Sigo poco a poco traduciendo
aquel libro de B. Rüthers sobre “Derecho degenerado” (Entartetes Recht), con la esperanza de cumplir el plazo acordado
con la editorial y aunque es un trabajo de mil demonios. Me pregunto qué es lo
que me atrae tanto de la historia de las doctrinas y los juristas alemanes del
tiempo de Hitler, por qué vuelvo cada tanto a ese tema. Una razón está en cuán
aleccionadoras son aquellas teorías para estos tiempos y para cualquier tiempo,
con qué facilidad un lenguaje jurídico lleno de valores objetivísimos y de
metafísicas relucientes sirve para poner lo jurídico a los pies de cualquier
tirano y para convertir la ley, cualquier ley, en herramienta de una
arbitrariedad llena de artificio retórico.
Pero hay algo que me fascina más
y que me inquieta mucho. Se me ponen los pelos de punta al encontrarme una y
otra vez con esa larguísima lista de profesores alemanes de aquel tiempo,
grandes cabezas de la ciencia jurídica del siglo XX que se entregaron de hoz y
coz a la vesania y el más feroz autoritarismo, que pusieron su formación, su
técnica y su erudición al servicio de un régimen tan absolutamente oprobioso.
Todo el mundo piensa en este punto en Carl Schmitt, aquel genio con alma de
ratón, aquella gran cabeza de espíritu miserable que acabó primero cayendo en
desgracia ante el propio régimen y que valió luego como cabeza de turco y pagó
por tantos que en nada eran moralmente mejores ni tenían una trayectoria más presentable.
Los nombres de aquellos profesores que, felices y ambiciosos, vendían su alma a
Hitler y compañía, siguen impresionando: Larenz, por supuesto, pero también
Siebert, Forsthoff, Scheuner, Henkel, Dahm, Schaffstein, Schwinge, Höhn, Stoll,
Lange, Küchenhoff, Huber, Eckhardt, Schönfeld, Maunz…, tantísimos. Algunos ya
dudaron antes de que el régimen se hundiera, como Emge o E. Wolf. Otros no se
comprometieron en exceso, pero sí escribieron algunos párrafos con loas al Führer o al espíritu jurídico del
nazismo, como el mismísimo Engisch, como Welzel. Unos pocos callaron dignamente
sobre los temas políticos, apartados incluso de sus cátedras, como Radbruch
(aunque siguió escribiendo y publicando en Alemania). Los hubo que buscaron
temas ajenos a lo político para poder escribir e investigar sin mancharse, como
Klug. En conjunto, y dando a cada uno lo suyo, el panorama es desazonador. Por
supuesto, los profesores judíos fueron expulsados o tuvieron que huir en medio
de la constante denigración por sus colegas, como fue el caso de Kelsen.
También tomaron el camino del exilio los más comprometidos con la democracia o
las ideas sociales. Pero en conjunto el panorama es desolador.
Y ahí viene la pregunta que no debemos
soslayar: por qué, qué hizo que tantos se prostituyeran o cuánto había en cada
uno de convicción y comunión real con aquellos aborrecibles ideales. Andar
leyendo estas cosas me provoca un punto de paranoia, lo reconozco, pues me topo
con tantos colegas de ahora y no puedo evitar preguntarme qué habrían hecho
ellos o que harían hoy, si se diera un caso similar. La respuesta más verosímil
aterra. Porque, además, ha habido más casos y lugares a lo largo del siglo XX,
y hasta ahora mismo se pregunta uno si habrán puesto precio a su conciencia
esos magistrados constitucionales venezolanos, por ejemplo, o si en verdad
pensarán que están defendiendo un Derecho auténtico y haciendo acrisolada
justicia.
Había ambición, mucha ambición.
De repente, en 1933, empezaron a quedar vacantes cátedras, las de los
profesores expulsados por ser judíos. Karl Larenz,
por ejemplo, bien jovencito ocupó la de Gehart Husserl en Kiel. Y así,
muchos. Ascenso rápido, nombramientos, cargos, encargos, promesas, influencia
social, poder, supongo que dinero. Y el optimismo de pensar que apostaban a
caballo ganador, que llegaba la nueva gran Alemania y que ellos estarían
sentados a la diestra del padre, arrimaditos al Führer, poderosos y pletóricos.
La ambición explica, claro que
sí, pero no sé si vale como explicación bastante. ¿Cuánto puede un profesor
universitario estar dispuesto a decir por pura ambición personal y para
mantenerse en el privilegio? Esas grandes figuras del pensamiento jurídico
ponían negro sobre blanco, en artículos y libros, que el Führer era la suprema fuente del Derecho, que la esencia del
Derecho alemán era racial, que los judíos eran bestias infrahumanas y no podían
tener derechos civiles ni de ningún tipo, que la pauta para la aplicación del
Derecho por los jueces tenían que ser la voluntad del Führer y el espíritu del nacionalsocialismo, que la ley que venía
de los tiempos de Weimar no tenía más valor que el de un formalismo degenerado
y caduco, que el pueblo alemán se constituía en comunidad político-jurídica a
través de la conciencia sublime del Führer.
Veían el abuso, el crimen, la arbitrariedad supina, y no se desmoralizaban,
sino que se exaltaban y escribían con entusiasmo para apoyar cada nuevo paso de
aquella locura sanguinaria y absurda. Y tal vez lo que más me choca: veían a
Hitler, lo oían, lo conocían, y no por eso dejaban de aclamarlo y de proclamar
a los cuatro vientos su entrega a él, su incondicional sumisión. ¿No se daban
cuenta, ni siquiera un poco de cuenta, de que era un idiota, un loco
compulsivo, un demente absurdo, un zoquete sin remisión?
Por mucho que la juventud los
cegara y los obnubilara el deseo de gloria, me cuesta creer que fuera auténtica
su ingenuidad o genuina su fe, que no fuera interesada y vil tanta lealtad, que
no vendieran su alma al diablo por un plato de lentejas, una cátedra y algo de relevancia
social. Para ser mala gente no es imprescindible ser tonto, aunque a veces
ayude. Echaron sus cuentas y pensaron que se subían al carro de la Historia. Su
conciencia la entregaron porque era venal y miserable. Eran malas personas,
eran mezquinos y canallas. También cobardes.
La prueba la dieron ellos mismos después
de 1945. Ni uno asumió gallardamente culpas o errores, ninguno se disculpó,
todos fingieron que no sabían lo que hacían o acusaron a los ausentes,
empezando por el positivismo jurídico en general y por Kelsen en particular.
Explicaron que habían acatado los mandatos paralegales de Hitler porque, por
causa de Kelsen, ellos habían sido positivistas convencidos y que por eso no
osaron desobedecer la ley inicua. Pero lo suyo no fue obedecer, lo suyo fue
apoyar y fundamentar con entusiasmo y ganas. Se decían positivistas, ellos que
en sus escritos degradaban y despreciaban con saña la ley democrática y el
Estado de Derecho, ellos que escribían aquello de que “Toda interpretación de
la ley ha de ser una interpretación en sentido nacionalsocialista”, ellos que
explicaron mil veces que, dijera la ley lo que dijera, era inconcebible que los
judíos pudieran ser titulares de derechos, ellos que proclamaban que el
constitucionalismo liberal-democrático era un invento judaico destinado a
destruir al pueblo alemán, ellos que cambiaron el viejo principio de nulla poena sine lege por el de nullum crimen sine poena y que afirmaban
que el crimen no necesitaba tipificación legal para merecer castigo del Estado,
pues la esencia de lo criminal consistía en ser enemigo del Estado y en
comportarse de modo contrario al interés de la comunidad racial alemana.
La prueba mejor de su villanía la
aportaron cuando llegó la Ley Fundamental de Bonn y la alabaron con idéntico
celo, cuando expresaron su inquebrantable fe en los derechos humanos y la
dignidad de todo ser humano, cuando se convirtieron en los exégetas
privilegiados de la nueva Constitución y cantaron loas a sus principios, cuando
se acogieron apresurados a la nueva Jurisprudencia de Valores y se dijeron
felices bajo los nuevos principios morales del Estado de Derecho. Mantuvieron o
recuperaron sus cátedras los que eran profesores, retornaron a sus juzgados los
jueces, volvieron a copar la Administración Pública los altos funcionarios y
juraron que estaban donde siempre habían estado, en la defensa sin tacha de la
libertad, la igualdad y los derechos iguales de los ciudadanos. Hicieron
discípulos, recibieron homenajes cuando se jubilaron, llegaron muchos a las más
altas magistraturas del Estado, se parapetaron tras la complicidad gremial y
bajo el manto de la lealtad de sus discípulos, impidieron que circularan sus
obras anteriores a 1945, mandaron callar a los que sabían quiénes habían sido y
qué habían hecho. Hasta fines de los años sesenta no se publicó apenas un solo
artículo en el que se recordaran sus escritos de antaño. Precisamente fue Bernd
Rüthers el primero que sistemáticamente dio cuenta de cuál había sido la talla
moral y académica de tantos profesores de Derecho.
No eran inocentes ni ingenuos, no
eran simplemente ambiciosos, no estaban deslumbrados por ningún poder
carismático. Eran malos y sabían que hacían el mal, eran inmorales y perversos.
Escribieron, después del 45, algunas de las grandes obras del pensamiento
jurídico del siglo XX, pero con su vida escribieron también uno de los
capítulos más evidentes de la historia universal de la infamia. Por eso, hasta sus
libros de más calidad hay que leerlos con reservas, hay que leer su obra en su
conjunto, no debemos olvidar que cualquiera de esos que por escrito se
extasiaban luego ante el valor de la dignidad humana, ante el art. 1.1 de la
Ley Fundamental de Bonn, ante el Estado de Derecho, ante los derechos
fundamentales todos, antes habían dicho que nada de eso tenía valor y que no
hay más Derecho verdadero que el que mana de la voluntad del Führer y del sano
sentimiento racial del pueblo ario.
De algunos, hoy, estoy bastante
seguro. Les doy los buenos días en el aparcamiento de alguna Facultad de
Derecho y capto que están disponibles y a la espera, afilando los reglamentos y
soñando sentencias. Por una cátedra, un sobresueldo o unos dictámenes mandarían
hasta a su madre al campo de concentración y a los hornos. Están al quite,
simplemente aguardan su ocasión. Ojalá se pudran en la espera.