16 octubre, 2006

La razón y la fe

La conciencia está por encima de la religión. Al menos mientras se considere que la religión tiene su lugar en la conciencia de cada uno y que lo que le da valor al sentimiento religioso es la libre elección del creyente, su autónoma convicción, basada en lo que piensa y necesita. Si lo que otorga su importancia y, si es el caso, su mérito al credo religioso es que el individuo libremente lo abrace, la libertad de conciencia es un prius de la religiosidad misma, su condición necesaria, su presupuesto ineludible. De este modo se exaltan al tiempo dos cosas, la fe humana y el sujeto como ente que no deja de ser racional por el hecho de asumir la creencia. La vieja tensión entre fe y razón se resuelve así en un nivel más alto, allí donde la opción por la primera no parte de negar la segunda. Otra cosa es que los contenidos concretos de la fe se muestren inasibles o inefables desde el ejercicio mismo del razonar, con lo que la razón decide hacerle hueco en la persona a tesis o dogmas de los que por sí misma no puede dar cuenta. Una razón que se hace humilde para acoger el misterio, pero que no se niega a sí misma ni permite que se usurpe su legítimo lugar como clave de las elecciones. Si yo elijo creer lo que no entiendo, no deja de ser una elección mía, personal, de la que puedo dar cuenta en sus causas o móviles. Es convicción de que necesito algo más, sin que con ello abdique de mi condición de ser humano libre, racional y dueño de mis opciones.
Y todo esto tiene su contrapartida en que cualquier confesión religiosa que prefiera la sumisión acrítica, el forzamiento de las conciencias, la adhesión obligatoria de aquellos a los que ni siquiera se les permite imaginar alternativas a la fe es una religión que niega sus propios fundamentos, es culto a un dios de mala calaña, con caracteres de padre cruel y caprichoso, perverso, obsceno. Esos dioses que, al parecer, prescriben muerte y sufrimiento para los que no los adoren no pueden por definición ser dioses, son puros fantasmas sin sustancia, entelequias que resumen la malnacida catadura de los que en su imaginación los paren.
Por supuesto, hay otras maneras de entender la religión y se mantienen bien lozanas y vigentes. Son las que instrumentalizan a las personas para convertirlas en objetos, las que propugnan la castración de cualquier atributo humano relacionado con la razón y el pensamiento -y con el cuerpo muchas veces-, a mayor gloria de dioses imposibles o tan absolutamente depravados como para prohibir a sus supuestas criaturas el uso pleno de aquello que precisamente las diferencia de las piedras o los brutos: la razón y la elección libre. Dioses que nos dan lo mejor para recrearse en la prohibición de que lo usemos y en la fruición del castigo para el que no los obedezca. Dioses autoritorios, villanos, violentos, veleidosos, absurdos. Dioses hechos a imagen y semejanza de los más estúpidos de nosotros, de los menos humanos de los humanos. Divinidad de la que debe abominar cualquier ser humano que a sí mismo se quiera y se respete y que quiera y respete también a su prójimo. Dioses para tarados, para enfermos, para débiles mentales, para acomplejados, para resentidos, para psicópatas, para idiotas. Si esos dioses existen, todo está permitido, con tal de que se diga que es en su nombre.
Y decir libertad de conciencia es decir libertad de expresión y de acción. De nada vale poder forjar ideas en nuestra imaginación si no podemos expresarlas sin miedo a que nos amenacen o nos maten; de nada sirve la capacidad de análisis y discriminación si no se nos permite traducirlas en los actos de nuestra vida, en nuestras elecciones y en los comportamientos acordes con ellas.
Por eso impresiona tanto, para mal, lo que está ocurriendo a nuestro alrededor. Esta civilización, o cultura, o como queramos llamarla, que aprendió, a fuerza de muertos, a liberarse de las cadenas de la religiosidad más infame y opresiva, de la religión de la muerte y de las hogueras, de la religión que con mano de hierro dictaba las normas de todo, de la ciencia, del arte, del derecho, de la moral, de la política, del pensamiento mismo, esta civilización muestra ahora su más arrobada sensibilidad, su respeto más infame, su cobarde aquiescencia ante los credos de los que quieren matar todo pensamiento y toda libertad en nombre del pecado y de la interpretación más reaccionaria de polvorientos libros sagrados; esta civilización no se rebela ante los millones de hombres y mujeres a los que toda libertad se les niega, salvo que llamemos libertad lo que disfruta el ganado dentro de sus estrechos cercados; esta civilización no sólo se refugia con complacencia en su disfrute exclusivo de la autonomía y de los placeres que a otros habitantes del planeta les hurtan sus sacerdotes autoritarios; esta civilización, no contenta con eso, se arma de mala conciencia y se siente opresora por predicar la libertad, explotadora por demandar la liberación, irrespetuosa por ejercer de viva voz y sin complejos la peculiaridad que la caracteriza y le da lo más valioso de su ser, la libertad de crítica, la libertad de expresión. Esta civilización se está convirtiendo en una mierda. Esta civilización añora dictadores, ayatollahs, hogueras, sacrificios humanos. Esta civilización quiere perecer, para que vengan los bárbaros y vuelvan los relojes de la historia a ponerse a las cero horas. Parece que queremos acabar con todo para morir con la fruición de pensar que fuimos los últimos hombres libres.
No se trata de defender nuestras razones como las únicas buenas o las insuperables. Se trata de defender la razón. Porque los que matan por la fe no dan razones ni pretenden, por tanto, que se atienda a las suyas. Niegan la razón a base de pura fuerza. Niegan a cualquier dios que no provoque el vómito. Niegan la humanidad. Sus oraciones sólo puede entenderlas como blasfemia cualquier persona de bien: blasfemia contra los semejantes y blasfemias contra cualquier dios posible. Porque un dios que nos prefiera estúpidos no es un dios que merezca el nombre ni, menos, la adoración. Si en eso hemos de acabar, mejor sería morir, a qué tanto miedo. Y líbrenos el demonio de acabar en el paraíso, ese paraíso de siervos y sumisos con las manos manchadas de sangre inocente.
Y todo lo anterior lo escribe un ateo, conste. Un ateo que sólo aquí puede serlo y proclamarlo sin riesgo para su vida. Por eso siento como traidores a todos esos otros ateos que babean ante las atrocidades, los abusos y la inhumanidad de algunas variantes de algunas otras culturas. Idiotas, puros idiotas, renegados, nostálgicos del látigo. Cobardes más considerados con los verdugos que con sus víctimas. Ya me gustaría verlos cimbreando su cinturilla y con su porte decadente en Riad, por ejemplo, proclamando allí el respeto igual para todas las culturas o defendiendo, allí, el respeto a las creencias de los ateos. Les iban a dar de lo que les gusta, al parecer.

15 octubre, 2006

Mimosas

Cuánto sobresalto. Ayer abrí La Nueva España, periódico de mi tierra astur, y me topé con una noticia sorprendente: el Gobierno asturiano quiere prohibir las mimosas. Toma castaña, pensé, ya estamos otra vez con las cuestiones de género. Claro, me dije, esa actitud de mimo, esos pucheritos, esa manera de dejarse querer y buscar el arrullo del varón, degradan a la fémina a una condición subordinada, le dan aire de debilidad, hacen que se la vea vulnerable y que el macho se envanezca y acabe creyéndose cosas que no son. Que las prohíban a todas y seguro que desciende la violencia doméstica. El que quiera mimo, que lo busque clandestino. Ya me imaginaba los eslóganes de la campaña: “si tú mimosa, él tu oso”, “no mimo al memo”, “la que mima mama”, “mímate a ti sola: la masturbación es mejor que el mimo al malo”, “que lo mime su madre”, “si mimas eres mema”, “ponte borde por San Valentín”. Y así.
Parece que llega el tiempo de la mujer recia por prescripción legal, me dije ante la noticia. Damas hirsutas, señoras destempladas, bigotes disuasorios, artes marciales en lugar de amatorias, broncas de órdago, jaquecas permanentes y sin tregua. Ardía en deseos de leerme completa la norma legal asturiana. Igual que partió Pelayo de Covadonga para empezar la Reconquista, arrancan ahora de Oviedo las nuevas amazonas para evitar toda conquista nueva, para que no las aguante ni su padre, de tan antipáticas y distantes. Abajo el mimo, la ternura que se la busquen pagando, el que quiera arrumacos que se quede en casa de su mamá. Se llenaba mi cabeza de preguntas: ¿qué sanciones preverá la norma para la mujer que tenga algún momento de flojera y se pierda con su hombre en requiebros? ¿Habrá incentivos para la que aguante años sin sonreírle a un tío? ¿Créditos blandos para las tipas duras? ¿Estará permitido el amor romántico entre chicas o se castigará también? ¿Hay alguna medida contra los hombres mimosos? ¿Juega aquí la discriminación positiva? ¿Qué opinará el TC?
He de reconocer que el modo en que la noticia aparecía en el diario era un tanto extraño, cuando menos. Así rezaba el titular: “El Principado declara en extinción 4 aves y quiere prohibir las mimosas”. Sorprendente. Dándole vueltas, se me ocurría que a lo mejor lo de las cuatro aves era una ocurrente metáfora, referida a los pajarracos machistas, cuervos, buitres, que se aprovechan siempre de la bondad de las mimosas. Pasaba uno al desarrollo de la noticia en páginas interiores y resultaba que de las mimosas no se decía ni pío, mientras que se extendía el reportaje en consideraciones de este tenor: “El plan de recursos naturales elimina la protección a la nutria y a la rana común por considerar que su población ya está recuperada”. Ya entiendo, pensé, este asunto de las mimosas lo va a meter nuestro astuto Gobierno autonómico en una norma de tema ecológico. Al fin y al cabo, tiene que ver con las relaciones entre los géneros, por lo que toca el asunto de la reproducción de la especie y tal y cual. Más aún, está muy bien pensado, pues alguno se preguntará si la arisca disposición femenina que la ley propicia no rebajará a tal punto la continuidad de la especie como para que un día corramos tanto riesgo de extinción como las ranas esas. Otro eslogan al canto: “reprodúcete sin mimos, fría como rana”.
Así que lo parco de la explicación periodística me dejó con las ganas de saber mucho más. Hoy, sin embargo, fue a más mi desconcierto. Doy en el mismo periódico con un artículo de Javier Neira titulado “Mimosas libres” y que comienza de esta guisa: “El Gobierno astur quiere prohibir las mimosas. Buen motivo para declararse en rebeldía y a fecha fija: equidistantes entre el solsticio de invierno y el equinoccio de primavera, cuando la luz ya lleva mes y medio creciendo y el frío, sin embargo, alcanza aun su límite de crudeza, aparecen las mimosas como anuncio de mejores tiempos o lo que es lo mismo, por San Blas, la cigüeña verás”. Pura poesía, me digo, propia de un macho que, para colmo, asocia a las mimosas con la venida de la cigüeña. La vieja obsesión reproductiva del varón, que donde ve dama amable ya se imagina llevándosela al huerto para poner la semillita y toda esa parafernalia falócrata.
Cuando ya casi decido que me rindo es cuando, poco más abajo, descubro la siguiente explicación: que el Gobierno asturiano quiere prohibir las mimosas porque son originarias de Australia. Esto va a ser cosas de genetistas, como ésos que dijeron el otro día, después de detenidísimos análisis de ADN y de cosas peores, que los ingleses descienden de gallegos. Je, y los gallegos que andaban organizando festivales celtas porque se pensaban hijos de navegantes de allá arriba. Deberían ser los británicos los que cada verano organizaran romerías con muñeira y rapa das bestas. Y ahora nosotros con las mujeres lo mismo. Cada vez que una te da unos besitos -a escondidas, claro, no vaya a verla un guardia- deberías regalarle un cangurito de peluche y llamarla mi dulce aborigen australiana.
Pero, con estos gobiernos, puede que nos convenga más emigrar a Australia. Directamente.

Echándole cuento. El fusil.

Mientras cavo el agujero repaso lo que le oí tantas veces a mi padre, de cuando desertó del ejército republicano porque se veía perdido y abocado a una muerte cierta y echó a andar de monte en monte, fusil en mano, de los montes de Palencia a los de Santander, evitando los caminos, durmiendo al relente, robando comida de las paupérrimas huertas. Se fue uniendo con otros que también escapaban, hasta que llegaron juntos al altozano que domina nuestro pueblo y desde donde divisó la casa de los padres, que después fue suya, y echó a correr tras un fugaz abrazo a los otros y la promesa de reencontrarse alguna vez, quién sabe.
Contaba siempre que comió con ansia y que su madre le iba trayendo más platos. Luego, su padre, mi abuelo, le dijo que debía hacer algo con aquel fusil, esconderlo. Mi padre lo embadurnó de grasa, cavó un hoyo, recubrió el arma con tejas y luego le echó la tierra encima y disimuló el lugar con ramas y piedras. Al poco los nacionales lo movilizaron también y retornó a la guerra. No regresó a casa en unos cuantos años.
Me explicaba a cada rato esta historia, antes de morir, y me señalaba el punto donde, según su recuerdo, estaba enterrado aquel fusil, en aquel prado que llamábamos La Campa, justo a la orilla de donde comienza la hilera de avellanos. Exactamente aquí donde estoy ahora cavando, casi setenta años después. El terreno está blando, ha llovido bastante en las últimas semanas. Voy ensanchando el agujero, mi padre siempre decía que no estaba muy profundo el fusil, pero no acabo de dar con el lugar exacto.
Al fin mi pala tropieza con una masa rojiza y extremo el cuidado. Aparecen trozos de metal muy oxidado. Debajo, veo un pequeño arcón de ladrillos y lo rompo. Dentro hay una caja de metal y dentro de ella otra caja más pequeña. En el interior de ésta, dos anillos de oro, uno de talla de mujer y otro de hombre. Hay también restos de papeles que el tiempo no ha respetado.

14 octubre, 2006

Respeto al vodevil. Por Francisco Sosa Wagner

La vida política pone en circulación palabras con un desenfado y una falta de información que desespera a quienes buscamos cierta precisión. Ya me tuve que ocupar hace algún tiempo del empleo de la palabra caspa y casposo como insulto. Sostuve entonces que la caspa es la muceta que lucen los pensadores despistados y los sabios ajenos al mundo. Es de color blanco porque blanca es su inocencia de investigadores y tiene algo de título, de rango, de prosapia, una suerte de atributo o insignia. El símbolo de la fértil despreocupación. Y de la misma forma que se entrega al doctor los guantes de la ciencia o al obispo un anillo habría que entregar al intelectual fecundo un saquito con caspa para que lo espolvoreara con gracia sobre sus hombros, si él careciera de la suya propia. Y se debería heredar como se heredan los derechos de autor y de patentes.
Mi razonamiento de nada ha servido y todavía he de soportar a quienes descalifican al adversario llamándole casposo. No le llamarían herpético o seborreico pero sí le motejan de casposo. Un respeto para la caspa es lo que pido de una vez.
Ahora viene la palabra vodevil, aplicada al sucedido -ciertamente ominoso- de la designación de un candidato a la alcaldía de Madrid. Y se impone repetir lo mismo: un poco de consideración, señores de los editoriales y de las radios, al vodevil que es un género medio literario, medio teatral, medio musical, de lo más honrado y de lo más imaginativo que circuló por Europa desde principios del siglo XIX y luego por los USA que también allí han tenido sus vodeviles –y buenos- en el escenario. El vodevil mezclaba ironía y sátira con números musicales llenos de intención (mala, por supuesto) y las gentes reían de buena gana vengándose de esta inocente manera de gobernantes y pelmazos estirados en general. El vodevil es en cierta manera el padre de la opereta, que no está mal una paternidad así, Jacques Offenbach le sacó mucho partido al asunto en aquel París del segundo Imperio, con Napoleón -el sobrino- y la española Eugenia de Montijo haciendo de las suyas por la capital de los quesos. ¡Menudo fue el tal Offenbach! Todavía no hace mucho hemos visto y oído los aficionados en el Auditorio de León “Los cuentos de Hoffmann” que no es de lo mejor del autor pero sí lo que más fama le dio, con el poeta romántico alemán E.T.A. Hoffmann en el centro de los pequeños enredos amorosos.
Es decir que el vodevil tiene una gran dignidad. Como la ha tenido la revista musical española, zumo extraído de la comedia y el sainete, más variedades y música, atrevido todo y con mujeres ligeras de ropa que enseñaban las ligas y las nalgas opulentas. El personal lo pasaba pipa en la revista durante la primera mitad del siglo XX. Y después tampoco le hizo ascos.
Vodevil, opereta, revista ... Casi nada. En el mundo germánico estos espectáculos se hermanan además con el “cabaret”. En España, el cabaret ha sido algo más zafio aunque ha habido cabarets notables, centro de conspiraciones intelectuales y artísticas de alto porte. Pero en Alemania -como en Austria- el cabaret ha sido cosa fina. Tan fina que los nazis lo prohibieron pues durante los años de Weimar había sido el cabaret el punto de encuentro y de inteligenteequilibrio entre artistas osados y público dispuesto a hacer cenizas con las convenciones. ¡Gran asunto el cabaret germánico! Autores de la talla de Kurt Tucholsky o Erich Kästner escribieron para este género y la hija predilecta de Thomas Mann, Erika Mann, que fue un volcán humano e intelectual, fundó en Munich un cabaret donde se servía el humor fino bien helado.
Todo esto -se advertirá- no tiene nada que ver con los números que montan nuestros políticos a los que les sobra de rudeza lo que les falta de gracia.

Echándole versos. II.

Estas preñadas flores, madre,
los montes albos que han tomado tus ojos,
esa risa inocente que te vuelve
de los años vencidos.
Se te adivinan mansos los recuerdos,
ya sin agraz su fruto,
ya mellado el dolor, los sobresaltos
enterrados, raudo el perdón.
Tu respirar, jinetes
lentos, cansados trazos
de tu paisaje, un rostro con encrucijadas.
Como aquellos jinetes
que me contaste un día,
no hace tanto, húmedos
de amaneceres, rígidos
de lejanía y nostalgias,
de compasión cegada y manos firmes.
Como aquellos jinetes y tú niña
y el aire detenido en la mañana
y los pájaros en su silencio
y las campanas mudas
y los hombres ausentes
y los jinetes trágicos
que al fin hoy compadeces
cuando vuelves a verlos
desde tu atalaya
de surcos, de misterio, de caminos,
indiferente, ajena, madre,
reina de todo el tiempo que te queda.

13 octubre, 2006

Curriculum

Últimamente, cuando oigo a algún joven profesor no funcionarizado aludir a su curriculum me echo a temblar. Lo del curriculum antes parecía cosa seria y ahora se ha convertido en cajón de sastre en el que meter toda suerte de bobaditas con la que se adornan biografías que mejor lucirían entregadas al dolce far niente o concentradas en el disfrute de la vida real, en lugar de ser degustación de sucedáneos, deglución de distintos productos adelgazantes del espíritu, acumulación y síntesis de variadas pérdidas de tiempo.
A ver si me explico. Partamos de que estamos en la Universidad y refiriéndonos a gentes que tratan de hacer carrera como investigadores y docentes. No hablamos de menesterosos desempleados que echan sus papeles para repartir en Telepizza o para que los admitan a un cursillo del INEM. Dicho sea con todos los respetos y desde la firme convicción de que seguramente hay más dignidad, de promedio, en estos últimos ámbitos que en la pomposamente llamada Academia. Pero estamos en que los jóvenes aspirantes al estrellato académico han de rellenar sus hojas de vida con la cuenta de sus méritos y ricas actividades, en la esperanza de que un tribunal imparcial (lo siento, se me escapó la coña de la imparcialidad; no me tomen muy en serio, pues, repito, me refiero a la Universidad; ya saben, Madame Claude and so on, o Las que tienen que servir) los señale un día con el dedo de los elegidos.
¿Qué esperaríamos que figurara ahí muy destacadamente, si no en exclusiva? Sesudas publicaciones, intrincadas investigaciones en curso o culminadas con resultados brillantes, estancias acreditadas en laboratorios y centros del mayor prestigio, ponencias en idiomas varios. Cosas así, que hicieran esfumarse otras chorradillas, anuladas, difuminadas bajo la sombra alargada de esos merecimientos ciertos. Pues no, los tiros ahora no van por ese lado. Ahora la moda es abarrotar el curriculum de imbecilidades, de pasatiempos. Ahora se tiene por mérito cualquier cosa con tal de que sea improductiva, pasiva e inútil bajo cualquier punto de vista. Se pasan los jóvenes talentos, sean reales o presuntos, lo mejor de su tiempo haciendo el mono en todo tipo de eventos decadentes con el solo propósito de luego poner en su currículo que hicieron tal cosa chusca o estuvieron en tal lugar lamentable. Si esto fueran aún universidades e instituciones científicas y no los manicomios que son, a la mitad de esos infelices se les mandaría para casa con una patada en las posaderas, por perder energías en semejantes patochadas: que si cursos de powerpoint, que si sesiones sobre cómo motivar con motivo al alumno desmotivado, que si técnicas de subrayado en excel, que si seminario sobre sistemas de evaluación no traumáticos, que si jornadas sobre la recepción en Babia del sistema de Bolonia, que si congreso sobre la problemática psicomotriz del estudiante tímido. Seguro que muchos han vivido conversaciones como ésta: viene un joven profesor con expresión perpleja y uno le pregunta en qué andaba. Estoy haciendo un curso sobre estimulación del alumno y docencia dinámica. ¿Y qué tal? Puf, un tostón, nos dormimos todos, pues el tipo que lo dicta no sabe explicar. Real como la vida universitaria misma.
Insisto en algo que ya he repetido aquí: deberíamos ir componiendo una antología sobre las chorradas en las que se pierde en tiempo en las universidades. Y sobre los mangantes que viven de organizar tales desatinos. Y encima marcan paquete de estar a la última.
Pero los pobres meritorios jóvenes tienen que plegarse a esta dictadura de la estulticia. No hace mucho aquí mismo confesaba nuestro admirado ATMC que él, sí, él, había tenido que pasar también sus horas en esos cursos impartidos por pedagogos a la violeta que en su puñetera vida sacarían una oposición para barrendero municipal (con todo el respeto otra vez). Y se disculpaba, pobre hombre, con una razón bien real y poderosa: que tenía que pasar bajo las horcas claudinas de la ANECA, y ahí te quiero ver si no demuestras que has perdido el tiempo en gilipolleces de tomo y lomo. Ay, la ANECA. ¿Se acuerdan de aquél que la dirigía en épocas del PP y que no tenía curriculum ni para que le admitieran los papeles si fuera candidato a evaluación “anecal”? O sí, pues aunque no hubiera escrito apenas nada ni constara que hubiera pasado tiempo de su vida en investigación alguna (no estaba mucho mejor su ministra, aunque eran amigos; o por eso), a lo mejor tenía un montón de certificados sobre esas cositas tan monas: cursos recibidos sobre “modulación de la voz en la clase magistral”, “gestualidad de las manos el interpelar mesuradamente a los estudiantes” o “ventajas de la bragueta con cremallera para la interacción con el alumnado”. Quienes fijan los criterios con que evalúan las anecas y las anequitas son casi siempre listillos de ese calibre, inútiles con ínfulas, celosos de que se valoren tamañas insensateces para, así, valorarse altamente a sí mismos. Que les hagan un dictado a ésos también y veríamos qué risa. Pero estamos en sus manos y es lo que hay. Los que ocupan su tiempo en reglamentos tienen buen cuidado en regar la inanidad y convertirla en ley general imperativa. Van de carguete en carguete y de encomienda en encomienda y no estudiaron en serio desde que aprobaron la selectividad por recomendación de papá. Con contadísimas e impotentes excepciones, por supuesto. Pero es lo que hay.
Una monografía llena de doctrina alemana o de la mejor ciencia mundial vale lo que tres cursitos para cretinos impartidos por los del mismo gremio. Lo que puntúa es andar moviendo el culete de cursito en cursito o presentando comunicaciones tartamudas en congresillos de amiguetes indocumentados. Ah, y los cargos académicos, claro. El otro día escuché que en la reforma que viene, con esa superaneca (¿Por qué no "anoca"; o, mejor: "anosa") a la que todavía no se le conoce padre, ni madre ni perrito que le ladre, contará grandemente el desempeño de cargos académicos para la habilitación de los aspirantes guapos. Pues muy bien. O sea, que puntúe para la consagración investigadora y docente lo que quita más tiempo para investigar y preparar decentamente las clases. Ya metidos en gastos, algún aspirante cachondo acabará alegando que fue presidente de su comunidad de vecinos, y ya veremos si se lo toman en cuenta para bien. Todo se andará.
No falta mucho para que la investigación seria tenga que ser clandestina. Por de pronto, en el curriculum conviene más invocar la condición servil y el espíritu atrofiado. Más que nada para no molestar a las eminencias grises de la Universidad. Tan grises.

11 octubre, 2006

EnREDarse

No sé cuántas horas acabo de pasarme deambulando por la red a la caza y captura de literatura. Al final, es una especie de metacaza, pues no lees ni acumulas textos literarios, sino direcciones de páginas en tus marcadores.
Sea como sea, impresiona la cantidad de literatura buena que hay colgada en la red. Yo andaba hoy a la busca de poesía. Esta mañana me compré Tigre en la red. Antología de la poesía mexicana contemporánea 1950-2005 (Hiperión, 2006). Y por la tarde me senté a leer un rato, disciplinadamente. O eso creía. Comencé por el primero de los antologados, Rubén Bonifaz Nuño. Tanto me gustó que me indujo al error: al error de meter su nombre en Google y ver si daba con más poemas que esos pocos del referido libro. Y vaya si di. Con él y con el parnaso entero.
Pues me hice con una colección hermosa de direcciones llenas de poesía, en muchos casos con grabaciones de la propia voz de los autores leyendo sus poemas. Ahí van algunas:
Y una revista estupenda, que tiene de todo:
Total, que he leído poquísimo, pues me he vuelto a enREDar. Navegar y navegar, sin tocar tierra.

¿Crisis de los grandes relatos o crisis de los cuentistas?

Seguimos con los diagnósticos de la posmodernidad esta en la que, al parecer, nos hallamos instalados. Se ha convertido en un tópico pesadísimo aquello de que se asiste en este tiempo a la crisis de los grandes relatos. O sea, que lo que mueve a los ciudadanos y a las masas ya no son aquellas historias que hablaban del progreso de la humanidad, el fin de las esclavitudes universales, la liberación de los pueblos, la revolución de los oprimidos o la construcción del paraíso terrenal aquí mismo, según vas, a la izquierda.
Bien. Pero uno se pregunta cuándo fueron las sociedades realmente movidas por esas milongas. Digo las sociedades, no los intelectuales, las élites, las vanguardias o los listillos. El único relato grande que ha seducido a los pueblos ha sido la religión, en cualquiera de sus variantes. Y ha funcionado a base de narración oral, no porque la gente leyera un carajo. Cualquier relato que se precie debe ir en libro sagrado. También El Capital sirvió durante un tiempo a esos efectos. Lo leyó tan poca gente como poca lee la Biblia; pero por eso. Lo otro, las ideas seculares para hacer un mundo perfecto, ha sido pasto únicamente de intelectuales con ganas de mandar o vocación de profetas. De esas historias se llenaron las monografías, los panfletos y los pasquines, pero el pueblo ha ido siempre a lo suyo y sólo ha coreado los eslóganes de marras cuando lo obligaron a punta de bayoneta o a bombazo limpio.
Así que no son los tales relatos los que están en crisis, sino sus forjadores. Los que han hecho mutis por el foro son los que se llamaban intelectuales comprometidos, convertidos ahora casi todos en intelectuales orgánicos, es decir, cultivados con abono natural: a golpe de talonario y conferencia entre amiguetes. Y los otros, los políticos que antaño necesitaban pergeñar utopías y propalar ideales, han descubierto hace poco que con menor esfuerzo se gana más, incluso más votos, pues basta colocar el morrete tal que así para las fotos y hablar como si uno fuera un perfecto iletrado pero muy buena gente, muy natural y como de casa, míralo que pinta de gilipollas, no me digas que no se parece al primo Gervasio; adoro a estos hombres sencillos y sensibles, hija.
Y los académicos, los profesores y los que andan todo el día de gira por congresos varios, ocultan su pereza para parir ideas a base de darle a la matraca de que en este tiempo las ideas han muerto, fíjate que idea.
Puede que estemos en el momento perfecto para que la sociedad, el pueblo llano, la gente de bien, los normales, liberados ya de tanto pelmazo y tanto adivino de pacotilla, comiencen a hacer lo que les dé la gana y a buscarse la vida sin tantos cuentos. A vivir, que son dos días. El paraíso es cosa de charlatanes y vendedores de hipotecas: se forran de comisiones y luego no hay tal, venden quimeras.

09 octubre, 2006

Limbo

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Mecachis en los demonios, precisamente. Ojeo con retraso El País del sábado pasado, día 7, y me encuentro en la página 36 con la noticia que, mal que me pese, da la razón para siempre a todos esos posmodernos que me hacen tan poco tilín. Ya tenemos constatación definitiva de que todo se licúa, fluye, se evapora, tiembla y resiste mal el paso del tiempo. Fin de los grandes relatos, sí, y de los pequeños, y de las películas de miedo de verdad y del hombre del saco y del coco. Dentro de pocos años explicaremos a los niños que el hombre del saco sí existe, pero como figura de la literatura popular nacional y que, mira, niño, aparte de la nación y el espíritu del pueblo, no hay más allá ni más hostias, todo es empírico, cambiante y con dos rebajas al año.
Me pongo así de cascarrabias por lo del limbo. Por favor, adónde vamos a parar. Lleva uno un puñado de décadas alistado en el ejército racionalista y peleándose con la metafísica religiosa y los esoterismos varios y ahora van y, sin ton ni son, los enemigos disuelven su ejército, proclaman un ansia infinita de paz y dicen que donde dije Diego digo digo. Que ni el limbo existe ni el cielo es como piensan las beatas, todo lleno de querubines sin pene ni pena, ni, probablemente, el infierno es un sitio donde se pasen putas sino un estado de ánimo. Verás como en cosa de poco resulta que de ese estado de ánimo se sale leyendo un par de tomos de Paulo Coelho y todos a hacer el gilipollas en el cielo. Definitivamente, no va a compensar ser malo, total para qué, si ya no hay adonde ir con los colegas.
Bueno, pero escuchemos la docta voz del periódico-biblia (y lo de "docta voz" no es ironía, que conste). Cuenta que el pasado viernes la Iglesia católica hizo público oficialmente el cierre del limbo. Pero, por lo visto, fue un trámite de nada, pues Ratzinger ya había afirmado en 1984 que lo del limbo no era más que una "hipótesis teológica" y que, aunque estaba en el catecismo, no era verdad oficial. Moraleja: ya no te puedes fiar ni del catecismo. Verás el día que digan que era broma o sólo hipótesis aquello de que los enemigos del alma son el mundo, el demonio y la carne. Y que, por tanto, follar alegremente y sin encomendarse a nada ni a nadie ya no es pecado. Si por meterle unos aditivos de nada al tabaco andan las empresas tabaqueras pagando indemnizaciones multimillonarias, ya veo yo la cola de jubilatas ante los obispados, solicitando compensación por los polvos que no echaron a tiempo, o que no echaron con su santa porque ésta no quería en su alma enemigos.
Y si ya ni la Iglesia mantiene las formas, qué vamos a pedir de los concejales que casan a la gente. Según cuenta el mismo diario, para clausurar el limbo "no hizo falta... ninguna accción papal más allá de la recepción, en una ceremonia litúrgica, de las conclusiones de una comisión de teólogos". Y luego nos quejamos mi amigo Paco Sosa y yo de que la universidad se anda reformando a tontas y a locas, venga comisiones, juntas, reglamentos y sobeteos en los despachos. Corcho, pero si hasta la Iglesia se carga cuarto y mitad de la arquitectura del más allá con una simple reunión de teólogos, que seguro que fue, para colmo, una cena de trabajo regada con un excelso Brunello de Montalcino. No me jodas.
No sé, habrá que cambiar hasta los dichos. Ahora, sin limbo, a ver cómo explicamos dónde anda el que está atontado, el que no se entera o el que acaba de enamorarse. En el limbo ya no podemos decir que se encuentre, pues seguro que sale algún repipi leído con el cuento de que ese sitio no existe o que lo derogaron. Como la nación española, casi, aunque bien mirado, ésta es un limbo de limbos, mientras no nos declare inexistentes a todos una reunión de teólogos de la Unión Europea.
De todas maneras, queda tela por cortar. Porque con esta decisión de los teólogos en comisión, bendecida por el Papa, ya ha quedado claro y transparente que los niños que mueren sin bautizar no van a ningún limbo, sino que de su suerte decide Dios caso por caso. Hasta en el cielo se pone de moda el casuismo, ya ni al pecado original se le aplica la ley general y abstracta. De qué nos quejamos aquí abajo. Sin embargo, las espadas siguen en alto en lo que toca a los que se murieron antes de la venida de Cristo, que, como se sabe, suman un buen puñado. Según el citado periódico, "la comisión teológica tomó decisiones sobre los neonatos no bautizados, pero no sobre la humanidad anterior a Jesús. El destino de estas personas quedó en manos de futuras comisiones y, eventualmente, de Dios". Lo del "eventualmente" me encanta, pero me parece demasiado agudo para que lo haya hecho el periodista aposta.
Resumo la situación. Hasta ahora se iban al limbo, lugar donde se decía que no se estaba ni bien ni mal, una cosa así como en Albacete, supongo, se iban, digo, los niños no bautizados y todos los que habían cascado antes de la venida de Cristo a redimirnos del pecado original. Nunca tantos pagaron por la falta de solo dos, pero esa es otra historia, con mujer mala y hombre débil, que un día de estos corregirá otra comisión con una nueva cosecha del mismo elixir. A mí ese limbo tan lleno me hace pensar en los centros de internamiento para inmigrantes de Canarias. Y, por lo mismo, había que aligerar personal y meter unos cuantos en aviones para el cielo, que viene a ser para el cristiano como la UE para el subsahariano.
Pues muy bien, uno tiene que alegrarse siempre de que mejore la condición eterna de esos niños que a nadie hicieron mal, pues ni tiempo tuvieron, pobrecillos. Pero ¿y los otros? ¿Qué va a pasar con el otro colectivo, como lo llamaría un sindicalista celeste? ¿Hasta cuándo los van a tener, todavía y después de milenios, en ese limbo jurídico derivado de que no está claro el estatuto jurídico-escatológico del limbo? ¿Y los derechos adquiridos? Porque muy bien que lleves media vida eterna en el limbo en plan ni fu ni fa, ni frío ni calor, y que te digan que asciendes y te vas a una especie de Caribe ultraterreno, pase; pero, ¿y a los que les pinten bastos y los manden para el infierno a redactar estatutos de autonomía o leyes del suelo ígneo? ¿Los tranquilizará saber que lo suyo lo va a resolver una comisión nueva? ¿Formarán un lobby? ¿Tratarán de "tocar" a un par de cardenales ligeros de cánones?
Son preocupaciones hondas que habrán de consumir buen fósforo de las mejores cabezas de este valle de lágrimas. Allá ellos y que sea para bien. Lo que a mí me ha dejado definitivamente traspuesto ha sido otro parrafito de la misma página de El País. Al parecer, una de las razones que han movido a la Iglesia a declarar edificables los terrenos del limbo es la siguiente: "La segunda razón se basa en las estadísticas: el 60% de los católicos cree en Cristo, pero no en el infierno ni en el Paraíso". Manda güevos, hasta detrás de eso anda el CIS. Va a tener razón Zapatero, lo principal es el consenso. Religión a la carta, dogma prêt à porter, credos wonderbra, evangelistas de blog, santos de emoticón, condenas eternas de fin de semana, paraísos artificiales, curas... milagrosas.
Si yo fuera Dios estaría que me llevaría idem.

Nos movilizamos, compañeros.

Diantre, hace un par de horas me encontré en los pasillos de la Facultad con un gran amigo que, de buenas a primeras, me suelta esto: "¿Irás a las dos manifestaciones de esta tarde? Supongo que sí, como yo, pero a ver cómo hacemos para estar al menos un rato en cada una".
Me quedo boquiabierto y le respondo que no estaba yo enterado de que hubiera tal cosa hoy y que de qué van las manifestaciones en cuestión."Pero tú en qué mundo vives, amigo mío, -me dice-. Una es a las seis, bajo el lema "nucleares no" y es por lo de la prueba nuclear del ceporro ese de Corea del Norte. Y la otra, a las siete, la convocan varias asociaciones feministas, a las que se han unido algunas asociaciones de periodistas, y es para protestar por el asesinato de esa valorosa periodista rusa, mujer ejemplar, que andaba denunciando las torturas de los de Putin en Chechenia". Y remacha: "¿O es que tú no sabías que en Chechenia también se tortura?".
Sorprendido, lo miro serio y me aguanta la mirada sin inmutarse, pero sólo un par de segundos. Luego le da la risa floja. Y me espeta: "carca, que eres un carca, que si de verdad fueras tan progre como te gusta presumir saldrías a protestar por esas cosas". Al final nos reímos los dos. Nos reímos con una inmensa tristeza. Siglo XXI, cambalache otra vez.

08 octubre, 2006

Jueces y cigüeñas negras. Por Francisco Sosa Wagner

Gracias, cigüeña negra, mil gracias. Poco sé de estas criaturas pero las imagino tan gráciles y hermosas como sus hermanas blancas que instalan en las espadañas su tribuna para hablar desde allí con los dioses y escrutar sus designios. No sé tampoco si estas cigüeñas negras están encargadas de traer a los niños desde París como sus hermanas blancas pero seguro que las ayudan en su trajín natalicio, cuando a aquellas se les acumulan los encargos. No sé de qué viven ni si levantan galanas el vuelo para emparejarse con el viento y gozar de sus libertades allá en las refulgentes torres. Poco sé pues de estas benditas criaturas, místicas y solitarias.
Solo sé que, gracias a ellas, gracias a cinco apostólicas parejas, se ha paralizado una gran urbanización con miles de viviendas y un hotel más el inevitable campo de golf. Esta es la aportación de esas aves a la convivencia y al mantenimiento de un espacio abierto a los soles, allá en la provincia de Ávila, síntesis de la eternidad quieta, nido de armonías naturales.
Es decir, que lo que no han podido hacer varias decenas de leyes del suelo, un largo centenar de reglamentos, miles de páginas escritas por sesudos juristas, lo han conseguido estas humildes cigüeñas que son negras porque son las encargadas en su especie de llevar el luto. Sépase que en España faltarán muchas cosas, seremos parcos a la hora de inventar raros artilugios tecnológicos, de perforar las intimidades del I+D+I, de enviar naves al espacio, donde yacen los amores muertos, todas estas carencias lacerantes se cuentan entre las que nos rondan como fantasmas velados. Pero, en punto a producir leyes y reglamentos superfluos, nadie nos gana, en especial, en achaques de utilización del suelo y del urbanismo. Desde el año 1956, en que se oyó el gong de salida de una carrera enloquecida y practicada en una cinta sin fin, no ha pasado una legislatura sin que al gobierno de turno no haya alumbrado una ley del suelo con su cortejo de reglamentos planchados y engreídos. Cada una de esas ocurrencias legales traía un preciso olor a cadáver pues los más avisados hemos sabido siempre que son poco más que fuego fatuo, fugaces tormentas veraniegas que no sirven ni para hacer un charco. Cierto que dan de comer a muchos -yo mismo, sin ir más lejos- pero que son inútiles es una verdad inconcusa. Todo lo más sirven para formar osario de cementerio.
Además, ahora, cuando se han abierto las compuertas legislativas porque hay diecisiete parlamentos legislando al buen tuntún, tales leyes se multiplican y florecen como alondras mañaneras. No hay rincón de España sobre el que no se superponga una ley básica, dos de desarrollo, tres de ejecución y cinco de coordinación, que tratan de enmendar lo que con puntilloso afán se ha descoordinado poco antes. Centenares de jueces, cuyas vidas gimen bajo este alud, se encargan de bracear para meter esta catástrofe en razón. Esfuerzo baldío la mayor parte de las veces porque los preceptos legales son algo parecido a la tenia en el cuerpo humano, se enroscan en él, son difíciles de expulsar, y lo extenúan.
Han tenido que venir las cigüeñas a arreglar este asunto inextricable pues un tribunal ha fallado a su favor. ¿A qué se debe el éxito? Muy fácil: su color negro no es una casualidad ni un capricho de la naturaleza, es color de toga y esta circunstancia las hace vivir una segura intimidad con los hondones del derecho procesal, entre cuyos recovecos han encontrado la fórmula para paralizar el estropicio. Porque las cigüeñas negras -y ahora venimos a desvelar el verdadero secreto- son los magistrados del mundo cigüeñil. Es más: los jueces fueron hermosas cigüeñas negras en la otra vida y, cuando mueren y dejan la Audiencia, vuelven a ser cigüeñas negras. La vida de un magistrado no es más que un interregno entre dos mundos de vuelos de oro y migraciones aventureras. Es decir, que las cigúeñas negras han jugado con ventaja procesal pero benditas sean las cigüeñas negras.

El cuadro de la semana













Caminos del aire
Aníbal Huidobro

Bodas civiles. Por Ariadna.

En la madrugada del pasado sábado nos contaba Ariadna, trasnochada, su impresión sobre las bodas civiles, lo pobre de su ritual y lo limitado de la lírica que en ellas se maneja. Confirma mi vieja sospecha de que el problema no es tanto el código que se aplique como lo que de hortera tenga el personal.
Está simpático e interesante y aquí lo reproduzco.
Vengo de una boda civil, en un ayuntamiento, oficiada por la candidata a las próximas elecciones por el psoe -lo dijo antes de saludar a los novios, empeñada en que la boda le traería suerte (éramos todos medio gallegos y ni las meigas entendieron la profecía)-. Constato, una vez más, que urge un rito civil como dios manda -por paradójico que suene-; urge un libro de textos, escritos, poemas y conjuros, con el que los muchos torpes concejales y allegados que hay por el mundo puedan salir del paso dignamente. Para que dejen de machacar a Benedetti -no falta en ninguna boda civil, sea en su versión 'puedes contar conmigo' o en la otra de que los pobres no necesitan ni cama para follar-; para que dejen de mezclar el código civil con el amor eterno, los deberes del matrimonio con el estado de derecho, el régimen de gananciales con la democracia, etc. etc.
También al amigo-primo-vecino-exnovio que suele hablar en la ceremonia le serán de ayuda unos textos propicios: el que habló hoy leyó un poema a lo Gloria Fuertes -somos dos gatos rosquito y ros estamos malitos tenemos tos- dedicado a los novios. Era un poema simpático, con rimas facilonas pero simpático. Cerca de mí estaba su madre. Me contó que no lo había escrito él, qué va. Lo había buscado por internet, y había cambiado los datos.
Urge regular el rito civil, aunque sea poniendo a los curas a impartir clases en plan master de cómo oficiar bodas.

14 años (rap). Por Científico.

Científico, alias de de un joven lector -creo-, envía el siguiente rap compueto por él, que cuelgo tal cual.

Título: 14 años.

En este mundo, en esta vida
tal vez nada consiga
hay que luchar por los ideales
y será mejor que los defiendas con argumentos reales.
Nunca me des la razón como a un loco,
si no quedo con mis amigas todo me sabe a poco,
aunque a veces me parece que no tengo y me siento solo,
entonces intento evadirme en mis rimas, en salir del fango,
en luchar poco a poco hasta subir de rango.
Yo no suelo mentir, yo nunca tango
a la gente, respeto más a la que agarra
la espada de la vida por el filo no por el mango.
Mi familia es la única que no me va a fallar,
la única que siempre me auxilia.
Soy un enamoradizo
y cuando me doy cuenta estoy en un laberinto sin pasadizo,
para volver a la luz hay que conseguir el rojo alijo,
espero no ser un niño pijo.
Tengo una visión de la vida,
haré todo lo que el cuerpo me pida,
buscaré la salida
de esta realidad perdida,
intentaré encontrar la subida,
no la bajada,
que la llama de mi alma nunca quede apagada,
la fecha de mi muerte ya está premeditada
vive el día de hoy,
yo no me fijo en los demás soy lo que soy,
espero que algún día me declaren gran b-boy
o por lo menos gran escritor,
no creo que sea un vividor
simplemente disfruto
todo lo que puedo pero al máximo
hasta que no quede ni una gota de jugo.
Con mis hijos espero no ser rudo
ni duro,
no todo va a ser juerga y diversión,
les daré mi visión
de la vida, del mundo, de como es cada persona
pero ellos que tomen sus decisiones,
lucharé por evitar que besen la lona
que lo primero no es ser rico.
Me encuentro preso
en un hormiguero
lleno de hormigas
sin dirección para conseguir una puta cáscara, una miga.
Soy el nuevo Aquiles
el de los versos ligeros
y a la vez Ulises,
el nadie capaz de tumbar a un Cíclope,
como yo no tengo mirmidones
tengo que luchar y echarle más cojones,
tengo como el que más mis pormenores,
las personas mayores quieren que seamos educados,
ni en sueños pienso aceptar la educación del pasado,
tener que callar lo que pienso por quedar bien,
por lo que puedan pensar de mí ¿quién?
¿el rey? que cuando las cosas van mal pone su figura de soberano campechano,
pero cuando hay que ir a cobrar es el primero que pone la mano
y sólo por ir a reuniones y que le hagan los discursos.
Mira el mundo, hay muchos y graves abusos,
parece que se rien de nosotros a la cara
tienen mucha y más cara,
pero cuando salen a la calle se ponen la máscara.
¿Cómo van a creer a un joven de 14?
parece que ahora la experiencia
no la da el tiempo sino el roce
pero tengo consciencia de que me queda mucho por saber
¿dónde empieza el infinito?

Dramas. 1. Por Anónimo.

Hace unos días anunciaba nuestro Anónimo oficial que nos irá contanto una serie de dramas reales de los que ocurren por estos mundos tan próximos como desconocidos para la mayoría. Ahí va el primer capítulo y quedamos a la espera de los siguientes.
DRAMAS en el maco de Mansilla de las Mulas.
El drama de hoy comenzó en una actividad de ordenadores en la que participaban internos/as. Pues bien, la interna Silvia se vio cortejada, muy a su pesar, por un interno (joder lo que me cuesta emplear el lenguaje correcto este de internos, funcionarios...) asturiano, así como fuerte, que era segurata en la calle.La tal Silvia tiene también a su marido preso y en las comunicaciones le cuenta a éste lo que ocurre, le muestra una foto que se han hecho todos los que están en la actividad y le señala al enamoradizo.El marido, uno de los hijos de Miguel "El Negro", un camello de caballo de toda la vida, escribe de módulo a módulo al asturiano diciéndole que lo va a partir en dos y tal. El asturiano muestra la carta al funcionario, el funcionario al jefe de servicios y trasladan al marido al módulo 1 (de lo peor junto con el 4, 2 y 3).Pero hete aquí que, por no se que tontería, al cabo de dos semanas, no dándose cuenta la guardia de ese día, trasladan al asturiano al 1.El marido de la Silvia que lo ve, cogió una pesa del gimnasio y le partió la cabeza, con derrame de masa encefálica incluida y salida al hospital. Creo que le están tramitando la libertad, pues ha pasado a integrar el reino vegetal en silla de ruedas.Al marido le han metido un primer grado de tratamiento y se lo han llevado al búnker y posiblemente conducción. Y la Silvia hecha polvo.
Fin del primer Drama.

07 octubre, 2006

Echándole cuento. La parada. Por José Calvo González

“Cada tarde después de la escuela había una pelea entre dos de los chicos mayores. Siempre era en la verja de atrás, dónde nunca había ningún profesor. Las peleas nunca eran igualadas, siempre era un chico más grande contra otro más pequeño, y el grande siempre le daba al pequeño una paliza de miedo con sus puños, acorralándolo contra la verja. El más pequeño a veces trataba de defenderse y contraatacar, pero era inútil. En seguida la cara se le llenaba de sangre, sangre que le caía hasta la camisa. El chico pequeño recibía los golpes en silencio, sin quejarse más, sin pedir nunca clemencia. Finalmente, el más grande decidía darlo por terminado, se daba la vuelta y todos los demás se iban de camino a casa en compañía del vencedor.”
Charles Bukowski, Ham on rye, 1982 (La senda del perdedor, trad. de J. Berlanga y E. Giménez-Caballero Alba, Anagrama, Barcelona, 1995)

"La infancia, dice la Enciclopedia de los niños, es un tiempo de dicha inocente, que debe pasarse en los prados entre ranúnculos dorados y conejitos, o bien junto a una chimenea, absorto en la lectura de un cuento. Esta visión de la infancia le es completamente ajena. Nada de lo que experimenta en Worcester, ya sea en casa o en el colegio, lo lleva a pensar que la infancia sea otra cosa que un tiempo en el que se aprietan los dientes y se aguanta."
J. M. Coetzee, Boyhood: Scenes From a Provincial Life, 1997 (Infancia: escenas de la vida en provincia, trad. de J. Bonilla, Mondadori, Barcelona, 2001)



Arturo vivía en el número 18 de Bravo. Yo, en el 7 de Recintos, su perpendicular. Él cruzaba la calle con los pies abiertos y una zancada amplia, sin dejar de observarme. Siempre traía el pecho henchido del gesto sonoro de venir tragándose el aire a ráfagas. Yo, entonces, cerraba los ojos y contenía la respiración, hasta sentir muy cerca aquella especie de hipo que anunciaba su cruce, y en el hombro, al pasar junto a mí, la descarga a puño cerrado de su primera violencia. Eso, cada mañana, Luego, sin mirar, Arturo arrojaba la cartera al montón, con las demás, le centraban el balón y remataba a gol. No había guardameta. La portería eran dos abrigos, o dos jerséis, hechos un atillo, y un poco separados del fondo, la pared de la fachada, en ladrillo visto, simulando una red. El autobús llegaba enseguida y montábamos en él.
Un día, sin embargo, fue diferente. Le vi aproximarse más deprisa, corriendo, atropellado. No quise mirar más y esperé recibir su golpazo. Entonces oí el hipido, pero esa vez distinto, más fuerte y seco, como de neumático. Luego, un dolor enorme en la boca del estómago, del que abrí lo ojos.
Vi una cartera a mis pies, y cómo en ese instante la pelota botaba por mi lado. La seguí con la vista en negro, y un poco más allá estaba Arturo, en rojo, de rodillas en el suelo, entre los imaginarios palos de la portería, medio inclinado que parecía un pelele, con la cara muy pegada al muro, los codos hacia dentro, y un solo zapato.Poco después ya nada volvió a ser como antes. Nos vino a recoger otro autobús. Prohibieron jugar al fútbol. Y Arturito tampoco regresó a la parada, que también cambiaron de lugar.

Echándole versos. Resisto muchos días sin fumar

Resisto muchos días sin fumar
hasta las siete o las ocho
de la tarde.
Hay jornadas, en cambio, en que no aguanto
los badenes,
los pedregales, las muchachas,
la espiritualidad de locutores,
el aroma a café o de eau de Rochas
y fumo y fumo de seguido.
Noto los cambios de estación
porque añoro los veleros
o los detesto,
porque una misma voz me indigna más
o me indigna simplemente.
Esculpo mis recuerdos a serrucho,
pero algunos se escapan
y buscan su morada
entre los muertos,
entre recuerdos muertos,
quiero decir,
esos recuerdos que desertan,
que se reúnen con recuerdos de otros
que también desertaron
(los recuerdos, quiero decir)
y que en algún lado pararán
si no tiene el cosos agujeros
no meramente negros.
El humo del cigarro se detiene,
oscila apenas,
diríase que divaga, mientras tú,
ay, mientras tú.

06 octubre, 2006

Posmodernidades y zarandajas

Vuelvo a leer alguna alusión a Michel Maffesoli, sociólogo francés al parecer muy apreciado por degustadores de recetas intelectuales posmodernas y me pongo, al fin, a revolver libros y a saltar por la red a ver si me entero de algo de lo que cuenta ese buen hombre. Me topo, lo primero de todo, con una conferencia que impartió en Carabobo (Venezuela) hace un par de años y se me queda la cara como así, bueno, será. Estos pensadores de hoy, tipo Vattimo, Agamben y, por lo que se ve, Maffesoli -salvando las distancias que haya que salvar y tasando a cada uno en lo que vale-, preparan unas ensaladas pistonudas. Se tiran diez páginas mezclando a Platón con Hanna Arendt, Gramsci y Foucault, luego salpimentan todo a base de Heidegger y concluyen, mira tú qué cosa, que hoy en día la gente ve mucho la tele. Para ese viaje...
Vistas las explicaciones sobre esta era posmoderna en la que, al parecer, vivimos, acaba uno por sospechar que todo es tan simple que no queda más remedio que enredar su explicación, porque si no ya me dirá usted de qué comemos. Que si ya no le interesan a nadie las grandes ideas, que si han muerto las revoluciones y hasta los que las soñaban, que si la política ya no engancha a la gente, que si el lenguaje se acartona, que si los cuerpos se relajan y buscan placeres rápidos y primarios..., etc., etc. Bien, será verdad guapamente, tiene pinta de que sí. ¿Y para dar cuenta de tal cosa hay que montar ese cisco de que estamos ante un modelo de paideia que no es la griega sino el Dasein partido por la raíz cuadrada de la lógica de Port Royal y multiplicado por la hipotenusa de Husserl? Vamos, hombre, relajémonos un poquito.
Antes, cuando la gente escuchaba una conferencia y no entendía ni el saludo inicial, se mosqueaba y se iba de la sala o, al menos, torcía el gesto y murmuraba con el de al lado. Ahora hasta aplaudimos, ante el riesgo de quedar como zotes que no captan que a lo mejor el ponente es posmoderno y no hace falta entenderlo para saber que tiene más razón que un santo. ¿Oiste lo que dijo de Guattari? No, qué. Puf, la bomba, lo tiene trillao.
Pensando y pensando por qué me joroban tanto los textos de ese porte, llego a la sospecha de que me inquieta ante todo el modo en que se autorrefutan, su contradicción interna. Si para explicarnos que esta sociedad ya no está para discursos profundos y relatos complejos hay que montar semejantes matracas eruditas y enhebrar tal prosa críptica, se nos impone una evidencia: si esta sociedad es como ellos la cuentan, nadie les debería hacer el más mínimo caso a ellos; y si en algo se les atiende, será porque no es verdad lo que sobre esta sociedad pregonan. Sea como sea, yerran, pues si tuvieran razón habrían de callarse o hablarían solos por los arrabales de París.
La filosofía lleva décadas muy acogotada por las arremetidas de semejante caterva de tunantes. Unos, tipo Cioran, que en gloria esté, predicando el suicidio como única salida digna de esta porquería de mundo, y, al tiempo, cuidándose el colesterol y muriéndose de enfermedad común en la vejez; otros, como tanto relavitista cultural, insinuando que es verdad universal que no hay verdades universales; por otro lado, los de Derrida empeñados en que no hay más que textos carentes de sentido y con significados perfectamente aleatorios y arbitrarios, pero poniéndolo por escrito con la pretensión de que se los entienda rectamente y les dediquen alguna tesis doctoral; y qué decir de los hermenéuticos de penúltima hornada, enzarzados en la comprensión de la precomprensión, comprensión que necesariamente será también precomprensión y no podrá ser comprendida si no es precomprendida, y el desprecomprensor que lo desprecomprenda buen desprecomprensor será.
No es que estemos en la posmodernidad y que ellos nos lo cuenten. Es que la suya es una profecía que impulsa su propio cumplimiento, pues si éstos son los grandes discursos filosóficos de hoy, para qué filosofías: a ver la tele y, luego, un pis y a la cama.

05 octubre, 2006

Profesores y competencias.

No sé muy bien cuál es el juego que se traen algunos de los amables frecuentadores de este blog a costa de si somos o no capaces los profesores de Derecho de definir conceptos como el de competencia. Que si pregúnteselo, que si no me apetece preguntarlo, que si para qué si lo saben seguro, que si no se crea usted que saben tanto... Caray, que lío tan raro.

Ignoro quién tendrá razón, pero supongo que, como tantas veces, estará repartida. Muchos profesores sabrán dar una buena definición de ese o de otros conceptos jurídicos porque los tienen bien asimilados a base de estudio y, sobre todo, reflexión sobre las nociones fundamentales de su disciplina; otros reproducirán acríticamente definiciones que un día leyeron y memorizaron en algún manual o tratado. Y otros, los menos (¡?), se harán la p... –o lo que sea- un lío, echarán balones fuera u organizarán una tremenda zapatiesta conceptual. Veamos algunos ejemplos –ficticios, pero no inverosímiles- de esto último.

Pongámonos en la siguiente tesitura. Una clase universitaria, con un profesor y un hato de estudiantes. Uno de éstos levanta la mano y formula la siguiente pregunta: "Profesor, usted habla todo el rato de competencias. ¿Podría definirnos qué es una competencia?" Lo primero que uno no se imagina, todo hay que decirlo, es al tal estudiante. Hace años que no veo a ninguno así, despierto, curioso y atrevido. Pero pongamos que los hubiera. ¿Cómo responderían distintos profesores de ésos –pocos- que son más bien malillos? Veamos:

A) El penalista indigesto.

Competencia es lo que el tipo legal le presupone al autor para acometer la acción en que su actuar consiste, pues todo actuar punible es un actuar competente, siendo la competencia competencia consciente, si ha de ser competencia propiamente dicha y no un puro encadenamiento de sucesos causales externos no guiados por un propósito aglutinante y directivo que se engarce en las capacidades subjetivas del sujeto, también llamadas competencias. Pero, a fin de cuentas, por mucho que la competencia del sujeto agente se presuponga y ,al tiempo, tenga que ser fácticamente probada, no deja de ser una competencia que la propia norma imputa al tiempo que presuntivamente la adscribe. Cosa distinta es que la competencia imputada lo sea como elemento de la antijuridicidad, tal como creía Bierling, o del tipo, como mantienen Stratenwerth y Rudolphi.

B) El administrativista enfebrecido.

La competencia es la propiedad que corresponde a todo órgano capaz de desplegar su potencia en un entramado de potestades normativamente sentadas y susceptibles de un control contencioso que equivale al sometimiento de la competencia del órgano potente a la competencia de otro órgano más potente, por lo que podemos hablar en todo caso de que toda competencia es orgánica y se organiza en ese terreno intermedio entre la fiscalización plena y la discrecionalidad que podemos denominar terreno orgánico-competencial. Mas en este punto la doctrina se divide y la ciencia administrativa oscila entre la teoría del órgano francés, que entre nosotros defiende García de Enterría, y otra, errónea y que no se entiende, que propugna un tal Luciano.

C) El civilista demodé.

Pongamos que A suscribe con B un contrato de compraventa de una casa. Ese contrato es, como corresponde y no podía ser menos, bilateral y sinalagmático, y en esto poco hay que añadir después de Manresa y Mucius Scevola, si bien hay quien, como Díez-Picazo, se empecina en el error de poner el acento en la causa y no en el modo. Precisamente estaba yo el otro día en el despacho de mi hermana y llegó un cliente que me conocía de cuando yo fui el secretario provincial de la Asociación de Contratos de Servicios y Obras Acabadas y... (Media hora después). Bien, prosigamos con la explicación. ¿Dónde íbamos antes de la interesante pregunta de su compañero?

D) El iushistoriador nostálgico.

Ay, la competencia. Ya lo creo. Otra cosa que se ha ido perdiendo, malditos tiempos modernos. Si echan ustedes un repaso a las crónicas albigerianas o a las cartas de San Mameo, las de antes de recluirse en el monasterio, cuando era vicealfoz del gran duque de Parpayuela, ahí van a ver lo que eran competencias de hombres hechos y derechos. Un concepto de competencia viril que traza la síntesis entre el honor y la espada y que permite campar por sus fueros al caballero, incluso en ausencia de fueros, pues no es el fuero el que hace la competencia, sino la competencia la que funda el fuero. Y fueron muchos aquellos hombres de los que hoy ya no quedan, hombres competentes, cabales, recios, que en la patria veían una madre y en cada madre una patria. Ah, tiempos idos, muchachos. Mañana continuaremos. Le agradezco mucho su pregunta sr. López, pero no puedo seguir la clase con esta emoción que me embarga y me encabrita.

E) El romanista atrabiliario.

¿Competencia dice usted? Muy bien, del latín compe..., comp... compe y tentia, que quería decir ser competente y también cumplir y... resolver. Bien, según Arangio Ruiz, que en esto diverge de Mommsem, la noción de competencia late ya en los albores de Roma, cuando Rómulo y Remo mamaban de las tetas de la loba. Como bien enseñan las ciencias de la vida, todo ser inerme entre dos tetas tiende a apoderarse preventivamente de ambas. Más, ¿qué ocurre si, al lado, otro ser en idéntica situación eleva igual pretensión? Pues que la lucha por las tetas o bien se dirime a palos o bien se zanja mediante un acuerdo o pacto de reparto, ya aboque éste a un tracto simultáneo o sucesivo. En cualquier caso, la opción por la violencia no funda derecho, ius, sino hecho bruto, factum (de donde viene “hado”, que es cuando nos pasa algo a lo que no hay derecho y decimos que es por culpa de los hados). Por contra, el pacto, como el que aconteció entre Rómulo y Remo, si hacemos caso a la tradición y a las fuentes, conduce al reparto y, con ello, a la competencia. Cuando Rómulo chupaba de una teta y Remo de la otra, ya sin disputas y a plena satisfacción de la muy loba, actuaba cada uno en la teta que le correspondía, lo que equivale a decir, la teta sobre la que tenía competencia.

F) La constitucionalista soltera.

No existen conceptos inocentes, ni siquiera los jurídicos. Todos están recubiertos de género, envueltos en género. Miren, mismamente ese de competencia. ¿A qué les suena? Suena a potencia, a que sí. Una competencia jurídica es un poder hacer, y el término poder está en nuestro inconsciente colectivo, inconsciente machista, asociado a potencia. El más potente puede más y, por tanto, será el más competente. Maravilloso ejemplo de cómo el trasfondo conceptual de nuestros sistemas jurídicos, su armazón o estructura, sigue el modelo fálico. En nociones como la de competencia se dan la mano la metáfora fisiológica del pene y la idealización jurídica del permiso, pues competente, a tenor del derecho, es el que puede hacer algo porque el derecho le da permiso; es el que no sólo hace gala de la potencia bruta –y esa es la parte fisiológica de la imagen-, sino que además se siente facultado para hacer lo que quiera con ese poder que es poder fálico, sublimado o no –y ahí es donde la idealización propia de las formas jurídicas oculta su verdadera faz de perpetuación de la dominación atávica-. Por eso las mujeres, al reivindicar nuestros derechos constitucionales en igualdad, debemos huir de esos conceptos lastrados de machismo, pues pretender que las mujeres también tengamos competencias es como el grito nostálgico por el falo que no tenemos ni falta que nos hace. Por eso la doctrina francesa, de la que soy muy seguidora después de mi última estancia de investigación en ParísIII, propone que remplacemos el concepto de competencia jurídica por el de complacencia jurídica, neutro en cuanto al género y más afín a la idiosincrasia femenina, idiosincrasia que se proyecta más hacia la ternura como co-ligación con los semejantes, que hacia la apetencia de competencia como des-ligación con el otro.

G) El iusfilósofo analítico.

Debemos distinguir distinguiendo y sin perder la distinción. El enunciado “A es competente” lo podemos representar así:

Ac

Predicamos de A la cualidad ser competente (c). Esa cualidad puede aludir (i) a atributos personales de A, como cuando decimos es un novelista muy competente. Llamemos a esta competencia competencia interna. La representaremos como Ci. También puede esa cualidad aludir a la aptitiud o capacidad de A para hacer algo, por ejemplo, escribir una novela. A posee esa competencia cuando puede escribir una novela porque sabe y además puede porque no le está prohibido. Llamaremos a esa competencia competencia externa y la representaremos como Ce.

Las situaciones competenciales posibles son, por tanto tres:

(1) A tiene competencia interna para escribir una novela, pero no la tiene externa:

Aci/-ce

(2) A tiene competencia externa para escribir una novela, pero no la tiene interna:

Ace/-ci

(3) A tiene competenicia interna y competencia externa para escribir una novela:

Ace/ci.

Sólo en este último caso se puede con propiedad hablar de que A tiene plena competencia para escribir una novela. Si representamos la novela como N, tenemos, pues:

Ace/ci ---> N

(Continuará).

04 octubre, 2006

Camba

Estos días he ido a dar con un libro fantástico. Se trata de Haciendo de República, de Julio Camba (Madrid, Luca de Tena ediciones, 2006). Se recogen artículos periodísticos de esta pluma genial publicados entre 1931 y 1938. Guasa a raudales y un castellano de primera.
Como muestra, me voy a permitir enlazar dos párrafos correspondientes a dos de esas crónicas, la primera corresponde al 19 de septiembre e 1935 (pág. 51 del libro) y la segunda al 2 de octubre de 1935. Lean:

“El 14 de julio de este año me encontraba yo en Burdeos. Fui allí desde San Sebastián con unos amigos a presenciar los dos espectáculos que se anunciaban para aquel día: revolución por la mañana y corrida de toros por la tarde. ¿Necesitaré añadir que la revolución nos dejó a todos enteramente defraudados? En realidad se redujo a un desfile ordenadísimo de gentes endomingadas que pedían, es cierto, la cabeza del coronel La Rocque pero de una manera tan correcta que, verdaderamente, daban ganas de ir corriendo a buscarla para servírsela en un plato”.

“No sé qué ventolera me ha dado a mí para que cuente ahora lo que vi en Burdeos el 14 de julio, pero, habiendo hablado ya de la Revolución, me parece casi obligatorio hablar de la corrida. En honor a la verdad, debo decir que fuimos a ella con muy pocas ilusiones y que, de no haber tenido las entradas tomadas, hubiésemos preferido prolongar nuestra sobremesa en el Chateau Trompette porque, es lo que pensábamos, si en Francia no saben hacer revoluciones francesas, ¿cómo van a saber hacer corridas de toros españolas?"

03 octubre, 2006

Reforma universitaria de perfil. Por Francisco Sosa Wagner

Cada ministro de Universidades de los últimos treinta años, más o menos, ha llevado en su cartera, junto al cepillo de dientes y la osadía, la fórmula para reformar la Universidad. La actual señora que dirige ese ministerio no podía ser menos y ya nos ameniza con sus ocurrencias que algún día habrá que analizar por lo menudo. De momento, lo que quiero destacar es la nueva terminología que se empieza a introducir, llena de hallazgos tocados por la imaginación abundosa. Esto es de admirar pues estamos en la Universidad, centro de la cultura, y que en ella se revuelva el lenguaje no debe extrañar al ser consustancial con nuestro oficio de creadores y de pensadores. Además, enriquecer el lenguaje es una gran pasión, espléndida porque se halla nimbada por lo artístico.
Una palabra nueva que recorre los campus como un ave galana y anida en rectorados, departamentos, juntas, comisiones y otras excrecencias colegiadas, es la de “perfil”. Hay que reconocer que esta palabreja ha engordado mucho en los últimos tiempos si nos atenemos a las distintas ediciones de los diccionarios al uso. ¿Quién había creído que las palabras no engordaban o adelgazaban? Pues naturalmente que así ocurre, como es usual en todo ser vivo. Se hinchan a base de usarlas en las novelas y relatos, y otras veces adquieren alas cuando se las mete en un poema bien inspirado. Las palabras a veces están musculadas y fibrosas y esto sucede cuando han sido usadas por esos escritores raros que meten los adjetivos en el horno y esperan pacientes la cocción, en otras ocasiones, por el contrario, las palabras son fofas, están como fondonas, consecuencia del manoseo de ese escritor manazas que esparce tópicos y al que habría que fusilar al amanecer, justo cuando las palabras están dormidas. Esos que escriben cosas como: “me levanté, tomé el desayuno, llamé a Purita ...” y en ese plan cuartelero.
Pero no me quiero perder precisamente manejando las palabras, porque estábamos en que “perfil” es vocablo de moda. Que como hay una pasarela de señoritas que andan raro y visten estrambótico, hay una pasarela de las palabras para que el hablante pueda mimarlas en casa. Perfil se ha usado mayormente para designar aquella postura que no deja ver más que un lado de la cara. Los más cultos sabían que es un adorno de bordado o algo así y que en geometría también tiene su significado específico. Pero el tránsito a otros campos es lo que realmente atrapa. Así, se habla de que tal sujeto tiene perfil de ejecutivo y con ello se quiere designar a una persona que sabe de ventas, balances, opas y derecho mercantil. Hay otros que tienen perfil de hipoteca, son quienes se hallan abrumados por las deudas, circunstancia que se refleja en unos semblantes aceitunados y perfilados. Y, ahora que se acercan las elecciones, a muchos se les pone perfil de candidato porque se les ve, ojerosos, en un sin vivir hasta que el dedo democrático que rige el partido le introduce en la lista redentora.
Pero nunca se había llegado tan lejos como en el caso de la reforma universitaria que se avecina. Porque, gracias a ella, los “campus” se preparan para ser “perfiles de demostración y movilidad”. ¡Ahí es nada! Campus, que debe de venir de campo, de vacas, de hierbas, de pastores y ganados, es palabra que se urbanizó y ennobleció cuando se la vinculó nada menos que a la Universidad, en efecto, situada fuera puertas, en el campo. Pero es que ahora este condenado campus ya no se conforma con ese recorrido triunfal porque quiere además tener perfil “de demostración y movilidad”. Un campus móvil parece un oxímoron pero ¿se van a arredrar los reformadores universitarios ante las figuras retóricas? Se las ponen por cabrera, perdón, por montera.

Las ideas y las maneras

Da un poquillo de tristeza ver, una y otra vez, en qué van a parar tantas miras puestas en políticos progresistas y de anterior trayectoria intachable. El último caso es el de Lula. Hoy mismo un editorial de El País canta algunas verdades difíciles de negar.
Lula, una de las pocas esperanzas serias que a la izquierda le quedan, o le quedaban, en América Latina, acaba de recibir un sopapo de su electorado. Imagino que muchos brasileños estarán haciéndose la misma reflexión que aquí nos ocupaba hace algo más de una década: éste si no es corrupto, es tonto; y no se sabe qué será peor. No entiendo qué les ocurre a estos líderes “populares” –aquí el calificativo viene más a cuento que en el apellido de ciertos partidos- cuando se aposientan durante un tiempo en poltrona con mando en plaza. Parece que los puede la soberbia, que los ahoga la vanidad.
Cómo no recordar a Felipe González. Primero le da la vuelta al país y lo pone a funcionar como nunca se había visto, bien es cierto que caminando por donde ya habían desbrozado lo suyo los de UCD antes de hacerse el harakiri. Luego, se endiosa, se atonta o se retuerce y se rodea de delincuentes profesionales, tramposos consumados, chorizos de la más baja estofa en muchos casos. ¡Y pensar que iba a hacer ministro de Interior al Roldán aquel que era un farsante sin más oficio ni beneficio que la estafa y el timo ramplón! Por si fuera poco lo de semejante cuadrilla, propia de Alí Babá, acabó su Gobierno por mancharse también en asesinatos. Razón de Estado cutre, chapuza sanguinaria, sucios servicios especiales de puteros y horteras con pistola. Pues como si nada, el Señor Presidente impasible el ademán, apuntando al mensajero, poseído por la santa ira contra los críticos y denunciantes en lugar de contra los que le estaban segando la hierba bajo los pies a base de variados latrocinios.
¿Y Lula? Pues viendo cómo caen, uno tras otro, sus colaboradores más cercanos, pillados todos con las manos en la masa, moviendo dinero a paladas para comprar votos parlamentarios, ganarse adhesiones o pagar dudosísimos espionajes sobre la vida privada de los rivales políticos. Lula insiste una y otra vez en su radiante inocencia y en echarle la culpa a los amigos de más confianza que acababa de nombrar, en cada caso, para los cargos más cercanos. Ni un reconocimiento de responsabilidades propias, al menos por omisión del deber de cuidado; ni una disculpa que no sea con la boca pequeña. No va quedando más remedio que pensar lo que en su día creímos del otro: si no es sucio, es idiota; se la mete doblada cualquier zascandil de tres al cuarto; está atontado, no se entera de nada y, para colmo, pone pucheros y monta lloreras de niño consentido.
Es una pena, desde luego. Pero ¿qué les pasa? ¿Acabaremos teniendo que admitir, a fuerza de golpes y desengaños, que es más fiable el gobernante rico por casa, al que le tientan menos los lujos y los brillos sociales, pues los disfruta sin necesidad de auparse al Gobierno? ¿Será verdad, maldición, que el que toda la vida mandó, ya sea sobre criados u obreros, se pirra menos por ese plus de poder que la política regala? No sé, cuesta creerlo. Pero, al paso que vamos, algo tendremos que pensar, alguna explicación habremos de buscar.
Puede que lo más razonable sea avituallarse de pesimismo antropológico y obrar en consecuencia. Quiero decir que conviene romper la engañosa ecuación entre ideología y actitudes personales. De la honradez como atributo ontológico de la izquierda no queda ya ni rastro, asumámoslo; de la derecha tampoco, pero no se confiaba tanto por ese lado. Conozco tantos cretinos y descuideros de un lado como del otro, tanto monta. Esto no es razón para proclamar el fin de las ideologías ni para abandonarse al pensiero debole, sino para poner las cosas en su adecuado sitio. Esto es, que al tiempo que alentamos las ideas de justicia social que mejor nos cuadren, unos y otros, los de la izquierda y los de la derecha, estamos muy atentos a la hora de encomendar tareas y fiar responsabilidades. Ni un maldito cheque en blanco, ni un puñetero apoderamiento general, control estricto de cada actuación de los políticos de nuestro bando y mano dura a la primera sospecha de que nos la van a dar con queso. En suma: todo lo contrario de lo que está pasando. Pues lo que está pasando es que cualquier cretino sin muchas luces y más falso que rector en campaña se aúpa al poder y lo dejamos que haga y deshaga, meta y saque, ponga y quite nada más que porque, supuestamente, es de los nuestros y peor lo harían “los otros”. En las cosas de política, invirtamos el refrán. En lugar de aquello de al enemigo ni agua, esto otro: al amigo en el poder, ni una maldita confianza. Y, si nos defrauda, a la puñetera calle; porque no nos merece.
El ladrón, el desleal, el mentiroso, el falsario, el aprovechado, el arribista, el zampabollos, el llorica, el desalmado... jamás podrán ser de los nuestros. Si es que nosotros en algo nos queremos.
Si yo fuera brasileño no sabría qué votar, pese a la hermosa esperanza que Lula representa. ¿O representaba? Creo que votaría en blanco.

02 octubre, 2006

Uy, qué Uni más guay.

Oh, qué contento estoy. Gaudeamus. He visto la luz. Andaba yo, tonto de mí, taciturno y cabizbajo, interrogándome sobre los destinos de la Universidad española ahora que otra vez le van a meter mano por la parte de las reformas. ¿Empeorará el profesorado?, ¿bajará todavía más el nivel intelectual de los estudiantes?, ¿se harán los PAS con los rectorados? ¿aumentará la autonomía de las universidades? Tamaños temores me embargaban cuando, aleluya, cayó en mis manos el documento ministerial que nos explica por dónde van los tiros y que, con ello, nos tranquiliza para siempre. Se autoproclama “documento de trabajo” y se titula “Propuesta” para “La organización de las enseñanzas universitarias en España”.
Tiene miga. Y no por lo que dice, que en su mayor parte no se entiende, y lo otro mejor sería no comprenderlo, sino por cómo lo dice. Cuando uno era jovencillo, por redactar así lo podían suspender en selectividad. Ahora con el mismo estilo se llega a alto cargo del Ministerio de Educación y Ciencia. Nos democratizamos, no cabe duda.
¿Que si es maledicencia lo de un servidor? Ja. Ténganselas ustedes con este párrafo y luego me cuentan. Es el párrafo 8 y pertenece al epígrafe 2, titulado “Estructura general de las enseñanzas universitarias”. Lean despacio:
Las enseñanzas universitarias se configurarán de forma que atiendan el doble objetivo de proveer tanto de formación universitaria inicial como de formación permanente (formación a lo largo de la vida). La estructura de las enseñanzas debe permitir, por lo tanto, la oferta de enseñanzas orientadas a la formación inicial, a la formación inicial y permanente de forma simultánea, o también a un tipo de enseñanza exclusivamente destinada a la formación permanente”.
No me digan que no es una joya, una pieza de museo. De museo del disparate, tal vez. O de antología de la metafísica chusca. Se les fue la olla, porque, si no, a ver cómo se explica semejante verborrea y tal desaguisado conceptual. Probemos a poner un poco de claridad en tan divertido batiburrillo, y resaltemos los más ingeniosos hallazgos que ahí se contienen:
a) La formación permanente es formación a lo largo de una vida. Está bien, sí, porque en caso contrario no sería tan permanente. Sería como las treguas; ya me entiendes.
b) Si los tipos de formación son la inicial y la permanente, el perpetrador del texto tiene mucha razón al establecer las tres posibles combinaciones: inicial a secas, permanente a secas e inicial y permanente a la vez. Se habrá quedado a gusto después de tal excelente deposición. Es como lo de las estaturas de la gente, pongamos por caso: hay gente baja, gente alta y gente baja y alta simultáneamente. O como lo de los sexos; pero ésos son hermafroditas y no sé si servirá la comparación.
c) Ay, amigo, pero la ontología es traicionera y la lógica implacable. Pues en el aire quedan flotando inquietantes cuestiones. ¿Cabe una formación permanente que no haya tenido inicio en una formación inicial? ¿Es el inicio de lo permanente parte de la permanencia o se inicia ésta cuando aún no permanece? Si existe enseñanza exclusivamente destinada a la formación permanente ¿es porque la formación permanente no tiene inicio? Y lo más importante: cómo es una enseñanza orientada a la “formación inicial y permanente de forma simultánea”? ¿Es la que se inicia con vocación de permanencia? ¿Es la que permanece como al inicio? ¿En qué se le nota a una formación inicial que es permanente simultáneamente, no como otras que no son más que iniciales, la muy bobas? Para colmo: ¿cómo pueden ser simultáneos el inicio y lo que permanece?
Al grano: ¿alguien sabe a quién pertenece la cabeza que parió esta cosa? ¿Fuma? ¿Bebe? ¿Se mete algo? ¿De quién es primo? ¿Anda entre Calvo y Sotelo?

Menos mal que sí quedan muy claras las diferencias formativas de los tres niveles o fases en que se va a dividir ahora el periplo universitario: Grado, Máster y Doctorado. Reparen en la precisión con que se separan las capacidades y competencias que en cada uno se han de cultivar. Paciencia, es largo pero merece la pena, pues se pasa mucha risa. Iré haciendo algunas interpolaciones de mi cosecha entre paréntesis; no puedo aguantar hasta el final, lo siento.
Según el párrafo 23 del documento, “...las competencias que indican la consecución del título de Grado se otorgan a los alumnos que:"
(Vamos a ver, vamos a ver: cómo es eso de que las competencias se otorgan. Imagino que esas competencias son las que se requieren –se requieren, no se otorgan, carajo- para que el título se otorgue. Otro cuatro en redacción para los que nos van a hacer sabios a todos en la uni. Bien).
- "hayan demostrado poseer y comprender conocimientos en un área de estudio que parte de la base de la educación secundaria general, y se suele encontrar a un nivel que, si bien se apoya en libros de texto avanzados, incluye también algunos aspectos que implican conocimientos procedentes de la vanguardia de su campo de estudio;"
(Como diría cualquier estudiante: pero, ¿basta con el manual o hay que ampliar? Bonito también el viaje que les cae sin querer a los autores de libros de texto para las carreras. Se confirma, por vía ministerial nada menos, que no están actualizados, que andan por la retaguardia del conocimiento).
- "sepan aplicar sus conocimientos a su trabajo o vocación de una forma profesional y posean las competencias que suelen demostrarse por medio de la elaboración y defensa de argumentos y la resolución de problemas dentro de su área de estudio;
- tengan la capacidad de reunir e interpretar datos relevantes (normalmente dentro de su área de estudio) para emitir juicios que incluyan una reflexión sobre temas relevantes de índole social, científica o ética;
- puedan transmitir información, ideas, problemas y soluciones a un público tanto especializado como no especializado;
- hayan desarrollado aquellas habilidades de aprendizaje necesarias para emprender estudios posteriores con un algo Grado (sic) de autonomía".

Se ve, por la mayúscula final, que los títulos de Grado son de dos clases: normales y de autonomía. A lo mejor estos últimos son los que se imparten en las nacionalidades.
Esta maravillosa retahíla vacía es testimonio fiable de que el fulano/a que la redactó es un/a cachondo/a. Pero si apartamos un momento las sonrisas y queremos hacer la síntesis de lo que para la obtención del título de Grado se exige, podemos hacernos tres ideas, no se si alternativas o complementarias:
a) Que para alcanzar el título de Grado hay que saber lo necesario para poder hacer luego el Postgrado. En esto el último punto citado es inequívoco y se agradece esa rotundidad sin par.
b) Que para lo mismo se han de haber entendido algunas cosillas y que conviene que el estudiante sepa explicar algo de eso que entendió, pues, en caso contrario, ¿cómo sabríamos que lo entendió?
c) Que el estudiante hasta pueda formarse alguna opinión o juicio sobre tales asuntos, opinión o juicio no necesariamente certeros, pues nada se exige al respecto en el punto tercero de los mentados. El caso es que se le vengan ocurrencias y no se quede como lelo y sin decir nada, hijo, que a veces parece que estás atontao, tú habla..
A ver quién es el guapo que suspende a un estudiante cuando el engendro este esté en vigor. No, que mire, que mi hijo dice que él estar estaba y hablar habló. ¿Y qué fue lo que dijo? ¿Cómo que qué? ¿Y eso qué importa? Ah, perdone, su hijo es una máquina, oiga. Tiene notable, concretamente 7,826. ¿Y no le va a poner el 8? Bueeeeno, pues 8; ale, a tomar por ahí.
No perdamos de vista el rigor, la precisión, propia de un auténtico cirujano de los conceptos, con que este redactor excitado señala los requisitos para hacerse con el título de Máster. Comparándolos con esos anteriores del Grado las diferencias saltan a la vista de cualquier ciego. Vean:
"Las competencias que indican la consecución del Título de Máster se otorgan (y dale con el lío de las competencias y los otorgamientos) los alumnos que:
- hayan demostrado poseer y comprender conocimientos que se basan en los típicamente asociados al primer ciclo y, (sic) los amplían y mejoran, lo que les aporta una base o posibilidad para ser originales en el desarrollo y/o aplicación de ideas, a menudo en un contexto de investigación".
(¿Han visto esa coma donde coloqué el “sic”? Jejejeje, estamos buenos. Ministerio de Educación. Y yo con estos pelos, sin depilar ni nada. Ay, qué sofocos se me vienen, hija. El razonamiento, de todos modos, es implacable: tú demuestras que tienes conocimientos basados en los típicos del Grado, pero que no son los mismos, pues si fueran los mismos ya no serían basados en ellos, serían los mismos. Pero los amplías y los mejoras y ya puedes ser original. Oye, y hasta investigar si te pones. Ea, pues).
- "sepan aplicar los conocimientos adquiridos y su capacidad de resolución de problemas en entornos nuevos o poco conocidos dentro de contextos más amplios (o multidisciplinares) relacionados con su área de estudio".
(Por qué no pondrán un plano o, al menos, un esquema majo de todo esto. Porque, vamos a ver, el tema debe de ser más o menos tal que así: el estudiante tiene que ser capaz de resolver problemas, pero en entornos que sean nuevos y que estén en un contexto más amplio, inclusive multidisciplinar. Pero, eso sí, todo ello relacionado con su área de estudio. ¿Va pillando usted la muy sutil y aguda diferencia entre entornos y contextos? ¿Y entre contextos y áreas? Mas repárese también en que la capacidad de resolución de problemas no la tienen los estudiantes que han adquirido conocimientos, sino los conocimientos mismos. ¿O no es eso lo que indica la muy exquisita redacción?
Y luego dicen que el pescado es caro. Si a estos les pagan por tales paridas, ¿cuánto debería ganar un pescador de besugos?).
- "sean capaces de integrar conocimientos y enfrentarse a la complejidad de formular juicios a partir de una información que, siendo incompleta o limitada, incluya reflexiones sobre las responsabilidades sociales y ética vinculadas a la aplicación de sus conocimientos o juicios".
(Ay, rediez, cómo se agota uno a través de tales encadenamientos de cosas que no se sabe lo que son. Pero lo más interesante es la petición de que los conocimientos sean integrados, lo que probablemente indica que en el nivel anterior, el Grado, pueden ser desintegrados sin que pase nada. Además, queda muy clara igualmente la diferencia entre información y reflexión, desde el momento en que se nos habla de una información que incluya reflexiones, pero nada se nos dice de una reflexión que incluya informaciones. Diáfano).
- "sepan comunicar sus conclusiones –y los conocimientos y razones últimas que las sustentan- a públicos especializados y no especializados de modo claro y sin ambigüedades".
(Se vuelve a hacer hincapié en un requisito interesante, pues, si no saben comunicar lo que saben, ¿cómo sabríamos que lo saben? Ésa es buena, no me digan que no).
- "posean las habilidades de aprendizaje que les permitan continuar estudiando de un modo que habrá de ser en gran medida autodirigido o autónomo”.
(Con este embotamiento propio de la hora de siesta, me pregunto yo: ¿deben poseer habilidades de aprendizaje o deben haber aprendido algo a base de usar esas habilidades? Porque habilidades de aprendizaje yo, por ejemplo, creo que las tengo bien buenas para el punto de cruz y el macramé, pero hasta ahora no las he utilizado mayormente. ¿Podría sacarme un titulillo de todos modos?).
Por último, tachán, el grado de Doctor para los más listos de los listos; o los parientes. Sus exigencias vienen en el párrafo 46. Léanlo si quieren, que yo ya me cansé de copiar gilipolleces. Es todo así.
Mientras la Universidad, o la educación en general, siga en manos de los más lerdos, los más zánganos, los más incultos, los más descarados, los más presumidos y los más vacuos, todo está perdido. Es decir: todo está perdido. Irremisiblemente. El que redactó el documento de marras no pasaría un examen serio en ninguna Universidad que también fuera seria. Ni la ESO acabaría. Que me dejen hacerles un dictado de una cuartilla a todos los altos cargos del Ministerio, please. Si por cada diez sujetos hay menos de diez faltas, pago la cena yo, palabra. Pero si hay diez o más, que se vayan para casa, que se vayan a tomar vientos, que no nos toquen más las narices con sus horteradas, que no nos depriman más con su desvergüenza.
Compañero profesor, querido colega: Si amas la Universidad, mátala. Por su bien. Para que no sigan abusando de ella, maltratándola, torturándola, todos esos bárbaros, tantísimos bárbaros. Después de tantos siglos y tantos frutos, no merece acabar así, como puta por rastrojo.¡Eutanasia para la Universidad ya! ¡Conocimiento libre! ¡Docencia en los bares! ¡Escupe a un pedagogo!

01 octubre, 2006

Biografías

Si pudiéramos colarnos en las biografías de esos negros subsaharianos o de esos ecuatorianos de rasgos indígenas, los veríamos de otro modo, los entenderíamos, funcionaría la empatía. No como esto que nos pasa, que los percibimos opacos, misteriosos, ajenos.

Es normal, qué sabemos de ellos. Generalidades, lugares comunes, clichés. Por ejemplo, que en todos sus pueblos hay una sola vaca flaca y muchas moscas y unas mujeres que muelen el grano a golpes para hacer tortas. Todas esas imágenes los homogenizan, les niegan la individualidad. Sí, que nacieron en la pobreza, que en sus aldeas se pasa hambre, que tienen extensas familias que esperan cada vez su remesa para poder comer, que se padecen allá crueles injusticias y desgracias frecuentes. Pero no es saber bastante ése que es saber de todos y de ninguno, como si los hicieran en serie, como si fueran objetos industriales.

Si lográramos conocer algo más preciso de alguno, serían diferentes nuestras sensaciones. Escuchar a unos cuantos desgranar sus biografías, sus peripecias, las circunstancias que hacen a cada cual distinto y único. Pero cara a cara, no embutido en una pantalla y atado con un guión. Qué historias increíbles nos estaremos perdiendo, cuánta aventura, tamañas moralejas, qué buenos motivos para la reflexión y qué alimento para la sorpresa y la solidaridad.

Pero cómo comunicarse con ellos, si ya tampoco lo hacemos con nuestros compañeros de siempre o con los vecinos de toda la vida. De dónde sacar la ocasión y los minutos, si ya no nos importa más drama que el que sea televisado -impostura a tanto alzado muchas veces- ni otra vida que la del famoso, que la tiene impúdicamente pública y con contrato de imagen.

En estas sociedades rehuimos las relaciones individuales y el otro nos importa únicamente cuando es público, cuando lo que de él se sabe es de conocimiento general y podemos solazarnos al comentar “ayer comí con Fulano”, igual que si contáramos que entramos en la catedral o nos tumbamos en un rincón de la playa. Es otra manera de negar nuestra propia individualidad a base de ignorar la ajena, es la pereza de formarse juicio propio sin el metro común. Así no nos vemos en la tesitura de tener que ponernos en el lugar del otro para comprenderlo, pues nuestro lugar es el lugar genérico de los otros, sin distinción; es donde nos ponen los demás y nos ponemos con los demás, alineados y alienados, igualados, uniformados, masa.

Y creemos que sabemos de las cosas. De esos negros con los que esta mañana de sábado me voy cruzando por las calles de Madrid, por ejemplo. Ni una ocasión ni un disposición para hablar con ellos, pero no importa, pues hemos leído reportajes periodísticos salidos del telar de la información general, esa información que aplana los cabos o los filos de cualquier noticia para que todos la podamos digerir igual y sin trastorno; o hemos visto algún documental en que un inmigrante se representa a sí mismo conforme a un guión que lo hace negarse para que sirva de símbolo de todos ellos. Con eso ya nos damos por enterados y con semejante sopa de tópicos no percibimos lo que por incomunicación perdemos.

El discurso establecido nos ensordece, las imágenes convencionales nos ciegan, los medios de comunicación nos incomunican. Sería mejor hablar, sencillamente hablar. Hablar con ellos. Hablar con cualquiera.

Echándole cuento. La conferencia.

Ella hablaba y hablaba, bien tiesa tras el atril, dominadora. Yo miraba a Alfredo, sentado en primera fila, y lo veía desde atrás asentir e inclinar levamente los hombros cada vez que terminaba una frase con brillantez. Llevaba más de treinta minutos de disertación y no parecía que el tiempo la preocupara; tampoco al público.
Mis ojos saltaban entre ella y Alfredo. Ella había posado un instante su vista en mí, al comienzo, y con eso yo ya sabía que Alfredo me tenía presente. Podía adivinarle cada pensamiento, cada idea que le bullía. Y me sentía bien, al fin.