11 abril, 2014

¿Cuál es el precio de un jurista?



Sigo poco a poco traduciendo aquel libro de B. Rüthers sobre “Derecho degenerado” (Entartetes Recht), con la esperanza de cumplir el plazo acordado con la editorial y aunque es un trabajo de mil demonios. Me pregunto qué es lo que me atrae tanto de la historia de las doctrinas y los juristas alemanes del tiempo de Hitler, por qué vuelvo cada tanto a ese tema. Una razón está en cuán aleccionadoras son aquellas teorías para estos tiempos y para cualquier tiempo, con qué facilidad un lenguaje jurídico lleno de valores objetivísimos y de metafísicas relucientes sirve para poner lo jurídico a los pies de cualquier tirano y para convertir la ley, cualquier ley, en herramienta de una arbitrariedad llena de artificio retórico.  

Pero hay algo que me fascina más y que me inquieta mucho. Se me ponen los pelos de punta al encontrarme una y otra vez con esa larguísima lista de profesores alemanes de aquel tiempo, grandes cabezas de la ciencia jurídica del siglo XX que se entregaron de hoz y coz a la vesania y el más feroz autoritarismo, que pusieron su formación, su técnica y su erudición al servicio de un régimen tan absolutamente oprobioso. Todo el mundo piensa en este punto en Carl Schmitt, aquel genio con alma de ratón, aquella gran cabeza de espíritu miserable que acabó primero cayendo en desgracia ante el propio régimen y que valió luego como cabeza de turco y pagó por tantos que en nada eran moralmente mejores ni tenían una trayectoria más presentable. Los nombres de aquellos profesores que, felices y ambiciosos, vendían su alma a Hitler y compañía, siguen impresionando: Larenz, por supuesto, pero también Siebert, Forsthoff, Scheuner, Henkel, Dahm, Schaffstein, Schwinge, Höhn, Stoll, Lange, Küchenhoff, Huber, Eckhardt, Schönfeld, Maunz…, tantísimos. Algunos ya dudaron antes de que el régimen se hundiera, como Emge o E. Wolf. Otros no se comprometieron en exceso, pero sí escribieron algunos párrafos con loas al Führer o al espíritu jurídico del nazismo, como el mismísimo Engisch, como Welzel. Unos pocos callaron dignamente sobre los temas políticos, apartados incluso de sus cátedras, como Radbruch (aunque siguió escribiendo y publicando en Alemania). Los hubo que buscaron temas ajenos a lo político para poder escribir e investigar sin mancharse, como Klug. En conjunto, y dando a cada uno lo suyo, el panorama es desazonador. Por supuesto, los profesores judíos fueron expulsados o tuvieron que huir en medio de la constante denigración por sus colegas, como fue el caso de Kelsen. También tomaron el camino del exilio los más comprometidos con la democracia o las ideas sociales. Pero en conjunto el panorama es desolador.

Y ahí viene la pregunta que no debemos soslayar: por qué, qué hizo que tantos se prostituyeran o cuánto había en cada uno de convicción y comunión real con aquellos aborrecibles ideales. Andar leyendo estas cosas me provoca un punto de paranoia, lo reconozco, pues me topo con tantos colegas de ahora y no puedo evitar preguntarme qué habrían hecho ellos o que harían hoy, si se diera un caso similar. La respuesta más verosímil aterra. Porque, además, ha habido más casos y lugares a lo largo del siglo XX, y hasta ahora mismo se pregunta uno si habrán puesto precio a su conciencia esos magistrados constitucionales venezolanos, por ejemplo, o si en verdad pensarán que están defendiendo un Derecho auténtico y haciendo acrisolada justicia.

Había ambición, mucha ambición. De repente, en 1933, empezaron a quedar vacantes cátedras, las de los profesores expulsados por ser judíos. Karl Larenz, por ejemplo, bien jovencito ocupó la de Gehart Husserl en Kiel. Y así, muchos. Ascenso rápido, nombramientos, cargos, encargos, promesas, influencia social, poder, supongo que dinero. Y el optimismo de pensar que apostaban a caballo ganador, que llegaba la nueva gran Alemania y que ellos estarían sentados a la diestra del padre, arrimaditos al Führer, poderosos y pletóricos.

La ambición explica, claro que sí, pero no sé si vale como explicación bastante. ¿Cuánto puede un profesor universitario estar dispuesto a decir por pura ambición personal y para mantenerse en el privilegio? Esas grandes figuras del pensamiento jurídico ponían negro sobre blanco, en artículos y libros, que el Führer era la suprema fuente del Derecho, que la esencia del Derecho alemán era racial, que los judíos eran bestias infrahumanas y no podían tener derechos civiles ni de ningún tipo, que la pauta para la aplicación del Derecho por los jueces tenían que ser la voluntad del Führer y el espíritu del nacionalsocialismo, que la ley que venía de los tiempos de Weimar no tenía más valor que el de un formalismo degenerado y caduco, que el pueblo alemán se constituía en comunidad político-jurídica a través de la conciencia sublime del Führer. Veían el abuso, el crimen, la arbitrariedad supina, y no se desmoralizaban, sino que se exaltaban y escribían con entusiasmo para apoyar cada nuevo paso de aquella locura sanguinaria y absurda. Y tal vez lo que más me choca: veían a Hitler, lo oían, lo conocían, y no por eso dejaban de aclamarlo y de proclamar a los cuatro vientos su entrega a él, su incondicional sumisión. ¿No se daban cuenta, ni siquiera un poco de cuenta, de que era un idiota, un loco compulsivo, un demente absurdo, un zoquete sin remisión?

Por mucho que la juventud los cegara y los obnubilara el deseo de gloria, me cuesta creer que fuera auténtica su ingenuidad o genuina su fe, que no fuera interesada y vil tanta lealtad, que no vendieran su alma al diablo por un plato de lentejas, una cátedra y algo de relevancia social. Para ser mala gente no es imprescindible ser tonto, aunque a veces ayude. Echaron sus cuentas y pensaron que se subían al carro de la Historia. Su conciencia la entregaron porque era venal y miserable. Eran malas personas, eran mezquinos y canallas. También cobardes.

La prueba la dieron ellos mismos después de 1945. Ni uno asumió gallardamente culpas o errores, ninguno se disculpó, todos fingieron que no sabían lo que hacían o acusaron a los ausentes, empezando por el positivismo jurídico en general y por Kelsen en particular. Explicaron que habían acatado los mandatos paralegales de Hitler porque, por causa de Kelsen, ellos habían sido positivistas convencidos y que por eso no osaron desobedecer la ley inicua. Pero lo suyo no fue obedecer, lo suyo fue apoyar y fundamentar con entusiasmo y ganas. Se decían positivistas, ellos que en sus escritos degradaban y despreciaban con saña la ley democrática y el Estado de Derecho, ellos que escribían aquello de que “Toda interpretación de la ley ha de ser una interpretación en sentido nacionalsocialista”, ellos que explicaron mil veces que, dijera la ley lo que dijera, era inconcebible que los judíos pudieran ser titulares de derechos, ellos que proclamaban que el constitucionalismo liberal-democrático era un invento judaico destinado a destruir al pueblo alemán, ellos que cambiaron el viejo principio de nulla poena sine lege por el de nullum crimen sine poena y que afirmaban que el crimen no necesitaba tipificación legal para merecer castigo del Estado, pues la esencia de lo criminal consistía en ser enemigo del Estado y en comportarse de modo contrario al interés de la comunidad racial alemana.

La prueba mejor de su villanía la aportaron cuando llegó la Ley Fundamental de Bonn y la alabaron con idéntico celo, cuando expresaron su inquebrantable fe en los derechos humanos y la dignidad de todo ser humano, cuando se convirtieron en los exégetas privilegiados de la nueva Constitución y cantaron loas a sus principios, cuando se acogieron apresurados a la nueva Jurisprudencia de Valores y se dijeron felices bajo los nuevos principios morales del Estado de Derecho. Mantuvieron o recuperaron sus cátedras los que eran profesores, retornaron a sus juzgados los jueces, volvieron a copar la Administración Pública los altos funcionarios y juraron que estaban donde siempre habían estado, en la defensa sin tacha de la libertad, la igualdad y los derechos iguales de los ciudadanos. Hicieron discípulos, recibieron homenajes cuando se jubilaron, llegaron muchos a las más altas magistraturas del Estado, se parapetaron tras la complicidad gremial y bajo el manto de la lealtad de sus discípulos, impidieron que circularan sus obras anteriores a 1945, mandaron callar a los que sabían quiénes habían sido y qué habían hecho. Hasta fines de los años sesenta no se publicó apenas un solo artículo en el que se recordaran sus escritos de antaño. Precisamente fue Bernd Rüthers el primero que sistemáticamente dio cuenta de cuál había sido la talla moral y académica de tantos profesores de Derecho.

No eran inocentes ni ingenuos, no eran simplemente ambiciosos, no estaban deslumbrados por ningún poder carismático. Eran malos y sabían que hacían el mal, eran inmorales y perversos. Escribieron, después del 45, algunas de las grandes obras del pensamiento jurídico del siglo XX, pero con su vida escribieron también uno de los capítulos más evidentes de la historia universal de la infamia. Por eso, hasta sus libros de más calidad hay que leerlos con reservas, hay que leer su obra en su conjunto, no debemos olvidar que cualquiera de esos que por escrito se extasiaban luego ante el valor de la dignidad humana, ante el art. 1.1 de la Ley Fundamental de Bonn, ante el Estado de Derecho, ante los derechos fundamentales todos, antes habían dicho que nada de eso tenía valor y que no hay más Derecho verdadero que el que mana de la voluntad del Führer y del sano sentimiento racial del pueblo ario.

De algunos, hoy, estoy bastante seguro. Les doy los buenos días en el aparcamiento de alguna Facultad de Derecho y capto que están disponibles y a la espera, afilando los reglamentos y soñando sentencias. Por una cátedra, un sobresueldo o unos dictámenes mandarían hasta a su madre al campo de concentración y a los hornos. Están al quite, simplemente aguardan su ocasión. Ojalá se pudran en la espera.

08 abril, 2014

Emoticonos. Por Francisco Sosa Wagner



Confieso que me he enterado hace poco del significado de la palabra “emoticono” que es, según la Docta Casa, un “símbolo gráfico que se utiliza en las comunicaciones a través del correo electrónico y sirve para expresar el estado de ánimo del remitente”.

¿Para qué usar palabras si con un dibujito basta para decir a nuestro interlocutor que estamos sufriendo un cabreo denso y oscuro, o vivimos un estado de felicidad propio del cristiano que está a punto de yacer con odalisca, o de ansiedad cercano al que transmite la Esposa del Cántico de san Juan de la Cruz?  Unos simples y fáciles trazos resuelven el compromiso y eso está muy bien porque así tenemos tiempo para otro afán, por ejemplo, para seguir poniendo sms o “guasapes” o enviar una autofoto (selfie, otra novedad) de Lupita en el preciso momento en que compra una pizza de cuatro quesos. La única objeción que pongo es que el emoticono ya viene confeccionado por la industria que ha fijado su plantilla convencional y no es el producto de la gracia como dibujante del remitente. Esto es de una vagancia intolerable y signo de muy poca imaginación. A mí me suspendían de manera porfiada y perseverante en la asignatura de Dibujo cuando estudiaba el bachillerato pero me atrevería a dibujar una cara que exprese alegría o tristeza y, aunque es verdad que no me saldría la paloma de Picasso, sí algo presentable y desde luego inteligible.

¡La cantidad de emoticonos que circularán por las redes en todas las direcciones lanzados como botellas de náufragos! Al meditar sobre ello, me tortura la idea del emoticono como objeto de espionaje transatlántico y el aspecto que tendrá el espía de emoticonos. En las películas hemos visto a estos, a los espías, haciendo fotos de un documento comprometido en medio del sigilo y de la tensión de la situación que crea el espionaje rectamente entendido. Pero no logro imaginarme a ese mismo espía llevándose un emoticono a su archivo oculto de agente secreto y tejiendo conclusiones de relevancia política o comercial para venderlas luego a un Obama lejano y jupiterino. ¿Tendrá el KGB personal especializado para la interpretación de los emoticonos como Freud tenía el sofá para interpretar los sueños de sus pacientes y aventurar hipótesis sobre sus insatisfacciones? ¿Tendrán los generales de la OTAN sus emoticonos para anunciar una misión de alto riesgo? ¿Alguien imagina a Hitler mandando un emoticono a su colega polaco avisándole de que empezaba la segunda guerra mundial?

Ahora bien, fuera de estas inquietudes preciso es convenir que el emoticono está bien porque refleja las ideas sencillas con las que hoy circulamos: o se está feliz o se está disgustado. O se está inflamado de amor o se cultiva un odio fanático. Hay poco lugar para matizar los estados de ánimo y expresar entereza ante el infortunio, aplomo, espíritu de servicio, entrega a una causa noble, frugalidad, parsimonia, ascetismo etc pues para todo ello es necesario seguir recurriendo a la palabra, esa reliquia del pasado, ese vestigio remoto de una época antigua y felizmente caducada.

Veo que hay poetas que empiezan a usar los emoticonos en lugar de la métrica y ya solo se espera que nos traduzcan a emoticonos los versos de Jorge Manrique o de Gerardo Diego. Así será más fácil leer sus obras. Tenemos que saberlo: el emoticono, primo de la siglas y cuñado de las abreviaturas, es hoy la nueva palabra en germen porque la antigua, la clásica, irá siendo borrada poco a poco y quedando reducida a una ligera espuma, a la ligera espuma del mar de los emoticonos.   

04 abril, 2014

Mi nueva web

www.garciamado.es

Con materiales e informaciones semanalmente actualizados.
Pero este blog de años, Duralex, seguirá también y con nuevos bríos.

03 abril, 2014

¿Serán así todos los milagros?

Porque sí, señoras y señores, amables lectores y queridos amigos, en mi vida ha ocurrido un milagro, y de los grandes. La CNEAI me ha cambiado la vida. Déjenme que les cuente, para que aprendan a tener fe en el género humano y envidien mi excelsa suerte.
Resulta que he sido nombrado miembro del Comité 9, el de Derecho, de la Comisión Nacional Evaluadora de la Actividad Investigadora (CNEAI); o sea, el Comité que decide sobre el reconocimiento de tramos o sexenios de investigación del profesorado universitario. No revelo ningún secreto, el nombramiento es público y está en el BOE. Vamos a ver cómo es eso por dentro, pero hoy voy a otra cosa, al prodigio, al insospechado giro de los hados, a mi nueva fortuna. Así como aquel otro divinamente convertía el agua en vino, a mí los que no me saludaban se me han mutado en amigos de toda la vida y los que jamás me hablaron ni habían reparado en mi humilde existencia me llaman para ofrecerme afecto inmarcesible, simpatía sin tacha y apoyo en cuanto humano evento me pueda acaecer. Años enteros cruzándome con alguna persona que torcía la cara para evitar darme un simple buenos días y, de pronto, me veo convertido en el niño bonito de los antaño descorteses, en el preferido de los antes indiferentes, en el Amado amado por los que hace nada me observaban con el puñal entre los dientes. 
Pero no sólo eso. Mi mujer lleva unos días rascándose su inteligente cabeza mientras se pregunta cómo será que ahora la tiene en palmitas alguno que apenas le hacía un leve gesto de reconocimiento al toparse en los pasillos. En cuanto me lo comentó, no pude por menos que exclamar, ¡eureka, el milagro! 
Soy otro, despierto el cariño allá por donde voy, convierto en entrañables los sentimientos más innobles, hago que las personas se amen allá donde antes se querían poco. 
Hasta por teléfono, no les digo más. Ayer regresé muy de madrugada de un estupendo viaje académico a tierras aragonesas, y por eso a las nueve estaba dormido. Me despertó el teléfono de mi casa y creí que soñaba cuando al otro lado escuché a un viejo catedrático al que había visto una o dos veces en toda mi vida y con el que no me debí de cruzar más de tres palabras en tantos años. Bueno, pues era para decirme que me quería y que jo, como yo hay pocos y que cuando tomamos algo en cualquier lugar del mundo que a mí se antoje y que vaya bien que lo voy a hacer y con cuantísima justicia en mi nueva tarea y que no me come a besos porque por teléfono no se puede, que si no nos los daríamos tórridos y que, ejem... El resto no lo escribo para no quitarle lirismo a la jornada.
Ya sé, ya sé que son cosas que pasan y otros tendrán muchísimas experiencias activas y pasivas, de dar y tomar. Pero a mí estos días que no me quiten la emoción y esta plenitud de que ser unánimamente querido y desinteresadamente admirado. No hace más que aumentar mi confianza en el ser humano y mi fe en el dechado de virtudes que adornan a nuestro personal académico.

Si no se ve, no se cree. Imbéciles.

Esta carta aparece en la edición de hoy, jueves 3 de abril, de El Mundo de Andalucía. No, no es una broma. El Decreto que se aplica dice lo que ahí se cuenta y así se aplica.
España sigue siendo un país diferente. Sigue siendo un país abarrotado de idiotas que, para mayor escarnio, gobiernan por todos lados.

Esto dice la carta:


Sr. Director:

Mientras escribo tengo a la vista el documento que prueba que, en nuestro sistema educativo, suceden cosas que parecen imposibles , pero que para nuestra vergüenza no lo son.

En febrero de 2014 –y la fecha es también testimonio de lo que nunca debería de suceder a esas alturas del curso–, la Consejería de Educación y Cultura de la Junta de Extremadura deniega la beca a un alumno que conozco, y que la necesita para seguir estudiando una carrera que cursa en Sevilla con excelentes notas, por «no acreditar una nota de acceso a la universidad de un mínimo de 5,500 y un máximo de 6,499». ¡Sí, han leído bien! ¡No se la conceden por exceso de nota, porque tiene más de ese 6,499!

Cada vez tenemos más normativa, pero cada vez las leyes tienen menos que ver con la justicia, más consecuencias aberrantes. Y lo único que cabe es un recurso que se denegará porque eso es exactamente lo que dice el decreto 181/2013 de 1 de octubre. Como ya escribió Gil de Biedma: «Y qué decir de nuestra madre España / este país de todos los demonios… ». Raquel Rico Linage. Sevilla