07 marzo, 2012

Estos estudiantes y nosotros, que los hemos hecho así

Nada más lejos de mi propósito, en lo que ahora voy a escribir, que ofender o degradar a mis estudiantes. Les cuento primero unos detalles y luego nos metemos en harina.

Acabo de comenzar a impartir una asignatura que me toca este semestre. Los semestres cada día tienen menos meses, por cierto, y creo que por eso ahora, en las universidades, los llaman cuatrimestres. Pero mi cuatrimestre tampoco consta de cuatro meses, conste. Mas esa es cuestión distinta de las que quiero contar aquí. En el grupo que imparto tengo matriculados ciento setenta y un estudiantes. Ahórrenme los detalles burocrático-políticos y gremiales y piensen nada más que si esto es Bolonia o Sodoma. ¿Evaluación continua, prácticas en serio y tutorías personalizadas con esa legión? ¡Anda ya! El grado de falsedad o de simple y llana mentira al que se está llegando en las universidades españolas no tienen parangón. Y eso, desde luego, no es culpa principal, o simple culpa, de los estudiantes.

Divididos en grupos, en los primeros días les he contado algunos casos judiciales de suma actualidad y les he ido preguntando sobre las informaciones que sobre ellos tenían y sobre sus fuentes. No se trataba de calificarlos ni había ningún ambiente que incitara a callar o acobardarse. Pues ahora les digo a ustedes los resultados.

El juez Garzón a todos les sonaba, pero muy vagamente. La noción a la que más lo asocian es “memoria histórica”. Salvo un puñadito de estudiantes, no más de diez, todos ignoran a cuántos procesos por prevaricación, resueltos, ha sido sometido Garzón. Prácticamente ninguno supo darme razón de cuáles eran, a grandes rasgos, los hechos que en alguno de esos procesos penales se ventilaban. También ignoraban prácticamente todos qué significa “prevaricación” y, por tanto, de qué se acusaba, con razones o sin ellas –la cuestión no era esa-, al famoso juez. Los interrogué acerca de si con alguna frecuencia ojeaban periódicos no deportivos, sea en papel o vía internet. No más de diez lo hacen, apenas un cinco por ciento de estos estudiantes universitarios. Intenté averiguar si tenían noticia de algún que otro tema de actualidad jurídica o jurídico-política. De ninguno, niente.

Indico ahora algunas informaciones o sensaciones complementarias. Cuando yo les contaba los casos, las sentencias y los debates, esos casos o algunos otros, la mayoría abría unos ojos como platos y ponía expresiones de sumo interés y cara de “pero qué entretenido es esto”. Al requerirles opiniones puntuales al hilo de mis explicaciones, se prestan gustosos. Están atentos, son formales, juraría que a su manera se interesan bastante por lo que se les dice. Lo que les pasa, ese escasísimo grado de información o la gran dificultad para procesar la poca que les llega, ni es un defecto congénito suyo ni obedece a una actitud culposa por su parte. Son ante todo víctimas de sus circunstancias, de una larga serie de circunstancias.

Antes de que intente enumerar algunas de ellas, reparemos en un contraste que deja de piedra: si uno va a un bar de cualquier barrio e investiga qué noticia tienen sobre, por ejemplo, esos casos de Garzón los parroquianos apoyados en la barra o que echan la partida, se va a encontrar con que están mucho más al tanto que estos universitarios, aun cuando carezcan de conocimientos técnicos o duden sobre el detalle jurídico. Pero de lo que se está hablando saben, a grandes rasgos. Los chavales que cursan carrera universitaria, no. ¿Por qué?

Lo primero que a todos se nos ocurre es cargarle la responsabilidad al sistema educativo. Pues sí, de eso algo habrá. Pero no nos pasemos. Comparemos, por ejemplo, con las escuelas y colegios que a mí de niño me tocaron, en los años sesenta y setenta. No voy a creer que, por término medio, fueran mejores que los de ahora y que los profesores estuvieran entonces mejor preparados. Tampoco los libros de texto eran de superior calidad. En el colegio de curas donde cursé el bachillerato, que pasaba por ser un colegio de los buenos de Gijón, al menos la mitad de los profesores eran entre malos y horribles, con algún hijo de la gran chingada de propina.

Lo que sí creo que ha cambiado son dos sensaciones del estudiante: impunidad y responsabilidad. En aquel tiempo el que la hacía la pagaba por partida doble: en el colegio y en casa. Que, por ejemplo, un crío le zurraba a otro o interrumpía todo el rato las clases o hacía gamberradas: castigo duro en el colegio y reprimenda terrible en el hogar. Hoy creo que es así: gabinete psicopedagógico-metafísico en el cole y queja de los padres porque a su niño ni Dios le dice que se porta mal, faltaría más. Exagero, pero ustedes ya me entienden. Ahora existe la impunidad donde antes caían sanciones escolares y familiares sin medida ni garantías. Y lo otro: casi todos, desde los de familia menesterosa hasta los hijos de una burguesía algo acomodada, lo teníamos claro desde el principio, porque así nos lo habían dicho todo el rato: o estudias y rindes en condiciones o… a cuidar vacas o a conducir un camión o a servir menú de día toda tu vida en el bar de la familia.

Conclusión de este punto: a la mayoría de los universitarios de esta época acutal, buena gente casi todos, nadie les ha contado nunca lo que vale un peine o lo jodida que se puede poner la vida si te pintan bastos. Al contrario, les han dicho que tranquilos y que siempre van a tener protección y apoyo, incluso mientras se tiran a la bartola; es decir, incluso mientras se están tirando a la Bartola en lugar de aplicarse un rato al estudio. En resumen, que la culpa principal para los mayores, sin vuelta de hoja.

Esto nos lleva a un segundo factor explicativo: la muy peculiar biografía de estos jóvenes, que básicamente y para la gran mayoría se resume en lo siguiente: nunca les ha pasado nada. Porque todo lo que les ha ocurrido no cuenta, les resulta esperable, normal y rutinario. Su vida no es una hazaña personal, es un guión vulgar.

Cito algunos ejemplos propios y válidos para todos los de mi generación y los de diez años más o diez años menos. Cosas que ansiabas, que te parecían difíciles, que te requerían algún tipo de espera y esfuerzo y que, cuando llegaban, te llenaban de emoción y sentías que habías escrito un gran capítulo de tu vida y te convencías de que a base de perseverancia en este mundo se triunfa y se disfruta; a base de perseverancia, he dicho. Pues algunas como estas: tener el primer coche, echar el primer polvete, hacer el primer viaje. Inolvidable, emocionante, solemne, épico todo. Fíjense, yo de niño o chaval no tuve ni bici. El primer viaje fuera de España (quitando una excursión con los curas a Lourdes, a los catorce) fue con veintitrés años, para estudiar alemán en Viena. Para allá nos marchamos Chus, Ricardo y yo en tren, creo que con un inter-rail y sintiéndonos auténticos héroes. Como una semana tardamos en llegar, pues nos demorábamos de estacíon en estación, y en cada una una pequeña aventura, pues tampoco teníamos dinero. Poco después pasé dos años en Alemania y jamás fui y volví en avión, siempre en tren. Recuerdo magníficos amaneceres en París y con paseos, aguardando el enlace, yo solo, al relente y dejando que mis pies me llevasen por cualquier barrio. Feliz e inolvidable todo, yo curtido y fuerte.

Me pregunto en qué consistiría la mayor felicidad de muchos de estos majos muchachos que veo cada semana, su mejor dicha este mismo año. Me juego una mano a que una cuarta parte de ellos dirían que en que ganara la Champions el Madrid o el Barcelona. Otros, que poder ir a una carrera de Fórmula 1, tal vez en Mónaco, o recibir dinero para comprarse un Audi o un yo qué sé. Ni trato de igualar a todos ni de hacer generalizacines muy injustas, pero yo en los pasillos de la Facultad oigo lo que oigo.

Les han o les hemos robado la biografía. Su vida no es suya porque no se la labran ellos. Van a remolque, no han tenido todavía oportunidad para entender lo que significa la autonomía personal, la vocación, la ambición particular con base reflexiva, el orgullo de ser o de hacer uno mismo y no en masa o marcando el paso. Sus padres y profesores y la sociedad en su conjunto los hemos privado de los más altos placeres, de los disfrutes más completos. Tampoco les hemos dado herramientas para que la sensibilidad aflore y se expanda: no les hemos mostrado, con acierto o perspicacia, que, por mucho que te emocionen un coche o un partido de fútbol, todo eso no es comparable al “colocón” de sentarse un atardecer ventoso ante un paisaje de montaña y leer un buen poema de Juan Ramón o de Neruda, pongamos por caso, Y y si es Rimbaud o de Hölderlin, para qué. Ni lo sospechan, que es lo triste. Después de disfrutar tanto nosotros, so cabrones, hemos cerrado el armario con llave y la llave la hemos tirado al río. Deberían odiarnos; nos odiarán, seguro.

Como no se sienten dueños y protagonistas de su propia vida, como se intuyen alienados, esclavos, poco menos que objetos de un sistema de propaganda y consumo y de espectáculo facilón, tampoco están en condiciones de saberse ciudadanos y de ejercer de tales. La polis les es ajena, extraña. Se supone que el mundo, todo él, funciona a su ritmo y con sus internas claves que no se nos alcanzan. Son religiosos por pasiva, lo fían todo a una Providencia sin trascendecia. El mundo social también. La prueba, se vienen a decir inconscientemente, es que aquí estamos y siempre hemos comido. Si en otros lados no tienen ni para comer, será que hay una avería. Que vaya el mecánico que corresponda. ¿Gobiernos? No, destinos. ¿Elecciones? Si no elijo ni mi vida, cómo voy a participar en la deliberación sobre las formas de vida colectiva; bastante tengo con ser del Barça.

De ahí que la información no les importe, que les resbale. La información política, jurídica y social, quiero decir. Porque de otras cosa saben muchísimo y con un gran detalle: de los quehaceres futbolísticos, de los menesteres de la farándula, de las biografías de los oligrofrénicos que aparecen en el Gran Hermano. De esas cosas conocen bastante, los pobres.

No los estoy criticando, estoy condoliéndome con ellos y por ellos. Los profesores solemos decir que son brutos, inmaduros, triviales, incultos, irresponsables. Vale, pero manda pelotas. Los mismos profesores que saben tanto o más de Gran Hermano o de “doña” Letizia o de Cristiano Ronaldo, los mismos profesores que, muchos, “piran” clases por sistema y con las más pueriles disculpas, los mismos profesores que optan por el aprobado poco menos que general para no complicarse la vida y trabajar menos, los mismos profesores que se saltan todas las normas académicas habidas y por haber y que se portan como auténticos mafiosos en sus centros. Esos mismos profesores decimos en voz muy alta que los estudiantes de este curso han salido malísimos porque no han madurado bien o porque ha llovido poco.

Son nuestro reflejo, nuestro producto, nuestro fruto. Como padres, como educadores y enseñantes, como ejemplos. Son nuestras víctimas. Ojalá se rebelen y hagan con nosotros lo que procede, lo que merecemos. La pena es que pagarán justos por pecadores, pero es el precio que siempre han costado las revoluciones. A lo mejor María Antonieta no era la peor, pero mira tú.

06 marzo, 2012

El estigma

A mí las infantas me dan igual, ni frío ni calor, cero grados de atención. Igual que los infantes, príncipes, princesas, marqueses y marquesonas, reyes de copas o de oros, lo que sea. La fe en la igualdad se demuestra no prestando atención a aquellos cuyo rol especial o superior se basa nada más que en la atención que se les presta.

Así que la respuesta sobre si habría que imputar o no a la tal Cristina en el caso Nóos (a ver si un día me explica alguien por qué va ahí ese acento tan mono) del que es protagonista principalísimo el bandarra de su marido me resulta sencilla en grado sumo: primero, que yo que sé y que habría que ver con calma los papeles del caso; y, segundo y principalísimo, que el trato legal debe ser el mismo tanto si se llama Cristina como si se llama Maruchi la esposa sobre la que tenemos que decidir si es delincuente o simplemente tonta de la retaguardia.

Digo lo de tonta de ahí a riesgo de que me caiga una real regañina o de que se me enfade algún colega de Corte y rasga, porque díganme ustedes a ver. Pónganlo en el género que quieran y con protagonistas hétero, homo, bi o a, pero yo se lo cuento como si le ocurriera a usted mismo. Está feliz con su pareja y llegan los hijos y pasan los cumpleaños, de vez en cuando comen en casa de los suegros, veranean en las Baleares, todo muy como de gente de bien y de toda la vida. Vale, pero su pareja, de la que no le consta oficio actual, salvo alguna ocasional chapucilla y su parte en la rentilla que les pasan a ambos sus papás de usted, empieza a comprar pisazos y casonas, palacios incluso, coches, yates, pedazos de empresas, y a regalarle a usted unos detallazos de infarto, hoy una moto de gran cilindrada, mañana las obras completas de don Gregorio Peces-Barba, yo qué sé qué lujos. Y usted no se mosquea ni pregunta ni nada, ¿verdad?

De vez en cuando su contraparte le dice firma aquí, mi amor, que te he hecho socia de esta sociedad sin importancia con sede en Belice y que te pongo en el consejo de administración y que mira el lingote de oro que me encontré esta mañana en el portal de casa y que nos lo quedamos porque no es de nadie, ¿vale? Y usted, excitado y con arreboles, que cuánto vales, mi tesoro, y que aquí mismo te voy a echar un polvazo porque, encima, tienes suerte y te encuentras lingotes de oro, y el otro que te dice que más lingote eres tú, so jata/o y que ponte ahí y verás el vibradorcete con diamantes quilatudos que me tocó en la tómbola del pueblo cuando la romería.

En resumen, que a lo mejor sí, que a lo mejor la infanta Cristina es algo lela y siempre lo vio todo normal. Oye, si tienes un marido alto y que fue olímpico, lo natural es que el dinero te llegue por arte de birlibirloque, y más si ves que está tan comprometido con las organizaciones sin ánimo de lucro y con el ejercicio diario de la caridad cristiana. Porque, si no recuerdo mal, esta gente va a misa, y a nada que se descuidan tienen a un par de obispos bendiciéndoles la mesa y digo yo que qué pensarán los obispos los nóos y los síis.

Sólo sé lo que han dicho los periódicos mientras no podían saber nada porque había secreto del sumario, pero con eso no hay más tutía: él es un buscón que busca de un Quevedo que lo inmortalice, pero ella, discúlpenme los coronados por estar hasta la coronilla, o es tonta o es como él, pero en femenino y Código Penal mediante. Tertium non datur.

Y los periódicos de ahora mismo cuentan que el juez instructor, que parece un tipo legal, ha dicho que vaya putada que sería imputarla a ella, pues eso le supondría un estigma. A ella, quiero decir, no al juez. El CGPJ opina lo mismito. Lo de la estigmatización social de los penalmente investigados en este país es asunto que preocupa enormemente a la judicatura y que por todos los medios evitan siempre los jueces con buen Consejo.

Si es el primer paso para no imputar antes de la imputación, por así decir, para no poner a los pies de los caballos antes de tiempo a ciudadanos que pueden ser inocentes y en cuya conducta el juez instructor aún no ha constatado indicios racionales de delito, pues vale y me alegro mucho y que viva este precedente. Pero no sé, no sé.

Por cierto, el dilema anterior sobre la susodicha moza no lo vean como muy radical. También cabe que sea las dos cosas, un poco de cada, sol y sombra, café con leche. Son una ricura de familia, puro embeleso. Ay, no sé cómo va a hacer el pueblo para dejar de quererlos.

Ella está y sigue en la línea sucesoria. El Urdanga aún puede acabar siendo rey consorte o como se llame eso. La fiesta no ha hecho más que empezar.

05 marzo, 2012

Cambiar el enfoque

Miren esta noticia, de la que ya habrán oído o leído hoy. Es una más, otra, nada de particular. Las hay así todos los días, sin excepción. ¿Merece la pena detenerse en particular en ella? No. Alguno podrá ponerse a darle vueltas a este caso en concreto, que si la grabación la hizo Fulano, que si el periódico es tal o cual (¿ha dicho algo El País?), que si se da este o aquella circunstancia. Ese es el error que hay que empezar a evitar.

Todo aquel que antes de opinar, de indignarse o de buscar atenuantes pregunte por o se fije en cuál es el partido político, el apellido, el color de pelo o la talla de zapato de los implicados o denunciados debe ser inmediatamente excluido de nuestra cívica deliberación. Hooligans no. Los hooliganas a un zoológico especial; con todas las comodidades, pero un puto zoológico para hooliganas, llenos de televisores que retransmitan todo el día fútbol y mítines. ¿Que usted por sistema intentará exculpar a todos los que sean del PP, del PSOE, de IU o del PNPDAM (Partido Nacional Parroquial de Aquí Mismo), hayan hecho lo que hayan hecho o trate el caso de lo que trate, existan pruebas contundentes o discutibles? Vale, majete, muy bien: al puñetero zoológico de los hooligans. Te llevaremos cacahuetes y tu periódico preferido y una foto del líder natural de tu partido, llámese Adolf o Perico de los Palotes Robados. Ah, y un póster del Real Madrid o del Barça para que lo cuelgues en la letrina de tu jaula, so fiera.

Naturalmente que en cada caso habrá que ver si hay caso, tendrán que comprobar los jueces si se trata de delito o de un quítame allá esas subvenciones. Por eso son tan importantes los jueces y jugamos con fuego cada vez que los pretendemos parciales o que los toleramos venales. Ay, lo que habría que hablar de este tema. Pero otro día, ¿vale? Mas lo primero que hay que descartar es el uso interesado y partidista de la presunción de inocencia. Por supuesto que los partidos van a invocarla cuando tienen un sospechoso o imputado de su cuadra, y la van a olvidar en cuanto sea del grupo rival el pillado con las manos en la masa o hablando por el móvil como el imbécil que es. Pero para los ciudadanos propongo, excepcionalmente y a sabiendas de que contradigo varias docenas de entradas, el siguiente principio: la presunción de culpabilidad de todo sospechoso de corrupción pillado cantando La Traviata o metiéndose billetes en el escote. ¿Que luego resultó que el delito había prescrito o que la prueba estaba viciada o que el juicio era con jurado? Vale, que no vaya a la cárcel. Pero nosotros, ante la duda que no es duda, adoptemos las siguientes medidas de andar por casa. Una, llamémoslo chorizo de m. si tenemos la sublime oportunidad de cruzarnos con él por un casual; a la cara, sin rubores ni dudas. Dos, no volvamos a votar en la vida, o en un plazo mínimo de diez o veinte años, al partido del bribón, si es que ese partido trató de ampararlo y de presentarlo como una madre Teresa estéril y víctima de las añagazas del enemigo. Que no, coño, que a las mafias no las votamos. ¿Qué a lo mejor ese sujeto en concreto era inocente? Da igual. Para las condenas sociales no rigen las reservas jurídicas. A tomar por la urna.

Lo malo y lo triste es que todo es verdad. Peor: en este sistema de corrupción estructural y sistemática los casos de corrupción que salen en los periódicos son una porción mínima de los millones que existen; los que acaban en juicio corresponden a una parte todavía menor y los que terminan en condena, entre dimes y diretes, suponen una milésima porción. En este país roba con saña hasta el tonto del pueblo. Y ese tendría eximente. Así que atentos: al río con el tonto, ya.

No habrá arreglo mientras no nos enfademos. Pero mucho. Acción directa inmediata. No digo yo matar, no. Pero castrar y colgar de un árbol las gónadas o lo que por género corresponda a las señoras corruptas, sí. Nuestro lema: El mejor corrupto es un corrupto sin huevos/as.

Se buscan compañeros fiables para grupo clandestino y comprensiblemente violento dentro de un orden. Se valorará la destreza en el manejo de cerdos y la experiencia con facas. Dirigirse a: castratori@org.

Miren estos personajes de los, de los... de los cataplines

Vean, vean.

03 marzo, 2012

El sentido común y las leyes

Está dando mucho juego una noticia de ayer que contaba que un padre había sido detenido o estaba siendo investigado como posible reo de un delito de detención ilegal, debido a que, como castigo por su mal comportamiento, había prohibido a su hija menor de dieciséis años salir de casa. Tremendo alboroto, pero las últimas informaciones dicen que las cosas no son tan claras o tan escandalosas y que tal vez lo que sucedía es que la tenía encerrada, sola y de muy mala manera.

Sean los hechos los que sean, nos dan pretexto para meditar un poco sobre las cosas del derecho. Dice el art. 163 del Código Penal que será castigado con pena de prisión de cuatro a seis años “El particular que encerrare o detuviere a otro, privándole de su libertad”. En efecto, si tomamos completamente al pie de la letra este precepto, podría cometer el delito el progenitor que a su hijo menor le impidiera salir de casa, sea como castigo o sea por alguna otra razón. Pero, si no queremos todos perder la cabeza, hace falta meter aquí alguna distinción y poner algún matiz.

A. Diferenciemos entre “encerrar” y prohibir salir.

Si a un hijo mío de quince años que me ha organizado una fechoría tremenda o que ayer llegó a casa borracho como una cuba le digo “te prohíbo, como castigo, que durante los próximos tres días salgas de casa”, no lo estoy encerrando o deteniendo (esos son los términos que usa la norma penal, como acabamos de ver), sino que le estoy formulando una prohibición: la prohibición de salir. Análogamente, cuando la norma jurídica correspondiente nos dice que no debemos cruzar con el semáforo en rojo, no nos está impidiendo materialmente el movimiento, no nos está sujetando fácticamente o reteniendo en un determinado espacio, sino que nos está prohibiendo algo que materialmente podemos hacer. Juegan ahí los dos sentidos de “poder”, el normativo y el fáctico. Fácticamente mi hijo puede salir de casa, pese a mi prohibición, aunque, a tenor del sistema normativo que a mí me respalde, no le esté permitido, es decir, aunque normativamente no pueda.

Así que, vistas así las cosas, menos escándalo con eso de si a ver si ahora va a ser delito el castigar a un hijo sin salir el fin de semana. Para que pudiéramos empezar a pensar que hay delito habría que materialmente retener, que sujetar o encerrar. Por ejemplo, cerrando con llave todas las puertas de salida del lugar y dejándo la llave fuera del alcance del encerrado, o atándolo a él a algún soporte firme del que no pudiera separarse, etc.

Esta diferenciación da pie a alguna reflexión interesante y que versa tanto sobre los sistemas normativos como sobre las normatividades que hoy rigen las relaciones entre padres e hijos menores.

Sigamos con la comparación del semáforo. Hemos visto que la norma que me prohíbe pasar en rojo no me retiene físicamente, por supuesto que no, y tampoco lo hace el guardia de tráfico. O sea, que, aunque me está vedado cruzar, materialmente puedo cruzar. Entonces, ¿qué razón tengo para no cruzar y, así, acatar la prohibición? Respuesta: la posibilidad de una sanción negativa, una sanción que me perjudica, como es el caso de la multa. Ahora vamos con el caso en que yo prohíbo a mi hijo adolescente salir este fin de semana, pero ni lo ato ni lo dejo encerrado bajo siete llaves. Y supongamos que él vulnera mi prohibición y se larga de copas nuevamente. Las razones que él podía tener para atenerse a mi prohibición de salir eran principalmente de dos tipos:

(i) Razones emotivas, basadas en el respeto y la consideración hacia mi persona, mi autoridad moral, mi criterio y mis opiniones. Estas son, repito, razones emotivas, no razones normativas, o muy débilmente normativas. Quiero decir que, si se dan tales razones, la única “sanción” o consecuencia negativa que el chaval puede experimentar es el arrepentimiento. Entonces, no es mi sistema normativo el que así lo “castiga”, sino el suyo o el que compartimos.

(ii) Razones propiamente normativas y heterónomas. En tal caso cuenta el temor a la sanción externa por el incumplimiento de la norma. Pero, para ello, ha de poder haber tal sanción. Dicho más claramente, ha de estar de alguna forma vigente un sistema de normas (no necesariamente con vigencia jurídica o plenamente jurídica) suficientemente asentadas en la mentalidad colectiva o comunitaria, que dé justificación y respaldo a estos dos comportamientos míos, como operador de dicho sistema:

- La imposición de la prohibición de salir a modo de sanción por un anterior comportamiento indebido a tenor de ese mismo sistema jurídico (por ejemplo, porque el muchacho vulneró la norma que dice que los menores no deben tomar alcohol o no deben emborracharse).

- La imposición de un nueva sanción –y más eficaz- por la vulneración de aquella prohibición que, a su vez, era una sanción. Es como se pone nuevo castigo al preso que se escapó de la cárcel donde cumplía pena.

Por este camino llegamos a entender la alarma de muchos de los que en los foros comentaron la noticia inicial que nos sirve aquí de pretexto. En una sociedad en la que los vínculos emotivos y de respeto entre hijos y padres se aflojen considerablemente y en la que los padres vayan siendo privados del amparo de algún sistema normativo de carácter social en el que se base su autoridad, los padres pasan no sólo a hallarse inermes ante sus propios hijos, sino que, además, carecerán de recursos para ejercer una función educativa. Usted, padre, le dice a su hijo de ocho años que haga el favor de comer el filete con tenedor y no con la mano y a mordisco limpio, él le responde que no le da la maldita gana y, si usted no tiene recursos sancionatorios y, además, a su hijo usted le parece un perfecto cantamañanas, no hay ninguna posibilidad de que sea usted el que le inculque las pautas de la cortesía en la mesa.

Ese es el drama contemporáneo: de unos sistemas normativos brutales como respaldo de la autoridad paterna, se ha pasado a la disolución de todo sistema normativo por considerarlo autoritarismo insoportable, todo ello unido a un adanismo considerablemente tontaina: la convicción de que la mejor forma de conseguir que un niño, un joven o un adulto se comporten de acuerdo con las más elementales normas de convivencia consiste en no tratar de inculcarles tales normas y, menos, de hacerles pagar de ninguna forma los atentados contra las mismas, ni siquiera los más graves. Si la alternativa al autoritarismo extremo es la estupidez de la Señorita Pepis, aviados estamos. Y, en efecto, estamos aviados.

B) Pongamos las normas en su contexto de sentido común.

Con todo, supóngase que cuando Elsa tenga ocho años yo la castigo una tarde veraniega a quedarse en casa, sin poder salir al patio o al jardín a jugar con sus amigas del vecindario. Ella intenta escapar a la carrera y yo la retengo, la mantengo a la fuerza en la vivienda; sin particular violencia, por supuesto, pero le impido abandonar nuestra residencia. ¿Cometeré delito de detención ilegal?

Hombre, ni tanto ni tan calvo. Mire este otro caso y sirva la comparación en lo que sirva. Estoy en la estación de metro y veo a un tipo al borde de las vías y con cara de ir a tirarse al tren. El tren se acerca y yo lo sujeto, impidiéndole todo movimiento. Y, aprovechando que soy muy fuerte –es una hipótesis, no empecemos con las bobadas- lo mantengo así hasta que me parezca que se calmó. Él se marcha a la comisaría y me denuncia por detención ilegal. El acabose.

A ver, a ver. En primer lugar, si de Derecho Penal hablamos, existen eximentes, y eximentes son, por ejemplo, tanto el estado de necesidad como el error invencible o el obrar en ejercicio legítimo de un derecho, oficio o cargo o en cumplimiento de un deber. Y, por ejemplo, cuando yo impongo ciertos castigos a un hijo pequeño, tanto estoy cumpliendo con mis deberes educativos asociados a la paternidad como ejerciendo mi derecho a darle la educación que me parezca correcta. Todo, claro, dentro de un orden y de unos límites.

Lo que acabo de utilizar son argumentos jurídicos. Pero podemos ir más allá. La aplicación de las normas jurídicas está sometida a otro tipo de reservas o condiciones, de carácter todavía más primario. No me refiero a la compatibilidad con tal o cual código moral, como les gusta decir a los iusmoralistas, sino al sentido común, entendido como conjunto de convicciones primeras y elementales que a los ciudadanos de un tiempo y lugar les proporcionan una primera, básica y elemental explicación del funcionamiento del mundo y del lugar de las personas en él. No pertenece al sentido común la idea de que en la hostia consagrada esté Cristo en cuerpo y sangre, pero sí la de que ningún ser humano puede por sí correr los cien metros en tres segundos. En un momento y sitio dados puede funcionar como de sentido común una tesis que en otro lugar o tiempo cuente como pura superstición.

Pues bien, ciertos comportamientos encajarían bajo el tenor literal de las normas jurídicas, pero no se suelen ver bajo su luz ni se plantea la aplicación de dichas normas a esas conductas porque eso se entiende contrario al sentido común, a la evidencia compartida. Y cuando lo evidente empieza a ser discutido, se modifica también el alcance que se da a la norma. Hasta tiempo reciente seguramente el cachete que el padre daba a su niño encajaba bajo la dicción de algún tipo penal, pero ni se planteaba que pudiera haber delito. Luego, hace poco y con cierto cambio de las mentalidades, se hizo ilícito penal peculiar de ese cachete. De la misma manera, ni se le podía hasta hoy ocurrir a nadie que pudiera ser detención ilegal la retención que, como castigo por su mal comportamiento, hace un padre de su hijo en casa. Hoy ya se habla de esa posibilidad, aunque sea con escándalo.

Los tiempos están cambiando y no es el derecho el que provoca esos cambios, sino que son ellos los que alteran el derecho.

02 marzo, 2012

El conocimiento, algo más que un lujo. Por Luis F. Rull*

(Publicado en El Mundo de Andalucía)

¿Cuántos andaluces son conscientes de la realidad de las universidades andaluzas? La respuesta a esta pregunta puede explicar que la crisis económica en la sociedad andaluza sea aún más dolorosa que en otras que valoran y aprecian la labor de sus universidades. Estas sociedades están sufriendo con menor intensidad la tragedia del desempleo, el empobrecimiento de su actividad empresarial y el deterioro de su economía. Son sociedades que, cuando salgan del túnel de la recesión y la crisis, lo harán en mejores condiciones que la andaluza.

En Andalucía hay diez universidades públicas, nueve de enseñanzas regladas que imparten docencia de grado, master y doctorado, y una que además de impartir enseñanza no reglada, coordina masters con las restantes. Hay una universidad en cada capital de provincia (o en sus alrededores) excepto en Sevilla que hay dos. Esta proliferación de universidades en Andalucía ha permitido que todo joven que quiera estudiar pueda hacerlo sin necesitar un gran desembolso por parte de sus padres, aunque con las limitaciones en cuanto a desarrollo personal que supone el no salir de la casa paterna.

Ninguna de las universidades andaluzas posee, por desgracia, prestigio nacional o internacional. Hay islas de excelencia reconocidas en cada una de ellas, pero carecemos de una gran universidad excelente en muchas disciplinas académicas: siempre salimos mal parados en evaluaciones globales, rigurosas e independientes. Pasa lo contrario que la metáfora de los árboles y el bosque, ya que si nos adentramos en cada una de las universidades andaluzas podemos encontrar grupos de investigación cuya actividad es equiparable a los de las universidades que aparecen en los primeros lugares de los rankings internacionales. El problema es que conviven con multitud de ellos tan mediocres como irrelevantes en el panorama nacional o internacional.

A pesar de que más del 80 por ciento del presupuesto que manejan las universidades provienen de los presupuestos autonómicos, esto es, de nuestros impuestos, el mandato constitucional de la autonomía universitaria (artículo 27.10 de la C.E.) parece impedir el más mínimo control de estas por parte de la sociedad que las financia. Esta interpretación conduce a la casi absoluta impunidad que tienen los cargos de gestión universitarios sobre la distribución de los recursos comunes.

Corregir el rumbo de las universidades andaluzas, aunque no es fácil, debe ser tarea prioritaria, ya que parte de nuestro futuro depende de ello. Es necesario que los gobiernos actúen para recuperar el prestigio tanto nacional como internacional que la sociedad debe demandar a las universidades. Creo que para ello se debe localizar, utilizando evaluaciones serias y objetivas, a aquellos grupos de investigación de excelencia para mantener, e incluso incrementar, la financiación que permita garantizar su actividad. La pérdida de financiación, aunque sólo sea en una de las convocatorias que se realizan cada tres años, puede suponer la desaparición de cualquiera de estos grupos, lo que implica un paso irreversible, que me atrevo a denominar suicidio cultural. Por otra parte si, como desgraciadamente parece que va a ocurrir, el Gobierno de España cancela el programa Ramón y Cajal, Andalucía debería instaurar un programa que cumpla una función similar. Esto permitiría la incorporación de jóvenes profesores seleccionados por comisiones externas que garantizarían el freno, aunque sea de forma suave, del proceso endogámico que tanto daño está haciendo a la universidad.

Por otro lado se debe ejercer, a través de los Consejos Sociales, el necesario control presupuestario sin que esto implique injerencia en la necesaria autonomía académica. Estos Consejos son los que deberían, según mi opinión, instar a los Consejos de Gobierno de las Universidades a que se establezcan mecanismos encaminados a favorecer a aquellos alumnos que lo merecen y evitar por ejemplo el despilfarro que supone la inexistencia de límite en el número de veces que se pueden matricular de una misma asignatura. Cada curso que consume un alumno le cuesta al erario público alrededor de ¡8.000 euros de media! Este abultado coste es bastante desconocido por los ciudadanos. Muchos padres creen que ellos, al pagar por la matrícula de su hijo entre 600 y 1.000 euros, están financiando por completo sus estudios.

Por último, merece la pena insistir en algo que con demasiada frecuencia no parece estar incluido en el acrónimo I+D+I (Investigación, Desarrollo e Innovación). Las Humanidades, la Economía, el Derecho, las Bellas Artes, etc son tan importantes para el bienestar social como la Ciencia y la Tecnología. Investigar no es sólo descubrir el bosón de Higgs, o intentar demostrar la conjetura de Riemann. Conocer el pensamiento de Wittgenstein o analizar la luz en los cuadros de Velázquez puede ser tan importante como descubrir un oncogen.

* Luis F. Rull es catedrático de Física Teórica de la Universidad de Sevilla.

01 marzo, 2012

Miseria moral

(Publicado hoy en El Mundo de León)

No es solo la decadencia económica la que nos está sumiendo en el desánimo y condenándonos a la depresión, es también la miseria moral la que nos deja sin esperanza. Por doquier andamos rodeados de pequeños roedores que van únicamente a lo suyo, que traicionan hasta a su abuela nada más que por ganar dos euros o por no perder uno, que no arriesgan ni un simple pelo por resistirse a un delito u oponerse a una ilegalidad grande o a una inmoralidad evidente, que no tienen empacho en mentir de cualquier forma y a cualquiera con tal de sacar algún beneficio, que dan coba a quienquiera que tenga algo de poder o de influencia, aun cuando se trate de un reconocido indecente o de un corrupto de tres al cuarto, que venden su alma a cualquier diablo de medio pelo y que la venden por cuatro duros. Lo copan todo y, mientras el barco se hunde, esos animalillos roban los flotadores o montan un negocio de alquiler de las lanchas de salvamento. Si así se porta ya por lo común el pueblo llano, qué decir de cualquiera que ejerza algún gobierno. La trampa es ley, la mentira va a misa y la difamación del crítico o del independiente es herramienta preferida. Se parecen casi todos al marido pillado en falta que responde, cínico, aquello de querida, no es lo que estás pensando. Claro que no, es peor, hablamos de ausencia de honor, de carencia de señorío, de utilitarismo ramplón, de la creencia de que cualquier interés propio justifica todos los medios, empezando por el disimulo, siguiendo con la mentira y acabando en la más descarada ilegalidad o la inmoralidad más evidente.

Ejemplos tenemos para dar y tomar, que cada cual mire a su alrededor. Pero déjenme que les ponga esta vez uno lejano. No sé si el yernísimo Urdangarín será culpable o inocente, igual que no estoy seguro de si no llegará a León un tsunami este jueves, uno que entre por Gijón y cubra la meseta de agua salada. Raro parece, pero imposible del todo no es. Lo que me asquea y me hace verlo muy parecido a tanto cantamañanas que por aquí pulula es leer cómo carga todas las culpas a su antiguo socio y amigo. Prefiere parecer imbécil por completo antes que asumir la responsabilidad por sus acciones y las consecuencias de sus faltas. Todo un ejemplo.

Francesc de Carreras informa sobre el seminario de crítica universitaria celebrado en León

Francesc de Carreras, buen amigo, informa hoy en La Vanguardia sobre la reunión que sobre algunos problemas de las universidades celebramos la pasada semana en León, organizados por Mercedes Fuertes, catedrática de Derecho Administrativo. Evento bien interesante e intenso en el que el mismo profesor de Carreras participó con una muy interesante ponencia. Su escrito de hoy puede verse aquí.
Por cierto, hay un blog de dos profesores amigos, malagueños, que irá reproduciendo las intervenciones en el seminario leonés. Se trata de "enbuenalogica" y puede consultarse aquí.