17 febrero, 2011

Rotualdo y los cacharrautas. Por Un Amigo (Un cuento al hilo de nuestros debates sobre propiedad intelectual)

(El amigo un amigo nos fue regalando por entregas esta historia que ahora recojo aquí entera. Iba, junto con otras consideraciones sobre las que tenemos que seguir nuestros debates -¿ah, el maldito tiempo escaso!-, en aquella entrada sobre las propiedades de la propiedad intelectual.
Disfruten.
Por cierto, el título lo he elegido yo. Espero no haber errado, amigo)

Había una vez, hace mucho mucho mucho tiempo, en una tierra muy lejana y de gentes, costumbres y leyes muy diversas de las nuestras, un ingenioso gentilhombre, Rotualdo del Cazo, que había levantado un esplendoroso palacio, dicho Palacio de los Sueños, rodeado por un magnífico y extenso parque, llamado Parque de las Ilusiones, en una península que dominaba un vasto y bellísimo lago, conocido como Lago de los Torbellinos.

Nárrase en toda la región que había empleado toda su mucha creatividad –y, dicen, sustanciosos recursos materiales– para la construcción de dicho simpar palacio. Pues Rotualdo no había visto la luz como rico y poderoso noble, a pesar de lo que quizás alguno coligiera del exordio de esta insignificante historia; antes bien, era un simple súbdito trabajador, que vivía del favor que por su ingenio le concedían las gentes – decía y repetía que lo de crear palacios, siendo su vocación, su servicio a la comunidad, y su modo de realizarse en este valle de lágrimas, en modo alguno estaba reñido con lo de explotarlos juiciosamente, que lo cortés no quita lo caliente. Pues grande era el flujo del público que, atraído por las maravillas del Palacio de los Sueños, peregrinaba a visitarlo, y apoquinaba religiosamente la entrada para acceder al mismo.

Una nutrida tropilla de villanos trabajaba hacendosa para Rotualdo, en la limpieza y mantenimiento del palacio, en las taquillas de venta de entradas, y sobre todo -que las insidias de la morralla no conocen descanso- en los extensos regimientos de guardias que custodiaban toda la frontera terrestre de la propiedad, asegurando que no hubiera accesos no autorizados. Del lago no había que preocuparse, por ventura, pues era vastísimo, frío, un pelín agitado, y en la región había desde siempre un miedo ancestral al agua y a las criaturas de sus profundidades, no conociéndose el arte de la navegación, y estando al servicio del príncipe las pocas balsas de carga que había. De nadar, ni hablar, debido a la enorme extensión del lago y la fiereza e imprevisibilidad de sus … torbellinos.

Los beneficios que devengaba a Rotualdo su generosa y arriesgada empresa eran varios –tanto ingresos monetarios directos, como derivados de mercedes de las que dispensa la Providencia a sus elegidos–. No, no se limitaban a la venta de las entradas, a tres doblones la unidad, para los visitantes que accedían a través del majestuoso único camino de entrada que penetraba el istmo, celosamente custodiado.

En primer lugar, el príncipe de esas tierras, Su Alteza Serenísima Gocigocín de Aquitestrujo, había bendecido a dos manos la empresa de Rotualdo, concediéndole por noventa y nueve años el exclusivo aprovechamiento de la península. No sólo ello; el hacedor de palacios había recibido una subvención a fondo perdido de Su Alteza Serenísima, que consideraba, seguramente con buen juicio, que la erección de palacios fuese una actividad que ennoblecía su principado, y que enriquecía espiritualmente a sus siervos todos, y que por lo tanto merecía ese mecenazgo. En tercer lugar, Su Alteza Serenísima, siempre generosamente, y por la misma razón, había tenido a bien disponer que las tasas a pagar por dicha actividad económica fueran un cuarto de las aplicadas en su principado para otros productos y servicios, como por ejemplo la venta o reparación de carretas, el esquilado de ovejas, y el afilado de hoces.

No escampaba aquí la lluvia de mercedes sobre el palacio y el parque, y sobre las arcas de nuestro buen Rotualdo. Pues habrase de saber que la comarca que tenía el honor de albergar el Palacio de los Sueños, dicha Retebea en los nobles anales del Principado de Aquitestrujo, tenía su hacienda comarcal, por razones varias, en déficit permanente, debido en una parte no desdeñable a la necesidad de construir y mantener caminos que dieran acceso a las tumultuosas hordas de visitantes que afluían, a caballo, a pie y en carroza, especialmente los fines de semana, al Palacio. El margrave que administraba la comarca, siguiendo instrucciones del Príncipe, se cuidaba muy mucho de mencionar el tema en sus frecuentes encuentros con Rotualdo, y solía decir a sus íntimos que para qué servían gabelas sobre padres de familia o diezmos sobre herencia de viuda si no para construir caminos que hiciesen honor al principado y a los sus muchos ingenios.

Finalmente, los visitantes al Palacio no sólo pagaban con su escarcela, sino también con un pellizquito del tiempo inevitablemente finito de sus sufridas vidas. Pues eran obligados, antes de iniciar cada visita –que solía durar un par de horitas mal contadas– y después de ella, a pasar un insignificante cuartico de hora (bueno, uno entrando, y otro saliendo) de pie en un redil cercado, hiciera cierzo, sol de justicia o lloviesen chuzos de punta, en cuyo derredor se disponían heraldos con sonoras trompetas y pregoneros de recia y estentórea voz, quienes bombardeaban a dichos visitantes con elogios insistentes, no siempre del todo veraces, de las posadas y hosterías del lugar, de sus fabricantes de carrozas, de sus rizadores y tintores del vellón de ovejas, y de otras muchas artes y artesanías. Aunque el efecto sobre las andanzas sucesivas de los visitantes fuese más que discutible (más de uno fue oído farfullar con recios juramentos que aunque sólo hubiese sido por el ultraje de ser arreado al redil, y de tener que tragar con los trompetazos estridentes, ni muerto lo iban a ver trasegando vino en dichas hosterías, o poniendo guapas sus ovejas, sus cabras o sus cabrones en dichos rizadores), la verdad es que dichos honestos artesanos pagaban a Rotualdo flor de táleros (un tálero = seiscientos sesenta y seis doblones, en el Principado de Aquitestrujo) por el servicio un puntirrinín coactivo ejercido sobre la plebe que lo visitaba –puntirrinín que a ninguno quitaba el sueño, ni a príncipes ni a poderosos, porque en el fondo, no era más que plebe no creadora, de la que se atropella balando desde el vientre de sus madres hasta la boca de las fosas que inexorables las esperan–. Ni que decir tiene que la plebe no percibía remuneración alguna por el tiempo propio que le era arrebatado, y que era esencial para que funcionara el jueguecito del redil y los trompetazos.

La verdad es que las cosas no le iban del todo mal a Rotualdo. Naturalmente que su valiente ejemplo encontró seguidores; diversos mesnaderos siguieron su ejemplo y, en las variadas costas que rodeaban el Lago de las Tormentas, erigieron palacios o castillos análogos, cada uno con sus personales atracciones, unas veces más afortunadas y originales, otras veces más refritas y cuchifritas en base a lo ya hecho, concluyeron acuerdos análogos con Su Alteza Serenísima, y a vivir que son dos días.

La gente … la gente fluía de aquí y de allá, dale que te pega a visitar, de castillo en palacio y de palacio en castillo, porque la verdad es que las costumbres de la región habían ido cambiando. Discuten aún los pocos filósofos que en ella quedan si para bien o para mal, pero la cuestión es que se conversaba menos con las mozas y con los ancianos, se iba menos de romería, se bailaba y se cantaba menos, se tocaba menos la zampoña …se leían menos pergaminos … se narraban menos consejas rientes o melancólicas, al calor de la lumbre de invierno, o bajo el cielo estrellado de la noche estiva. Fuera por lo que fuese, todo era un rebullir de aquí para allá, todo era pasar largas horas por los caminos encerrados en la propia carroza y rodeados por infinidad de otras iguales (como uno de esos pocos filósofos en extinción observara, el goce máximo que proporcionaba una carreta de máximo lujo, tirada por multitud de corceles ricamente enjaezados, era el de la tranquilidad de saber que con ella nos podíamos plantar en un pispás en el atasco que deseáramos). Aún dejando las filosofías de lado, el caso es que este cambio de costumbres favorecía ciertamente la prosperidad del gremio de Rotualdo.

Pero un día … algo cambió en el reino de Aquiteestrujo.

Llegadas de un país lejano, sobre el lago empezaron a verse unos extraños objetos paralepipédicos y relucientes, mezcla de cristal, metales y sustancias extrañas, que el genio local dio en denominar “cacharras”, que se desplazaban de aquí para allá con facilidad inaudita. Podían transportar una o más personas, aunque respondían a reglas muy extrañas. La primera es que, en llegando al lugar de destino, no se podía desembarcar de la cacharra, aunque desde ella se podía uno explayar en charlas infinitas con la gente que encontraba o había citado en la orilla: parientes, amigos, mozas (pueden imaginar Vds. que no todas las charlas entre lancha y orilla eran todo lo santas que hubiesen deseado los párrocos de la región) (aunque más de uno fuese pillado in fraganti dando vueltas en cacharra por ensenadas de oscura reputación, y con la sotana remangada, y adaptándose sin sonrojos a la situación – aunque no pudiese tender su mano hacia la orilla, nada vedaba al cacharrauta tenderla hacia sí mismo). La segunda es que no dejaban transportar objeto alguno, ni recogerlo de la costa visitada: por ejemplo, si uno subía una cesta de huevos, o un azadón, no arrancaba más. Ambas limitaciones sabían a arte de magia. Aparte estas cortapisas, las cacharras era un tantico imprevisibles. A veces no arrancaban, incluso sin cargarles objetos. Otras veces se ponían a dar vueltas sobre su propio eje como una peonza enloquecida a pocos metros de la costa de origen, hasta que el cacharrauta exasperado la volcaba, la arrastraba entre juramentos hasta el encacharrero, y la ponía en marcha de nuevo. Su velocidad era también muy irregular, pero todos coincidieron que para obtener noticias, visitar parajes, mandar mensajes y documentos, o pasar encargos de mercaderías (que luego, eso sí, te tenía que traer una carroza, por la susodicha limitación) y este tipo de trajines, eran una verdadera bendición, sobre todo comparándolas con los interminables atascos que aquejaban endémicamente a los caminos del principado.

Así que el común de las gentes, y muy especialmente los mozos, comenzó a dotarse de esas extrañas cacharras –de muy variadas capacidades y velocidades– y a adquirir destreza en su manejo.

Lo que tenía que ocurrir, ocurrió. Un chaval más bien despierto encaminó su cacharra a la península ennoblecida por los ingenios de Rotualdo, se buscó un punto de la costa desde donde se viera aceptablemente bien el Palacio de los Sueños y el Parque de las Ilusiones, sacó los prismáticos, y se dio una jartá de disfrutar de todas las novedades. De gratis total, naturalmente, porque recordarán que la costa no estaba vigilada. Esa misma noche se lo contó a los de su cuadrilla –todos cacharreros de pro, como pueden Vds. imaginar–, les pasó las coordenadas de la ensenada (que bastaba teclear en el salpicadero de la cacharra para que te transportara rauda al punto escogido), y los dejó boquiabiertos de admiración.

Dizque a poco de ello fue todo un rebullir de cacharras de aquí para acullá que buscaban puntos de observación, que se los intercambiaban, y que no dejaban prácticamente de identificar castillo o palacio que no tuviera su acceso vulnerable desde el lago.

Los primeros días, los guardias ni se dieron cuenta, concentrados como estaban en patrullar celosamente, rottweiler babeante de la traílla, los accesos terrestres al Palacio. Luego, uno paró en mirar la inusitada actividad de las cacharras. Les pegó unas voces –el rottweiler, exhortado a tirarse al agua a por la cacharra más cercana, dijo que nones, que no tenía la competencia tecnológica necesaria, y que si querían esas funciones, que contratasen un cocodrilo–, pero se las llevó el viento. Al día siguiente probó con algún tiro de sal desde los riscos, arriesgando con romperse la crisma, pero las cacharras se movían demasiado y eran demasiado ágiles. El lago quedo un poco más salado, y los cacharreros, partidos de la risa.

Total, que se lo fueron a contar tímidamente a Rotualdo, por aquello de tenerlo lealmente al corriente. No escogieron buen día para ello – o quizás ya no había buenos días, en el sentido subjetivo del término, para nuestro gran creador. Habráse de saber que por lo que fuera – algunos decían que las malas cosechas, que habían tocado seriamente la bolsa de los aquiestrujados; otros que el proliferar de palacios y castillos; otros, que sus atracciones, especialmente las de producción nacional, olían desde leguas a refrito en vil y rancio sebo, y que poco hacían por renovar el interés de las gentes, sobre todo contando los cuatro doblones que habían pasado a exigir por cada visita– los ingresos contabilizados por Rotualdo llevaban tiempo cayendo. El príncipe seguía sentándolo a su derecha, pero vista la situación de las arcas del principado, le dedicaba más buenas palabras que no maravedíes contantes y sonantes. En cuanto a los artesanos que antaño contrataban entusiastas cuantiosos servicios de pregones de lo que llamaban ‘orientación al consumo responsable’ , refunfuñaban cada vez más ante su precio, decían que las cosas les iban mal, que no tenían tanto que gastar … en fin, lo de siempre. Y a Rotualdo, que como a cualquier hijo de vecino, le había sido otrora muy fácil acostumbrarse a los tiempos mejores, le costaba un poquitín más acomodarse ahora a los de vacas flacas, y se le había agriado apenas una pizca su carácter solar, ponderado y dialogante.

En resumidas cuentas, los guardias fueron despedidos a recias patadas en el culo por un Rotualdo vociferante y congestionado, que los acusó de incompetentes, de negligentes, y de corruptos conchabados con los cacharreros. Con profusión de colores –para algo era un creador, caramba– tachó de grandes y porfiadas meretrices a sus madres, hermanas, mujeres e hijas, de bujarrones empedernidos a sus hijos varones y a sus propios padres y hermanos, y a ellos, por tercios iguales, de pedófilos culturales, de succionaméntulas de rottweiler y de terroristas malísimos. En la iracunda confusión sacó a patadas también a media docena de visitantes que pasaban por allí y a su propio director financiero, pero bueno, un gran hombre no se puede parar en las minucias, lo suyo es el liderazgo y las grandes acciones.

Cuando el margrave de la comarca vino a saber de ello, le dijo a Rotualdo que quizás se había pasado un pelo, que vale que eran chusmísima, pero también debía pensar en su propia salud, e inquirió solícito si se había lastimado el pie de las patadas, a fuerza de luxar coxis tras coxis de villano infiel, o si por un azar se había irritado sus delicadas cuerdas vocales, a fuerza de ilustrarlos sobre los vergüenzas de su genealogía. Cuando vio que Rotualdo seguía aullando con los ojos fuera de las órbitas, se retiró discretamente hacia su carroza, temiendo por su propia excelentísima rabadilla.

Tras algún intento de reorganizar su armada de vigilantes para impedir que los cacharreros se acercaran a la costa (y algún que otro experimento, tan riesgoso como fallido, de adiestrar cocodrilos), Rotualdo advirtió que la disparidad tecnológica le era demasiado desfavorable. Nada que hacer, en sustancia. Así que ni corto ni perezoso pidió audiencia con el príncipe, juzgando que sólo de Él podía esperar alivio a sus cuitas. Y en una muy pregonada perorata, adujo entre floridas invectivas que las cacharras amenazaban el bienestar del reino todo, y exigió tonante que Su Alteza Serenísima actuase con mano dura contra ellas…

Perplejo y casi convencido, el príncipe consultó a sus consejeros legistas, quienes tras mucho verecundo revolver de legajos le vinieron a susurrar varias cosas. A saber, que por un lado era cierto que los cacharreros se arrimaban a la costa para darle a castillos y parques una ojeada (precaria, y entre salpicaduras) sin pagar. Pero por el otro lado las leyes del principado eran claras: el lago era considerado dominio público, y en dominio público los súbditos podían actuar a placer, sin dañar ni a las leyes ni a terceros. Por ejemplo, si en una hostería estaban asando jabalíes con patatas y romero, nadie vedaba que los villanos que pasaban por allí delante dieran una buena husmeada, e incluso dos, al tufillo sabrosón. Y cuando las ramas de un manzano venían a pender ubérrimas sobre la vereda, podía el caminante alargar su mano y servirse a su antojo; estaba al propietario del árbol, si ello lo irritaba, el cuidarse de podarlas para que no fueran a frutar sobre el camino. Amén de estas analogías poco confortantes para con las aspiraciones de Rotualdo, documentaban que el tráfico de las cacharras, al principio anecdótico, había devenido en actividad de importancia respetable, y había flor de mercaderes que obtenían buenos beneficios del mismo. Más aún, y mucho más trascendente: diversos tribunos de la plebe alegaban que la libre comunicación que permitían las cacharras entroncaba directamente con el derecho de tomar la palabra en la asamblea del villorrio que había sido consagrado en los lejanos tiempos en que se constituyese el principado, y estaba protegido por las mismas pragmáticas de máximo rango. Y buena parte de los consejeros avalaban esta perspectiva.

Las leyes ya promulgadas por Su Alteza ya le permitían actuar severamente con quien quiera que, llegando por un medio cualquiera, echara pie a tierra y penetrara en el parque, o se saltara sin pagar los torniquetes de entrada. Visto todo lo cual, concluían los empelucados jurisconsultos, era responsabilidad de Rotualdo levantar barreras o celosías o filas de chopos o lo que su santo protector le diera a entender para que desde las aguas de libre navegación no se pudiera ver su palacio.

Cuando Rotualdo vino a saber del parecer de los consejeros, los puso como chupa de dómine, siguiendo su característico estilo comunicativo, aunque siendo como era atrevido con los débiles y servil con los poderosos, no osó añadir las patadas en el culo. Volvió a la carga, alegando que las cacharras eran sediciosas, ilegales, debilitantes del entramado socioeconómico del reino, y que si seguía perdurando el ‘gratis total’, nadie iba a tener aliciente para construir más castillos. Que, entre paréntesis, seguían erguiéndose y abriendo sus puertas al público, en especial en la época que lleva a final de año. Y como quien no llora no mama, y contaba ciertamente con discreto favor del príncipe, fue obteniendo no pocas cosas, amén de las mercedes con las que ya gozaba.

Para compensar la disminución de ingresos que atribuía de forma indemostrada a las visitas de cacharras a ‘sus’ costas, obtuvo del príncipe que sobre toda la navegación de lago, se dirigiera a donde se dirigiera, con el medio que fuese, se aplicase un tributo invariable, que sería acto seguido versado en las arcas de Rotualdo, no en las del principado. A más de uno de los jurisconsultos se le aplanaron los bigudíes entalcados de la peluca para enroscársele acto seguido en el sentido opuesto, ya que vieron en esta merced una aberración de marca mayor, a saber, la concesión a un privado de la capacidad de cobrar impuestos para su propio provecho. Los navegantes del lago armaron una buena – muchos aducían lo obvio, que ni habían pasado cerca de la puta (sic) península de Rotualdo, ni tenían la menor intención de pasar – que ellos iban a sus actividades varias, perfectamente legales mientras no se demostrase lo contrario, sobre las que ya pagaban religiosamente cuanto tributo o gabela hubiese establecido el príncipe, ¿y entonces a qué venía esa mamarrachada verdaderamente pirata, pero pirata de cagarse (resic)?
Abreviando: ni jurisconsultos ni honrados comerciantes fueron escuchados por el príncipe, y por su conducto logró Rotualdo que el entero principado tuviera que comulgar con semejante rueda de molino. Ni que decir tiene que este sucedido dañó no sólo la poquísima credibilidad que ya tenía ante las gentes Rotualdo, sino la poca que aún le quedaba al príncipe (ya perturbada, aunque esto no tenga que ver mucho con la historia, por ser putañero y disipado al extremo, por rascarse los cojones a la grande a costa del erario del principado, por las amistades y negocios dudosos en los que vivía envuelto, e incluso por las mismas circunstancias de su lejano pero no ya olvidado acceso al trono).

Pero claro, como el apetito se abre al comer, Rotualdo no se paró ahí, y siguió intrigando para que, amén de los privilegios tributarios, se pusiesen a su servicio cherifos especiales, con armas de envergadura, y amplias facultades, sin necesidad de obtener autorización de los magistrados del príncipe, para hundir a cañonazos las cacharras, colgar cacharreros de las bolas, y multarlos pesadamente una vez desbolados. “Argumentaba” (pongo las comillas para que un verbo honesto no se me rebela al verse atribuido a semejante cantamañanas) que no podía seguir este descoque inmoral del ‘gratis total’.

Otra tanda de jurisconsultos, de entre los pocos que habían resistido a la genialidad impositiva arriba narrada, se desmayó, enfermó o desencajó, o las tres cosas a la vez. Entre colegas de la máxima confianza, y sólo entre ellos, murmuraban preocupados que después de lo de conferir inauditas competencias tributarias a un mesnadero sin ningún papel institucional, puramente orientado a engordar la su hacienda, lo de otorgarle a él y a los de su laya, competencias ejecutivas (porque de eso se trataba, aunque el ejercicio nominal correspondiera a algún fantoche venal del príncipe, con pocas letras y menor juicio), tenía bemoles, o más que bemoles. Revolcada y bien revolcada por el polvo yacía la ingenua pretensión, codificada en las mentadas pragmáticas, de que todos los súbditos del principado tuvieran derecho a igual trato por parte de sus magistrados. Porque, como argumentaban las pocas voces sobrias que iban quedando, nada le impedía al Rotualdo dirigirse a los tribunales del principado, en cualquier momento en que se sintiera agravado, por un cacharrauta concreto o por cualquier otro hijo de vecino. Pero claro, ya iban quedando pocos que quisieran comprometer su propia carrera con el príncipe, pues estaba más que claro que el muy bellaco tenía un feeling especial con Rotualdo, y que irle con razonamientos, jurídicos o de los de la gente corriente y moliente, era como llevar margaritas a los puercos.

Aún así, hubo entre ellos algunos venerables ancianos y jóvenes prometedores que se permitieron decir que la propuesta alteraba fundamentalmente los derechos de los ciudadanos del principado, según establecidos otrora en las famosas pragmáticas de máximo rango, de no sufrir penalidad alguna que no hubiese sido deliberada, de acuerdo con las leyes y tras oír a las partes, por un colegio de magistrados. Pero fueron acallados con las de siempre. Gracias a la magnanimidad del príncipe, se limitaron a embrearlos y emplumarlos, y sacarlos a pasear por las villas montados de espaldas sobre asnos particularmente poco agraciados, con un capirote donde ponía “cavron (sic) yjuepota (sic) patridrario (sic) der (sic) jratiz (sic) tohta (sic)”.

Éstas y otras alegrías fueron extendiéndose por el principado como mancha de grasa. La indignación de la gente subía y subía; en cuanto a las fortunas de Rotualdo, no se sabe bien (por su ya mentada opacidad), aunque al mismo tiempo su nombre se había convertido en hazmerreír popular, en epítome de todas las avideces y ansiedades, de las manipulaciones políticas y del vivir del cuento.

La historia de Rotualdo se convirtió en un argumento de conversación favorito, aún teniendo en cuenta lo poco que se charlaba en el principado. Surgieron debates populares en torno a la misma, cuya pasionalidad se fue inflamando a medida que se aproximaba la fecha de la anunciada decisión del príncipe sobre las últimas exigencias de Rotualdo. Muchos decían que el príncipe, como siempre, tenía ya decidido favorecer a su compinche de siempre, pasándose las pragmáticas por donde la esponja, y que debates y discusiones eran sólo maquillaje de pescados ya vendidos. Otros creían aún que fuera posible un razonable acuerdo por el bien de todos.

Y así fue que un grupo de hombres y mujeres sencillos, cacharrautas y no cacharrautas, aceptablemente libres de intereses y con el solo orgullo de pensar con su propia cabeza, vino a publicar y difundir por las villas del principado una propuesta de compromiso, que estribaba más o menos en lo que sigue.

(1) en primer lugar, en el terreno de las palabras, donde tantos insultos habían volado, pedían que el príncipe confiase a sus sabios la búsqueda de definiciones rigurosas, prudentes y comprensibles, y que los debatientes se abstuviesen de innecesarios y perjudiciales alarmismos y agresiones.

(2) en el terreno comercial, argumentaban que Rotualdo, en vez de desgañitarse costase lo que costase en poner coto a las visitas de los cacharrautas, una mayoría de los cuales, de cualquier manera, no iban a apoquinar jamás los cuatro doblones de la entrada, lo mejor era que los incorporase a su modelo de negocio. Por ejemplo, disponiendo una buena ensenada a cuyo abrigo pudiesen acogerse los cacharrautas, sin temor de frías salpicaduras ni de torbellinos imprevistos, y que les permitiera contemplar el castillo a través de sus catalejos a cambio de una tarifa honesta y reducida, por ejemplo un par de cuacuartillos (un doblón = dieciséis cuacuartillos, en el principado de Aquitestrujo). O incluso dándoles acceso por la puerta principal, a precio reducido, cuando el ciclo del espectáculo en curso estuviera tocando a su fin. Tanto, iban a ser clientes nuevos; tanto, los costes de producción del espectáculo estaban ya sostenidos; y lo que trajeran los cacharrautas a sus arcas, por la vía legal y amigable, podía ser quizás no mucho en absoluto, pero siempre sustancioso en lo relativo, y quién sabe si alguno de ellos incluso le podría coger afición a venir a los estrenos, pagando el precio completo.

(3) seguían proponiendo, en lo político, que las subvenciones concedidas por la magnanimidad del príncipe a costa del erario público tuvieran una contraprestación concordada. Por ejemplo, que el castillo subvencionado retornase al dominio público antes de los años previstos por las leyes para los castillos no subvencionados. O que como alternativa, sin tocar dicho plazo, las estructuras públicas de cultura y enseñanza del principado pudieran gestionar el acceso al castillo en determinados días, facilitando que el vulgo menesteroso accediera a los castillos sin rascarse la escarcela, y educase así sus sentidos, tanto el crítico como el estético, lo que habría ciertamente de redundar a favor del principado todo (Dicen las consejas que el príncipe pegó un respingo de desagrado particularmente fuerte, cuando le leyeron esta parte de la propuesta).

(4) auspiciaban que el principado pudiese trascender las trasnochadas y elitistas distinciones entre ‘creadores’ y ‘no creadores’, diseñando una política de promoción cultural que –sin excluir las ayudas y subvenciones justificadas por el bien común– privilegiase la participación directa en la cultura, participación crítica, participación de base, y que dejara de arrear a los ‘no creadores’, a vergajazo limpio, de redil en redil, tratándolos como chusma vil y consumidora.

(5) por supuesto, sugerían que el príncipe declarase explícitamente que las visitas de cacharras no constituían delito, salvo que se demostrara que los cacharrautas obtenían lucro concreto de ellas (como, por ejemplo, si vendiesen pasajes a terceros explícitamente para venir a fisgar hacia el castillo, y demás circunstancias que el sentido común podía fácilmente homologar a la del ejemplo, evitando torticerías interpretativas innobles por una u otra de las partes en liza) (habráse de saber que Rotualdo se había hecho tristemente famoso por arrastrar con malos modos ante los magistrados a un esquilador de ovejas de una localidad cercana que, entre tijeretazo y tijeretazo, tarareaba una musiquilla escuchada durante una visita al castillo, alegando que si no hubiera sido por el efecto mágico de tales tarareos, las artes del esquilador no habrían valido de nada, y que nadie hubiese llevado jamás oveja alguna a su bodeguiya, por lo que exigía que el tal esquilador lo compensase con una parte de sus más que sudados ingresos).

(6) También por supuesto, tocaba que el canon (como se había venido en llamar al impuesto sobre toda la navegación por el Lago de los Torbellinos, cualesquiera que fuesen su origen y su destino) regresase cuanto antes al oscuro cajón de las fantasías autocráticas de donde nunca debería haber salido.

(7) Razonaban que con sus reiteradas obtenciones de privilegios, desde siempre reservados en el principado para la cosa pública, Rotualdo y su gremio se estaban postulando implícitamente como parte excepcional y esencial de la sociedad, y que este tratamiento los estaba equiparabando de hecho a una institución. Si se decidía confirmar dicho proceso, por un lado era imprescindible dotarlo de legitimidad jurídica plena. Que no podían obtener las intrigas y cuchicheos detrás de bambalinas, ni mucho menos las mañas e intrigas de los validos del príncipe, que iban deslizando las disposiciones correspondientes al pie de otros edictos, en el últimísimo momento antes de su firma. Esa legitimidad sólo podía derivar de una discusión pública al máximo nivel, avalada por un consenso claro de los aquiestrujados.

(8) Por otro lado, recordaban que adquirir ese protagonismo parainstitucional, o institucional del todo, no sólo tendría que aparejar privilegios, sino también responsabilidades.
Citaban al menos tres: (a) Rotualdo tendría que rendir cuentas transparentes de todos sus ingresos y gastos; (b) Rotualdo, postulándose come agente cultural en monopolio, tendría que asegurar una distribución capilar de la cultura en todo el territorio del principado; (c) Rotualdo tendría que escogitar un medio para dar acceso equitativo a su sistema a cualesquiera otros autores noveles, que legítimamente quisieran ofrecer su arte al público.

(9) No descartaban a priori, por prudencia, que dicha institucionalización cultural fuera positiva. Eso sí, pensaban que la historia mostraba, en el principado y otros colindantes, que se habían podido alcanzar cumbres creativas muy superiores a las del refrito momento presente … sin ningún tipo de institucionalización ni de excepcionalismo. Así que, sin entrar en filosofías que no competían a personas llanas como ellos, se permitían observar lo evidente, a saber, que no había nexo necesario entre otorgar a los castilleros prebendas excepcionales a costa de los derechos de todos, y riqueza expresiva de los castillos levantados. Aceptando sin rémoras que la creatividad era importante para el principado, señalaban que la clave para estimularla debía seguramente residir en alguna otra parte.

(10) Aconsejaban que se diera escucha atenta a Rotualdo en su tantas veces repetido alegato de “mercado transparente y justicia igual para todos”. Pero de veras. (Grandes risotadas a malas penas contenidas se escucharon en la informal asamblea, cuando se redactaba este punto, así que decidieron dejarlo breve).

(11) Exhortaban a Rotualdo y al príncipe a no poner puertas al campo, porque lo de las cacharras, a su humilde saber y entender, con todo lo que había revolucionado el mundo del lago, no era más que el primer paso de una época nueva, y que la historia enseñaba que ni inmovilismos ni proteccionismos solían llevar a buen puerto a quienes a ellos se abrazaban temerosos y desconfiados.



La publicación de estas tesis no despertó gran interés, fuera por lo que fuera. Algún comentario positivo cayó, pero sobre todo recibieron críticas despectivas. “Más de lo mismo”, “este debate ya aburre”, “¿es que quieren acabar con la propiedad privada?”, “¡comunistas!” … fueron las más repetidas, y otras de análogo jaez. Perplejos, pensaron estas personas que el problema residiera en sus propias y abundantes cortedades, y decidieron probar a explicarse mejor.

Discutiendo estaban, sentadas en corrillo en un prado, los puntos que anteceden, probando a redactarlos mejor y a añadir otras consideraciones útiles para los aquiestrujados, cuando escucharon voces acongojadas, entrechocar de metales, y fragor de un tumulto que se acercaba.

La noche estaba tocando a su fin para el último sobreviviente de entre los redactores. Estar colgado por el escroto de las almenas del Palacio de los Sueños tampoco era tan malo. Faltaba ya poco para que cediera, azul, alargado, a este punto ya insensible. La caída cabeza abajo hasta los distantes peñascos del foso, aparte de un poco de emoción, iba a traer indudable reposo. Casi envidiaba a los compañeros cuyas bolas se habían desgajado ya en las horas precedentes, liberándolos para el vuelo definitivo. A otros les había tocado ser desbaratados por los rottweiler, azuzados por los cherifos, lo cual deja menos tiempo para pensar. Y se sentía en paz – lo que ya lo acariciaba, no es destino del que se escape, antes o después, anécdotas y sucedidos aparte. Los cañonazos que se llevaban oyendo toda la noche hacia la parte del lago, y los aullidos de sufrimiento, indicaban que para los cacharrautas tampoco estaba siendo una velada de placeres. Finalmente se habían acabado las cacharras.


Rotualdo dormía contento, entre dos hetairas peliteñidas, la alegre borrachera de celebración. Por fin el orden y la justicia habían vencido. Finalmente se habían acabado las cacharras.


En una desvencijada cochera a pocas leguas del Parque de las Ilusiones, a la luz de unos cabos de vela malolientes, tres chavales se tentaban las ropas, emocionados hasta el extremo, sin dar todavía crédito completo a lo que acababan de vivir. Sobre el banco de trabajo, entre crujidillos calmos, se enfriaba el prototipo de carracha que los acabababa de traer de un vertiginoso viaje por entre las nubes, por sobre penínsulas y ensenadas, ni vistos ni oídos por los cherifos que se afanaban en su carnicería, a pesar de las locas maniobras velocísimas y de las pasadas rasantes en las que se habían extasiado, mientras los sensores de la máquina documentaban con máxima fidelidad y detalle, a pesar de la oscuridad y de las brumas, todo cuanto estaba ocurriendo. Se les antojaba el máximo tributo a sus predecesores.

Finalmente se habían acabado las cacharras.

15 febrero, 2011

Interesantes innovaciones legales

El DECRETO 1/1994, DE 18 DE ENERO, DE REGLAMENTO DE POLICÍA SANITARIA MORTUORIA (BOCA 28/01/1994), de la Comunidad de Cantabria, modificado por Decreto 2/2011, de 3 de febrero, dice en su artículo 34 lo que sigue:
“Las inhumaciones tendrán la condición de:
- Sepelios ordinarios: serán aquellos que se efectúen dentro de la Comunidad Autónoma de Cantabria.
- Traslados: serán aquellos que se efectúen desde la Comunidad Autónoma de Cantabria a otras Comunidades Autónomas o al extranjero.”
Según el Diccionario de la Academia, "inhumación" es "acción y efecto de inhumar", e "inhumar" es "enterrar un cadáver". Es la única acepción.
Así que, a tenor de la cántabra norma, el entrerramiento de un cadáver puede hacerse enterrándolo con normalidad ("sepelio": "Acción de inhumar o enterrar", según el Diccionario) o... trasladándolo. El traslado como forma de enterramiento, hermosa e innovadora construcción jurídica. Yo también digo a veces que de tanto viajar, acabo muerto. Pue será eso.
Imagino que habrá alguna otra norma reglamentaria que regule en general los traslados y que, por coherencia sistemática, diga que los traslados en Cantabria pueden ser:
a) Con desplazamiento de un lugar a otro.
b) Con enterramiento ahí mismo.
Es bonito el Derecho, de verdad que sí.

Sorprenden a un rector leyendo un libro

Le ocurrió a Pere Vilapere Masymas, rector de la Univerisidad Tartarín de Tarascón de San Feliu de Gixols. Llegó la asistenta media hora antes de lo habitual y, como tenía llaves del apartamento, se dio de bruces con Pere El Magnífico mientras este tenía en sus manos, y abierto, el Simone Ortega, con sus 1080 recetas de cocina, nada menos. Durante unos segundos se miraron sin saber qué decirse. Al cabo, la asistenta, doña Priscila Mascarell de Ròmeu, de los Mascarell de Olot, huyó avergonzada, cerrando tras de sí muy violentamente la puerta. Pero, conmovida y perpleja como estaba, no pudo evitar contárselo a su prima Engràcia, peluquera en Las Ramblas y que tenía un hijo estudiando Turismo en la Autónoma. Por ahí se corrió la voz, y se corrió tanto, que llegó hasta la CRUE la cruel noticia y tuvo el rector Pere que aguantar los reproches de los compañeros regidores: que si de qué vas, que si a ver si te andas trabajando el sexenio por vía non sancta, que si por qué quieres dejarnos mal, que si ya solo te falta fumar, que si eso de que lees libros no tuviste güevos para contárselo a tus electores antes de pillar el cargo, que si verás como se lo digamos al ministro la que te va a caer, que si se te jodió lo de ser viceadjuto del secretario de la Conferencia Parcial de Rectores Mediterráneos… En fin, una tortura para el bueno de Pere Vilapere.

Al principio no fueron atendidas sus excusas, cuando alegaba que no había pasado de una página y que nada más que andaba buscando una receta de ensalada con pepino, porque su mujer se había ido de casa para no volver y le había dejado la nevera llena de semejantes tubérculos o como se llamen, no se sabe a cuento de qué. Pero después de un tiempo tuvieron algún fruto sus súplicas a los compañeros rectores, pues, reunida la Comisión Rectoral Paloma Osea para Asuntos de Disciplina, bajo el patrocinio del Banco de Santander, decidieron darle una nueva oportunidad y un plazo para que olvide lo leído en tan infausto libro y en otros peores que consultó cuando la tesis.

Mas el descrédito no paró ahí y perdió las siguientes elecciones, pese a que a ellas se presentó con un programa en el que proponía suprimir las bibliotecas universitarias y convertir sus espacios en canchas de paddle y en teleclubes para ver Gran Hermano 24 Horas. No sirvió de nada, pues no volvieron a confiar en él los estudiantes ni gran parte del profesorado, los mismos que en la convocatoria anterior habían apoyado su Plataforma para la Excelencia y que ahora, ante la sorprendente noticia, se sintieron traicionados.

Desde entonces, Pere, simplemente Pere, deprimido, vaga por el campus, explica sus tres horitas semanales en Económicas y da aprobado general para congraciarse con todos. Pero le va a costar, ya lo creo que sí. Resultó verdad aquello de que hay libros que dejan huella, piensa, mientras una lágrima baja por su mejilla y se imagina, él, cómo sería su vida de birrector si no hubiera tenido aquel desliz imperdonable. El intelecto es débil, murmura con pesadumbre, y, arrastrando los pies, camina hacia el quiosco para comprar el As. De perdidos, al río.

14 febrero, 2011

25 fanecas y un manifiesto

Ya son 25 los números de FANECA, y esta vez ha tocado un monográfico: manifiesto contra el borrador de Estatuto del PDI.

Véanlo aquí, en FANECA, y, si son del gremio y están de acuerdo, firmen aquí.

13 febrero, 2011

En el principio fue el hacha. Por Francisco Sosa Wagner

Ha sido, está siendo emocionante, las mejores sensaciones se suceden en nuestra piel, que vibra y vibra, a veces las mismas lágrimas afloran y rompemos en un llanto quedo y tímido pero gozoso porque sale de las entretelas más íntimas, también de recuerdos remotos alojados en la alcancía de la memoria.

Contemplamos las escenas con regocijo y con la envidia, ay, de no ser ya jóvenes, de tener nuestras miradas trabadas por esas lianas que son los cabellos blancos, de estar prostituidos por compromisos, por componendas, por ese pasteleo inmenso y agobiante en que la vida adulta consiste.

Pero a distancia compartimos, participamos, colaboramos ¡cómo no! con el espectáculo que es explosión de generosidad, de esa grandeza que solo los jóvenes están en condiciones de protagonizar. Porque es su privilegio, la envidiable prerrogativa de la edad, pues que tienen aún la vida desliada, desenvuelta, seres como son todavía ajenos al chanchullo y al enjuague.

Es la hora en la que aún vuelan los afectos puros sobre los campos vírgenes porque no hay enemigos ni venenos de los que emponzoñan el agua, los vientos y las oficinas.

Ya les llegará, claro es, porque la cadencia del tiempo es inexorable y ni conoce la piedad ni teme aniquilar las quimeras. Les llegará, decía, como nos ha llegado a todos, pero ahora, a los veinte años, es el momento gozoso del desinterés, del compromiso con las causas nobles, porque es la única oportunidad que los dioses conceden para poder ser en la vida romero, solo romero, que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo, tal como nos enseñó el poeta.

Y cuando hay un tirano que oprime y a lo lejos se ve la ancha hacienda de la libertad, ese joven va hacia allá para instalar en esa tierra bendita y libre su tienda, frágil y firme, para en ella velar, dormir y gozar. Y, con otros compañeros de otras tiendas y las mismas esperanzas, arrojar desde ellas piedras al tirano y cubrirle de insultos, para soliviantarle y sacarle de sus casillas, para que se dé -aturdido primero, desesperado después- a todos los diablos porque unos jóvenes están alterando su sueño putrefacto y corrupto. Su sueño que él cree poblado de hechos gloriosos pero que en realidad son hachas vengativas y erguidas, de esas que manan sangre sin cesar. Porque para el tirano en el principio fue el hacha.

Por todo esto es tan bonito y emotivo ver en los telediarios a los jóvenes universitarios españoles organizando manifestaciones de apoyo a quienes claman por la libertad en Túnez, en Egipto, en Argelia ... Lo reconozco y no me avergüenza confesarlo: me invade la efusión, la sensiblería incluso, cuando leo en los periódicos el encierro que protagonizan unos estudiantes en esta o en aquella Facultad, la huelga de hambre de aquellos otros, la recogida de firmas en un escrito que presentan a los viandantes para despertar sus conciencias abotargadas ... Estos días -lo estamos viendo- las Universidades españolas hierven: en Madrid, en Bilbao, en Barcelona, en Sevilla, en Santiago de Compostela ... No hay distinciones, todos unidos en la causa común por la defensa de la libertad en los países árabes que son, a fin de cuentas, nuestros hermanos. ¿No tenemos todos un poco el alma de nardo del árabe español -otra vez me susurra al oído el poeta-?

Y lo mismo en París, en Berlín, en Roma, en Lisboa, en Londres, donde hace poco también se manifestaron miles de jóvenes altruistas contra la subida de las tasas ...

¡Fuera cepos, fuera candados! se oye sin cesar en los claustros. Estamos ante la explosión de una sangre joven, una sangre especiada en ilusiones, que no puede soportar la injusticia.

12 febrero, 2011

Qué pereza la revolución

11 de febrero de 2011. Ayer. ¿Vamos a dejar que este día quede atrás sin dedicarle un rato, sin imaginar qué contaremos a nuestros nietos de lo que pasó en este fecha y cómo se lo explicaremos? Ayer, en un país enorme, Egipto, culminó una revolución pacífica de dieciocho días y de perseverancia de los ciudadanos, de millones de los ciudadanos, una revolución sin sangre que hizo al tirano salir por pies, escapar como sulen hacer los de esa especie. Sucedió antes en Túnez, puede pasar mañana en otros países árabes. Y nosotros aquí, tan tranquilos, impasible el ademán, comentando el último partido de fútbol de la Selección o masajeándonos los juanetes.

¿Cuántas revoluciones veremos a lo largo de nuestra vida? ¿Y cuántas así, a golpe de pacífica entereza popular? Pocas, sin duda. Algunos de nosotros fueron o fuimos algo revolucionarios de jóvenes, incluso, pero ni por esas nos excitamos ahora. Andamos ahítos de bromuro sociológico, necesitados de urgente alargamiento de conciencia. Egipto queda lejos, a Túnez no pensamos ir y mañana tengo que acordarme de cambiarle el aceite al coche. ¿Revolución, dice usted? ¿Dónde? Ah, que en Egipto. Bueno, pues como le iba diciendo, a mí me parece que en el regate en corto Messi le da mil vueltas a Cristiano Ronaldo.

Revoluciones populares, qué pereza. Cosas de moros serán. Además pacíficas, qué aburrimiento. Si al menos hubieran cogido al dictador y le hubieran arrancado las gónadas a mordiscos y pudiéramos verlo en Tele 5 mientras alguna hetaira de yate comenta que así talmente eran la del torero aquel que la empitonaba a ella, pues sería bonito y formativo para los niños. Pero que unos egipcios que dicen que no saben casi leer se pasen dos semanas y pico en una plaza y que luego se queden contentos porque se va el corrupto que los gobernaba, qué tiene de emocionante, vamos a ver, qué. Y, además, ¿qué les hizo el Mubarak ese para que se pongan así?

Dejemos el intento de retratarnos a nosotros mismos con pincelada gruesa. Lo cierto es que llevo bastantes días preguntándome por qué no oigo a nadie comentar ni pío de lo de Egipto, ni en los bares ni en las tiendas ni en las reuniones de amigos ni con la familia ni en ningún lado. Y los medios de comunicación se ocupan porque no queda más remedio, pero siembran la duda casi todo el rato: que si sube el petróleo qué putada, que si se cierra el Canal de Suez menudo perjuicio, que si vienen los islamistas cuánto miedo. Sumamos nuestra indiferencia con el cálculo cazurro de tertulianos y editorialistas y da un resumen perfecto de lo que somos, una caquilla conformista e indiferente, enanitos sin principios, tropa sin seso, conformistas, ante todo conformistas viscerales. Que nada cambie y, ante todo, que nadie nos torture con insinuaciones de que cualquier cosa podría volverse mejor nada más que con arrimar el hombro un poco, quizá simplemente yendo a concentrarse en una plaza grande y manteniendo el tipo ante los que amenazan, manipulan y mienten. Qué horror, con lo que tengo que hacer esta semana, que hasta cita con el podólogo me toca y café con Maruchi, imagínate.

Normalmente querría ser alemán o suizo o sueco, pero hoy me dan ganas de volverme egipcio. Aunque sólo fuera para haber estado en esa plaza y haberme abrazado a los colegas después de ganar sin un tiro una batalla de verdad. Aquí, a lo máximo que cabe aspirar es a una fiesta parecida, pero cuando ganemos otra vez la Champions o el Mundial. A por ellos, oé. A nosotros nos es el fútbol lo que a los egipcios la vida propia y la libertad. Los egipcios alzan la cabeza para ser libres, nosotros la empleamos para rematar balones, cual vil testuz. Nosotros somos “los otros”. Nosotros vamos hasta arriba de alienación, que no es un licor ni un anabolizante, sino una cosa de la que hablaba Marx después de Hegel y que vaya usted a saber en qué equipo jugarían esos dos que ya ni entrenan.

Al ciudadano de a pie no le interesa la revolución de Egipto porque le provoca escozor en sus propias vergüenzas. Al de a caballo, tampoco, no vaya a ser que se le desboque. Aquí no movemos el culo para ir a ninguna plaza que no sea la plaza de cada uno, la qué hay de lo mío; aquí no tomamos ni el más pequeño riesgo por ninguna causa política digna; todo lo más, para que gane nuestro equipo, llámese Madrid o Barça, PSOE o PP. La última vez fue cuando lo de “nunca mais” y “Aznar asesino”, pero no íbamos de ciudadanos responsables, sino para joder al equipo rival y que bajara a segunda.

Aquí tenemos un Mubarak bifronte, bipartidismo despótico sostenido por medios de comunicación venales y ciudadanía de hooligans. Aquí no roba uno, roban los dos de mutuo acuerdo, y el acuerdo cada día es más firme y ya ni se pisan la manguera, no hay más que ver lo poco que se habla de los millones que se han robado en Asturias y los que se han robado en Andalucía, según los últimos sumarios en curso. Chitón, hoy por ti y mañana por mí, y si mencionas a la mía, yo te miento a la tuya. Tiranía bipolar sostenida por empresas de comunicación de carretera y periodistas de esquina.

Cómo van nuestros gobernantes a entusiasmarse con la revolución egipcia, que les asusta más que un aguacero que pueda caerles aquí mismo, cómo van nuestros periódicos a informar a miedo quitado, si temen que se les acaben un día sus conexiones con la Familia, cómo vamos nosotros, ciudadanitos, a prestar atención y a alegrarnos, si esos egipcios son feos, van mal vestidos, no entienden de vinos ni son progres ni adoran al dios verdadero, algunos hasta llevan turbante, no han leído la última de Almudena Grandes y míralos, batiéndose el cobre por la libertad mientras nosotros pensamos que menuda putada si se encarece el petróleo o si me sigue creciendo esta verruga que me ha salido en la conciencia.

Dice un amigo mío que de una dictadura se sale, pero de una democracia corrupta, difícilmente. Cuánta razón tiene. A lo mejor deberíamos importar egipcios de a pie y mandar a nuestros líderes mayoritarios, políticos y sindicales, a donde esté Mubarak. Para tener democracia y recuperar la Constitución, amén de nuestra dignidad.

11 febrero, 2011

Dando ejemplo. O de la guasa como arma contra la estupidez académica

Esta semana andamos de monográfico sobre la universidad y sus pe(s)cados. Procuraré que no se repita. Pero, antes de cambiar de tema, hoy quiero contarles algo y proponerles, modestamente, mi propio ejemplo.

El pasado día 7 el Vicerrectorado de Ordenación Académica de mi universidad envió a los profesores de los nuevos grados boloñacos, entre los que me cuento, un mensaje del siguiente tenor, en lo que aquí importa: "... del 11 al 17 de febrero de 2011 los profesores responsables de asignaturas de Grado y Másteres deberán redactar un informe sobre sistemas de evaluación". Esto es en el marco de la elaboración del plan docente para el curso que viene. Amablemente, dan, para las dudas, una persona de contacto en el "Área de Organización Docente". En la universidad española actual, como es bien sabido, la organización administrativa va por áreas y cada cien áreas hacen una hectárea. Lógico, tratándose de campus. Yo de mayor quiero ser director de la Hectárea de Transferencia y Transfusión, que supongo que existe o existirá pronto en todas partes.

Sigamos con lo nuestro. Un servidor tiene que impartir en el Grado en Derecho una asignatura en el semestre que ahora va a comenzar. Así que, tonto de mí, pienso que no va conmigo esa petición vicerrect(or)al. Pero una consulta desde el Departamento me desengaña: que no, no, no, que eso se exige a toditos los profesores del Grado.

Pues vale, acabo de redactar y enviar mi informe. Aquí lo copio ahora mismo para general enseñanza. Más allá de la anécdota concreta, sí pienso medio en serio que los chupatintas y meapilas de la universidad nos están ganando la partida y comiendo la moral porque eligen, ellos, el campo y las armas. Y contra sus pamemas no hay recurso mejor que la ironía más hiriente: riámonos en sus propias narices. Y, si no están conformes, que vengan sin embozos petulantes y que nos pregunten de frente nuestros porqués. Se van a enterar. Así que, amigos, ánimo y que cunda el ejemplo. A por ellos, que son muchos, pero ridículos.

Pues este es el papelillo mío que ha iniciado hace un rato su periplo administrativo:

INFORME DE EVALUACIÓN DE LA MATERIA “RAZONAMIENTO JURÍDICO Y ARGUMENTACIÓN”, CORRESPONDIENTE AL SEGUNDO SEMESTRE DEL GRADO EN DERECHO. Por Juan Antonio García Amado.

Como profesor responsable de la asignatura, me complace grandemente esta oportunidad para reflexionar sobre los pormenores de su evaluación, oportunidad que con carácter imperativo se me brinda. Dado que la impartición de dicha materia comenzará después del próximo día 17 de los corrientes y puesto que el sistema de evaluación de la asignatura no ha sido puesto a prueba todavía y habrá de serlo en los meses venideros, cabe aprovechar para unas reflexiones generales bien útiles. Paso a ellas.

En primer lugar, podemos preguntarnos sobre los efectos y resultados del modo de evaluar inicialmente previsto. Mas, en lo que a mi materia concierne, sigue la evaluación siendo la inicialmente prevista y nada más que prevista, puesto que materialmente no ha podido verse del todo, debido a que tales enseñanzas de grado no se han aplicado nunca y, en consecuencia, a ninguno se evaluó todavía de esa manera. En consecuencia, considero que no existe motivo para cambiar las previsiones y mantenemos el sistema de evaluación hasta ver qué pasa, y, una vez que lo sepamos, daremos cumplida cuenta a ese Vicerrectorado y a su Área de Organización Docente.

En segundo lugar, cabría meditar sobre si las razones que me llevaron y nos llevaron, a los profesores de esta área de conocimiento, a pergeñar el sistema de evaluación que figura en el plan de estudios y en la correspondiente guía de la asignatura son razones que todavía merecen ser mantenidas, o si queremos cambiarlas ya, aun sin haberlas sometido a contrastación práctica. Personalmente me inclino por la primera opción, y no porque no nos asalte cada tanto la inquietud sobre el acierto de nuestras elecciones o la duda sobre las consecuencias de la intención nuestra, sino para que no se diga que somos veleidosos y que en materia de tanta enjundia nos movemos por impulsos irreflexivos. Comunicamos pues, respetuosamente, que no encontramos razón para incumplir este curso el modo de evaluación anunciado, pero nos comprometemos a comunicar a ese Vicerrectorado y a su mencionada Área cualquier altibajo en dicha determinación.

En resumidas cuentas, nada podemos decir de cómo ha ido la evaluación de esta materia, pues no ha ido todavía y no conviene adelantar acontecimientos, y no deseamos tampoco proponer que vaya de otra manera, puesto que todavía no ha marchado de ninguna. En cualquier caso, agradecemos el interés mostrado por la autoridad académica y confiamos en que la solicitud de este tipo de informes sea cada vez más frecuente, semanal a ser posible; por lo que pueda pasar, que nunca se sabe.

León, 11 de febrero de 2011.

10 febrero, 2011

La Universidad de León no valora la investigación

(Publicado hoy en El Mundo de León)

El nombre y prestigio de una universidad dependen, a la larga, de la cotización y buen éxito profesional de sus titulados y de los logros de sus profesores en la investigación. Sobre lo primero ya vino a decirnos el Rector, en el último Claustro, que ahora lo que importa es que no haya suspensos, o casi, y que luego con su pan se lo coman los que crean que tienen una formación seria y un título que les sirva. En materia de investigación y de investigadores, rige en la Universidad de León el principio de que tanto monta, monta tanto el que tiene méritos y reconocimiento en ese ámbito como el que no ha dado palo al agua y se pasa las horas ronroneando en las cafeterías del campus.

Dos son los logros más visibles de un investigador universitario: los llamados tramos o sexenios y el dirigir proyectos de investigación competitivos y subvencionados por entidades públicas y serias. En muchas universidades a los investigadores que van acumulando de lo uno y de lo otro se les descarga de algunas horas de docencia y se les presta asistencia de gestión. Aquí no, no sea que dejemos de valer todos lo mismo, igual Agamenón que su porquero. Además de eso, los investigadores pasan ahora por el filtro de las acreditaciones nacionales para profesores titulares o catedráticos. Se supone que a más acreditados entre el profesorado, más prestigio para esa universidad y que, en consecuencia, se les promocionará a la plaza respectiva. En otras universidades sí, aquí no. Se asciende a los acreditados para titulares porque salen más baratos así que con contrato. A los de cátedra se les frena y se convocan cuatro placitas anuales. Que sufran, o qué se pensaban. Esta universidad no necesita estimular a su personal ni presumir de los éxitos de sus profesores. Y no es que salga tan caro un nuevo catedrático, pues debe de suponer al año el coste de una de esas direcciones de área que los rectores se inventan para mantener estómagos agradecidos.

En la universidad de León investigar es perder el tiempo, y la docencia, buena o mala, va al peso. La universidad de León aparece muy abajo en las clasificaciones. A ver cuándo se hace un ranking de gobernantes universitarios, para poner a cada uno en su sitio.

Más bobaditas legislativas sobre universidades. ¡Hay miles!

Es muy emocionante esto de leer la nueva normativa universitaria tratando de imaginarse el percal y la pinta de sus redactores. ¿Cuántas clases universitarias habrán impartido? ¿Tendrán sexenios y cosas así? ¿Habrán dirigido tesis doctorales que merezcan tal nombre? ¿Serán de culo gordo o astifinos? No sé, no sé.
Miren qué simpático este trocito de norma. Está en la nueva regulación de los estudios de doctorado, que tiene una gracia que no se puede aguantar, una gracia vomitiva, concretamente. Se trata del Real Decreto 99/2011, de 28 de enero, por el que se regulan las enseñanzas oficiales de doctorado, que en su Anexo II se ocupa de los "Criterios de evaluación para la verificación de los programas de doctorado a que se refiere el artículo 10.5 de este real decreto". Dice ahí que, entre otras cosas, se valorará "La participación en el programa de otras instituciones participantes".
Es una sabia medida. Ciertamente. Sí. Se aprecia mejor si desglosamos las posibilidades que habrán manejado los sesudos redactores.
a) ¿Se debería valorar la participación de instituciones que no participan? De mano parece que no, pero luego piensas que, si se valora positivamente la participación de las que participan y se puede, por qué no, valorar negativamente que no participen más de las que participan, pues hay discriminación, y también cabría valorar negativamente que las que participan participen y positivamente que no participen algunas que válgame Dios. Así que, para que nos dejemos de cuentos, las cabezas ministeriales decidieron decir nada más que eso que dicen: que sólo se valorará la participación de las que participan, aunque no se nos dice si tal valoración habrá de ser positiva o negativa.
b) ¿Habrá instituciones que participan sin participar? Ya sabemos cómo es la gente; y las instituciones, igual. Se apuntan a todo nada más que para participar en el apuntarse y luego no participan en lo que hay que participar. De lo que se desprende que conviene diferenciar entre tipos de participación de los participantes, tal como hace el legislador, aunque sin que se le note. De tal forma que, al valorar la participación de las participantes, lo mismo se valora que participen de verdad o sólo de boquilla, pero al final pareció mejor dejarlo así, genérico: que si participan, participan, y ya está, y que quien haya de valorar valore lo que le salga de las partes partícipes.
Confío en que esta modesta exégesis ayude a una recta aplicación del precepto y, consiguientemente, a la mejor evaluación de la participación doctoral participativa.
De nada.

08 febrero, 2011

Convoco premio

Eso es, convoco un premio consistente en una gran salva de aplausos o unos vinos de tasca leonesa para quien sea capaz de explicarme y explicarnos qué significa la parrafada siguiente, que aparece como apartado 2 del artículo 13 del dichoso Borrador del Estatuto del Personal Docente e Investigador de las Universidades Públicas Españolas:

Con independencia de lo establecido en el apartado anterior, las universidades, previa negociación con la representación sindical, podrán reconocer orientaciones específicas, mediante el establecimiento de criterios objetivos en función de las características de la actividad docente e investigadora de las diversas ramas del conocimiento y ámbitos disciplinares y de un tratamiento equilibrado entre estos, a los efectos de que el personal docente e investigador universitario a tiempo completo pueda desarrollar sus funciones con una intensificación en las actividades docentes o en las de investigación e innovación y transferencia, en virtud del predominio de unas y otras actividades, garantizando una dedicación parcial mínima a las actividades que no sean objeto de intensificación”.

Pues eso, a ver quién sabe qué quiere decir semejante fragmento infame, lleno de patadas a la sintaxis, la semántica y hasta el sentido común. No se olvide, para que el morbo sea mayor, que el documentito proviene del Ministerio de Educación, concretamente de la "Comisión Técnica de la Mesa Sectorial de Universidades". Chacho, y están como están. Debe de ser que, de toda la Mesa, nos tocaron las patas. Como para que en lo de Pisa no se hunda hasta la torre.

También podríamos interrogarnos acerca del porqué de la excrecencia de marras, y no sólo por su significado. Pero eso está claro: no se sabe de qué hablan pero se ve que les están dando a los sindicatos algún poder relacionado con la docencia y la investigación.

El sindicato se pone vertical, como en tiempos, y las universidades, horizontales, para que las.... Bueno, déjalo.

A lo que estábamos: ¿alguien ha entendido el desahogo normativo arriba citado?

07 febrero, 2011

Hueras declaraciones de derechos y normas para tontitos. El Borrador de Estatuto del PDI como enésimo ejemplo

El estilo legislativo de ahora da mucha grima, puro asquito. Nacen fofas las normas, llenas de grasa inútil y de antiestéticas adiposidades, y en ellas, tanto o más que preceptos jurídicos que merezcan ese nombre, resuenan flatulencias, con ellas hacen sus autores brindis al viento, maniobras de despiste y variadísimas demagogias que causan en el observador tanta desazón como empacho.

¿He dicho sus autores? Si algo quisiéramos cambiar en el patrón con que las normas se redactan -por no decir que se eruptan-, para buscar más razonabilidad, utilidad mayor y quitar maquillaje inútil y ociosos emplastos, debería ser obligatorio que a cada norma acompañara un apéndice en el que se mencionara a cuantos participaron en comisiones, juntas, reuniones y consejos de los que salió el engendro en cuestión. Que se sepa quiénes fueron los genios, para que se compruebe lo mucho que hay de cierto en lo que tantos sospechamos: que las más de las veces los que meten la cuchara son niñatos malcriados, eternos representantes sin mandato representativo real, lameculos avezados al toma y daca del favorcito y el cargo, prófugos del trabajo propiamente dicho, profesionales de los servicios especiales, sean diurnos o nocturnos, mamporreros que venden como labor sacrificada lo que les representa vocación y disfrute, amén de dietas y otras mordidas, aprovechados a comisión intentando disfrazar de norma general lo que es interés nada más que de los cuatro de su camada de vagos con pretensiones, ordeñadores de cuota... Y un largo etcétera.

Disculpen, pero me arde la cabeza y se me desarreglaron los intestinos por intentar leerme entero el Borrador de Estatuto del Personal Docente e Investigador de las Universidades Públicas Españolas. No digo meramente que discrepe de tal o cual apartado, eso sería lo de menos. Sostengo, sí, que en primera instancia resulta ridículo, patético, y que, mirado más despacito, apesta a los intereses más cutres de las camarillas que de la enseñanza han hecho su cortijo y que de la universidad pretenden nuevo medro personal y grupal, aunque sea matándola. Por eso pido que solicitemos sus nombres, para darles las gracias en persona, si ocasión hubiera.

De los desacuerdos de fondo hablaremos otro día y en otro formato. Aquí dejen nada más que nos recreemos en la parte lela, vacua, infantiloide, de la norma. Tomemos como ejemplo el capítulo en el que se enumeran derechos y deberes del personal docente e investigador de las universidades.

Para no perder la ecuanimidad, forzoso resulta reconocer que es ya práctica común comenzar de tal guisa cualquier norma, hasta el más pedestre de los reglamentos. Queda monísimo poner al principio una larguísima lista de derechos, aunque sean obviedades, tautologías y pamplinas, pues así parece que la autoridad que reglamenta se preocupa más que nada de ampliar nuestra libertad y fundamentar nuestra dicha como ciudadanos. ¡Oh, cuánto gozo, ha salido el Reglamento sobre Tratamiento del Huevo en la Tortilla de Patata y descubro, hechizado, un ramillete de nuevos derechos que tengo y que ignoraba! ¡Albricias! Repasémoslos.

Después de una Exposición de Motivos de siete páginas y en el capítulo titulado “Derechos de los consumidores de huevo y comedores de tortilla”, se dice que todos tenemos derecho a:
1) Solazarnos con la visión de las gallinas, sean libres o en cautividad; 2) usar nuestros huevos como adorno, juguete o alimento; 3) cascarnos los huevos, siempre que sea con respeto al medio ambiente y dentro de las alternativas que permite la Ley 8906/2009, de 28 de diciembre, sobre Cáscaras Ovoidales (donde, por cierto, también se enumeraban ochenta y siete derechos, la mayoría coincidentes con los que se mencionan en el presente reglamento); 4) hacer tortillas, sean francesas, sean con añadido de ingredientes adicionales, dentro del respeto a las directivas alimentarias de la UE; 5) comer las tortillas; 6) no comer las tortillas, si no nos gustan o no nos apetecen; 7) echar a la basura los sobrantes de tortilla, sin olvidar los sistemas de reciclaje para un medio ambiente sostenible; 8) comprar huevos en las tiendas o no comprarlos; 9) criar gallinas ponedoras; 10) criar gallinas no ponedoras, pero que también pueden tener su razón de ser; 11) criar gallos que complazcan a las gallinas ponedoras o no ponedoras; 12) acudir a parques y zoológicos en los que se puedan contemplar gallinas cautivas o libres, ponedoras o liberadas; 13) coleccionar fotos de gallinas adultas, así como de sus huevos, en su caso; 14) grabar, escuchar y, en su caso, imitar el cacareo de las gallinas, siempre que sea en un tono que no afecte negativamente la convivencia vecinal; 15) usar disfraz de gallina o de huevo, a condición de que con tales trazas no se haga burla ni escarnio de colectivos animales, vegetales o humanos socialmente discriminados o en riesgo de extinción; 16) cantar canciones infantiles de las que sea protagonista una gallina, como es el caso de la Gallina Marcelina o la Gallina Turuleca, así como cualesquiera otras de las que se encuentren en el cancionero popular o sean producto de la composición libre y actual; 17) cantar canciones para adultos en las que se aluda a las gallinas y sus productos, siempre dentro de los límites marcados por la legislación penal y administrativa y por las buenas costumbres; 18) Organizar empresas de explotación de las gallinas y sus huevos, empresas que, bajo la denominación de empresas de transferencia gallina-huevo-gallina (TGG) serán reguladas por la futura Ley de Empresas de Transferencia Gallina-Huevo-Gallina, que derogará la Ley de Granjas Avícolas de 1972 para adaptarla a la dinámica de la Economía Sostenible; 19) Hablar, opinar y escribir sobre las gallinas y sus características, así como sus huevos; 20) Objetar a la contemplación de gallinas o huevos o al consumo personal de unas y otros, sin que el objetor pueda en ningún caso ser obligado a declarar sobre sus móviles o razones.

Se me fue la cabeza, lo reconozco. Pero es que estaba haciendo una prueba. Quería ver cuántos derechos estúpidos era capaz de inventar y escribir en diez minutos. Los minutos fueron once, pero ya ven que he conseguido redondear en veinte derechos que son todo un poema a la mamarrachada. Mamarrachada sí, pero a eso íbamos. Porque lo que deseo es que ahora los comparemos con los ¡veinte! (les pasa lo que a mí, les gusta que la cifra sea muy redonda y agregan los que haga falta para cuadrarla; total, lo de inventar a lo tonto es ponerse, sólo eso) que cita el Borrador del Estatuto del PDI. Verán que son todos tan inútiles, pues se trata de derechos que ya existen en virtud de otras normas y que ni recordatorio necesitan, como arbitrarios, pues, ya metidos a desempolvar obviedades, uno se pregunta que por qué estas y no otras doscientas.

Voy a tomarme el trabajo (absurdo) de copiar cada uno de esos derechos bobalicones literalmente. Pondré su contenido literal en letra azul y mis pequeños comentarios en negro.

Vean y ya me dirán.

Artículo 6. Derechos del personal docente e investigador universitario.

a) “En el ámbito de este estatuto, el personal docente e investigador tendrá los siguientes derechos básicos, adicionales o complementarios a los que indiquen las leyes respecto a su carácter de personal investigador”.

Veremos que todos o casi todos estos que van a ser señalados no son “adicionales o complementarios a los que indiquen las leyes” sino puras repeticiones de los que en las leyes se contienen o, lo que es peor, trivialidades jurídicas que no era necesario ni mencionar.

1. “Al ejercicio de sus funciones con plena libertad académica, de acuerdo con los derechos fundamentales de libertad de pensamiento y expresión, libertad de investigación y libertad de cátedra, y con sujeción a lo previsto en la Constitución y en el resto del ordenamiento jurídico”.

Fabuloso, todo un hallazgo. Si se trata de libertades que marca la Constitución, es obvio que ya estaban y están ahí y nada ganan porque un reglamentucho las recuerde. Pero no sólo eso, sino que es libertad dentro de los márgenes del ordenamiento en su conjunto. Evidente. Pero, ¿hace falta decirlo y presentarlo como que se aporta algo aquí? Sí, porque este tipo de cláusulas de afirmación de libertades “con sujeción a lo previsto… en el resto del ordenamiento jurídico” no tienen la función de extender la libertad, sino de legitimar la sujeción, de legitimar las limitaciones de esas libertades que el legislador quiera hacer. Un ejemplo: el artículo la difícil compatibilidad entre las mentadas libertades académicas y el art. 8.3 de este mismo Estatuto.

b) “Al desarrollo de la carrera profesional establecida en este estatuto de acuerdo con los principios de igualdad, mérito y capacidad, así como a la formación continua y a la actualización permanente de sus conocimientos y capacidades, que le permitan ejercer el desempeño efectivo de las tareas y funciones de su actividad profesional”.

Me encanta la expresión “ejercer el desempeño”. Este tipo de construcciones son muy propias de los gominolos gomosos que suelen perpetrar estas normas y negociarlas. También de los pedabobos que no dicen enseñanza, sino “proceso de enseñanza-aprendizaje” y cretineces así. Pues eso, que para qué poner “desempeñar” si pueden escribir “ejercer el desempeño”. Lástima que no les ha ocurrido –les da para lo que les da- una que sería todavía más de su gusto: “desarrollar el ejercicio del desempeño”. Mejor todavía: “organizar el desarrollo del ejercicio del desempeño”. ¿Podemos mejorarlo? Sí: “organizar la disposición del desarrollo del ejercicio del desempeño”. Etc.

En cuanto a la sustancia, lo de la igualdad, el mérito y la capacidad creo que está ya en la Constitución y la ley, así que aquí lo han puesto para inflar. Lo que viene luego es arbitrario: ¿por qué se menciona el derecho a la formación continua y a la actualización de los conocimientos y capacidades y no, por ejemplo, al descanso, al medio ambiente sano en el lugar de trabajo o a la asistencia letrada si tienen un pleito con la institución? Ponen lo que se les ocurre en el momento, a pelo. Son cortos hasta para hacer una lista de obviedades.

Pero no, pensándolo bien no son tan cortos. Ah, amigo, los tiros de ese apartado van por otro lado. Lo del derecho a la formación permanente y la actualización es para vender como derechos del personal lo que acabará siendo su cuasiobligación de asistir a cursitos de formación y actualización docente impartidos…, por la madame del chiringuito: los pedabobos. Ojo al dato. Habrá muchos más artículos en este Estatuto que sólo se explican así: para alimentar a los nuevos parásitos del la Academia. En lugar de fumigar, hay que fastidiarse.

c) “A la efectiva consecución del principio de igualdad de género en el desempeño de las funciones académicas y representativas, en la contratación de personal y en el desarrollo de la carrera profesional”.

Así enunciado, es un sinsentido de derecho. Si dijeran que se ha de respetar la igualdad de género, sería repetición de lo que ya estipula la legislación general. Pero proclamar un derecho “a la efectiva consecución del principio de igualdad de género” en tan tonto como si en el Código Penal ponemos un artículo al comienzo que diga que todos los ciudadanos tienen derecho “a la efectiva consecución” de principio de plena seguridad para sus vidas, bienes e intereses. Lo que a propósito de este demagógico apartado c) debemos preguntarnos es esto: ¿y qué pasa si a día tantos de tantos todavía no se ha logrado esa “efectiva consecución de la igualdad de género”? Y la respuesta es que no pasa nada, porque, al enunciarse el derecho en términos de política global, no se otorga en la cláusula ningún derecho individual. Es como si se proclama que todos los ciudadanos tenemos derecho a la efectiva consecución del principio de pleno empleo. Vale, pero yo estoy en paro: ¿puedo reclamar algo con base en ese precepto? No. ¿Entonces para qué me vale y qué es esa cláusula? No me vale para nada porque es una gilipollez. Ah, bueno, entendido.

d) “A recibir, cuando sea necesario, la orientación y los medios necesarios para atender debidamente a estudiantes que presenten algún tipo de discapacidad. Igualmente, el personal docente e investigador que presente algún tipo de discapacidad recibirá los medios y atención necesarios para la adecuada realización de sus tareas”.

Sobre la primera frase: vaya cara más dura. Resulta que nos apropiamos el derecho del estudiante con discapacidad. El titular del derecho es él, y lo es en virtud también de normas generales ya vigentes. No es que yo tenga derecho a los medios para satisfacer su derecho, sino que esos son medios obligados en virtud de su derecho, el suyo de él.

Si el discapacitado es el profesor, seguramente habrá normas más que suficientes que velen por su no discriminación, sin necesidad de este apartado aquí.

e) “A participar en los programas de premios e incentivos para la mejora de la investigación y la innovación educativa”.

¿Esto es un “derecho básico” del PDI? Pues vaya cosa.

Primero: y cómo no, si sería discriminación plenamente inconstitucional el impedir que tales o cuales participaran en las convocatorias generales de premios e incentivos. Seguimos ordeñando lo trivial o patente.

Segundo: siguen creando ambiente para endilgar luego cursitos de mucha innovación docente y tal, para alimentar a las nuevas liendres, pero que parezca que son nuestros derechos los que se desarrollan.

f) A la plena integración en las estructuras docentes e investigadoras de la universidad y a su efectiva adscripción a estas a los efectos de su participación en procesos electorales”

Seguimos en las mismas. Si a uno del PDI no se le permite integrarse y participar porque es negro o porque es asturiano, eso es discriminación inconstitucional de libro y no es necesario recogerlo aquí. Y si se trata de decir que todo tienen derecho a participar de alguna manera, pero no se dice cómo o en qué proporción, simplemente se camufla estatutariamente el posible abuso por parte de quién concrete esos extremos. Otra vez los derechos tapadera.

g) “De sufragio activo y pasivo en la formación de los órganos representativos de gobierno, y de participación activa en los órganos de gobierno de los que forme parte, de acuerdo con lo previsto en los estatutos de la universidad”.

Que sí, que ya sabemos que todo esto son florituras y que donde se corta el bacalao es en los estatutos de cada universidad. Pero, con todo, se supone que, si los órganos son representativos, habrá derecho de sufragio y que, si hay derecho de sufragio, no se podrá discriminar, por imperativo constitucional, aunque sí tratar desigualmente lo desigual, y para eso están los estatutos de cada universidad, para explicarnos, según convenga, cuánto de desigual es lo desigual a efectos electorales.

Y qué les parece ese derecho tan chusco: si usted forma parte de un órgano de gobierno porque lo eligieron para él, tiene derecho a participar el él. Corcho, lo raro sería lo contrario. Raro e ilegal sin necesidad de esta declaración aquí.

h) “A la compatibilidad de la dedicación docente e investigadora con la participación en la gestión universitaria, de acuerdo con lo establecido en los estatutos”.

Siempre que estemos ante derechos “de acuerdo con lo establecido en los estatutos”, se trata de derechos según y cómo, de algún flatus vocis en tanto que derecho. Pero lo importante de este apartado h) es que por él asoma la orejita de “los otros”: los que tienen cargo o lo buscan. Se quiere legitimar, bajo la fachada de derecho de todo el personal, cualquier posible privilegio que se regale a los que, por inútiles para docencia e investigación, estén enfermos de carguitis.

La regla debería ser: o cobran por el cargo, en cuyo caso no hay descuentos de docencia o investigación que valgan, o se les hacen estos descuentos, y entonces que no se les pague el cargo aparte. Pero nada de triple remuneración para los cargos: económica, de “compatibilidad” y puntos para acreditaciones. Eso es un abuso, una ruina y un favorecimiento de los más trepas.

j) “A contar, en la medida en que lo permitan las disponibilidades presupuestarias y condiciones generales de la universidad, con las instalaciones y medios adecuados para el desarrollo de sus funciones, docentes e investigadoras, sin perjuicio del respeto a los principios de eficacia y eficiencia”.

Esto es como si al militar le dicen que tiene derecho a contar, “en la medida en que lo permitan las disponibilidades presupuestarias” con el armamento de última generación y que mejor mate. Va el soldado, crecido por tan enfática proclamación, y pide un lanzador de misiles, y le responde el furriel que qué lástima, que en el presupuesto no hay partida para eso. ¿Y mi derecho?, replicará el otro. Ah, tu derecho te lo metes donde te quepa, dictaminará el furriel.

Pues aquí igual. Esos derechos “según las disponibilidades presupuestarias” no son tales derechos, sino malévolas justificaciones de la limitación del derecho a pedir mejores medios. Una estafa muy a la medida del legislador de hoy: te la mete doblada y, si te quejas, te grita que él va por derecho.

k) “A la consideración y respeto de su actividad académica y a su evaluación de conformidad con criterios objetivos, transparentes y públicos, fijados en las normas jurídicas correspondientes”.

Si esto fuera en verdad un derecho del PDI y, como tal, ejercitable ante los tribunales, sólo con esta cláusula cualquier podría cargarse los sistemas de acreditación de la ANECA y las anequillas autonómicas. Porque fíjense que dice “criterios objetivos, transparentes y públicos”. Como no va servir para eso y va de guasa la cláusula, no otorga derecho ninguno, es puro y muy cruel escarnio. Podremos seguir con el anonimato y la imposibilidad de recusar al que te juzga.

l) “A la información y a la participación en las cuestiones que afectan al funcionamiento, la organización y la gestión de la vida universitaria, a través de los cauces reglamentarios y de acuerdo con lo previsto en los estutos”.

Creía un servidor que esos eran derechos generales de funcionarios, trabajadores de la Administración y, en buena parte, hasta de ciudadanos en general. Pero quién sabe, a lo mejor me están dando aquí un derecho que no tenía, y yo sin agradecerlo como corresponde.

m) “A ser reconocido y amparado como autor a coautor de los trabajos académicos en los que participe”.

Toma castaña, esto es que tengo derecho a que se reconozca mi autoría de aquello de lo que soy autor y a que no me plagien. Juraría que semejantes derechos ya los recogía la legislación vigente, aunque me doy cuenta de que se trata de evitar que los trabajos de los becarios los firmen solitos los cátedros. Pero nada cambiará, porque para eso el miedo guarda viña y quien haya de denunciar no denunciará, por la cuenta que le tiene dejar que se pisoteen sus derechos.

n) “A disfrutar, en los términos establecidos por la normativa vigente, de licencias especiales, con reserva del puesto de trabajo, para fomentar la movilidad y la colaboración universitaria”.

Pues habrá que estar a lo que disponga la normativa vigente en cada momento, para saber cuánto vale ese derecho. Ahora mismo acabo de vivir de cerca un caso: dos profesores se van a una universidad de EEUU, aceptando ofertas de allá, piden que se les reserve la plaza unos años, por si no se adaptan, y sus compañeros de departamento votan que nanay del peluquín y que el que se fue a Sevilla perdió la silla y que se joda, por listos. Así que me río yo de los derechos para fomentar la movilidad. Será para fomentar la movilidad de cadera del becario guapetón al que se contrata para suplir a los que se alejan.

ñ) “A la negociación colectiva, la representación y participación institucional para la determinación de sus condiciones de trabajo, de acuerdo con lo dispuesto en el ordenamiento jurídico de la función pública”.

Si es “de acuerdo con lo dispuesto en el ordenamiento de la función pública”, nada se agrega aquí con esta mención, tampoco un derecho nuevo. Así que sobra este apartado, exactamente igual que los anteriores y los siguientes.

o) “A asistir a jornadas, seminarios, reuniones, congresos o encuentros científicos, artísticos o técnicos relacionados con su actividad académica, conforme a lo que estatutaria o reglamentariamente disponga su universidad”.

Bueno, está bien. Pero si los estatutos de una universidad dicen que a un congreso o reunión al año, como máximo, y siempre que caiga en viernes, ¿habrá problema?

p) “A usar, de acuerdo con las previsiones estatutarias, el nombre de la institución a la que pertenece en la realización de la actividad académica”.

¡Madre mía, qué pedazo de derecho! Cuando usted, profesor de la Universidad de León, como yo, publique un trabajo académico o dé una clase, puede decir a todos que es profesor de la Universidad de León o firmar como tal.

q) “Al respeto de su intimidad, imagen propia, dignidad en el trabajo y a la protección efectiva contra el acoso sexual, laboral, moral y psicológico, así como a la adopción de medidas que favorezcan la conciliación de la vida personal, familiar y laboral”.

Todo eso estaba ya en la Constitución y/o en la legislación laboral. Ningún derecho nuevo se concede a nadie del PDI con este apartado.

r) “A la no discriminación por razones de raza, género, orientación sexual, religión, discapacidad, edad o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”.

Mira qué bien, trasposición reglamentaria del art. 14 de la Constitución. Por si alguien no lo conocía.

s) “A cualesquiera otros derechos individuales o ejercitables de forma colectiva reconocidos en la Ley 7/2007, de 12 de abril, del Estatuto Básico del Empleado Público, y en el resto del ordenamiento jurídico”.

Ejemplar del todo: una norma reglamentaria, como es este Estatuto, afirmando dos cosas novedosísimas: una que tienes derecho a todos los derechos a los que ya tengas derecho; la otra, que si tienes derechos reconocidos por una ley, cómo te los va a quitar un reglamento y que, por tanto, este no te los quita. ¡Gracias, generosos reglamentadores, cuerpos serranos, figuras de la ciencia jurídica!

Ya sé que esto ha sido largo y que he perdido algo de tiempo y les he llevado a ustedes, atentos lectores, a perderlo también. Pero había que decirlo, era necesario analizar un poco para dejar en evidencia el burdo engaño. ¡Nos toman el pelo impunemente cuando dicen que nos regalan derechos. ¡No tienen maldita vergüenza! ¡Que se dediquen a sus clases y laboratorios o bibliotecas, si son ellos mismos personal docente! Y, si no lo son, que se vayan a algún nuevo Ministerio de Igualdad, cuando lo haya, o a la dirección general correspondiente a hacer el panoli arregladito y a engañar a incautos. ¡Que quiten sus zánganas y torpes manos de las universidades!

Periódicos que mienten a sus lectores. Por Francisco Sosa Wagner

Se queda uno como paralizado, inmóvil y, cuando empezamos a recuperar el fluir normal de los sentidos, se escarba en la memoria y es en ella donde se remueven las imágenes de un pasado que tiene pálpitos de historia antigua, de algo que ha estado sepultado allá en las honduras y que de pronto adquiere contornos y hechuras claras. Aquello que vagaba como fugitivo e impreciso en los ecos del pasado cobra presencia cercana e inmediata, disipadas ya todas las nieblas.

Y sale la emoción del viaje, su preparación minuciosa, sus gozosas esperanzas ... El coche a punto, el itinerario seleccionado, el punto preciso por el que vamos a salir de España, por el paso de La Junquera en Cataluña o por el puente de Behobia en el País vasco, para mí el apropiado porque yo entonces vivía en Bilbao. La llegada a Biarritz o a san Juan de Luz, la búsqueda del local, la cola para comprar, cola de hermanos unidos en los mismos pálpitos, la entrada adquirida y ya en la mano apretada que temblaba y temblaba porque aquello era antes trofeo que simple credencial para el acomodador.

Si la sala era oscura se debía a que los ritos exigen penumbras para que todo el ser vibre y se concentre, para que la atención sea máxima y se dirija sin perturbaciones hacia el punto luminoso, hacia el exacto ángulo que nos ha de llenar de gozo y ha de envolvernos en la magia de las imágenes trémulas y en alarmas de alegoría.

Y entonces, recogidos allí como me consta que se recogen quienes se entusiasman en los oficios religiosos, todos muy en silencio y con circunspección de neófitos, aparecía en la pantalla María Schneider haciendo y diciendo no sé qué cosas. Porque la verdad es que nadie atendía a lo que esa mujer hacía o decía ni a nadie importaba en qué episodios se hallaba envuelta.

Lo trascendente era ella, su pícara mirada; su pelo alborotado o recogido en anárquica oferta de caprichos; sus pechos, enormes vasijas en gozoso desequilibrio porque uno -el izquierdo- era más firme y se hallaba asentado en su tronco con el desafío que es propio de las gárgolas de catedrales muy conscientes; el otro -el derecho- vagaba más a su aire, caía de forma más despreocupada, como queriendo desafiar la ley de la gravedad pero al final se recomponía y mostraba su seriedad inconfundible, seriedad de pujanzas inequívocas.

María Schneider se nos mostraba como lo que era: “une fleur du mal” que hacía mucho bien porque exaltaba la imaginación y enderezaba en la buena dirección el rumbo de los pensamientos deshonestos.

La Schneider sobresaltaba la honestidad del más casto de los varones, nos hacía odiar con vehemencia a Marlon Brando, y nos transportaba a la región donde suenan esas campanas que nos convocan a pulsar en todos los timbres del pecado.

Era deseable como la mujer de otro. Bien mirado, es lo que en puridad era.

Y ahora nos dicen los periódicos que esta mujer ha muerto. Menos mal que nosotros sabemos que los periódicos gustan de sobresaltarnos y sobre todo que mienten como canallas astutos que son, ávidos de nuestro dinero. Y que por sobrevivir en este mundo sin lectores son capaces de inventar las historias más truculentas. Como esta, la de que María Schneider ha muerto. Ella: maceta de todas las flores, catarata inextinguible de todos los bríos. ¿Qué sabrán los periodistas de la vida y de la muerte?

04 febrero, 2011

La sentencia de la semana. A propósito de la 801/2010 de la Audiencia Provincial de Valencia en el caso del cura de Picassent

Innovemos la liturgia de estos comentarios. Primero fijémonos en lo que dicen estas dos normas, que regulan, respectivamente, los tipos penales de estafa y apropiación indebida, en las variantes que podían venir al caso y que fueron invocadas por las acusaciones particulares.

Artículo 248.1 del Código Penal:
"Cometen estafa los que, con ánimo de lucro, utilizaren engaño bastante para producir error en otro, induciéndolo a realizar un acto de disposición en perjuicio propio o ajeno".

Artículo 252 del Código Penal:
"Serán castigados con las penas del artículo 249 ó 250, en su caso, los que en perjuicio de otro se apropiaren o distrajeren dinero, efectos, valores o cualquier otra cosa mueble o activo patrimonial que hayan recibido en depósito, comisión o administración, o por otro título que produzca obligación de entregarlos o devolverlos, o negaren haberlos recibido, cuando la cuantía de lo apropiado exceda de cuatrocientos euros. Dicha pena se impondrá en su mitad superior en el caso de depósito necesario o miserable".

Ahora los hechos. Un tal Ángel es cura, aunque no se sabe exactamente de qué cuadra, porque dice la sentencia, en la parte de hechos probados, lo que sigue: que el tal Ángel “ha venido actuando como sacerdote de la Iglesia Católica Apostólica Romana, sin que haya quedado suficientemente aclarado si fue ordenado sacerdote por dicha Iglesia, o si bien lo fue en el seno de una orientación católica tradicionalista, que tiene ciertas disidencias con aquella Iglesia”. Serán prejuicios míos, no digo que no, pero en cuanto leí este parrafito empecé a notar un tufillo raro, como de azufre con agua de rosas, y a preguntarme algo para lo que no tengo respuesta: ¿serán católicos los magistrados de esta sala? ¿Cuánto de católicos y de qué orientación o grupo? Pues tal parece que insinúan que a lo mejor ni es cura, dado que simplemente “viene actuando” como tal. ¿Eso no será delito? Tengo que mirarlo, a lo mejor en intrusismo sacerdotal o la suplantación de sotanas no están penados. Y parece que insinúan que, si es cura, quizá no es de los fetén o más de verdad, sino de los tradicionalistas disidentes, y por eso la Iglesia Católica, Apostólica y Romana podría hacer un poco más de Pilatos (¿pilates?) en el caso. Que si salió malo el Ángel, será porque no es exactamente de “los nuestros”, vaya. ¿O qué otra relevancia jurídico-sustantiva o procesal tiene el detallito del párrafo de marras?

Pero al grano. El cura este tenía alas, sí, pero más de buitre que de la imaginaria especie a la que honra su nombre, Ángel. Pues se dedicaba a levantarles dinero, joyas y propiedades a sus feligreses más ingenuos y en cantidades que quitan el hipo. Por mencionar algunas a vuelapluma, en los hechos probados se explica que solamente en el año 2000 ingresó en cuentas corrientes suyas casi ciento treinta y cuatro mil euros y adquirió fincas y casas por un importe total de cuatro cientos tres mil euros, pagados ¡en efectivo! En el año 2003, un registro policial dio en su casa con trescientos cincuenta y cinco mil euros, que tenía escondiditos, tal vez en el colchón o debajo del reclinatorio, además de un montón de joyas. Sumado a lo que metió en cuentas corrientes, sale que ese año le entraron en metálico cerca de cuatro cientos mil euros.

Acabó en los tribunales porque no declaraba a Hacienda ni un duro. Así que la fiscalía acusa por delito contra la Hacienda Pública, pero comparecen varios ciudadanos como acusaciones particulares, todos herederos forzosos de víctimas a las que el padre Ángel había dejado económicamente desolladas. No sólo conseguía que muchos crédulos creyentes le dieran todo lo que tenían en las cartillas y en casa, sino que, además, hasta hipotecaban sus propiedades inmobiliarias para conseguir préstamos bancarios y pasarle el dinero al cura para sus obras de caridad. Pues, a todo esto, en 1992 había sido nombrado presidente de la “Junta de la Esclavitud del Sagrado Corazón de Jesús, Obras de Misericordia”, que hay que joderse con el nombre, que más parece de una peña de amigos de la disciplina inglesa. Y que no me lo tomen a mal los buenos creyentes, que saben que los respeto, pero es que manda narices lo que toleran en casa a veces, y el morbazo que le echan algunos de los malos que van a misa.

Los fines de esta Junta, que ya se ve que no era precisamente la Junta de Ampliación de Estudios, y que por cierto y como explica la sentencia, no tenía ánimo de lucro (esto tiene una guasa que no se puede aguantar; cuanto más leo la sentencia, más me voy cabreando, aviso) consistían, “entre otros”, en “asistir y visitar hospitales, residencias, asilos, cárceles y realizar romerías en lugares sagrados, así como la construcción de locales para reuniones y actividades”. Añade la sentencia, en la exposición de los hechos probados, que, “movidos por el fervor religioso y con la finalidad de colaborar en la realización de esos fines benéficos, diversos fieles han hecho entrega a Ángel (...) de parte de sus bienes, bien sean bienes inmuebles, bien sea dinero o joyas, incluso hipotecando sus propias viviendas para entregarle el importe del préstamo así obtenido”.

El maldito cura fue absuelto por la Audiencia de Valencia (que es la tierra de las flores, de la luz y del amor) de todos los delitos, de todos. Luego diré por qué no lo condenan por delito contra la Hacienda, pero aquí me interesa en particular el tema de la estafa y la apropiación indebida.

Hágame el lector el favor de volver a mirar aquellos artículos que le apunté al principio de la entrada. Vemos que, según el art. 248, existe estafa cuando se da ánimo de lucro (que parece que sí), cuando existe engaño (que yo pensaba que sí) y cuando, de resultas de lo uno más lo otro, el parroquiano saca la cartera y entrega, perjudicándose o perjudicando a tercero, lo que sin ese engaño no daría. Para colmo, el art. 250.6 aumenta la pena de la estafa cuando se añade esta otra circunstancia: “Se cometa abuso de las relaciones personales existentes entre víctima y defraudador, o aproveche éste su credibilidad empresarial o profesional”. ¿Blanco y en botella? Pues no, leches.

Y la apropiación indebida del 252 viene a los casos de “los que en perjuicio de otro se apropiaren o distrajeren dinero, efectos, valores o cualquier otra cosa mueble o activo patrimonial que hayan recibido en depósito, comisión o administración, o por otro título que produzca obligación de entregarlos o devolverlos, o negaren haberlos recibido”. Vamos a ver, ¿al cura le daban el dinero para él mismo o para que la Junta aquella hiciera caridades? Para lo segundo. ¿Y se lo quedaba él? Pues sí. ¿Y engañaba él a las víctimas, pues les decía que eran sus perras para fines la mar de eclesiásticos y píos, ocultándoles que las guardaba en la hucha suya? Sin duda sí. ¿Entonces? Pues entonces, según los prudentes magistrados, es que no, que no hay tampoco apropiación indebida. Curioso. Habrá que ver cómo lo argumentan.

Para empezar, lo argumentan sibilinamente donde no corresponde y como no corresponde, y lo argumentan poco, y lo argumentan mal. Comienzo por algo que no está en la sentencia, pero salió en los periódicos cuando dieron razón de la misma. Dicen los diarios -que no sabe uno de dónde sacan las cosas, chica, y que parece que están todos los periodistas poseídos por Belcebú- que el angelito les lavaba el cerebro a sus víctimas con historias de apariciones marianas -que no se me confunda ningún lector con esto, por favor-, mensajes del más allá y así. De esto nada se menciona en los hechos de la sentencia, lo cual no tiene nada de particular si se lo inventó la prensa, pero digo yo que sería relevante para lo de ver si hubo engaño o las victimas apoquinaban conscientes y felices, al grito de por el timo hacia Dios, que al final compensa.

En segundo lugar, miren cómo acaba el párrafo de hechos probados del que antes les adelanté una parte: “Todas esas entregas o donaciones fueron hechas por los fieles sabiendo lo que hacían y en pleno ejercicio de su libertad, sin que se advirtiera razón alguna para estimar que fueron realizadas bajo coacción o engaño alguno”. Después se insiste en la idea: “No existe constancia de que cualquiera de estos actos dispositivos fuesen realizados por Juana María (...) movida por algún engaño o manipulación psicológica, pareciendo más bien que los efectuó en pleno ejercicio de la libertad”.

Déjenme que se lo explique con un ejemplito de andar por casa. Yo ahora mismo voy y creo una “Junta” de Asistencia a los Estudiantes Desvalidos, cuyos fines son dar becas y ayudas de comedor para los universitarios sin medios económicos. Acudo a ustedes y les pido donativos, mientras les explico lo buenísima obra que es y cuánto es su mérito moral. No sólo eso, sino que además les digo que hay una civilización interestelar que se pone en contacto telepático conmigo algunas noches y que me dice que al que aporte fuerte lo van a abducir de manera sumamente placentera y que tendrá la dicha eterna al otro lado de las estrellas. En los hechos probados del caso no sale si don Ángel les hablaba del Paraíso y de cuánto amaría Dios a los generosos con la junta esclavista en cuestión, pero va de suyo. Bien, ustedes empiezan a darme dinero y dinero, mucho dinero, todo lo que tienen, para que yo atienda aquel fin social de alimentar estudiantes pobres, y yo me lo quedo todo, sin pagar ni un bocadillo a ningún alumno universitario. Y, por la regla de los tres magistrados valencianos, resulta que.

a) No hay trampa y ustedes dan su dinero sin engaño ni manipulación y con plena conciencia de lo que hacen o para qué. ¿Con plena conciencia de que me lo voy a quedar y que lo de la junta caritativa es sólo fachada? Pero ¿están ustedes tontos o qué?

b) Cuando yo me quedo para mí sus donativos y los guardo en mi calcetín, incumpliendo el deber de devolverlos o, en este caso, de entregarlos para que cumplan su piadosa función, ¿no se cumple el tipo penal del 252? Yo creía que sí, salvo que partamos de que se lo daban para el cura para siempre y que Santa Rita, Rita (¿He dicho Rita?). Mas ¿cabe en cabeza humana que el cura les dijeran y ellos creyeran que el dinero se lo donaban a él para él para siempre, para que se lo apropiara y no hiciera más que comprar huertas de naranjos -compró unas cuantas- para su exclusivo aprovechamiento y beneficio?

Volvamos a los argumentos magistrales. Andaba un servidor buscando algún ejemplo palmario de falta radical de argumentación de una valoración probatoria, a fin de mostrarles a los alumnos que hay que ver cómo está el mundo de los argumentantes togados. Pues eureka. Porque no dan más razón de su valoración que su valoración; a saber, que en los hechos del caso no hay razón alguna para estimar que las donaciones “fueron realizadas bajo coacción o engaño”. ¿Que no hay razón para pensar que hubo engaño? ¿Pueden sus señorías explicarme eso tan raro un poco más? Pues no, no pueden; o no quieren.

En la parte de fundamentos se agrega únicamente esto sobre dichos delitos posibles, para negarlos:

Los delitos de estafa o apropiación indebida, imputados al acusado, no han quedado en modo alguno probados, porque de las declaraciones de los testigos comparecidos, excluidos aquellos que ejercitan la acusación particular, no se desprende que hayan sido forzados o manipulados para hacer las entregas o donaciones dirigidas al acusado o a la organización de significación religiosa que se ha creado en torno suyo. Antes al contrario, todos los testigos declararon que efectuaron esas transmisiones patrimoniales de buena gana y con la finalidad de colaborar en la realización de las actividades benéficas que inspiran la actuación del acusado y de la referida organización religiosa. Por lo que poco más puede decirse en torno a la inexistencia de los delitos de estafa o apropiación indebida que son objeto de acusación, porque los actos dispositivos de éstos no han sido movidos por el engaño”.

Tienen una cara muy dura, dicho sea sin ánimo de desacato. Me refiero a los de la organización religiosa. Analicemos el parrafillo, que se las trae.

- Dicen que no se les fuerza o engaña “para hacer entregas o donaciones dirigidas al acusado o a la organización de significación religiosa que se ha creado en torno suyo”. Como si fueran intercambiables. Pues no, no son intercambiables. Porque si al acusado se lo entregaban para la organización, no lo donaban al acusado o a la organización, sino que el donatario era la organización, y punto. Si yo dono al Sporting de Gijón mil euros, no se los dono al Sporting o a su Presidente, aunque se los entregue a él en mano y luego ya me mandará un recibo. Es decir, si el Presidente los mete en su cuenta particular o se los gasta en sidra, habrá apropiación indebida, digo yo. Si previamente me ha inducido prometiéndome un cielo de huríes rojiblancas a cambio de los mil euros, a lo mejor hay hasta engaño. ¿O sabían y creían los incautos católicos que la pasta era para el cura y que él la iba a gastar en casas y cosas suyas, de él, nada mas?

- Pero luego se nos explica que todos hacían sus entregas conscientes y contentísimos y “con la finalidad de colaborar en la realización de las actividades benéficas que inspiran la actuación del acusado y de la referida organización religiosa”.

Primero, que la actuación del acusado está inspirada en la realización de actividades benéficas está clarísimo y ha quedado más que probado en el pleito. Esperen, que me estoy retorciendo de la risa.... Uf, ya pasó. Anda que no son nadie los valencianos contando chistes de beneficencias. Si algo está fuera de toda duda, es que el acusado sólo quería beneficiarse él, carajo. O somos serios o rompemos la baraja, señorías.

Segundo. Si la finalidad de los donantes era la de contribuir a las actividades benéficas propiamente dichas, fueron maliciosamente defraudados y, entonces, existe el engaño que se está queriendo negar. Si lo dan para beneficencia, porque se les ha dicho que se usará para beneficencia, y se lo guarda el cura, ¿no hay ni engaño ni apropiación indebida ni nada de eso?

Sin embargo, ya hemos visto cómo se concluye a partir de tan sabrosas premisas: que los actos dispositivos de las víctimas “no han sido movidos por el engaño”. Amén.

La sentencia es lo que es (y de quien es) y da para lo que da. Ahora vayamos más allá y hagámonos la pregunta más interesante. ¿Qué podría ocurrir si los tribunales abrieran esta espita jurídica con todas las de la ley? Me refiero a qué podría jurídicamente suceder si se admitiera que delitos como los de estafa o apropiación indebida existen y deben ser castigados cuando los miembros o mandamases una organización religiosa cualquiera sacan dinero a la gente con promesas chuscas, como que son para oraciones por las ánimas del purgatorio, y con el compromiso de usar esos fondos para buenas obras, y luego resulta que... se lo quedan, o lo invierten en inmuebles o valores bursátiles o los usan para que cuatro cabrones se den la gran vida.... ¿Qué podría ocurrir?

Formulo la cuestión de otra forma: ¿qué sucedería si un cura y yo fuéramos tratados en esto con igualdad y se nos aplicaran los mismos patrones a la hora de valorar si engañamos y manipulamos, si no entregamos o devolvemos lo que debíamos entregar o devolver, si nos forramos personalmente a base de seducir con cantinelas a incautos irredimibles? Porque tengan por seguro -y a la jurisprudencia me remito, aunque sea de farol- que si en lugar de ser el padre Ángel hubiera sido yo el que hubiera creado una asociación de adoración marciana, hubiera pedido colaboraciones diciendo que eran para buenas obras, prometido aquello de que el marciano más grande sentaría a su diestra al mejor postor, y me hubiera fundido en vicios míos todo lo así sacado, la Audiencia de Valencia o cualquier otra probablemente me atizaría duramente con el Código. Que los buenos amigos penalistas de este blog me saquen del error, si en él estoy.

Por eso insinuaba al principio y declaro abiertamente ahora que esta sentencia no la entiendo si no es pensando que los señores magistrados -un magistrado y dos magistradas formaban la Sala- tienen un interés personal. No en el caso, cielo santo, no los llamo prevaricadores, sino en la religión católica, apostólica y romana. Lo cual es muy de respetar. Pero debería llevarlos, si así es, a argumentar un poco mejor, para que un tipejo como yo no piense esto que está pensando. Y que Dios me perdone.

PD.- Sabemos que el ejemplar don Ángel se fue penalmente de rositas. También lo absuelven de los dos delitos contra la Hacienda de los que se lo acusaba. El argumento central, que sigue a unas consideraciones sobre la presunción de inocencia y la carga de la prueba en el proceso penal, es éste:

Como sea que en el caso enjuiciado el acusado ha tenido la virtud de argumentar razonablemente que es posible pensar que una parte de los incrementos patrimoniales que las acusaciones imputan a los años 2000 y 2003 pudieron producirse igualmente en otros ejercicios fiscales, no se puede sostener, con la certidumbre que se exige en el ámbito jurídico-penal, que en cualquiera de esos dos años se haya sobrepasado el límite de los 120.000 euros y que, en consecuencia, la pretendida defraudación tributaria sea constitutiva de un delito contra la Hacienda Pública”. Habrá todo lo más, se apostilla luego, infracción administrativa, pero esto tendrá que determinarlo la Agencia Tributaria por sus procedimientos.

Por este lado me quedo muy tranquilo, mira. Las puedes armar así de gordas con los impuestos, y a la cárcel no vas si consigues que nadie sepa desde cuándo tienes propiamente aquel dinero que en la cuenta ingresaste un día. Lo tendré en cuenta yo también.

03 febrero, 2011

¿Por qué se casa la gente?

(Publicado hoy en El Mundo de León)

Al parecer, en León se casa cada vez menos gente. Lo que me sorprende es que todavía haya quien lo haga, y más si no es por razón de fe. Con la que está cayendo. Y no me refiero solo a los apretones económicos, que también, sino más que nada a las desgracias que el matrimonio trae a unos y a otras. Peleas, trampas, homicidios incluso, lucha por los hijos, disputas por el piso que fue común, pleitos a montones... Y como si nada, la gente sigue casándose de tres en fondo, digan lo que digan las estadísticas, inconsciente de que a la mayoría le acaban pintando bastos conyugales y que cuando vienen mal dadas, como suelen, te has quedado sin casa, viendo a los hijos de fin de semana en fin de semana y pasando pensión compensatoria, que esa sí que es buena.

¿Recuerdan ustedes cómo funciona la pensión compensatoria? Usted, amiga -el género ya no determina- es una profesional con buen sueldo y contrae nupcias con un señor sin oficio ni beneficio que dice que se queda en casa para atender el hogar, aunque luego tenga dos empleadas domésticas y una niñera y gaste el día en el gimnasio trabajándose los pectorales. Usted lo tiene a cuerpo de rey mientras dura la ventura, pero el día que viene la ruptura matrimonial, se va a encontrar con que su antiguo amor tiene derecho a una pensión que le compense por la calidad de vida que pierde y le permita seguir dándose al lujo como cuando andaba con usted. Antes eran vitalicias esas pensiones y ahora los jueces les ponen plazo si el perceptor aún está en edad de buscarse la vida. Moraleja: ni de broma hay que casarse con quien no tenga trabajo ni posibles.

Pero no es el matrimonio, es la vida en pareja. Porque la lucha de las parejas no casadas en pro de la igualdad ha servido muy bien para que todos estén igual... de jorobados. Usted se inscribe en el registro de parejas, vive una temporada con su novio o novia y... ya son para la ley como un matrimonio, pensión compensatoria incluida.

La única manera de librarse de pendencias y litigios es pasar la clandestinidad. Véanse a escondidas, relaciónense sin que en casa se les meta el juez o el legislador. Ah, y, sobre todo, antes de tener hijos piénsenlo y no los usen de parche para sus desarreglos.

02 febrero, 2011

Las intocables

A la presidenta de la Diputación de León, que es del PP y manda más que nadie en ese partido en la provincia, el viceportavoz del grupo socialista en la Diputación la llamó comadreja y alimaña. Andaban acusándose de cosas. Dice ese señor que antes, fuera de sesión, ella lo había calificado como hijo de puta.

Hasta ahí todo normal, pues si la política nacional da para lo que da, qué vamos a esperar de la provincial y municipal. Ya se sabe que el cuidado de la polis está en todas partes en manos de los mejores, en esta democracia nuestra de doble capa.

¿Qué pasó luego? Pues que un grupo de alcaldesas del PP salieron a defender a su jefa, patrona, lideresa o lo que sea. Vale, nada que objetar. Para eso está la tropa. O el tropo, o el trapo, que no sé muy bien cómo va lo del género aquí. Pero, sí, con el género hemos topado. Pues las rígidas regidoras argumentan de este jaez:

Como alcaldesas exigimos una rectificación pública, ya que consideramos que es un ataque a la mujer y en política no todo vale”.

E insisten en que el ofensor ha de pedir disculpas urgentemente por haber proferido “un insulto claro a una mujer”. Lo mismo solicitan al PSOE, que también pida excusas, si no quiere ser “cómplice de una descalificación verbal a una mujer”.

Fin de la historia. Me quedo con una duda que no me va a dejar pegar ojo esta noche: ¿a ese grupo de alcaldesas debemos calificarlas, por eso que han dicho y sólo por eso, como muy rancias conservadoras o como feministas de pro? ¿Andan en plena liberación femenina o son restos de la antigua Sección Femenina?

Sospecho de su conservadurismo porque eso de que a la mujer hay que llevarla en palmitas y no decirle cosas que hieran sus oídos tiernos y no ofender su extrema sensibilidad con gestos ordinarios o palabras malsonantes ya me lo decían a mí los curas del colegio, los mismos que nos informaban de que, mientras los varones somos medio lerdos y más bastos que la lija, las damas, todas -a no ser unas pocas muy pecadoras y echadas a perder del todo-, son clavaditas a la Virgen María y de un fino que sobrecoge, frágiles y etéreas a más no poder. Caigo ahora en la cuenta de que mis dudas abarcan también a aquellos padres claretianos, pues, contrariamente a lo que siempre he pensado, quizá los guiaba un cabal afán de redención femenina, eran feministas avant la lettre. No sé.

Apuesto a que la mayoría piensa que esas mandamases (¿o mandameses? ¿o mandamasas?; sigo genéricamente atorado) son conservadoras por eso que dicen y, más que nada, porque lo dicen desde el PP y a ver si no. Vale, pero ¿y cuándo las del PSOE, o más, razonan de igual manera, clavadito así? ¿Que no? Oigan, aquí estamos intentando hablar en serio. Voy en tren ahora mismo y no puedo tirar de hemeroteca virtual, pero sería facilísimo ver a más de cuatro señoras progresistísimas poniendo idénticos pucheros de virgen de trinchera y sosteniendo que el que insulta un poco a una mujer ofende al mujerío completo.

Llegará el día en que alguno pensará que es mejor no hablarles. Ni mirarlas siquiera. No vaya a ser. Qué cosa, oye.

Pero tranquilos, hay Providencia y el seso se reparte con igualdad entre los sexos. Porque miren lo que en su defensa adujo el señor del PSOE que organizó el follón: que él no estaba atacando al género femenino, pues comadreja es un término aplicado a los machos y hembras de esa especie. Mira, por eso no pueden ofenderse otras mujeres, porque comadreja puedo ser hasta yo, no hace falta ser chavala. Es como si a mí me dicen hurón y me pico, olvidando que también existen huronas y no pasa nada.

Razonan unos y otras, unas y otros, con lo que efectivamente tienen en común, al margen del pitirrín o el potorrín que los distingue: los pies.

Espectáculo sublime la política de este país. Qué habremos hecho para merecerlos, qué.

01 febrero, 2011

Minñoñitos.com

Está uno que no vive, embargado de emoción administrativa. Los actos administrativos huelen hoy en dia a pachuli, los reglamentos salen con agua de lavanda, las juntas y consejos se hacen con incensario y las dependencias gubernativas guardan sahumerios en sus archivadores. Oh, cuanta dicha, qué ternura. A los funcionarios los forman en autoayuda y heteropompa y los sacan, en serie, con esa pinta de cretinos endomingados, a medio camino entre la señorita Pepis y Mariquita la yeyé, con un toque de Carla Bruni haciéndole con su esternón una pajilla a una foca herida. Habrá cosa más mona, hombre.

Ay, se me erizan los pelitos del alma cuando leo convocatorias y resoluciones, derroches de imaginación, apoteosis de sensibilidad, pijerío onanista, chiquirriquitines adorables con nivel 29. Luego cogen el 4 X 4 y se van al monte a mirar una margarita todo el fin de semana y levitan como si el ecosistema fuera suyo o lo estuvieran salvando desde la ofi. Qué quedó de la adusta normativa de antaño, del bigote hirsuto del viejo técnico municipal, de los recios sudores de la auxiliar añosa. No, ahora las normas nos las endilgan llenas de afeites y las sanciones nos las aplican depiladas con láser. Hasta para atizarte multa considerable o comunicarte que no ganaste el concurso o que te denegaron la subvención te ponen en el mensaje unos arpegios de Ravi Shankar, por si tenías poco disgusto. Es como añadirle vainilla a la carne del cocido o una buena dosis de jarabe de fresa a la fabada. Aunque irá en gustos, supongo. Los nuevos modales administrativos son al Estado como la tortilla deconstruida a la gastronomía, pura margingala para parroquianos flatulentos y comensales apáticos.

Una de las técnicas que les enseñan en sus cursitos para ser pichurris ejecutivos ideales de la muerte es la de poner nombres monos con muchas mayúsculas. Fíjense en esto que hoy mismo me envía un querido amigo para que nos tronchemos juntos. Y a fe mía que nos tronchamos.

Estimados Sres./Sras.
La Fundación …, siguiendo la estrategia de fomento de la participación de agentes de Castilla y León en iniciativas de I-D-i a nivel nacional, promovida por la Junta de Castilla y León, va a realizar una Jornada de Trabajo cuyo objetivo principal es la presentación de la convocatoria 2011 del subprograma INNPACTO. Esta jornada tendrá lugar el próximo jueves 10 de febrero en el Salón de Actos del Centro de Soluciones Empresariales de la Junta de Castilla y León, en Arroyo de la Encomienda.
El subprograma INNPACTO tiene como objetivo potenciar los proyectos de I+D+i en cooperación entre organismos de investigación y empresas.
En esta jornada se presentarán los objetivos, características de los proyectos y aspectos prácticos para la preparación de las propuestas a esta línea de financiación. También se presentarán los aspectos más importantes de la convocatoria 2011 del Subprograma INCORPORA, cuyo objetivo es apoyar y reforzar la contratación de personal altamente cualificado en departamentos de I-D-i

Etc
.

Bueno, no me dirán que no tiene tufillo a ambientador de puticlub autonómico.

- Lo primero que se queda uno pensando es quiénes serán los agentes esos a los que se invita a participar. ¿Agentes de policía? ¿De seguros? ¿Agentes secretos? ¿Podré ir yo mismo con la disculpa de que de vez en cuando me agencia cosas?

- Me encanta la poética de las jornadas de trabajo. Para muchos de mis vecinos y conocidos todas las jornadas laborables son jornadas de trabajo. Para esta gente no. Si un día quedan para trabajar, lo llaman jornada de trabajo, para que se note bien. No se trata de que los otros días sean de asueto, es que los dedican a meditar sobre las siglas de las cosas, con una rosa carmesí entre los labios y las piernas cruzás y mu apretás, como si les doliera durante la cogitación.

- ¿Y qué me dicen de un lugar que se llama Centro de Soluciones Empresariales? ¿A qué se dedicarán en tan sorprendente sitio, además de acoger jornadas de trabajo cuando tocan? ¿Para cuándo un Centro de Soluciones Filatélicas? O uno de Soluciones Termodinámicas. O un Centro de Soluciones para el Apuro Ocasional.

-Pero quedamos en que lo más precioso son los nombres en mayúsculas que se marcan estos querubines de libre designación. Para que los proyectos sean impactantes, les hacen un subprograma llamado INNPACTO. ¡Guau! A lo mejor el programa principal se llama MARUJA LA QUE EMPUJA, yo qué sé. O PACTO, a secas. Programa PACTO y subprogramas INNPACTO y COMMPACTO. Verán cómo nos copian la idea.

¿Y el subprograma INCORPORA, que es para incorporar? ¿Qué me dicen del INCORPORA? No confundir con el programa INCORPORE (SAN0), que ese va para deportistas y lo gestionan ahora en Palencia.

Me los puedo imaginar a todos: a los que pergeñan el asunto y los rótulos, convencidísimos de que están dando un impulso bárbaro a la innovación majísima. A los que van a esas reuniones con uniforme de economista ligero de cascos o de sociólogo de género, todos soltando anglicismos para parecer de la Carlos III o de la Pompeu y proponiendo que en cada proyecto se incluya una cláusula de apertura a los transexuales marroquíes o al café ecológico. Se pelearán por presentar sus presentaciones y habrá esgrima de punteros para señalar estadísticas de rendimiento de los centros de soluciones empresariales de Cincinnati y Montreal. Por debajo de los manteles, algún cátedro de Economía de la Empresa sobará con su pie la espinilla de una directora general de cualquier cosa a la que conoce de cuando la Sorbona, y un par de secretarios de viceconsejeros se pasarán notas y harán risitas a propósito de los bigotes de la de Igualdad que mandó la Junta. Son siempre los mismos y es siempre igual.

Es como si los estuviera viendo. Innova que te innova y venga incorporar e incorporarse. Todo por el bien de lo del I+D+i. Que hay que ver cuánta gente come de eso sin que investiguemos ni desarrollemos ni innovemos más que en las cursiladas y las ñoñerías para chorlitos sin enmienda.