10 mayo, 2009

Political correctness

He vuelto a tener visiones. Transcribo a continuación el texto íntegro de un reportaje que publicará el diario El Piar en agosto de 2026. Va tal cual lo he visto, y lo que no se entienda no es culpa mía, aviso.
Vueltas y revueltas de las palabras. Por Porfirio Balasera.
En este año 2026 suena ya lejano aquel tiempo de los años ochenta del siglo XX en que se impuso el lenguaje llamado de la “political correctness” o corrección política. Comenzó en las universidades americanas por obra y gracia de una serie de profesores opuestos a toda represión y a cualquier discriminación, y fue de inmediato imitado en cada país por los académicos e intelectuales más furibundamente contrarios al imperialismo yanqui. Nunca una moda estadounidense fue mejor propagada por los críticos de los Estados Unidos.
Ahora, unos cincuenta años más tarde, en una reciente reunión de lingüistas, sociólogos y semiólogos se ha concluido que tal vez sea el tiempo de callarse o de intentar refundar un nuevo idioma, pues el hasta ahora vigente probablemente no va a sobrevivir a las dificultades comunicativas que en él introduce la acumulación imparable de reglas. Veámoslo con un ejemplo bien representativo, el del modo de denominar a las personas de uno u otro color de piel, lo que antiguamente se llamaba raza.
En muchos países, como Estados Unidos, se decía que convivían personas blancas y personas negras. Como las personas de piel negra habían estado discriminadas, entendieron muchos especialistas blancos que decir “ciudadano negro” o “persona negra” era contribuir a esa discriminación que hacía inferior al de piel negra, razón por la cual primero se les llamó “ciudadanos de color” y luego “afroamericanos”. Pero al cabo de un tiempo retornó la polémica, pues, como se estableció en un prestigioso volumen colectivo editado por la Universidad de Pennsilvania en 2010, también el blanco es un color y, además, decir África sigue siendo señalar una marca que afea alguna condición del aludido. En efecto, al catalogar al ser humano de piel negra como “persona de color”, se está haciendo ver que el de piel blanca carece de ese atributo del color, pues a él no se lo llama así, persona o ciudadano “de color”, como si los “blancos” tuvieran mayor pureza y fueran seres más elevados. Así se pensó de 2010 hasta aproximadamente 2012, cuando una investigación de un afamado Instituto de la Charles III University de Madrid hizo ver que en realidad eran los “blancos” los que resultaban infravalorados al ser privados del atributo de su color a la hora de designarlos. Por otra parte, lo de “afroamericanos” se fue cuestionando a medida que la epidemia del SIDA diezmaba África, ya que se temía que recordar el origen africano de los habitantes de cierto color podía asociarse con enfermedad o con degradantes condiciones de vida.
Todo sumado, y manteniéndose el propósito de diferenciar entre opresores -los antiguamente llamados blancos- y oprimidos -los que antes se denominaban negros-, se fue sentando en ciertos ambientes intelectuales la costumbre de llamar blancos a los que tienen la piel negra y de llamar negros a los de piel blanca. Como declaró un especialista de Kansas en 2015, Noam Chuky, de esa manera el dominador recibe el apelativo del dominado, y a la inversa, lo cual constituye un importante recurso simbólico para reconducir las relaciones sociales hacia la paridad cromática.
Pero allá por 2018 surgió en un barrio neoyorkino un sangriento enfrentamiento cuando una pandilla de jóvenes negros llamó negros de mierda a un grupo de muchachos blancos y éstos contestaron llamando a los primeros blancos asquerosos y lechecita de su madre. Expliquémonos. En realidad, los del primer grupo tenían lo que, conforme a la teoría de los colores establecida por la Física, sería piel blanca, pero, eran llamados negros por los motivos antedichos; en cuanto a los del otro grupo, eran negros de piel, pero se les denominaba blancos por las mismas razones. De modo que los de piel negra eran llamados blancos e insultaban a los de piel blanca llamándolos negros, pues para entonces los de piel blanca ya eran calificados como negros. Cuando a varios de los detenidos se les preguntó qué habían querido decir, no supieron dar explicación de su agresiva actitud.
Hubo muertos de todos los colores y el suceso dio lugar a un Congreso Internacional Sobre Cromatismo Simbólico y Simbolismo Cromático que se celebró en Londres en 2020 bajo patrocinio el First Grey Bank of Scottland. Fue en tal Congreso donde se estableció un Comité de Expertos en Perspectiva Humana Sin Color (CEOHSC; las iniciales inglesas son CSHOEC), Comité que a los tres meses hizo pública su propuesta: que en adelante todos los ciudadanos del mundo fuesen reconocidos como ciudadanos grises.
En todos los ordenamientos jurídicos de nuestro entorno se han introducido reformas legislativas a fin de sancionar como delito la mención del color blanco, negro o, incluso, sonrosado de la piel de una persona, y para fomentar el uso de expresiones como “ciudadano gris”, “compañero gris” o simplemente “gris”. Es muy común, por ejemplo, escuchar hoy en día a los comentaristas deportivos decir que el Real Madrid ha fichado un gris procedente de Togo o que el Manchester United ha contratado un defensa islandés que es un gris que parece albino.
Con todo, y pese a tan sabias medidas y reformas, cunde la preocupación entre los mandatarios de EEUU y de la UE, pues algunos jóvenes actuales han empezado a referirse a los subsaharianos como grises oscuros y a los europeos nórdicos como grises claros. En España, el juez Grullón ha abierto una investigación por si se tratara de un delito de genocidio cromático y se pudiera imputar por ello a un tío-abuelo de un chico de Teruel que tuvo una novia que fue vecina de un gris que se hacía pajas cuando aún no eran delito.

09 mayo, 2009

PERRU: Programa Especial para la Recolocación de Rectores Universitarios

Por iniciativa de la CRUE (Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas) y con financiación de un gran banco nacional, se va a poner en marcha próximamente el que se llamará Programa Especial de Recolocación de Rectores Universitarios (PERRU), al que algunos ya empiezan a referirse como el PER de los rectores. También el Ministerio de Educación, a la sazón regentado ahora por un rector, ha prometido su apoyo, pues, según declara un alto cargo de tal Ministerio, es una gran oportunidad para el deseado estrechamiento de lazos y de todo entre universidades y empresas.
El motivo primero es el gran número de rectores que se deprimen al llegar al final de su cargo. “La vuelta a la cátedra es muy dura. Uno no tiene el cuerpo ni el ánimo para andar en laboratorios o bibliotecas, y menos para explicar lecciones que ya se tienen medio olvidadas o sin actualizar”. Son palabras de un rector que no ha querido que se publique su nombre y que está a punto de acabar su último mandato, razón por la que, según nos cuenta off the record, sufre frecuentes crisis de ansiedad y se le aparecen en sueños secretarias y directores de área.
Con este programa se organizarán cursos acelerados de finanzas para los ex rectores que vayan a aceptar puestos directivos en los bancos con los que sus universidades vienen colaborando. “Nosotros humanizaremos el mundo de la banca” ha manifestado un representante de la CRUE que lleva tiempo en tratos con una caja de ahorros.
También se impartirán seminarios sobre técnicas de negociación y métodos de persuasión, con el fin de aumentar la eficacia de los ruegos y súplicas a los políticos y que éstos sean más generosos a la hora de nombrar a antiguos rectores como altos cargos de la Administración. “Si los gobiernos piensan que nos van a tapar la boca con la Menéndez Pelayo y un par de direcciones generales, están muy equivocados”.
Se confía en que el PERRU comience pronto sus actividades, una vez que reciba la evaluación favorable de la ANECA, la cual ha encargado el veredicto a dos rectores en activo.
La CRUE ha propuesto que el santo patrono del PERRU sea Federico Mayor, para quien, al tiempo, se ha solicitado al Vaticano la beatificación.
Si non è vero...

Una cita de Jardiel

Pues tengo el capricho de transcribir aquí una frase de Jardiel Poncela que me puso muy contento cuando ayer por la noche la leí. No todo es gris y cansino, quedan rescoldos de viejas hogueras, del genuino sentido del humor que un día tuvieron las gentes de esta tierra, del ingenio que nos caracterizaba antes de parecernos a quienes nos gobiernan.
La cita de Jardiel está en su librito "Ventanilla de cuentos corrientes" (página 34), reeditado recientemente por la editorial El Rey Lear. Dice así:
"Cuando una mujer suspira mientras rodea con sus brazos el cuello de un hombre, debe uno darse por enterado de que la dama tiene gana de suspirar".

07 mayo, 2009

El virus de los políticos

(Columa publicada por un servidor en El Mundo de León hoy, jueves. Fue escrita el pasado lunes).
Un amigo me cuenta que su hijo llegó de Cancún el miércoles de la pasada semana. En el vuelo no les dieron mascarilla ni protección ninguna. Al llegar a Barajas sólo les pidieron sus datos de contacto. Ninguna medida más. De Madrid a León el grupo debía viajar en autobús, pero el conductor se negaba. Finalmente, el buen hombre se agenció una mascarilla y así los trajo.
Como, pese a tenerlos a todos localizados, ningún representante de la administraciones sanitarias les decía esta boca es mía, cada uno acudió al médico de cabecera por su cuenta. Al hijo de mi amigo su médico le recomendó unos días de cuarentena en su habitación, con mascarilla y sin salir. A otro compañero el suyo le dijo que esta gripe era como cualquier otra, que no hiciera caso y que siguiera con su vida normal. Cada uno obedece a su doctor, puesto que los responsables sanitarios del Estado y la Comunidad sólo hablan con los medios de comunicación y para anunciar que se están ocupando absolutamente de todo y que ya andan en contacto con todos los posibles afectados o grupos bajo riesgo. De tanto mentir, no les queda tiempo para nada más.
Ya han pasado cinco días desde que el muchacho llegó de México y unos diez desde que sonó la alarma. Y hoy mismo escucho en la radio la siguiente noticia: se acaban de reunir la Ministra de Sanidad y el Ministro del Interior para decidir qué controles van a disponer en Barajas por lo de la gripe. ¿A estas alturas? Menos mal que, a la postre, este virus parece mucho más inofensivo que la mayor parte de nuestros gobernantes. Estos sí que deben de ser el producto de alguna mutación extraña y perversa, un cruce entre incompetentes y troleros.
¿En qué quedamos al fin? ¿El virus es peligroso o no es para tanto? Parece que no mata más que la gripe común. Pero también hoy oigo al especialista oficial sostener que el gran riesgo es que el virus mute, pues estos virus son muy suyos. Vamos a ver, ¿puede mutar éste o puede mutar cualquier virus de la gripe de cada año? ¿Debemos preocuparnos o quieren asustarnos por oscuras razones económico-empresariales, turísticas, diplomáticas o vaya usted a saber qué? Deberían ponerse mascarilla antes de soltar bulos y bolas. Para no contagiarnos.

06 mayo, 2009

Si eres brillante, huye

(Publicado esta semana en Gaceta Universitaria*).

Pongamos que eres un estudiante con un gran expediente y excepcional capacidad para la investigación. Estás acabando la carrera y piensas que la universidad puede ser la salida más lógica para tu vocación. Pues bien, este infiltrado se permite darte un consejo: huye, escapa, no te pares y no mires atrás. Porque lo más probable es que, si te quedas aquí, te ocurra mucho de lo siguiente.

Cabe que obtengas una beca de investigación que te proporcione un sueldo de mileurista o similar durante cuatro años. En ese tiempo tendrás que hacer tu tesis doctoral. Ya veremos cómo, pues ahora la regulación del doctorado está cambiando y nadie sabe exactamente qué va a pasar. En ese periodo tendrás que tratar con tu director de tesis y su equipo. Pueden suceder tres cosas. Una, que se trate de una persona y un grupo bien capaces y respetuosos con tu carrera y tus derechos. Otra, que pasen de ti completamente, ahí te las compongas y, si acabas a tu aire la tesis, te la firman y listo. La tercera, que intenten aprovecharse de ti de cualquiera de las maneras imaginables, desde hacerte servir los cafés o pasear el perrito del jefe, hasta ponerte a currar en trabajos que firmarán o aprovecharán ellos ante todo. ¿Qué grado de probabilidad tiene cada una de esas posibilidades? Digamos que las tres por igual.

Si sobrevives y las ganas no te han abandonado, bien porque te ha sonreído la suerte en el punto anterior, bien por tu conocido masoquismo, al cabo de esos años y de doctorarte te dirán que adiós muy buenas y que no hay contratos disponibles, pues en la universidad las plantillas están muy hinchadas porque otros llegaron antes, aunque valgan menos, si acaso. ¿Y si tu tesis es de las mejores del mundo en su campo? Da igual, la institución universitaria es ciega y sorda para esas menudencias. Todo lo más, te sugerirán que pidas una beca postdoctoral. Si la consigues, podrás aplazar la respuesta anterior unos años, pero a tu regreso seguramente te van a repetir que todo sigue lleno y que por qué no preparas unas oposiciones para el ayuntamiento.

Volvamos al principio. Estás terminando tu carrera y quieres dedicarte a la alta investigación. ¿Solución? Primero, domina muy a fondo el inglés. Segundo, busca becas o contratos en laboratorios, empresas y centros de investigación fuera de España. Si eres competente, allí te mimarán. No como aquí. Es muy triste, pero es lo que hay. De nada.

(*En la sección "Confidencial", de la edición digital de Gaceta Universitaria, aparecen cada dos o tres días muchas más maldades de quién sabe qué perverso y retorcido autor).

¿Les apetecen unas guindas en aguardiente?

¿Sabían ustedes, amigos, lo sanas, ricas y estimulantes que son las guindas en aguardiente? Vienen bien a cualquier hora, un par de ellas con el desayuno, un puñadito de postre, quizá unas cuantas después de cenar, para irse a la cama con el aliento fresco y el ánimo sin decaimiento.
¿No estaban enterados? Pues pinchen aquí, háganme el favor. Y sírvanse ustedes mismos. Además, se encontrarán con un buen amigo de todos nosotros.
De nada.

04 mayo, 2009

¿Quién sabe lo que es la glicación? Por Francisco Sosa Wagner

Andamos afligidos por muchas desgracias que nos cercan: las hipotecas basura, los telediarios, los móviles en el tren, el efecto invernadero, la nueva cocina ... Pero no podíamos imaginar que teníamos otra al acecho bien perturbadora: la glicación. Usted no sabe qué es la glicación pero yo se lo voy a explicar porque para eso leo revistas con glamour. Antes solo hojeaba las que publica la editorial Aranzadi pero ahora me he pasado a estas modernas que llevan un papel de filigrana y traen noticias adorablemente superfluas. Recuerdo haber leído que a Enrique Jardiel Poncela le gustaban las revistas con crimen pero era porque no conocía estas nuevas que son todo lujo y suenan en el quiosco como los trinos de esos ruiseñores que siempre salen en los poemas.
Antes de explicar al impaciente lector qué sea la glicación, debo advertir que las mujeres que lean este artículo pueden abandonarlo. Con ellas no va porque las mujeres sencillamente no padecen la glicación. Tantos años reivindicando la igualdad, tantas manifestaciones de sufragistas, tantos debates y simposios, para acabar en esto: en una glicación que resulta ser exclusiva para hombres y no apta para mujeres. A la genética hemos de rendirnos porque así son sus secretos por más que deseemoos retorcerle el pescuezo a base de leyes y de ministerios.
Sepamos que la desgracia de la glicación se produce en nuestra piel cuando la glucosa choca con las fibras de colágeno y elastina, se adhiere torvamente a ellas y las vuelve rígidas, endemoniadamente poco elásticas. Uno cree tener la piel aceptable, va por la calle con su punto de orgullo, su no sé qué de altivez, ignorando que, en secreto, la glucosa está haciendo de las suyas. Cuando se quiere dar cuenta se le han formado unos puentes químicos entre las proteínas y otras moléculas de gran tamaño y este es el momento en que ya todo se ha echado a perder.
Porque los hombres convendrán conmigo que se pueden soportar desgracias, se pueden escuchar debates sobre el estado de la nación o discursos de Hugo Chávez, pero la de advertir la aparición de esos puentes químicos, rebasa todas las marcas del sufrimiento humano. Ahora que han traducido al español la novela de Joseph Roth que se titula “Job” es buen momento para evocar la santa paciencia, tan necesaria en estos tiempos de graves tribulaciones dermatológicas.
Porque, por mucha resignación que tengamos acumulada, siempre será insuficiente si pensamos en la glicación. Y en otro asunto, primo hermano de este, al que llaman los “radicales libres” que hasta ahora yo creía que eran unos desalmados que pegaban fuego a un autobús en Bilbao y a quienes un juez ponía frívolamente en libertad, y ahora resulta que están emparentados con la glicación, con la piel, los antioxidantes y la citada elastina.
¿Qué hacer? ¿Cómo detenemos los efectos de tan temible degradación? ¿es ello posible o el glicacionado así queda, sin remedio ni redención posible? Es más: el glicacionado ¿nace o se hace? Aunque se han publicado muchas teorías, los mejores expertos sabemos que el glicacionado se hace -desde muy joven- y por eso es capital buscar inhibidores de glicación para hacer frente, de forma resuelta, a esa reticulación de los tejidos que tanto nos afea y acompleja. En cuanto dispongamos de ellos, la glicación hará primero mohínes de enfado, como de haber sido cogida en falta, y después iniciará una tímida retirada a los confines de los que nunca debió de haber salido.
La batalla estará así ganada. El problema es encontrar tales inhibidores. Y aquí viene la industria cosmética a indicarnos este u otro producto, todos ellos de precios muy altos, de esos que antes, cuando nada sabíamos de astros, se llamaban astronómicos.
Puede que sean eficaces. Pero como la piel nuestra es la espuma blanca de ese mar con el que nunca dejaremos de fantasear, creo que el mejor afecto que podemos darle para evitar la gangrena de la glicación es la caricia de una mujer que emita suspiros en forma de brisa, que se desplace al ritmo de muchas perezas, y que gaste un cuerpo con cadencias propias de una canción antigua y gastada. Es decir una mujer que practique la hipnosis de despilfarrar y entregarnos sus ansias poderosas.
Solo así daremos a la glicación su merecido y quedará inactiva como la errata que es de nuestro cutis.

03 mayo, 2009

Las cebras y su paso

El que quiera tener una imagen bien nítida de cómo los españoletes de hoy se representan sus derechos y su sitio en el mundo y en el orden de las cosas, que se fije en cómo cruza la mayoría de la gente de aquí por los pasos de peatones sin semáforo. Sin mirar a los lados, la cabeza alta, el paso firme, el gesto decidido, la expresión adusta, la seguridad del que se sabe dueño y señor del terreno que pisa. Y, cada tanto, topetazo, claro. Caemos como cae el santo de la peana y, como el santo, nos hacemos añicos sin explicarnos cómo es posible tamaño destrozo, puesto que es tan grande nuestra beatitud. Es lo mismo que ahora colectivamente nos está pasando y nos va a pasar, más todavía, con la crisis económica. No damos crédito a que no nos den crédito, no paramos de sorprendernos de que nos hayan dejado en paro. Ha de tratarse de un error y razón tiene Zapatero cuando nos explica que es mentira y que no puede ser porque no puede ser y porque somos los mejores. No lo asumimos, pues íbamos a nuestro paso, siguiendo nuestro destino privilegiado (de la dehesa a la gloria sin aseo intermedio), ejerciendo nuestros derechos como seres elegidos y ciudadanos de primerísima rigurosamente seleccionados por los hados para ser el no va más de la horterez y los mejores expertos en vinos y playas del Caribe. En la UVI y a uvas, así nos quedamos.
Confiésenme si a ustedes también les ocurre, pues a lo mejor son cosas mías y me conviene consultarlo. Va uno en su coche por la ciudad de la manera y al ritmo que las normas imponen, poco más o menos. A la vista, un paso de peatones y, aproximándose a él, un ciudadano. Uno afloja la marcha, listo para detenerse y respetar la preferencia. El peatón baja de la acera sin mirar a los lados, impasible, ajeno a todo peligro, firme en sus propósitos, retador, diciéndole al conductor de ese coche que se aproxima y que sólo oye o que sólo ver por el rabillo del ojo: “a que no tienes pelotas para atropellarme, capullo; entérate, so pringao, de que por aquí paso yo como y cuando me da la gana, como Pedro por su casa; soy el puto sheriff de las calles, el boss de las avenidas, al menos por la parte pintada a rayas”. ¿Y uno, conductor, qué siente en ese momento? Unas ganas enormes de acelerar. A por él, que es de los que más puntúan. Huy, qué pena, se me atascó el freno y miren qué desastre. Que alguien recoja los trozos de este viandante, por favor. Y que los tire a algún contenedor, no vaya a ser que alguno se manche con la casquería.
¿Estaré muy enfermo? Entiéndaseme. Por supuesto que tiene preferencia el peatón en los pasos de cebra y naturalmente que está muy bien que así sea. Hablamos de actitudes ante la vida y de maneras de ejercer los propios derechos y las preferencias que la ley nos asigna. Nos referimos a esa manera de ir por el mundo dando facilidades para que te atropellen por estar tan convencido de que eres invulnerable. Hacemos referencia a que los más chulos muchas veces son los más mierdas, los que están más a merced de los elementos mecánicos o humanos, pero que se creen de una pasta especial, nueva aristocracia pedestre, nobleza de sangre azul que acabará siendo sangre derramada.
¿Que si yo nunca voy a pie o que cómo cruzo las calles? Pues, mire usted, antes de pasar miro a los lados, no vaya a venir un conductor con una mano en el móvil y otra en salva sea la parte y la mirada perdida en la radio de su coche o en las piernas de la acompañante. Cierto que si no se detiene para cederme el paso cuando es mi derecho, me cago en sus muertos o le doy un corte de mangas; pero de mano no me la juego como si llevara armadura antichoques. Y luego, si me ha dejado pasar, le hago un gesto leve de reconocimiento por su buen estilo. Ah, y no me planto justo en medio del paso a rascarme un huevo o a hablar con un conocido que se quedó en la acera. Porque el paso no es mío y la calle tampoco, aunque sea mía la preferencia para cruzar.
Pues eso, que según somos, así vivimos. Y así nos pillará la crisis o el hostiazo cualquiera que nos depare la vida. Algunos lo andan buscando con tanta insolencia, que será un gustazo verlos vitalmente despatarrados. Palabra.
Ah, y otro día nos preguntaremos todos juntos por qué las mujeres que conducen su coche casi nunca te dan las gracias con un gesto de la mano o de la cabeza si tú, con el tuyo, les cedes el paso por pura cortesía sin género. Además, en la situación inversa ellas poquísimas veces dejan pasar a otros, sean hombres o mujeres. Otro misterio insondable de la naturaleza humana, sector ellas.

02 mayo, 2009

La crisis y el comerciante torpe

(Publicado el pasado jueves en El Mundo de León)
Perdonen que me repita, pero ha vuelto a pasarme. Los románticos somos desafortunados. Digo lo del romanticismo porque soy de los que defienden a capa y espada el pequeño comercio y hasta me animo a gastar algún euro de más con tal de que no se lo lleven todo los grandes centros. A lo mejor hago mal y que cada palo aguante su vela. Porque vean lo que me sucedió esta semana.
Mi mujer y yo decidimos regalar a alguien uno de esos talonarios hoteleros prepagados. No me digan que no es un detalle, cinco bonos para cinco noches de ensueño y en pareja. Así que nos fuimos de agencias de viajes. Nos atuvimos a nuestras firmes convicciones: no visitemos de mano alguna sucursal de ese supercentro comercial que tanto domina. Allá por el centro nos metimos en la primera agencia que nos topamos. Dos personas detrás de las mesas y ningún cliente a la vista. Una señora nos frena con un seco “qué desean”. Bueno, pienso, tampoco tiene por qué sonreírnos. Le explico lo del talón. Nos habíamos informado bien gracias a internet y sabíamos de qué tipo los había, cómo funcionaban y cuáles eran los precios. Pero creímos, estúpidamente, que allí podían asesorarnos con más propiedad. Craso error. Nos cuenta que sólo los hay de una clase. Una mentira, para empezar. Le pregunto cuánto cuesta ese que menciona, aunque propiamente no nos lo ha ofrecido ni ha dado ninguna muestra de que le apetezca vendérnoslo. No sabe el precio, pero grita a alguien que debe de estar al otro lado de una puerta. Tal que así: “¡Pepe!”. Pepe no contesta a la primera. “¡¡Pepe!!” Ahora sí: “¡Qué!”. Cuánto cuesta tal cosa. “Trescientos euros”, grita Pepe desde el más allá. “Trescientos euros”, nos repite la dama. Otra mentira. Le digo que vale, que lo meditaremos.
En la superagencia de siempre, la del gran capital, nos reciben con un amabilísimo saludo, nos explican hasta el mínimo detalle, nos dan todas las facilidades, fingen que nos conocen de toda la vida, nos felicitan por nuestro buen gusto y logran que, encima de comprar el talonario mayor, les demos las gracias y nos vayamos encantados. Un día de éstos leeremos que la crisis económica se ha llevado por delante el negocio de los otros y no me dará pena. Lo cual es una pena.

01 mayo, 2009

Qué rara es la alta política. O qué normal

No sé si habrá muchas disciplinas teóricas tan alejadas de la realidad como la Filosofía Política o la Ciencia Política. En sus textos leemos consideraciones y teorías que bien poco se acompasan con el acontecer observable de los gobiernos y la vida de los Estados. En particular, la teoría del gobierno democrático cada día parece más especulación bien intencionada que modelo con el que entender el hecho político en los sistemas llamados democráticos. Y no digamos si nos ponemos a repasar versiones como la de la democracia deliberativa. De ese divorcio ¿será culpable la teoría o la realidad? No lo sé. Pero uno lee sobre la soberanía popular, la representación, la deliberación pública entre sujetos que desde sus conocimientos, sus intereses y su reflexión van formando una opinión pública libre y fundamentada en argumentos que son razones, sobre el interés general como destilación que a través de los procedimientos políticos se hace de los intereses particulares, sobre mandatos y responsabilidades de los gobernantes..., uno lee sobre todas esas cosas, luego echa un vistazo a los acontecimientos del día a día, y ninguna semejanza. La política de hoy, pese a tanta tinta y por desgracia, seguramente se sigue pareciendo enormemente a la política de los tiempos del feudalismo, del Estado absoluto, de la monarquía clásica o de cualquier despotismo o tiranía del pasado.
Viene todo esto al caso de la reciente visita a España de sin par Sarkozy y su pareja. Se alboroza todo el mundo porque, según cuentan, tanto estos visitantes como sus anfitriones se lo han pasado muy bien y se caen de maravilla Zapatero y Sarkozy, al igual que sus respectivas señoras, que hacen de señoras en aras de la paridad. Y, como se entienden estupendamente –salvo en lo del idioma, claro, pues sabemos que ZP tampoco pilla en francés-, como se ponen de buen humor y como estaba todo muy rico, y, sobre todo, como el Presidente francés y la mujer del francés han sonreído mucho y han declarado que cómo mola España, podemos esperar que el Estado de los galos tenga a gala seguir persiguiendo a ETA, apoyar las construcción de carreteras y ferrocarriles entre los dos países y echar una mano para que España siga teniendo su punto G-20 a disposición de los otros diecinueve. De todo lo cual se desprende que la base de las políticas y las prácticas que marcan las relaciones entre los estados no se encuentra en esas entidades abstractas llamadas interés general, interés nacional, bienestar, justicia, derechos o yo qué sé, en todas esas gaitas de cuyo ordeño vivimos los que cultivamos ciertas materias teóricas, sino que todo depende de si un jefe de Estado o un presidente de gobierno son más o menos encantadores, de si les han acertado con el gusto al ofrecerles el vino o de si hay buena química o mal rollo entre las señoras o los niños. Acabáramos.
Pasa lo mismo con lo de Obama y en otros mil casos (por cierto, pinchen aquí y echen un vistazo a esto). Todo el país pendiente, hace poco, de si al encontrarse Obama y nuestra Cruz se iban a sonreír, a poner pucheros o a rascarse las pelotas. En el gesto está la clave y no en los estudios previos sobre relaciones económicas, intereses estratégicos, empresas militares o filosofías compartidas. Pues vaya.
Los mismos periódicos se llenan en tales oportunidades de comentarios y declaraciones que insisten en lo fundamentales que son esas cenas en familia y esas invitaciones en las que todos se ponen de largo y cuchichean cuando se han tomado unos chupitos de los caros. Más importantes esos instantes de confianza, según se ve, que cualquier estudio previo, cualquier mandato de los electores, cualquier estado de opinión pública o cualquier recomendación de asesores.
Pues, si las cosas son de esa manera, conviene que lo tengamos en cuenta tanto en la doctrina como en nuestra práctica política como meros votantes. Al carajo la ideología y los programas, dejémonos las tontas discusiones entre izquierdas y derechas, entre galgos y podencos, entre rojos, azules, verdes y arco iris completo y vayamos a lo que importa: elijamos para los más altos cargos de la política a señores y señoras con don de gentes, seductores, pillos, buenos negociadores, con encanto personal y cintura para cualquier baile, que sepan estar, que entiendan de música y de patés, que sepan comer muy bien el pescado más endemoniado con sus cubiertos adecuados, que se muevan con soltura por los salones y los grandes comedores, que no se metan el dedo en la nariz ni dejen el baño lleno de gotitas. Porque, si cumplen con tan mundanos requisitos, se llevarán de cine con los que mandan en otros países y hasta se los llevarán al huerto, hechizarán a Obama, conquistarán a Sarkozy, provocarán oscuros regustos de la Bruni y hasta se ganarán el afecto de ese coreano que no sé cómo se llama pero que dicen que es el jefe de la ONU y que va mucho a donde quiera que Zapatero le ponga unos canapés.
Recuerdo, permítanme la pedantería, la primera sensación que me produjo la lectura de aquel interesante teórico de la política que era Michael Oakeshott. Decía Oakeshott que la política es el arte de conseguir arreglos puntuales para problemas sociales y que lo ideal es que esté en manos de personas que posean el tipo de habilidad correspondiente: buenos negociadores, personas versátiles y cultas, con empatía y con soltura para habérselas con quien haga falta. Y añadía que, puesto que eso conviene haberlo mamado en casa y haberlo reforzado con una exquisita formación, lo mejor es que el gobierno lo tengan las familias y grupos de toda la vida, los que lo llevan en la sangre, los buenos profesionales del asunto por tradición familiar. Siempre pensé que ahí se traslucía el tremendo y lamentable conservadurismo del mencionado autor, pero cahora,me parece que tenía mucha razón, seguramente por desgracia. Pues, insisto, si al final lo que cuenta y lo que determina nuestra suerte en nuestro Estado es que los que gobiernan sepan portarse como auténticos aristócratas en determinadas fiestas y reuniones, pues que gobiernen los aristócratas. ¡La Duquesa de Alba al poder!
Y, miren, también por ese lado tenemos la fortuna en contra y también en esto hemos andado torpes. Nos gobierna un tal Zapatero que es un pobre paleto. No sólo no tiene ideología presentable –salvo que llamemos ideología a la masturbación de un puñado de tópicos de todo a cien- , no sólo carece de cualquier poso intelectual, sino que seguro que es absolutamente incapaz de mantener con Sarkozy una conversación guapa sobre la diferencia entre el queso normando y el queso bretón o de echarle a la Bruni un tiento poético-diplomático que la ponga a desear más fraternidad entre nuestros pueblos.

29 abril, 2009

La lengua de los impostores

¿Será mejor rendirse? ¿Habrá que asumir las memeces del medio politico-burocrático-caciquil con la misma resignación con la que se acepta el pedrisco o se sobrelleva una pertinaz sequía? Quieren que creamos que sí, que así hay que tomarlo, como se resigna uno ante lo inevitable, lo que no tiene vuelta de hoja ni marcha atrás. Da igual que andemos en crisis económicas, que los electores del país o de algunas comunidades empiecen a castigar ciertos excesos, que no haya demanda social real de lo que cuatro aventados con la mano extendida presentan como reclamación multitudinaria y urgentísima, nada importa. Ellos van a lo suyo, a su aire, a su bola, como si tal cosa. Son autónomos, medio autistas y, desde luego, pajilleros. Impasible el ademán y tira p´alante. No los moveremos, piensan. No nos van a dejar más remedio que tirarlos al mar un día de éstos y con unos boletines oficiales atados al cuello, para que no floten.
Vean una muestra última y particularmente boba. La Consejería de Cultura del Gobierno de Asturias acaba de crear una Unidad de Traducción. ¿Para ayudar a los profesores universitarios que quieran publicar sus trabajos en inglés? No. ¿Para apoyar a las editoriales que quieran publicar en español grandes obras extranjeras de cualquier materia? No. ¿Para dar cobertura a los empresarios que quieran invertir en Finlandia o Ucrania? No, hombre, déjese de payasadas. Es para traducir textos del asturiano al castellano y del castellano al asturiano. Acabáramos. Eminentísima tarea. Consumado ridículo.
Pero vayamos al cuerpo serrano de la noticia: la nueva Unidad (de destino en lo universal, se supone) “se encargará tanto de traducir al asturiano textos oficiales, o bien al castellano, textos que los ciudadanos presenten en 'llingua' asturiana a la Administración”. ¿Eh? ¿Qué me dicen? ¿Cómo les queda el cuerpo? Ya sé, el redactor se lió un poco. Debe de ser bífido. Y más: “También se traducirán al asturiano los documentos que en esta lengua se hayan de publicar en el BOPA, o aquellos requeridos por los poderes públicos y los órganos consultivos, además de otras que se encomienden desde el ordenamiento jurídico”.
Si por un casual un sueco o algún húngaro leen este post o la noticia en el periódico, se preguntarán si será que un castellanoparlante no entiende lo escrito en asturiano o que un asturiano que hable algo de la “llingua” no se enterará de lo que lea en castellano. Falso de toda falsedad. Vayamos descuartizando. En primer lugar, estamos ante uno de esos casos, tan actuales, en los que la traducción no tiene como objetivo permitir el entendimiento de un texto, sino dificultarlo. El propósito no es hacer que se comprendan ciertos escritos, pues yo o cualquier asturiano que no se gane la vida con su “llingua” les podemos asegurar que no hay un solo asturiano que no entienda lo escrito o dicho en castellano. ¿Entonces para qué traducirlo a la lengua asturiana? Para dar trabajo al traductor y, de rebote, a los que enseñan lengua asturiana. Lengua asturiana que, si se enseña, es porque no la sabe esa población que la tiene como seña de identidad. Complicado, ¿verdad? El proceso completo es así: primero una lengua se crea más o menos artificialmente, recomponiendo de aquí y de allá trozos y variantes. Después se afirma que es la lengua de todos, aunque ninguno pueda hablarla ni escribirla mientras no la aprenda en esa versión oficial y uperisada que ninguno ha hablado ni escrito jamás de los jamases. Por último, se impone su oficialidad o, como mínimo, se van haciendo obligatorias ciertas traducciones, para que sea la lengua oficial de una nación que nunca la habló de esa manera, que ahora tiene que verla a la fuerza en ciertos papeles y que, se ponga el personal como se ponga, en la puñetera vida la va a hablar, porque ni es la que mamó ni le beneficia en nada ni le da la maldita gana. Pero, entre tanto, ahí creamos unos puestos de trabajo para algún primito y colocamos unos enchufes guapos.
Me disculparán que repita un poco cosas que ya se habrán escrito aquí otras veces. Pero viene a cuento. Soy bableparlante de cuna. Me crié en mi pueblo hablando asturiano o bable, y en bable me relaciono con toda la gente de mi infancia y con muchos amigos asturianos. Con muchos amigos asturianos que manejan el bable con la misma naturalidad que yo, no como esos fantasmas de cursillo que tratan de hacer traducción simultánea de sí mismos y que acaban chapurrreando mal castellano y nada de asturiano, salvo un par de terminaciones puestas a boleo. Para mí el bable es la lengua de la infancia, la del campo y la de la ternura. Hasta con mi hija ahora me salen espontáneamente muchas expresiones que de ahí vienen.
Dicho esto, también he de reconocer que cuando leo algún texto en “llingua” producido por esos “llingüistas” y traductores, ni entiendo todo ni me identifico con nada. La impostura rezuma por las mal pegadas juntas de esos discursos postizos. Lo cual puede hacernos pensar que, en efecto, hasta los asturianos que más mamamos Asturias y más hablamos su lengua podemos un día de estos necesitar un traductor, un traductor de esos engendros al castellano o, incluso y por qué no, al asturiano nuestro, al bable de nuestros padres y nuestra aldea. Y eso ya sería la perfecta cuadratura del círculo, la culminación del propósito que subyace a todas estas carajadas: inventarse una lengua para dominarla y, desde ahí, controlar a sus forzados usuarios. Conmigo que no cuenten. Modestamente, uno no puede traicionar de esa manera a su tierrra, a su gente y a su memoria. Uno no puede entregar sus raíces a cuatro niñatos encaramados en algunas consejerías y que se creen el pito del país. No, señor, no. Al agua con ellos, a tirarlos al mar desde la Escalerona en día de tormenta y a comentar, mientras chapotean: "mirai, un puñau de fatos afogándose. Dai a esi, mecagoenrós, que quier sacar la cabeza, embúrrialu p´abajo y aguántalu ahí"

28 abril, 2009

Mola más saber menos

(Publicado esta semana en Gaceta Universitaria*).
¿Se aplicará a la ciencia y la universidad ese dicho minimalista de que menos es más? ¿Será cierto que los conocimientos cuanto más escasos mejor? Se pinte como se pinte y aunque se vista de seda, una de las más claras consignas actuales en las enseñanzas universitarias es que se debe rebajar el nivel de exigencia de los títulos y de las correspondientes asignaturas. No ha de ser necesario, en suma, que el estudiante acredite tantos conocimientos como antes. Al parecer, que los que acababan la carrera supieran bastante suponía un gran fracaso, pues sólo se titulaban los que estaban muy bien preparados, mientras que lo bueno y moderno a tope es que cualquiera obtenga fácil y sin deslomarse su título de médico, ingeniero filólogo o lo que desee.
Es como si en un equipo de fútbol de primera se acortaran las horas de entrenamiento con la esperanza de que los suplentes y los del filial tengan así las mismas oportunidades que los titulares. Engañabobos y trampa saducea, pues el equipo siempre será de once y o bien se alinean los once mejores, o bien el equipo se va a la porra por enredarse en tamañas gansadas demagógicas. Y, en cualquier caso, los mejores serán siempre los mismos. Aflojar el entrenamiento de todos simplemente servirá para que los once más capaces de este equipo rindan menos que los de otros equipos que trabajan más. Así nunca se ganará la Champions.
En España se nos cuenta que la bajada del nivel y la reducción de la exigencia universitaria tienen como finalidad nuestra convergencia con Europa. ¿Acaso aquí éramos más competentes y estábamos más preparados que alemanes, franceses o ingleses y se trata de que relajemos un poco a fin de no acomplejarlos más? Raro, raro. Más bien es de temer lo contrario: ya andábamos en el pelotón de los torpes y se pretende dar estatuto legal a la torpeza y homogeneizarla de puertas adentro. Aquí nunca nos han gustado ni los listos ni los que suben la media. Igualemos por abajo. Y viva nuestra boina convergente de paletos titulados.
Este infiltrado se encontró hace unos días un amigo que enseña en una universidad privada de las de a tanto el título y un juego de toallas de regalo adicional. Me contó que una vez se le ocurrió suspender a un alumno y que el jefe de su Departamento le corrigió la nota y a él casi lo despiden. ¿Es el ejemplo que han de seguir las universidades públicas?
(*Por cierto, Gaceta Universitaria estrena web. Ahí estaremos).

Este oficio

Qué oficio tan peculiar es este de profesor universitario. Según un viejo dicho, sería un trabajo magnífico si no fuera por ese par de horitas de clase a la semana. Será esa la razón por la que tantos no imparten ni ese promedio semanal. Conviene evitar los sacrificios excesivos.
Mi relación con mi oficio es peculiar, aunque supongo que no me pasarán a mí solo estas cosas que paso a contar. Hoy toca parrafada intimista con unas gotas de tabasco.
Cada día me hace más ilusión que un año de estos me ofrezcan una buena prejubilación. Ando por los cincuenta y uno y parece pronto, pero, al fin y al cabo, muchos viejos amigos asturianos que son de mi quinta y se dedicaron a la mina están sabrosamente prejubilados desde hace algunos años. ¿Y por qué es posible que me tentara una oferta de prejubilación si aquí el que quiere no hace más que lo de las dos horitas y luego dice que tiene al niño en francés y que por eso no puede pasar por la Facultad en los próximos ocho días? Pues para trabajar fuertemente en lo que me gusta. ¿Y qué es lo que me gusta? La investigación universitaria, ni más ni menos. Es decir, me encantaría quitarme de en medio de la universidad para poder hacer verdaderamente y en paz lo que se supone que hay que hacer en la universidad. Me pasaría mis siete u ocho horas diarias leyendo y revisando cosas de mi disciplina, escribiría ese par de monografías que hace tiempo que he ido pensando y a lo mejor hasta me animaba a redactar el manual que tengo en la cabeza y que ahí se me está poniendo rancio.
Quien no sea del gremio universitario pensará que estoy como unas maracas, que menuda ventolera y que cómo es eso de querer retirarse para trabajar en aquello por lo que uno cobra cuando está en activo. Muy sencillo, permítanme que se lo explique.
En la universidad actual, al menos en lo que yo conozco, ya no se puede hacer el trabajo normal de un profesor: preparar e impartir buena docencia e investigar con una mínima dedicación. Ahora estamos para otras cosas y somos la sección cutre del PAS. Todo el día con papeles para arriba y para abajo, todo el día de reuniones, todo el día evaluando o siendo evaluado, todo el día escribiendo memorias para solicitar proyectos, acreditaciones o reconocimientos o todo el día redactando informes sobre el resultado -siempre falso como falsa monea- de los proyectos, las acreditaciones y los reconocimientos. Ahora también hay que dedicarse a elaborar nuevos planes de estudios. Llevo más de veinticinco años en esto y es la tercera vez que me veo metido en reformas modernísimas y definitivas de los planes de estudios. Si no me largo rápido, no será la última.
Recuerdo con tremenda nostalgia los tiempos de doctorando. Llegaba a la Facultad, que entonces era la de Oviedo, me metía en el pequeño despacho y pasaba las horas leyendo, tomando notas e intentando perpetrar algunas páginas. De vez en cuando asomaba algún amigo para tomar un café o sonaba el teléfono porque alguien se había equivocado y pensaba que allí era la sala de maternidad del hospital, pero eran interrupciones mínimas y muy llevaderas. En estos tiempos es muy distinto, pues hay una conspiración universal para evitar que el universitario haga de tal, que el investigador investigue y que el profesor explique como Dios manda. Los primeros que se proponen ese sabotaje radical son los chupatintas del Ministerio y de la Consejería del ramo, y de ahí para abajo todos igual, todos convencidos de que lo peor que puede suceder dentro de los muros académicos es que alguien lea un libro o escriba un artículo. Vade retro. La consigna con los profesores es: tócales continuamente las narices, mantenlos ocupados en lo que menos importa, entretenlos en mentecateces y distráelos con imbecilidads, conviértelos en oficicinistas grises y en cucarachas de papel.
Tengo algún indicio muy claro de la buena marcha de tales programas de combate contra la vocación universitaria. Por razones que en este momento no importan, en los últimos tiempos he tenido acceso a los datos con el rendimiento que muchos grupos de investigación de distintas universidades de España han tenido en los últimos cinco o seis años. Una conclusión se impone sin dudar a dudas: en el 2008 el promedio de rendimiento ha caído un veinticinco por ciento. Créanme, he visto cientos de expedientes con los datos. Por supuesto, hablo de puros números, de cantidad de artículos y libros publicados y de ponencias y comunicaciones en congresos, y me refiero solamente al campo de las humanidades y las ciencias jurídicas y sociales.
Un descenso de la productividad en una cuarta parte. ¿Por qué? Sería muy interesante un estudio detenido de las causas, pero a mí una hipótesis me parece bastante evidente como explicación: con la llegada de los nuevos sistemas de acreditaciones para titular, catedrático y profesor contratado de cualquier tipo y con la elaboración de los nuevos planes de estudios, las gentes de la universidad ya carecen de tiempo para investigar y para escribir nada que no sean unos pocos refritos de las cosas que aprendieron muchos años antes. Ahora los días se dedican por completo a rellenar aplicaciones informáticas, recopilar certificados de todo (certificados absolutamente de todo, cientos, miles de certificados), consultar a oscuras agencias si las ponencias en seminarios entran en “aportaciones a congresos”, en “actividades formativas” o en “otros méritos”, asistir a cursos en los que idiotas redomados enseñan a un público cautivo la mejor manera de parecer definitivamente imbécil a los alumnos a base de jueguitos y posturillas, etc., etc., etc.
Últimamente me ocurre muchas veces que, al pasar ante los libros de mi área, me ataca durísimamente la melancolía. Son miles de libros, bien seleccionados, que yo mismo he ido pidiendo, uno a uno, desde hace quince años. También están los que otros adquirieron antes de llegar yo. Es una biblioteca realmente estupenda. Paso ante los estantes, echo un fugaz vistazo a los lomos con los títulos y me entristezco al pensar lo poquísimo que voy a leer de todo eso que ahí me espera. Y lo que de ahí no lea yo, no lo leerá nadie. Ésa es otra, pero no mezclemos churras con escalafones. A lo mejor cojo un volumen un momento para aumentar mi dolor ojeando el índice, e impepinablemente suena el teléfono y algún compañero me recuerda que no entregué el memorándum sobre consumo de papel y que ayer terminaba el plazo; o una amable funcionaria administrativa me informa de que estoy convocado para una urgentísima reunión sobre la reforma del reglamento de reformas de los reglamentos reformadores de la comisión de investigación ordinal primera segundo piso ascensor.
Si consiguiera deshacerme de todos esos incordios, si lograra evadirme de todos esos encargados de que no haga lo que debería hacer, si fuera capaz de darle a la perra institución el corte de mangas que merece, si pudiera agenciarme una baja prolongada o un retiro a tiempo, volvería a ser feliz con los libros, con los problemas, con las reflexiones, con los escritos; volvería a leer y a tomar notas como antes, debatiría seriamente con colegas, redactaría trabajos con alguna aportación original, me sentiría útil, íntegro y justificado. En resumidas cuentas, recuperarían su sentido el oficio que un día elegí y la nómina que cobro. Pero para ello debo alejarme de la universidad, debo apartarme de sus miserias, debo liberarme del atroz dominio que en este antro ejercen los que en su maldita vida han leído un libro ni piensan leerlo, los profesionales del timo y los maestros de la apariencia, los lameculos y soplagaitas, los burócratas impotentes, imbéciles y ciegos, los feladores de ministros, consejeros y capos, los mercenarios del cargo y la encomienda, los corruptos, los ineptos y todos los hijos de la chingada.

26 abril, 2009

Psicología académica. Una historia inventada, pero verosímil

(Dedicado, con afecto, a mis colegas enfermos)
Hace un rato me he encontrado en la T-4 con un colega catedrático al que no veía desde hacía un tiempo. Yo he estado mucho en mi casa últimamente y creo que a él lo han echado de la suya hace un par de cuatrimestres. Me llegaron diversos rumores sobre la causa de sus desarreglos familiares. El director de mi Departamento, que es persona discreta y conservadora, me aseguró un día que a mi colega lo había pillado su mujer probándose en el baño unas bragas de encaje y un liguero fucsia que ella no conocía, pues suyo no era. No sé de dónde sacó mi Director esa información, pero insistió en que la sabía de buena tinta. Siempre cuenta a quien tiene a mano algún chisme así antes de despedirse porque se va otro mes a Tomelloso, donde, al parecer, está rehabilitando una vieja casa que se compró con lo que le pagan como asesor ocasional del Ministerio de Transporte. Sí, hace años que no existe un Ministerio de Transporte, pero a él todavía le pagan por sus asesorías para ese Ministerio, pues es un consumado especialista en intríngulis administrativos y tiene muchos amigos en las altas esferas. Algunos insinúan que es masón y hay quien afirma que es homosexual, pero por qué no va a ser ambas cosas, que no tienen nada de malo. Donde sí se le ve mucho es en misa, pero eso tampoco tiene nada de particular.
Otros cuentan que los conflictos familiares de mi colega han sido causados porque su mujer se ha liado con la mujer de su Decano y que el Decano le propuso a mi colega que por qué no se entendían ellos también, y mi colega de mano aceptó, pero a los tres días se arrepintió y ya era tarde, por así decir. Esta versión me la dieron el otro día en el Ministerio, en una reunión de evaluación. Fue a la hora del café de media mañana y me lo contó de un tirón una catedrática de Prehistoria de la Universidad Rovira i Virgili con la que me tocó hacer equipo para revisar los contratos de profesores de Sociología y de Estadística. Yo no supe qué responderle, la verdad, porque ese colega me trae al fresco desde hace mucho, desde que una vez me lo encontré a las tantas de la noche sentado en las escaleras de la entrada de un hotel y, al preguntarle qué le pasaba, me respondió que lo dejara en paz porque estaba a punto de desentrañar un intrincado problema de lógica deóntica. Es persona con muchas rarezas y a mí me enseñaron que quien piensa mucho de madrugada no es de fiar.
Aquí en Barajas yo lo divisé primero a él. Caminaba medio ausente y llevaba puestos unos auriculares. Luego me explicó que anda haciendo un curso de música tántrica y que había aprendido a relajarse muchísimo en los aeropuertos. Pero eso ya fue cuando habíamos empezado a hablarnos con la máxima desconfianza. En cuanto lo vi, caminé hacia él y lo saludé con fingido alborozo, a sabiendas de que seguramente no le apetecía nada encontrarse conmigo y tener que hablarme. En realidad yo también habría preferido ignorarlo y seguir mi camino, pero sucumbí a la tentación de abordarlo porque pensé que su incomodidad sería mayor aún que la mía. Tras los saludos de rigor y un fugaz apretón de manos, los dos nos dijimos exactamente al mismo tiempo lo de qué haces por aquí y adónde vas. Y también fue simultánea la respuesta de ambos. Él me dijo “tengo una cosa en Vigo” y yo le recité “tengo una cosa en Sevilla”. Y ahí nos paramos ambos, sin añadir más. Por esa razón la desconfianza se pintó de inmediato en el rostro de cada uno y las miradas se nos pusieron torvas y huidizas.
La psicología profesoral es bien elemental en el fondo. Cuando dos colegas se encuentran y va cada uno camino de hacer algo presentable y lucido, se quitan la palabra con furia porque cada cual quiere presumir de sus bazas y exhibir su orgullo. Me han invitado a participar en Barcelona en un Seminario con dos premios Nobel, voy a impartir un curso en la Escuela Judicial, tengo una ponencia en un congreso internacional que financia el Ministerio de Medio Ambiente, voy a presidir el tribunal de tesis doctoral de la hija de Fulano, la que está tan buena pero es lesbiana. Cosas así, méritos que nadie discutiría y que envidiaría cualquiera. Ay, pero cuando un profesor se pone esquivo y al colega no le cuenta más que eso de “tengo un asunto, pero regreso a casa esta misma tarde”, o “los rollos de siempre, ya sabes”, o “nada, una presentación en un pequeño simposio de la universidad tal”, malo, malo, malo. Ahí hay gato encerrado. Alguien va a cometer actos inconfesables y no acierta a disimularlo como le gustaría. Se están rifando putadas.
En esta ocasión me parece que mi colega y yo estábamos en la misma situación y con idéntica sensación de clandestinidad. Yo lo mío lo sabía, claro. Concretamente, voy a valorar en Sevilla un proyecto sobre “Métodos y técnicas de investigación interdisciplinar en supradisciplinas”, proyecto firmado y avalado por mi colega. Es más, mi veredicto va a ser negativo, según decidí en cuanto le eché un vistazo hace unos días, pues la prosa de este tipo es empalagosa y sus bibliografía muy desfasada. Además, cita numerosos autores franceses, y a quién le interesa hoy en día la literatura metodológica francesa, vamos a ver. No me daba mala conciencia, más bien me divertía estar ante él, con esa cara de cretino que se le pone cuando coincidimos, y sabiendo yo que le iba a poner semejante zancadilla; plenamente merecida, eso nadie podrá dudarlo. Pero, ¿y por qué él, presumido donde los haya, petulante hasta la náusea, parecía intranquilo y no entraba en detalles sobre los propósitos y las razones de su viaje? ¿Dijo a Vigo? ¡Cielo santo!
En Vigo funciona la Agencia de Evaluación Académica de Galicia Sur. Hace un puñado de años que a mí me invitan para muchas de sus labores. Soy el más veterano y mejor considerado de los evaluadores en campo de las ciencias jurídicas, sociales y religiosas. Extraoficialmente he sabido que a raíz de la reciente designación de nuevo presidente de la Agencia de Evaluación Académica de Galicia Norte, con sede en Burela (uno nunca tiene todas las claves e ignoro por qué este antiguo puerto pesquero de la costa lucense acoge esa Agencia, pero imagino que, como tantas veces, habrá algún parentesco de por medio o un nombramiento de hijo adoptivo), el presidente de la Agencia de Galicia Sur, temeroso por su puesto, ha decidido organizar una evaluación de los evaluadores. He llamado a Laura, la secretaria de la presidencia, con quien me une desde hace tiempo una amistad sobre la que prefiero no entrar aquí en detalles, y le he preguntado por qué no han contado conmigo para calificar a los evaluadores. Ella, que me conoce bien, sabe que puedo ser perfectamente objetivo y totalmente riguroso aunque tenga que valorar mi propia labor. Pero me respondió con un misterioso “hay órdenes de arriba”. No logré, pese a todos mis esfuerzos, sonsacarle ni un solo nombre de los evaluadores de evaluadores. Sé que la próxima vez que nos veamos conseguiré, así, en persona, que me lo cuente todo. Pero me temo que algo ya lo he averiguado yo mimo aquí en Barajas hace un rato. Quién sabe si volverán a reclamar mis servicios desde Vigo, pues este colega cabrón seguro que se ceba conmigo. Sé que nunca he sido santo de su devoción. Además, puede que le hayan llegado habladurías sobre lo de mi dichoso expediente por aquel tema que ya tengo medio olvidado. En este mundo no hay más que cotillas y correveidiles.
No debí decirle que viajo a Sevilla. Me podría haber inventado otro destino y cualquier cometido de los habituales. Esto ya es el colmo. Tal vez asocie Sevilla con el proyecto del que está pendiente. Y pensará que si ando en eso, seguro que no lo trato bien. Pues ahora sí que se va a enterar. Ni de broma pasará la criba su proyecto. Que se joda. Que hubiera sido sincero conmigo y que me hubiera reconocido a qué iba a Vigo. Y si quiere perjudicarme, que me lo diga a la cara. Al fin y al cabo, somos colegas, aunque no compartamos universidad ni maestros.
Lo que me duele es acabar así mi relación con Vigo. También lo siento por Laura. Aunque, bien pensado, es otra cabrona que no me ha avisado de lo que se me avecinaba. Quién sabe si no está conchabada también con ese mierda. Verdaderamente, hace tiempo que la noto rara y sus mensajes ya no son tan naturales, tan espontáneos, tan cariñosos.

25 abril, 2009

Obama y las fotos

Primero hablemos de Obama y de mí. Humildemente, claro. No, no es que nos parezcamos gran cosa. Los parecidos los tiene con Zapatero, ya saben: clavaditos. Solamente quería aclarar que Obama me parece muy bien, que el color de su piel me importa un bledo, que me alegré cuando ganó y que confío en que unas cuantas cosas mejoren en el mundo bajo su mandato sobre el mundo. Tal cual. También considero que al menos algunas de las primeras medidas que ha tomado en su Presidencia son loables y seguramente acertadas. Doy buena parte de razón a mi amigo Ante Todo cuando hace unas semanas me invitó a no perder la fe, a retornar a la esperanza y a aplicar debidamente la caridad, después de que pareciera que un servidor equiparaba a Obama con Bush. Dicho queda.
Lo que me pone las bilis efervescente son las paparruchas del pijerío progre, su renovado entusiasmo con Estados Unidos, su repentina convicción de que el capitalismo tiene los días contados gracias a Obama y las babitas que se le caen cuando comparan las fotos y los discursos de Obama y Zapatero y concluyen que son similares como dos gotas de agua con gas, y eso sin contar que a ambos les gusta el baloncesto y el ketchup. En fin. Necesitamos con urgencia un nuevo Berlanga que retrate a esta gentucilla del régimen en una película que podría titularse La Pistolita Plurinacional.
Aclarado lo anterior, hoy quiero plantear a los amigos una duda, una genuina duda. Pues he visto en las noticias del día que la Casa Blanca da luz verde para que se hagan públicas unas docenas de fotos de torturas a prisioneros en Irak y Afganistán. Hasta ahora teníamos el reconocimiento oficial de que se había torturado, la crítica a los responsables de dichas prácticas y la afirmación de que no se procesará a los torturadores. Lo primero lo veo con los mejores ojos. Tengo dudas sobre cuál ha de ser el destino jurídico de los que aplicaron la picana a los detenidos, aunque, desde luego, estoy convencido de que, como mínimo, los responsables políticos habrían de pagar por las órdenes que dieron o las practicas que a sabiendas consintieron, y aunque dicho precio fuera nada más que simbólico. Pero lo que definitivamente no veo claro es lo de las fotos de los torturados.
Si se trata de demostrar que se torturó, ya está más que demostrado y reconocido, sin perjuicio de que se siga investigando y de que se exijan las responsabilidades pertinentes. Pero ¿las fotos para qué? ¿No será peor el remedio que la enfermedad? ¿Se compensa así algún mal? Imaginemos que en una ciudad nuestra ha habido una serie de violaciones. Se sabe quiénes fueron los violadores y se reprocha su conducta, pero, dados sus vínculos con el Estado, se decide que no serán procesados. Sin embargo, a cambio se opta por publicar unas cuantas fotos en las que se puede contemplar el delito o el padecimiento de las personas violadas, a las que se ve ensangrentadas, aterradas, heridas, humilladas. ¿Qué ganaríamos con eso? Lo pregunto, repito, desde la más sincera duda.
Crecerá la indignación de las víctimas, nuevos justicieros jurarán venganza, más personas sensibles llorarán de pena o de rabia. ¿Y qué habremos avanzado? Que la imagen no oculte lo que se debe saber ni retrase lo que se ha de hacer. Que se cierre por fin Guantánamo, que se explique cuáles son y donde estaban las otras cárceles, las clandestinas, que se haga pública la lista de países y gobiernos que colaboraron voluntariamente con la tortura o pusieron los torturadores, que se compense a las víctimas, que se muestre, en suma, que esos comportamientos de los norteamericanos fueron un paréntesis desgraciado que no ha de repetirse en ningún caso y bajo ningún concepto. Pero que el morbo de las imágenes no sirva para empañar el juicio moral sosegado ni para evitar el ponderado peso de la ley. Es lo que me parece, en medio del estupor; pero, más que nunca, someto esta opinión a mejor consideración.

24 abril, 2009

¿Hasta cuándo Zapatero?

¿En qué medida debe la política subordinarse a la aritmética? ¿Por qué el tiempo de los mandatos electoralmente determinados ha de ser inmune a cualquier otro periodo o acontecimiento? Esto de que en cuatro años no puedan cambiar las cosas es una especie de método Ogino aplicado al país de un modo muy raro: de tal a tal fecha te pueden joder con tranquilidad y sin preocuparse de nada, impunemente, todo el día salto del tigre por aquí y ahora en pompa por allá. Pero en ciertas épocas resulta embarazoso; como ahora, mismamente.
Nos preside un incompetente que, salvo que disimule de maravilla, no tiene ni puñetera idea de nada de lo que se trae entre manos, a no ser lo referido a decirle al personal las cosas que le gusta oír cuando toca votar: que si te voy a poner un piso que no veas, que si toma estos cuatrocientos euros y quédate con la vuelta (¿se acuerdan de la coña marinera de los cuatrocientos euros para que nos tomáramos algo?), que si somos los mejores y los que mejor nos lo hacemos, que si olé tus pezones renegríos, que si mírame cómo llevo la paridad. Oiga, y funciona. Once millones de votos la última vez, cuando ya hasta el más inadvertido sabía que es un jeta de tomo y lomo y un cantamañanas de libro. Pero, chica, te canta esas cosas y te pone esa carita tal que asín con el morrito sacado y la zeja toa p´arriba y qué vas a hacer, pues te das, te das y te das, tómame o déjame, Zapa, y haz con mi voto lo que quieras, cuerpo, privilegiado cerebelo.
Permítanme un pequeño paréntesis sobre cuestiones de estilo. El comienzo del párrafo anterior inicialmente quise escribirlo así: “nos preside un cretino que no tiene ni puta idea de nada de lo que se trae entre manos”. Pero lo corregí y lo suavicé un poquito, pues cada vez que cargo contra nuestro Forrest Gump cazurro, contra el taradillo que nos gobierna, unos cuantos amigos y conocidos me aperciben, me sacan tarjeta amarilla, me comparan con ese tal Pepe que es defensa del Madrid y me insinúan que a lo mejor es que tengo mi inteligencia emocional hecha unos zorros. En ese momento siempre oigo como extraños acordes de músicas orientales. Poinggggg, gonggggg, tilintilinnnnng, pachanggggg.... Y me da por pensar que el amable interlocutor que me llama al orden zen se va a poner de pronto una túnica azafrán y a danzar a mi alrededor recitando curiosos mantras: conseeeeeensoooooo, paaaaaaaz, todos semos bueeeeenos, poingggg, poingggggg, déjate querer, mujer déjate querer, déjate querer, mujer, mujer, tlongggg, pachinggggg, perdona a tu pueblo, Señor, pongggg, cálmate, Toño, que destilas odio a ZP, poinnnggggg, paaaaaaz entre los hombres de buena voluntad, tachunggggggg, amoooor no sabes qué hora essss, no por favor no digas naaaada.... ¡Puf!, auténticas alucinaciones así me vienen cada vez que la gente me dice que no es para tanto, que ellos a ZP lo ven bastante normal y que peor fue lo del maremoto en Tailandia. ¡Joer! A ver si en verdad van a ser cosas mías y resulta que a Zapatero jamás se le escapa una mentira, que sabe lo que hace, que el paro es una broma, que sus ministros y ministras son de lo más listo y preparado del país y que no importa un carajo que vayamos a llegar este año a cinco millones de parados, puesto que hay dinero de sobra para todos y para todo y la política social es chuli a tope y no pasa ná. Goingggg, plachonggggg, pingggg, pinggggg. ¿Ven? He vuelto a escuchar las músicas celestiales que me tienen frito.
Con la que está cayendo y uno, antes de decir esta boca es mía y la uso para cagarme en tus muertos, tiene que andar mirándose la raya del pantalón por si no está recta. Mecagoentoloquesemueve. Esto es como cuando, en tiempos, una violada iba a la comisaría a denunciar y le insinuaban que si no sería ella un poco puta y que a ver esa honestidad. Ahora uno afirma que Zapatero parece bobo de remate y le replican con un ya lo sé, tontín, pero no te excites, que mira lo que tengo aquí para ti y te va a gustar. ¿Será posible?
A Zapatero lo votaron once millones de personas la última vez. No se cansa uno de repetirlo. Son prodigios, como cuando se abrieron las aguas del Mar Rojo o cuando aquellos profetas se piraban para el cielo en un carro de fuego. Flipas, pero pasa mucho. Bueno, que cada palo aguante su vela y cada cual conocerá sus (auto)móviles. Muchos lo hicieron (me refiero a lo de votar a ZP, no a lo de echarse al mar a ver si se abría o a lo de largarse en carros celestiales) para evitar la inminente invasión de los marines de Bush por Algeciras y por lo de pararle los pies al capitalismo salvaje y tal. Semos combatientes tenaces de las causas más nobles y ponme otra de gambas, Marilú. Esperen un momento, que se me ha movido la hernia por lo de la risa floja. Vale, ya está, recolocada. Sigamos hablando como en serio.
Hace poco más de un año, cuando la campaña de las últimas generales, Zapatero y su vicepresidente económico, cesado la semana pasada, repitieron hasta la saciedad que era mentira que se avecinara una gran crisis económica y que, aunque algo se removiera por ahí, nuestro país y nuestro sistema económico y financiero eran los más sólidos y fiables del mundo. Puro pedernal de país y menudos bancos que no necesitan nada. Más aún, Zapatero dijo que eran unos antipatriotas del copón los que manejaban malos presagios. La pregunta del millón: ¿creía de verdad lo que decía o disimulaba como un timador profesional? Si se trata de lo primero, me reconocerán hasta los zapateristas más viciosos que su líder carismático es un auténtico zote y sus asesores son tan indocumentados como él. Para eso nos valdría igual que presidiera el gobierno Jesulín de Ubrique. Y que me perdone Jesulín por la comparación, pero que entienda que a él le tiraban bragas como a éste le tiraron votos. Si es lo segundo, tendríamos que nos manda un mentiroso enfermizo, un inmoral de libro y un psicópata de película. A mí me parece más probable esto último, pero seguramente porque soy yo el que anda con algún desarreglo, como dicen los de la Asociación de Zapateristas por el Retorno a Altamira (AZARA).
Hace cosa de un par de meses, o menos, con estas mis orejas pecadoras oí a Zapatero decir en la tele que en marzo se notarían una barbaridad los buenos efectos sobre el paro de unas medidas que el Gobierno había tomado. ¡Cielo santo! Pues menos mal, porque en marzo ya se ha superado el número de parados que las lumbreras monclovitas habían calculado para todo el 2009.
Y uno, que está acostumbrado a lidiar con problemas teóricos muy abstractos y extraños, pero que de la vida real no sabe un pimiento, se pregunta: ¿el personal cuándo va a reaccionar un poco? ¿Cuando los desempleados sean cinco millones?, ¿seis?, ¿diez? ¿todos? Al decir personal pienso en los sindicatos (¿cuándo hostias se lo van a sacar de la boca esos cochinos?), pienso en el propio PSOE (¿pero no queda en ese partido nadie con autoridad para dar un puñetazo en la mesa y salvar al menos las siglas y un par de diplomas?) y el público en general. Oigan, y cuándo van a salir unos pocos actores y actoresas con unas camisetas que digan “No más paro, que pare ZP”?
Yo no sé lo que percibirá usted, amigo lector, pero por aquí la gente está de lo más tranquilo, en actitud de “son desgracias que nos trae el destino, qué le vamos a hacer; el Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, alabado sea el Señor”. Y les mientas con cara de malas pulgas a Zapatero y vuelven todos a lo mismo: ay, del chiquirritín, chiquirriquitín, metidito entre pajas..., etc. Pero con música tibetana: goinggggg, clonggggg, tachunggggg. Ya no sé dónde meterme ni con quién hablar. Joer con el chiquirritín de las pajas, ha hipnotizado a todo el mundo. ¡Zapatero, poséeeme ya, quiero dejar de pensar, quiero volverme budista como tú y estoico estólido como tus votantes y que nada me importe salvo la maldad de Rajoy!
En fin, que no sé. Que iba yo a escribir aquí un post para implorar un gobierno de coalición o un golpe de timón en el PSOE, pero me ha entrado el canguelo de que vuelvan todos a llamarme aburguesado kulak, revisionista pendejo y antizapaterista bisceral (no es una errata, es que me lo llaman de ese modo), así que me callo y que nos den por el saco a todos. Que nos dé nuestro chiquirriquitín metidito entre pajas.

23 abril, 2009

Modélico modelico

Qué cosas se encuentra uno o una en los periódicos. Y cuántas maneras hay para que hablen de una o de uno. Hace un par de días vi en ABC la noticia de que una señora, modelo y, al parecer, famosa, está muy indignada porque la revista Vanity Fair la saca en bolas al lado de otra famosa exhibicionista que también está desnuda y agarradas ambas a un jambo vestido y con los párpados caídos como si acabara de subir a las dos en brazos hasta la azotea. Creo que ésta que se ha cabreado para dar más que hablar se llama Eugenia Silva. Mucho gusto. Tengo que mirar en las páginas del ISBN a ver qué ha escrito. ¿O es que ya tengo deformación profesional y se me olvida que hay gente que no necesita darle a la pluma para tener consideración social, pues su éxito lo lleva grabado en el culo?
Es que, si lo piensa uno, es de cajón. Pongamos que a mí me dice el Decano de la Facul que si me importa posar en pelota picada y con el pirulín visible para un cartel promocional que van a poner en todas las parroquias para que la gente haga la carrera en masa y con alegría. Yo pregunto que cómo será la pose y me explican que salimos mi amigo Miguel Díaz y yo con los pelillos al aire y las velas al viento y agarrados a una señora del PAS vestida de sierva de Jesús. Dos horas así ante el fotógrafo, ponte para acá, enfoca para allá, tómame así o déjame del otro modo, ponme la mano aquí, Macorina, qué tal un primer plano del currículum y esto y lo otro. Y después de consentir y de pasarme así el rato, o hasta de cobrarle al Decano unas cañas con tapa por el esfuerzo, cuando sale el cartel y mis carnes lucen lozanas como código decimonónico voy y me mosqueo y llamo a todos los periódicos para decirles que vean cómo me han sacado, que fíjense que culete más terso y que estoy enfadadísimo de la vida, cabreado del todo y que ya no sé qué pensar de la norma jurídica, chica por Dios y tal y que me pongan un piso y unos abanicos.
Ya me imagino la consternación mediática. El ABC dando la noticia en primera página y, al igual que en este caso, recortando la foto para que de mi cuerpo serrano sólo aparezcan las neuronas y un poco del belfo. El Mundo aprovechando para informar de que seguramente mi próxima sesión publicitaria será con la Aido subida a mis hombros y apretándome la yugular con los muslos, y Libertad Digital predicando la libertad del mercado sexual para los profesores que acepten la relación íntima entre universidad y empresa. Oye, empiezas así y acabas haciendo una película en Jolivú, como diría ZP, con Kevin Costner y una prima de los Bardem y echándole un quiqui a alguna actriz manchega en promoción mundial.
En fin, por de pronto, y como primera medida por lo que pueda pasar, voy a depilarme las ingles y a ensayar miradas así como de evaluador de la ANECA.

21 abril, 2009

Europa y las comunidades autónomas. Por Francisco Sosa Wagner

(Publicado hoy, 21 de abril, en El Mundo)
El Gobierno se asesora bien pues, en cuestiones de mucha trascendencia, acude al Consejo de Estado. Lástima que luego sus recomendaciones duerman un sueño pegajoso en alguna gaveta del Palacio de La Moncloa y sean, en las mejores ocasiones, cuidadosamente evitadas a la hora de adoptar decisiones políticas y administrativas.Y es una lástima -como digo- porque el Consejo de Estado es una organización seria que, aunque lleva muchos años recorriendo los caminos memoriosos de la Historia de España, sigue, joven y ágil, dejando en ellos huellas duraderas.
En la II República -cuando se discutió la Constitución- una parte de la izquierda quiso suprimirlo porque algunos de sus portavoces creían que era un invento malintencionado de Alfonso XIII. Tuvo que levantarse en las Cortes Fernando de los Ríos -socialista y catedrático- para recordar a aquellos ignorantes el origen y la alta cualificación técnica del Consejo que al cabo quedó como «cuerpo consultivo supremo de la República».
Viene todo esto a cuento porque un dictamen del 14 de febrero de 2008, emitido a instancia del Gobierno, analizaba la inserción del Derecho comunitario en el ordenamiento español. Se trata de un documento de casi 300 páginas, sabias y suculentas. En ellas se aborda una miríada de cuestiones que es imposible citar en el espacio de un trabajo periodístico. Fijémonos, sin embargo, en una de ellas: el papel de las comunidades autónomas en la política legislativa relacionada con Europa, especialmente tras la aprobación de los nuevos estatutos de autonomía.
La lectura de los preceptos recientemente redactados apuntan, como señala el Consejo de Estado, «a reafirmar un protagonismo cada vez mayor de las comunidades autónomas en el escenario europeo, lo cual, en lo relativo a la fase de incorporación de las normas comunitarias, se manifiesta en dos puntos concretos: relaciones bilaterales y transposición por las comunidades autónomas sin necesidad de una previa ley estatal básica».
Se trata de dos novedades de mucho bulto a las que se han apuntado estatutos recientes como el de Cataluña, el de Andalucía y el de Baleares. En concreto, la bilateralidad entre la comunidad autónoma y el Estado se erige en eje vertebrador de la participación en los asuntos europeos. Es verdad que tan solo referida a aquéllos que afecten a la concreta comunidad, que serán difíciles de aislar, pues las decisiones europeas involucran casi siempre al conjunto de los territorios españoles. Por ello, tal bilateralidad acabará convertida en una multilateralidad de facto. Pero las intenciones y la alegría con la que las Cortes generales han dejado pasar estos excesos procedentes de las comunidades autónomas quedan patentes.
Por lo que se refiere a la ejecución normativa del Derecho comunitario, los estatutos remozados ofrecen distintas soluciones. Así, el de la Comunidad Valenciana opta por afirmar la competencia exclusiva para el desarrollo y ejecución de las normas europeas. En otros casos -como los estatutos de Cataluña, de Andalucía y de Castilla y León-, la comunidad autónoma aplica y ejecuta el derecho de la Unión Europea en el ámbito de sus competencias.
Cataluña en concreto -y de análoga forma, Baleares-, incorpora mecanismos de consulta del Estado a la Generalidat en determinados supuestos. Y, por último, en el caso de que la Unión Europea establezca una legislación que sustituya a la norma básica del Estado, la comunidad autónoma puede adoptar la legislación de desarrollo a partir de las normas europeas (en tal sentido, véanse los estatutos de Cataluña y de Andalucía).
Hasta ahora, el Estado -único actor responsable ante Europa- ha asumido las tareas de transposición sin mayores dificultades; sin embargo, las nuevas previsiones estatutarias empiezan a llenar de dificultades el camino, por lo que en el futuro se avizoran problemas de competencia cuya solución no resulta clara.
El Consejo de Estado no descarta por ello la utilización de la técnica de las leyes de armonización a que se refiere el artículo 150.3 de la Constitución española, especialmente cuando, aun viéndose afectadas las competencias exclusivas de las comunidades autónomas, sea necesaria la aprobación de una normativa uniforme y de general aplicación. Un instrumento éste que permitiría al Estado -incluso con carácter preventivo- «establecer los principios necesarios para armonizar las disposiciones de las comunidades autónomas que tuvieran por objeto transponer determinada norma comunitaria». Para recurrir a este mecanismo, el Consejo cree necesario regular en una ley el uso de tal técnica armonizadora.
Advertirá el lector que acabamos de citar otra ley y vamos viendo cómo se enredan leyes, Estatutos y otras previsiones normativas, configurando este lujoso panorama el banquete con el que sueña cualquier rábula bien conformado. Todo cocinado al fuego lento de una sintaxis tortuosa y, según un lenguaje esotérico que, como ya nos enseñó Voltaire, es una estupenda red para atrapar al conjunto de los ciudadanos.
Desde la perspectiva de la conformación de las posiciones españolas a la hora de debatir en Europa, el Consejo de Estado detecta muchas «carencias y debilidades» por problemas de coordinación entre los distintos órganos de la Administración del Estado, y también porque las comunidades autónomas, una vez lograron su participación directa en las formaciones del Consejo de Ministros de la Unión Europea, a menudo se desentienden de sus deliberaciones.
Sin embargo, no existe «homogeneidad en la configuración y funcionamiento de las oficinas y delegaciones autonómicas ni en la articulación de la participación autonómica ante las instituciones europeas».Es por ello urgente «una racionalización y plasmación normativa que dé estabilidad y seguridad al sistema» porque -como se señala al hablar de las decisiones europeas- es muy importante «que la posición estatal esté sólidamente definida».
Los alemanes -siempre salen los alemanes- han vivido estas experiencias mucho antes que nosotros. En la República Federal Alemana, los Länder han intentado desde hace tiempo ostentar el máximo protagonismo en Europa: a través del Bundesrat, del Comité de Regiones, o activando el mecanismo del principio de subsidiariedad. Incluso se llegó a hablar de una Europa de las regiones, una aspiración sobre la que ha caído una gruesa capa de olvido.
La característica del sistema alemán radica en el citado Bundesrat, pero la reforma constitucional derivada del federalismo acordado en julio de 2006 ha recortado sensiblemente el protagonismo de los Länder. En efecto, el Gobierno federal tiene la obligación de tomar en consideración la posición que adopte el Bundesrat, incluso en ámbitos de «competencia exclusiva» de la Federación, siempre que se vean afectados intereses de los Länder. Ahora bien, el Gobierno federal no queda vinculado por sus acuerdos.
Cuando la decisión europea «incida de lleno en la competencia administrativa o legislativa de los Länder», el Gobierno habrá de tener en cuenta también la opinión sustentada por el Bundesrat, pero queda a salvo la decisión última del Gobierno federal que es a quien compete definir el «interés general». Y, por fin, cuando un proyecto europeo invada «materias específicas de competencia exclusiva de los Länder» en ámbitos como la educación escolar, la cultura y la radiodifusión, la salvaguarda de los derechos de la República Federal pasan al Bundesrat, pero la misma se ejerce con participación y aquiescencia del Gobierno federal en cuanto responsable último del conjunto de la Federación.
Por esta senda circulan los esfuerzos alemanes para lograr que no se haga añicos la cohesión de la República. Una vez más vemos cómo, cuando se trata de crear una estructura federal -y no de construir con el cincel averiado de la ocurrencia la degeneración confederal-, la prudencia aconseja mirar en dirección al Rin, el más noble de los ríos, el que nace libre, según cantó Hölderlin.

20 abril, 2009

Investigadores al peso

Medio kilo de garbanzos, cuarto y mitad de morcillo, un cuarto de gallina, dos huesos, un par de chorizos... Con eso y poco más se elabora un cocido de garbanzos al estilo madrileño. Ahora veamos la receta de una acreditación de profesor o del pase para un contrato universitario: unos años de experiencia docente, media docena de artículos en revistas de distinta categoría, dos o tres capítulos en libros colectivos, una decena de comunicaciones y una o dos ponencias en congresos, participación, aunque sea de grumete, en un puñado de proyectos de investigación, algunas estancias investigadoras en ciudades con muchas consonantes y un mes de la vida, en total, en cursillos de actualización pedagógica sobre temas peregrinos dictados por especialistas peripatéticos. Éxito asegurado.
Y el que no sea del gremio o no esté en el ajo se preguntará: ¿así?, ¿a tanto alzado?, ¿al peso? Pues sí. Ahí comienzan las diferencias. Cuando cocinamos no le compramos la carne al pescadero, ni el pescado el bodeguero, ni las zanahorias al criador de cerdos. En la universidad es distinto y la última moda es que todo el mundo juzgue de lo que no sabe y que, a ser posible, ningún especialista opine de lo que sea su especialidad. Lo explicaré más claro. Y téngase en cuenta que lo que viene a continuación es una descripción rigurosa, no una broma o una exageración. Tengo pruebas.
Para evaluar cualquier cosa relacionada con las universidades funcionan agencias públicas que, a su vez, designan comisiones de expertos. Esas comisiones se forman por grandes sectores del conocimiento. Por ejemplo, ciencias jurídicas y sociales. Cada una de esas comisiones la integran unos pocos profesores, entre dos y cinco normalmente. Como es obvio, no figura un experto por disciplina o rama de conocimiento. De ahí que sea perfectamente común que un expediente de Derecho Administrativo lo valore alguien de Derecho Romano, o que uno de Derecho Romano lo evalúe un profesor de Economía de la Empresa, o que el de Economía de la Empresa sea puntuado por un erudito de Filosofía Medieval. ¿Cómo consiguen esas comisiones funcionar en medio de tal absurdo? Muy fácil, con criterio puramente numérico, al peso. Se parte de un baremo que dice, por ejemplo, que por cada libro publicado se asignarán entre uno y tres puntos. De cajón: entre una y cien páginas, un punto; entre ciento una y trescientas, dos puntos; más de trescientas páginas, tres puntos. Y misión cumplida. Lo mismo con cada uno de los otros méritos: artículos, ponencias, estancias, proyectos, etc., etc.
El ingenuo exclamará: ah, ¿pero no lo leen? So ingenuo, en efecto. No olvide que la mayoría no entendería nada, aunque lo leyera todo, pues se juzga lo que no es de la propia rama o área. Además, y por si acaso, esas agencias nunca piden a los aspirantes a la evaluación copia de sus trabajos, todo lo más fotocopia de las páginas primera y última. ¿Y si lo que hay en medio de ese libro o artículo es una solemne estupidez, una vergonzosa simpleza o un plagio como la copa de un pino? Don´t worry, be happy. Nadie se enterará. Mejor dicho, los de la disciplina del autor sí pueden estar al tanto o serían capaces de descubrirlo. Pero para eso se procura que no sean del área de conocimiento del aspirante los que lo califiquen. Si yo, que no sé de Contabilidad, califico un curriculum de tal materia, ni entenderé los títulos ni sabré de la calidad de las revistas ni conoceré el prestigio de las editoriales ni nada de nada. Así que al peso, a boleo, a ojo. Sin embargo, es tan probable o más que sea yo el llamado a dar tal calificación como que lo sea un profesor de Contabilidad. Viva la ciencia. A tal proceder se le suele llamar hoy en día evaluación de calidad, no de cantidad. Alguien se equivocó con el nombre.
¿Y semejante sistema quién lo ha inventado e impuesto? Unos genios en pantuflas que pretenden que siempre sea de noche para que los gatos nunca dejen de ser pardos. Gentes cuyos currículos están llenos de cientos y cientos de cositas, de inanidades, de jueguecitos, de trabajitos para dummies y de tópicos políticamente correctos. Gentes convencidas de que si los méritos se computan así, como el que cuenta patatas o pesa sardinas, ellas saldrán ganando y se harán con todos los resortes del poder académico. Y ya casi lo han conseguido por completo. Ahora hasta nos obligan a asistir a sus cursitos.

18 abril, 2009

El misterioso caso de un diputado leonés

El otro día, en Madrid, me contaron algo que me cuesta creer, pero me insistieron en que es rigurosamente cierto, y así se lo transmito a ustedes, amigos, por si tienen alguna información adicional que acabe de disipar mis dudas: cierto diputado leonés, con veteranía de varias legislaturas, habló. Sí, habló, y habló dentro del hemiciclo.
Por qué habrá roto su silencio de tanta solera, se pregunta uno. Quién sabe. A lo mejor tuvo un pronto incontenible o le vino alguna indisposición. Quizá gritó “me ahogo” o exclamó “que cierren la ventana, coño, que hace frío”. Pero el caso es que hablar, habló, al parecer. Se me ocurre que también se puede deber al desánimo, al comprobar el buen señor que no se respeta el precedente parlamentario y que su partido no va a recompensar su acrisolada discreción haciéndolo secretario general y líder de la oposición.
También cabe que mis interlocutores hayan exagerado y que lo del diputado cazurro no fuera exactamente un discurso deliberado. Igual habló, sí, pero en sueños -acostumbra a echarse sus cabezaditas en el escaño-, o tal vez emitió nada más que un sonido gutural que los oyentes, llevados por el hábito de la casa, confundieron con una parrafada articulada sobre algún vital asunto del Estado o algún derecho natural de los ciudadanos.
Sea lo que sea, imagino que el buen hombre se habrá quedado preocupado por las consecuencias que su palabra o resuello pueda tener para su carrera política. ¿Y si a los líderes de su partido les gustaba precisamente porque creían que era mudo y que de esa forma rellenaba una cuota? ¿Y si ahora lo sacan de las listas para las próximas elecciones por considerarlo alocado de carácter o comprometido en conspiraciones contra la dirección del partido o la dirigencia del grupo parlamentario?
La verdad es que se trata de comportamientos que conviene mantener a raya. La incontinencia nunca es buena consejera, ni siquiera la verbal. Pase por una vez, pero que no se repita. ¿Se imaginan ustedes en qué se convertiría nuestro modoso Parlamento si a todos aquellos tribunos les diera por hablar? Y no digamos qué imagen se iba a dar si cada uno se sintiera llamado a debatir y legitimado para cuestionar o pedir explicaciones a otros. Un desastre y un desorden.
Así que me parece que León, justamente, debe seguir dando ejemplo de sentido de Estado y de compromiso con la democracia deliberativa, y entre todos hemos de procurar que nuestros representantes parlamentarios no sólo parezcan mudos, sino que de hecho lo sean. El país nos lo agradecerá, pues este país ya no soportaría que, otra vez, un diputado de León que parecía mudo (además de tonto) acabara hablando de seguido como si tal cosa.