05 octubre, 2011

Recortes

Esto de los recortes se ha convertido en asunto de moda. Que si yo no recorté, que si tú recortaste poco, que si él recortará más. Este que suscribe ya no sabe qué pensar. Me suenan mal los recortes en servicios públicos tales como enseñanza y sanidad, pero es de suponer que aquí tampoco sobrarán los matices. Son servicios públicos esencialísimos para el ciudadano, el particular para el que no puede pagar su prestación privada o, incluso, lujosa. Aunque, ya que de justicia social hablamos, tampoco veo tan mal que los que holgadamente puedan apoquinar por ellos lo tengan que hacer, aunque sea solamente un poquito. Con toda sinceridad, no entiendo por qué esto todo tiene que ser gratis para todo el mundo, aunque estoy convencido de que los servicios básicos no han de tener coste para quienes carezcan de medios o los tengan escasos. No me parecería una iniquidad, ni mucho menos, que a mi mujer y a mí nos cobraran trescientos euros al año –por decir algo- por mandar a nuestra hija al buen colegio público al que asiste. Y no es que seamos ricos precisamente, debemos de andar por los caminos de la clase media chuchurría.

Hay protestas abundantes por los recortes en educación. De acuerdo. Pero hay distintas maneras de recortar y no por todas es igual la queja. En algunas Comunidades se aumenta el número de alumnos por clase y la sangre no llega al río. Ha pasado en esta en la que vivo y en educación infantil, donde está mi hija. Cuando se bajó el sueldo a los maestros, al igual que a todos los funcionarios, no salieron demasiadas voces exigiendo que con la enseñanza se hiciera una excepción. En fin, que no acierto a comprender en qué momento, dónde y por qué se dispara la alarma, la misma alarma que otras veces no suena. Parece que es cuando se suben las horas de docencia de los profesores o si a ellos y no a todos los funcionarios se les acorta el sueldo.

Por cierto, si quieren leer un buen desahogo de un profesor asturiano indignado y con más razón que un santo, vayan aquí. Es Francisco García Pérez y se titula "Yo maté a Manolete" el artículo que publica en La Nueva España.

Se supone, y yo también lo supongo de completa buena fe, que el desencadenante del enfado tiene que ver con el temor a que merme la calidad de la enseñanza. Eso me gusta. Pero, caramba, hace tiempo que la calidad de la enseñanza está siendo sistemáticamente atacada por gobiernos de todos los colores y por su piara de pedabobos y casi nadie ha dicho esta boca es mía. Desde luego, no recuerdo manifestaciones de profesores para oponerse a las sucesivas reformas que han intentado convertirlos en memos inútiles y en burócratas desesperados. Entonces, con absolutamente todos los respetos para todo el profesorado, ya no sé si será verdad o no que la preocupación es por la calidad y el buen nivel de la enseñanza. El otro día un amigo que trabaja en un instituto me contaba que la presión de los inspectores para que aprueben a todo el mundo se va haciendo insoportable. ¿Habría o no habría que hacer unas cuantas manifestaciones por ese motivo e intentar tirar al río a una muestra mandamases educativos?

Pero de verdad que no sé y que casi no me atrevo a decir esta boca es mía. Salvo en la universidad. Ahí sí tengo claro que, si cierto fuera que es preciso recortar gastos, habría soluciones. ¿Cuáles? Veamos.

Es de suponer (¿o es mucho suponer?) que los profesores universitarios tenemos una jornada de trabajo como todo honesto zurrigurri. ¿Cuarenta horas semanales? ¿Treinta y cinco? Las que usted quiera. Tengo entendido que de ese tiempo debemos dedicar a impartir clases unas ocho a la semana. Pues quedan unas treinta. ¿Para hacer qué? Hombre, pues preparar esas clases, corregir exámenes y trabajos… Pues vamos a darlo por bueno y añádale usted otras ocho semanales para esos menesteres. Ocho más ocho, dieciséis. Así que todavía restan libres unas veinte horas a la semana. ¿Para qué? En este momento ya se me han enfadado varios colegas y amigos, por los derroteros que va tomando esta entrada. Pero les ruego que esperen un poquito, a lo mejor estamos de acuerdo al final.

Se entiende que el profesor de universidad pública es docente e investigador. Así que qué menos que dar por sentado que esas veinte horas semanales aproximadas se aplicarán a investigar y a publicar y difundir los resultados de la investigación. Muchos aplican mucho más tiempo a tal labor. Perfectísimo. Sólo que hay una parte del profesorado universitario que no investiga un carajo, nada; o casi. ¿Con esos qué medidas tomamos? Ponga que de promedio dictan seis horas de clase a la semana durante el curso. Yo los conozco de bastante menos y que se chulean a tope, pero dejémoslo ahí. Si publican un articulejo malo cada dos años, o cada siete, ¿qué hacemos con ellos? ¿Se lo toleramos, presumiendo que investigan mucho, pero lento? ¿O que se aplican con celo, pero no les sale? Tararí, no es cierto. Hay una parte del profesorado universitario que fuera de sus horas de clase, sean ocho o sean muchas menos, se dedica nada más que a sus asuntos particulares. Sencillamente. El que niegue eso no conoce este mundillo ni por el forro.

¿Qué hacemos con esa gente en tiempos de apreturas económicas? Lo ideal sería echarlos a la prostituta calle, pero parece que todavía no están los tiempos maduros para eso. Así que…, a trabajar en serio, majetones. O investigación o más docencia. A los buenos investigadores con resultados acreditados, reducción de horas de clase, incluso. A los que no valen más que para enseñar, a enseñar más tiempo, por lo menos mientras no acrediten otros resultados serios. ¿Eso son recortes? No, eso es justicia de cajón. Porque, si no, tenemos que mientras unos se dejan los cuernos enseñando e investigando, otros se lo pasan tan ricamente en el spa en horario laboral y sin merma de su sueldo.

Otra buena vía para ahorrar son los carguetes. En universidades pequeñas y medias, poco menos de la mitad de su plantilla ocupa cargos remunerados, sea en rectorados y vicerrectorados, sea en departamentos o sea en facultades.

Primero, buena parte de esos cargos están de más y no sirven absolutamente para nada. Segundo, gran parte de ellos no tienen por qué ser pagados a mayores. Gracias a las anecas y las caquillas evaluadoras el profesorado en edad de merecer se pega por un carguillo. Bueno, pues si les sirve para hacer currículum ya es incentivo bastante, no hay por qué gratificarlos a mayores. Además, si la tarea –en caso de que alguna haya- la hacen en horario laboral y si, de propina, tienen alguna descarga docente por ello, no entiendo por qué hay que ponerles pasta encima.

Podríamos seguir, pero para muestra basta ese par de botones. Lograr que rinda el escaqueador o el cuentistas es la primera exigencia justa cuando se paga con dinero del contribuyente. Hace falta acabar con los cortijos, las corruptelas y los apoltronamientos. Distinguir entre lo esencial y lo accesorio es la siguiente consigna elemental cuando de empleados públicos hablamos. En la universidad, por ejemplo, no estamos ni para pasarnos las horas en las cafeterías del campus luciendo el body ni para sumirnos en burocracias y variadas mamarrachadas. Estamos para lo que estamos. Y es ineludible exigir que ahí estemos.

¿Sobran Administraciones? Por Francisco Sosa Wagner

(Publicado ayer, martes 4, en El Mundo)

El debate no es nuevo pero ahora lo tenemos planteado en carne viva debido al descubrimiento que acabamos de hacer relativo al pozo de deuda pública en el que estamos metidos y desde donde hacemos todo tipo de aspavientos para salir a la superficie.

Y, entre ellos, está la polémica sobre las Administraciones. ¿Tenemos muchas, tenemos pocas, están mal organizadas, se pueden perfeccionar, es mejor abandonar todo intento? Preciso es tener en cuenta, a la hora de adentrarse en este bosque, que las Administraciones de las que hablo son correosas, dijérase que tienen la piel del proboscídeo por lo que ofrecen resistencia inusitada a ser perforadas.

En España tenemos, según creo, muchas Administraciones. Demasiadas para las que un cuerpo social moderado y que pretende ser elástico puede soportar. Diecisiete Comunidades autónomas -más dos ciudades igualmente autónomas en el norte de África-, cincuenta provincias, ocho mil y pico municipios, miles de entidades locales menores, comarcas, mancomunidades ... un festival para los juristas, para los abogados, para los políticos. Pero ¿y los ciudadanos? ¿no estarían más satisfechos con un aparato administrativo más ligero, más portátil?

Sin necesitar dotes de arúspice, es fácil sostener que el contribuyente, ese ser que gime bajo el peso del despiadado ejercicio de la potestad tributaria, se alegraría si en ese bosque espeso se hiciera algún clareo que dejara penetrar un poco más de luz, aquella luz que dicen reclamaba Goethe en el momento de ofrendar su vida a la eternidad.

La gran lanzada se ha proyectado recientemente sobre las provincias. Incluso alguna voz, con reconocida autoridad en la política española, ha llegado a anudar la desaparición de las provincias a la salvación del sistema sanitario público. Un desvarío que ha sido seguido de otros como esos ecos que se multiplican en las anfractuosidades de una cordillera. A mi modesto entender, afrontar este asunto exige recordar que en España tenemos espacios donde han desaparecido las organizaciones provinciales -las Comunidades autónomas uniprovinciales-, territorios insulares que tienen sus específicas soluciones, supervivencias de las guerras carlistas como son las históricas forales -de Navarra y del País Vasco-, en fin, Diputaciones “normales” en las comunidades autónomas pluriprovinciales. Entre estas, a su vez, la prudencia aconseja distinguir entre aquellas que disponen de dos o tres diputaciones -Valencia o Extremadura- y las que cuentan con un número más abultado -las dos Castillas, Andalucía ...-.

Toda fórmula simplificadora debe por tanto rechazarse. Menor atención si cabe merece la de ligar las churras provinciales con las merinas de la sanidad porque, si así se hiciera, antes habría de planearse un homenaje al papel destacado que las Diputaciones tuvieron en la modernización de una parte de nuestro sistema sanitario público, luego engullido ciertamente por el del Estado, pero tras un momento de esplendor -provincial- inequívoco.

¿Qué hacer con esta barroca situación? Creo que fue un error dotar de rigidez constitucional a la organización provincial porque su diseño exige soluciones diferenciadas. Ahora bien, contando con este “rigor mortis” a lo mejor sería bueno desempolvar las fórmulas que la Comisión de Expertos presidida por García de Enterría propuso a comienzos de los años ochenta: a saber, utilizar los servicios provinciales como estructuras para el ejercicio “provincial” de las competencias autonómicas. Este consejo no se siguió porque, para los responsables de las Comunidades autónomas, crear un aparato administrativo aquí y acullá les resultaba más apetecible que un bizcocho recién horneado y, encima, bien relleno con la crema pastelera de las tentaciones políticas. Por tanto, ¿por qué en vez de dirigir nuestros dardos contra las provincias, constitucionalmente encapsuladas, no lo dirigimos contra la robusta estructura periférica de las Comunidades autónomas?

Y ya que hablamos de estas, algún día será preciso pensar en reducir su número. Nosotros tenemos más Comunidades autónomas que Länder los alemanes cuando ellos nos doblan en población. Y, sin embargo, desde hace años está allí pendiente una reforma territorial destinada a su reducción. A tal efecto se han hecho muchos estudios de los que se extrae la conclusión de que los actuales dieciséis Länder deberían quedar en seis o siete. Es verdad que esta renovación esta remitida ad calendas graecas o “puesta en el hielo” por utilizar la expresión alemana. Pero la discusión ahí está. Y me pregunto y pregunto ¿nosotros no podemos tratar este asunto? Creo que algún día se hará y por eso siempre me ha parecido un disparate el proyecto de llevar los nombres de las Comunidades autónomas al texto constitucional. Otro error que sería primo hermano del cometido con las provincias.

¿Y qué pasa con los municipios? Es bien probable que, cuando se haya consumado la revolución de las estructuras administrativas que los tiempos modernos reclaman y que afectan al mismo Estado, nos siga quedando pegado en los bolsillos el polvo municipal y ello por grande que sean las convulsiones de la globalización. No olvidemos que toda la inmensa Odisea gira en torno a la pequeña Ítaca de la misma forma que el enorme “Ulises” está centrado en un día cualquiera de la ciudad de Dublín.

En muchos países europeos se ha producido en el último tercio del siglo XX una supresión drástica de municipios. La Alemania anterior a la reunificación pasó de veinticinco mil a ocho mil en los años setenta como consecuencia de leyes específicas aprobadas en los parlamentos de los Länder. Y que, por cierto, dieron lugar a una cantidad apreciable de pleitos constitucionales, planteados por las autoridades locales, todos ellos desestimados sin que hicieran mella en los magistrados las invocaciones altisonantes a la “autonomía local”. Y un proceso análogo está en marcha en los nuevos Länder.

Lo mismo podemos decir de Bélgica que, por la misma época, dejó contraído su número de municipios de 2700 a menos de 600. Y Dinamarca vivió algo semejante. Francia ha tenido menos suerte porque la ley “Marcellin”, de principios de los setenta, cosechó escasos efectos prácticos y ahora existe un Plan que llega hasta 2014. En Grecia, Italia y Portugal son las autoridades europeas las que están forzando los cambios.

En España reducir el número de municipios, sobre la base de acuerdos voluntarios y, si no se logran, aplicando el bisturí, es indispensable. Pero no para ahorrar porque los pequeños ayuntamientos generan muy poco gasto siendo los grandes los que exhiben cifras de sonrojo. Es decir, la reducción del número de municipios no debe ser -o no debe ser tan solo- parte de una política de ahorro sino de una política de mejora de la calidad de la democracia pues un Ayuntamiento que representa a pocos vecinos antes es familia que organización política seria. Y de perfeccionamiento en la oferta de servicios. Cuando un Ayuntamiento no los presta o ha de recurrir para hacerlo a mancomunarse con otros es que algo ha ocurrido en ese tejido social y la ley ha de ofrecer la respuesta adecuada.

Ahora bien, como trámite previo a todos esos esfuerzos, podríamos empezar -como ya se está haciendo en parte- con meter en el quirófano a las miles de sociedades, falsas fundaciones y otros “entes instrumentales” que se han creado sobre todo en los grandes municipios, en las provincias y en las Comunidades autónomas como nidos de despilfarro y de clientelismo político. Si no lo hacemos así, estaremos disparando sobre un blanco equivocado.

Sépase en fin que el citado bisturí sobre el cuerpo municipal ha de ser empuñado por el gobierno y por los parlamentos de las Comunidades autónomas. Primero, por exigencias constitucionales, de los Estatutos de autonomía y de la ley básica de régimen local. Segundo, porque las Comunidades autónomas tienen un magnífico espacio para demostrar que sirven para atender sus asuntos cercanos, cabalmente la propia ordenación de su espacio. Si no son capaces de esto, estarán poniendo de manifiesto que, desde lejos, se legisla y administra mejor. Lo que comprometería la dignidad y aun el sentido mismo de su papel institucional.

Salvar la vida municipal, que es a un tiempo cosmopolita, decadente y vanguardista, merece la pena.

03 octubre, 2011

Hastío

Los comentarios al post de “Danzad, danzad, benditos” me han hundido más en la perplejidad. En la melancolía no, porque ya casi no me queda. Sin ánimo de marearme mucho en la misma noria ni de seguir con tal matraca sobre Zapatero y demás, me pongo a hacer algunas consideraciones muy breves y que se pretenden aclaratorias de unas pocas cosillas.

1. Cada quien puede creer en lo que le da la gana, con fe de carbonero, de teólogo o de sujeto que intenta reflexionar un poco. Que haya personas y colegas que opinen que Zapatero es un tipo bastante valioso, que no lo ha hecho nada mal y que con cualquier otro el país habría marchado peor me parece perfectamente respetable. El respeto, naturalmente, no exonera de que cualquiera pueda criticar también a Zapatero o al coño de la Bernarda.

2. Ser militante, simpatizante o votante del PP no es ningún oprobio ni supone nada de lo que haya que avergonzarse o por lo que se deba pedir perdón. Sólo faltaba. Es un partido más de nuestro sistema y tiene perfectísima cabida en él. Que algunos opinemos que nuestro sistema de partidos y la legislación electoral tienen graves vicios que habría que corregir es harina de otro costal. Además, es responsabilidad principal de los dos partidos mayoritarios.

3. Un servidor ni milita en el PP ni lo vota, hoy por hoy, pues su programa, su estilo y su ideología de fondo, si alguna queda, están bastante alejadas de mis concepciones del mundo, de la política y de lo que al país conviene en términos generales. Pero, dicho esto, los que siguen al PP me merecen la misma consideración que los que se afanan para defender cualquier otro partido.

4. No me merecen gran estima los maniqueísmos políticos, y más en estos tiempos de disfraz y gatos pardos. Me puede parecer aceptable casi cualquier argumento sobre qué programas políticos son preferibles o qué partidos más prometedores, pero el de votemos a X porque todos los demás son (aún) peores lo considero penosísimo y propio de viciosos de la resignación. A esos les haría una sencilla pregunta: ¿qué tendría que hacer el partido de sus amores para que usted le retirase su apoyo y pensara que a lo mejor ha dejado de ser la mejor de las alternativas posibles? Sospecho la respuesta de muchos: nada, el partido de mis entretelas puede hacer lo que quiera y siempre estará bien hecho y mejor hecho que por cualquiera de los otros. Amén. Bienaventurados los fanáticos y los que lo tienen muy claro.

5. Las imbecilidades que se puedan decir por ahí de Zapatero, de Rajoy o de Perico de los Palotes no son más que eso, imbecilidades que hablan a las claras del seso de sus autores. Ahora bien, contra las críticas más o menos serias y fundadas que alguien pueda hacer a Zapatero, a Rajoy o a quien sea no es argumento el de asociarlas sin más con esa estupideces que afirman otros. Si alguien sostiene, por ejemplo, que Zapatero hizo mal en negar la crisis o que se equivocó al aplicar ciertos recortes sociales últimamente, no es réplica recordar que hubo uno que lo calificó como el Anticristo. Porque aquel que así razona está buscando bula para Zapatero; o para quien sea.

6. Yo no he escrito aquí nunca que Zapatero sea el causante de los maremotos o que se saque mocos en los semáforos. Yo sólo digo que a mí siempre me ha parecido tonto y bastante inútil. Y que lo que de listo le quede, es para mal. A lo mejor estoy equivocadísimo, pero es una creencia mía y puedo mantenerlas sin necesidad de santiguarme por si estoy endemoniado. Es muy posible que dentro de unos meses aquí mismo esté yo poniendo de vuelta y media a Rajoy mientras los anónimos estos callan, se meten el rabo entre las patas y se lo siguen tocando; como hasta ahora con el otro.

7. Sobre la crisis económica y la responsabilidad de los políticos. Que ya en tiempos de Aznar se debió tomar más de una medida para que no acabara pasando lo que pasó, me parece fuera de toda duda. Dicen los que entienden de eso que la buena situación actual de Alemania no se debe tanto a méritos de la señora Merkel como a ciertas reformas de su antecesor, el señor Schröder. Pero, dicho esto, o toda la responsabilidad es de Aznar o, si los gobernantes tienen algo que ver con lo que pasa, habrá que aplicar la misma vara de medir para juzgar de las políticas de Zapatero. Lo pistonudo y propio de bipolares delirantes es cambiar de criterio según de qué político hablemos: Aznar pudo hacer y no hizo y Zapatero… ¿no hizo porque no pudo? No sé, no sé. Huele a oso hormiguero por aquí.

8. ¿Por qué se hundió el Titanic? ¿Fue porque el iceberg era demasiado grande y no había quién lo parara o se apartara de él o fue por la impericia del capitán o la tripulación? Lo ignoro, o pongamos que se puede dudar. O habrá diversas teorías. Lo que no me vale es lo que declare al respecto un primo del capitán o el sobrino de algún ahogado. Algo parecido debe de suceder con lo de la crisis en estos pagos. El capitán dijo: no hay iceberg, es una piedrecita de nada, como un cubito de los de las copas. Luego, cuando cayó de la burra, a lo mejor hizo lo que pudo o lo que supo. Haría falta un buen equipo serio, interdisciplinar e imparcial que dictaminara sobre la formación y las capacidades del capitán en cuestión y sobre lo remediable o irremediable de la situación. Obviamente, sus juicios, si son serios, no podrán depender de que haya elecciones pasado mañana o de que estén enemistados con los capitanes de otra compañía.

9. La socialdemocracia se demuestra andando, no soltando paridas al buen tuntún. Si he de definirme en estas cuestiones, me defino como liberal-socialdemócrata. Liberal porque creo que hay que dar a los ciudadanos toda la libertad que sea posible, y socialdemócrata porque creo que las únicas libertades que hay que limitar son las relacionadas con la propiedad, a fin de que exista igualdad de oportunidades entre todos los ciudadanos y de que cada uno pueda aspirar a lo que a su mérito y esfuerzo corresponde, sin estar predestinado por el hecho de nacer rico o pobre. Pero si tengo un primo tonto que dice que él también es socialdemócrata, mientras babea y se rasca las ingles, eso no afecta a la socialdemocracia, sino a mi primo, el pobre.

10. Ya sé que estamos en precampaña y que los partidos organizan comandos de partidarios para eructar consignas en la red, hasta en los blogs. Una jodienda. Pues nada, ánimo y que las urnas repartan suerte. A lo mejor hasta cae un carguete. A mí no, eso seguro.

01 octubre, 2011

Danzad, danzad, benditos

En los años que llevo con este blog he debido de decir más de cuatro tonterías de las grandes y habré metido la pata en unos cuantos juicios sobre personas y cosas. El que mucho habla mucho yerra. Pero hay dos asuntos por los que bastantes amigos me llamaron reiteradamente al orden y a la mesura y en los que el paso del tiempo creo que me va dando algo de razón o, al menos, hace que duden los amables discrepantes de antes.

Una de esas cuestiones es el diagnóstico sobre Zapatero, aún presidente saliente y ya presidente silente. Hace o seis años que lo repito idénticamente, y al principio la gente me ponía pucheros. Cierto que no habré nacido para diplomático ni para maestro de ceremonias o director de protocolo y que más de una vez dije bobo cuando podría haber empleado eufemismos menos hirientes para la sensibilidad del votante, simpatizante o simple ilusionado lleno de fe, esperanza y caridad mal entendida. Sea como sea y al margen de gustos semánticos, creo que ya nadie duda. Bobo o poco listo, incapaz o no suficientemente capacitado, lelo o que no progresa adecuadamente, dígase como se quiera pero ya todo quisque ha caído de la burra. A uno, que no tiene más que una buena familia, unos cuantos amigos de ley y un oficio con el que ir tirando felizmente, le queda el inane orgullo de haber sido de los primeros que vieron o intuyeron lo que ahí había o, al menos, que lo dijeron a cara de perro. Que lo vieron y lo dijeron sin ser del PP ni de la derechona ni de los mercados ni de nada, solo un señor de su casa y de su blog. Ahora ya no lo repito más, pues no hay caso y se terminó el debate.

El otro tema es de mayor actualidad y puede que tenga más sustancia. Tal vez sobre él fui más insistente y claro en conversaciones privadas que en estos escritos en la red, pero también aquí lo he repetido un poco. Me refiero a la convicción de que este país va de cabeza a la ruina y de que en unos años, ya muy pocos, se nos habrá acabado la pijotería en el que nos habíamos instalado. Del Estado del bienestar, tal vez más presunto que real, más simbólico que efectivo, al malestar como estado y a la nostalgia de nuestros gloriosos años de cabezas huecas con hipotecas y a lo loco. De la frivolidad al frío, de la petulancia a la paciencia, del estiramiento al rigor mortis, de los zapatos italianos a las chirucas. No nos va a reconocer ni la madre que nos trajo al mundo. Y habrá que ponerse a trabajar de nuevo y que mandar a su sitio a tanto zángano y tiralevitas que se creía el rey del mambo y la quintaesencia de lo estiloso.

Me decían que no iba a llegar la sangre al río, que ciertos límites eran infranqueables, que todo acaba por arreglarse, que Europa. Para el caso, que Dios no nos abandonaría. Era cuestión de fe. En la Providencia. El pueblo elegido puede vivir tranquilo y santa Rita, lo que se da no se quita. Que cómo se iba a tocar a los funcionarios, dónde se ha visto, que cómo no va a poseer el Estado recursos para salir del paso, que a cuento de qué iban a correr peligro los hospitales públicos, las escuelas públicas, las universidades públicas… Pues ya está y en cosa de dos meses sabremos con exactitud lo que vale un peine. Gane las elecciones generales quien las gane, eso es lo de menos para lo que estamos hablando. Sólo votamos para elegir al capador y la campaña electoral la hacen los anestesistas. La íntima cirugía es inapelable y a cartera abierta.

La sangre todavía no ha llegado al río, pero ya mana abundante de las heridas. De las heridas de la abundancia. Los confiados se han vuelto más prudentes en sus réplicas, a los optimistas ya no les llega la camisa al cuello y hasta los pescadores de río revuelto empiezan a verlo demasiado turbio. Ya casi nadie se siente seguro y empezamos todos, todos, a imaginar reales ciertos ambientes que parecían de truculenta pesadilla. El futuro nos contempla con cara de perro y lleva en la mano un látigo.

Para los historiadores y los científicos sociales, si alguno sobrevive, quedará el gran enigma teórico: qué nos pasaba cuando estábamos tan contentos, por qué no le veíamos, primero, las orejas al lobo y por qué insistíamos después en que era una ovejita disfrazada; qué nos hacía pensar que el latrocinio podía impunemente institucionalizarse y convertirse en un sistema de vida tan digno como cualquier otro, la vagancia tornarse virtud entre iguales por imperativo constitucional, la desvergüenza hacerse exhibición sincera, la ineficiencia estructural presentarse como identidad de un Estado y de una pandilla de microestados chillones. En menos de nada nos hemos quedado con el culo al aire; o casi, pero todo se andará en cuanto se nos caigan los cuatro harapos que todavía nos cubren.

Qué nos ocurrió, se plantearán los investigadores del mañana, para que, al menos en los ámbitos de lo público, el que más trabajaba pasara por insolidario, para que el amiguismo y los enchufes coparan las instituciones y las administraciones y sus reglamentos. Qué hizo que los nuevos héroes fueran los cuentistas, los aprovechados y los ladrones. Cómo fue posible que, cuando nos tocaba votar, sea para presidir un gobierno central o autonómico, para alcalde, para rector, para cualquier cosa, no utilizáramos nada más que la dialéctica amigo-enemigo, aunque nuestro candidato rebuznara o llegara a los mítines con aquella cara de bandolero sin maquillar, orgulloso y confeso Tempranillo. Por qué los padres dejaron de decirles a sus hijos que el esfuerzo cuenta y que el saber no ocupa lugar, por qué los profesores se dieron a las mamarrachadas de colorines y dejaron de enseñar sus cosas y de corregir seriamente sus exámenes, por qué tantos competían para hacerse amigos del capo del barrio o tomarse unos vinos con el más trincón del municipio. Por qué.

A buenas horas, mangas verdes. Ajo y agua. Dolor de los pecados y a cumplir la penitencia. Para la enmienda apenas queda ocasión. Se acabó lo que se daba. Estamos, muchos, demasiado mayores para cambiar de principios y el examen de conciencia es demasiado duro. No hay dios que pueda tirar la primera piedra y aquí se pringó hasta el apuntador. Bastaría, y tal vez es mucho pedir a estas alturas, que recuperáramos un mínimo de decencia en el día a día, aunque sea con disimulo y sin reconocer abiertamente la faltas de antaño.

Me permito ponerlo en primera persona para no herir a nadie: tengo una hija pequeña y deberé transmitirle que el esfuerzo es grato, que ningún orgullo mejor que el de conseguir las cosas buenas con el trabajo propio y que no es mejor persona ni más interesante la que va en un coche enorme y vive de la estafa; o de la subvención. Tengo cada año unos alumnos y deberé armarme de buen ánimo para suspender al que no rinda mínimamente, aunque el fracaso escolar aumente y el rector de turno o el consejero de la cosa se ponga nervioso y tema que se les arruine alguna estadística falaz de cuando era feliz. Tengo unos pocos amigos excelentes y espero que volvamos a las amenas tertulias y a las reuniones con risas y conversación no apresurada, y hasta a las borracheras aquellas, qué diantre, ahora que ya sabemos que no vamos a ser ricos y que tendremos tiempo sobrado, pues no nos entregaremos al turismo como hicimos ni tendremos que salir a la carrera para fardar ante el del Club del Gourmet. No hay mal que por bien no venga; pero ya veremos qué pasa.