12 octubre, 2012

Adenda sobre ética funcionarial y recortes



                Agradezco su sincero y sentido comentario al amigo profesor de Secundaria. Nada tengo que objetar a sus palabras y creo que ya dejé claro también que no criticaba a la profesora de mi hija, quien, además, tuvo la gallardía de explicar a los padres sus razones y las causas de su desánimo. Pero vuelvo sobre el tema para añadir alguna consideración.

                Es muy curioso el modo en que la mala gestión política y económica de un país provoca una perversa socialización de costes. Porque, por poner este caso, los que van a ver mermada la calidad y cantidad de la enseñanza o la utilidad de escuelas y colegios (y universidades) son los estudiantes o, si se quiere, las familias. Esto es, yo lamento que Elsa no vaya a tener esas obritas de teatro que la entusiasmaban o algunas de esas excursiones de las que volvía parlanchina y siempre sorprendida por lo que había visto o escuchado.

                ¿Puedo reprochar a los profesores ese menor sacrificio o entusiasmo? No, si cumplen correctamente con su deber estricto y puesto que lo que hacen es abstenerse de esfuerzos suplementarios y no reconocidos. ¿Debo entonces dejar de lamentarme? Tampoco, habré de enfocar mis quejas hacia otra parte.

                Resulta que un servidor, como tantos, va a pagar más impuestos, va a cobrar menos y va a recibir peores servicios públicos, incluida la educación de sus hija en un colegio público. Todo ello porque se acabó el dinero y el Estado, las Comunidades Autónomas y los ayuntamientos están en bancarrota. Con un factor añadido: ¿cuánta culpa ha tenido uno de semejante ruina? Pues no sé, no soy demasiado consciente de haber contribuido demasiado, y en lo que haya hecho mal -si algo hay- ya voy servido con lo que ahora pago de más y cobro de menos. No creo que sea gran atenuante o consuelo, pero también puedo declarar que mi habilidad como votante me exime de toda responsabilidad por los actos de quienes nos han gobernado, salvo en la parte que se me exija por solidaridad con las legítimas mayorías. Porque mis conciudadanos son la leche haciendo mayorías, pero con ellos estoy casado y el divorcio no es fácil ni me permiten hacerme sueco o hacerme el sueco.

                ¿Por qué andamos en la ruina? Porque el mercado es muy malo, muy malo, pero solo desde que no nos presta dinero para seguir en lo que andábamos. A saber: hacer funcionario a cualquier primo, construir aeropuertos sin aviones, poner museos de arte moderno en eriales escasamente transitados, levantar puentes sin río, hacer líneas de tren rapidísimo sin viajeros, asfaltar caminos a ninguna parte, pagar millonadas a artistas del régimen… Etc., etc., etc. Y, de modo parejo y no menos importante, desincentivar al trabajador público más vocacional, serio y cumplidor y premiar a mangantes, chaqueteros, tiralevitas, serviciales con liguero, trepas de mala entraña, pelotas despendolados y suma y sigue. Porque resulta que ahora caemos en la cuenta de que los que más y mejor hacían obraban, en ese suplemento, por amor al arte. Y a esos, precisamente a esos, se les desmoraliza en serio, mientras que a los vagos se les da disculpa perfecta para rendir menos todavía, por debajo de aquel mínimo debido que ya ni respetaban antes.

                Son dos asuntos que conviene diferenciar correctamente, aunque estén emparentados. Uno, el de en qué tiene sentido recortar gastos y en qué no, asumido que se nos acabó la guita y que los prestamistas ya nos miran mal porque saben que no podemos pagar y que nos hemos hecho especialistas en dar el palo con cara de no romper un plato. Otro, el de cómo recortar allá donde se pode.

                Da pena tener que buscar comparaciones en lo más cutre de lo privado, pero hasta ahí las encontramos. Si un equipo de fútbol debe apretarse el cinturón, ¿qué jugadores vende? Aquellos en los que salga más negativa la comparación entre el rendimiento que dan y la ficha que cobran. Si la Administración pública anda en apuros, ¿cómo obra? A ciegas. Dispara al bulto. Por ejemplo, echa a todos los contratados o a todos los interinos. ¿A los malos?  Y a los buenos. Que la Justicia sea ciega está bien, en lo que significa y para la Administración de Justicia. Pero una Administración pública ciega es impotente y en su ceguera –voluntaria o involuntaria; esta nuestra es voluntaria- encontramos explicación de sobra para sus fracasos y desarreglos.

                Sabemos cuál es la dificultad de base: que en un sistema político-administrativo corrupto y en manos de cantamañanas en todos sus niveles, cualquier sistema de evaluación y selección a efectos de ver quién se ha de quedar y cobrar más y quién ha de ganar menos o irse a ver los patos al parque tendría consecuencias nefastas, ya que quedarían los peores, los cobistas, los amantes, los conmilitones, los de la cuerda de los jefes, los de la cuadra del partido… En este sentido, el sistema se retroalimenta de su propio defecto estructural. Los malos administradores administran mal y los administradores corruptos corrompen lo que administran.

                Pero resulta de esa situación otro tremendo efecto perverso: al aplicar a todos y por igual rebajas y recortes, acaban yéndose los mejores, de una u otra manera. El que puede hacer mutis en buenas condiciones, se larga dando un portazo y hasta luego, Lucas. Es el caso de tantas prejubilaciones en las universidades, política suicida muy al gusto de rectores y demás camándulas con cargo, que temen y desprecian a los más expertos, curtidos y sabios. Eso no es reducir costes, es el peor negocio que imaginarse pueda. Luego van y contratan para dar Física tal o Derecho cual a uno del pueblo que es muy amigo de no sé quién y que no tiene ni prostituta idea de lo que ha de explicar a los estudiantes. No me hagan contar casos, no me hagan contar casos, que hay a porrillo y uno ya está que se sale de madre. Baste este detallito: a los dos o tres años de las prejubilaciones, sale la norma de que no se puede convocar ni una plaza más de profesor titular o catedrático. Al rico asociado concupiscente y que no incordia ni hace sombra a los arbustos. Mano de santo.

                Los buenos que no pueden irse con la música a otra parte y una pensión bien decente (a los catedráticos de más de sesenta años se les animó dejándoles el sueldo íntegro a modo de pensión o cómo se llame esa paga) se quedan, pero refugiados en los cuarteles de invierno, desencantados, decepcionados y con la sensación de que se han pasado media vida echando margaritas a los cerdos. Ojo, no se me confundan al identificar a los cerdos, que, desde luego y si hablamos de enseñanza, no serán los estudiantes. Nada le reprocho al que así se harta y decide que ya no hará más de lo debido, repito.

                ¿No sería mejor recortar incentivando? Suena paradójico, pero no tiene que ser tan imposible. ¿No habría que decir a los capaces y bien dispuestos que se queden, claro que sí, pero ganando tanto como merecen y en proporción a cuánto trabajen y rindan? ¿No se tendría que pagar menos, ciertamente, y hasta mostrar la puerta de salida, a los fulleros y caraduras, a los inútiles y los enchufados, a los expertos en variadísimas disculpas y en pretextos de tres al cuarto? ¿No convendría evaluar en serio, inspeccionar de verdad, gobernar para las instituciones y el interés general y no con las más espurias y sucias metas personales? ¿No se deberían poner normas para invertir la penosa pirámide administrativa en que estamos instalados, esa que permite que rijan, gobiernen y administren los más lerdos y hasta indecentes, mientras que se desmotivan y dejan el barco o se alejan del timón los mejor preparados y con más sana disposición? ¿Hasta cuando el servicio público se va a seguir pareciendo a un servicio de los otros, a un retrete? ¿Cuándo los servidores públicos van a ser tratados según su real mérito y no igualados por abajo y como si todos fueran de la peor ralea, de la ralea del algunos? ¿Hasta cuándo los esforzados y honestos van a tener que soportar a su lado a los que no dan golpe y encima se permiten protestar y hacer mohines? ¿Por qué esta injusticia de tratar igual a los tan desiguales, lo que quiere decir seguir dando a unos más de lo que merecen y a otros robarles la moral y las ganas?

                Sí, no hay salida, lo sé. Hablar por hablar. Nos iremos todos al carajo, pero sobrevivirán unas pocas ratas al naufragio. Al tiempo.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Tienes mucha razón en lo que dices pero, sin ser la excusa que te la quite, si me gustaría saber como en el modelo que propones y al aplicar esas medidas, podríamos salvaguardar por ejemplo que yo pueda decirle que NO al jefe que me evalúa he influye de manera determinante en "el rendimiento que doy y la ficha que cobro" e incluso "mostrarme la puerta de salida", cuando venga a decirme que resuelve de tal manera tal expediente.

Ojala pudiera emplearse tu modelo sin que peligren las virtudes del modelo actual.

Por arrimar el ejemplo a tu sardina: y si la autoridad que te evalúa pretende influir en el plan de estudios que impartes ?

Tiene tu modelo una solución para este tema ?

PD: ODIO LOS CAPTCHAS DE ESTE BLOG !!!

Amós Arturo Grajales dijo...

Estimado profesor Garcia Amado es un gusto para mí entrar en contacto. Vengo deleitándome con su blog y sus puntos de vista. A pesar de que algunos de sus post levanten polvareda o mejor dicho la tirria en "otros". Esos "otros" que han pululado en nuestras sociedades desde sus comienzos.
Festejo su profundo sentido democrático y su disconformismo claramente progresista, el que se trasluce en cada uno de sus post. Será un gusto mantener contacto con usted desde el otro lado del "charco" como decimos aquí en Argentina. Dicto aqui clases como profesor de Cátedra en la Universidad de San Andrés y como profesor adjunto en la Universidad Nacional de La Plata. Admito que dictar clases en la materia y en las aulas que dictara clases hombres como Carlos Cossio no deja de hacerme sonrojar un poco atento a mi notoria medianía en comparativa.
En cuanto a lso pesares de España puedo compartir los pesares de mi tierra, tan diferentes y tan parecidos a la vez. Quizás más parecidos que diferentes... cuando el hombre se olvida del hombre todas las patrias se parecen en mucho... Profesor gran abrazo y sera un gusto entrar en contacto con usted, me encuentro terminado una obra sobre Argumentación jurídica junto a un colega y seria un orgullo que usted fuera el primero en poder darnos su parecer!!!

Garciamado dijo...

Estimado amigo y colega Amós, será un placer que estemos en contacto y tendré el mayor gusto comentar con ustedes su obra.
Gracia por su amable mensaje y quedo a su disposición.

un amigo dijo...

Tres ideas tres para la función pública:

- dejarse de sentimentalismos ideológicos (sé que no es el caso del anfitrión de estas charlas, pero lo digo por otras fuerzas 'progresistas') y defender, con datos y estudios serios a la mano, que abundan, el 'business case' a favor de una función pública fuerte, eficaz, e independiente,

- modernizar la gestión de recursos humanos (lo cual quiere decir: liberarla de control político, y la verdad es que hoy por hoy, con todo hecho un asco, no se sabe muy bien cómo - no sé si haciendo intervenir un Parlamento renovado, un Tribunal de Cuentas renovado, un órgano paritario de alto nivel co-conducido por un MAP renovado, y unos sindicatos igualmente renovados... no sé a qué institución agarrarme, hoy por hoy). Modernizar requiere dos tareas esenciales: (a) analizar bien los puestos de trabajo, definiéndolos con rigor; y (2) evaluar bien las prestaciones, actuando en consecuencia. Todo con transparencia, que es el ingrediente número uno de la gestión de RRHH.

- y como resultado de las dos acciones anteriores, llegar a lo que preconiza Vd., con frase afortunada que desde ahora, con su permiso, utilizaré con frecuencia: "recortar incentivando". Recortar no es contradictorio con reforzar, si se hace pensando, y respetando la realidad, como bien sabe cualquiera que tenga un jardín con dos frutales. Hay que recortar (y lo dice un funcionpubliquista más que convencido, tanto por los estudios de mis verdes años como por el 60% de mi carrera profesional), porque hay mucha morralla, y como punto de partida de una función pública que aspire a lo que debe, o sea a ser la columna portante de un país como dios manda.

Salud,