19 febrero, 2017

España en carnaval. Por Francisco Sosa Wagner



Es pena que esta época de carnaval sea transitoria, yo la declararía de forma oficial, y desde el próximo consejo de ministros, la faz verdadera de España, su seña de identidad, ahora que andamos a la caza de tales señas como antaño se andaba a la caza de un buen jabalí para hacer un guiso con patatas (y ahora nos lo prohíben los tiernos animalistas).

Porque el carnaval significa disfraz, máscara, una apariencia de mentirijillas y al mismo tiempo de regocijo y de diversión. Y ¿qué es España sino un espacio donde abunda el disfraz y el jolgorio? Hace poco, a un conocido prohombre de las finanzas, le ha encontrado el juez ¡treinta y cinco sociedades ocultas! Se ve que el juez jugaba mucho de pequeño al escondite de forma que este rico pasado más sus actuales conocimientos en jurispericia le han permitido en su edad madura descubrir sociedades y más sociedades, todas ellas agazapadas bajo la amable cara de una fundación benéfica, de una rifa de feria o de la sencilla consulta de un fisioterapeuta. Uno se imagina al juez fisgando por debajo de las faldas de cientos de inocentes actividades humanas y atrapando sociedades anónimas hechas y derechas otorgadas ante un notario falso, de esos que salen en las óperas, con sus cuentas de resultados y sus balances falsificados, es decir, con el pasaporte en regla para poder comparecer en el carnaval social.

En una Universidad de las que salen en los rankings, unos estudiantes han impedido hace poco dar una conferencia a dos personalidades españolas y lo extraño es que esos jóvenes lo hayan hecho disfrazados y con caretas de alienígena, de dragón, de caperucita ... ¿A qué se debe el uso de una máscara en esta valiente ocurrencia? Porque lo cierto es que esos muchachos entienden que a la Universidad no se va a conferenciar ni a debatir con argumentos pues esta costumbre pertenece a una época superada, época que hunde sus raíces en un negro pasado que ahora nosotros -la gente- ya hemos desterrado. Pero entonces ¿a qué viene taparse la cara para impedir hablar a un conferenciante? ¿por qué no actúan descubiertos y coram populo? (perdón por esta expresión latina tan anticuada). Pues precisamente por lo que estoy tratando de explicar: porque no podemos dejar pasar una oportunidad para hacer de nuestra sociedad un carnaval estable que exige vestir de manera ininterrumpida el traje de etiqueta del arlequín.

De idéntica manera muchos se escandalizan porque en las redes sociales se insulta a personas conocidas de forma anónima y se califica este comportamiento de vil, de miserable, etc. No; yo lo defiendo porque quienes así actúan están colaborando en la definición de la sociedad del carnaval que describo. En el siglo XIX Larra intuyó esta realidad y, en los años sesenta del XX, Guy Debord habló de la sociedad del espectáculo y por ahí se adivinaba el carácter premonitorio del escritor español y del pensador francés. Pero Debord nos ofreció tan solo el entremés, ahora ha llegado la comida en un menú aderezado con la cocina creativa de verdaderos saltimbanquis, charlatanes enmascarados que han hecho de su máscara, antes trampantojo, la silueta natural de sus arabescos falsos.

Por eso, el disfraz o la careta que da gato por liebre es el gran manifiesto de la actualidad, como antes fue el manifiesto comunista o el del dadaísmo.

Y así nos solazamos en el gran guiñol de España donde el polichinela ¡encima! cobra la entrada de este teatro bufo!

1 comentario:

pepe dijo...

La gran carnavalada habría sido el permitir a dos ladrones,eso si, el uno de guante blanco y la pareja; tiznadas ambas manos de una sustancia a la que llaman cal viva. Digo lo de carnavalada pues los"presuntos" se proponían dar lecciones de honradez y civismo. Todo muy apropiado.