28 agosto, 2015

Apócrifas noticias veraniegas. 1. Rajoy leyendo un libro



                El carácter y la fiabilidad de un personaje público se demuestran también en las fotografías que se le publican. A la gente le gustan los políticos de una sola cara, y por eso muchos de los más votados, como Rajoy, siempre salen en la misma foto, son una y la misma todas sus imágenes, aunque estén tomadas en días diferentes y lugares distintos. El pueblo es peculiar y vota siempre más a los políticos que valora menos. Eso lo tienen archidemostrado todos los institutos de opinión. Cuando en una de esas encuestas trimestrales que son carne de tertulia radiofónica y pretexto para renovada indiferencia ciudadana, sale que al político Fulano el electorado unánimemente lo tiene por un perfecto inútil, un canalla redomado y poco menos que un imbécil irrecuperable, es señal y anuncio infalible de que las próximas elecciones las va a ganar ese sujeto, puede que con mayoría absoluta y a sabiendas de que en la encuesta siguiente su valoración ya no estará por los suelos, como ahora, sino más abajo. Al electorado con los gobernantes le pasa como a esos cónyuges que detestan a sus parejas y que son los que nunca las abandonan y retiran siempre las denuncias de maltrato, porque dónde vas a estar mejor y sentirte más querido que con ese hijo de la gran puta que elegiste cuando aquel calentón juvenil o te sentías solo; o sola.

                Lo sustantivo de nuestra etérea democracia ibérica es la falta de sustancia. Baste pensar, como un caso más y entre tantísimos, en que en mayo pasado fue la revelación electoral un político del que la mayoría jamás habíamos oído hablar, incluyendo a varios cientos de miles de sus votantes, y del que solo tenían una borrosa imagen los que ven en la tele cadenas que los más tampoco sabemos que hayan existido o sigan existiendo. Yo intuí que algo iba a ocurrir cuando una profesora de Derecho que tiene tanto prestigio académico como odios concita, me dijo, sonriente y divina, que ella iba a votar a Podemos. Le pregunté que de qué se trataba, andábamos como por abril, y me lo explicó de tal forma, que lo comprendí a la perfección. Ella también iba a dar su apoyo a los que acabarían con los de la calaña de ella si fueran ellos a cumplir su programa, pero a sabiendas, ella, de que jamás lo habrían de aplicar y de que ellos también son de muy buenas familias. Estoy muy decepcionada con los socialistas, me dijo también, con un mohín que denotaba que ya se le habían acabado los sobrinos, pues todos los que tenía, muchos, habían sido puestos en puestos de grandísima confianza por el PSOE imperante en la indomable Comunidad Autónoma de la susodicha.

                La falta de sustancia de los políticos autóctonos es también ausencia de carnalidad. No se trata solo de que sean los únicos que pareciera que llevan sus trajes colgados sobre alguna fantasmagórica entidad inmaterial y sin huesos ni músculos, y que hasta cuando se retratan haciendo carrerilla mañanera seguidos por guardaespaldas corpóreos pareciera que son más neumáticos que de carne y hueso, inodoros y neblinosos, ni chicha ni limonada. Incluso los que parecía que tenían palmito, como el Zapatero aquel al que ya nadie canta y por el que perdían la cabeza  tantos académicos con casa de veraneo en la costa, resultaban al minuto físicamente intrascendentes y químicamente inanes. No es solamente eso. Tampoco tienen sustancia carnal los mandamases de ahora porque no se dejan ver con sus parejas, y eso no es por discreción, sino porque se gustan querubínicos y anímicamente depilados, incorpóreos también en lo nocturno, anatómicamente ajenos. Paremos mientes otra vez en el pobre Zapatero, que no se dejaba ver con su esposa para que no lo anulara ella, en la imagen, con la contundencia de sus labios, o en este Rajoy mariano que no se enseña con su santa para que nadie dude de que él es santo y puesto que la mujer es perdición y condena segura.

                Qué tiempos cuando González, o el mismísimo Aznar, por no decir de Álvarez Cascos y de cuantos, generalmente de derechas, hacían del cuerpo el pretexto para las más gozosas penitencias y se lucían con su esposa para, algunos, desconcertarnos al cambiarla o ponerla de alcaldesa capitalina si no había manera de salirse de ella con mayor gratificación y sin moratones.

                Bien es verdad que de Rajoy apareció en la prensa afín, que es toda, allá por finales de julio o a primeros de agosto, no me acuerdo, una foto en la que se le notaba como en un río sin corriente o en un estanque sin nenúfares, pero con nuevas generaciones, sonriente para la cámara como si estuviera pensando en ponerse a nadar un poco el año próximo y cuándo me traerán la toalla, lo que hay que hacer por la imagen, carallo. Con esa instantánea fluvial y en la que otra vez el cuerpo desaparecía bajo la superficie como si no lo hubiera, y, si me apuran, como si tampoco fuera aquello ni agua ni Cristo que lo fundó, solo vacío interestelar, baño en un agujero negro, culminó la veraniega exposición de don Mariano, apoteosis de la espiritualidad más desgarbada. Y se cumplieron en lo básico las previsiones, se ratificaron las expectativas, como el vulgo quiere y aconsejan los asesores áulicos y abúlicos, sin sobresaltos ni dar pie a dimes y diretes. Al fin y al cabo, bastante es constatar que el presidente del gobierno se baña un día y sonríe como si le estuvieran contando un chiste de barcos, sin gracia ni ganas y porque el elector tiene sus exigencias. Lo que no pasó fue lo otro, lo que nunca pasa.

                Pues no hubo noticia de que Rajoy se hubiera tomado un rato para leer un libro, ni siquiera clandestinamente, con la discreción que conviene para que los electores no se molesten o no vayan a creer más de cuatro millones que se trata de un intelectual y no de un señor normal y corriente pero tirando a menos. Ya sé que tampoco se le ha visto ni este verano ni nunca yendo al teatro, aunque más no fuera que a contemplar un musical sin pretensiones o un recital de cantos regionales, ni al cine, porque no sabe una cuando sale un pezón y se nos hace carne el programa electoral  para general escarnio y alteración indeseada del orden natural de las cosas inanimadas.

                El otro día, en Gijón, me metí en una librería y, antes de salir con unos kilos de literatura excelente, me solacé mirando al buen puñado de parroquianos que fisgaban en los expositores y las estanterías. Me pregunté qué votarían aquellas gentes y si estarían dispuestos a regalarle la papeleta a alguno de los que, como don Mariano o, antes, don José Luis, no se enterarían si ardieran librerías y editoriales o si perdiéramos los cuerpos de carne y hueso y nos convirtiéramos en ectoplasmas con eslogan. Y yo creo que sí, que muchos de los que, con plena conciencia de sus actos, hasta compran libros y los leen sin mayor trauma y considerable disfrute, votan a tipos como Rajoy o Zapatero y se quedan tan panchos. Debe de ser algo parecido a cuando aquellos generales de misa diaria se iban de putas los viernes por la tarde o como cuando se ponen las botas en las cenas de tu casa esos amigos que en la suya siempre están a dieta.

                O puede que, al votar al ignaro, el ciudadano medianamente cultivado y que hasta sabe algo de versos quiera marcar la diferencia y que le den por el saco al país si a él, que tiene su cultura y se cultiva, nadie le hace caso y van todos, desde periodistas hasta modelos y meretrices, perdiendo el culo por esa fauna de iletrados que dicen que nos gobiernan y que nada más que parecen humanos cuando están rodeados de colegas de fuera que hablan en inglés y resuelven cosas. No, Mariano no debe leer ni ver películas, por lo mismo que los muchachos y muchachas no deben hacer reválidas al acabar el bachillerato o pruebas de selectividad para entrar en las universidades, pues qué nos creemos y a dónde iremos a parar si nos ponemos exquisitos y nos olvidamos de que aquí hasta el más tonto hace relojes, pero que no somos suizos, rediez, y maldita la falta que nos hacen ni los putos relojes.
               
                La mejor prueba de que ha pasado otro verano sin que pasara nada es que el que era el mejor columnista de nuestros periódicos hasta que se lo contaron, Manuel Jabois, se ha puesto a escribir día tras día sobre una novia que él tuvo en Pontevedra hace no sé cuánto. Demostración contundente de que no hay mejor cosa que decir sobre nadie de Pontevedra. Ni de ningún lado. España va bien.