21 octubre, 2008

Ética y estética del oficio universitario

Perdón por el título pretencioso. Es que me estaba imaginando unas jornadas de ésas que se organizan por cualquier cosa y que versara, por un casual, sobre este tema. No he visto tal, pero habrá habido alguna vez, no digo que no. Mucho darle vueltas en la universidad a la ética de esta profesión o la de más allá, pero sobre lo nuestro un velo tupido.
En fin, cambiemos el tono. Este post va sobre íntimas perplejidades y dudas existenciales del que suscribe. Pongo por delante una excusatio que no será petita, pero que es imprescindible: no pretendo meterme con nadie en particular, y menos con absolutamente ningún compañero en concreto. Los motivos de cada uno los comprendo desde ahora mismo y no soy quien para juzgar de situaciones y actitudes de nadie en concreto. Así que a ver si no se me pica ninguno, o ninguno que me importe, al menos.
El caso es que me pregunto dónde empiezan y hasta dónde alcanzan las obligaciones de un profesor universitario. Las legales son ciertamente oscuras, por lo que más bien me interrogo por las morales. Uy, qué antiguo me ha quedado esto. Pero vayamos concretando. Ahora que está tan de moda lo de buscar la compatibilidad entre la vida profesional y familiar, y no sólo para las mujeres -espero-, la cuestión es ésta: ¿en qué horarios puede o debe un profesor universitario aceptar sus clases? Si soy eso que se llamaba padre de familia, y que ahora debe de ser padre a secas, ¿hago bien o hago mal si digo que las clases hasta las nueve de la noche las dé su tía o que en sábado examine el lucero del alba? Y otro asunto: si se me tolera decir que sí o que no a estas clases o aquellas, sea por horario o simplemente porque me viene fatal para el cutis impartir un par de horitas semanales más de mi exquisita docencia, ¿mereceré reproches si reconozco que voy a mínimos minimísimos y que a mi plin los títulos y las enseñanzas?
Un par de ejemplillos reales y cercanos. Mi área tiene una asignatura optativa en un máster de reciente implantación. Las clases tocan en miércoles de seis a nueve de la tarde-noche. Mis compañeros, que además son amigos y tienen mi más absoluto respeto y mi mayor y más seria consideración, no pueden dictarlas en ese horario, debido a sus obligaciones familiares, más que nada porque tienen hijos muy pequeños. Yo también tengo una hija pequeña, si bien confieso, para mi definitivo desdoro, que por las tardes mi mujer -también del gremio- y yo pagamos a una cuidadora, como potentados que somos. Nadie nos obliga, eso es bien cierto. Así que yo, en principio, tengo una libertad que me he buscado a golpe de euro y sí me es posible impartir dicha docencia. Por tanto, la asumo, para que se vea cómo somos los catedráticos de mi pueblo. Pero a lo mejor estoy atontado por andar pensando todo el día en cómo era la jornada laboral de mi padre y de mi madre, descastados que me dejaban revolcarme por el prado mientras ellos segaban o cavaban, con la cantidad de bichos que había por allí. En verdad me resultaría muy fácil quitarme de encima ese supuesto marrón, pues en mi mano está decidir si tal asignatura se da o no. Es optativa, como he dicho, y se matricularon cinco alumnos, de los dieciséis que cursan el máster. La dirección me pregunta si vamos a hacernos cargo de la asignatura o pasamos de todo con cara de a mí con ésas. El año pasado eran tres los estudiantes y dijimos que no. Este año ando con el escrúpulo puesto. ¿Hago bien? ¿Hago mal?
Los ajenos que se ganen la vida de otra manera, y especialmente si no son funcionarios, me dirán que para eso me pagan. ¿Me pagan realmente por eso y para eso? No sé, es raro, pues me pagan lo mismo si acepto esa labor o si la rechazo. Luego, será que no es ése el fundamento de mi remuneración. Pero, ¿por qué nos pagan? Sobre ese particular he comprobado que existen dos teorías muy diferentes. Hay quien piensa que nos pagan por hacer; otros opinan que nos pagan por ser. Esta segunda corriente gana adeptos sin parar. Analicemos más en detalle tales opciones teórico-prácticas en disputa. Si me pagan por hacer cosas (enseñar, investigar...), se entiende que debo cumplir con la faena hasta unos mínimos, tal vez unas horas semanales o mensuales de docencia y ciertos resultados de investigación. Mas en detrimento de tal doctrina se ha de aclarar que el sueldo que percibimos apenas está condicionado por dichas prestaciones. Entonces a lo mejor tienen razón los que mantienen el otro punto de vista, el de que nos pagan por ser quien somos. Esto es, el título de catedrático o titular te hace acreedor de tu sueldo, hagas más, menos o nada. Hay que reconocer que resulta tentadora esta doctrina.
Otro caso. Los profesores doctores podemos decidir si queremos impartir doctorado o no. Por consiguiente, si en un departamento o una facultad hay un número bastante de profesores que desean dedicarse también a esa actividad, en ese departamento o facultad habrá doctorado; si no, no. Abundan los colegas que a la pregunta de por qué no se animan a dar doctorado responden así: porque no nos pagan nada por eso. Volvemos a la duda inicial: ¿por qué nos pagan? En realidad, si nos ponemos así, yo también puedo decir que por las clases ordinarias en la licenciatura (el grado, como habrá que decir ahora) tampoco me pagan, puesto que está visto que el sueldo me lo dan por guapo y dicharachero. ¿Me quito de en medio en todo? Si me lo propongo, posiblemente puedo, que conste. No sería el primero.
A lo mejor unas comparaciones de andar por casa nos ilustran un poco; o acaban de enturbiar el tema. Pensemos en un ejército con militares profesionales. Al principio de cada año se pide a cada uno que decida si quiere ir de maniobras ese año, si va a hacer marchas y si se apunta a prácticas de tiro. Raro ¿no? ¿Y si les preguntaran cuántos están dispuestos a ir a la guerra y cuántos prefieren quedarse en el cuartel cobrando lo mismo? O que a los médicos de la seguridad social se les haga decidir cuántas operaciones al año quieren realizar y si prefieren pasar consultas o quedarse en casa leyendo alguna cosa o regando los geranios. Y, por cierto, ¿los militares y los médicos de la medicina pública tienen hijos?
Otra cosa muy simpática de este oficio universitario es la siguiente. Pongamos que usted es profesor y que dice, por ejemplo, que cómo no vamos a tener un doctorado. Muchos compañeros le responden que muy bien, que estupendo y que claro que sí, pero que en ese caso usted, que es el que tiene interés -vaya usted a saber por qué innobles motivos-, es el llamado a preparar el correspondiente programa del doctorado y que usted ha de encargarse de hacer los papeles, convencer a otros profesores y coordinar todo lo que haya que coordinar. Suponga que usted no quiere cargos porque no desea que su tiempo se lo coma la burocracia; es decir, opta por no ganarse mensualmente esos dinerillos del complemento por el cargo, y tal opción la toma precisamente porque no desea hacer papeles. Pues bien, no es raro que los que tienen los cargos y cobran por ello estén entre ésos que le indican que lo de los papeles y la organización es cosa de usted, ya que de usted es tan despendolada iniciativa. Y llegamos así a otro dilema existencial del profesor: ¿qué es mejor y más loable, tener cargos sin dar palo al agua o dar palo al agua sin tener cargos? Ya sé que hay una tercera opción, pero esta temporada no se lleva mayormente.
Estábamos en que muchos colegas te dicen que ellos no imparten cursos de doctorado ni cosas por el estilo porque vaya rollo y cuántos agobios. Vale. Pero un día te los encuentras con unas maletas, les preguntas en qué andan y te dicen que se van a Sebastopol a dictar unas clases en un doctorado muy importante o en un máster muy churri. Pones cara de tonto, les interrogas como esperan y te cuenta que es porque esas clases se las pagan muy bien. Y la cara de bobo ya no se te quita en un mes.
Lamentándolo mucho, ahora voy a tirar unas piedras a mi propio tejado y, además, a incurrir en una inmodestia que espero que se me disculpe. De los profesores que conozco en mi medio habitual, soy seguramente uno de los que más dinerillos extra sacan haciendo bolos por el mundo, que si unas conferencias allá, que si unos cursos acullá. Pero las piedras al tejado propio vienen con lo que me atrevo a proponer para que se aplaque un poco el cachondeo, que sería algo así como un régimen de incompatibilidades bastante peculiar: a menos horas de docencia en tu universidad y a menos rendimiento investigador -medido en sexenios, por ejemplo-, menos permisos para ir a disertar por precio fuera de la institución que te paga. Al que cumpla en casa, que se le permitan juergas fuera; al que no, no. Si usted tiene aversión a la docencia, estupendo, no se torture con la docencia... ni aquí ni en otras partes; si usted considera que los doctorados son una pérdida de tiempo, no pierda el tiempo en doctorados... ni aquí ni en otras partes. Y, por el contrario, si usted aquí se esmera y aún le sobran energías, bien estará que haga horas extra, chollos y chapucillas en otras empresas y que le paguen por ello las otras empresas.
¿Me he vuelto loco? ¿Soy un esquirol posmoderno? ¿Traiciono a los míos? Peor: ¿me he convertido en un fanático inmoral? No sé si voy a poder dormir esta noche. Por menos me he desvelado más de una vez y me he quedado leyendo como si no hubiera cosa mejor que hacer en esta vida académica.

20 octubre, 2008

¿Es la universidad un lujo caro?

Se acaba de publicar el informe “La Universidad española en cifras” de 2008, dependiente de la CRUE. ¿Son sorprendentes los datos? Sólo hasta cierto punto. Por ejemplo, se confirma que la inversión pública en universidades no aumenta, pues entre 1996 y 2006 el porcentaje sobre el PIB ha pasado del 0,835 al 0,859 por ciento. Cuántas promesas se ha llevado el viento y cuántas lágrimas de cocodrilo han vertido para nada los responsables políticos de la enseñanza superior. Y eso sin contar con las rebajas que se imputan a la crisis, como la que acaba de aplicar la Comunidad de Madrid a sus seis universidades y que las pone al borde del colapso económico. ¿Será que cuando escasea el dinero se prescinde antes que nada de los gastos superfluos? ¿Será la Universidad un lujo caro que el país ya no quiere permitirse? En cualquier caso, más que de las universidades estas cifras hablan del talante y las luces de nuestros políticos.
El informe da cuenta de que por término medio los estudiantes sólo aprueban poco más de la mitad de los créditos en los que se matriculan cada curso. La media de créditos matriculados es de 59,54 y la media de créditos aprobados es de 36,81. ¿Resulta demasiado barato matricularse alegremente? Cabe temer que dichos números sirvan para que la santa alianza de políticos y pedagogos vuelva a la carga con el fracaso escolar, aplicado a la Universidad, y que aumenten las presiones para que los títulos se vuelvan más fáciles en términos de esfuerzo y rendimiento. ¿Cuándo vamos a tener cifras fiables sobre el auténtico fracaso, que es el que deriva de la insuficiente formación y de la falta de expectativas laborales de muchos títulos? ¿Y cuándo vamos a conocer si entre los titulados se colocan mejor y más fácilmente los ricos o los pobres, los de una u otra clase social? ¿Quién se beneficiaría más si todos aprobaran todo?
Puestos a hablar de dinero, ¿cuánto se gastan las universidades en cargos de sus profesores? Veamos el ejemplo de la Universidad de Sevilla, tomado de su página web. De un total de 2.107 profesores funcionarios a tiempo completo, 518 tienen cargos académicos y los costes por este concepto son de 2.191.881 euros. En cambio, los tramos de investigación de los catedráticos de universidad cuestan 1.537.160 euros y los de los titulares de universidad 3.640.014 ¿Es rentable tanto cargo? ¿Y cuándo se va a evaluar el tiempo que para la investigación de calidad pierden los profesores en el desempeño de esos cometidos de gestión? ¿Es el cargo el fin natural de la carrera académica del profesorado?
(Artículillo publicado por un servidor esta semana en un periodico para estudiantes universitarios. Es obvia mi deuda con una información que aquí nos dio el incansable Lopera. Mil gracias, amigo).

19 octubre, 2008

Zapatero y sus primas. Crónica confidencial de un encuentro

Días atrás, el amigo Lagunilla nos pedía una crónica fiable sobre el reciente encuentro en la Moncloa de Zapatero con los bancos de peces gordos. Pusimos manos a la obra y costó lo suyo dar con las grabaciones. Primero sobornamos a un par de agentes del CNI y a un conserje, pero se habían equivocado de reunión y habían grabado unas arias de Sonsoles y otros comparsas. Por fin, nos llegó el soplo de que el peluquero de Maritere tenía las cintas buenas, y allá nos fuimos con un disfraz de maltratadora desmelenada. Eso sí dio resultado. En la pelu habían cambiado la música de ambiente propiamente dicho por la grabación de la reunión monclovita y las palabras de nuestros próceres se escuchaban con religioso recogimiento e hincando cada poco la rodilla y lo que hiciera falta. Desgraciadamente, el ruido del secador impidió que pudiéramos nosotros grabar la reunión entera, por lo que sólo cabe reproducir aquí el pequeño fragmento que sigue.
Un banquero (en adelante UB).- Antes que nada, nos gustaría saber cómo ve usted las subprimes.
Zapatero (en adelante ZO).- Hombre, no sabía que usted hablara leonés.
UB.- Esto..., no, me refiero a las subprimes.
ZO.- Pues las mis primes muy bien. A Loli la hemos fichado en la Moncloa y a Conchi la hemos metido en una caja de ahorros andaluza de asesora.
UB.- Ah, qué bien. Estarán contentas.
ZO.- Sí, ellas valen mucho, pero la derecha no se lo reconocía. Ya se sabe que en este país no hay ni memoria histórica ni nada.
UB.- Volviendo a lo de las subprimes...
ZO.- Mire, le agradezco la deferencia, pero es mejor que hablemos en castellano. El que hablaba bien el leonés era mi abuelo. ¿Saben que lo mataron cuando la guerra?
UB.- Sí, bueno, le acompañamos en el sentimiento.
ZO.- Gracias. Pero son sentimientos que se llevan muy adentro.
UB.- Claro, claro. Nosotros queríamos hablarle de cómo andan las finanzas.
ZO.- Hombre, pues no me quejo, aunque ya sabe que nos vamos a congelar los sueldos. De todos modos, para los detalles de nuestra hipoteca y tal es mejor que hablen con Sonsoles.
UB.- Lo haremos, no se preocupe. Pero pensábamos preguntarle a usted por la crisis bancaria.
ZO.- Cuenten, cuenten.
UB.- Pues andamos muy mal. La banca pasa hambre, señor Presidente. Estamos hasta el cuello de deudas y no podemos más. Nos hemos desvivido prestándole dinero a la gente humilde y ahora no nos pagan.
ZO.- Usted sabe que este gobierno que presido no piensa dar ni un paso atrás en su política social, aunque la derecha no esté de acuerdo. ¿Ustedes han visto cómo son?
UB.- ¿Quiénes?
ZO.- Los de la derecha.
UB.- Sí, sí, horribles.
ZO.- Me alegra que estemos de acuerdo. Veo que con ustedes sí se puede dialogar.
UB.- Pues a propósito de su política social. Usted ya sabe que si nosotros andamos mal y no podemos prestarle dinero al pueblo, cómo nos va a pagar el pueblo las hipotecas de sus casas. Debemos evitar que tanta buena gente se quede en la calle.
ZO.- Me preocupa mucho ese asunto, pues estamos luchando a brazo partido para que los más pobres tengan acceso a una vivienda digna.
UB.- Nosotros también. Pero nos encontramos al límite y no podemos seguir ayudando a la gente en estas condiciones.
ZO.- Pues eso va a ser un problema. A la gente hay que ayudarla. Yo les he dado cuatrocientos euros a cada uno.
UB.- Sí, muchas gracias. Los hemos recibido todos nosotros. Pero no nos basta para tapar el agujero.
ZO.- Yo les entregaría más, pero comprendan que no alcanzan los dineros para todo el mundo.
UB.- Por supuesto. Por eso habíamos pensado que si nos financia a nosotros las deudas y salimos del apuro, luego nosotros podemos volver a prestar a nuestros clientes en las mejores condiciones.
ZO.- ¿Y necesitan mucho?
UB.- Con cien mil millones podríamos ir tirando.
ZO.- ¿De pesetas?
UB.- Ejem... de euros.
ZO.- ¿Y eso en pesetas cuanto será, poco más o menos?
UB.- Algo más, no mucho.
ZO.- Bueno, siendo así. ..
UB.- Sabíamos que tiene usted un gran corazón.
ZO.- Eso mismo me dicen mis ministros y ministras.
UB.- Cómo no, seguro que también están bien agradecidos.
ZO.- Ya lo dice el refrán, de bien nacidos es ser agradecidos.
UB.- ¿Cuándo es su cumpleaños?
ZO.- ¿Por qué lo quieren saber?
UB.- Para mandarle unas botellitas de vino y unos dulces caseros.
ZO.- Ah, pues muchísimas gracias. Oigan, he oído que los que están mal son sus colegas norteamericanos, ¿verdad?
UB.- Sí, fatal. Pero es que allí tienen al Bush, que es un cretino. Qué le vamos a contar a usted.
ZO.- Y tanto. Fíjense que ya hace tiempo que decidí dejar de hablarle.
UB.- Hace muy bien, ese tipo no es de fiar.
ZO.- Deberían ir ustedes y comprar todos los bancos yanquis, para que se fastidie Bush.
UB.- Hombre, nos gustaría. Si pudiera usted estirarse un poco más, nos poníamos con eso.
ZO.- ¿Cuánto nos costaría?
....

18 octubre, 2008

Carta de Bienvenido sobre la crisis y sus paganos

Hacía tiempo que no recogíamos los análisis del amigo Bienvenido en sus cartas. Pues aquí está su visión de la crisis:
ZP, Pepiño, la pergamino, ministros masculinos y femeninos son la punta de iceberg de la sociedad española. Una mezcla de “la rebelión de las masas” + democracia + incultura. En otros países del entorno el acceso a la democracia ha ido acompañado de un sistema educativo que aún se sostiene (Francia, Alemania…) o, en el caso británico, un prestigio de las élites universitarias basado en la pasta y en la capacidad, dos elementos, por separado o juntos, que permiten acceder a la universidad.
Aquí la democratización ha permitido que indocumentados, como los pepiños, accedan a puestos muy importantes, tan importantes como exentos de responsabilidad. Estos indocumentados han escogido como asesores a gente de su pelambre, con lo que su ignorancia adquiere una fortaleza a prueba de cualquier crítica, en la remota hipótesis de que entendieran la crítica ad hoc.. Y claro, estos tíos y tías están donde están porque en sus respectivos partidos los eligen, y a su vez los ciudadanos los eligen. Los eligen porque son más o menos como ellos, matiz arriba, matiz abajo. Democracia más incultura. Un gobierno de incultos e incompetentes es la presa fácil de esta nueva ¿burguesía? o, mejor, de la lumpenburguesia que ha surgido en torno a las privatizaciones, al ladrillo y a los medios. Con esto no quiero decir que los anteriores, los Ybarra, etc., fueran mejores. Sencillamente que estamos, en el mejor de los casos, al mismo nivel, igual que cuando reinaba el invicto, pero con más corrupción asumida por la ciudadanía. No creo que la cultureta del Cebrianín, que no tiene un título universitario, sea muy diferente de la cultureta de los que conforman el gobierno actual. Pero tampoco los que tienen títulos son mejores. Escúchese a nuestros colegas comentaristas o tertulianos, los Rodríguez…
Un ejemplo. Ahora el Brown como es el único chochialchochialista europeo, junto con ZP, se acuerda de vez en cuando de que el español está en su misma internacional y le saluda. La prensa del régimen aplaude con las orejas y alaba sin mesura. Brown el salvador… Curioso. En U.K. llevan los chochialistas gobernando un carro de años… y su banca está tan bien tras tan largo periodo de gobierno que ha sido necesario medio nacionalizarla, medida inspirada ¿en K. MARX?, en la maniobra del multimillonario norteamericano Warren Buffet. Vamos, unos tíos que en años no han hecho nada de nada para evitar la especulación internacional de su banca, lo que ahora les obliga a medio nacionalizarla, aparecen como los salvadores, como el modelo a seguir, y sólo porque de vez en cuando Brown se acuerda de su camarada español…
El gobierno lleva semanas mintiendo, como corresponde a su oficio. Primero no iba a haber crisis, luego la culpa es de Bush, la subida del petróleo (malditos jeques árabes), los préstamos subprimes (malditos yankis)… El petróleo ahora por los suelos, y la crisis en su apogeo. La suma de todos los créditos basura no asciende al 1 ó 2 por 100 del PIB de los USA, pero se pretende inyectar en el sistema el equivalente al 7 por 100 del PIB. Curioso. Dos más dos igual a ocho. Las nuevas matemáticas.
Esto que no pocos barruntábamos nos lo ha, cómo decir, dicho sin decir Botín: la crisis no está en un mercado concreto (USA), ni en un negocio especial como las subprime. ¡¡¡Bingo!!! Menos mal que el guindo no debe de ser muy alto. No deja de resultar curioso que cuanto más ha caído el precio del petróleo, más se ha agudizado la crisis… de confianza. Genial lo de crisis de confianza. Un tío no tiene dinero para pagar sus deudas y los problemas de liquidez se derivan de que los demás no tienen confianza en él. Si la tuvieran podría hacer frente a sus deudas…. Lo dicho. Genial. A uno, que a veces es un tanto retorcido en sus pensamientos, se le ocurre que tal vez, quizá, pudiera ser…. que algunos genios hubieran apostado porque el petróleo fuera a seguir subiendo, máxime acercándose el invierno, por eso de las calefacciones, la menor luminosidad, etc., etc., y que hubieran comprado a crédito petróleo (creo que lo llaman futuros, invertir en futuros). Supongamos que esperaban que el petróleo en Navidades anduviera por los 150 $ el barril de brent y que lo hubieran comprado hace un par de meses o tres, en verano, anticipadamente, a 100 $, y que esa compra la hubieran hecho a crédito, es decir, con dinerito prestado por linces banqueros, al 10 por 100 de interés o más. Ahora que el barril anda por los 70 $ ¿quién se hace cargo de las pérdidas? Y quien dice futuros de petróleo dice de materias primas, de cereales, de piensos…¿Los bancos, los honestos banqueros made in USA, in U.K., in France, in… sólo se han metido en el negocio de las subprime? ¿Sólo han prestado, como pone de relieve un video que circula por Internet de dos cómicos británicos, a unos pobres desharrapados negros de Alabama?
Aquí, que no tenemos negros, ni subprime y una banca a prueba de crisis, ¿de dónde ha salido el dinero para tanta compra especulativa de empresas y de terrenos? Claro que todo se solucionará metiendo el “estado” más mano en la cosa. Y desde Luis XIV sabemos quién es el estado, “moi”. Sin duda, hay que regular más, basándose en la encomiable gestión de las CC.AA., en las que los partidos (políticos) tienen una más que sustancial representación y por tanto responsabilidad en la decisión de las inversiones de esas entidades. No sé cómo pueden decir que alguna caja tiene problemas. Es imposible, con el control, no sé si estatal, pero si político, que gobiernos y oposiciones ejercen en tales entidades. No me extraña que Botín critique a los consejeros “independientes”. Él quiere, sandios, “consejeros capaces y que conozcan bien el negocio”. Vamos, más políticos en los consejos de administración de las entidades financieras. El gran banco nazional andaluz, resultado de la fusión de las cajas de ahorros provinciales andaluzas. Chaves, retirado del virreinato, de director general. Tararí, tararí.
Luego está la progresía. Después de haber alabado al nuevo mesías económico, el Brown, han decidido preocuparse por los hambrientos y la lucha contra el cambio climático. ¡Qué horror, se va a reducir el dinero destinado a paliar el hambre y el cambio climático! Chusma capitalista. Vais a salir de la crisis (ellos, los progres, viven en el Tibet, como es bien sabido, no en el quartier latín, la quinta avenida, kew garden, los ensanches… ) a costa de cortar la ayuda a los pobres del mundo y a costa de elevar el nivel de las aguas… Curioso. A uno, que, repito, tiene pensamientos retorcidos, se le ocurre que debido a la caída del precio del petróleo, fabricar biocombustibles con maíz ha dejado de ser rentable, y que debido a ello el precio del maíz, de la soja, del arroz, ha bajado. Los hambrientos de la tierra, algo han conseguido, digo yo, vamos. Y en cuanto al calentamiento, pues con la crisis se gasta menos, se consume menos, ergo se quema menos petróleo, menos carbón, menos… así que se enviará a los cielos celestiales menos CO2, vamos, digo yo.
Pero nuestro culto pueblo soberano seguirá pensando, medios ayudando, que la responsabilidad de la crisis está en el tonteras y al mismo tiempo astuto Bush, en los ladinos jeques árabes que se han estado forrando con el precio del petróleo… y, a no tardar, en los inmigrantes, que quitan el trabajo (que no quieren hacer) a los españolitos.

17 octubre, 2008

Ya funciona el nuevo club

Confirmado, ya funciona a pleno rendimiento el sistema de acreditación para profesor titular o catedrático de universidad. Una maravilla de eficacia, objetividad y garantías. Qué gusto cuando se transparenta tanto seso. Ha quedado una cosa como así: al candidato le van a echar un polvete, pero se lo echa uno que sale poco menos que por sorteo y que puede ser de su pueblo o del quinto pino; y el sujeto activo de la penetración también va a ciegas, pues no le dejan ver el cuerpo entero de aquél al que se va a beneficiar, sino sólo la punta de los pies y la parte de atrás de las orejas. Emocionante, ¿eh? Cita a ciegas con un morbo de no te menees.
Ya tengo las pruebas y los testimonios más que sobrados para poder afirmar que vaya un cachondeo de las pelotas. Dos datos, ayer mismo confirmados por protagonistas directos de la jugada. No me refiero a víctimas con mejor o peor fortuna, a candidatos, sino a evaluadores.
Primer asunto: el que el trabajo, la obra y los méritos de un candidato a la acreditación sean informados por uno de su área de conocimiento, del campo concreto o disciplina en que labora, depende del azar o de un dedo más o menos limpio que señala lo que le peta; o de un bombo, vaya usted a saber. Porque, concretando más, ya sé de más de un dictaminador de mi especialidad, la Filosofía del Derecho, al que la Agencia correspondiente le ha pedido que informe sobre candidatos de Historia del Derecho o de Derecho Romano. Y, a partir de estos datos que ya me constan, puedo suponer que así será siempre y en todo: que sobre uno de Derecho mercantil informa alguien de Derecho penal y que a uno de Derecho penal lo evalúa alguien de Derecho internacional privado, salvo que por casualidad coincidan las especialidades de evaluador y evaluado. También tengo noticia fidedigna de un filólogo al que le llegó la petición de la Agencia para que evaluara a un pretendiente de Historia Contemporánea. ¿Por qué no me pedirán a mí que puntúe a algún pedagogo? No hay narices.
Segundo asunto: sé ya de más de uno de esos evaluadores o dictaminadores que, ante la llegada de la documentación de un candidato (que no era de su disciplina, además) y la consiguiente petición de informe, preguntó, sorprendido, lo siguiente: pero ¿al menos no me van a enviar sus obras? Respuesta del funcionario que estaba, indignado, al otro lado del teléfono: en la documentación ya figura fotocopia de las páginas primera y última de cada publicación, para evitar fraudes. Réplica de mi conocido: ya, pero si quiero saber de la calidad de tales trabajos, y no meramente tener constancia de que existen, tendré que poder leerlos o, al menos, ojearlos con bastante calma. Contestación: hombre, cómo se le ocurre, eso sería una labor ingente. Nueva réplica: pero, ¿me los pueden mandar o no? Respuesta definitiva, cortante y perentoria: no, porque no los tenemos, y no los tenemos porque la normativa sólo exige página inicial y final de cada trabajo. Todo esto suena tal que así: como si a usted le pidieran que arbitrara un partido de fútbol sin verlo, sólo oyéndolo por la radio y, para colmo, sin que usted sepa mayormente de fútbol. Estupendo, qué cachondos, ¿verdad? Vivan las agencias estatales a pedales.
Y ahora les pregunto yo a ustedes, queridos amigos: ¿comentamos algo o lo dejamos aquí, pues qué decir que no se sepa? ¿Qué estamos en manos de borregos? Obvio. ¿Qué esto es la anticiencia? Por supuesto. ¿Que viva la corrupción y abajo las garantías? Claro. ¿Que a qué cabeza de chorlito enferma y apestosa se le puede ocurrir un sistema así y lo presenta, encima, como el no va más de la objetividad? Pues se supone que seria a una lumbrera pedagógica con muchos cursos de especialización en variadas competencias y que se mata a pajas en su despacho ministerial. Porque si no, no se entiende.
Pero el mensaje es claro. Si usted quiere ascender y llegar en la universidad a titular y catedrático haga de todo eso que puntúa (tener cargos, asistir a cursos de los que dictan pedagogos analfabetos –sólo la mayoría, ojo; en todo hay excepciones-, montarse estancias en el extranjero aunque no tenga que dar cuenta de lo que hace allí... y escribir mucho, mucho, tener una obra abundante. ¿Y qué ha de haber dentro de tan extensa obra? Ah, eso es lo de menos. Como si rebuzna, como si cuenta películas, como si deja las hojas centrales en blanco. Eso sí, presente muy monas la página primera y la última, que se las van a pedir. Y algún incauto se dirá: ¿Y si resulta que mi obra ha de valorarla uno de mi disciplina que conoce el percal y sabe de mis trampas? Tranquilo, confíe en la suerte. Visto lo visto, no parece probable. Le evaluará alguien que puntuará al peso, tantos cargos, tantos puntos; tantos artículos, tantos puntos; tantos libros, tantos puntos; tantos cursitos para lerdos, tantos puntos. Total: X. Acreditado/No acreditado.
Si no se ve, no se cree. ¿Y qué dice la selecta academia? ¿Cómo reaccionan los muy doctos universitarios? Como mansos corderitos; muchos, incluso, han visto muy bien el tránsito a un sistema tan objetivo, práctico y uperisado. Aunque, ojo, el juicio definitivo dependerá en cada caso de cómo le vaya en la feria al prota. Si te acreditan, qué procedimiento tan bueno y depurado; si no, qué churro y cuánta injusticia. Así somos. Panda de borregos de los c... Por supuesto, todo esto no quita para que pueda haber acreditados con pleno merecimiento y que ya hubieran debido tener su plaza hace mucho tiempo.
Una sola nota para la esperanza: parece que muchos de los profesores llamados a informar sobre los que pretenden acreditación se niegan a hacerlo cuando el evaluado no es de su área. Aún queda gente con un poco de vergüenza. Pero también me han contado que a éstos los están invitando a renunciar y quitarse de en medio, para que figuren los que deben estar: los jetas. Amén.

16 octubre, 2008

La moral del Cuerpo

El día de la patrona de la Guardia Civil me pilló lejos de casa. Fui a dar con un amigo de juventud que es guardia y que me insistió para que lo acompañara a tomar unas cervezas con sus colegas. Andaban críticos y cabizbajos y me interesé por sus tribulaciones. Habían estado en las celebraciones de su Comandancia y hablaban todo el rato de un guardia que ese día había recibido una medalla. Al parecer, era un sujeto poco ejemplar. Recientemente había pasado sus buenos apuros por meter la mano en la caja y por traerse manejos turbios con esos dineros que no eran suyos. También se sabe que usaba los coches de servicio para sus negocios particulares y que hasta los de Asuntos Internos lo tenía enfilado por sus variadas hazañas poco compatibles con el honor que es divisa del Cuerpo.
Me puse a preguntarles cómo funciona eso de las condecoraciones. Que te lo cuente éste, que tiene cuatro, me respondieron. El aludido, entre risas, me dijo: mira, tengo dos por viejo y dos por hacer la pelota. Pero por sincero no tiene ninguna, añadieron los otros. Quise saber más sobre cómo se otorgan las medallas. Hay de todo, por supuesto -me contestaron-, pero a menudo las pocas que se dan se las llevan los que trabajan sentados a la vera de los superiores que las proponen. Y empezaron a señalarse entre sí: éste anda por la montaña y no tiene ni una; aquél se pasa los turnos en la carretera, y tampoco; y el de más allá lleva media vida aguantando noches al relente o jugándose el tipo con cacos, y ni las huele.
Por decir algo, les apunté que, al fin y al cabo, no será tan importante llevar medallas colgadas el día de la fiesta. Replicaron que, si lo prefería, me explicaban el reparto de la productividad. ¿Y eso? También la regalan los jefes a quienes les comen la oreja. Yo iba a preguntarles por sus sueldos, pero ya no me atreví. Ellos se pusieron a despotricar sobre las horas extra, que nunca rebasan los cinco euros, y eso si es en festivo, de noche y no sé qué más.
Volví a casa con un consuelo de ésos que son propios de tontos. Y pensar que me paso la vida echando pestes de la Universidad y de la Administración civil en general... Menos mal que nosotros no tenemos condecoraciones, aunque, a cambio, nos gusta mucho regalar los ascensos a cobistas, listillos y consentidos.
Parece que el mal es general y muy contagioso. Una epidemia en toda regla. El mérito, la capacidad, el esfuerzo y la honradez no están de moda en este país de nuestros pecados. Pero uno, que tiene en la Guardia Civil parientes y amigos a los que quiere y admira, no puede evitar una pena grande. Algo huele raro en este Reino que no es el de Dinamarca. Pero eso sí, todo por la patria.
(Publicado en El Mundo de León hoy, día 16 de octubre).

14 octubre, 2008

La forma de la reforma (universitaria)

Lo de la adaptación del sistema universitario al Espacio Europeo de Educación Superior se está haciendo de un modo más que raro. Se trata de que los títulos europeos sean convergentes, es decir, lo suficientemente parecidos como para que tenga sentido el reconocimiento de cada uno en los distintos países. Sin embargo, aquí el Ministerio español no ha querido dar directrices sobre contenidos mínimos de los distintos planes de estudio, con lo que cada universidad puede diseñar el plan que le venga en gana. ¿Cómo van a parecerse nuestros planes a los europeos si ni siquiera se parecen entre sí? Algunos colegios profesionales, como los de ingenieros, se alarman y dicen que no van a colar los titulados en ingeniería que hayan estudiado quién sabe qué cosas chuscas.
Además, se empieza la casa por el tejado. Antes de poner en marcha las enseñanzas de grado, se instauran en muchos centros las de posgrado, que es como si uno se empeña en poner la azotea antes de levantar los tabiques. Para rematar, en muchos lugares comienzan a decir que los estudios de máster podrán contar como la parte teórica del título de doctorado; o sea, como si el aperitivo fuera parte del postre. Un lío. Para mayor desconcierto, hay universidades en las que no computa la docencia de sus profesores en posgrados. ¿Alguien entiende que la enseñanza en títulos oficiales no cuente como docencia?
Y lo mejor de todo es que ahora resulta que no hay dinero para las reformas. Esto es, usted planea una reforma integral de su casa, encarga los proyectos al arquitecto y avisa a los albañiles, pero cuando le dicen a cuánto asciende la obra, responde que no piensa pagar ni un euro. Las Comunidades Autónomas se apresuraron a pedir las competencias sobre universidades, pero no repararon en que algo tendrán que poner de sus presupuestos para que la institución se transforme y funcione adecuadamente. Contra el Ministerio se vivía mejor.
Los rectores gallegos, por ejemplo, ya están poniendo el grito en el cielo, puesto que los gobernantes terrenales de la educación superior no les hacen caso y les dicen que con su p(l)an se lo coman. Los políticos contestan que vienen tiempos de vacas flacas y que los dineros no alcanzan para lujos. Entonces, ¿hacemos la reforma o no la hacemos y seguimos como hasta ahora?
En España el gasto en universidad no llega el 1% del PIB. La media de los países europeos de nuestro entorno es del 1,3. En Estados Unidos está en el 3,3.
A lo mejor alguien debería plantarse, pero quién. ¿Los rectores? ¿El profesorado? ¿Y los estudiantes? ¿Qué dicen? ¿De cuánto se enteran?
(Publicado por el que suscribe recientemente en algún lugar)

13 octubre, 2008

A mí que me nacionalicen

Ya me perdonarán ustedes, pero me pide el cuerpo seguir dándole vueltas a la economía financiera con el mismo desparpajo que si fuera un alto ejecutivo de la banca internacional; o sea, sin tener ni puta idea, con perdón. Pero es que o uno anda sensible por alguna otra cosa o todo lo que está pasando es raro, raro, raro.
Antes los políticos buscaban los votos con medidas de ésas que se llaman populistas. Ahora buscan la subida de la bolsa con medidas que habrá que denominar bolsistas. Y el pueblo aplaude y vota(rá) con entusiasmo; es decir, si usted quiere que le vote el pueblo, haga que suba la bolsa. ¿Porque el pueblo ha invertido un pastón en acciones variadas? Quiá, porque al pueblo le han dicho que como la bolsa se la pegue, sus altos ejecutivos seguirán igual de chulos, pero que lo que es él, el populus, se va a tomar por la ratambufa hasta el día del Juicio Final por la tarde. El razonamiento es así: si se arruinan los bancos, los bancos no se arruinan, sino usted. Vale.
Andan ésos que los periodistas radiofónicos llaman los mandatarios de los países perdiendo el culo por ver cuál toma la medida que deje más tranquilos a los ciudadanos porque se quedan tranquilos los bancos con su trinque. Aquí, en nuestra nación de naciones, el Gobierno ha decidido avalar las deudas que los bancos contraigan los unos con los otros o con quien les dé la gana de aquí a no sé cuándo. Por cierto, y a propósito de la nación de naciones: ¿por qué no repartimos competencias y que cada nación superchurri se encargue de sus bancos o de las sucursales del terruño? Mira, sobre esto de poner pasta para el chollo bancario no dicen ni pío los ibarreches, por ejemplo. Pero ya que el BBVA es de Bilbao, podían avalarlo los del Nervión. ¿Y el Banco de Sabadell? ¿Ése será de Guadalajara? Pero no, eso me va a tocar a mí, que vivo en León. Qué relativo es el sentimiento nacional; y tan selectivo como el Ibex. Con lo bonito que sería que salieran naciones y autonosuyas diciendo eso de dejádmelos a mi...
Pero al grano. El Estado español responde, creo que hasta cien mil millones en total hasta fin de año, de las deudas futuras de los bancos de aquí -o de Cataluña, Euskadi...-. O sea, que si se vuelven a meter en pufos y luego no pueden pagarlos, tranquilos, aquí estamos usted, yo y el vecino del quinto; oséase, el Estado. Como decimos en Asturias, “será por perres...”.
Vuelvo a disculparme porque renuevo mi matraca de hace días: ¿por qué el Estado no nos avala a usted y a mí? Dicen que la crisis arranca de que hay mucha hipoteca basura, concedida a sujetos que hasta el tonto del pueblo sabía que no tenían con qué pagarla. ¿Cuánto personal de a mil quinientos euros al mes se ha metido a comprar La Ponderosa por aquello de la Bonanza? (el chiste es para viejos, como el país; sorry). Hay mucho morosos en ejercicio y, sobre todo, mucho moroso en ciernes, con la que está cayendo desde que la burbuja se pinchó y empezó a salir el gas fétido que contenía. Y como los bancos no cobran o temen no cobrar de sus deudores -usted, yo, el portero de nuestra casa, que fue el que se compró el rancho...- les da una crisis de confianza y van de gatillazo en gatillazo. Y, claro, les falla también la autoestima. Pero todo arranca, dicen, de que se teme la falta de liquidez derivada de que mucho parroquiano no apoquine por sus préstamos. Corcho, pues ya está: el Estado avala a los ciudadanos deudores, la liquidez reaparece, la confianza retorna y ya pueden los bancos seguir echándonos polvazos como los de antes.
Pero no, los mismos que no podemos pagar, que somos los ciudadanos que formamos la materia prima (por lo de primo) de eso que llaman Estado, avalamos a nuestros acreedores. Repito, por si alguien se ha despistado: el deudor, del que las malas lenguas dicen que no tiene donde caerse muerto, responde por su acreedor, que es un craso Creso que se pasa los días fardando de que este año le han crecido los beneficios un veinte por ciento y que en cuatro días se compra otros tres bancos del mundo mundial. No lo entiende ni la santa madre que lo parió. Lo evidente es que hay que enriquecer la teoría del Estado, añadiendo a sus componentes de toda la vida, territorio, población y poder, uno más: la banca, que siempre gana.
Ni se entiende eso ni casi nada. Repito una idea que ya se me escapó aquí el otro día y que parece que nadie pilló, pues no me han llamado de ninguna Internacional, ni la Primera ni la Segunda ni la Tercera ni la Cuarta: qué ocasión a güevo para cargarse el capitalismo en lugar de andar poniéndole vendajes con la tela de nuestros calzoncillos/bragas. Cierto que no suelo leer periódicos ni panfletos virtuales de eso que llaman los extremos, sean diestros o izquierdosos. El espectro de los diarios que consulto va de La Razón a Público, pasando por eso tan chulo que llaman el centro-derecha y el centro-izquierda. Bueno, pues ahí no he visto ninguna declaración de político izquierdoso que nos grite que a por ellos, que son pocos y están acojonados. No, al contrario, que qué bien que ahora el mercado va a estar más regulado, que qué maravilla que el capitalismo de ahora ya no va a ser de este tipo salvaje que se hace el harakiri, sino capitalismo guapo de narices, con rostro (mucho rostro) humano, etc., etc. Y Bush tenía la culpa de todo, pero hasta que él no movió ficha los otros silbaban tangos y el de aquí decía que qué crisis ni qué leches, que esto va que jode y que qué bien el diálogo y que no haya antipatriotas como los del PP. Y ahora Zapatero avala las deudas futuras del Estado con mi dinero y el del conductor del bus, ambos hipotecados con los bancos, precisamente.
¿Y qué me dicen de la talla que se gasta nuestro Estado? Tenemos un Nacho Vidal con bandera e himno, qué cosa. Porque aquí sale pasta sin tasa, lo mismo sacamos cincuenta mil millones para comprar activos que tropecientos mil para avalar a los bancos, pobriños.
Yo ya sé lo que voy a pedir a los Reyes Vagos para enero: que el Estado me avale; o, si no, que me nacionalice. ¿Acaso voy a ser menos que un banco cualquiera? Es que ya se me acabaron los cuatrocientos euros, ¿sabe usté? Se los llevó enteritos mi banco en comisiones obreras.
Y lo siguiente que voy a pedir, aunque todavía no sé a quién, es que unos cuantos de los penalistas amigos me cuenten lo del delito de estafa sin hacer que me muera de risa. A ver si lo consiguen. Porque resulta que siguen enchironando a los de la estampita y el tocomocho, pero a los directivos de la banca que nos la dan con queso y a los que tenemos, encima, que sacar de apuros, no los toca ni Zeus. De esta dejo lo del Derecho y me dedico al macramé; o a atracar ancianas como un maldito presidente de consejo de administración; lo juro.

El desmentido a la carta. Por Iñaki Ezkerra

(Publicado en El Correo hoy, 13 de octubre).
La noticia causó una gran conmoción en toda España hace unas semanas: José María Aznar negaba ser el padre del niño que esperaba la ministra francesa de Justicia Rachida Dati. Estábamos todos convencidos de tal patermidad y de pronto nos dan el terrible disgusto de ese desmentido; de repente nos cae ese jarro de agua fría para mí sólo comparable a si un día me entero de que Pepiño Blanco no es el padre de los gemelos de Angelina Jolie. La verdad es que esta idea que se le ocurrió al brillante gabinete de imagen de Aznar es pistonuda: darnos noticia de relaciones inexistentes o sea informar en exclusiva de la nada. A mí me parece que un milagro semejante resulta digno de ser estudiado en todas las facultades de periodismo y sólo puede ser comparado con la multiplicación de los panes y los peces. No me extraña nada que mi admirado Francisco Sosa Wagner no haya querido ser menos y haya decidido por su cuenta y riesgo iniciar ya su campaña para las elecciones europeas como candidato del partido de Rosa Díez afirmando con admirable gallardía y sin ningún complejo que él es el padre del hijo de la guapísima soprano rusa Anna Netrebko.
Junto a la de Aznar, la confesión de Sosa Wagner resulta un tanto elitista, algo así como un ligue de arte y ensayo, pero lo más interesante y más bonito -por qué no decirlo- es que sugiere el derecho del ciudadano a la confesión, al deseo, a la fantasía a la carta. Puestos a dejar volar la imaginación, por qué detenerse en una ministra de Justicia gabacha que está de buen ver y no aspirar a los mitos sexuales que conforman la propia sentimentalidad estética y particular de cada uno. El camino abierto por el profesor Sosa Wagner ofrece una serie infinita de posibilidades aunque tengo que reconocer que a mí personalmente me gusta, más que la licencia literaria de la confidencia pública, la variente aznarista del desmentido. A partir de ella es posible que mañana se interrumpan todas las programaciones de televisión del país para que asome por las pantallas el careto de Teresa Fernández de la Vega anunciando que es totalmente falsa su relación con Tom Cruise. A partir de este momento puede pasar cualquier cosa. Ya le veo a Patxi López negando rotundamente sus relaciones con Florinda Chico en plan de promocionarse el hombre para las autonómicas. Ya le veo al propio Ibarretxe negando -cosa bastante verosímil- las relaciones consigo mismo. Sí, queridos lectores, no puedo concluir estas líneas sin verme en la dura obligación de comunicarles en exclusiva que entre Sandra Bullock y yo no hay nada.

12 octubre, 2008

Educación para la soga. Por Francisco Sosa Wagner

Tiempo este de turbulencias económicas y financieras, tiempo de desasosiego, de un ir y venir con planes de rescate, bolsas que se desploman, índices que se abaten y números más rojos que Negrín. Los gobernantes se agitan en sus cenáculos, se reúnen, cetrinos y con las ojeras como bulbos, rascan el bolsillo de los contribuyentes para pagar, extender cheques, dar avales, comprar negocios ruinosos, adquirir acciones ... todo se ha vuelto un carnaval de cifras que fueron, ay, altivas y engalladas pero que hoy reptan abatidas por el parqué de los templos del dinero.
Si el euro vuela, el dólar se esfuma, si nikkei nos amarga el desayuno, dow jones nos da el almuerzo, definitivamente no hay descanso y el repiqueteo de las malas noticias es como un ir y venir de arañas malignas, es el tiempo en que las sonrisas se agrian y todo queda entregado a los antojos del huracán de las cotizaciones.
Hay bancos y aseguradoras y empresas inmobiliarias que sufren temblores y se convierten en pocas jornadas en fantasmas abatidos, frágiles figuras que ya no emiten sino tristes sones. Los negocios se les han esfumado y es llegada la hora de llamar en auxilio al Estado, al municipio, a lo que se ponga por delante para tapar un agujero o pagar una letra más vencida que Napoleón en Waterloo.
Todo se ha vuelto un garabato de desconcierto en la “civitas cupiditatis”. No suena sino la música de una borrasca de vidrios rotos.
Pero ... pero hasta ahora no hay un solo directivo, no hay un solo responsable de esos negocios, que fueron y ya no son, un señor con cara y ojos que haya tenido la cortesía de aparcar el coche, abandonar el portafolio en la chaise-longue y acudir al desván en busca de una soga, hacer en ella un nudo corredizo y colgarse de una viga.
Al contrario, desaparecen de la escena pública “en douceur” y como disimulando para ir a descansar de sus fatigas a un paraíso fiscal donde hay clarear de soles, surtidores de champán como tallos vigorosos, almendros en flor y esas mujeres muslonas que ofrecen el tostado de sus pieles desnudas al tacto de los dedos ávidos.
En esto es donde se advierte la diferencia de los tiempos. Antiguamente el empresario arruinado acudía a la Iglesia, seleccionaba a un confesor de sotana trabajada por los brillos, de él recibía el consuelo del perdón, escribía una carta con letra menuda y presurosa en la que explicaba al juez o a su familia su determinación y se ahorcaba. Con valentía y caballerosidad, con la buena crianza que había aprendido de sus mayores. Lo encontraban al día siguiente frito,balanceándose en la cuerda con la lengua fuera pero ya arribado al puerto de la paz eterna. La contabilidad le había sido esquiva y él había sabido responder con modales educados.
O bien subía al séptimo piso de un edificio, seleccionaba un balcón con buenas luces, lo abría de par en par y se precipitaba al vacío, circunstancia que aprovechaba para matarse bien pegado al asfalto que lo acogía para mecerlo en su último sueño.
Así se condujeron muchos empresarios cuando la gran depresión de 1929 inauguró en Nueva York la noche negra de las cifras rojas. Caían por las ventanas los directores de empresa como frutas maduras, los vendedores de sogas no daban abasto, tal era la abultada cartera de pedidos que habían de despachar cada mañana en cuanto se abría la Bolsa y se constataban las pérdidas millonarias. Faltaban ganchos para tanta demanda, faltaban desvanes y ciudades hubo donde fue necesario improvisarlos como se improvisa la acogida urgente de los afectados por una riada o por el despertar de un volcán.
Pero sin tener que ir tan lejos, en España, en Oviedo, el padre del gran escritor Ramón Pérez de Ayala el día que descubrió la jugarreta que le había hecho el pasivo de su negocio, se ahorcó dejando a su hijo la carta en la que le animaba a escribir “Troteras y danzaderas”.
Eran tiempos, sí, de cortesía, de urbanidad, y, ¡qué caramba! de cumplimiento estricto del deber. Hoy, si no podemos aspirar a tanto, al menos que estos desalmados manden decir unas misas.

11 octubre, 2008

Todo patas arriba

Nadie está donde se le espera, nada como se lo supone, todo va “al devalu”, como se dice en Asturias, y que significa al albur de las mareas, sin timón, sin control ni guía. Ya da risa.
Lo último entre lo anecdótico, pero significativo, es esa frase de Rajoy cuando no sabe que tiene los micrófonos abiertos: “Mañana tengo el coñazo del desfile. En fin, un plan apasionante”.
Se consuma lo que se veía venir. A la derechona ya no le gustan ni las banderas, ni las patrias, ni los himnos ni los desfiles. Pronto dejará de ir a misa. Se están haciendo ácratas a todo meter. Y como en estas cosas funciona algo así como la dinámica de fluidos o de yo qué sé qué misterios cósmicos, hueco que deja libre un cuerpo, lo ocupa otro cuerpo, no necesariamente serrano. Por ejemplo, según la derechona va pensando que vaya rollo lo de los ejércitos y los desfiles y que por qué no vamos todos a comernos los huevos a casa Lucio, una parte de eso que antes era la izquierda y ahora vaya usted a saber qué será, anda soñando con patrias nuevas con muchas embajadas, ejército y policías propios con uniformes comprados en China. ¿Se imaginan que Cataluña ya fuera independiente y soberana del copón, que se celebrara el día de la nación catalana con un desfile de los ejércitos aborígenes, con todos sus cuerpos, y que Carod, Puigcercos o Montilla -se me ha olvidado el nombre del de Izquierda Unida o como se llame, importántisimo personaje del progresismo actual con corbata de seda; lo siento- dijeran eso de “Tengo que ir la pijada del desfile”? La que se armaría: chirriarían las esencias de la nación, se reabrirían las cicatrices de la patria, llorarían en sus tumbas los viejos héroes de la tierra, se deprimirían la Blut y el Boden. Y todas esas cosas tan monas que dicen siempre los nacionalistas, antes de derechas y ahora de izquierdas.
Ahora bien, aviado va Rajoy si piensa que, ya metida la pata hasta el corvejón, esto le va a quitar ni un ápice de su condición de facha irredento y de culpable de que todos los veranos llueva en unas partes que ya están mojadas y haya sequía donde hace falta el agua. Ah, y de la crisis económica mundial, nacional, municipal y parroquial. Porque cuando decía que la preveía, lo que quería era provocarla; y la provocó, el muy taimado.
Urge que Pepiño lance una soflama a las fuerzas armadas y les explique que el ejército es la columna vertebral de la nación y que la nación es lo primero, que lo que le falta a la derecha es amor a la patria y que vamos todos juntos en unión defendiendo la bandera de la santa tradición y que arriba España y vivan sus diferentes naciones. Apuesto una merienda a que en menos de tres días lo casca. Porque, al fin y al cabo, la casquería es lo suyo.
Pero pongamos la mira donde debemos y dejemos al pobre Pepiño, que bantante tiene ya. Es la derecha la que nos sume en el desconcierto y la desmoralización. Porque vamos a ver. Empezó el despendolado Cascos enlazando señoras y divorcios como un nihilista sin norte. Razón por la cual tuvo el gobierno progresista que dictar normas a tutiplén para rescatar la viaja idea de familia basada en el matrimonio, por ejemplo tentando a los homosexuales para que se casen en lugar de darse a la disolvente promiscuidad. Luego va la derecha, encabezada por su líder natural, el Bush, y se pone a meterle mano al capitalismo, poco menos que nacionalizando bancos. Y la izquierda, pillada con el paso cambiado, se apresta como loca a rescatar también el capitalismo y a ayudar a las ejemplares instituciones financieras. ¿No era esta la ocasión para darle la puntilla al capital multinacional, globalizado y supercalifragilístico?
La progresía salva la familia, salva el capitalismo, salva la idea de nación, quiere que la universidad esté cada vez más en manos de las empresas y le pone pegas a la inmigración. ¿A dónde vamos a parar? Ahora que Rajoy nos sale con que los desfiles son un rollo va a tener la izquierda que recordarnos lo de que si vis pacem, para bellum y que el mejor ataque es una buena defensa, con Sergio Ramos en el eje de la zaga.

10 octubre, 2008

Ah, y no se pierdan lo de Millás

Estupenda a más no poder la columna de Juan José Millás hoy en El País. Pero ¿por qué llama mafia a los promotores y tal que tienen muchos billetes de quinietos? Y al final ¿cómo es ésto? ¿Tenemos que ayudarlos nosotros a ellos o nos han de ayudar ellos a nosotros? No lo entiendo. Un lío.
Aquí está el texto:
Banca y Estado. Por Juan José Millás.
Cuando los socialistas estaban a punto de ganar las elecciones en 1982, la derecha tenía miedo de que nacionalizaran la banca. Tanto era así que Felipe González tuvo que tranquilizar a esos sectores asegurando que el triunfo de la izquierda carecería de significado real. Sólo aspirábamos a que España funcionara, o sea, que las cartas llegaran a sus destinatarios, los trenes salieran en hora y las comisarías no fueran centros de tortura. Apenas unos años después hay en todo el mundo capitalista un clamor para que los gobiernos, sean del color que sean, nacionalicen su gestión, sus dineros, sus meteduras de pata. Si los gobiernos se avienen, es porque sin banca no hay Estado. Aquí quiebra el Ministerio del Ejército y no pasa nada, quiebra el de la Vivienda y no pasa nada, quiebra el de Cultura y no pasa nada, quiebra el de Trabajo y no pasa nada, quiebra el de Justicia y no pasa nada, y así de forma sucesiva. Pero si quiebra la banca nos vamos todos al cuerno. Pese a no haber un ministerio de la banca, la banca es la sustancia del Estado.
Junto a esta iniciativa nacionalizadora que recorre el mundo, se advierte también una corriente (todavía subterránea) dirigida a solicitar a la mafia que ponga en circulación el capital que tiene retenido en billetes de 500 euros. Ya se anuncian, de maneras más o menos sutiles, ventajas fiscales para ese dinero negro importante en las épocas de bonanza, pero indispensable en temporadas de vacas flacas. Quiere decirse que la mafia es otro de los pilares del Estado del que sólo nos acordamos cuando truena y ahora truena lo suyo. Queda la Iglesia, que afortunadamente goza de buena salud, como demuestra su presencia en todos los actos oficiales. Pero si pasara por dificultades, no sufra su Santidad, la nacionalizamos también (hasta que escampe), junto a la mafia y a la banca.

Los viejos profesores están hasta el gorro. Un artículo de Gabriel Albiac

Esto publica Gabriel Albiac hoy en La Razón. Uno más.
En la universidad va camino de ocurrir lo contrario de lo que suele pasar en los barcos: se hunde, pero sólo se quedarán las ratas.
El error más grave. Por Gabriel Albiac.
El 16 de febrero de 1673, Johannes Ludwig Fabritius, Profesor en la Academia de Heidelberg y Consejero del Elector Palatino, transmite «al muy sagaz y celebérrimo filósofo» Baruch de Spinoza la invitación de su «Serenísimo Príncipe» para que se haga cargo de una cátedra de filosofía. «No hallaréis» -escribe el consejero al enigmático pensador, al cual, tras su expulsión del judaísmo, todos sospechan ateo- «príncipe más inclinado a favorecer las mentes destacadas... Tendréis la más amplia libertad de filosofar? Si aquí viniereis gozaréis de una vida placentera y digna de un filósofo». Cortés pero sucinto, Spinoza dice no. Pues, no habiendo tenido intención nunca -escribe- «de enseñar en público, no me es posible aceptar esta magnífica oportunidad? Ya que pienso, en primer lugar, que tendría que abandonar mi investigación filosófica, si quisiera dedicarme a la instrucción de la juventud. Y además, estimo que no conozco los límites a los que debe restringirse mi libertad de filosofar? Veis, por lo tanto, Gran Señor, que no me guía la esperanza de una fortuna mejor, sino el amor a la tranquilidad, que creo poder conservar de algún modo absteniéndome de las lecciones públicas». Y Spinoza sigue viviendo de su oficio. Artesanal y discreto. Un eficiente tallador de vidrios ópticos. Ni bien ni mal pagado. Lo justo para costear su pequeña habitación realquilada.
No conozco a uno solo de los que en mi generación se han dedicado a esta bella inutilidad de la filosofía que no lamente haber traicionado el postulado de Spinoza: vivir de cualquier cosa menos de la docencia. Porque es cierto, como la carta de 1673 confiesa, que filosofía y enseñanza se excluyen siempre. El gran spinozano que sería Schelling cristalizaba esa repulsión, un siglo y medio más tarde: «Quien quiera en verdad filosofar debe renunciar a toda esperanza, no debe querer nada, no debe saber nada, ha de sentirse solo y pobre, y darlo todo para ganar todo. No es cosa fácil: es penoso separarse, por así decir, de la última orilla». Alguien que pretendiera «enseñar» algo así de verdad desde una cátedra vendría a ser, en nuestras cursis sociedades, una excéntrica variedad de corruptor de menores. Como Sócrates en la Atenas de hace dos milenios y medio.
Leo el informe de LA RAZÓN sobre la enseñanza en España. Demasiado sé que es la desmoralización real del profesor aún mucho más honda de lo que ninguno de nosotros dice. Esto se ha acabado. No, no es que nuestros alumnos sean malos. Ni buenos. Es que no saben leer. A partir de eso, todo juicio adicional es tiempo perdido. Y la certeza de que hubiéramos debido ganarnos el condumio con algo artesanal, que no hubiera aprisionado nuestras mentes en este cementerio, es hoy, entre los de mi edad al menos, un remordimiento para el cual no hay cura. En la Universidad hemos perdido lo mejor de nuestras vidas. Nuestras vidas. Muy pocos catedráticos de mi generación quedarán en la Universidad española dentro de dos o tres años. La solicitud de prejubilaciones es masiva. Hay que salir de aquí, esto se derrumba. Que, al menos, no caiga sobre nuestras cabezas.

08 octubre, 2008

Siempre nos rescatan los malos

(Publicado en el Mundo de León hoy, jueves 9)
Leo en El Mundo del lunes que el Gobierno anda engrasando un arma secreta para fulminar la crisis económica. No consiste en suprimir cargos inútiles por razón de género o especie, ni en convencer a los médicos para que no den bajas laborales a los enfermos imaginarios, ni en poner a trabajar a los liberados sindicales que llevan veinte años sin doblar el espinazo, ni en animar a los inspectores de Hacienda para que persigan a los defraudadores de tomo y lomo. Precisamente se trata de lo contrario de esto último. Nuestros ilustradísimos y muy progresistas gobernantes quieren poner señuelos para que los que se han forrado de dinero más negro que conciencia de concejal de urbanismo saquen del colchón esos fajos enormes de billetes de quinientos euros.
Por eso el ciudadano del montón no había visto ninguno. Al parecer, los padres de la patria enladrillada y otros potentados de buen vivir y mal actuar ocultan fuera de los bancos más de 54.000 millones de euros en tales papelitos. Fruslerías. Razón de más para convencernos de que esos sacrificados constructores y promotores merecen ayudas del Estado, ahora que se han quedado con los pisos compuestos y sin novios hipotecados que los compren. Dicen que si esos honrados caballeros llevan semejante capital a los bancos, se acaban los problemas de liquidez y vuelve a ser posible que los parroquianos obtengan préstamos para comprarles pisos a los mismos próceres. Es como la pescadilla que se muerde la cola; por no decir algo más políticamente incorrecto sobre contorsiones y autochupetadas.
Lo simpático será ver qué se inventa este gobierno progresista y muy moral para que esos cresos avispados aparezcan por las sucursales bancarias con unos porteadores que les lleven los sacos de billetes. No creo que baste prometerles amnistías fiscales, pues semejante tropa está amnistiada por definición y porque, si el Estado se pone chulo, se compran hasta el edificio de Hacienda y lo rehabilitan como burdel de lujo, más que nada para diversificar inversiones. Habrá que ofrecerles presentes que los tienten más, como desgravaciones vitalicias, medallas al mérito en el ahorro, enchufes en el Juicio Final y participaciones jugosas en los negocios públicos, tipo energía solar y así.
Es la historia de siempre. A la hora de la verdad y cuando pintan bastos, acudimos a los macarras del barrio para que nos saquen de los apuros con sus artimañas. Y, claro, el barrio cada vez se nos parece más a Sicilia.
A mí, modestamente, se me ocurren otras alternativas para dar con los dichosos billetes, pero no sé si serán bien vistas en estos tiempos de pacifismo fofo y de cogerse el alma con papel de fumar.

Ayudemos a los pobres... bancos

Seré franco (¡fiiiirmes!): de economía no entiendo ni palabra. Por ejemplo, no sé exactamente que entes misteriosos son esos llamados activos financieros que el Estado va a comprar a los bancos para que éstos vuelvan a tener parné en sus arcas para practicar con nosotros la usura. Desde ayer por la tarde repaso compulsivamente los periódicos y no averiguo nada claro al respecto. Será que nadie lo sabe; o que conviene guardar el secreto entre los iniciados. De todos modos, mi ignorancia económica encuentra fácil consuelo, pues, con tantos economistas la mar de expertos y sabios que hay en el país y en el mundo entero, resulta que ninguno es capaz de prever un carajo lo que va a pasar pasado mañana -bueno, el otro día leí que hubo uno que sí vio venir la hecatombe, pero todos se descojonaron de él y ahora lo llaman para dar muchas conferencias y aconsejarles en qué invertir en este momento- y a todos pillan las crisis tan en pelotas como a los de mi pueblo, que somos unos zotes que nunca nos aclaramos sobre si conviene más acostarse con Keynes, montárselo en plan individual pensando en Hayek o hacérselo a lo trío con el matrimonio Friedman.
Por lo dicho, ustedes disculparán el atrevimiento de estas parrafadas, escritas desde el sentido común, a falta de sentido económico. Pero es que no acabo de comprender esta movida que se ha sacado de la manga don Zapatero, economista de pro y asesorado, además, por otros expertos de reconocidísima sorbencia (sic). Por lo visto, el Estado va a comprar, a base de emitir deuda pública, activos financieros a los bancos, para que éstos tengan más pasta para volver a prestar y que el carrusel no deje de girar. Ojo, no serán activos tóxicos, que, naturalmente, tampoco sé en qué consisten, pero que deben de ser “de lo más pior”, como diría Pepiño. ¿Habrá también activos transgénicos? ¿Y activos con polución, incluso diurna? ¿Y activos con lamparón? Seguro que sí. Tengo que ponerme al día.
O sea, y si pillo algo, las cosas serán así: el Estado se endeuda con los ciudadanos para conseguir pasta para comprar a los bancos esos chismes tan activos y tan sanos. Pero, si tan estupendos son los activos de marras, ¿por qué no los compran directamente los ciudadanos, sin pasar por la deuda pública ni los contratos con el Estado? Porque no se fían de los bancos, seguramente, y de este Estado sí. Aviados estamos. Esto empieza mal.
Pero concedamos que los bancos necesitan liquidez (mire, como usted mismo, igualito; alíviese) porque tienen mucho cliente moroso y porque entre ellos ya no se fían, en ninguno de los sentidos de la expresión. Así que como no son de fiar, sólo el Estado puede fiarse de sus activos y fiarles la pasta que los curritos le dejen al Estado. Bien, aplastante lógica político-económica. La ciudadanía le pasa dinero al Estado para que éste se lo deje a los bancos a fin de que éstos puedan volver a prestárselo a los ciudadanos. Elemental, no sé cómo no lo había visto antes.
¿Y por qué hace falta que los bancos tengan de nuevo con qué hacer préstamos a los ciudadanos? Para que éstos puedan volver a gastar de lo que no tienen y comprar con lo que no es suyo. Estupendo. ¿Y con eso quién gana? Coño, quién va a ganar, los bancos. Pero resulta que si los bancos no ganan, los que se van a tomar por el saco no son los banqueros, sino usted y yo y el sistema económico todo, al menos en la parte que no esté en las Islas Caimán (¿quién diablos les puso el nombre tan oportuno?) o en billetes de quinientos bajo el colchón de los constructores (qué edificante: debajo del colchón el saco, encima una maciza local que aspira a ser actriz o modelo y más encima todavía el promotor forrado). No hay tu tía.
Las cosas van encajando a las mil maravillas. Lástima que sea socialista el gobierno que les pone a los bancos la cama, nuestra cama concretamente. Porque en esto del socialismo uno también está más desfasado que leninista en consejo de administración. Pero recapitulemos y prosigamos. Los bancos andan flojos de liquidez porque hay mucho personal que se ha metido (¿lo han metido los bancos?) en créditos hipotecarios que no puede pagar y, además, los bancos de fuera ya no les prestan a los de aquí porque éstos no tienen liquidez. O sea, que los bancos prestaron a los ciudadanos sin liquidez bastante, pero los bancos entre sí sólo se prestan cuando son ricos y están boyantes. Qué cosas. Y para que los bancos tengan liquidez, el gobierno pide guita a los ciudadanos y se la pasa a los bancos, comprándoles los pufos. Vale. Pero se supone que no se los comprarán a precio de pufo, pues entonces no les alcanzarán los dineros que el Estado les dé. Qué lío.
Y ahora vamos con la cosa socialista. ¿No tendría más sentido, ya que somos progresistas y estamos a muerte con el pueblo, rama desfavorecidos, que el Estado les pagara directamente las hipotecas a los curritos que no pueden con ellas? Los bancos recibirían esa dosis sin las que se ponen imposibles, por lo de síndrome de abstinencia monetaria, y el populacho saldría del apuro. ¿Qué como se hace eso? Hombre, pues se les endilgan a los ricos unos impuestos guapos y con ellos se alivian las deudas de los pobres. ¿Y éstos se libran por el morro? Pues no, el Estado les va cobrando, que bien que sabe y bien que puede cuando quiere. Por ejemplo, les aumenta las retenciones fiscales para ir resarciéndose; o les pone unas cuotas más llevaderas o un interés menos usurario. Ah, cierto, se me olvidaba: si todos, ricos y pobres, recibieron ya sus cuatro cientos euros, ¿ahora de qué se quejan?
Ya sé, ya sé. Si este Gobierno no lo hace, será porque resulta imposible. Bobadas mías, propias de un iletrado o, mejor dicho, de un inumerado. Obvio resulta que si los zapateristas van a aplicar la misma política de Bush, más o menos, será por dos razones de peso: porque no cabe otra y porque es la opción más progresista. Pero, ¿no habíamos quedado en que la culpa de todo la tenían los gringos de Bush, neoliberales, neocons y precoces eyaculadores de moneda?
Menos mal que el PP va a a-poyar. Al fin el ansiado consenso. Albricias. Así, si sale bien será porque el PP al fin vio que Zapatero está en el Buen Camino, en la Vía Láctea, como quien dice; y, si sale mal, será culpa del PP, que siempre apoya cuando debería haber advertido que no era por ahí. La banca gana siempre; Pepiño también.
Nada, nada, demos nuestra confianza a nuestro legítimo gobierno. Cuestión de fe. Y ya se sabe que la fe suple lo que a la razón no se le alcanza. Amén.

07 octubre, 2008

Lo que es noticia en las universidades

Cuando ciertas instituciones buscan legitimarse y hacerse visibles ante la sociedad y la opinión pública, existe el riesgo de que acaben tergiversando el cometido que les da razón de ser, pues lo que de ellas importa queda en segundo plano y a propósito de ellas se habla nada más que de lo accesorio, que es lo que se ve desde el exterior o lo que puede ser objeto de noticia y comentario en los medios de comunicación o las tertulias de cualquier género.
Ciertas prácticas no son fácilmente enjuiciables desde fuera y con los parámetros con los que se opina sobre las noticias habituales. Tal sucede con la vida universitaria. Lo que da su sentido a las universidades es la enseñanza y la investigación, ante todo y por encima de todo. Pero para evaluar con propiedad la calidad de la docencia hay que estar recibiéndola o se han de tener métodos para conocer con rigor la escala de lo aprendido por el estudiante. Y para hacerse idea cabal del nivel de la investigación hace falta ser investigador del área de que se trate y, además, entrar a fondo en los resultados que se examinan. Todo lo demás es juzgar por apariencias u opinar sobre la base de habladurías.
A las universidades españolas les ha entrado la urgencia por justificar su existencia ante la sociedad, como si no fuera bastante ese cometido que les es propio y cuyos resultados sólo se hacen patentes a medio y largo plazo. Así que compiten para ver quién proporciona a los periódicos más noticias de ésas que al día siguiente se olvidan o cuál se parece más a un centro comercial, un teatro de variedades o una ludoteca. De esa manera, el carro se pone delante de los bueyes y acaba prestándose menos atención de la debida a lo que se hace en las aulas y los laboratorios en el día a día y en las enseñanzas y los trabajos ordinarios.
Sólo hay que ver la página web de Universia y reparar en las noticias que sobre las universidades de nuestro país aparecen ahí cualquier día: una universidad organiza un congreso sobre monstruos en la literatura, otra pone en marcha un programa para que los estudiantes convivan con personas mayores, la de más allá hace unas jornadas sobre cooperación al desarrollo, ésta desarrolla una estrategia para la difusión de la ópera, aquélla convoca un premio literario, hay una que organiza una fiesta para recibir a los Erasmus, etc., etc., etc. Al final, esos arbustos no dejan ver el bosque; o puede que el bosque ya esté completamente talado.
Lo verdaderamente interesante para comprobar si en las universidades se está en lo que importa sería averiguar cuántos conocimientos quedan bien asentados en los estudiantes, con cuánta ecuanimidad se les evalúa, como de actualizadas están las explicaciones, qué dedicación real a su tarea mantiene el profesorado, cómo se gestiona la selección del profesorado más competente, etc., etc. Pero eso sólo se puede saber desde dentro y es difícilmente comunicable. Sólo trascienden estadísticas engañosas, cómputos globales, índices equívocos. Por ejemplo, cuántos comienzan una carrera u cuántos la terminan o qué porcentaje de profesores usan en sus clases las nuevas tecnologías, pero no cuánta competencia real han adquirido los discentes o para qué les va a servir su título en esas condiciones. O se repara nada más que en el oropel, lo llamativo y aquello que hasta al más indocumentado le resulta agradable. Lleve usted a un futbolista famoso a una charla sobre dopaje y deporte y será noticia en todos los medios locales. Si de lo que se trata es de ser noticia y de serlo así, que se llame universidad al Real Madrid o a El Gran Hermano.
Si la universidad se tiene que justificar a base de parecerse a una asociación de jubilados, a un club de montañismo o a un cine-forum, la universidad acabará sobrando. Es como si de la vida de una familia y de la calidad de los vínculos familiares sólo hubiera que saber por los regalos que se hacen sus miembros o el modo como se celebran los cumpleaños. Al fin y al cabo, regalos puede hacerlos cualquiera y para fiestas no hacen falta los parientes. Otro ejemplo: ¿qué diríamos si de la policía se hablara únicamente para hacer saber que los de tal comisaría han estrenado uniformes nuevos o los de tal otra han visitado una asociación de amas de casa?
La universidad saldría ganando y su función estaría mejor atendida si nos preocupáramos de que se hablara muy poco de ella, simplemente porque está a lo suyo y en su buen hacer ordinario no interfiere esa ansia de parecer lo que no es para ir dejando de ser lo que debe.
A ver cuándo una universidad sale a la palestra con un comunicado así: ”Aquí estamos trabajando en serio para que no se titule nadie que no sepa y para que no enseñe quien antes no haya aprendido lo necesario; no nos queda tiempo para otras zarandajas”. El triste destino de nuestra universidad actual se resume perfectamente con un viejo dicho: mucho ruido y pocas nueces. Así que respondamos a tanto rector con vocación de relaciones públicas y a tanta agencia estatal y autonómica parecida a una empresa de varietés: zapatero (con perdón) a tus zapatos.

06 octubre, 2008

Breve tratado de economía financiera

Esta historia comienza con un hombre que un día tuvo una alucinación. Al sacar de su bolsillo una moneda para pagar la copa de anís, se le vino a la cabeza que esa moneda la multiplicaría por cientos y miles de millones de ellas. Pagó con un billete, guardó esa moneda y se fue para casa contentísimo a esperar la riqueza que habría de llegar sin tardanza.
De camino se encontró a un vecino que vivía muy holgadamente, pues en el pasado había tenido negocios y le había ido bien. El hombre le enseñó la moneda y le contó su repentina ilusión de volverse millonario gracias a ella. Explicaba todo con tanta seguridad y con una convicción tan profunda que su vecino se quedó muy impresionado. Era el vecino persona escéptica y con los pies en la tierra, pero también calculador y con vista de lince para los asuntos monetarios, precisamente. Y ahí, en esa fe del hombre, vio ganancia.
- ¿Y no cree usted, buen hombre, que si más personas aportasen su esfuerzo, su empuje y unas moneditas más, el beneficio podría ser aún mayor y alcanzar para todos?
Con esa pregunta estaba naciendo la economía financiera, aunque en ese momento ni el hombre ni su vecino lo sabían aún. El hombre se quedó pensando y al cabo contestó que por qué no. Déjelo todo en mis manos, le replicó el vecino. Y acordaron volver a verse a los tres días.
El avispado vecino no perdió el tiempo. Esa misma noche se fue al bar concurrido donde solía tomarse una copa antes de acostarse y contó a toda la concurrencia que había sabido de una moneda mágica que cada día aumentaba de valor en progresión geométrica. El más desconfiado de los presentes le preguntó cómo era posible tal cos, y el vecino le contestó con su realismo descarnado: porque cuanta más gente creía que la moneda era mágica, más eran los que por ella pujaban y más elevado se ponía su precio. En ese instante comenzó lo que luego se llamaría teoría de la economía financiera, de la que ese vecino podría haber sido el primer catedrático, si no hubiera tenido mejores cosas que hacer.
Los parroquianos del bar se quedaron un rato meditando sobre el asunto. O sea, que el que tenga esa moneda será cada día mucho más rico. Eso preguntaban. Y el vecino les respondía que sí, pero que tanta riqueza ya era impensable para un solo hombre, el dueño de la moneda, y que por eso se proponía repartirla con quienes quisieran ser sus socios.
- ¿Y cómo es eso?- replicaron.
- Pues muy sencillo. Es como si la moneda se fraccionara en muchos trocitos y cada uno tuviera su valor proporcional.
- ¿Va a romper la moneda?- preguntó sorprendido el más lego en temas económicos. No, no, sólo en sentido simbólico, metafórico, como si dijéramos. Es la propiedad de la moneda lo que se fracciona, lo que se divide. Todo el que quiera tener una parte deberá apoquinar un dinero y eso le dará derecho a los beneficios en esa medida.
- ¿Y cómo se obtendrán los beneficios?
- Pues sólo hay que esperar a que la moneda surta sus efectos mágicos y haga aparecer muchísimas más monedas para sus dueños-. Esto lo contestó el vecino con voz un tanto dubitativa y la mirada baja.
- Ah, quién sabe cuánto habrá que esperar- replicaron algunos.
Pero el vecino tenía preparada la respuesta para esa objeción, y dijo:
- Es posible ganar muchísimo dinero sin esperar ese momento.
Se oyeron varias voces que, excitadas, preguntaron cómo.
- Muy sencillo: cuanto más tiempo tarda la moneda mágica en hacer el milagro de su descomunal multiplicación, mayor, más enorme será ésta. Así que mejor que tarde un año que un mes. Pero si alguno necesita antes tener un buen puñado de dinero contante y sonante, sólo tiene que vender su parte en la propiedad de la moneda mágica, que no es más que un papelito, al fin y al cabo.
- ¿Y con eso hay ganancia?
- Claro, pues todos sabrán que cuanto más tarde ocurra el milagro, más espectacular será, por lo que los últimos obtendrán los mayores rendimientos. Eso quiere decir que día a día irá subiendo el precio de la moneda. Por ejemplo, si tú compras hoy una diezmillonésima parte de ella, dentro de un mes podrás vender esa parte con un cien mil por ciento de ganancia.
Los convenció a todos. Se apelotonaban a su alrededor y a gritos le preguntaban dónde podrían comprar sus buenas participaciones en la moneda mágica.
- Aquí mismo dentro de dos días- dijo el vecino. Y se fue muy nervioso y con paso acelerado.
Esa noche no pegó ojo y a la mañana siguiente llamó al hombre de la moneda. Lo encontró tristón, apagado y con gesto lánguido.
- ¿Dónde tienes la moneda?-. Fue lo primero que le preguntó el vecino al otro.
- ¿Qué moneda?
- La moneda mágica que ayer me enseñaste.
- Bah, yo qué sé. Había tomado un poco de vino con la comida y creo que me sentó mal y me hizo pensar cosas muy raras; pero hoy ya estoy bien. Discúlpame que te soltara toda esa historia absurda.
- ¿Cómo que historia absurda? Vamos, dime ahora mismo qué has hecho con la moneda.
El hombre miraba a su vecino sin entender qué estaba pasando por su cabeza y pensando si no sería él quien se había atizado ahora unos tragos de más. Le respondió con indiferencia:
- Pues creo que pagué con ella el periódico; o el café del desayuno, quién sabe.
El vecino tomó aire y se puso a meditar un rato. El hombre lo miraba con curiosidad y se preguntaba si debería despedirse y dejar al otro tranquilo o si sería mejor acompañarlo un poco más por si le pasaba algo malo y necesitaba ayuda. Por fin el vecino habló y dijo:
- Bueno, no importa, no me hagas caso. Simplemente me llamó la atención aquella historia y era por ver si habías seguido con el cuento. Ya veo que no. Así que hasta otro día. Qué tengas una buena jornada.
Y así se alejaron, el vecino con una nueva sonrisa en la boca y el hombre pensando tranquilamente en sus cosas.
Esa tarde el vecino se encerró en su casa durante bastantes horas. Estuvo recortando papelitos y grabando en cada uno la siguiente inscripción: “Vale por una milésima parte de la moneda mágica y da derecho a una milésima parte de los beneficios de la moneda mágica”. Después preparó unos grandes cartelones llenos de curvas y gráficas donde se mostraba la evolución previsible del valor de aquellos papelitos, en sintonía con los productos esperables de la moneda prodigiosa y su aumento diario. Aquella noche apenas pudo dormir y la mañana siguiente se la pasó visitando inmobiliarias y tiendas de automóviles, pues pensaba comprarse una gran mansión y un deportivo con los primeros beneficios de su lucrativa empresa.
Y, en efecto, en el bar le quitaron de las manos los papelillos que otorgaban derecho a participar en la propiedad y las ganancias de la moneda. Algunos llamaron a sus parientes y a otros amigos y todos pugnaban por hacerse con su parte en negocio tan seguro. Así que el vecino pudo vender por el precio que quiso, sin regateos, y logró una suma que ni se había atrevido a soñar. Sólo el dueño del bar, un viejo zorro desconfiado y socarrón, le preguntó dónde estaba la maravillosa moneda que los haría a todos tan ricos. El vecino le respondió que a buen recaudo, pero que de sus cualidades prodigiosas nadie podría dudar.
-¿Y cómo así?- repuso, el del bar, que, por cierto, ni había comprado papelitos ni tenía la menor intención de gastarse ni un ochavo en tal cosa.
- Pues muy sencillo -le aclaró muy contento el vecino- yo soy la prueba: a mí ya me ha hecho rico.
Y fueron muchos más los que se hicieron de oro gracias a la moneda fantástica. Para empezar, todos los que aquella primera noche compraron papelitos, pues al poco tiempo acabaron vendiéndolos por cifras astronómicas. Ya se había corrido la voz por todo el país del milagro en ciernes y de cada rincón aparecían inversionistas y ahorradores ansiosos por llevar su parte en la ganancia. Y éstos también vendieron a otros y éstos a otros, cada vez con márgenes mayores. Hasta hubo quien compró y vendió varias veces, siempre ganando más que en la ocasión anterior.
Llegó un día en que todos los que tenían algún dinero lo habían empleado para comprar de aquellos dichosos papelitos, los cuales, a todo esto, también se habían multiplicado, pues el vecino emprendedor se pasaba las noches recortándolos y poniéndoles aquella tentadora inscripción. El caso es que ya no quedaba más dinero contante y sonante para seguir con aquella puja enloquecida. Pero durante un tiempo eso no fue problema, ya que los bancos prestaban a sus clientes a cuenta de la ganancia futura de éstos y con la garantía de sus papelitos. Así que también se terminó el dinero de los bancos, menos uno: el vecino había creado su propio banco, donde guardaba sus pingües ganancias, pero ni prestaba a los que deseaban comprar papelitos ni invertía en cosa alguna de aquel país de locos.
A los ciudadanos empezó a faltarles la comida, no podían pagarse el agua ni la luz ni comprar ropas o libros escolares a sus hijos. Por las calles se arrastraban desharrapados que enarbolaban sus papelitos y se los ofrecían a cualquiera por lo que buenamente quisiera darles por ellos. Pero nadie tenía ya nada con qué pagar y, sobre todo, ya se había esfumado la fe en los efectos mágicos de aquellos papeles. Una pregunta únicamente se repetía a todas horas, con diversas variantes: ¿dónde ha ido a parar la moneda mágica?, ¿dónde la guarda el vecino?, ¿qué ha pasado con ella? Pero el vecino ya se había marchado del país y vivía en una isla paradisiaca, rodeado de lujos, guardaespaldas y señoras despampanantes y desinteresadas.
Tuvo el Estado que comprar aquellos papelitos por un precio simbólico y, cuando los tuvo todos, el primer ministro declaró que ya estaba en poder del gobierno la moneda mágica y que en adelante se usaría para que todos los súbditos tuvieran garantizados sus derechos y hubiera muy buena justicia social. Y comenzó de nuevo eso que los economistas llaman un ciclo económico, si bien esta vez no fue un solo vecino el que se enriqueció, sino que progresaron adecuadamente varios ministros y un buen número de funcionarios.

04 octubre, 2008

El Papa y la pilila

Siempre que va uno a escribir algo que tenga que ver con la religión en general, y en particular con el catolicismo, se desvive en excusas previas y advertencias preliminares. Que si se respeta la fe ajena, que si viva la tolerancia con todos los credos, que si cada uno gestiona sus temores como puede, etc., etc. Dese todo por dicho aquí nuevamente. Pero si la alternativa para no ofender es callar, mal vamos. Y si para hablar de papas y fieles uno ha de renunciar a su tono habitual, ése con el que critica tantas otras creencias también respetables, será igualmente señal de que algún temor nos hace más mella de la debida. Así que allá vamos.
Leo hoy que el Papa vuelve a insistir en que al católico no le está permitido más medio anticonceptivo que aquél que patentó un tal Ogino, pero que debió inventar San Anselmo o San Agustín para que todo cuadrara de maravilla. O sea, lleve la calculadora a la cama, haga la raíz cuadrada de la ovulación y luego fíjese en la mirada de su señora: si lo observa a usted con cara de te voy a devorar hasta la empuñadura, córtese, debe de ser señal de que está más fértil que cerebro de cátedro recién acreditado.
Sabido es que al llamado método Ogino se debe una buena parte de la superpoblación de muchos países católicos. Eso de calcular “a ogino” cuándo se echa el polvete al fin y sin reparar en emisiones embarazosas es una excelente manera de traer al mundo consumidores de videoconsolas y calimochos. Dice un periódico hoy que de cada cien mujeres que emplean este método tan poco metódico, veinte quedan embarazadas cada año. Pero como ese periódico es El País y ya se sabe que exagera por el lado de la laicidad despendolada, ponga usted que son dieciocho las que preñan con susto y cagándose en la que parió al japonés de marras, que se llamaba de nombre de pila Kyusaku, que suena asturiano del todo.
Para empezar -ya empezamos con los matices y parabienes- cada uno es responsable de su fe y que cada cual viva con arreglo a los dogmas y preceptos de la que eligió o le endilgaron sus papás en nombre del sacrosanto derecho a la educación, que ésa es otra y a ver cuándo dejamos de mezclar derechos a tontas y a locas. O sea, que si usted es católico y con su cónyuge se lo hace a golpe de calendario y pasando más hambre que Carpanta, tiene todo mi aplauso. Pero, ja, el día que me encuentre a uno de ésos lo invito a una buena comida con chupito y para que me cuente qué tal tiene el almanaque de banderitas y muescas. Porque no conozco ninguno, ésa es la verdad. No digo que no haya. Pero yo no me los he topado. Sí que sé de unos cuantos que pasan de echar cuentas y no echan nada de nada, célibes totales par entregarse a su obra pía. Los hay que son buenos compañeros y amiguetes. Ellos sabrán. Pero los otros, la inmensa mayoría de los que se dicen católicos, que van a misa o que la Iglesia computa -con perdón- como suyos porque fueron bautizados y tal, no se diferencian un pimiento de los no creyentes. Repito, me refiero a los que yo conozco. O sea, que el Papa les dice que así no, que con ésa o ése no, que hoy no toca y que nada de ponerse chismes ahí, y ellos como si les dijera misa. Precisamente. Como si oyen llover. Por eso supongo que la nueva insistencia de Benedicto XVI en que hay que hacerle un nudito a la pilila mientras no seas casado y, cuando lo seas, seguir con el nudito buena parte del mes y ponerle velas a San Antón para que el cambio climático no le altere a la parienta los ritmos y las temperaturas, tendrá la misma vigencia y aplicación entre sus huestes de muy creyentes y practicantes de lo que les conviene que vigencia tiene, en otro orden de cosas, la ley antitabaco: casi nada.
No sé si les he contado alguna vez que en mi juventud y en aquel colegio yo pasé por unos años de religiosidad. Me alejé porque un dios así no me entraba en la cabeza, me resultaba conceptualmente inconcebible. Un ser que se dice o del que se dice que es infinitamente bueno, sabio y poderoso no puede dedicarse a pijadas propias de taradillos, sádicos y crápulas. Con todo el respeto lo digo, pero así lo pienso. Y luego dice este mismo Papa que no hay incompatibilidad entre la fe y la razón. Pero razón en mano ese dios no se sostiene. Y si hemos de prescindir de la razón sería preferible que nos hubiera hecho vacas o caimanes.
Porque vamos a ver, qué hacemos con un dios que, entre otras muchas cosas, anda obsesionado con el pito de uno, más incluso que uno mismo. Podría habernos fabricado aptos para reproducirnos por esporas o para polinizarnos sin placer y por obra de unos pajaritos voladores. Pero no, nos da la manera de sentir gustito y nos dice que de gustito nada si no es conforme al cuadrante y con la misma o el mismo de la primera vez y después de pasar por ritos, exámenes y cursos. Y que nada de verterse en otro lado ni de otra forma y que a recibir a todos los hijos que vengan. Aunque sea para que se mueran de hambre o se los coman las ratas. Porque, por las mismas, tampoco hay que dar condones a los que no tienen para comer ni con qué alimentar a sus criaturas, ni a los que tienen sida. Hay que decirles que se aguanten si no quieren niños, que se aguanten incluso con su esposa/o y que lleven las cuentas aunque no sepan de cuentas. Por favor, por favor, por favor. En este punto me freno, me contengo -precisamente- y no suelto la caballería como me pide el cuerpo. Por respeto. Pero manda narices. Este dios -la mayúscula es deliberada, y no por querer ofender al hipotético Dios que pudiera existir, sino porque éste del que hablamos no puede ser- te puede condenar por toda la eternidad por tirarte en marcha con tu señora o por hacerte unas pajillas. Por favor, por favor, por favor. Qué obsesión tan enfermiza y tan impropia de un Dios que merezca el nombre.
Ya no tengo ganas de decir más. Aquí lo dejo. Y que cada perrillo se lama su culillo... si no es pecado. Duda uno de todo a estas alturas.
Sólo una pequeña coda: cuéntenme los creyentes entre los liberalones dispuestos a batirse donde haga falta para que se respeten sus opciones personales y puedan practicar su fe como deseen. Pero déjenme hablar con el mismo espíritu.
Y segunda nota, ésta para fieles de la corrección política, sector feminista aidóneo: esta birria de texto está escrito desde la perspectiva masculina; o sea, con punto de vista y terminología propia de varón decadente y faloquesea. Es que es mucho lío andar poniendo todo el tiempo pilila/o y cosas así. Pero conste que todo lo que se dice, debidamente traducido, vale también para las mujeres. Tal cual y en igualdad.

03 octubre, 2008

Ayudemos a los ricachones

Hace una temporada, mi tía Bernardita se arruinó de tanto jugar al bingo. Durante meses tuvo una inusitada racha de buena suerte y acababa cada noche con el bolso repleto de billetes. Le dijimos que aprovechara para arreglar su casa o para repartir un poco entre los sobrinos, con los que nunca había tenido un detalle. Nada que hacer, siguió jugando. Cada noche arriesgaba todo lo acumulado el día anterior. Cuando cambiaron las tornas, perdió hasta el último céntimo e incluso empeñó el anillo de boda y el abrigo de pieles. Acabó en la indigencia. Le sugerimos que acudiera al Ministerio de Economía a ver si le daban algo. Ni caso le hicieron. No hay derecho.
Años antes, a mi tío Aniceto también le vinieron mal dadas. Era tratante e invirtió en bueyes un buen puñado de aquellas pesetas. Justo en ese tiempo los campesinos empezaron a comprarse tractores y los bueyes de Aniceto quedaron para vestir santos. Intentó vendérselos al Ayuntamiento o al Gobierno, pero le dieron con la puerta en las narices. Qué insensibilidad.
Parece que hoy las cosas han cambiado mucho y tengo entendido que es por obra del llamado Estado social. Veamos un par de ejemplos. Si usted es banquero, se dedica a jugar a la ruleta con sus cuartos y los de sus clientes y resulta que se arruina, no se preocupe, el Estado le compra los pufos y usted se puede ir a las Bahamas con la cabeza bien alta y orgulloso de su imprescindible papel en el sistema económico. Da gusto ver a esos directivos de la banca que cobraron sueldos supermillonarios por meter la pata y darse a su pasión de ludópatas. Hacían préstamos a quienes se sabía que no podrían pagarlos, pero ahora el agujero se lo tapan con el dinero de los contribuyentes. Aquí todo se andará, pero en EEUU ya está pasando. Allí mismo Zapatero ha dicho que apoya el plan a tope, aunque días antes afirmó que él no es intervencionista. Es un hombre muy completo, puede estar a dos cosas al mismo tiempo, en la procesión y repicando.
Por estos pagos compadecemos mucho a promotores inmobiliarios y constructores, a los mismos que se hicieron de oro en tiempos de vacas gordas y que nos pedían la mitad “en negro” cuando les comprábamos casa. Como al fin se pinchó la famosa burbuja que todos -menos el Gobierno- sabíamos que iba a reventar, andan tristones y flácidos, razón por la que algunos políticos partidarios de la justicia social quieren comprarles los terrenos baldíos y las casas vacías. Serán compensados con nuestros impuestos, ellos, que evadían como posesos y que tienen en la hucha lo que antes les pagamos a tocateja.
Al ver todo esto recuerdo a Bernardita y a Aniceto y se me pone como loca la memoria histórica.

01 octubre, 2008

Crónica sur-realista. Últimos episodios

Pues ayer terminamos la ardua labor en un periquete. La solución estaba cantada: que la profesorressa parlanchina y simpática escribiera todo y que el cura y un servidor firmaran con cara de qué bien está esto. Tres paginitas de parabienes y la recomendación de que se amplíen los despachos de los profesores. Misión cumplida. Es la tercera vez que vivo una de estas evaluaciones departamentales a tumba abierta. Siempre lo mismo, se come de maravilla y se hacen amigos. Y la calidad universitaria queda salvaguardada con sumo rigor, of course.
Algunas impresiones de anteayer quedaron bien acentuadas. Creo que no es la facultad de Derecho más conservadora de Italia, sino del mundo. Pensé que andaba en el túnel del tiempo y que había caído en la Edad Media. Entre los profesores de aquí las disputas jurídicas tienen siempre un trasfondo teológico. Y claro, se llevan todos a matar. Hay partidarios de San Agustín y de Santo Tomás, en severa pugna. También se enfrentan los místicos y los “modernos”, aunque el más moderno no ha llegado todavía al Vaticano II. El amigo cura no daba crédito y cada tanto terciaba con opiniones que hacían a los píos seglares torcer el gesto.
En estos momentos, por lo que he visto, media facultad investiga sobre el sacramento del matrimonio. A punto he estado de sufrir alguna agresión por culpa de lo del matrimonio homosexual en España, aunque ya me dirán ustedes qué culpa tengo yo, partidario más bien de la supresión de tan ardua institución incluso para los héteros. Pero no dije ni esto ni palabra y puse cara de penitente para evitar(me) males mayores. También asentí como un cobardica cuando alguno la tomó con el pobre Descartes, padre, al parecer, de esta peste del racionalismo moderno, disolvente y ateo. Eso sí, puestos a dar marcha atrás, los hay que no se conforman con volver a San Agustín y sus tiempos, pues alguno afirma que a donde se debe retornar es a los presocráticos, quienes, en el fondo, ya estaban cantando la verdadera fe.
Cada tanto yo me pellizcaba, pero en lugar de despertar en mi casa o en alguna pecaminosa sede, seguía allí, masticando frutti di mare y dándole duramente al prosecco para facilitar tan pesada digestión filosófica. Confieso, para colmo de mi descrédito, que portaba algunas separatas para regalar a los colegas profesores del lugar. Vuelven conmigo para casa, no me atreví a sacar ni una. Quién me dice que no tienen una hoguera clandestina para descarriados y que no acabo en ella arrepintiéndome de todas las evaluaciones departamentales de mi vida. Así que chitón de nuevo.
El detalle típico llegó cuando ya habíamos entregado y firmado nuestro esmerado informe final. En ese momento nuestra líder, la profesoressa emprendedora, recibe una llamada de su universidad y le comunican que no ha obtenido de la misma la debida autorización para ir a evaluar en corral ajeno. Problema legal sobrevenido que deja perpleja a toda esta comunidad de juristas, como corresponde a la naturaleza de las cosas. Yo me apresuro a aclarar que si este acto es nulo de pleno derecho, no tengo inconveniente en volver dentro de un par de meses para sanarlo. Supongo que no colará, pero por si acaso y para que se vea lo bien dispuestos que somos los españoles, siempre prestos a arrimar el hombro para resolver emergencias.
Por la tarde, visitamos al fin la capilla que guarda los frescos de Giotto. Sublime, ciertamente. Pero resulta que nos guiaba un profesor que había escrito un librito sobre una de las imágenes, solo una. Y se pasó toda la visita, que dura quince minutos, explicándonos esa imagen. Interesantísimo en verdad. Pero tengo que volver otro día para ver el resto.
Al menos me enteré, al leer un poco, que la capilla fue encargada como penitencia de un gran señor por haberse hecho rico con la usura. Va a ser verdad que eran mejores tiempos aquellos. Los usureros de hoy no levantan capillas llenas de arte, sino que piden árnica al Estado. Y les paran los pies los ultraliberales del partido republicano de los Estados Unidos. No se entiende nada de nada. Desconcertante siglo hemos comenzado. En el avión de regreso leeré a Marsilio de Padua, a ver si me aclaro un poquito.