17 agosto, 2009

Encuestas

(Publicado en El Mundo de León el 22 de julio)
Tal vez sería buena idea que los periódicos publicasen en la sección de humor los resultados de las encuestas, pues suelen ser la mar de chistosos. Mismamente, hace poco leí que, según una de ellas, siete de cada diez ciudadanos preferirían que España tuviera más influencia en el mundo. Sorprendente del todo. Los raros seguramente son esos tres de cada diez a los que les trae al fresco tan inteligente cuestión. Es como si a uno le plantean si le gustaría tener un romance tórrido y secreto con Scarlett Johansson o Angelina Jolie. El noventa por ciento de los varones dirían que sí y que dónde hay que firmar, y el uno por ciento restante, todos casados, se callaría por no fiarse del anonimato de los resultados.
También son muy graciosas ésas en las que se interroga al personal sobre qué institución le parece más respetable. En la última salía que los españoles tienen en la más alta estima al CNI, el Centro Nacional de Inteligencia. Es curiosísimo que aparezcan esa pregunta y ese resultado precisamente cuando el jefe de los agentes secretos acaba de dimitir, acusado de ser un poco desvergonzado y de aprovechar el cargo para que sus anacletos le limpien la piscina y lo ayuden a pescar en los mares del Sur. Pero, además, qué diablos saben la mayoría de los posibles interrogados qué es el CNI, vamos a ver; por no hablar de que, si es la agencia de los espías, lo normal es que no nos enteremos de nada.
Otras buenísimas son las que versan sobre las mayores preocupaciones de los españoles. Al día siguiente de la noticia de que el paro aumentó una barbaridad, la gente responde que es el paro lo que le quita el sueño por encima de todo. Pasan dos meses, informa el ministro de turno que hay diez mil parados menos este mes, y lo del desempleo para a ser la preocupación tercera. Se produce un atentado de ETA y el terrorismo aterra más que nada, según los últimos sondeos. A las tres semanas de calma, queda en segundo lugar y los mayores quebraderos de cabeza se los da al pueblo otro asunto que fue noticia ayer.
A lo mejor lo que en el fondo se pretende con todos esos tejemanejes sociológicos es demostrar que somos unos veletas y que bailamos al son que nos toca la tele. Y demostrado queda, seguro.

16 agosto, 2009

El Derecho es un misterio. 3. De la libre valoración de la prueba a la libre creación de la norma

No será raro, vista la marcha de la teoría jurídica y de la jurisprudencia, que dentro de un tiempo se explique como una libre valoración personal la elección por el juez de la norma aplicable a los casos que resuelve, de la misma manera que ahora se explica el paso de la prueba tasada o legal, de antaño, al principio de libre valoración de la prueba que rige modernamente. Expliquemos esto último resumidamente para los legos.
Cuando un juez enjuicia un hecho (por ejemplo, si A mató a B) su juicio dependerá en primer lugar de que se establezca que tal hecho ocurrió o no. Es decir, los hechos sometidos a juicio deben ser probados. Es como en la vida ordinaria. Si a mí me cuentan de buenas a primeras que vieron a un amigo mío destruyendo a patadas mi coche, lo primero que pediré serán que se me dan pruebas de tal conducta, no vaya a ser pura maledicencia. Y, vistos los datos con que se refuerce aquella afirmación, concluiré, con mayor o menor seguridad, que es cierto o no. Lo mismo sucede cuando a un juez se le dice aquello de que A mató a B. Primero tendrá que apreciar indicios de verosimilitud para procesar a B, y luego, en el proceso, tendrá que ver si hay pruebas o no de tal conducta. Pues bien, hubo un tiempo en que para esto regía el referido principio de prueba tasada. Significa eso que el juez tenía que dar un valor predeterminado a las pruebas que se aportaran. Por ejemplo, si dos nobles testificaban que lo habían visto, dicho testimonio iba a misa sin más y el juez debía concluir que probado quedaba el hecho.
De ese sistema de prueba tasada se pasó en el Derecho moderno al de libre valoración o libre apreciación de la prueba por el juez. Sean cuales sean las pruebas que en el proceso se manejen, su valor y fuerza de convicción depende de la personal y honesta apreciación del juez; esto es, el juez tiene que estar subjetivamente convencido de que A mató a B, lo afirme Agamenón o su porquero. Esto, naturalmente, aumenta de modo considerable la libertad del juzgador a la hora de condenar o absolver o de dar la razón a una parte o a la otra en el proceso.
Sin embargo, lo que sí se ha mantenido hasta hoy, al menos en la letra de la ley y en la teoría, es el principio de vinculación del juez a la ley. Tal cosa significa que, sentado que el hecho en discusión sucedió, el juez no puede decidir lo que le dé la gana, lo que más apropiado le parezca, sino que ha de atenerse a lo que para el caso probado disponga una norma del sistema jurídico, siempre que tal norma exista. Si se declara probado que A mató a B, la pena aplicable tendrá que encajar dentro de los márgenes que a ese propósito y para el correspondiente delito disponga la ley penal, no puede guiarse por lo que a él le pida el cuerpo o le dicte libremente su conciencia. Cosa distinta, pero que no puede dejar de mencionarse, es que los términos de las normas siempre pueden ser más o menos vagos y que, en la misma proporción, el juez disponga de márgenes de discrecionalidad para interpretarlos. Pero límites existen en cualquier caso, unas veces más precisos y otras más abiertos.
Lo que pasa hoy en día es que muchos profesores de Derecho y muchos jueces no se conforman con esas dosis de discrecionalidad, sino que se dice que lo más importante es que la decisión del juez para el caso se corresponda de la mejor manera con una serie de principios morales que, al parecer, las constituciones recogen con el propósito de que sean el faro que guíe por encima de todo las sentencias. A fin de cuentas, se pretende que las sentencias sean juntas antes que nada, y antes que sometidas a los términos de la ley. Dicen muchos que eso es lo que manda la Constitución, pues interpretan que la vinculación del juez es al Derecho y que del Derecho forma parte esencial, y en su cúspide, el mandato de justicia de las decisiones. Y como lo que determine la justicia para cada caso no está escrito en ninguna parte ni publicado en ningún Boletín Oficial, habrá de ser el juez el que lo averigüe. ¿Y cómo lo hará? Valorando libremente, con gran honestidad y tremendo esfuerzo intelectual, sin duda, pero libremente. Ese juez tendrá que pensar que, por estar sometido al Derecho, está ligado a la norma central de éste, que es el mandato de justicia, y deberá ponerse a meditar por su cuenta cuál es la solución más justa para el caso que tenga entre manos. Si esa solución más justa es contraria a la que marca la ley, peor para le ley, pues habrá de ser la justicia la que impere: lo que al juez, de buena fe, le parezca justo. De esa manera, llegamos a que también para la selección de la norma aplicable a la resolución del caso regirá la libre valoración del juez, pues éste se podrá inventar esa norma nada más que por estar convencido de que es la buena, la justa. Se alcanza así el principio de libre valoración de la norma aplicable, en el sentido más fuerte y radical de la expresión. Y decimos “inventar”, aunque los que opinan que los contenidos de la justicia están ahí fuera perfectamente visibles para el que tenga dos dedos de frente y no sea un pervertido moral, de modo que el juez no inventaría esa norma con la que decide contra la ley, sino que la encuentra y la aplica. Pero a algunos no nos convence esa fe en la visibilidad de lo invisible y en la aptitud privilegiada de los sacerdotes de la justicia, los jueces, para ver mejor y más allá que el legislador democrático, que se supone que somos todos.
Más de uno dirá, y yo entre ellos, que de esa manera se van al carajo un montón de principios constitucionales, principios precisamente: el de soberanía popular, el democrático y el de vinculación del juez a la ley. Pero a lo mejor (o a lo peor) dentro de unas décadas se considera que no eran más que expresión de ideologías tan retrógradas e inhumanas como aquellas que inspiraban el sistema de prueba tasada. Se explicará entonces que el principio de vinculación a la ley no era más que el reflejo de una sociedad de castas en la que los políticos suplantaban al pueblo y fingían legislar en su nombre. Puede que algo de esto haya, pero los escépticos seguimos sin entender cuál es la ventaja de reemplazar la casta de los políticos por la casta de los jueces, y más cuando, ya puestos a poner los puntos sobre las íes, observamos a diario que los jueces, especialmente los de los más altos tribunales, están cada vez más controlados y condicionados por los políticos y los partidos dominantes. Parece ingenuidad creer que cambiando los collares al perro, o sustituyéndole el collar por una toga, vaya a comportarse distintamente. Pues bien se sabe que aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Al fin y al cabo, al legislador dizque democrático lo controlan los electores, al menos en teoría (en la teoría que dispone la Constitución, por cierto), pero a los magistrados del Tribunal Supremo y del Tribunal Constitucional no; a esos no los controla ni Dios, si bien a menudo los llaman por teléfono el Presidente del Gobierno o alguno de sus delegados.
Si las cosas siguen así, yo de mayor quiero ser juez, aunque no sé si me va a dar tiempo. Y tal vez no soportaría las presiones de los poderes establecidos para que aplicara, en los casos que a esos poderes les importen, la justicia que a ellos más les convenga que, por supuesto, será la más sagrada y absoluta de las justicias. Razón por la cual es más que obvio que no voy a terminar mis días en tan solemne oficio.
Ya sé que alguno me podría responder que el juez no puede simplemente decidir como se le antoje, sino que debe argumentar convincentemente sus valoraciones. A lo que cabría responder que si se trata de que la libre valoración de la norma se argumente tan racional y exigentemente como hoy en día se argumentan las valoraciones de las pruebas, aviados estamos. En estos tiempos, la arbitrariedad se disfraza de razón práctica, y tanto más se disfraza cuanto más se practica la arbitrariedad de la razón.

15 agosto, 2009

¿Qué está pasando con los niños?

Hoy quiero hablar bastante en serio, aunque alguno pueda pensar que voy de broma y por mucho que alguna expresión de guasa se me escape, pues tampoco se trata de dramatizar más de lo razonable. Tengo dos hijos estupendísimos, un chaval de veintiséis años que siempre ha sido muy buena gente y que me llena cada día de orgullo, y una pequeñina guapa, vivaz y simpática a más no poder. Sobra explicar que daría la vida tranquilamente por cualquiera de los dos. Pero, dicho esto, quiero plantear unas cuestiones que deberían ser auténticos interrogantes que ocuparan a la ciencia actual.
Mi peripecia vital y mi experiencia me dan una perspectiva comparativa que no es para echar en saco roto, me parece a mí. Además, no hablo sólo ni principalmente de mis particulares vivencias, sino también del ambiente general y las sensaciones comunes entre los padres hace un cuarto de siglo (¡cielo santo!) y de ahora mismo. Ya se imaginarán a qué me refiero: los niños se han hecho mucho más complicados últimamente. Ya sé que tendrá mucho que ver con las actitudes de los padres, que cada caso es un mundo y tal y cual. De acuerdo. Pero yo, poco más o menos, sigo siendo el mismo, y tampoco me parece que debamos aceptar sin más que el mundo a mi alrededor haya cambiado tantísimo, aunque concedo que el personal se ha vuelto, por término medio, más flojo y acoquinado. Pero, en cualquier caso, insisto, los pequeñajos también salen ahora de otra manera, si se permite una nueva generalización. Y a lo que quiero ir a parar es a los porqués. Desmenucemos el asunto.
Por un lado, la mayoría de los enanos de hoy están como motos. Las consultas de los psicólogos se llenan de niños diagnosticados como hiperactivos. Otros no darán para ese diagnóstico, pero se las traen de todos modos. Se aceleran, no se concentran, no se aguantan ni a sí mismos, se agobian ellos solos, lo primero que aprenden a decir es mecagoenmipadre y salen cual si vinieran directamente de la selva o de la mismísima Atapuerca, aunque no se me escapa que en la selva no dan tanta guerra y que los de Atapuerca seguramente eran más pacíficos, entre otras cosas, a lo mejor, porque al inquietísimo se lo comía un oso de las cavernas, y problema resuelto. ¿Necesitaremos osos o será que se han dado de baja el hombre del saco y el coco? No sólo se trata de lo que yo vivo, sino que es tema repetido en conversaciones con compañeros y amigos a los que tengo por personas equilibradas y poco dadas a la exageración o la histeria de progenitor inmaduro. Humildemente confieso que hasta hace un par de años los escuchaba con muchas reservas interiores y soberbiamente convencido de que eran unos pobres diablos sin aptitudes para el trato con sus bestezuelas. Ahora, como me joroba aplicarme a mí mismo semejante veredicto, empiezo a pensar que algo más serio nos está pasando a todos; es decir, que algo más preocupante les ocurre a nuestros vástagos. Aunque también he de conceder que quizá es el cambio en las formas de vida lo que facilita la catástrofe, pues cuando no había tiempo ni ocasión para tantos miramientos el problema se zanjaba porque no llegaba ni a plantearse. Con todo y con eso, tiendo a pensar que no es explicación bastante del desaguisado actual.
Por otro lado, hay un asunto que, ese sí, es objetivo y no depende de las psicopatías de los progenitores. Me refiero al aumento alarmante de las enfermedades autoinmunes en los niños. Sorprenden los datos que vemos en los libros y que nos repiten los médicos, la progresión geométrica de la celiasis, por no hablar de idéntico crecimiento de todo tipo de alergias e intolerancias infantiles: a la lactosa, al huevo, a mil cosas. ¿Que antes no se detectaban esos males y simplemente se morían? No lo creo. No tengo memoria de que en mi pueblo se muriera ni un solo niño. Será poca muestra, no digo que no, pero también creo que en otras culturas y en ambientes menos desarrollados la mayor mortandad infantil no se debe a eso.
Y ahora las preguntas que tendrían que tratar de responder los científicos, subvencionados para sus proyectos de investigación sobre ese tema y no sobre mamonadas como el desarrollo sostenible o la resistencia de los materiales no humanos. Primera, ¿hay alguna relación entre esas dos cuestiones que acabo de mencionar, los desarreglos psíquicos y físicos de las criaturas? Segunda y principal, ¿es posible detectar alguna causa empírica de lo uno y de lo otro y, si es el caso, del aumento en paralelo de ambos problemas? Mira que si es todo culpa del puto ácido fólico o de los cursillos preparto de las mamás... ¿O será consecuencia de la histeria con que hoy en día se acoplan tantas parejas que quieren reproducirse porque si no tienes hijos te falta algo en la vida, hija, y hasta los del quinto tienen ya la parejita?
Lleva más de un siglo la ciencia preguntándose si lo que determina nuestra personalidad en mayor medida son los genes o es la cultura. A lo mejor conviene ir olvidándose de tal binomio y preguntarse si no la estaremos cagando (con perdón) por comer tantos mejillones en escabeche. Cosas más raras se han visto. En cualquier caso, que se investigue como Dios manda.

14 agosto, 2009

Móviles asesinos

He leído en El País que quizá Michael Jackson murió porque cuando tuvo la crisis que lo puso a agonizar, su médico, allí mismo, se dedicaba a atender llamadas telefónicas. No me extraña nada. Me pregunto cuántas muertes habrá producido el móvil, pero estoy seguro de que muchísimas más que la carretera, y aun descontando las que provoca el uso del móvil en la carretera, mientras se conduce.
Se puede estar acabando el mundo, pueden fundirse los plomos, cabe que se aproxime un maremoto y que convenga huir, o que un cometa se acerque a la tierra a toda velocidad y queramos salvar aquel jarrón que compramos para el loft: como suene el móvil, olvídalo todo, lo primero es lo primero. Antes muerto que dejar pasar una llamada, no vaya a ser que nos ofrezcan una plancha último modelo por asistir a una sesión sobre multipropiedad en Torrevieja o que nos comunique el cónyuge que el tren ya llegó a Consuegra y que está a punto de salir otra vez y que para la cena en casa, mi pichón.
Usted está en una oficina pública ventilando un asunto en el que se juega su patrimonio, su estado civil o la mismísima paternidad de sus hijos, suena el móvil del funcionario y adiós, muy buenas, se cortó el rollo y dentro de quince minutos hay que volver a empezar con la narración de los hechos, sin contar con que la brisa que entra por las ventanas abiertas de par en par se llevó el papel capital hacia los mares del Sur. Pero eso no es lo más llamativo, porque si es al ciudadano reclamante al que le suena el aparatejo, él mismo interrumpe los tratos y se apalanca sobre el mostrador para explicarle a la asistenta dónde dejó los potitos del bebé o cómo se friega la nueva sartén antiadherente, mientras los parroquianos que hacen cola se solidarizan con las preocupaciones hogareñas o aprovechan para llamar a su churri bis y quedar en el apartamentito en cuanto salgan de los aposentos de la burocracia tan enfebrecidos como un toro bravo al abandonar los corrales.
Las consultas médicas y los quirófanos, por ejemplo, están llenos de carteles con el ruego de que los pacientes apaguen los móviles. Quia, antes muerto que desconectado. Estoy seguro de que a más de uno le habrá entrado una llamada mientras era operado a corazón abierto y que, con anestesia total y todo, se habrá levantado para que el compañero de partida que le pregunta si ya viene o qué escuche sus estertores. Momento que el personal sanitario aprovechará para comprobar si le ha llegado un sms que espera, con las claves para participar en el sorteo de un crucero por el río Nalón.
Porque díganme ustedes la verdad, cuánto hace que no terminan de una sentada una conversación vis a vis medianamente larga. Hoy en día conviene ir al grano y no demorarse en rodeos, pues como cante el móvil de la contraparte se va a tomar vientos aquella declaración amorosa largamente ensayada o aquella confesión íntima de las propias tribulaciones, pongamos por caso. ¿Y qué me dicen de esa picante sensación que, según cuentan las crónicas, embarga al cliente del motel cuando, en pleno arrebato tan esperado, se interpone la llamada del marido o de la esposa y hay que detenerse a escuchar que el tráfico está horrible o que había cola en la pelu y atasco a la salida del gimnasio, mi amol, y yo a ti también y espérame a media luz y con ese pijama que me enloquece? En estos tiempos procaces ya no hay dúo que no acabe en trío, por lo menos: él, ella y Movistar.

13 agosto, 2009

¿Objeción de conciencia de los médicos frente al aborto?

Se ha armado una buena desde que el ministro de Justicia ha declarado que la ley no reconocerá a los médicos y al personal sanitario en general un derecho a la objeción de conciencia que les permita abstenerse de intervenir en la práctica legal de abortos.
Suelo andar bastante lejos de las razones de fondo, ideológicas o religiosas, por lo demás muy respetables, que mueven a la mayoría de los que reclaman tal derecho. Sin embargo, no acabo de ver dónde está el inconveniente o el fundamento para no reconocérselo a quienes lo reclamen. ¿Qué pensaríamos, por ejemplo, si a un ecologista, defensor de las focas o de las ballenas, se le obligara a participar en alguna matanza de tales animales, de ésas que ellos constantemente denuncian como auténticos crímenes. Y que no se lleve, por favor, la analogía más allá de lo debido, pues no trato de comparar más que lo que supone forzar a alguien a hacer algo que repugna profundamente a su conciencia. Otra similitud podría establecerse con la objeción de conciencia al servicio militar y con la simpatía con la que tantos, y seguro que muchos de los partidarios del aborto libre bajo ciertas condiciones, contemplaron aquel movimiento de los insumisos que comenzó como desobediencia civil, precisamente. No querían participar, ni por activa ni por pasiva, en un sistema militar que admitía la violencia y la posibilidad de matar a supuestos enemigos, y hasta tal punto fue efectiva su protesta, que lograron la supresión del servicio militar obligatorio y de su envés en la prestación social sustitutoria.
Ese último ejemplo puede ser bien significativo frente al argumento de que si la ley (constitucional mientras el TC no diga lo contrario) reconoce a la mujer el derecho a abortar, el sistema sanitario ha de estar en condiciones de hacerlo posible. También el ejército es para muchos, y para la propia constitución, una pieza fundamental del Estado y, sin embargo, se encontró la manera de garantizar su papel para la defensa nacional sin necesidad de doblegar la conciencia y la libertad de quienes no quieren ser soldados.
Por otra parte, no cabe temer que, si la objeción de conciencia del personal sanitario se admite, los médicos y demás objeten en masa. Las concretas dificultades que en algún centro sanitario surgieran podrían, sin ningún género de duda, ser compensadas con medidas organizativas de la sanidad pública que evitaran el menoscabo del derecho de las mujeres. Más problemas plantea el recorte del personal sanitario de los hospitales por razones presupuestarias o en verano, y a nadie se le ocurre solucionarlo suprimiendo el derecho de los médicos a las vacaciones o bajando el sueldo de los funcionarios de Sanidad para que se pueda pagar a más médicos.
Por otra parte, no se trataría de anteponer la conciencia individual a cualquier deber legal, pues no todos los deberes son equiparables en su relevancia para el sistema social y para los derechos de los demás. No resulta razonable, por ejemplo, comparar el deber general de pagar impuestos con el deber de practicar un aborto, y supongo que es ocioso detenerse en la fundamentación de este aserto. Si, con todo, algún amigo no lo ve claro, lo explicamos otro día con calma. El aborto, por muy derecho que sea -y aquí no entro en la discusión de fondo-, ni sirve al interés general ni se frustra en ninguna medida ese derecho porque un médico no quiera realizarlo. Lo que sí se fuerza en el médico es la conciencia y la libertad más básica, y se fuerza sin contraprestación o compensación para él ni para nadie.
Una lectura mínimamente congruente de la Constitución y de los derechos fundamentales debe anteponer la libertad personal, que no puede ser sacrificada cuando cabe que la libertad o el derecho de los otros -en este caso de la mujer que quiere abortar- pueda quedar a salvo sin merma aunque se evite aquel sacrificio. Creo que a eso se refiere el principio de proporcionalidad, tan cacareado por la doctrina y el Tribunal Constitucional, en concreto su subprincipio de necesidad, que dice que no es constitucional el perjuicio de un derecho fundamental cuando el bien que se deriva para otro derecho fundamental se puede procurar con alguna medida alternativa y menos dañosa para el primero de ellos. Y todo esto suponiendo, y no sé si será mucho suponer, que el derecho a abortar sea tan fundamental como el derecho a la libertad de conciencia y a actuar en consonancia con las propias convicciones, especialmente cuando con ello a nadie se perjudica gravemente y tampoco al interés general.
Por otro lado, tiene gracia que el ministro Caamaño, que no parece tonto, haya declarado con ánimo crítico que la conducta de los médicos que se nieguen a intervenir en abortos voluntarios quedará equiparada a la pura y simple desobediencia civil. ¡Con las resonancias tan positivas que ese concepto tenía hasta hace nada en el pensamiento progresista! Se ve que para el PSOE (mejor dicho, para este PSOE sui generis que nos gobierna) toda desobediencia es por definición y en el fondo incivil e ilegítima, porque ellos son el Camino, la Verdad y la Vida. Al final, los autoritarismos siempre acaban tocándose e imitándose.
Créanme, yo no sé qué placer encuentran algunos en doblegar hasta el límite a los que piensan diferente. Con lo bonito que es que pueda vivir cada uno a su bola cuando no hay daño para el interés general: las mujeres que quieran abortar, abortando, y los médicos que no quieran intervenir, absteniéndose de hacerlo. Por ejemplo, cuando yo era pequeño, en el colegio nos obligaban a todos ir a misa, y eso tampoco era plan. ¿Cómo veríamos que el legislador hoy, de pronto, nos dijera a todos -o a todos los profesores o a todos los políticos o a todos los médicos ...- que estamos obligados a ir a misa o a cantar en mayo lo de “con flores a María”, seamos creyentes o no? Ya sé que esa ley sería inconstitucional por razones obvias. Pero no mucho más obvias que en el caso de la objeción de los médicos, digo yo. Pero a lo mejor me equivoco por no creer en catecismos ni leches y por ir por la vida de liberal despendolado.

12 agosto, 2009

El Derecho es un misterio. 2.Constitucionalismos inconstitucionales

Pongámonos en un país imaginario. Con ánimo lúdico lo llamaremos Zapastonia (en adelante, y para abreviar, Z). En Z hay una Constitución que tiene la siguiente historia. En Z, país con unos cuantos millones de habitantes, convivían varios sistemas morales, todos con fuerte arraigo en los grupos que respectivamente los profesaban. Para no dar nombres, que no es de buen gusto, denominaremos esos sistemas morales como M1, M2... Mn. A los grupos que se acogen en sus creencias morales a cada uno de ellos los llamaremos, correlativamente, G1, G2...Gn. Por ejemplo, los de G1 creen con gran firmeza que el aborto voluntario es un atentado contra el derecho natural y los fundamentos mismos de la convivencia civilizada y que el matrimonio homosexual es una perversión radical del sistema jurídico, amén de un imposible ontológico y conceptual. Los de G2 creen, en esos y otros temas, todo lo contrario. Están también los del G3, que son convencidos partidarios de un Estado lo más pequeño posible y poco intervencionista, con mucha libertad de empresa y pocos impuestos, mientras que los del G4 defienden un Estado que corrija los resultados del puro mercado y redistribuya la riqueza mediante una decidida política de impuestos. Y así sucesivamente.
En Z, la gran mayoría de los ciudadanos y sus grupos colaboraron para hacer una Constitución que fijara unas mínimas reglas del juego y unos derechos básicos de todos por igual, para evitar tener que andar dirimiendo cada discrepancia a torta limpia, como les había ocurrido con anterioridad. Así que llenaron la Constitución de dos cosas: proclamaciones de principios de convivencia, objetivos del Estado y derechos de los nacionales. Lo formularon todo en términos muy generales y bastante abiertos, pues sabían que si entraban en detalles se les acababan los acuerdos y se iba al garete la Constitución que elaboraban. Sólo podía ser la Constitución de todos y para todos si no parecía la Constitución de ninguno en particular, si sus artículos no se casaban ni con capuletos ni con montescos. Y, sabedores de que no podían andar todo el tiempo discutiéndolo todo, sentaron un procedimiento para la toma de decisiones vinculantes y para dar a la legislación un contenido en cada momento: un sistema democrático basado en el gobierno de la mayoría, siempre combinado con el respeto de las minorías discrepantes, que un día podían convertirse en mayorías y que nunca podían ser perseguidas ni exterminadas. Como guardianes de todo ese entramado jurídico-constitucional, pusieron a los jueces y, en ciertos asuntos, al Tribunal Constitucional.
Pero sucedió algo imprevisto. Los juristas teóricos de Z y muchos jueces empezaron a decir que las cláusulas constitucionales que enunciaban valores de la convivencia, principios del Derecho y derechos de los ciudadanos no eran normas de mínimos alusivas a límites que no se podían rebasar en el juego de la ley y las mayorías, sino auténticos mandatos llenos de contenido preciso y cognoscible, cláusulas de máximos por cuya realización mejor en cada momento debían velar los jueces y el Tribunal Constitucional. Así, cuando una ley, en sí o en su aplicación a un caso concreto, no daba satisfacción plena al correspondiente ideal moral presente en el articulado constitucional, los jueces y el Tribunal Constitucional la declaraban inconstitucional o justificaban su inaplicación, haciendo como que extraían, en este último caso, la solución directamente de la parte material, valorativa, moral, de la Constitución.
Curiosamente, en ese planteamiento doctrinal estaban de acuerdo muchos de los de G1 y los de G2, los de G3 y los de G4. Todos entendían que la Constitución de Zapastonia entraña el compromiso con ciertos valores morales que se han de optimizar sin más obstáculo que la necesidad de ponderarlos con los de su misma especie. Y ahora la pregunta para el atento lector: ¿Con qué valores morales la pensaban comprometida los de G1 y los de G2, los de G3 y los de G4, y así sucesivamente? Respuesta: cada uno con los suyos: los de G1 con los de M1, los de G2 con los de M2, y así sucesivamente. ¿Qué pasaba entonces con la Constitución y su modo de regir como norma jurídica suprema en Z? Pues que de ella desaparecía, en la práctica y en la idea de esos grupos, la voluntad de ser la Constitución de todos y para la convivencia entre todos, organizadora del modo legítimo de decidir mediante mayorías y poniendo simples límites a esas decisiones posibles de las mayorías. La Constitución era vista por cada grupo como la Constitución garantizadora de que se viviera en Z según el respectivo sistema moral de cada uno. Todos estaban de acuerdo en que la verdadera Constitución era una constitución moral, pero cada uno lo hacía para llevar el agua a su molino. Es decir, ya no pensaban, como al principio, que la Constitución se había comprometido sólo con unos pocos valores comunes a todos ellos por encima de sus diferencias, valores de contenido muy mínimo y asentado, sino que cada uno pasó a creer que lo que la Constitución expresaba los valores suyos y a los demás que los zurzan por enfangarse en el error y el pecado.
En tal situación, cabía temer que del orden se volviera al enfrentamiento violento, pues cuando de hecho no se siente que hay una Constitución común o no se entiende por todos la Constitución como dotada de unos contenidos comunes y válidos por igual para todos, hay siempre riesgo de disputa violenta, es como si no hubiera reglas del juego comunes. ¿Qué ocurrió sin embargo en Z? Los grupos cayeron en la cuenta de que podían salirse con la suya de un modo más sutil y menos arriesgado que liándose a palos para imponerse por la fuerza: controlando a los jueces y a los magistrados constitucionales, tratando cada grupo de que fueran de los suyos quienes tuvieran la última palabra sobre lo que podía hacerse y lo que no, sobre lo constitucional y lo inconstitucional. Y así fue como el régimen político-jurídico de Z degeneró y como la Constitución fue tácitamente modificada o, incluso, sustituida por otra bien distinta. En Z todos, G1 y G2, G3 y G4, etc., están de acuerdo en que deben aplicarse, en general y para cada caso, las soluciones más justas y más acordes con la moral verdadera. Pero cada uno de esos grupos piensa, sin un paso atrás, que las soluciones más justas, las únicas justas en el fondo, son las que se corresponden con su respectivo sistema moral. Por eso están convencidos de que están siendo leales a la Constitución y procurando su mejor realización cuando se embarcan en todo tipo de manipulaciones, enjuagues, amenazas y tratos para que la mayoría de los magistrados de los más altos tribunales sean de su grupo, abracen sus convicciones morales y sociales y realicen su particular idea de la justicia. Al hacer de la Constitución una Constitución de fines máximos, una Constitución moralmente militante y parcial, extraen de ella la mejor disculpa para una práctica política y jurídica que, en el fondo, es perfectamente inconstitucional: piensan que la Constitución marca el fin que justifica esos medios.
De tal manera, la esencia de la Constitución propia de un Estado de Derecho queda inevitablemente alterada, dañada, pues la Constitución de un Estado de Derecho es una Constitución de medios, no de fines: dispone lo que no puede hacerse y algunas cosas de las que deben hacerse, pero no puede ser disculpa para que se haga de cualquier manera, pues cuando los medios son inconstitucionales, los fines cumplidos son inconstitucionales, aunque sirvan para construir la sociedad más perfecta y maravillosa. Sin perder de vista, por supuesto, que el juicio sobre lo que sea una sociedad perfecta y maravillosa es por completo dependiente de las opiniones morales de cada grupo y no hay más tu tía, ya que en democracia, y a diferencia de los regímenes absolutistas, no hay más verdad moral tangible que la del pluralismo de las verdades morales y la de las reglas del juego en común. Dentro de un orden y unos mínimos, por supuesto, y para eso están los derechos fundamentales, entre otras cosas, para garantizar la igualdad de oportunidades de todos los credos y todos los sistemas morales que no sean radicalmente reacios al sistema democrático y al respeto al pensar de los otros; para procurar su igualdad de oportunidades a la hora de alcanzar la mayoría, no su igualdad de oportunidades para organizarse como mafias, comprar voluntades y manipular decisiones.

11 agosto, 2009

¿Dispone de territorio el Estado? Por Francisco Sosa Wagner

(Publicado en El Mundo el 22 de julio)
En la teoría de los tratadistas clásicos, el territorio ha sido uno de los elementos del Estado, junto a la población y el poder. Así se explica en un libro canónico, el de Georg Jellinek, que aparece justo cuando se inicia el siglo XX y que ha sido un faro para todas las obras posteriores, hasta hoy mismo. El territorio ha servido para definir el ámbito espacial exacto en el cual el Estado ejerce su soberanía o poder de dominación, donde puede imponer el Derecho que emana de los órganos constitucionalmente habilitados para producirlo. El aspecto positivo de esta realidad es que todas las personas o cosas que se hallan en ese territorio están a él sometidas, sin perjuicio de las singularidades que procedan del Derecho Internacional. El negativo sería que, dentro del territorio estatal, ninguna otra autoridad puede ejercer su dominio o soberanía, a menos que tales autoridades estén expresamente admitidas por las leyes de ese mismo Estado: sería el caso de la actual Unión Europea que hoy comparte «soberanía» con los Estados miembros.
Históricamente sabemos que la emergencia del Estado se basó en la eliminación de las trabas feudales para poder dominar un territorio que se hallaba en manos de los señores -laicos o eclesiásticos- con unos poderes que se extendían a vidas y haciendas. La culminación de este proceso de asentamiento del Estado en un espacio determinado costará varios siglos, siendo el XIX el que puede apuntarse en su haber el triunfo formal definitivo. A lo largo del mismo se instaura la modernidad y queda arrumbado entre los objetos apolillados de la historia el mundo del Antiguo Régimen. Había muerto el señor y nacido el señorito.
Pues bien, si nosotros contemplamos la realidad española actual, podemos concluir que caminamos hacia una recuperación -inesperada, extemporánea- del sistema feudal como consecuencia de la evolución que vive nuestro Estado autonómico desde 2004. Un sistema feudal con perfiles nuevos, pero en el que se advierten ciertos rasgos del orden antiguo, caracterizado por el hecho de que, en él, el interés predominante del noble -señor territorial y hacendado- se dirigía al disfrute -sin tapujo alguno y en disputa con el rey- de su posición económica, social y política.
Cambiemos al noble por la barroca clase política autonómica actual y tendremos, cada vez de forma más visible, ese mismo proceso histórico, ya enterrado, resucitando cada día entre nosotros en medio de espasmos intermitentes de frivolidad: de un lado, afianzamiento de la influencia política de los señores territoriales hasta donde permiten las combinaciones parlamentarias y los acuerdos coyunturales; de otro, apartamiento particularista -e insolidario- de la estructura común del Estado. El resultado es la creación de un poder que cada vez se parece más a la «autocracia principesca» que tan bien describe Otto Hintze en sus estudios sobre el feudalismo. Ejemplos de este acontecer hay todos los días: de ayer es la imposibilidad de aplicar la Ley de Dependencia porque hay poderes en las Comunidades autónomas que le tienden zancadillas sin importarles que se trunquen así las esperanzas de miles de ciudadanos; de hoy es el Fondo para la Reestructuración Bancaria, mirado con recelo por algunos poderes, pues se les cercena este o aquel gajo del fruto jugoso de su mando. Y de mañana será la energía nuclear, que puede servirnos como el mejor caso práctico de la elemental explicación teórica sobre el Estado que hasta ahora he esbozado.
Adelanto que yo no sé si es o no imprescindible la energía nuclear. Con esta confesión de ignorancia pretendo situarme a distancia de quienes, siendo igual de ignorantes que yo, tienen, sin embargo, el desparpajo de pontificar sobre el asunto e incluso de tomar decisiones sobre materias que desconocen y están sometidas a polémica entre sesudos especialistas.
Vacilaría pues y me enredaría si tuviera que contestar a la pregunta de si es conveniente que las centrales convivan con otras fuentes de energía o si deben ser despedidas entre adioses melancólicos y pañuelos verdes agitados por ecológicas manos.
Pero imaginemos por un momento que los especialistas en energía nuclear logran convencer a los políticos españoles de la necesidad de construir un número determinado de centrales porque, sin ellas, la dependencia energética española se haría endémica, porque su actividad no produce gases de efecto invernadero, porque son seguras, porque sus residuos se pueden guardar y aun reciclar… Ya tenemos al gobernante en Madrid dispuesto a abrir los brazos a la alternativa nuclear, aprobando el plan o la ley para que España sea abastecida dentro de unos años por unas centrales relucientes y eficaces.
¡Ah, lector! Ese gobernante al que aludo, ¿dónde las pone? ¿En qué espacio concreto de la península, islas adyacentes o ciudades del norte de África las instala? Ahí viene el problema y aquí se verá la pertinencia de mi discurso acerca del territorio como elemento del Estado. Porque es lo cierto que construir una central exige seleccionar un lugar apropiado. Pero el tal lugar está gobernado por un municipio, y, un poco más lejos, por una provincia, y allá en el horizonte, por una comunidad autónoma. Y, si tiene mala suerte, por una comarca, por un par de mancomunidades… Una maraña de competencias, vendaval que no para nunca sus motores, se alzará para impedir que se otorgue la licencia, que no se apruebe el plan de impacto ambiental, que descarrile el expediente del contrato de obras… Se agitarán las poblaciones, se constituirán coordinadoras, mesas, escritos de firmas… pasarán los años y allí seguirá el proyecto varado, devorado por un tiempo perdido en la vastedad de sus angustias inmortales.
Quienes vivimos en el noroeste español conocemos un asunto parecido al que ya he aludido en alguna ocasión en EL MUNDO. Me refiero a la salida de la energía del norte, de Asturias, para llegar a los mercados de Galicia, Cantabria o Castilla. También aquí quiero dejar claro que ignoro si esa energía es necesaria y si debe o no salir del territorio asturiano. Digo simplemente que se están instalando plantas de generación de energía limpia en un programa iniciado en tiempos de González, bajo cuya autoridad se declaró (marzo de 1986) la utilidad pública de la línea, y que el plan energético para el período 2008-2016 aprobado por el Gobierno ha incluido como actuación prioritaria la línea de alta tensión entre Sama y Velilla del Río Carrión. Pues bien, el problema es el concreto territorio por el que ha de discurrir la línea de alta tensión. Red Eléctrica Española, aunque no es un modelo de fina diplomacia, ha ofertado distintos recorridos, y los presidentes autonómicos han llegado a acuerdos concretos. Todo en vano, pues cualquier movimiento es respondido por los ayuntamientos y por los partidos políticos. Los mayoritarios (el PSOE y el PP) dicen una cosa en León, otra en Asturias y la contraria de ambas en Valladolid y Madrid.
¿Cómo se sale de este laberinto? Es evidente que la definición del «interés general» es el hilo que cose y da coherencia a las estructuras políticas. Por eso, en los ordenamientos federales se cuenta con la cláusula de prevalencia, parecida a la contenida en el artículo 149.3 de la Constitución, para obligar a que las determinaciones del Estado sean acatadas y sus opciones políticas cumplidas cuando éste ha decidido sobre cuestiones en las que ostenta competencias por afectar al interés general.
Pero en España, de la cláusula de prevalencia se ríen abiertamente todos y, muy singularmente, las Comunidades autónomas a las que poco importa. Tratar de que el Tribunal Constitucional en un pleito eterno la aplique es lo mismo que majar en hierro frío. De manera que, por esta razón, sostengo que el debate nuclear que se está alimentando es un debate inútil porque, si algún día se decidiera por la autoridad competente construir centrales, no habría modo humano de localizarlas. Pues es un hecho anómalo pero cierto que en España el Estado ha dejado de disponer de su territorio. Ahora bien, un Estado en estas condiciones ¿es un Estado?

10 agosto, 2009

El Derecho es un misterio. 1. Sobre el juicio de constitucionalidad

“- Y por qué, según tú, es temible el Palacio de los Sueños? -intervino la madre de Mark-Alem.
- ¡Oh, pero no es en el sentido en que debes estar pensando! -dijo Kurt, mirando de soslayo a Mark-Alem-. Yo me refería a otra cosa. En mi opinión, de todos los mecanismos del Estado, el Palacio de los Sueños es el más ajeno a la voluntad de los hombres. ¿Entendéis lo que quiero decir? Es el más ajeno a la razón de todos, el más ciego, el más fatal, por tanto también el más propiamente estatal.
- Pues a mí me parece que, si bien sólo en cierta medida, puede igualmente hacérsele bailar al son de la flauta -se interpuso el otro primo. Era calvo, con una mirada en la que la inteligencia se expresaba de forma peculiar: sus ojos aparecía semiapagados, se diría que consumidos por esa misma inteligencia, de la que parecía dispuesto a desprenderse, al menos en parte.
- Pues yo afirmo que se trata de la única institución de nuestro Estado mediante la cual la zona oscura de la conciencia de todos los súbditos establece contacto con él -dijo Kurt. Miró a todos por turno, como intentando averiguar qué efecto causaban sus palabras-. Es cierto que las multitudes no gobiernan -prosiguió-, pero poseen un mecanismo por medio del cual influyen en todos los asuntos, en las vicisitudes y hasta en los crímenes del Estado, y ese mecanismo es el Tabir Saray”.
(Ismaíl Kadaré,
El Palacio de los Sueños).


El Derecho es un misterio. Cuanto más penetras en sus recovecos, más intensa la oscuridad. Algunos, después de un tiempo de transitar por esos laberintos, piensan que ven. Debe de ocurrirles algo similar a los topos. A mí, que me gano la vida mostrando a los alevines de jurista las partes que se suponen más íntimas del Derecho, cada día me crece el desconcierto. Por eso me gustaría escribir una teoría del Derecho o una introducción al Derecho desde esa conciencia de que es arte de birlibirloque, ciencia esotérica, oráculo caprichoso y reino de tunantes y charlatanes, tanto en la doctrina -lo cual tiene mala justificación- como en la práctica -cosa que, a veces, puede tener mejor disculpa-. Habría que acometer esa obra nada más que para desnudar al rey, para deshacer hechizos, para poner solamente en claro las cuatro cosas con que se monta el invento y mostrar que todo lo demás es imaginación y cuento, cuento de nunca acabar o como aquel cuento de la buena pipa. Pero, con las mismas, lamenta uno que ya le falten las fuerzas y los ánimos para esa empresa. Cuando había energías faltaban luces, y cuando, tal vez, hay más luces, ya no aguanta el cuerpo ni alcanza la paciencia. Puede que sea mejor así, total para qué. Mejor subirse al carro, decir que todo el mundo es bueno y sacar unos duros mareando la perdiz en la misma cacería que todos.
Y como introducción ya basta, pues todo eso es para explicar a los amigos del blog que a lo mejor esta temporada me da por embarcarme aquí, cada tanto, en alguna osada disquisición jurídica. Por qué aquí, maldición, se preguntará la mayoría de los amables lectores, que lo haga en una revista de los del gremio, con índice de impacto y todo, que es la versión académica y actual del index aquel de antaño, pero para bien, dicen. Respuesta: porque en mi casa hago lo que quiero sin tener que encomendarme ni a Dios ni al diablo y el blog es como mi casa. Y la de ustedes, desde luego, están siempre invitados. Pero ya me entienden. Aquí lo que no valga como ciencia o como meritoria de reflexión se disculpará como desahogo o momentánea obnubilación, cosa que en una revista seria o en un libro como es debido no se verá con tanta generosidad, se supone; si no es mucho suponer, porque hay que ver qué cosas se leen por ahí y cómo se suelta el pelo el personal dándoselas de experto en pomposas naderías.
Absténganse los no amantes de la elucubración jurídica de la lectura de tan embarazosas entradas y ármense de comprensión y tolerancia los juristas amigos, aunque de éstos bienvenida será la crítica o la llamada al orden del pensamiento de quien les escribe. En una de éstas damos, juntos, con la cuadratura del círculo jurídico o con la piedra (ius)filosofal y pasamos a la historia. Oye, con menos triunfan tantos.
Hoy voy a plantear un enigma del concepto de constitucionalidad. Se puede enunciar así: cuando decimos que una determinada norma que se introduce en el sistema jurídico es constitucional porque la avala y la justifica un derecho fundamental, ¿no deberíamos, por las mismas, afirmar que es inconstitucional la norma anterior, reemplazada por esta de ahora, puesto que no reconocía aquel derecho ni permitía su realización? Pongamos un ejemplo, sobre cuya materia o fondo no pretendo aquí entrar en polémica, pues vamos sólo a esa relación entre lo constitucional y lo inconstitucional. Supongamos que en la legislación de un país, con una Constitución como la nuestra, no está permitido el aborto o lo está sólo en tres supuestos tasados. El Tribunal Constitucional ha dicho que la ley correspondiente y hasta este momento vigente es constitucional. Ahora dicha ley se reforma y se establece un sistema de plazos, conforme al cual la mujer puede libremente abortar hasta un determinado momento de la gestación. Y pongamos, para que el ejemplo nos sirva y nada más que por eso, que sobre esa nueva ley el Tribunal Constitucional tiene ocasión de pronunciarse y dictamina que también es constitucional, puesto que la justifica un derecho fundamental de la mujer, el que sea (su libertad personal, su derecho a la intimidad, etc.). Ahora la pregunta: ¿habría algo de incoherente o contradictorio entre esas dos sentencias del TC?
Si piensan que este caso lo pongo con ánimo torcido o para apoyar a unos o a otros en el debate sobre la reforma de las normas penales sobre el aborto, busquen un ejemplo paralelo. Podría ser éste: hasta cierto momento está vigente una ley que prohíbe radicalmente fumar en los locales públicos y el TC ha mantenido que es constitucional; llega al poder un partido progresista y decide remover aquella norma y sustituirla por una que permite fumar en dichos locales o en algunas partes del mismo. El TC, cuando viene a cuento, decide que esta norma nueva también es constitucional, puesto que con ella se protege o se garantiza mejor un derecho fundamental, por ejemplo, el libre desarrollo de la personalidad, en este caso de la personalidad del fumador. No se preocupen si suena raro o hasta estúpido, cosas peores se han visto en la jurisprudencia constitucional, y no me hagan dar más rodeos poniendo ejemplos innecesarios. La cuestión sería la misma de antes y la vamos a replantear, si bien en adelante llamaremos N1 a la norma antigua que se reputaba constitucional, pues tenía el visto bueno del TC, y N2 a la norma nueva, que se dice constitucional porque se ampara en un derecho fundamental. La pregunta: ¿puede una norma que niega un derecho ser tan constitucional como una norma que luego lo protege y que el TC juzga constitucional, precisamente, porque protege ese derecho?
La hipótesis más retadora consiste en responder con un no. Si N2 es constitucional con fundamento en un derecho fundamental que N1 negaba o limitaba, tendrá que verse como inconstitucional N1, precisamente por no reconocer o limitar tal derecho fundamental. En otros términos, y volvemos al interrogante, ¿cómo pueden ser constitucionales una norma y su contraria cuando está en juego un derecho fundamental?
El escéptico contestará que todo esto sólo sirve para probar lo de sobra sabido, que constitucional es lo que el Tribunal Constitucional dice que es constitucional y que, puesto que al TC nada lo ata -al menos nada que pueda confesarse-, puede cambiar de opinión sin mayores miramientos, igual que cuando a usted o a mí hoy nos gusta esta señora y mañana dejó de gustarnos, sin que por ello nos tengamos por cantamañanas o aquejados de alguna enfermedad mental. Pero el Derecho se supone que es cosa seria, porque, si no, aviados vamos; o hay que intentar que lo sea. Así que habrá que buscar alguna respuesta que nos deje más tranquilos, si es posible.
Desde el complejo académico-judicial, lleno de cultivadores de valores, principios y variadas letanías sobre virtudes y pecados, se nos dirá que la cuestión es muy simple y se explica porque en TC habría realizado ahora una nueva ponderación de los principios constitucionales en pugna y a la luz de circunstancias nuevas y distintas de las que determinaron la ponderación anterior, cuando el juicio sobre N1. Qué empeño en darle la razón al escéptico. Pues el escéptico le replicará que a ver dónde tiene el TC escondido el ponderómetro y que como se pesan los derechos en una báscula contaminada de circunstancias contingentes, y que o se pone sobre la mesa la báscula y vemos todos el pesaje y su resultado o es lo que él decía y el Tribunal hace lo que le da la gana en cada ocasión, según le sople el viento o quien sea, por mucho que se disfrace su opción de método ponderativo o de magia Borrás. Los principialistas ponderómanos argüirán que no se pesa al tuntún y que es argumentando, con los argumentos de la motivación, como se muestra y se demuestra lo que en cada ocasión cuesta cada peine o cada derecho fundamental. Y el escéptico se pondrá a cantar aquello de parole, parole, parole e insistirá en que si se trata de poner argumentos y justificaciones sobre la mesa, suelen ser los más pillos, por lo común buenos retores y avezados sofistas, los que mejor y más convincentemente argumentan; o los buenos vendedores, aunque sea de aire. De ahí no salimos.
¿No nos queda más opción que contemplar inermes esa especie de diálogo de besugos, dicho sea con afecto? Démosle al tema alguna vuelta más, ahora por nuestra cuenta. Podría decirse que el TC ha tomado conciencia de que N2 es más favorable a los derechos fundamentales en juego o que no piensa que la norma anterior (N1) los vulneraba de frente, sino que simplemente considera que la de ahora los protege o realiza mejor. Vale, pero entonces podemos preguntarnos y preguntarle (retóricamente, porque, como interlocutor, el TC “pasa” de nosotros) esto: ¿tuvo que esperar a la promulgación de N2 para captar que ese derecho fundamental podía estar mejor defendido? ¿Por qué, al menos, no dijo en su decisión sobre N1 que ésta no es inconstitucional, puesto que respeta los mínimos, pero no es la mejor o la más constitucional de las leyes posibles sobre la materia? Por cierto, y sin ánimo de complicar más al lector, si eso pensaba o hubiera pensado entonces el TC, o bien no habría aplicado la doctrina de que los derechos fundamentales, en cuanto principios, son mandatos de optimización, librándose así de ponderaciones o, si hubiera ponderado entre mandatos de optimización, habría tenido que concluir que N1 no pasaba el test de ideneidad o el de necesidad.
Otra pregunta, en la misma línea y sobre el momento en que el TC toma conciencia de que N1 no era tan constitucional, puesto que su contraria, N2, sí es constitucional: si antes de la promulgación de N2 le hubiera llegado al TC un recurso de amparo de un ciudadano (ciudadana en el primer ejemplo) que considerara vulnerado en su caso el derecho fundamental (a abortar sin hallarse en ninguno de los tres supuestos permitidos o a fumar, en nuestros ejemplos), ¿le habría el TC otorgado el amparo? Ustedes y yo sospechamos, con buen fundamento, que no, que no se lo habría otorgado.
Si estamos en lo cierto en todo lo anterior, se hace patente que la única explicación posible de esa jurisprudencia que parece incoherente es la deferencia del TC frente al legislador. Es decir, el TC puede entender que, una vez que la ley, cualquier ley, respete ciertos contenidos mínimos de un derecho fundamental, tan constitucional es esa ley si, más allá de esos mínimos, protege ese derecho fundamental en un grado x o en un grado x+1. Este punto de vista a mí me parece acertado y lo suscribo. Pero entonces olvidémonos de describir los derechos fundamentales como mandatos de optimización y de designar el TC como garante y controlador de esa optimización. Salvo que nos lo tomemos a guasa y pensemos que tan optimizadora del derecho es la ley que lo protege en un grado x como la que lo salvaguarda en un grado x+1 y que ponderando es como podemos comprobar que a veces un objeto menos pesado pesa más que otro más pesado, aun en idénticas o muy similares circunstancias.

09 agosto, 2009

Paisajes y paletos

Hoy escribe Julio Llamazares en El País un artículo hermoso y de mucho fondo, que debería dar que pensar y que pasará sin pena ni gloria, pues aquí estamos a lo que estamos. Repasa la importancia del paisaje en nuestras vidas cuando de nuestras vidas queremos hacer algo más que un vegetar enjaulado en el salón de casa o en el hormigón horrible de la mayor parte de las ciudades en las que vivimos o a las que vamos, paradoja, para disfrutar y solazarnos. Y, cómo no, viene a preguntarse, expresado con mis palabras, por qué somos tan burros como para dedicarnos a destruir nuestros mejores parajes y paisajes, con menos sensibilidad que auténticos topos. Léanlo.
Me hizo recordar algo de mi perplejidad en el reciente viajecillo por los fiordos noruegos. Deben de ser gente bien sensible esos nórdicos, con buen gusto y sin complejo de aldeanos ni ansias de nuevos ricos depredadores. Iba uno recreándose por costas, montes, ríos, lagos y pueblos y se le ponían los pelos de punta al preguntarse qué habríamos hecho nosotros en esos lugares. Habríamos levantado enormes edificios de apartamentos, polideportivos monstruosos, museos inverosímiles, hoteles descabellados, habríamos construido pistas y autopistas, habríamos cubierto de cemento los horizontes. Pueblo de borregos con ínfulas el nuestro, da pena decirlo, pero es lo que hay. Se replirá que luego los noruegos compran su apartamento en alguna de nuestras colmenas de la costa y que dónde, por tanto, su sensibilidad o su inteligencia, pues para acá se vienen a tomar el sol de esa manera. De acuerdo, pero cómo soy yo más listo, si lleno mi jardín de porquería y lo convierto en un estercolero o si voy a tirar mi caca en la casa de un vecino que la ha convertido deliberadamente en un cuchitril y me recibe con los brazos abiertos cuando acudo a dejarle mis deposiciones. Y perdón si el ejemplo no es muy sutil, pues sólo quiere ser bien gráfico.
En la pequeña parte de Noruega que pude contemplar no vi rascacielos, en el atardecer costero no observé neones ofensivos encaramados en orillas, edificios o colinas. Al pasar, por carretera, por algunos pequeños pueblos, reparé en que alrededor de las granjas y de las viviendas no se amontonaban los trastos y los desechos. Las sorpresas no paraban, pues el guía nos contaba que en el campo noruego no está permitido comprarse una casa o un terreno para ir sólo en vacaciones o para especular, ya que el titular de la propiedad rural está por ley obligado a mantener la explotación agrícola y a mantenerla de modo compatible con el respeto al medio. Para colmo, resulta que nos explicaban también que la agricultura y la ganadería les resultan muy poco rentables y son escasos los noruegos que pueden mantenerse con ella, por lo que quienes en el campo viven y el campo trabajan como segunda dedicación suelen ser profesionales del tipo de médicos, arquitectos, profesores o abogados. ¿Les gusta más, entonces, segar los prados u ordeñar las vacas que tomarse un vermú en un chiringuito atestado de gente o darse un paseo por una avenida marítima llena de ruidos, luces y adoquines? Parece que sí. Son raros. Oiga, y el caso es que son los más ricos de Europa, en competición con los suizos, y, sin embargo, no se sienten obligados a mostrarlo a base de comprar pisos, mercar coches de lujo y exhibir abrigos de piel en misa.
Recuerdo que en un paseo en barco por un impresionante fiordo nos mostraron un enorme mirador natural en lo alto de unas grandes rocas. Se veían, pequeñitas, algunas personas allá arriba subidas, pero no había ni barandillas para evitar que se despeñaran si daban un mal paso. Y otra vez la misma historia sorprendente: no hay barandillas porque lo noruegos no quieren que ni con eso se altere el estado de su naturaleza y la contemplación natural y al natural de la misma. Aquí, en España, tendríamos en semejante lugar, además de una alambrada y unas vallas de hierro oxidado, una cafetería, una tienda de souvenirs, unos columpios para los niños, un par de urinarios, una oficina de información turística y un centro de interpretación de la naturaleza (¿interpretación de la naturaleza?), con sala de proyecciones incluida, para que la gente pudiera ver el mismo paisaje pero en una pantalla, que es como más lo disfruta, un aparcamiento de coches y otro para autocares, pues, además y por supuesto, se habría construido una carretera de montaña de doble vía y rodeada de muchos hoteles (rurales y con encanto, eso sí) y de varias urbanizaciones para amantes de la naturaleza.
El paleto de hoy en día, al menos por estos pagos, es un tipo que se avergüenza de sus padres y de sus abuelos, que no vuelve al pueblo mientras no tiene pasta para hacerse la casa más gorda del lugar, a ser posible de un modelo arquitectónico visto en alguna revista sobre residencias de Miami, y que no les quita la etiqueta a los artículos de marca cara que viste o porta o que no tarda ni un segundo en explicar al primer incauto que pilla cuánto le costaron y dónde está una tienda muy mona en la que lo venden y cuyo dueño es amigo suyo, por supuesto.

08 agosto, 2009

Retorno

Hola. Me había dicho a mí mismo que no volvería por el blog hasta el próximo lunes. Pero hoy, sábado, he madrugado bastante, son ahora las ocho y media de la mañana y ando lleno de cosquilleos interiores de variadísima gama. Yo qué sé, es esa manía de poner negro sobre blanco las cosas, por el estúpido temor de que, si no, algunas ideas se pierdan y algunas sensaciones se esfumen sin dejar huella. Y, para colmo, el exhibicionismo de colgarlo en el blog y decir aquí estoy haciendo como que siento y escribo.
He madrugado porque al final me desveló el llanto reiterado y agudísimo de la pequeña Elsa. Hemos cometido un error que a nosotros nos va a costar tres días de quebrantos domésticos, pero que, ante todo, ella va a pagar con esos tres días de dolor y desasosiego: le hemos dado por dos veces en un día, ayer, un postre de gelatina que seguro que tiene gluten. ¡Mierda! No se puede bajar la guardia. Alguno de los padres, acostumbrado a comprar gelatina de cierta marca, sin gluten, se despista y echa al carro otra distinta. En casa sigue el despiste y ninguno controla ni con indicativos ni con la lista de marcas contrastadas si ésa gelatina es de la buena o se coló a lo tonto. Una putada. Vamos a sufrir tres días y, sobre todo, Elsa va a sufrir tres días.
Caemos en la cuenta a las seis de la mañana, después de dar vueltas y vueltas, con el llanto desesperado como fondo, a lo que pudo pasar y a dónde estuvo el error. Los síntomas ya nos resultan inconfundibles, con esos labios levemente hinchados, una especie de raya roja que se le pone en el borde del párpado inferior, la barriguilla hinchada y el lloro, el lloro frenético. Esta vez, además, con vómitos. Una putada, sí.
Se me queda muy mal cuerpo y ya no duermo más. Elsa, al fin, cae rendida y descansa. Veo un amanecer rojizo, limpio, fresco. Con café. Con el relente tempranero, riego mis plantas (albahaca, salvia, cilantro, estragón, hierbabuena, tomillo..., y algunas flores). Luego prendo el ordenador y me pongo a leer la prensa del día. ¡Puaj! Sin novedad en el estercolero. Por un lado, hay muchísimas cosas que no entiendo, como que los jueces y los policías se enfaden por lo que ha dicho el PP sobre el supuesto espionaje a sus jefecillos. Pero, como tampoco me apetece nada, y menos en agosto, leer la letra pequeña de lo que han afirmado la Cospedal o el Trillo, puede ser que no me haya enterado bien y que hayan acusado a algún juez de andar mirando por el ojo de la cerradura y meneándose la toga con la mano libre de código. Quién sabe. Por otro lado, en esta porquería de país con esta cutrez de políticos, paso de andar comiéndome la cabeza sobre quiénes tendrán más razón, si los unos cuando dicen que los otros son unos hijos de perra o los otros cuando dicen que los unos jamás conocieron a su padre. Tienen los unos y los otros la misma razón, toda, y el empate está cantado, salvo que seas pariente de alguno o cobres, en metálico o en especie, por defenderlo en la red o donde manden. Eso sí, que se termine aquello que hace tres o cuatro años (o cinco o seis, tampoco sé) se llamaba la crispación, que se reten a duelo el Rajoy y el Zapatero, la Cospedal y la Pajín, a duelo a muerte, nada de a primera sangre ni mariconadas (¡huy, perdón! Estoy desentrenado y hablo como si estuviera solo o con cualquiera de ustedes en el bar, sin censor correctísimo que nos oiga), que palme el que pierda y al otro que lo parta un rayo según sale del velódromo mallorquín en el que se celebró la edificante contienda. Que se vayan los unos y los otros a tomar por la retambufa sin preservativo algún día de orgullo.
Pero no se crean, me acaba de asomar un poco el puñetero colmillo silvestre, pero en esta hora y después de este rato mañanero conmigo mismo, me siento más lírico que trágico y más limpio que militante. Además, acabo de leer en el Babelia de hoy mismo (sí, hijos míos, comparto con millones de pijoprogres la costumbre de leer el Babelia, entre otros “culturales” de periódico y procurando con sumo esmero no convertirme en un “babalio” (traducción asturiana: baballu), y me he identificado muy gustosamente con una maravilla de articulillo escrito por Andrés Barba. Se titula “Reconditismo agudo” y habla de una de las modalidades más curiosas de la pandemia de idiotez modernilla y superchuli, el viajero gilipollas que se las da de explorador porque durmió en una tienda de tuaregs y se lo hizo oral con escorpión así de grande y, chico, son experiencias que te cambian la vida y ya lo veo todo de otra manera y tal y cual. Cruce del El Gato con Botas y Paulo Con-Ello, no hay biennacido que aguante a los viajeros de catálogo pijo con alma de látex.
Por cierto, un día de estos tengo que contarles algunas cosillas del viaje por los fiordos noruegos. Son raros de narices esos noruegos: tienen, por el momento, petróleo en cantidad y resulta que ponen la gasolina a unos precios exorbitantes para que la gente vaya en bici, con el frío y todo. Oye, y los noruegos tan felices, sin coche y a su bola. ¿Qué pasa, que allí no se marca paquete con el pedazo de vehículo, como aquí? ¿Y cómo carajo ligan, seducen a la suegra y putean a los cuñados, vamos a ver? A lo mejor tampoco les va lo de viajar a lo idiota para contarlo a los amigos y creerse el Marco Polo de la ofi. Lo que te digo, muy raros y muy suyos. Yo no me fío. Me resultan más entrañables mis compatriotas tontos del culo. Al fin y al cabo, son previsibles y siempre sabes adónde van a ir, cómo lo van a contar y a quién votan aunque se la esté metiendo doblada.

13 julio, 2009

Me tomo un descansito de nada

Amigos queridos, me voy a tomar un descansito de blog hasta primeros de agosto. Si me da el mono antes, suelto aquí alguna cosa a cuenta de la nueva temporada. Pero es que estoy seco y cascado. Demasiado currar, en unas cosas y otras, para esta edad coquetona. Además, vengo de pasar otros cuatro días en solitario con Elsa y a sus órdenes y, como comprenderán, me duele hasta la epiglotis. De modo que, aprovechando que mi santa, mártir de anecas y otras fantasmagorías laborales, parece que se ha liberado de sus papeleos por un tiempo, a fines de esta semana dejamos a Elsa el encargo de torturar a mis suegros y nos vamos a dar una vuelta por los fiordos noruegos. Una semanita de nada, ustedes sabrán disculparnos. Y no pienso escribir ni postales, nada. ¡Teclados raus!
Lo dicho, a primero de agosto nos vemos con nuevos bríos.
Abrazos y buen verano para todos.

09 julio, 2009

Sin palabras


Vacaciones

(Publicado hoy en El Mundo de León)
Tengo entendido que usted ya se está organizando para tomar vacaciones e irse de viaje. ¿Lo ha pensado bien? ¿Recuerda que en León las noches son fresquitas y no necesita uno meterse en el congelador para dormir? ¿Se ha fijado en lo bonita que luce en su casa la luz veraniega? ¿Se ha dado cuenta de qué bien se está tomándose unas cañas en las terrazas de la calle Ancha o de Eras? ¿Ha pensado cómo sería su hogar en agosto, sin niños, sin suegros, sin agobios, solos usted y su pareja para retozar y echar unas parrafadas? Sí, ya sé, los niños también tienen vacaciones. Pero, puesto que ya están grandecitos, ¿por qué no los manda a un campamento, a un curso de inglés en Canadá o al pueblo de los abuelos? Usted estaría mucho mejor, habría más paz familiar y ellos se lo agradecerían de por vida.
Pero, por mucho que le diga, usted no me hará caso. Llenará el coche de gente y maletas, se meterá en autopistas ardientes en horas infernales, se gastará una pasta en combustible y en pagar a precio de residencia señorial un apartamento de quinta a siete kilómetros de la playa o media hora en coche, pues hay obras en la villa y se impone un pequeño rodeo, comerá en tugurios que le harán añorar el plato del día en el bar de al lado del trabajo, se preguntará si tendrán gripe A o una tajada de órdago esos ingleses coloradotes que se le caen encima en el chiringuito, mientras usted trata de comprar para los niños unos helados y para su suegra un vaso de limonada que no tienen ahí, pero que la señora quiere sí o sí, porque ya no le gustan los refrescos de toda la vida.
Es posible que todo sea una sutil maniobra del sistema capitalista para que, al llegar septiembre, usted retorne al taller o a la oficina con la sensación de que lo peor ya pasó y de que no hay felicidad como la de trabajar y tomarse unos vinos con los colegas de siempre. Eso sí, habrá que oírle a usted y oír a los demás narrar las maravillas de cada viaje, lo azul que estaba el agua, lo rico y fresco que ponían el pescado y las risas que pasaron tomándose unas copas con unos ingleses de Liverpool que eran saladísimos. Porque, desengañémonos, hoy en día se viaja más que nada para contarlo con exageración. Como antaño otras cosas.

08 julio, 2009

Hechos & Co

Escribe hoy Arcadi Espada una columna que no sé si me reconforta o me deja más perplejo. Pues perplejo e intranquilo me tiene el asunto de los trajes de Camps.
Para empezar, me da no sé qué ponerme a opinar sobre ese caso. Digo más, cada vez se me quitan más las ganas de opinar sobre ningún asunto gobernado por la testosterona política. Dices esto o lo otro de un personajillo de un partido de un lado o del otro y, cataplán, se te viene encima la tropa de guardianes del Gran Primo y te pone de vuelta y media. Así que, paso de decir que es bueno o malo uno del PSOE o uno del PP, al menos mientras no me tope con algún amigo que simpatice con el PSOE y esté dispuesto a defender, aunque sólo sea una vez y un poquito, a uno del PP, o con algún seguidor del PP que esté dispuesto a decir que uno de su cuadra puede ser un felón. Ustedes ya me entienden. Paso de debates teológico-políticos.
Pero, como uno es incongruente hasta la médula, en esta última ocasión diré algo más. No me sorprendería ni lo más mínimo que Camps o cualquier otro pepero fueran unos corruptos de libro. Igual que no me sorprendería de cualquier figurón del PSOE. Si abundan más los sinvergüenzas a uno u otro lado de esa raya puramente imaginaria de las siglas, es tema que dejo para la gente de fe. A mí, en el fondo, casi me importan tan poco, a estas alturas de la película, como que gane el Madrid o el Barça el próximo gran partido que los enfrente. O sea, y dicho más claro para el caso de autos, que parece bastante evidente que Camps era amiguísimo de la pandilla de salteadores que pululaba por los mentideros -¿mentideros?- del PP y que cabe que entrara al juego del do ut des y del qué me regalas si te concedo tal chollo. Pero a lo que vamos es a lo del traje o los trajes, y pongamos que se demuestra -no parece difícil- que efectivamente se los regalaron, y que no se demuestra -eso habrá que verlo- que el regalo era a cambio de algo. Porque quedamos en que en Derecho penal no se puede andar con presunciones de culpabilidad ni con meras sospechas y que las cosas hay que probarlas como Beccaria y su séquito mandan.
Así que tenemos que probablemente los listillos de marras le regalaron unos trajes a Camps. Y tenemos que, o me pongo a estudiar Penal en serio, cosa que me da repelús con estos calores, o me creo a pelo que ahí, y sin más, además de mucha inmoralidad, hay auténtico delito, dizque de cohecho. Lo cual, si se da por sentado, me lleva a dos conclusiones francamente sorprendentes y una pizca estimulantes. Una, que, como dice el Espada, nos hallamos ante un auténtico subidón de la moral colectiva, de la ética pública y de la autoexigencia de esta sociedad que siempre gustó de entenderse a media luz los dos. Ojalá sea verdad. Otra, que conozco a un montón de gente que corre serio peligro de ser imputada por andar emputeciéndose por recibir regalos. Para no ir más allá de la prosa cotidiana, pondré solamente un par de ejemplillos de andar por casa. Hace unos meses mi señora y yo íbamos a irnos de viaje y ella descubrió, dos días antes, que tenía caducados el pasaporte y el DNI. Se fue corriendo al departamento correspondiente de la comisaría y el funcionario le dijo que huy, fatal, que eso lleva un trámite y un tiempo y que mire qué cola. Ella aplicó su mejor arte a la súplica y el funcionario transigió y uso su omnímodo poder para darle en cinco minutos carnet y pasaporte, nuevecitos. Y, agradecidas que son las leonesas, acudió mi chica a la confitería, compró un caja de bombones, de los caros, y se los entregó al buen señor. Vale, hay muchas diferencias, pues mi mujer no es sospechosa de andar amañando corruptelas rentables, pero... Otro caso. Tengo amigos en la guardia civil y me entero de que todos los años las aseguradoras de coches les organizan una opípara cena a los de tráfico. Supongo que será nada más que porque les resultan simpáticos y tal.
A mí mismo nunca me ha caído el famoso jamón, pero una vez acabé convenciéndome, en uso de mi libertad de juicio y sin otra razón, de que un pobre estudiante, burrillo pero esforzado, debía aprobar pese a que no le alcanzaba la nota. En la revisión le subí la calificación, se marchó todo contento y, al cabo de unos días, recibí unas botellas de vino con una nota en la que él y su familia me calificaban de rumboso y ejemplar profesor. Ahora me pongo a recordarlo y tiemblo. O quien sabe si me estoy autoinculpando y en cualquier momento llama un juez a mi puerta y me dice que me va a caer el escaso pelo. También me contaron que en tiempos era relativamente frecuente que, cuando un cátedro estaba en un tribunal de cátedras y votaba al menos competente y éste triunfaba con tal voto, dicho cátedro benefactor era recompensado con un aluvión de conferencias bien remuneradas en la universidad del afortunado y en otras en las que mandaba la misma escuela. Cosa, dicho sea de paso, que el cátedro de marras ya sabía y esperaba al votar así. Otras veces ocurría al revés: el que iba a formar parte de un tribunal era casualmente invitado a dar unas conferencias pagadas en la universidad de alguno de los candidatos. Puro azar.
Dicho todo lo cual, ni justifico las actitudes de la dirigencia del PP en este caso ni me importa un pimiento el destino político de Camps, y me trae al fresco que dimita o que se abanique con las obras completas de Von Liszt. Sólo afirmo que hay que ver cómo evoluciona el Derecho penal y que, ahora que vemos tantos funcionarios y carguetes cómo le pelan las barbas al valenciano, más nos vale ir echando a remojar las nuestras.
No sé si me he explicado.

Poemilla

Querida luz, dos puntos,
quiero esta noche
con voz clara
preguntarte
por qué, si te das plena,
deslumbras, acobardas, ciegas,
y en cambio luces insinuante
y promisoria, prístina,
cuando estás por marcharte,
dicen que entre dos luces,
disoluta,
esquiva,
casi humana.

06 julio, 2009

Pijoterías

Soy un pijotero, bien lo sé, seguro que un reaccionario, incluso, pues cada día me ponen mas de los nervios ciertas modas, ciertos modos y determinados experimentos que me parecen ñoñadas para tontitos del culo que, en el fondo, son pretextos para que cuatro avispados a medio camino entre la Administración y el puticlub se lo lleven crudo y, encima, pongan en sus currículos unas monadas muy resultonas.
Vale, sí, ya les explico por qué me pongo así. Recibo un folleto muy bonito con el logo de Funivcyl, que, contrariamente a mi intuición inicial, no es una empresa de funiculares, sino la Fundación Universdades Castilla y León. Siempre que oteo en el horizonte una fundación echo mano a la cartera y pongo el culo contra la pared. Hoy, el que no desenfunda simplemente funda, y se lo lleva igual. También viene el símbolo de la Junta de Castilla y León, toda circunspecta y como muy de casa ya. Se anuncia en el papelín un evento que, ya puestos, se titula tal que así: “Castilla y León: formando emprendedores”. Chúpate esa.
Últimamente me pirro por las emprendedoras. Por cierto, ¿por qué los políticos y folletistas nunca ponen “emprendedores y emprendedoras”? Si decimos vascos y vascas y topos y tapas, por qué no vamos a decir emprendedores y emprendedoras, vamos a ver. O será para que no pase lo que a mí me pasaría: que una convocatoria para un congreso de emprendedoras me pondría aún más contento, con una ilu terrible y pletórico de dicha al pensar lo que se les puede ocurrir emprender a las muy jodías. Así como está, sin concesiones a la corrección política y sólo con lo de emprendedores que se forman, me divierto también, pero menos. Y tenían que ver la foto y los dibujitos: un guaperas con cara de hijo de papá concejal de urbanismo en ayuntamiento de más de cien mil habitantes, con aire de estudiar en una privada con portátil incluido, masajista transexual y podólogo autóctono, y una viñeta en la que se dibuja una bombilla que se enciende en la cabeza del cretino que va a emprender la leche de cosas en cuanto salga de ese evento que, por cierto, se celebra en Segovia.
Algunas de las conferencias programadas y que, a su tiempo, serán emprendidas por sus autores también son de mucho chiste, y que me perdone algún amiguete que aparece en el programa y que dicta alguna de las otras, of course. Pero vean qué apropiado y apasionante. Uno habla de “Liderazgo en la empresa familiar: Emprendedores vs. Sucesores”. Uf, llevo preocupadísimo con ese asunto desde que deserté del arado, pues siempre me pregunto qué habría sido yo si me hubiera quedado con las doce vacas de mi padre, emprendedor o sucesor. ¿Y si me lo montaba de sucesor emprendedor? Flipo con las posibilidades que ofrece el mundo de la emprendiduría, la emprendición o como carajo se diga. Hay otra charla sobre “El valor estratégico de la comunicación para las personas emprendedoras”. ¿Ven? Mismamente ahí ya pillamos una crucial diferencia entre emprendedores propiamente dichos y pajilleros solitarios y sin futuro ni na: para el emprendedor la comunicación tiene valor estratégico, mientras que para el mindundi apocado y sin papá al que sucecer o con el que emprenderla, la comunicación posee un valor meramente táctico o a grito pelao. Por cierto, y entre paréntesis, les recomiendo un método de deconstrucción casera de gilipolleces. Cuando vean un título muy chachi y muy chuli de lo que sea (un curso, una instalación en un museo provincial de arte de vanguardia universal, una crítica en Babelia...) prueben a descolocar las palabras al buen tuntún. Si en cualquiera de las combinaciones posibles siguen significando lo mismo (o sea, nada), es que estamos ante una gilipollez para consumidores de tales productos y que se llaman..., se llaman..., vaya se me olvidó. Hagamos una práctica con el título anterior, "El valor estratégico de la comunicación para las personas emprendedoras" y alteremos sus términos por ejemplo así, "El valor personal de la estrategia para la comunicación emprendedora", o así, "El valor comunicativo de las personas emprendedoras para la estrategia". ¿Se entiende igual y vale lo mismo? Sí, ¿verdad? Pues lo dicho.
Volviendo al suculento programa, también se realizarán dos talleres prácticos a los que me encantaría asistir con mi coche. Uno se llama “Taller práctico: comunicación interna” y el otro “Taller práctico: comunicación externa”. Son primos. Me gustaría mucho ir, aprender y luego practicar con mi señora, especialmente la comunicación interna, para la que imagino que hay que tener, como mínimo, la confianza que da el vínculo matrimonial o, en caso contrario, ser muy emprendedor, y ya no me siento en edad para comunnicaciones internas fuera de casa y si no hay fútbol ni nos estamos acreditando.
En fin que una gozada, que aquí un amigo y aquí un ponente y que nos gastamos un cuento de la madre que lo parió. Si queremos encauzar este puñetero país y que los dineros comunes no se vayan a financiar la tarima móvil del avispado de turno que se está especializando en Ética del Emprendedor en la Era de la Globalización o el cualquier otra mamonada semejante que debería, inclusive, ser delito, urge una reforma legal que prohíba de raíz las fundaciones que no estén abiertamente en manos de y dirigidas por toreros y madames.
De tanto emprender a mi costa todo quisque, empiezo a notar un fuerte escozor en la parte ideológica e intuyo que habrá que amputar, aviso.

05 julio, 2009

¿Quién defiende las constituciones?

Es el eterno retorno de la gran pregunta de constitucionalismo y, si me apuran, de la teoría del Derecho. Cuando la famosa polémica de Kelsen y Schmitt se debatía sobre si le correspondía a los jueces y los tribunales constitucionales. Hoy, por desgracia, casi suena a escarnio, con lo que ha llovido y las lecciones crueles de la historia, que podemos sintetizar así: salvo en países de muy acrisolada cultura constitucional, los órganos supremos de la judicatura y los tribunales constitucionales suelen ser marionetas en manos de ejecutivos populistas y de tiranías más o menos encubiertas o, cuando menos, juguetes de los partidos gobernantes que usan con los magistrados la táctica del palo y la zanahoria: si eres bueno y dócil, al terminar tu mandato te premio con una embajada o algún otro nombramiento de mucho relumbrón y mucho figurar. La carne es débil y, por lo que parece, la carne cubierta de toga más débil aún. Con las excepciones de rigor por supuesto, pero pocas. Omitiré en este momento cualquier concreta alusión al Tribunal Constitucional Español y su pose actual, porque vamos a otro tema y porque no está bien gastar tinta en obviedades.
El asunto de la garantía de la constitución vuelve a estar estos días de actualidad, a raíz del golpe de Estado en Honduras y de los dimes y diretes del presidente Zelaya y de los organismos internacionales. No tengo tiempo ni ánimos ahora para meterme en honduras, precisamente, y conozco nada más que lo que cuentan los medios de comunicación, que, en resumen, viene a ser lo siguiente: el presidente Zelaya, que no es precisamente un líder de las masas desposeídas, aunque posee él, entre otras cosas, la legitimidad que brinda su elección democrática, andaba jugando a imitar a reputados líderes “democráticos” latinoamericanos, como Chaves, Uribe y Morales, pues mediante referéndum pretendía reformar la cláusula constitucional que impide su reelección. El Tribunal Supremo dijo que no cabía esa reforma así, pero el presidente siguió en sus trece, hasta que el ejército, por su cuenta y riesgo, lo puso de patitas en Costa Rica. Que los ejércitos no son los guardianes de las constituciones parece, por fortuna, verdad generalmente asumida en nuestros días. Pero la pregunta fundamental sigue en pie: ¿quién ha de velar por la constitución en un Estado de Derecho? ¿Los jueces? En Honduras parece que la judicatura se plantó ante el presidente, pero, por lo poco que he leído, no parece que la doctrina y la llamada sociedad internacional den mucha importancia a esa postura, puesto que la legitimidad y el derecho de Zelaya a salirse con la suya vía referéndum no se discuten gran cosa. ¿Serán los presidentes o jefes de Estado los vigilantes constitucionales supremos? Eso haría a Carl Schmitt removerse de gusto en su tumba, pero, además de que el renacer entusiasta de las tesis schmittianas pueden provocar todo tipo de erupciones cutáneas en los demócratas bien nacidos, fiar las constituciones al ejecutivo, y más si se reviste de tintes mesiánicos y populistas, es como poner a Drácula a organizar las transfusiones hospitalarias. Entonces, ¿el pueblo? Ahí está la madre del cordero.
En medio mundo -y un poquito en España también- está aconteciendo una más que preocupante relectura populista e interesadamente demagógica del principio democrático. Que las constituciones dispongan la soberanía popular y los procedimientos de decisión democrática, especialmente en lo referido a las decisiones legislativas, no significa que la constitución pueda y deba estar permanentemente sometida a la decisión popular. Una constitución no es democrática porque la ciudadanía esté de acuerdo con ella o porque se dedique cada dos por tres a retocarla y rehacerla mediante referendos que son siempre puros plebiscitos en los que no se vota sobre normas, sino sobre la persona del mandamás que se erige en salvador y sumo sacerdote de la colectividad. La constitución democrática tiene que protegerse de la manipulación de las masas y de los cambios de humor de las gentes, precisamente para proteger la democracia y sus maneras. Y puede hacerlo de muy diversas formas: estableciendo cláusulas de intangibilidad para que determinados artículos no puedan ser reformados, fijando procedimientos agravados para las reformas de sus preceptos más relevantes, etc. Con ello, entre otras cosas, las constituciones se defienden frente a un peligro evidente, el de que los detentadores del poder legislativo y, sobre todo, ejecutivo, aunque posean intacta su legitimidad democrática de origen, utilicen las formidables herramientas de que disponen -dineros del erario público, medios de comunicación afines, comprados o amordazados, fuerzas de orden público, complicidades provenientes del sistema económico o de un entramado más o menos perverso de relaciones internacionales...- para condicionar, amedrentar o manipular a la masa electoral y hacer de su pura voluntad suprema norma del sistema jurídico.
Una reforma constitucional inconstitucional o, aunque mantenga ciertas formas, inducida desde el poder ejecutivo y dirigida mediante los resortes del poder público, y que altere gravemente el entramado constitucional de los poderes y los límites constitucionales a los poderes también es, al menos funcionalmente, un golpe de Estado, por mucho que se lave la cara mediante votaciones en las que el sesenta o el noventa por ciento de los votantes la apoyen. El apoyo popular a una medida de ese tipo no sana su inconstitucionalidad, aunque los tiranos aupados en las urnas griten que hacen lo que quieren el pueblo. Un pueblo puede, concedamos esto, derribar una constitución mediante una revolución, pero, por definición, no caben revoluciones constitucionales, y menos si las dirige un gobierno. Fueron ciertos constitucionalistas nazis los que, después de 1933, forjaron esa expresión, “revolución constitucional”, para tratar cínicamente de poner de relieve que no estaban socavando hasta los tuétanos la Constitución de Weimar, formalmente no derogada, sino realizándola en sus supremos principios y en armonía con el sano y sacrosanto sentir popular. Mentiras podridas, bazofia doctrinal, descaro de juristas prostituidos.
Entre los muchos argumentos con los que podría reforzarse la tesis que estamos manteniendo, parémonos solamente en uno, quizá de los más rebuscados, el que podríamos llamar argumento de la simetría democrática: si en aras de la democracia un presidente puede llamar al pueblo a las urnas para alterar los límites que la constitución a él le pone, debería ser igualmente posible que el pueblo también pudiera autoorganizarse para acudir a las urnas a derribar inconstitucionalmente esa presidencia. Y eso bien sabemos que en ningún lugar lo verán nuestros ojos.
Volviendo al caso, bien está que la OEA, la ONU, la UE y la madre del cordero presionen a los militares hondureños para que el presidente Zelaya sea repuesto en el cargo que legítimamente le corresponde. Pero, por las mismas razones de defensa del Estado de Derecho y de la democracia, debería aplicarse similar presión cuando un presidente se pasa por el arco del triunfo las garantías constitucionales, los preceptos de la constitución y las resoluciones de los órganos constitucionalmente llamados a ponerlo en el sitio que constitucionalmente le pertenece. Toda la razón para pararles los pies a los militares hondureños, toda, pero un buen toque de atención también para Zelaya y demás imitadores de los nuevos déspotas latinoamericanos. Así que menos sonrisitas y abrazos con los Chaves, Morales, Uribes y demás ridículos imitadores de los dictadorzuelos que aquí y allá hemos conocido de sobra. ¿O acaso legitimaban a Franco aquellos referendos en los que ganaba siempre con un noventa y nueve por ciento de los votos? ¿Acaso debería Hitler haber convocado en 1933 un referéndum para que aún hoy estuviéramos convencidos de que era un demócrata impecable y un buen defensor, en el fondo, de la Constitución de Weimar?
Sólo de una forma puede un pueblo erigirse en salvaguarda final de la constitución: negándose firmemente a ser utilizado para alterar su letra o su espíritu de modo constitucionalmente espurio. Pero, para eso, un pueblo ha de creerse su constitución, y hay pueblos que siempre han tenido excelentes razones para no fiarse de ella. Pero pobre de aquel pueblo que crea que haciendo vitalicio el poder de un tirano será más libre y estará mejor defendido y más alimentado, pobre. El que cree en la constitución no admite amo y, por eso, no hay amo que crea en la constitución, al menos en la constitución de un Estado de Derecho que no sea la tapadera de una casa de citas.

04 julio, 2009

Días de orgullo varonil

Culmino tres días con Elsa mano a mano, solos en Gijón. Algún pequeño desacuerdo, pero creo que acabo la lidia al menos con dos orejas, con mis dos orejas intactas. Hemos ido a la playa y disfrutó fuertemente, aunque en verdad las olas no son lo suyo, salió de secano, qué le vamos a hacer. Eso sí, trepando por las rocas no tiene rival en su categoría, que tiemble Edurne Pasaban. También hemos visto los tiburones del Acuario, hemos ido de compras y hemos cocinado unos macarrones con tomate casero que no podría deconstruir así como así ni el mismísimo Ferrán Adriá. En la librería, visita obligada, localizó a la primera la sección de Pocoyó y demás tropa y a punto estuvo, en plena voracidad libresca, de derribar toda una estantería. Las cacas, por supuesto, a destiempo y en lugares indebidos, pero no es nadie el papá improvisando cambios de pañal con una sola mano. El lumbago bien, gracias.
Los de mi género, especialmente en el sector progresista -los otros achantan-, exclaman al unísono que vaya bemoles y qué moral. Sus señoras, que tampoco son de misa, murmuran que qué tío y que de qué planeta procederá. De Ruedes, mismamente, agro europeo, sector nórdico. Pero creo que les debo una explicación, pues, junto al irracional impulso vital, a lo Bergson, pero en asturiano, tiene la cosa también su componente ideológico, que cabría resumir así: cualquier cosa que pueda hacer una señora, puede hacerla un servidor, faltaría más. Salvo, obviamente, parir y fingir orgasmos de aquella manera. Es una manera de practicar la igualdad de género, pero por activa, en plan activo. Porque que mi señora trabaje y meta pasta en casa también lo veo bien, cómo no. Pero ese es el igualitarismo masculino por pasiva; o sea, que ellas no se corten de hacer lo mismo que yo, pero a mí me da no sé qué igualarme en lo suyo, de pronto me pongo como nervioso y me siento inútil y tal y cómo voy a freir un huevo con estas manazas, ¿eh?. Y, claro, de esa manera es fácil que tengamos que tragar con cuotas, desplantes y discursos sobre la doble explotación de las damas, sin que les falte razón para cantarnos las cuarenta.
Así que, compañeros, el feminismo y el igualitarismo se demuestra andando, andando con el pañal, con el delantal, con el carro de la compra, con la jaqueca y con las mismas razones para acostarse molido y sin estar para nada más. ¿O qué se creían? Además, que conste, con una silla infantil y un niño a bordo se liga un montón en los grandes almacenes y en los cafés. Bien está saberlo, por lo que tiene de advertencia para las consortes: no las necesitamos tanto ni en una cosa ni en otra, así que ojito.
Terminemos con el modelo “católico” de igualdad, tan propio de los machos que se declaran creyentes pero no practicantes.
Y ahora, mientras Elsa duerme su siesta, voy a ponerme un cafetillo y a sentarme un rato con buen novelón. Que estoy rendido, hija.

02 julio, 2009

Columnistas

(Publicado hoy en El Mundo de León)
Además de escribir esta columna semanal, gracias a la amable hospitalidad de este periódico, y alguna otra cosilla por ahí, soy un voraz lector de columnas. Cada uno tiene sus vicios, qué le vamos a hacer.
Entre los columnistas hay de todo, como en botica, pero no sería difícil hacer una buena clasificación. Está, por ejemplo, el perpetuo cabreado, despotricador indomable al que pareciera que la úlcera castiga sin piedad o que no le dan gusto en ningún lado (algo me hace identificarme, modestamente). También el pedantón, que es incapaz de comenzar un texto sin una cita de Tito Livio o una referencia a una cosa que dijo un día un artista muy famoso en una tertulia en la que, casualmente, estaba él, el columnista. Y qué me dicen del que es tan agudo que, en medio de esta perfecta identidad de fondo entre los partidos dominantes, logra distinguir y clasificar con perspicacia tal, que las mismas ideas, expresada hoy por el presidente del gobierno y mañana por el líder de la oposición, le parecen ideas distintas y merecedoras de juicios bien diversos.
Pero mi favorito, el que más me divierte, es el columnista tópico, el meneador compulsivo de lugares comunes, frases hechas y variados refranes. Allá por abril o primeros de mayo glosa, año tras año, la llegada de la primavera, nos recuerda que la sangre altera, pero dentro de un orden, y que hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo, y se recrea en amables alusiones a lo bonitos que se ponen los parques y a cómo resuenan las risas de los niños en las calles. En febrero ha publicado su articulillo anual sobre la llegada de las cigüeñas y cuán hermosas se ven las agujas de la catedral con el cielo invernal y el pájaro encima. Antes, en navidad, no sólo ha rememorado que hace un frío que pela, como corresponde a la estación, sino que también ha mencionado la alegría de los niños con los regalos y la conveniencia de no pasarse de consumistas, pues hay gente que padece hambre y no está bien la ostentación. Al columnista tópico le gustan mucho los niños y ayudar a las viejecitas a cruzar las calles. De la demás gente no habla apenas, para no complicarse la vida y porque nunca se sabe quién va a gobernar mañana. Parece algo bobo, pero no lo es.

01 julio, 2009

Acabemos también con la sociedad civil

Hace unos días decíamos aquí, con el correspondiente punto de ironía y la parte necesaria de reflexión pretendidamente seria, que se debería terminar con el llamado Estado del bienestar, pues induce malestar en los que de él más se benefician y no saca de sus penurias a los que teóricamente deberían justificar su acción. Hoy vamos un paso más allá y proponemos acabar con el papel teórico y práctico de ese peculiar engendro llamado sociedad civil.
Son muchas las doctrinas filosófico-políticas que, con la consabida tendencia a desmenuzar fantasmagorías y convertirlas en clave para la construcción de la Ciudad de Dios, en versión secularizada, aluden al papel crucial de la sociedad civil para que haya democracia la mar de deliberativa, para que se expandan las virtudes del republicanismo cívico, para que el mercado se autocontrole con el mismo rigor y eficacia con que se autodomina cualquier psicópata y para que la gente no se sienta sola en la bolera. Pues vale. Sobre el papel suena bonito. Quiere decirse que la representación política malamente funciona cuando el llamado conglomerado social no es más que el agregado de unos millones de individuos puramente autointeresados y que van nada más que a su bola y a sus negocios; que con dificultad se articulará una auténtica voluntad ciudadana cuando cada quisque ni se habla con su vecino ni se interesa por las circunstancias de su barrio ni se compadece de las penas del cuitado con el que a diario se cruza; que no hay ética sin virtud ciudadana ni constitución que se aguante sin patriotismo constitucional y sin una voluntad general que se pode el componente egoísta que contamina la voluntad de todos cuando no es más que la voluntad de cada uno que quiere pisar, legalmente, eso sí, la cabeza al de al lado. Ciertamente. Y entonces hacen falta muchos cuerpos intermedios, democracia asociativa, pluriempleo discursivo del ciudadano, que ahora interviene en la asamblea del sindicato, más tarde asiste a la manifestación en defensa del medio ambiente y después de comer acude a arrimar el hombro a la asociación de consumidores para discutir sobre la mejor manera de poner a raya esos aditivos indigestos que le añaden al paté de oca alimentada con transgénicos. Estupendo, pero no. También sería maravilloso que los ladrones se tornaran gente honrada, los especuladores fundaran oenegés altruistas y los curas no bendijesen las hostias de los tiranos. Ya puestos...
No es que esta cosa llamada sociedad actual en Estados opulentos carezca de nexos aglutinadores y de motivos para dialogar a calzón quitado y con afán más o menos sano. Pero los tiros van por otro lado. La gente acude en masa a los estadios de fútbol, debate con minucia de teólogo liberado los últimos fichajes del su equipo-iglesia, comenta antes de la hora del café, durante la hora y pico del café y después del café los avatares genitales de la última edición del Gran Hermano y se atraganta de puro patriotismo ante las evidentes afrentas que la Nación sufre en el festival de Eurovisión. Y para de contar. Los sindicatos quedan para los sindicalistas profesionales, que se liberan por la puerta de atrás, las asociaciones de vecinos son una excelente vivero para que los partidos políticos encuentren candidatos a concejales, previa prueba de disciplina, inglesa y propiamente municipal, y otros cientos de asociaciones sirvan más que nada para que cuatro gatos ensayen oratoria de rastrillo y liguen con los y las del mismo uniforme mental. Es una pena, no debería ser así, pero es lo que hay.
Y sucede que eso que no tiene nombre propiamente dicho y que siempre llamamos el Sistema o el Poder hace su agosto fingiendo que dialoga y negocia con la sociedad toda al escuchar a sindicatos sin militancia y a asociaciones sin más cuerpo social que cuatro fanáticos del tópico manido. Pura impostura y descarado manejo. Tres ecologistas y medio paralizan una autopista o el tendido del AVE, cinco pacifistas pasan por expresión de un país pacífico, dos extremeños obsesos del idioma checo hacen una huelga de hambre relativa y consiguen que el checo se reconozca en las escuelas de Getafe como segunda lengua, tres bercianos que no logran despegarse la boina ni con ayuda de una grúa se empeñan en que el Bierzo es nación y hacen que se reúna en Cacabelos la Asamblea de Pueblos Oprimidos Por Donde Más Jode. Y así sucesivamente. No es que no tengan razón de ser y buenos argumentos el ecologismo, el pacifismo y cualquier otro ismo que se precie y que no vaya contra la corriente del discurso fetén, no es eso. Lo que sucede es que el pueblo pasa y los que hablan por el pueblo pasan por ser el pueblo. Y digo yo que eso tampoco está bien. No estaba bien cuando lo hacía la aristocracia, no está bien cuando lo hace alguna iglesia, no está bien en ningún caso. Que cada cual se exprese, proteste, se manifieste y se una con los de su misma idea, pero que hablen solamente por sí y por lo que representan: si son cien, por cien, si son mil, por mil. O sea, y vale el caso para lo mismo: pues como cuando se manifiestan y gritan lo católicos y entendemos –o debemos de entender- que lo que dicen no cuela como sentir común y general. Pues lo mismo, y eso que los católicos son más (o eso dicen).
Y, entonces, ¿qué hacer? Pues que todo el mundo hable lo que tenga que hablar y diga lo que tenga que decir, pero que las decisiones se tomen entre todos. ¿Cómo? En principio, en el Parlamento y, en los temas peliagudos y que toquen de cerca a los habitantes de acá o a los ciudadanos de allá, mediante democracia directa. Referendos y a volar. Porque, si no, nos quedamos a dos velas y sin pito que tocar los individualistas solidarios, los solitarios compasivos, los que no tenemos ni tiempo ni paciencia para marear la perdiz en la reunión y la asamblea del grupúsculo, pero queremos codecidir y que no se nos confunda.