13 enero, 2015

Racismo, xenofobia, islamofobia



   Estos días, y en relación con los atentados en Francia, se habla también de las manifestaciones en Dresde del movimiento o grupo llamado Pegida. Creo que el nombre es Patriotas Alemanes contra la Islamización de Occidente y he visto distintas versiones sobre quiénes lo forman o qué tipo de gente acude a las concentraciones que convocan. De todos modos, sé muy poco sobre ese grupo y ni voy a defenderlo ni acudiría a sus actos si fueran aquí. Y si no tengo base para defenderlos, creo que también carezco de ella para atacarlos, pese a que lo fácil sería repetir los estereotipos que circulan, los de que son xenófobos, islamófobos y racistas. Lo serán o no lo serán, o habrá de todo. Los menciono nada más que como pretexto para el tema que me importa ahora.

   Lo primero que deberíamos hacer siempre que usamos esos términos es precisar su significado y ciertas condiciones de uso. En segundo lugar, tratar de ser congruentes cuando sobre tales cosas nos expresamos. El Diccionario de la Real Academia define “fobia” como “aversión obsesiva a alguien o algo” y como “terror irracional compulsivo”. Así es cuando se habla de que alguien tiene fobia a las serpientes (ofidiofobia), a los espacios cerrados (claustrofobia) o a los lugares abiertos (agorafobia). En el lenguaje político ordinario las fobias tienen el matiz de odio o de profunda aversión, no necesariamente irreflexiva, y eso es lo que se quiere dar a entender, creo, cuando se dice xenofobia (Diccionario de la Real Academia: “odio, repugnancia u hostilidad hacia los extranjeros”), y lo que se trata de hacer ver cuando se usa el término “islamofobia” como odio o aversión al Islam y sus gentes. En cuanto a “racismo”, el Diccionario le da dos acepciones: “exacerbación del sentido racial de un grupo étnico, especialmente cuando convive con otro u otros” y “doctrina antropológica o política basada en este sentimiento y que en ocasiones ha motivado la persecución de un grupo étnico considerado como inferior”.

   En el actual lenguaje político y mediático esas tres expresiones acarrean connotaciones muchas veces discutibles y dan pie a más de una incoherencia. Las críticas a determinados grupos sociales, sean de base cultural, nacional o religiosa, se asimilan a aquellos sentidos sumamente negativos de las fobias, pero sólo respecto de algunos de esos grupos. Ahí es donde debemos hacernos ciertas preguntas, buscar mejor precisión y cuidarnos de los clichés apresurados y las catalogaciones superficiales.

   Imaginemos varias situaciones.
   Primera. Yo me expreso, supongamos, en contra de la creciente llegada de rusos a varios lugares turísticos de España, donde compran fincas y mansiones, y opino así porque creo que muchos de esos rusos que llegan e invierten pertenecen a una oligarquía económica a menudo ligada a ciertas mafias o que sacan sus dineros de muy turbios negocios en Rusia y temo que trasladen aquí su campo de operaciones económicas y delictivas. ¿Se me acusaría de “rusófobo”, si así se puede decir?
   Segunda. Imaginemos ahora que, indignado por algunos intentos de la Conferencia Episcopal Española para influir y condicionar la vida social y política en mi país, convoco una manifestación contra ese intento de predominio o influencia de la Iglesia Católica en España y acudimos unos cuantos con pancartas en las que se hacen críticas a los obispos y a determinadas asociaciones católicas. ¿Se me acusaría de “cristianófobo” o de “catolicófobo” o cosa por el estilo?
   Tercera. Póngase que soy nacionalista vasco y que me refiero a los que viven en el País Vasco y provienen de otros lugares de España y los denomino “maketos”, o que soy nacionalista catalán y hablo de “charnegos” para aludir a los que nacieron fuera de Cataluña y allí habitan, a lo que se suma que un día llamo a que nos manifestemos contra el dominio español o de lo español en Euskadi o Cataluña. ¿Me tildarían de “hispanófobo”? En el Diccionario sí viene la acepción de “hispanófobo”: “que siente aversión por lo español o lo rechaza”.

   Podríamos seguir con los ejemplos y pensar en críticas y manifestaciones contra banqueros, empresarios capitalistas, etc. A lo que voy es a lo siguiente: ¿por qué las críticas a determinados grupos humanos, sean de base nacional, cultural o religiosa, se etiquetan de inmediato como irracionales fobias, como aversiones compulsivas y sumamente peligrosas para la convivencia en paz y armonía, y otras no?

   Cuando alguien se refiere críticamente al papel del Islam en Europa, de inmediato se responde con una puntualización bien adecuada, la de que no todos, ni mucho menos, de los que aquí o en otros lugares profesan la fe islámica son terroristas, viven agresivamente su religión o pretenden acabar con las libertades. Es bien cierto, sin duda. Pero igualmente a cuento vendría aclarar, respecto de los tres ejemplos anteriores lo que sigue: que no todos los rusos, ni siquiera los rusos ricos o los rusos ricos que compran grandes casas en España, son mafiosos o dados a la delincuencia; que no todos los católicos españoles, ni siquiera todos los obispos, tratan de hacernos pasar colectivamente por el aro de sus dogmas y creencias; que no todos los “maketos” o “charnegos” son cómplices del “imperialismo” español en el País Vasco o Cataluña; etc, etc. Pero raramente veríamos por ahí esas observaciones. ¿Por qué?

   Si a alguien se le ocurre (creo que no sería a mí) sostener que para vivir en España legalmente o tener la ciudadanía española se debe conocer con algo de soltura el idioma español, será por muchos acusado de xenófobo y hostil hacia los inmigrantes y sus derechos. Si a un vasco o catalán fuertemente nacionalista de allá le da por defender que para vivir con pleno derecho en el País Vasco o Cataluña se debe dominar el idioma autóctono, no me suena que se le tilde de xenófobo. Cuando algunos españoles insisten en que hay que reforzar los controles de entrada de los extranjeros en la frontera y no permitir la llegada de “ilegales” es fácil que reaparezca la acusación de xenofobia. Pero muchos de los que tal dicen ven al mismo tiempo con simpatía la constitución de Estados independientes y soberanos en Euskadi y Cataluña. ¿Debemos suponer que esos nuevos Estados no tendrían controles de fronteras y que sería libre e irrestricta la entrada en ellos, igual que no habría trabas en cuanto a permisos de residencia y de trabajo? Estaría bien, pero no me suena que vayan por ese lado las intenciones.

   En España hay censados unos ciento cincuenta mil alemanes. Permítaseme que vuelva a una comparación que ya hice hace un par de días. Imaginemos que en Alemania se hace con el gobierno un partido nazi y que ese partido tiene una política muy agresiva y expansionista, con el deseo de reverdecer los viejos planteamientos hitlerianos de dominación en Europa. En varios países europeos, y también en España, ha habido ya (seguimos imaginando) un puñado atentados sangrientos que llevan su sello y su financiación, además de que Alemania ya ha declarado la guerra a Polonia y Hungría. En ese momento, en España se empieza a vigilar de cerca a los alemanes que aquí están o que quieren entrar. Obviamente, la gran mayoría de los alemanes aquí residentes ni son nazis ni ven con buenos ojos aquellas políticas y crímenes del gobierno de allá. ¿Diríamos, por ello, que las medidas de seguridad en cuestión son “germanófobas”?

   Ciertamente, en la hipótesis reseñada, habría que criticar cualquier intento de restricción genérica de los derechos de los alemanes, de todos los alemanes o de la población de origen alemán. No tienen por qué pagar justos por pecadores, desde luego. Pero si dijéramos que hay que controlar y hasta restringir la presencia o entrada de alemanes nazis, ley en mano, ¿seguiríamos siendo germanófobos? ¿Y xenófobos? ¿Racistas, quizá, si jugamos a que tuviera sentido hablar de razas y ellos fueran arios o así se presentaran muchos?

   Claro que aquí, en España, existen entre algunas gentes sentimientos xenófobos, islamófobos y hasta racistas. Para serlo no hace falta aludir a la posesión de un gen peculiar y definitorio de lo español, como aquel que, según el racista llamado Arzalluz, era propio de los vascos. Hay un fondo de vulgar racismo en muchos de los que hablan de los “moros” o de los “sudacas” o “panchitos”, o en determinadas alusiones a los “charnegos” o los “maketos”. Sigue existiendo un mal sustrato de racismo en muchas referencias a los gitanos. Hay más de cuatro ciudadanos españoles que ven en el Islam poco menos que la encarnación de lo demoniaco (por cierto, para los yidahistas el demonio es el infiel, véase este artículo poco sospechoso), junto con el temor de que la presencia de musulmanes entre nosotros acabe con nuestra supuesta civilización cristiana. Pero lo que no hemos de perder de vista es esto otro: no todo el que afirma, por ejemplo, que algunos delitos se dan en mayor proporción entre gitanos que entre payos es racista necesariamente; puede estar equivocado o en la verdad, eso lo determinarán los hechos, los datos, y se tendrá que discutir. Cierto que también conviene preguntarse si la mención de la pertenencia a un grupo o a otro de los que delinquen viene a cuento o es relevante, y a veces no lo es y el racismo asoma su patita por debajo de la puerta. Pero cuando el dato tiene relevancia, no podemos, sin más, asimilar su mención a la actitud racista del hablante. Pues, en tal caso, llegamos a una forma perversa de censura: cada vez que usted se refiere con datos o informaciones negativas a determinados grupos, manifiesta una actitud deplorable, una fobia o aversión irracional, aun cuando en el contexto y para el tema esos datos vengan a cuento y tengan importancia.

   Esa sutil censura, inducida por los guardianes de la ortodoxia ideológica y de la corrección política, tiene varias consecuencias negativas:
   a) Si el problema existe (por ejemplo, la mayor tasa de ciertos delitos en ciertos grupos humanos), al no poder mencionarlo con todos sus elementos se hace mucho más difícil encontrar una solución racional. Es como si al médico le impidiéramos nombrar la próstata y, por tanto, ocuparse de ella, morirían más por culpa del cáncer de próstata.
   b) Cuando el censor equipara mención de datos ciertos (por ejemplo, que entre los X hay mayor índice de delitos de tal o cual tipo) y etiquetado negativo global de un grupo, se está induciendo un sentimiento de hostilidad hacia los demás entre los miembros de ese grupo. Con lo que las divisiones sociales que supuestamente se quieren evitar, en realidad acaban incrementándose. Si en los periódicos se insiste en que los médicos se parten de risa y se burlan cada vez que palpan la próstata al paciente, acabaran los varones de edad odiando a los médicos y queriendo darles unas bofetadas a los urólogos. Y discúlpeseme la muy pedestre comparación.
   c) Si se cercenan, mediante la arbitraria e indiscriminada aplicación de etiquetas como “xenofobia”, “racismo” o “islamofobia” todo tipo de expresiones no falsas, no malintencionadas y que vengan a cuento sobre ciertos miembros o partes de determinados grupos o sobre componentes de la cultura de esos grupos que conlleven algunos peligros para el orden constitucional y democrático y para la pacífica convivencia, se bloquea el debate racional entre unos y otros sobre dichos asuntos y queda todo el campo libre para la irracionalidad: lo que no hagan y hablen los intelectuales, los científicos sociales y los políticos racionalmente y con respeto escrupuloso a la legalidad y a los derechos de todos, lo hablarán irracionalmente los más zotes y prejuiciosos, los en verdad dados a todos tipo de fobias y prejuicios. En otras palabra, el equilibro se romperá en las calles o en las urnas y será mucho peor para todos. Es muy de temer que tal cosa ocurra pronto en Francia: ganarán los de Le Pen mientras los académicos se siguen cogiendo sus expresiones con papel de fumar y muertos de miedo al reproche de los colegas y columnistas tan políticamente correctos. Lo que la ciencia social no cultiva, sea por incapacidad, por miedo o por precio, lo acaba ocupando la incultura; donde no hay debate racional y libre campa a sus anchas el prejuicio; donde al que racionalmente y con buenos datos explica lo desagradable se le tacha de incorrecto, termina el vulgo por soltar su alarido más soez. ¿Queremos que ceder todo el terreno a los de Le Pen para que a nosotros nos sigan considerando tan finos, sensibles y progres los colegas del despacho de al lado?

  Si uno proclama cosas tales como que todos los gitanos, todos los árabes o todos los musulmanes, por ejemplo, son unos delincuentes o están por naturaleza o cultura abocados a la delincuencia, es un xenófobo y unas cuantas cosas más de ese calibre, con toda seguridad. Si uno sostiene que en el modo de entender la religión de muchos musulmanes o de muchos países islámicos existe una seria dificultad de compatibilidad con la doctrina del Estado de Derecho, la democracia y la igualdad entre todas las personas, por ejemplo entre mujeres y hombres, no veo por qué eso ha de considerarse indicio de islamofobia. ¿O acaso soy islamófobo al mantener que para nada querría vivir yo o que viviera una hija mía en una teocracia no respetuosa de los mínimos derechos humanos, como es Arabia Saudí? Tampoco soy “cristianófobo” si digo que algunas sectas cristianas casan mal con el Estado de Derecho y la democracia o que el dogma católico del siglo XIX no resultaba compatible (ni se quería compatible, véanse las encíclicas de la época) con el Estado de Derecho, la democracia y la igualdad de mujeres y hombres. Pero al decir aquellas cosas ni se está condenando genéricamente a los musulmanes o a los cristianos ni se deja ver ninguna fobia. Se aseveran cosas que pueden ser discutibles y que habrá que debatir racionalmente y con todo tipo de argumentos en libertad. Lo que excluye el debate racional es la censura, aunque sea la particular censura contemporánea de la “political correctness”, esa aromática purulencia que nos acobarda.

   Habrá gentes y manifestantes, en España, en Francia o en Alemania, que la tengan tomada con el Islam, que sean ultranacionalistas o celosos guardianes de la ortodoxia cultural cristiana, no digo que no. Sin duda, sí. Serán islamófobos, xenófobos, racistas y mil cosas más, de acuerdo. Pero si usted o yo afirmamos que a) el yihadismo supone un grave peligro para los fundamentos de nuestra convivencia en libertad y en Estados constitucionales y democráticos; b) el yihadismo se alimenta de una determinada visión o interpretación del Islam; c) que, con la menor merma posible de los derechos de los ciudadanos, incluidos los de cualquier confesión, debe el Estado velar por la seguridad de todos contra esa amenaza terrorista y evitar en lo posible la presencia y proliferación de yihadistas aquí o en cualquier parte, ¿acaso somos por eso islamófobos, racistas o xenófobos? Si fuera una secta terrorista cristiana, ¿deberíamos ocultar su cristianismo o renunciar a aislarlos y evitarlos porque tuvieran ese fondo religioso?

   No dejo de preguntarme qué tiene el Islam que no tengan otros y por qué vamos a tener que censurarnos o controlarnos más al hablar del Islam que al referirnos a otras religiones, otras culturas u otros grupos nacionales. ¿Porque se trata de una religión? ¿Desde cuándo los intelectuales y académicos dizque progresistas somos tan sumamente considerados con el sentimiento religioso? ¿Va a resultar ahora que puedo discutirle a mi suegra su (legítimo, faltaba más) catolicismo o decirle maldades de algún Papa y debo reprimirme por completo si se convierte al Islam? ¿O será porque se dice que muchos de esos terroristas vienen de la pobreza y la marginación? Si fueran terroristas igual de pobres y maginados, pero ateos, ¿habría la misma consideración e idéntico cuidado al hablar? ¿O deberíamos vigilar entonces nuestra ateofobia?

  A veces me vienen, sí, no sé si fobias, prejuicios o alucinaciones y empiezo a sospechar que una parte al menos de tanta corrección política para algunas cosas (sólo para alguna, porque a costa de los católicos bien que nos explayamos, y yo, el primero) se explica por el dinero, por cierto dinero que se paga en petrodólares; y que la otra parte es puro miedo, canguelo muy a la medida del intelectualillo pusilánime europeo, tan chuli, tan chiquirriquitín metidito entre pajas, tan poquita cosa.

12 enero, 2015

Flores como piropos. Por Francisco Sosa Wagner



Una señora que acaba de tomar posesión de un cargo muy lustroso ha declarado la guerra al piropo anunciando que desaparecerá del lenguaje español en cuanto tome las medidas que ella trae en su morral de gobernante.

Respetuoso como debemos ser con las autoridades y más con esta señora que tan severa parece, no está de más recordarle que el piropo tiene una larga tradición cultural, sale mucho en nuestro teatro, en nuestra música (zarzuela, cuplés y demás) y en nuestra pintura. Zuloaga, que era muy aficionado a las escenas de costumbres, tiene un cuadro que se llama precisamente “el piropo” y en él se ve a una joven en el momento de ser requebrada, y también hay una obra de Jardiel donde el humorista se cachondea de la forma de piropear los madrileños que se tienen como maestros piropeadores y en la realidad resultan bastante soseras.

Añadiré que toda la poesía amorosa no es más que piropos y más piropos encadenados: los versos de Antonio Machado, de Juan Ramón, o antes de Lope y sus bellas descripciones del escorzo femenino, o en Alemania los de Heine, los de Goethe, tantos poemas de Hugo, de Baudelaire, de Verlaine ...

Pero es probable que este discurso mío impresione poco a nuestra nueva autoridad, ocupada como está en adecentar las costumbres procaces de los españoles. ¡Bastante tiene ella que hacer como para perder el tiempo en versos, zarzuelas y cuadros!

Creo que esta señora, en su atropello gubernamental y boletinesco, en su atracón de corrección política, ha confundido el piropo con la grosería. Si sus ocupaciones le permitieran pararse a pensar llegaría a la conclusión de que el piropo tiene algo de flecha, de saeta que se dispara con la punta reblandecida para no hacer daño sino cosquillas. Es también una flor, no una flor cabal pues no pasa del puro artificio, sino modesta flor de cantueso y por ello pueril, inocente, sin maldad, la flor que se pone a veces en el ojal el ser aquejado de las torturas del inconsciente. 

Lo de los piropos explícitos y callejeros ha sido siempre cosa de “voyeurs” pero “voyeurs” a la luz del día, sin complejos, por eso debe sostenerse que el piropeador es el “voyeur” que ha salido del armario. Frente al “voyeur” perverso que saca la minga a la pobre niña en el parque asustándola por lo imprevisto del trance, el piropeador es un ser simple, natural, inofensivo que saca la verdad de mentirijillas de su lujuria a pasear y le da una vuelta por los territorios de la galantería.

El piropo es también un resumen, una recapitulación de nuestros espejismos, de nuestros anhelos que se acurrucan al concentrarlos y comprimirlos, son un poco la fórmula homeopática para la curación del estupendo mal de amores.

Piense, señora gobernante, para relajarse un poco en el piropo como ocurrencia, como ofrenda, a veces como oración con la que rogamos una atención fugaz y quebradiza. Tuvo el piropo un tiempo colores de arco iris -eran los tiempos felices del piropo- cuando su destinataria era una chica del cabaré.  

Hoy, probablemente, el piropo salaz no es sino un fantasma del donaire cutre.

Por eso no se merece la persecución. Dedíquese en buena hora, señora gobernante, a afanes más enjundiosos y olvide esta bagatela que no es digna de sus muchos saberes. No me atrevo por temor a la fortaleza de sus convicciones pero ¡cómo me gustaría dirigirle un piropo!

11 enero, 2015

Religiosidad y religiones



Pocos fenómenos me provocan sensaciones y sentimientos tan opuestos, tan radicalmente distintos, como los fenómenos religiosos. En eso que genéricamente se llama la religión hay partes que comprendo bien y que me resultan agradables y cercanas, y partes que me provocan un rechazo inmediato, visceral, radical y contundente. En correspondencia, entre las gentes que son o se dicen religiosas me siento cercano a algunos y radicalmente alejado de otros, a los que no puedo comprender o, por mejor decir, si los comprendo me parece que caen en el más espeso absurdo y sinsentido.

   Me agrada la dimensión poética de lo religioso, aquella parte en que se expresa el pasmo ante lo que existe, la admiración ante la realidad compleja, hermosa y sobrecogedora, líricamente aplastante. Igual que se dice que en ese pasmarse ante el mundo está el origen de la filosofía, como intento de explicarse lo existente mediante la reflexión racional, es asumible y bello que en muchos momentos nos reconozcamos limitados en nuestra capacidad para conocer y entender, para explicar y explicarnos, y que nos abandonemos a la pura contemplación arrobada, ante la grandeza de lo mayor y de lo más pequeño, ante el misterio que, querámoslo o no, nos acompaña y nos rodea. Es donde la belleza, la variedad, la intrincada e inasible pluralidad de cuanto hay, la sorpresa ante las formas y las estructuras y la impotencia ante los encadenamientos de causas y efectos nos sobrecoge. Hay una sensación de pequeñez del ser humano y de su aptitud para conocer, de desproporción entre lo que somos y hacemos y lo que nos rodea, sensación que es al mismo tiempo alimento para la poesía más honda y, por qué no, vía para admitir que puedan existir de alguna manera otros seres, otras inteligencias o diferentes mecánicas que ni siquiera estamos en condiciones de imaginar o concebir, que no podemos ni representarnos cabalmente con las limitadas herramientas de nuestra mente y nuestros sentidos.

   Ahí donde la religión es la otra cara de la poesía y lo poético no es más que el vano intento para hacerse cargo de lo en verdad inefable, donde pugnan los límites de la expresión con la infinitud de la belleza, la modestia de la palabra con la enormidad de cuanto no puede abarcarse ni con nuestros medios expresivos ni con las categorías del pensar, el sentir religioso no es más que una faceta de la sensibilidad, la manera en que el ser humano se niega a cerrarse sobre su constitutiva pequeñez y se declara dispuesto a asumir que pueda darse lo que no puede conocerse, que pueda haber explicaciones que nos son inexplicables y magnitudes inconcebibles que únicamente bajo la forma elementalísima de metáforas o imágenes poéticas, de balbucientes aproximaciones tentativas quepa rozar. Si al decir dios se pretende nombrar esa amalgama de misterio, esa apertura a la infinitud que intuimos, resignados, los seres finitos, no veo problema, siempre que sepamos que estamos dando nombre a lo innombrable y sintetizando en una categoría simple lo absolutamente inasible, también categorialmente inasible.

   Pero si eso es religiosidad, nada más que puede ser una religiosidad sin teología ni dogma, un sentir mucho más que una disciplina, una tácita declaración de apertura hacia lo incierto y no una fe que en nada que pueda tener contornos seguros, preceptos, reglamentos, ritos, límites y clasificaciones.

   En ese sentido, para mí, las religiones, y particularmente las tres religiones monoteístas, son la negación total y absoluta de la religiosidad, de aquella religiosidad poética y humilde. No digo que no pueda haber creyentes de esas religiones que a ellas se acojan sobre la base de tal sentimiento y que en sus credos, normas y ritos hallen meramente la palanca o plataforma para cultivar aquel sentir. Pero habrán de ser creyentes que relativicen grandemente los variopintos dogmas de su credo y los estimen valiosos únicamente en cuanto no les oculten esa otra parte, la del lírico misterio, la vivencia de lo por definición invivible.

   La mayoría de las personas que conozco que se dicen religiosas y que se atienen a los preceptos de su fe están, a mi modo de ver, en las antípodas de esa sentir místico y poético. No sé si llegan a su manera de vivir lo religioso porque están constitutivamente limitadas para esa apertura amable y contemplativa a lo que nos trasciende o si es al revés, si será que la disciplina de las religiones establecidas tiene como principal función precisamente esa de bloquear el sentimiento y convertir al creyente en el más prosaico, elemental y egocéntrico de los humanos. Posiblemente ambas cosas se retroalimentan. Pero, con todo el respeto, me atrevo a decir que muchos (no todos, no todos) de los que viven las religiones establecidas se alimentan de los más insanos sucedáneos y prefieren resignarse al engaño antes que extasiarse ante el misterio y que recrearse en la hermosura del mundo y la grandeza que se nos escapa.

   Cuando me proclamo ateo no trato de sostener que no pueda existir lo que desconozco. Lo que así manifiesto es que, en tanto que quiero respetarme a mí mismo, no puedo creer que lo que me rebasa y me trasciende sea un puro absurdo, que lo que explica cuanto me pasma sea un ser caprichoso y medio demente, generalmente malvado y egoísta, déspota, agresivo, vengativo, cruel; que lo que no tiene explicación se reemplace por dogmas chuscos y mandamientos degradantes; que lo que los humanos no conocemos y apenas intuimos lo convierta en catecismo una iglesia cualquiera; que cuanto no se sabe podamos aprenderlo de un libro sagrado escrito al dictado de cabreros oligofrénicos o de acomplejados ignorantes y autoritarios o de tiranos sedientos de poder y sangre.

   La religiosidad poética tendría que unir y acompañar. La razón que modestamente se allana ante los misterios insondables de lo existente se hace soberbia y divide cuando inventa dioses que prescriben bobadas. Si en algo nos valoramos a nosotros mismos, el primer imperativo de esa autoestima ha de ser el de resistirse al absurdo, el de no hacer concesiones al sinsentido, el de no conformarnos con la rechifla, aunque vista túnicas presuntamente sagradas. ¿Puede alguien que no esté dispuesto a degradarse a sí mismo y que contemple una grandiosa puesta de sol o el cielo estrellado o las formas de un insecto o los colores de una flor admitir que todo ha sido creado por el mismo ser que nos manda ir a misa ciertos días o no comer carne de cerdo o ayunar en tales o cuales jornadas o no beber alcohol o no trabajar los sábados o los domingos? ¡Por favor!

   ¿Puede un ser humano que se respete a sí mismo y respete a los otros asumir ideas como las de pueblo elegido o de pecado original? ¿Podemos, sin convertirnos en malas bestias y en infames de corazón, creer que la división esencial entre los humanos es la que se da entre fieles e infieles? ¿Cómo es posible que haya habido y siga habiendo quien admita que el ser supremo es uno que ordena matar a quienes no se le someten y castigar con la mayor crueldad a quienes lo ofenden? ¿Puede en verdad existir y merecer sumisión y respeto un dios cualquiera que es más cretino que el humano más cretino, más celoso que el hombre más mezquino, más injusto y arbitrario que el más inicuo de los seres concebibles?

   Dicen muchos creyentes que la fe es un don. Algunos pensamos que cierta religiosidad es la expresión de una grave patología y la antítesis completa de lo que de mejor, más digno, más hermoso y más impresionante hay en el mundo, la negación, precisamente, del verdadero sentido de lo religioso y de cualquier sensación de trascendencia. Esos dioses infames no pueden existir, por definición. Y si los hubiera, nada más que nos humanizamos y nos hacemos decentes cuando los negamos, cuando frente a ellos nos resistimos, por la misma razón y con el mismo fundamento con el que no respetamos a las personas que son como ellos, viles, egocéntricas, crueles, vanidosas y vacuas.

   Que no se me ofendan los creyentes, o todos los creyentes, a ser posible. No voy contra las personas, sino contra el horror de algunas maneras de concebir y vivir lo religioso. Igual que en determinadas formas de religiosidad encuentro afinidad y la mejor dimensión de lo humano.