22 septiembre, 2014

Plastaluña



  Ruego que no se me altere nadie por el título. Tómese como si hubiera escrito también Plastaspaña. Escrito queda. Y de estas cosas vamos a hablar, a ser posible.
  Vaya por delante que cada día estoy más convencido de que estamos todos muy determinados, no sé si por los genes, seguramente, o por las concatenaciones astrológicas. Alguna vez he leído en un muy ilustre historiador de las ideas políticas que lo de ser conservador y progresista es antes que nada una cuestión de temperamentos. Me convence bastante la idea. Y el temperamento debe de depender lo suyo de factores innatos que, todo lo más, se pueden ir amoldando un poquito.
  En ese orden de ideas, creo con sinceridad que a mí me falta el gen nacionalista, o que lo tengo chuchurrío. Se dice a menudo que en el sentimiento nacionalista, se proyecte sobre la nación que se proyecte, hay un buen componente emotivo. Pues me falta cuarto y mitad de esa emotividad. Así lo pienso, francamente. O quizá es más exacto decir que a las emociones que por ese lado me vienen les falta la parte política. Me explicaré en lo que pueda.
  Soy asturiano y de tal presumo siempre que se tercia. Hasta asumo que esa debe de ser una característica de los asturianos. Conozco a pocos españoles o extranjeros que hagan tanta ostentación de sus raíces como los asturianos. Llevo veinte años viviendo fuera de mi tierra y en cuanto me presentan a alguien, me falta tiempo para dejar caer que vengo de Asturias. Me encanta casi todo lo de allá, me crie hablando la lengua del lugar, le tengo gran afición a las costumbres, la gastronomía, el modo de ser y hasta las manías de mi patria chica. Y me mantengo fiel en mi afecto al Sporting de Gijón. Cuando me pongo juguetón o cariñoso o quiero hacer un chiste, me salen las expresiones y los dichos asturianos. El asturiano es la lengua de mis entrañas y de mis cariños.
  Pero nunca he sido capaz de trasladar ese sentir a lo político. O sea, no veo el paso de tal modo de ser y de sentir a la demanda de autodeterminación política para los asturianos. Amén de que he de reconocer que entre mis paisanos también los hay insoportables y malvados, igual que hay buenísima gente en otros sitios. Razón por la cual no capto por qué he de preferir hacer pandilla o estado con los que nacieron donde yo o llegaron allá más tarde.
   Cierto es, también, que no es el estado o no son los estados objeto de mis preferencias sentimentales. El estado lo veo como un mal necesario y como un ente eminentemente artificial y artificioso. Me mantengo kelseniano pese a tantas terapias y, en consecuencia, cuando me dicen estado a mí se me vienen normas, códigos y boletines oficiales, funcionarios y coacciones. Nunca acabo de creerme que el estado sea mío, o yo niño de sus entrañas, o que al obedecer sus normas me acate a mí mismo, por mucho que me considere demócrata y que se viva en democracia. Ya para qué contar si pretenden persuadirme de que por detrás del Estado aletea el espíritu del pueblo o la voluntad de la nación. Pamplinas, así percibo esas ideas que están muy bien para mantener la lealtad colectiva cuando nos falta el seso o nos da pereza el cálculo.
  Concedamos, para jugar un poco o como hipótesis teórica, que la base de las naciones, de las naciones llamadas a ser estado, se halle en esa pureza de lo prístino, en semejante autenticidad de lo colectivamente originario. Me desconcierto aún más si he de andar ese camino. Si pienso en la lengua asturiana, me veo obligado a diferenciar entre los que la mamamos y los que la aprendieron para algún fin utilitario. Si me concentro en la tierra, acabaré reclamando el superior derecho de los que estaban antes y me veré obligado a escalar por mi árbol genealógico y a contar generaciones y graduar derechos. Si se me pide que prescinda de tan sospechosos expedientes de autenticidad y me insisten en que la nación es simplemente el conjunto de los que están en un lugar porque allí los parieron o porque llegaron con RENFE a trabajar en una fábrica o a tomar posesión de una plaza de conserje, comienzo a preguntarme cómo puede el azar engendrar esencias y ser fuente de metafísicos e indelebles atributos. Si sustantivamente connacionales míos son los que están en Asturias porque se fueron para allá, me quedé sin nación yo que me vine a León. Si sustancialmente asturianos son los que comparten antepasados astures, cada vez que voy a Colombia y me encuentro un Arango, apellido asturiano según creo, debería sentir el impulso de plantar con ellos una bandera y reclamar nuestra conjunta autodeterminación. Si, para evitar tan dolorosos dilemas, me lo monto de español y me solazo con el castellano, me pueden venir ganas de invadir Chile o de abrazarme a unos mexicanos. Un lío.
  Lo intento en distintas claves y según variados modelos, palabra, pero no logro estímulos para reclamar ningún estado de nuevo cuño. Y si pienso en autodeterminaciones me va sobrando lo estatal y sus normas y me propongo ser más libre yo mismo y a mi aire cada día que pasa.
  Me faltará el don y varios atributos, puede ser, me habré desarraigado por dedicarme a viajar y de tanto leer. No digo que anden en el extravío los que estén dispuestos a perder de lo suyo para que su nación sea más libre y su pueblo tenga himno nacional y lugar en la ONU, de gustos y pasiones tal vez no convenga discutir. Pero, en ese caso, los que estemos en esta onda mía nos quedamos en fuera de juego, excluidos del debate. Es como lo de la fe religiosa, y valga la comparación, aquí y en este momento, sólo a estos efectos. Cuando debato con una persona religiosa y me viene con que la fe o se tiene o no se tiene y que no hay más vueltas que darle, solamente puedo callar, porque tampoco es de buen gusto decirle al otro que se lo mire y que si no será que el supuesto don es una tara. Un día me topé con uno que tenía una verruga notable y en cuanto me quedé mirando, me soltó que él era así, con verruga, y que no había más que hablar. Así que no hablamos. De todos modos, lo de las verrugas y las religiones lo hemos ido resolviendo bastante bien, y conste que no pretendo comparar en serio lo uno con lo otro. Lo de las naciones no conseguimos arreglarlo.
  Si el diálogo ha de ser entre emociones o emocionados, nos quedamos sin voz los que no nos excitamos con lo nacional. Nacionalismo español, por un lado, y nacionalismo catalán (entre otros) por el otro lado, y en medio los nacionalmente frígidos, como un servidor. A verlas venir y desposeídos de voz y opinión, sin vela en ese gozoso entierro. Igual que los ateos en un debate teológico.
   Si no he entendido mal, en el referéndum de Escocia votaron los que ahora viven en Escocia, aunque llegaran anteayer de Tegucigalpa, y no votaron los escoceses con ancestros escoceses de un montón de generaciones que viven en Londres, en Madrid o en la Conchinchina. Claro, si el voto se hubiera concedido nada más que al que hubiera acreditado la pureza de su sangre escocesa, habría quedado muy poco progresista, reaccionario del todo y sospechoso de cuanto queremos descartar. Pero a falta de pureza de sangre o examen de “escoceidad”, resulta que la esencia nacional, a efectos de autodeterminación política, es geográfica. ¿Habrá algo menos emotivo y nacional que la geografía administrativa? Si los individuos son fungibles, hemos de acabar reconociendo que lo que se autodetermina y tiene el correspondiente derecho son los montes y las avenidas, las piedras y los setos. La suprema autodeterminación geográfica la tendría un territorio sin gente, pureza de los pastos, esencia de los roquedales, autenticidad climatológica y Dasein orográfico. Una quimera; muy lírico todo, sí, pero quimérico y como muy del Orden de la Creación. Y tampoco sé yo muy bien por qué según el Orden de la Creación o el nomos del cosmos han de autodeterminarse juntos un parque de Edimburgo y las aguas del Lago Ness.
  De la geografía y sus divisiones administrativas tampoco nos libramos cuando se apela a la historia. España es nación porque cuando los Reyes Católicos ya fue nación, pongamos, pero eso se lo contamos a un chino nacionalizado español el año pasado, y los catalanes quieren independizarse desde 1714 o antes, y que vote su independencia un boliviano aymara que lleva veinte años en Reus. O el azar geográfico administrativo o medirse el cráneo y sacarse el árbol genealógico y los ocho apellidos por barba. Lo progresista y acorde con la liberación de los oprimidos es al parecer lo segundo, y menos mal. Pero raro. Por el censo hacia la libertad de los pueblos.
  Lo de la lucha de clases suena pasado de moda, pero tiene su aquel. Tal vez no vendría mal un retoque por ese lado. Seré un antiguo y un pelmazo, pero me sigue pareciendo que la división social con más carga política y que merece mayor atención política es la que separa a ricos y pobres, a los que individualmente se autogobiernan a lo grande porque tienen medios económicos y a los que no tienen donde caerse muertos. Pero esa diferencia es transversal a naciones y pueblos. Cuando la solidaridad con los económicamente oprimidos se hace depender del censo electoral o del lugar de empadronamiento, la sedicente izquierda se hace un nudo en las partes políticas. Los estados sirven antes que nada para resguardar los bienes de los nacionales frente a los de afuera; y para que sigan medrando unos cuantos de adentro. Por eso ser nacionalista y decirse de izquierdas es como ser cura y pontificar sobre la familia y la célula básica y todo eso, una inconsecuencia mayúscula.
  Conozco en León o en Gijón a más de cuatro desgraciados que pueden decir con toda razón que España les roba o que este Estado en que viven no los respeta. Y seguramente hay más de cuatro catalanes que se lo llevan crudo a costa de estos amigos de aquí y de otros cuantos de Tortosa y alrededores. Si lo que reclamamos al mentar la nación española o la nación catalana es un espacio geográfico para que los repartos se hagan como siempre y como hasta ahora, pero en tal o cual territorio y con Hacienda amiga, o somos lelos o somos cínicos. El que se siente mejor si le roban los suyos no merece ni un párrafo más; y si él es clase dominante y busca medro para sí, apaga y no discutamos. Si lo que nos importa es que haya más justicia social y menos abuso, más nos vale dejar de reclamar estados nuevos o de reivindicar el que hay, y mejor nos ponemos a hacer política en serio en lugar de masturbar metafísicas o llenar de banderas los terrenos, cualesquiera banderas, cualquier territorio.
  Francamente, no sé por qué es mejor que empiece a ver a mis amigos catalanes como amigos extranjeros o por qué tengo que contemplar como compañeros del alma y esencia de mi esencia a los asturianos más zoquetes o los leoneses más desalmados. Pero ya he dicho que puede deberse todo esto a que me fallan los afectos o a que no me excitan las manadas. O que me hago mayor y no me veo futuro como líder o mimado de ningún gobierno nuevo y ninguna unidad de destino en lo universal.
  Dicho lo cual, que hagan unos y otros lo que proceda o que se lo jueguen a la ruleta rusa, pero que acaben pronto, please. Que hay mucho que hacer y ya nos vale de misas.

15 septiembre, 2014

Por qué las instituciones hacen idioteces



  Septiembre, y es hora de retornar al blog y a las vueltas. Me digo que vamos a ir recuperando la soltura con las teclas y me viene a la cabeza antes que nada este tema que me sume día tras día en la perplejidad. Decían los clásicos que nada hay sin razón suficiente y a algún motivo tiene que deberse el que tantas instituciones públicas sean tan disfuncionales. Estoy pensando de nuevo en las universidades, pero seguro que podríamos hablar de otras muchas. La respuesta sólo puede ser una: cuando las funciones teóricas y que sobre el papel justifican y legitiman la institución se descuidan con tanto empeño, ha de ser porque son otros los cometidos y los servicios que tácitamente la institución asume, aunque no se confiesen y aunque se finja, cada día menos y cada día peor, andar a lo que se debe. El gran enigma está en cuáles sean esas otras misiones que tergiversan los cometidos y qué fines deforman la razón de ser de lo que entre todos los ciudadanos se paga.

  Hace unos días hablaba con uno de los profesores universitarios que más admiro, un colega ya algo veterano y que es un pozo de sabiduría y un honestísimo profesional de la enseñanza y la investigación. Me contaba que tiene muy pocas clases, que le van quitando horas de docencia y que a su alrededor crece la indiferencia por su trabajo y los reparos ante cualquier esfuerzo serio que quiera hacer. Me aventuré a decirle que, por mucho que cínicamente podemos pensar que está estupendo que le paguen lo mismo por laborar menos y dedicarse discretamente a lo que le dé la gana sin incordiar a compañeros y a los excelsos cargos académicos, seguro que en verdad estaría dispuesto a aceptar mucho más trabajo si se lo pidieran y lo animaran un poco. Me respondió que por supuesto que sí, pero que es lo que hay y para qué darle más vueltas. La institución que un día te formó y que te sigue abonando tu nómina sin reparo ninguno prefiere que te quedes quieto y que ni produzcas ni te entregues con excesivo afán a la docencia. Alguien debería mirarse el alma o las posaderas, esto es raro de verdad. Cierto que conozco o he conocido a más de cuatro rectores que no saben hacer la o con un canuto y que rozan la estulticia extrema, narcisos sin luces y soplagaitas irredentos, pero ni aun así me lo explico.

  Lo lógico y normal sería que la universidad de mi amigo tratara de explotarlo de la mejor manera, aprovechar su buen hacer y su mucho saber para animarlo a enseñar mucho, a dar un montón de clases y dirigir un puñado de investigaciones. Pero es exactamente al revés, sobra, estorba, hasta molesta. Con su erudición inquieta a los zánganos, con su profundidad desconcierta a los discentes, con su sentido crítico, que sale de una cabeza bien formada, preocupa a los mandamases sositos. La propuesta es clara, usted vaya quitándose de en medio y a cambio nosotros le pagamos su sueldo entero y hasta le permitimos que incumpla cuantas normas quiera. Si fuera una empresa de fontanería se mandaría a los más competentes para que hicieran los trabajos más exigentes y se encargaran de las instalaciones más complejas. En las universidades no, bien al contrario, para las clases en el máster descartamos a los más expertos y últimamente las tesis doctorales ya las dirigen los que ponen las copas o planchan las servilletas. ¿Por qué?

  Hace poco andaba un servidor por una Comunidad Autónoma en la que conozco a muchos profesores universitarios, y estaban muchos sobrecogidos del todo porque la autoridad autonómica había nombrado para un alto cargo de gestión académica a un tipo sobre cuyas taras e incompetencias se podría escribir un libro bien gordo. Es ignorante, es lerdo, es un inútil completo, es mala gente y, de propina, no pasaría ni el más elemental examen psiquiátrico. Tampoco ha estudiado nada serio en su mísera vida de triunfador. Eso sí, es experto en artes de mamporrero y hábil al hacer la pelota a quien quiera que mande en algo y comparta, en el fondo, atributos similares a los que a él lo adornan. No hay un tonto con el que no se entienda ni un corrupto con el que no pacte. Tengo entendido que ha sido el ojito derecho de más de un rector.  En mi pueblo había uno que se iba de prostitutas y volvía encantado porque la de turno le contaba que nunca había conocido a alguien tan hombre como él y con tan descomunal miembro viril. Era un pobre diablo, pero se lo creía y se ufanaba del halago mercenario. Hoy sería consejero autonómico, quién sabe si ministro. Si a muchos de nosotros nos dijeran que buscáramos a alguien apropiado para destruir la institución en cuestión, lo señalaríamos a él sin dudar, a ese que tiene flamante cargo, al que hace el papel de hetaira ante el gobernante regional. ¿Acaso el consejero de turno desea que esa parte del sistema universitario se vaya al carajo y ayudar a que todo se hunda más? No sé, cuesta creer tan alta dosis de cinismo y mala fe. ¿Entonces?

  Dos posibles explicaciones. Una, que el tal consejero o consejera o lo que sea tenga una especial propensión a favorecer a quienes lo halagan y le hacen la rosca sin pudor ni vergüenza. Pero en ese caso estaríamos ante un sujeto con autoridad y poder, ciertamente, pero cuyos signos psicológicos y de personalidad son equiparables a los de una lombriz intestinal o de una ameba ligera de cascos. La otra posibilidad es que ese que manda y nombra sea bobo con alevosía, tontaina sin paliativos, un zascandil que no sabe ni a qué está ni por dónde se anda. Es probable que tengan mucho de cierto las dos hipótesis, combinadas en la proporción que corresponda. Viene a ser como si al entrenador de un equipo de fútbol que pretende competir por la Champions le diera por poner de portero a un manco que le sonríe mucho y le pasea al perrito los sábados por la tarde, cuando no que le masajea (con los pies, claro) las partes en el vestuario mientras los demás entrenan. Entrañable, sí, pero inverosímil. ¿Por qué en las universidades y en tantas instituciones públicas lo inverosímil se convierte en regla y lo anormal es la pauta? Ahí está la madre del cordero.

  Ciertamente, el sábado pasado a Casillas le pitaba una parte del público del Bernabeu, y es Casillas al fin y al cabo, nada menos. En otros lugares nadie pita, seguramente porque no tenemos pito, chitón y a callar, no vaya a enfadarse alguno o nos perdamos un par de invitaciones para un cóctel. ¿Será que en la selva ya no reinan los leones y se ha transferido todo el poder a los topillos? Parece probable, pero en ese caso los raros no son los topillos, que nunca la vieron más gorda, sino los leones, que deben de estar atusándose las melenas o haciéndose la manicura en las garras.

  Mientras todo se degrada y se ensucia y en la barra americana vocean los más macarras, los virtuosos de pega ponemos las copas y apretamos el culete, sonreímos y cambiamos las sábanas. Por si nos dan propina o algo; o no sea que se nos enfade el patrón y haya que ganarse la vida honestamente. O a ver si alguno se fija en nosotros y nos pide en matrimonio, mire usted; o que nos acrediten. Vaya tropa.

05 agosto, 2014

Por qué las universidades no funcionan como las orquestas



 Este mañana he pasado un rato entretenido intercambiando con colegas amigos correos electrónicos (estoy de nuevo al otro lado del Atlántico) jocosos sobre algunos nombramientos recientes en materia de política universitaria autonómica. Uno de esos amigos me decía que sería gracioso que en las orquestas se eligiera así a los músicos. Eso me recordó mi vieja comparación entre las universidades y los equipos de fútbol, pero hoy vamos a usar ese buen ejemplo de las orquestas para subrayar algunas de las lacras de las universidades españolas y de la política universitaria.

 Imaginemos qué pasaría si en cualquier orquesta sinfónica bien importante se nombrara un director completamente incompetente o se escogieran unos violinistas de extrema torpeza. Y veamos si hay similitud o notables diferencias con lo que pasa en las universidades. Comprobaremos que las diferencias son apabullantes.

 1. Una orquesta da conciertos y los conciertos tienen un público capaz y crítico. Si el director nombrado no sabe lo que se trae entre manos y los conciertos resultan bochornosos, el público va a reaccionar con indignación y abucheos y, además, en los periódicos del lugar serán nefastas las críticas al día siguiente.

 En las universidades no sucede eso, pues en verdad no hay público y falta ese control fundamental. Un profesor ignorante y zángano, un director de departamento o decano que no sepa lo que se trae entre manos, un rector corrupto y torpe o una autoridad académico-política que no tenga ni la más remota idea de lo que gestiona o que esté loca de remate no da pie a que nadie en la sociedad se escandalice o diga ni mu. Ciertamente hay en las universidades estudiantes y profesores que podrían levantar la voz y protestar un poco. Pero los estudiantes apenas tienen elementos para juzgar de la gestión y la calidad de la institución, y los que puedan tenerlos no los usan, para no complicarse la vida y porque están a otra cosa. Y en cuanto al profesorado, ay el profesorado, predominan las ambiciones mezquinas y de medio pelo, la búsqueda de la comodidad o la lucha por la ganancia puntual y el vive y deja vivir. En cuanto a la sociedad en su conjunto, lo que pase dentro de los muros universitarios trae a la gente completamente al fresco.

 Así pues, no hay público ni masa crítica, lo que significa impunidad para los torpes y quienes los eligen por variados motivos espurios. No existe un control real y efectivo sobre el cumplimiento cierto de los fines que justifican las universidades y el gasto que suponen, ni sobre la calidad del servicio que prestan. Por eso puede usted poner al conejo de la Loles o a Incitatus, el caballo de Calígula, a dirgir un departamento, una facultad, una universidad entera o una dependencia de la consejería del ramo, y no pasa nada, aun cuando abunden los desastres y la calidad del servicio público esté por los suelos. Nadie se entera y los pocos que observen con realismo la situación silban tangos, a sabiendas de que si se quejan los defenestrados serán ellos y no los incompetentes y lameculos.

 2. Una orquesta dirigida por un mandanga que ni entiende de música ni está en sus cabales acabará yéndose al garete. Las malas críticas y el abandono del público forzarán a la disolución o la reforma seria. En las universidades no es así. ¿Por qué? Porque los resultados no importan en verdad ni a los de dentro ni a los de fuera. Cierto, si un día un profesor o departamento consiguen una patente importante o un descubrimiento destacable, se informa a diestro y siniestro para legitimar la institución y que parezca que ahi hay mucho bueno. Lo que jamás aparece en los medios y no se difunde nada son los fracasos, la inoperancia y la falta de resultados. Es como si de los conciertos de la orquesta de zombies enchufados no se diera noticia en los periódicos o como si se tocara a puerta cerrada.

 Con un agravante aquí. Las universidades van a ser financiadas y sus profesores y empleados van a percibir sus nóminas tanto si producen ciencia como si destilan mierda. También por ese lado es plena y total la impunidad. Una institución que sea inmune a toda consecuencia negativa por falta de rendimiento está irremisiblemente abocada a la incuria y la corrupción.

 3. Si en una orquesta hay un puñado de buenos músicos prestigiosos y el director es un zoquete y el primer violín un cantamañanas que no ensaya y que ha logrado su puesto por ser sobrino de alguien, aquellos músicos capaces harán las maletas y se irán con la música a otra parte, dejando a los torpes a su suerte y puesto que a ellos, los aptos, no les faltarán ofertas y alternativas. En las universidades no sucede así, pues estamos todos atados a la nuestra y no hay vías para marcharse. Ni al más competente físico o químico del país y que trabaje en una universidad le llegará hoy ninguna oferta de trabajo en una universidad (española) distinta de la suya. Si el del violoncello es un músico de primera categoría que se desespera porque sus compañeros o el director hacen de cada concierto una vergüenza, la consigna general e institucional es muy simple: que se joda, que no proteste y que no se dé tanto pisto, ¿o qué se ha creído?

 La falta de competencia y el absoluto rechazo de la meritocracia y el total desprecio del esfuerzo acrecientan la impunidad de los desalmados y enchufados: el bueno y el malo están amarrados a la misma institución y cobran lo mismo, con la ventaja para el segundo de que él tiene posibilidades de llegar a rector o de que lo nombren para algún carguete, mientras que el otro se va convirtiendo en un apestado al que se instala en el ostracismo.

 4. En una orquesta, al que por cualquier razón inconfesable eligió y nombró al pésimo director, se le acabará pidiendo cuentas y tendrá que responder de alguna forma. Puede que hasta se tambalee su propio cargo. Cuando se alcen un montón de voces escandalizadas por la torpeza del director y la birria de conciertos, alguien de más arriba demandará explicaciones por la pésima selección del director aquel. En las universidades, no. El consejero de la correspondiente comunidad autónoma nombra director de universidades, por ejemplo, a una acémila turulata que en poco tiempo consigue que no se de pie con bola en ninguna universidad de ese territorio, y no pasa nada. Si fuera director de deportes de la comunidad y todos los equipos bajaran de división y ningún atleta consiguiera medallas en los torneos de esa época, probablemente sería cesado. Por destruir las universidades a base de poner al timón a soplagaitas dementes ni se cesa ni se llama al orden a ninguna autoridad.

 Concluyamos. Si todo lo anterior es verdad, y a fe mía que lo es y que no habrá quien razonablemente me lo pueda discutir, nos queda por tratar lo esencial: por qué están así las cosas y cómo se arreglarían.

 Brevemente. Ocurre lo que ocurre porque a la sociedad las universidades no le importan nada y porque de puertas adentro en las universidades son o somos mayoria los perezosos sinvergüenzas. Sí, con las excepciones que se quiera, pero internamente la universidad es un antro en el que el respeto a los objetivos de la institución se han evaporado y donde nada más que busca cada cual su personal beneficio y su interés individual. Yo estoy bien si gano unos cientos de euros  más al mes, aunque a mí alrededor no haya más que corruptelas y timos y aunque al estudiante y al contribuyente le estemos dando gato por liebre.

 El arreglo es sencillo sobre el papel e imposible en la práctica. Exigencia férrea de resultados serios y seriamente controlados en la docencia y en la investigación. He dicho resultados serios y seriamente controlados, no pendejadas para la galería o cretineces posmodernas. O sea, producción científica real y formación verdadera de los estudiantes, no aprobados estafadores para embellecer estadísticas. Al profesor que no rinda, a la calle bajo la fórmula legal que proceda. El departamento o centro que no tenga resultados debe ser suprimido, pasado el plazo razonable para que pueda ponerse a tono. A quien nombró o eligió a los que llevaron al desastre hay que pedirle cuentas políticas y averiguar si en su gestión del caso influyeron factores que nos acerquen a algún delito o a algún ilícito administrativo.

 Tan evidente, sencilo y fácil como eso. La universidad se pondría a funcionar en un periquete y bajo la sola condición de que fuera gestionada como una orquesta o un equipo de fútbol. Pero no va a suceder, descuide usted. Nadie clausura un antro, ni lo reforma, si de él saca ganancia o si en él le dan placer gratis con buenas técnicas de experta meretriz.