29 noviembre, 2015

Bomberos en la Real Academia. Por Francisco Sosa Wagner



Son cada vez más frecuentes los miramientos que hemos de tener con el uso de expresiones que suenen a descrédito de personas con minusvalías o simplemente obesas o creyentes de ciertas religiones y, sin embargo, otras siguen ahí sin que nadie organice una algarada ante la Real Academia para eliminarlas de nuestros decires. Lo hemos visto con los gitanos, con quien hace el indio, con los ciegos que ahora son invidentes, con los negros que son afrodescendientes...  

Un buen ejemplo de descalificación incalificable es la que sufre el bombero cuando oye tildar algún comportamiento descabellado o absurdo como “cosas de bombero” o “ideas de bombero”. Utilizo esos dos adjetivos porque son los que recoge el docto Diccionario -y otros no menos doctos- sin que tengamos noticia de un comunicado del sindicato correspondiente o del colectivo de bomberos “sin fronteras” poniendo de manifiesto su indignación ante tal gratuita vejación. ¿No es llamativo ya que de llamas hablamos?

Y es curioso si, además, reparamos en que el propio Diccionario define al bombero como “persona que tiene por oficio extinguir incendios” o “prestar ayuda en otros siniestros” o “trabajar con bombas hidráulicas”.

Sabrá usted, lector, que los petroleros son los enormes barcos que transportan el crudo desde esas generosas petromonarquías que por algo se llaman del Golfo (aunque el plural sería más apropiado: de los golfos). Pues bien, en ellos, el bombero es el responsable de la carga y descarga, por bombeo, del crudo.

Y la pregunta es: ¿qué tienen todas estas actividades de descabelladas o absurdas? ¿no se trata de un descrédito inicuo que merecería un buen manguerazo de agua?

Tiene poca gracia que en un país como España, arrasado en verano por los incendios forestales, precisamente a quien se dedica a apagarlos arriesgando su vida se le asocie a un tipo extravagante, con ocurrencias absurdas o descabelladas.

Imaginemos la siguiente escena: una señora es sacada en volandas del piso donde el fuego, por una estufa que ha quedado encendida, lame sin compasión paredes, cortinas y el retrato del difunto. Como la señora está que arde recibe al bombero que se hace visible por una ventana y le grita acalorada: ¿cómo se le ocurre venir a sacarme de casa? ¡y encima vestido de una forma tan estrafalaria! ¡con ese casco tan grotesco! ¿no le da vergüenza? ¡y esa manguera chorreando agua! ¿no ve que me va a poner el piso hecho un asquito? además ¿no sabe usted la Constitución? ¿tiene autorización del juez? ¿no sabe lo que es la violación de la intimidad? ¿a que le denuncio? ¡no me interrumpa, aguafiestas! (esto del agua lo dice muy satisfecha porque lo encuentra muy apropiado para el trance). 

Y termina, presa de la indignación:  ¡lárguese y no tenga ideas de bombero!

Hoy, cuando más se necesita al bombero porque las redes sociales “arden” cada dos por tres con chismes y estupideces y por tanto necesitaríamos que alguien viniera a sofocarlas con un buen ardid ¿vamos a seguir ofendiendo el noble oficio del bombero? Yo, si fuera bombero, provocaría un incendio un jueves en la Real Academia, y entonces se iban a enterar los señores académicos que estén sesionando de lo descabelladas y absurdas que son las ideas de los bomberos.