13 julio, 2012

Profesores copiones en la universidad (y en las instituciones públicas)

                Esta mañana en mi casillero de la universidad había una carta con la dirección escrita con impresora, y sin remite. Bueno, me dije, vamos a ver qué cae esta vez. Dentro venían una pequeña nota, también impresa, y dos folios grapados. La nota no estaba firmada y el remitente al final se disculpaba por el anonimato.

                Me explicaba que la información adjunta era sobre un escandaloso plagio realizado por un profesor universitario que actualmente ocupa un cargo en el organigrama de un ministerio, en un organismo dedicado a ciertos estudios. Estaban todos los datos. Mi oculto corresponsal me decía que habían sido vanos hasta ahora sus intentos para que algún medio de comunicación tomara cartas en el asunto, investigara la maturranga y la diera a conocer a la opinión pública, por lo que tenía la esperanza de que un servidor la destapara aquí, en este blog.

                En las cuatro páginas de las dos hojas que acompañaban se desgranan paso a paso y con suma minuciosidad los pormenores de dicho plagio. El profesor plagiario ha publicado un libro que, por lo que se ve, está compuesto de retales descaradamente “fusilados” de acá y de allá. El índice se corresponde con el de un libro ajeno de otro autor y muchos de los contenidos del texto provienen de este libro, pero hay otras partes que están literalmente tomadas de otras obras y de otros documentos anteriormente publicados en diversos formatos y hasta en páginas de internet y en determinados informes internacionales. De cada uno de esos plagios que componen el libro del profesor en cuestión se indica la manera de comprobar la fuente en las obras originales y con ayuda de internet. En suma, parece fuera de toda duda que el plagio es descarado y total y que no hay grandes problemas para demostrarlo. Por cierto, el librejo de marras está publicado en una editorial importante y prestigiosa.

                Ahora díganme ustedes a mí qué hago. Si me tiro a la piscina de cabeza y saco aquí el nombre del pirata y las demostraciones de su ilícito proceder, me puedo buscar un problema serio y hasta un pleito. Menudos son los choricetes cuando se toca su honra impoluta. No me gusta nada quedar como cobardica, pero si mi mamá viviera me diría que por qué tengo que poner la cara yo. Otras vías, como enviar esta documentación a los responsables de la editoria,l supongo que ya se le habrán ocurrido a mi interlocutor y dudo que sirvan para algo. Cabría escribir a la universidad del interfecto, pero es de suponer que la correspondiente autoridad se apresurara a tapar el asunto y que, ya puesta a hacer justicia de la buena, me declarara, a mí, persona non grata por atentar contra el honor de uno de sus claustrales.

                Para quimeras idealistas y como si no conociéramos el país y su percal me parece que no queda mucho sitio. Yo puedo decir y lo digo: tengo constancia muy seria de que un profesor y alto cargo de la Administración del Estado ha publicado un libro que es un completo plagio. Y desde este mismo momento me quedo esperando a que me llame algún responsable administrativo, algún fiscal o alguna entidad protectora de la propiedad intelectual para que les pase el material y que procedan como en Derecho corresponda y en defensa de la legalidad. Puedo esperar sentado, lo sé. Si se remueve el asunto, lo más probable es que al plagiario lo asciendan y le concedan una medalla y algunos premios. Para lavar su buen nombre y eso.

                En Alemania hace poco tuvo que dimitir todo un ministro porque se descubrió que había copiado una parte de su tesis doctoral. Pero los alemanes son malos, fríos y desalmados, eso ya lo sabemos, y no guarecen a los suyos.

                Me adelanto a un par de comentarios y desde ya los asumo en lo que me toque. Uno, que ya estoy echando porquería sobre las buenas gentes. Otro, que no todos los profesores plagian, igual que no copian en los exámenes todos los alumnos. Como si aquí se hubiera insinuado tal cosa. Otro más, que qué pusilánime me muestro en el fondo y que por qué no me parto la crisma en el caso para que se pueda decir que mira qué burro y cómo se parte la crisma. Por fin, que muy mal mi anónimo comunicante y que no son maneras. Vale, pero ¿alguna solución para este tipo de casos? ¿Alguna propuesta o un diagnóstico certero, una vez que recibamos nuesro merecido los mensajeros?

Moral social


                Que nuestra crisis económica, aquí en este país, va a la par con una crisis moral a gran escala creo que pocos lo discutirán seriamente a día de hoy. Más aún, esta sociedad está todavía más indefensa ante los palos de la economía porque estamos moralmente desarmados. Con esto no quiero decir exactamente que colectivamente o como tendencia general seamos unos timadores o unos redomados amigos de lo ajeno, corruptos o mafiosillos, aunque algo debe de haber también. A lo que me refiero es a que hemos ido a dar a una sociedad fuertemente anómica y con muy escaso cemento moral, carecemos de la argamasa que permite funcionar como colectividad y no como simple agregado de individuos nada más que autointeresados que no pueden ver más allá de su bien inmediato y de su particular bienestar puramente individual. Tratemos de explicar todo esto paso a paso.

                Los sistemas morales son sistemas normativos, conjuntos de reglas que versan tanto con la conducta de uno mismo, con la manera en que uno quiere construir su personalidad y su acción, como con los modos de interactuar con los demás. Pero no es imaginable una moral sin el componente social, sin la referencia a los otros. Por ejemplo, muchas personas con cierto tipo de religiosidad ansían antes que nada la salvación de su alma, de camino hacia la supuesta vida eterna, y configuran sus personales actitudes para ese fin estrictamente individual. Pero siempre será en el marco de una referencia al prójimo y de unas normas dirigidas a establecer un modelo de convivencia y atentas a las consecuencias generales de la acción personal. Un ejemplo elemental: cuando los curas nos contaban aquello de que la masturbación era inmoral por pecaminosa, en un primer paso explicaban que dicha conducta autoplacentera ofendía a Dios (no me pregunten los porqués, que no quiero cabrearme), y de esa manera el referente era ya ese Otro, no meramente uno mismo. La moral perfectamente autónoma es una quimera, si se entiende de manera radical, porque no hay vida de uno mismo sin tomar en consideración a alguien más. Mi plena autonomía moral implicaría la autorización que a mí mismo me doy para hacer lo que quiera, sin más límite que el aleatoriamente autoimpuesto. Por eso la perspectiva social tiene que aparecer siempre cuando hablamos de moral, y de ahí que a la moral religiosa ni siquiera le baste una consideración a Dios que prescinda de las consecuencias sociales de nuestras acciones. Esa era la razón, siguiendo con el ejemplo, de que la ofensa a Dios se nos tradujera como atentado al modelo social deseado, uno en que las consecuencias de la práctica sexual se valoraban como daño para el patrón reproductivo, familiar y, por extensión, por Dios querido. Al pecar conmigo mismo, obro contra Dios porque no acato su mandato social, porque no estoy en el mundo como Él me manda y para lo que Él me dicta.

                Las modernas sociedades occidentales y de base liberal sitúan al individuo como supremo valor, exaltan la autonomía individual y buscan que la interacción social se base en ese primer principio. Lo que da sentido a mi vida ya no es Dios o tal o cual Dios, sino mi propia vida en sí, mi yo como más alto bien. Pero entonces lo que se asumía como dado, la socialidad, con sus sacrificios, ya no viene dado o asumido como instinto natural o como mandato insoslayable de la divinidad, sino que debe ser construido. Es decir, la comunidad se torna un artefacto, se hace artificial, cuando se comienza por asumir que cada uno va a lo suyo y que además hay que respetar ese libertario egoísmo. En otras palabras, se requiere la elaboración de un muy depurado sistema de normas morales si ha de haber convivencia en vez de guerra a muerte de todos contra todos y al hilo de los egoísmos de cada cual.

                La gran paradoja, contradicción o tensión interna de estas sociedades modernas se encuentra precisamente en el dato de que las comunidades políticas generaron por sí un sistema de normas morales y lealtades que contrapesaron el individualismo. Libertad y autonomía de cada uno, sí, pero en el contexto de una nación que se hace Estado y a la que emotivamente se siente vinculado ese sujeto que se piensa y se quiere autónomo. Mercado, libre oferta y demanda, pero dentro de unas fronteras nacionales. Iguales todos en valor y dignidad, desde luego, pero más iguales los de la misma nación que los ajenos. Interés particular, pero amarrado al interés general o al bien común, enfocado como bien o interés del conjunto político o político-cultural de que se trate. De ese modo, por esa ligazón de base emotiva, los sacrificios que la convivencia impone ya no los sentirá el sujeto como forzamiento, sino como libre concesión suya, y en ellos no verá renuncia a sí mismo y a su bienestar o su libertad, sino como realización de los mismos en una más elevada escala. La tensión entre moral individual y moral social se resuelve así como siempre, socializando la moral individual, haciendo que la heteronomía se viva autónomamente. Aparentemente, al reconocerme en mi nación o mi Estado no me niego a mí mismo, no niego mi propio reconocimiento como más alto bien moral. No hay moral social sin ideología, incluso como ideología en cuanto falsa conciencia.

                Con la contemporánea difuminación de cualesquiera señas de identidad colectiva, los sistemas morales van a requerir un nuevo fundamento o, mejor, tendrían que pasar a una nueva y más coherente fase en la realización de los ideales la moral moderna. El otro en el que me reconozco y con el que interactúo, bajo las normas de la moral, ya no podrá ser el otro comunitario, el otro como yo, el otro distinto que es igual porque comparte mi misma identidad sustancial, comunitaria, sino el otro sin atributos, el mero otro, el individuo perfectamente abstracto, el ser humano a pelo. Esa maduración ética no ha estado al alcance de todas las sociedades ni de cualquier país.

                En España, y seguramente en muchos más lugares, pero aquí muy marcadamente, hemos experimentado una doble situación que nos determina. Por una parte, hace cuatro días o cuatro décadas éramos todavía una colectividad fortísimamente comunitaria. Es decir, las reglas de nuestra convivencia tenían, combinada, una doble base: la de una religiosidad católica premoderna y casi ultramontana, irreflexiva antes que nada y supersticiosa por encima de todo, ritualista y fomentadora del desdoblamiento de las personalidades, y la de un sistema político nacionalista, exaltador de esencias colectivas. Unidad de destino en lo universal, proyecto común y todas esas zarandajas. La virtud ciudadana se hacía de miedo al cura y al alcalde, de temor al fuego eterno y al cuartelillo. Aquí casi nadie pagaba impuestos o hacía bien su trabajo porque se considerara reflexiva y maduramente obligado a ello para no ser un parásito y no aprovecharse de los demás o en la idea de que con la leal conducta de todos podría vivir mejor cada uno, y uno mismo también. No, aquí se trataba de que no se enterara Dios o te disculpara el confesor, y de que nada detectara Hacienda. Y pare usted de contar.

                Por otra parte, todo ese edificio normativo se derrumbó en muy poco tiempo. En cuatro días pasamos de la miseria a la riqueza, del temor a la confianza, de la resignación al optimismo, de las cadenas a una altísima libertad. No hubo tiempo para preguntarse por los porqués ni para que se destilara una moral social distinta. Disfrutamos de todos y cada uno de los frutos de las sociedades modernas y desarrolladas (dinero, libertad sexual, buenas perspectivas profesionales, tiempo libre, viajes y variadas diversiones, cultura y cultureta…), pero sin que quedara apenas ocasión para preguntarse si habría alguna exigencia a cambio o si tendríamos que corresponder con algo o de alguna manera. La anterior sumisión, la de nuestros abuelos o padres, se volvió aversión a la norma y asco a la autoridad, el apocamiento de otro tiempo se transformó en espíritu retador. Si antes nos deshacíamos en gratitudes cuando el señor del lugar nos regalaba por caridad un mendrugo, ahora nos vemos con un derecho natural e irrestricto para reclamar del nuevo señor, el Estado, nuestro bienestar entero y la garantía plena de una vida dichosa y bien surtida de los más variados bienes, y por supuesto no damos las gracias, sino que torcemos el gesto. No somos los herederos de los abuelos aquellos, sino de los señoritos del pueblo, no conservamos nada de la austeridad o el comedimiento de nuestro antepasados más populares, sino el vacuo orgullo de la aristocracia venida a menos. Somos un pueblo, hoy, de aristócratas sobrevenidos y, como la vieja clase nobiliaria, no estamos ahora en condiciones de entender nuestra propia decadencia, sino que nos rebelamos contra ella agitándonos contra el mundo.

                No hubo ocasión ni tiempo ni ganas para que aprovecháramos la libertad y el bienestar para elaborar nuevas reglas de la vida colectiva. Del buen liberalismo filosófico quedó nada más que el eco de lo que interesaba, el canto al interés individual. Cada padre se apresuró a desterrar de la educación de sus hijos las normas con que lo habían educado a él, pero no las sustituyó por otras. El Estado derogó, y bendita sea, las normas del antiguo régimen, pero las que puso en su lugar no supo engarzarlas con el aprecio del pueblo. Los profesores cambiaron aquellos métodos, con los que nos adiestraban como se somete a un salvaje o se doma una bestia, por sistemas para que el buen salvaje se haga mayor y siga sintiéndose el rey de la Creación que a nadie debe nada y que ante ningún obstáculo para su gusto debe detenerse. Las rígidas familias de antaño se convirtieron en hoteles en régimen de todo incluido y con derecho a echarle la bronca a la cocinera. Y así sucesivamente. En lo formal o superficial, un sistema político-jurídico perfectamente parangonable a los más avanzados y exquisitos del mundo. En lo profundo, un sistema social mayoritariamente compuesto por individuos infantiloides que no dan la talla para ciudadanos. Un país lleno de gente, pero sin ciudadanos, un Estado de Derecho donde no se acata más derecho que el de cada cual a campar por sus respetos y a exigir para sí todas la atenciones, con desconocimiento de los que nos rodean, con extremada indiferencia ante las situaciones ajenas, fanáticos del ándeme yo caliente.

                Por eso somos una sociedad anómica, un modelo de tal. Son escasísimas las personas que entre nosotros dicen “ese comportamiento es inmoral porque daña así o asá los fundamentos de nuestra convivencia” y que pueden añadir fiablemente un “yo jamás lo haría si estuviera en la situación de ese al que critico”. En tal sentido, los partidos políticos mayoritarios, con su discurso farisaico y su modo de hacer en los parlamentos, son la quintaesencia de nuestro estrabismo moral, pues aplauden en los suyos lo que critican en los otros, se guían mucho más por el quién que por el qué, los mueve el egocentrismo y carecen de la perspectiva de la norma en sí y sus efectos generales. Puede que sean nuestro modelo, pero más parecen el reflejo de esta gente, nuestro reflejo. Otra vez, la grey, el rebaño, la camada, la piara propia ante que la sociedad de todos o cualquier asomo de interés común.

                Anómicas son las sociedades sin una consistente moral compartida, al margen de que compartan la ausencia de moral y la burda instrumentalización de toda regla en pro del interés particular y del grupo de los propios. España es un país sin una moral social repartida, sin perspectiva general, sin pautas del hacer colectivo. Se ve a cada rato y en cada gesto y los ejemplos se cuentan a diario por miles. Cuando, una muestra más, los del CGPJ no se ponen hoy mismo de acuerdo para nombrar un Presidente, no es porque esté cada uno buscando el candidato con el perfil más conveniente para la institución y la Justicia, se debe a que cada cual barre nada más que para los suyos, para su partido, su grupo, su tendencia o su más vil interés.

                No tenemos una conciencia moral de nosotros y tampoco poseemos conciencia de nosotros como grupo que vive bajo un Estado. En esto también habrá influido nuestra peculiar historia. España, como concepto, no es una noción que une, sino que divide y enfrenta. La idea de España es una idea de combate y pugna, no un nombre para designar, aunque sea sin metafísica ni mitos, una consigna para que cada uno progrese, pero de la mano de compañeros. Y, si no gusta el nombre, podríamos quedarnos con la muy abstracta idea de un Estado que nos integra, pero eso tampoco, pues, por las mismas razones ya expuestas, el aglutinarse bajo una idea  de Estado presupone una concepción sumamente abstracta que no hemos podido asimilar. De ahí que nos falte eso que se llama el cemento social, ya que carecemos de todo acicate intelectual para el vivir juntos y colaborar de buena fe. A un niño pequeño no se le puede venir con abstracciones, su natural e irrefrenable tendencia a extremar su placer egoísta no se compadece con la asunción del sacrificio ni con la reflexión distanciada sobre lo que al común conviene. Formamos una sociedad muy mayoritariamente infantiloide, constituida por sujetos no sanamente autointeresados, sino banalmente egoístas, egocéntricos, consentidos y caprichosos, avezados a la elementalidad de los placeres menos sutiles y más alejados de la ponderada ecuanimidad.

                Y en esto llegó la gran crisis económica, la hecatombe, y no estamos en condiciones de asimilar sus causas ni sus efectos. Fallan, al mismo tiempo, las bases morales y las intelectuales. Las culpas siempre serán de los otros y el tratamiento nunca podrá perjudicarnos. Se renuncia a cualquier consideración de lo que colectivamente se haya hecho mal, por acción o por omisión, y únicamente se presentan facturas para pasar a los demás. No hay diagnóstico previo al tratamiento, puesto que en ningún modo queremos diagnosticarnos. El que alguna tacha ponga a lo suyo o a los suyos es tratado como traidor a su familia, su clan, su oficio o su partido. Se activa, brutal, el pensamiento mágico y clamamos para que toda solución nos resulte gratuita a nosotros, a cada cual y a sus camaradas, y nos empecinamos en la imploración de la misma autoridad que en los otros órdenes rechazamos: que lo arreglen los gobiernos, los partidos, los sindicatos, las instituciones, sin que nuestro bienestar merme y sin que de nada grato tengamos que prescindir.

                No hay arreglo porque objetivamente la situación es insostenible y porque subjetivamente no contamos con capacidad para sobreponernos a ella y superarla. Estamos completamente a merced  de los elementos y nos hundiremos berreando en lugar de remontar arrimando el hombro y fijando nuevas reglas, las reglas que hasta hoy no tuvimos y sin las que tan a gusto hemos vivido mientras nos mantenían por la cara. Yo, en lo mío, también quiero seguir con pocas clases, sin que mayor rendimiento se me exija, que me prejubilen todavía en edad de disfrutar de la vida y sus placeres, sin control sobre lo que enseño o no a mis estudiantes, con algún sobresueldo que me facilite ocasionales lujillos… Me rebelo si mi calidad de vida peligra por culpa de todos los demás cabronazos, esos cabronazos con los que he sido uña y carne hasta ayer mismo, o todavía.

11 julio, 2012

Bretes verdes

      Algunos días, cada día más, lo mejor sería callarse. Callar estrictamente, callar con saña. No está lejano el día en que más de cuatro paguen o paguemos por lo que hoy dicen o decimos, aunque parezca trivial, elemental o modesto ejercicio de la libertad de expresión y pensamiento. Se acerca, paso a paso, el día en que a la libertad de expresión y a las otras no se les tendrá tanto apego y en que no esté bien visto entre la gente hablar de libertades. La bestia acecha bajo más de cuatro comentarios ya, a la sombra de muchas miradas, en el recitado de tópicos sacados del desván, en el ansia de rebaño y estampida. Lo que todavía no se sabe es con quién consumirá su pasión ardiente y su designio. Sí, será con los que ganen, con los que se vuelvan mayoría a base de gritos y de miedos, pero aun se desconoce quiénes serán y si emularán a tales o a cuales de los de antaño. De momento, contemplamos un acelerado reverdecerse de las mitologías más sórdidas, la añoranza de lo que nada más que desgracia trajo y desgracia ha de traer. Los pueblos necesitan cada tanto sus ritos de sangre, autos de fe, argamasa de violencia, aderezo de odios, especialmente los pueblos que van camino de no ser tales y que precisan de dichos excesos de artificio y falsa conciencia. A un señor al que conozco levemente, ni siquiera amigo, le oí decir esta mañana que qué gozo pensar, con los mineros y el cabreo popular, que se esta acercando un nuevo 34. Tendrá razón en su diagnóstico o no la tendrá, pero es un idiota y acabará llorando por algo y por alguien, aunque será feliz durante un rato por tener equipo, camada y razón para vivir como si matara.

    Hablar o escribir sobre la realidad inmediata no tiene mucho sentido porque el ruido circundante es ensordecedor y hasta las sirenas atruenan, y las voces y los rugidos. No es que falte razón a tales o cuales o que no esté justificado desde el alarido hasta el llanto vocinglero. Es que con semejante barullo, el entendimiento no cabe y el matiz es imposible. Precisamente en las situaciones más complejas conviene matizar más, pero se puede menos en ambiente de jauría o de fieras acorraladas. En cualquier esquina se está opinando ahora mismo, en cada semáforo, en los parques y los senderos y aquí mismo, pero será en casi todo caso -y aquí igual- sin matiz, en blanco y negro, a granel, en canal y a tanto alzado, a pelo y hasta a púa. Es puramente animal, etológica y muy originaria esta tendencia a simplificar el razonamiento y acelerar el pulso, a liberar la hormona que atore la razón y que nos haga simples como balas, esquemáticos como dianas para el tiro, brutales y rígidos como la caverna exige.

    ¿Decir algo sobre tal o cual cosa de las de hoy mismo? Para qué, para que te compliquen la vida los que están simplificando la suya, y es comprensible la reacción porque facha el que no salte. O marica. Porque lo simpático es que ya se puede otra vez usar lenguaje sexista y homófobo o desentenderse de las focas o cerrar los observatorios variopintos. Tiempo de desmaquillarse o de quitarse el peluquín, retorno a la dehesa interior, apoteosis de los humores y las supuraciones, acoplamientos de pensión barata con aroma a humedad y desinfectante. Toda ida tiene su vuelta, parece. Y lo que nos falta, apenas estamos sacando el billete de retorno y viendo pasar los primeros trenes que nos deportarán hacia lo más árido de nuestra alma. Comentar para qué, tal vez para ir despidiéndose.

    Llegaron los mineros asturianos, leoneses y aragoneses a Madrid y está emocionada alguna gente que lo dice a los cuatro vientos, e indignada otra que lo calla a las cuatro esquinas. Yo, ni lo uno ni lo otro. Ni son mis héroes ni mis villanos. Les reconozco el mérito muy grande de estar peleando por su pan y por la supervivenica de sus barrios o sus pueblos. Admito sin reserva que son un modelo frente a tanta mansedumbre de tantos, de tantos que ni para sí piden y que consigo se resignan a la pobreza y el fin, ensimismados y ausentes, perdidos ya para cualquier causa. Tampoco entiendo ni un ápice a este estupidísimo gobierno que en lo sencillo se complica y en lo complicado se ahoga y que hace el ridículo sin paliativos. Pues recortan a la minería lo que cualquier tertuliano llamaría, con razón, el chocolate del loro, cantidades minúsculas en comparación con las que toca manejar y recortar. Pues no olvidemos dos cosas capitales para tener el panorama completo. Una, que el práctico fin de la minería ya estaba decidido y hasta pactado para dentro de cuatro años, 2018. Salvo auténtico vuelco de todo, desde mi vecindario hasta Europa entera, no es por el futuro del carbón y la minería por lo que se lucha, no es eso lo que se puede conseguir en modo alguno, sino por cuatro años más de salarios y por tiempo para completar cotizaciones y llegar a edades. Y bien me parece, repito, que se levanten los mineros por eso y porque el Estado ha incumplido lo acordado, pero no dejemos que las grandes palabras del momento y los eslóganes para estas ocasiones nos oculten los datos más elementales. No, no van a hacer la revolución ni lo pretenden. Quieren prejubilarse bien, como los anteriores y los otros; y yo los comprendo y a ellos no tengo pero que ponerles.

    La segunda cosa es que no estamos hablando, al decir mineros, de más trabajadores que vayan a ser despedidos de sus empresas porque sus empresas quiebren o estén en crisis. Trabajadores de esos hay cientos de miles que no desfilan hacia Madrid ni cortan las autopistas, y no descarto que hagan mal al mantenerse resignados, no es eso, y con los de la minería no me estoy metiendo. Lo que debemos recordar es el fondo del debate: si a estos recios trabajadores en particular hay que mantenerlos en su tajo a base de subvenciones con dinero público. Cobran lo que cobran, lo que sea, porque una parte crucial de su salario y del beneficio de los empresarios del gremio sale de los impuestos, del presupuesto público. Ahí está el debate. Por mí que así siga siendo si eso es bueno para mil cosas, pero así no puede ser por los siglos de los siglos. A los anteriores, a los de las anteriores oleadas de cierres de pozos y explotaciones, los calló el Estado con prejubilaciones bien puestas. Voto porque a todos se los prejubile ahora en las mismas condiciones, si es que no hay manera racional y humana de producir carbón sin que tenga que salir de las espaldas del contribuyente. Ni son tantos ni nos vamos a arruinar más por eso, ni dejan de merecer ese digno final por su arrojo y su tradición. Y que no me diga nadie que se les quita la mina como futuro para sus hijos, porque decir tal es una notable cabronada. A sus hijos, y a los de cualquiera, hay que darles otras salidas, igual que si no fueran hijos de minero.

    Último detalle, pero no menos importante: que nadie deje tampoco de mencionar que entre los que más pueden beneficiarse de la lucha minera están algunos de los más desalmados delincuentes de este país o, al menos, de la región en la que yo vivo, empresarios sin escrúpulos que ahora jalean a los de la mina para seguir, ellos, haciendo su agosto. Eso no hace malos a los mineros, pero ayuda también a que no confundamos ni la velocidad con el tocino ni la revolución proletaria con la Sicilia de los setenta. Entre la justicia social y la defensa del oscuro status quo corre a veces una línea sutilísima.


    Y sí, ha sido el día de San Recorte, se nos ha hecho carne y ya habita entre nosotros el Gran Tajo. Que no es más que el primer tajo, pues vendrán y vendrán y en un año o dos no nos va a reconocer ni la madre que nos parió. Ya nos hemos quedado sin extra de Navidad los funcionarios. Personalmente ni me quejo ni digo esta boca es mía, aunque entiendo a cuantos se están subiendo por las paredes o dicen que se van al monte, aunque ya será menos. Pero, al margen de la opinión sobre una u otra medida concreta de recorte, a este gobierno no lo entiende ni su santa progenitora. Eso por un lado. Por otro, el tono general del hachazo es torpe y de injusticia grande. Hará más daño a los que menos resistencia tienen y perjudicará mucho más a los que cargan con menos culpa por todo este desastre.


    Economistas tiene la Santa Madre Iglesia, pero uno lee por ahí que cuanto más sube el IVA, menos se ingresa por IVA, en parte porque se evade más y en parte, y sobre todo, porque se consume cada vez menos. Y sin consumo tengo entendido que no quedará aquí ni el puesto de golosinas de la esquina ni nada de nada. Como en las próximas Navidades, cuando se van a enterar en El Corte Inglés de lo que vale un peine navideño y que por eso no lo venden ni al apuntador ya. El país queda definitivamente listo para el cierre y hasta para el derribo. Lo que no sabemos todavía es adónde iremos luego, porque a tomar por el saco no es un lugar, sino una consecuencia y una impepinable condena.

    Y entre lo más estrepitoso veo la total y radical incapacidad para hacer un poco de pedagogía social y para predicar con algo de ejemplo. Da igual cuántos lo digan y de qué manera, esta casta política no le mete mano al sistema, al sistema político-feudal y político-administrativo. El sueldo se baja a los funcionarios todos, pero a los funcionarios vagos y a los que entraron hace cuatro días a golpe de enchufe terminal nadie los toca. De los políticos en nómina se recorta un treinta por ciento por la parte de tropa, los concejales, y ahí nos quedamos. Una política de exigencia concienzuda y coherente de responsabilidades, tanto políticas como jurídicas, ni la hay ni se la espera. El mismo día de los recortes y de la culminación de la protesta minera, informa la prensa de que “El sueldo medio en los consejos del Ibex en 2011 fue de 7,5 millones, un 5% más” y de que “la retribución media por consejero fue de 522.000 euros (el 4,4% más que en 2010), ascendiendo la remuneración de los vocales ejecutivos a 2,4 millones de euros (2,2 millones en 2010) por consejero”. En algún periódico de esta parte del régimen leo hoy (mejor dicho, vi, pero no leí) que es inoportuna y contraproducente la querella de UPyD contra los consejeros de Bankia. Manda narices.

    A Rajoy y sus huestes les va a estallar en los morros su propia incompetencia. No lo siento por ellos, sino por nosotros. Ni estos recortes ni los que vengan servirán para salir de esta, pero no me parece eso lo peor. Lo que más temo, más que a pasar penurias o a ver cómo la vida y el futuro de nuestros hijos se juega a la ruleta rusa en los despachos, es al resentimiento que ya está y al odio que viene, los daños para la paz social y la democracia, la desesperación virulenta, la explicable y sórdida irracionalidad de los que llegan y llegaremos a concluir que este mundo nuestro no tiene sentido y que este país no importa quemarlo entero porque nos va a destruir de cualquier manera.

    Me volverán a llamar cenizo y compulsivo pesimista, pero ya ven, amigos, cuántas he acertado hasta hoy, aunque sea por diabólica inspiración y no porque me adorne ningún saber. Así que permítanme que reitere el consejo de la temporada: el que crea que tiene a dónde ir que mantenga la maleta preparada y bien estudiado el camino de salida. Y si no es por él, que lo haga por sus hijos, si los tiene.

10 julio, 2012

Estudiantes copiones en la universidad


                Antes el diagnóstico, basado en ciertos síntomas, y luego la etiología. Primero por casualidad y después a posta, he hablado estas semanas bastante con un puñado de estudiantes sobre el tema del copieteo en los exámenes universitarios. Inicialmente me llegaron ecos de estudiantes que, con verdaderos arrestos, formulaban a algún profesor quejas en términos muy duros, diciéndole que no hay derecho a que se preste tan poca atención y que, mientras unos estudian y se esfuerzan por sacar la nota que merecen, otros se dan al vil y muy variado copiar. Sorprendido, le pregunté a un estudiante que es de mi familia y que estudia en otra facultad de mi Universidad, no en la de Derecho, y su respuesta me dejó de piedra. Me hizo saber que sí se copiaba, y mucho. Le dije que en qué proporción, por ejemplo este año y en su curso, qué promedio en los diversos exámenes que había tenido. Me respondió así: “hemos copiado aproximadamente un setenta por ciento de los estudiantes en la mayoría de las asignaturas”. Se incluyó en la cuenta, muy honradamente.

                Cuando ya andaba un servidor con la mosca detrás de la oreja, recibí la visita de un alumno que había sacado buena nota conmigo y que me quería hacer algunos comentarios de diversa índole. Lo llevé a ese terreno y lo que me contó ya acabó de desconcertarme. Por ejemplo, hizo amago de enseñarme, en su propio móvil, el chat que los compañeros habían mantenido durante cierto examen final y hasta me decía que se oían en el aula los clics de los que fotografiaban el examen para mandarlo a los que desde fuera les rellenaban las preguntas. De otro caso me narró que el examen fue el mismo con varias tandas de estudiantes, con lo que los de las tandas siguientes a la primera ya llevaban el examen hecho y hasta fotocopiado con las respuestas correctas. Y que hasta en un examen oral había conseguido una muchacha que le fueran transmitiendo las contestacions que ella repetía ante el profesor, gracias a un alarde tecnológico de primera. Ya desbordado por tales informaciones, coincidí una noche de copas con unos cuantos que acababan la carrera. Su balance fue demoledor: es una vergüenza lo que está pasando bajo el pasotismo, la tolerancia y la indiferencia del profesorado, me espetaron, y añadieron que o se endurece la carrera o se va al carajo el invento. Más de uno me preguntó por qué, por ejemplo, no se compraban unos inhibidores de frecuencias para colocar en las aulas en esos momentos, aparatejos que, al parecer, cuestan cuatro perras. Y yo mismo me pregunto si nos resulta tan difícil impedir que los alumnos tengan a mano el móvil o mirarles las orejas, simplemente. Aunque también me hablaron de ciertos relojes y de similares artilugios sofisticados que son una maravilla para esos fines.

                Es lo que hay. He intentado comentarlo con algún que otro profesor y, con excepciones, las respuestas no son particularmente estimulantes. Predomina la incredulidad o el allá ellos. No es plato de gusto tomar conciencia de que uno es un don Tancredo, con lo guapísimos que nos vemos todos y con este pedazo de currículum que me adorna.

        ¿Pero no se os vigila, no se pone un poco de celo o de esmero para evitar esos comportamientos?, preguntaba yo, ingenuamente o sabiendo de antemano la respuesta. Y la respuesta es que cómo va un solo profesor a controlar a cien personas o más en un examen, aunque quisiera. Pero por ejemplo Fulano es bastante serio y responsable como docente, alegaba yo en retirada. A lo que me respondían que sí, que sus clases están bien, que se esfuerza para dar buenos materiales, pero… que a los exámenes va solo frente a aquella masa y que se dedica a mirar las musarañas. Y otros a leer el periódico en su mesa. ¿Y no aparecen a veces dos o tres a “cuidar” los exámenes? Sí, de vez en cuando, pero que en esos casos suelen ponerse a hablar de sus cosas y se despistan por completo.

                Lo fácil ahora sería que empezara con la perorata de cómo degenera la juventud y que cuánta molicie y qué irresponsabilidad del alumnado. Falso. Siempre se ha copiado cuando se ha permitido, en todas las épocas. La diferencia la aporta en la actualidad la tecnología. La vieja chuleta ha pasado a la historia, ahora hay unos sistemas de transmisiones que ya los quisieran los ejércitos. ¿Entonces? Vamos con las causas.

                En mis tiempos de joven profesor, allá en Oviedo, lidiábamos con masas estudiantiles, pero cuando tocaba examinar aparecíamos cinco, seis o siete profesores. Algunos eran expertísimos sabuesos. Si no había bastantes compañeros de la materia de uno, se echaba una mano los amigos de otras disciplinas vecinas. Hoy por ti mañana por mí. Eso se ha acabado, me parece. El individualismo del profesorado se ha radicalizado. Hace alguna décadas no se estilaba lo de es tu examen y yo tengo que llevar a los niños a música, o vivo en Logroño y me voy el miércoles, o casualmente tengo hora con el podólogo. Antaño rara era la ocasión en la que no cazábamos a alguno con las manos en la masa. Hace años que no escucho a nadie contar que ha pillado a un estudiante en esa turbia faena. Así que si, por un lado, sabemos que se copia a mansalva y, por otro, que la impunidad es completa, la conclusión sale sola: pasamos de todo o nos hacemos los tontos. O lo somos.

                ¿Razones? Unos pensarán que para qué molestarse, puesto que todas las presiones institucionales son para que aprobemos a diestro y a siniestro, sobre todo a los más siniestros. Otros ahondarán más en el cinismo imperante, pues estudiante que supera la asignatura es como enemigo que huye: puente de plata, a ese no tienes ni que ofrecerle explicaciones en la revisión ni vuelve a concurrir para darte más que corregir la próxima vez. Cierto es que con algún que otro colega no se dan tales problemas, pues se monta el aprobado cuasigeneral con otros subterfugios, y aquí paz y después gloria.

                También la falta de selección del alumnado será culpa de alguien. En mi Facultad no hay nota de corte y una estudiante me lo explicaba bien clarito hace una semana: la tercera parte de mis compañeros ni pueden ni quieren, han entrado aquí de puro rebote, sin vocación ninguna, sin capacidad y a verlas venir; simplemente aprovechan estas facilidades que les brinda la vagancia de los docentes. Esta última expresión no es mía, es literalmente suya. Deduzco que la situación no ha de ser tan alarmante en los centros en los que hay controles de entrada, donde se trabaja con grupos pequeños, donde, en suma, se toma lo de Bolonia medio en serio y no con el cachondeo que yo me sé.

                Es gracioso que todo esto nos esté sucediendo en estos momentos de crisis económica radical. Es llamativo que una parte de los profesores se niegue a ver la realidad y a reaccionar en consecuencia. Es sobrecogedor que, cuando tocaría acrecentar el esfuerzo y el ánimo rectamente competitivo, la seriedad y el rigor, nos echemos a la bartola al grito de y a mí qué y yo con mi libertad de cátedra hago lo que se me pone en las narices, aparte de que he quedado con Puri para comprar un sofá a las doce.

                De las instituciones nada espero, en mi pesimismo. Estas quejas no hay donde ponerlas, pues andamos todos sumidos en papeles, acreditaciones, memorandos y variadas zarandajas folclórico-burocráticas. El único resquicio de esperanza al que me agarro como a un clavo ardiendo son los estudiantes. Son unos poquitos estos que he visto indignados y sería interesante que cundiera su ejemplo. Fuego purificador nos haría falta. Y que alguna autoridad un día se viera forzada a preguntar a más de cuatro que cómo es posible que en tales o cuales asignaturas apruebe el noventa por ciento de ciento cincuenta. Si será que esos profesores hacen magia o que una gigantesca estafa se está perpetrando a la chita callando.

                PD.- Ya sé, ya sé. Me vendrá algún jamelgo de los habituales con aquello de que los trapos sucios se lavan en casa y de que del descrédito voy a ser yo el culpable por cascar estas cosas. Viva el disimulo, majetes. Y a seguir chupando del bote mientras quede algo dentro. Y luego a ver si nos prejubilan o nos ponen un estanco.

09 julio, 2012

El enterrador y la tabla de multiplicar. Por Francisco Sosa Wagner


El tranquilo y pequeño municipio de Calig, en la provincia de Castellón, ha salido en los papeles estos días porque, habiendo convocado una plaza para ocupar el puesto de enterrador, nadie -de la veintena de personas que han concurrido- ha logrado superar las pruebas.

La alcaldesa se lamenta de la situación creada y explica que el temario era muy sencillo: las cuatro reglas y el conocimiento de la Ordenanza de cementerios aprobada por el consistorio.

Sencillo sería pero superfluo también. Porque vamos a ver ¿para qué sirve hoy saber multiplicar si cualquier teléfono móvil dispone de una “aplicación” que realiza con total fiabilidad la operación? ¿Es que el enterrador no dispondrá de un teléfono móvil? Esto sí que me parecería grave porque habrá quien no crea en las llamadas del más allá pero las del más acá es imposible despreciarlas. Un enterrador que sea consciente de sus obligaciones ha de estar siempre preparado para el desempeño de su melancólico ministerio porque las llamadas se producen a las horas más inesperadas.

La muerte es un apremio, una furia sombría, la evasión hacia un misterio azul y remoto, a veces una burla o una jugarreta de la ironía ... quiero decir con todo ello -y más que podría añadir pero quiero ir al grano- que la muerte tiene su lenguaje, sus modos, su liturgia y sus escenarios pero lo que no tiene en modo alguno es horario. Y ello por la sencilla razón de que es la liberadora definitiva de los horarios. La muerte, antes que cualquier otro cachivache, lo primero que entierra es el reloj. De ahí que los suizos -relojeros de Europa- sean tan aprensivos ante la muerte.

Y de ahí también nos viene la importancia del móvil. Entre los números “favoritos” hay que tener siempre anotado la combinación del enterrador como tenemos la de su pariente más cercano, el médico. Cuando no había móvil, los muertos se eternizaban entre nosotros, con su imponente presencia, su dedo que se les quedaba en odiosa posición dogmática para recordarnos el “ya te lo decía yo”, su olor a cloroformo, su algodón en las fosas nasales, su desesperante quietud, circunstancias todas que solo tenían ventajas para los poetas, especialmente para Espronceda a quien le gustaban los cementerios “de muertos bien rellenos”. A las personas que no le damos a la rima la cercanía del muerto nos da grima.

Si no hay móvil, por elemental que sea, que no disponga de su calculadora ¿a qué vienen tantos escrúpulos ante el aspirante que no sabe sumar? Lo que se precisa aprender hoy es el manejo del móvil, no la tabla de multiplicar que se nos ha quedado tan antigua la pobre como el traje negro de luto (apropiada evocación ya que hablamos de muertos). 
 
Y luego está la otra queja de la alcaldesa: el desconocimiento de la Ordenanza de cementerios. Si las Ordenanzas, como las leyes, señora, no las saben ni los abogados ni los jueces ¿a qué viene preguntársela a un enterrador? ¿qué insana curiosidad es esa? Pero es que, además, hay una cuestión previa: ¿por qué existe una tal Ordenanza? El cementerio, señora, bastante tiene con lo suyo, con su clamor apocalíptico, con esa presencia sobrecogedora del tránsito supremo, con sus calambres gélidos, con su aspecto de última trinchera, con su memoria de fusilados, con su recuento permanente de huesos esparcidos y desparejados, con su falta de respuestas ...

El cementerio ¿para qué quiere una Ordenanza si tiene la tapia?

Pero, con ser todo lo que he anotado grave, lo que peor llevo es que ese consistorio tan poco consistente no haya leído a León Felipe: “no sabiendo los oficios los haremos con respeto. Para enterrar a los muertos como debemos cualquiera sirve, cualquiera ... menos un sepulturero”.

Pues eso, señores ediles: más León Felipe y menos ínfulas con una sórdida Ordenanza.

07 julio, 2012

Por qué, pase lo que pase, estamos jodidos si no engañamos a alguien


Esta tesis de hoy se puede expresar en pocas líneas, oh milagro. Hay que aclarar, lo primero, que el nosotros alude a los que ni tenemos gran patrimonio ni contamos con dineros legales o ilegales para sacar del país o para poner en una sicav con un buen asesor y unos cuantos testaferros. O sea, hablo de asalariados del montón, funcionarios, pensionistas y similares.

                La situación se describe con suma facilidad: ayer volvió a subir por las nubes la prima de riesgo y a caer la bolsa, camino del suelo vil. Esto es como cuando, en aquella adolescencia de fines del franquismo, las chavalas te decían que esta tarde tal vez y que mañana seguro, pero pasaban los días y nadie te aliviaba, mientras que ellas se reían y te reiteraban sus dolosas promesas a plazo fijo e interés variable. Pues con la economía de ahora, igual. Que el rescate bankario va a traer la paz financiera; y no. Que el haberle metido un gol fantasma a la Merkel el otro día iba a satisfacer a los cobradores y a agradar a los mercados porque ya no sería la UE acreedor prioritario; pues tampoco. Que a ver si con lo del BCE y la bajada de tipos; idem de lienzo.

                La prima está que se sale y salida va a seguir, lo cual no deja más que dos vías: o nos vamos solitos fuera del euro, y nos empobrecemos hasta las cachas los susodichos parroquianos, o nos empobrecemos los parroquianos hasta las cachas para no salir del euro. Podemos debatir cómo estaremos a medio plazo más fastidiados, pero a plazo corto no hay más que un camino, que sobre nosotros van a transitar los que tienen poder para andarlo: dentro de nada, o nos bajan los sueldos y todo tipo de prestaciones o nos vamos a la prostituta calle a mendigar unos mendrugos o algún céntimo. O lo uno primero y después lo otro.

                Salvo que sean unos hachas nuestros gobernantes, los mejores tahúres y los reyes del tocomocho, y logren convencer a alemanes, finlandeses y demás rostros pálidos de que se hagan cargo ellos de nuestras deudas actuales y futuras, a fin de que yo pueda seguir trabajando donde trabajo y cobrando lo que cobro, e igual más de cuatro que yo me sé y que no dan puto palo al agua, aunque de vez en cuando se dejen ver en alguna manifa porque no hay derecho y tal y OTAN no, bases fuera; o lo que sea. Con lo que no quiero decir que todos los movilizados sean unos vagos, sino que casi todos los vagos andan esta temporada de manifestación y movilizándose, pero solo en la calle.

                Pero lo del timo a lapones y teutones lo veo difícil, la verdad. Están escamados y ya notan cierto escozor por culpa del griego. En una de estas tendremos que ponernos a currar en serio para comer, y no sé qué va a ser de  nosotros, francamente. Con lo que molaba el maná y tener por la cara derecho a cualquier cosa, caprichitos incluidos. Estado del bienestar lo llamaban, ¿se acuerdan?, y lo dejamos en los puros huesos, tan pirañas nosotros, tan majos y tan contentos. lo más chic de la era, lo más in y cool de la dehesa. Oh, belleza de los tiempos idos, fugacidad de la humana dicha, país de cretinos, nación de naciones, caquilla nuestra.