03 junio, 2014

Respeto



Tal vez porque me falta entrenamiento en los últimos tiempos, tengo claro hoy lo que quiero expresar, pero no cómo decirlo. Así que, a riesgo de mezclar churras con merinas, comenzaré por el lado de las vivencias personales, aunque sean lo de menos.

Con los años, me voy dando cuenta de que se reduce la lista de los que tengo por amigos muy amigos o amigos propiamente dichos. Hasta tal punto, que me he puesto a pensar y a buscar la palabra que resumiera las sensaciones. Y no se me ocurre palabra mejor que respeto, aunque quizá no sea la más exacta. Quiero decir, que a mucha gente le voy perdiendo el respeto. No, no es que me ponga a decirles barbaridades, ni siquiera que las piense. Es que van bajando en mi personal consideración y, entre otras cosas, les pierdo la confianza; es decir, que ya no me fío mucho de ellos. Aunque esto último también hay que matizarlo.

Todos tenemos defectos, y este que suscribe carga una tonelada de ellos. Alguno insistirá en que la amistad se mide precisamente por la disposición y la capacidad para asumir los defectos de los amigos, entre otras cosas. Puede ser, pero dentro de un orden. Se llega a un punto en que te dices que sí, que cada uno tiene sus taras y sus manías, que está bien y que se acepta, pero que ya vale y que el patio ya no está para comprometerse personalmente y mantener incólumes los afectos y la camaradería.

Serán cosas de la edad, no lo discuto. Pero me pasa con muchos compañeros en el oficio académico. Todos muy estupendos, pero en cuanto están en juego cien euros o media hora más de trabajo a la semana, muchos se ponen el puñal entre los dientes y se lo clavan hasta a su señora mamá, si hace falta. El egoísmo despendolado casa mal con la amistad y el compañerismo. Así que un paso atrás y a mantener las formas elementales de cortesía, pero sin ponerse a tiro y perdiendo ese íntimo respeto que te lleva a ver a los demás como tus iguales o como personas que mañana harían por ti el mismo sacrificio que tú haces hoy por ellos. Para evitar crueles decepciones lo mejor es carecer de esperanzas o de buenas expectativas. Si la regla es que cada uno va a lo suyo, caiga quien caiga, vayamos todos a lo mismo y al que Dios se la dé, San Pedro se la bendiga. A resguardarse y el que venga detrás que arree.

En el ámbito más cercano, el de la mera amistad, el asunto se hace más de detalle. No sé, pero inventemos y pongamos uno que siempre que puede te llora y te cuenta y se desahora contigo por sus traumas, sus sinsabores o sus problemas. Bien, para eso estamos, un paso adelante y a escuchar y a echar una mano o dar un consejo, si te lo piden. Ah, pero un día eres tú quien anda marchito y te pones a confiarte al mismo y resulta que tiene mucha prisa o te interrumpe todo el rato para preguntarte si viste el partido del miércoles o si ya te has enterado de que a Fulano se le murió el gato. Paso atrás y la próxima vez a ése lo va a consolar su tía. O que qué tal si hacemos una fiesta en un garaje -sigo con supuestos puramente imaginarios- y llevas tú las mesas y las sillas y hasta un sofá de casa, pero el otro siempre alega que él no porta ni aporta nada, porque casualmente sus sillones cojean estos días y su sofá se lo están tapizando otra vez. Pues quieto parao y a hacerse el tonto uno como si fuera igual de listo que aquellos.

Ya me he ido alejando del tema, pero no tanto como parece. Hablamos de que las relaciones humanas de todo tipo requieren un algo de respeto y confianza, de buena consideración y estima básica, para ser de calidad y que la convivencia funcionen. Malos gestos y conductas poco santas dan pie a que esa sensación se pierda y aquella base “sentimental” se dañe. Pasa entre parientes, entre amigos, dentro de las familias incluso, entre compañeros. Y tiene su relevancia también esa noción de respeto dentro de las comunidades políticas.

Eso que denomino respeto antes venía como un elemento impuesto por las compartimentaciones sociales, cuando las sociedades eran, de derecho o de hecho, fuertemente estamentales, poco menos que divididas en castas. El noble merecía por definición el respeto del plebeyo, pero no a la inversa; el patrono tenía el respeto del trabajador, el manestro recibía el respeto del estudiante y de los padres del estudiante, el ministro era respetado por los gobernados. El palo, la sanción pura y dura, eran la garantía. No digamos cuánto respeto se profesaba, sí o sí, a un rey, “intocable” por definición, pues se suponía que lo había puesto Dios ahí, para que reinara él y reinaran sus primogénitos.

Esa visión que llamo estamental ha ido cambiando, aunque nunca del todo. Las sociedades se han ido haciendo igualitarias, en el sentido de que se asienta la idea de que es idéntica la dignidad de cada ciudadano y la misma la consideración que merece. Las relaciones que eran puramente verticales se van poniendo horizontales. Pero no por completo y, sobre todo, con efectos colaterales un tanto sorprendentes o paradójicos.

Vuelvo a la anéctota personal, en lo que sirva para las comparaciones, y me disculpo a la vez por tanto caso mío.Cuento una historia con un fondo real, pero maquillándola. A la persona que tengo contratada para atenderme el jardín (en realidad no hay tal, esto es el camuflaje del caso) yo la trataba como un igual y un amigo, y hasta la invité a alguna fiesta en mi casa. Andábamos encantados los dos, estábamos a la par aunque él trabajara para mí y yo le pagara por ese trabajo.
Un día, en una reunión de amigos, se puso a gritarme que si no me daba vergüenza educar a mi hija tan mal como la estaba educando y que parecía mentira que fuera yo tan zoquete y tan burro. La cuestión interesante está en estos detalles: uno, que entre amigos y por un tema así se tiene más tacto; dos, que a sus propios compañeros de trabajo seguramente el jardinero no se les pone tan impertinente como se puso conmigo, entre otras cosas porque le pueden responder con un golpe de azada en la cabeza. Lo que muchos me dijeron fue esto: eso te pasa por no saber estar “en tu sitio” y por dar confianza a quien no debes. Doble apelación a la partición social “estamental”: la de mis amigos bienintencionados recondándome que tan igualitario y “enrollado” no se puede ser, y otra, seguramente, la del propio jardinero, que debío de pensar que cuánto placer daba gritarle a un catedrático, aunque fuera a éste que se va a dejar porque parece tonto y no sabe ponerse “en su sitio”.

Sigo pensando que eso que llamo respeto, y que es de fondo y va más allá de las formas, debería mantenerse por cada parte en todo tipo de relaciones, de manera que la consideración igual de las personas no se tradujera ni en aprovechamiento para el abuso, para pasarse, ni en nostalgias de las castas antiguas. Pero es bien difícil, porque las mentalidades mutan en su fondo mucho más lentamente que en la superficie. En la universidad lo he visto también mil veces, al comprobar que al director de tesis o al viejo catedrático le responden con mucho mejor trabajo y mayor lealtad de la buena los subordinados a los que atosiga y hasta humilla que aquellos otros con los que quiere colaborara sin imponer disciplinas y obediencias al viejo estilo. Es una pena, pero es lo que hay.

Pasemos a la monarquía. Un rey “campechano” y un príncipe que se casa con plebeya que acabará siendo reina un día son buenos ejemplos, en principio, de actitudes que dejan atrás estereotipos y mitos. Ya, pero sin el mito fundante la gente se pregunta por qué, entre iguales, tiene precisamente que reinar ése y no un sobrino listísimo que yo tengo. El otro día, creo que cuando se entregaba el trofeo de campeón del la Copa del Rey de fútbol, vimos en televisión cómo el Rey sostenía por las pantorrillas a Casillas, el portero del Real Madrid, para que no se cayera de la plataforma en la que estaba subido exhibiendo la copa que acababa de recibir. Está bien, me parece estupendísimo, pero el problema se halla en que inconscientemente el pueblo piensa o siente que el rey es el sostenido y el vasallo es el que lo sujeta. En un referéndum para decidir si el próximo rey es Felipe o Casillas, la gran mayoría de los votantes apoyarían a Casillas sin dudarlo.

La llamada clase política española ha perdido el respeto de la gente por las mismas razones, multiplicadas, por las que, salvando las distancias, yo se lo he ido perdiendo a tantos compañeros y amigos: por cutres y lamentables. Los ciudadanos se enfadan porque sus gobernantes no estén “en su sitio”, tanto en las formas como en el fondo de su obrar. La gente se desmoraliza, literalmente, cuando oye hablar a Aznar o Zapatero, antes, o a Rajoy, ahora, pues se da cuenta que con una prosa así, balbuciente, llena de anacolutos y de patadas a la sintaxis, apenas aprobarían un examen de selectividad, o no deberían aprobarlo. Nos guste o no, el ciudadano común desea que lo gobiernen quienes no son peores que él, porque sólo así deja de preguntarse por qué no gobierna él mismo o por qué debe acatar lo que manden los otros. Pero la paradoja de estos tiempos políticos es que muchos votan a los tontos, a sabiendas de que lo son, creyendo que el ejercicio del poder los hará competentes y listos. Y no, son tontos cazurros, pero tontos, y la ciudadanía acaba inquietándose.

Lo mismo, multiplicado, pasa con la pretendida superioridad moral de los gobernantes. Asumimos que los que mandan sean un poco pillos, como lo somos nosotros cuando hay ocasión, pero nos gusta que disimulen como nosotros disimulamos. Esto es, que si roban un poco, lo hagan a la chita y callando, no a calzón quitado y con descaro. Queremos que si los atrapan con las manos en la masa paguen como pagamos los demás cuando nos descubren, no que para ellos se torne privilegio e impunidad lo que para nosotros sería castigo. Nos apetece que los que tienen poder lo ejerzan siendo mejores que nosotros o, al menos, siendo como nosotros, pero, entonces, con nuestras mismas servidumbres y límites. Por eso lo que está desprestiginado las instituciones políticas no es tanto la corrupción como la impunidad, no tanto las malas acciones en sí como el descaro con que se exhiben y la desvergüenza con que se justifican a base de negar hasta los hechos más evidentes.

Vovamos al asunto de la Corona, después de que ayer dijera el Rey que va a abdicar próximamente. En España republicanos convencidos hay pocos, la mayoría de los ciudadanos son indiferentes respecto a la forma de Estado y al tipo de Jefatura de Estado. Es más, a muchos aterra pensar en una República de la que pudieran ser Presidentes un día Aznar o Zapatero o Bono o Trillo o Leire Pajín o Ana Mato. Lo que el pueblo más desea es un Jefe de Estado que no lo abochorne ni por su ética ni por su estética. Tan sencillo como eso. Y este Rey que dice que va a abdicar dentro de unos meses abochornó a la gente. Eso es lo que no se le perdona y puede poner en jaque la continuidad de la Monarquía: el haber descubierto que era tan marrullero como el vecino del quinto y tan tonto como para que se descubriera cómo era.

Si felizmente el respeto social ya no lo otorga ningún mito originario, ningún esquema de estamentos o castas, ese respeto social, que es la clave empírica de la legitimidad fáctica, del reconocimiento social del gobernante, hay que ganárselo a base de no mostrarse inferior en dos aspectos: en las formas y en las conductas. No se trata de exhibir superioridad intelectual y moral, sino de que no se les note inferiores intelectual o moralmente. Esto vale para reyes, para presidentes de república, para ministros o para quienquiera que tenga poder en el Estado o al Estado represente. Y esto es lo que se les ha ido olvidando. Si se trata de subir a los altares a chiricetes, en el barrio los tenemos mejores y más hábiles. Si se trata de que manden los que no saben decir un discurso sin leerlo tartamudeando, que pase a esa tribuna el dueño del bar de la esquina, que expresa como un Demóstenes.

Pensaron que al votarlos se les daba un voto en blanco. No, se les daba otra oportunidad porque apenas se podía creer que fuesen como son. Pero lo eran. La gente está rabiosa porque se siente defraudada. El ciudadano quiere modelos, porque de lo otro ya tiene en casa. Pero no nos engañemos, ni siquiera se ansían propiamente modelos de virtud, se añora gente normal, con su inteligencia y su pudor, con sus buenas intenciones que pueden disculpar algún desfallecimiento. Lo que pone de mala uva a tantos que hoy se indignan es reparar en que se había confiado mucho y durante demasiado tiempo en piratas con pocas luces y mucha jeta.

Regenaración o caos. No es una consigna, es un diagnóstico. O socialmente recuperamos la vergüenza torera, algo de dignidad y al menos unos principios de andar por casa, sea a la hora de relacionarse entre amigos o compañeros de trabajo, sea al relacionarnos como gobernantes o gobernados, o puede salir el sol por Antequera. El bicho de la indignación social anda suelto y es muy peligroso, es un morlaco que lleva banderillas de fuego, y no hay toreros que lo lidien. Los historiadores algún día explicarán cuán repartidas estaban las culpas entre todos, pero también cuánto se equivocaron los políticos que pensaban que se podía volver al caciquismo más vil en una épocas en la que todo se sabe. Porque ahora la novedad es que todo se sabe, y con lo que llevamos sabido de unas décadas para acá andamos ya muy, pero que muy enfadados.

01 junio, 2014

De tiritas y perchas. Por Francisco Sosa Wagner



Como existen los tristes heraldos negros de César Vallejo, todo luto y desesperación, existen también las realidades sonrientes, todas atrevidas y exultantes. No sé a qué esperan los poetas y otros magos de la pluma a dedicar poemas u otras composiciones imaginativas a los objetos cotidianos que nos hacen fácil la vida o nos abren la puerta a placeres y diversiones.

La rosa, el amor de Purita, el otoño, la melancolía, la tristeza, la muerte, los fértiles
valles, las sierras levantadas, no digamos las ninfas y los cisnes o las mariposas o las odaliscas han movido la pluma de miles de vates que han cantado todo ello con mejor o peor fortuna. Pero ¿quién ha dedicado un soneto a la tirita? Sí, a esa tirita que sabe presentar contundente y victoriosa batalla a un molesto manar de la sangre que nos hemos provocado bobamente al afeitarnos. De esa tirita, que yo sepa, nadie ha cantado sus propiedades ni sus encantos, nadie ha hecho ante ella reverencias métricas ni le ha administrado la debida justicia poética. Su virtud silenciosa, su gloria como salva apuros, su falta de ambición y su barata lealtad ¿quién la ha puesto en versos?

Si las vanidades del mundo han sido mil veces denunciadas y ridiculizados los presuntuosos y fatuos ¿por qué no se hace lo mismo con las humildades que nos rodean? ¿por qué no se busca al inventor de la tirita y se le dedican unos octosílabos bien aparejados y además se le erige una estatua en parque florido y concurrido?

Y lo mismo que vengo sosteniendo respecto de la tirita podríamos decir de la percha que sostiene nuestros trajes y camisas. ¿Se ha pensado alguna vez en ellas para rendirles nuestro tributo de admiración y agradecimiento? ¿Alguien se imagina una casa sin perchas? Pues la percha, que es la percha de donde cuelga el orden de nuestras viviendas, vive en la oscuridad de un armario, en los hondones de un trastero sin atención alguna, sin una palabra de cariño, sin más luz que la proporcionada de forma fugaz y descuidada por su usuario. ¿A qué esperan quienes saben escribir para fatigar a la métrica con ocurrencias felices que coloquen a la percha en el lugar del amor, de la floresta o de la amada a la que se invoca con suspiros tristes? ¿qué tiene la luna que no tenga la percha?

Y así podríamos seguir porque los mismos reproches podríamos hacer, y de hecho los hago, a los compositores. ¿Hay algún concierto para arpa y orquesta dedicado a estos objetos que yo hoy homenajeo sentidamente? Desde Bach para acá ¿hay alguien que haya pensado en emplear su estro para llevar a los acordes de un violín la grandeza de una percha o de una tirita?

Hasta que no elevemos estos objetos al pináculo del honor literario o musical no creeré ni en la literatura, ni en la poesía ni en la música. Ni siquiera creeré en la Academia de la Lengua cuyos miembros sin duda se valen de tiritas y de perchas y no les dedican ni un minuto de sus vidas preclaras: ni una celebración ni la organización de una flor natural o un certamen.

Quedo a la espera del gran rondó de la tirita para reconciliarme con el arte.

21 mayo, 2014

Técnicas para bloquear la autonomía moral de los ciudadanos



Llamamos aquí juicio moral a aquel mediante el que un sujeto formula su idea de la bondad o maldad moral de algo, sea una acción, una persona o una situación, entre otras cosas. Cuando de una persona o una acción, por ejemplo, decimos que es justa o buena, o cuando decimos que es mala o injusta, formulamos un juicio moral. Un juicio moral, por tanto, puede ser positivo o negativo. Un juicio moral es expresión de alabanza o reproche moral.

Un juicio moral es un juicio normativo, tiene base en un sistema de normas. Los juicios normativos, basados en normas, son de diverso tipo. Si yo afirmo que la acción A de Fulano es antijurídica o ilegal, estoy formulando un juicio normativo negativo de tipo jurídico y la referencia la dan las normas que componen el sistema jurídico correspondiente. Si yo afirmo que Fulano es muy cortés o bien educado, hago un juicio normativo que tiene su pauta en las reglas de cortesía o de trato social. Cuando mantengo que Fulano es malo (o bueno) o que su acción es injusta (o justa), ésos son juicios morales y su referencia está en el conjunto de normas que componen ese sistema normativo que llamamos moral.

Según el común de los tratadistas, cabe distinguir entre moral social o positiva y moral autónoma o personal. La moral positiva es aquel conjunto de normas morales generalmente aceptadas en una sociedad y en un momento histórico determinado. Ese sistema de moral positiva va cambiando, evoluciona. Por ejemplo, en nuestra sociedad, hoy, está comúnmente admitida la norma según la cual mujeres y hombres o blancos y negros o creyentes y ateos tienen idéntica dignidad y merecen idéntico tratamiento, por lo que se considera injusto o inmoral discriminar a unos u otros. Hace trescientos años no eran esos los contenidos de la moral socialmente dominante.

La moral personal, también llamada a veces moral crítica, es aquel conjunto de normas que cada individuo utiliza como soporte o referencia de sus juicios morales. Ese sistema normativo de la moral personal de un sujeto puede coincidir en más o en menos con el de la moral social. Así, puede haber normas morales mías que no tengan el acuerdo de la mayoría social, y puede haber normas de la moral social que yo no asuma como mías. Por tanto, el contenido de mis juicios morales no siempre coincidirá con el juicio de la moral social para las acciones, los sujetos o las situaciones que en cada ocasión se valoren. Las discrepancias entre la moral personal de un sujeto y la moral social dominante pueden ser mayores o menores, dependiendo de factores atinentes al respectivo sujeto (su personalidad o carácter, la información que maneje, la educación, etc.) y de factores atinentes al sistema social (el grado de libertad que se permita, el tipo de formación o de adoctrinamiento de los ciudadanos, etc.). Lo que apenas cabe imaginar es una discrepancia total o altísima entre la moral personal de un individuo y la moral socialmente dominante. Ese ciudadano podría ser tildado de loco o de inadaptado. Eso es un hecho.

La moral, en cuanto sistema normativo, tiene en la Modernidad una peculiaridad muy llamativa, como es esa su bifurcación en dos sistemas potencialmente distintos, el sistema de la moral social y el sistema de la moral personal. Tal cosa no sucede por ejemplo con el Derecho, pues no tiene apenas sentido que alguien afirme que frente al sistema jurídico vigente él tiene su propio y personal sistema jurídico, con sus normas propias y particulares. Es difícilmente imaginable también para el sistema normativo de la cortesía o el trato social, y mucho chocaría que alguno dijera que las normas socialmente vigentes de educación no cuentan para él y que, en suma, considera de mala educación que un vecino le dé los buenos días en el ascensor o que alguien mastique en público sin hacer ruido o coma sin eructar violentamente.

Sin embargo, en nuestra era y nuestra cultura se exalta la autonomía del individuo como autonomía moral, como capacidad para someter a juicio reflexivo las normas de la moral social y para formar y aplicar sus propias ideas sobre lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto. La libertad, supremo valor de nuestro tiempo o de la moral social de nuestro tiempo, se entiende antes que nada como libertad moral, como autonomía moral. Por mucho que la gran mayoría de mis contemporáneos estimen que la conducta C es buena o justa, yo puedo considerarla injusta y puedo expresarlo así. Sin tal posibilidad la libertad personal, como libertad primero de pensamiento y luego de acción, no tendría cabida. Si sólo puedo pensar y valorar como todos, no me quedará más alternativa teórica y práctica que hacer lo de todos, que comportarme igual que los otros en todo lo que sea moralmente relevante para la comunidad.

Esa autonomía moral del ciudadano da lugar a una doble acción del Derecho, a una doble reacción de nuestros sistemas jurídicos. Por un lado, el Derecho respalda mi posibilidad de valorar libremente y de obrar en consecuencia, elevando a derechos, y a derechos fundamentales, la libertad de pensamiento y expresión, la libertad de credos y la libertad para desarrollar libremente mi personalidad, obrando según las convicciones mías y no según las pautas socialmente impuestas. Además, se garantizan jurídicamente también ciertos medios o instrumentos sin los que esas libertades primeras no se desarrollarían en la práctica, como ocurre con la libertad de información.

Por otro lado, los sistemas jurídicos ponen coto o limitan el ejercicio social de esas libertades personales. Puede cada uno pensar como quiera y valorar libremente, pero no cualquier acción puede ser permitida por estar basada en la libre valoración o apreciación moral del sujeto. Alguien puede entender que no hay nada de malo, sino bueno, en torturar a los bajitos, y actuar en consecuencia con unos cuantos de ellos, pero socialmente es necesario poner un límite a las acciones posibles de los sujetos, por mucho que se amparen en la autonomía moral de los mismos.

En lo anterior radica una tensión esencial de nuestros sistemas jurídico-políticos. No todo lo que la persona juzga moralmente bueno está permitido por esa herramienta ordenadora de la convivencia que es el Derecho, y tampoco está permitido abstenerse de hacer lo jurídicamente debido por el hecho de que el ciudadano de turno lo estime malo o injusto a tenor de su moral. Para ciertos casos nuestros sistemas jurídico-constitucionales admiten la desobediencia por motivos de conciencia, pero sólo para ciertos casos. La razón es más práctica que propiamente “ideológica”: si la conciencia individual exime de los deberes jurídicos, se está habilitando a cada cual para que haga de modo jurídicamente lícito lo que le venga en gana, para que mate el que piense que matar es justo o para que no pague impuestos el que los tenga por injustos.

Nos vamos así acercando al núcleo de un gran problema. Tomemos de nuevo aquel ejemplo un tanto absurdo del que sinceramente piense que torturar a los bajitos no es inmoral, o que es mandato moral incluso, y supongamos que da el paso y tortura a algunos. Cometerá delito, qué duda cabe, pues así nos lo indica el sistema jurídico, y conforme a Derecho podrá y deberá ser castigado. ¿Pero por qué es castigado? ¿Es castigado jurídico-penalmente por pensar como piensa o por hacer lo que hace? Creo que nada más que cabe una respuesta congruente con los fundamentos político-constitucionales y morales de nuestros sistemas jurídicos: no se le castiga por lo que cree, sino por lo que hace. Pues si fueran sus convicciones morales las merecedoras de castigo, habría que penarlo ya por ellas, incluso en el caso de que de ningún modo pasara de la idea a la acción. Lo cual, no nos confundamos, no tiene aquí que ver con la exigencia de dolo o intención para su conducta punible. Se castiga por haber obrado intencionalmente, no por haber tenido la intención sin obrar.

Lo anterior tiene varias secuelas importantes. La primera, que a nadie se le puede legítimamente castigar en Derecho por ser mala persona, a tenor del juicio social o de la moral social, sino por conducirse indebidamente. Lo contrario supondría la más radical negación de la esencial autonomía moral de los ciudadanos. Podemos rechazar todos o la mayoría la creencia moral del que aprueba la tortura de los de estatura baja y podremos aplicarle las peculiares sanciones morales, como cierto rechazo social, como la crítica, como cualquier manera informal y no ilícita de desaprobación; pero nada más. Si por pensar diferente del grupo y muy autónomamente lo penamos, el Derecho penal se torna en autoritario garante de un único pensamiento, el pensamiento del grupo; o de los que mandan en el grupo. Se acabarían, entonces, aquellas primeras libertades individuales y sería el ocaso del individuo autónomo como eje de nuestros sistemas políticos y jurídicos.

La segunda secuela tiene que ver con un problema de solución más difícil. ¿Qué sucede si ése que cree en la moralidad de la tortura no tortura jamás, pero públicamente manifiesta esa su convicción? Si la expresión de ideas morales personales pero socialmente heterodoxas o malsonantes es objeto de castigo penal, acortamos tremendamente la autonomía moral de las personas. Yo puedo pensar cualquier cosa, pues mi pensamiento es mío y nadie lo conoce si no lo expreso y no lo traduzco en obras con él consecuentes, pero eso que pienso no puedo llevarlo a la práctica ni tampoco decirlo. A los efectos, la situación es exactamente la misma que si la libertad de pensamiento no existiera, que si no se dejara espacio para la autonomía moral. En la más férrea tiranía, allí donde toda discrepancia y toda heterodoxia se reprimen con violencia, cualquiera podrá para sus adentros opinar o creer cualquier cosa. El fuero interno es socialmente irreprimible, precisamente porque es interno. En tiempos de la Inquisición habría más de uno que creyera que todo el entramado jurídico-social y religioso era injusto y absurdo, pero no podía decirlo sin verse ante aquellos jueces y exponerse al castigo. Así como las razones para no poder hacer cada uno lo que quiera son razones elementales de convivencia y de mantenimiento del más elemental orden social, las razones para reprimir la mera expresión de las convicciones y opiniones personales no son de ese tipo y nada más que pueden explicarse como vía para cercenar la autonomía personal y para elevar la moral colectivamente dominante a moral única e indiscutible. Eso se llama autoritarismo, como mínimo y sin vuelta de hoja.

Cierto que el Derecho puede y debe considerar también las expresiones que inciten al delito de una manera u otra, sea llamando a cometerlo, sea alegrándose de sus consecuencias con el propósito de que esas consecuencias se multipliquen, de que los delitos sean más. Pero aquí o hilamos muy fino o llegamos de nuevo a la negación de la autonomía moral más básica. No es lo mismo que alguien púbicamente llame a matar a todos los X o que diga que los X son malas personas o son injustos. No es lo mismo que alguien anuncie que da una recompensa al que les ponga una bomba a los del pueblo de al lado o que manifieste que le dan poca pena los muertos por una bomba en el pueblo de al lado. Podremos en este segundo caso decir de tal sujeto que es un salvaje o un desalmado o una mala bestia o una pésima persona. Pero imponerle una pena ya es harina de otro costal. Y, por otra parte, para la salvaguarda del honor de las víctimas del delito existen también instrumentos no penales de protección del honor, que rectamente usados tienen su buena función y su sentido.

¿Dónde está en verdad el peligro para nuestra autonomía y nuestra libertad primera? En la pretensión, ahora mismo tan en boga, de que se castigue, y se castigue penalmente, la expresión del pensamiento socialmente tenido por inmoral y desagradable. Con un planteamiento así, hace doscientos años se habría tenido que punir al que dijera que los negros debían tener iguales derechos que los blancos o las mujeres derechos iguales a los de los hombres, o que una mujer con pantalones y en bicicleta no perdía nada de su valor como persona y de su dignidad. La represión de la expresión heterodoxa o socialmente disonante y que no sea directa y manifiesta incitación o provocación al delito grave es autoritarismo puro y duro, es cercenamiento del pluralismo y de la autonomía de los particulares, es retorno del Estado censor y de los poderes al servicio de la moral dominante, que suele ser la moral que a los poderes dominantes conviene.

En la actualidad tenemos una circunstancia novedosa, como es la disposición y uso de las redes sociales. Antes eran muy limitadas las posibilidades que un ciudadano tenía de plantear públicamente sus opiniones y de extenderlas a mucha gente. Podía cualquiera hablar ante los amigos o vecinos en el bar o en la calle, podía subirse a una silla en un parque y soltar su discurso, podía mandar una carta a un periódico con la escasa esperanza de que se la publicaran. Podía también escribir un libro o un artículo con la expectativa de hallar editorial o revista que lo recogiera. Esto es, o el auditorio era muy limitado o, para tenerlo mayor, se dependía de otros. Ahora no, ahora las redes sociales extienden ilimitadamente las opiniones y los juicios que en ella se quieran verter. Por eso las redes sociales, con sus pros y sus contras, se han convertido en temibles para los regímenes autoritarios y las sociedades represivas.

Las redes sociales tornan a los ciudadanos peligrosos, pero peligroso por lo que en ellas pueden hacer, que es nada más que expresarse. No es que porque haya redes sociales sean más los ciudadanos que piensan distinto o se acogen a ideas socialmente incómodas o incómodas para el poder. No, las redes sociales implican, ahora, que ésos que piensan diferente o que se salen de la pauta y las convenciones disponen de un canal eficaz de comunicación pública.

Quien crea en el pluralismo, en el efecto positivo del diálogo social, en la democracia deliberativa y cosas similares, tendrá que aplaudir esa novedad, ese enriquecimiento de los auditorios y los intercambios. Naturalmente que en las redes sociales encontraremos a gentes diciendo burradas o mostrándose de la peor calaña. Pero algo así se temía también cuando, en tiempos, se discutía sobre la libertad de imprenta o la libertad de prensa. Si no queremos periódicos en los que se den noticias o se expresen ideas que no nos gusten, apliquemos la censura o limitemos la libertad de prensa. Pero la libertad de prensa ya apenas asusta, los controles han crecido y la heterodoxia brilla por su ausencia allí donde los medios de información están en pocas manos y bien domesticadas. Ahora preocupan y asustan las redes sociales. Porque son el único medio del que dispone la gente para decir lo que piensa, sea agradable o desagradable, penoso o estimulante.

¿Que por medio de Twitter o de Facebook se planea un atentado terrorista? Persígase ese delito como si el plan se hiciera por carta o mediante telegramas de los de antes. ¿Que alguien usa una de tales vías para atentar patentemente contra el honor de otro, vivo o muerto? Pues como si lo hubiera dicho en un discurso en la plaza pública o en un programa de televisión, empréndanse las acciones civiles o penales pertinentes por quien esté jurídicamente legitimado. ¿Qué alguien formula, en alguna red social, juicios desagradables o manifiesta puntos de vista morales que socialmente repugnan o que a algún grupo o persona desagradan? La pura expresión, repito, lo que no sea incitación clara al delito grave no puede ser punida si no es al precio del autoritarismo y la negación de la autonomía moral del ciudadano.

Mas no es sólo la dimensión jurídica del asunto lo que merece atención. La batalla se libra también en el plano de la moral social. La presión sobre el que dice y sobre las maneras de decir se está volviendo insoportable. Estamos ante una verdadera persecución política, social y mediática del que piensa diferente y lo proclama, del que se expresa al margen de las cada vez más estrictas reglas expresivas, del políticamente incorrecto, del osado, del que arriesga juicios suyos cuando la consigna impuesta es el callar o el acomodarse a las consignas oficiales. Ya no hablamos de este loco punitivismo penal y del riesgo de que se trate de delincuente y se procese al que ofende un poco por lo que dice y aunque no esté llamando a delinquir. Hablamos de que tampoco se puede contar ciertos chistes, de que se le cae el mundo encima al que se permite determinados chascarrillos, de que se condena violentamente al que osa criticar un poco a ciertos grupos sociales o a un solo miembro de esos grupos. Con las nuevas iglesias hemos topado y ahora la Inquisición se ha vuelto más sutil en sus medios, pero igual de efectiva para sus fines. Ay de aquel que se permita un juego de palabras o una pequeña ofensa para los éstos o las otras. A la hora de la verdad, ya no cabe más juicio personal o moral, o más broma, incluso, que a costa de los varones de cierta edad, heterosexuales y, a ser posible, funcionarios y que no pertenezcan a una nación o pueblo especialmente sensible. Porque si el Madrid de baloncesto hubiera perdido el otro día ante un equipo moldavo no habría problema en que miles de “tuiteros” hubieran dicho que malditos moldavos y que por qué no se los comerán los buitres. Si el Numancia de Soria gana al equipo de mis amores, podré explayarme con los defectos de los sorianos y hasta de los castellanos al completo. En otros casos, no.

¿Acaso porque alguien se meta de mala manera en Twitter con los israelíes o con las mujeres o con los gitanos o con los negros, los amarillos o los rubios tenemos que darlo por bueno y chitón, dado que se trata de libertad de expresión y de libertad de ideas? Para nada. Lo que no debemos olvidar es la diferencia entre replicar y reprimir. La réplica consiste en dar razones contra las del otro, incluso contra lo que nos parezca a tantísimos la sinrazón del otro. La represión consiste en mandarlo callar o hacer que calle. Desde la moral personal bien entendida sólo cabe la réplica o, como máximo, un cierto desprecio personal. Pero cuando llamamos al Derecho para que reprima, en el fondo estamos cada uno renunciando a lo personal de la moral nuestra y pidiendo que, a cambio, se suprima la moral personal del otro. Llamar a la represión jurídica y estatal es buscar la eliminación del discrepante para no tomarnos la molestia individual de combatir sus razones con las nuestras y para no hacer cada uno el esfuerzo de ser autónomo, de creer y valorar por sí, de afirmarse como persona frente al impersonal Leviatán.

Es reaccionario comportarse así, es incluso paradójicamente reaccionario defender de esa manera las ideas que se dicen progresistas. Y es suma expresión de debilidad personal y apocamiento el esperar que sean el Estado y sus huestes, incluidas sus huestes académicas y mediáticas, quienes nos digan qué podemos pensar y qué debemos expresar y de qué manera. La libertad, cuando la hubo, se conquistó frente al Estado y frente a las masas obedientes y dóciles, sumisas y uniformes. Hoy y siempre, defender la libertad es defender al que dice lo inconveniente, aunque nos moleste y aunque discrepemos. Y para eso tenemos todos las redes y tantos otros medios ahora, para defender nuestras ideas y discutir las de los demás, en lugar de para rogar, impotentes y miedosos, que nos las anulen o que se castigue al que tenga opiniones propias y las difunda.