28 diciembre, 2011

Rectores y universidades

No conozco personalmente al rector de la Universidad de Vigo, en la que tengo algunos buenos amigos. Ni siquiera sabía su nombre hasta estos días, e ignoro hasta las disciplina que cultiva y el currículum científico que lo avala. Considero, además, que en el caso del plagio dictaminado como copia imprudente, o algo así, él y su equipo han actuado como lo harían la mayoría de sus colegas en similares cargos. Y esa es la cuestión interesante, la pregunta decisiva: ¿por qué reaccionan así, aun a riesgo de llevarse por delante el buen nombre y el prestigio, si alguno queda, de las instituciones que representan y gobiernan? ¿A qué estrategias se encomiendan en casos como este o qué propósitos los mueven?

La hipótesis más fácil sería la de que se deben a su electorado y que este prefiere, mayoritariamente, que se tapen las fechorías y se encubran las malas prácticas académicas. Pero, si esa fuera la razón, el diagnóstico resultaría terrible, ya que habría que creer que las comunidades universitarias están corrompidas, minadas por los malos hábitos y preñadas de oscuras complicidades. ¿En verdad prefiere la mayoría de los profesores, estudiantes y trabajadores de la administración universitaria que se den por buenas las oscuras artimañas y que se vaya formando un cuerpo de tramposos sin escrúpulos? Será, no digo que no, pero cuesta creerlo. Así que convendrá afinar un poco más.

¿Quién toma las decisiones en las universidades? Las más importantes -y muchísimas que carecen de toda relevancia- pasan por órganos colegiados de gobierno, fundamentalmente el Consejo de Gobierno que hay en cada universidad. Ahí están los representantes que para ese cometido han sido elegidos por los distintos “colectivos” universitarios. Vuelta a lo mismo: ¿escogemos a los más capaces y honestos o a gentes de otro pelaje? Habrá de todo, naturalmente. Pero el primer intento de todo rector es hacerse con mayoría leal en el Consejo de Gobierno. Por lo general, concurren dos listas principales, la de quienes apoyan a rector y la de la oposición. Un día el rector llama a un decano o director de departamento y le sugiere que se presente a esas elecciones. Decir que sí es una forma de acogerse a la protección del jefe y va de suyo que tal oferta no es para ir por libre en dicho órgano, sino para respaldar las propuestas rectorales. Si la oposición está mínimamente organizada, también se hará con algunos puestos, pero los así elegidos tampoco suelen tener el objetivo de ponderar libremente lo que en cada reunión esté en juego y decidir con libertad su voto. Si la oposición está en minoría en el Consejo de Gobierno, perderá siempre; si está en mayoría, ganará en cada caso. La disciplina de grupo y la política académica de baja estofa prevalecen sobre cualquier valoración que atienda al interés general o a los más nobles fines teóricos de la universidad.

¿Y los otros profesores, los independientes y con criterio propio, dónde están? En sus despachos o laboratorios o en sus casas. ¿Por qué no se presentan para tales puestos electivos? Por un lado, porque suelen andar asqueados, desengañados y escépticos. Por otro, porque son escasísimas sus posibilidades de ser elegidos. Esto se debe a que el desánimo general lleva a que por lo común voten nada más que los que se interesan por las politiquerías de andar por casa y se someten con gusto a alguna disciplina de grupo. Con excepciones, claro que sí, pero tal es la pauta general.

Ya tenemos un primer indicio de por qué las cosas pasan como pasan, y como tal vez pasaron en el caso de Orense-Vigo: porque en los órganos de gobierno universitario no acostumbra a haber mayoría de buenos profesionales de la investigación y la docencia, y los que lo son aprovechan su porción de poder para ganarse favores presentes o futuros. Importa más estar a bien con quien manda que meterse en líos por defender la honestidad o el buen hacer del personal académico.Hoy por ti, mañana por mí.

Otro factor no desdeñable está en la mentalidad de muchos rectores. Se ven a sí mismos como una mezcla de amoroso paterfamilias y de politicastro con malas artes. Por un lado, consideran que deben proteger contra viento y marea a los profesores, hagan lo que hagan, y se sienten más guardianes del bienestar general que del rendimiento efectivo del personal. Les gusta que los quieran. Pero tampoco pierden de vista la dimensión política de su cargo y proceden con artes de capo, más que nada administrando sutilmente las advertencias y amenazas. El rector hábil es rector muy bien informado y, al menor atisbo de crítica o de altercado institucional, recuerda al revoltoso los cadáveres que guarda en su armario o, si son escasos, lo que tiene que perder si se pone guerrero. Que por lo general no se apliquen controles ni se pidan responsabilidades al profesorado no quiere decir que no sea posible hacerlo cuando convenga, y ese es el aviso que un rector bien asentado en su poltrona suele manejar con sutileza y sin perder la sonrisa. Contra el rector se vive peor, salvo que otro grupo bien potente te proteja o salvo que tengas por tu cuenta mucha autonomía de vuelo.

Pongamos un caso de plagio o cualquier escándalo similar. Normalmente (insisto en que habrá excepciones) el rector de turno hará sus cuentas antes de decidir las medidas a tomar: cuántos son los implicados, qué apoyos tienen, qué hilos pueden mover, qué consecuencias acarreará una u otra actitud para las próximas elecciones, etc. Al pobre mindundi que un día mete la pata lo crujirán sin reparar en gastos; al que está respaldado por una “familia” poderosa se le trata con guante de seda y se le vende el favor de la clemencia. O sea, el más puro estilo mafioso.

Las universidades están sumidas en dinámicas internas profundamente perversas. Es poco menos que total el divorcio entre su función teórica y su funcionamiento real. Predominan los estímulos puramente egoístas y los incentivos difícilmente confesables. Quien no dé guerra y se deje llevar por el ambiente general tiene asegurada una buena impunidad. El que se salga de la fila deberá atenerse a las consecuencias. Aquel que viva y deje vivir y se apunte de vez en cuando a algún aquelarre podrá plagiar, dar sus clases como se le antoje o no darlas, investigar o quedarse en su casa mirando las musarañas, aparecer por su despacho a diario o una vez al mes, calificar con rigor a sus estudiantes o tomarse a chufla los exámenes. Y así sucesivamente.

En las universidades hay miedo. Lamentabilísimo, pero cierto. El que se mueva no sale en la foto. En este caso de Vigo, que aquí tomo nada más que como pretexto para una reflexión más general, he podido comprobarlo. Aun con la modestia de esta blog, varios científicos escandalizados me han llamado o me han escrito para darme datos o alentarme a hablar, pero casi siempre el comunicante añadía que no quería que yo desvelara mi fuente, y hasta los hubo que me escribieron con nombre inventado y dirección electrónica creada para la ocasión. Y ni siquiera eran profesores de Vigo.

Nada reprocho a nadie, no es esa la intención de este escrito. Pero el indicio del estado de cosas que tenemos es apabullante. ¿Qué tememos? ¿Qué nos coarta? ¿Ante qué o ante quiénes nos acobardamos? ¿Qué posibles venganzas o ajustes de cuentas nos retienen? ¿Son o pueden ser minoría oprimida los dignos y los valientes? ¿Se ha de pasar a la clandestinidad para defender el espíritu universitario y las buenas maneras de la labor académica?

Quien acierte con la contestación para esas preguntas habrá dado con las claves de la universidad española de nuestros días. Yo, modestamente, creo que no tiene arreglo, ninguno. Habría que dinamitarla y volver a construir desde los cimientos. O sea, que no hay nada que hacer. Así que ya sabemos: a vivir, que son dos días. A aprobar a todo el que se deje, a solidarizarse con el pillado en falta, a llevarse bien con la autoridad y… a disfrutar de la vida, que para eso nos pagan, al parecer.

27 diciembre, 2011

Del plagio al premio. O de cómo acabó aquella historia de la Universidad de Vigo

¿Se acuerdan de aquel post de hace meses, cuando contábamos aquella historia bochornosa de plagios y disimulos en la Universidad de Vigo? Hasta un periódico alemán relató el caso.
Pues salieron bien librados todos los malandrines académicos, con las complicidades habituales y la omertà bien conocida. Y en su universidad hasta les dan recompensas y premios, para que perseveren y no se desanimen, pobriños. Eso se llama excelencia, creo.
Si tienen ganas de deprimirse un rato o si les apetece repasar cómo anda la universidad española a la hora de la verdad, lean esta magnífica entrada en un blog muy bien informado. Se quedarán de piedra. Es verdad todo lo que ahí se cuenta, aunque parezca increíble.
Así estamos. Y para seguir.

26 diciembre, 2011

Carta breve a algún troll enanito

Pobre diablo con complejitos:
Me dirigo a ti, en tu penosa pequeñez, para ayudarte a reflexionar sobre tu condición y con el deseo de que puedas hallar la paz al aceptarte como lo que eres: una piltrafilla. Ciertamente, los de tu especie cumplís una función bien relevante en la cadena ecológica, pues alguien tiene que ocuparse de las felaciones de los jefes cuando estos están tensos, o de ejecutar por la espalda a las víctimas inocentes, cuando así lo ordena algún capo, o, simplemente, de perseguir a los más desvalidos y ensañarse con ellos, única manera en la que los ridículos os sentís grandes y poderosos durante un ratito. Pero al llamar a este blog te equivocas de puerta y, además, lo dejas todo perdido de babas.
Déjame que te cuente el porqué de esta misiva, pues hasta aquí no te habrás dado por aludido. Así, podrás ir a donde los de tu camada y comentar que qué mal hablado y cabrón el García Amado este.
La pasada semana tuve una llamada telefónica sorprendente y que acabó resultándome muy agradable. Es lo malo de tu oficio vil, que a veces acabas haciendo un favor sin proponértelo y contra tu naturaleza. Una persona bien respetable y con la que no tenía contacto desde hace años me telefoneó y, después de los saludos, me dijo lo siguiente, literalmente: el otro día, por pura casualidad, fui a parar a tu blog y me encontré con que un hijo de la gran puta había puesto un comentario ofensivo y lo había firmado con mi nombre, por lo que primero fui a la policía para ver si se podía hacer algo contra semejante suplantación y por dañar así mi honor, y ahora te llamo a ti para que, si no te parece mal, suprimas ese comentario y, ante todo, sepas que no he sido yo quien soltó semejante porquería.
Le di las gracias, le contesté que tranquilo y que bien sé cuáles son los inconvenientes de hacer un blog a cara descubierta, pues hay mucho cobarde que se ampara en el anonimato y el disimulo para hacer de sí mismo.
Nunca borro comentarios que sean críticos conmigo u ofensivos para mí. Solamente he quitado algunos que dañaban claramente a otras personas que ninguna culpa tienen de que haya tarados colgados de la red. Pero últimamente hay algún tontaina al que no le basta parapetarse tras un alias, sino que pone bajo sus esputos el nombre de otra persona y así piensa, el muy imbécil, que mata dos pájaros de un tiro. Esos, compréndelo, tengo que eliminarlos. Me refiero a los comentarios, lastimosamente.
Puede que tú, en tu inanidad, pienses que en algo me complicas la vida al poner en boca ajena frases que a mí pudieran dañarme. Te equivocas. No tengo cadáveres en el armario. Para que me entiendas mejor: cadáveres tendré, pero no en los armarios. No confundas el temor con el asco. Asco me puede dar toparme inesperadamente con gusanos, pero si los temiera sería como ellos, sería como tú.
Es una pena que tu condición te impida mostrarte y que tengas que desdoblarte de esa manera, aprovechando el anonimato o el nombre falso para dar salida a tus humores. Es tan fácil hacerte la radiografía y el diagnóstico... Apuesto a que si alguna vez nos cruzamos en algún lado, me sonríes y mueves la colita y puede que hasta me pidas un huesecillo o una pelotita para jugar. Pero de frente no vas a venir, no hay cuidado.
Sal de aquí, criatura. Para lamerte tus miserias o para exponer tu personalidad de cagarruta tienes alternativas mejores. O intenta ver qué se siente firmando con tu nombre auténtico, aunque te cueste un dineral en papel higiénico.
Ha vuelto a suceder lo de firmar un mensaje mezquino con el nombre de una persona honorable. Ya está borrado. Existen medios técnicos para ubicarte con alguna precisión y hasta para localizarte en tu covacha, pero no me apetece nada perder el tiempo así. A fin de cuentas, aunque no sepa exactamente quién eres, te conozco de sobra, pues ya he visto muchos como tú. Por eso te pido que te largues con viento fresco y sigas haciendo la esquina y cultivando con mayor rédito tu vocación. Ya sé que la crisis económica nos está poniendo en un brete, pero si bajas el precio, seguirás teniendo clientes.
Confío en que con esta misiva te baste y no haga falta tomar otras medidas. Si alguna vez quieres que hablemos, sabes donde encontrarme porque, como habrás visto, firmo con mi nombre y mis señas, no como tú.
Aquí termina nuestro díalogo y hasta aquí llegó la consideración que me mereces.

24 diciembre, 2011

Navidad

Nunca me han gustado especialmente las fiestas navideñas. Bien es verdad que ya no milito y que me he hecho acompasado asistente que ya no busca para su discurso crítico víctimas inocentes con gorro de Papa Noel. Además, con cierta preocupación observo que hasta empezaban a agradarme algunas luces navideñas en las ciudades –digo algunas, ojo-, justo ahora que las crisis de las lleva por delante y nuestras urbes se van pareciendo en estas fechas a lo que me imagino que sería el ambiente lumínico en Vladivostok en tiempos de Stalin. Es el sino de algunos: o no llegamos, o llegamos tarde. Menos mal que nos quedan los centros comerciales. En León hay ahora mismo al menos uno primorosamente iluminado y, lo que tiene más mérito, sin trineos de bombillas ni estrellas de Belén. Quien quiera saber por anticipado hacia donde van las mentalidades y los usos, que se fije en los centros comerciales. En lo que al asunto navideño toca, ellos sintetizan y avanzan la nueva naturaleza del espíritu de estos días: la más grande festividad de una religión laica.

Las reuniones familiares ante la mesa tampoco son mi estricta vocación, aunque cómo no reconocer que representan la mejor muestra del modo en que la sacrosanta institución familiar se hace objeto de museo y de recuerdo a fecha fija, como las grandes batallas del pasado, las fiestas nacionales o las efemérides de algún descubrimiento notable. Más todavía, la actual organización de las familias con motivo de la navidad constituye el más claro laboratorio para apreciar cómo nacen y se consolidan las reglas sociales, nuevos usos que, luego, los jueces reconocerán como derechos y que el legislador autonómico recogerá enseguida en sus códigos civiles. Me refiero, por ejemplo, al reparto de los hijos de matrimonios separados o divorciados, nochebuena en casa de la madre de mamá y nochevieja en la de los padres de papá; o al paréntesis que en estos días hacen muchas parejas de hecho, para que cada uno esté dizque con los suyos y que parezca que siguen vigentes las normas antañonas. La navidad es también tiempo de provisional armisticio y la vieja costumbre bélica de interrumpir las batallas y brindar de trinchera a trinchera se traduce aquí en tregua entre cuñados, en esmerados buenos deseos entre consuegros y hasta en puntuales colaboraciones entre yernos y suegras, nueras y suegros, todos de colmillo retorcido. Sólo el guirigay de los niños nos recuerda que jamás se está del todo a salvo, ni por un rato siquiera, y que la vida sigue, con su crueldad de algodón.

Todo se aprende con el uso y la repetición y es muy probable que, para muchos, la liviandad del ánimo navideño se alimente de resentimientos surgidos en la infancia. Así de descarnadamente he llegado a explicarme mi propia actitud y mi muy moderado entusiasmo. Cuando niño, se me hacía cuesta arriba ese espíritu navideño que transmitían las radios y la televisión y que en mi casa y mi pueblo era levísima e imposible imitación. Las vacas comían todos los días, mis padres tenían que levantarse a la misma hora tempranísima para ordeñarlas, la austeridad innata del campesino no era muy compatible con el adorno y la simulación, el dinero no daba para excesos y en mi casa solíamos tener nada más que una tableta de turrón duro y otra del blando. Los regalos, por reyes, eran solamente un regalo modesto. La aversión a la navidad, pienso ahora, es el rescoldo de resistencia de quienes no tuvimos ocasión o agallas para hacernos revolucionarios. Es mejor templar gaitas que autoanalizarse.

Para mí la nochebuena y la nochevieja eran como las tardes de domingo, pero multiplicadas, momentos para una melancolía irreflexiva y para una nostalgia sin objeto. Creía que me perdía una fiesta sublime que tantos otros disfrutaban, o que se me hurtaba un gozo colectivo que era privilegio de los urbanitas y los adinerados. Luego ya vi que no y me fui tranquilizando.

Dentro de un rato cenaré con buen ánimo junto a mi familia política. Mis padres murieron, mi hijo hace felizmente su vida en California, la pequeña Elsa arde de entusiasmo porque va a encontrarse con sus primos y considera que es una gran juerga, tengo ganas de fumar y al teléfono móvil no paran de llegar felicitaciones. Por cierto, acabo de leer en un libro magnífico (Bill Bryson, En casa. Una breve historia de la vida privada), que la felicitación navideña mediante tarjetas fue una invención de un tipo inglés llamado Henry Cole, allá por la mitad del siglo XIX, con el propósito de animar a la gente a utilizar el nuevo correo de a un penique (p. 21). Ahora son las cadenas de grandes almacenes las que alientan la autenticidad del espíritu de la navidad y de sus ritos.

Es posible que haya personas que celebren el aniversario del nacimiento de Cristo, no digo que no. Pero hasta mi querida suegra anda más preocupada por el calibre de las almejas o la frescura de los langostinos. No seré yo, repito, quien ponga pegas al amor universal ni a los afectos programados. En modo alguno. Lo que no voy a hacer, porque todo tiene un límite, es escuchar el discurso navideño del Rey. No me lo tomen a mal.

Feliz navidad, amigos, disfruten todo lo que en su mano esté y que cada cual lo viva como pueda o como prefiera, como amoroso concilio o como aquelarre. Les deseo lo mejor, de corazón. Mañana será otro día y ya vendrán los lunes o los miércoles con sus prosaicas y muy dichosas rutinas.

23 diciembre, 2011

Materia oscura

El silencio, lo que callamos, es la materia oscura del universo particular de cada cual. Lo que no se confiesa, lo que no se explicita, lo secreto, lo más íntimo, recóndito, personal y propio en exclusividad está ahí y de su presencia se sabe por sus efectos, porque altera la rotación esperable de las vidas, porque, sin que se conozca, explica las figuras inesperadas, los quiebros de la geometría previsible a partir los datos compartidos. Cuando las estrellas, los planetas y sus satélites no mantienen el camino que les asigna el cálculo no es porque la física engañe, traicione la matemática o la geometría mienta, es porque en la cuenta no se considera lo que está y no se ve, lo que los telescopios no captan por muy perfectas que sean sus lentes. Pero el cálculo, al fin, acaba siendo prueba de que hay más de lo que se pensaba y de lo que se ve. La materia oscura debe suponerse presente en su no presencia tangible, pues sin ella no habría más explicación que el azar y el caos, que nada explican. Las órbitas en el cosmos no son azarosas, pero su orden y su dinámica tienen un fondo de misterio, dependen de lo que se nos escapa, de algo inasible que también pulula.

Somos a eso idénticos los humanos, cada cual en su mundo. Si de cada uno se conociera lo que no transmite, lo que se guarda, lo que queda encerrado y fuera de la vista ajena y hasta de la propia conciencia a veces, seríamos previsibles, prosaicamente cartografiables. Pero no hay cálculo posible de lo que se abriga en el silencio y todo diagnóstico es a toro pasado: Fulano no hizo lo esperable porque era y tenía más de lo que de él se podía percibir. Y todo diagnóstico así carece de cualquier virtualidad para sentar regularidades y previsiones, pues nunca se sabe qué más hay que se hurta, qué configuraciones nuevas se están ya tejiendo bajo otros silencios.

Relacionar nuestra materia oscura con la sinceridad o las lealtades es engañarse y engañar, pues implica querer prescribir lo inasible, organizar lo aleatorio, encauzar lo que se desborda, poner puertas al campo o enjaular el aire. Las cosas funcionan al revés y puede que no haya forma mejor de entender el abismo que separa al individuo de la vida social. Con cada norma que nos impone el decir, se está incitando al callar para no despersonalizarse, para no convertir la identidad particular en repetición homologada. Con cada propósito de enderezar acciones y reacciones se propone una traducción imposible de lo complejo a términos sencillos. Entenderse en sociedad, en convivencia y en cualesquiera instituciones, sólo es posible a base de negar lo evidente, de no asumir que no somos como parecemos y que nos adaptamos a los otros para mantenernos, al fin, en nosotros mismos, que nos desdoblamos y somos como nos quieren para poder seguir teniéndonos, cada uno, como somos.

Sin el íntimo secreto, sin la pulsión que ponemos a buen recaudo bajo el candado del silencio, uno de esos dos polos irreconciliables desaparecería, se lo tragaría la tierra. O bien adquiriríamos la condición inerte de los puros objetos, o bien estallaría la sociedad en mil pedazos, opción mucho más probable. No nos soportaríamos unos a otros sabiéndonos todos por entero, las costuras de las sociedades, hechas de mil y una normas y convenciones, se romperían ante la constatación de que no se es lo que a los demás parece y de que no hay dos seres humanos iguales. Al callar nos salvaguardamos, pero también somos caritativos con el prójimo, el mismo prójimo al que no vemos. Mantener las apariencias es la única manera de que el grupo sea lo que representa, pues el grupo no es otra cosa que apariencia, evanescente fantasmagoría. A convivir se aprende, pero se es sin aprendizaje y aun a costa y por encima de todos los aprendizajes.

Las patologías no son sino desbordamientos, ruptura de las compuertas. Es ineludible clasificar al loco, al demente, al que perdió la cabeza y mostró lo que tenía dentro o actuó como era, como somos. No es solo que la sociedad tenga que catalogar como atípico lo más normal y como típico lo enteramente artificioso; es, sobre todo, que cada uno de nosotros debe defender su lado íntimo y oscuro reprochando al que nos delata y nos retrata, al que ya no se esconde, al que por accidente o desarreglo se volvió transparente. Nos vemos en él como no queremos vernos, para que no nos vean. Porque él no es distinto en su fondo, simplemente perdió el pudor y pagará por ello.

Recuerdo una viejecilla que vivía en la residencia en la que pasó mi madre sus últimos años. Iban sus hijos a visitarla y con toda la calma les contaba lo que jamás habían oído, que nunca había querido bien a su marido y padre de ellos, que el amor de su vida se llamaba Felipe y que ahora nada más que en él pensaba, que tal vez alguno de esos hijos no lo era del marido, que se había consolado con amantes y ensoñaciones. Los otros ancianos la miraban y callaban, los hijos espaciaban las visitas, el reto se iba haciendo para todos insoportable. Más de uno de sus seres queridos desearía que la mujer hubiera muerto antes de tornarse tan lúcida e indiferente. Y eso que, al fin y al cabo, sus secretos desvelados eran de lo más normales. Era una persona del montón.

Claro que cabe la autonegación y la negación del otro, al menos como tentativa. Para eso sirven ciertas instituciones, empezando por la familia. Entiéndase, estamos hablando del que huye de sí para refugiarse por ejemplo en el matrimonio como en una camisa de fuerza hecha de reglas estrictas, del que se quiere convencer de que la obediencia a las normas es vocación y de que disolverse en ellas es realizarse, aquel que vanamente desea librarse de la doble vida a base de desvivirse. Prohibirse pensar, vedarse la fantasía, reprimirse las pulsiones no reglamentadas, cercenarse toda individualidad no normalizada, disolverse negándose.

No se puede comprender cabalmente la dinámica amorosa y de pareja sin esa tensión constitutiva. El que intenta autodisciplinarse hasta en lo más íntimo hace prisionero al otro y lo parasita. Vigila obsesivamente a su contraparte para que bajo ningún concepto se salga del guión y poder así pensar, él, que también se ha librado de sí mismo. El amante celoso es el que no se atreve a sincerarse consigo mismo, el enamorado posesivo es quien a sí mismo se ha desposeído y no quiere, en su inanidad, ser menos. Aquel que busca en otro ser la seguridad y el orden vital es quien se siente más inseguro y se asusta. El más exaltado enamorado suele ser quien a sí mismo ni se acepta ni se quiere. Es el que ama las reglas en lugar de querer a la persona. Empeño vano, y bien se sabe que es así. Por eso tantas veces el amor desemboca en la deliberada destrucción del ser amado, su destrucción psíquica muchas veces, de vez en cuando física también. Al matar, figurada o realmente, a aquel en quien proyectamos nuestros propios dilemas, nuestras ansias inconfesadas, nuestra materia oscura, tratamos de destruirnos a nosotros mismos, es autoflagelo, estúpida pretensión de ponerle sanción a lo incontrolable, a nuestro propio descontrol. Siempre que se castiga a alguien, en cualquiera de los niveles de convivencia y bajo cualquier forma, el verdugo se está sancionando a sí mismo. Todo castigo es castigo propio y toda represión es refuerzo de la propia represión.

No hay más amor bueno que el de los individuos fieramente libres, de los que a sí mismos se conocen y se asumen, de los que no ansían cárcel, sino liberación. Quererse, querer a otro, es ayudarse a romper compuertas, es retarse para buscar a dúo la síntesis posible entre lo que se puede ser y lo que se querría hacer. Amar a alguien es asumir el riesgo de mirar al otro lado y verse reflejado, de desnudarse, de aceptar y aceptarse. Amar es animar al amado a estar solo, pero más gratamente, con la complicidad de saberlo único, y el deseo de apoyarlo para que tenga un refugio pequeño para vivir en paz con sus secretos. El único amor es un pacto entre solitarios y se construye con silencios y con una infinita curiosidad. Porque nunca, nunca, sabremos qué hay detrás de esa mirada o de aquel gesto ni cuánto nos anima ese misterio, que es el nuestro.

22 diciembre, 2011

Lupanar

(Publicado hoy en El Mundo de León. La noticia aludida puede verse aquí)

O son unos idiotas o son unos malnacidos. O ambas cosas. Y son legión, una barbaridad de cretinos así, desde las altísimas esferas hasta los oscuros villorrios. Asusta tal cantidad de trincones con rostro de pedernal. Estos que decimos son de dos tipos. Uno es el de los que montan un chiringuito jurídico para promover y organizar eventos deportivos, actos culturales y hasta obras de beneficencia. Según lo vean, le dan la forma de sociedad mercantil, de fundación o de otra entidad cualquiera sin ánimo de lucro. El objetivo declarado puede ser el de fomentar el mus, conseguir carreras de coches, impulsar los torneos medievales, montar una exhibición tenística o rascar la espalda a los mancos, da igual. Da igual con tal de pescar un pastón a base de fingimientos. Los otros son gentes de partido con mando en plaza: alcaldes, presidentes autonómicos, consejeros...

Esas dos clases de pícaros tienden a encontrarse, están hechos los unos para los otros. El de la sociedad tal o el instituto sin ánimo de lucro cual va a ver al pillo con autoridad y le hace su ofrecimiento, mientras le guiña un ojo y cruza las piernas dejando ver un liguero tejido con billetes. Que mira, corazón, pichoncito mío, cuerpo serrano, que te ofrezco montar aquí mismo una competición de tiro con arco a la que te voy a traer los mejores arqueros para que te vean y te admiren y que te lo hago todo por medio millón de euros y no te vas a arrepentir. Y el pájaro con despacho oficial dice que sí y que firmamos ahora mismo porque me resultas irresistible, pongamos tres años, añadamos un certamen de dardos y un festival de canción ligera de cascos y redondeemos en un milloncejo. Luego ni hay dardos ni aparecen los arqueros ni se canta por lo ligero, pero la pasta gansa sale de las arcas públicas por las buenas o por las malas y nos quedamos sin saber cómo se reparte entre los buscones.

Al mismo tiempo, se nos informa de que se acabó el dinero para ayudas sociales, que la ley de dependencia no se puede aplicar apenas y que tal vez haya que rebajar las nóminas de los curritos que no tienen culpa. El Ayuntamiento de León, por cierto, ha de pagar setecientos mil euros por un apaño de esos para hacer un máster de tenis. Y no pasa nada.

20 diciembre, 2011

Investigar y rascar, todo es empezar

Allá por septiembre se publicó una resolución del Consejo Superior de Deportes (Presidencia del Gobierno) por la que se convocaban ayudas para "la realización de proyectos de investigación, estudios, organización de actos científicos y publicaciones periódicas en áreas de interés deportivo para el año 2012".
Acabo de echar un ojeada a la resolución y he ido mirando por encima los títulos de los proyectos y las actividades que han salido airosos y van a tener financiación. La mayoría suenan ciertamente científicos y, por tanto, enigmáticos para mí. Supongo que tendrán buena sustancia. Pero hay unos pocos cuyos títulos o temáticas me han hecho un poco de gracia, con este humor que se le pone a uno cuando ve que no le llega la llamada de Rajoy. Que no me lo tomen a mal los responsables de esos proyectos que voy a citar y de los que solamente conozco el título. Seguro que están muy bien y de corazón los felicito. Además, si algún problema hubiera en algún caso, no sería culpa suya, sino..., sino... de quien sea.

Mi selección particular de esa larga lista:

- "Acceso de las mujeres a puestos de dirección en organizaciones deportivas pertenecientes a la Comunidad de Madrid".
- "Factores de la práctica deportiva y ejercicio físico en los estilos de vida de la juventud española".
- "Tras el velo: mujeres inmigrantes magrebíes y deporte para la integración social".
- "La factura en los servicios deportivos municipales (creación de una herramienta para el control y sostenibilidad)". Sí, dice "sostenibilidad".
- "Adherencia de la mujer al deporte: Un análisis de los motivos de práctica físico-deportiva a partir de la teoría de la autodeterminación". Lo de "adherencia" no es una errata mía.
- "III Encuentro Nacional de Observatorios del Deporte". Con lo que me gustan los observatorios, quién podía dudar de que este me encantaría.
- "SDF: Apoyo al deporte femenino y creación de cultura de la igualdad entre el alumnado de Periodismo y Comunicación de la UEM a través de metodologías activas y el aprendizaje de competencias y valores. El asentamiento del programa de radio "SDF" y su web".

El año que viene (si es que Rajoy no suprime o recorta el año que viene, para que pasemos directamente al 2013 y ahorremos algo, o para que termine en julio y salgan las cuentas) voy a pedir yo uno de estos con unos amigos que entiendan (de deporte, quiero decir). Ya ando dando vueltas a los posibles títulos. A ver cuál les parece mejor y con mayores posibilidades de éxito y pasta:

1) "Natación sincronizada de señoras magrebíes con velo y sayón integral: problemas de flotabilidad".
2) "Problemas de adherencia de la mujer deportista e incidencia en su vida matrimonial o de pareja".
3) "La autodeterminación del deportista como derecho fundamental: recursos y estrategias frente al entrenador que no te mete en la alineación".
4) "La fractura en el deporte municipal: creación de herramientas óseas sostenibles".
5) "Natación con tanga finito: instrumentos de protección anal mediante apósitos analógicos".
6) "La cultura de la igualdad en los vestuarios masculinos: herramientas de escucha, control y represión para que no se hable de lo que se habla todo el rato".
7) "Observatorios deportivos para ciegos: dificultades e implicaciones desde una visión basada en competencias y valores".
8) "I Congreso Nacional de Sedentarios y problemas de transporte y desplazamiento: por videoconferencia y sin esfuerzo".
9) "El volumen abdominal y su incidencia en la práctica deportiva: hacia la sostenibilidad física de los orondos".
10) "Estudio cuantitativo y cualitativo de la ingesta frecuente de cerveza en la práctica deportiva. Perspectiva de género".
11) "A calzón quitado: proyecto de creación de la Federación de Deportes Nudistas (FEDENUD)"
12) "Efectos vasculares de las prácticas sexuales en grupo: análisis teórico-práctico".
13) "La práctica de la esgrima entre las catedráticas de Derecho Romano: hacia una implementación sostenible de las políticas de igualdad basadas en competencias".
14) "La práctica del ciclismo entre lo párrocos gerundenses: factores éticos y motivacionales".
15) "Creación de una web de webs deportivas para el asentamiento de las webs del deporte".
16) "Factores criminógenos en los deportistas casados: propuestas para la conciliación de la vida deportiva y familiar".
17) "Madres políticas y deporte: estudio empírico y analítico de la opinión de las suegras sobre la actividad deportiva de sus yernos, en el marco de las políticas de igualdad".
18) "Estrategias de sostenibilidad en la barra fija: enfoque mediambiental".
19) "El otro dopaje: encuesta de militancia en partidos políticos de los deportistas profesionales".
20) "Pito sostenible: física, química y aerodinámica del silbato arbitral en los deportes de pelota".

Ya me dirán. Si alguno de ustedes se encapricha con un tema, se lo cedo gustoso y sin comisión.

18 diciembre, 2011

Cómo rehacer las plantillas universitarias

¿Sobran en las universidades profesores? Hombre, así de sopetón eso es mucho decir. Posiblemente en algunas sobren profesores de determinadas materias o, como se decía hasta hace poco, de ciertas áreas de conocimiento. Pongamos un caso imaginario, pero que tendrá su correspondencia real en alguna parte: si del área A hay en plantilla cuatro catedráticos y cuatro profesores titulares y esa área no tiene más docencia que una única asignatura en una sola titulación y, para colmo, tal asignatura es semestral, sí que estamos ante un desajuste, sin duda. O un desbarajuste.

En circunstancias normales, en el sentido de habituales (que ninguno de esos profesores titulares se haya acreditado para catedrático y su ascenso se supedite a la carga docente del área, que no tengan esos docentes un prurito laboral muy marcado o una ética profesional excesivamente exigente…), tal profesorado se sentirá intensamente feliz, pues, repartiendo a partes iguales la docencia, salen a unas diez horas de de enseñanza al año. No se desloman con la enseñanza. Tal vez el área B no cuente, sin embargo, con profesores bastantes para las clases que le tocan y haya que contratar a alguien para llenar ese hueco.

En líneas generales, y más en época de vacas flacas y crisis galopante, esa descompensación debería corregirse. ¿Cómo? Habría al menos tres vías, que también podrían combinarse en alguna proporción. Veámoslas.

a) Tomar en cuenta la investigación de cada profesor, investigación acreditada con criterios objetivos. No es grave, casi al contrario, que un profesor universitario tenga pocas clases, si su labor investigadora es intensa y da fruto. Es más, los resultados investigadores deberían computar dentro del cálculo global de la carga laboral y del rendimiento del profesorado. Así, el problema se presentaría nada más que con aquellos que ni enseñan apenas ni investigan casi nada. Haberlos, haylos.

b) Organizar la enseñanza sobre la base de la disponibilidad efectiva de profesorado para cada materia. Se fijaría un mínimo razonable de docencia por persona que cobra como profesor y, simplemente, las áreas mejor dotadas de personal tendrían más grupos. Si aquella área A tiene cien alumnos en un solo semestre, se hace el cálculo de en cuántos grupos se han de dividir sus cien estudiantes, en función del mínimo horario de cada profesor. Si resulta que cada uno de los docentes tiene para sí un grupo o dos de cinco estudiantes, será fantástico, se estará alcanzando el viejo y mentiroso (hasta ahora) ideal de la enseñanza de calidad muy personalizada. Hasta se podrá hacer en serio evaluación continua, seguimiento individual y demás aspiraciones que siempre se ponen en los papeles pero jamás se toman en serio.

c) Que ese profesorado imparta docencia en áreas afines, cercanas. Con esto estamos hablando del Coco y ya se me van a echar encima más de cuatro indignados. Pero tratemos de racionalizar el asunto. Permítanme que, para no complicarme más, ponga ejemplos de lo que me es más cercano, el Derecho. Un catedrático o titular de Filosofía del Derecho ha de ser capaz, si en algo se estima, de explicar Derecho Constitucional o lo que tradicionalmente se llamaba parte general de Derecho Civil. Y más cosas, especialmente unas cuantas partes generales. Uno de Historia de Derecho ha de poder con el Derecho Romano, y un romanista con la Historia del Derecho. Un mercantilista tiene que estar capacitado para habérselas con la asignatura de Derecho Civil que versa sobre obligaciones y contratos. A un profesor de Derecho Tributario hay que suponerlo en condiciones de enseñar los rudimentos primeros del Derecho Administrativo. Y así sucesivamente.

Lo que no cabe razonablemente es organizar esos tránsitos por la brava. Convendría combinar dos criterios. El primero, la elaboración de un catálogo indicativo de áreas y materias afines. El segundo, dar a cada profesor la opción de señalar, sin pillerías circunstanciales, las áreas cercanas a la suya para cuya enseñanza, en caso de necesidad, se considera más capacitado en razón de su formación, su investigación y su experiencia.

Pero pongamos que, o bien porque las anteriores medidas no se ponen en práctica o bien porque, aun con ellas, las plantillas siguen gravemente desajustadas, algunos se pasan el tiempo silbando tangos. Y que, en tal situación y con la crisis que asfixia, las universidades llegan a la conclusión de que sobra profesorado. Insisto, no debería ser así si se atendiera a las medidas hace un momento expuestas, pero aceptemos como hipótesis que se quiere descargar un tanto las plantillas. ¿Cómo habría que hacerlo para que la calidad de la enseñanza y de la investigación no se resintieran y para que no pagaran justos por pecadores?

Antes que nada se debe resaltar que las dos medidas facilonas que muchas universidades están aplicando son una catástrofe y carecen de toda justificación en términos de calidad académica. Ni se debe dejar de renovar el contrato a los jóvenes profesores contratados que sean bien competentes ni tiene pies ni cabeza la actual política de prejubilaciones de los profesores funcionarios. Por lo general las prejubilaciones sirven para que se vayan a su casa, hartos y aburridos, los docentes e investigadores más expertos y capaces, mientras que los mantas se quedan en sus puestos porque dónde van a vivir mejor y marcar más paquete sin merecerlo. Con las excepciones que se quiera, por supuesto. Que se prejubile con sesenta años un catedrático cargado de sexenios de investigación y en plena madurez es una catástrofe que solo pueden asumir ciertas cabezas de chorlito con mando en plaza. Salvando las distancias que haya que salvar y rogando que el ejemplo se me entienda nada más que en lo que valga, es como si a “El Guaje” Villa o a Xavi Alonso les dijeran: mira, cuando llegues a los veintiocho años puedes irte a tu casa y no jugar más, pero seguirás cobrado lo mismo que hasta ese momento percibías en el Barcelona o el Madrid. Supina estupidez. Naturalmente, estoy hablando desde el punto de vista de la institución y sus funciones y no juzgo a los que aprovechan tal tesitura para largarse y decir ahí os quedáis. Si cuando un servidor cumpla los sesenta esa posibilidad de prejubilarse se mantiene (no creo), me lo plantearé seriamente. Una cosa no tiene nada que ver con la otra. Si me insinúan que ya no hago falta pero que me pagan igual, a lo mejor los tomo por la palabra y me libro de Bolonia y los pedagogos. Aviso.

No hay tratamiento acertado sin un buen diagnóstico previo. Y el diagnóstico apropiado, creo, es este que paso a exponer. Hay una mayoría de profesorado competente o muy competente. Y tenemos también un cierto número de “paquetes”. Digámoslo sin tapujos y a calzón quitado. Yo mismo conozco unos pocos profesores de Derecho de unas u otras universidades que no tienen ni repajolera idea de nada. Cuando digo nada, digo nada. Docentes de la materia jurídica tal o cual que ni están al día de la legislación correspondiente ni investigan un carajo ni leen un libro de su disciplina desde hace varios lustros. No serán muchos, pero son, eso va a misa, y el que diga lo contrario es que está en la inopia o aplica una caridad muy mal entendida. Pero están y cobran casi tanto como los mejores. Además, suelen ser los que más tocan los cataplines y más indignados se ponen cuando se les dice que tienen clase por la tarde o que deben explicar un viernes. Esos son los que sobran, si es que sobra alguien. A la puñetera calle. Con puente de plata si hace falta. No hay mejores candidatos para una dorada prejubilación. ¿Que no hay derecho porque cobrarán sin trabajar? Caramba, pero si ya no dan palo al agua ahora. Aire. De paso, la calidad real de la docencia aumentará considerablemente y el promedio de los resultados investigadores del personal se incrementará de inmediato.

Concretemos. Imaginemos que se concluye que para que los números cuadren sobran tres profesores de Derecho, Física, Química o Filología Hispánica. ¿Cómo los elegimos para incitarlos a la prejubilación, aunque sea ganando más que si trabajaran? Muy sencillo. Se ponen en relación sus años de dedicación con su número de sexenios investigadores o con cualquier otro criterio de rendimiento lo más objetivo posible. Y a los tres a los que les resulte el índice más bajo de rendimiento se les muestra amablemente la puerta de salida. Ganarán ellos, aunque se aburran en casa, y, sobre todo, ganará la universidad y se beneficiarán los estudiantes.

Por supuesto, en un tal proceso de descarte no pueden admitirse los truquitos baratos. Nada de computar favorablemente el tiempo en carguetes o el haber formado parte de múltiples comisiones y comités. Peor me lo ponen. A la rue y a vigilar obras con los jubilatas. Es más, me permito un ejemplo que tal vez no me van a tomar en serio, pero que en serio planteo. Para todo catedrático que haya sido rector ocho años la jubilación de lujo tendría que ser obligatoria. Perdieron el tren por andar en moto. A otra cosa, mariposa. Si su vocación se mantiene incólume, pese a tan largo desfallecimiento, nada les impedirá seguir produciendo excelsos resultados desde su casa; o desde su despacho en la Facultad, si se les conserva. Pero fuera de las plantillas.

No me digan que me he puesto utópico e irreal del todo, pues bien lo sé. Es obvio que nada se va a hacer de tal manera. Nos gobierna la chusma, la chusma política y profesoral. Solo les estorban los competentes. Así que esperanza no hay, aunque las soluciones sean de cajón. Pero que no se diga que, al menos, no se dice.