17 septiembre, 2012

Cataluña: tiempo de desdichas. Por Francisco Sosa Wagner y Mercedes Fuertes

(Publicado hoy en El Mundo)

En octubre de 1934 al presidente de la Generalidad no se le ocurrió mejor idea que proclamar la independencia de Cataluña como airada protesta contra la formación de un gobierno que consideraba «fascista» pese a haber salido de las urnas. Madrid respondió enviando a Barcelona al general Batet, encarcelando al Gobierno de la Generalidad y suspendiendo el Estatuto de Autonomía. Aunque la situación actual no es la misma, no está de más recordar los métodos contundentes que gastaba una República que ciertas fuerzas progresistas, aunando candidez e ignorancia, invocan como un paraíso. El régimen monárquico constitucional actual observa modales más refinados.

Hoy, en una España en bancarrota y en llamas, con cinco millones de parados y graves problemas de credibilidad ante nuestros socios europeos, encontrarnos de nuevo con la reivindicación nacionalista catalana en su más exacerbada versión produce al espectador cierto enojo y un denso hastío. Porque constatar el empeño de algunos partidos catalanes de estar dándole indefinidamente al manubrio del bodrio arruina a cualquiera la templanza, la prudencia y probablemente el resto de las virtudes cardinales.
La novedad, en estos días, es la celebración de una manifestación reivindicando la independencia de Cataluña, apoyada por el Gobierno de la Comunidad Autónoma. No nos parece que tomar al pie de la letra esta celebración popular, crisol donde se mezclan y funden los materiales más heterogéneos, sea muy propio de democracias maduras pues en ellas conviven otros artilugios más sutiles y seguros, si de conocer la voluntad popular se trata. Dar demasiada importancia a las manifestaciones y recontar hasta la extenuación sus participantes es lo propio de la democracia «por aclamación» que patrocinaba Carl Schmitt quien acusaba al voto secreto de no ser enteramente democrático «porque transforma a los ciudadanos en sujetos aislados». Y añadía: «un grito del pueblo es suficiente para expresar un viva o un abajo, para saber si aprueba o rechaza una propuesta … el pueblo como magnitud no organizada oficialmente sólo en ciertos momentos y sólo por el camino de la aclamación es susceptible de actuar». Recordemos a algún desmemoriado que Carl Schmitt fue el jurista del régimen nazi, el único catedrático alemán de derecho público a quien no se repuso en su cátedra tras la guerra.

Pero como las fuerzas políticas están otorgando una gran importancia a lo sucedido en las calles de Barcelona, procede que, con un poco de sosiego y manejando los palillos de la argumentación jurídica, precisemos qué se puede hacer en la actual situación. Porque ya Montaigne anotó que «el Estado alberga en su seno todo tipo de accidentes y venturas y, entre ellas, el orden y el desorden, la desdicha y la dicha» y, como estamos -en efecto- en tiempo de desdichas, se impone idear ofertas para afrontarlas.

Una de ellas es convocar un referéndum, idea ante la que se disparan los interrogantes: ¿en España o sólo en el territorio catalán? Y sobre todo: ¿es deseable reducir a una pregunta simple, propia de este tipo de consultas, un asunto como éste, que supone resueltamente una quiebra rotunda de nuestro sistema constitucional? No lo parece si se tiene en cuenta además que el referéndum es, de entre los instrumentos de que disponen las democracias, el menos afinado. Probablemente por ello es también el procedimiento preferido por los dictadores.

Si, por estas razones, descartamos esta solución rudimentaria, el camino adecuado sería, a nuestro entender, el de las elecciones convocadas por el Gobierno de Cataluña. A ellas concurrirían los partidos políticos con un pronunciamiento inequívoco acerca de su postura ante la independencia de Cataluña y su conversión en un nuevo Estado. Este aspecto es muy importante y por ello no deben admitirse ni trampas ni subterfugios ni juegos de palabras, ni figura de dicción alguna … Oferta clara: sí o no a un nuevo Estado distinto del Reino de España.

El electorado habrá de participar en las elecciones de forma rotunda en cuanto a su número y a la claridad de su mensaje. A partir de ahí, podemos tener dos resultados. El primero sería que el electorado rechazara la constitución de un nuevo Estado, lo cual significaría un respaldo al sistema constitucional de 1978. El segundo consistiría en la opción por la independencia, adoptada -insistimos- por una holgada mayoría (nada de la broma del referéndum de 2006 sobre el Estatuto).

¿Cuál debería ser entonces la respuesta desde las instituciones políticas de España? A nuestro juicio, proceder a la reforma constitucional prevista en el artículo 168 que exige una primera aprobación de dos tercios de cada Cámara y la disolución inmediata de las Cortes para la constitución de unas nuevas que procederían al estudio de un texto constitucional. A su vez, éste deberá ser aprobado por mayoría de dos tercios de cada Cámara y, a continuación, se someterían todos estos trabajos meticulosos y ya democráticamente respaldados, a la ratificación de un referéndum entre todos los españoles, incluidos los residentes en Cataluña.

Este camino asegura la participación de todos los ciudadanos españoles en una delicadísima cuestión, supuesta la evidencia de que las partes no pueden por sí solas decidir acerca de la forma de su integración en el todo. Si el resultado de este iter es contrario a la independencia de Cataluña, las fuerzas políticas de esta Comunidad tendrán que aceptar este veredicto y dedicarse a solucionar, ya sin excusa alguna, los problemas de los catalanes, nada livianos, por cierto.

Si, por el contrario, el resultado fuera favorable a la independencia de ese territorio, entonces procederá, a través de las leyes, abordar, en primer lugar, los mecanismos de protección de las minorías. Téngase en cuenta que los estados europeos existentes, con su riqueza cultural y su diversidad, resultan más respetuosos con el pluralismo interno que lo sería un Estado pequeño salido de sus panzas porque éstos, precisamente para empinarse como estados, se verían obligados a construir unas «señas de identidad», sobre todo de índole lingüística y cultural, impulsadas por las élites políticas, que el Estado grande puede permitirse el lujo de orillar. El segundo asunto a resolver sería el finiquito, que es el «remate de las cuentas, o certificación que se da para constancia de que están ajustadas y satisfecho el alcance que resulta de ellas» (DRAE). Ahí aparecerían infraestructuras, aranceles proteccionistas, traslado de instituciones españolas y otros renglones del más subido interés.

Y quedaría para el flamante Estado una aventura excitante: la de solicitar su ingreso en la OTAN y en la Unión Europea así como resolver el problema de la moneda a adoptar pues para ingresar en la zona euro se exigen unos requisitos de contención del déficit público y de la deuda que no cumple la actual Cataluña.

Pero, en fin, estas son las emociones a vivir por quienes insisten en la actitud de los persas que Montaigne nos describe: «La naturaleza nos echó a este suelo libres y desatados y nosotros nos aprisionamos en determinados recintos como los reyes de Persia que se imponían la obligación de no beber otra agua que la del río Choaspes renunciando por torpeza a su derecho a servirse de todas las demás aguas». O, dicho de otro modo, renunciando a disfrutar de la alta claridad de la solidaridad.

Francisco Sosa Wagner es catedrático de Derecho Administrativo y eurodiputado de UPyD. Mercedes Fuertes es catedrática de Derecho Administrativo

16 septiembre, 2012

Aviso sobre recomendaciones

Por mi honor prometo que la próxima vez que alguien me llame o llame a mi mujer para recomendar el aprobado de algún alumno mío o suyo, saco aquí mismo los datos completos del recomendado y el recomendante. Es el último aviso. 
¡Asco de país, demonios!

15 septiembre, 2012

Universidad y empresa. Y un par de huevos duros.


                El otro día, en uno de esos eventos inverosímiles a los que uno concurre por ahí, coincidí, en la cena, con unos cuantos colegas de varias universidades del país. Al hablar de lo de siempre, alguien volvió a sacar el topicazo de que uno de los grandes problemas de la universidad española está en que no prepara a sus titulados para que rindan adecuadamente en las empresas, por lo que habría que dar a nuestros estudiantes la formación que las empresas requieren, y eso exige que preguntemos a las empresas qué necesitan y cómo lo hacemos. Precioso y muy original.

                Yo repliqué que, puesto que enseño en León, convendrá tal vez que a mis estudiantes de Derecho los adiestremos sobre distintas maneras de ser empleado mileurista hasta los cuarenta, o sobre estrategias para ayudar a los patronos a corromper concejales, en el modo de evadir impuestos con impunidad o sobre artimañas para conseguir ayudas oficiales para una producción de pega, y así. Me miraron raro mis interlocutores, lo que me obligó a explicarme mejor y preguntarles, antes que nada, qué clase de empresas suponen ellos que abundan en León y en tantas ciudades con campus universitario. Me pareció que no lo sabían, y se lo aclaré un poco más: pues la inmensa mayoría de las llamadas empresas son chiringuitos regidos por pícaros, que no tienen más interés que coger algo de pasta y salir corriendo, que explotan vilmente a su personal, empezando por el académicamente más cualificado. Y que los primeros que no tienen ni remota idea de cómo llevar en condiciones una empresa son los mismos empresarios (perdón, quise decir emprendedores) y que el ideal empresarial más común correspondía a la promotora inmobiliaria en manos de algún aspirante a presidir una caja de ahorros para acabar de forrarse sin producir nada digno. ¿Qué tipo de empleado con título universitario conviene más, por tanto, a la empresa de pillos recién llegados de la braña y con un espíritu más delictivo que productivo? ¿Podemos preguntar a esos empresarios qué les hace falta y organizar la enseñanza universitaria en función de sus consejos de mafiosillos parroquiales y horteras sin luces?

                Habrá de todo, por supuesto. Pero es que de empresarios que no merezcan calificativo cercano al Código Penal yo tengo escasa noticia por estos pagos. Y, desde luego, no estoy hablando del pequeño autónomo con seis o siete trabajadores, quien, por su entidad y por mucho que sea esforzado y digno, tampoco parece el más adecuado para ilustrarnos acerca de lo que hemos de enseñar a ingenieros, economistas, juristas o biólogos. ¿O convidamos a unos cuantos directores de sucursal bancaria para que nos asesoren y, en cuanto acabamos la reunión, salimos a manifestarnos contra los bancos y a protestar porque nos han colocado unas cuantas preferentes mediante maniobras cercanas al timo de la estampita?

                Si hubiera de verdad empresas y empresarios, podría tener algo de sentido ese pretendido noviazgo entre universidad y empresa. Pero, francamente, no veo que se dé la primera condición. ¿Y si atendemos nada más que a las grandes firmas, tipo Telefónica o algún banco postinero? A lo mejor nos hacen ver que debemos adiestrar a nuestros alumnos sobre cómo ligarse a una infanta o cómo pasar por la política con mañas de choricete. Pues ¿no están Urdangarín y Zaplana, junto a tantísimos más, entre los más brillantes cuadros de Telefónica? ¡Anda ya!, a otro perro con ese hueso de las relaciones universidad y empresa y de la sumisión de la primera a la segunda. Lo que mis colegas de facultad y yo tenemos que mostrar a nuestros estudiantes es la manera para que, cuando sean fiscales o jueces, empapelen sin temblores a urdangarines y zaplanas, a los directivos de bancos que estafan a sus clientes, a los alcaldes que recalifican a comisión, a los constructores que destruyen bosques o destrozan paisajes y a los politicastros que arruinan cajas de ahorros. Nuestras empresas están para que las pasemos por la guillotina y luego, si acaso, empezamos a tratar de cómo hacer otras serias, decentes, productivas y socialmente útiles.

                Les voy a contar un asuntillo que me toca muy de cerca, y luego me dicen si aquí tenemos empresas o puticlubs. He estado estos días con mi hijo, que no llega a los treinta. Narraré algo de lo que me ha contado ahora y durante los últimos meses, llenándome de asombro y envidiando, ahí sí, a algunas empresas extranjeras. Porque, por cierto, aquí, al parecer, no formamos a los jóvenes para que se desempeñen bien en las empresas que los contraten, pero resulta que nuestros estudiantes más brillantes acaban siendo fichados por empresas alemanas, canadienses, estadounidenses o suecas. ¿Estarán tontos los empresarios de esos países y no se darán cuenta de que esos chavales que exportamos carecen de las adecuadas competencias, habilidades y destrezas para hacer felices a los grandes centros productivos del mundo?

                Mi hijo lleva dese los veintidós años fuera de España y un par de años en Estados Unidos, en California. Acaba de ser contratado por una de las tres o cuatro empresas mundiales más importantes y enormes en su campo, el de la informática. Los detalles que paso a exponer nos servirán para que comparemos con lo que por aquí se estila y para que nos preguntemos si aquí fallan los jóvenes, los empresarios o el sistema social entero.

                Quise saber cómo había sido su primer contacto con esa empresa tremenda que ahora lo acoge. Me dijo que porque lo había recomendado un conocido o colega suyo que ya trabajaba ahí. ¿Y eso? Pues resulta que es la vía normal de acceso. El que ya está dentro pone a la división de personal en la pista del amigo o conocido suyo que puede resultar un buen fichaje. Sólo con eso y luego de seguir rastros en intenet, al así presentado lo llaman para hacerle unas pruebas bien serias. Si acaban contratándolo, ese mediador se lleva una prima de diez mil dólares. Imagino que si comprueban en la empresa que su empleado les quería colar un paquete, perderá algo de su crédito. Sea como sea, ante ese incentivo, convendrá más presentar a un candidato competente que a un cuñado que se quedó en el paro y que, pobrecito, es muy buena gente y tiene tres hijos, criterio que entre nosotros tendría prioridad absoluta. Las primas que por aquí se estilan son primas carnales.

                Llamaron a mi chaval por teléfono y concertaron con él una prueba, dándole amplio margen para elegir el momento y, si quería, prepararse para la ocasión. Llegó el día. A las nueve de la mañana apareció el primer entrevistador y le planteó un problema técnico, para que lo resolviera. No para que encontrara la solución, sino para que fuera explicando cómo la buscaba, para verlo razonar en vivo y comprobar su pericia a base de dialogar. Una hora duró esa prueba primera. Después, otra hora con otro, otra con otro, otra con otro. Una pausa de una horita para la comida, y por la tarde llegaron más. Un día entero sometido a ese tercer grado. Todo ello en inglés, claro, aunque sus examinadores eran en su mayoría chinos o indios de la India.

                Terminada esa jornada, con el agotamiento imaginable, le dijeron que ya lo llamarían para contarle el resultado. A las tres o cuatro semanas llegó esa llamada telefónica. En ese momento viajaba a España para pasar aquí unos días, pues era Navidad. Se hallaba en pleno trasbordo, embarcando en un avión, creo que en Detroit o sitio más raro. Que no se preocupara, que volverían a llamarlo al día siguiente, pero que le tenían buenas noticias. Cumplieron y, ya con más calma, le contaron que querían contratarlo y que tocaba negociar el sueldo con la división de personal. La primera oferta ya resultaba mareante, y la aceptó. Hecho. Por esos días vino a mi casa y lo veía encerrarse largos ratos, pues cada poco lo llamaban los californianos. Que qué pasa, le preguntaba yo, por qué te persiguen tanto. Ahora telefoneaban los distintos jefes de grupo o directores de sección, cada uno de los cuales le exponía el trabajo o proyecto en el que ese grupo o sección andaba, a ver cuál lo convencía para quedarse con ellos.

                No hace falta que aclare yo cuán grande era mi sorpresa (más mi orgullo, claro, pero ahora no hablamos de eso, aunque eso se me tenga que notar), ya que me preguntaba sin parar si ese proceso sería similar si se tratara de alguna empresa española. Pero a mi perplejidad todavía le faltaban varios capítulos, y a ellos vamos.

                Como tiene que trasladarse del lugar en que vivía, San Francisco, a una ciudad a unos pocos kilómetros, le dijeron que ellos lo ayudaban en el asunto de la búsqueda de casa. ¿Cómo será esa ayuda? Por lo pronto, le dan tres meses de residencia a su costa, a costa de la empresa. ¿Dónde? En una urbanización de superlujo, un lugar para altos ejecutivos, pijo del todo. Increíble. ¿Y para después? Para después ya hay que buscar sitio por cuenta de él, pero, ojo, le ponen a una empleada, una especie de secretaria, para que se encargue de ese trámite. Él nada más que tiene que indicarle a ella en qué zona quiere la casa, de qué características y con qué precio de alquiler. Le buscan unas cuantas así y se las enseñan para que elija. No quieren que pierda ni tiempo ni energías en tales labores.

                Pero saben que es español e imaginan que por aquí tendrá cosas que quiera llevarse para allá. Así que la llamada siguiente es de una empresa de mudanzas internacionales. Que les diga en qué fecha y lugar de España pueden encontrarse con él para que les muestre lo que deben trasladar. ¿Trasladar? Sí, ellos lo embalan, lo llevan, lo almacenan hasta que él tenga su nueva vivienda y se lo ponen en ella cuando corresponda. ¿Qué es lo que se puede trasladar así? Lo que sea, incluso si tenía en España una casa entera, con sus muebles y cualesquiera enseres. Por cierto, si tiene coche aquí, también se lo transportan a Califormia ¿Y quién paga todo eso? La empresa que lo acaba de contratar y con la que todavía no ha empezado a trabajar.

                Continué con mi interrogatorio, preguntándole ahora por cuántos años lo contratan, ya que tanto se esmeran. Contestación: en el contrato está clarito que ellos pueden echarlo cuando quieran y él puede irse cuando le dé la gana, con un pequeño preaviso como única condición. O sea, ¿no te tienen un año o dos a prueba con un sueldo mísero y en pompa? No. ¿No te amarran fuertemente, ya que tanto desembolso hacen de mano contigo? No. O sí, pero de otra manera. ¿Cuál? Pues, aparte del sueldo, le asignan una serie de incentivos que van aumentando cuanto más tiempo trabaje allí y le dan otro pastón en forma de acciones de la compañía, acciones que solo puede vender pasados cinco años y si continúa en la empresa.

                Para que no sea todo hablar de mi retoño y su buena estrella, miren lo que me contó el otro día mi peluquero. Tiene un hijo que estudió Enfermería y que llevaba dos o tres años trabajando en un hospital de una ciudad del Norte de España. Habla inglés, claro, siempre hay que empezar por ahí. Envió el muchacho su currículum a varios hospitales británicos y de uno de él lo llamaron. Que querían hacerle una entrevista y que, por tanto (¡?), le pagaban un billete de avión para ese encuentro. La entrevista salió a pedir de boca y le dijeron que para darle el sí definitivo solo faltaba un pequeño trámite y que ya lo avisarían. ¿Pequeño trámite? A los pocos días, en el hospital español en el que él trabajaba se presentó un delegado del hospital inglés con un cuestionario para la dirección y los jefes del chico, cuestionario en el que se les pedía que evaluaran sus aptitudes y su trabajo. Como también en eso salió bien parado, ya está haciendo las maletas para empezar su nueva vida profesional, ni que decir tiene que con mejor salario. Pero fijémonos: billete de avión para la entrevista, delegado del hospital al que mandan para acá a investigar sobre el candidato, sueldo decente desde el primer momento… Y ningún llanto en las instituciones españolas o de nuestras autoridades sanitarias porque nos arrebaten al joven y muy competente enfermero. A lo mejor hasta estudió con beca en España. Es nuestra manera peculiar de ayudar al desarrollo; al de otros países más ricos que el nuestro, claro.

                Regresemos a la cuestión inicial, una vez expuesto el caso, pero sin perder de vista que ese trato no es único para mi hijo, sino el que aplican a todos cuantos allá incorporan para esos menesteres propios de la empresa, como personal de alto nivel. ¿Son muchos? Sí, son miles, y son gentes de todas las partes del mundo. ¿No es requisito ser de allí, tener el inglés como lengua nativa o ser sobrino de algún gerente? No. Pues vaya, son raros de verdad por esos mundos. Aquí no ocurriría, Dios nos libre.

                Mi hijo estudió en la Universidad de Oviedo, con un año de Erasmus en Dinamarca. Pues algo no cuadra, porque los estudiantes españoles no salen con la debida preparación para que las empresas los acojan. Claro que no, no sirven, al parecer, para las sublimes y muy ejemplares empresas españolas. Ah, caramba, será eso.

                Ay, las empresas españolas, y las instituciones españolas. Ay, la universidad española. Nuestros problemas no están en la materia prima, no es que no haya aquí montones de estudiantes capaces y unos miles de profesores de primera. Nuestros problemas son estructurales y tienen que ver con nuestra condición de sociedad un tanto primitiva, tribal, corrupta y mafiosilla. Lo ilustraré con otra sorprendente historia.

                 Cuando mi hijo hacía su carrera, despotricaba sin misericordia contra la mayoría de sus profesores. No era él un estudiante excepcional, de los que nunca suspenden o sacan nada más que sobresalientes, para nada. Pero quería aprender y tenía una vocación tremenda y una curiosidad infinita en su materia, la informática. Así que él, y otros también, se armaba de libros y estudiaba por su cuenta. Con lo cual, obvio, enseguida descubría cuando el profesor estaba dando gato por liebre o no dominaba su materia. Los profesores por ese motivo interpelados echaban balones fuera, rogaban que no se les interrumpiera o, como máximo, prometían que para el próximo curso revisarían el manual y corregirían errores.

                También había buenos profesores y, en particular, mi hijo siempre me hablaba de uno al que consideraba un genio absoluto y al que admiraba tremendamente. ¿Y cómo le va a ese profesor?, inquiría yo. Fatal, es contratado y están a punto de no renovarle el contrato porque es poco dócil y molesta que sus clases se llenen. Rarísimo, ¿verdad? Cuando mi hijo trabajaba en Ginebra y el profesor aquel seguía en posición inestable y con toda vía de ascenso universitario bloqueada, le preguntaron a mi hijo si no conocía por esos mundos a alguien que fuera muy competente en no sé qué especialidad. Los puso en contacto con su antiguo profesor, se lo llevaron allá, lo contrataron y ahora, pocos años después, allí sigue, magníficamente tratado, ascendiendo y con un fabuloso contrato. Y un marciano se preguntaría si no lamenta la universidad española, o la asturiana al menos, haber perdido a un docente de ese calibre y a un investigador con semejante capacidad. Bien sabemos la respuesta. La respuesta es no, un no rotundo. Bueno, serán problemas y celos en el gremio universitario, pero el marciano (o el norteamericano) podría seguir con su interrogatorio: ¿no captaron los cazatalentos al servicio de las empresas españolas la valía de tal sujeto o la de mi hijo o la de los cientos de titulados de esa misma facultad que acabaron en las mejores empresas mundiales del ramo? Miren cómo son los marcianos, qué simpáticos y qué atontados. ¿Cazatalentos? ¿Empresas españolas batiéndose para llevarse a los mejores? Oiga, marcianito, usted en qué país vive. Sí, en otro planta, bien se nota.

                Universidad y empresa, esa matraca tiene aquí una gracia que no se puede aguantar. Por regla general, y con las excepciones de rigor, a nuestras universidades y a nuestras empresas el talento de los universitarios españoles les importa tanto como una óptica a un topo o el sexo en pareja a un caracol. Así que dejémonos de cuentos de una maldita vez y, al menos, atrevámonos a mirar de frente nuestra cutre realidad. No hay terapia efectiva sin un previo diagnóstico certero. Es lo que hay, y punto, y lo que hay no se mejora a base de milongas sobre la colaboración entre universidades y empresas. Que viene a ser, en esta chistosa nación de naciones, como si colaboraran Al Capone y sus asesores fiscales.

12 septiembre, 2012

Teoría del ni-ni



                No hace mucho, este verano, le preguntaba yo a un chaval de mi familia política que qué había sido de Fulano, uno de su edad que vive cerca y con el que a menudo lo veía antes. No hace nada, me respondió. ¿Quieres decir que no estudia? No, añadió, ni estudia ni trabaja. ¿Y a qué se dedica, entonces? A nada, está en casa tranquilamente. ¿Y sale, se divierte, va de vacaciones…?, seguí yo, para redondearme la idea. Sí, me dijo, eso sí, vive muy bien y muy a gusto.

                Ayer comentaban los medios unas estadísticas que indican que somos, en España, el país con una tasa más alta de jóvenes que ni estudian nada ni trabajan en cosa alguna, cero actividad. Parece que batimos marcas en semejante ranking. Mira, otra razón para estar orgullosos y tenernos por los mejores.

                Supongo que, entre los así señalados, habrá jóvenes que buscan empleo y no lo encuentran, que a lo mejor hasta estaban dispuestos a laborar en muchas cosas, si algo les saliera. A esos no me referiré aquí. Pero de los otros, de los vocacionales del nirvana y el dolce far niente, que también hay, voy a sostener una hipótesis para cuya ratificación necesitaría respaldo de historiadores y antropólogos. Mantengo que esa variante de clase o grupo social ocioso es un producto genuinamente propio de esta cultura, mentalidad o modo de vida de hoy, que en España adquiere tonos particulares y posiblemente más intensos.

                A riesgo de ser pesadísimo, empiezo otra vez por mi pueblo y mis tiempos de niño. En Ruedes, el concepto de no hacer nada no se manejaba, no era parte de nuestro horizonte vital. Había gente más laboriosa o con más pereza, como en todo lugar, pero no hacer nada era imposible, no cabía andarse mano sobre mano todo el día o alimentarle los hongos al sofá (tampoco había sofás, eso es cierto) como dedicación única y primordial. ¿Por qué? Porque un individuo tal se habría muerto de hambre. ¿Y si era un hijo de familia? Pues habría acabado de patitas en la calle (en la caleya) y con un pie marcado en las posaderas. Sencillamente. De jovenzuelos y allá, sabíamos que las alternativas eran únicamente dos: estudiar o trabajar. De  la tercera, de la pasiva con recochineo, no se tenía noticia. Nadie, ningún padre ni la comunidad como tal, estaba con ánimo y disposición para adoptar y alimentar parásitos. Pues de parásitos estamos hablando al referirnos al quieto indiferente que, además, no se plantea privarse de sus copichuelas, de su ocio agradable y de su móvil de última generación.

                Cierto que el ocioso ha existido siempre, como miembro de determinados grupos y clases sociales. Pero dos precisiones han de añadirse de inmediato. Una, que generalmente se trataba de gente rica, con fortuna familiar y heredada. Lo nuevo de estos tiempos que corren es que se puede ser un joven ni-ni aunque en casa no haya mucho dinero o sobreviva la familia a trancas y barrancas y cargada de hipotecas. Lo segundo es que jamás se decía ni se asumía eso de no hacer nada, nada útil o con vistas al futuro. El pudiente con tiempo abundante se disfrazaba de administrador de su fortuna y su patrimonio, por ejemplo. Y algunas personas, condenadas a la espera y colocadas en un papel fuertemente pasivo, se estaban preparando para asumir el destino socialmente impuesto. Así, la joven casadera aprendía a bordar o a cocinar o a cuidar niños, para estar en condición de asumir las labores familiares dictadas por la sociedad patriarcal.

                Tampoco en otras culturas me consta -a lo mejor yerro en esto- que se haya dado esa figura del que a posta ni hace ni intenta hacer. Cada cual tiene y tenía su función, fuera la de unos cazar, gobernar la de otros o atender el huerto o cuidar de los niños. La menor sanción que espera al que a nada se aplica porque nada le apetece es el ostracismo, acompañado de hambre, en el mejor de los casos. Nada de protección, mimo, alimento por la cara o familiar conmiseración.

                Así pues, y si estoy encaminado con esta hipótesis, nos hallamos ante un fenómeno novedoso y muy peculiar, para el que habría que buscar explicación. ¿Qué ha hecho que entre nosotros aparezcan esos “ni-nis” voluntarios y que sobrevivan tan campantes y hasta vivan estupendamente? Será una suma de factores y circunstancias, aventuremos sobre algunos.

                El modelo social positivo del ciudadano activo ha sido reemplazado. La aspiración primera de mucha gente hoy, la pauta ideal socialmente difundida no es la de hacerse haciendo, sino la de ser y estar sin hacer. Los más envidiados son los que viven del cuento, de los demás o del Estado, que viene a ser lo mismo. Quién no ha comentado alguna vez que qué suerte la de ese que se prejubila con cincuenta años y una buena pensión. En la urbanización donde resido hay varios así, a quienes, por supuesto, personalmente de nada culpo. Se les ve dando largos paseos, leyendo a cualquier hora el periódico en el jardín, todavía jóvenes, al fin, y bien despreocupados. No ha de chocarnos que algún hijo nuestro los contemple igualmente y decida ser como ellos, aunque de inmediato, con dieciocho años o veinte, y sin el correspondiente periodo previo de cotización a la Seguridad Social. Entiéndaseme, no acuso a los prejubilados que traigo como ejemplo, sino a la envidia que les tenemos y a la admiración irreflexiva con que comentamos su situación, hasta en presencia de los pequeños. En mi aldea, antes, habrían dicho que qué gente tan desgraciada, que cuánto se aburrirá y que cómo no se les ocurrirá tener al menos un par de vacas o una buena huerta para entretenerse y para hacer algo útil.

                No sería raro tampoco que influyera una perversa síntesis entre compasión mal entendida y cultura que abomina del esfuerzo. En eso también corrijo siempre que puedo a quien deja caer determinadas cosas delante de mi hija de cinco años. Por ejemplo, es muy común que cualquier amigo o pariente le diga a ella eso de que qué pena que se acaban las vacaciones y que vas a tener que empezar a ir al colegio y a madrugar. Ahí me tienen a mí, saltando de inmediato, para explicar que madrugar es interesante, para que el día tenga más horas, y que estudiar en el colegio no es castigo, tortura ni desgracia, sino maravilla divertida y que en el futuro servirá para saber muchas cosas y tener un buen trabajo. ¿Y lo que captan los críos cuando les soltamos eso de pobrecito, cuantísimo tiene que estudiar o que por qué les exigen tanto en los exámenes? ¿Y cuando está la criatura con sus libros y dándose al estudio y llega la tía despistada o el abuelo fatídico y le casca aquello de que cómo no se cansa de estudiar y que si no preferiría jugar un rato al fútbol o con las videoconsola? A mí el que me da una pena horrible, horrible, no es el joven que estudia fuerte o el mayor que trabaja de sol a sol -en condiciones no inicuas, por supuesto-, sino el que, por vocación, se pasa las horas y los días ante el televisor o tumbado al sol o rascándose las corvas por las esquinas. Ese sí es un desgraciado de campeonato y un animalillo al que la vida le pasa por encima sin enterarse.

                Es de una lógica aplastante: desde niño ha oído lo de pobrecito y qué faena ir al cole, y que no atosigues al niño pidiéndole que ayude a recoger la mesa, que estará agotado, y que malditos los profesores que piden estudio o los patronos que te dicen que no cobras si no trabajas, y que no te preocupes, corazón, que la play-station te le voy a comprar aunque suspendas y no quieras ayudarme en el taller o a hacer las camas…; así que, un día, ese joven se dice a sí mismo que va a conseguir que dejen de compadecerlo por esforzado y que hará felices a los que lo rodean, quienes ya podrán quedarse tranquilos al verlo levantarse a las tantas y sin labores que lo fatiguen. Deja de estudiar, deja de trabajar y… a ver cómo esa familia le cuenta ahora que el trabajo es conveniente o el estudio necesario. Podría él alegar, sin mayor incongruencia, que se abandona al ocio y la inacción precisamente para hacerlos a ellos dichosos al contemplarlo así, descansado, y para que no sufran más.

                La generación” ni-ni”, o al menos esa parte de ellos que voluntariamente están sin trabajar ni intentarlo y sin estudiar nada, es evidente resultado de las generaciones nuestras, la de sus padres, la generación que podríamos llamar NPI, ni puñetera idea. Salen de nuestros temores, de nuestros complejos, de nuestra inconsistencia ideológica, de nuestros fatales modelos, de nuestra propia condición de comodones y quejicas, de nuestro estilo de tramposillos, de la picaresca que ante nuestros mismísimos hijos exhibimos cuando nos montamos la baja laboral con truco o el escaqueo consumado y con guasa.

                Me adelanto a la previsible objeción, la de que puede haber padres que no se atienen a ese modelo y a los que, con todo, les aparece un vástago con alevosa zanganería. De acuerdo, pues la responsabilidad no es estrictamente individual, sino grupal, y el mal no está en esta o aquella casa, sino en el ambiente. Pero aquí me hago y hago la pregunta decisiva: si a usted le ocurre eso con un hijo, ¿qué haría o qué cree que se debe hacer? Yo lo tengo claro y con claridad lo canto, aun a riesgo de que me parte un rayo o me tenga que tragar un día mis palabras: patadita en la retaguardia y a volar, corazón, a tomar vientos. Cada palo aguanta su vela y cada perrillo se lame su culillo. Hijos incluidos. Como ha sido toda la vida y en todas partes, menos aquí y ahora, entre nosotros, que nos queremos tanto.

11 septiembre, 2012

Humanos y animales


                La de hoy es una de esas ocasiones en las que me apetece reflexionar un poquito sobre un tema, pero no sé muy bien qué pensar o qué decir. Tengo más sensaciones que tesis para defender.  Se trata de nuestra relación con los animales. A ver si, al menos, expongo el galimatías que hay en mi cabeza.

                Me crié en el campo, y allá la relación con los animales es compleja y aparentemente contradictoria. Por un lado, algunas bestezuelas son como de la familia, muy queridas. Puede pasar con los perros, los gatos y, en mi tiempo y mi lugar, las vacas y hasta los asnos. Con otros animales la relación era más fría, digamos, más distante y de menor apego. Tal sucedía con las gallinas y los conejos, seres, por cierto, bastante más tontorrones. En tercer lugar, con algunos bichos no había compasión ni el más mínimo afecto, como era el caso de los zorros –y mira que son bonitos los zorros, o raposos, como decimos en Asturias-, las aves rapaces, los ratones, los topos y todos cuantos con el hombre compiten por el alimento o dañan y representan una amenaza para algunos de los bienes que se estiman. La relación, pues, tenía un condicionamiento claramente funcional y utilitario. El animal dañino, o que así se consideraba, era un enemigo al que no se daba tregua. Lo mismo que si el doméstico se pervertía y, por ejemplo, un perro mataba gallinas o un gato se comía los conejos recién nacidos, cosa que significaba sentencia de muerte inapelable.

                Esa condición instrumental o utilitaria hacía también que ciertos animales, simpáticos o no, tuvieran que ser sacrificados. No se podía permitir que cada camada de gatos sobreviviera, y recuerdo que en mi casa siempre era un problema decidir quién mataba a los gatitos recién nacidos. Alguna vez, incluso en mi infancia y adolescencia, me tocó a mí el papel de verdugo y les procuraba una muerte limpia y rápida, comido por dentro por la pena.

                Ya estará algún alma tan sensible como urbana alarmándose ante tamaña crueldad. Pero permítanme explicar que en aquel sistema de vida campesina, de apreturas económicas y casi de lucha diaria por el pan y la supervivencia, había lujos que nadie se podía permitir, la vida y la muerte de los animales era parte del guión cotidiano y servidumbre insoslayable. No cabía ser modestos ganaderos y, al tiempo, defensores a ultranza del derecho de todo animal a la vida, o vegetariano radical, incluso. En el modo de vida tradicional que muchos enamorados de la naturaleza añoran desde la artificiosidad urbana y la inexperiencia, la muerte de muchos seres y su deliberado sacrificio era parte de la evidencia incontestable. La vaca que ya no daba leche o no paría buenas crías debía ser vendida a los carniceros y convertida en chorizos, en lugar de asignarle un retiro con pensión o una residencia para la tercera edad bovina. Más aun, todo animal, querido o no, era una boca y una competencia, y el que no hacía su trabajo perdía su derecho, como el perro que no guardaba la casa o el gato que no cazaba ratones.

                Cuanto acabo de describir era lo “natural” y tenía una aplastante lógica económica y hasta de supervivencia, insisto. Lo que no quita para que en tales medios también se apreciaran considerables diferencias en cuanto a sensibilidad de las personas. En mi casa, a ninguno nos gustaba nada matar bichos y siempre sufríamos. Pero alguien debía hacerlo y se repartían los papeles. Si de sacrificar una gallina o el gallo para la comida festiva se trataba, era cosa de mi madre, que también se encargaba de los conejos. Los perros y gatos nos los repartíamos mi padre y yo. A veces, sí, hasta llorábamos un poco, o casi. Recuerdo el mal trago que aguanté cuando, solo en la casería, descubrí a un par de gatos adultos matando conejitos. Tomé la escopeta de mi padre y acabó cada uno con un tiro. No había alternativa.

                Otra gente creo que hasta disfrutaba o, al menos, nada sentía. Auténticos malnacidos eran los que ejecutaban perros en la horca o echaban los gatitos al agua, para que muriesen ahogados. Siempre desprecié a esos sujetos, me daban y me dan muy mala espina. Esa parte es la que no se justifica con ninguno de los argumentos que antes he expuesto, la crueldad es perversión adicional y obedece a otros móviles o expresa otros talantes no precisamente sanos.

                Dirán que por qué traigo hoy este tema a colación. Pues porque, ante la pequeña Elsa, me planteo muchas veces cuál es la actitud correcta y qué ejemplos darle. Suelo ser objeto de familiar vilipendio cuando en casa entra una araña grande, mismamente, y en lugar de aplastarla, la recojo con esmero y me la llevo al jardín. No quiero que Elsa aprenda a matar sin ton ni son ni que tome manía a animal ninguno. Tampoco me apetece nada que se le inculque aquel viejo mito de que somos, los humanos, los reyes de la creación y soberanos absolutos sobre la naturaleza y sus seres.

                Pero miren lo que me pasó hace unos días. Estábamos comiendo en el porche y resulta que en León hay esta temporada una auténtica plaga de avispas. Aparecieron cinco o seis y comenzaron los gritos de varios de los presentes, sobre eso algo diré después. Con unos vasos atrapamos algunas y yo no quería matarlas, lo que dio pie a extrañezas y alguna burla. Maldición, pero un rato después una avispa picó a Elsa, y al día siguiente la picó otra más. Pues ahora le digo que no pasa nada si las mata o las mato, ya que sí tenemos una razón para ello.

                Si nos elevamos un poco, de la anécdota biográfica o cotidiana a lo modestamente sociológico, diré que hay un fenómeno que me parece extraordinariamente significativo de la evolución que hemos tenido en este país de nuestros dolores. Aquí, quien más y quien menos proviene del campo y de cerca de la miseria y allá tuvo sus abuelos o sus padres o allí se crió, entre ratas, avispas, culebras y lo que se terciara. Pero, ahora, muchos de los que así vivieron o tal origen tienen se suben sobre una silla si aparece un ratón, gritan con terror si llega una avispa o se alarman estrepitosamente ante la presencia de una modestísima araña. ¿Será para tanto? A lo mejor es porque el ser humano se adapta fácilmente a las nuevas formas de vida y echa en saco roto experiencias anteriores menos gratas o lustrosas. Puede ser. Pero a mí me parece que, aunque sea por vía inconsciente más que nada, es una cuestión de estatus. Queda bien y muy fino, porque niega los orígenes en la dehesa y la genealogía chabacana, el fingirse o genuinamente sentirse espantado ante el más humilde bichito. En los palacios y caserones nobiliarios no debían de abundar, se supone, y quedamos como marqueses al hacernos los horripilados, finísimos del todo. Porque no me digan que nos amenaza de muerte la carrera de un ratoncito o que nos puede llevar al hospital una picadura de araña leonesa, precisamente.

                Regresemos a lo de las sensibilidades. Eso es lo que a Elsa le quiero inculcar, una sensibilidad razonable, o una razonabilidad sensible. Ni poses y posturitas de pijillo urbanícola ni aquella crueldad amarga del campesino castellano que retratara Machado. O sea, que no pasa nada por acabar con la avispa que la amenaza con su aguijón y legítimamente la asusta un poco, pero que a cuento de qué pisotear a posta un caracol que a nadie molesta y que va a lo suyo y a su ritmo. Que los pájaros más preciosos son los que vuelan libres, que los peces más hermosos son los que nadan en alta mar o en el río, no los de la pecera o el acuario. Que una cosa es comer carne, si le gusta y le apetece, y otra, bien diferente, divertirse torturando una lagartija o disparándole a un gorrión.

                Nunca me ha dado por meterme en el tema de los derechos de los animales, tan de moda, pero concedo que, dentro de unos márgenes razonables, tiene su interés y su razón de ser. Lo que a veces discuto con los cercanos es qué nos lleva a matar seres vivos cuando no es por defensa, por supervivencia o por economía, incluso. Volvamos a un ejemplo cualquiera, el del caracol que vemos cruzando un camino o el de la araña que encontramos en nuestro jardín. Hay dos tipos de personas, dos, con pocos términos medios. Está, por un lado, el que de inmediato los destripa, hasta con una mueca de placer, ejecutor vocacional y feliz. Por otro, el que prefiere dejarlos tranquilos o contemplarlos en su feliz transcurrir, sin agresividad ni pensar que compiten con nosotros en la lucha por el espacio o la vida. También, extremándose un poco, podríamos hacer este otro test: si usted va conduciendo y en la carretera y ante su coche aparece un conejo y usted tiene margen de maniobra segura tanto para evitarlo como para atropellarlo, ¿qué hace? Los hay que se lo cargan y se quedan felicísimos con la hazaña.

                Cuando a alguno de aquellos le preguntamos qué razón tiene para llevárselos por delante, suele mirarnos con cara de perplejidad, como si le estuviéramos interrogando sobre lo más obvio o lo que no admitiera discusión que merezca la pena. Me choca bastante. Y conste que no me refiero a las personas con fobias auténticas a este o aquel bichillo, sino al que se controla perfectamente y, aun así, prefiere matar porque sí. Es lo que no quiero para mi hija, sencillamente. Porque una persona vital y sana gusta de la vida y la estima en lo que vale y en todos sus planos y manifestaciones, aunque pueda entender la lucha por la supervivencia entre los seres vivos, humanos incluidos. Pero entre aceptar muertes justificadas y refocilarse matando hay un largo trecho y muchos matices importantes.

09 septiembre, 2012

Sexo libre


                Es un eterno retorno, cada tanto aparecen los fanáticos represores y reprimidos y solicitan la lapidación de quien hace con su cuerpo y con sus órganos sexuales lo que le da la real gana y sin dañar ni perjudicar para nada ni a la sociedad ni al interés general ni a cosa ninguna que colectivamente nos pueda importar, salvo que seamos de esos tarados que piensan que si la gente se masturba la sociedad enferma y se le seca el PIB o se le dispara la inflación. Tarugos siempre ha de haber, claro, y ceporros e inquisidores y resentidos e impotentes que no administran bien su propia inanidad. Pero no basta defender el derecho a la intimidad de cada cual o insistir, sin más, en que la práctica sexual en privado forma parte de la vida privada, precisamente, y no hay por qué meterse a hurgar ahí ni a comentar; y a insultar y poner reglas, menos. Está bien esto, pero conviene que la reflexión sea algo más profunda y que no nos quedemos en la bienintencionada mención de algunos derechos o algunos tópicos de un liberalismo que, luego, resulta que no tenemos completamente incorporado a nuestros juicios y nuestra vida.

                Supóngase que un señor o señora gusta de tocarse los pies mientras ve la tele o es aficionado a ducharse con un gel de algas. ¿Algún problema? Diríamos que no, que está en lo suyo y bien hace si tales cosas le agradan. ¿Y si se toma unas fotos mientras se refrota el dedo gordo de la extremidad inferior derecha? Tampoco vemos objeción. ¿Y si le regala esa foto a un amigo suyo? Lo mismo. Bueno, pues ahora pongamos que ese señor o esa señora se masturban de vez en cuando. Oh, cielos, más de cuatro ya se ponen nerviosos. ¿Masturbación? Vade retro. Si se trata de un varón, pase; pero una dama como es debido no se entrega a tales vicios, pensarán más de cuatro. Con lo que llegamos al primer elemento constitutivo de una sociedad de represores meapilas, la convicción, difusa y que aún se mantiene, de que, en lo que toque al sexo, la mujer es y tiene que ser, por definición, más pura, etérea, ajena al placer no reglado y sometida a las normas sociales que tratan de controlarlo.

                Si esa persona, y en particular esa mujer, se saca unas fotos o se graba en pleno afán autoerótico, para qué queremos más, eso ya se tilda de perversión incurable. Y qué escándalo si osa entregarle el documento gráfico a alguien de su confianza, de su afecto o con quien también comparte momentos de disfrute carnal. Si es al cónyuge, malo; si es a un amante, el acabose, pues entonces ya son varias las reglas que se vulneran, la de ser propenso o propensa al placer de la carne propia y la de no cumplir la sacrosanta norma de la fidelidad a la pareja presente o a la que pueda tener un día, incluso.

                Cuidado, estamos hablando de quien no busca el escándalo social y realiza tales conductas en el ámbito estrictamente privado. Concedamos que pueda haber alguno que se espante o se alarme al ver a alguien masturbándose con fruición y que, por consiguiente, puedan tener sentido esas pautas sociales que reprimen la exhibición del propio cuerpo en determinadas tesituras. Pero aun en esto habría que apuntar algunos matices. También a mí me inquietan o hasta me molestan determinados usos sociales y, sin embargo, no me queda más remedio que aguantarme y no me dedico a organizar cacerías de quienes los practican. Por ejemplo, preferiría no ver a ciertos fanáticos del fútbol haciendo el cafre o dispuestos a partirse la cara por el equipo de sus amores; o, ejemplo más complicado, me apena y me molesta ver a algún penitente subiendo de rodillas las escaleras de un santuario o flagelándose la espalda para que su Dios le perdone los pecados. Más aún, cuando algún conocido o amigo se me despide con un “hasta mañana, si Dios quiere”, me viene la tentación de decirle que soy ateo y que se abstenga de esas fórmulas, o de replicarle con un “hasta mañana y que eches un buen polvo esta noche”. Pero me aguanto y respeto, claro que sí.

                Pero normalmente los líos no surgen porque alguien haga exhibición pública de su vida sexual, sino porque se difunden imágenes o datos de la práctica estrictamente privada de la sexualidad. Los represores, y también los mirones inmaduros, no se limitan a vigilar el espacio público y a velar por la pureza de las conductas eróticas en el ágora, sino que meten la nariz en los recintos particulares, difunden lo que descubren y hacen público lo privado para, ahí, ensañarse a gusto. Ese es el asunto capital, las normas sociales atinentes a la vida estrictamente privada implican la “publificación” de la privacidad.

                Cuando hay una regla social referida a lo que yo hago en la intimidad con mi propio cuerpo o a mi vida sexual en solitario, con mi pareja o con otros adultos libres y que consientan, esas conductas dejan de ser privadas y mis conciudadanos se tornan jueces de mi estricta libertad individual. De ahí que, si defendemos la libertad, lo más adecuado es estar por la desregulación, por así decir. Ni siquiera conviene insistir en el cambio de unas normas por otras, de la norma represora por otra más tolerante. No, debemos hacer ver que ese es o tiene que ser un campo libre de toda norma social y que no hay otra regla más que esa, la que habilita la libertad en un espacio sustraído a todo juicio colectivo. Que Fulano o Fulana se masturben, se hagan fotos en tal ocupación, tengan amantes o se lo monten a dos o a cinco es asunto que ni siquiera ha de juzgarse colectivamente como legítimo o ilegítimo, bueno o malo, loable o reprobable. Es cada uno en la parte de su vida en que a los demás, en conjunto, ni daña ni beneficia y, por consiguiente, saquemos los demás nuestras normas de ahí, quitemos de esa parte de la vida nuestras sucias manos, nuestro perverso ojo y nuestros afanes catalogadores. Ahí cada uno está en su derecho, pero no porque el Derecho tipifique esos comportamientos como permitidos, sino porque ha de ser un espacio libre de Derecho.

                ¿Y la moral? La moral es estrictamente personal, de modo que, al acoger yo determinados sistema de normas morales, carezco de toda base y toda legitimidad para intentar imponerla a los otros. Puedo considerar que la masturbación en la intimidad es pecaminosa o inmoral, pero entonces el problema lo tengo conmigo mismo y con la congruencia de mis actos con mis creencias, y para nada he de meterme con el hacer del vecino que no comparte las normas mías. ¿Y la moral social? Puede estar justificado, por supuesto, que queramos que para determinadas conductas individuales rija una prohibición o un reproche social, colectivo, pero únicamente bajo una muy escrupulosa condición: que se pueda racional o razonablemente justificar que tales prácticas particulares causan un daño colectivo o un daño a bienes de otras personas que son merecedores del amparo social o que solo socialmente pueden ser eficazmente defendidos. Pero, a mi modo de ver, hace falta ser zoquete para pensar, a estas alturas de la civilización, que perjudica a la sociedad o a alguien que una señora se masturbe o que un paisano tenga una amante o un amante o se encame con una muñeca hinchable.

                En el muy reciente caso de la concejal toledana y su juicio por la opinión pública y mediática, hubo dos fases muy interesantes. Primero se dijo que la grabación que la mujer se había hecho en pleno tocamiento era para su marido, pero ahora andan escribiendo que el destinatario del regalo era su amante. Y alguno me espetará: ¿a usted le gustaría que su mujer tuviera un amante y le enviara un presente de esa naturaleza? Y mi respuesta solo puede ser así: de lo que yo piense a ese propósito, sea lo que sea, no tengo por qué darle respuesta ni explicación a absolutamente nadie, así que hágame el favor de retirar la pregunta, que me ofende tanto si para mis adentros la contesto con un sí, un no o un depende.

                Lo que cada uno haga con su sexo es nada más que suyo, y punto, si no hay otras personas implicadas de alguna forma. Obvio que si Fulano y Fulana son amantes pueden establecer sus propias reglas, pero las suyas y nada más que para ellos. Lo mismo si son novios o esposos. A es pareja de B y tiene, al tiempo, relación carnal con C, vulnerando así un acuerdo de fidelidad con B. ¿Tenemos nosotros algo que decir a ese propósito? Absolutamente nada, no es tema que nos concierna en lo más mínimo. Salvo, claro, que consideremos socialmente vigente la norma que impone la fidelidad sexual en la pareja y que estimemos que debe ser reforzado su cumplimiento mediante la presión social. Pero en ese caso se acabó la libertad del individuo y será puro fariseísmo afirmar que en tal campo gobierna el derecho a la intimidad y a la privacidad. Ese derecho a la intimidad no quiere decir meramente que no tengamos derecho a ver y saber –por ejemplo colocando cámaras para espiar o escuchas telefónicas-, sino que supone algo mucho más serio y profundo: no tenemos ninguna legitimidad para juzgar, en la plaza pública, aun cuando por azar o accidente veamos o sepamos.

                Si A incumple su pacto de fidelidad con B, en el caso de que lo haya, es B el único con legitimidad para echarle en cara a A su conducta, el faltar a su palabra y al acuerdo entre ambos. Con su pan se lo coman. Igual que puede ocurrir que no tengan tal “contrato” o que hayan optado por el de contenido opuesto, el de darse mutuamente libertad para tener amantes. A nosotros lo uno o lo otro no nos afecta y nos debe importar tan poco como que decidan entre los dos comprarse un perro o vender el gato que tenían. Y nada cambia porque se trate de un concejal o un presidente de la nación.

                Tantos años y siglos de simultánea mitificación y represión de lo sexual han dejado en las sociedades y las mentalidades un rastro muy difícil de borrar, es una mancha que no se va así como así. Millones de conciudadanos nuestros son desgraciados, profundamente, debido a esa represión que se les ha impuesto, que tienen asumida y que respaldan y ratifican con sus miedos, sus complejos y sus indignaciones. La sociedad no será sana y nuestro mundo no resultará, en eso, habitable mientras no asumamos, hasta las últimas consecuencias, que nuestros órganos sexuales son algo tan normal y hasta trivial como nuestros dedos del pie o nuestras pantorrillas, y que lo que cada cual haga con ellos nos tiene que importar tan poco como el que uno se ponga zapatos con calcetines o vaya en sandalias y sin medias, o como que juegue al fútbol o dé pedales en bici. Mas eso no llegará mientras en los medios y entre la gente siga siendo noticia tremenda que una concejal se masturbó ante su propia cámara y que a lo mejor tiene un amante. Igual que ahora no sería noticia que se hubiera comprado una bicicleta estática o que hubiera decidido depilarse con láser los antebrazos.

                Los asquerosos, los peligrosos, los que nos amenzan son los que la critican y la llaman puta en la calle, seguramente después de haber buscado desesperadamente en la red el vídeo de marras y de haberse cascado unas pajillas al contemplarlo. Menudos degenerados y cuánto debemos temerlos.