04 noviembre, 2017

Contra la izquierda pija



(Publicado hoy en El Día de León)
                Lo que acaba de pasar en Cataluña nos permite captar mejor ciertos rasgos muy peculiares de la política española de las últimas décadas. Me refiero a cómo la izquierda ha sido colonizada por la burguesía más ociosa y elitista y a cómo lo que de rigor y duro realismo hay en la mejor y más necesaria política se ha visto desplazado por planteamientos que se mueven a medio camino entre lo frívolo y lo cursi, que navegan por cauces de lo que podríamos también describir como una sentimentalidad ñoña o una emotividad declamatoria.
                Los que peinamos alguna cana, o muchas, estábamos acostumbrados a identificar la izquierda con los trabajadores, con la más recia ciudadanía, con quienes probablemente tenían las manos encallecidas, debían madrugar día tras día, soportaban a algún jefe o capataz autoritario y gritón y habían de hacer muchas cuentas para que la familia llegara a fin de mes sin rozar el hambre. Nos decían izquierda y pensábamos en obreros de la construcción o la metalurgia, asalariados del campo, mineros de antaño, empleadas humildes de las fábricas… De eso ya no queda apenas nada, y no solo porque muchos de los que siguen desempeñando los trabajos más duros o peor pagados se desentiendan de la política o voten a los partidos más conservadores, sino, ante todo, porque buena parte de lo que hoy se hace pasar por izquierda se ha convertido en coto de la llamada gente bien, cortijo de bon vivants, patrimonio simbólico de los que a sí mismos se tienen por más exquisitos y poco se rozan con los menesterosos.
                Si uno quiere toparse ahora con los que tanto se definen como izquierdistas, no ha de buscarlos en los bares de los barrios o en las calles más humildes del extrarradio urbano, sino en las presentaciones del nuevo libro de algún poeta local, en la inauguración de una exposición en la galería de moda o en el concierto de alguna banda crossover que toque en un local con decoración minimalista y donde el último obrero entró cuando se cambió la escayola de los techos. El izquierdista de hoy ya no sabe de herramientas, pero entiende un montón de vinos, probablemente no ha tomado nunca una azada en su mano, pero planea empezar a producir cerveza artesana con unos amigos o quiere montar una pequeña editorial para obras selectas con tiradas de lujo y muy limitadas.
                La izquierda que cultural y mediáticamente domina en este tiempo no es aguerrida, sino emotiva, no es de palabra fuerte, sino de corrección política, no se inquieta tanto con las injusticias cercanas como con las iniquidades lejanas, que, al fin y al cabo, nos comprometen menos en el día a día. Este izquierdista aburguesado y postizo habla poco o nada con proletarios y humildes, pues raramente se los tropieza en sus rutas y locales, pero es muy cercano en el trato con los animales y se sabe de memoria el nombre y las circunstancias vitales de cada cuidado perro de sus amigos. Es más, imbuido de su humanismo new age, se está planteando votar a algún partido animalista, ahora que ya no encuentra gran estímulo para la lucha diaria en pro de la justicia social entre humanos, y en particular para los humanos de ese suburbio que empieza tres calles más abajo. Es un progresista más de manifiestos que de acciones, más de concierto solidario que de arrimar el hombro, más de apelaciones poéticas que de labores con coste.
                De las revoluciones sociales, gusta de las más distantes en el espacio o el tiempo, y las empresas políticas colectivas las prefiere abstractas. Por eso, mientras paladea un buen Ribera, nuestro personaje es capaz de decirse emocionado con las repúblicas bolivarianas o manifiesta que nunca dejará de vibrar con la épica de Castro y el Che, aun cuando a Sierra Maestra él jamás de los jamases iría sin calzado de marca, Omeprazol y la mejor cámara del último i-phone. Y también por eso encuentra sentido y exaltación en proyectos como los del nacionalismo independentista, aun cuando en el fondo se trate de movimientos que tienen su raíz en lo más retrógrado del romanticismo político, en la insolidaridad entre los individuos y los pueblos y en aquel rancio carlismo enemigo del progreso y de las libertades modernas. Pero todo eso a nuestro burguesito de barroca figura le da igual, porque, en el fondo, a él no le importan tanto los hechos como las representaciones y le interesa más distinguirse frente a los que tiene por chusma que liberar a ningún grupo oprimido.
                Hasta que llega el choque con la dura realidad. Lo hemos visto estos días en Cataluña. Esos progres de pega, esquemáticos y ociosos, estragados de bienestar y tiempo libre, soñaban que se podía hacer una revolución o dar un golpe de Estado nada más que con sonrisas y eslóganes, con gestos y cantares. Tenían enfrente al Estado, legítimo por más señas, y creían que un Estado es como un papá consentidor, como el progenitor gruñón que a la postre con todo transige. Desconocían que lo que define al Estado es el monopolio de la coacción, legítima cuando es legítimo el Estado y la usa en su justa medida, y se espantaron a las primeras de cambio, en cuanto olieron riesgo físico o jurídico. Cuando tomaron conciencia de que el Estado no se achicaba ante sus poéticas ensoñaciones, escaparon como alma que lleva el diablo y desconsolados porque nadie los entiende, jolín, y qué prosaico es el mundo adulto. Creyeron que iban a un happening emocionante, a una divertida performance, y se equivocaban.
                Urge que recuperemos la izquierda, la seriedad, el rigor, la justicia social, la solidaridad auténtica. El verdadero enemigo de los más débiles y de los más necesitados es, precisamente, ese impostor estéril que copa la izquierda y la sabotea, mientras vanamente se cree el más justo de los mortales y se da la más regalada de las vidas, muchas veces a costa del Estado mismo del que abomina y de la gente del montón a la que desprecia.

22 octubre, 2017

Los cursis y el diálogo



(Publicado en El Día de León)
                Últimamente me he preguntado qué sensación es esta que a menudo me viene cuando escucho a bastantes políticos, leo a unos cuantos intelectuales o presto algo de atención a variados representantes de eso que se ha dado en llamar el mundo de la cultura y que es un batiburrillo de individuos del más variado pelaje y a muchos de la cuales no les compraría un coche usado ni aunque me lo ofrecieran a precio de ganga. Me he dado cuenta de que mi inquietud no se debe a desacuerdos ideológicos, pues con muchos que no piensan como yo me entiendo la mar de bien y no me provocan este peculiar desasosiego. Y creo que ya encontrado la palabra que buscaba: grima. Si suena fuerte, póngase en diminutivo y digamos grimilla. El diccionario de la RAE define “grima” como desazón o dentera. Pues eso.
                Para empezar, creo que hay una epidemia de cursis, estamos en tiempos de cursilería a todo trapo, de posturitas y poses, de palabras que no se dicen tanto para que el interlocutor las escuche, como para que el muy narciso que las emite se encuentre la mar de mono y se gane el aprecio del resto de los de su grupete, mientras se toman unos gin-tonics con cardamomo. Y de todas las dichosas palabrejas y expresiones tan del agrado de los que hoy se gustan y se sienten parte de una clase especial de ciudadanos sensibles y notables, hay una que me pone del peor humor: diálogo. Es la fórmula mágica, el término sublime, el mantra agotador. Al parecer, somos seres dialogantes antes que nada, nacidos para el diálogo, condenados a la conversación constante, abocados sin remisión a hablar todo el tiempo con quien nos topemos y aunque sea más tonto que Picio, más malo que la tiña o con más cuento que Calleja. Pues ¿saben qué les digo? Que, desde aquí, modestamente, reivindico mi supremo derecho a no hablar con quien no merezca ser tomado como buen conciudadano y a no dialogar con el que no me respete y no me aprecie. Con zoquetes, descarados, chantajistas y variados delincuentes un servidor no tiene nada de qué hablar, y tampoco me hace gracia que con semejante tropa se ponga a negociar de igual a igual ningún gobierno que mínimamente nos represente.
                ¿Qué hay un atentado terrorista? Aparece enseguida el meapilas de turno, vestidito para la ocasión y con el párpado a media asta, para explicarnos que a lo mejor es que no dialogamos bastante con los de esa nación o esa fe. ¿Qué hay un golpe de estado o un alzamiento contra nuestro orden constitucional común y los derechos de todos? Pues ya viene el curita laico con la matraca de que deberíamos ser más dialogantes, y pone el mismo gesto, la languidez y el puchero con que hace unas décadas nos decían los de sotana que habíamos de ser caritativos con el pecador y ofrecerle la otra mejilla al pendenciero. Así que además de cornudos, apaleados. Se ciscan en lo nuestro y tenemos que hablar con los bellacos y los felones y hasta sentir que somos algo culpables, en lugar de hacer que se les aplique la ley como corresponda, y a tomar vientos. Si están de mi lado la razón y el derecho, no hablo ni con el Tato, y menos con el indecente. El diálogo para el que lo merezca. Y punto. No quiero dialogar con el que me ofende y no admito reproches del gafapasta de guardia o del progre de salón, que, para colmo, sueña lúbricamente con vivir de mis impuestos o quedarse con los frutos de mi trabajo.
                Ah, pero es que, para más inri, no son ni sinceros ni coherentes. Ese teórico amante del diálogo dialoga según y cómo, defiende que se negocie mucho nada más que con los de su cuerda o con los que nos hacen la cusca a nosotros, no con todo el mundo. Con los musulmanes debemos dialogar sin tasa, incluidos con los yihadistas, pero al católico que se propase, palo y tentetieso. Y conste que un servidor es ateo, no van por ahí los tiros. Con los jordis se requiere tolerancia y mimo y que ningún juez los encarcele preventivamente por sedición, pero a los opositores venezolanos se les llama golpistas y no se firman manifiestos ni se encienden velitas para exigir su libertad. Y así todo el tiempo, hasta la náusea. Los supuestos amantes del diálogo son de lo menos dialogante en el fondo y miran por encima del hombro al que como ellos no piensa y al que no comparte sus fines o no ríe sus niñerías, pero en cuanto uno va a reprocharles su frivolidad y su ñoñez, lo descalifican como poco abierto y casi déspota irredento. Pues no, el que le lleva la contraria al cursi y a su la ley del embudo no es ningún tirano, es el mejor defensor de la razón y de las reglas de juego entre adultos moralmente maduros.
                ¿Que es buenísimo el diálogo siempre, con todos y ante cualquier problema? De acuerdo, entonces dígase que la lacra de la violencia masculina en pareja se tendría que arreglar con más diálogo y no aumentando las penas. ¿Que los golpes de estado se solucionan hablando y no aplicando la ley? Entonces que nuestros cursis desnatados lamenten que allá por el 23 de febrero del 81 no se dialogara más con Tejero y quienes organizaron aquel golpe. Y así, mil y un ejemplos.
                Las personas de una pieza eligen sus interlocutores y mantienen su carácter y sus ideas bien reflexionadas aunque se retuerzan de rabia los tramposos o lloriqueen los aprovechados. Las sociedades maduras defienden sus reglas de convivencia y protegen la libertad de todos a base de plantar cara y cantar las cuarenta a los que se acomodan en la perpetua adolescencia y no entienden más norma que la que a ellos beneficia ni más justicia que la que les tolera sus caprichos. Puede que esa peste de los fetichistas del diálogo y los adoradores de la palabrería sin sustancia sea la mejor prueba de cómo ha fracasado nuestro sistema educativo y de que no hemos logrado formar ciudadanos serios, sino fomentar el infantilismo con caspa. Pero hasta aquí hemos llegado. 
                Al próximo que me hable de diálogo le retiro el saludo.

07 octubre, 2017

¿Dónde estaba usted el 1-0?



(Publicado hoy en El Día de León)
                Es muy posible que nuestros hijos o nietos nos pregunten, dentro de diez o veinte años, dónde estábamos cuando el golpe de Estado del 1 de octubre de 2017. Porque, para entonces, los mejores y más imparciales historiadores llamarán a las cosas por su nombre y dirán golpe de Estado, y los más realistas de ellos le pondrán el apellido que corresponde: golpe de Estado fascista. Ya habrán quedado atrás los aromáticos matices o los eufemismos que hoy usan muchos que se piensan progresistas y que, en el mejor de los casos, no son más que incautos compañeros de viaje del golpismo más vil. Lo pagarán en las urnas, porque, como dicen en mi tierra, a todo gochín le llega su sanmartín.
                Nos preguntarán eso los hijos de entonces o los nietos, y a ver qué contestamos. Yo le he contado a mi hija algunos detalles de cuando el golpe anterior, el 23 de febrero de 1981, de cómo todos los compañeros de entonces salimos a la calle y nos manifestamos enseguida a favor de la democracia y la Constitución, de cómo no quedó institución pública o entidad privada que no se apresurara a presentar su comunicado de rechazo a los golpistas y de solidaridad con los ciudadanos que queríamos ser libres e iguales. También le estoy explicando que, allá por 1936, otro golpista se alzó contra el orden constitucional legítimo, venció y fue dictador durante cuarenta años.
                ¿Qué vamos a decirles a nuestros hijos o nietos sobre lo que hicimos esta semana? ¿Que nos quedamos callados y hasta bastante indiferentes? ¿Que pensamos que no iba con nosotros? ¿Que nos dejamos embaucar por unos hijos de papá que hablan de tremenda violencia de la policía y la guardia civil en Cataluña, pero que nunca, nunca, han condenado la violencia de los de Maduro en Venezuela o que, en el colmo de la hipocresía, llaman golpistas a los presos políticos venezolanos, a los presos? ¿Les contaremos a nuestros hijos que callamos por miedo a perdernos unos euros de algún mísero negocio o que pensamos que lo progresista era estar con los golpistas que reproducen todas y cada una de las tretas y tácticas del más rancio fascismo?
                Mi hija ya está viendo que yo, modestamente, esta semana hago todo lo que puedo, con los medios que tengo y en lo que está a mi alcance. Lo hago por ella, lo hago por su libertad, lo hago para que su infancia y su adolescencia no sean como fueron las mías, bajo el franquismo, y para que ningún niño de Cataluña tenga que vivir como viví yo o vivió mi padre, sin libertad y bajo la autoridad de fascistas.
                Pero mi hija me ve triste y a ratos viene, me acaricia la cabeza, trata de animarme y, con su sonrisa, entiendo que me dice adelante, papá, sigue esforzándote por mi libertad y para que yo crezca en un país digno y libre. Y yo le explico alguna más de las razones de mi tristeza. Por ejemplo, que trabajo en una universidad pública que no ha dicho nada; que enseño Derecho, precisamente, en una facultad que no ha dicho ni pío; que me encuentro a diario en pasillos o en aceras con compañeros, amigos o conocidos que no parecen muy preocupados y que, si les saco el tema, aceleran el paso y alegan que tienen hora con el peluquero. Que no ha habido una gran manifestación colectiva en León, convocada por los partidos democráticos; que un sindicato que nació como obrero en la mina de La Camocha, no lejos de mi pueblo, en Cataluña apoya a los fascistas que dan el golpe; y el otro gran sindicato, también. Que, aquí, los ciudadanos de bien, tantísimos, tienen que convocarse solos y reunirse por su cuenta, porque los partidos, los sindicatos y las instituciones que deberían juntarlos están en manos de inútiles, de traidores a la libertad o de simples borregos. Que no he visto apenas reacciones rápidas y contundentes ni de colegios de abogados ni de colegios de médicos ni de asociaciones vecinales ni de…, casi nada. Mi hija ve que estoy triste porque me siento solo y porque me duele la soledad de tantos, la soledad de millones.
                Solo nos volverá la alegría cuando hayamos vencido a los golpistas, cuando esos fascistas estén pagando su felonía como en Derecho corresponde y cuando a tantos de los que por aquí no han dado la talla o se han quedado calculando les hayamos atizado una buena patada en las posaderas; proporcional y como manda la Santa Madre Iglesia, eso sí. Y, a propósito de Iglesia, se me olvidó mencionar a los obispos y a algunos curas, que válgame Dios también; aunque lo suyo es poca novedad, como bien nos enseña la Historia.