04 mayo, 2009

¿Quién sabe lo que es la glicación? Por Francisco Sosa Wagner

Andamos afligidos por muchas desgracias que nos cercan: las hipotecas basura, los telediarios, los móviles en el tren, el efecto invernadero, la nueva cocina ... Pero no podíamos imaginar que teníamos otra al acecho bien perturbadora: la glicación. Usted no sabe qué es la glicación pero yo se lo voy a explicar porque para eso leo revistas con glamour. Antes solo hojeaba las que publica la editorial Aranzadi pero ahora me he pasado a estas modernas que llevan un papel de filigrana y traen noticias adorablemente superfluas. Recuerdo haber leído que a Enrique Jardiel Poncela le gustaban las revistas con crimen pero era porque no conocía estas nuevas que son todo lujo y suenan en el quiosco como los trinos de esos ruiseñores que siempre salen en los poemas.
Antes de explicar al impaciente lector qué sea la glicación, debo advertir que las mujeres que lean este artículo pueden abandonarlo. Con ellas no va porque las mujeres sencillamente no padecen la glicación. Tantos años reivindicando la igualdad, tantas manifestaciones de sufragistas, tantos debates y simposios, para acabar en esto: en una glicación que resulta ser exclusiva para hombres y no apta para mujeres. A la genética hemos de rendirnos porque así son sus secretos por más que deseemoos retorcerle el pescuezo a base de leyes y de ministerios.
Sepamos que la desgracia de la glicación se produce en nuestra piel cuando la glucosa choca con las fibras de colágeno y elastina, se adhiere torvamente a ellas y las vuelve rígidas, endemoniadamente poco elásticas. Uno cree tener la piel aceptable, va por la calle con su punto de orgullo, su no sé qué de altivez, ignorando que, en secreto, la glucosa está haciendo de las suyas. Cuando se quiere dar cuenta se le han formado unos puentes químicos entre las proteínas y otras moléculas de gran tamaño y este es el momento en que ya todo se ha echado a perder.
Porque los hombres convendrán conmigo que se pueden soportar desgracias, se pueden escuchar debates sobre el estado de la nación o discursos de Hugo Chávez, pero la de advertir la aparición de esos puentes químicos, rebasa todas las marcas del sufrimiento humano. Ahora que han traducido al español la novela de Joseph Roth que se titula “Job” es buen momento para evocar la santa paciencia, tan necesaria en estos tiempos de graves tribulaciones dermatológicas.
Porque, por mucha resignación que tengamos acumulada, siempre será insuficiente si pensamos en la glicación. Y en otro asunto, primo hermano de este, al que llaman los “radicales libres” que hasta ahora yo creía que eran unos desalmados que pegaban fuego a un autobús en Bilbao y a quienes un juez ponía frívolamente en libertad, y ahora resulta que están emparentados con la glicación, con la piel, los antioxidantes y la citada elastina.
¿Qué hacer? ¿Cómo detenemos los efectos de tan temible degradación? ¿es ello posible o el glicacionado así queda, sin remedio ni redención posible? Es más: el glicacionado ¿nace o se hace? Aunque se han publicado muchas teorías, los mejores expertos sabemos que el glicacionado se hace -desde muy joven- y por eso es capital buscar inhibidores de glicación para hacer frente, de forma resuelta, a esa reticulación de los tejidos que tanto nos afea y acompleja. En cuanto dispongamos de ellos, la glicación hará primero mohínes de enfado, como de haber sido cogida en falta, y después iniciará una tímida retirada a los confines de los que nunca debió de haber salido.
La batalla estará así ganada. El problema es encontrar tales inhibidores. Y aquí viene la industria cosmética a indicarnos este u otro producto, todos ellos de precios muy altos, de esos que antes, cuando nada sabíamos de astros, se llamaban astronómicos.
Puede que sean eficaces. Pero como la piel nuestra es la espuma blanca de ese mar con el que nunca dejaremos de fantasear, creo que el mejor afecto que podemos darle para evitar la gangrena de la glicación es la caricia de una mujer que emita suspiros en forma de brisa, que se desplace al ritmo de muchas perezas, y que gaste un cuerpo con cadencias propias de una canción antigua y gastada. Es decir una mujer que practique la hipnosis de despilfarrar y entregarnos sus ansias poderosas.
Solo así daremos a la glicación su merecido y quedará inactiva como la errata que es de nuestro cutis.

3 comentarios:

missy dalloway dijo...

uau...

vicky dijo...

Qué sorpresa al leer este artículo,entre poético y didáctico entre, pueril y profundo, entre irónico, diverido y "sesudo"(un poco machista")en fin ..."La vida te da sorpresas ..."

Ana Jimenez Gorriz dijo...

Creo que no me he reido tanto en muchisimos años!!!! Ademas me ha salido este articulo porque estaba escribiendo uno de cosmética masculina y ...ha sido genial!!!!
Enhorabuena por este maravilloso enfoque!!!