Perdón por el título pretencioso. Es que me estaba imaginando unas jornadas de ésas que se organizan por cualquier cosa y que versara, por un casual, sobre este tema. No he visto tal, pero habrá habido alguna vez, no digo que no. Mucho darle vueltas en la universidad a la ética de esta profesión o la de más allá, pero sobre lo nuestro un velo tupido.
En fin, cambiemos el tono. Este post va sobre íntimas perplejidades y dudas existenciales del que suscribe. Pongo por delante una excusatio que no será petita, pero que es imprescindible: no pretendo meterme con nadie en particular, y menos con absolutamente ningún compañero en concreto. Los motivos de cada uno los comprendo desde ahora mismo y no soy quien para juzgar de situaciones y actitudes de nadie en concreto. Así que a ver si no se me pica ninguno, o ninguno que me importe, al menos.
El caso es que me pregunto dónde empiezan y hasta dónde alcanzan las obligaciones de un profesor universitario. Las legales son ciertamente oscuras, por lo que más bien me interrogo por las morales. Uy, qué antiguo me ha quedado esto. Pero vayamos concretando. Ahora que está tan de moda lo de buscar la compatibilidad entre la vida profesional y familiar, y no sólo para las mujeres -espero-, la cuestión es ésta: ¿en qué horarios puede o debe un profesor universitario aceptar sus clases? Si soy eso que se llamaba padre de familia, y que ahora debe de ser padre a secas, ¿hago bien o hago mal si digo que las clases hasta las nueve de la noche las dé su tía o que en sábado examine el lucero del alba? Y otro asunto: si se me tolera decir que sí o que no a estas clases o aquellas, sea por horario o simplemente porque me viene fatal para el cutis impartir un par de horitas semanales más de mi exquisita docencia, ¿mereceré reproches si reconozco que voy a mínimos minimísimos y que a mi plin los títulos y las enseñanzas?
Un par de ejemplillos reales y cercanos. Mi área tiene una asignatura optativa en un máster de reciente implantación. Las clases tocan en miércoles de seis a nueve de la tarde-noche. Mis compañeros, que además son amigos y tienen mi más absoluto respeto y mi mayor y más seria consideración, no pueden dictarlas en ese horario, debido a sus obligaciones familiares, más que nada porque tienen hijos muy pequeños. Yo también tengo una hija pequeña, si bien confieso, para mi definitivo desdoro, que por las tardes mi mujer -también del gremio- y yo pagamos a una cuidadora, como potentados que somos. Nadie nos obliga, eso es bien cierto. Así que yo, en principio, tengo una libertad que me he buscado a golpe de euro y sí me es posible impartir dicha docencia. Por tanto, la asumo, para que se vea cómo somos los catedráticos de mi pueblo. Pero a lo mejor estoy atontado por andar pensando todo el día en cómo era la jornada laboral de mi padre y de mi madre, descastados que me dejaban revolcarme por el prado mientras ellos segaban o cavaban, con la cantidad de bichos que había por allí. En verdad me resultaría muy fácil quitarme de encima ese supuesto marrón, pues en mi mano está decidir si tal asignatura se da o no. Es optativa, como he dicho, y se matricularon cinco alumnos, de los dieciséis que cursan el máster. La dirección me pregunta si vamos a hacernos cargo de la asignatura o pasamos de todo con cara de a mí con ésas. El año pasado eran tres los estudiantes y dijimos que no. Este año ando con el escrúpulo puesto. ¿Hago bien? ¿Hago mal?
Los ajenos que se ganen la vida de otra manera, y especialmente si no son funcionarios, me dirán que para eso me pagan. ¿Me pagan realmente por eso y para eso? No sé, es raro, pues me pagan lo mismo si acepto esa labor o si la rechazo. Luego, será que no es ése el fundamento de mi remuneración. Pero, ¿por qué nos pagan? Sobre ese particular he comprobado que existen dos teorías muy diferentes. Hay quien piensa que nos pagan por hacer; otros opinan que nos pagan por ser. Esta segunda corriente gana adeptos sin parar. Analicemos más en detalle tales opciones teórico-prácticas en disputa. Si me pagan por hacer cosas (enseñar, investigar...), se entiende que debo cumplir con la faena hasta unos mínimos, tal vez unas horas semanales o mensuales de docencia y ciertos resultados de investigación. Mas en detrimento de tal doctrina se ha de aclarar que el sueldo que percibimos apenas está condicionado por dichas prestaciones. Entonces a lo mejor tienen razón los que mantienen el otro punto de vista, el de que nos pagan por ser quien somos. Esto es, el título de catedrático o titular te hace acreedor de tu sueldo, hagas más, menos o nada. Hay que reconocer que resulta tentadora esta doctrina.
Otro caso. Los profesores doctores podemos decidir si queremos impartir doctorado o no. Por consiguiente, si en un departamento o una facultad hay un número bastante de profesores que desean dedicarse también a esa actividad, en ese departamento o facultad habrá doctorado; si no, no. Abundan los colegas que a la pregunta de por qué no se animan a dar doctorado responden así: porque no nos pagan nada por eso. Volvemos a la duda inicial: ¿por qué nos pagan? En realidad, si nos ponemos así, yo también puedo decir que por las clases ordinarias en la licenciatura (el grado, como habrá que decir ahora) tampoco me pagan, puesto que está visto que el sueldo me lo dan por guapo y dicharachero. ¿Me quito de en medio en todo? Si me lo propongo, posiblemente puedo, que conste. No sería el primero.
A lo mejor unas comparaciones de andar por casa nos ilustran un poco; o acaban de enturbiar el tema. Pensemos en un ejército con militares profesionales. Al principio de cada año se pide a cada uno que decida si quiere ir de maniobras ese año, si va a hacer marchas y si se apunta a prácticas de tiro. Raro ¿no? ¿Y si les preguntaran cuántos están dispuestos a ir a la guerra y cuántos prefieren quedarse en el cuartel cobrando lo mismo? O que a los médicos de la seguridad social se les haga decidir cuántas operaciones al año quieren realizar y si prefieren pasar consultas o quedarse en casa leyendo alguna cosa o regando los geranios. Y, por cierto, ¿los militares y los médicos de la medicina pública tienen hijos?
Otra cosa muy simpática de este oficio universitario es la siguiente. Pongamos que usted es profesor y que dice, por ejemplo, que cómo no vamos a tener un doctorado. Muchos compañeros le responden que muy bien, que estupendo y que claro que sí, pero que en ese caso usted, que es el que tiene interés -vaya usted a saber por qué innobles motivos-, es el llamado a preparar el correspondiente programa del doctorado y que usted ha de encargarse de hacer los papeles, convencer a otros profesores y coordinar todo lo que haya que coordinar. Suponga que usted no quiere cargos porque no desea que su tiempo se lo coma la burocracia; es decir, opta por no ganarse mensualmente esos dinerillos del complemento por el cargo, y tal opción la toma precisamente porque no desea hacer papeles. Pues bien, no es raro que los que tienen los cargos y cobran por ello estén entre ésos que le indican que lo de los papeles y la organización es cosa de usted, ya que de usted es tan despendolada iniciativa. Y llegamos así a otro dilema existencial del profesor: ¿qué es mejor y más loable, tener cargos sin dar palo al agua o dar palo al agua sin tener cargos? Ya sé que hay una tercera opción, pero esta temporada no se lleva mayormente.
Estábamos en que muchos colegas te dicen que ellos no imparten cursos de doctorado ni cosas por el estilo porque vaya rollo y cuántos agobios. Vale. Pero un día te los encuentras con unas maletas, les preguntas en qué andan y te dicen que se van a Sebastopol a dictar unas clases en un doctorado muy importante o en un máster muy churri. Pones cara de tonto, les interrogas como esperan y te cuenta que es porque esas clases se las pagan muy bien. Y la cara de bobo ya no se te quita en un mes.
Lamentándolo mucho, ahora voy a tirar unas piedras a mi propio tejado y, además, a incurrir en una inmodestia que espero que se me disculpe. De los profesores que conozco en mi medio habitual, soy seguramente uno de los que más dinerillos extra sacan haciendo bolos por el mundo, que si unas conferencias allá, que si unos cursos acullá. Pero las piedras al tejado propio vienen con lo que me atrevo a proponer para que se aplaque un poco el cachondeo, que sería algo así como un régimen de incompatibilidades bastante peculiar: a menos horas de docencia en tu universidad y a menos rendimiento investigador -medido en sexenios, por ejemplo-, menos permisos para ir a disertar por precio fuera de la institución que te paga. Al que cumpla en casa, que se le permitan juergas fuera; al que no, no. Si usted tiene aversión a la docencia, estupendo, no se torture con la docencia... ni aquí ni en otras partes; si usted considera que los doctorados son una pérdida de tiempo, no pierda el tiempo en doctorados... ni aquí ni en otras partes. Y, por el contrario, si usted aquí se esmera y aún le sobran energías, bien estará que haga horas extra, chollos y chapucillas en otras empresas y que le paguen por ello las otras empresas.
¿Me he vuelto loco? ¿Soy un esquirol posmoderno? ¿Traiciono a los míos? Peor: ¿me he convertido en un fanático inmoral? No sé si voy a poder dormir esta noche. Por menos me he desvelado más de una vez y me he quedado leyendo como si no hubiera cosa mejor que hacer en esta vida académica.
En fin, cambiemos el tono. Este post va sobre íntimas perplejidades y dudas existenciales del que suscribe. Pongo por delante una excusatio que no será petita, pero que es imprescindible: no pretendo meterme con nadie en particular, y menos con absolutamente ningún compañero en concreto. Los motivos de cada uno los comprendo desde ahora mismo y no soy quien para juzgar de situaciones y actitudes de nadie en concreto. Así que a ver si no se me pica ninguno, o ninguno que me importe, al menos.
El caso es que me pregunto dónde empiezan y hasta dónde alcanzan las obligaciones de un profesor universitario. Las legales son ciertamente oscuras, por lo que más bien me interrogo por las morales. Uy, qué antiguo me ha quedado esto. Pero vayamos concretando. Ahora que está tan de moda lo de buscar la compatibilidad entre la vida profesional y familiar, y no sólo para las mujeres -espero-, la cuestión es ésta: ¿en qué horarios puede o debe un profesor universitario aceptar sus clases? Si soy eso que se llamaba padre de familia, y que ahora debe de ser padre a secas, ¿hago bien o hago mal si digo que las clases hasta las nueve de la noche las dé su tía o que en sábado examine el lucero del alba? Y otro asunto: si se me tolera decir que sí o que no a estas clases o aquellas, sea por horario o simplemente porque me viene fatal para el cutis impartir un par de horitas semanales más de mi exquisita docencia, ¿mereceré reproches si reconozco que voy a mínimos minimísimos y que a mi plin los títulos y las enseñanzas?
Un par de ejemplillos reales y cercanos. Mi área tiene una asignatura optativa en un máster de reciente implantación. Las clases tocan en miércoles de seis a nueve de la tarde-noche. Mis compañeros, que además son amigos y tienen mi más absoluto respeto y mi mayor y más seria consideración, no pueden dictarlas en ese horario, debido a sus obligaciones familiares, más que nada porque tienen hijos muy pequeños. Yo también tengo una hija pequeña, si bien confieso, para mi definitivo desdoro, que por las tardes mi mujer -también del gremio- y yo pagamos a una cuidadora, como potentados que somos. Nadie nos obliga, eso es bien cierto. Así que yo, en principio, tengo una libertad que me he buscado a golpe de euro y sí me es posible impartir dicha docencia. Por tanto, la asumo, para que se vea cómo somos los catedráticos de mi pueblo. Pero a lo mejor estoy atontado por andar pensando todo el día en cómo era la jornada laboral de mi padre y de mi madre, descastados que me dejaban revolcarme por el prado mientras ellos segaban o cavaban, con la cantidad de bichos que había por allí. En verdad me resultaría muy fácil quitarme de encima ese supuesto marrón, pues en mi mano está decidir si tal asignatura se da o no. Es optativa, como he dicho, y se matricularon cinco alumnos, de los dieciséis que cursan el máster. La dirección me pregunta si vamos a hacernos cargo de la asignatura o pasamos de todo con cara de a mí con ésas. El año pasado eran tres los estudiantes y dijimos que no. Este año ando con el escrúpulo puesto. ¿Hago bien? ¿Hago mal?
Los ajenos que se ganen la vida de otra manera, y especialmente si no son funcionarios, me dirán que para eso me pagan. ¿Me pagan realmente por eso y para eso? No sé, es raro, pues me pagan lo mismo si acepto esa labor o si la rechazo. Luego, será que no es ése el fundamento de mi remuneración. Pero, ¿por qué nos pagan? Sobre ese particular he comprobado que existen dos teorías muy diferentes. Hay quien piensa que nos pagan por hacer; otros opinan que nos pagan por ser. Esta segunda corriente gana adeptos sin parar. Analicemos más en detalle tales opciones teórico-prácticas en disputa. Si me pagan por hacer cosas (enseñar, investigar...), se entiende que debo cumplir con la faena hasta unos mínimos, tal vez unas horas semanales o mensuales de docencia y ciertos resultados de investigación. Mas en detrimento de tal doctrina se ha de aclarar que el sueldo que percibimos apenas está condicionado por dichas prestaciones. Entonces a lo mejor tienen razón los que mantienen el otro punto de vista, el de que nos pagan por ser quien somos. Esto es, el título de catedrático o titular te hace acreedor de tu sueldo, hagas más, menos o nada. Hay que reconocer que resulta tentadora esta doctrina.
Otro caso. Los profesores doctores podemos decidir si queremos impartir doctorado o no. Por consiguiente, si en un departamento o una facultad hay un número bastante de profesores que desean dedicarse también a esa actividad, en ese departamento o facultad habrá doctorado; si no, no. Abundan los colegas que a la pregunta de por qué no se animan a dar doctorado responden así: porque no nos pagan nada por eso. Volvemos a la duda inicial: ¿por qué nos pagan? En realidad, si nos ponemos así, yo también puedo decir que por las clases ordinarias en la licenciatura (el grado, como habrá que decir ahora) tampoco me pagan, puesto que está visto que el sueldo me lo dan por guapo y dicharachero. ¿Me quito de en medio en todo? Si me lo propongo, posiblemente puedo, que conste. No sería el primero.
A lo mejor unas comparaciones de andar por casa nos ilustran un poco; o acaban de enturbiar el tema. Pensemos en un ejército con militares profesionales. Al principio de cada año se pide a cada uno que decida si quiere ir de maniobras ese año, si va a hacer marchas y si se apunta a prácticas de tiro. Raro ¿no? ¿Y si les preguntaran cuántos están dispuestos a ir a la guerra y cuántos prefieren quedarse en el cuartel cobrando lo mismo? O que a los médicos de la seguridad social se les haga decidir cuántas operaciones al año quieren realizar y si prefieren pasar consultas o quedarse en casa leyendo alguna cosa o regando los geranios. Y, por cierto, ¿los militares y los médicos de la medicina pública tienen hijos?
Otra cosa muy simpática de este oficio universitario es la siguiente. Pongamos que usted es profesor y que dice, por ejemplo, que cómo no vamos a tener un doctorado. Muchos compañeros le responden que muy bien, que estupendo y que claro que sí, pero que en ese caso usted, que es el que tiene interés -vaya usted a saber por qué innobles motivos-, es el llamado a preparar el correspondiente programa del doctorado y que usted ha de encargarse de hacer los papeles, convencer a otros profesores y coordinar todo lo que haya que coordinar. Suponga que usted no quiere cargos porque no desea que su tiempo se lo coma la burocracia; es decir, opta por no ganarse mensualmente esos dinerillos del complemento por el cargo, y tal opción la toma precisamente porque no desea hacer papeles. Pues bien, no es raro que los que tienen los cargos y cobran por ello estén entre ésos que le indican que lo de los papeles y la organización es cosa de usted, ya que de usted es tan despendolada iniciativa. Y llegamos así a otro dilema existencial del profesor: ¿qué es mejor y más loable, tener cargos sin dar palo al agua o dar palo al agua sin tener cargos? Ya sé que hay una tercera opción, pero esta temporada no se lleva mayormente.
Estábamos en que muchos colegas te dicen que ellos no imparten cursos de doctorado ni cosas por el estilo porque vaya rollo y cuántos agobios. Vale. Pero un día te los encuentras con unas maletas, les preguntas en qué andan y te dicen que se van a Sebastopol a dictar unas clases en un doctorado muy importante o en un máster muy churri. Pones cara de tonto, les interrogas como esperan y te cuenta que es porque esas clases se las pagan muy bien. Y la cara de bobo ya no se te quita en un mes.
Lamentándolo mucho, ahora voy a tirar unas piedras a mi propio tejado y, además, a incurrir en una inmodestia que espero que se me disculpe. De los profesores que conozco en mi medio habitual, soy seguramente uno de los que más dinerillos extra sacan haciendo bolos por el mundo, que si unas conferencias allá, que si unos cursos acullá. Pero las piedras al tejado propio vienen con lo que me atrevo a proponer para que se aplaque un poco el cachondeo, que sería algo así como un régimen de incompatibilidades bastante peculiar: a menos horas de docencia en tu universidad y a menos rendimiento investigador -medido en sexenios, por ejemplo-, menos permisos para ir a disertar por precio fuera de la institución que te paga. Al que cumpla en casa, que se le permitan juergas fuera; al que no, no. Si usted tiene aversión a la docencia, estupendo, no se torture con la docencia... ni aquí ni en otras partes; si usted considera que los doctorados son una pérdida de tiempo, no pierda el tiempo en doctorados... ni aquí ni en otras partes. Y, por el contrario, si usted aquí se esmera y aún le sobran energías, bien estará que haga horas extra, chollos y chapucillas en otras empresas y que le paguen por ello las otras empresas.
¿Me he vuelto loco? ¿Soy un esquirol posmoderno? ¿Traiciono a los míos? Peor: ¿me he convertido en un fanático inmoral? No sé si voy a poder dormir esta noche. Por menos me he desvelado más de una vez y me he quedado leyendo como si no hubiera cosa mejor que hacer en esta vida académica.