19 febrero, 2006

El juego de las dos esquinas. Otra vez izquierdas y derechas.

“Un amigo” hizo un comentario sumamente interesante a mi post de hace pocos días, el que se titulaba “¿Seré yo facha, señor?”. Me incita a hacer algunas consideraciones adicionales sobre la dichosa distinción entre izquierda y derecha en nuestro lenguaje político cotidiano, incluido, cómo no, su uso por los políticos que nos tocan en suerte (?). Con ellas no pretendo enmendar las observaciones de “un amigo”, sino complementarlas y marcar el poco valor que le doy en realidad a tales usos de esos términos. No quiero decir que carezca de importancia la diferenciación entre contenidos contrapuestos del discurso político, sino que interesa resaltar que la utilización política corriente los términos “izquierda” y “derecha” carecen de toda relación con contenidos tangibles u objetivamente diferenciables y no son más que elementales etiquetas que permiten una adscripción superficial de los sujetos, una alineación meramente emotiva que suplanta a toda toma de partido por comportamientos y propósitos que impliquen algún compromiso cierto con el mantenimiento o la reforma de los estados de cosas vigentes. Trataré de explicarme.
No conozco referencia más apropiada para entender esta cuestión que lo que al respecto explica Niklas Luhmann. Intento resumirlo a continuación, aun prescindiendo de entrar en demasiadas profundidades de su teoría. Según Luhmann, el sistema político tiene como cometido el de proporcionar decisiones socialmente vinculantes, marcar las pautas de nuestro comportamiento obligatorio. En los parlamentos se hacen las leyes y éstas expresan lo que podemos y no podemos hacer en ciertos asuntos de especial trascendencia social. Así pues, los parlamentos marcan las directrices principales de la organización social, directrices que son recibidas en el sistema jurídico bajo la forma de normas jurídicas, en concreto leyes. El Parlamento, es, pues, la institución que decide, en lo colectivamente más importante, qué nos está permitido y qué nos está vedado, bajo amenaza de sanción para el incumplidor. Pero lo que el Parlamento determine está condicionado por quiénes integren el Parlamento, por quiénes sean los parlamentarios. El sistema político es el conjunto de prácticas institucionalizadas mediante las cuales se establece quiénes sean en cada momento los parlamentarios que toman las supremas decisiones vinculantes.
Las sociedades modernas son sumamente complejas y los problemas que en ellas deben resolverse son enormemente complicados; tanto que el común de los ciudadanos difícilmente puede entender la mayoría de los asuntos que son objeto de regulación legal, de los asuntos sobre los que los parlamentos tienen que legislar. Hoy se aprueba una ley sobre reproducción asistida, mañana una sobre seguros del automóvil, pasado una sobre el tipo máximo de un determinado impuesto, al día siguiente otra sobre investigación de fondos marinos. Y así hasta el infinito. De la mayoría de esas cosas los ciudadanos no entendemos ni papa. Es más, ni siquiera poseemos ni recibimos de las instancias políticas una milésima parte de la información que necesitaríamos para poder comprender de qué va la discusión parlamentaria; y aunque se nos brindara esa información, la inmensa mayoría de los votantes ni siquiera estaríamos en condiciones de procesarla con una mínima solvencia. Nadie puede entender de todo; la mayoría no entendemos de casi nada.
Lo anterior supone también que un partido político que en su programa electoral recogiera consideraciones y explicaciones detalladas sobre sus posturas y planes en asuntos como ésos y otros miles que pueden debatirse durante la legislatura venidera, convertirían sus programas en tratados esotéricos para la ciudadanía, amén de tener que encuadernarlos en varios tomos. Pero, al mismo tiempo, para que el sistema no se bloquee, para que la dinámica política no se estanque, es crucial que se mantenga la imagen de alternancia, que el elector tenga la vívida impresión de que él es el que escoge las pautas de la actuación parlamentaria y de gobierno. Mas la alternancia de las personas y partidos que ocupan la cúspide del sistema político, de las personas que realmente deciden sobre los contenidos de las leyes, no es importante sólo como ilusión que mueve a los electores a las urnas, sino también como mecanismo para que los mismos grupos y las mismas personas no se perpetúen en los puestos de mando, con los riesgos que eso tiene de anquilosamiento, corrupción o incapacidad para reaccionar a nuevas necesidades legislativas derivadas de nuevos problemas sociales.
Así que se hace necesario combinar dos objetivos antitéticos. Uno, que los electores con su voto “informado” dinamicen el funcionamiento del sistema político, constituyendo periódicamente nuevas mayorías parlamentarias y dando pie con ello a la formación de gobiernos de nuevo cuño. Para esto se precisa que los ciudadanos se alineen con unos u otros partidos, que simpaticen con este o aquel programa. Y el otro objetivo es que el ciudadano tenga la sensación de que vota entre alternativas realmente diferentes, que no son lo mismo el gobierno que la oposición, el partido X o el partido Y. Y ahí se presenta en toda su intensidad la paradoja: ¿cómo pueden los ciudadanos discernir entre programas que no podrían comprender si en verdad versaran sobre los contenidos de las leyes futuras que pretende aprobar cada partido que les pide el voto?
Esa paradoja, consustancial a nuestros sistemas políticos y a cualquier sistema político moderno que quiera ser resolutivo y eficaz, se solventa por una vía bien conocida: la trivialización de los programas y el reemplazo de los contenidos por los símbolos. El voto reflexivo tiene que dejar su imposible sitio al voto emotivo. La sensación que el votante necesita, como móvil para hacer su papel y dar su voto, voto que es el desencadenante de toda la maquinaria de mayorías y minorías, no puede construirse más que sobre la base de adscripciones primarias, de voto emotivo a aquellos con los que se simpatiza, no a aquellos de los que se sabe que van a hacer, en lo verdaderamente importante, algo distinto de los otros, y algo que, además, comprendemos de antemano. Votamos a “los nuestros” y ese voto es, en la superficie, un voto puramente emotivo y, en el fondo, no es más que un voto en blanco, un voto a ciegas, un voto para que hagan lo que quieran, en la confianza de que si ganan“los nuestros” van a hacer bien lo que sea que hagan.
Los partidos actuales conocen a la perfección estas claves. De ahí que en sus discursos y programas pasen de puntillas sobre todas las cuestiones de fondo, sobre todos los asuntos verdaderamente decisivos y dirimentes para la sociedad, mientras que otorgan el máximo espacio y el mayor énfasis a la retórica que remueve en los ciudadanos los mecanismos de adscripción primaria, la parte puramente emocional. La diferencia entre esto y aquello se sustituye por la distinción entre ellos y nosotros, entre los buenos y los malos. El bueno siempre va a hacer el bien y el malo el mal. Y los buenos somos nosotros,y nosotros somos los buenos porque somos como vosotros. Es ahí donde cobra todo su sentido funcional ese discurso político que a diario escuchamos y que echa mano de alusiones que carecen de toda referencia a comportamientos distintos o ideas de fondo diferentes, pero que trata de aprovechar todas las brechas sociales más elementales: la brecha entre los que se creen de izquierda y los que se creen de derecha, entre los que creen en algún dios o no creen en ninguno, entre los que viven su sexualidad de una manera o de otra, entre los que tienen un temperamento poco dado a cambios y experimentos y los que están incómodos en el mundo en que viven. Pero todo ello, repito, sin que esa perorata en el plano de los símbolos y las emociones vaya asociada al compromiso serio con ningún programa de acción diferenciable, con ningún compromiso de hacer en verdad nada distinto de lo que haría el otro partido. Salvo en lo que tiene que ver con lo que los sociólogos llaman legislación simbólica, que es aquella que no trata de resolver ningún problema social importante, sino de legitimar a su autor a base de decidir lo que a casi nadie preocupa realmente, pero que marca una distinción superficial y permite colgarse la etiqueta de rigor. Legislación revolucionaria en lo epidérmico, compatible con absoluta indefinición en los temas que de verdad son determinantes para el futuro de la sociedad. Un buen ejemplo de este tipo de legislación lo proporciona la ley de matrimonio homosexual. No digo que no esté bien tal norma, sino que es estúpido centrar el ella gran parte del debate político de una legislatura. Es parte de ese discurso político que desubica el debate para que éste verse sobre lo secundario y le queden a la mayoría parlamentaria las manos libres para hacer en lo otro lo que le dé la gana sin discusión ninguna; o, más exactamente, para hacer lo mismo que haría la oposición si estuviera en su lugar. Allí donde las diferencias de fondo no existen, hay que marcarlas en la superficie.
Zapatero es un gran político en este sentido, y no lo digo como reproche, pues es el signo de los tiempos. Está jugando ese juego con pleno dominio cuando se autodefine como “rojo”, por ejemplo. Se ponen los escribas de medio país a pensar qué significará aquí y ahora ser rojo, y yerran el tiro por querer entrar en el fondo. El significado de ese término es su mera resonancia, no tiene otro; es como cuando se toca un silbato y el perro acude, no tiene más efecto que el de invitar a unirse a él a los que también se sienten rojos sin saber exactamente qué implica el término, pero convencidos de que encierra algo importante. La fe sustituye a la reflexión, el espíritu de grupo al debate de contenidos, la alineación primaria al espíritu crítico. Si a los que votan a Zapatero porque es “rojo” y ellos también se sienten rojos se les pidiera que definieran las claves de tal sentimiento, unos dirían que porque su familia fue republicana y les mataron al abuelo, otros que porque están contra Bush, otros que porque desconfían de las multinacionales, otros que porque tienen antipatía a la idea de España, otros que porque compadecen al tercer mundo, otros que porque son pacifistas. Pero casi ninguno de ellos verá motivo de decepción o enfado en que Zapatero trate por todos los medios de llevarse bien con Bush, de mantener contentas a las multinacionales, de salvaguardar las lucrativas inversiones del capitalismo español en los países subdesarrollados, de vender armas a cualquier postor o de mantener alguna idea de España. Es rojo porque dice que lo es y hace gestos pertenecientes al catálogo de ser rojo, no por nada que tenga que ver con su política real. De la misma manera que Aznar era “facha” porque el barco aquel se hundió en un lugar y no en otro. Cuando el PP, el gobierno era culpable de la violencia de género; ahora, que hay la misma, la culpa ya no es del gobierno. No es un vicio de la izquierda o la derecha, es una característica de este sistema de partidos desideologizados y meramente aparentones.
Y digo Zapatero donde podría decir Rajoy. La diferencia es que el primero es mucho más hábil a la hora de seleccionar las etiquetas para su discurso, de optar por los símbolos que venden más en estos momentos. Conoce mejor los resortes emotivos de esta sociedad y su profunda incultura política, su indiferencia de fondo, esa indiferencia propia de nuevos ricos insensibles y que sólo quieren representar lo que no son. Nosotros aparentamos que somos progresistas porque llevamos El País debajo del brazo o porque gritamos “Aznar asesino”, no porque nos importe un bledo nada de lo que ocurra más allá de nuestra cuenta corriente. En cambio, el incauto Rajoy cree que de verdad nos conmueven otros símbolos trasnochados, como la idea de España una o de España católica.
Esto que se ve de tal modo en el nivel de los partidos y los políticos profesionales, se comprueba también a escala del ciudadano de a pie. Nos importa mucho que todo el mundo sepa cuál es nuestro equipo, y para ello resaltamos hasta el ridículo los signos externos de nuestra adscripción partidaria: pegatinas, maneras de vestir, lugares comunes que repetimos, bares que frecuentamos, modas que seguimos, medios de comunicación que sintonizamos cuando entra en nuestro coche un conocido. Pero reservándonos, nosotros también, una total libertad de comportamientos en el nivel profundo.
Por eso ya no choca ver a tanto pepero ultraconservador que se divorcia cinco veces, o se pasa el día tirándose a todo lo que se mueve, o vendiendo por cuatro duros todo lo que dice que más le importa; ni a tanto progre que da pelotazos, o se hace empresario explotador, o comercia con armas, o usa su ONG para lucrarse, o reacciona como un perfecto racista cuando se cruza con dos negros en la calle. La separación meramente simbólica permite, fomenta incluso, la promiscuidad de las conductas. Los individuos no ven incoherencia entre sus creencias y sus acciones, porque las creencias han dejado de ser tales y se han tornado meros revestimientos. Ser del Madrid o el Barça no compromete a nada especial en la vida económica, profesional o personal; ser del PP o el PSOE, tampoco. El enemigo real ya no es el del otro equipo, pues sin él no hay competición ni disculpa para sentirse parte de un grupo enfrentado a otro. Es el que se niega a adoptar los colores superficiales de un equipo el que se convierte en traidor y se gana todas las iras. El enemigo no es el del otro equipo o el otro partido, es el que critica el juego sin reparar en colores; el que pretende reintroducir contenido en un discurso político que es pura fantasmagoría, fingimiento, impostura, alimento de descarados y descerebrados.
Por eso aquel amigo mío se empeña en llamarme facha. Porque si critico su manera frívola de vivir los símbolos y la profunda inconsecuencia de sus comportamientos, tiene que ser porque estoy con el rival, con los del otro lado. Porque los simples sólo ven en blanco y negro, sin matices; están incapacitados para jugar al juego de las cuatro esquinas, pues sólo divisan dos y piensan que su asiento tiene que estar en la una o en la otra, nada más. O porque son muy listos y tienen interés en disimular, como mi amigo.
Para que este sistema político basado en la alternancia bipartidista funcione tenemos que pasar los ciudadanos por el aro de la simpleza, y por eso se esfuerzan tanto en hacernos tontos. Y si los partidos que tenemos son como son, es porque ya lo han logrado: somos un país de gilipollas; eso sí, unos gilipollas de lo más fashion.

La universidad que viene. Gaudeamus.

Andan esta temporada los periódicos excitados con el nuevo modelo de Universidad que nos han endilgado con aquellos malhadados acuerdos de Bolonia. Vamos a pasar mucha risa. Aunque servidor echa sus cuentas y calcula que en los veintitantos años de docencia académica que le quedan a lo mejor consigue escaquearse por completo. No perdamos de vista que entre comisiones, comités, controles de calidad, reuniones informativas y libros blancos, verdes, amarillos y fucsia sobre la reforma, pasarán unos lustros antes de que alguien consiga entender qué cachondeo es ése que se nos impone en aras de la calidad y el buen rollito.
De todos modos, de aquí a menos de diez años serán habituales diálogos como el que recoge la siguiente escena. No se lo tomen a broma, háganme caso, recorten y guarden esta pieza y dentro de unos años hablamos, a ver si clavé la situación o si me quedé corto.

La escena transcurre en el despacho del profesor (P). El profesor está dormitando, echado hacia atrás en su sillón, con las manos tras la nuca y los pies apoyados en la mesa. Se abre súbitamente la puerta y entra un estudiante (E) en chándal, que avanza y se sienta enfrente del profesor sin decir nada. El profesor, sobresaltado, ha recuperado la postura ortodoxa ante su mesa.
P.- Estaría bien llamar antes de entrar.
E.- ¿Por?
P.- Déjalo, no importa.
E.- Vengo a hacerte unas consultas sobre el trabajo de la semana próxima
P.- Tú dirás.
E.- No sé dónde mirar.
P.- ¿Qué es lo que tienes que mirar?
E.- Nos dijiste que buscáramos noticias en las que apareciera la palabra “Europa” y que hiciéramos un collage con fotos de gentes de distintos países.
P.- Ah, para el tema de los tratados internacionales. Muy bien, muy bien. ¿Y qué has encontrado?
E.- Es que no sé dónde mirar.
P.- Hombre, en los periódicos.
E.- Ya, tío, pero dónde pillo yo periódicos.
P.- No importa, mira en la tele y anota en qué programa mencionan la palabra. Apuntas el día, la hora y el programa.
E.- ¿Y las fotos del personal?
P.- No sé, graba trozos de películas en las que aparezcan actores blancos, negros y orientales.
E.- ¿Cuáles son los orientales?
P.- Los que tienen los ojos rasgados.
E.- ¿Y tengo que andar mirando los ojos de los actores?
P.- Bueno, con que traigas unas escenas de blancos y negros valen.
E.- Tengo fotos de la cabalgata, de cuando fui con mi hermana y los sobris este año.
P.- ¿Y?
E.- Pues que flipas, sale un rey que es negro, este... ¿cómo se llama?
P.- Mmmmm, bueno da igual, pues también me vale. Sólo es para que entendáis que hay distintos países y que el derecho internacional regula las relaciones entre países.
E.- ¿Se relacionan los países? Qué pasada.
P.- No seas impaciente, hombre, ya lo veremos a su tiempo y verás cómo lo entiendes. He pedido al decanato que consiga un mapa mundi para llevároslo a clase. Ya lo aprobó la comisión de compras facultativas y me han dicho que en un mes está aquí el mapa mundi.
E.- ¿Qué es un mapa mundi?
P.- Una bola con todos los países y los mares y todo.
E.- ¿Y para qué vale?
P.- Para ver todos los países y mares y todo.
E.- ¿Y lo vamos a ver?
P.- Claro, tengo pensado que dediquemos un par de horas a localizar estados.
E.- ¿Qué son estados?
P.- Son como países, para el caso.
E.- Ah. Pues me está gustando bastante tu asignatura.
P.- Gracias. Procuro hacerla bastante interactiva.
E.- ¿Es fácil sacar nota?
P.- Bueno, no tan fácil.
E.- ¿Qué hay que hacer?
P.- Tenéis que ser perfectamente capaces de saber en qué continente está cada país. Os haré un test. Y luego una práctica en la que tenéis que inventaros una norma.
E.- ¿Una norma? Qué fuerte.
P.- Sólo tenéis que ejercitaros un poco, pero para eso tengo previstas varias semanas del mes que viene. Os pediré que me busquéis ejemplos de normas.
E.- ¿Por ejemplo?
P.- Hombre, pues por ejemplo, prohibido saltar a la pata coja.
E.- ¿Eso es una norma?
P.- Sí, ¿te das cuenta?
E.- ¿Y dónde lo prohíben?
P.- Es sólo un ejemplo.
E.- ¿Y nosotros qué tendremos que hacer?
P.- Buscar otros ejemplos
E.- ¿De qué?
P.- De normas como ésa.
E.- Ah, por ejemplo ¿prohibido correr a la pata coja?
P.- Genial, muy bien, ¿ves qué bien lo has cogido?
E.- Lo dicho, me encanta esta asignatura.
P.- Gracias. No creas que es fácil dar con la didáctica adecuada.
E.- ¿Didáctica?... bueno, no te entretengo más. ¿Cuándo toca pasarse por clase otra vez?
P.- Dentro de diez días, el veintidós. No olvides lo de las fotos y tal.
E.- Sí, menudo curro. Usted exige demasiado, ¿no se lo han dicho?
P.- No me importa tener fama de ogro. Yo sólo quiero que tengáis los conceptos claros, me preocupa vuestra formación. El día de mañana me lo agradeceréis.
E.- A mí me gustan sus clases, cuando nos ponemos en corro y hacemos lo de pasa palabra. Mola.
P.- Oye, antes de que te vayas tienes que firmarme aquí.
E.- ¿Pa qué?
P.- No, es el diagrama vectorial de tutorías cuneiformes.
E.- Ah.
P.- Por lo del cómputo de vuestro trabajo personal.
E.- Ah
P.- El crédito europeo, ya sabes.
E.- Ah.
P.- Porque como tu trabajo lo tutelo yo y tienes que meterle muchas horas, me cuentan esas horas para mi carga docente partida por la raíz cuadrada de pi.
E.- Pi. Ah.
P.- Tú firma ahí, donde te he puesto cuarenta y cinco horas.
E.- ¿Qué horas?
P.- Lo que te llevará lo de buscar las noticias y tal.
E.- Ah, es verdad;o más, tío.
P.- Tranquilo, lo del collage va aparte, para eso vamos a poner aquí... ochenta horas, ¿está bien?
E.- Sí.
P.- Si pusiéramos ciento cincuenta tendrías notable.
E.- ¿Ciento cincuenta qué?
P.- Horas para lo del collage.
E.- Ah. Pues ponlas, tronco.
P.- ¿No te importa?
E.- No. Dices que es notable ¿verdad?
P.- Sí.
E.- Ah, bien.
P.- Me haces un favor.
E.- ¿Por?
P.- Es que con ocho mil horas de trabajo tutelado tengo derecho a un sabático y al complemento tutelar.
E.- ¿Qué telar?
P.- Déjalo, tu firma ahí.
E.- Ah, ya está.
P.- Bueno, ¿algo más?
E.- No, me voy.
El estudiante sale sin decir más palabra. El profesor sonríe. Se recuesta y vuelve a poner los pies sobre la mesa. No está cómodo. Hace una pequeña pila con dos libros que toma de la estantería que tiene detrás y coloca los pies encima. Se despereza y se queda dormido con gesto plácido.

18 febrero, 2006

¿Seré yo facha, señor?

Un viejo conocido y colega, con el que guardo de siempre buena relación, me ve el otro día un instante y me suelta esto: “oye, a ver si no eres tan facha en esas cosas que escribes”. Y siguió su camino, tan contento.Ya saben los sufridos amigos de este blog que ando siempre dándole vueltas al misterioso matiz diferenciador entre derechas e izquierdas en estos tiempos de incertidumbre. Carajo, pero facha a la cara no me lo habían llamado nunca.
Desvelado, esta noche he recaído en el vicio de darle vueltas a ese tema. No he podido evitar comparar mi manera de pensar, hablar y actuar con la de ese buen hombre hiperprogresista que tan duramente me increpó. Las comparaciones suelen ser odiosas, pero no he podido por menos de medirme mentalmente con él, buscando la fuente de mis errores y las causas de mis desvíos. ¿Dependerá la diferencia de lo que se piensa?, ¿de lo que se habla?, ¿de cómo se actúa? No me queda más remedio que explicar algunos pormenores del modo de ser de ese amigo, al que tomo, desde ahora mismo, como modelo y guía para mi vuelta al redil de los que rescatan oprimidos, combaten discriminaciones y liberan pueblos enteros.
Ya sé que la ideología es cosa radicalmente independiente y distinta de las propiedades y el modo de vida. Yo a este hombre hace tiempo que lo envidio por dos cosas: porque es más progre que yo y porque vive muchísimo mejor. Tiene dos casas de quitar el hipo, una para diario y otra para fines de semana y festivos, esta última en zona costera excelente. Mi coche no está nada mal, pero el suyo es unos cuantos modelos superior, muy apañado para ir cómodo a la residencia de la playa.
A mi amigo lo he visto muchas veces en oposición a gobiernos de todo tipo, nacionales, autonómicos y universitarios. Pero, demonios, qué bien dosifica sus resistencias, pues su proximidad a las izquierdas más unidas le reporta al año un potosí en puestos y consejos bien lucrativos. Siempre que se opone es para ganar a la siguiente, o para cobrar por oponerse. No como otros.
Hace tiempo descubrí que su arte está en la manera de administrar sus palabras y manejar la válvula de su sinceridad. Externamente apoya a pies juntillas la política del gobernante de turno que lo nombra para cosas y le regala canonjías, pero ir a comer con él es una delicia, pues, íntimo, te cuenta qué burros son todos los de ese partido suyo, qué desenfocada su política y qué estúpido su proceder. Portentosa su capacidad para discrepar en la intimidad del que le firma los nombramientos. Pero claro, me lo cuenta a mí o a algún otro inimputable no peligroso, no se lo dice a los protagonistas de sus secretas invectivas. No muerde la mano que le da de comer bien rico, vaya.
Tenemos gustos muy distintos, razón principal de que hayamos coincidido en pocas ocasiones y lugares. A mí me va el jolgorio y me atraen los sitios populares. Él es más refinado y difícilmente lo topa uno en restaurantes de pocos tenedores. No le gusta nada que le cuente mis viajes a países pobretones ni mi costumbre de perderme en parajes donde impera la pobreza y se masca algo de peligro. A él que no lo saquen de su hotel de cuatro estrellitas, y en Europa, no en esos andurriales sin civilizar.
Tampoco hemos podido nunca llegar a grandes intercambios de ideas políticas, pues mi rollo redistributivo a él le hace muy poca gracia y sólo se excita con cosas como las del Prestige y Aznar asesino. Probablemente lo que a ambos nos explica y nos disculpa es el origen social, pues su padre era el rico de su pueblo y uno no es más que un plebeyo sin maneras. Será por eso por lo que él es tan capaz de jugar a diario con doble baraja y cobrar favores simultaneamente a capuletos y montescos, porque tiene mañas de buen negociador y perspicacia para no discriminar al que tiene algo que darle. No como los obreracos esos, que qué vas a esperar.
Él me insiste en que todo es una calamidad y que la política está podrida, pero disfruta esta temporada de uno de los puestos más golosos que se pueden trincar en su comunidad autónoma. Yo en la puñetera vida he aceptado ningún puesto que me obligue a disimular lo que pienso, ni tengo la más mínima posibilidad de pillar como él. Eso sí, confío en que esa alta responsabilidad que ahora ostenta contribuya de modo notable a que vivamos en una sociedad más igualitaria, con menos discriminación y sin barcos que se hundan donde no deben.

Sobre Latinoamérica. I.

Un gran amigo y estimadísimo colega latinoamericano me ha escrito recientemente dos cartas que reproduzco, con su autorización, en este post y en otro de mañana. Con ellas pretende que se hagan más matizados y menos precipitados algunos de mis juicios sobre determinados países y ciertas políticas de aquellas tierras. Efectivamente, hace pensar, gracias a su experiencia de vida en varios países y a su dominio del dato histórico y de la política comparada. Mil gracias, querido amigo.
Esta es la primera carta.
Querido Juan Antonio:
Creo que en toda esta historia moderna nuestra hay muchos puntos fundamentales que necesitan una relectura crítica, y uno de esos puntos básicos son: el Estado, Nación, Ciudadano, Democracia Representativa, y todas las doctrinas derivadas de estos puntos fundacionales. Y algo más, todos esos elementos han sido aceptados, utilizados, manoseados desde diferentes perspectivas metadiscursivas respectos de esos mismos puntos, y todas estas metavisiones están enraizadas en diferentes contextos históricos concretos. Para señalar sólo el espacio que se diferencia con el título de "mundo occidental y cristiano", espacio que tampoco es homogéneo: Europa, América Latina, América anglófona, América francesa, etc. Por ejemplo, uno de los problemas históricos del Perú es que nunca ha llegado a ser una nación, y sólo ahora, a partir de la Constitución de 1993, se autodefine como un país "multicultural y plurilingüe", pero no se dice que es un país compuesto de varias "nacionalidades". Precisamente ahora se revive lo que siempre ha estado presente-y-oculto a la vez: que hay naciones originarias que nunca fueron tratadas como tales. Este es un hecho sociológico, frente al cual desde la colonia hasta el presente (mitigado un poco) se sigue despreciando al indígena: es objeto de discriminación, de burlas, de desprecio social. En el Perú sólo en 1970, en plena "revolución de la fuerza armada del Perú (Velasco Alvarado, originario de Piura)" se aceptó, socialmente hablando, mirarnos como "cholos". A este fenómeno se llamó "cholificación", y gracias a este movimiento propulsado desde el gobierno militar (que en la época, 1968, se le consideró y se autodefinía como la tercera vía: ni capitalismo ni comunismo, pero también fue el momento en que se hizo la reforma agraria más radical del mundo, esperanzados en que el cambio podría traer beneficios de paz y solidaridad). Este cambio social dirigido por la fuerza armada peruana (ni a Velasco ni a su gobierno se le tachó nunca de "dictador" ni de "dictadura"; esta descalificación vino después, cuando todo comenzó a fallar y el estado no tenía dinero para soportar el cambio social, y, como siempre, la corrupción y aprovechamiento acabó con esas esperanzas. Lo único que ha quedado de esa experiencia (experiencia que envolvió casi a la mayoría de la población comenzando por la clase burguesa, la iglesia católica-eran los tiempos de la teología de la liberación-, los intelectuales, universitarios, hijitos de papá, etc) ha sido la reforma agraria, ahora vista como la destrucción de la agricultura latifundista y el (fracaso del) minifundio. Por estos días algunos exlatifundistas han comenzado a comprar pequeños lotes de terrenos que estaban en manos de sus expeones (el lema de entonces que puso a rodar Velasco Alvarado era: "campesino, el patrón ya no comerá más de tu pobreza". Esa expresión reflejaba bien la práctica explotadora del campo, aún en las mejores condiciones de trabajo en el campo. Algunos hacendados latifundistas se preocupaban por sus trabajadores (peones) y los atendían, pero los mantenía ligados a la tierra que servían. Esta es una historia vieja y larga que contar, y se encuentra preñada de todas las desgracias y pocas alegrías que te pueden hacer entender, incluso, la "rabia andina" de la que estaban impregnado "sendero luminoso"). En estos momentos el desprecio por lo indígena, la exclusión social de los quechuahablantes se ha modificado un poco, pero la descriminación se mantiene revestida de eufemismos y sentencias judiciales . Una de ellas, que comenté en su momento, afirmaba que, según la Constitución, para que haya discriminación es necesario que se discrimine a "un grupo social" no a una persona. Se trataba del caso de una discoteca que discriminaba el ingreso a sus locales. La denunciaron, se comprobó la disriminación, pero la sentencia fue favorable a la discotea y además se alegaba que la discriminación se contraponía a la libertad de empresa. A diario se discrimina en el Perú, Bolivia, Ecuador, Chile, Colombia (en general contra los negros de la costa). Bolivia tiene el 70% de población indígena aymara y quéchua, el Perú otro tanto más los de segunda, tercera y cuarta generación, descendientes de indígenas que conservan el apellido Quispe, Yupanqui, Perleche, Ipanaqué, dependiendo del lugar: en general son descendientes de culturas preincas. Y como es lógico, esas personas NO hablan fluidamente el castellano ( Evo Morales es uno de ellos, pero Toledo, el presidente peruano también, sólo que él es un cholo-gringo, pues se educó desde joven en USA y no es quechuahablante).
En este contexto, del que sólo te doy algunos datos de la vida diaria, hablar de "nación indígena", de "nacionalismo", es, tal como yo lo veo y siento, hablar de simplemente "respeto de la dignidad humana" de estas personas. Y, obviamente, quienes han vivido por siglos despreciados, olvidados, excluidos, no pueden no tener un fuerte "resentimiento social". ¿Qué hicieron los gobiernos para mejorar esta situación?. Prácticamente nada; dejaron que el tiempo sedimentara esta situación, fortaleciendo, en el caso del Perú, a los criollos de la costa del pacífico, y, especialmente en la capital, Lima. Desde siempre se dice que "Lima es el Perú". Esta situación ha comenzado a cambiar un poco, y ahora se lucha por la "regionalización", una especia de "autonomía" debilitada. Pero al lado de esto hay un miedo claro y no oculto de la burguesía criolla, costeña, neoliberal y oportunista. En ese contexto hablar de que el "nacionalismo" es algo pasado de moda y que las fronteras deben abrirse al "capital inversionista", es, como es obvio, algo dificilmente de aceptar, pues la experiencia diaria es que nada resuelve: la pobreza sigue instalada y la riqueza sigue en pocas manos y no se distribuye. El presidente peruano, neoliberal aliado de Bush, llama a esto el "chorreo". Según su teoría la riqueza debe "chorrear hacia abajo" por sí sola, por efecto benéfico del mercado. Y es el mismo caso de Chile, ese "oscuro milagro" chileno, del cual sólo ahora se atreve a hablar el partido socialista chileno (el director de campaña de Bachelet y otros han dicho que efectivamente, la riqueza seguía en pocas manos, que la seguridad social, privatizada, no funcionaba, que no había las mismas oportunidades para acceder a la educación, etc, y que ese era el reto de Bachelet. Uno se pregunta, ¿dónde está pues el milagro chileno? La respuesta es: en la macroeconomía. Igual pasa en el Perú de Toledo: la macroeconomía tiene buenas cifras, pero la gente se muere de hambre). La respuesta que se maneja en boca de los políticos proclives al libre mercado, tal y como se le experimenta por estos países, es que se "debe tener paciencia" o aumentar el sueldo en miserables proporciones. Las legislaciones laborales están "máximamente flexibilizadas" lo cual quiere decir, en la práctica diaria laboral, que los patronos pueden hacer lo que se les antoje con los trabajadores. En el Perú se trabaja 14 horas diarias y sólo pagan 8 horas con el sueldo mínimo (en general pagan menos que eso) y los trabajadores aceptan por aquello de que "peor es nada". Y el otro cuento es que los "costos laborales" no hacen "atractiva" la inversión extranjera.
En fin, todo el discurso político-económico necesita de una revisión argumental y de una contrastación empírica, que no se hacen. ¿ Y las Universidades?. Pues alguna hace algo de pequeña monta, por temor a que la "inversión extranjera" se ahuyente.
La práctica política liberal de todos las naciones latinoamericanas ha sido, y sigue siéndolo, caudillescamente presidencialista. En general el guión cinematográfico de los presidentes de las repúblicas era la de un actor político blanco o mestizo blanqueado ( ya sea por su piel o por su dinero o posición social de apellido). En estos casos las actitudes "dictatoriales" se aceptaban sin mucho escándalo, bajo diferentes figuras jurídicas: la entrega de poderes extraordinarios por parte del Poder Legislativo, al presidente de la República. Este ha sido la práctica de los últimos 30 años (de lo que conozco por experiencia) en Venezuela. Este fue el caso de Fujimori en el Perú. Se piensa que ese "método" es más expedito para "resolver problemas urgentes". El caso de Chávez en Venezuela forma parte de esta "tradición" con el agregado de que su práctica política se inserta en una reposición de temas que "se creían estaban olvidados" en América Latina: la lucha por un socialismo a la latinoamericana y contra el imperialismo yanqui (te recuerdo el libro de Wright Mills "Escucha Yanqui". 1960, cuyo original inglés se llama Listen, Yankee (The Revolution in Cuba) y toda la ideología izquierdista de la época). Chávez ha hecho, a partir de hace pocos años, de este "reivindicación" su lugar común discursivo. Este es un expediente que está a la mano y que no puede ocultarse: la intervención del imperialismo yanqui , que en los 60 representaba una posición de "libertad contra el comunismo", es, ahora, una simple arma mortal guerrera, desde la caída de Allende, contra toda posición política que no acepte constituirse en aliado del Imperio. En ese contexto es obvio que, en el caso de Venezuela actual con Chávez y su gobierno, recurra a este "ataque" cada vez que el gobierno americano insulta y miente respecto de las intenciones de Chávez (Este ha sido el caso con Evo Morales, quien en su discurso de toma de posición denunció todas las "mentiras" construidas por los yanquis). Los pasos que ha tomado Chávez son, mutatis mutandis, respecto de la experiencia revolucionaria peruana un juego de niños. Las medidas más o menos "fuertes" de Chávez están en proporción directa a la increíblemente estúpida e ingenua actuación de la "oposición" y del propio Bush. Sinembargo el negocio petrolero entre USA y Venezuela sigue viento en popa: un millón quinientos mil barriles diarios. La actividad comercial en Venezuela es tan capitalista como la que más (acá la "costumbre" es obtener ganacias de 400 por ciento). Subsisten esquemas económicos paralelos: sociedades mixtas con el estado, promoción de las cooperativas, préstamos comerciales a bajo interés a la pequeña y mediana industria, regularización de la tierra respetando las tierras productivas (5000 hectáreas). ¿Dónde está la falla?: en lo mismo de siempre, en la forma de vida de una sociedad acostumbrada al derroche, a la corupción como medio de vida (decía un famoso político que " En Venezuela no hay razones para no ser ladrón". Estos "errores" serán lo que estorbarán el cambio social o su aniquilamiento, no para que vengan mejores tiempos, sino para "cambiar de manos". Sí, lo que aquí se ha producido de "revolucionario" es la exclusión de un sector de la población, la oligarquía (término que se creía que estaba también pasado de moda) que, en este país es menos cerrada que en otro, que manejó este país durante casi 50 años (algo parecido a lo que le pasó al PRI y compañía en México). El "corte especial" de Chávez es su manera de ser que es la de un venezolano común y corriente de ciertos lugares: un llanero de extracción pobre. Eso lo maneja bien y lo explota.
Hay mucho más que decir sobre este curioso fenómeno de cambio social venezolano, visto a través de mis ojos de extranjero, luego, equidistante, y con la historia de los últimos 45 años de América Latina en la memoria, lo cual me hace ser comparatista. Creo que, como siempre sucede, los venezolanos en general no aprecian bien lo que les está pasando. Según mi análisis, es menos de los que unos y otros creen, y esto también se puede entender si uno capta la "manera de ser chévere" que caracteriza la vida diaria en este lugar del caribe (que no es lo mismo que sudamérica).
Un abrazo

16 febrero, 2006

La mala leche. Por Francisco Sosa Wagner

La oferta más variada que existe ahora en los supermercados es la de leche. Hay muchas leches, tantas que es difícil seleccionarlas pues la hay natada y desnatada, con isoflavonas, con vitaminas modernas y acreditadas y sin vitaminas o vitaminas pasadas de moda, fermentadas y no fermentadas, fementidas y verdaderas, nutritivas y no nutritivas, para viejos, para mujeres en el puerperio, para concejales, para aspirantes a concejales... No falta nada. Aparentemente. Porque falta la más importante: la mala leche. No me refiero a la mala leche que es madre del resentimiento, de las envidias oscuras o de los odios eternos, me refiero a la mala leche que procrea el ingenio y su derivado el humor, el humor inteligente, nunca el de esos botarates que salen por la televisión. Si esta sustancia tan necesaria no aparece en ninguna lista de precios se debe a que esa mala/buena leche ni se compra ni se vende. El tipo con mala leche nace, no se hace; ocurre como con el subsecretario, cuando viene al mundo una criatura ya se sabe si alcanzará o no esta altanera dignidad burocrática: por los andares, por los decires, qué sé yo ... Pero el asunto es grave porque la mala leche resulta clave para desvelar los misterios de la sociedad y fundamental para desenmascarar los mil disfraces que adopta la hipocresía que, tal como ocurría en los tiempos de Quevedo, es calle sin fin donde hay cuartos y aposentos para todos.
Es decir que quien quiera cultivar el humor debe mojar su pluma en esa tinta fecunda. En este sentido, creo que la prosa gana a la poesía. Acaso porque aquella aventaja en general a su hermana en variedad de asuntos y riqueza en la forma de expresarlos. En las "Conversaciones con Goethe" de Eckermann, el poeta, que se hallaba cuando está hablando en su ancianidad alta, desliza esta perla: "la cuestión es bien sencilla: para escribir en prosa hay que tener algo que decir. Quien no tenga nada que decir, siempre podrá componer versos y rimas, donde una palabra lleva a la otra y siempre termina por salir algo que, aun sin ser nada, logra dar el pego". Un poco exagerado el severo Goethe pero algo sabía del asunto.
Porque es bien cierto que los poetas son un poco pelmazos y, aunque en los últimos decenios se han empeñado en recorrer caminos nuevos, lo cierto es que propenden a seguir cantando los amores con Purita y la vistosidad de las flores en primavera, o lo que es peor, la muerte y la malaventura. Lo harán en rima asonante o consonante, creyéndose clásicos, vanguardistas o ultramodernos, pero casi siempre recalan en los mismos caladeros. Parece que la forma de escribir en verso los encadena a los que ellos entienden cumbres de los sentimientos y de las sensaciones, como si una forma tan alada de expresarseno pudiera malgastarse en asuntos fútiles. El escritor en prosa es mucho más fecundo, dispone de alas para escapar de las dictaduras convencionales.
Hay, claro es, poesía de humor y ahí están los testimonios de los siglos pasados. Cuando Gonzalo de Berceo llama a un contemporáneo "ome revolvedor" está cultivando la invectiva social sana y de buena puntería pues se está refiriendo a esa especie eterna, intemporal, del amigo de los enredos, del intrigante, del trapisondista. Por supuesto nadie reconocerá serlo pero el personaje está presente y es bien visible en el escenario social: en el Parlamento, en las agrupaciones de los partidos, en las Universidades y hasta en las empresas de recauchutado de ruedas o de exprimidores de zumo, "omes revolvedores" los hay a cientos. Con el añadido contemporáneo de las mozas "revolvedoras". Es humor por supuesto la letrilla satírica que cultivaron Góngora y no digamos Quevedo o las redondillas de Sor Juana Inés de la Cruz, y luego Torres y Villarroel etc. hasta Ángel González o Andrés Trapiello. Si disparan con puntería es porque todos ellos tuvieron en su infancia un ama de mala leche.
Quiero que la Seguridad social me proporcione una de esas ubres gozosas para pasar mejor las gachas espesas de la chabacana realidad circundante.

Las gallinas de mi pueblo pasan a la clandestinidad

No gano para preocupaciones. Acabo de oír en la radio unas declaraciones de la Ministra de Agricultura, doña Elena Espín Osa. Tranquiliza al pueblo sobre lo de la gripe aviar. Según la documentada señora, en nuestro país el peligro es escaso, pues aquí, al parecer, ya no quedan aves domésticas en libertad, deambulando a su antojo por prados y caminos. Dice la Ministra que en España ya no hay gallina que no esté convenientemente resguardada en gallineros fortificados. No como en Francia, añade, donde uno va a cualquier pueblo y se encuentra unas ocas vagando libres y antojadizas y clamando a los cuatro vientos por sus padecimientos hepáticos. Tal cual, juro que ese fue el argumento.
Y, claro, a mí me asalta la congoja, pues me pregunto que habrá sido de las gallinas de Ruedes, mi patria querida. Yo me crié allí entre “pites roxes” y gallos omnipontentes, todos, ellos y yo, en idílico estado de naturaleza, en aquel tiempo memorable en que no proliferaban los virus ni las ministras de agricultura.
¿Dónde habrán ido a parar las gallinas y los gallos de mi tierra? No hace ni dos meses me di una vuelta por allí y vi un montón de gallinas picoteando por los senderos. Hasta recuerdo una que, con maternal gesto, cuidaba de su notable prole de pequeños/as pollos/as. Me detuve un rato en casa de Dulce, que es para mí como una hermana mayor. Estaba echando maíz a las gallinas, que, raudas, acudían desde los prados y la huerta próxima, al grito atávico de “pita, pita, pita”. Parecían felices y ajenas a los oscuros presagios que ya revoloteaban sobre ellas, cual milanos.
Está excluida toda posibilidad de que las gentes de mi aldea, con Dulce a la cabeza, hayan decidido sacrificar a sus pitas –salvo la que indefectiblemente sirve de tributo gastronómico el día del patrono-, y menos aún puedo creer que hayan decidido encerrarlas en guantánamos locales para protegerlas del virus maligno. En Ruedes no se valora más huevo que el huevo libre. Así que, descartada toda sospecha de que la ministrina esté mal informada o piense que las gallinas no son aves sino bóvidos, sólo me resta una hipótesis razonable y consoladora: que las gallinas, dirigidas con pata férrea por el gallo de guardia, hayan decidido pasar a la clandestinidad, a la espera de tiempos mejores. Las imagino excavando zulos en algún monte cercano y acumulando víveres para lo que queda de invierno. Supongo que no tardarán mucho en emitir un comunicado en el que den cuenta al mundo su nueva condición y aprovechen para plantear a las claras su viejo anhelo: la autodeterminación de gallineros históricos.
Yo desde aquí, modestamente, me sumo a su lucha y las animo a que perseveren, pues, si así lo hacen, pronto se avendrá el Ministerio a negociar. Sólo siento que el precio de su victoria tendrán que pagarlo otros: los patos pagarán el pato.

15 febrero, 2006

Ahora sí que nos forramos.

Mi santa recibió hoy una revista que se llama “El notario”. Me la mostró y el brillo de sus ojos me hizo pensar que era un catálogo de notarios solteros. Pero no, era el brillo de siempre. Más que arrepentirme por ser mal pensado, me vino una posible idea lucrativa. Ahora que estoy decidido a pasarme a la vida privada y semiclandestina y que, por mi mal comportamiento y hosco carácter poco dado a los consensos, voy a ser menos invitado a dar conferencias alimenticias, debo replantearme maneras nuevas de sobrevivir a la hipoteca inmobiliaria que me tiene estrangulada la economía.
Así que busco socio(s) para poner mano a esta idea que nos puede rescatar de las fauces abominables de la pobreza: una página web, de pago, of course, que recoja el catálogo actualizado de notarios que no han pisado –aún- la vicaría, de notarios casaderos, vaya. También podemos incluir, sin particular desdoro, a registradores de la propiedad, que no son mal trofeo para este tipo de pesca sin muerte.
Imagínense la composición y las secciones. Cada pieza con su nombre o alias, su destino actual o previsible y una foto en la que se vea al sujeto todo rodeado de legajos y escrituras y marcando billetera en el bolsillo interior de su americana fashion total. Ideal será que hagan saber sus aficiones y el tipo de vida que ansían, con pormenor, incluso, de sus opiniones sobre el mundo financiero en general y la situación del peculio propio en particular. Podemos pedirles a estos candidatos que señalen sucintamente sus gustos y preferencias en lo tocante a la contraparte que los busque, con licencia incluso para confesar inocuas desviaciones y vicios asumibles por cualquier suegra de notario; o, cuando menos, morbosas pulsiones que no escandalicen en exceso al confesor de cualquier suegra de notario.
Y luego, cómo no, debemos contar en la página con un potente buscador, capaz de dar satisfacción a las más truculentas pesquisas. Pongamos que alguien busca notario de menos de sesenta y ocho años, con conocimientos de gallego oral, un ferrari rojo y vegetariano. Pues, si lo hay en el mercado, ahí tiene que aparecer con foto y todos los demás datos. De esta manera se evita de un plumazo la profunda decepción que han tenido que vivir tantas chicas de buena fe que han salido con notarios y han descubierto al cabo, con dolor y trauma, que ellos no eran lo que parecían ni daban lo que se les esperaba.
Bonita cosa sería igualmente si conseguimos mantener cada mes una sección de “promociones especiales”. Esto, a su vez, podría dividirse en dos partes. En la primera irían agrupados aquéllos de la última hornada, los que acaban de acceder a tan ilustre condición y, por tanto, aún no pueden exhibir un currilum en euros. Éstos podrían ser los “notarios de primera”, aun cuando esta denominación puede alguien cuestionarla por parecer publicidad engañosa. En la otra parte estarían los “notarios en promoción” y se trataría de los que, urgidos por algún afán perentorio o por ansiedades acumuladas, desean solventar en el menor tiempo y sin reparar en gastos el asunto de la grata compañía que completa la naranja.
Creo que puede ser buen negocio, pues se darían de alta y pagarían la cuota para visitar la web no sólo las mujeres y hombres en edad de merecer, ciudadanos y ciudadanas casaderos de todas las autonomías, sino también muchos papás y mamás de ésos que ponen su mejor esfuerzo en ayudar a sus vástagos a abrirse camino en la vida y labrarse un futuro razonablemente apacible.
Tendremos que tomar algunas decisiones que todavía no tengo muy claras. Por ejemplo, si mezclamos indistintamente notarias y notarios en nuestra exposición o si abrimos para ellas –que son cada vez más- una sección especial, que podría titularse “notarias que notarías”. Sí, creo que el apartado para ellas podría ser ése y que el de los varones se podría llamar “notarios de nota”; o, quizá, “notar(i)os”.
Para la web general tengo un nombre inigualable: www.pornotarios.com. Me apresuro a registrar el dominio, por si las moscas.

14 febrero, 2006

Cajal es lo máximo.

Viene hoy un artículo en El País de Maximo Cajal, ex-embajador del Estado Espagnol. Escribe sobre lo de las caricaturas de Mahoma, a las que nada más empezar tilda de "estúpidas viñetas". Copio sólo el primer párrafo para que se aprecie el tono:
El daño está hecho, y de qué manera. Las 12 estúpidas viñetas publicadas el pasado 30 de septiembre por Jylland-Posten, -la "frivolidad trágica" que hace unos días denunciaba Jean Daniel en este mismo periódico-, han circulado como un reguero de pólvora por el mundo islámico. Lo peor, la carga de menosprecio que lleva aparejada. Pero también la combinación de aparente desconocimiento y de inoportunidad, suponiendo que hubiera un momento oportuno para ponerlas en circulación. La imagen de Mahoma es tabú en el Islam. ¿Acaso no lo sabían en Aarhus? ¿No les sonaba aquello de que los musulmanes son iconoclastas, que abominan de la iconolatría, del culto de las imágenes de dios y de su profeta, cuya plasmación es blasfema? Y, por si ello no fuera suficiente, aderezándolas de tal modo que identifican Islam y terrorismo. ¿No podían prever los responsables del diario danés la sacudida emocional que un paso semejante, que a nada respondía, iba a desencadenar en la comunidad musulmana, en la Umma, por muy rechazables que sean algunas de sus manifestaciones concretas? Y de nada vale apuntar a tal o tal imán como el detonante del incendio. Hay suficientes precedentes, sin necesidad de ir a Salman Rushdie, para que nadie se sorprenda lo que fatalmente ha sucedido. En tanto que la inaceptable violencia de los manifestantes da también la medida de su frustración y de su encono.
Pues nada, lo que dice es una opinión, tendrá razón o, por lo menos, serán respetables sus razones. Y, desde luego, le ampara la libertad de expresión, amén de otra ristra de importantes derechos.
Nada voy a objetar a lo que dice. Pero mientras lo leía estaba yo dándole vueltas a de qué cosa reciente me sonaba a mí este hombre. Me acordaba de cuando lo de Guatemala y tal, pero ahora en qué andará, me preguntaba. Así que a Google, que eso sí que es un dios que no veas, y a la primera, eureka, ya lo tengo. Es en la actualidad Representante personal del Presidente del Gobierno de España para la Alianza de Civilizaciones. Piensa a sueldo y dice sólo lo que le conviene. Vale.Pero en la firma de su artículo no pone el cargo, jejeje.
Y me quedo meditando que un servidor o cualquiera de los habituales de este blog lo habríamos escrito aún más mono por la mitad del salario. Porca miseria.

Más resocialización. Aquí un amigo, aquí mi tía.

La prolífica pluma de AnteTodoMuchaCalma, primus inter pares, nos ha dejado unas reflexiones sobre la resocialización de los presos que merecen estar aquí, en primer plano. Me complementa, me matiza y hasta me corrige un poco -con ánimo resocializador, eso seguro-, cosas todas que me agradan de veras. Lo que ocurre es que también se quiere apropiar la única tía que me queda, y eso ya no sé yo cómo tomármelo. Debería ocuparse de sus propias tías. Pero pase por esta vez.
Me permito, presumiendo su consentimiento o disculpándome si no se aviene, pegar sus dos comentarios aquí abajo, pues me parece que juntos encajan a la perfección. Respeto íntegramente su estilo, pues a las claras se ve que es muy suyo (el estilo, digo) y eso siempre es un punto a favor.
Y, como otras veces, mil gracias a él y a los demás amigos, Les debo muchas contestaciones, pero el tiempo no me da para más, pues tengo también otros vicios.
Estos son los textos de AnteTodoMuchaCalma:
Querida doña Obdulia: Espero que al recibo de la presente se encuentre usted bien. Yo también tengo una tía Obdulia (Obdulia María, en realidad), por lo que si no le importa, le llamaré yo también “tía”. Sobre lo del trabajo: Lo de que la mano ociosa es instrumento del diablo ya lo sabían bien nuestros tatarabuelos, así (o sea: sus bisabuelos, tía). Ante una delincuencia de miseria como la más importante de los años 70 y 80, la cualificación profesional era un camino indicadísimo para reducir las cifras de criminalidad a la salida del preso (para lo que llaman los yanquis la “prisoner reentry”). Así que incentivo al canto: trabajas y te reducimos pena (un día por cada dos de trabajo). ¿Qué pasaba? Que la ley la escribió un señor muy bueeeeno, muy bueeno, y la votó todo el parlamento por aclamación, pero su ejecución la hicieron los de siempre (los políticos pasan, la administración permanece). Sacar de la nada miles de puestos de trabajo para todos esos a quienes se les había reconocido un derecho, e inspeccionar si hacen algo de provecho o no, era carísimo (las labores de inspección son siempre lo más caro). Solución: hacer la vista gorda, pasar a entender incluso limpiar la celda era trabajar… y así no había ni que inspeccionar, porque se daba por supuesto que todo el mundo la limpiaba. Con eso, las cifras de las penas eran de broma, porque siempre significaban un 66 % de lo que se había impuesto realmente. Así que en 1995 el último y agonizante gobierno del GranGato acabó con ese sistema, elevando las penas y eliminando esa disminución automática. Lo que pasa es que en los sitios civilizados no aplicamos las nuevas leyes perjudiciales a casos antiguos: a cada caso, su ley. No puede ser que el Estado te prometa: “si haces esto, te doy 10 años de cárcel”, pero que cuando ya lo has hecho se lo piense y diga “mejor ahora 20 años”. Tendríamos que salirnos de la Unión Europea y del Convenio Europeo de Derechos Humanos para hacerlo, porque Europa no nos dejaría hacerlo, tía. Es la cosa del Estado de Derecho. En resumen: las pifias del pasado no se pueden arreglar. Sólo se puede evitar que no se repitan. Y ya no puede pasar que alguien mate a más de dos personas y salga antes de los 40 años. Sobre lo de las penas de miles de años que se quedan en décadas: hágale caso a su sobrino, tía, que ya sabe que le quiere bien. En España no existen penas de miles de años. El Estado, por tonto que sea, sabe que nadie vive miles de años. Eso es tan tonto como calcular el precio de un coche sumando el valor de todas los repuestos que lo componen. Pero ya sabe, tía, que los periodistas tienen que vivir de algo, y sacar un titular con “piden 15 años de prisión para Mario Conde” no da tanto parné como publicar “piden 7500 años de prisión para MarioConde”. Las penas máximas en la actualidad para terrorismo son de 40 años (con que tenga un solo delito de sangre, es jodido que no llegue ahí: art. 76 CP) y de cumplimiento en encierro total, sin posibilidad de libertad condicional ni de terceros grados a menos que declare que renuncia al terrorismo, a sus medios y a sus fines (art. 72 de la Ley Penitenciaria: y olé el artículo 16 de la Constitución). Quienes piden que se suban las penas porque las existentes son cortas, le quieren liar a usted como los comerciales de Guanadú que le vinieron el otro día. Ellos ya saben que se han subido las penas y que para los casos futuros ya no puede pasar lo que pasa con Parots y compañía, porque hoy un Parot se jala 40 años como Felipón. Y a quien le diga que la sociedad española no aguanta que un preso salga tras 40 años de prisión solamente, ni caso: habla de lo que no sabe, porque no ha pasado nunca que alguien haya salido tras una sola condena de 40 años (no existían condenas de 40 años; sí había gente que iba enlazando condenas, pero no de una sola). Luego están esos listos de “es que a partir del segundo asesinato, los siguientes le salen gratis: a Parot 50 asesinatos de los 52 le han salido gratis”. Ya sé que lo dice Pedrojota y que usted le tiene mucha ley, pero son unos listos, tía. Porque ellos lo máximo que pueden proponer es que sólo le salgan gratis 49. ¿Por qué? Porque el Parot no va a vivir para siempre. Hoy un asesinato como los de Parot se lleva entre 20 y 30 años por cada uno. Con dos, alcanza el máximo (40 años). Ellos quieren ponerle perpetua (que para un señor de 25 años supone una media de 52 años de prisión, hasta los 77 años de media que vivimos los varones; y para una señora de 25 años supone una media de 54, porque las mujeres viven por término medio 79 años, 2 más que los hombres… ¡y usted está hecha una rosa!). En resumen, tía: que no se pueden aplicar las leyes nuevas a los hechos viejos. Y la ley nueva ya prevé que un señor que cometa dos asesinatos se come 40 años a pulso. Es como si liberasen ahora a un asesino condenado en el año 66, cuando se compraron usted y el tío el Biscuter. Entonces…¿por qué Pedrojota monta todo este lío? Pues ya lo sabe, mujer: porque quiere más teles, y los del Zapatitos no le van a dar tantas. También va diciendo que estas reducciones de pena las hace el gobierno … Que “hay dos posibilidades de interpretación de la Ley y los fiscales del gobierno optan por la más favorable para el etarra” (cuando nunca hubo otra interpretación distinta, y menos con Aznar)… Que “estas reducciones las inventaron cuando pensaban que ETA se iba a extinguir y había que ser generosos, pero ya sabemos que no va a ser así” (cuando estas reducciones ya se aplicaban durante el franquismo, y no se aplican a ETA sino a todos los delitos, mayores y menores)… No le tenga tanta ley al Pedrojota, tía. ¿Sabe, por cierto, por qué se me llevan los demonios con todas estas cosas? Porque los presos de ETA constituyen alrededor de un 1’4 % de los presos en España. Pero cuando los Pedrojotas se dedican a sacar estas mierdas (dispensando, tía) a quien acaban fastidiando es al ratero, al choro, a ese 78% de la población penitenciaria que está en prisión por delitos contra el patrimonio o contra la salud pública. Bueno, tía. Un fuerte abrazo y cuando me pase por León no dejaré de visitarla.Su sobrino que no lo es, AnteTodo.
PD.- Otro día podemos hablar acerca de por qué la gente se empeña en decir que el retribucionismo es malo, por qué comparan retribución y venganza (¿se venga Alcampo cuando al salir con los donuts nos pide que paguemos lo que dice la etiqueta?)... Otra: ¿por qué la gente sigue empeñada en que la pena talionar es desproporcionada? La proporción talionar es muy baja: nadie castigaría obligando a devolver 100 euros a quien robe 100 euros (porque entonces sólo es cuestión de probar: lo peor que puede pasar es perderlos). Lo brutal es acudir AL CUERPO del condenado (y da igual en qué proporción: no hay proporción de daño físico que no sea en sí inaceptable); pero si excluimos los castigos físicos, la pena talionar resulta... ¡DEMASIADO SUAVE!. Pero da igual: en el bajocontinuo de la corrección política, "retribución" es malo, y "prevención" es bueno. Pero si el Estado no puede subirle de nuevo la pena al Parot es porque el pensamiento de la retribución ata las manos del estado con garantías: "NO TE PUEDO COBRAR MÁS DE LO QUE TE DIJE QUE TE IBA A COBRAR". Y eso, te reinsertes o no. ¿Que la retribución es blanda? El pensamiento de la retribución es el modo más digno de dirigirse al condenado: que "pague a la sociedad lo que debe" y se acabó. Siempre los cantianos... Aquí son un poco taraskas, pero repito: siempre serán los cantianos los que nos saken del hoyo.

El desánimo de los mejores y las perversiones de la institución. Otro post sobre la Universidad, pero éste más personal.

Hay días torvos, y temporadas, épocas en que el desaliento nos puede, no sé, o serán "los heraldos negros que nos manda la Muerte". Bueno, se me fue la mano por el gusto de citar a César Vallejo. Más adecuado a la situación que quiero describir es otro verso del mismo poema, aquel que dice "Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas". Pues a eso voy, a los bárbaros Atilas con sus potros, y al campo yermo que nos dejan tras su paso.
Vengo observando desde hace tiempo un fenómeno inquietante y que a otros, con mayores responsabilidades que las mías, debería preocupar mucho más que a mí. Me refiero al desánimo en que viven los mejores de mis colegas y compañeros, tanto los más próximos como los de otras universidades. Me voy a permitir hablar en primera persona, porque yo tengo a muchos de ellos por maestros y fuente de mis mejores estímulos profesionales. Y lo voy a hacer para decir que es como si arenas movedizas nos estuvieran tragando.
Uno va por los pasillos y se encuentra a los mandangas felices y contentos, de charleta camino de la cafetería o haciendo campaña para ser elegidos para el comité ejecutivo de la comisión provisional de la asamblea supramunicipal de mediopensionistas del gremio de torneros universitarios. Encantados de la vida, oiga, sin dar palo al agua pero con el orgullo del que sabe que hace cosas de importancia. Y luego están los otros, los buenos. Tengo, por fortuna para mí y para general indiferencia, compañeros con curricula apabullantes, auténticos investigadores de primera, docentes inquietos e innovadores, intelectuales completos, académicos por los cuatro costados... y no les hace caso ni dios, con perdón. Me refiero a que la Universidad en que laboran pasa de ellos como de auténticos apestados. Y luego nos cuentan aquello de la calidad y la competitividad. Sí, vida, y yo con estos pelos. Ahora prueba con un masaje un poco más abajo, a ver si empiezo a sentir algo. Porque esas milongas de la calidad, la excelencia y los objetivos de primera división yo ya no me las creo, ¿sabes? Llevo mucho tiempo viniendo por este club y os conozco a todas, corazón.
He tenido bastantes conversaciones esta temporada con esos compañeros a los que quiero y admiro. Y siempre terminamos igual: esto se acabó, a nosotros sólo nos queda refugiarnos en los cuarteles de invierno, el que venga detrás que arree, este hedor es insufrible, etc., etc.
De verdad que no quiero dramatizar en exceso ni hacer un post lacrimógeno. Y menos aún lograr que nadie sienta compasión de estas personas, pues para nada la necesitan. Su propia capacidad y su formación les proporcionan recursos más que suficientes para disfrutar haciendo lo que de verdad les gusta y para esponjar sus espíritu con actividades más gratas que estas de la brega con una institución atrozmente decadente. Y en eso yo, modestamente, quiero también inspirarme en los mejores e irme con ellos. A la jodida Universidad que le den dos duros. Ayer mismo le anuncié a mi queridísimo amigo el Decano de mi Facultad que servidor se declara indiferente a los institucional y objetor de lo burocrático. Que les den dos duros y por ahí a las comisiones, comités, juntas, consejos y direcciones. Perder el tiempo en esas cosas es, aquí y ahora, como hacerle la corte al cadáver putrefacto de una dama que en vida fue hermosa: rotunda belleza la pretérita, sí, pero ahora es un fiambre que hiede.
Uno siempre va con el vaso lleno y haciendo equilibrios para no verterse el líquido encima. Ayer me cayó en él una gota más y lo colmó. Lo cuento brevísimamente. Un grupo de profesores había trabajado duro para proponer a la instancia política correspondiente una nueva titulación. Se rellenaron prolijos formularios y hubo que exponer complicadas metodologías y que detallar programas complejos. Aun con todo el empeño que esa gente puso, seguro que el proyecto no es perfecto y tiene partes sumamente criticables, es posible que no merezca objetivamente la aprobación que pretendía. Pero, ay, amigo mío, ayer cayó en mis manos el informe negativo del evaluador que lo juzgó negativamente. Y una cosa es que algo tenga defectos y otra muy distinta que esté cualquier tarado en condiciones de verlos. Da vergüenza, y grima, y asco, y náusea leer aquellas lerdas frases con las que el fulano o la fulana (desconozco tanto el género del evaluador o evaluadora como el uso que gusta hacer de su género; aunque algo puedo colegir sólo con ver cómo escribe y qué cositas tan monas dice) trata vanamente de sustentar su veredicto. Es espeluznante que un asunto de tal importancia lo pueda despachar cualquier cantamañanas amigo de no sé quien y nombrado a dedo (seguramente por habilidades que tienen más que ver con el dedo mismo que con cualquier otra cosa) con cuatro frases absolutamente vacuas, lugares comunes sin relación con lo que se juzga, y demostrando bien a las claras que el/la sujeto/a o no leyó lo que tenía entre manos (me refiero a los papeles) o no entendió ni palabra, pobrecito mi cuquín, con lo tierno que es él para todo.
Pero eso no fue todo. Supe que el excelso árbitro –lo digo porque supongo que el pito jugó un papel bien relevante en su juicio- no era de esta Universidad mía, pues se cruzan las evaluaciones para evitar corruptelas, oiga, que menudos somos de puros y estirados, aquí un amigo, aquí mi señora. Estas conversaciones siempre acaban en un matiz que se te pega al estómago, es lo que tienen. Y en esta ocasión el matiz fue que mi informante me dijo quién era el superevaluador leonés para este tipo de menesteres. Y que cómo no, pues es el ojete (perdón, el ojito) derecho de todas las altas instancias que pitan (y dale con lo de pitar; tengo hoy la prosa sonora) en la cosa educativa y universitaria de la junta que se arrejunta.
Y, sí, es él.
Así que para casita y a disfrutar de la vida privada. Fue bonito mientras duró, pero aquélla que amábamos se nos volvió una raposa. ¿Han visto que fino me quedó el sinónimo?

13 febrero, 2006

Resocialización

Estoy temiendo el día en que mi tía Obdulia me pida que le explique qué es lo de la resocialización de los presos y cómo funciona. Lo de ser de Derecho es lo que tiene, que la gente piensa que sabes. Y saber, saber, sabemos poco más que salir del paso con una larga cambiada. Voy a entrenarme un poco y a tratar de pensar en el asunto como persona, sin las tenazas del dogma doctrinal.
El artículo 25.2 de la Constitución dice que “Las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social y no podrán consistir en trabajos forzados”. Hasta ahí bien. Esa es una auténtica conquista civilizatoria, muy propia, por cierto, de esta civilización nuestra que es malvada y opresiva. Que ya te digo yo cómo reinsertan en Marruecos o Indonesia –o Guantánamo, ciertamente- a los presos. Pero dejemos eso, no vaya a hacer yo mal uso de la libertad de expresión y provocarle a alguno un síncope multiculturalista.
La filosofía resocializadora ha dejado atrás, por cruel e incivil, la función meramente retributiva de la pena, es decir, la pena concebida como simple venganza, esa que se aplica al grito de que el que la hace la paga y que ojo por ojo, diente por diente. Ha costado siglos, y milenios, que llegara la humanidad –bueno, sólo esta perversa parte occidental de la misma- a la convicción de que también el delincuente es un ser humano con derecho a replantearse sus valores, reajustar sus prioridades y asimilar las reglas de la convivencia en orden y respeto. Esto vale tanto como decir que el preso, al tiempo que purga su delito, tiene derecho también a una segunda oportunidad y que la sociedad no lo expulsa de su seno para siempre, sino que está dispuesta a recibirlo de nuevo y permitirle que rehaga su vida. Tal pensamiento subyace a la eliminación de las penas que no tienen vuelta de hoja, la pena de muerte y la cadena perpetua.
Esto es lo primero que tengo que hacerle ver a mi tía, que me preguntará cómo es posible que un señor o señora que ha asesinado cruelmente a unas docenas de conciudadanos y que es condenado a cuatro mil años de cárcel sólo pueda cumplir, como máximo treinta (o cuarenta ahora en ciertos casos). A ver si logro convencerla, pues yo estoy bastante de acuerdo con tales límites máximos del castigo.
Mas es de temer que, aún persuadida de la fuerza de esas razones, siga torturándome con sus dudas. Y me dirá que cómo es que de esos treinta años máximos se sigue descontando, de modo que con quince o veinte ya puede recobrar la libertad aquel asesino de mi ejemplo, que será el ejemplo suyo, seguro. Le diré que porque se aplican descuentos, ligados a ciertas labores y logros del preso, un sistema como los puntos de Alimerka. Ella me replicará que por qué hay que darles puntos que deducen años, y mi contestación será que porque ciertas actividades y trabajos son señal o indicio de resocialización, de que el que fue delincuente está ahora en el buen camino y muestra maneras ya de ciudadano adaptado y con buena disposición hacia sus semejantes. Y en este punto se me vendrá el mundo encima, pues mi tía volverá a la carga y me pedirá que le explique qué pasa si el preso hace en la cárcel tres carreras, lava la ropa de todos sus compañeros, sirve cada día en el comedor el arroz a la cubana y gana el campeonato de parchís, pero sigue en sus trece y proclama a los cuatro vientos que lo que hizo estuvo bien y que volvería hacerlo, o lo hará de nuevo en cuanto pueda. Añadirá mi tía: ése no está resocializado, ¿verdad? Y qué le contesto, cielo santo.
Llegados ahí, me vendría muy bien que mi tía fuera una colega y nuestro encuentro se desarrollara en un sesudo congreso académico. Pues entonces le explicaría cuan importantes son en el Derecho las ficciones y las presunciones de todo género. Pero con mi tía eso no va a colar, ni soñarlo. Yo sé muy bien dónde tiene el límite de su capacidad de asimilación jurídica: en el sentido común. En lo que le toque el sentido común me va a decir que somos los leguleyos una panda de descerebrados sin principios. Y tendré que reconocerle, con harto dolor, unas pocas cositas.
Para empezar, que lo de haberse reeducado y resocializado debería ser objeto de comprobación estricta y no reconocimiento automático ligado a signos meramente externos que nada necesario indican sobre la disposición de ánimo y los contenidos de la conciencia del penado. Porque mi señora Obdulia es capaz de ponerme ejemplos terribles, como que qué pasa si el campeón mundial de degüellos hace un curso de metalurgia y afilado de dagas, sonriendo morbosamente mientras se entrega a sus estudios y perfecciona sus técnicas. ¿Le computaría para la reducción de pena?
No sigo. Ya el paciente lector habrá visto adónde queremos ir a parar mi tía y yo. A que tiene todo el sentido que la prisión proporcione al preso medios y acicates para la resocialización; a que deben contar para la reducción de penas todas las actividades que sean indicio de una voluntad de reeducarse y reinsertarse; a que, por mucho que haya hecho, no podemos considerarlo, pese a todas esas actividades, cuando existe constancia suficiente y clara de que no se ha resocializado, ni lo pretende; a que tratar lo desigual de modo igual es fuente de sangrantes injusticias; a que sustituir el estudio individualizado del delincuente por un cómputo automático de reducciones es tomar el pelo a la sociedad y a los delincuentes que sí se esmeran de buena fe en rehacer su vida sin volver a caer en el delito; a que el más puro, prístino e indubitado signo de rehabilitación es el reconocimiento expreso de la propia falta, la expresión del arrepentimiento y la explicitación del rechazo al crimen; a que la sociedad debe perdonar, sin duda, al que haga méritos para ser perdonado y pida perdón; a que es de idiotas perdonar al que no quiere ser perdonado, porque sólo espera una nueva oportunidad para volver a expresar con sus acciones todo su odio, el mismo que le hizo matar la vez o las veces anteriores; a que hay que cambiar la normativa de beneficios penitenciarios, para que sean mayores para el que en verdad por su actitud y su aptitud los merece, y nulos para el que se empecina en su sangrienta vocación.
Por cierto, mi tía y yo estábamos hablando en general, no sólo de terroristas presos. Pero para éstos también. Todos los beneficios para el que cambie su discurso y trate de enmendar su crimen, con palabras y hechos. Ninguno para los otros. Nada de automatismos ni de falsas igualaciones.
Y ya sé que los casos que están ahora en los periódicos se rigen, en lo que favorezca al penado, por la legislación vigente cuando se cometieron esos desmanes. Hablábamos en general y pro futuro. Y para tratar de que se entienda algo de lo que pasa y de lo que todavía puede pasar.

¿Pero de verdad pasa lo que está pasando?

Eso, eso me pregunto, si realmente pasa todo lo que los medios de comunicación dicen que pasa. Porque si no pasa todo eso, hay que meterles a esos medios demandas y querellas a mansalva, para que se corten de contar tanta trola. Pero si pasa lo que dicen que pasa, ay, entonces... Entonces significará que vivimos en una puticlub con Constitución de neón en la entrada.
Vamos a ver, un ejemplo nada más. Échenle un vistazo a lo que explica hoy Periodistadigital. Va sobre el asunto, conocido, de las carreras de pega que se han montado algunos etarras, con connivencias profesorales y administrativas, para agenciarse una resocialización de pata negra. Por lo leído –insisto, si es verdad, vaya tela de situación; si es mentira, vaya tela de información- los aprobados caían por ser vos quien sois, sin exámenes que merezcan tal nombre o dando por bueno que mientras uno le coloca a un concejal una bala en la nuca le aprueban tres asignaturas, por convalidación, supongo.
Dice ese periódico digital que la guardia civil tiene pruebas de irregularidades en cuarenta de tales casos de estudios con trampa. Y uno, ciudadano ingenuo por mucho que se ponga pretencioso en el blog, sigue haciéndose preguntas: ¿dónde están los fiscales, los jueces, los ministros, la gente de bien, las personas con agallas, los altos camisonados, los defensores de la legalidad o los simples estudiantes que tienen que desgastar el codo para aprobar sin recurrir a poner bombas?
Bien, pase que se negocie, que se acuerden indultos, que se acerquen presos, que se permitan asambleas y mítines de legalidad discutible -y digo, simplemente, discutible-. Todo sea por la paz, pues, al parecer, la paz con sangre entra, como la letra. ¿Pero también tenemos que dar por buenas las carreras y los títulos conseguidos sin reunir ni las condiciones legales para matricularse en una carrera universitaria? Ya sé que parece el chocolate del loro. Pero los brutos de mi pueblo decimos aquello de “bien está joder, pero no arrancar los pelos”.
También me estoy interrogando a mí mismo sobre qué significará eso de la resocialización. Pero esto para otro post, a ver si alguno me lo explica clarito y lo voy entendiendo. Cuanto más estudias, menos sabes, hija.

La mala leche. Por Francisco Sosa Wagner

La oferta más variada que existe ahora en los supermercados es la de leche. Hay muchas leches, tantas que es difícil seleccionarlas pues la hay natada y desnatada, con isoflavonas, con vitaminas modernas y acreditadas y sin vitaminas o vitaminas pasadas de moda, fermentadas y no fermentadas, fementidas y verdaderas, nutritivas y no nutritivas, para viejos, para mujeres en el puerperio, para concejales, para aspirantes a concejales ... No falta nada. Aparentemente. Porque falta la más importante: la mala leche. No me refiero a la mala leche que es madre del resentimiento, de las envidias oscuras o de los odios eternos, me refiero a la mala leche que procrea el ingenio y su derivado el humor, el humor inteligente, nunca el de esos botarates que salen por la televisión. Si esta sustancia tan necesaria no aparece en ninguna lista de precios se debe a que esa mala/buena leche ni se compra ni se vende. El tipo con mala leche nace, no se hace; ocurre como con el subsecretario, cuando viene al mundo una criatura ya se sabe si alcanzará o no esta altanera dignidad burocrática: por los andares, por los decires, qué sé yo ... Pero el asunto es grave porque la mala leche resulta clave para desvelar los misterios de la sociedad y fundamental para desenmascarar los mil disfraces que adopta la hipocresía que, tal como ocurría en los tiempos de Quevedo, es calle sin fin donde hay cuartos y aposentos para todos.
Es decir que quien quiera cultivar el humor debe mojar su pluma en esa tinta fecunda. En este sentido, creo que la prosa gana a la poesía. Acaso porque aquella aventaja en general a su hermana en variedad de asuntos y riqueza en la forma de expresarlos. En las "Conversaciones con Goethe" de Eckermann, el poeta, que se hallaba cuando está hablando en su ancianidad alta, desliza esta perla: "la cuestión es bien sencilla: para escribir en prosa hay que tener algo que decir. Quien no tenga nada que decir, siempre podrá componer versos y rimas, donde una palabra lleva a la otra y siempre termina por salir algo que, aun sin ser nada, logra dar el pego". Un poco exagerado el severo Goethe pero algo sabía del asunto.
Porque es bien cierto que los poetas son un poco pelmazos y, aunque en los últimos decenios se han empeñado en recorrer caminos nuevos, lo cierto es que propenden a seguir cantando los amores con Purita y la vistosidad de las flores en primavera, o lo que es peor, la muerte y la malaventura. Lo harán en rima asonante o consonante, creyéndose clásicos, vanguardistas o ultramodernos, pero casi siempre recalan en los mismos caladeros. Parece que la forma de escribir en verso los encadena a los que ellos entienden cumbres de los sentimientos y de las sensaciones, como si una forma tan alada de expresarseno pudiera malgastarse en asuntos fútiles. El escritor en prosa es mucho más fecundo, dispone de alas para escapar de las dictaduras convencionales.
Hay, claro es, poesía de humor y ahí están los testimonios de los siglos pasados. Cuando Gonzalo de Berceo llama a un contemporáneo "ome revolvedor" está cultivando la invectiva social sana y de buena puntería pues se está refiriendo a esa especie eterna, intemporal, del amigo de los enredos, del intrigante, del trapisondista. Por supuesto nadie reconocerá serlo pero el personaje está presente y es bien visible en el escenario social: en el Parlamento, en las agrupaciones de los partidos, en las Universidades y hasta en las empresas de recauchutado de ruedas o de exprimidores de zumo, "omes revolvedores" los hay a cientos. Con el añadido contemporáneo de las mozas "revolvedoras". Es humor por supuesto la letrilla satírica que cultivaron Góngora y no digamos Quevedo o las redondillas de Sor Juana Inés de la Cruz, y luego Torres y Villarroel etc. hasta Ángel González o Andrés Trapiello. Si disparan con puntería es porque todos ellos tuvieron en su infancia un ama de mala leche.
Quiero que la Seguridad social me proporcione una de esas ubres gozosas para pasar mejor las gachas espesas de la chabacana realidad circundante.

12 febrero, 2006

Corazones de Letizias

No, el título de este post no es una gratuita provocación. Es que, este mediodía, de vuelta de Santander, hemos parado en Llanes a comprar unos cuantos de los suculentos quesos de la zona. Y hete aquí lo que nos topamos en la tienda de productos regionales: unas cajas de dulces que se llaman "Corazones de Letizias". No sé de qué estarán hechos, pero se me antoja que su dulzura debe de ser real y su sabor majestuoso. Supongo que la empresa que los comercializa procede con alteza de miras, aunque sean miras económicas. Ahora falta sólo que a alguien se le ocurra promocionar el apetitoso bocado diciendo que está muy rico para mojar en bourbon. Aunque tengo entendido que conviene antes asperjarlos un poco con Benedictine.
Llega un momento en que si dejas volar la imaginación sospechas de todo. Llevo media vida comiendo galletas Príncipe y caigo en la cuenta ahora. Aunque no creo que sean las mismas, pues las que yo tomo están rellenas de chocolate.
Ya ven, se pone uno a jugar con las palabras y cuando te quieres enterar te ha salido una sátira. Y entonces, oh cielos, le tiemblan a uno las canillas, pues vaya usted a saber si no estamos ya rebasando los decrecientes límites de la libertad de expresión. Tiempos hubo al fin y al cabo, y no tan lejanos, en que por gastarse unas chuflas a cuenta de las familias reinantes le podían a uno amputar por donde más duele. Mas ahora, por fortuna y mientras no cambie la jurisprudencia, miramientos sólo hay que tenerlos con los profetas y sus directos poderdantes. Así que me guardo de imaginarme platos proféticos, no sea que se me escriba Erdogan, me am0nesten los multiculturalistas ateos o se me declare alevoso culpable de la tercera guerra mundial. Pues es cosa sabida que en este balbuciente siglo cuando alguien con turbante pega unos tiros o secuestra unos turistas recibe de nosotros la eximente de cabreo con los perversos occidentales que andan diciendo cosas sin encomendarse a dios.
Ya estoy repasando mi vocaburio y mi repertorio de frases hechas y refranes castizos, pues temo que por una inocente liberalidad expresiva pueda un día ocasionar un incendio de embajadas. Hace meses yo habría dicho ahora que de tanto podar se me está quedando el léxico en bragas, pero también esta parte de mi lenguaje la estoy capando. A ver cómo me las ingenio para que mis posts futuros se compongan sólo a base de "consenso", "acuerdo", "futuro", "ciudadanos", "esperanza", "esfuerzo", "mensaje", "paz", "anhelo" y muchos "dequés".
Propongo que mi ejemplo cunda y que entre todos le demos un buen recorte a los diccionarios. Mismamente hace un par de días me encontré en internet una de tantas páginas que recogen refranes, en concreto una que versa sobre refranes referidos al pan. Me espeluzné y tras un breve vistazo no quise seguir leyendo, no fueran a pegárseme unos cuantos de los más inconvenientes. Imagínense que un día en una comida de constitucionalistas progres se me escapa aquello de "pan con pan comida de tontos". Tonto tengo entendido que ya no se puede decir, y hasta se va a cambiar la Constitución para impedirlo. Además, en los últimos tiempos casi siempre que se me ha ocurrido comentar con un íntimo que alguien parece tonto me responde que es un alto cargo y que échale de comer aparte.
Y este que he mencionado es de los refranes inocentes, pero menudo revuelo si un día le sale a uno aquello de "hacer un pan como unas hostias" que, según la referida página inconveniente, es "expresión familiar con la que se expresa el desacierto o mal éxito de una cosa". Yo diría que es caricatura desconsiderada, no sé.
Así que nada de guasas ni artificios verbales y todo el mundo a hacer pasteles; es decir, al pasteleo.
Por cierto, como ya no estoy en edad para andar montando empresas, lanzo al lector ansioso de guita unas pocas ideas que le pueden arreglar la vida:
- Alcachofas de la vega.
- Bonobuj para viajar en tanqueta.
- Sujetadores Zaplana.
- Atún claro Calvo.
- Cabello de ángel Acebes.
- Yogur Pascual con trífidus activo.
- Construcciones Camps.a.
- Pantys doble antxo.
- Bozales Guerra.
- Levitas y sotanas Paco Vázquez.
- Galletas María-no.
En fin. Dejémoslo.

El buen anarquista. Por Francisco Sosa Wagner

Tal como los más descreídos habíamos pronosticado, la ley que prohíbe el uso del tabaco se incumple con bastante eficacia. Los políticos, bien intencionados, parecen ignorar que España es un país de anarquistas católicos y conservadores y que, cultivando esta estética, nos hallamos desde hace siglos, desde antes del invento del anarquismo, que vino ya formalizado y en tomos encuadernados en el siglo XIX, con Proudhon, que tuvo poco de prudente, de Babeuf y así seguido. Ahora el anarquismo, muy vivo incluso en la II República, ha desaparecido, pero esto es apariencia, es decir, no está en las siglas ni en el barullo del escenario, pues ha optado por enroscarse en el alma del pueblo y vivir su vida autónoma y desafiante. Así que, si el español fuma en un restaurante y echa el humo, en plan retador, a un vecino es por mor del anarquista que lleva dentro y lo mismo el que maneja dinero negro aunque este también lo hace para que nadie le acuse de racista o de despreciar al color maldito. Esta misma actitud política se advierte en el propietario del perro que deja sus mensajes en la acera o que ladra sin misericordia en las horas canónicas y en ese simpático jovencito que circula con un coche convertido su interior en una discoteca, alarmando al prójimo con su chulería de delincuente en ciernes. O quien toca la bocina con estruendo para saludar a Purita que pasa cerca con los niños recién recogiditos de la guardería. Estamos pues en que las leyes sirven para poquito pero de algo hemos de vivir los parlamentarios y los juristas que les acompañamos en la labor de interpretar, embarullar y dejarlas sin hueso ni sustancia. Montesquieu fue el último de los grandes sujetos pensantes que se tomó en serio esto de las leyes y escribió nada menos que sobre su “espíritu”dejando una honda huella en Occidente aunque yo prefiero a su modelo, a Locke y a su Segundo Tratado sobre el gobierno civil, porque dice las cosas más claritas y sin las pretensiones del francés. Se ve que en Inglaterra siempre han gastado mayor comedimiento. Ahora mismo hacen lo imposible en aquella isla brumosa por no cumplir las mil y una normas que emanan de los chorros legislativos de Bruselas, chorros que no paran de manar, para desesperación de quienes se empeñan en seguirlos a pies montillas, perdón, a pies juntillas. Lo cierto es que España está habitada por creyentes en las leyes que atraviesan su territorio con sus evangelios y sus rezos bisbiseantes y así es de ver cómo, en nuestros días, se afanan los responsables universitarios por hacer los deberes impuestos desde Europa para cambiar la Universidad, ella -la tal Universidad- que tiene la piel de un paquidermo con muchos trienios. Pero esta actitud enlaza con la descrita al inicio de esta perorata mía, o sea, con el anarquismo. Porque es evidente que, si se quiere cambiar una ley ya existente o parir una de nueva vitola, no es para rendirle culto de latría sino para infringirla mejor, para darse el supremo gustazo dehacer le un educado corte de mangas. Esto es admirable y aquí es donde el anarquismo español moderno adquiere su condición deportiva y su grandeza de muchos quilates. Condición deportiva, digo, por lo que tiene de juego, más incruento que una tesis doctoral. Pero, adviértase la diferencia con el pasado, cuando los anarquistas asesinaban a Cánovas o a Canalejas o a Dato o le ponían una bomba a Alfonso XIII justo el día de su boda que ya son ganas de amargar la fiesta nupcial. De esa época del anarquista torvo, com bomba al cinto, barba de una semana y olor a noche gargajeante y delictiva, hemos pasado al anarquista aseado que somos todos, limitados a incumplir la ley con una sonrisa de suficiencia. De donde se sigue que lo más probable es que una ley alcance su auténtica dignidad solo cuando ha sido violada a horcajadas.

10 febrero, 2006

Las cosas como son: ZP es un genio.

Pues sí, las cosas como son. A Dios lo que es de Dios y a Maquiavelo lo que es de Maquiavelo. Hace un momento estaba yo comiendo y oí la noticia en la radio. Casi me trago el tenedor de la risa (cielos, quién sabe a qué médico habría tenido que acudir y por dónde me lo iba a sacar).
Resulta que ZP ha nombrado al díscolo Paco Vázquez embajador en el Vaticano. El buen hombre deja la ciudad del Superdépor y, con loable espírito de servicio, se va a representar ante la cátedra de San Pedro al Estado español. Genial. Andaba mustio y crítico por el tema de la nación española y lo mandan a la nación ecuménica. Pelillos a la mar; o a la pila de agua bendita.
Se admiten apuestas sobre el destino que aguarda al Guerra, que fue torero antes que fraile, en cuanto acabe con el engorroso trámite que lo entretiene ahora en la Comisión Constitucional del Congreso. Yo me juego unas cervezas a que acaba de embajador ante la UNESCO. Por lo de la cultura y tal.
Felicito cordialmente al Vaticano.

Otra de médicos.

Rigurosamente real la historieta que voy a contar, para seguir con la serie iniciada hace unos días. Ya sabe el amigo lector que en el fondo de estas historias rigurosamente verdaderas late alguna pregunta inquietante: ¿por qué son así? ¿Se les pone ese carácter cuando se visten la bata blanca o es natural suyo? ¿Tienen mamá? ¿Habrán sufrido mucho cuando eran pezqueñines? ¿Disfrutan de una vida sexual convencional o se ponen cada noche los cueros y las tachuelas en salva sea la parte? ¿Les azuza el portero de su casa, cuando parten cada mañana, para ponerlos bravos y que envistan sin misericordia al paciente? ¿Serán tan fieros y descarados en casa o andarán compensando en la consulta las constantes bajadas de rabo en el hogar?
No sé, habría que hacer una larga investigación interdisciplinar para poder contestar con mínima solvencia a tanto cuestionario. Pero como no es nuestro campo ni el de la psicopatología ni el de los exorcismos, conformémonos con seguir contando aquí experiencias que dan pistas de por dónde deben de ir los males de los pobres galenos.
Mi pareja visitó hace unos días al dermatólogo. Unas mínimas escamaciones en una pantorrilla, ya se veía que la cosa no era importante. Pero por si acaso y porque hay que cumplir periódicamente con la penitencia de que un médico nos demuestre –o lo intente al menos- que somos mierdecillas sin dignidad ni derechos.
Pues comienza la consulta. El doctor observa la torneada extremidad de mi santa –bueno, a ver si no pierdo el hilo ni me pierdo en pormenores que no vienen al caso ni conviene divulgar-, eso sí, al parecer sin tocarla, no vaya a contagiarse de algún mal irremediable. “No descartemos la psoriasis”, dice, serio. “Enséñeme las rodillas y los codos”. Al tiempo que le mostraba tan inocentes partes, mi mujer le explica, por si el dato fuera relevante, que yo tengo psoriasis en los codos. Y esta fue la respuesta del matasanos: “Pues como si tiene caspa. Lo que le pase a su hombre nos trae sin cuidado”. Uno a cero a favor del equipo de casados de Villamelones.
Nada, de la temida psoriasis ni rastro en mi chica. “Tiene usted las manos muy frías”, dice entonces el médico, y añade: “Probablemente tiene usted mala circulación”. Ella no me ha contado cómo fue que él le cató la temperatura manual, pero sí que ella le hizo ver que en la calle había en ese momento cinco grados bajo cero y que ella acababa de entrar de la calle. “A ver, enséñeme las uñas”. Pobre mujer, las llevaba pintadas. Bronca al canto: “¿Y para qué me valen a mí sus uñas si están pintadas y no veo nada?”. Así que ya sabe, querido lector, cuando vaya usted al médico no se pinte las uñas, no vaya a ser que desee el galeno mirárselas para averiguar qué tiempo hará mañana en Sebastopol. Son como augures esos muchachos. Menos mal que se conforman con las uñas y no se les mete en la cabeza profetizar desastres a base de estudiarle a uno los higadillos.
No se desanimó por causa de los esmaltes el pertinaz curador: “Nada, nada –siguió, implacable- usted va a tener mala circulación”. Ella, temerosa, le pregunta que adónde debería ir para que le vieran eso y, en su caso, tratarse. Momento que aprovechó el sujeto para marcar el dos a cero, por la escuadra nuevamente: “Vaya a Benidorm y disfrute. Otro arreglo no tiene. Cada uno es como es”.
Le preguntó la paciente, ya impaciente, que finalmente qué era lo de la pantorrilla y él le respondió con aplastante lógica hipocrática: “No es nada, absolutamente nada; así que aplíquese esta crema durante quince días”. Le habrían encantado a Heidegger tanto el diagnóstico como la terapia. La nada se trata con cremas, ya ven. A lo mejor es para que se vuelva algo, y así, cuando sea algo, lo tratamos para que se quede en nada. También puede ser esto una novedosa ramificación de la dialéctica. De la nada a la nada pasando por la crema. Ya me lo imagino yo al doctor en casa, todo el día con lo de “Mujer, si es una cremita de nada, no te va a doler, verás como no es nada”. Lo malo es que les gusta hacer lo mismo con los pacientes. Y eso ya no, oiga.

09 febrero, 2006

La monda: el mundo sigue al revés.

Pues sí, no sabe uno a qué atenerse ni donde tiene ya la mano derecha; ni la otra.
Leo con regocijo en Die Welt que la Universidad Nacional de Seúl, en la que presta sus esmerados servicios Hwang Woo Suk, el tipo aquel que falsificó los resultados de sus experimentos de clonación y se las dio de haber logrado lo que era mentira, acaba de suspender de toda investigación y docencia tanto a él como a seis de sus colaboradores. Y no sólo lo expedientan, sino que la fiscalía ha formulado acusación penal contra el sujeto. Me troncho y me muero de envidia. Mira tú, Corea. Y nosotros, sintiéndonos tan superiores y tan herederos de todas las tradiciones universitarias, seguimos manteniendo gordos y bien atendidos a los mentirosos compulsivos que pululan por nuestros Departamentos. Al trolero de aquí que tengo yo por personae periódico de este blog, cada vez que suelta una patraña más gorda e increible lo nombran asesor de algo y le soban el lomo. Y así tantos. ¿No necesitarán en Corea un profesor asturiano de Derecho? Igual me apunto.
Me viene a la cabeza un viejo recuerdo. Una vez, en una universidad que yo conocí, un ex-alumno descubrió que un profesor había publicado con su nombre, el del profesor, un trabajo estudiantil de aquél, trabajo del que, para más inri, el profesor de marras le había dicho que era más bien flojillo y que con notable iba que chutaba. Se destapa el escándalo, se abre expediente, se nombra instructor y se sobresee el expediente, así, todo seguido. Me encuentro con el referido instructor al poco, hombre de notable prestigio jurídico y sólida trayetoria, y le pregunto que, hombre, cómo así lo del sobreseimiento. Y me contesta que no le parece bien castigar a un profesor por una niñería así, que, al fin y al cabo, son muchos los que hacen esas cosas y tampoco vamos a ponernos exquisitos ahora. Ancha es Castilla. Viva la Pepa. Tonto el último. El profesor hizo carrera fulgurante. Al instructor tampoco le fue mal. Los denunciantes quedaron como sujetos viles e intolerantes.
Bueno, cambio de tercio y sigamos con lo de que este mundo es la monda, como se constata en los periódicos. Nadie está donde se le suponía. Leo, complacido, las declaraciones de Saramago en El País sobre el asunto de las caricaturas de Mahoma. No se anda con chiquitas y, aunque señala que no hay que meter a nadie estúpidamente el dedo en el ojo, insiste en el carácter intolerante y despótico de las teocracias, sin concesiones a relativismos ramplones. Y cuenta que ahora en el Islam hacen lo que aquí era moneda común en los siglos XV y XVI y que al pan, pan y al vino, vino. Bien.
Pero el cuerpo se me descompone otra vez cuando en ABC veo a la Ministra de Cultura, la sin par Carmen Calvo, defender en nombre de la libertad de expresión una obra expuesta en Arco y que se titula El Cristo de los misiles, en la que se se ve una figura de Cristo con un misil en la mano derecha. Me parece bien la defensa, estoy de acuerdo, pero me pregunto si aplica la Calvo la misma filosofía a la cuestión de las caricaturas de Mahoma o si es que hay en el mundo creyentes de una fe que, por intolerantes y arcaicos, merecen más respeto que otros, más flexibles. Porque menudo negocio es entonces ser tolerante, significa que se pueden guasar de ti sin problema, no como con el que tiene mala leche, que con ese cuidadín y respeto. Y esto lo dice un ateo como servidor, ojo. Y me veo, también a mí, al revés en el mundo, ahora defendiendo a los cristianos de aquí. Lo que me faltaba.

Política y bajas pasiones.

Un enigma me inquieta cada vez más, como a tantos, imagino. Es la pregunta de por qué los políticos se dedican a la política. Me refiero a los políticos profesionales, a los de alto standing, aunque no sólo. Pero hablemos de ésos.
Con los años y las decepciones uno se va apeando, a la fuerza, de toda concesión a los idealismos en este tema. Por consiguiente, renuncio desde ya a tomar en cuenta la posibilidad, nula o muy marginal, de que los mueva un loable propósito de conformar la sociedad con arreglo a cualquier género de ideales o de concepción del bien o la vida buena. Puede que, curiosamente, eso sea lo que impulse a los más extremistas, a los fanáticos incluso, a los que todavía creen que es posible construir sobre la tierra alguna forma de paraíso, o pergeñar una sociedad santa y pura. Malos son esos extremos, pues suelen cobrarse sus anhelos en sangre y su frustración en víctimas inocentes, tratando con crueldad al reticente y con saña al que mantiene el ideal opuesto.
Pero no parecen de ésos los que vemos a diario en la tele u oímos en la radio, diciendo hoy una cosa y mañana su contraria, proclamando ahora un programa que al día siguiente sacan a subasta, diciendo digo donde ayer dijeron Diego y afirmando, al tiempo, su coherencia personal e ideológica con frases cada vez más abstrusas. En esa capacidad para enmascarar sus incongruencias con frases inverosímiles y reñidas con el sentido común y la más elemental semántica se aprecia en este tiempo la única habilidad reseñable de nuestros políticos, y a tal punto que la ciudadanía comienza a valorarlos sólo por eso. Hace un par de décadas la gente aún se extasiaba ante el dato superficial de que tal político era guapo de cara o poseía una oratoria exquisita y afilada. Pero ahora ya ensalzamos como suprema virtud digna de aprecio la zorrería, el talante de pillo, la falta de escrúpulos adornada de descaro y desenvoltura. Y no pongo ejemplos porque no hace falta y para que no me digan que se me ve no se qué plumero. Y porque me los puedo ahorrar, pues los tenemos a todas las bandas y en todos los bandos.
Así que dejemos el asunto en sus términos más abstractos y centrémonos en la pregunta de por qué son como son y obran como obran. Sugiero, como hipótesis, que en esos políticos se da una combinación variable de los siguientes factores: afán alimenticio, pulsión morbosa por el poder como fin en sí mismo y, en un grado más, malévolo y narcisista goce de la manipulación.
Lo del ánimo alimenticio concierne en particular a esos políticos que no tienen más oficio ni beneficio. Los ciudadanos deberíamos estar permanentemente informados de tales circunstancias, de qué era cada uno antes de concurrir al cargo o de qué destino laboral lo espera cuando le toque retornar al tajo. Yo nunca votaría una lista integrada mayoritariamente por personas que no tienen otro lugar en el que caerse muertas. No se trata de volver a la vieja teoría decimonónica, que sostenía que tanto el sufragio activo como el pasivo deberían ser exclusivos de gentes con posibles, para que los apuros de su economía personal no lastraran su atención al interés general. No, no se trata de eso, sino de comprensión con el desvalido. Ese diputado que despotrica off the record de la política de su partido y que a la hora de votar o manifestarse en público es un disciplinado peón y un aburrido repetidor de la consigna oficial es digno de pena. Pero también dan lástima esos inocentes mosquitos que aplastamos de un manotazo cuando se empecinan en chuparnos las sangre de las pantorrillas. Supongo que será esa la explicación de tantos comportamientos de diputados actuales, muchos de pata negra y añeja trayectoria: que no tienen más flores en que libar que esa, medio marchita, que su partido les ofrece a cambio de sumisión. Mas deberían abstenerse del gesto contrito con que tratan de mostrarnos su interior desgarro. Igual que, mutatis mutandis (ojo al matiz, ¿eh?, luego que no me digan que insulto), la buena prostituta (o el buen prostituto) no le muestra su asco y su desamparo al que le paga lo estipulado. El servicio incluye la sonrisa, así que a ver si estamos a lo que estamos como es debido. Que debe ser de la venal entrega el fingimiento abono (sutil juego de palabras, me ha quedado, pardiez; me he levantado entre quevedesco y culterano). Si tienen hipotecada la virtud, que le pongan convencimiento al oficio, por lo menos.
La pulsión de poder debe de contar también bastante. Creo que era Adler el que le rebatía a Freud que fuera nuestro motor principal el afán libidinoso y proponía como alternativa o complemento el ansia de poder, de dominio sobre los otros. Lo que en el habla común llamamos la erótica del poder. Y algo de eso debe de haber. Lo vemos a diario, en el medio de cada cual. En el mío, universitario, sólo así se puede comprender la fruición que a tantos embarga cuando pillan carguillo y componen un orden del día. Si a eso le añadimos coche oficial, despacho con tumbona y salir en la tele con cara de tener muchos proyectos, para qué queremos más. Y en la medida en que importa más el símbolo que el contenido, la apariencia de autoridad por encima del poder del que en verdad se dispone, se torna compatible el dárselas de jefe y el adoptar, al tiempo, una actitud en pompa ante el que nos quita y nos pone (dicho lo de poner en el sentido de disponer, no de otros más vulgares e impropios de una prosa tan pura como esta).
Pero en esto también existen escalas. Porque hay alguno que otro que tiene vocación de mando real, que ansía ser macho (con perdón; no es una expresión de género, es una expresión genérica) dominante. Si en éstos se combina semejante pasión por cortar el bacalao con la ausencia de un mínimo bagaje intelectual, ése que permite a su dueño juzgar con alguna ecuanimidad de las consecuencias de todo tipo que puedan reportar sus propios actos, con una ausencia de ideología definida, con una total falta de ideales que trasciendan y frenen su enfermizo ánimo de dominio, nos topamos con un cóctel explosivo. Son los que no reparan en gastos –especialmente gastos ajenos- ni medidas, los que pagan cualquier precio por perpetuarse en el sillón, los que pueden tergiversar y retorcer hasta lo insospechado los programas que los auparon y las convicciones de quienes de buena fe los apoyan, los que abominan de toda ética de convicciones sin ser capaces a cambio, tan siquiera, de mantenerse fieles a una ética de la responsabilidad, los que ya no se guían ni por razón de partido ni por razón de Estado y obran llevados solamente por su pulsión perversa, por puro narcisismo. Son los parásitos de un sistema, el democrático-representativo, que sólo puede funcionar con alguna soltura y eficacia cuando sus supremos ejecutores mantienen unos mínimos de lealtad a las reglas del juego y de decencia en el trato con los electores, tanto propios como ajenos.
Cuando caemos en manos de los políticos con servidumbres y taras como las descritas quedamos, los ciudadanos, a merced de los elementos, de semejantes elementos. Únicamente subsiste alguna esperanza de salir del trance si dichos individuos tienen enfrente una sociedad civil mínimamente sana, que sea capaz de contrapesarlos con su firmeza. No parece nuestro caso. Más bien nos hipnotiza la pasión de tamaños gavilanes.

08 febrero, 2006

BLOGS

A día de hoy este blog lleva 18.600 visitas, en seis meses de actividad. Cuando lleguen, pronto, a veintemil, haré alguna fiestecilla de celebración conmigo mismo y con quien tenga a mano. Si alguno se apunta, yo invito. Si alguien quiere venir con antifaz para mantener el anonimato, encantado, más divertido aún.
No pretendo colgarme medallas ni oso creer –pese a mi acreditada soberbia- que es por la calidad de mis posts ni por ninguna cualidad especial de un servidor. Yo soy el primer sorprendido y me hace pensar bastante este relativo “éxito”. Cada vez que algún amigo me pregunta por qué le meto tiempo a esto respondo, con sinceridad, que es una pura terapia personal. Pero me parece que es hora de reflexionar un poco más y ver qué hay detrás de todo esto.
Muchos comentarios me han hecho meditar mucho. Muchos posts ya no los escribiría como lo hice en su momento, pues me han servido los comentarios críticos para ver excesos y manías que me salen por ahí y de los que no era lo bastante consciente. Algunos amigos y compañeros con los que he convivido durante años me hacen caer en la cuenta de que ahora me conocen mucho mejor. Y de ahí viene la perplejidad, de que sea esta vía tan indirecta, u oblicua, la que nos lleve a conocernos y entendernos, más y mejor que las conversaciones ocasionales o frecuentes. Quizá tenga todo esto una explicación, y sobre eso quiero compartir ahora, brevemente (cuando digo tal cosa aquí ya ningún lector habitual me cree, con razón) alguna idea.
En este mundo en que vivimos es cada vez más difícil conversar. Nos pueden los condicionamientos de todo tipo, y hasta los malos hábitos. Feliz el que tiene una buena tertulia. Pero la mayoría vamos todo el tiempo corriendo de la ceca a la meca (no sé si esta expresión aún se puede usar o si ya habrá que suprimirla). Con mis compañeros y colegas me veo siempre a las carreras por los pasillos, en reuniones, comisiones, consejos, juntas, convenciones y asambleas. En los ratos libres nos puede casi siempre la consideración de lo más inmediato, el homenaje a las urgencias. A lo que se añade algo que ya se ha tocado aquí, la pérdida de la capacidad para dialogar. A veces es posible, o con algunas personas muy concretas. Pero lo más común cuando hoy dos personas hablan es pisarse la palabra, evitar que el otro te coloque una idea suya, y no digamos si se trata de que el otro nos endilgue una experiencia o una reflexión personal. Surge la impaciencia, el afán por interrumpir, la competición por ver quién vence en la pugna por usar más a discreción la oreja ajena, sólo la oreja. Muchas veces que hablamos juntos hablamos solos, son monólogos superpuestos. Y cada uno lucha por parecer más listo, más ocurrente, más experto, más viajado, más apabullante. Y no digamos el uso indiscriminado del interlocutor a modo de psicoanalista en el que descargar los miasmas espirituales; o matrimoniales; o de cama. Puff. Por si todo esto fuera poco, los convencionalismos y las etiquetas también nos coartan la comunicación: esto no se lo digo a fulano, no vaya a pensar que soy del PP o del PSOE, o un desalmado, o un timorato; esta expresión no la uso, no se vaya a ofender mi interlocutor, porque es de este o aquel partido, o porque es hombre, o mujer, o católico, o ateo, o heterosexual, u homosexual. Y así siempre. Al final, lo más barato y cómodo, callar y darse el piro. Y yo, por supuesto, en todo esto como la mayoría; o peor, para qué negarlo.
Así que para mí el blog es un sucedáneo de las conversaciones casi siempre imposibles. Pero un sucedáneo que acaba resultando muy ventajoso, mejor que el producto original muchas veces. Siempre que uno escribe algo aquí piensa que a ver si lo van a leer fulano y mengano, y que, uff, qué pensarán. Pero así, en soledad y silencio, es fácil hacer abstracción de todos esos reparos, pues predomina la impresión de que se habla para el lector genérico, anónimo, el ser humano a secas, igual que uno, ni más ni menos, y con la misma disposición a intercambiar ideas y ponderar argumentos, pero sin echarse el aliento en la oreja. Por eso entiendo muy bien el papel importantísimo que juega en este juego el anonimato, la filosofía justificadora de los nicks. Son maneras de hablar desnudos, de liberarse de los temores sociales, de construir razón sólo con las razones, al margen de intereses, temores y cálculos. Más lo divertido que resulta pensar quién será este cabronazo que me conoce tanto, que me habla con tal confianza y seguridad y que no enseña la patita. Que siga así.
Vuelvo al principio e insisto en que comencé en esto para no tragarme día a día las ocurrencias, por no quedarme para mí solo tantas cosas con las que tampoco se puede ir aturrando a la gente que uno se tropieza en los aparcamientos o los bares. Me parecía poco más que un diario en el que verter las impresiones y algunos pensamientos. Y la sorpresa, fantástica, es constatar que al otro lado hay gentes iguales, con parecida necesidad e idénticas inquietudes. Y que a uno le hablan también, le discuten y hasta lo regañan cuando la ocasión lo merece. Y ya, en el colmo del disfrute, cuando se ponen los comentaristas a debatir entre ellos uno se siente conseguidor de relaciones, vehículo de intercambios muchas veces bien interesantes y sentidos.
Puede que este medio, los blogs, tan impersonal, acabe siendo un modo de humanizarnos, paradójicamente. Un canal por el que fluye la comunicación entre individuos enjaulados, encerrados en su vida, su trabajo, sus dependencias, sus temores. Un cauce para que se expresen los descontentos, se manifiesten los tímidos, se agrupen los solitarios. Un cauce independiente, además, un río sin dueño ni empresa que lo explote.
Hace días le planteaba yo a un amigo que sigo sin entender muy bien cómo, por qué y de dónde aterrizan los lectores de este blog (o de los blogs de este tipo en general) y, sobre todo, qué mueve a los que con frecuencia comentan –y muy bien- los posts. Me respondió que seguramente son personas con ganas de hablar conmigo y entre ellos. Confieso que me puse nervioso y me costó escribir post siguiente. Así que, amigos, gracias, pero permitidme que siga escribiendo como si estuviera solo, aunque sea, en el fondo, para hablar con vosotros, y para escucharos.
En fin, me ha salido una cosa personal y un tanto blanda. Notodo va a ser despotricar. Pero cuidado, que de esto a perpetrar un manual de autoayuda no va más que un paso. Sería una buena forma de hacernos ricos, pero perdería autenticidad la cosa.
Salud.