(Publicado hoy en El Día de León)
Lo
que acaba de pasar en Cataluña nos permite captar mejor ciertos rasgos muy
peculiares de la política española de las últimas décadas. Me refiero a cómo la
izquierda ha sido colonizada por la burguesía más ociosa y elitista y a cómo lo
que de rigor y duro realismo hay en la mejor y más necesaria política se ha
visto desplazado por planteamientos que se mueven a medio camino entre lo
frívolo y lo cursi, que navegan por cauces de lo que podríamos también describir
como una sentimentalidad ñoña o una emotividad declamatoria.
Los
que peinamos alguna cana, o muchas, estábamos acostumbrados a identificar la
izquierda con los trabajadores, con la más recia ciudadanía, con quienes
probablemente tenían las manos encallecidas, debían madrugar día tras día,
soportaban a algún jefe o capataz autoritario y gritón y habían de hacer muchas
cuentas para que la familia llegara a fin de mes sin rozar el hambre. Nos
decían izquierda y pensábamos en obreros de la construcción o la metalurgia,
asalariados del campo, mineros de antaño, empleadas humildes de las fábricas…
De eso ya no queda apenas nada, y no solo porque muchos de los que siguen
desempeñando los trabajos más duros o peor pagados se desentiendan de la
política o voten a los partidos más conservadores, sino, ante todo, porque buena
parte de lo que hoy se hace pasar por izquierda se ha convertido en coto de la
llamada gente bien, cortijo de bon
vivants, patrimonio simbólico de los que a sí mismos se tienen por más
exquisitos y poco se rozan con los menesterosos.
Si
uno quiere toparse ahora con los que tanto se definen como izquierdistas, no ha
de buscarlos en los bares de los barrios o en las calles más humildes del
extrarradio urbano, sino en las presentaciones del nuevo libro de algún poeta
local, en la inauguración de una exposición en la galería de moda o en el
concierto de alguna banda crossover
que toque en un local con decoración minimalista y donde el último obrero entró
cuando se cambió la escayola de los techos. El izquierdista de hoy ya no sabe
de herramientas, pero entiende un montón de vinos, probablemente no ha tomado
nunca una azada en su mano, pero planea empezar a producir cerveza artesana con
unos amigos o quiere montar una pequeña editorial para obras selectas con
tiradas de lujo y muy limitadas.
La
izquierda que cultural y mediáticamente domina en este tiempo no es aguerrida,
sino emotiva, no es de palabra fuerte, sino de corrección política, no se inquieta
tanto con las injusticias cercanas como con las iniquidades lejanas, que, al
fin y al cabo, nos comprometen menos en el día a día. Este izquierdista aburguesado
y postizo habla poco o nada con proletarios y humildes, pues raramente se los
tropieza en sus rutas y locales, pero es muy cercano en el trato con los
animales y se sabe de memoria el nombre y las circunstancias vitales de cada
cuidado perro de sus amigos. Es más, imbuido de su humanismo new age, se está planteando votar a
algún partido animalista, ahora que ya no encuentra gran estímulo para la lucha
diaria en pro de la justicia social entre humanos, y en particular para los
humanos de ese suburbio que empieza tres calles más abajo. Es un progresista
más de manifiestos que de acciones, más de concierto solidario que de arrimar
el hombro, más de apelaciones poéticas que de labores con coste.
De
las revoluciones sociales, gusta de las más distantes en el espacio o el tiempo,
y las empresas políticas colectivas las prefiere abstractas. Por eso, mientras
paladea un buen Ribera, nuestro personaje es capaz de decirse emocionado con
las repúblicas bolivarianas o manifiesta que nunca dejará de vibrar con la épica
de Castro y el Che, aun cuando a Sierra Maestra él jamás de los jamases iría sin
calzado de marca, Omeprazol y la mejor cámara del último i-phone. Y también por
eso encuentra sentido y exaltación en proyectos como los del nacionalismo
independentista, aun cuando en el fondo se trate de movimientos que tienen su
raíz en lo más retrógrado del romanticismo político, en la insolidaridad entre
los individuos y los pueblos y en aquel rancio carlismo enemigo del progreso y
de las libertades modernas. Pero todo eso a nuestro burguesito de barroca
figura le da igual, porque, en el fondo, a él no le importan tanto los hechos
como las representaciones y le interesa más distinguirse frente a los que tiene
por chusma que liberar a ningún grupo oprimido.
Hasta
que llega el choque con la dura realidad. Lo hemos visto estos días en Cataluña.
Esos progres de pega, esquemáticos y ociosos, estragados de bienestar y tiempo
libre, soñaban que se podía hacer una revolución o dar un golpe de Estado nada
más que con sonrisas y eslóganes, con gestos y cantares. Tenían enfrente al
Estado, legítimo por más señas, y creían que un Estado es como un papá
consentidor, como el progenitor gruñón que a la postre con todo transige.
Desconocían que lo que define al Estado es el monopolio de la coacción,
legítima cuando es legítimo el Estado y la usa en su justa medida, y se
espantaron a las primeras de cambio, en cuanto olieron riesgo físico o jurídico.
Cuando tomaron conciencia de que el Estado no se achicaba ante sus poéticas
ensoñaciones, escaparon como alma que lleva el diablo y desconsolados porque
nadie los entiende, jolín, y qué prosaico es el mundo adulto. Creyeron que iban
a un happening emocionante, a una divertida
performance, y se equivocaban.
Urge
que recuperemos la izquierda, la seriedad, el rigor, la justicia social, la
solidaridad auténtica. El verdadero enemigo de los más débiles y de los más
necesitados es, precisamente, ese impostor estéril que copa la izquierda y la
sabotea, mientras vanamente se cree el más justo de los mortales y se da la más
regalada de las vidas, muchas veces a costa del Estado mismo del que abomina y
de la gente del montón a la que desprecia.