravísima degeneración comer cerdo o beber alcohol o pintar en un papelito una caricatura del profeta, o de que en su derecho primigenio está el darle dos bofetadas a la mujer que no se le someta, matarla a pedradas si es adúltera y obligarla a ir tapada por completo, y lo que nosotros, intelectualillos occidentales, proclamamos es que está en su derecho a ser tan zote, tan burro y tan irracional, pero que si en nuestro país se propasa al poner en sintonía su creencia con su práctica, a lo mejor tenemos que castigarlo con alguna pena. O sea, que el de ser tan burro e irracional es un derecho y el serlo no empaña la humana dignidad, pero que ojito con lo que hace si lo hace aquí o daña a los nuestros. Se respeta la causa pero se combate, a veces, el efecto de esa causa. Mantengo que la causa no merece respeto.

                Es en ese punto donde nos conviene meter el bisturí. Porque al respetar las causas y traducirlas a inatacables derechos, no hacemos por atajar el mal, sino sus síntomas. Por ejemplo, en tema de educación. Nada de que los padres tienen derecho a educar a sus hijos en su fe y sus creencias si esa fe o tales creencias son palmariamente imbéciles, radicalmente incompatibles con un modelo de racionalidad que es superior a tenor de la ciencia y en sentido común de los que tengan sentido comú. Porque si usted, amigo, considera que tanta razón puede haber en el creacionista puro y duro como en el que se atiene al dato científico de la biología, o si le parece que tanto vale la idea, la cultura o la mentalidad del que mata con saña por lo de la caricatura de Mahoma como del que respeta por encima de todo las libertades de todos y para todos compatibles, seguramente no tendremos mucho más que discutir. Entre asnos totales y humanos que merezcan la pena habrá una gradación sutil y mil escalas intermedias, claro que sí, pero analíticamente y políticamente y en la práctica social no se puede prescindir de la contraposición. En el plano moral, que es en el que estamos, yo –y usted- soy superior al fundamentalista religioso asesino por razón de religión. Y punto. Que la diferencia pueda tener una base en las culturas es dato cierto que puede obrar en descargo del reproche de la conducta particular de alguno, pero no a la hora de catalogar la diversa cualidad moral del modo de ser, de creer y de obrar de ciertos sujetos o grupos de ellos. Entre otras cosas, porque en cualesquiera culturas hay individuos capaces de sobreponerse al absurdo fundante de las mismas y, por ello, nada dispuestos a asesinar por aquellas razones. Se puede creer en el Corán o la Biblia sin ser una hiena.

                Somos dados, nosotros, a confundir las bases del igual tratamiento jurídico y de la idéntica dignidad ante el Derecho con las bases morales de las personas y de su calificación moral. Cuando nuestros sistemas jurídicos occidentales, aun con sus contradicciones, paradojas y recaídas, asumen que es idéntico para todos el derecho a un juicio justo, a una pena resocializadora y no cruel, inhumana o degradante, al trato respetuoso en y desde las instituciones jurídicas, es porque concluimos que ese modo de organizar el Derecho es el mejor, más equitativo, más acorde con nuestra idea del trato digno y, de propina, el que más nos conviene para evitar peligrosas y muy resbaladizas pendientes que acaben perjudicando a cualquiera, bueno o malo, cabal o completamente ceporro. Ese es un planteamiento jurídico con sustrato moral, con nuestro sustrato moral, que no es precisamente el de las bestias a las que respetamos jurídicamente como si moralmente no fueran bestias, más no significa que moralmente tengamos que vernos a todos equiparados. Repito, la igualdad de trato jurídico digno, justificada por razones morales, no lleva aparejada la igualdad en la calificación moral de los sujetos o grupos ni, sobre todo, ha de contemplarse como razón que excluya la crítica moral en los términos más duros y deslegitimadores.

                Sé que en la teoría jurídica de estas décadas también se ha producido la reacción inversa o paralela en bestialismo, la de quienes, por ejemplo, forjan el concepto de derecho penal del enemigo para exigir que el Derecho trate como enemigos y, además, como puros animales no humanos, a quienes en sus creencias y acciones no se atienen a nuestra moral colectiva ni a los valores sobre los que edificamos estas sociedades de aquí. No es esa la tesis a la que me adscribo, en modo alguno, y confío en que ya haya quedado claro. Entre otras muchas razones, porque los fundamentos del derecho penal del enemigo no son morales propiamente, sino estrictamente funcionales, justificación para que la sociedad se defienda de la manera más brutal de aquellos que más fuertemente la cuestionan en sus mecanismos y modos de interactuar. No estoy abogando por que una cultura, como tal, se defienda de otras y contra otras mediante la negación radical de derechos, sino por el papel de la moral racional no puramente utilitaria y funcional, grupal, colectivista, represora del disidente nada más que por disentir con radicalidad.

                No, el machista salvaje, el asesino por fe, el asno impenetrable a la razón y hasta a la compasión no tiene, como humano y en el plano moral, la misma dignidad que los demás ni el mismo derecho que los otros a ser como es. Es el Derecho el que, sobre todo al castigar, debe que tratarlo como si tal dignidad fuera la misma, simplemente eso, y para que no nos degrade a la indignidad el Derecho mismo, a todos. Estamos ante una ficción jurídica por razones morales. Pero que no se puede aplicar en otros ámbitos, por ejemplo al regular la educación y sus derechos. 

Es un bonito supuesto para entender que el derecho jurídico a un trato digno no acarrea, bajo ningún punto de vista, que tengamos que pensar que es idéntica la dignidad y el valor moral de cada persona, de la digna y de la indigna, de la que no nos ataca por pensar distingo y de las que nos apuñala por blasfemar o reírnos de un santo o un profeta. Donde hay razones morales para que los sistemas jurídicos no deban distinguir, no las hay para que la moral, y nosotros al cultivarla con ánimo racional y reflexivo, no debamos diferenciar. Sencillamente, se dan ocasiones, como esta, en que la moral impone que el Derecho haya de tratar igualmente lo desigual, pero únicamente en ciertas parcelas de su ancho campo.

20 septiembre, 2012

Catasancio



                Me estoy quitando de las tertulias radiofónicas mañaneras y sólo me queda decidir qué escucho mientras me ducho o cuando llevo a mi hija al colegio. Debo hacerlo por ella también. Pero como tengo ocasionales recaídas, hoy a las ocho y pico oí a uno de esos comentaristas todoterreno algo bien inteligente, pues dijo que a las nuevas fiebres catalanas el paisanaje español estaba reaccionando con hastío, con aburrida indiferencia. Digo yo que llevamos bastante razón si así nos ponemos, hasta el gorro la boina o la barretina, y sintonizamos Kiss FM. 

                Me he retado a mí mismo a escribir aquí alguna cosilla sobre la manifestación de la Diada, la exigencia de pacto fiscal, los afanes de independencia o Mas entrevistándose con Rajoy para decirle lo de o me pones un pisito mayor o dejamos de hacérnoslo juntos. Y, como era de temer, ni me excitan ni me estimulan esas cuestiones ni me dan para más conversación de la que se me ocurre cuando me topo con algún vecino pesado o con un borrachín pelmazo. Reconociendo, eso sí, todos los derechos, intereses y expectativas de pesados y pelmazos y exigiendo también mi derecho constitucional a seguir mi camino a comprar unas lechugas y unas botellas de vino de Rueda o del Penedés.

                Naturalmente que vendrían a cuento unas consideraciones jurídicas bien sesudas y apropiadas, pero en eso me remito al artículo de mis amigos Paco Sosa y Mercedes Fuertes en El Mundo el otro día, y que aquí copié. Mas (perdón, quise decir pero) el discurso jurídico es en esta época una fuente segura de melancolía. Hablar de Derecho en España y esmerarse en plasmar con quirúrgica precisión lo que se contiene en la Constitución y las leyes es tan vano como disertar sobre música del Barroco en un partido de fútbol o como explicarle al gato que  los sofás no son para afilar las uñas, sino para sentarse, pérdida de tiempo. El sistema jurídico se nos ha vuelto gaseoso, y no precisamente por el lado de los gases nobles, sino de los más plebeyos. Por eso también resulta cada vez más estéril y engañosa nuestra labor de profesores de Derecho, condenados a explicar al alumno indefenso preceptos que nadie cree y normas que solo aplica el que en ellas encuentra ventaja. El Derecho, según moda imparable, es un conjunto de principios, y los principios, ya se sabe, valen para la gente con principios, lo que no es el caso.

                Lo mismo cabría darse a la disquisición filosófico-política y emprenderla con el concepto de nación y los derechos naturales que a las naciones adornan, pero uno no dejó la religión y su teología para echarse en brazos de sucedáneos metafísicos y ritos sacramentales de otro orden, o del mismo. ¿Y la teoría del Estado y de su soberanía? Para qué, si los estados se están disolviendo como azucarillos en las aguas de la Historia y el empecinamiento por mantener los que hay o inventar otros nuevos es tan quimérico como añorar la juventud perdida o hacer la taxonomía de las almas del Purgatorio.

                Entretenía cuando éramos ricos o nos sobraba ocio, pero ya no está uno para que le digan los nacionalistas catalanes o los de Villamelones del Palomar que ellos son pobres por culpa nuestra, de los del resto del Estado o lo que sea, y que nosotros somos pobres por nuestra culpa. También se me agotó el sentimiento de culpa cuando el colegio y los curas y de todo tocaba arrepentirse y por todo había que hacer penitencia. Me caen estupendamente todos los catalanes que trato y no me veo, para nada, entrando al trapo que  me ponen los que no me tratan y debatiendo sobre si son galgos o somos podencos, si me deben o les debo, si tiene barba y se llama Antón o si será la Purísima Concepción.

                Propongo que los unos nos quedemos quietos y a nuestra bola y que los otros hagan lo que les plazca, pero sin ruido, por favor, como el que no quiere la cosa. No me apetece nada que lleguen los fríos de diciembre sin la extra y con un concierto de zambomba los periódicos y un coro de caganers en cada emisora de radio. Que lo hablen a ver, que lo ventilen en su casa y después, simplemente, que me digan si voy a necesitar pasaporte o cambiar moneda para entrar en Barcelona. Y ya veré yo cómo me lo monto y qué hay de lo mío.

                PD.- Nada más lejos de la intención latente en la paginita anterior que molestar a Cataluña y a los (nacionalistas) catalanes, pues dicen muchos que si se les importuna con chanzas o poco cariñosas observaciones que no les den la razón sin guasa ni reservas, medra el independentismo. Por mí, que crezca o que se marchite, pero que nadie intente decir que yo, en mi modestia y comedimiento, llevé diez mil más a la próxima Diada. Yo paso y me declaro independiente. No sé si me explico.