07 junio, 2012

Literatura en internet. Por Avelino Fierro Gómez


Hace un par de semanas estuve en Madrid disertando sobre nuevas tecnologías invitado por Consuelo Madrigal Martínez Pereda.
Escribí un texto para la ocasión –el cuarto y mitad de ponencia escrita estaba a 600 €, el parloteo solo a 300- con mi bolígrafo Pentel BK77. Mar lo pasó a máquina en Times New Roman, cuerpo 12, normal, interlineado simple, justificado a toda la página, con sangría en la primera línea y los párrafos separados entre sí por un blanco de cuerpo.
Titulé aquello “ciberescepticismo”. Y ya los dos primeros párrafos anunciaban que iba a ser evasivo con el tema que me habían propuesto y que todos esperaban ver desarrollado y disertado muy doctamente. Vieron los asistentes, que habían pagado por ello, que no iba a ser una presentación a lo Steve Jobs, q.e.p.d., que ni siquiera había un sencillo “power point”, que estaba ante ellos con unos folios y un boli barato.
Hagamos un inciso, una digresión, una larga nota al pie que viene muy a mano. Yo les advertí –siempre recuerdo aquellas máxima del semanario satírico de los setenta, Por favor: “el que avisa no es traidor”-, dije que el año pasado se había fundado un partido mundial antipowerpoint que tenía su domicilio social en Suiza, que yo estaba en trance de afiliarme, que esas presentaciones en las que predomina la forma sobre el contenido no sirven para nada y nada queda en el recuerdo, en la mente de los asistentes. 
Conté una historia de las cavernas digitales. Hace años, mi amigo Pepe Navarro iba a dar una charla en un gran despacho de abogados. Contó que llegó a las oficinas en lo alto de una torre madrileña de amplios ventanales, moqueta en la que uno se sentía hundir agradablemente y secretarias en la recepción, todas guapas, con cara de saber veinte idiomas y una voz envolvente y susurrante, de colegio de pago de monjas tamizada luego por todas las armas de mujer. Una de ellas se le acercó: “Buenos días, Don José,  soy fulanita, voy a encargarme de preparar su conferencia, de estar a su lado y proporcionarle todo lo que necesite. Por cierto, Don José, ¿va a venir usted con trasparencias?”. A lo que Pepe, grande y de buen peso, cara aniñada, medio cordobés guasón, le replicó: “Por favor, señorita, yo vendré con traje y corbata, como todo el mundo”.
Sí, los asistentes cayeron pronto en que iba a ser elusivo, que escurriría el bulto, que me iría por las ramas o por los cerros de Úbeda y Consuelo empezaba a temer que aquella charla de clausura podía acabar como el rosario de la aurora.
Titulé mi intervención “Ciberescepticismo”. Copio los dos primeros párrafos. Con ellos y las notas de desarrollo se consumió casi todo el tiempo de mi intervención, que llenó unas dos horas. No me tiraron tomates –porque nadie esperaba algo así- ni las únicas armas arrojadizas con las que iban pertrechados: sus ebooks, tabletas, blackberrys y cosas así, que cuestan un potosí. Salí apresuradamente por una puerta trasera con cara de satisfacción, de niño malo, de salvaje de la época analógica, sabiendo que en aquel foro tan cualificado y con estos pelos no me volverían a contratar.
“Comenzar reflexionando sobre las nuevas tecnologías, para quien esto escribe, es casi entonar un réquiem por el mundo de ayer, del libro, de la escritura, de la cultura. Podríamos ser más asépticos y menos agoreros y tratar de dejar constancia en tres o cuatro páginas, de la evolución de la humanidad, desde los reparos socráticos contra la escritura, al asombro de San Agustín viendo a San Ambrosio, obispo de Milán, en el 384, leer en silencio sin articular las palabras, pasando por la invención de la imprenta de tipos móviles, la frase de Mallarmé “tout au monde, existe pour aboutir à un livre”, la máquina de Turing, la Biblioteca de Borges, hasta el Internet de las cosas, y Second Life.
Sí, podríamos limitarnos a describir esa evolución tecnológica, lo que ha representado estos últimos años la irrupción en la vida de todos de las innovaciones del mundo digital. Escribo desde un espacio recogido y que reconozco desde hace mucho, una habitación propia, una biblioteca con estantes polvorientos y atestados; debo dar el salto hasta las nubes del “cloud computing”. Podría adoptar una actitud aséptica, pero ya digo que será escéptica. Para ello nos ayudaremos de las opiniones de autores que han comenzado a cuestionar las bondades de la Red.”
Dije mucho más, para todas las edades, de los 9 a los 90; diría que me fui arriba por la senda del filobiblon.  No hay –les decía- producción de conocimiento, que el paupérrimo contenido reflexivo del susurro, del gorjeo (tweets significa eso) producto del “me aburro” adolescente no fomenta la creatividad ni la innovación, que los mayores se han apuntado a lo instantáneo y banal, a ese puro presente rápido, intrascendente, efímero y sin memoria. Les hablé de las investigaciones con la babosa Aplysia y de la máquina de escribir de Nietzsche, que cambió su forma de pensar, cité mucho a Carr, les dije que la Red es un “ecosistema de tecnologías de la interrupción”… Me callé que yo entro a menudo en Internet buscando a nuestros mejores pensadores y literatos.
Muy pocas veces los dioses del destino virtuales hacen que sus designios coincidan con algunos caprichos personales, pero ese es mi caso. Consciente de todos los peligros citados y todas las tonterías digitales un día me propuse no pasar de la “A” al googlear. Pero allí están los amigos o autores que merecen la pena: García Amado y su blog “dura lex”; café Arcadia, el blog de García Martín; Arcadi Espada y el periodismo; Félix de Azúa; Andrés Trapiello y su hemeroflexia; el Acantilado ruina.
Aunque algunos andan ya jeremíacos y lamentando que el uso generalizado de las redes sociales arrincone y haga que esté disminuyendo el número de enlaces entre blogs (Vila Matas, en El País de 20 de febrero de 2012, “Los viejos blogueros nunca mueren”, refiriéndose a otros como El lamento de Portnoy, Rango finito , Vano oficio, Hermano Cerdo…) yo estoy tranquilo.
He aprovechado otras cosas –muy pocas- que entran por el ordenador, por los ojos, por otras partes blandas. Las muñecas rusas que me escribían, una de cuyas cartas copié literalmente en este diario, me llegaron a entusiasmar. ¿Recordáis? “Me llamo Svetlana! Mi de Rusia. A mi de 30 anos… En general mi el romantico. Amo sonar sobre hermoso. Agradable ir la tarde caliente sobre el amarradero, mirar el rio pequeño, que la gente es ocupada, aspirar el aire fresco…”
Algunos amigos me desaconsejaron entablar relación epistolar. Pero alguien más tiene mi dirección de correo electrónico y en estos días las misivas han arreciado. Siento que sean tan cortas. O igual es que son alumnas de un taller de escritura y se han pasado al microrrelato. Os enseñaré sólo las de los dos últimos días.
De: “Arrensa Tafoya”.  ¿Es una molestia para usted para mantener su Wang despierto toda la anoche Jumpstart su dominio hacer el amor.
De: “Rainiero Alemán”.    Usted necesita tener su vida sexual de edad hacia atrás y lo necesita ahora! Ponga su corcho en todas las niñas que su sueño de!
De “Arturo Luna”.  Tu vara va a reaccionar en cada pequeño impulso de ella! Usted será más caliente porque ahora puede tener relaciones sexuales!
De “Rosaura Hidalgo”. Lo que un hombre necesita para hacer que se sienta mujer cerca de su amor! Paquetes para la vida carnal libre y éxito!
De “Valéry Jasso”. Siempre habrá algo abultada en los pantalones a su favor. Dejar de soñar de una mejor vida íntima, comienza a tener la misma.
De “Virgilio Valverde”. ¿No hay suficiente fuego en tu dormitorio? ¿Quieres hacer el amor con ella?

4 comentarios:

Angel dijo...

Estimados, una presentación hecha con Powerpoint donde el escaparate prima sobre el contenido es, simplemente, una presentación mal hecha. Las herramientas son inocentes, los culpables son los que las usan mal. Por suerte, no todo el mundo usa mal estos programas (Powerpoint es solo uno de tantos).

El que suscribe dijo...

Estimado profesor,

Si fuera posible, a mi me interesaría leer dicho texto, ¿sería posible?

Muchas gracias por adelantado y reciba un cordial saludo,
Ignacio Álvarez

Garciamado dijo...

Estimado "El que suscribe" o Ignacio:
Páseme una dirección de correo electrónico y el autor le hará llegar el texto en cuestión.
Saludos.

El que suscribe dijo...

Lo hago gustoso, quedándole muy agradecido de antemano por la gestión:
ignacioalvrod@gmail.com
Un cordial saludo