05 abril, 2012

Sobre recortes en investigación

Las puras cifras, los porcentajes a secas engañan. Por eso cabría una investigación mejor con menos costes globales y por eso es posible una investigación peor aun con mayor inversión. Lo primero ya lo hemos visto alguna vez y lo segundo todavía está por comprobar, pero vamos a hablar de eso.

Comencemos con una comparación no referida a la investigación, sino a la asistencia hospitalaria y sus costes. Llamamos H al conjunto de los hospitales de un Estado E. En nuestro ejemplo, la práctica hospitalaria en H de E viene definida por las siguientes características:

(i) Se practica una política muy generosa de estancias hospitalarias, tanto para enfermos terminales, muy graves, graves, medianos y leves. De resultas, la estancia media anual por enfermo diagnosticado en H es de 30 días. La estancia media por enfermo leve es de 5 días.

(ii) La remuneración de los médicos de H es igual para todos, de modo que no varía para cada uno por razón de ninguna de las siguientes variables: ni por su grado de aciertos en el diagnóstico y tratamiento de sus enfermos ni por su nivel continuado de formación ni por su contribución a maximizar el éxito en el diagnóstico y la terapia con el menor coste de estancias hospitalarias de enfermos.

Bajo esas condiciones, el coste de H en E es de 100.

Ahora veamos dos escenarios, el de aumento de recursos y el de recorte de recursos.

Aumento de recursos.- Se incrementan en un veinte por ciento, pasando a 120. ¿Habrá mejorado automáticamente el sistema hospitalario de E? No necesariamente, ni mucho menos. Todo depende de si al disponer de más medios se eleva o no la eficacia del sistema hospitalario. Y para saber tal cosa habremos de definir los objetivos del sistema hospitalario. Admitamos que los objetivos del sistema hospitalario sean estos dos y por este orden: (a) evitar muertes y curar enfermedades; (b) hacerlo al menor coste posible. Quiere esto decir que si un grado x de éxito en el cumplimiento de (a) se consigue con un coste de n, pero el mismo grado x se podría logar con n-1, entonces el sistema no es eficiente.

Aquel aumento del 20% de recursos para H no será eficiente sin más o necesariamente, sino que habrá que tasar y analizar los resultados en términos de la eficiencia así definida. Si, por ejemplo, el nivel de éxito en el cumplimiento de (a) se mantiene idéntico, el añadido de ese veinte por ciento habrá sido perfectamente inútil (supuestas constantes otras magnitudes, en particular ciertos costes). Por ejemplo, es de esperar esa ineficiencia si la disposición de más medios económicos se usa en H para una de estas dos cosas, o para las dos conjuntamente: (1) para aumentar los sueldos a los médicos que menos trabajan y menos se forman o para aumentar todos los sueldos en idéntica proporción, y (2) para incrementar el tiempo medio de estancia hospitalaria de los enfermos leves.

Recorte de recursos.- Se pasa de 100 a 80. Cabe que, aun así, la eficiencia del sistema H se incremente si los recursos disponibles se emplean conforme a patrones como los siguientes: mayor estímulo, mediante remuneración, para los médicos con mejor rendimiento y “sanciones” retributivas o reasignación de roles para los médicos con rendimiento más defectuoso; reglamentación exigente de las condiciones de ingreso hospitalario y de permanencia en hospital de enfermos leves.

Por supuesto, la situación idílica sería aquella en que se combinaran positivamente las dos variables: crecimiento de recursos en un contexto de maximización de la eficiencia del sistema. Pero lo que quiero mostrar es algo bien obvio: que caben sistemas más eficientes con menos recursos y sistemas menos eficientes con recursos mayores. Por lo cual es un error atender nada más que al montante de las inversiones, sin fijarse en factores tanto o más determinantes.

Si en lo que acabo de exponer y en el ejemplo utilizado hay algo de válido, valdrá igual para el sistema de investigación. En los presupuestos que el Gobierno acaba de presentar se aplica un considerable recorte al gasto en investigación. Por ejemplo, parece que se recorta un 34% en programas de investigación. ¿Por qué será malo este recorte, más que nada? Porque se aplica a un sistema de investigación que es extraordinariamente ineficiente, debido a la mala administración que hace de los recursos disponibles. Y eso tiene dos consecuencias tremendas. Una, que el aumento de la inversión en investigación no incrementa necesariamente la eficiencia o la calidad de los resultados, o no en la misma proporción que aquel aumento. Y dos, que una rebaja de la inversión, en cambio, multiplica la ineficiencia en los sistemas “perversos”, pues no se reconducirá la situación corrigiendo los defectos, sino que se asegurarán las posiciones “defectuosas”.

Déjenme que lo ilustre nada más que con unos argumentos elementales. Se lamenta, en ocasiones como estas, que haya muchos jóvenes investigadores que, ante la falta de recursos públicos para la investigación, tengan que dejar las instituciones que les pagaban y emigrar a otros países. ¿Eso es malo? Depende y explicaré por qué. En los campos en que académicamente me muevo conozco un buen puñado de profesores contratados y funcionarios que forman parte de equipos de investigación financiados con dinero público. Como mínimo, el sistema de investigación de este país no perdería absolutamente nada, y hasta ganaría, si el quince o veinte por ciento se largaran con viento fresco a que los contrataran en alguna (en otra) república o monarquía bananera. Así que no importa tanto cuántos se tienen que ir, sino cuál es la calidad y valía de los que se marchan. Y ahí topamos con nuestro drama: cuando sobra gente se echa a los mejores, especialmente si de investigadores jóvenes hablamos.

Y así llegamos a la segunda tesis, la de que en tiempos de crisis los sistemas viciados aseguran la posición de los menos capaces. Imaginemos uno de esos equipos de investigadores sometido a apreturas de financiación. Son diez, cinco funcionarios y cinco no funcionarios. Las calidades se cruzan así: los dos más inútiles son funcionarios y los dos siguientes más inútiles son contratados; los dos más capaces y que logran mejores resultados son funcionarios y los dos siguientes son contratados. Es decir, si calificamos por orden ascendente de calidad de 1 a 10 (el 10 es el mejor y el 1 es el más inútil), hay un contratado en los puestos 8, 7, 4 y 3 y hay funcionarios en los lugares 10, 9, 2 y 1. Ahora planteamos dos preguntas:

Una: si se pretendiera que el sistema siguiera siendo igual de eficiente (o más, incluso), pese a que los recortes obligan a prescindir de dos investigadores, ¿a cuáles se dejaría sin su puesto? Respuesta evidente: a los que se hallan en los lugares 1 y 2 de la anterior escala.

Dos: si la poda sucede en España, como consecuencia de recortes en la inversión, ¿quiénes se quedarán en la calle si hay que eliminar dos puestos? Ni siquiera podemos afirmar, para nada, que se trataría de 4 y 3, que son los peores de los contratados. No, se dirimiría entre 8, 7, 4 y 3. ¿En razón de qué factores o consideraciones se dirimiría entre esos, que son los contratados? Múltiples, pero todas independientes del mérito, la capacidad y los resultados. Por ejemplo, parentescos y relaciones amorosas en general, adscripciones políticas y político-académicas, presencia en determinados órganos representativos y sindicales, cuotas, géneros y orientaciones sexuales, orígenes territoriales, clase social, etc., etc. Lo más probable: que emigren 8 y 7. Esa es la razón por la que la rebana de la inversión pública, aquí, perjudica la investigación. Si esa rebaja condujera a prescindir de 1 y 2 no tendría dicho efecto.

Otro ejemplito, y acabo por hoy. Se acortan un 34% los dineros para programas de investigación. Pues miren, si hablamos de proyectos de investigación financiados, al menos en los campos que yo conozco o contemplo de cerca se podría reducir un cincuenta por ciento el monto de la financiación que se viene dando, sin la menor incidencia negativa en los resultados posibles. ¿Cómo? Bastaría eliminar la financiación en el capítulo de “viajes y dietas” o someterla a controles extraordinariamente estrictos y ligados a resultados. Una grandísima parte de esos medios en esos capítulos presupuestarios se va en turismo y en viajes a visitar novias y/o novios.

No sigo, pero la conclusión que quería alcanzar creo que ya se ve: en contextos de corrupción científica y académica, con la consiguiente ineficiencia del sistema, el incremento de la inversión en universidades e investigación financia prioritariamente las lacras y las corruptelas, aunque indirectamente pueda salir ganando también algo la investigación de calidad. Y en ese mismo marco decadente los recortes laminan la investigación de calidad, pero mantienen incólume los parasitismos que agotan los medios. Por eso las claves primeras no están en las cifras y los porcentajes, sino en los sistemas de gestión de medios humanos y materiales y de control de resultados. Y esos, que se sepa, no piensa tocarlos este gobierno, igual que no lo hizo el anterior. Porque tocar ahí supondría perjudicar a mucho parásito con carnet o que pelotea a los mandamases.

04 abril, 2012

Las ratas se lo cogen con papel de fumar

Vuelvo a la carga con una de esas reacciones sociales que tanto me desconciertan. Primero cuento de qué se trata y luego intentamos sacar algo de punta teórica al tema. Como tantas veces, lo narraaré tal como yo lo vivo en los ambientes académicos y universitarios, pero convencido de que el fenómeno no es exclusivo de ese medio y de que se da en otros muchos ámbitos públicos y privados.

Comienzo casuísticamente y doy cuenta de mi última vivencia al efecto. Algunos colegas comentábamos que para cierto cargo, en una universidad distinta de la mía, concurría el señor K, llamémoslo así. Todos lo conocíamos bien. En el fragor de la conversación yo, con mi estilo habitual y que supongo lamentable, dije, literalmente: “Vamos a ver, pero lo primero que hay que decir es que K está como una puta cabra, majara total”. Sepulcral silencio, caras de circunstancias, carraspeos incontenibles, culillos apretados, suspiros. Así que, temeroso de que fuera por mi muy prosaico lenguaje o el tono vulgar de mi aserto, traté de expresar la misma idea con algo más de elegancia: “Supongo que estamos de acuerdo en que a K le falta un tornillo”. Porca miseria, volví a embarrarla. Tercer intento, sin que mediara palabra de los otros: “Todos sabemos que K tiene un trastorno psicológico más que considerable, todos hemos visto cómo se le manifiesta y, por tanto, a ninguno se nos escapa que según para qué cosas no está capacitado, el pobre”.

Sonrisas leves de mis interlocutores, cambio del pie sobre el que se sostienen, algún dedo rascando cabeza, miradas cruzándose y réplicas muy tenues, del tipo “qué cosas tienes”, “hombre no sé, a lo mejor no está tan mal”… Y los que me tienen más confianza: “ya estás tú pasándote tres pueblos y medio, como siempre”.

¿Y saben ustedes, amigos lectores, lo que les digo? Que no me pasaba ni un ápice. La persona de la que hablábamos está como las maracas de Machín y, sobre todo, a los que conmigo se enconbraban les consta con tanta o más claridad que a mí mismo. ¿Entonces? ¿Es que están conchabados con él para alguna cosa? No era el caso. ¿Son sus parientes o amigos del alma y por eso se dan a la caridad con el individuo? En modo alguno. ¿Pues? Pues que a la gente le da yuyu, puro repelús, que se digan ciertas verdades sobre individuos cercanos. Y ahí está lo que hemos de preguntarnos, por qué ocurre así. Pero téngase en cuenta que esa misma gente es capaz de echar por la boca sapos y culebras cuando habla de los lejanos con los que no trata a diario, de políticos, artistas, futbolistas, militares, de quien sea. No es que me refiera de personal incapacitado para la crítica, no, sino a quienes no desean que se critique o que meramente se describan con objetividad los defectos de los próximos.

Mas antes de especular sobre las respuestas a la muy interesante cuestión, permítanme que añada que sucede en gran cantidad de ocasiones. A ustedes les habrá pasado también con algo de frecuencia. Un ejemplo más como ilustración y para que precisemos bien el tema que analizamos. Usted trabaja en tal o cual institución y le consta sin lugar a dudas que en la misma plantilla hay un sujeto que se corrompe o que mete la mano en la caja o que abusa de su puesto de cualquier manera; o que acosa sexualmente a un empleado o empleada, vaya. Sus compañeros lo saben igual que usted. Pero ni usted ni ninguno de ellos ha tenido problema particular con ese mal bicho. Bien, pues a la hora del café pruebe usted lo siguiente, diga así ante sus colegas: Fulano es un ladrón, un acosador y un hijo de puta. Y en cuanto se queden lívidos, añada, sin mentir: y a todos os consta, como a mí, porque todos nosotros tenemos las mismas pruebas. Pongamos, además, que el tal Fulano no es superior jerárquico de los presentes ni tiene poder efectivo sobre ellos. No importa, se acojonan igual y o bien le invitarán a callar o se quemarán al tomar el café aceleradamente para quitarse de en medio y no vaya a ser que Fulano se entere de que ellos también saben que es un criminal y un malnacido.

Así que volvemos a la interrogación: por qué nos hemos hecho así. Es muy dañino que esto ocurra, pues con la resistencia a la crítica a cara descubierta y a que se hable con naturalidad de los defectos, las taras o los ilícitos de los que nos son social o laboralmente cercanos se pierde uno de los más efectivos medios de control social necesario: el rechazo de los del mismo grupo. Ahora pasa al revés y eso es contraproducente y dañino: cuanto más inútil eres o más delincuente, más se esfuerzan los de alrededor en sonreírte y que parezca que no saben nada, o que si lo saben, lo aprueban. Campan por sus respetos el loco, el corrupto, el abusón y el que roba, porque está mal visto que sus acciones y formas de ser se califiquen con los términos que más apropiadamente las describen. No, la consigna es bien otra: todo el mundo es bueno y aquí no levanta la voz ni el gato. Y si a alguien hay que marginar o enviar al ostracismo, es a quien ose decirle violador al que viola o chorizo al que se apropia de lo ajeno u oligofrénico al que es un oligofrénico de libro.

¿Explicación? Paso a exponer mi hipótesis. Se trata de una tara moral autoinducida. ¿De quién? Nuestra. Es un magnífico recurso para que nos mantengamos, nosotros, en la impunidad y en el cultivo descarnado de nuestro más egoísta interés. No queremos que se nos ponga en la tesitura de tener que cambiar en algo el comportamiento que nos interesa, como reacción a los defectos o lacras de otros. Preferimos cerrar los ojos a esas lacras o defectos y, así, continuamos con lo nuestro como si nada pasara, como si fuera perfecto el mundo y ninguna complicidad se nos pudiera reprochar.

Veámoslo con un ejemplo. Pongamos que yo todos los días compro las frutas y verduras en una magnífica frutería que está al lado de mi casa. Son de buena calidad, tienen buen precio y cuento, de propina, con esa comodidad de la cercanía. Un día me entero, sin vuelta de hoja, de que el frutero es un pedófilo de tomo y lomo y un peligro para los niños del barrio. Además y de inmediato, otro cliente de la misma tienda me lo explica sin tapujos. ¿Qué puedo hacer? Pues escogeré entre las alternativas siguientes:

a) Dejo de comprar en dicho comercio, con las desventajas que ello me supondrá: deberé ir más lejos para mercar fruta que quizá no será tan buena y que probablemente me resultará algo más cara.

b) Sigo comprando en tal frutería de siempre, pero diciéndome que soy un egoísta y que hago muy mal por proseguir mis tratos normales con quien me consta que es un mal bicho.

c) Mato al mensajero y procuro olvidar el mensaje. Aplico la presunción de inocencia fuera de lugar y como negación de la indecencia. O sea, a mí mismo me cuento que no son más que rumores las informaciones esas, aunque en el fondo me conste su verdad, y a ese parroquiano que me viene a decir lo que hay y en sus más crudos términos, le replico que jo, cómo es de lenguaraz y que en el fondo todo el mundo es bueno y que por qué no somos más tolerantes y que quién tira la primera piedra y que no sé qué de una paja y un ojo ajeno, ya puesto yo en plan gilipollas bíblico.

Segunda parte de mi hipótesis: al menos en mi experiencia y en los ambientes en que me desenvuelvo –que no son los más sanos, lo sé- la inmensa mayoría de la gente sigue ese tercer patrón, el c). ¿Por qué? Porque si tú te niegas a oír y saber que el candidato a no sé qué puesto está como un cencerro, puedes votarlo tranquilamente, si es que te conviene que él mande, aunque para la institución su gobierno vaya a resultar un desastre debido a las dolencias del sujeto en cuestión. Y si tú te niegas a asumir que tu jefe es un corrupto, podrás seguir haciéndole la pelota con el mismo esmero y sonriéndole con esa cara de ostra en celo, a ver si te asciende o si te ofrece un puestecillo más cómodo. Y si tú tienes un carguete con el abusón de marras, pues por qué no vas a seguir en él, en lugar de plantearte si no deberías dimitir para no hacerte cómplice de sus ilegalidades; no, te plantas nada más que para que nadie te recuerde las ilegalidades en cuestión y al que te las enuncie lo llamas exagerado y violento, resentido incluso.

Que no cuela, amigos, que no. Que ya somos mayorcitos y que ya no nos la damos con queso. Que el plumero se nos ve a todos, a cada cual el suyo. Que tenemos que asumir una verdad dura y muy triste: que si hay tanto cretino con mando en plaza, tanto inútil haciendo su agosto, tanto amigo de lo ajeno forrándose y tanto abusador ensañándose con los débiles, es más que nada gracias a ese silencio cómplice de los mansos, a ese egoísmo pícaro de los que prefieren no saber para no tener que hacer ni que tomar partido, a los que juegan a ser como perrillos inocentes a fin de poder seguir royendo debajo de la mesa, pero calentitos, el hueso que sus dueños les tiran.

Sin una mala hostia general no hay sociedad decente ni institución que no sea una casa de lenocinio. Eso también lo sabemos todos; y casi todos negarán que lo saben.

Un lema para estas fiestas tan sentidas: escupe a una rata; o a dos.

03 abril, 2012

Plagios y consecuencias

Que los alemanes me den insana envidia es algo que tengo perfectamente asumido desde que, allá por los años ochenta, pasé en aquel país una estupenda temporada de mi vida, país al que he vuelto unas cuantas veces y en el que me siento en la gloria, dígase lo que se diga de los lugareños. Para un servidor el lugar perfecto sería la síntesis de la seriedad alemana con los ritmos caribeños. Alemania con salsa, vamos.

Tengo asumido que no me molestaría nada vivir con los teutones y venir por aquí un mes al año, y que no me costaría (idioma aparte) ser profesor de universidad alemana en lugar de serlo de una hispana, aun a sabiendas de que posiblemente serían más exigentes las condiciones; o hasta por eso. Pero, miren, lo de tener envidia también de los húngaros no estaba en mis planes. Ya es el colmo, lamentar no ser ciudadano de Budapest. Eso no me lo puedo tolerar.

Llevaba con naturalidad el saber que un ministro de la Merkel había sido obligado a dimitir, meses ha, porque alguien había descubierto que una parte de su tesis doctoral era plagiada, mientras que, por la misma época, a un cátedro de la Universidad de Vigo y a su equipo los habían cazado copiando de unos chinos un artículo científico y aquí no pasa nada. ¿No pasa nada? Sí pasa, les dan a los piratas unos premios y unos sabáticos con sueldo íntegro y la institución dice que pelillos a la mar y que tire la primera piedra el profesor universitario que no sea un pedazo de tahúr redomado. Que manda cojones. Aquí los que plagian se visten de víctimas de quienes los denuncian y, de propina, consiguen la solidaridad de la mayoría de sus compañeros del claustro respectivo, empezando por reptores y vicerreptores. Al caso de Vigo me remito, y a algún otro que he ido viendo en mis años de vida académica.

Pero piensas que hay países de primera y monarquías bananeras y yernistas, y que si toda la vida hemos sido las feas, normal que bailemos entre nosotras, y que majos y honrados, poquitos y todos de primerísima división. Hasta que llega la noticia de ayer y me cisco ya hasta en las cascarrias de los rinocerontes: al presidente de Hungría lo hacen dimitir porque plagió algún capítulo de su tesis doctoral, allá por 1992. ¿Pero hasta los jodidos húngaros son más decentes que nosotros, los españoles, reserva espiritual de Occidente y reserva del 78? Hombre, eso no puede ser. Que miren, que tengo entendido que el jefe de los que plagiaron en Orense/Vigo está de sabático y más contento que unas pascuas y que la Xunta le dio hace poco un pastón a su grupo de investigación porque es un grupo ejemplar, y al pobre presidente de los magiares le atizan una patada en el plagio y lo ponen de patitas en su casa, como si fuera mismamente de Frankfurt del Meno.

Defendamos a los buenos húngaros de las acechanzas exteriores y de los malos ejemplos, hablémosles de los nuestros, expliquémosles que se puede ser deshonesto y chulo y con la cabeza bien alta y que la universidad y el Estado todo pueden organizarse al modo de lujoso lupanar sin que a ningún nacional se le haya de caer la cara de vergüenza. Y si los de la pérfida Hungría se empeñan en parecerse a los finlandeses en más cosas que el idioma, rescatemos al menos al simpático y muy humano presidente suyo y hagámoslo catedrático de la Universidad de Vigo o de cualquier otra de las nuestras. Méritos sin duda ya tiene, por su obra y porque puntúan los cargos, y algo habrá hecho también de transferencia del conocimiento; o de capitales. Se acredita seguro y puede ser muy feliz jalándose unas zamburiñas con un ribeira sacra mientras con su flamante equipo se pule un articulejo de algún coreano, mismamente.

Entrevista radiofónica con Francisco Sosa Wagner

¿Les apetece disfrutar una magnífica entrevista radiofónica sobre asuntos de Estado y del Estado y sobre mil cosas más? Pues vayan aquí. Fue en RNE, en el programa Siluetas. El entrevistado es Paco Sosa Wagner, muy querido amigo.


02 abril, 2012

Amnistías fiscales: sus verdades y sus mentiras

Vamos a imaginar la siguiente tesitura. En un Estado por el estilo del nuestro, el partido gobernante decide en un determinado momento crear un nuevo impuesto, que se paga en proporción al número de veces que se va al médico. El que a lo largo del año haya acudido a una consulta médica una vez deberá abonar el diez por ciento de sus rentas totales del año, el que haya ido dos tendrá que apoquinar el veinte por ciento; y así, con un tope del ochenta por ciento de las rentas cuando se haya visitado al galeno ocho o más veces. Muchos de los ciudadanos encuentran mil y un trucos para evadir tales pagos, bien acudiendo a consulta con nombres falsos, bien sobornando a los doctores para que no anoten su visita, o por vías similares. Hay quien, de ese modo, se ha ahorrado treinta o cuarenta mil euros; otros, doscientos o trescientos. Pero la evasión del impuesto es masiva, aunque también hay quien lo abona a tocateja, más que nada porque no tiene escapatoria.

Si hubiera una amnistía fiscal para que salieran a la luz sin mayor contratiempo los dineros así ahorrados por el contribuyente, ¿consideraríamos que se hace injusticia o que se corrige la injusticia? Yo diría que lo injusto era el impuesto y que, al perdonar a los que se escaparon de su pago, la justicia más bien se restaura, en lugar de violentarse, aunque quede el agravio comparativo con los que sí soltaron la mosca.

Si eso es así y nos preguntamos por qué nos produce tal rechazo y tanta inquina la amnistía fiscal que han sacado de la manga los rajoyanos, creo que únicamente caben dos respuestas:

a) Porque somos fetichistas de la ley o positivistas ideológicos, según la vieja categoría doctrinal de Norberto Bobbio. Es decir, porque pensamos que lo que mande el legislador, sea lo que sea, va a misa y, en consecuencia, obra con injusticia tremenda el ciudadano que no lo acate y no lo cumpla a pies juntillas. Si de impuestos hablamos, da igual que se trate de un sistema fiscal radicalmente antiigualitario o de uno que sirva de base para la explotación de los bajitos o la extinción por hambre de los pelirrojos. Lo manda la ley, punto redondo. No creo que sea por esto por lo que estamos en contra de esta amnistía para evasores. Además, no es el nuestro un pueblo que destaque por su amor a la ley y su celo al cumplir la misma.

Lo curioso es que muchos de los que echan sapos y culebras contra esta amnistía propuesta por los peperos se pirran por evadir impuestos, por ocultar ingresos y porque no les hagan facturas con IVA. Así que, insisto, por cariño a la legalidad no ha de ser tanto mesarse los cabellos.

b) Si lo que fastidia no es que se perdone al que violó la legalidad impositiva, a lo mejor el tema se plantea en el terreno de la justicia social. El razonamiento podría ser más o menos así, con estos pasos: (i) estimamos que el sistema impositivo vigente es bastante justo, porque hace pagar al que más tiene, y menos al que menos; (ii) la evasión importante la hacen los llamados a contribuir más fuertemente, esos ricos a los que les corresponden mayores pagos; (iii) sentado lo anterior, la amnistía fiscal implica muy principalmente el perdón para los ricos que no pagaron y, por tanto, dar por bueno que no contribuyan o que contribuyan menos de lo debido los que más deberían aportar a las arcas públicas. No se estarían perdonando aportaciones fiscales a los que son víctimas de impuestos injustos, sino a los que hicieron injusticia al evadir impuestos justos y bien asignados.

Estupendo, supongo que es por ahí. Pero, si esto es así, no se nos puede escapar un detalle incómodo. Si la base de nuestro razonar y del correspondiente cabreo es una concepción de justicia fiscal que tiene su idea principal en la noción de progresividad y en el propósito de que más abone al Estado y para el sostenimiento de la cosa pública el que mayor riqueza posee, debemos caer en la cuenta de que hay dos formas funcionalmente equivalentes de atentar contra dicha concepción de la justicia social y fiscal. Una, perdonar a posteriori a los que en esa proporción debían contribuir y no contribuyeron. Dos, exonerarlos de antemano de tal obligación de pagar en correspondencia con su nivel de riqueza e ingresos.

En otras palabras y hablando en plata: en esencia, es tan injusta una amnistía fiscal como la eliminación de ciertos impuestos para los que disfrutan de un elevado nivel de vida. ¿Cuáles impuestos? Pues por ejemplo, el de sucesiones o el impuesto sobre el patrimonio, cuando, repito, se superan unos holgados mínimos que podrían estar exentos. ¿Se acuerdan de aquello de que bajar impuestos es de izquierdas y de cuando se iban quitando esos que acabo de mencionar? Tanto va contra aquella idea de justicia social decir que a Fulano se le perdona por no haber pagado lo que debería por el impuesto X, como que se elimina el impuesto X para que no tengan que pagarlo Fulano ni ninguno que esté en su situación. El plus de la amnistía viene de la mano del incumplimiento por el evasor de la correspondiente prescripción legal, pero vuelvo a repetir que ese incumplimiento solo podrá ser moralmente reprochable si damos por sentado que la ley impositiva vulnerada es justa. En cuyo caso retornamos a esto en lo que concluíamos: que lo malo no es que la ley se cumpla o se incumpla, sino que se tenga un sistema impositivo injusto, radicalmente inicuo, sea por el camino de la eliminación de los impuestos para los ricos, sea por el camino de perdonar a los ricos la evasión de sus impuestos.

Bien, no sé si a ustedes, amigos, les habrá divertido este pequeño ejercicio analítico o si les parecerá de alguna utilidad para los debates de estos días. Pero ni ustedes ni yo debemos engañarnos. Ese dinero negro que se acumula en algunas manos no es dinero que se haya ahorrado al no pagar impuestos legalmente sentados. Para nada. Hace unos meses hice una obra en casa, seis mil euretes, y me ahorré el IVA. ¿Voy a irme yo mañana a Hacienda a decir que tengo seiscientos y pico euros que no debería tener y que me los legalicen? En modo alguno, son perfectamente legales ya. ¿Y el Pepe Gotera que me hizo la obra y se llevó los seis mil? ¿Los va a sacar a la luz? En modo alguno, con ellos habrá ido pagando en el supermercado o en el puticlub, cash.

Entonces, ¿de qué estamos hablando, de qué dineros? De dineros provenientes del delito, de actividades ilícitas, más que nada: tráfico de estupefacientes, trata de blancas, comercio ilegal de armas, explotación organizada de la prostitución, tráfico ilegal de personas. Esa es la plata que necesita ser blanqueada y a sus perceptores es a los que se da ocasión de sacar a la luz los millones para, luego, poder invertirlos legalmente y que, ya así, tributen con normalidad. Ahora es el Estado mismo el que blanquea el producto del delito a lo grande y percibe por ello su comisión, su mordida: el diez por ciento. El Estado se ha puesto a competir con ciertos directores de banco y con determinados bufetes bronceados y mediterráneos. Como quien dice y a los efectos, es como si el gobierno estuviera contratando sicarios para que nos ayuden a acabar con la crisis, a matarla. ¿Y saben lo que ocurre cada vez que un gobierno pide ayuda a unos sicarios, a una banda poderosa y organizada? Pues que los sicarios se hacen con el gobierno después de vencer en esa guerra de bandas: la gubernamental y la de los sicarios.

Más tristeza no cabe. Pero, al menos, llamemos a las cosas por su nombre y dejémonos de hablar de la amnistía fiscal como si en verdad fuera una amnistía y fuera fiscal. Es un paso más, y bien sencillo, dentro del imparable proceso de apropiación de los Estados y sus maquinarias por la delincuencia internacional y por sus servidores y esbirros de todo pelaje. Los funcionarios, por ejemplo, ya empezamos a cobrar nuestras nóminas, en parte, con el dinero de esa gente, ese dinero que, dicen, servirá para reducir el déficit y que no tenga que haber mayores recortes. Lo siguiente será ver qué nos piden; y qué hacen con nosotros. El que crea, mismamente, que del principio de mérito y capacidad va a quedar algún rastro de aquí a una docena de años está listo. Salvo que se llame mérito a darle gustito al capo de turno. Que todo se andará. Al fin y al cabo, las universidades ya funcionan así, y las universidades siempre han sido punteras con sus experimentos sociales.

01 abril, 2012

Qué va a pasar ahora y qué vamos a hacer cuando pase

La magia no funciona, los milagros no existen, los espejismos no son más que espejismos. Hemos tardado años en asumir mínimamente que este país llamado España se iba a la porra como consecuencia de la acción perfectamente combinada de dos factores: gobiernos sin la más mínima aptitud o competencia y dependientes de partidos sin escrúpulos e integrados en sus ejecutivas por trincones y descarados, y una sociedad infantiloide, estructuralmente corrupta, moralmente decadente y que creyó que esto era Jauja y que se habían acabado para siempre los trabajos y los esfuerzos. Una sociedad que votaba contentísima a esos partidos y a esos líderes políticos patentemente bobalicones, intelectualmente paupérrimos, incapaces en todos los órdenes, como podía ver cualquiera que se animara a observar con mirada atenta y sin la obnubilación de las pasiones y los prejuicios.

Nadie en ninguna parte quiso ver que este sistema social tenía que irse al traste y que la pujanza económica era pura alucinación, engaño manifiesto, trampa que no podría mantenerse demasiado tiempo. No, negamos primero los signos y los indicios y después las más palmarias evidencias. Volvimos a apostar por el presidente de gobierno más bobo, más falso y con menos seso que ha tenido un país europeo en los últimos cincuenta años y la mayoría se puso de su parte cuando él mismo negaba que amenazara la crisis. Y seguimos erre que erre, cerrando los ojos, un año y otro y otro más.

Cuando la evidencia no podía desconocerse, vino el susto y, con él, la esperanza de los supersticiosos, el rito de los simples, el recurso de los desesperados sin luces: pues votemos ahora al otro y será mano de santo. En cuanto estos del PP arreglen el desaguisado –pensamos- nos volveremos a sentir tranquilos y liberadísimos y saldremos a buscar un pobre diablo que nos represente y juegue otra vez a que somos la mar de progres, como el desgraciado aquel de la ceja.

Pero no, no hay milagros. En modo alguno. No queda margen de maniobra, no hay por dónde huir del barco que se hunde, de este barco de crucero plagado de cretinos y con capitanes borrachos. No existe escapatoria porque hasta las balsas de salvamento las hemos empeñado antes de zarpar. El gobierno de Rajoy y compañía da palos de ciegos y amnistía a los más insolidarios y depredadores de nosotros, los sacrosantos mercados vuelven a indicarnos que vamos a pique, la desgraciada Europa capta que no hay solución para nosotros, hasta el último mono, de Norte a Sur y de Este a Oeste, percibe ya lo que no se quería ver: que es imposible reconducir esta economía a patrones manejables, que el pufo es definitivo, que estamos arruinados sin remisión y que toca que las ratas salten, porque la nave no volverá a flotar.

Se nos queda esta cara porque pensábamos que con cambiar de montura electoral por una temporada las aguas volverían a su cauce y cada uno de nosotros a su vida tranquila de antes, poca labor y mucha diversión, escaso seso, pero retórica ampulosa, nulo ser y esmerado aparentar. Pues no.

Quisiera equivocarme, todos los vicios que critico los daría por buenos a cambio de no tener que ver con esta angustia el futuro de mi hija pequeña o de esos estudiantes con los que a diario trato. Desearía errar radicalmente, pero es de temer, de temer mucho, que lo peor esté por llegar y que, además, ni siquiera sospechemos todavía lo terrible que puede ser. Nos hemos acostumbrado a no pensar para no asustarnos.