24 junio, 2016

Tontos con derechos



                El otro día andaban revolucionadas algunas maestras del curso de mi hija, en escuela pública, pues había llegado al colegio la protesta de una madre. Resulta que, durante una excursión, las profesoras habían hecho fotos de los niños de las tres clases de ese curso de primaria y algunas las habían distribuido entre familiares de sus alumnos. La mamá en cuestión se manifestó indignada porque había circulado la imagen de su hijo en algunas de esas fotos que vieron unos cuantos. Al principio de curso esa familia había firmado la autorización correspondiente para que pudiera ser retratado su retoño de las narices, por cierto.
                No voy aquí a la dimensión jurídica del tema, sino a otra cosa que puede que socialmente tenga consecuencias tanto o más relevantes. De lo que me parece un gran ejemplo este caso es de cómo hay más de cuatro tontainas que cuando se ven poseedores de unos derechos muy finos los usan para hacerse notar y para sentirse importantes, lo que viene a ser lo mismo que joder a los demás sin ton ni son y solamente por el aquí estoy yo y ya veis como somos iguales los imbéciles y los pasables y el que sea normal que se chinche y achante. Estamos pasando del un hombre un voto, que está bien, al un hombre un veto, que está mal.
                No digo yo que haya que privar de sus derechos a los que no tienen muchas luces pero se reproducen ordinariamente, pues la función reproductiva es independiente de la inteligencia y hasta tienden a cumplirla con mayor dedicación los menos avispados. No es eso, los derechos iguales de los ciudadanos han sido conquista que hay que defender como irreversible, aunque más de cuatro veces perjudique a muchos. Por cierto, hoy es el día del Brexit, ayer una mayoría de los británicos votó para salirse de la UE y a muchos es como si los estuviera viendo, los imagino con el mismo realismo con que le pongo cara y papada a la mamá de mi historia.  
                Tampoco estoy por la democracia censitaria bajo ninguna forma imaginable, ni siquiera por una en la que para poder votar para cualquier cosa se tuviera que demostrar que se sabe hacer la o con un canuto o que no es uno un majara completo. Cierto que limitaciones de ese tipo vendrían al pelo por ejemplo en las reuniones de las comunidades de propietarios, donde todos podemos observar, si a ellas pese a todo seguimos asistiendo, lo más horrendo de la naturaleza humana en su versión sub, y en las que hasta la más pacífica de las personas suele salir con unas irrefrenables ganas de matar con torturas previas, pues siempre hay un idiota maligno que vota en contra del interés común más obvio y siguiendo un impulso propio de los de su percal, que seguro que no viene de los primates, sino de algún gen de una fase evolutiva previa que nos quedará por ahí, tal vez un anfibio estreñido.
                A lo que voy es a que, sin perder las formas ni derogar las normas, a esto de los derechos generales hay que meterle mesura, pues en caso contrario empezarán por no ser generales y acabaremos quedándonos sin derechos y a dos velas. Esa gente torpe y con su alta soberbia lo rompe todo si no la tenemos a raya y entretenida en cosas a su nivel. Y supongo que esa debe de ser tarea bien principal de jueces, gestores públicos y operadores jurídicos en general. El lema podría ser, derechos sí, pero los que vengan al caso y en su punto.
                Porque vamos a ver, las maestras del cole de mi niña se quedaron sorprendidas y temerosas al pensar en la que les podía caer si la madre boba perseveraba en su empeño fastidioso. Este curso, al hablar con bastantes profesores de primaria he caído en la cuenta de cuántas cosas dejan de hacer por nuestros hijos ante el temor de que un padre monte el pollo si su vástago se hizo una pupita así o a su retoño se le moja la camiseta de Zara. ¿Solución? Pues cada niño en su pupitre calentito todo el año y que las excursiones, actividades y diversiones las organice el maestro armero o el progenitor de esos niños tan churris a los que cogen los papás con papel de fumar.
                Alguien debería armarse de valor y explicarle a la madre de la cosa que claro que hay un derecho a la imagen de los niños, pero que ni ese derecho ni otro están pensados como pistolitas de agua y para mojarle la la paciencia de la ciudadanía, que no son disculpas para que el primer mindundi con ínfulas de hombre público o mujer pública se suba a la burra y se proclame tribuno de la plebe y defensor de los derechos naturales de los nacidos de él o ella con figura humana, sino que de los derechos conviene hacer un uso razonable y que cuando nos volvemos irrazonables no cultivamos derechos propiamente, sino que nos mostramos ante el prójimo como somos, un sorprendente cruce entre simio y espárrago.
                Claro, pero vaya usted a decirle a la madre o el padre de la pobre criatura que eso de no salir en la foto del cole tiene más sentido para hijos de padres que sean algo, secuestrables mismamente, y no para descendientes como el suyo de ellos, que va a ser lo mismito que ellos están siendo, nada, cero a la izquierda y a tiro porque les toca, una imagen para proteger imaginariamente cuando todo lo demás sigue perdido.
                Insisto y repito, hay que velar por los derechos de cada uno por encima de todo, pero no estará de más que los ciudadanos y las instituciones empecemos también a preocuparnos por cómo encontrar amparo frente al tonto que nos lanza sus derechos como si fueran piedras, a lo mejor porque su hijo es más feo que los del resto o porque al adulto mismo le sigue supurando la conciencia. Porque como no nos despabilemos, en menos de nada se nos pondrá cara de británicos y luego será tarde para llantos.