06 julio, 2009

Pijoterías

Soy un pijotero, bien lo sé, seguro que un reaccionario, incluso, pues cada día me ponen mas de los nervios ciertas modas, ciertos modos y determinados experimentos que me parecen ñoñadas para tontitos del culo que, en el fondo, son pretextos para que cuatro avispados a medio camino entre la Administración y el puticlub se lo lleven crudo y, encima, pongan en sus currículos unas monadas muy resultonas.
Vale, sí, ya les explico por qué me pongo así. Recibo un folleto muy bonito con el logo de Funivcyl, que, contrariamente a mi intuición inicial, no es una empresa de funiculares, sino la Fundación Universdades Castilla y León. Siempre que oteo en el horizonte una fundación echo mano a la cartera y pongo el culo contra la pared. Hoy, el que no desenfunda simplemente funda, y se lo lleva igual. También viene el símbolo de la Junta de Castilla y León, toda circunspecta y como muy de casa ya. Se anuncia en el papelín un evento que, ya puestos, se titula tal que así: “Castilla y León: formando emprendedores”. Chúpate esa.
Últimamente me pirro por las emprendedoras. Por cierto, ¿por qué los políticos y folletistas nunca ponen “emprendedores y emprendedoras”? Si decimos vascos y vascas y topos y tapas, por qué no vamos a decir emprendedores y emprendedoras, vamos a ver. O será para que no pase lo que a mí me pasaría: que una concocatoria para un congreso de emprendedoras me pondría aún más contento, con una ilu terrible y pletórico de dicha al pensar los que se les puede ocurrir emprender a las muy jodías. Así, sin concesiones a la corrección política y sólo con lo de emprendedores que se forman, me divierto también, pero menos. Y tenían que ver la foto y los dibujitos: un guaperas con cara de hijo de papá concejal de urbanismo en ayuntamiento de más de cien mil habitantes, con aire de estudiar en una privada con portátil incluido, masajista transexual y podólogo autóctono, y una viñeta en la que se dibuja una bombilla que se enciende en la cabeza del cretino que va a emprender la leche de cosas en cuanto salga de ese evento que, por cierto, se celebra en Segovia.
Algunas de las conferencias programadas y que, a su tiempo, serán emprendidas por sus autores también son de mucho chiste, y que me perdone algún amiguete que aparece en el programa y que dicta alguna de las otras, of course. Pero vean qué apropiado y apasionante. Uno habla de “Liderazgo en la empresa familiar: Emprendedores vs. Sucesores”. Uf, llevo preocupadísimo con ese asunto desde que deserté del arado, pues siempre me pregunto qué habría sido yo si me hubiera quedado con las doce vacas de mi padre, emprendedor o sucesor. ¿Y si me lo montaba de sucesor emprendedor? Flipo con las posibilidades que ofrece el mundo de la emprendiduría, la emprendición o como carajo se diga. Hay otra charla sobre “El valor estratégico de la comunicación para las personas emprendedoras”. ¿Ven? Mismamente ahí ya pillamos una crucial diferencia entre emprendedores propiamente dichos y pajilleros solitarios y sin futuro ni na: para el emprendedor la comunicación tiene valor estratégico, mientras que para el mindundi apocado y sin papá al que sucecer o con el que emprenderla la comunicación posee un valor meramente táctico o a grito pelao. Por cierto, y entre paréntesis, les recomiendo un método de deconstrucción casera de gilipolleces. Cuando vean un título muy chachi y muy chuli de lo que sea (un curso, una instalación en un museo provincial de arte de vanguardia universal, una crítica en Babelia...) prueben a descolocar las palabras al buen tuntún. Si en cualquiera de las convinaciones posibles siguen significando lo mismo (o sea, nada), es que estamos ante una gilipollez para consumidores de tales productos y que se llaman..., se llaman..., vaya se me olvidó. Hagamos una práctica con el título anterior, "El valor estratégico de la comunicación para las personas emprendedoras" y alteremos sus términos por ejemplo así, "El valor personal de la estrategia para la comunicación emprendedora", o así, "El valor comunicativo de las personas emprendedoras para la estrategia". ¿Se entiende igual y vale lo mismo? Sí, ¿verdad? Pues lo dicho.
Volviendo al suculento programa, también se realizarán dos talleres prácticos a los que me encantaría asistir con mi coche. Uno se llama “Taller práctico: comunicación interna” y el otro “Taller práctico: comunicación externa”. Son primos. Me gustaría mucho ir, aprender y luego practicar con mi señora, especialmente la comunicación interna, para la que imagino que hay que tener, como mínimo, la confianza que da el vínculo matrimonial o, en caso contrario, ser muy emprendedor, y ya no me siento en edad para comunnicaciones internas fuera de casa y si no hay fútbol ni nos estamos acreditando.
En fin que una gozada, que aquí un amigo y aquí un ponente y que nos gastamos un cuento de la madre que lo parió. Si queremos encauzar este puñetero país y que los dineros comunes no se vayan a financiar la tarima móvil del avispado de turno que se está especializando en Ética del Emprendedor en la Era de la Globalización o el cualquier otra mamonada semejante que debería, inclusive, ser delito, urge una reforma legal que prohíba de raíz las fundaciones que no estén abiertamente en manos de y dirigidas por toreros y madames.
De tanto emprender a mi costa todo quisque, empiezo a notar un fuerte escozor en la parte ideológica e intuyo que habrá que amputar, aviso.

05 julio, 2009

¿Quién defiende las constituciones?

Es el eterno retorno de la gran pregunta de constitucionalismo y, si me apuran, de la teoría del Derecho. Cuando la famosa polémica de Kelsen y Schmitt se debatía sobre si le correspondía a los jueces y los tribunales constitucionales. Hoy, por desgracia, casi suena a escarnio, con lo que ha llovido y las lecciones crueles de la historia, que podemos sintetizar así: salvo en países de muy acrisolada cultura constitucional, los órganos supremos de la judicatura y los tribunales constitucionales suelen ser marionetas en manos de ejecutivos populistas y de tiranías más o menos encubiertas o, cuando menos, juguetes de los partidos gobernantes que usan con los magistrados la táctica del palo y la zanahoria: si eres bueno y dócil, al terminar tu mandato te premio con una embajada o algún otro nombramiento de mucho relumbrón y mucho figurar. La carne es débil y, por lo que parece, la carne cubierta de toga más débil aún. Con las excepciones de rigor por supuesto, pero pocas. Omitiré en este momento cualquier concreta alusión al Tribunal Constitucional Español y su pose actual, porque vamos a otro tema y porque no está bien gastar tinta en obviedades.
El asunto de la garantía de la constitución vuelve a estar estos días de actualidad, a raíz del golpe de Estado en Honduras y de los dimes y diretes del presidente Zelaya y de los organismos internacionales. No tengo tiempo ni ánimos ahora para meterme en honduras, precisamente, y conozco nada más que lo que cuentan los medios de comunicación, que, en resumen, viene a ser lo siguiente: el presidente Zelaya, que no es precisamente un líder de las masas desposeídas, aunque posee él, entre otras cosas, la legitimidad que brinda su elección democrática, andaba jugando a imitar a reputados líderes “democráticos” latinoamericanos, como Chaves, Uribe y Morales, pues mediante referéndum pretendía reformar la cláusula constitucional que impide su reelección. El Tribunal Supremo dijo que no cabía esa reforma así, pero el presidente siguió en sus trece, hasta que el ejército, por su cuenta y riesgo, lo puso de patitas en Costa Rica. Que los ejércitos no son los guardianes de las constituciones parece, por fortuna, verdad generalmente asumida en nuestros días. Pero la pregunta fundamental sigue en pie: ¿quién ha de velar por la constitución en un Estado de Derecho? ¿Los jueces? En Honduras parece que la judicatura se plantó ante el presidente, pero, por lo poco que he leído, no parece que la doctrina y la llamada sociedad internacional den mucha importancia a esa postura, puesto que la legitimidad y el derecho de Zelaya a salirse con la suya vía referéndum no se discuten gran cosa. ¿Serán los presidentes o jefes de Estado los vigilantes constitucionales supremos? Eso haría a Carl Schmitt removerse de gusto en su tumba, pero, además de que el renacer entusiasta de las tesis schmittianas pueden provocar todo tipo de erupciones cutáneas en los demócratas bien nacidos, fiar las constituciones al ejecutivo, y más si se reviste de tintes mesiánicos y populistas, es como poner a Drácula a organizar las transfusiones hospitalarias. Entonces, ¿el pueblo? Ahí está la madre del cordero.
En medio mundo -y un poquito en España también- está aconteciendo una más que preocupante relectura populista e interesadamente demagógica del principio democrático. Que las constituciones dispongan la soberanía popular y los procedimientos de decisión democrática, especialmente en lo referido a las decisiones legislativas, no significa que la constitución pueda y deba estar permanentemente sometida a la decisión popular. Una constitución no es democrática porque la ciudadanía esté de acuerdo con ella o porque se dedique cada dos por tres a retocarla y rehacerla mediante referendos que son siempre puros plebiscitos en los que no se vota sobre normas, sino sobre la persona del mandamás que se erige en salvador y sumo sacerdote de la colectividad. La constitución democrática tiene que protegerse de la manipulación de las masas y de los cambios de humor de las gentes, precisamente para proteger la democracia y sus maneras. Y puede hacerlo de muy diversas formas: estableciendo cláusulas de intangibilidad para que determinados artículos no puedan ser reformados, fijando procedimientos agravados para las reformas de sus preceptos más relevantes, etc. Con ello, entre otras cosas, las constituciones se defienden frente a un peligro evidente, el de que los detentadores del poder legislativo y, sobre todo, ejecutivo, aunque posean intacta su legitimidad democrática de origen, utilicen las formidables herramientas de que disponen -dineros del erario público, medios de comunicación afines, comprados o amordazados, fuerzas de orden público, complicidades provenientes del sistema económico o de un entramado más o menos perverso de relaciones internacionales...- para condicionar, amedrentar o manipular a la masa electoral y hacer de su pura voluntad suprema norma del sistema jurídico.
Una reforma constitucional inconstitucional o, aunque mantenga ciertas formas, inducida desde el poder ejecutivo y dirigida mediante los resortes del poder público, y que altere gravemente el entramado constitucional de los poderes y los límites constitucionales a los poderes también es, al menos funcionalmente, un golpe de Estado, por mucho que se lave la cara mediante votaciones en las que el sesenta o el noventa por ciento de los votantes la apoyen. El apoyo popular a una medida de ese tipo no sana su inconstitucionalidad, aunque los tiranos aupados en las urnas griten que hacen lo que quieren el pueblo. Un pueblo puede, concedamos esto, derribar una constitución mediante una revolución, pero, por definición, no caben revoluciones constitucionales, y menos si las dirige un gobierno. Fueron ciertos constitucionalistas nazis los que, después de 1933, forjaron esa expresión, “revolución constitucional”, para tratar cínicamente de poner de relieve que no estaban socavando hasta los tuétanos la Constitución de Weimar, formalmente no derogada, sino realizándola en sus supremos principios y en armonía con el sano y sacrosanto sentir popular. Mentiras podridas, bazofia doctrinal, descaro de juristas prostituidos.
Entre los muchos argumentos con los que podría reforzarse la tesis que estamos manteniendo, parémonos solamente en uno, quizá de los más rebuscados, el que podríamos llamar argumento de la simetría democrática: si en aras de la democracia un presidente puede llamar al pueblo a las urnas para alterar los límites que la constitución a él le pone, debería ser igualmente posible que el pueblo también pudiera autoorganizarse para acudir a las urnas a derribar inconstitucionalmente esa presidencia. Y eso bien sabemos que en ningún lugar lo verán nuestros ojos.
Volviendo al caso, bien está que la OEA, la ONU, la UE y la madre del cordero presionen a los militares hondureños para que el presidente Zelaya sea repuesto en el cargo que legítimamente le corresponde. Pero, por las mismas razones de defensa del Estado de Derecho y de la democracia, debería aplicarse similar presión cuando un presidente se pasa por el arco del triunfo las garantías constitucionales, los preceptos de la constitución y las resoluciones de los órganos constitucionalmente llamados a ponerlo en el sitio que constitucionalmente le pertenece. Toda la razón para pararles los pies a los militares hondureños, toda, pero un buen toque de atención también para Zelaya y demás imitadores de los nuevos déspotas latinoamericanos. Así que menos sonrisitas y abrazos con los Chaves, Morales, Uribes y demás ridículos imitadores de los dictadorzuelos que aquí y allá hemos conocido de sobra. ¿O acaso legitimaban a Franco aquellos referendos en los que ganaba siempre con un noventa y nueve por ciento de los votos? ¿Acaso debería Hitler haber convocado en 1933 un referéndum para que aún hoy estuviéramos convencidos de que era un demócrata impecable y un buen defensor, en el fondo, de la Constitución de Weimar?
Sólo de una forma puede un pueblo erigirse en salvaguarda final de la constitución: negándose firmemente a ser utilizado para alterar su letra o su espíritu de modo constitucionalmente espurio. Pero, para eso, un pueblo ha de creerse su constitución, y hay pueblos que siempre han tenido excelentes razones para no fiarse de ella. Pero pobre de aquel pueblo que crea que haciendo vitalicio el poder de un tirano será más libre y estará mejor defendido y más alimentado, pobre. El que cree en la constitución no admite amo y, por eso, no hay amo que crea en la constitución, al menos en la constitución de un Estado de Derecho que no sea la tapadera de una casa de citas.

04 julio, 2009

Días de orgullo varonil

Culmino tres días con Elsa mano a mano, solos en Gijón. Algún pequeño desacuerdo, pero creo que acabo la lidia al menos con dos orejas, con mis dos orejas intactas. Hemos ido a la playa y disfrutó fuertemente, aunque en verdad las olas no son lo suyo, salió de secano, qué le vamos a hacer. Eso sí, trepando por las rocas no tiene rival en su categoría, que tiemble Edurne Pasaban. También hemos visto los tiburones del Acuario, hemos ido de compras y hemos cocinado unos macarrones con tomate casero que no podría deconstruir así como así ni el mismísimo Ferrán Adriá. En la librería, visita obligada, localizó a la primera la sección de Pocoyó y demás tropa y a punto estuvo, en plena voracidad libresca, de derribar toda una estantería. Las cacas, por supuesto, a destiempo y en lugares indebidos, pero no es nadie el papá improvisando cambios de pañal con una sola mano. El lumbago bien, gracias.
Los de mi género, especialmente en el sector progresista -los otros achantan-, exclaman al unísono que vaya bemoles y qué moral. Sus señoras, que tampoco son de misa, murmuran que qué tío y que de qué planeta procederá. De Ruedes, mismamente, agro europeo, sector nórdico. Pero creo que les debo una explicación, pues, junto al irracional impulso vital, a lo Bergson, pero en asturiano, tiene la cosa también su componente ideológico, que cabría resumir así: cualquier cosa que pueda hacer una señora, puede hacerla un servidor, faltaría más. Salvo, obviamente, parir y fingir orgasmos de aquella manera. Es una manera de practicar la igualdad de género, pero por activa, en plan activo. Porque que mi señora trabaje y meta pasta en casa también lo veo bien, cómo no. Pero ese es el igualitarismo masculino por pasiva; o sea, que ellas no se corten de hacer lo mismo que yo, pero a mí me da no sé qué igualarme en lo suyo, de pronto me pongo como nervioso y me siento inútil y tal y cómo voy a freir un huevo con estas manazas, ¿eh?. Y, claro, de esa manera es fácil que tengamos que tragar con cuotas, desplantes y discursos sobre la doble explotación de las damas, sin que les falte razón para cantarnos las cuarenta.
Así que, compañeros, el feminismo y el igualitarismo se demuestra andando, andando con el pañal, con el delantal, con el carro de la compra, con la jaqueca y con las mismas razones para acostarse molido y sin estar para nada más. ¿O qué se creían? Además, que conste, con una silla infantil y un niño a bordo se liga un montón en los grandes almacenes y en los cafés. Bien está saberlo, por lo que tiene de advertencia para las consortes: no las necesitamos tanto ni en una cosa ni en otra, así que ojito.
Terminemos con el modelo “católico” de igualdad, tan propio de los machos que se declaran creyentes pero no practicantes.
Y ahora, mientras Elsa duerme su siesta, voy a ponerme un cafetillo y a sentarme un rato con buen novelón. Que estoy rendido, hija.

02 julio, 2009

Columnistas

(Publicado hoy en El Mundo de León)
Además de escribir esta columna semanal, gracias a la amable hospitalidad de este periódico, y alguna otra cosilla por ahí, soy un voraz lector de columnas. Cada uno tiene sus vicios, qué le vamos a hacer.
Entre los columnistas hay de todo, como en botica, pero no sería difícil hacer una buena clasificación. Está, por ejemplo, el perpetuo cabreado, despotricador indomable al que pareciera que la úlcera castiga sin piedad o que no le dan gusto en ningún lado (algo me hace identificarme, modestamente). También el pedantón, que es incapaz de comenzar un texto sin una cita de Tito Livio o una referencia a una cosa que dijo un día un artista muy famoso en una tertulia en la que, casualmente, estaba él, el columnista. Y qué me dicen del que es tan agudo que, en medio de esta perfecta identidad de fondo entre los partidos dominantes, logra distinguir y clasificar con perspicacia tal, que las mismas ideas, expresada hoy por el presidente del gobierno y mañana por el líder de la oposición, le parecen ideas distintas y merecedoras de juicios bien diversos.
Pero mi favorito, el que más me divierte, es el columnista tópico, el meneador compulsivo de lugares comunes, frases hechas y variados refranes. Allá por abril o primeros de mayo glosa, año tras año, la llegada de la primavera, nos recuerda que la sangre altera, pero dentro de un orden, y que hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo, y se recrea en amables alusiones a lo bonitos que se ponen los parques y a cómo resuenan las risas de los niños en las calles. En febrero ha publicado su articulillo anual sobre la llegada de las cigüeñas y cuán hermosas se ven las agujas de la catedral con el cielo invernal y el pájaro encima. Antes, en navidad, no sólo ha rememorado que hace un frío que pela, como corresponde a la estación, sino que también ha mencionado la alegría de los niños con los regalos y la conveniencia de no pasarse de consumistas, pues hay gente que padece hambre y no está bien la ostentación. Al columnista tópico le gustan mucho los niños y ayudar a las viejecitas a cruzar las calles. De la demás gente no habla apenas, para no complicarse la vida y porque nunca se sabe quién va a gobernar mañana. Parece algo bobo, pero no lo es.

01 julio, 2009

Acabemos también con la sociedad civil

Hace unos días decíamos aquí, con el correspondiente punto de ironía y la parte necesaria de reflexión pretendidamente seria, que se debería terminar con el llamado Estado del bienestar, pues induce malestar en los que de él más se benefician y no saca de sus penurias a los que teóricamente deberían justificar su acción. Hoy vamos un paso más allá y proponemos acabar con el papel teórico y práctico de ese peculiar engendro llamado sociedad civil.
Son muchas las doctrinas filosófico-políticas que, con la consabida tendencia a desmenuzar fantasmagorías y convertirlas en clave para la construcción de la Ciudad de Dios, en versión secularizada, aluden al papel crucial de la sociedad civil para que haya democracia la mar de deliberativa, para que se expandan las virtudes del republicanismo cívico, para que el mercado se autocontrole con el mismo rigor y eficacia con que se autodomina cualquier psicópata y para que la gente no se sienta sola en la bolera. Pues vale. Sobre el papel suena bonito. Quiere decirse que la representación política malamente funciona cuando el llamado conglomerado social no es más que el agregado de unos millones de individuos puramente autointeresados y que van nada más que a su bola y a sus negocios; que con dificultad se articulará una auténtica voluntad ciudadana cuando cada quisque ni se habla con su vecino ni se interesa por las circunstancias de su barrio ni se compadece de las penas del cuitado con el que a diario se cruza; que no hay ética sin virtud ciudadana ni constitución que se aguante sin patriotismo constitucional y sin una voluntad general que se pode el componente egoísta que contamina la voluntad de todos cuando no es más que la voluntad de cada uno que quiere pisar, legalmente, eso sí, la cabeza al de al lado. Ciertamente. Y entonces hacen falta muchos cuerpos intermedios, democracia asociativa, pluriempleo discursivo del ciudadano, que ahora interviene en la asamblea del sindicato, más tarde asiste a la manifestación en defensa del medio ambiente y después de comer acude a arrimar el hombro a la asociación de consumidores para discutir sobre la mejor manera de poner a raya esos aditivos indigestos que le añaden al paté de oca alimentada con transgénicos. Estupendo, pero no. También sería maravilloso que los ladrones se tornaran gente honrada, los especuladores fundaran oenegés altruistas y los curas no bendijesen las hostias de los tiranos. Ya puestos...
No es que esta cosa llamada sociedad actual en Estados opulentos carezca de nexos aglutinadores y de motivos para dialogar a calzón quitado y con afán más o menos sano. Pero los tiros van por otro lado. La gente acude en masa a los estadios de fútbol, debate con minucia de teólogo liberado los últimos fichajes del su equipo-iglesia, comenta antes de la hora del café, durante la hora y pico del café y después del café los avatares genitales de la última edición del Gran Hermano y se atraganta de puro patriotismo ante las evidentes afrentas que la Nación sufre en el festival de Eurovisión. Y para de contar. Los sindicatos quedan para los sindicalistas profesionales, que se liberan por la puerta de atrás, las asociaciones de vecinos son una excelente vivero para que los partidos políticos encuentren candidatos a concejales, previa prueba de disciplina, inglesa y propiamente municipal, y otros cientos de asociaciones sirvan más que nada para que cuatro gatos ensayen oratoria de rastrillo y liguen con los y las del mismo uniforme mental. Es una pena, no debería ser así, pero es lo que hay.
Y sucede que eso que no tiene nombre propiamente dicho y que siempre llamamos el Sistema o el Poder hace su agosto fingiendo que dialoga y negocia con la sociedad toda al escuchar a sindicatos sin militancia y a asociaciones sin más cuerpo social que cuatro fanáticos del tópico manido. Pura impostura y descarado manejo. Tres ecologistas y medio paralizan una autopista o el tendido del AVE, cinco pacifistas pasan por expresión de un país pacífico, dos extremeños obsesos del idioma checo hacen una huelga de hambre relativa y consiguen que el checo se reconozca en las escuelas de Getafe como segunda lengua, tres bercianos que no logran despegarse la boina ni con ayuda de una grúa se empeñan en que el Bierzo es nación y hacen que se reúna en Cacabelos la Asamblea de Pueblos Oprimidos Por Donde Más Jode. Y así sucesivamente. No es que no tengan razón de ser y buenos argumentos el ecologismo, el pacifismo y cualquier otro ismo que se precie y que no vaya contra la corriente del discurso fetén, no es eso. Lo que sucede es que el pueblo pasa y los que hablan por el pueblo pasan por ser el pueblo. Y digo yo que eso tampoco está bien. No estaba bien cuando lo hacía la aristocracia, no está bien cuando lo hace alguna iglesia, no está bien en ningún caso. Que cada cual se exprese, proteste, se manifieste y se una con los de su misma idea, pero que hablen solamente por sí y por lo que representan: si son cien, por cien, si son mil, por mil. O sea, y vale el caso para lo mismo: pues como cuando se manifiestan y gritan lo católicos y entendemos –o debemos de entender- que lo que dicen no cuela como sentir común y general. Pues lo mismo, y eso que los católicos son más (o eso dicen).
Y, entonces, ¿qué hacer? Pues que todo el mundo hable lo que tenga que hablar y diga lo que tenga que decir, pero que las decisiones se tomen entre todos. ¿Cómo? En principio, en el Parlamento y, en los temas peliagudos y que toquen de cerca a los habitantes de acá o a los ciudadanos de allá, mediante democracia directa. Referendos y a volar. Porque, si no, nos quedamos a dos velas y sin pito que tocar los individualistas solidarios, los solitarios compasivos, los que no tenemos ni tiempo ni paciencia para marear la perdiz en la reunión y la asamblea del grupúsculo, pero queremos codecidir y que no se nos confunda.

30 junio, 2009

Estío y hastío

Estos días ando un poco vago, quizá ya lo han notado. Estoy cansado. No sé.
Elsa se está poniendo difícil, ¡con dos años recién cumplidos! Un carácter demasiado fuerte, primeros indicios quizá de eso que llaman síndrome del pequeño emperador, que, en su caso y por obvias razones de género, será gran emperadora. Me voy a quedar yo con ella, me voy a dedicar yo a ella durante las próximas semanas, y, en cuanto escampe y despeje como es debido en Asturias, para allá nos marcharemos mano a mano, como dos extraterrestres despistados. Es posible que ella precise mis atenciones, pero cabe también que sea yo el que ande necesitado de las suyas. Hablaremos bastante, iremos a la playa, recorreremos el Acuario gijonés y juntos acudiremos a ver si en el Parque de Isabel La Católica queda alguno de aquellos patos de cuando yo mismo era pequeño y me bajaban a la playa tres o cuatro veces por verano y me maravillaba la ciudad y juraba que algún día dejarían mis primos y sus amigos de reírse del crío aldeano que no tenía en su pueblo ni cisnes ni toboganes.
Estoy cansado, pero me he levantado a las siete de la mañana para trabajar un rato, antes de la cita con los pañales, los parques y los debates del diario parlamento paterno-filial. Y, sin embargo, me he puesto a escribir este post, será que hay que soltarle algo de presión al globo, para que no explote.
Estoy cansado, sí, pero recopilo, en ratos robados al tiempo, bibliografía sobre la potestad sancionadora de la Administración, pues amablemente me han invitado a meter la nariz en un monográfico sobre ese tema y me parece un reto interesante. Además, en el fondo sabía y sé, como cualquier drogadicto, que el verano no me va a salir gratis y que simplemente se me va a abrir un poco más la úlcera del corazón cuando almas cándidas y ajenas me pregunten si ya estoy de vacaciones, o cuando almas felices del gremio me recuerden que ya están de vacaciones y que vaya bien y qué poco ganamos. Sí, qué poco ganamos con el trabajo, aunque, con trabajo o sin él, cobremos bastante bien.
Estoy cansado porque el desánimo de los mejores me pesa y me lastra la moral profesional y la otra. En eso han sido duras las últimas semanas. Por azares diversos, he hablado con demasiados buenos compañeros de oficio que están profundamente quemados. Un joven profesor de Derecho, de lo mejorcito de su disciplina y su generación, me contaba hace poco que se considera ya un jubilado de hecho, que está combatiendo toda pasión académica sana a base de quitarse de en medio y de pensar en actividades y distracciones con menos miseria moral y menos gusano rampante. Una buena investigadora en un campo de las llamadas ciencias naturales me narraba que ya no puede más, que no resiste más presiones burocráticas ni más chantajes político-académicos y que se va a refugiar en ausencias y en servicios mínimos. Y así tantos. Aunque también hay otros que ni se quejan ni comprenden a los heridos, esa es la verdad. La misma carroña que espanta al jilguero atrae el buitre. Y no van a ponerse los jilgueros a despotricar con los buitres a la hora de comer... También hay mucho de falla generacional, los tocados suelen pasar de los cuarenta y tantos. Cada vez nos inadaptamos antes. Sé que estoy en lo cierto, pero tal vez no tengo, no tenemos, razón.
No sé, el cuerpo se cansa, el espíritu se queda a oscuras, pero la vida es una inercia. Algunos moriremos, cuando toque, con un libro en las manos, un artículo a medio escribir y un juramento en los labios, cagándonos en la puta madre de medio mundo. Incansables.

29 junio, 2009

Victoriano Crémer: la memoria histórica. Por Francisco Sosa Wagner

Como sabía que León se haría mucho más pequeño y más pobre si él se iba, estiró y estiró su vida haciendo caso omiso a las llamadas que le hacían desde el más allá donde se le consideraba como el más rezagado de entre los rezagados. Pero él tenía mucho que decir en los periódicos y con sus versos como para hacer caso al aguafiestas de la guadaña. Y por eso seguía dándole a la manivela de la pluma y haciendo girar la mariposa de las palabras pues el buen poeta las cuida, les guarda convalecencia cuando se ponen malas y lleva medio luto cuando mueren pisotedas por los nuevos hablantes.
Victoriano Crémer gastaba gran vozarrón hasta hace cuatro días y probablemente lo cuidó porque sabía que España era un retablo de la gran hipocresía donde es preciso escribir mucho, repetir mucho y hacerlo todo a voces para que la franqueza no se canse y acabe desertando y escondiéndose con los estigmas del silencio. Victoriano comía abundante y sazonado, sin remilgos de hipocondría, y bebía con énfasis, me imagino que dormiría a pierna suelta aunque con un ojo entreabierto, atento a los braseros que dejaba encendidos, que eso eran sus poemas. Todos los días acudía al mismo café, muy cerca de su casa, a desayunar, en realidad a vestirse de nuevo el alma y a ponerse la casaca de gran ciudadano.
En esta España, que tan bien cantó Victoriano, le han dejado marchar sin el homenaje nacional que él merecía. Y esto pone de manifiesto la hondura del tartufismo nacional porque Victoriano ha vivido el último trayecto de sus años justo cuando se ha estado invocando la memoria histórica. Pues bien, si había en España alguna memoria histórica, limpia, sin falsedades ni repugnantes coartadas políticas ni electoreras, era Victoriano Crémer: memoria de todas las memorias e historia de todas las historias y aun de las historietas. Pero -claro- Victoriano era el espejo que devolvía la imagen verdadera de quienes andan enarbolando en su propio beneficio la memoria histórica. Por eso no querían ni verlo y por eso lo más que le dieron desde las esferas oficiales fue la medalla al mérito en el trabajo. Es decir, le han tratado como se trata al humilde empleado que lleva cincuenta años despachando en la misma tienda de tejidos y novedades. Por el contrario, quienes supieron encender en tiempo y forma el pebetero de los halagos se llevaron las honras literarias que a él le correspondían.
Lo bueno de un hombre bueno es que a él le daba igual porque ya desde muy joven tuvo “el alma entre vidrios esperando la muerte”. Se habrá llevado su columna para seguir observándonos desde ella. Yo espero oír alguna vez su gran vozarrón de amistad.

Universidad y sociedad (anónima)

Universia celebró el mes pasado su Novena Junta General de Accionistas. Un buen ejemplo de la importancia del capital social, como destacan ahora muchos politólogos.
Debemos hacer de España un país atractivo para trabajar, investigar, emprender e innovar”. “El futuro está lleno de oportunidades, y pasa por la educación, la ciencia y el conocimiento”. “Es imprescindible avanzar hacia la Europa de las universidades como paso para la construcción de una Europa del conocimiento”.
¿De quién cree usted que son las anteriores frases? ¿De un candidato electoral hace unas semanas? Frío, frío. ¿Del nuevo ministro de Educación? Tampoco.¿De un rector en campaña? No, no. Son de Emilio Botín. ¿Cree usted que Emilio Botín copia el tono y el estilo de los políticos y los rectores? ¿Y si fuera al revés?
Esas afirmaciones novedosas las hizo el Presidente del Banco de Santander en su dicurso como Presidente de Universia el pasado 5 de mayo. Sí, es que el Presidente del Santander preside también Universia, porque el Santander pone el dinero. En realidad, la reunión era la IX Junta General de Accionistas de Universia. Con todo, la independencia de los rectores y su libérrima capacidad de iniciativa están tan aseguradas como si el dinero fuera suyo. Menudos son. Lo que pasa es que, como también dijo el señor Botín, “la corresponsabilidad entre agentes sociales y el papel de la universidad es fundamental en la generación de cambios sociales, educativos y económicos que necesita nuestro país”. Estamos esperando esos cambios. Esperamos sentados, por si acaso.

26 junio, 2009

Clientela cautiva

Ya se conoce cómo será el Máster de Formación del Profesorado de Secundaria, pero ya se sabía lo principal: que será obligatorio y asegurará clientela a las universidades y a los profesores de Educación.
Ese máster, que sustituye al CAP (Certificado de Aptitud Pedagógica) deberá ser cursado obligatoriamente por todo aquel que quiera convertirse en profesor de secundaria. Así lo estableció el Real Decreto que Ordenación de las Enseñanzas Universitarias, publicado el 30 de octubre pasado.
El saber no ocupa lugar y con ese máster se pretende, por ejemplo, que los titulados en Matemáticas aprendan a enseñar Matemáticas en los institutos, los Químicos química y los filósofos Filosofía. Otra gran ventaja es que de esa manera las universidades se aseguran matrícula abundante al menos para ese título y los pedagogos deberán multiplicarse, dado su papel crecientemente imprescindible, pues su control sobre las enseñanzas se está haciendo absoluto.
La idea debería cundir, para que la matriculación universitaria aumente y para dar más ocupación al profesorado. Por ejemplo, para los que vayan a concursar a puestos de personal administrativo en las universidades podría ser imperativo un Máster de Formación del PAS Universitario, dictado por profesores de Derecho y de Económicas; para los profesores de universidad que aspiren a rector, vicerrector, decano o director de departamento podría imponerse sin vuelta de hoja un Máster de Formación del Personal de Gobierno de las Universidades, con asignaturas de Ciencia Política y de Contabilidad; para los cocineros y camareros de las cafeterías universitarias cabría fijar perentoriamente un Máster de Formación del Personal de Hostelería Académica, con mucha materia de Tecnología de los Alimentos y Enología, etc., etc. Hasta llegar a que hasta para ser conductor de autobús o cajero de supermercado se tenga que pagar la correspondiente tasa en las universidades. Sería un buen negocio y daría mucha vidilla a las decaídas aulas de nuestros campus.

23 junio, 2009

Oráculos

Cuenta la Historia que, allá en la Grecia antigua, acudían las gentes al Oráculo para que les diera consejo, y que las consignas que salían de la deidad eran siempre misteriosas e inesperadas. No se entendían apenas, pero nadie dudaba de que encerraban mucho saber y honda experiencia. Ahora pasa lo mismo aquí cuando los centros universitarios peregrinan a la ANECA para que informe sobre los nuevos títulos y planes. Nunca se sabe por dónde va a salir, pero lo que dice es siempre sorprendente y da mucho que pensar. A lo mejor ocurre como en aquel Oráculo de Delfos, donde el veredicto se recibía a través de una pitonisa que estaba todo el día en éxtasis y se creía el ombligo del mundo.
Nuestra agencia oracular para la evaluación y la calidad (ANECA) también deja patidifusos a sus consultantes. Así, a unos que fueron a preguntar sobre el Grado en Matemáticas que habían organizado les dijo esto: “Se recomienda especificar los grupos de estudiantes en función del tamaño del centro para las actividades formativas con presencia del profesor: clases teóricas y/o pizarra, clase en aula de informática y tutorías”. Ya están comprando varias pizarras para las clases teóricas. También les dijo esto otro: “Se recomienda especificar el perfil y la experiencia profesional del personal de apoyo”. En ese centro han comenzado a buscar personal administrativo con un perfil muy resultón. Y esto: “Se recomienda incorporar algún representante de los grupos de interés externos, por la importante función que pueden desempeñar estos agentes en el seguimiento de las titulaciones”. Dicho y hecho: andan a la caza de agentes para los seguimientos, pero no saben si sacarlos de la policía o del CNI.
A un departamento que trataba de montar un máster le contestaron que “Se recomienda establecer una correspondencia entre las competencias propuestas y las recogidas en documentos de redes o entidades nacionales e internacionales”. Así que han empezado a escribir a gente de muchos países para tener una correspondencia rica y variada. También les aconsejan “especificar en la propuesta de Máster si se contempla la posibilidad de acciones de movilidad específicas dentro del mismo”. Ya han comenzado a ensayar variados movimientos, como corresponde a tal ruego, pero no saben si eso les hará más competentes, pues también se les hace saber que “De la memoria no se deduce que las competencias tengan el carácter avanzado que se corresponde con un nivel de máster”. A propósito de competencias, a ver quién le puede hacer la competencia a estos sumos sacerdotes de la nueva religión pedagógica.
(Publicado por este infiltrado en Gaceta Universitaria)

Desenlace de un asunto penal

¿Se acuerdan de aquel interesante artículo sobre "Sexo, mentiras y fraudes de crédito", de nuestro amigo Jacobo Dopico? Habíamos leído la primera parte y nos habíamos quedado expectantes. Pues AQUÍ está el desenlace. Vean qué interesante y comprobemos si ganan los malos al final y si, en su caso, es por culpa de los de siempre.

22 junio, 2009

¿Derecho a elegir la educación de nuestros hijos?

No había reparado en la mentira de ese derecho tan cacareado. Simplemente me sonaba a cantinela de gente que pretende que los colegios de curas los paguemos entre todos. No lo critico, y esto lo digo sin ironía. Toca reclamar a tutiplén, y más en estos tiempos en los que el que no llora no mama y los buenos lloricas con votos detrás maman como mamones, precisamente. Aunque con ironía podría añadir que seguro que los padres de muchos de los que andan meneando de boquilla ese derecho, tan sacrosanto al parecer, ya se batieron como leones en tiempos de Franco para acabar con la religión obligatoria en las escuelas y contra aquella asignatura que había -a mí aún me tocó, por supuesto- y que se llamaba educación para la ciudadanía franquista. ¿O era Formación del Espíritu Nacional? No, creo que esto último debe de ser de cuando la España de las autonomías, nación de naciones y todo eso.
No había reparado mucho en esa polémica porque, torpe de mí, me olía a armario lleno de camisones de esparto conservados con alcanfor. Pero estaba equivocado. Ahora, cuando empiezo a mosquearme con la futura educación de la pequeña Elsa, lo estoy pensando de otra manera. Y llego a unas conclusiones que no me ponen muy contento que digamos. Porque, si no lo entiendo mal, mi derecho, como padre, a elegir la educación de mi hija consiste en dos o tres cosas de mucho fuste: decidir si quiero que estudie con curas y/o monjas o en escuela pública, decidir si le van a comer el coco con religión o con ética de preservativo, y ponerme terco o no con lo de la Educación para la Ciudadanía. Para ese viaje, la verdad, no hacían falta tantas alforjas.
Lo del asunto religioso tendré que debatirlo amablemente con mi católica esposa, procurando que no se someta a votación de la familia política, pues estoy en alarmante minoría. Lo de que el cuerpo es suyo y conviene preservarlo de malandrines sin condón ya se lo voy a explicar yo bien clarito, y, mientras haya una cama en mi casa, no le va a faltar, en su momento, donde usar libremente su cuerpo con cualquier mozalbete que no huela mal y no me deje el baño hecho unos zorros. Y lo de la Educación para la Ciudadanía me da igual y hasta me hace gracia en estos tiempos en que la ciudadanía suele ser bastante maleducada.
Pero resulta que sí me gustaría muchísimo ejercer mi derecho a escoger la educación de mi hija, pero un derecho de verdad, no esa coña marinera que nos venden en estos tiempos de pensamiento único de doble capa. Y ahí es donde, si me pongo a analizar las posibilidades con calma, compruebo que no, y más por vivir en León, con alternativas que son habas contadas. Porque miren lo que me gustaría elegir, miren qué modelo educativo -otra expresión de la pijolandia bífida- querría un servidor para su guaja.
En primer lugar, un centro en el que a ella y sus compañerillos se les dejase claro desde el primer día que no son los puñeteros reyes del mambo, sino que se impusiera una sana y bien racional disciplina. No una disciplina como la de antes, a base de regletazos en las uñas, horas de rodillas y variadas humillaciones, pero disciplina.
En segundo lugar, disciplina de la que antaño se aplicaba, sí, pero ahora para los padres. Busco un colegio donde al primer papá o mamá que llegue gritando que a su hijo no le llama la atención nadie en el mundo porque es hijo suyo y porque va para futbolista millonario, puti de Tele5 o macarra con protegidas de lujo, que a ese papá o a esa mamá un jefe de estudios bien fornido o un guarda de seguridad experto en artes marciales aplicadas a las ratas lo pongan de patitas en la calle con un par de pescozones y unas orejas de burro.
En tercer lugar, pretendo un colegio en el que a mi hija y a todos sus compañeros los suspendan como está mandado si no dan pie con bola y no los dejen pasar de curso ni pasárselo bomba si no se aplican como campeones y como personas que respetan el trabajo y a los que trabajan.
En cuarto lugar, quiero un centro de enseñanza en el que se prohíban los atuendos pijos en horas de clase y los móviles de última generación, y en el que se eche al retrete el móvil de aquel que lo encienda en horas de clase, tirando luego de la cadena, por supuesto.
En quinto lugar, me gustaría muchísimo dar con una escuela en la que los profesores más chorras no se empeñen en disfrazar a ningún crío con atuendos gilipollescos el día de la fiesta; o sea, nada de vestir a mi hija ni a nadie de margarita, de abeja, de hada frígida o de angelote equívoco. Esas monstruosidades que se practiquen en los hogares llenos de padres sin entrañas, pero no donde mi hija haya de desarrollar una psicología sana y equilibrada. Todo lo más, admito que, cuando toque la celebración, se vistan de esas cosas los maestros y sean ellos los que den saltitos y canten que el Señor hizo en ellos maravillas.
Podría seguir, pero para qué. Ahí me paro, pues ya me he puesto bastante utópico y me va aumentando el cabreo. Porque sé que de todas esas calamidades no va a haber manera de librar a la niña y que, por consiguiente, el modelo educativo que yo desearía ni lo permite la ley ni lo desea esa variada tropa de zánganos que abusan de los menores, comenzando por mis amigos los pedagogos a la violeta y siguiendo por los politicastros con mando en educación que envían su prole a colegios que yo no podré pagar y que seguramente tampoco querría pagar, pues se me olvidaba la exigencia principal: ¡pijos fuera!
¿Cuándo podremos los padres disfrutar de un derecho a la educación de nuestros hijos que no sea escarnio, beatería y regocijo de desaprensivos? Si alguno de ustedes se entera un día de que se convoca una manifestación para reclamarlo, avísenme, por favor, que quiero ir. O simplemente una reunión para firmar un manifiesto en pro de un verdadero pluralismo educativo.

Mixtificación de la democracia española. Por Francisco Sosa Wagner

(Publicado hoy en El Mundo)
EMPIEZAN a aparecer ensayos firmados por autores prestigiosos que meditan sobre nuestra democracia, algunos teóricos (Félix Ovejero, Víctor Pérez Díaz), otros más directamente relacionados con la circunstancia española (el más demoledor, el de Alejandro Nieto). Es hora sin embargo de que se amontonen en los escaparates de las librerías, al igual que sucede en otros países, y ello sería una muestra de salud de nuestro pensamiento político.
Porque nuestra democracia está enferma, nuestra democracia lleva en su cuerpo joven, de 30 años, marcas inquietantes de dolencias profundas, signos inequívocos de un deterioro que, si nos descuidamos, la convertirán en poco tiempo en un cadáver bien conservado. Grave asunto el que denuncio porque el sistema democrático carece de alternativa: quienes en el pasado siglo se empeñaron en crearlas arribaron pronto a las aguas contaminadas del comunismo y del fascismo, ideologías que cautivaron a los pueblos gracias a una intelectualidad que defendió esas soluciones inhumanas. Pocos de los intelectuales del siglo XX escaparon a tales cantos de sirena: un libro de Ralf Dahrendorf (La libertad a prueba, editorial Trotta) acaba de dar cuenta de los nombres ilustres que permanecieron fieles a la ortodoxia democrática: Isaiah Berlin, Raymond Aron, Karl Popper... A ellos nuestro recuerdo, perdido en nostalgias, como sacerdotes lúcidos que fueron de un templo que tantos se empeñaron en destruir.
Entre nosotros, es llegada la hora de señalar que la abultada cifra de la abstención en las recientes elecciones europeas debe hacer sonar el silbato de la alarma entre las fuerzas políticas. Habrá quien se consuele argumentando que en otros países ha ocurrido algo parecido pero creo que cada uno vive su particular circunstancia y, en todo caso, es deber nuestro pensar sobre la realidad cuyas tripas mejor conocemos. Seguir ignorando a esos millones de ciudadanos que el domingo 7 de junio decidieron no acudir a las urnas e insistir en análisis urdidos exclusivamente sobre los resultados de tal o cual formación política, me parece ya un signo de abierta temeridad.
Quien imputa esa desgana electoral al carácter abstruso de las polémicas europeas, es preciso contestar que es una función del político explicarlas de forma que sean entendibles por cualquier ciudadano en condiciones de votar. Porque los políticos tienen -tenemos- el privilegio de contar con altavoces de los que los ciudadanos no disponen y esos altavoces han de ser utilizados rectamente para hacer pedagogía, para enseñar las cuestiones que se abordan en Europa, la forma en que se toman las decisiones, que es larga y enrevesada, pero a las que no les falta su lógica. Y aclarar que el Parlamento o la Comisión de Bruselas se ocupan de asuntos de nuestra vida cotidiana y que nada de cuanto en esos círculos acontece nos es ajeno. Unas veces nos beneficiarán las normas europeas, otras nos sentiremos perjudicados, pero siempre estaremos concernidos por ellas porque ya se ha difuminado la línea que separaba las cuestiones nacionales de las europeas, imbricadas como están todas ellas de forma fatal e inevitable.
Nada de esto han hecho las fuerzas políticas mayoritarias españolas. Todos tendremos nuestras culpas -unos más que otros- pero, si me refiero a esos partidos y me atrevo a interpelarles con la pluma, es porque son los que cargan con una mayor responsabilidad al ser quienes disponen de mayores medios para hacerse oír entre la ciudadanía. Nada menos que en dos ocasiones han podido debatir ante las cámaras de televisión durante un apreciable espacio de tiempo y lo han (des)aprovechado para lanzarse mutuas descalificaciones e inyectar en el discurso una sarta de ingeniosidades de bisutería. Cuando no a sacar a pasear fantasmas renqueantes como los GAL o el Prestige, o personajes como Franco que yace felizmente mudo en desmayo de historia. Por cierto, en este último caso, haciendo una vez más verdad lo que en una ocasión me decía un inteligente periodista alemán respecto de su país: «fíjese usted que, cuanto más nos distanciamos de Hitler en el tiempo, más crece la oposición a su régimen político».
A los ciudadanos -lo hemos podido comprobar quienes hemos andado por las plazas hablando con españoles de carne y hueso- les interesan problemas como el de la leche o el carbón, la pesca, Bolonia, los alimentos transgénicos, la transparencia de los bancos... ¿Alguien ha oído hablar de ellos en esos debates televisivos, hablar -quiero decir- con argumentos tersamente explicados, aclarados por lo menudo a ese ciudadano normal que está ávido de una información responsable y de oír una clara postura a quienes solicitan su voto?
Nada de esto ha ocurrido y ésta es una de las causas que han alejado al votante de su compromiso. La tergiversación más rudimentaria se ha impuesto en el escenario político de las últimas semanas empleándose, por cierto, métodos que en la publicidad comercial están rigurosamente prohibidos porque en ella no se permite descalificar el producto de la competencia. Es más: en los últimos días de la campaña, ésta se convirtió, no en una confrontación entre programas políticos a desarrollar en el marco de las instituciones europeas, sino en un plebiscito, es decir un combate cuerpo a cuerpo entre dos políticos, A y B, ninguno de los cuales -¡encima!- se presentaba a las elecciones.¿Se puede concebir mayor despropósito?
Es de mala crianza -y lo que es más grave: devastador para el sistema político- demostrar tan poco respeto por los ciudadanos. Esa función pedagógica del político a la que antes me refería obliga a distinguir entre una elección al Parlamento nacional de la que se celebra para formar el Pleno de un Ayuntamiento o la Asamblea de una Comunidad autónoma. No es lícito mezclar los asuntos porque hacerlo es instalar la chapuza en el discurso y sembrar el desconcierto entre los oyentes. De la misma forma que mezclar los temas es ardid del mal estudiante que espera así que cuele o pase desapercibida su ignorancia.
ESTÁBAMOS en estas últimas semanas ocupados en el empeño de mandar a unos representantes al Parlamento europeo y ese era el guión al que resultaba obligado atenerse. Emitir señales de confusión interesada es contribuir a socavar la seriedad del sistema que a todos nos acoge y que entre todos debemos mimar.
Hacerlo además utilizando de manera abusiva los medios públicos de (des)información -los que pagamos todos los españoles (RTVE)- es descaro que debería ruborizar a quienes lo han practicado porque les degrada. Que tales medios están a disposición del gobernante de turno es triste realidad con la que ya parece obligado convivir, el asunto viene de lejos y de nada han servido las comisiones de sabios que se han formado para erradicar un mal que tiene raíces bien adheridas al suelo de la impudicia. Pero los extremos a que se ha llegado en la campaña europea desbordan cualquier previsión por osada que ésta hubiera podido ser.
Quienes, desde esos medios públicos, se atrincheran tras los acuerdos de la Junta electoral para tratar de blanquear sus trapacerías sectarias olvidan que la tal Junta acaso no sea un modelo de administración electoral, pero desde luego nunca ha emitido norma alguna que ampare el hecho de que todos los telediarios se engolfen, demoren y concentren en las imágenes de los mítines de los partidos mayoritarios como si no hubiera otra realidad electoral ni casi otra realidad a secas, absorbido todo el material informativo por los aspavientos de unos actores omnipresentes y -todo hay que decirlo- un poco cargantes por lo que tienen de sombras despiadadamente reiterativas.
La seriedad del derecho a la información del artículo 20 de la Constitución y la consistencia de nuestro sistema democrático están en juego. Me temo que sean bagatelas para más de uno.

19 junio, 2009

Juan José Millás y David Torres lo explican bien

En la prensa de hoy, dos estupendos artículos sobre cómo se lo montan el PP y el PSOE. Con los matices de rigor en cada autor, por supuesto, pero los dos atinan en el clavo. Así que copio ambos.
¡Joder! Por Juan José Millás
Los partidos políticos reaccionan frente a sus corruptos como la Iglesia frente sus pederastas, quizá porque la Iglesia tiene algo de partido político, pero sobre todo porque los partidos políticos se parecen cada vez más a la Iglesia. No es fácil interpretar ese instinto perverso por el que el Vaticano protege a sus delincuentes y las formaciones políticas a sus malhechores, pues la realidad demuestra que esa actitud, a medio y largo plazo, provoca calamidades. Por si fuera poco, la factura la pagamos a escote. Cuando el PSOE de González cayó en las urnas, fueron sus votantes los más perjudicados. Los chorizos y los secuestradores y los asesinos a los que el PSOE protegió hasta extremos delirantes ni siquiera están ya en la cárcel. En cambio, a Aznar, que fue el beneficiario de la operación, tuvimos que soportarlo durante ocho años los ciudadanos de a pie de España (y los de Irak, muchos de los cuales están muertos).
Lo que los políticos llaman, de forma aséptica, "desafección de la ciudadanía", comienza a ser un estado de cabreo latente derivado de los privilegios que acumulan nuestros representantes. Usted no puede subvencionar a una empresa en la que trabaja su hija, sea o no legal. O hay subvención o hay hija. Usted no puede utilizar a un empleado público para limpiar su piscina. Usted no puede ser senador ni tesorero y acarrear maletines con billetes de 500 euros, aunque sean de curso legal, incluso aunque no tengan restos de cocaína, que lo dudamos. Si usted se quiere dedicar a la política, tiene que ser un estrecho, o sea, que ni trajes de Milano ni cestas de navidad ni ostias. Pero sobre todo, usted ha de permanecer atento a la pantalla, no para proteger al corrupto, sino para extirparlo. Un partido político no puede comportarse como una religión ni como una secta, joder, a ver si distinguimos.
"Gangs of New Spain". Por David Torres.
Pocas veces estará más justificado el título que ampara este basamento (sería exagerado y antiestético llamarlo columna) que en la presente ocasión, mientras el PP y el PSOE se lanzan a la cara sus muchos trapos sucios al tiempo que el país se hunde. A diestra y siniestra llueven las denuncias, las sospechas, los compadreos y mamonadas de las dos grandes bandas de gangsters infiltradas en los bajos fondos de la política española. ¿O quizá habría que escribir altos hornos?
En cualquier caso, al votante de a pie le atufa la impresión de que Bárcenas, Camps, Chaves y Saiz son tan sólo la punta del iceberg, los últimos descubrimientos de una forma de hacer política más propia de esas dictaduras del Caribe donde, como dijo Alvite con prosa maestra, la Constitución consiste en la receta de la piña colada. Prietas las filas, en Génova han aguantado a pie firme y con la nariz tapada por pinzas el inmundo chaparrón de bazofia que ha brotado de sus cañerías en forma de regalos textiles y tesoreros con vocación de contables mafiosos. Con toda la fontanería reventada, los trajes salpicados y el suelo pringado de heces, Rajoy ha decidido que aquí no ha pasado nada y que lo mejor es enchufar en dirección a Ferraz el ventilador de la mierda.
La antiquísima estrategia del «y tú más», duramente aprendida en el patio del colegio, ha dado sus frutos en el huerto andaluz de Chaves y en la pescadería neofranquista del CNI. Después de dos décadas de ejercer de señorito, Chaves -que comparte con su quasi homónimo venezolano algo más que las cuatro primeras letras del apellido- no está acostumbrado a que le desmonten el chiringuito rociero apenas cruza la línea de Despeñaperros. Y ha bastado una solo foto retocada para que Alberto Saiz, émulo de Hemingway gracias al dinero público, demuestre que la Inteligencia (con mayúsculas) española es un oxímoron.
Rajoy sigue al pie de la letra aquel consejo de El Padrino («ten cerca a tus amigos, pero más cerca a tus enemigos») y prefiere vivir en una casa minada, plagada de cadáveres en pie y de forofos del juzgado de guardia. A la gran familia unida del PP se enfrenta ahora la silibina camorra del PSOE, sintetizada en un nepotismo secular que regala contratos y cargos a dedo, a puro golpe de lazo consanguíneo. Al votante de a pie no le queda más que resignarse y esperar que algún día España desemboque en una empresa privada, un negociete familiar o mejor, un equipo de fútbol. Si nos ficha Florentino, lo mismo cualquier banco nos presta un crédito.

Política energética

Están de enhorabuena los apicultores. Apicultor, cuidado, no es el que cultiva apio, como diría un pedagogo pichurrín con mando en el Ministerio y en varias agencias de modelos universitarios, sino el que cría abejas para aprovechar la miel y la cera. Digo que están de enhorabuena porque Zapatero acaba de declarar que España se quiere convertir en el primer productor mundial de velas de cera. “No necesitamos nucleares para autoabastecernos de energía lubrífica”, ha declarado al salir, acompañado de Bibiana Aido, de una exposición sobre “Reinas, reinonas y zánganos”, organizada por la Federación Andaluza de Criadores de Abeja Árabe. Cuando dijo “lubrífica” quería decir lumínica, pero es que todavía tenía algún pelo en la boca y se embarulló un poquito.
Después, en rueda de prensa conjunta, el Ministro Sebastián, don Miguel, explicó con más detalle el plan del Gobierno. Se van a subvencionar las colmenas con diez euros por abeja –diez euros y veinte céntimos en Cataluña y nueve con noventa en Andalucía, pero aquí con unos bonos descuento para llevar a la tintorería las camisas de faena-, a fin de conseguir en unos dos años una producción de cera que permita asegurar que cada hogar disponga a buen precio de al menos dos velas normales, un velón y un cirio para apuros de todo tipo. Según Rodríguez Zapatero, “la energía cereal es más limpia y más barata que la nuclear o la del carbón”. Esas declaraciones causaron un alza inmediata de los precios del trigo y la avena, pero el Director de la Academia de la Lengua, Don Víctor Gracia de la Cancha (que también estaba en esa reunión, como está en todas donde hay poder y canapés o posible necesidad de hacer de confesor de alguna reina o cortesana, ya que fue cura antes que monaguillo) hizo un escrito muy hermoso en el que primero aclaró que don José Luis se refería a la cera con el adjetivo “cereal”, y luego alabó la infinita riqueza y capacidad de innovación de nuestra lengua y comparó a Zapatero con el Conde Lucanor y con Espronceda. Todo desinteresadamente.
La Ministra de Economía, doña Elena Salgado, en declaraciones telefónicas desde su vivero, ha prometido que se estudiará una rebaja del IVA para las velas, así como una desgravación por cada abeja hembra que el apicultor protega “de la acechanza de los rapaces”. Varias asociaciones de padres de escuelas concertadas hicieron oír sus protestas y aseguraron que no sólo sus chicos no molestaban jamás a las abejas, sino que, muy al contrario, son ellas las que todo el día los pican y les impiden seguir con el deseado aprovechamiento las clases de manualidades y toqueteos. Tuvo un secretario de Estado y de la Ministra que salir al paso para cortar el equívoco y hacer ver que doña Elena se refería a las aves rapaces, tales como águilas, halcones, estorninos y picos carpinteros. Nuevo problema, pues la Asociación Ecologista Balear para la Defensa del Pico Carpintero Autóctono, AEBADEPICA, emitió un comunicado en el que, con lenguaje muy firme, se asegura que el pico carpintero balear ni es tan voraz como dice el Secretario de Estado ni pica a nadie y que, además, puesto que está en peligro de extinción, puede comerse todas las abejas que le dé la gana sin encomendarse ni a Dios ni al diablo. De inmediato varias agrupaciones de apicultores mallorquines han formado partidas armadas para abatir sin más trámites el mayor número posible de picos carpinteros y Zapatero les ha prometido su apoyo, al igual que a los ecologistas.
Pero, volviendo a la esencia de la noticia, los diarios de medio mundo se hacen eco de la innovadora política energética del Presidente español. El Washington Post llega a sugerir que Obama debería imitarla y que casi seguro que algo la imitará, una vez que acabe de leer unos manuales de la ESO que le ha enviado la Junta de Andalucía y donde vienen unos esquemas muy bonitos sobre la España árabe y la otra, y sobre distintas herramientas para practicar la tolerancia, como cepos, material de estiramiento y palancas de retorsión.
Los sindicatos oficiales, UGT y CCOO, se muestran satisfechos, pues, como ha declarado Cándido Conde, perdón, Cándido Méndez, también pumpido, habrá muchas más abejas con el puesto de trabajo asegurado y a todos los españoles se les garantiza un cirio de aquella manera para que no se queden a dos velas.
Rajoy iba a oponerse a la medida, pero, por sugerencia de la Conferencia Episcopal y de Federico Trillo, guardará silencio. Hay todo un sector del PP sumamente interesado en que baje el precio de los cirios de misa y, además, se confía en que, si los hogares españoles se alumbran con velas, se follará menos y por vía más legal. Además, como ha dicho, el Nuncio de El Vaticano, cuanto mayor la oscuridad, menor el pecado. Así que al fin tenemos un poco de consenso para salir de la mano de esta crisis económica. De la mano y, en la otra mano, una vela.

18 junio, 2009

Eclecticismo, mestizaje y diarrea

Putos periódicos. Estaba comiéndome una naranja y casi me ahogo con un gajo. Quien me manda leer el periódico mientras como, en lugar de ventilármelo en el excusado, como mandan los cánones y la ley civil.
Estaba echando una ojeada a El Mundo de León, ya que hoy sale aquel articulillo mío sobre el descubrimiento asombroso de que estos leoneses son celtas a tope, y no moros ceñudos, como parecen muchos. Y ¡zas! un sobresalto y otro descubrimiento.
El sobresalto es porque no sabía que los bercianos son multiculturales y mestizos que te mueres. Me entero al leer que en Ponferrada se va a celebrar una Noche Templaria muy especial. Yo creía que era por lo de la Orden del Temple, pero, por lo que veo, debe de ser para enseñar que hay que beber con temple. Pues cuenta el diario que "La fiesta incorpora este año la I Feria Templaria de la cerveza". Entre lo que me gustan las ferias templarias, aunque nunca he visto ninguna ni sabía que existían, y lo que me pirro por la cerveza, no me lo puedo perder, hija. El eclecticismo es total y muy moderno, así como la ideología de Zapatero, pues miren cómo lo presentan: esa feria templaria de la cerveza será "un punto de encuentro con las mejores cervezas internacionales (bajo el formato de la feria del vino)" y se celebrará "en el aparcamiento del albergue del peregrino". Ay, que me troncho, es verdad que parece que lo organiza una ministra de este Gobierno. Pero no se queda ahí la sorpresa, pues "habrá degustaciones de chupitos, pinchos y las primeras Jornadas Templarias de Cocina". ¡Toma ya! ¿Los pinchos los pondrán con lanza o con flecha de ballesta?
Y luego el gran descubrimiento: ¡el idioma leonés sí existe! Es más, ¡ya hay unos cuantos que han empezado a aprenderlo para llegar a hablarlo! En cuanto sean trescientos o más pedirán autodeterminación e ingreso en la OTAN. ¿Que cómo me he enterado de que ya están fabricando esta neolengua cazurra? Corcho, pues por unas declaraciones del concejal de Cultura, ese tal Abel Pardo que sabe gramática parda y que en cuanto acabe de pergeñar el idioma seguro que se agencia un errehache autóctono. Pues dice el señor Pardo que ya se va a celebrar el IV Día de la Lengua Leonesa (supongo que crearla del todo costará siete días, como es de rigor para que quede divina) y que ya hay ciento cincuenta personas aprendiendo el leonés, imagino que de uno que ya lo sabe, con lo cual los hablantes serán ciento cincuenta y uno. Lean las sabias palabras del concejal aborigen: "Cuando llegué, había 20 personas aprendiendo leonés, y ahora hay unos 150, entre ellos 60 niños".
Y digo yo: ¿qué hace el Fiscal de Menores, que no se ocupa de esos niños? A ver, Avelino, a ver, qué pasa con esos pobres niños.

Acabemos con el Estado del bienestar

El título es deliberadamente provocativo, pero vamos tratar de no alborotarnos de entrada. Este Estado que tenemos en España y en los países europeos afines es una versión o secuela de ese modelo llamado Estado del bienestar, aceptemos eso sin más vueltas. Y a continuación veamos un rato cómo es ese bienestar.
Para empezar, es un bienestar muy mal repartido, pésimamente repartido. Hay personas capaces que malviven y las pasan canutas día a día. Pero, ojo, un servidor no es nada partidario del reparto por el reparto, así que maticemos. En primer lugar, por imperativo constitucional, moral y de todo tipo, el engendro llamado Estado debería asegurar a todos la mínima satisfacción de las necesidades más básicas, lo cual, puesto en plata, significa que nadie ha de morirse de hambre o de enfermedad por falta de asistencia médica, ni sufrir en la más dura miseria. En segundo lugar, se debe asegurar muy escrupulosamente la igualdad de oportunidades, lo cual quiere decir que nazca uno en la cuna que nazca, ha de disponer de la posibilidad real de acceder a cualquier lugar o puesto de esta sociedad que no reparte por igual beneficios y ventajas. No tiene por qué cobrar lo mismo un ministro, un arquitecto municipal o un albañil sin especial cualificación, de acuerdo, pero el puesto en el que cada uno acabe ha de ser el resultado de sus capacidades y su esfuerzo, no de la predestinación social. En tercer lugar, y en íntima relación con el punto anterior, la vida social tiene que estar movida y determinada por la competición entre los ciudadanos, una competición regulada de forma que se asegure el juego limpio, sin trampa ni cartón, pero competición al fin y al cabo.
En la combinación de las tres exigencias anteriores está la clave y la dificultad, y con las diferentes posturas al respecto podemos fácilmente dibujar las opciones filosófico-políticas que en la teoría y en la práctica se enfrentan en nuestros días. Las doctrinas del ultraliberalismo económico tienden a cuestionar los tres principios que acabamos enunciar, pues, siendo partidarios de una sociedad que se configura a base de competir en el mercado, mantienen al tiempo el lema de que al que Dios se la dé, San Pedro se la bendiga. Los resultados de la interacción en el mercado son sagrados y han de respetarse hasta sus últimas y más terribles consecuencias, pues se piensa que en cuanto el Estado interfiere lo más mínimo en los productos del reparto espontáneo mediante la oferta y la demanda en el mercado, se produce un empobrecimiento que acaba siendo dañino para todos. Las corrientes que vienen de las versiones antiguas del comunismo y el socialismo sostienen, por contra, que el protagonismo del Estado debe ser pleno, con el fin de que predomine la distribución igualitaria de bienes y riquezas sobre cualquier otro principio, tanto sobre la “mano invisible” del mercado, como sobre cualquier aplicación estricta de pautas como las de mérito, capacidad o trabajo. Entre ambos extremos, las posturas que van de un liberalismo no economicista a la socialdemocracia tratan de buscar un equilibrio y admiten, por un lado, que el reparto de bienes y riquezas sea desigual, pero, a la vez, pretenden que no sea la pura suerte la que asigne una u otra condición social a los individuos, sino que se cumplan los dos requisitos antes citados: igualdad de oportunidades y recompensa del mérito y el esfuerzo. Redistribución de la riqueza sí, pero no porque sí, sino con dos matices. Uno, redistribución como imperativo para la igualdad de oportunidades y para que ningún ser humano tenga predeterminado su destino por sus circunstancias de cuna y sociales. Dos, competencia estricta a la hora de cubrir los distintos lugares en la escala social, competencia que, además, operará como acicate para el progreso social y el desarrollo económico, científico y de todo tipo.
En mi opinión, ahí radica el relativo fracaso de los partidos socialistas europeos, en que, si bien han sabido y saben poner las bases para que cada ciudadano no tenga en su nacimiento una condena inapelable a la pobreza y el padecimiento, no han sido capaces de romper, por otro lado, las cadenas del privilegio. Pongámoslo en términos más prácticos: los partidos de corte socialdemócrata, como el PSOE, son relativamente eficaces -o más eficaces que los partidos conservadores- para lograr que todo el mundo acceda a la sanidad pública o la educación básica, pero se muestran impotentes a la hora de procurar que los hijos de los ricos compitan en igualdad con los hijos de los pobres. En otras palabras, un partido socialista que merezca el nombre debe orientar su política a que el hijo del obrero o del inmigrante tengan las mismas probabilidades de acabar presidiendo el consejo de administración de un banco o de una gran empresa que los hijos del gran banquero, del constructor forrado o del catedrático de universidad -salvando todas las distancias que haya que salvar entre esos casos-. Y a esa meta no se llega porque desde el mismo momento en que el político socialista, sea cual sea su extracción social, alcanza puestos de relevancia, se dedica a que él, su familia y su círculo gocen de las ventajas de las clases privilegiadas, se incorpora con pasión al grupo de los que juegan con las cartas marcadas y vuelca su mayor esfuerzo en la administración de esa ventaja.
Pero yo quería aquí hablar de otra cosa, levemente relacionada con todo eso. En los ambientes burgueses -usemos la vieja expresión- en los que uno hoy se mueve, predominan personas situadas en las tres circunstancias siguientes. Primera, un nivel de vida de cierta calidad y unos ingresos bastante asegurados frente a las contingencias de las crisis económicas o los vaivenes del mercado. Segunda, consecuencia de la anterior, una creciente falta de motivación para hacer mejor el trabajo y aumentar el rendimiento profesional . Tercera, la presencia creciente de depresiones, angustias inconcretas y todo tipo de desarreglos psicológicos. Lo primero es señal de que se ha accedido a una posición social fuertemente inmunizada, firmemente resguardada y propia de los grupos dominantes en una sociedad estamental o, incluso, de castas. Lo segundo implica, en términos de eficiencia global y de progreso del conjunto, una rémora muy dañina. Lo tercero probablemente es manifestación, en la psicología individual, de la contradicción entre la ética teóricamente asumida y la realidad de la vida que se vive. Empecemos por esto último.
Cada vez le encuentro más sentido a aquella frase que tantas veces repetía mi madre: debería venir una guerra. La decía cuando veía a alguien holgazanear o quejarse por minucias. Ahora yo me la repito muy a menudo cuando veo lamentarse sin pausa a tantos colegas que ganan sus tres mil o cuatro mil euros mensuales a cambio de un trabajo por el que se exige poco. De ésos los hay de dos tipos. Unos son los puramente sinvergüenzas que inventan quiméricas injusticias como excusa para seguir sin dar golpe. Esos en realidad no sufren ni se inquietan, lo suyo es fachada, maniobra de despiste. Pero hay otros, entre los que a lo mejor me puedo incluir, que se desequilibran porque en el fondo saben que no hacen todo lo que según sus convicciones deberían hacer, porque se han acomodado, porque los puede la pereza, pero no logran acallar la conciencia.
¿Qué necesitaríamos los de este último grupo? Competencia, competición, acicate para superarse, razones para encontrar sentido al trabajo y el sacrificio. Me voy a poner yo mismo como ejemplo, aunque no estoy del todo seguro de encajar al cien por cien en esta categoría. ¿Es justo que mi rendimiento profesional dependa enteramente de mi ánimo, de mi ética profesional o de que sea capaz de retarme a mí mismo para hacer más cosas y hacerlas bien, puesto que prácticamente voy a cobrar lo mismo si me esmero o si no doy golpe? No, es profundamente injusto. Si no me basto como ejemplo, me bastará mirar alrededor. Veré unos pocos jóvenes con tremenda vocación universitaria e investigadora que no tienen donde caerse muertos o que se condenan a producir durante años y años a cambio de mil o dos mil euros, con la esperanza de logar una mínima estabilidad y salir del lumpen a los cuarenta y tantos años. Y, al tiempo, veré funcionarios de treinta y tantos o de cincuenta que no dan palo al agua, que navegan placenteramente en el cinismo. Y algunas noches, cuando uno está agotado y le puede la angustia porque no acabó aún aquel artículo que ha de entregar o no leyó todo lo que debía sobre un tema que ha de importarle por razón de oficio, se pregunta quién carajo le impide vivir como Fulano o Mengano y dedicarse como él a pasar de todo y marcar paquete ante los pequeños o los más pobres.
Uno, a su manera, es un currante -maldita conciencia escrupulosa, dichosa vocación-, pero muchas veces me pregunto cuánto habría hecho y cuánto de bueno si tuviera un acicate externo, si no estuvieran mis garbanzos garantizados en cualquier caso, si en verdad al sistema universitario y al país le importara algo lo que uno produce y lo premiaran o lo castigaran según hubieran sido los resultados. Créanme, yo sería más feliz, y en el fondo estoy convencido de que gran parte de los que se deprimen, gesticulan y se hartan en medio de la abundancia también se curarían de sus males psíquicos y andarían más dichosos. Y la sociedad se beneficiaría grandemente, si es que a la sociedad aún existe y le importa algo más que comer pizza delante de la tele que transmite un partido de fútbol.
Así llegamos a la justificación del título de este largo post. Si se quiere cambiar el modelo productivo, económico y social -Zapatero dice que quiere hacerlo, pero qué carajo va a saber la acémila de Zapatero-, a muchos hay que decirnos una cosita: mira, querido amigo, de hambre no te vas a morir, eso no, pero si quieres seguir dándote buena vida y cobrando unos hermosos dinerillos, hay que trabajar. Pues, ¿sabes?, lo que tú no desees hacer otros lo harán con gusto, y si resulta que tú eres un torpe que estás en ese puesto de funcionariete porque cogiste una buena ola, otros más hábiles y mejor dispuestos te sustituirán si no te superas.
Estado del bienestar sí, buenos sueldos en determinados puestos sí, pero el bienestar para el que se lo gana currando día a día y la remuneración generosa para el que la merece. Nada de apalancamientos en el privilegio, nada de posiciones ganadas para siempre, y nada -eso menos aún- de entender que tu status es poco menos que hereditario y puedes transmitirlo a tus descendientes aunque sean unos perfectos zoquetes o unos zánganos de marca.
Créanme, yo me iría de cabeza con un partido que diera caña de la buena por ese lado, pero sé que no hay una puñetera esperanza. Así que voy a ponerme a trabajar un rato en mis cosas, para olvidar y no cabrearme, como el que se chuta o se emborracha.
Tenías razón, madre, debería llegar una guerra, o el hambre, pero bien repartidos los tiros a los mangantes y los panes a los que se lo curren como es debido.

17 junio, 2009

Criaturas del campus

La infancia nos determina, para bien o para mal. Aunque, bien mirado, yo no sé cuáles de las ideas que en la infancia me hice y me marcaron eran simplemente prejuicios mamados, tomados de mi medio, o en qué medida había algo de cierto entonces y lo que pasa es que el mundo cambió después. Lo digo porque el ambiente humilde en que me crié era extraordinariamente homogéneo. Había entre aquellos queridos labriegos personas más inteligentes para sus cosas y menos, cómo no, pero la experiencias eran muy comunes y los estándares de comportamiento y de pensamiento sumamente parejos. Y el niño o adolescente de entonces, ingenuo en grado sumo, pensaba que aquella era buena gente, pero que había mucho que estudiar, vivir y experimentar para pasar a otros estratos sociales, en los que se suponía que las personas sabían mucho más, se manejaba con superiores artes y hacía gala de una mucho mayor amplitud de miras. Mentira cochina. Al menos a día de hoy, existen campesinos -o taxistas o albañiles o electricistas...- mejor informados, con opinión más autónoma y mayores luces que muchos profesores universitarios.
El conocimiento, la inquietud intelectual, la altura moral, el buen gusto son cosas que se han hecho transversales a los grupos sociales. A lo mejor hasta es bueno que así sea, no digo que no. Pero, si me permiten el pequeño desahogo, he de manifestar mi continua y creciente perplejidad. Concreto más: si tuviera que sintetizar la razón de mi profundo desencanto con el medio universitario, pondría ahí la clave, en la síntesis penosa de mezquindad moral y pobreza intelectual que se respira de puertas adentro en la universidad. Naturalmente, en todas partes hay de todo y toda generalización es sólo eso, un apresurado promedio. Pero uno mira alrededor y, como promedio o tendencia suficientemente preocupante, encuentra una descorazonadora pobreza, pobreza de espíritu, pobreza moral, pobreza intelectual.
Mi padre, campesino sin estudios ni más maestro que la vida, leía el periódico con ansiedad y fruición y apresuraba las faenas para no perderse el telediario. Hoy, una gran parte de los profesores universitarios que conozco son absolutamente impermeables y ajenos a lo que pasa en el mundo y que no afecte a su nómina o sus más elementales y prosaicos intereses. Mi padre, antifranquista convencido y perseverante, echaba pestes de aquel régimen infame y conspiraba contra él en la medida de sus muy limitadas posibilidades. Una gran parte de los profesores universitarios que conozco son rotundamente indiferentes a los manejos de cualquier poder o a cualquier injusticia, aunque en nombre de la justicia y los principios que vengan al caso claman como posesos contra cualquier medida que les rebaje sus expectativas de ganar cien euros más al año o de trabajar cuatro horas menos. Y no regatean su bovino apoyo a cualquier gobernante que les asegure una elemental ventaja. Mi padre presumía, el pobre, de cuánto había viajado y cuántos lugares había pateado, aunque todos sus viajes los había hecho fusil en mano durante la guerra civil o en el servicio militar que tuvo que prestar después en Burgos. Hoy, muchos de los jóvenes profesores que conozco (no todos, insisto) aspiran a no moverse de su parroquia y observan con una mezcla de estupor y desprecio las enormes posibilidades que la vida universitaria ofrece para ir de un lado a otro y relacionarse con otros medios y otras culturas.
Lejos de mí, palabra, cualquier tentación de convertirme en ejemplo de nada ni para nadie, ni el deseo de ser lapidado por soberbio, pero no puedo evitar algunos recuerdos y no sé cómo tomármelos. Antes de los treinta años había aprendido unos pocos idiomas, había vivido dos años en Alemania, había recorrido media Europa con la mochila al hombro, había dormido en trenes, estaciones y garitos inmundos, había tenido un hijo, me había partido el alma leyendo, me había jugado el futuro para abrirme horizontes, no me perdía congreso de mi disciplina, no rechazaba jamás dar unas clases adicionales y me entusiasmaba con cada nueva iniciativa de mi Facultad, aunque me supusiera más trabajo y me quitara más tiempo para estar en casa o ir al supermercado. Y, de propina, algunas juergas mayúsculas. Creía, pobre de mí, que todo ello era parte del oficio y servidumbre de una vocación. Hoy las cosas ya no son así, por lo general.
Los ves atados a sus cositas, esclavizados por sus cálculos, sumisos, leves, fungibles, apocados, medio escondidos cuando hay algo importante que dirimir, convencidos de que el mejor sitio para estar es su salita de estar, embebidos de rutina, refugiados en las tareas familiares, enviciados de televisión-basura y fútbol, esforzándose para hacer su esfuerzo mínimo, acoquinados ante los más tenues desafíos, poniendo en euros y céntimos el balance de su existencia y bebiendo agua para que la vida merezca la pena por ser una vida sana, como si hubieran nacido para geranio o florecilla de ventana. Se van, pongamos por caso, a Sevilla, comisionados por el carguete y de gratis total, y vuelven contando maravillas de cómo es Andalucía, pero asegurando que el tren es agotador y que no piensan repetir la aventura en una buena temporada. ¡Cielo santo!
Si algún viejo profesor se explaya un rato en su presencia sobre libros o vivencias, ponen cara de tierra trágame y ya vuelve este pelma a hablar de sandeces. Adoran la paz de los conformes, la placidez de la medianía, la almohada de casa y el ruido acogedor de la cisterna de su baño cuando su pareja hace pipí antes de poner la cena o de acostar a los niños. Se pasan tres o cuatro meses consultando internet para conseguir a precio de saldo un apartamento en Torremolinos para una semanita de agosto y, a nada que te descuides, te castigan el bazo con el pormenorizado recuento de los precios y los metros cuadrados y con su satisfacción porque se han ahorrado cincuenta euros por reservar antes de mayo y porque el piso aquel tiene dos teles y arcón congelador.
Si a su Facultad llega un conferenciante de postín no sólo no van a escucharlo, para qué, sino que fingen un dolor de muelas para no encontrárselo y que no se lo presenten, no vaya a ser que les salga con historias de libros y teorías o que hable en un idioma raro. Pero si es tiempo de elecciones universitarias, se dejan ver y se ponen a tiro por si cae un carguito con doscientos euros de complemento al mes y, por supuesto, van a votar a quien les prometa tan suculenta canonjía.
Eso sí, luego todos estamos muy de acuerdo en que los estudiantes nos llegan muy mal preparados, en que son muy conservadores, en que se han pasado su corta vida pegados a las faldas de mamá o en que no tienen hábitos de lectura. Ya te digo.

16 junio, 2009

A callar

Lo que nos faltaba, otro estudio sobre la enseñanza en el mundo y aquí mismo. Horror, volveremos a quedar con la retaguardia al aire, ya verás. El titular que leo es curioso: “Los profesores españoles pierden el 16% del tiempo de clase mandando callar”. ¿Tan poco les cuesta? Para que luego digan. Y el primer párrafo de la información reza tal que así: “Los profesores españoles dedican cerca del 16% de su tiempo lectivo a tratar de imponer orden en clase y otro 7,4% a tareas administrativas, según el informe realizado por la Organización para la Cooperación y del Desarrollo (OCDE) con el apoyo de la Comisión Europea para evaluar la calidad de la enseñanza en 23 países, que incluye a España”.
La noticia merece ser desmenuzada. Primero, ¿qué se quiere insinuar con el titular? ¿Ese 16% se considera mucho o poco? A mí me parece poco, la verdad. Supongamos que con tan escueto esfuerzo consiguen esos profesores un silencio sepulcral en sus aulas, ¿y luego qué? ¿Van a hablar ellos todo el rato como si no hubiera que dinamizar la enseñanza y hacerla participativa y de coleguis? ¿Acaso preferirían los profesores que esos chicos y chicas tan monos se quedaran como si les hubiera comido la lengua el gato? A ver, chicos, formad grupos de cinco y medio miembros y miembras y debatid entre vosotros sobre el sacrificio de focas inocentes. Y la tropa achantada, sin decir esta boca es mía. Terrible ¿Qué esperan, que les tenga que explicar el profe qué es una foca y de qué delito son inocentes esos bichos bigotudos?
Segundo, ¿nadie va a tomar en cuenta cuánto tiempo y esfuerzo les supone a los estudiantes hacer callar al profesor? Seguro que los hay, profesores y profesoras, que hasta se ponen histéricos y gritan y todo, interrumpiendo así esas conversaciones en las que sus pupilos comentan el último gol de Cristiano Ronaldo o las tetas de Paris Hilton, mostrándose con ello competentes, habilidosos y diestros en una materia tan importante como conocimiento del medio, aunque sea del medio informativo.
Tercero. Reparemos en que el texto periodístico habla de tiempo dedicado a “imponer orden en clase”. Este plumífero es un conservadorón de tomo y lomo, no hay duda. ¿Imponer el orden?, ni que estuviéramos en tiempos de Franco o Bush. Para imponer el orden que llamen a la guardia civil o a la Delta Force, ya te digo. ¿Acaso puede ser justo un orden impuesto? ¿Tiene legitimidad un profesor para imponer un orden? ¿Quién lo eligió a él para eso y en qué votación, vamos a ver?. ¿Y qué orden va a imponer? ¿El suyo? Estaría bueno, a cuento de qué. ¿El orden establecido? Si está establecido, para qué imponerlo, como con mucha razón diría un neopedagogo en las conclusiones de su tesis doctoral con mención europea sobre “Orden y desorden curricular y en los tramos vectoriales del fragmento lúdico: una encuesta entre trece estudiantes de Mansilla de las Mulas”. Además, el orden establecido es un orden capitalista reprobable y los chicos y chicas con su cháchara sin duda pretenden resistir ese régimen opresivo y explotador que no paga un carajo a los profesores y encima quiere que mantengamos el orden, hombre, por Dios.
Cuarto y último, porque no quiero desmelenarme y que se me descomponga la gestión de mi estrés curricular o se me gripe el cartapacio de la evaluación continua: si los estudiantes no se callan, será porque no les interesa lo que les cuenta ese tipo que vete a saber con qué zarandajas los tortura, que si tablas periódicas que si raíces cuadradas que si literatura de un siglo que llamaban de oro, mira tú qué parida, un siglo de oro. Pues que se callen los profesores, repámpanos, que ya sabemos que los chicos, si los dejan a su bola, aprenden solos y mucho mejor. Y, si alguno tiene problemas, que vaya por el colegio uno de esos pedagogos que hacen su agosto dictando cursos en las universidades para tontitos cuarentones con mochila de Pocoyó, acné posdoctoral y prurito acreditado, y que les explique a los propios alumnos que había una vez un circo que alegraba siempre el corazón y que la tierra es el globo donde vivo yo. Verás como lo entienden, flipan, se aficionan a la investigación y se hacen ellos también pedagogos en cuanto acaben de citarse por el móvil para violar a una compañerita china que acaba de llegar al cole.

El género, las especies y la violencia

Pues la semana pasada se armó el belén porque un Juzgado de lo Penal de Santander condenó a siete meses de cárcel a una mujer por un delito de género consistente en atizarle de lo lindo a otra mujer, con la que estaba casada y en proceso de separación. Concretamente, y según cuentan las crónicas, la agresora insultó a su mujer, la cogió por el cuello y le atizó contra la pared, causándole erosiones y contusiones. Iba yo a exclamar ¡Jesús, Jesús!, pero, en consideración al género y por no parecer sexista en mis expresiones, diré mejor ¡Ave María purísima! o ¡Madre del amor hermoso!
Pronto salió al quite El Delegado del Gobierno para la Violencia de Género y opinó que se trata de un error judicial gordísimo, pues se habría confundido lamentablemente la violencia de género con la violencia doméstica. O sea, que si a usted su pareja fetén y hasta legal le arrea unos mamporros, éstos tendrán un precio en pena distinto según que sean expresión de una violencia de género o una violencia doméstica. Esto, llegado el caso, a usted le puede consolar bastante. Supongo que la violencia de género es violencia doméstica, más o menos, pero hay violencia doméstica que no es violencia de género y sale un poquito mejor librada. Por ejemplo, si usted es un señor casado con un señor que le pega, o una señora esposa de otra señora un poco borde, sus padecimientos cuentan como padecimientos domésticos, no como padecimientos de género. Porque para que a usted, so víctima, se le proteja un poco más, tiene que haberse casado o ennoviado con una contraparte de género distinto del suyo. De lo cual se deduce que, visto por el lado de las víctimas (esa perspectiva está de moda, ¿no?), al menos cuando éstas son mujeres, la relación heterosexual está mejor protegida penalmente que la homosexual, cosa que resulta de lo más progresista. La explicación nos la da el mismo señor Delegado para esa Violencia, pues, según su docto y asexuado parecer, la violencia de género nace de una construcción cultural basada en la desigualdad histórica entre hombres y mujeres por medio de la cual se considera que el varón es el garante de ese orden dentro de la relación. En otras palabras, y por lo que hace al caso que comentamos: la señora que se llevó los golpes ha de tener en cuenta que a su pareja se la debe castigar menos porque no se lo monta en plan de garante del orden socialmente construido. A mi me resultan muy chulis estos argumentos, no sé a ustedes.
El debate está servido, pues varias asociaciones de homosexuales han dicho que muy bien y que qué es eso de que a ellos o ellas se les pueda pegar mejor. En cambio, la presidenta de la Asociación de Mujeres Juristas Themis, Altamira (¿?) Gonzalo, ha opina que muy mal y que es de una “ignorancia supina” aplicar la norma de marras a parejas homosexuales, postura con la que está de acuerdo la presidenta de la Asociación de Mujeres Progresistas. Imagino que serán mujeres progresistas heterosexuales, o progresistas lesbianas que zurran a lesbianas, pero a lo mejor estoy en el error. Por su parte, el Presidente de la Audiencia Provincial de Santander, haciendo honor a su posición institucional y al respeto debido a los juzgados cántabros, ha manifestado que muy mal y que ese juez se ha columpiado de lo lindo, y cita en su apoyo la Ley Integral de Violencia de Género de Cantabria que, como todos sabemos, es una herramienta ineludible a la hora de interpretar el Código Penal. Insiste en que en ese tema a los homosexuales que los zurzan, aunque con un poquito de esfuerzo y buena voluntad “cabría apreciar la violencia de género entre transexuales”. A operarse tocan.
Los juristas son muy dados al espiritismo y tal inclinación se ha traducido aquí en una guerra de espíritus: el varón Delegado de la Cosa, el presidente de la Audiencia y las señoras progresistas, sector pegón, son partidarias del espíritu del legislador y de que ningún juez vaya ni un pelo más allá de lo que se le hubiera ocurrido a Zapatero y sus señoras y señorías, mientras que las asociaciones de gays y lesbianas apelan al espíritu de la ley. ¿En qué quedamos?
Espero que los penalistas versados disculpen mis atrevimientos, pues de Penal sé poco y de este tema en concreto no sé nada, pues siempre me da no sé qué ponerme a leer sobre sexo en horas de trabajo. No obstante lo cual, dada mi condición de acendrado positivista y sin que sirva de precedente, me he ido a leer el artículo de las disputas por ver si estaba tan claro que lo de proteger a los homosexuales de sus parejas no podía ser jamás de los jamases. Y me encuentro que ese artículo, el 153.1 de Código Penal dice así, tal como ha quedado redactado a raíz de la Ley Orgánica (de órgano, en este caso) contra la Violencia de Género:
“El que por cualquier medio o procedimiento causare a otro menoscabo psíquico o una lesión no definidos como delito en este Código, o golpeare o maltratare de obra a otro sin causarle lesión, cuando la ofendida sea o haya sido esposa, o mujer que esté o haya estado ligada a él por una análoga relación de afectividad aun sin convivencia, o persona especialmente vulnerable que conviva con el autor, será castigado con la pena de prisión de seis meses a un año o de trabajos en beneficios de la comunidad de treinta y uno a ochenta días y, en todo caso, privación del derecho a la tenencia y porte de armas de un año y un día a tres años, así como, cuando el Juez o Tribunal lo estime adecuado al interés del menor o incapaz, inhabilitación para el ejercicio de la patria potestad, tutela, curatela, guarda o acogimiento hasta cinco años”.
Ya sé que como auxilio interpretativo se puede echar mano de exposiciones de motivos, propósitos del legislador y cosas así. También soy consciente de que hay una sentencia del TC sobre ese artículo, que leí en su día, pero que se me olvidó, como me suele ocurrir últimamente con las decisiones de ese meteórico Tribunal. Pero también sé, creo, que el punto de partida es la letra de la ley y que a los jueces que la interpretan les corresponde también actualizarla sin violentarla y adaptarla a las nuevas necesidades y los nuevos requerimientos sociales. Y también me suena que queda la mar de bien hacer eso que se llaman interpretaciones favorables a los derechos fundamentales y maximizadoras de las garantías para everybody. Así que juguemos un ratito.
El artículo 153.1 que acabo de copiar ahí arriba no dice “el varón que”, “el zopenco machista que” o “el falócrata de mierda que”, sino “el que”: “el que golpea o maltrata con ciertos resultados “a su esposa o mujer” o señora que haya estado análogamente ligada a “él”. Pero también al tipificar el homicidio, por ejemplo, se dice “el que matare a otro” y a nadie le da por pensar ni que las mujeres estén exentas de pena en ese caso ni que vaya sexista el lenguaje del legislador por no decir “el que o la que matare a otro u otra”, y así.
¿Qué problema hay para, con una interpretación actualizadora, correctora sin pasarse y todas esas cosas, se entienda que “el que” es expresión genérica y no de género? Conseguimos de esa forma dos cosas estupendas. Una, proteger a las lesbianas que tengan la mala suerte de ir a casarse o ennoviarse con una señora que les salga rana como tío de los de antes. Y otra, que es la que más me encanta, replantear el problema de la compatibilidad con el principio constitucional de igualdad ante la ley, pues tendríamos una recomposición del problema discriminatorio: estarían protegidas las esposas frente a sus maridos y frente a sus esposas, pero no estarían protegidos los maridos frente a sus esposas y frente a sus maridos. Y ahí sí que el TC diría, si hipotéticamente cupiera un nuevo pronunciamiento, que de eso nada y que lo que faltaba y hasta ahí podíamos llegar con las bromas, andar poniendo discriminaciones entre homosexuales.
No se me escapa que la función de ése y otros preceptos similarmente monos es pretendidamente educativa de los machos y, sobre todo, propagandística, para que voten las hembras con la disciplina que los machistas les presuponen por su condición. Y por eso lo mejor que se podía hacer con ellos es tirarlos a la basura y darle una patada en el culete al legislador listillo. Pero, entretanto, no está nada mal sembrar el desconcierto con las armas hermenéuticas de tanto neoconstitucionalista y tanto jurista cortesano de pacotilla y a tanto los veinte minutos.