22 septiembre, 2014

Plastaluña



  Ruego que no se me altere nadie por el título. Tómese como si hubiera escrito también Plastaspaña. Escrito queda. Y de estas cosas vamos a hablar, a ser posible.
  Vaya por delante que cada día estoy más convencido de que estamos todos muy determinados, no sé si por los genes, seguramente, o por las concatenaciones astrológicas. Alguna vez he leído en un muy ilustre historiador de las ideas políticas que lo de ser conservador y progresista es antes que nada una cuestión de temperamentos. Me convence bastante la idea. Y el temperamento debe de depender lo suyo de factores innatos que, todo lo más, se pueden ir amoldando un poquito.
  En ese orden de ideas, creo con sinceridad que a mí me falta el gen nacionalista, o que lo tengo chuchurrío. Se dice a menudo que en el sentimiento nacionalista, se proyecte sobre la nación que se proyecte, hay un buen componente emotivo. Pues me falta cuarto y mitad de esa emotividad. Así lo pienso, francamente. O quizá es más exacto decir que a las emociones que por ese lado me vienen les falta la parte política. Me explicaré en lo que pueda.
  Soy asturiano y de tal presumo siempre que se tercia. Hasta asumo que esa debe de ser una característica de los asturianos. Conozco a pocos españoles o extranjeros que hagan tanta ostentación de sus raíces como los asturianos. Llevo veinte años viviendo fuera de mi tierra y en cuanto me presentan a alguien, me falta tiempo para dejar caer que vengo de Asturias. Me encanta casi todo lo de allá, me crie hablando la lengua del lugar, le tengo gran afición a las costumbres, la gastronomía, el modo de ser y hasta las manías de mi patria chica. Y me mantengo fiel en mi afecto al Sporting de Gijón. Cuando me pongo juguetón o cariñoso o quiero hacer un chiste, me salen las expresiones y los dichos asturianos. El asturiano es la lengua de mis entrañas y de mis cariños.
  Pero nunca he sido capaz de trasladar ese sentir a lo político. O sea, no veo el paso de tal modo de ser y de sentir a la demanda de autodeterminación política para los asturianos. Amén de que he de reconocer que entre mis paisanos también los hay insoportables y malvados, igual que hay buenísima gente en otros sitios. Razón por la cual no capto por qué he de preferir hacer pandilla o estado con los que nacieron donde yo o llegaron allá más tarde.
   Cierto es, también, que no es el estado o no son los estados objeto de mis preferencias sentimentales. El estado lo veo como un mal necesario y como un ente eminentemente artificial y artificioso. Me mantengo kelseniano pese a tantas terapias y, en consecuencia, cuando me dicen estado a mí se me vienen normas, códigos y boletines oficiales, funcionarios y coacciones. Nunca acabo de creerme que el estado sea mío, o yo niño de sus entrañas, o que al obedecer sus normas me acate a mí mismo, por mucho que me considere demócrata y que se viva en democracia. Ya para qué contar si pretenden persuadirme de que por detrás del Estado aletea el espíritu del pueblo o la voluntad de la nación. Pamplinas, así percibo esas ideas que están muy bien para mantener la lealtad colectiva cuando nos falta el seso o nos da pereza el cálculo.
  Concedamos, para jugar un poco o como hipótesis teórica, que la base de las naciones, de las naciones llamadas a ser estado, se halle en esa pureza de lo prístino, en semejante autenticidad de lo colectivamente originario. Me desconcierto aún más si he de andar ese camino. Si pienso en la lengua asturiana, me veo obligado a diferenciar entre los que la mamamos y los que la aprendieron para algún fin utilitario. Si me concentro en la tierra, acabaré reclamando el superior derecho de los que estaban antes y me veré obligado a escalar por mi árbol genealógico y a contar generaciones y graduar derechos. Si se me pide que prescinda de tan sospechosos expedientes de autenticidad y me insisten en que la nación es simplemente el conjunto de los que están en un lugar porque allí los parieron o porque llegaron con RENFE a trabajar en una fábrica o a tomar posesión de una plaza de conserje, comienzo a preguntarme cómo puede el azar engendrar esencias y ser fuente de metafísicos e indelebles atributos. Si sustantivamente connacionales míos son los que están en Asturias porque se fueron para allá, me quedé sin nación yo que me vine a León. Si sustancialmente asturianos son los que comparten antepasados astures, cada vez que voy a Colombia y me encuentro un Arango, apellido asturiano según creo, debería sentir el impulso de plantar con ellos una bandera y reclamar nuestra conjunta autodeterminación. Si, para evitar tan dolorosos dilemas, me lo monto de español y me solazo con el castellano, me pueden venir ganas de invadir Chile o de abrazarme a unos mexicanos. Un lío.
  Lo intento en distintas claves y según variados modelos, palabra, pero no logro estímulos para reclamar ningún estado de nuevo cuño. Y si pienso en autodeterminaciones me va sobrando lo estatal y sus normas y me propongo ser más libre yo mismo y a mi aire cada día que pasa.
  Me faltará el don y varios atributos, puede ser, me habré desarraigado por dedicarme a viajar y de tanto leer. No digo que anden en el extravío los que estén dispuestos a perder de lo suyo para que su nación sea más libre y su pueblo tenga himno nacional y lugar en la ONU, de gustos y pasiones tal vez no convenga discutir. Pero, en ese caso, los que estemos en esta onda mía nos quedamos en fuera de juego, excluidos del debate. Es como lo de la fe religiosa, y valga la comparación, aquí y en este momento, sólo a estos efectos. Cuando debato con una persona religiosa y me viene con que la fe o se tiene o no se tiene y que no hay más vueltas que darle, solamente puedo callar, porque tampoco es de buen gusto decirle al otro que se lo mire y que si no será que el supuesto don es una tara. Un día me topé con uno que tenía una verruga notable y en cuanto me quedé mirando, me soltó que él era así, con verruga, y que no había más que hablar. Así que no hablamos. De todos modos, lo de las verrugas y las religiones lo hemos ido resolviendo bastante bien, y conste que no pretendo comparar en serio lo uno con lo otro. Lo de las naciones no conseguimos arreglarlo.
  Si el diálogo ha de ser entre emociones o emocionados, nos quedamos sin voz los que no nos excitamos con lo nacional. Nacionalismo español, por un lado, y nacionalismo catalán (entre otros) por el otro lado, y en medio los nacionalmente frígidos, como un servidor. A verlas venir y desposeídos de voz y opinión, sin vela en ese gozoso entierro. Igual que los ateos en un debate teológico.
   Si no he entendido mal, en el referéndum de Escocia votaron los que ahora viven en Escocia, aunque llegaran anteayer de Tegucigalpa, y no votaron los escoceses con ancestros escoceses de un montón de generaciones que viven en Londres, en Madrid o en la Conchinchina. Claro, si el voto se hubiera concedido nada más que al que hubiera acreditado la pureza de su sangre escocesa, habría quedado muy poco progresista, reaccionario del todo y sospechoso de cuanto queremos descartar. Pero a falta de pureza de sangre o examen de “escoceidad”, resulta que la esencia nacional, a efectos de autodeterminación política, es geográfica. ¿Habrá algo menos emotivo y nacional que la geografía administrativa? Si los individuos son fungibles, hemos de acabar reconociendo que lo que se autodetermina y tiene el correspondiente derecho son los montes y las avenidas, las piedras y los setos. La suprema autodeterminación geográfica la tendría un territorio sin gente, pureza de los pastos, esencia de los roquedales, autenticidad climatológica y Dasein orográfico. Una quimera; muy lírico todo, sí, pero quimérico y como muy del Orden de la Creación. Y tampoco sé yo muy bien por qué según el Orden de la Creación o el nomos del cosmos han de autodeterminarse juntos un parque de Edimburgo y las aguas del Lago Ness.
  De la geografía y sus divisiones administrativas tampoco nos libramos cuando se apela a la historia. España es nación porque cuando los Reyes Católicos ya fue nación, pongamos, pero eso se lo contamos a un chino nacionalizado español el año pasado, y los catalanes quieren independizarse desde 1714 o antes, y que vote su independencia un boliviano aymara que lleva veinte años en Reus. O el azar geográfico administrativo o medirse el cráneo y sacarse el árbol genealógico y los ocho apellidos por barba. Lo progresista y acorde con la liberación de los oprimidos es al parecer lo segundo, y menos mal. Pero raro. Por el censo hacia la libertad de los pueblos.
  Lo de la lucha de clases suena pasado de moda, pero tiene su aquel. Tal vez no vendría mal un retoque por ese lado. Seré un antiguo y un pelmazo, pero me sigue pareciendo que la división social con más carga política y que merece mayor atención política es la que separa a ricos y pobres, a los que individualmente se autogobiernan a lo grande porque tienen medios económicos y a los que no tienen donde caerse muertos. Pero esa diferencia es transversal a naciones y pueblos. Cuando la solidaridad con los económicamente oprimidos se hace depender del censo electoral o del lugar de empadronamiento, la sedicente izquierda se hace un nudo en las partes políticas. Los estados sirven antes que nada para resguardar los bienes de los nacionales frente a los de afuera; y para que sigan medrando unos cuantos de adentro. Por eso ser nacionalista y decirse de izquierdas es como ser cura y pontificar sobre la familia y la célula básica y todo eso, una inconsecuencia mayúscula.
  Conozco en León o en Gijón a más de cuatro desgraciados que pueden decir con toda razón que España les roba o que este Estado en que viven no los respeta. Y seguramente hay más de cuatro catalanes que se lo llevan crudo a costa de estos amigos de aquí y de otros cuantos de Tortosa y alrededores. Si lo que reclamamos al mentar la nación española o la nación catalana es un espacio geográfico para que los repartos se hagan como siempre y como hasta ahora, pero en tal o cual territorio y con Hacienda amiga, o somos lelos o somos cínicos. El que se siente mejor si le roban los suyos no merece ni un párrafo más; y si él es clase dominante y busca medro para sí, apaga y no discutamos. Si lo que nos importa es que haya más justicia social y menos abuso, más nos vale dejar de reclamar estados nuevos o de reivindicar el que hay, y mejor nos ponemos a hacer política en serio en lugar de masturbar metafísicas o llenar de banderas los terrenos, cualesquiera banderas, cualquier territorio.
  Francamente, no sé por qué es mejor que empiece a ver a mis amigos catalanes como amigos extranjeros o por qué tengo que contemplar como compañeros del alma y esencia de mi esencia a los asturianos más zoquetes o los leoneses más desalmados. Pero ya he dicho que puede deberse todo esto a que me fallan los afectos o a que no me excitan las manadas. O que me hago mayor y no me veo futuro como líder o mimado de ningún gobierno nuevo y ninguna unidad de destino en lo universal.
  Dicho lo cual, que hagan unos y otros lo que proceda o que se lo jueguen a la ruleta rusa, pero que acaben pronto, please. Que hay mucho que hacer y ya nos vale de misas.

6 comentarios:

Juan Carlos Sapena dijo...

Se nos va el vino en catas, claro, pero es que el vino es catable y por ahí se le encuentra la gracia. De alguna manera debe compensar el cuidado de la vid, la recogida de la uva, la barrica, el embotellado con el corcho aquel. Si no fuera por su catabilidad no veríase vino alguno y el único vino es la cata que se va.

Si la tontuna ésta de constituciones que nada dicen, pero a todo apuntan; de partidos políticos de corta memoria y largo brazo apalancado que todo se lo van repartiendo pero el otro más; si esta hartura tan pastelera de los países, las naciones, las nacionalidades o los pueblos liberados, pues que determinados (aunque si con auto); si esta procesión de avatares históricos decidibles y agravios plomizos al abuelo de alguien ora cuneteado ora exfosado, no fuera catable, no sería vino.

Se consume el vino como las políticas, los Derechos y las libertades, como se consumen las vidas: al merme. El tiempo pasando es la verdad que permanece y nos mira. Se piensa que la vida es corta y dura poco pero tiempo siempre sobra y lo único que parece escaso, quizá breve, son las raras ideas, los pocos amigos, las algunas tardes.

Momentos fugaces pero es que somos pequeños. Pequeñas singularidades jurídicas que adoptan cautelas legislativas en su afán de escapar de la vida, como de la muerte. Huir pues que vivir.

El nacionalismo, pues, resulta de una huida a la búsqueda de un nombre evocador para aquel sueño que tuvo un hombre al que nadie recuerda ya. Fue el primer hombre, el primero. Tuvo un sueño. Eso fue todo. Todos queremos ser ese hombre seminal, tener ese sueño creador, decir ese nombre y evocar...trascender. Matar al padre para yacer con la madre y cerrar el círculo engañando al tiempo pasando siendo, de tan hijos, padres. Es, pues, un incesto el nacionalismo tan incestuoso y, por tanto, revolucionario, transgresor, inde-pendenciero y funeral. Pero pues consumible.

El mayor demócrata, el primero en preguntar por la salida, siempre será el nacionalista. Tiene su lógica, el incesto si tumultuario es otra cosa. La fiesta de la democracia es siempre la lógica matemática que otorga primacía a la moneda sobre la efigie de su anverso. Y así no se puede vivir el sueño aquel.

Besos y abrazos.



Anónimo dijo...

Buenas tardes, profesor:

Acabo de ver que a la salida del metro de Ciudad Universitaria, línea 6, en Madrid, hay un autobús de donación de sangre de la Cruz Roja, anímense.

Por otra parte, recomiendo la lectura del ABC, vayan a sus quioscos.

Hay que ir a las manifestaciones contra el aborto, añado.

Un abrazo.

David.

roland freisler dijo...

No creo que sea muy difícil de entender lo de la unidad de destino en lo universal. Lo que es jodido de entender es que alguien pueda escribir plastaEspaña y cobrar de España. Eso cómo se llama? hay que pensar algo que contenga "euros" "a montones" "en lo particular y en lo universal"

G. Arosemena dijo...

A mi lo que me parece perverso es que se haga pasar el nacionalismo y la reivindicacion de lo autoctono como algo de "izquierdas". A mi, que soy extranjero, todo esta añoranza de lo atavico me parece puro opio. Seguramente es porque no entiendo a España.

G. Arosemena dijo...

[Eso ya lo dice JGA en el post, perdon por la redundancia. Eso me pasa por escribir antes de terminar de leer]

Anónimo dijo...

Tanto estar unidos como dejar de estarlo tienen ventajas e inconvenientes, lo que no puede ser es querer separarse para dejar de tener los inconvenientes, pero querer seguir teniendo las ventajas de estar juntos. O todo o nada. Si Cataluña se separa saldrá de la Unión Europea y del euro, habrá una frontera, con sus aranceles y pasaportes, los impuestos de las ventas en España se pagarán en España por sociedades españolas, las pensiones de Cataluña se pagarán por los trabajadores de Cataluña, y el Barça no jugará en la Liga Española….Y esto no es por querer mal a los catalanes o querer fastidiarles, es de sentido común. Solo les están contando las ventajas de separarse, pero no los inconvenientes y los costes de un Estado nuevo.

La solución, que tampoco quieren los más españolistas, es como en Canadá, hacer una Ley de Claridad, que regule claramente la pregunta, plazos, mayorías y condiciones del referéndum, las garantías para las partes y ciudadanos que no quieran separarse, reparto de activos y pasivos estatales, condiciones y plazos de entrada en la Unión Europea, gestión de las fronteras, aranceles, impuestos y pensiones, en definitiva, que queden claras las condiciones, ventajas e inconvenientes de la separación, sin poder mantener las ventajas de la unión si se quieren evitar sus inconvenientes. Esto evidentemente debe ser aprobado por el conjunto de los ciudadanos españoles. De esta manera, como en Quebec, no querrán separarse, porque a la gran mayoría de catalanes no les compensa.

Lo que no quita para que de una vez hagamos la reforma federal de la Constitución, con un sistema claro y estable, y un sistema de financiación racional, no como el actual, y ya así se sepa que las opciones que hay son ésta o lo establecido en la Ley de Claridad, y nada más.