20 julio, 2012

¿Por qué no entendemos de economía?


                ¿Cuántas cosas verdaderamente decisivas, tremendas, hemos vivido los que tenemos menos de setenta años, por decir algo? A escala social o colectiva, quiero decir.  Muy pocas o ninguna. Si yo tuviera que mencionar una mía particularmente importante, diría que la muerte de Franco, que me tocó con diecisiete años. Pero eran pocos años en verdad y la importancia del momento estaba más en el ambiente que en mi conciencia, aunque no era un inconsciente. Pero ya van muchas generaciones que no tienen la experiencia de una guerra, en el propio país o muy cercana, ni de una gran catástrofe económica, ni de una hambruna o un tremendo desastre natural; y así. Esa puede ser la causa de que el personal no se inmute ahora mismo, a pesar de la que se está formando la tormenta perfecta, el gran huracán que nos puede llevar por delante y, en términos económicos y de calidad de vida, hacernos aparecer hace treinta o cuarenta años, otra vez la raída chaqueta de pana y la boina, el bocadillo de escabeche y unas rodajas del chorizo casero.Y sin el móvil de últimísima generación ni el nuevo I-Pad, mecachis.

                Me pregunto cómo sería, un suponer, si ahora se desencadenara una guerra civil aquí, en España, o una guerra europea ahí al lado de nuestras fronteras. Quiero decir que cuánta de esta gente que veo completamente ajena al mundanal ruido en este momento seguiría, en tal caso, igual de ausente y a su bola, impasible y como si no hubiera por qué torcer el gesto o cambiar el paso, ni de qué preocuparse mayormente, salvo de ver si el Madrid ficha o no a un croata que dicen que es un figura. Me los imagino al encontrarte al atardecer a ti, pegado a tu radio. Qué, quién va ganando, te preguntarían. Y tú que los franceses, pero que… Y ahí ya se te marcharon porque tenían manicura y llegaban tarde. ¿Cómo diablos se hace para que nada importe un carajo, aunque esté en juego tu futuro y el de tus hijos? Me jugaría ahora mismo mil euros a que de mis ciento cincuenta estudiantes de este año ni diez van a saber hoy ni van a comentar este mes con nadie la noticia económica del día, lo de que la dichosa prima se ha echado definitivamente al monte y nos ha dejado aquí a medio vestir. ¿Cómo lo hacen? ¿Tendrán razón y será mejor así? ¿Sentirán algo cuando sus papis ya no tengan para pagarles el móvil nuevo o les dará igual? ¿Y cuando ya no puedan ir a clase en Audi? (No lo digo por hablar, un día me puse a contar cuántos Audis había en los aparcamientos estudiantiles del campus leonés y perdí la cuenta).

                Estoy pasando cuatro días en Pontevedra con las mujeres de mi casa y con mi familia política, y los tengo fritos a todos, Elsa incluida, o casi. Por ejemplo, hoy mismo ando como poseso buscando con quién comentar que la prima de riesgo ha rebasado por primera vez los seiscientos puntos y que si nos intervendrán ya mañana  los del Norte o esperarán a que refresque un poco. Les estoy amargando estos días playeros a mis pobres suegros, que qué culpa tienen y que a ver qué castigo les vino con este yerno que parece masoca o del FMI.

                Si se esperara con mucha certeza un tremendo huracán, un terremoto, alguna inundación o una lluvia de sapos, yo qué sé, la gente andaría inquieta y en los bares no se comentaría otra cosa; tampoco en las casas a la hora de la cena. Pero a lo mejor es porque los terremotos se entienden y los tornados también, pero esto de la economía es demasiado misterioso, extraño a más no poder, esotérico por completo. ¿Será esa la razón de que nos quedemos como atontados y sin saber qué decir?

                Sí, puede que ahí esté uno de los motivos. Bien pensado, no se comprende por qué en las escuelas y los colegios no se explican unos rudimentos de economía y, ya puestos, de derecho también. Los chavales terminan sus estudios preuniversitarios conociendo las bases de la física, de la química, de la biología, de la historia del arte y de la gramática de una lengua o dos, pero ni remota idea de las claves que mueven las naciones y los grupos sociales: la economía y el derecho. Así que no es raro, tal vez, que al ciudadano no inquieto y que no averigua por su cuenta le suene a música celestial todo esto de las tasas, las primas, los intereses y los índices, cuando, en el fondo, es de una sencillez aplastante. Y por eso, cuando nos manifestamos u opinamos sin saber de la misa la media, queda por lo general tan irracional nuestro comportamiento como si saliéramos de procesión para implorarle lluvia al santo local o como si recogiéramos firmas para que no tronara esta noche. No quiero decir que los asuntos económicos sean así de ineluctables, pero ahora mismo no nos entra en la mollera que de donde no hay no se puede sacar y que emperrarse en que todo siga igual para que vivamos tan bien como vivíamos es tan estúpido como cabrearse contra el clima cuando llegan los fríos.

                Quedémonos con esa pregunta, la de por qué en las escuelas no se nos enseña un poco de economía elemental, algunas sencillas explicaciones de cómo se crea, circula o se funde la riqueza de los grupos o las naciones. Mi hipótesis, ahora que ando medio paranoico, es tal que así: porque es más fácilmente manipulable una población que considere magia o sublime saber el manejo de lo elemental, una gente que tenga por misterioso y cabalístico lo simple del todo. Porque si viéramos la economía en su verdadera dimensión, es posible que quisiéramos participar en su control en lugar de fiarlo a oscuros sacerdotes y a cantamañanas sin seso.

18 julio, 2012

La Seguridad Social condenada a indemnizar a la esposa de un hombre al que un cirujano salvó la vida


                Lo cuentan algunos periódicos y se recoge la noticia también en un par de diarios jurídicos de hoy mismo. Resulta que un hombre sufrió un accidente de moto a las diez de la noche de un día lluvioso y llegó al hospital público con heridas gravísimas, prácticamente muerto. Pero tuvo la gran fortuna de que de guardia estuviera, al parecer, un cirujano de primera que, tras horas de quirófano, logró salvarle la vida. Después de tres días en coma, de una semana más en la UVI y de una convalecencia de meses, quedó como nuevo el señor y pudo retomar su actividad ordinaria.

                Hasta ahí todo normal, con la dosis correspondiente de buena suerte. Pero hete aquí que el hombre estaba casado y que, por lo visto, era un auténtico abusador de su mujer, de nombre María del Sagrario. Aunque no constaban denuncias por malos tratos, en el juicio al que ahora me voy a referir fueron varios los testigos que dieron testimonio de los constantes abusos y vejaciones a las que a lo largo de veinte años de matrimonio había sometido a su mujer, y hasta los dos hijos de la pareja, de dieciocho y quince años, declararon en tal sentido.

                Lo sorprendente del caso es que una muy reciente sentencia del Tribunal Supremo ha condenado al INSS a indemnizarla a ella con sesenta mil euros, como compensación por el daño que la sanidad pública le ha provocado, daño moral ante todo, al salvarle la vida al marido gracias a esa esmerada cirugía y al buen hacer de aquel médico. Explica la polémica sentencia que para la mujer habría sido mucho más beneficioso el fallecimiento del hombre y que, además, la Administración Pública le hizo nacer una fundada expectativa en tal sentido, puesto que en la primera llamada que recibió tras el accidente, la guardia civil le dijo literalmente que su marido había llegado al hospital “prácticamente muerto”. Además, las cinco horas siguientes, que ella pasó en el hospital y sin apenas nuevas noticias, sirvieron para que crecieran sus esperanzas de haberse librado de su feroz cónyuge y de poder rehacer su vida con la calidad a que es acreedora una mujer de nuestro tiempo.

                En los fundamentos de la sentencia sigue la sala los pasos habituales en la motivación de este tipo de fallos. Primeramente recuerda que, a tenor del art. 139 de la Ley de Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas y del Procedimiento Administrativo Común, “Los particulares tendrán derecho a ser indemnizados por las Administraciones Públicas correspondientes, de toda lesión que sufran en cualquiera de sus bienes y derechos, salvo en los casos de fuerza mayor, siempre que la lesión sea consecuencia del funcionamiento normal o anormal de los servicios públicos", y se extiende en complejas disquisiciones sobre si en la presenta ocasión cabe tildar como normal o anormal el funcionamiento del servicio de urgencias. Después de recordar diversos debates doctrinales y de pasar revista a la fluctuante jurisprudencia, se concluye que el presente es un caso de “funcionamiento normal-anormal” o “normal por exceso”, lo cual, en opinión de los magistrados, equivale a decir “normal con desproporción”. “Aun cuando al médico que actuó con suprema diligencia y competencia extrema ningún reproche cabe hacerle, ni en términos morales ni jurídicos, el actuar de la Administración en la prestación de los servicios públicos no puede valorarse prescindiendo de los efectos sobre los administrados. Si bien en este caso está fuera de duda el beneficio para el Roque –así se llamaba el accidentado- y su insoslayable derecho a la vida, una adecuada ponderación de los derechos e intereses que concurren en María del Sagrario debe llevarnos a apreciar que la Administración no puede dejar de compensar el daño y el dolor que la mujer padeció por el hecho de que su pareja siguiera con vida, cuando todo hacía presagiar el fatal desenlace y alimentaba la comprensible confianza de ella en una existencia mejor en su futuro”.

                La relación de causalidad entre el obrar administrativo y el daño así definido tampoco plantea grandes dudas al Tribunal, una vez que hay constancia plena de que Roque no habría sobrevivido a sus gravísimas lesiones no sólo si no hubiera recibido asistencia sanitaria en tiempo y forma, sino tampoco si no hubiera tenido la suerte de que lo operara un doctor cuya experiencia, formación y disposición están por encima del promedio exigible en la sanidad común. O sea, que si bien la extraordinaria calidad del servicio en este caso prestado merece todo tipo de loas, no se debe dejar de atender que de esa forma un tanto insólita se alteró la suerte de María del Sagrario y se contribuyó a la condena que para ella supone el mantenimiento de su relación matrimonial con Roque.

                En cuanto a la antijuridicidad, se acoge el Tribunal a la clásica doctrina española según la cual es antijurídico todo daño que el administrado no está legalmente obligado a soportar, y como antijurídico ha de verse, pues, el perjuicio de la esposa, puesto que ni existe ni puede existir en nuestro ordenamiento norma válida que fuerce a la mujer vejada a desear que su cónyuge siga con vida o que le prohíba desear su muerte, y más cuando dicha muerte se presente como resultado del azar o de cualquier concatenación de circunstancias no imputables a ella.

                Finalmente, dedica un par de párrafos la sentencia a anclar su novedosa doctrina en la noción de pérdida de oportunidad, con cita de la obra canónica al respecto, “Teoría de la pérdida de oportunidad”, de Luis Medina Alcoz (muy querido amigo mío, por cierto). En este sentido jurídico, hay pérdida de oportunidad cuando una persona tiene la ocasión probable de gozar de alguna ventaja, pero se interpone la acción de un tercero que frustra esa probabilidad. En esta caso es claro, según el parecer que la sentencia expresa, que tal oportunidad existió para María del Sagrario, y más cuando era beneficiaria de un seguro de vida de su marido, y que fue la acción de la Administración la que dio al traste con esa mejora vital que ya parecía inminente y que se habría consolidado si las cosas hubieran seguido su curso ordinario.

                Hasta ahí los términos de la sentencia. En declaraciones a La Razón, María del Sagrario ha dicho que se alegra del fallo y que ese dinero vendrá muy bien a la familia en estos tiempos, pues Roque llevaba ocho meses en paro y sin perspectivas de nuevo empleo. Parece ser que no tienen intención de divorciarse, de lo cual se congratula el periodista del rotativo conservador, que lo considera una nueva muestra de la buena salud de la familia tradicional y cristiana española. 

PREGUNTA PARA EL LECTOR: ¿Cree usted que la sentencia que acabo de resumir es real o de pega? ¿Es creíble o me la he inventado yo? La solución, mañana. Pero tenga en cuenta que cuanto más dude o más tiempo le tome decidir su respuesta a esta pregunta, más claro quedará que la Justicia anda regular. 

17 julio, 2012

Carta a Anabel Tuya


                Querida Anabel:

                Te agradezco con toda sinceridad el afectuoso homenaje que al final de tu comentario haces a aquellas clases de mi juventud ovetense. Disculpa que no tenga yo un recuerdo personal de ti, después de tantos años –sí, ya son unos pocos- y de tantas generaciones de estudiantes que han ido pasando.

                De por dónde han ido mis pasos te supongo al tanto por este blog, que veo que sigues. Gracias. En lo profesional y académico me ha ido bastante bien, en lo familiar soy afortunado; me apaño para vivir con algo de disfrute, y más que podría, a lo mejor, si no me venciera este carácter agrio que se me va poniendo. Sí, con las canas fue llegando la tendencia a despotricar y la poco recomendable costumbre de molestar al prójimo, incluido el que parte y reparte. Pero algunos no tenemos ningún derecho a quejarnos de nuestras cosas, aunque puedan ser muchas y legítimas nuestras quejas del mundo. Unos cuantos hijos de campesinos u obreros cogimos en su día vientos favorables y pudimos aprovecharlos para atracar en puertos algo apacibles. Creo que son esos orígenes los que, sin embargo, no me dejan convivir a gusto con lo que me rodea o disfrutarlo como si fuera mío y tuviera un derecho innato e inatacable a todo lo que se me ha dado.

                Esa historia tuya que en tu comentario nos cuentas es de las que me sublevan. Son los contrastes los que se me indigestan. Se me hace intolerable que las oportunidades que a unos se les hurtan las exhiban otros con descaro e inconsciencia. Me indigna hasta la náusea que no compitamos todos en buena lid y que se nos divida a base de que las condenas para unos se contrapesen con privilegios para otros.

                Son miles y cientos de miles de historias pequeñas, granos que van haciendo granero, un granero de podredumbre y corruptelas. Donde quiera que miremos, veremos trabajadores sacrificados y profesionales honestos, claro que sí, bastantes, personas que se dejan la salud en el tajo, que sacan adelante sus vidas y a sus familias con esfuerzo honrado y sin robar a nadie. En todas partes, por todas partes los hay, obreros, empresarios, profesores, abogados, jueces, amas de casa, empleados de banca, administrativos, funcionarios variopintos. Pero hay termitas, muchas termitas que van devorando los débiles cimientos y que han crecido y se han multiplicado en estas épocas recientes, favorecidas por el ambiente, en el microclima más propicio. Se ha robado a manos llenas, en todos los órdenes y a todos los niveles, a escala millonaria y a pequeña escala. No sé cuántos podrán tirar la primera piedra y si me pongo a pensar con calma y rigor, seguro que yo tampoco. Los lemas ya sabes cuáles eran: todo el mundo lo hace, no está mal visto, tonto el último, no vayas de pureta, nadie te va a decir nada, no te preocupes, que nadie tirará de la manta, por la cuenta que les tiene a todos, hoy por ti mañana por mí, en el fondo el sistema me lo debe, salen ganando todos aunque yo me beneficie más, tienes mucho que perder como te hagas notar por ir de ultrahonesto, no te metas con los demás, todos somos iguales a la postre, es importante la tolerancia, los trapos sucios se lavan en casa, nadie te agradecerá tus renuncias, si quieres prosperar en lo tuyo ya sabes lo que hay, si lo hacen los más jefes y me lo ponen a huevo a mí a ver por qué yo no, quién soy yo para perjudicar a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros y a cuantos de mí puedan depender…

                Mil y una historias de cada día. Solo hay que estar con la antena orientada para captarlas en su valor, en su valor negativo. Nada más que hace falta esforzarse un poco para que lo anormal no parezca normal, y lícito y legítimo lo espurio. Ya sé que no es necesario a estas alturas y que no será la mejor medicina para tu decaimiento, pero permíteme que, a boleo, saque conversaciones y detalles que recuerdo de estas últimas semanas en mi ambiente. Supe de un funcionario, no importa de qué rama, que tuvo un pequeño encontronazo con su superior. Al día siguiente me contaron de él: pequeño roce con el coche en una rotonda, cervicales, of course, “baja hasta octubre por lo menos, y eso si le pasa el enfado”. Con esas palabras me narró la situación una persona enterada y nada sospechosa de poner o quitar.

                En mi universidad, al lado de esos esforzados docentes e investigadores a los que no es preciso que vuelva a referirme, conozco algunos que no dan maldito golpe, nada de nada, y que en sus clases, día sí y día también, cuentan la mili o comentan el partido del domingo o piden a los estudiantes que conversen sobre alguna peregrina noticia del periódico de ayer. Y no pasa nada, están blindados, el sistema no solo los tolera y no los depura, sino que, hurgas un poquito, y descubres que tienen padrino, madrina y perrito faldero. En la universidad, por cierto, los aparcamientos de profesores están muy vacíos estas semanas, aunque no estamos de vacaciones. Algunos se quedan a trabajar en casa en sus libros y artículos, de eso no me cabe ni la más mínima duda, y otros andan por ahí en misión académica, a sus conferencias o labores político-burocráticas. Otros no. Otros se están tocando los cojones y los ovarios, sencillamente. Y les oyes decir cada dos por tres: intolerable que no nos paguen más, insufrible que alguien pretenda que tengamos algunas clases por las tardes, inadmisible que nos pongan más horas de docencia. ¿Docencia? En el BOE de hace pocos días salía una bajada de pantalones del Ministro de Educación ante los rectores. Pues, ¿sabes?, el Ministerio pretendía que los que no tengan acreditada investigación en los últimos lustros den más clases, al menos. Sí, técnicamente no estaba muy lograda la norma, seguramente, pero se trataba de que algunos pasaran de 24 créditos de docencia a 32 por curso. Multiplica por diez y te salen las horas de clase: que los menos investigadores explicaran 320 horas en vez de 240 (también se rebajaba a 180 horas a los más laboriosos, supuestamente, en lo de investigar). Los rectores pusieron el grito en el cielo, oh cielos, por tamaña ofensa a su gente, a su votantes principales, y el Ministro dijo que bueno, que era una idea, pero que hagan lo que quieran. Autonomía universitaria, sublime invento.

                Santos no deben de quedar y yo tampoco lo soy. No hay cielo ni paraíso para los santos ya. Mañana, miércoles, tengo una charla en un curso en Avilés, en nuestra Asturias del alma, y de allí me voy a Galicia a la playa, hasta el domingo. Espero que no llueva. No, no estamos de vacaciones, que yo sepa. No me hago bueno porque otros sean peores, tampoco es eso; pero hay compañeros en mi universidad que no aparecen desde hace un mes o dos o tres y no es porque estén de permiso oficial o encerrados en alguna biblioteca culminando una sesudísima investigación. Malos, lo que se dice malos, somos cuando denunciamos que en no sé qué facultad el decano es (era) vitalicio y sin eleccciones o que fulano plagia hasta el DNI del vecino. Reglas sí hay, y terminantes, pero no son las que cualquier ingenuo ajeno al cotarro pueda creer. Son al siciliano modo; o al calabrés estilo.

                Pobre universidad, siempre la traigo a colación porque, con mis limitaciones y mis anteojeras, es lo que mejor conozco, casi lo único. Pero fíjate, hasta estoy medio convencido de que, de promedio, las universidades deben de ser de las instituciones más honestas y que mejor funcionan, a pesar de la pinza que les hacen ministros, consejeros autonómicos y rectores. Cómo estará, pues, el mundo por ahí. Tengo un amigo extraordinariamente competente y experto que es alto funcionario municipal en una provincia que no es esta en la que vivo. Pobre hombre, cometió el error de no dar de paso unos gastos muy cuestionables de un amiguete del Presidente de la Diputación. Le han bajado el sueldo, lo han colocado en un rincón, se ciscan en sus muertos a diario y está avisado de que al mínimo gesto torcido, le abren expediente y acaban de buscarle las vueltas. Le iba bien gracias a sus grandes conocimientos técnicos y pensaba, el incauto, que lo querían por eso. Por eso dejaron de quererlo y cayó en desgracia. Le quedan dos telediarios.

                Vivo en León, pero estoy seguro de que no será diferente cualquier otro lugar. ¿Te acuerdas de que en el Ayuntamiento de León había un funcionario en nómina y cobrando a tocateja, pero que llevaba unos diez años sin aparecer por su puesto de trabajo, pues era alcalde de otro municipio cercano? Sí, del municipio en que yo vivo. El escándalo lo soltaron los periódicos locales y dio para varias semanas. Pero no pasó nada. Empezó a ir por allí y a fichar un poco, y todos tan amigos. Ni devolvió lo indebidamente percibido ni se exigió responsabilidad a nadie. Obviamente, los fiscales de aquí nada tenían que decir, pues eso no debe de ser ni apropiación indebida ni malversación de caudales públicos ni cosa ilícita o que merezca la pena. No vas a comparar con la gravedad de darle unas voces a la parienta o atizarle un azote al niño que tortura al abuelo. ¿Conoces a alguien que en alguna parte de este país haya tenido que devolver lo indebidamente percibido y que no sea un pobre mindundi que cobró un día de más del paro o que se equivocó al hacer la declaración de la renta?

                El Diario de León cuenta ahora mismo, en portada de su edición digital, que el Consejero de Economía y Empleo de Castilla y León ha sacado de la chistera una norma por la que se prorroga hasta el 2015 el cargo de los consejeros de Caja España o como carajo se llame ahora, de los consejeros políticos (ya sabes, partidos, sindicatos y empresarios de aquella manera, todos de marca MiAmol) que, según la Ley de Cajas promulgada en tiempos de Zapatero, ya tenían que estar fuera o estar saliendo. Y todos contentos y aquí no ha pasado nada porque no pasa nada nunca, viva la madre superiora. Será por lo de la economía y el empleo.

                A la Munar, la canalla balear, le han caído cinco añitos, noticia de ayer. Le compensa, eso seguro. El Dioni era un aficionadillo lamentable, aunque no más hortera. Y no es que sea yo partidario del ensañamiento penal ni de punitivismo desmedido. Pero, caramba, a una pobre “mula” que intente pasar por Barajas medio kilo de droga metida en el trasero le cae más trullo. Es lo de la proporcionalidad de las penas, asunto muy interesante para cuando queramos arrancarnos los cuatro pelos restantes. Si mañana me cazan a mí en el ordenador unas fotos de críos en pelotas, estoy acabado y a ver quién me escribe o me manda donuts mientras dure todo el tiempo que me espera entre rejas. Si soy alto cargo en cualquier lado, he enchufado a ochenta parientes o doscientos amigos, he cobrado tropecientos mil euretes al año, me he llevado unos kilos en comisiones y, de paso, he arruinado para décadas la institución en cuestión, a lo mejor me procesan o a los mejor no, pero casi seguro que no, aunque las pruebas de mi latrocinio estén en los papeles más claras que las fotos aquellas en mi disco duro. Por lo de la presunción de inocencia bien entendida, cómo no. Inocencia también cobra por veinte minutos y la cama, señor fiscal. Justicia divarina.

                Bueno, querida Anabel, no es justo que te haya tomado como pretexto para mi enésimo desahogo estéril. Me gustaría tener ánimos para darte, pero sería de un cinismo grande. Invitarte a esperar tiempos mejores sonaría a escarnio en estos tiempos, que son indudablemente mejores que los que aguardan a la vuelta del año. Te ofendería si tratara de consolarte con el argumento de que serán o seremos muchos los que te igualen esta temporada en la desazón y la falta de salidas. Por ejemplo, la mayor parte de esos pobres chavales que veo en las aulas. Es una pena que no puedas irte pitando de España, pues esta temporada es el único consejo leal que se me ocurre para los buenos amigos que no se conforman con ver cómo la miseria se acerca perfumada de injusticia. Nada más me queda que desearte suerte, un buen golpe de suerte, y te la deseo de corazón.

                Que sepas al menos que en León tienes un amigo, aquel joven profesor de antaño que se va haciendo un viejo profesor cascarrabias y que cada día en su trabajo sufre más al llamar principios a las mentiras y normas a los instrumentos del universal pelotazo. A lo mejor nos vemos algún día en las calles, cuando toque salir a las calles en serio y en la debida compañía. Y, si pasas por León, sabes dónde encontrarme, donde siempre y haciendo lo de siempre, mientras se me permita, que quién sabe.

                Un fuerte abrazo.

                Juan Antonio.

16 julio, 2012

Recortes y amputaciones


                Será deformación profesional, pero ni lo entiendo ni me sale explicarlo si no es con el habitual ejemplillo casero. Así que vamos con él. Usted tiene una mansión grande y la administra. En ella viven cincuenta personas. Van de cuenta de usted gastos por un total de un millón de euros al año. Con tales dineros usted paga la luz comunitaria, el agua para los servicios comunes –piscina, aseos colectivos…-, la limpieza de las dependencias generales, los sueldos de los que llevan los papeles y la contabilidad, el transporte escolar de la mayor parte de los niños, etc. Además, dentro de tal presupuesto de gastos entra también lo que se pone para ayudar un poco a algunos de esos cincuenta vecinos que se han quedado sin trabajo hace tiempo, y cosas por el estilo, loables obras de ayuda social. Los que en la mansión cohabitan también hacen sus aportaciones, unos más y otros menos, y en total arriman unos quinientos mil euros anuales. Sale deficitario el balance. Había unas propiedades comunes, pero ya se fueron vendiendo para compensar tanto desequilibrio y ya no queda nada más que se pueda ofertar a compradores. Así que desde hace unos años usted pide crédito tras crédito para cerrar las cuentas de cada anualidad. Al principio, los prestamistas se los daban sin mayor problema y con un interés razonable. Pero resulta que sus ingresos y los de la comunidad van bajando año tras año, por lo cual los que le prestan empiezan a inquietarse mucho y le cobran intereses cada vez más sustanciosos. O a este interés o cerramos el grifo y allá se las compongan, le dicen. Usted tira para adelante y sigue endeudándose. Se va endeudando tanto, que los nuevos créditos ya le llegan nada más que para ir devolviendo los anteriores, con su interés.

                O sea, y puesto más claro. Para el año que viene usted tiene el millón de euros de gastos corrientes (los antes mencionados: luz, agua, limpieza, administración…) y otro millón más que le toca apoquinar a los bancos como devolución de préstamos y como intereses de los préstamos. Total, que ahora pide un crédito de millón y medio, a lo que le responden que tururú, porque es obvio que dentro de una temporada solicitará tres millones para poder seguir con sus pagos ordinarios y para devolver aquellos dos. Y así sucesivamente. O sea, se ha subido usted a una espiral o está montando eso que se llama una pirámide o una burbuja: el día que no le presten, quebrará oficialmente; pero como en verdad ya está quebrado, los que le dejan el dinero saben que no pueden seguir dándoselo, porque entonces la jugarreta se la hace a ellos y serán ellos los que se vayan al garete. Para usted los préstamos ya son absolutamente imprescindibles, pero los dueños del parné se van dando cuenta de que lo imprescindible para ellos es dejar de financiarlo a usted. Tienen otros más solventes con los que invertir, para colmo.

                Entonces usted se dirige a los que en la casa cohabitan y les cuenta que ya no hay de dónde sacar para seguir con el invento y con ese tren de vida. Que hay que recortar drásticamente los gastos comunes, vaya. Y todos, los cincuenta, le responden al unísono: que no. O, mejor dicho, que sí, pero que recorte a los demás, a los otros. Eso clama cada uno. El de la tercera puerta le espeta que él ya vivía allí cuando la mayoría no había ni nacido. El de la quinta, que él sigue teniendo un derecho constitucional al ocio y que la suscripción colectiva al Plus es innegociable, que no se retira o nos veremos en los tribunales. El cojo de la entreplanta, que cómo no se va a abonar el mantenimiento de los ascensores, que a ver cómo sube y baja él entonces. El rentista del ático, que lo que él ganó con su esfuerzo es suyo y que si se lo tocan más se larga a un apartamento en Montecarlo y a ver cómo se las apañan sin su cuota. Y la mayoría coincide en un lema: no hay derecho a que se recorte, abajo los recortes, a gritar ahora mismo contra los recortes. Así que en la acera de enfrente los ve usted todos los días a casi todos, el rentista, al cojo, al antiguo y al televidente compulsivo, bramando al unísono contra la injusticia de que se reduzcan gastos, pues todos están de acuerdo en eso, cada uno desde su peculiar interés en que no le afecte a él.

                Dice el uno que si él mandara iría todo sobre ruedas porque podaría el gasto en ascensor y, de paso, haría buen ejercicio todo el mundo al subir escaleras. Este es el que vive en el bajo. El otro, gran lector, sostiene que si él tuviera el poder, se acabarían las antenas colectivas y los canales comunitarios de televisión, con lo que cuestan. El rentista propone que cada cual friegue su porción de escalera y que le den a él una comisión por organizar los turnos y los horarios, mano de santo para ahorrar un pastón y que cada cual se haga corresponsable de la higiene del inmueble. Y todos así, pasándole el cáliz al vecino al grito común de no nos moverán.

                Oiga, usted qué haría. No se me excite malamente y antes de tiempo y no se identifique ni con Rajoy ni con Rubalcaba, siéntase gobernante del Estado a secas, Estado sin más, o su administrador.  

                La situación de España es así de trágica y terminal, ni más ni menos. Hasta la retórica se nos mustió. Hace cuatro días, en los descansillos del edificio se comentaba aquello de somos una casa de bien, nuestras posibilidades de salir adelante son enormes, tenemos un potencial muy rico y apenas explotado, cualquiera puede confiar en nosotros y nuestra gestión… A tomar por el saco, ya hemos caído de la burra. Ya casi no nos presta nadie nada más y está a la vuelta de la esquina el cierre definitivo de la ventanilla. Finito, kaput, bye-bye. Nos acordamos ahora de la señora progenitora de los bancos, los mercados y los capitales financieros; sí, desde que no nos prestan estamos contra el capitalismo especulativo, pero nadie decía esta boca es mía y a ver a dónde vamos a parar en aquellos momentos en que vivíamos de fiado porque nos fiaban. Es más, la mayor parte de ese vecindario de nuestra fábula ponía, feliz, sus ahorrillos ahí: que si unos planes de pensiones, que si unas acciones  bancarias, que si unos fondos de inversión. Y tan contentos a lomos de la especulación y el buen negocio, usureros anónimos e indocumentados.

                Pongamos que sea certero ese diagnóstico que he presentado a modo de parábola casi evangélica (uno recibió la educación que recibió). Si no es así, me someto gustosísimo a correcciones y enmiendas. La tesis, ya se ve, es sumamente sencilla y fácil de entender: estamos arruinados, vivimos de lo que nos dejan y por esa vía tampoco cabe ya seguir. La conclusión, pues, sale sola: algo habrá que hacer, algo serio, muy serio. Pero algunos datos aumentan el desconcierto y alimentan la desesperanza. A saber:

                - Fuera de nuestras fronteras sí hay dinero, particularmente en los países que se han administrado mejor que nosotros o que han sido más productivos o que han sabido hacer mejores negocios. Es posible que alguno de esos negocios haya sido con nosotros o costa nuestra, pero pararse excesivamente en eso nada más que vale ahora para aumentar la melancolía. En su día estábamos contentos vendiéndoles la moto; o comprándosela, tanto da ya. Lo que pasa es que esos que tienen la pasta que nos podría sacar del aprieto insisten en que no nos la regalan y que lo de prestarla, según y cómo. O sea –sigamos con la historieta-, que si es para que sigamos teniendo piscina y jacuzzi en nuestra urbanización y unos ascensores psicodélicos, que no, que montacargas y un caño en la plaza de la entrada. O que les demos las llaves y las escrituras y ellos se ocupan, con lo que se puede dar por fastidiado tanto el del Plus como, incluso, el cojo. Entre otras cosas, porque los parroquianos de allá dicen lo mismo que diríamos nosotros si las tornas fueran a la inversa: que cada palo aguante su vela, que por qué tienen que pagar justos por pecadores y que el que quiera peces que se moje el culo. ¡Ay si nosotros fuéramos funcionarios alemanes o mineros de la cuenca del Ruhr! –por cierto, casi no quedan mineros en la Cuenca del Ruhr, pero ahora hay una industrialización tremenda allí-.

                -  Nuestros partidos políticos son la monda. Han descubierto que la demagogia da votos, pero cuando los tienen no saben qué hacer con ellos. Gobernaba el PSOE y aquella lumbrera inmortal que era su líder ganó sus segundas elecciones afirmando que todo mentira y que antipatriota el que dijera que venía una crisis. No supo cortar los vicios y malos usos que ya venían de antes y, de propina, dilapidó cuanto había, al grito de somos ricos y guapos. Cuatrocientos euros para cada votante, subvenciones para cualquier cabestro que presentara cualquier proyecto idiota, cheque-bebé también para los bebés que venían al mundo en cuna de oro o desde París en bussiness class, urbanismo de asalto, autonomía universitaria, eliminación de los impuestos que más molestaban a los más ricos… Eso sí, votábamos a Zapatero porque era progresista y rojo. Manda pelotas. Y en la oposición estaba un tal Rajoy, del PP, que juraba en latín ceceante que él tenía la solución y que esto lo ponía de pie su partido en un pispás. Y ahí lo tienen, no hace falta que les cuente nada. Ni él ni su partido tienen ni repajolera idea de cómo se repara este monstruoso entuerto, dan palos de ciego y se los dan a los ciegos más que nada.

                - La gente no entiende ni papa. Yo también soy gente, ¿eh?, conste. Así que paso a la primera persona del plural. No entendemos nada sobre todo por una razón: no queremos entender. Estamos en contra, eso sí. ¿De qué? De lo que sea que nos perjudique tanto así, mucho o poco. Y ahí fuera está lleno de malos malísimos. El mal son ellos. ¿Quiénes son ellos? Depende para quién. Pero siempre los demás. Para unos los banqueros, que estafan; para otros, los funcionarios, que no dan golpe; para los de más allá, los obreros, que no hacen más que ponerse de baja o comer bocadillos a las once; para los profesores, los estudiantes; para los estudiantes, los profesores; para los sindicalistas, la patronal (aunque si en lugar de llamarse patronos o empresarios les decimos emprendedores, entonces es buena gente); para la patronal, los sindicatos, que no tienen más que liberados; para los catalanes, los madrileños y muy particularmente los extremeños; para los madrileños, los catalanes… Y para todos, para absolutamente todos, los políticos… a los que masivamente votamos, siempre a los mínimos o con escasa variación, ya que la suma de votos de PP y PSOE apenas cambia, elección tras elección. El veredicto es unánime a diestro y siniestro, para tirios y troyanos: la culpa siempre es de los otros y, además, la crisis se solucionaría a las mil maravillas arreando cuatro patadas a esos villanos y dejándome a mí tal como estoy, o hasta un poco mejorado, si hubiera justicia en este país.

                ¿Alternativas? ¿Soluciones? Procedamos paso a paso.

                Las alternativas son dos, o eso parece. Una, que sigamos como estamos y como hasta ahora, jugando a la gallina ciega y con un gobierno que no sabe gobernar porque no entiende, ni de lejos, lo que se trae entre manos. Un gobierno que, para colmo, tiene miedo a la calle y a las posibles protestas, pero que por encima de todo tiene miedo a la política y a los políticos, empezando por los de su propio partido. España tardará generaciones en recuperarse de esa doble decepción, de los dos excesos de confianza: la confianza optimista en un Zapatero tontaina y la confianza desesperada en un Rajoy incapaz.

                Pero esa alternativa no es alternativa, porque los capítulos siguientes están cantados: nos interviene Europa. Así que lo de mantenernos así, como disimulando y como este gobierno hace, no va a funcionar y lleva de hoz y coz a la intervención del país ¿Nos intervienen los europeos porque son malos y no nos respetan nada? No, nos intervienen porque quebramos. Si no hay intervención, a los funcionarios no se nos pagarán las nóminas, pues no habrá con qué; ni habrá con qué abonar la luz de los quirófanos ni la calefacción de la escuelas. Si hay intervención, nos acordaremos los funcionarios con gran nostalgia de cuando solamente nos quitaron la extra de navidad. Y donde digo funcionarios, que ponga cada oficio sus barbas a remojo. Si esto no cambia de rumbo, en tres o cuatro años el mileurista será afortunado, pura élite salarial.

                Soluciones tienen que quedar, excluidos los milagros, la acción de la Virgen de Covadonga o la conversión de Alemania y Finlandia en una ONG altruista a más no poder. Mas esas soluciones no tienen más que una vía y una forma: recorte de gastos del Estado, de los gastos de las administraciones públicas. ¿Cuáles? De eso, precisamente de eso, es de lo que tenemos que hablar y sobre lo que hacen falta unos cuantos acuerdos fundamentales. Sí, acuerdos. Hay que acabar con los que se las prometen felices a base de explotar los desacuerdos y a base de manipular al vulgo más manipulable. Lo hizo el PP en la oposición, ciertamente. No deben hacerlo otros ahora. La grandeza toca cuando toca y aquí te quiero ver, morena.

                Esta temporada y estos días me encuentro con muchos y muy queridos amigos y compañeros que todo el rato me preguntan lo mismo: ¿tú no protestas contra los recortes y no te vas de manifestación por eso? En cada ocasión salgo del paso como puedo, pero en el fondo la respuesta es no. Contra los recortes en general o en abstracto no estoy, porque son inevitables y si no llegan será peor. Contra los recortes a los funcionarios no grito porque soy funcionario, mira qué prurito más tonto. Contra los recortes de la minería no me alzo porque no sé qué tienen los mineros que les falte a los de otras empresas que carecen de subvención o a las que se retira la subvención y cierran. ¿Y si mañana suprimieran veinte universidades públicas, y entre ellas la de León? Creo que sobran unas pocas universidades públicas (o sobran tal como ahora funcionan, el matiz se puede debatir) y si saliera a protestar junto con mis compañeros iría a defender mi puro interés personal, como un minero más.

                Vale, que todo perjudicado por reestructuraciones y recortes se indigne es comprensible. Pero si esto no puede continuar así, a alguien le tiene que tocar la china. Y de este modo llegamos al núcleo de la cuestión y espérense antes de llamarme conformista, derrotista y vendido, o de tirarme un ladrillo al cráneo. Lo que no se ha debatido como se debe, lo que no se ha considerado seriamente y en el marco de esta democracia que llamábamos deliberativa antes de que se fuera a trabajar al club, lo que requiere reflexión y poso es eso: cómo se reparte la china. Y ahora espero explicarme mejor que hace un rato: no me voy de manifestación con nadie que no plantee alguna alternativa seria y que pueda ser mínimamente viable para salir de esta. Que bien está protestar, naturalmente que sí, pero urge proponer y acordar.

                Estamos sumidos en un juego político perverso en grado sumo. Se procede según estos pasos. Uno, votamos en masa al cantamañanas que más alto proclame que tiene la solución mágica. Dos, cuando ese cantamañanas gobierna, y en cuanto nos toca un pelo, nos enojamos. ¿Por qué nos enojamos? Porque no hizo lo esperado. ¿Y qué era lo esperado? Ah, ahí está el misterio, pues él no había dicho qué iba a hacer o no había dicho que fuera a hacer nada que pudiéramos tomar en serio si nos tenemos algo de autoestima. Pensamiento mágico con derecho al pataleo. Como niños.

                Es imprescindible refundar nuestro sistema social y político sobre nuevos acuerdos y, nos guste o no, esos acuerdos tienen que prosperar o culminar entre los partidos representativos, los sindicatos, la patronal y los movimientos sociales con auténtica implantación, si es que los hay. Y deberían pasar por estos puntos básicos:

                1. Por decencia, por orgullo ciudadano y por justicia, no se puede hacer borrón y cuenta nueva, es imprescindible mirar atrás y ajustar algunas cuentas al pasado reciente. No pueden irse de rositas los que nos llevaron al pozo y nos empujaron en él hasta el fondo. Puesto que somos y queremos ser Estado de Derecho, determinadas vías están cerradas, como la aplicación retroactiva de normas penales. Pero de las que había y hay no se ha hecho el uso posible y debido. El primer acuerdo debería ser para poner a trabajar a destajo a los fiscales, caiga quien caiga y aunque las pase canutas hasta el maestro armero. Esa herida, la de tanta corrupción evidente y no perseguida, o la restañamos adecuadamente o se nos gangrena. Y lo mismo que se tienen que exigir en Derecho las responsabilidades que el Derecho permita, se impone una catarsis política, el sistema político necesita un depurativo. El problema está en que debe autoadministrárselo, pero ahí sí que puede tener su buen efecto la presión popular. Hasta ahora, con esa curiosa costumbre de votar más a los que más descaradamente roban y tienen más procesos abiertos, no hemos avanzado mucho. Puede ser la hora de cambiar.

                2. Sentado que los famosos recortes no tienen vuelta de hoja, porque de donde no hay no se puede sacar y porque ya va siendo hora de que pensamos en no dejar más hipotecas para que las paguen nuestros hijos, deben ponerse sobre la mesa todos los criterios viables de reparto del ajuste. Los factores a considerar son de fácil mención –aunque no se les está haciendo ni puñetero caso- y de difícil evaluación. Estos: justicia social y eficiencia. Es un tópico lo de que la crisis se está cargando sobre las espaldas de los más débiles, pero también es rigurosa verdad. Ha de garantizarse el buen funcionamiento de los servicios públicos esenciales y se tendrán que podar los no esenciales. Y el sacrificio, que a todos tocará, debería ser proporcionado a la posición y situación de cada uno.

                Lo de la eficiencia significa que no sirven las medidas para la galería nada más, ni vale pensar que se arregle con unos pocos chivos expiatorios. Por ejemplo, habría que acabar con el infumable privilegio de las sicav, pero nos engañaremos tontamente si creemos que lo que de ahí salga va a tapar los agujeros y librarnos de otros apretones. Y la eficiencia tiene que ver también con el tentarse la ropa y ver que tampoco es soportable una política que haga caer por completo el consumo que no sea de pan, leche y huevos y que añada tres o cuatro puntos a los índices del paro.

                ¿Cuadratura del círculo? No, viable si los partidos mayoritarios quieren. Entre PP y PSOE no hay distancias ideológicas o programáticas que impidan esos pactos. Es más, a medio plazo su supervivencia depende de que lleguen a ellos. Que se tienten la ropa si prefieren seguir en la frivolidad demagógica.

                3. El sistema político necesita reformas de fondo y hasta la Constitución exige revisión. En esto sí que la sociedad va siendo un clamor y si no se atiende, llegará el reventón de la peor manera. Esos mismos partidos, sindicatos, asociaciones y movimientos que se pongan a dialogar tendrían que dedicar las mañanas a la economía y las tardes a la reforma política, institucional y administrativa. No hay solución, tampoco en lo económico, sin un Estado viable y funcional. Y la gente aceptará tanto mejor su parte en las penas cuanto más vea a la famosa casta política dispuesta a disolverse y a reintegrarse en la ciudadanía de bien.

                Y que salga el sol por Antequera.

                O sea, que será que no y tendremos intervención y miseria. Una pena.