Hace tiempo que la falta de
tiempo y un poquillo de cansancio me tenían sin venir mucho por el blog. Tengo
propósito de enmienda.
Hoy me hace tomar las teclas el
desconcierto que me ha causado el asesinato de Isabel Carrasco, presidenta de
la Diputación de León. Sorprende y asusta esa muerte, y también el efecto en
los medios de comunicación. A eso voy.
Lo primero de todo: condeno sin
paliativos el asesinato y lamento una muerte así. Esto lo digo sin reservas.
Además, el peso de la ley debe caer sobre quienes han realizado tal hecho
atroz, tampoco sobre esto tengo ninguna duda.
No quiero ser incorrecto en
ningún sentido, me acojo a la prudencia y no busco polémicas de mala clase. Nunca
traté personalmente con Isabel Carrasco. Sobre ella he oído hablar en estos
años en León a mucha gente. Había muchos que no la querían, tengo amigos y
conocidos que andaban en pleitos con ella y que no gustaban de su carácter y
sus maneras. Otros dirán pestes de mí, es normal. Aunque alguien fuera la peor persona
del mundo (y seguro que la tristemente fallecida no lo era) el asesinato vil no
se justifica.
Tampoco pretendo referirme al eco
diferente que acontecimientos terribles como este tienen en los medios de
comunicación y en las conversaciones de la gente. Hace unas semanas, también en
Castilla y León, una psicóloga joven fue asesinada de manera espantosa por una
de sus pacientes. Salió la noticia en los periódicos, pero el hecho no dio
demasiado que hablar, se vio como una fatal desgracia y nada más. Cierto que
cuanta mayor es la fama del muerto o más relevancia pública tienen su oficio o
su cargo, mayor es el ruido, y podemos considerar eso socialmente normal. Si
alguien matara a un futbolista de equipo grande o a un conocido cantante,
también serían abundantes los comentarios y las reflexiones de todo tipo. Al
menos socialmente, no es verdad que la muerte nos iguale, la muerte indica las
diferencias sociales, la diferente consideración social, para bien o para mal.
Dicho lo anterior con cuanta
claridad he podido, en lo que sigue me propongo reflexionar ya con total independencia de este hecho
concreto y de la persona de Isabel Carrasco, que en paz descanse. No voy a
referirme a ella ni expresa ni tácitamente, sino que manejaré hipótesis y haré
comparaciones que no afectan ni a la fallecida ni a su memoria, aunque sean
algunas cosas leídas y oídas estos dos días las que desencadenen estas
consideraciones.
Estamos férreamente en contra de
que se mate intencionada y violentamente a cualquier persona. Así que,
concluyo, estaremos también en contra de la pena de muerte, allá donde se
aplique, y tampoco habremos aprobado, por ejemplo, que soldados norteamericanos
mataran en su día a Bin Laden. Repárese, además, en el dato adicional que
supone el que sea el Estado el que mate, cuando los estados tienen medios para
apartar al delincuente de la sociedad y evitar el riesgo que para ella supone.
Permítaseme otro ejemplo. Supongamos que un peligroso narcotraficante, con
muertes a sus espaldas, es asesinado por un ciudadano que de esa manera se
quiso vengar porque tenía graves cuentas pendientes. El que se oponga a la
violencia y el asesinato, condenará también esa acción con toda contundencia.
No admitimos, por tanto, tales ajustes de cuentas, ni entre particulares ni,
menos, por obra del Estado y su aparato.
A lo anterior alguien puede
replicar que tal rechazo de la violencia homicida tiene que matizarse en razón
de la calidad moral y según que la víctima llevara una vida honesta y virtuosa
o una vida malvada. Pero quien así piense deberá admitir dos cosas. Una, que la
condena moral del asesinato ya no será genérica y plena, sino condicionada en
su grado por esa calidad moral de la víctima. Dos, que si esas cualidades
morales de la víctima cuentan en tal sentido, ha de poder hablarse con cierta
libertad de tales cualidades morales de cada concreta víctima, a efectos de que
se pueda formar adecuadamente aquel juicio condicionado. Intentaré explicar
esto un poco mejor y con unos ejemplos que nada
tienen que ver con la difunta Isabel Carrasco.
Imaginemos que en el mismo día y
en lugares distintos han sido asesinados a tiros el señor A y el señor B, y lo
han sido por particulares movidos por el odio y la sed de venganza por alguna
razón particular. A era simpatizante de un grupo terrorista y algunos creen que
pudo él mismo haber participado en acciones terroristas, aunque nunca había
sido condenado por ello. B era un político al que ciertos ciudadanos imputan
algunas formas de corrupción y abuso de sus cargos, si bien tampoco había
recibido condena judicial ninguna. ¿El tratamiento y la consideración de A y de
B deben ser los mismos o pueden ser distintos? Si alguien osa decir, por ejemplo
en las redes sociales, que puede haber alguna justificación para la muerte de A
¿merecerá el mismo reproche moral o, en su caso, jurídico que si lo mismo
afirma para la muerte de B?
Si no hay justificación para
matar ni a A ni a B, o bien está mal aludir a la conducta en vida de ambos o
bien es admisible aludir a la conducta en vida de los dos, en este último caso
para sostener que ninguna de tales conductas vale como excusa o atenuante moral
para la acción del homicida. Lo que no parece muy congruente es que, por razón
del tipo de actividad o profesión que uno u otro desempeñaran, se admitiera la
mención de las acciones del uno y no la mención de las acciones del otro. Y,
desde luego, no resultaría fácilmente explicable que el hecho de que uno de los
dos, B, fuera político, se considerara como motivo bastante para que de su
conducta en vida no se pudiera decir nada. O la mala conducta justifica en algo
la acción violenta o no la justifica, pero, desde luego, lo que no es de recibo
es que nuestros juicios morales estén condicionados por una especie de
consideración estamental, de modo que el oficio de unos sea razón bastante para
el silencio, mientras que sí podamos decir malas cosas de los que no tienen esa
dedicación o no pertenecen a ese grupo.
Vamos ahora con otra distinción
que no es ociosa, la distinción entre grados de justificación moral y grados de
lástima o de compasión. Imaginemos tres casos. Al señor X lo mató alguien
porque le parecía que era muy antipático; al señor Y, que era director de una
sucursal bancaria, lo mató un ciudadano al que Y le había vendido dolosamente
unos productos financieros que no valían nada, arruinándolo por completo. Al
señor Z le quitó la vida el padre de un niño de cuatro años al que Z había
violado y matado. Tres cuestiones podemos plantearnos al comparar esos tres
casos.
Primera cuestión: si pensamos o
no que la diferencia entre los tres casos da algún grado de justificación moral
a alguno de los homicidios o si creemos que moralmente merecen los tres una
idéntica y terminante condena. Si creemos que no existe justificación moral
ninguna y que la maldad de la acción homicida es en las tres ocasiones la
misma, no tiene sentido o no es para nada relevante que nos pongamos a enumerar
y analizar las conductas diferentes de las tres víctimas o su relación con el
que apretó el gatillo en cada caso. Pero si se estima que sí varía de caso a
caso el grado de reproche moral del autor del homicidio, entonces sí se podrá y
se deberá poner sobre la mesa la conducta de las víctimas, pues son diferencias
en sus conductas las que determinan el grado de condena moral de los autores.
Lo que carecería de toda congruencia, entonces, sería, por ejemplo, que sí se
hablara de los comportamientos de X y Z, por ejemplo, pero no de los de Y, mismamente
porque Y tuviera un oficio relacionado con la economía y las finanzas.
Segunda cuestión. Podemos tener
diferente grado de empatía con el autor de cada crimen, sin que ello enturbie o
aligere la condena moral idéntica de todos ellos. Me parece que la gran mayoría
de las personas comprenderían mucho más al que mató a Z que al que mató a Y, y
más al que mató a Y que al que segó la vida de X. Pero, de nuevo, debemos
preguntarnos si ese diferente nivel de comprensión de los victimarios repercute
o no en el grado de justificación o falta de justificación moral de sus
acciones. Quien piense esto último estará reconociendo que para el juicio moral
hay que hablar e informarse sobre la situación y el sentir del victimario y
sobre los comportamientos de las víctimas. La importancia de estos detalles
sólo la negará con coherencia el que condene moralmente el homicidio voluntario
sean cuales sean las circunstancias.
Tercera cuestión. Puede variar la
pena que nos dé la víctima, la lástima que por ella sintamos. Cabe que bastantes
se apenen mucho más por el asesinato de X que por el asesinato de Z. Si un
ciudadano dijera que le entristece mucho la muerte de X y bastante poco la de
Z, ¿sería moralmente reprochable ese sentimiento y, sobre todo, su formulación
expresa? Creo que la mayoría concluiremos que no. Pero normalmente a ese
ciudadano le preguntaríamos por las razones que alimentan su diferente sentimiento,
le preguntaríamos qué había de diferente en las conductas o la personalidad de
X y de Z, y con tales datos evaluaríamos la mayor o menor racionalidad o
comprensibilidad de esos distintos sentimientos. Lo cual, de nuevo, hace que
tenga que poder hablarse de tales circunstancias atinentes a la víctima, a las
dos o las tres víctimas en comparación, igualmente para las dos o las tres. Y,
desde luego, en mi opinión sería perfectamente posible y racional que alguno
dijera esto: no justifico en modo alguno ninguno de los tres asesinatos, pero
personalmente me apena más la muerte de X que la muerte de Z. A mí me da mucha
más lástima que le roben mil euros a un parado sin recursos que al presidente del
consejo de administración de un banco, lo que no quita para que me parezca mal el
robo en todo caso y que deba condenarse moral y jurídicamente al ladrón en
cualquier caso.
Supongamos ahora otra situación
inventada y que ninguna relación, ninguna, guarda con la desgracia acontecida
anteayer en León. En la ciudad C hay un gobernante enormemente corrupto y con
grandísimo poder. Las víctimas de sus manejos intentan defenderse ley en mano,
pero las instituciones encargadas de velar por la legalidad están en manos de
aquel gobernante y a él fuertemente sometidas, con lo que una y otra vez las
demandas de los perjudicados fracasan por esa vía. Acuden entonces a los medios
de comunicación para airear las fechorías, pero los medios callan y miran para
otro lado, bien por temor o porque están controlados por la misma persona y su
grupo. Es una situación de completa impunidad del malhechor que manda. Uno de
esos dañados pierde los papeles y mata un día a aquel gobernante. Aun
condenando el homicidio, algunos de los ciudadanos intentan decir que, en
aquella situación de abuso de unos e impotencia y abandono de otros, se veía
venir o no era descartable un desenlace tan funesto. ¿Qué pasa si se hace
callar a esos ciudadanos, acierten en algo o yerren en todo, y si se les tilda
de moralmente indeseables y poco menos que cómplices del crimen? Pues pasa que
se da una postrera y definitiva vuelta de tuerca a aquella impunidad, hecha
ahora impunidad post mortem. O sea, del mal hacer de aquel gobernante nunca se
pudo decir ni pío, ni antes ni después. Lo cual da una pésima lección a la
ciudadanía, la lección de que todavía hay clases y que ojito con cuestionar el
orden estamental y discriminatorio. Porque nadie reprocha tanto a tales
ciudadanos si un día es abatido a tiros en la calle un ladrón que intentaba
llevarse el bolso de una viejecilla y ellos dicen que ya se veía que podía
terminar así o que ya se sabe a lo que se arriesga el que anda en tales
maldades.
A veces, y aunque así no sea en
el tremendo caso leonés de ahora, lo injustificable puede tener explicaciones,
explicaciones que no justifican, pero que sí hacen ver causas y motivos de que
ocurra lo que no debe. La gente no tira por la calle del medio o no se echa al
monte cuando ve que las instituciones funcionan y cumplen con sus cometidos. Un
ejemplo sencillo: si cada vez que hay un robo en una casa la policía acude e
investiga con eficacia, la mayor parte de los ladrones son detenidos según la
ley y según la ley juzgados y condenados, ante un nuevo robo el ciudadano
volverá a llamar a la policía y seguirá confiando en los jueces y en la función
disuasoria de las penas. En cambio, si tales instituciones no cumplen labor, si
la policía no llega o no hace apenas nada, sea por falta de celo o de medios,
si los jueces no están a lo suyo, si la impunidad legal es muy grande, a más de
cuatro se les ocurrirá armarse y defender su propiedad a tiros y por su cuenta.
No se justifica, pero tiene explicación. Ahí está la razón de que en las
tiranías haya siempre más violencia, pese a tanto miedo y a tanta represión de
todo tipo.
Volvemos, ahora sí, al indefendible
asesinato de la presidenta de la Diputación de León. Es inadmisible y
rechazable cien por cien. Y nada malo tengo yo que decir de esa mujer, nada.
Pero me sorprende mucho el miedo con que han reaccionado los políticos y los
medios de comunicación, el miedo a la palabra, el miedo a la opinión, el miedo
a los que dicen y el afán censor que nos ha invadido. No se dan cuenta de que
es peor ese remedio que la enfermedad, que los ciudadanos hablan tanto más
entre sí cuanto mayor es la censura en los círculos oficiales y en los medios.
No perciben que la bola de nieve engorda cuando la gente se pregunta por qué en
este caso se quiere reprimir al que opina críticamente, aunque esté equivocado.
La ley es clara y fácil de
aplicar, existen los delitos de calumnias e injurias, caben procesos en defensa
del honor, también del honor de los muertos. Lo que no está en nuestra
Constitución ni en la legislación es la censura, la persecución del discordante
porque discrepe, la furia contra el que se expresa, aunque yerre o se propase.
Tampoco está en la Constitución la discriminación intencionada y mezquina. Si
mañana muere en circunstancias extrañas algún actor o cualquier personaje de la
farándula, al otro día salen en los periódicos y las televisiones todo tipo de
opiniones, sospechas y rumores, que si se drogaba, que si su pareja tenía
cuentas pendientes con él, que si debía dinero a Hacienda, que si tenía
amistades peligrosas, que si una vez se metió en una pelea en un bar, que si el
año pasado lo multaron por conducir borracho, que si no atendía bien a sus
hijos, ete., etc. Pues eso o para todos o para nadie, pero sin estamentos ni
castas. Y si hacemos distinciones y diferencias de trato, que nos digan por
qué, de pronto, son intocables los políticos, o algunos, y es sagrada su memoria; y por qué
tanto miedo.