14 mayo, 2014

Pies de plomo



Hace tiempo que la falta de tiempo y un poquillo de cansancio me tenían sin venir mucho por el blog. Tengo propósito de enmienda.

Hoy me hace tomar las teclas el desconcierto que me ha causado el asesinato de Isabel Carrasco, presidenta de la Diputación de León. Sorprende y asusta esa muerte, y también el efecto en los medios de comunicación. A eso voy.

Lo primero de todo: condeno sin paliativos el asesinato y lamento una muerte así. Esto lo digo sin reservas. Además, el peso de la ley debe caer sobre quienes han realizado tal hecho atroz, tampoco sobre esto tengo ninguna duda.

No quiero ser incorrecto en ningún sentido, me acojo a la prudencia y no busco polémicas de mala clase. Nunca traté personalmente con Isabel Carrasco. Sobre ella he oído hablar en estos años en León a mucha gente. Había muchos que no la querían, tengo amigos y conocidos que andaban en pleitos con ella y que no gustaban de su carácter y sus maneras. Otros dirán pestes de mí, es normal. Aunque alguien fuera la peor persona del mundo (y seguro que la tristemente fallecida no lo era) el asesinato vil no se justifica.

Tampoco pretendo referirme al eco diferente que acontecimientos terribles como este tienen en los medios de comunicación y en las conversaciones de la gente. Hace unas semanas, también en Castilla y León, una psicóloga joven fue asesinada de manera espantosa por una de sus pacientes. Salió la noticia en los periódicos, pero el hecho no dio demasiado que hablar, se vio como una fatal desgracia y nada más. Cierto que cuanta mayor es la fama del muerto o más relevancia pública tienen su oficio o su cargo, mayor es el ruido, y podemos considerar eso socialmente normal. Si alguien matara a un futbolista de equipo grande o a un conocido cantante, también serían abundantes los comentarios y las reflexiones de todo tipo. Al menos socialmente, no es verdad que la muerte nos iguale, la muerte indica las diferencias sociales, la diferente consideración social, para bien o para mal.

Dicho lo anterior con cuanta claridad he podido, en lo que sigue me propongo reflexionar ya con total independencia de este hecho concreto y de la persona de Isabel Carrasco, que en paz descanse. No voy a referirme a ella ni expresa ni tácitamente, sino que manejaré hipótesis y haré comparaciones que no afectan ni a la fallecida ni a su memoria, aunque sean algunas cosas leídas y oídas estos dos días las que desencadenen estas consideraciones.

Estamos férreamente en contra de que se mate intencionada y violentamente a cualquier persona. Así que, concluyo, estaremos también en contra de la pena de muerte, allá donde se aplique, y tampoco habremos aprobado, por ejemplo, que soldados norteamericanos mataran en su día a Bin Laden. Repárese, además, en el dato adicional que supone el que sea el Estado el que mate, cuando los estados tienen medios para apartar al delincuente de la sociedad y evitar el riesgo que para ella supone. Permítaseme otro ejemplo. Supongamos que un peligroso narcotraficante, con muertes a sus espaldas, es asesinado por un ciudadano que de esa manera se quiso vengar porque tenía graves cuentas pendientes. El que se oponga a la violencia y el asesinato, condenará también esa acción con toda contundencia. No admitimos, por tanto, tales ajustes de cuentas, ni entre particulares ni, menos, por obra del Estado y su aparato.

A lo anterior alguien puede replicar que tal rechazo de la violencia homicida tiene que matizarse en razón de la calidad moral y según que la víctima llevara una vida honesta y virtuosa o una vida malvada. Pero quien así piense deberá admitir dos cosas. Una, que la condena moral del asesinato ya no será genérica y plena, sino condicionada en su grado por esa calidad moral de la víctima. Dos, que si esas cualidades morales de la víctima cuentan en tal sentido, ha de poder hablarse con cierta libertad de tales cualidades morales de cada concreta víctima, a efectos de que se pueda formar adecuadamente aquel juicio condicionado. Intentaré explicar esto un poco mejor y con unos ejemplos que nada tienen que ver con la difunta Isabel Carrasco.

Imaginemos que en el mismo día y en lugares distintos han sido asesinados a tiros el señor A y el señor B, y lo han sido por particulares movidos por el odio y la sed de venganza por alguna razón particular. A era simpatizante de un grupo terrorista y algunos creen que pudo él mismo haber participado en acciones terroristas, aunque nunca había sido condenado por ello. B era un político al que ciertos ciudadanos imputan algunas formas de corrupción y abuso de sus cargos, si bien tampoco había recibido condena judicial ninguna. ¿El tratamiento y la consideración de A y de B deben ser los mismos o pueden ser distintos? Si alguien osa decir, por ejemplo en las redes sociales, que puede haber alguna justificación para la muerte de A ¿merecerá el mismo reproche moral o, en su caso, jurídico que si lo mismo afirma para la muerte de B?

Si no hay justificación para matar ni a A ni a B, o bien está mal aludir a la conducta en vida de ambos o bien es admisible aludir a la conducta en vida de los dos, en este último caso para sostener que ninguna de tales conductas vale como excusa o atenuante moral para la acción del homicida. Lo que no parece muy congruente es que, por razón del tipo de actividad o profesión que uno u otro desempeñaran, se admitiera la mención de las acciones del uno y no la mención de las acciones del otro. Y, desde luego, no resultaría fácilmente explicable que el hecho de que uno de los dos, B, fuera político, se considerara como motivo bastante para que de su conducta en vida no se pudiera decir nada. O la mala conducta justifica en algo la acción violenta o no la justifica, pero, desde luego, lo que no es de recibo es que nuestros juicios morales estén condicionados por una especie de consideración estamental, de modo que el oficio de unos sea razón bastante para el silencio, mientras que sí podamos decir malas cosas de los que no tienen esa dedicación o no pertenecen a ese grupo.

Vamos ahora con otra distinción que no es ociosa, la distinción entre grados de justificación moral y grados de lástima o de compasión. Imaginemos tres casos. Al señor X lo mató alguien porque le parecía que era muy antipático; al señor Y, que era director de una sucursal bancaria, lo mató un ciudadano al que Y le había vendido dolosamente unos productos financieros que no valían nada, arruinándolo por completo. Al señor Z le quitó la vida el padre de un niño de cuatro años al que Z había violado y matado. Tres cuestiones podemos plantearnos al comparar esos tres casos.

Primera cuestión: si pensamos o no que la diferencia entre los tres casos da algún grado de justificación moral a alguno de los homicidios o si creemos que moralmente merecen los tres una idéntica y terminante condena. Si creemos que no existe justificación moral ninguna y que la maldad de la acción homicida es en las tres ocasiones la misma, no tiene sentido o no es para nada relevante que nos pongamos a enumerar y analizar las conductas diferentes de las tres víctimas o su relación con el que apretó el gatillo en cada caso. Pero si se estima que sí varía de caso a caso el grado de reproche moral del autor del homicidio, entonces sí se podrá y se deberá poner sobre la mesa la conducta de las víctimas, pues son diferencias en sus conductas las que determinan el grado de condena moral de los autores. Lo que carecería de toda congruencia, entonces, sería, por ejemplo, que sí se hablara de los comportamientos de X y Z, por ejemplo, pero no de los de Y, mismamente porque Y tuviera un oficio relacionado con la economía y las finanzas.

Segunda cuestión. Podemos tener diferente grado de empatía con el autor de cada crimen, sin que ello enturbie o aligere la condena moral idéntica de todos ellos. Me parece que la gran mayoría de las personas comprenderían mucho más al que mató a Z que al que mató a Y, y más al que mató a Y que al que segó la vida de X. Pero, de nuevo, debemos preguntarnos si ese diferente nivel de comprensión de los victimarios repercute o no en el grado de justificación o falta de justificación moral de sus acciones. Quien piense esto último estará reconociendo que para el juicio moral hay que hablar e informarse sobre la situación y el sentir del victimario y sobre los comportamientos de las víctimas. La importancia de estos detalles sólo la negará con coherencia el que condene moralmente el homicidio voluntario sean cuales sean las circunstancias.

Tercera cuestión. Puede variar la pena que nos dé la víctima, la lástima que por ella sintamos. Cabe que bastantes se apenen mucho más por el asesinato de X que por el asesinato de Z. Si un ciudadano dijera que le entristece mucho la muerte de X y bastante poco la de Z, ¿sería moralmente reprochable ese sentimiento y, sobre todo, su formulación expresa? Creo que la mayoría concluiremos que no. Pero normalmente a ese ciudadano le preguntaríamos por las razones que alimentan su diferente sentimiento, le preguntaríamos qué había de diferente en las conductas o la personalidad de X y de Z, y con tales datos evaluaríamos la mayor o menor racionalidad o comprensibilidad de esos distintos sentimientos. Lo cual, de nuevo, hace que tenga que poder hablarse de tales circunstancias atinentes a la víctima, a las dos o las tres víctimas en comparación, igualmente para las dos o las tres. Y, desde luego, en mi opinión sería perfectamente posible y racional que alguno dijera esto: no justifico en modo alguno ninguno de los tres asesinatos, pero personalmente me apena más la muerte de X que la muerte de Z. A mí me da mucha más lástima que le roben mil euros a un parado sin recursos que al presidente del consejo de administración de un banco, lo que no quita para que me parezca mal el robo en todo caso y que deba condenarse moral y jurídicamente al ladrón en cualquier caso.

Supongamos ahora otra situación inventada y que ninguna relación, ninguna, guarda con la desgracia acontecida anteayer en León. En la ciudad C hay un gobernante enormemente corrupto y con grandísimo poder. Las víctimas de sus manejos intentan defenderse ley en mano, pero las instituciones encargadas de velar por la legalidad están en manos de aquel gobernante y a él fuertemente sometidas, con lo que una y otra vez las demandas de los perjudicados fracasan por esa vía. Acuden entonces a los medios de comunicación para airear las fechorías, pero los medios callan y miran para otro lado, bien por temor o porque están controlados por la misma persona y su grupo. Es una situación de completa impunidad del malhechor que manda. Uno de esos dañados pierde los papeles y mata un día a aquel gobernante. Aun condenando el homicidio, algunos de los ciudadanos intentan decir que, en aquella situación de abuso de unos e impotencia y abandono de otros, se veía venir o no era descartable un desenlace tan funesto. ¿Qué pasa si se hace callar a esos ciudadanos, acierten en algo o yerren en todo, y si se les tilda de moralmente indeseables y poco menos que cómplices del crimen? Pues pasa que se da una postrera y definitiva vuelta de tuerca a aquella impunidad, hecha ahora impunidad post mortem. O sea, del mal hacer de aquel gobernante nunca se pudo decir ni pío, ni antes ni después. Lo cual da una pésima lección a la ciudadanía, la lección de que todavía hay clases y que ojito con cuestionar el orden estamental y discriminatorio. Porque nadie reprocha tanto a tales ciudadanos si un día es abatido a tiros en la calle un ladrón que intentaba llevarse el bolso de una viejecilla y ellos dicen que ya se veía que podía terminar así o que ya se sabe a lo que se arriesga el que anda en tales maldades.

A veces, y aunque así no sea en el tremendo caso leonés de ahora, lo injustificable puede tener explicaciones, explicaciones que no justifican, pero que sí hacen ver causas y motivos de que ocurra lo que no debe. La gente no tira por la calle del medio o no se echa al monte cuando ve que las instituciones funcionan y cumplen con sus cometidos. Un ejemplo sencillo: si cada vez que hay un robo en una casa la policía acude e investiga con eficacia, la mayor parte de los ladrones son detenidos según la ley y según la ley juzgados y condenados, ante un nuevo robo el ciudadano volverá a llamar a la policía y seguirá confiando en los jueces y en la función disuasoria de las penas. En cambio, si tales instituciones no cumplen labor, si la policía no llega o no hace apenas nada, sea por falta de celo o de medios, si los jueces no están a lo suyo, si la impunidad legal es muy grande, a más de cuatro se les ocurrirá armarse y defender su propiedad a tiros y por su cuenta. No se justifica, pero tiene explicación. Ahí está la razón de que en las tiranías haya siempre más violencia, pese a tanto miedo y a tanta represión de todo tipo.

Volvemos, ahora sí, al indefendible asesinato de la presidenta de la Diputación de León. Es inadmisible y rechazable cien por cien. Y nada malo tengo yo que decir de esa mujer, nada. Pero me sorprende mucho el miedo con que han reaccionado los políticos y los medios de comunicación, el miedo a la palabra, el miedo a la opinión, el miedo a los que dicen y el afán censor que nos ha invadido. No se dan cuenta de que es peor ese remedio que la enfermedad, que los ciudadanos hablan tanto más entre sí cuanto mayor es la censura en los círculos oficiales y en los medios. No perciben que la bola de nieve engorda cuando la gente se pregunta por qué en este caso se quiere reprimir al que opina críticamente, aunque esté equivocado.

La ley es clara y fácil de aplicar, existen los delitos de calumnias e injurias, caben procesos en defensa del honor, también del honor de los muertos. Lo que no está en nuestra Constitución ni en la legislación es la censura, la persecución del discordante porque discrepe, la furia contra el que se expresa, aunque yerre o se propase. Tampoco está en la Constitución la discriminación intencionada y mezquina. Si mañana muere en circunstancias extrañas algún actor o cualquier personaje de la farándula, al otro día salen en los periódicos y las televisiones todo tipo de opiniones, sospechas y rumores, que si se drogaba, que si su pareja tenía cuentas pendientes con él, que si debía dinero a Hacienda, que si tenía amistades peligrosas, que si una vez se metió en una pelea en un bar, que si el año pasado lo multaron por conducir borracho, que si no atendía bien a sus hijos, ete., etc. Pues eso o para todos o para nadie, pero sin estamentos ni castas. Y si hacemos distinciones y diferencias de trato, que nos digan por qué, de pronto, son intocables los políticos, o algunos, y es sagrada su memoria; y por qué tanto miedo.

12 mayo, 2014

Las estrellas de Europa. Por Francisco Sosa Wagner

(Publicado hoy, 12 de mayo, en El Mundo)

En estos días es frecuente enarbolar la bandera de Más Europa o de Menos Europa: la primera por los convencidos europeístas, la segunda por los nacionalistas y euroescépticos. Como se ha convertido en un tópico y de los tópicos hay que huir porque emperezan las entendederas, prefiero hablar de una Mejor Europa: más eficaz, más sólida y más democrática. Y en la que ha de brillar la idea de la solidaridad, versión moderna de esa fraternidad que se halla en el frontispicio de la Revolución francesa. Se trata de la seña de identidad que ilumina sus políticas más comprometidas: las representadas por los fondos estructurales y regionales, por los fondos de desarrollo rural, los de cohesión, el marítimo y pesquero, etc. que han supuesto un río de dinero que ha ido desde los estados ricos a los pobres. Hoy día superar la brecha entre países acreedores y deudores es una tarea imprescindible si queremos curar las heridas producidas por la crisis. Porque una Europa unida es una Europa de vecinos, no una Europa en la que unos pasan la factura a pagar a los otros.

Hay una realidad terca que no debe olvidarse: en todo territorio donde se arría la bandera de la solidaridad, se iza la del nacionalismo.

Esta visión de Europa exige una política económica cada vez más integrada que incluya inversiones comunes, la asunción de una deuda común gestionada por un Tesoro común, y un control de los presupuestos nacionales a cargo de las autoridades europeas.
Sectores donde las inversiones comunes pueden convertirse en graneros fecundos de empleo y de bienestar ciudadano son las telecomunicaciones, los transportes, la energía, la protección del patrimonio cultural europeo, el desarrollo rural y ganadero, los planes forestales y la investigación.

La solidaridad exige asimismo adoptar medidas para impedir la regresión en la prestación de los servicios esenciales, entre ellos la energía y el suministro de agua que han de ser configurados como servicios universales lo que permitiría garantizar una mínima prestación e impedir los cortes a las familias que sufran riesgo de exclusión social. El mismo principio de no regresión hay que aplicarlo a los servicios de dependencia pues las discapacidades, de un lado, y el envejecimiento de la población, de otro, obligan a aumentar las profesiones que se ocupan de la asistencia y cuidados a personas con dificultades. Se trata éste además de un importante ámbito de creación de empleo que puede servir para fomentar, con un programa ambicioso, las titulaciones de ciclo corto. En tal sentido, los ejemplos españoles de la formación de fisioterapeutas, enfermeros o nutricionistas pueden ser buenas inspiraciones.

Quiero enfatizar lo siguiente: el desempleo y el envejecimiento de la población son las dos grandes bombas que están colocadas en el corazón de Europa. No sabemos cuándo van a estallar pero sí sabemos que, si no rectificamos, a no dudar estallarán.

Pues bien, la creación de puestos de trabajo está obviamente ligada a la política de inversiones citadas a las que deben añadirse las ligadas a la economía verde y, dentro de ella, a las grandes apuestas por el ahorro y la eficiencia energética.

Es justamente la crisis demográfica europea la que nos obliga a admitir con toda naturalidad a trabajadores de otros continentes. A tal respecto resumo las tres palabras claves de una política de inmigración: a) ordenar por medio de leyes europeas la gestión de los controles fronterizos, la vigilancia de los flujos de personas y la política común de visados; b) organizar la emigración/inmigración mediante acuerdos de las mismas instituciones europeas con los estados cuyos ciudadanos se ven obligados a emigrar; c) integrar a los nuevos conciudadanos: se trata de que respeten nuestras leyes, entre ellas la Carta de derechos fundamentales, y aprendan el idioma para evitar la marginación que supone la formación de guetos donde se amontonan personas ajenas al país en el que habitan.

Una idea debemos tener muy clara: todo lo que los demócratas no hagamos para alcanzar esa integración de los inmigrantes lo harán los xenófobos por expulsarlos.
Respecto del acceso al crédito de las pequeñas y medianas empresas avanzo una medida nueva que no ha sido considerada. Si se invocó hasta el hartazgo el símil del sistema circulatorio para subrayar la necesidad de ayudar con fondos públicos al sistema financiero, no deberíamos abandonar esa analogía una vez que se consiguieron los euros de los planes de rescate. Las entidades financieras satisfacen unos fines relevantes en las sociedades modernas, del mismo modo que otras muchas empresas privadas prestan servicios económicos de interés general. Hay a estos efectos un sinfín de técnicas que pueden utilizarse conscientes de que imponer estas obligaciones de servicio a las entidades financieras que han recibido cuantiosas ayudas públicas, además de un beneficio económico, ayudaría a mejorar la imagen de la Unión Europea.

Por su parte, la solidez a la que aludo está emparentada con el refuerzo de las instituciones comunes (Parlamento, Consejo de Ministros, Comisión y Tribunal de Justicia) y con la huida del pensamiento fragmentado y retrógrado de los nacionalismos. A este respecto, si se abriera un proceso constituyente, sería necesario introducir cambios -medidos- en estos órganos básicos. De forma más radical es preciso comportarse con el Consejo Europeo, reunión de los jefes de Estado y de Gobierno: suprimirlo sería volver al origen institucional diseñado por los padres fundadores. Se trata de la mayor rémora que existe en la Unión y causa de sus desprestigios como lugar privilegiado que es del intercambio de favores entre los estados. Preciso es recordar que el protagonismo del Consejo Europeo en la gestión de la crisis económica se ha debido a que, en el proceso de integración económica que viene de la instauración del euro, las instituciones europeas no han dispuesto de unas adecuadas competencias económicas. Pues bien, lo procedente es corregir esta situación en beneficio -una vez más- de las citadas instituciones europeas comunes sabiendo que los estados se hallan adecuadamente representados en el Consejo de Ministros.

La democracia exige corregir las desviaciones que en el gobierno de Europa ha producido la crisis. Ésta ha creado enfermedades como: a) el fortalecimiento desmesurado del Consejo Europeo, del Consejo de Asuntos Económicos y Financieros (Ecofin) y del Banco Central Europeo, por no contar con instituciones extrañas a Europa como el Fondo Monetario Internacional; b) un parcial abandono de los instrumentos comunitarios europeos y su sustitución por acuerdos entre los gobiernos; c) un oscurecimiento parcial de las funciones del Parlamento europeo como institución plenamente democrática.

Volver al método comunitario y fortificar al Parlamento son labores inmediatas.
He hablado de una Europa eficaz. La eficacia remite a la percepción por la ciudadana en su vida cotidiana de su pertenencia a la Europa unida, la aventura social más importante que puede vivir el ser humano en este siglo XXI. Sólo a fondos de cohesión social se destina el 35,7% del Presupuesto total de la Unión Europea. Un dato que no se debe olvidar en esta hora electoral.

Termino. La niebla de la economía y de las deudas no debe hacernos olvidar la dimensión cultural de Europa en cuya rica tradición deben anclarse las mejores de nuestras iniciativas porque, desde que Europa emerge en la Edad Media como civilización consciente, es la cultura su fundamento básico. Sería bueno que esta perspectiva, la de una historia de su cultura sin mixtificaciones, asumiendo sus glorias y sus miserias, se enseñara desde la escuela a los niños pues, al mismo tiempo, proporcionaría el hilo de Ariadna que significa el respeto a un patrimonio histórico lujurioso, a sus grandes nombres, a sus símbolos, a sus deslumbrantes inventos y a esa luminaria de nuestra civilización que es su Carta de derechos fundamentales.

Europa es el resultado de cultivar esta identidad cultural común y al mismo tiempo de tejer y aderezar los intereses también comunes, aquellos que nos obligan a permanecer unidos (la calidad de vida y de protección al consumidor, el mercado interior, la política económica y tributaria europeizadas, la disciplina segura de los bancos, de los seguros, de nuestras inversiones, etc.).

Sabiendo por supuesto que, pese a tales identidades e intereses, Europa no es una nación ni falta que hace pues para nada necesitamos esa pasión colectiva subrayada por los exclusivismos que es propia de los nacionalismos. Felizmente Europa no necesita héroes ni sangre ni batallas: la épica grandiosa ha sido sustituida por una lírica suave, aunque no por ella exenta de la emoción que cada uno, según su particular temple, quiera aportar.

A los miembros de la candidatura que presido en las elecciones europeas nos gustaría que las estrellas de la bandera europea fueran como los puntos suspensivos del relato siempre vívido de una Europa sólida, eficaz y democrática.

12 abril, 2014

Mas sobre profesores de Derecho y nazismo



A propósito de la entrada anterior, algunos amigos me han indicado no sólo el peligro de las generalizaciones, sino también que con mi prosa agitada dejo en el olvido a los profesores que no simpatizaron con el nazismo o que incluso se arriesgaron contra él. Puesto que no quiero ser injusto, matizo ahora algunos puntos.

No pretendía hacer una causa general, una condena de todos y cada uno los que profesaron en las facultades de Derecho alemanas de aquel tiempo. Indicaba que habían sido muchos y bastante importantes los que se pasaron a los nazis. Claro que hubo de los otros, cómo no. Pero pocos, me parece. En las listas de la resistencia no suelen aparecer tales profesores.  Pero eso, ciertamente, no justifica una condena general.

Hubo profesores de Derecho que siguieron en sus cátedras, pero sin decir palabra a favor del régimen hitleriano. Fue por ejemplo el caso de Smend. También, entre los iuspublicistas relevantes, se puede mencionar a Thoma, catedrático desde 1909, aunque sí escribió en 1937 un libro titulado "Die Staatsfinanzen in der Volksgemeinschaft. Ein Beitrag zur Gestaltung des deutschen Sozialismus" que contenía alguna frase cuando menos equívoca. Bien relevante es el caso de Gustav Radbruch, que, en los inicios de la República de Weimar, había sido ministro de Justicia en el gobierno de Ebert. Radbruch fue separado de su cátedra en 1933. Aunque pasa luego algunos meses en Oxford, regresa a Alemania y sigue escribiendo y publicando, fundamentalmente sobre temas históricos. Publica, por ejemplo, una biografía de P.J.A. von Feuerbach. Perdió un hijo en la batalla de Stalingrado. 

Resulta chocante que mientras en el caso español alabamos a los profesores que se fueron al exilio, como Jiménez de Asúa, Ayala, Recaséns, Medina Echavarría y otros, en el caso alemán extendemos las loas a los que se quedaron y guardaron silencio. No pretendo hacerles reproche, pero me digo que si Hitler no hubiera perdido la guerra el mismo Radbruch habría muerto sin formular sus tesis sobre la invalidez del Derecho injustísimo. Tienen esos profesores alemanes el mérito de no haber colaborado con el régimen, y no es poco, pero ésos no son héroes, ni siquiera son un poco ejemplares. No les pidamos retroactivamente eso que los pedantes llamarían actos supererogatorios, pero tampoco hagamos de ellos un modelo ante la escasez de modelos.

Emigraron algunos docentes políticamente de izquierda. Otros fueron separados de sus cátedras por judíos y debieron cambiar de país, como el mismo Kelsen, o como Walter Jellinek, Leibholz y Loewenstein. 

Pero lo que quiero subrayar es la actitud de los que en 1933 eran muy jóvenes profesores habilitados o a punto de habilitarse y que se ponen como locos a escribir a favor del nazismo y a darle fundamento jurídico, haciéndose así de inmediato con una cátedra. Todos nacieron entre 1901 y 1908. A estos me refería sobre todo en mi entrada de ayer. Veámoslos, incluyendo alguno más que los ayer mencionados.

- Karl Larenz. Nacido en 1903. Accede a la cátedra en mayo de 1933, en Kiel. En 1935 se consolida allí, al ocupar la plaza del expulsado G. Husserl. Es uno de los más extremos, sus escritos de aquellos tiempos espantan.

- Franz Wieacker. Nació en 1908. Profesor desde 1933 en Kiel. También le he leído alguna cosilla tremenda. Se hizo de la Akademie für Deutsches Recht, la de H. Frank. Participó en la Aktion Ritterbuch.

- Karl Michaelis, nacido en 1900. Catedrático en Kiel en 1934. Militante del NSDAP. Decano en Leipzig de 1942 a 1944.

- Wolfgang Siebert. Nacido en 1905. Militante del NSDAP desde 1933 (¡qué casualidad!), cátedra en Kiel en 1935. Fue dirigente de las juventudes hitlerianas. Uno de los más radicales de los juristas nazis, de los más excesivos. Con todo, tiene cátedra en Göttingen desde 1950, y desde 1957 en Heidelberg. Considerado uno de los mejores expertos en los asuntos de Derecho laboral de la Ley Fundamental de Bonn. Maestro de laboralistas.

- Ulrich Scheuner. Nacido en 1903. Discípulo de Smend y Triepel. Catedrático en Jena desde 1933 (qué casualidad, 1933). Militante del NSDAP desde 1937. Pero en 1934 ya escribía cosas terribles. En 1950 catedrático en Bonn. Como todos los anteriores, se jubiló con libro homenaje.

- Georg Dahm. 1904. Curiosamente, en 1925 se afilió al SPD. Se habilitó en 1930 con Radbruch. Pero en 1933 ya está con Schaffstein en el nazismo. No perdía ni una ocasión, un hombre de principios intercambiables. En 1933 catedrático en Kiel, otro más en la gran Facultad del régimen. Su cátedra la había ocupado el expulsado H. Kantorowicz.

- Friedrich Schaffstein. Nacido en 1905. Ya antes de 1933 había expresado por escrito sus simpatías por los nazis. Militante desde el 37. Habilitado desde 1928, consigue cátedra en Kiel en 1933. En 1941 va a la U. de Estrasburgo. En 1954 recobra cátedra en Göttingen.

- E.R. Huber. Nacido en 1903. Logra su primera cátedra en Kiel en 1933. Uno de los máximos dirigentes del iuspublicismo hitleriano. En los años sesenta acabó siendo catedrático otra vez, en Göttingen.

- Theodor Maunz. Nació en 1901. Habilitado en 1932. Militante del partido nazi en 1933 y adscrito también a las SA. En 1935 recibe cátedra en Freiburg i.Br. Un radical que escribía auténticas barrabasadas hitlerianas. En 1952 otra vez catedrático, en Múnich. Nazi toda su vida, como se demostró tras su muerte en 1993. Lo cual no le impidió convertirse en adorado exegeta de la Ley Fundamental de Bonn.

- Karl August Eckhardtf. Nacido en 1901. Militante del NSDAP desde 1931 y miembro de las SS desde 1933. Enseña en Kiel de 1933 a 1934 y luego trabaja para el Servicio de Seguridad del Führer y las SS. Fue ascendiendo en las SS durante todo el régimen hitleriano. Tuvo cátedra en Berlín y Bonn. No consiguió cátedra después de 1945.

- Ernst Forsthoff. Nació en 1902. Cátedra en 1933 en Frankfurt, en la dejada vacante por H. Heller. En 1935 pasa a Hamburg. Desde 1937 militante del partido nazi. ¡Y qué cosas escribia! Desde 1952 tiene otra vez cátedra en Frankfurt.

- Herbert Krüger. Nacido en 1905. Se doctora en 1934 con Kohlrausch, otro nazi de cuidado, y se habilita con Smend en 1936. Catedrático en 1937 en Heidelberg. Militante nacionalsocialista, así como miembro de las SS desde 1933 (¡cuantos se afiliaron en 1933, desinteresadamente! Otro de los máximos dirigentes del Derecho Público nazi. Otra vez catedrático en 1955, en Hamburg. En 1944 todavía escribía que el partido nazi debería tener primacía absoluta sobre el Estado o que el Estado debía disolverse en el partido. 

- Günther Küchenhoff. Nació en 1907. Se doctoró en 1929. Desde 1934 es Assistent en Breslau. Militante del partido. Juez en el Oberlandesgericht de Breslau. Habilitación en 1939. Catedrático en Breslau. Desde 1956 otra vez Professor, ahora en Würzburg. Sus escritos nazis eran sumamente estúpidos.

- Erich Schwinge. Nacido en 1903. Doctor en 1926, habilitación en 1930. Professor desde 1932 (este tuvo cátedra antes del 33). Desde 1930 defendía por escrito las ideas nazis. En 1934 escribe contra el principio de legalidad penal y contra la prohibición de analogía en perjuicio del reo. En 1936, cátedra en Marburg, donde fue decano del 37 al 39. Actuó como fiscal en tribunales militares, en procesos contra objetores de conciencia. Al menos en ocho casos documentados consiguió pena de muerte. Pero en 1948 ya había recuperado cátedra en Marburg, donde fue primero decano y luego rector.

- Heinrich Henkel. Nació en 1903, otro más.Doctorado en 1927 y habilitación en 1930. En 1933 se afilia al NSDAP, casualmente, y ocula cátedra en Marburg. En 1935 pasas a la cátedra de Derecho Penal en Breslau, la segunda facultad más nazificada, después de Kiel, donde llega a rector en 1942. Tras la guerra, retorna a la cátedra en 1951, esta vez en Hamburg. Durante el nazismo escribió con insistencia contra la independencia judicial y por la total sumisión de los jueces al Führer. Otro pájaro de cuenta al que nunca le fue mal.

A casi todos se les rindieron honores y homenajes cuando se jubilaron, casi todos tuvieron su Festschrift. Todos cambiaron de chaqueta cuando los vientos soplaron en otra dirección. Seguramente ninguno habría dejado de ser hitleriano si los nazis no hubieran sido derrotados. 

Es como si ahora, que en España tenemos tantos profesores acreditados en espera de titularidad o cátedra, llegase una feroz dictadura, se expulsara a profesores viejos e incómodos y quedaran bastantes plazas vacantes. Los aspirantes saben que si se hacen del partido que gobierna y escriben unas alabanzas al dictador y a los nuevos principios, consiguen enseguida el puesto ansiado. Aquellos alemanes nacidos a principios del siglo XX se lanzaron con entusiasmo a colmar su ambición y no repararon en trabas morales ni se echaron atrás por los crímenes del régimen. Hoy no sé qué pasaría aquí, pero vamos a pensar bien, cómo no. 

11 abril, 2014

¿Cuál es el precio de un jurista?



Sigo poco a poco traduciendo aquel libro de B. Rüthers sobre “Derecho degenerado” (Entartetes Recht), con la esperanza de cumplir el plazo acordado con la editorial y aunque es un trabajo de mil demonios. Me pregunto qué es lo que me atrae tanto de la historia de las doctrinas y los juristas alemanes del tiempo de Hitler, por qué vuelvo cada tanto a ese tema. Una razón está en cuán aleccionadoras son aquellas teorías para estos tiempos y para cualquier tiempo, con qué facilidad un lenguaje jurídico lleno de valores objetivísimos y de metafísicas relucientes sirve para poner lo jurídico a los pies de cualquier tirano y para convertir la ley, cualquier ley, en herramienta de una arbitrariedad llena de artificio retórico.  

Pero hay algo que me fascina más y que me inquieta mucho. Se me ponen los pelos de punta al encontrarme una y otra vez con esa larguísima lista de profesores alemanes de aquel tiempo, grandes cabezas de la ciencia jurídica del siglo XX que se entregaron de hoz y coz a la vesania y el más feroz autoritarismo, que pusieron su formación, su técnica y su erudición al servicio de un régimen tan absolutamente oprobioso. Todo el mundo piensa en este punto en Carl Schmitt, aquel genio con alma de ratón, aquella gran cabeza de espíritu miserable que acabó primero cayendo en desgracia ante el propio régimen y que valió luego como cabeza de turco y pagó por tantos que en nada eran moralmente mejores ni tenían una trayectoria más presentable. Los nombres de aquellos profesores que, felices y ambiciosos, vendían su alma a Hitler y compañía, siguen impresionando: Larenz, por supuesto, pero también Siebert, Forsthoff, Scheuner, Henkel, Dahm, Schaffstein, Schwinge, Höhn, Stoll, Lange, Küchenhoff, Huber, Eckhardt, Schönfeld, Maunz…, tantísimos. Algunos ya dudaron antes de que el régimen se hundiera, como Emge o E. Wolf. Otros no se comprometieron en exceso, pero sí escribieron algunos párrafos con loas al Führer o al espíritu jurídico del nazismo, como el mismísimo Engisch, como Welzel. Unos pocos callaron dignamente sobre los temas políticos, apartados incluso de sus cátedras, como Radbruch (aunque siguió escribiendo y publicando en Alemania). Los hubo que buscaron temas ajenos a lo político para poder escribir e investigar sin mancharse, como Klug. En conjunto, y dando a cada uno lo suyo, el panorama es desazonador. Por supuesto, los profesores judíos fueron expulsados o tuvieron que huir en medio de la constante denigración por sus colegas, como fue el caso de Kelsen. También tomaron el camino del exilio los más comprometidos con la democracia o las ideas sociales. Pero en conjunto el panorama es desolador.

Y ahí viene la pregunta que no debemos soslayar: por qué, qué hizo que tantos se prostituyeran o cuánto había en cada uno de convicción y comunión real con aquellos aborrecibles ideales. Andar leyendo estas cosas me provoca un punto de paranoia, lo reconozco, pues me topo con tantos colegas de ahora y no puedo evitar preguntarme qué habrían hecho ellos o que harían hoy, si se diera un caso similar. La respuesta más verosímil aterra. Porque, además, ha habido más casos y lugares a lo largo del siglo XX, y hasta ahora mismo se pregunta uno si habrán puesto precio a su conciencia esos magistrados constitucionales venezolanos, por ejemplo, o si en verdad pensarán que están defendiendo un Derecho auténtico y haciendo acrisolada justicia.

Había ambición, mucha ambición. De repente, en 1933, empezaron a quedar vacantes cátedras, las de los profesores expulsados por ser judíos. Karl Larenz, por ejemplo, bien jovencito ocupó la de Gehart Husserl en Kiel. Y así, muchos. Ascenso rápido, nombramientos, cargos, encargos, promesas, influencia social, poder, supongo que dinero. Y el optimismo de pensar que apostaban a caballo ganador, que llegaba la nueva gran Alemania y que ellos estarían sentados a la diestra del padre, arrimaditos al Führer, poderosos y pletóricos.

La ambición explica, claro que sí, pero no sé si vale como explicación bastante. ¿Cuánto puede un profesor universitario estar dispuesto a decir por pura ambición personal y para mantenerse en el privilegio? Esas grandes figuras del pensamiento jurídico ponían negro sobre blanco, en artículos y libros, que el Führer era la suprema fuente del Derecho, que la esencia del Derecho alemán era racial, que los judíos eran bestias infrahumanas y no podían tener derechos civiles ni de ningún tipo, que la pauta para la aplicación del Derecho por los jueces tenían que ser la voluntad del Führer y el espíritu del nacionalsocialismo, que la ley que venía de los tiempos de Weimar no tenía más valor que el de un formalismo degenerado y caduco, que el pueblo alemán se constituía en comunidad político-jurídica a través de la conciencia sublime del Führer. Veían el abuso, el crimen, la arbitrariedad supina, y no se desmoralizaban, sino que se exaltaban y escribían con entusiasmo para apoyar cada nuevo paso de aquella locura sanguinaria y absurda. Y tal vez lo que más me choca: veían a Hitler, lo oían, lo conocían, y no por eso dejaban de aclamarlo y de proclamar a los cuatro vientos su entrega a él, su incondicional sumisión. ¿No se daban cuenta, ni siquiera un poco de cuenta, de que era un idiota, un loco compulsivo, un demente absurdo, un zoquete sin remisión?

Por mucho que la juventud los cegara y los obnubilara el deseo de gloria, me cuesta creer que fuera auténtica su ingenuidad o genuina su fe, que no fuera interesada y vil tanta lealtad, que no vendieran su alma al diablo por un plato de lentejas, una cátedra y algo de relevancia social. Para ser mala gente no es imprescindible ser tonto, aunque a veces ayude. Echaron sus cuentas y pensaron que se subían al carro de la Historia. Su conciencia la entregaron porque era venal y miserable. Eran malas personas, eran mezquinos y canallas. También cobardes.

La prueba la dieron ellos mismos después de 1945. Ni uno asumió gallardamente culpas o errores, ninguno se disculpó, todos fingieron que no sabían lo que hacían o acusaron a los ausentes, empezando por el positivismo jurídico en general y por Kelsen en particular. Explicaron que habían acatado los mandatos paralegales de Hitler porque, por causa de Kelsen, ellos habían sido positivistas convencidos y que por eso no osaron desobedecer la ley inicua. Pero lo suyo no fue obedecer, lo suyo fue apoyar y fundamentar con entusiasmo y ganas. Se decían positivistas, ellos que en sus escritos degradaban y despreciaban con saña la ley democrática y el Estado de Derecho, ellos que escribían aquello de que “Toda interpretación de la ley ha de ser una interpretación en sentido nacionalsocialista”, ellos que explicaron mil veces que, dijera la ley lo que dijera, era inconcebible que los judíos pudieran ser titulares de derechos, ellos que proclamaban que el constitucionalismo liberal-democrático era un invento judaico destinado a destruir al pueblo alemán, ellos que cambiaron el viejo principio de nulla poena sine lege por el de nullum crimen sine poena y que afirmaban que el crimen no necesitaba tipificación legal para merecer castigo del Estado, pues la esencia de lo criminal consistía en ser enemigo del Estado y en comportarse de modo contrario al interés de la comunidad racial alemana.

La prueba mejor de su villanía la aportaron cuando llegó la Ley Fundamental de Bonn y la alabaron con idéntico celo, cuando expresaron su inquebrantable fe en los derechos humanos y la dignidad de todo ser humano, cuando se convirtieron en los exégetas privilegiados de la nueva Constitución y cantaron loas a sus principios, cuando se acogieron apresurados a la nueva Jurisprudencia de Valores y se dijeron felices bajo los nuevos principios morales del Estado de Derecho. Mantuvieron o recuperaron sus cátedras los que eran profesores, retornaron a sus juzgados los jueces, volvieron a copar la Administración Pública los altos funcionarios y juraron que estaban donde siempre habían estado, en la defensa sin tacha de la libertad, la igualdad y los derechos iguales de los ciudadanos. Hicieron discípulos, recibieron homenajes cuando se jubilaron, llegaron muchos a las más altas magistraturas del Estado, se parapetaron tras la complicidad gremial y bajo el manto de la lealtad de sus discípulos, impidieron que circularan sus obras anteriores a 1945, mandaron callar a los que sabían quiénes habían sido y qué habían hecho. Hasta fines de los años sesenta no se publicó apenas un solo artículo en el que se recordaran sus escritos de antaño. Precisamente fue Bernd Rüthers el primero que sistemáticamente dio cuenta de cuál había sido la talla moral y académica de tantos profesores de Derecho.

No eran inocentes ni ingenuos, no eran simplemente ambiciosos, no estaban deslumbrados por ningún poder carismático. Eran malos y sabían que hacían el mal, eran inmorales y perversos. Escribieron, después del 45, algunas de las grandes obras del pensamiento jurídico del siglo XX, pero con su vida escribieron también uno de los capítulos más evidentes de la historia universal de la infamia. Por eso, hasta sus libros de más calidad hay que leerlos con reservas, hay que leer su obra en su conjunto, no debemos olvidar que cualquiera de esos que por escrito se extasiaban luego ante el valor de la dignidad humana, ante el art. 1.1 de la Ley Fundamental de Bonn, ante el Estado de Derecho, ante los derechos fundamentales todos, antes habían dicho que nada de eso tenía valor y que no hay más Derecho verdadero que el que mana de la voluntad del Führer y del sano sentimiento racial del pueblo ario.

De algunos, hoy, estoy bastante seguro. Les doy los buenos días en el aparcamiento de alguna Facultad de Derecho y capto que están disponibles y a la espera, afilando los reglamentos y soñando sentencias. Por una cátedra, un sobresueldo o unos dictámenes mandarían hasta a su madre al campo de concentración y a los hornos. Están al quite, simplemente aguardan su ocasión. Ojalá se pudran en la espera.