12 abril, 2010

El Derecho es un misterio. 8. ¿Pero qué es el Derecho? (Primera parte:La verdad sencilla y el endiablado iusnaturalismo)

Supongan que un ciudadano del montón le viene a usted un día con el Código Civil, el Código Penal o la Ley de Montes en la mano y le pregunta por qué es Derecho eso que está ahí y no son Derecho, en cambio, las órdenes que intenta darle su suegra cada domingo durante la comida familiar. La más inteligente respuesta con la que usted podría salir es ésta: es Derecho porque precisamente usted ha venido a preguntarme por qué es derecho eso, ese Código o esa ley, y no cualquier otra cosa. Si usted creyera que su suegra es fuente de Derecho y que sus mandatos son jurídicos (o que lo son precisamente cuando los emite en domingo y a la hora de comer), la habría traído a ella, o una grabación o transcripción de sus órdenes, con la misma pregunta.
Es obvio que lo que de particular tienen las normas jurídicas, la nota diferenciadora que las convierte en tales, en normas y en jurídicas, es precisamente esa curiosa circunstancia: que la gente de un momento y un lugar determinados (por ejemplo, ahora mismo y España) las ve normas y las ve jurídicas. No hay más tutía ni más vuelta de hoja. A eso se refería Hart con su regla de reconocimiento, a que Derecho es lo que una sociedad reconoce como Derecho. No muy distinto era lo que quería decir Kelsen al referirse a la norma fundamental: que es el acto de pensar una norma (un contenido prescriptivo proveniente de una voluntad) como jurídica (perteneciente a un conjunto o sistema que ahora mismo y aquí es llamado Derecho: el sistema de Derecho válido), lo que determina que una norma sea jurídica; pero que, como no podemos cada uno de nosotros creer que se trata de una norma jurídica nada más que porque a cada uno se le ocurra verla así y no de otro modo, es como si todos al tiempo presupusiéramos o diéramos contrafácticamente por sentado que hay una norma de normas que hace jurídicas a esas concretas normas que componen el sistema de normas jurídicas válidas.
Cualquier otra respuesta a la pregunta sobre la esencia constitutiva de lo jurídico es puro culto a fantasmagorías o concesión a la metafísica más estéril. Repasemos algunos ejemplos de ese modo de perderse en especulaciones imposibles, tan propio de los que se ganan la vida como teóricos del Derecho y/o de los que pretenden que Derecho sea sólo lo que a ellos particularmente se les antoje.
Hay quien sostiene que ciertos contenidos del Derecho forman parte del orden de la Creación, razón por la que son contenidos necesarios de todo sistema jurídico posible, de todo Derecho que en verdad sea Derecho y no mala imitación o impostura bajo forma falsamente jurídica. De la misma manera que Dios habría hecho, tal como son, el ala del águila o la flor del almendro, así también habría decidido Dios que cierto comportamiento esté desde siempre y para siempre prohibido, permitido o mandado por el Derecho. El almendro no da margaritas por la misma razón que el Derecho no puede mandar, permitir o prohibir según qué conductas: porque Dios así lo dispuso en su Día. Ejemplos que han solido mencionarse de tales normas “jurídicas” son las que prohíben -y consiguientemente castigan- las relaciones homosexuales o el divorcio. El iusnaturalismo tradicional, de base teológica, representa el prototipo de ese planteamiento y su producto es el derecho natural: junto al derecho positivo, el que los individuos agrupados en sociedad se dan a sí mismos mediante cualquier forma de legislación, existiría el derecho natural, compuesto por aquellas normas que como Derecho, y Derecho supremo, han sido puestas por Dios en el mundo, igual y por la misma razón que puso las montañas del Himalaya o las hormigas en los hormigueros: porque le dio la gana. En consecuencia, el derecho natural no es natural, y tampoco es natural nada de lo que llamamos naturaleza, pues todo ello sería creación artificial de Dios; sólo que a lo creado artificialmente por Dios lo llamaríamos naturaleza. De ahí que la naturaleza haya de ser íntegramente respetada y hasta venerada. Hoy ese modo de pensar es propio del ecologismo, aunque muchos ecologistas ya no tengan conciencia de la raíz religiosa de sus posturas. Y con esto nada decimos ni a favor ni en contra del ecologismo, conste; ni de Dios.
En tiempos del racionalismo, la Ilustración y la tolerancia religiosa, una parte del iusnaturalismo prescindió, como hipótesis, de la autoría divina del derecho natural y mantuvo que hay normas jurídicas no legisladas por nadie -ni por Dios siquiera- que son contenido o límite necesario de todo Derecho nada más que porque así lo impone la razón. ¿Qué razón? La razón humana. ¿Se las inventa esa razón? No, las halla grabadas en la naturaleza humana. ¿Por quién? Por nadie, las cosas son así porque sí. De la misma manera que es así y porque sí, “naturalmente”, que un ser humano no pueda por sí volar o correr a pie y sin trampa ni cartón los cien metros en dos segundos, es así y porque sí, “naturalmente”, que un ser humano no puede mantener lícitamente relaciones homosexuales. Se supone que lo uno -no poder volar o correr los cien metros en dos segundos- y lo otro -la ilicitud jurídica de las relaciones homosexuales- es igual de obvio y de “natural”, pues una cosa y la otra vienen determinadas por la naturaleza o ser propio y necesario de lo humano.
Un pequeño detalle pone en aprieto a estos iusnaturalistas. Todos los que tengan dos dedos de frente captarán de inmediato que no es posible que un hombre vuele o corra a esa velocidad, pues resulta materialmente inviable. En cambio, ningún obstáculo material se opone a que dos personas del mismo sexo puedan obtener placer sexual en común. En este punto es donde el iusnaturalista necesariamente se muestra como antimaterialista y metafísico: no sólo existe la realidad material o empírica, con sus determinaciones causales; también hay una realidad inmaterial, no empírica, supraempírica. Traducido al ser humano y su naturaleza, resulta que tiene cuerpo y alma, una parte material y otra espiritual, ambas igual de naturales y predeterminadas. Es la parte material la que no puede volar o correr tan rápido y es la parte espiritual o anímica la que no permite mantener lícitamente relaciones homosexuales. Las leyes de la naturaleza, que llamamos leyes científicas cuando la ciencia las descubre y las explicita, dan cuenta de cómo se rige el mundo material o empírico; las leyes del derecho natural son las que muestran cómo se rige el mundo, también “natural”, del espíritu o el alma humana. Mi disposición fisiológica, unida a la ley de la gravedad, me impide volar. Mi disposición moral, unida a una norma de derecho natural, me impide tener lícitamente relaciones homosexuales. Mi disposición fisiológica es tan natural e ineluctable como natural e ineluctable es mi disposición moral; y tan ley natural es la ley de la gravedad, como ley natural es la que obsta a que pueda yo entrar en relación sexual con persona de mi mismo género. El mundo es así tanto en un aspecto como en otro, natural, inmodificable, inapelable. Y punto.
Pero esa bipartición, esa dualidad del mundo y de los humanos, con su parte material y su parte espiritual o de alma, no pone fin a los problemas del iusnaturalismo. Porque está claro que cuando decimos que yo no puedo volar y que yo no puedo tener relaciones sexuales con otro hombre estamos empleando el verbo “poder” en dos sentidos bien diferentes. En el primer caso, “no puedo” significa que me es materialmente imposible; en el segundo caso, “no puedo” quiere decir que me está prohibido, aunque materialmente puedo más que de sobra. La prueba, precisamente, de que lo que el derecho natural declara normativamente vedado es materialmente posible es que los iusnaturalistas tienen que tomarse la molestia de declararlo prohibido, ya que no sólo es en sí viable, sino de lo más común cuando no está la autoridad castigando la vulneración de esas prohibiciones. El mejor indicio de lo poco “natural” que es el derecho natural es que las personas tienden espontáneamente, naturalmente, a hacer muchísimas de las cosas que el iusnaturalismo suele proscribir. De modo que cuando algún iusnaturalista dice, en aplicación del iusnaturalismo al que se acoja -hay muchos y variados- que tal cosa no se puede hacer porque el derecho natural la impide, sólo quiere en verdad decir esto otro: que tal cosa no se debe hacer porque la autoridad social debe castigar la vulneración de la norma que veda eso que alguien con toda “naturalidad” puede materialmente hacer y suele querer hacer.
El derecho natural resulta un derecho bien extraño, pues es ineficaz por definición. En lo que tenga de “natural”, carece de sentido que se recoja en normas. Si “natural”, es decir, acorde con nuestra naturaleza humana, es que no podamos volar “a pelo”, se mostraría de lo más absurda una norma que dijera que nos está prohibido volar “a pelo”. Cuando se norma es porque no nos movemos en el ámbito de lo natural, sino de lo social, artificial, artificioso y, en consecuencia, contingente por definición. Decimos, pues, que el derecho natural es ineficaz por definición porque lo que el iusnaturalismo de todos los tiempos ha hecho y hace es apelar a las instituciones jurídicas, creadas por el derecho positivo -los legisladores, los jueces, los gobiernos y sus servidores públicos-, para que se hagan valer y se fuerce el cumplimiento de esas normas que por sí y “naturalmente” no se cumplen, aunque sean tan “naturales”. Cuando el iusnaturalista proclama que es contraria al derecho natural la práctica sexual homosexual no sostiene que es imposible que tal práctica acontezca (igual que es imposible que volemos), sino que, por ser perfectamente posible y probable, deben las instituciones jurídico-positivas castigar duramente al que en ellas incurra. El derecho natural sirve, por tanto, para hacer socialmente imposible lo que es naturalmente viable. Exactamente igual que el derecho positivo. Por eso el derecho natural no existe ni puede existir, aunque sí nos tropecemos con muchos iusnaturalistas que lo que pretenden siempre es simplemente contar como legisladores supremos, y aunque nadie sepa a cuento de qué ha de hacérseles a ellos más caso que al resto de la gente a la hora de fijar las normas básicas de la convivencia común.

Las cosas del viajar

Es lo que tiene viajar, que te pasan cosas que luego cuentas. Miren esto mío de ayer. Les doy mi palabra de que es verdad de pe a pa. Espero que no resulte zafia la historia, porque ocurrió así.
Menudo sobresalto. Llego al caer la tarde a mi hotel en Bogotá, el Hotel de La Ópera, y me instalo en mi habitación. Con la desinhibición propia del saberse solo, o de creerse tal, paso al baño y me doy a los quehaceres esperables. Cuando tengo la mano en el pulsador de la cisterna, de la mismísima pared, al lado de mi oreja, surge una estupenda voz de tenor que a todo trapo interpreta nada menos que la famosa canción de Tosca: “Recondita armonia de bellezze diverse”. ¿Armonía? ¿Recóndita? ¿Belleza? Juro que me puse como loco a mirar dónde estaba la cámara oculta y de qué aparato salía el vozarrón.
No había tales. Lo que pasa es que el hotel está lleno de rusos que deben de ser cantantes líricos. Mi vecino entona un poquillo cada hora, o así. Lo demás lo puso el azar o, como diría el Monod aquel que leíamos en tiempos, “entre el azar y la necesidad”.
Nunca había tenido cerca tantos rusos, ni cantantes ni silentes. Hay que ver cómo comen. Y qué grandes son, la mayoría. Esta mañana, uno de ellos y yo coincidimos, apresurados, ante el último croissant, y a qué no saben quién se lo llevó. Él. Sin abrir la boca ni necesidad de soltar un férreo gorgorito. Me sentí un poco División Azul, aunque iba de verde, y me pasé los cinco minutos siguientes revolviendo el café como si no tuviera ocupación mejor que darme a la melancolía. Lo que no tenía era croissant.
La mayor parte de los rusos éstos ya no son unos chavales. Rusas no llevan. Además, hay uno, de los más altos, con jersey negro de cuello de cisne y perilla, que les pasa lista de vez en cuando. O eso me parece a mí, pues va con un papel y le dice algo a cada uno y cada uno responde lo que yo imagino un “presente” o “a sus órdenes” o similar. ¿Serán soviéticos?
Tengo que enterarme de qué hacen. A lo mejor son de un coro del ejército ruso, y por eso. O vienen de parte de un magnate del petróleo a comprarse un par de equipos de fútbol colombianos y media docena de universidades de élite.
Ellos sabrán. Pero yo cada vez que entro al baño ando de puntillas y como cuando acabas de echarte novia nueva: bien discreto, decoroso, hasta dulce. No me vaya a salir el vecino con lo de Nessun dorma o la piuma al vento y tengamos un problema.

11 abril, 2010

El "clásico"

Un chavalillo de la familia me lo dijo el otro día: qué bien, el sábado es “el clásico”. Me preguntó si lo iba a ver. No se refería a si pensaba un servidor dedicar el fin de semana a Homero, Calderón de la Barca o Goethe. Ponía énfasis en la palabra, separaba sus sílabas, las paladeaba: el CLÁ-SI-CO. Como los locutores de radio y televisión. El mismo tono y los mismos términos. Son expresiones novedosas y transversales a las generaciones, a las clases sociales y a los géneros. Da igual dónde, en un puticlub fino de peperos, en un colegio de curas o en el restaurante de carretera y menú del día plagado de camioneros, todos han hablado y hablan estos días del “clásico”.
A mí el puñetero partido entre el Madrid y el Barcelona (ojo, es mejor decir Barça, para que se note que uno está en la pomada, en la intimidad de lo importante) me pilló en un avión, para variar. Reconozco que, si hubiera estado en casa y tranquilo, sí que lo habría visto, aunque con mala conciencia, conciencia de zote y de alienado. Los que vamos de intelectuales mantenemos así la sensación de pecado. “Padre, confieso que he estado mirando un partido de fútbol en la tele”. “Cuál, hijo mío”. “El Sporting contra el Getafe”. “Degenerado, pide perdón a Dios de rodillas y, como penitencia, lee enterito el último tocho sobre neoconstitucionalismo”. “Por qué es tan duro conmigo, padre”. “Porque esos partidos no se ven, no son santos. Debes contemplar solamente los de los grandes y los clásicos”. “Gracias, padre, me siento reconfortado y corregido”. “De nada, hijo, acércate para que te absuelva con un beso de lengua”.
Al llegar al hotel en destino, me conecto a internet y veo los periódicos. Todos son Marca. Normal. Si todos los españoles estamos hablando del “clásico”, todos los periódicos informan sobre él. En la ciudadanía desaparecen las diferencias entre normalillos y tarados, entre libres y sumisos, etc. Así que es de cajón que también se desvanece toda distinción entre periódicos deportivos y de información general: todos son deportivos. Acabo de mirar con calma El País, ABC y El Mundo, en sus ediciones electrónicas. Los tres informando antes que nada de lo mismo, del “clásico”. Sesudísimos análisis sobre tácticas y estrategias, disquisiciones sobre alineaciones y jugadas. Páginas y páginas. En las secciones de “lo más leído”, eso mismo: que si cómo tendrá Messi el pitirrín, que si cómo se corta las uñas Cristiano Ronaldo, que si a cómo se paga, como reliquia, un pelo corto de Guardiola. Todo el dichoso país dando vueltas a esas cosas. Aunque caigan chuzos de punta, aunque se nos queme el arroz o se nos agrie el PIB, da igual. Lo que importa es lo que importa, el “clásico”.
Ya puesto a navegar por la información futbolística, intento enterarme de qué pasó con el Sporting, que jugaba con el Villarreal. Perdió. Pero lo averiguo dejándome los ojos y la paciencia, pues del resto de los equipos se informa en un rinconcito, en la sección virtual de “otros”. Bien está que no se conceda tiempo ni espacio a lo que no existe o resulta remoto. Nada de metafísicas, no sobrecarguemos el mundo de entes, concentrémonos en la cosa en sí, atendamos nada más que a lo que nos une y nos unifica, a lo que nos homologa, a lo propiamente real y subsistente, a la esencia, al núcleo duro del ser y de la vida, al “clásico”. ¿Gijón? Y eso dónde está, vamos a ver. ¿Que hay paro y crisis? ¿Te quieres callar? ¿No ves que hoy es “el clásico”? ¿Zapatero? No me suena, pero mira qué pectorales tiene Cristiano Ronaldo, mira.
Deberíamos dar el paso. Este mundo conviene modificarlo para que no dilapidemos esfuerzos ni desenfoquemos la atención de lo único que cuenta. Podemos empezar con el fútbol, que es enseñanza de las masas y poesía de los oprimidos y los apretados. Para empezar, fuera todos los demás equipos, que queden nada más el Madrid y el Barça. Díganme para qué diablos sirve, para qué, que exista un equipo en Gijón y otro en Valladolid y dos en Sevilla. Para que cuatro gatos de esos pueblos no se centren en lo que hay que centrarse, en el “clásico” y en ser del Madrid o del Barça. ¿Y lo que ganaría la liga si en lugar de haber dos “clásicos” al año hubiera uno cada semana? ¡Gran acontecimiento! ¡El clásico veintisiete del año! ¡Parece que Higuaín se resiente de un forúnculo y que a Cristiano Ronaldo le están saliendo pezones de negra! Furor informativo. Se venderían más periódicos y harían su agosto televisiones y radios. El país marcharía mucho mejor y El País no tendría necesidad de ocuparse ni de salvar a Garzón siquiera. ¿Y la gente? ¿Qué me dicen de lo felicísima que sería la gente?
Una vez que se haya asentado perfectamente la dominación plena de los dos equipos de nuestros amores, tocaría hacer igual en la política. ¿Cuántos votos se pierden a lo tonto porque hay gente que todavía no capta que hay que votar a los grandes, al PSOE y al PP? ¡Cuánto voto inútil porque aún hay quien no se da al voto útil! Que se prohíban los partidos pequeños inmediatamente, no sea que un día crezca uno y tengamos un disgusto. Cada convocatoria electoral, un clásico. Y que haya elecciones todos los meses, o todas las semanas. Domingo por la mañana, todos a votar por el PP o el PSOE; por la tarde, a ver el otro “clásico”, Madrid contra Barça. Qué bonito lema para nuestra convivencia: del partido al partido. Ni un maldito partido político más ni otro equipo de fútbol. ¡Qué belleza! Qué emocionante vida política y cuánta pasión sanamente deportiva. Maravillosa democracia deliberativa que encierra más opciones de las que parece, pues se puede ser del PP y del Madrid, del PP y del Barça, del PSOE y del Madrid y del PSOE y del Barça. Como ahora, a fin de cuentas, pero más a las claras y sin tanto gasto inútil. Auténtica lección de pluralismo y tolerancia, acicate para la convivencia en libertad, nuevo sentido para una vieja patria, destino para una nación regenerada.
A la mierda con la educación, que se hunda la sanidad, que se nos acaben las perras o que no quede ni un puesto trabajo para nadie. Y qué. ¿Habría ciudadanos más felices? Entre PP y PSOE y Madrid y Barça, qué más vamos a necesitar, vamos a ver. Pues eso, ¿ha visto usted que a Messi le ha salido una cana y que Raúl se rascó un güevo ayer a las quince y cuarenta? ¿No? Pues en qué anda usted pensando, hombre/mujer de Dios.

10 abril, 2010

¿Neurociencia jurídica?

Siguiendo la sugerencia que hace unos días hacía un amable lector, he echado un vistazo a esta noticia que traía La Vanguardia el pasado día 5. Resulta que andan los científicos dizque serios averiguando en qué parte de la cabeza tenemos unas cosas y otras: aquí las ganas de comer jamón, allá el gusto por las tetudas (por ejemplo; o lo contrario; o por los tetudos. Que nadie se me indigne tan pronto), al otro lado la inclinación hacia el voleibol o la apetencia por los paisajes con dunas. Rediez, ¿será posible que todo lo determine alguna pieza de por donde el cerebelo? Entre los genes, antes, y ahora los cachivaches intracraneales, se nos va al carajo el fundamento mismo de la ya muy ajada Ilustración: que somos dueños de nuestra vida y nuestro destino, autónomos y autodirigidos. Nones, rien de rien.
Fíjense, primero vino Nietzsche y nos convenció de que somos unos mandados y que entre iglesias y piratas varios nos hacen ser unos esclavos y, para colmo, tomarle gusto a la sumisión. Más tarde, a Marx se le metió en la cabeza que todo lo que más nos importa, como la fe, la moral social y el arte sacro, no son más que superestructura, mitos y fantasmagorías que la clase dominante monta a fin de mantenernos alienados y generando plusvalía para alimentar a base de bien a los de siempre. Y cuando éramos pocos, vino Freud y parió la tesis de que cuando vamos por la vida en plan aquí estoy yo afirmándome y triunfando como los buenos, no hacemos más que recrear inconscientemente el asesinato de nuestro papá por nuestra propia mano y el consiguiente ocupar su lugar en el lecho al lado de nuestra madre. La leche. De todo ello ya resultaba que cuando yo -modestamente- siento esa fiera inclinación hacia las señoras cargaditas de pecho y con ojos grandes como para caerse en ellos, no es que me esté realizando en mi personal vocación y poniendo autónomamente una meta para mi acción libre y tal, no; será porque sucumbo al gusto por el prototipo de mujer que el modo de producción capitalista ha creado para que no pensemos en más revolución que la de las sábanas, y que, al tiempo, al quererme a los pechos de la dama me muestro sumiso como un vil mandado y edípico como curilla muy mariano. Mi moral, por los suelos.
Ahora resulta que yo mismo puedo ser aún menos cuando más me creo. No es que la sociedad y sus camelos me venzan y me dirijan, es que algún engranaje genético o fisiológico me condiciona cual robot. Un puto pringao, no sé si por el azar, el destino o el designio de un fabricante de monstruos. Por ejemplo, y según la noticia mentada al comienzo, toda mi sensibilidad moral y los correspondientes juicios sobre lo que está bien o está mal hacer dependen de “una pequeña región del cerebro llamada unión tempoparietal derecha” (en abreviatura: UTPD; casi me matan del susto, pues leí "upeydé"), que “tiene el tamaño aproximado de un garbanzo cocido”. ¿Por qué cocido? me pregunto incidentalmente y temiendo que sea otra alusión a las causas de mi escasa autonomía.
Según los experimentos de los neurocientíficos, que no son científicos neuróticos como la mayoría, sino aquellos que estudian cosas de la cabeza y sus conexiones, el que tengamos unas opiniones morales u otras depende de cómo sea y cómo funcione ese garbanzo cerebral. Por ejemplo, si usted le pregunta a un señor o una señora si “merece ser perdonada o castigada una persona que no causa ningún daño pero en realidad tenía intención de causarlo”, los que tienen un garbanzo apto y comme il faut contestan “que los daños intencionados son perdonables, mientras que las intenciones dañinas son punibles”; pero “cuando a estas mismas personas se les aplica un campo magnético sobre la oreja derecha y se deja temporalmente fuera de servicio” esa parte llamada UTPD y que es como una legumbre, “cambian de opinión” y creen que hay que dar caña al que efectivamente dañó y que la intención es lo de menos.
¡Es tan sugerente todo esto! Fíjense cómo y por qué se altera la opinión de la gente, a lo mejor nada más que porque se les atoró la “unión tempoparietal derecha”. Para mí que, verbigracia, esto es lo que a muchos les ha sucedido con Garzón, que antes era un gran prevaricador y ahora un santo de las más nobles causas; o al revés. O quizá es lo que les pasa a los de la derecha (en general, incluida mucha izquierda), que pedían aumento tremebundo de penas para pedófilos y pederastas y que ahora ya no lo piden porque, al ver a los curas tal que así, se les coció la leguminosa.
¿Y qué me dicen de las consecuencias que estos descubrimientos de la neurociencia pueden tener para el Derecho penal? Para empezar, resultaría que en muchos casos sería más eficaz operar que castigar. “Operar y castigar”, la obra que espera a un Foucault de nuestro tiempo, olvidándose del Panóptico y teorizando el Quirófano. Mismamente, es de creer que el Correa, el Bigotes y todos esos no sean en propiedad mala gente con ánimo de robar y horteras como la mayoría, sino que tal vez lo que les pasó fue que les dejó de funcionar algún cable del córtex prefontal y que con una leve cirujía o un par de hostias ahí se quedan como nuevos y convertidos en unos filántropos que ya no regalan relojes, bolsos ni nada.
También la teoría del delito y de la pena tendrá que acompasarse a la lógica neurológica. Pensemos en cómo de lo dicho resulta que lo que corresponde a una cabeza sana y un cerebro en forma es castigar mucho más la tentativa de delito que el delito acontecido culposamente, sin dolo; o cómo la responsabilidad objetiva o sin culpa resultaría (incluso en el puro plano de la responsabilidad civil) una aberración propia de sociedades garbanceras y moralmente dislocadas.
Propongo que la próxima reforma del Código penal la haga un equipo de neurólogos y psiquiatras y que la competencias del Ministerio de Justicia pasen al de Sanidad. A ver qué sale. A peor no cambiaremos, eso seguro.

09 abril, 2010

Tomás S. Vives sobre el caso Garzón y su manejo mediático

Viene en el número de hoy (7377) del Diario La Ley. Es una tribuna de Tomás S. Vives Antón que se titula "Sobre la defensa mediática de un juez". Recuerdo, para los que no sean de este mundillo jurídico español, que Tomás Vives Antón es catedrático de Derecho penal y fue Vicepresidente del Tribunal Constitucional, amén de persona muy respetada y apreciada por muchos -entre los que modestamente me cuento- y poco sospechosa de conservadurismos rancios.
Me permito copiar aquí el texto. Se podrá estar de acuerdo o en desacuerdo con este o aquel detalle, pero es como sano aire fresco leer o escuchar algo más que berridos desde las trincheras mediáticas y pedestremente políticas.
Sobre la defensa mediática de un juez. Por Tomás S. Vives Antón
El auto de 3 de febrero de 2010, por el que el Instructor Delegado de la Sala Segunda del Tribunal Supremo deniega el sobreseimiento de la causa especial núm. 20.048/2009, instruida contra el juez titular del Juzgado Central núm. 5 (don B. G. R.), ha suscitado un movimiento de defensa jurídica en los medios de comunicación y, a la vez, un debate acerca de si ese proceso es o no justo.
El auto en cuestión imputa al Juez encausado el delito de prevaricación por haber iniciado y prolongado un procedimiento penal por delitos que habían prescrito y estaban amnistiados; pero que, además, no eran de su competencia.
Frente a esa imputación se insinúan en el debate mediático argumentos que parten de la idea, inexacta según el auto de imputación, de que el juez perseguía delitos contra la Humanidad, que ni son amnistiables ni están sujetos a prescripción. En favor de esa tesis se aducen testimonios de conocidos juristas internacionales, que opinan en abstracto, esto es, sin atender a las especificaciones del objeto del proceso hechas por el propio Juez del Juzgado Central núm. 5.
Esa problemática, en su conjunto, se analiza y resuelve razonadamente en el auto del instructor nombrado por el Tribunal Supremo. No quiero decir con ello que sean acertadas, pues no quiero pronunciarme ahora sobre el problema de fondo; pero sí dejar constancia de que sus razones no encuentran respuesta en la defensa mediática del Juez imputado.
Lo que al respecto me atreveré a afirmar es que, tratándose de una cuestión jurídica, no son admisibles testimonios ni peritajes para resolverla: el Tribunal Supremo debe y puede encontrar la solución por sí mismo valorando las razones que aduzcan las partes, sin que tales razones puedan sustituirse por nombres.
Muy distinta de la discusión estrictamente jurídica es la que versa acerca de si el proceso en cuestión es o no justo.
En la vertiente mediática de esa discusión el esfuerzo argumental brilla por su ausencia. Se afirma que la imputación es infundada e insostenible, que estamos ante el peor golpe de estado desde el 23-F, que el proceso es una caza del hombre, que fuera de España no se entiende, etc.; y se ofrece una imagen según la cual intelectuales, jueces, fiscales, IU, PSOE, el Gobierno, y hasta el sursum corda se movilizan en favor de G.
¿Qué digo el sursum corda? Hasta el premio Nobel José Saramago profetiza un clamor del pueblo contra la, según él oprobiosa, Ley Española de Amnistía; y, a la vez, Amnistía Internacional estima «inédito» (sic: querrá decir insólito) que el Juez G. pueda acabar en el banquillo.
Ante ese alud de tomas de posición, expresadas en el Diario El País (días 11, 12 y 13 de febrero) me gustaría precisar en primer termino que, a diferencia de otras, nuestra Ley de Amnistía no fue un perdón que los verdugos se diesen a sí mismos, sino que recibió el apoyo de la práctica totalidad de las fuerzas políticas y el respaldo de la práctica totalidad del Pueblo.
Acertada o equivocadamente se quiso con ella poner fin a las heridas causadas por nuestra cruenta Guerra Civil. Esa decisión podrá discutirse; pero no hay en ella nada de qué avergonzarse.
El Parlamento Español actuó entonces jurídicamente, sin el menor asomo de ninguna clase de autoencubrimiento que hubiera podido enturbiar la validez de su Ley. En consecuencia, puesto que se trata de una Ley válida, en el seno del ordenamiento jurídico español ya no se puede revocar para perseguir responsabilidades que con ella se declararon extinguidas, pues frente a cuanto sostengan distinguidos especialistas en Derecho Penal Internacional, los arts. 9 y 25 Constitución Española de 1978 prohíben toda clase de retroactividad desfavorable en materia penal.
Dicho esto, creo que los términos en que se ha planteado el debate sobre la justicia del proceso contra el Juez Garzón no son meramente erróneos, sino que constituyen un medio de presionar al Tribunal Supremo de dudosa legitimidad. Pues se habla de la Justicia, con mayúscula enfática, esto es, de concepciones personales de lo que es o no justo, que olvidan o menosprecian la Ley; y la discusión sobre si un proceso penal es o no justo depende únicamente de si ha habido o no delito, cuestión exclusivamente legal.
Lo que se trata de averiguar y decidir en un proceso penal no es si el imputado nos causa admiración o rechazo, ni si nos alineamos a favor o en contra de sus actos; sino solo si con ello se infringió o no la Ley Penal, esto es, si cometió o no un delito.
Y eso, que es obvio, se elude en el ámbito de la defensa mediática. Lo que se hace en ella es descalificar el edificio entero del juicio jurídico. Esa descalificación comienza en primer lugar por las leyes, que quedan descalificadas porque amparan a los acusadores, cuya ideología se reprueba; pero, al lanzar esa descalificación se olvida que, en un sistema democrático, todos, aun los que profesan ideologías abominables, tienen derechos. En segundo lugar se descalifica a los jueces con el peregrino argumento de que prestaron el juramento que se exigía en la época de su ingreso, como si ese juramento ritual comportase alguna clase de compromiso con el régimen entonces imperante.
¡Mal se defiende al Juez imputado desde argumentos que no respetan los principios básicos del Estado de Derecho! Pues la característica esencial, definitoria, del Estado de Derecho es la sumisión sin excepciones al «Imperio de la Ley» o, dicho de otro modo, a la Constitución, a las demás leyes y al resto del ordenamiento jurídico a la hora de enjuiciar las acciones de cualesquiera ciudadanos o miembros ocasionales de la comunidad.
Frente a la sumisión a la Ley, el Estado de Derecho no consiente que se aduzcan concepciones personales de la Justicia, por importantes o acertadas que puedan parecernos. Solo con esa proscripción resulta posible disfrutar de lo que en el constitucionalismo norteamericano se denomina una «libertad bien ordenada». Pues un «Estado de justicia», un Estado en el que las convicciones personales acerca de lo que es o no justo prevalecieran sobre las leyes, sería o un Estado de guerra permanente, en el que la libertad viviría constantemente oprimida, o una tiranía ejercida por aquellos que tuviesen el poder suficiente para imponer sus ideas acerca de lo que es o no justo.
Por eso decía Aristóteles que «es estúpida la sabiduría de los que pretenden saber más que las leyes»; y por esa sumisión de las ideas de la Justicia a la Ley, en el alba de la civilización occidental, dio Sócrates su vida.
El curso de la polémica de la justicia o injusticia del proceso al Juez Garzón discurre como si, en un Estado de Derecho, pudiera haber alguien exento del respeto a la Ley, legibus solutus; y, además, como si ese alguien pudiera ser un juez. Se trata de una imagen tan poco civilizada, tan poco democrática y tan esperpéntica que solo cabe defenderla desde planteamientos interesados, irresponsables o irreflexivos.
Y nada de cuanto he dicho constituye ningún alegato en favor de la absolución o de la condena del Juez Garzón: ojalá su proceso se resuelva, como cabe esperar, aplicando el Derecho rectamente, lo que tratándose de las leyes penales, quiere decir interpretado del modo más favorable que sea posible al presunto reo.

¿Qué hay en esta foto?

La vi en El Mundo de ayer, jueves, en la edición en papel, y luego no la encontré en la edición digital. Acompañaba una noticia titulada "Maciel pudo comprar el silencio vaticano", noticia que tenía su tela. Anduve buscando la foto por la red y al fin di con ella. Podría ir en la portada de una novela de terror. Eso fue lo primero que pensé. Luego me quedé largo rato contemplándola y preguntándome por qué. Es difícil de explicar, pero es así.

Antes que nada, véanla ustedes mismos.

Quizá no se aprecia bien lo que quiero resaltar. Pueden verla mejor, más ampliada, si pinchan aquí. Háganlo, se lo ruego.

Miren esas caras. Contemplen despacio esas expresiones. Son legionarios de Cristo, esa congregación fundada por Marcial Maciel, de quien El Vaticano ya tiene constancia plena de que era un pederasta redomado que, pese a ser cura y favorito de Juan Pablo II, mantenía ocultas varias mujeres y varios hijos, de los que también abusaba. Ellos mismos han declarado que de pequeños los obligaba a masturbarlo. Una rata. Un mal hijo de perra. Basura de la peor. El otro día escribía Manuel Castells (creo que era él) en La Vanguardia que a lo mejor todo el escándalo de pederastia de curas que se le ha venido encima a este Papa se debe a que él fue quien al fin permitió que se investigaran las numerosísimas denuncias contra Marcial Maciel, y que cabe que los Legionarios, tan potentes en lo económico como indecentes en su moral, traten de vengarse así, repartiendo de su mierda y echándosela al Papa. Me da igual, son cosas que se hablan por ahí.

Yo quería que ustedes se fijaran en esas caras. Me he encontrado a un puñado de ellos en más de una ocasión en que en algún viaje transoceánico Iberia me ha pasado a clase ejecutiva por causa del overbooking y de mis muchos puntos en la Iberia Plus. Ellos no iban ahí ni por azar ni por puntos. Acojonan. Asustan. Dan ganas de matar(los). Fíjense bien en sus caras, insisto.

Con esos rostros, esos peinados, esa manera de sonreír, esas atildadas deformidades, y con el alzacuello, son los hijos que muchas madres de cuando nosotros hubieran querido tener. Madres psíquicamente enfermas, madres alienadas, malas madres, qué carajo.

Reparen en cómo miran al Papa, en el gesto con que lo saludan, en el arrobo frío. Tengo conocidos y parientes a los que encontrarse con tipos así les produce una especie de místico encantamiento, les caen bien, les hacen sentirse seguros y hablan con ellos, si pueden -no es fácil, son altivos y soberbios-, con timidez y admiración. Esos conocidos y amigos míos también andan jodidos de la azotea, no voy a negarlo.

No se me ofenda, querido lector, si es creyente y buen católico, esto no va con usted. Es usted el que debería salir con mi trabuco a cazar cretinos de tal porte. Mire sus caras y dígame a cuántos ve ayudando al prójimo que en verdad necesite ayuda o simple consuelo. ¿Así de planchados? Ni de coña. Estos van a lo que van. ¿A qué? Dígamelo usted, no disimule; lo imagina tan bien como yo.

Esta gente, con esa pinta y ese estilo, además tiene pitirrín; sí, sexo y tal. Usted sabrá lo que hace y allá cada cual con su conciencia. Yo a un hijo pequeño mío no lo dejo a solas con una camada de éstos ni aunque me maten. A una hija tampoco. En realidad, ni el gato les prestaría.

Cantan a la legua. Pera el que quiera verlo; u olerlo. ¿De pederastas? No, yo no he mencionado esa palabra. De cabrones en general, eso sí.

¿Ustedes obsevaron bien esas jetas y esas sonrisitas? Vuelvan a mirarlos, háganme el favor. Y luego hablamos.

PD 1.- Si el Dios de los buenos católicos existiera, ¿qué haría con estos legionarios suyos? Se admiten hipótesis. ¿Empalamiento, dice usted? Hombre, no sé. Quizá.

PD 2.- Otro día trataremos, más en serio, de cuáles pueden ser las razones de que la Iglesia ensalce y ascienda sistemáticamente a los más perversos, sinvergüenzas y degenerados, contando, como cuenta también, con tantos fieles honestos, consecuentes o simplemente normales. No sé cómo esos buenos católicos lo soportan, la verdad. Ellos sabrán.

08 abril, 2010

¿Quo vadis, Europa? Por Francisco Sosa Wagner

(Publicado hoy en El Mundo)
Anda haciendo mucho ruido por Europa el informe Partenariado euroamericano: un nuevo enfoque, promovido por Notre Europe (el laboratorio de pensamiento impulsado por Jacques Delors) y elaborado por unos cuantos personajes relevantes entre los cuales se encuentran Romano Prodi, Guy Verhofstadt, Jerzy Buzek, Joschka Fischer y el propio Delors.
Dejando aparte el uso de la palabreja partenariado, no aceptada por la RAE y que nosotros deberíamos traducir como alianza, lo cierto es que la calidad de los autores aviva la curiosidad. A algunos de ellos muchos les seguimos porque son especialmente lúcidos. ¿Cómo no acordarnos del discurso de Joschka Fischer en la Universidad Humboldt de Berlín pronunciado el 12 de mayo de 2000? Jacques Delors ha sido el presidente más capaz de la Comisión europea hasta este momento -indispensables sus Memoires-. A Guy Verhofstadt, jefe de los diputados liberales que se sientan en el Parlamento europeo, le escucho -excluidos los inevitables pasteleos políticos en los que incurre- con especial atención en los debates, y he leído con provecho algunos de sus libros, como por ejemplo Les États-Unis d´Europe (2006).
A juicio de estos hombres, «la alianza euroamericana debe ser renovada pero también ser consciente de que no puede pretender guiar al mundo». Porque los dos pilares del poder americano, a saber, la supremacía militar y la económica, se encuentran en un momento de enorme fragilidad. Y, por lo que se refiere a Europa, es claro que este continente corre el riesgo, si no refuerza su unidad, «de llegar a ser insignificante».
Todo ello hace que el liderazgo occidental esté en entredicho, pues los desafíos que presenta la globalización no pueden ser resueltos ya sin la ayuda de Rusia, de China y de otras potencias mundiales.
Javier Solana acaba de decir que estamos asistiendo a una «desoccidentalización» del mundo, propiciada por la pérdida de vitalidad demográfica y de empuje económico de los países que han cargado con el gobierno del planeta en los últimos dos siglos. Muestra de ello es que los europeos y los americanos no aciertan a resolver las crisis internacionales: ni Irán, ni Irak, ni Corea del Norte, ni el Medio Oriente… Pero tampoco los aspectos esenciales del clima o de la salud pueden ser hoy ya afrontados sin apoyos mundiales.
En esta dirección, que mira hacia un nuevo Oriente, es revelador el libro L´Europe et le mythe de l´Occident (2009), de Georges Corm, cuyas conclusiones no comparto pero que resultan igualmente inquietantes.
Desde la perspectiva europea, el retroceso de la UE en el sistema internacional es incontestable. La participación de Europa en el comercio mundial no ha parado de bajar desde hace 15 años en beneficio de países emergentes. Y para acabar de estropearlo, la crisis económica nos ha golpeado de manera dramática. Asimismo, la bandera de la innovación técnica hace tiempo que nos la han arrebatado los espabilados de otros continentes. ¿Hace falta recordar la dependencia energética europea de tres zonas inestables del planeta -Rusia, Medio Oriente y África- en las cuales nuestra influencia política es muy limitada?
Aparte de las peculiares características de su integración política, si Europa tiene dificultades para encontrar su espacio es porque carece de voz en las grandes instituciones internacionales (con alguna excepción, como es el caso de la Organización Mundial del Comercio). Si esto no fuera ya suficiente lastre, resulta que además los diversos Estados europeos no siempre defienden lo mismo, por ejemplo ante el G-20, incluso en los casos en que han hecho esfuerzos por adoptar una política común.
El diagnóstico es claro: la debilidad relativa de Europa y la confusión en que se debate por la «brutalidad» de la crisis económica deben llevarnos a volver a pensar el conjunto del proyecto europeo así como nuestro papel en el orden internacional.
En este contexto, la insuficiencia del marco nacional de los Estados «salta a los ojos». No son ciertamente inútiles en términos de identificación y de legitimidad política, pero sí de eficacia colectiva duradera. Su pretensión de autosuficiencia la contradicen a diario los hechos, y por ello el marco europeo es el único que se revela como verdaderamente satisfactorio.
Es verdad que la unanimidad ha sido consagrada por el Tratado de Lisboa como la regla para el funcionamiento del Consejo europeo, pero «es precisamente esta garantía otorgada a las soberanías nacionales la que debe incitar a los Estados a buscar sistemáticamente la unidad en el seno de ese Consejo, para poder presentarse como un actor único y asegurar así la presencia colectiva de la UE en el conjunto de la escena internacional».
Una regla esta, la de la unanimidad, que felizmente no rige ya en otros ámbitos, por lo que se impone extraer las consecuencias de lo que esa ruptura trascendental ha supuesto. Porque las soberanías nacionales no pueden ejercerse «sin límites» es por lo que debe contemplarse con la máxima preocupación el renacer de los intereses particulares de los Estados, en forma de proteccionismo y otros modos de estirar el cuello.
La conclusión es por tanto evidente: «la historia demuestra que los Estados, incluidos aquellos más poderosos, no pueden ser influyentes sino unidos. Dividida, Europa no cuenta. Unidos, los europeos tienen la posibilidad de llegar a ser uno de los motores del nuevo gobierno de la mundialización».
Pues bien, esa Europa unida debe sellar una nueva alianza con EEUU. A la Casa Blanca también le interesa esa sinergia porque la debilidad europea, su reducción al status de «Suiza del mundo», sería un obstáculo enorme para los propios intereses americanos, que se encontrarían solos frente a la pujanza asiática.
A esa nueva alianza ha de contribuir el hecho de que es justamente la mundialización la que ha relativizado la importancia de las alianzas militares. Es cierto que la OTAN sigue siendo capital, pero otros elementos de las relaciones euroamericanas tienen hoy recorridos comunes, como la gestión de los problemas económicos y financieros, la protección del ambiente, el programa nuclear iraní o la lucha contra las redes del terrorismo internacional. Es decir, «la vitalidad de la relación euro-americana ya no se identifica únicamente, en esta era de la mundialización, con las cuestiones estratégicas ni tampoco con el cuadro institucional de la OTAN».
Ha llegado la hora solemne de que América tome nota: la opción imperial ya no es una posibilidad. Europa, por su parte, debe hacer lo mismo con su nostalgia de las «independencias nacionales» y recordar, con Mitterrand, que «el nacionalismo es la guerra».
Todo ello conduce a la Europa federal que, por cierto, ya existe en parte, pues es falso que Europa sea hoy una confederación mal cosida. Por el contrario, hay en la construcción europea elementos claramente federales, de entre los cuales acaso sea la aplicación del Derecho por el Tribunal de Justicia el ejemplo más cabal.
Se trata por tanto de que la vitamina federal robustezca al resto de las instituciones y afiance sus raíces, reforzando la unidad financiera y fiscal, articulando una política económica común, aparejando los instrumentos para la creación de un presupuesto europeo. ¿Qué tal por ejemplo si los presupuestos de los Estados, antes de ser aprobados, pasaran el examen de las instituciones europeas?
Lo escribió Jean Monnet: «no se trata, al construir este gran edificio, de negociar ventajas sino de buscar la ventaja común». ¿Un castillo de espumas? No: hablo de la identificación de los colores del interés general europeo, que algún día deberá trasladar al lienzo un órgano muy alejado de la actual entumecida y maniatada Comisión. Se llamará Gobierno europeo.

Francisco Sosa Wagner, catedrático y eurodiputado por UPyD. Su último libro es Juristas en la Segunda República (Marcial Pons, 2009).

07 abril, 2010

Recuerdos casuales

Me compré anteayer en Gijón el primer tomo de las Obras de Copi (Raúl Damonte), argentino loco y genial, escritor preciso y desmesurado, y me puse a leer ese pequeño escrito autobiográfico que se titula “Río de la Plata”. De pronto, el destello de un recuerdo, al leer unos párrafos en los que él retrata a su manera el carácter de los argentinos: “Tenemos un sano terror a los supositorios, aunque todo el mundo sabe poner una inyección y las alcahuetas son cortejadas por los notables. Durante mi infancia en Montevideo, se consideraba de buena educación llamar a la alcahueta para reconstruir la virginidad una semana antes de la boda”.
La memoria es así, caprichosa. Fue lo de las inyecciones lo que me lanzó hacia la adolescencia y me acordé de que allá donde vivíamos, en mi aldea, que alguien tuviera que ponerse unas inyecciones era un problema serio. Por supuesto que no había en las proximidades ni ambulatorios ni médicos ni enfermeros, no teníamos coche -debía de haber uno o dos en todo el pueblo, no más- y el tiempo no daba para tomar cada día el tren a la ciudad, después de una caminata por trochas y barrizales. Así que de inyectar se encargaba la vecina más animosa o el familiar más atrevido. Una señora, Adelina, solía ser la que pinchaba a mi madre cuando era preciso, pero un día a mi madre le “crió” un pinchazo y nunca más se confió en Adelina para ese menester. En asturiano infectarse se dice “criar”, muy gráficamente. Que una herida “crió” significa que se infectó. Mi madre sufrió con aquella infección en las posaderas y la familia decidió que hacía falta un nuevo enfermero improvisado. Así que me tocó, pese a mis pocos años, pues yo ya había probado varias veces con las vacas y por el momento ninguna me había coceado al clavarle la aguja de grueso calibre.
Recuerdo que varias veces me tocó realizar esa faena con mi padre y con mi madre. Se limpiaba esa zona de la nalga con un algodón bañado en alcohol, se acoplaba la aguja a la jeringuilla, previamente hervidas las dos, se extraía del frasquito el líquido inyectable introduciendo la aguja a través del tapón de goma, se volvía a separar la aguja y se clavaba en la carne con un manotazo firme y los ojos cerrados, para luego aplicar la jeringuilla e ir apretándola lentamente. Mi padre solía gemir en ese trance, seguro que no sin razón, pero mi madre no, seguramente porque decidía compensar su llanto habitual con ese momento de dignidad sufrida.
Ya casi se me habían borrado esos detalles de la prehistoria aquella. Cuántas vidas hemos tenido los que venimos del fondo del vaso. Y qué caprichosa es la memoria, que coquetea con la vida.

Interesante artículo sobre Gürtel y los golfos

Lo escribe el amigo Joan Queralt, catedrático de Derecho penal, se titula "Gürtel, el principio del fin", se publica hoy en El Periódico y pueden leerlo aquí.

06 abril, 2010

¿Tiene arreglo esta corrupción?

Hoy es un día de esos que los cursis y los locutores llaman un día histórico. Sí, esta jornada pasará a la pequeña o gran historia del país porque al fin se ha levantado el secreto del sumario del caso Gürtel y en el PP va a caer hasta el lucero del alba. Y bien está. Decimos en mi pueblo que a todo gochín le llega su sanmartín, y a los cerditos éstos les ha llegado el fiscal y los alcanzarán luego los carceleros, espero. Porque si queda un solo español o australiano que dude de que está pringado hasta el palo de la bandera, entonces yo soy astronauta guatemalteco. Que si las filtraciones del sumario son maniobras sucias (que lo son), que si Garzón es un tendencioso (lo cual probablemente tiene algo de cierto), que si el gobierno utiliza malamente a los fiscales y los medios de comunicación que favorece y lo mantienen (cosa difícilmente discutible)..., pero da igual. Nada de eso puede ocultar la podredumbre que está saliendo a relucir en el PP. Podredumbre política, económica y moral. Y, de propina, que son una panda de horteras y nuevos ricos que lo mismo pierden el culo por un reloj caro que por unas putillas rusas. Dan asco y hasta un poco de malévola lástima.
Habrá más de cuatro que estos días salgan con que también el PSOE tuvo sus roldanes y sus filesas y sacarán la lista completa de alcaldes y concejales de ese partido que están condenados o imputados. Si lo que se pretende es que las fechorías del PSOE tapen las del PP o que las de éstos justifiquen las de aquéllos, apaga y vámonos. Puesto que ni milito en ninguno de esos dos partidos ni los voto, puedo decirlo con toda convicción: que se reten a dispararse mierda y que se vayan a tomar vientos los dos. No me interesa nada saber si son peores y más sucios los capuletos o los montescos, aunque ahora mismo los que tienen las vergüenzas al aire son los peperos. Si hay quien piensa que, pase lo que pase y caiga quien caiga, las únicas opciones políticas que tenemos o debemos considerar los ciudadanos de bien a la hora de votar y pronunciarnos se limitan a un botarate rodeado de alienígenas oligofrénicos y una especie de buda gallego apoyado por cretinos venales y puteros, conmigo que no cuente. Y espero que no sean tantísimos los conciudadanos que no tengan más horizonte político que el de deshojar la margarita para ver si prefieren la basura o la porquería. Pero, insisto, los que ahora han sido cazados con las manos en la masa, y de qué manera, son los de Rajoy. Conste. Cada cuestión en su momento y cada cosa en su lugar.
Ahora bien, si lo que quiere el que recopila casos de unos y otros es que veamos que en nuestro sistema la corrupción es estructural, que la corrupción es la esencia y el partido de turno el accidente, estaré bastante de acuerdo, sin que con eso se trate de diluir las precisas responsabilidades que ahora mismo le caen al PP. Lo primero, al trullo todos los chorizos; pero, mientras esperamos con los dedos cruzados para que así sea, vamos a hacernos algunas preguntitas.
¿Qué quiere decir que la corrupción en España es estructural? Pues sencillamente que la corrupción que en los grandes partidos y en las altas esferas tanto abunda no es más que el reflejo de las maneras y las mentalidades del pueblo en su conjunto, de la idiosincrasia nacional. Me juego una cena cara a que si ahora mismo me voy a ciertos bares de mi ciudad, me encuentro a más de cuatro conocidos despotricando a calzón quitado contra los políticos podridos, y a que da la casualidad de que, de esos parroquianos, quien más quien menos este mismo mes ha hecho un par de recomendaciones a alguien que trabaja en la Administración pública (a un profesor para que apruebe a cierto alumno, a un administrativo de la Seguridad Social para que cuele a algún paciente y le evite la lista de espera general, a un mando de la policía municipal para que quite una multa...) o ha enviado un “detalle” de agradecimiento al que ya lo atendió en tales menesteres o está a punto de prevaricar a favor de algún pariente, amigo, vecino, compañero de partido, etc., etc. Lo que pasa que no nos damos cuenta. Corrompernos así se nos hace tan normal, tan de cajón, tan inevitable y hasta debido, que ni siquiera tenemos conciencia de que somos corruptos. Corruptos a nuestro nivel, en lo que se nos alcanza.
Cuando llegamos a presidentes, ministros o consejeros, alcaldes, concejales, etc., nada cambia en el modo de pensar ni en la manera de proceder, sólo se modifica el importe de lo que nos traemos entre manos: tanto de lo que el uno da saltándose la ley y la igualdad ante ella, como del detalle que a modo agradecimiento o compensación “por las molestias” se recibe. Si yo, catedrático, apruebo a un indocumentado porque es hijo de un amiguete y aunque rebuzne, ¿cabe esperar que, si llego a una alcaldía o una consejería, me convierta en un escrupuloso aplicador de las normas que quieren imponer la igualdad de los ciudadanos ante el Derecho o el respeto al mérito y la capacidad? Por supuesto que no. Y si me pongo tan contento y quedo tan agradecido con esas botellitas de Rioja que me envía el papá del que pasó la asignatura por ser hijo de su padre, ¿no voy a aplicar el principio de proporcionalidad para alegrarme correspondientemente cuando lo que me manda el constructor amigo al que recalifiqué el terrenito sean unos diamantes para mi señora o un apartamento para mis hijos?
A ciertas alimañas hay que matarlas de pequeñas, antes de que crezcan. Es otro dicho de mi pueblo, pero ya me entienden. La lucha contra la corrupción, la de verdad, ha de hacerse en la escuela y en la cada familia. El Código Penal siempre llega tarde y también puede ser aplicado por alguno que no tiene esa buena educación. Para que la corrupción disminuya y no sea, como ahora, global, total y omnipresente, se necesita cambiar las mentalidades. ¿Cómo? Formando ciudadanos individualistas que respeten a su Estado democrático y de Derecho aún más de lo que quieren a sus familiares, amigos, correligionarios y conmilitones.
El gran enemigo del Estado de Derecho decente y no esquizofrénico es el gregarismo, ese espíritu de grupo que mamamos desde que nacemos y que nos dice que los parientes y los amigos y los de la propia aldea y los del partido están por encima de todos y de todo, que nos hace ver que la legislación vigente se la debemos aplicar nada más que al que nos sea indiferente, al que no sea de los nuestros, porque con los nuestros no hay tasa ni regla, con los nuestros hemos de ir siempre a muerte y estar a partir un piñón. Esa mentalidad, tan latina, tan española, tan aldeana, tan cutre, ésa es la que engendra y alimenta la corrupción y la hace estructural e indestructible mediante las armas de la ley.
A nuestros hijos, a nuestros estudiantes, a quien podamos, hemos de inculcarles la convicción de que si no somos una simple camada de bestias o una puñetera tribu de cafres primitivos es porque podemos vivir bajo un invento llamado Estado de Derecho, en el que cada uno, guapo o feo, alto o bajo, vale lo mismo que cualquier otro porque tiene idénticos derechos; y que nada, absolutamente nada, ni la familia ni la pandilla ni los del equipo o la fe de uno, cuenta más que ese valor abstracto de cada cual. Tenemos que convencer de que el egoísmo bien entendido no pasa por recibir regalos de los cercanos ni en hacérselos a los que pueden favorecernos, sino en conseguir vivir civilizadamente allí donde se nos respete por lo que somos, por ser ciudadanos iguales, y no por lo que valemos o podamos pagar. Hemos de hacer ver que los afectos, los lazos emocionales y los vínculos de solidaridad primaria tienen su espacio y su razón de ser plena en la vida privada, en esa parte de la vida que cada cual gestiona a su modo y según sus preferencias, pero que la vida pública es cosa distinta. En la vida pública no puede haber más afecto que el afecto a las normas que a todos nos igualan, ni más lealtad que al Estado si es democrático y de Derecho, ni más interés que el interés general.
Quien gestiona lo público como si fuera privado y permite que sus afectos y sus pasiones obturen su percepción del valor igual de los ciudadanos y el significado supremo de la ley como garantía civilizatoria, es un corrupto real o potencial. Cuestión de tiempo y de ocasiones. Que se atreva a más o a menos y que lo atrapen o no con las manos en la masa, es asunto distinto, y hasta secundario. Y este país nuestro es estructuralmente corrupto porque la gran mayoría de los ciudadanos, políticos o no, sigue pensado que por encima del interés general que a todos concierne y por encima de la ley general que a todos protege está la familia, el partido, la secta o quien nos dé gusto tal que ahí. Por eso somos una calamidad de país corrupto y por eso tenemos los políticos que tenemos: porque nos reconocemos en ellos, aunque hoy mismo juguemos a rasgarnos las vestiduras. Pero mañana los votaremos como si tal cosa. Al tiempo. Ya ha pasado más veces.

05 abril, 2010

RESPONSABILIDAD JURÍDICA (Voz para una enciclopedia incierta)

(Hace unos meses recibí de un querido amigo el encargo para redactar esta voz para un cierto proyecto de enciclopedia de la cultura jurídica. No sé en qué andará ahora mismo esa empresa, pero no creo que sea problema que cuelgue aquí mi texto. Ya se sabe que soy un ciberindiscreto).
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Cuando se habla de responsabilidad jurídica se hace referencia a la atribución a un sujeto de la responsabilidad por un daño que han padecido una persona (física o jurídica) o un bien jurídico. Por bien jurídico podemos entender aquí un interés o estado de cosas que, conforme a las normas de un sistema jurídico, es merecedor de esa protección reforzada mediante coacción que brinda el Derecho.
Conviene en primer lugar señalar las coincidencias y diferencias con la responsabilidad moral. Tanto en el caso de la responsabilidad moral como en el de la jurídica, a la imputación de responsabilidad a un sujeto subyace una norma, en el primer caso una norma perteneciente a un sistema moral y en el segundo caso una norma que forma parte de un sistema jurídico. Esas normas señalan que, bien mediante acciones o mediante omisiones, un sujeto ha de procurar que otro u otros no sufran cierto daño. Cuando se señala a un sujeto como responsable de ese mal o daño que otro ha padecido, el sistema normativo de que se trate imputa al sujeto responsable una consecuencia negativa, una sanción, en sentido lato del término. La sanción moral por excelencia es el remordimiento personal, si bien la dimensión social de los sistemas morales y su vinculación a reglas de la vida social, como usos sociales, costumbres y tradiciones, pueden hacer que también operen sanciones sociales difusas y espontáneas, como el rechazo o la reconvención social.
Aun cuando el contenido de las normas jurídicas esté genéticamente asociado a los contenidos de los sistemas morales vigentes, así como a otras convenciones sociales que forman ese sustrato que se suele llamar cultura o mundo de la vida, la responsabilidad jurídica tiene perfiles y funciones particulares, y más en el Derecho moderno, una vez que los sistemas jurídicos operan con un alto grado de independencia operativa y con funciones específicas de dirección autónoma de la vida social. Por tanto, aunque se pueda decir y se siga diciendo que el Derecho sirve o debe servir a la justicia, recompensando las acciones que sean conformes con esa virtud moral y reprimiendo las que la vulneren, el Derecho cumple antes que nada una tarea de organización y dirección de la convivencia y de los modos de articular las relaciones en sociedad. Esa función, que tiene mucho de ingeniería social, es tanto más ineludible y pasa a primer plano desde el momento en que en la Modernidad la sede de la moral se pone en la conciencia de cada uno y, además, rige para esa moral individual un principio -jurídicamente garantizado- de libertad, de modo que ya no existe “la” moral socialmente imperativa y homogénea, sino el pluralismo moral, y que, en consecuencia, se reconoce el igual derecho de creencias morales heterogéneas y la posibilidad de que cada cual viva según su personal concepción de lo que sea lo justo; pero dentro de un orden, y ese orden en el marco de la diversidad es el que el Derecho estatuye. Por eso, decir que un comportamiento es ilegal o antijurídico ya no es sinónimo de afirmar que el mismo es inmoral o pecaminoso, ni es justa, virtuosa o éticamente loable una conducta por el hecho de ser conforme a Derecho.
A partir de esas precisiones podemos representarnos cabalmente qué significa la responsabilidad jurídica. Un sujeto es jurídicamente responsable cuando el sistema jurídico prescribe que ese sujeto ha de “pagar” por un daño ocasionado a otros sujetos, a un grupo de ellos o a la colectividad toda. Pero, más allá de tan abstracta definición, la responsabilidad jurídica se bifurca en dos tipos principales. En uno el “pago” que se impone al sujeto tenido por responsable consiste en una sanción en sentido estricto, es decir, en una forma de castigo o retribución por su acción. Entran aquí en juego las sanciones penales y administrativas, cada una con su régimen particular, al que dentro de un momento aludiremos. En el otro tipo de responsabilidad no se trata de castigar por una acción u omisión prohibidas por dañosas, sino de obligar al que el Derecho señale como responsable de un daño a indemnizar a la víctima del mismo, restituyéndola en su situación anterior o compensándola por el valor de lo perdido. Estamos en este caso ante la llamada responsabilidad civil, que tiene, a su vez, dos variantes, la contractual y la extracontractual. La responsabilidad civil contractual sirve para que quien causa a otro un daño como consecuencia del injustificado -con arreglo a Derecho- incumplimiento o del mal cumplimiento de un contrato que con él ha suscrito, compense a ese otro por las pérdidas derivadas de tal falta del debido cumplimiento de lo acordado. La responsabilidad civil extracontractual dispone quién y en qué casos ha de compensar el daño por otro sufrido.
La responsabilidad jurídica sancionatoria, que es responsabilidad unida a castigos por la propia conducta dañosa, tiene dos manifestaciones, como hemos dicho, la penal y la administrativa. A ambas son comunes en los sistemas jurídicos de Estado de Derecho una serie de elementos, que suelen venir estipulados en las Constituciones. El más importante es la sumisión al principio de legalidad, que significa que nadie puede ser castigado por una conducta que en el momento de realizarse no esté expresamente prohibida por las normas del sistema jurídico y con una sanción que no sea la que las normas jurídicas prevean para una conducta así. También son imperativas ciertas garantías para esa imputación de responsabilidad y del correspondiente castigo, garantías esencialmente formales y procedimentales, como las relativas a la prueba de los hechos o a la presunción de inocencia, si bien dichas garantías, y hasta el mismo principio de legalidad, tienen alcance distinto en el ámbito penal y en el administrativo.
Al margen de esas coincidencias, relativas, rigen también pautas diferentes para la responsabilidad sancionatoria penal y administrativa. Así, y por poner sólo un par de ejemplos, mientras en Derecho penal toda responsabilidad va unida al principio de culpabilidad -sólo responde penalmente quien no se halle en un error sobre la norma o la prohibición y quien sea plenamente dueño de sus actos, y sólo se responde por los actos propios- en Derecho administrativo esos requisitos se atenúan. Otra diferencia, ligada a la anterior, es que en Derecho penal sólo cabe -al menos hasta hoy, aunque empieza este asunto a discutirse y a cambiar- la responsabilidad de y, por tanto, la pena para las personas físicas, para los individuos como tales, mientras que las sanciones administrativas sí pueden imponerse a las personas jurídicas (una asociación, una sociedad mercantil, un partido político, etc.). También hay límites distintos para el contenido de las sanciones, pues la Administración no puede aplicar penas privativas de libertad y, en cambio, éstas si están permitidas en Derecho penal.
Existen otros supuestos de responsabilidad jurídica, como por ejemplo, la responsabilidad de los Estados conforme al Derecho internacional. Pero en lo que sigue nos ocuparemos exclusivamente de la llamada responsabilidad civil extracontractual, antes mencionada.
La pregunta de partida es quién corre con los costes de las desgracias, de los accidentes que causan un daño a alguien. Las posibilidades son tres: que sea el que padeció la desgracia el que cargue con los costes, que sea otro sujeto -persona física o jurídica- o que sea el Estado, es decir, el erario público. Es el Derecho el que determina la solución que en cada caso impere y lo hace eligiendo, según los supuestos, entre esas tres opciones. En ocasiones el Estado carga con los costes o indemniza por una parte de ellos a las víctimas de la mala suerte, aun cuando lo acontecido en nada tenga que ver o dependa de la actuación de un órgano del Estado. Así sucede, por ejemplo, cuando el Estado decide subvencionar a quienes han sido dañados por una catástrofe natural -un terremoto, una inundación, una sequía...- o algunos accidentes, como pueda ser el hundimiento de un barco que contamina y daña la actividad pesquera. Otras veces el sistema jurídico fija las condiciones para que los costes de un mal padecido por un sujeto vayan a cuenta de un tercero que se encuentra en una situación especial respecto de los hechos y/o la víctima. Es entonces cuando se habla de responsabilidad civil por daño extracontractual. Cuando el sistema jurídico calla y no se inclina por ninguna de las dos alternativas anteriores, los costes de la mala suerte recaen sobre el mismo que padeció el suceso dañoso.
Ahora repasemos en sus grandes líneas cómo se configura este tipo de responsabilidad en nuestro sistema jurídico. Decíamos antes que hay responsabilidad civil extracontractual cuando el ordenamiento jurídico hace que un sujeto -persona física o jurídica, sujeto privado o público- deba compensar al que sufrió un daño, indemnizándolo por valor equivalente a los costes de dicho daño, de modo que el dañado sea repuesto en la situación previa al evento dañoso, o en una situación equivalente a ella; es decir, que recupere lo que perdió (y, en su caso, lo que dejó de ganar), si bien en muchísimas ocasiones -cuando el daño no es meramente dinerario- lo recuperado no será exactamente lo perdido, sino su equivalente económico real o aproximado. Adelantábamos también que lo que el Derecho hace es imputar esa responsabilidad por el daño ajeno a un sujeto que se encuentra en una situación especial respecto de los hechos que lo provocaron o respecto de la víctima. La casuística es sumamente variada y compleja y sólo son posibles aquí consideraciones muy esquemáticas.
La doctrina tradicional, que era -y sigue siendo- de corte naturalista, entendía que el Derecho se limitaba a responder a un supuesto “natural” y objetivo de justicia y se regía, en el fondo, por la vieja idea de que “el que la hace la paga”. Así es como se ha venido repitiendo que los requisitos de esta responsabilidad son los siguientes, todos ellos ineludibles: a) el acaecimiento de un daño sufrido por un sujeto en un bien propio; b) el nexo causal entre dicho daño y la conducta -acción u omision- de otro sujeto; c) La concurrencia de reprochabilidad en el sujeto causante que con su conducta ha producido el daño o bien deliberadamente, con dolo, o bien por falta del debido cuidado, por negligencia. Cumplidas esas condiciones, d) el sujeto responsable deberá restituir a la víctima del daño, indemnizarla en proporción a la gravedad del mal padecido.
Mas la evolución de esta rama del Derecho hasta nuestros días quita la razón a los enfoques naturalistas y la da, en nuestra opinión, a los normativistas. Dicho simplificadamente, mientras que los naturalistas creen que el Derecho debe hacer y hace responder a aquel que lo merece por razón de los contenidos de conciencia de su acción -por malintencionado o descuidado- y por el vínculo “natural”, causal, que hay entre su conducta -causa- y el daño -efecto de esa causa-, los planteamientos normativistas subrayan que el Derecho obliga a responder por daño a quien -según la idea de justicia social dominante y/o según la prevalencia de unos u otros intereses en sociedad-, el Derecho quiere, a quien el Derecho diga. Jurídicamente responsable no es el que en sí y objetivamente lo es, de modo que el Derecho se limitaría a reconocer esa condición previa, prejurídica, sino que jurídicamente responde aquel a quien el Derecho imputa precisamente ese estatuto, el de jurídicamente responsable. Y aquellos cuatro requisitos de la versión naturalista tradicional y cuya terminología se mantiene en la mayor parte de la doctrina y la jurisprudencia actuales a base de retorcer las nociones y de sumergirse en todo un mundo de ficciones, se ven en los ordenamientos jurídicos de hoy constante y radicalmente puestos en cuestión. Revisemos con suma brevedad todo ese panorama.
a) En cuanto al daño, no siempre que opera la imputación de responsabilidad se arranca de un daño constatable, sino que a veces ese daño se presume. Pongamos un ejemplo. El artículo 7 de la Ley Orgánica 1/1982, de 5 de mayo, de Protección Civil del Derecho al Honor, a la Intimidad Personal y Familiar y a la Propia Imagen, tipifica una serie de supuestos de “intromisiones ilegítimas” en el honor, la intimidad o la propia imagen. Se trata de conductas cuyo mero acaecimiento da lugar a la obligación de reparar al perjudicado, pues “La existencia de perjuicio se presumirá siempre que se acredite la intromisión ilegítima” (art. 9.3). Es fácil imaginar casos concretos en que la acción que la Ley califica como “intromisión ilegítima” y que presume dañosa con presunción iuris et de iure pueda no causar ningún perjuicio real al afectado o, incluso, reportarle beneficio. Muestra de cómo una idea puramente normativa de daño se impone sobre uno “natural” o real.
b) Posiblemente uno de los mayores desajustes entre lo que se dice y la realidad aparece en lo referido al nexo causal entre daño y conducta del responsable. Contrariamente a lo que la doctrina dominante gusta de pensar, en el actual Derecho de daños ni todo el que causa responde ni todo el que responde ha causado. Desgranemos las dos partes de la anterior afirmación.
- No todo el que causa responde. De entre todas las acciones -y sus correspondientes sujetos- que se incluyen en la cadena causal que desemboca en el daño, el sistema jurídico, sea por vía legal o jurisprudencial, realiza una selección, de modo tal que no todo lo que empíricamente y en un sentido propio es causa se considera jurídicamente como causa. Si todo el que con su obrar se inserta en la secuencia causal que conduce a una desgracia fuera jurídicamente responsable, como venía a indicar la llamada teoría de la equivalencia de condiciones, la cadena de responsabilidad sería tan larga como esa cadena causal. De ahí que la doctrina y la jurisprudencia hayan tenido que podar la causalidad empírica para conformar el concepto jurídico de causalidad que funciona para la atribución de responsabilidad jurídica. Doctrinas como la de la causalidad adecuada no son propiamente teorías sobre la causalidad, sino criterios de imputación de la responsabilidad jurídica, pues vienen a establecer que sólo se podrá juzgar como jurídicamente responsable del daño a quien se encuentre en una cierta posición en la cadena de la causación empírica del hecho.
- No todo el que responde ha causado. Son muy diversos los supuestos que dan cuenta de este aspecto. Enumeremos algunos.
(i) “Causación” por omisión. El Derecho con mucha frecuencia imputa responsabilidad por un daño de otro a quien, pudiendo y debiendo haberlo evitado, no lo ha evitado. Pero parece más que obvio que si yo soy médico y no hago lo debido que está en mi mano para impedir la muerte de un paciente, esa muerte no la he causado yo, no la ha causado mi no hacer; igualmente, si yo, sabiendo nadar perfectamente y sin correr especiales riesgos, no me arrojo al agua para salvar al que se está ahogando, yo no he sido el causante de su ahogamiento. Pero el sistema jurídico puede y suele hacerme responsable en esos casos, responsable como si yo hubiera causado esas muertes. Como la doctrina se empeña en mantener la ficción de la causalidad como base de la imputación de responsabilidad, se produce una curiosa inversión y resulta que yo no respondo porque causé, sino que, para el Derecho, causé porque respondo. Es claro que no se está hablando de causalidad empírica en estas ocasiones. Lo que sucede es que no se me hace responsable por lo que empíricamente causé, sino por lo que dejé de causar habiendo debido causarlo. Es decir, el Derecho requiere que ése que va a ser declarado responsable se encuentre en lo que se llama una posición de garante; esto es, que esté obligado a un hacer que le resulta posible y que impida el daño, que interfiera, por tanto, en la causalidad que, si no es así interferida, desemboca en el daño. Así pues, la sanción -en sentido propio o en sentido lato, como indemnización- que se le aplica no es por lo que causó, sino por lo que no causó y debía haber causado.
(ii) Responsabilidad por el daño provocado por otra persona. Existen numerosos supuestos en los que un sujeto responde por el daño producido por la conducta de otro. Es decir, uno es el que con su conducta da lugar al daño y otro distinto el que responde por ese daño sin haberlo causado. Así pasa, por ejemplo, con la responsabilidad de los padres por “los daños causados por los hijos que se encuentren bajo su guarda” o la de los dueños o directores de un establecimiento o empresa por “los perjuicios causados por sus dependientes en el servicio de los ramos en que los tuvieran empleados, o con ocasión de sus funciones” (art. 1903 del Código Civil), etc. En estos casos la responsabilidad se imputa sin causación por el responsable y en realidad se trata de una responsabilidad por omisión: al padre, empresario, etc. no se le atribuye la responsabilidad por lo que ha hecho, sino por lo que no ha evitado que hiciera la persona de él dependiente con arreglo a Derecho. También la Administración pública responde por los daños provocados por el personal a su servicio (art. 139.1 de la Ley de Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas y del Procedimiento Administrativo Común), lo que no quiere decir, metafísicas aparte, que ese ente llamado Administración cause nada, sino que a dicho ente -y a su erario- se le imputa la responsabilidad por los daños “causados” por quienes de él dependen.
(iii) Responsabilidad por causación presunta o por desconocimiento de la causación. Cada vez son más comunes los casos en que una norma jurídica dispone que por el daño de un tercero responderá quien se halla en cierta relación con él o en cierta situación respecto de él o de los hechos, salvo que éste, el inicialmente llamado a responder, pruebe que él no ocasionó dicho daño. Mas no probar que A no causó el hecho que dañó a B no equivale a probar que A sí lo causó. Simplemente el Derecho, en tales supuestos, presume en principio dicha causación, lo cual puede corresponder o no con la realidad empírica de los acontecimientos. Por tanto, responsabilidad por causación presunta es responsabilidad que puede ser ajena a la causalidad real.
A veces las circunstancias impiden conocer quién causó un daño y el sistema jurídico opta por que respondan, como si fueran causantes, todos los miembros de un grupo que se encontraban en ciertas circunstancias. Por ejemplo, a tenor de lo que establecía el art. 33.5 de la Ley de Caza,“En la caza con armas, si no consta el autor del daño causado a las personas, responderán solidariamente todos los miembros de la partida de caza”. Es decir, sólo uno causó, si acaso, pero responden también todos los demás, y en el caso de todos los demás será responsabilidad sin causación.
c) Responsabilidad por culpa y responsabilidad objetiva. Ya es innegable que, junto a la clásica responsabilidad por dolo o culpa que figura como pauta general en el artículo 1902 del Código Civil, aparecen abundantísimos supuestos de responsabilidad objetiva. La responsabilidad objetiva se da cuando los costes del daño, es decir, la responsabilidad, se imputan a un sujeto que no es merecedor de ningún reproche como consecuencia del acaecimiento de dicho daño. Quien esté en determinada situación o relación con el dañado responde, haga lo que haga, haya tenido buena intención o mala y haya procedido con negligencia o con el mayor cuidado de los imaginables.
La doctrina y la jurisprudencia han forzado los términos hasta límites llamativos para poder seguir presentando la responsabilidad objetiva como responsabilidad por la actitud subjetiva, pero no han podido ocultar que, cuando se hace objetiva, lo que está presente no es más que un criterio de distribución de costes completamente independiente de actitudes o intenciones de los sujetos a los que la responsabilidad se imputa. Se trata meramente de saber quién debe pagar, y debe pagar no por el reproche al que es acreedor, sino porque ha ocurrido una desgracia que estaba fuera de su control y el Derecho dice que es mejor, más justo o económica o socialmente más eficiente que pague él. La responsabilidad objetiva, por tanto, tiene mucho de instrumento de ingeniería social y, además, cumple una función de prevención que se suma a su función indemnizatoria: no sólo se trata de que el dañado obtenga una reparación, sino de que los que llevan a cabo ciertas actividades -por ejemplo, de manipulación de alimentos, de fabricación de objetos de consumo, etc.- extremen sus precauciones y su esfuerzo para evitar que sus productos provoquen accidentes.
d) El sujeto que el Derecho declare responsable tendrá que indemnizar al perjudicado por el daño, en eso consiste en términos prácticos la condición de responsable civil y ésta es la peculiar sanción -en sentido amplio de la expresión- de estas normas. La idea rectora aquí es que esa indemnización sirva para restituir a la víctima y que, por tanto, sea proporcional al daño. Pero en numerosas oportunidades eso supone traducir a términos monetarios lo que es difícilmente evaluable con tal magnitud, como ocurre paradigmáticamente a la hora de indemnizar el daño moral, entre otros muchos casos. Ese principio de proporcionalidad tropieza con las mismas dificultades prácticas que en el Derecho penal, donde también está establecido que la pena ha de ser proporcional al mal causado. Pero ¿cuánto vale la vida de una persona, un miembro corporal o la honra de alguien en términos de dinero o de pena privativa de libertad para el agresor?

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA.

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- CALABRESI, G., El coste de los accidentes, Barcelona, Ariel, 1984.
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- REGLERO CAMPOS, L.F. (coord.), Tratado de responsabilidad civil, Cizur Menor (Pamplona), Aranzadi, 4ª ed, tres tomos, 2008.
- ROSENKRANTZ, C.F. (comp.), La responsabilidad extracontractual, Barcelona, Gedisa, 2005.
- VINEY, G., Tratado de Derecho Civil. Introducción a la responsabilidad, Bogotá, Universidad Externado de Colombia, 2009.
- WEINRIB, H.J. (ed.), Tort Law, Aldershot, Ashgate, 2002.

04 abril, 2010

El honor perdido de las vacas. Por Francisco Sosa Wagner

¡Por fin el honor de las vacas se ha restablecido! Quien me lea -si es que hay alguien con esa disposición de ánimo- recordará que denunciaba hace poco en una de estas “soserías” la campaña que había iniciado el ex-beatle Paul Mc Cartney contra el consumo de carne de vaca porque -según acusaba el cantante travestido de científico- estos animales, al ventosear con estrépito, hedor y contumacia, ponían en riesgo los ecosistemas, el clima y, sobre todo, la venta de discos. Recuerdo incluso que en el Parlamento europeo le reservaron una sala noble para airear allí sus ideas de hombre de ciencia a la violeta.

Las personas con sentimientos delicados hacia estos rumiantes salimos en su defensa recordando su carácter apacible y lo bien que protegen las montañas de los ecologistas de coronel tapioca y 4 x 4. Incluso nos vimos en la obligación de mentar la condición ventoseadora de tantos otros animales -los músicos, un suponer- sin que a nadie se le pase por la cabeza prohibirles su normal expansión por el Planeta.

Ahora las cosas vuelven a su lugar tradicional pues la ONU acaba de admitir otro fallo en sus previsiones sobre el cambio climático: “no es correcto afirmar que comer un kilo de carne de vacuno equivale a viajar 250 kilómetros” como ha sostenido un tal Pachuri que va de un lado a otro dando conferencias y, a lo que se ve, contando camelos a los que él mismo presta oídos. Parece mentira tener que recordarle a este señor algo tan elemental como lo siguiente: todos nos hemos visto obligados a lo largo de nuestra asendereada vida a dar conferencias pero a nadie con buen sentido se le ha ocurrido nunca creerse lo que nos vemos forzados a sostener en ellas, dictadas como están por la necesidad de hacer frente a gastos e hipotecas. La conferencia es el grito de hambre más educado que puede proferir el ser humano y el hombre de letras es ante todo un hombre de letras de cambio.

Ahora bien, un desliz científico de esta naturaleza no puede zanjarse con unas disculpas y un descomprometido “pelillos a la mar”. Este señor y el beatle famoso han de pedir hora y sala de nuevo al Parlamento europeo para explicar allí, con la misma alharaca de la ocasión anterior, que estaban equivocados y que la vaca se tirará pedos pero exactamente igual que los empleados de la ONU y los artistas jubilados. Y no por ello pedimos su exterminación, todo lo más nos limitamos a apartarnos discretamente, cuando la aromática expulsión se produce, del círculo contaminado por sus efluvios.

Yo pondría a estos precipitados apóstoles de sus cuentos a comer hierba y más hierba para que comprobaran si ellos no sucumbían igualmente a estas necesidades fisiológicas. Con una anotación favorable a las vacas: y es que ellas se descomponen bajo el cielo sagrado o alumbradas por el titilar de las estrellas, es decir, allá donde los vientos esparcen miasmas en un rito de pureza siempre renovado y eficaz, mientras que ellos lo hacen en recintos cerrados con toda la perturbación aromática que ello lleva a las almas y a los cuerpos.

Tampoco estaría de más ponerles las orejas de burro -de burro cursi- y hacerles escribir cien veces en la pizarra que los filetes de las vacas son tesoros, que están un punto por encima de las diademas de las casas reales y que, con pimientos verdes y patatas bien fritas, se convierten en gemas magníficas labradas por siglos de mimos.

¡Ah, vaca! Vuestra cortesía os impide hablar, tan solo meneáis la cabeza con gesto contrito de desaprobación, pero contad conmigo para organizar vuestro desagravio y la retribución que os deben estos parlanchines tan bien remunerados. Y tan contaminantes.

03 abril, 2010

Sobre curas, abusos y soluciones. O de cómo me voy a meter aquí en un buen lío.

Lo siento en el alma, pero hay cosas que no me cuadran. En lo que se está debatiendo sobre el abuso de menores por curas me chirrían tanto ciertos diagnósticos como algunas propuestas de solución para el futuro. Y no me refiero a determinadas maniobras sumamente graciosas para echar balones fuera, para marear la perdiz o para diluir la responsabilidad eclesiástica en la ola de violencia y erotismo que nos invade, al estilo de aquello que por aquí se decía hace ya treinta o cuarenta años. Algunas noticias nos las tomamos en serio porque aparecen en periódicos supuestamente rigurosos y ceñudos, pero tienen un aroma de coña más que notable. Mismamente la que viene hoy en El País y que nos cuenta que un predicador del Vaticano, franciscano y de nombre Renato Cantalamessa (atención al apellido: ¿será azar o resultará que Dios existe y se ha puesto bromista y tocapelotas?) se ha despachado sobre la violencia doméstica y contra los varones, que deberíamos, todos, pedir perdón a las mujeres. Ya puesto y metido en danza, recordó que aunque el adulterio es cosa de dos, siempre se ha regañado y castigado más a la mujer que lo comete.
Vale, todo es verdad y, en la parte alícuota que me toca, yo pido mil perdones a las damas por todo lo que de malo les hayan hecho mis congéneres en el pasado o ahora mismo, y, de propina, como adúltero que fui alguna vez, me solidarizo de nuevo con mis contrapartes de entonces y les presento mis respetos. Ah, pero me quedo a la espera de que el fraile Cantalamessa, sea a título particular, como Renato con un par, o en nombre de la Iglesia para la que predica, se disculpe también. Porque no sé si recordará que en lo de someter y humillar a la mujer algo han tenido que ver papas y concilios, en lo de bendecir el la maté porque era mía no solía haber mucha oposición de párrocos y confesores y en lo de poner a la adúltera, pero sólo a ella, a los pies de los caballos alguna culpa eclesiástica se dio también. Lo malo de la Historia, la muy jodida, es que se puede reescribir cuarenta veces, pero lo que se dice cambiar, ni cambia de un día para otro ni se olvida tan fácil, por mucho que bramen predicadores o diserten (deserten) eruditos de encargo.
Pero no íbamos a eso. Lo que seriamente me choca es que ante esa marea de denuncias de abusos sexuales de curas sobre niños y muchachos varones, se insista desde la teología más progresista y desde los medios de comunicación menos inclinados a pasar página como si nada hubiera ocurrido, en que la causa principal del mal está en el celibato sacerdotal y en que suprimiéndolo el problema se arregla, o poco menos. Por ejemplo, así se expresaban recientemente en El País Hans Küng y Juan Arias. Y yo, modestamente, no entiendo nada. Así que analicemos, a ver si se me va el enredo mental que me tiene sumido en la perplejidad.
Al menos en lo que he leído hasta hoy, los casos que están saliendo a la palestra son todos o en su grandísima mayoría casos de abusos de curas -varones, por tanto- sobre niños varones. No son casos ni de curas contra niñas ni de monjas contra niños ni de monjas contra niñas. Esto, por sí, ya plantea un enigma apasionante y deberían estar unos cuantos científicos sociales echando un vistazo para buscar explicación. Si resulta que el que los curas se propasen con niñas o chicas menores no se denuncia tanto o no se juzga tan negativo, estaríamos probablemente ante un muy preocupante fenómeno de homofobia y ante un peculiar ejercicio de hipocresía. Cierto que por lo común los sacerdotes habrán tenido menos ocasiones para relacionarse de modo habitual y cercano con muchachas, pero no tanto como para que no hayan podido darse casos en proporción. La otra posible explicación sería que entre los curas predomina el gusto por los varones sobre el gusto por las hembras. No digo que sea esta última la respuesta indubitada, sólo pido que se me indique si se me escapa alguna hipótesis alternativa a la disyunción que propongo: o también hay abuso de niñas y chavalas, en cuyo caso deberíamos preguntarnos por qué no se denuncia, o les da más por los niños y chavales.
Sea como sea, y trabajando nada más que con los puros hechos de los que a día de hoy va quedando constancia bastante, tenemos que están bien documentados unos cuantos miles de casos de abusos de sacerdotes y religiosos sobre niños y adolescentes varones y que se dice que esos sucesos, o la mayoría, seguramente no se habrían dado si no estuviera impuesto por la Iglesia el celibato sacerdotal, es decir, si esos eclesiásticos hubieran podido estar casados con mujeres. ¿A ustedes no les parece que tiene algo de chocante este razonamiento? ¿O es que esos muy avanzados expertos en cánones y pasiones están proponiendo sibilinamente que en la Iglesia se admita el matrimonio homosexual de sus ministros?
Muchísimo me temo que lo que impera por casi todas partes, y todavía, es el miedo a llamar ciertas cosas por su nombre y a coger el toro por los cuernos. Por supuesto que quienes toman los hábitos eclesiásticos no quedan por ello exentos de la pulsión sexual, que unos -seguro que muchísimos, no lo pongo en duda- sabrán contener de acuerdo con sus votos y que a otros se les escapará de las manos (no sé si es muy adecuada la expresión, discúlpeseme). Pero no es ése el problema que ahora se está discutiendo. El escándalo y el debate no surgen porque hayan aparecido datos sobre el número de curas que se van de amores mercenarios o que tienen trato carnal con alguna dama. Posiblemente el problema que para la Iglesia y para la conciencia de esos hombres surge en esos casos se evitaría si pudieran casarse con una señora. Pero es de temer que en gran parte de los casos en que hablamos de curas que experimentan esa irrefrenable atracción por los chicos el desajuste no se arreglara con el matrimonio con mujer. ¿O sí?
Hablando en plata y de una vez por todas, ¿por qué da tanto miedo a unos y a otros decir o, ante los datos y su pertinacia, asumir que entre los curas hay un cierto porcentaje de homosexuales? Que la Iglesia no quiera reconocerlo es seguramente consecuencia de que durante toda su historia ha considerado la homosexualidad una degeneración y una enorme enfermedad del cuerpo y del espíritu. Por eso prefiere pensar y dar a entender que esos servidores suyos que se propasan con los niños no son homosexuales, sino heterosexuales que, al no poder casarse con hembra, sucumben ante el sucedáneo.
Que los medios de comunicación progresistas -esta vez no uso el calificativo con ironía- y quienes en ellos escriben no quieran poner el punto de mira en la homosexualidad de tales individuos probablemente obedece a que se temen las malas interpretaciones, como que se insinúe que hay alguna relación entre homosexualidad y pedofilia o pederastia. Pero no tiene por qué ser así. Igual que a un varón heterosexual pueden gustarle las jovencillas, un varón homosexual puede sentirse atraído por los jovencillos. Y en cualquiera de los casos la represión y la vivencia enfermiza de algo tan natural como la inclinación sexual pueden provocar procesos patológicos y desviaciones.
Antes, de los homosexuales se podía hacer cualquier escarnio. Ahora, la corrección política impide mencionarlos en contextos no gratos. Si hablamos, por decir algo, de una banda de ladrones que ha atracado un tren en Sigüenza, no podemos informar de que tres de ellos son homosexuales, pues sería como insinuar que los homosexuales son inclinados al asalto de trenes. Nada se opone, en cambio, a que digamos que todos eran de Badajoz o divorciados o socios del Atlético de Madrid. Si hablamos de curas que toquetean niños, podemos pensar que es porque son unos mujeriegos del demonio, pero no porque les gusten los hombres. Cada día diagnosticamos peor, porque cada día podemos mencionar menos cosas. En la Edad Media pasaba algo parecido, creo.
Si, afortunadísimamente, ya podemos -o deberíamos poder- en este tiempo y en esta sociedad hablar con toda naturalidad de homosexualidad y no vemos a los homosexuales como monstruos o degenerados, sino como personas tan normales como cualquiera y con los mismos derechos que todos, ¿por qué no se puede asumir por unos y por otros que ha surgido un problema porque entre los curas también hay homosexuales y porque la Iglesia es incapaz de entender lo natural y hermoso de la sexualidad humana y, menos aún, es radicalmente incapaz de aceptar que la práctica sexual de los homosexuales tampoco tiene nada de malo cuando se ejerce en libertad y entre adultos que puedan consentir y consientan?
Esta vez he dejado para el final mis habituales aclaraciones de que no soy beligerante con la religión y respeto escrupulosamente a los creyentes que tratan de vivir en consecuencia. Ayer, viernes santo, llevé a mi amada esposa a la iglesia a la hora de los actos religiosos del día. Elsa, nuestra hija, iba con nosotros y se empeñó en que quería entrar a misa con su mamá. Nada que objetar. Resistió la hora entera y yo las esperé tomando un café y leyéndome todos los periódicos del bar de enfrente. Que la fe vaya y venga a su aire, que cada uno elija sus creencias y su forma de vida. Eso sí, el primer día en que un cura, una monja o cualquier hijo de vecino pajillero intente convencer a mi Elsa de que su cuerpo no es suyo, de que el placer de su cuerpo es sucio y pecaminoso y de que reprima su sexualidad, no para administrarla con sabiduría y tino, sino para entregársela a los dioses más crueles y enfermizos, me los cargo. Palabra. Simplemente por eso. Llegará mi hora cuando la quieran asaltar los enfermos decadentes que viven la religión como tapadera de sus complejos o alivio para sus terrores. Fuera de eso, ningún problema. En la fe de muchos fieles hay una intensa y hermosa poesía, y toda poesía es bella, aunque Dios no exista.

02 abril, 2010

Dos artículos diferentes y recomendables

En los periódicos a los que hoy, viernes, he echado un vistazo, he encontrado dos artículos que me parecen muy recomendables. Uno, que se titula "El infatigable combate de Rajoy contra la currupción" está escrito por Juan Carlos Escudier y lo publica El Confidencial. Canta a Rajoy unas cuantas verdades evidentes y, sobre todo, lleva al principio una idea que me parece un gran hallazgo: que los partidos deberían ser responsables civiles subsidiarios en los casos en que sus dirigentes resultan unos atracadores. Sería mano de santo para que los seleccionaran con buen criterio y con cuidado, y no como ahora.
El otro, muy distinto, es de mi admirado Antonio Muñoz Molina y viene en Babelia. Contiene una magnífica reivindicación del papel del Estado en la construcción de una sociedad justa y está escrito con lo que de toda la vida llamaríamos un planteamiento socialdemócrata, aunque es de temer que a la izquierda atontada no le guste, pues discute sus manías identitarias, nacionalistas y similares. Lo he leído en papel y no lo he encontrado en la red aún, pero en cuanto dé con él lo colgaré aquí. Entre tanto, si tienen ocasión, disfrútenlo.
PD.- Pocas horas después de escrito lo anterior, un amable lector ya me indica la dirección del artículo de Muños Molina. Aquí lo podrán disfrutar.

01 abril, 2010

Piratas de secano

Leí ayer y leo hoy la noticia de que la industria cinematográfica norteamericana está pensando que quizá no merezca la pena seguir vendiendo en España DVDs con películas, pues hay tanta piratería, que el negocio se queda en poca cosa. Ignoro si la noticia encierra una estrategia con algún fin que se me escapa o si el alegato de las empresas tiene una base real y razonable o no. Tampoco me importa demasiado todo ello. Lo que no me sorprende es que la piratería de películas llegue aquí a cotas tan altas. Interesante es preguntarse por qué.
No creo que sea por razones económicas. Somos un país que en los últimos años, y al menos hasta que llegó la crisis, se ha acostumbrado a gastarse buenos dineros en lujos que antes ni soñábamos: vinos caros, restaurantes con estrellas, viajes exóticos, vestuario de marca pija, silicona de la buena en los pechos... Pero, como el cambio económico ha sido súbito y las viejas mentalidades no mutan a ese ritmo, esos hábitos de nuevo rico han ido unidos a dos notas disonantes. Por un lado, preferimos emplear el dinero en cosas que se noten y que nos den prestigio social inmediato. De ahí que abunde tanto en estos tiempos el hortera radical, que lo mismo te cuenta cómo se tiró a dos masajistas en un viaje carísimo a Tailandia, que se te presenta con un ordenador portátil de última generación para enseñarte una docena de fotos del apartamento que mercó en Calpe el verano pasado.
Por otro lado, conservamos ese gen cazurro que, pase lo que pase, no se evaporará en siglos. Es la condición cazurra y profundamente mezquina la que nos llena de orgullo cuando conseguimos algo por la cara, cuando timamos a alguien o nos aprovechamos del error o la inadvertencia del prójimo. ¿Cuántas veces hemos escuchado a ese conocido, cretino y con buen sueldo, comentar feliz que el camarero del restaurante se equivocó al hacer la cuenta o al dar la vuelta y le hizo ahorrarse quince o veinte euros? ¿Y ese amigo que presume de pudiente y que cuando oye que la próxima ronda la pagas tú se corrige y en lugar de un vino peleón se pide uno con denominación de origen y un pincho? ¿Y ese otro que, cuando entre amigos se hace fondo, se apunta a las copas más caras, que él solo nunca se pagaría, nada más que para llevarse la parte más gruesa del dinero común? No lo hacen con mala conciencia, sino con íntimo orgullo, convencidos de que así pasan por más listos, por mejor adaptados a los usos de los cresos y más preparados para las peripecias de la vida moderna. Son una mierda de gente y por lo general pasan hambre, aunque vistan de seda.
Llevamos aún mal afeitado el pelo de la dehesa y las colonias caras no nos tapan todavía los resabios del potaje de berzas en aguachirle. Bajo los zapatos italianos los calcetines tienen unos tomates por los que asoma el dedo gordo, la lencería sofisticada no va asociada con el gusto por la bañera o el bidé. A los placeres del espíritu, al goce sosegado de lo que requiera concentración, calma y el poso de una vida amable no llegaremos la mayoría de los de mi generación, y es de temer que tampoco alcancen los de las inmediatamente siguientes. Lo que nos va es fardar de cómo se la pegamos al banco para hacernos la tercera hipoteca o de cómo le endilgamos el Mercedes viejo a un parroquiano que andaba mal de la vista. Los buenos caldos los disfrutamos más si nos rascamos las partes o hablamos de putas mientras nos los echamos al gaznate. En la boca del cerdo, la miel es indigesto engrudo.
Es curiosa la zafiedad creciente, llama la atención que, en este tiempo de fingido homenaje a tradiciones y usos de antaño, se estén perdiendo en realidad las maneras de la urbanidad antigua. En mi pueblo la pobreza era notable y las maneras poco refinadas para el gusto burgués, pero al tiempo de socorrer al que tenía una desgracia la solidaridad surgía espontáneamente y a la hora de celebrar fiestas o buenos acontecimientos la generosidad se hacía desbordante. Mi padre y los de su generación jamás dejaban un bar si habían pagado una ronda menos que cualquiera de los amigos y conocidos presentes. Como ahora, oiga, y como en León. Ese mismo cabrón que te está aturrando con la narración de su viaje de un mes a las Bahamas o enseñándote las corbatas de seda que se compró el mes pasado en Nueva York, va a fingir una nueva cistitis cada vez que toque cambiar de barra y sea momento de pagar lo consumido. Y luego, ante el vermut siguiente, te explica que acaba de despedir a su asistenta porque la pilló bebiendo un vaso de leche sin pedir permiso y que la gente tiene mucha cara y que ya no hay modales. La madre que lo parió. Dígame usted la verdad, querido amigo, ¿cuántos ejemplares de ese calibre conoce? Yo un buen puñado, se lo aseguro.
Y qué me dicen de ese elemento que un día sí y otro también sale contigo y con toda la pandilla pero que sólo lleva cinco euros en el bolsillo y, al ponerlos sobre la barra de sexto pub de esa noche, te cuenta que vaya por Dios y que otro día acudirá con más dinero y que segurísimo que él te invita y que si no te importa y tal, porque tarjetas tampoco lleva y, además, acaba de comprarse un monovolumen con asientos de cuero y anda jodido de pasta. Tipo coherente y sincero: si se gasta todo en darse gusto a sí mismo, pero no quiere dejar de alternar y tomar copas con los amigos, cómo no van a tener éstos que invitarlo, vamos a ver. De cajón.
Es la gente a la que más le gusta piratear películas. No hablamos de la vieja y clásica figura del avaro, sino del egoísta malicioso que disfruta dando el palo y sintiéndose más listo cuanto menos paga por lo que tiene precio y más engaña al que lo vende. Habrá de todo, lo sé. Pero apuesto a que a la mayoría de los piratas ni le llama la atención el cine ni entiende de películas ni sabe distinguir a John Huston de José Luis Sáenz de Heredia. Por eso tampoco les importa que la película que bajan esté filmada con mano temblorosa en un cine, que le falte un trozo o que el doblaje vaya a su aire. Lo que les pone es que la han “bajado” y que son unos hachas de la nueva economía global. Con boina y todo. Toda la vida soñando con robar y mira, mismamente desde casa se puede y fíjate cómo se indigna la industria del ramo. Luego te explican que ya no van nunca al cine porque para qué. Les parece exactamente igual ver esa copia tartamuda en su televisor que estar en una buena sala ante una pantalla cinematográfica de verdad. Son los mismos que durante la carrera -porque tienen carrera, no se crea usted que hablamos de personal humilde- preferían la fotocopia al libro, aunque el ahorro no fuera más que de un par de eurillos, o que compran los libros por metros de estantería de su salón y que los querrían mejor sólo con el lomo de falsa piel y sin letra dentro.
Con esto no pretendo pronunciarme sobre los intrincados problemas morales y jurídicos de la propiedad intelectual ni dar la razón o quitarla a nadie en los debates sobre el negocio audiovisual. Sólo digo que lo de aquí es idiosincrásico y que entre nosotros es bobada vender o exhibir cualquier arte que pueda falsificarse o mezclarse con gaseosa.
Ya sé que duele, pero así somos. Poco más o menos y por término medio.