26 julio, 2012

El control de constitucionalidad explicado a los niños (y a algún que otro mayor)


El Derecho, queridos infantes, es un sistema de reglas la mar de sencillo. Un sistema de reglas también es este otro: unos padres ponen a sus hijos pequeños unas cuantas normas referidas a las comidas y el comportamiento en la mesa. Una de esas normas dice que no se cogen con la mano alimentos como las lentejas, las natillas o los macarrones, sino que se usa cuchara y tenedor; otra, que en la mesa no se escupe; una más, que durante la comida no se canta ni se grita. Para que dichas reglas se apliquen de modo bien objetivo e imparcial, se decide poner de árbitros o jueces a los abuelos, encargados, pues, de dirimir las dudas que surjan y de velar porque aquellas indicaciones se cumplan en sus justos términos.

                Ahora vamos a ver qué dos actitudes pueden tomar los abuelos en el desempeño de su importante labor. Hay dos posibilidades: que se guíen por los enunciados de tales normas, por lo que ellas dicen, o que aprovechen para imponer un sistema alternativo de reglas, de su cosecha.

                Un día, uno de los pequeñuelos se pone a zampar las lentejas estofadas a puñados, a mano y pringándose entero. Si los abuelos aplican la norma de la que son garantes, le dirán que eso está prohibido, que no se puede hacer así. Si, en cambio, empiezan con que tal pauta no rige los sábados, o que vale solo para los niños, pero no para las niñas, o que va en contra del derecho de los hijos a su autonomía culinaria, están suplantando a los papás, enmendándoles la plana y sentando ellos un sistema alternativo de reglas. En otra ocasión, surge la duda de si también la manzana se debe comer con tenedor o si se puede tomar en la mano para arrearle mordiscos. Si los abuelos se atienen a lo que dice la norma, tendrán que reconocer que de las manzanas la norma nada dice y, por tanto, podrán concluir que al niño no se le prohíbe comerla de esa manera. Mas si afirman que entre las reglas vigentes también hay una, igual de imperativa, que obliga a usar cuchillo y tenedor para las manzanas, se la estarán inventando ellos y la añadirán por su cuenta, por mucho que la justifiquen como basada en el más pleno respeto al espíritu de la reglamentación paterna.

                ¿Qué harán los chavales si los abuelos proceden de la segunda de las maneras y un día tienen ganas, los chavales, de cantar durante el segundo plato o de liarse a escupitajos a los postres? Dirigirse a los abueletes y preguntar: ¿abuelito, podemos escupir o tararear a voz en grito la canción de Bob Esponja? Si les contestan que no, replicarán: pues el sábado nos dejaste comer con la mano las lentejas y nos dijiste que teníamos autonomía culinaria. Los niños entienden de maravilla las normas, igual que muchos mayores, al menos los mayores que no son jueces de altísimos tribunales. Esa casa será un despelote y lo de que en ella haya normas en la mesa será un decir.

                Pues con la Constitución, el Tribunal Constitucional y el control de constitucionalidad de las leyes pasa lo mismito. No hay más Constitución que lo que dicen las normas constitucionales. A veces hace falta interpretarlas, pues surgen dudas razonables sobre lo que significará tal o cual palabra o expresión. Por ejemplo, y siguiendo con nuestra comparación, es difícil saber dónde está la frontera entre hablar muy alto y gritar. Eso le compete al tribunal y él precisará lo impreciso. Precisar lo impreciso se llama interpretar, y lo hacen los abuelos cuando establecen que si las voces de la conversación se escuchan desde las habitaciones, eso ya es gritar. En cambio, si deciden que hablarle bajito a otro al oído también es proferir un grito, debido a la proximidad de la oreja del receptor, no están interpretando, están añadiendo, porque les da la gana, una norma completamente nueva.

                En la vida ordinaria nos entendemos así, y porque así funcionamos con toda naturalidad podemos atenernos a reglas y coordinamos nuestras acciones y comportamientos sin demasiadas dificultades. En el Derecho muchas veces son de otro modo las cosas, pues se ha convertido en un arcano independiente de las palabras y las expresiones y cuyo sentido para cada ocasión disponen con gran libertad los abuelos; quiero decir, los jueces y tribunales. Por ejemplo, ni todo lo que dice la Constitución es constitucional ni todo lo constitucional está dicho por la Constitución. Los que saben en verdad cuál es el contenido íntimo, recóndito, de la Constitución son los tribunales constitucionales. Así que la única norma que rige en aquella familia de nuestro caso es la que fija la competencia dirimente de los abuelos, y la única norma constitucional que es tomada al pie de la letra y con la que no admiten bromas las cortes constitucionales es la que dispone la competencia suprema de la las propias cortes constitucionales.

                Por eso, antes de nombrar a los abuelos valedores de las normas familiares conviene comprobar si están bien de la cabeza o si no querrán ajustar cuentas al yerno o la nuera, aprovechando la candidez de los niños y sus naturales y disculpables egoísmos. Y por eso también los partidos y los gobiernos luchan a brazo partido para controlar férreamente el nombramiento de los magistrados constitucionales o para que la independencia judicial sea relativa y como un decir. Porque no confían en la Constitución como tal, para nada, sino que buscan a quienes los ayuden a hacérsela a su medida, como un traje que les siente de perlas. Es como si los padres sobornaran a los abuelos y les pusieran un coche y unos mayordomos para tenerlos contentos y que les dieran caña a los hijos díscolos.

                En las familias suele haber seriedad bastante, a pesar de la tendencia de muchos abuelillos a alcahuetar a sus nietos. En el Derecho, hoy, es distinto, muy distinto.

5 comentarios:

Pedro Moreira dijo...

genial.

Exiliado dijo...

El denominado activismo judicial, ya sea por razones ideológicas o de pura conveniencia política, mina los cimientos del Estado de Derecho y por supuesto la seguridad jurídica.

Bedrnardino dijo...

Excelente. Pero puedes plantearte que es lo que pasa si pertences a una organización (p.e. un partido político)e intentas hacer cumplir lo que en los estatutos viene negro sobre blanco. ¿Que ocurre cuando -continuando tu metaáfora-no son los abuelos sino los bisabuelos los que interpretan las leyes)

Bernardo dijo...

Ya lo dijo R. Dworkin: Las Cortes son las caitales del imperio de la justicia y los jueces son sus príncipes, pero no sus adivinos y profestas.

Mario Felipe Daza Pérez dijo...

Excelente metafora Dr. Garcia Amado, comprende totalmente su mensaje de como los abuelos (tribunal constitucional) tergiversan siempre el sentido de las normas a su parecer, es difícil controlarlo. Siempre van a existir gabelas políticas diciendo que hacer o no que hacer a los tribunales teniendo en cuenta que estos cambian de parecer constantemente porque por supuesto son unos legisladores positivos y nada que hacer!.