27 octubre, 2012

Lo que más me impresiona



                Me apetece hablar hoy de lo que más me impresiona. Me pasa desde hace tiempo, pero es una sensación que no deja de crecer. Al comienzo creí que eran cosas mías, circunstancias casuales o coyunturas peculiares. Pero no, es una regla socialmente muy asentada, cada día más, un verdadero uso que lleva el respaldo de la correspondiente presión colectiva. No depende de profesiones, aunque seguro que en algunas, como la mía, está más presente, ni de grupos o clases sociales, si bien intuyo que resultará más débil entre los más menesterosos, ni de adscripciones políticas o ideológicas, al menos entre las homologadas. No, es una fuerza onmipresente aquí y ahora, un hábito que entre todo se fuerza en el día a día.

                Me refiero al silencio, al callar a toda costa, al no decir. ¿Por qué no decir? Para no molestar, para no buscarse problemas, para no dañar a nadie, ni siquiera al más mezquino o mayor aprovechado, para no ser sospechoso de estar con estos o aquellos, para que no se diga que el que habla lo hace por oscuros motivos o con móviles torcidos, para que no se piense que se está con el gobierno o la oposición o con tirios o troyanos, según coincida, para no perder alguna ventaja, real o supuesta, para no perjudicar a los cercanos, para que no la tomen con uno los que con uno pueden tomarla malamente, para no mancharse las manos y poder seguir dándoselas de elevado y puro, para que no venga un ofendido de pega a quejarse, para no ser mal compañero o peor amigo, para no crear mal ambiente, para que te sigan viendo generoso y tolerante... El malo, hoy, es el que habla, el que se pronuncia simplemente y lo hace con espíritu crítico.

                Si acaso, se acepta en el que por la crítica cobra o con ella busca alguna ganancia. Pero aquí no estoy aludiendo al columnista de periódico, al profesional del análisis político o social, o al comentarista de fútbol, y menos al que despelleja a otro ante los jefes para quedarse con su puesto o sus afectos. Estoy pensando en el ciudadano común y corriente en su vida ordinaria y en sus relaciones del día a día.

                Sonará paradójico, pues también se oye que vivimos en la cultura de la queja e inclinados al malestar. Pero rige una perversa y sutil compartimentación. En efecto, protestamos y nos dolemos de mil y una cosas sin parar, pero con dos matices relativos al dónde o con quién y al cómo. Claro que podemos poner de vuelta y media al mundo y a cuanto nos rodea, pero siempre que sea nada más que en el trato con los íntimos o en ambientes propicios. Nada se opone, al contrario, a que uno llegue a casa y le ponga a su familia la cabeza como un bombo a base de maldecir las corruptelas que durante el día ha visto o los abusos que ha contemplado, y lo mismo a la hora del café con los colegas leales o al andar de copas con los mejores amigos. Y pare usted de contar, esos son los espacios para el desahogo y para que la indignación no se desborde o la locuacidad no sea excesiva donde la pauta es el silencio y el todo el mundo es bueno. A los demás lugares vamos con la careta del ciudadano probo, y la probidad de hoy consiste en achantar.

                Y el cómo. Lamentos sí, pero con mesura en las formas, lenguaje cuidado y nada de aspavientos que pongan nerviosa a la concurrencia. Oye, que he visto al hijoputa de Fulano llevándose el dinero de la colecta o intentando abusar de la becaria. Y primero te responden que la madre de Fulano no tienen la culpa, lo cual es cierto, pero es una forma que tu interlocutor tiene de decirte que cuidadín y que no vayas a pasarte y a hacer algo más que contárselo a él; y luego ese mismo interlocutor te acerca la oreja en plan cura de confesionario para que le hagas con pelos y señales a él la confidencia. Cuando se le pasa el orgasmillo, se reverdece la prudencia: bueno, pero ten cuidado de que Fulano no se entere de que tú lo sabes o de que estás así de cabreado.

                Me da un poco de apuro, poco, poner este mismo blog como ejemplo y tampoco sería justo exagerar. Aquí me permito lo que me permito y el ambiente absolutamente dominante es estupendo y cada cual opina sin mayor problema, con muy afortunada ausencia de trolls. Pero, con todo, hasta aquí se aprecia de pascuas a ramos el fenómeno. Haces una guasa con los rectores, y aparece uno que dice que cómo se nota que te gustaría ser rector y estás frustradísimo porque no se te pone a tiro la ocasión. Cuentas que seguramente hay demasiados estudiantes que en tu Facultad copian en los exámenes, y te pueden replicar que más te copiarán a ti, so capullo, y que qué manera es esa de faltar al respeto a tus compañeros examinadores. Atizas a un político de acá o de allá, y te salen con que ya se sabe que lo haces porque simpatizas con el partido que simpatizas. Eso sí, un día te vienes con un terrible poema a la puesta de sol en las Chimbambas, y ninguno te contesta que vaya catástrofe de ripios. Con eso no has violado el voto social de silencio.

                Cierto, no es que los tiempos pasados fueran idílicos y el tú no te metas se ha estilado siempre entre familiares o amigos bienintencionados. Pero lo de ahora es un exceso en toda regla, es una regla que empieza a ser excesiva por asfixiante. Y no estoy hablando del blog ni nada de esto, ese era un ejemplillo más, y no de los mejores. Alguna vez habría que ponerse a analizar, con el mejor instrumental de las ciencias sociales, por qué a medida que jurídicamente hemos ido ganando en libertades, han ido correlativamente aumentando las represiones sociales, la presión para que no las ejerzas, o al menos para que te autocontroles a base de bien en el ejercicio de la libertad de expresión.

                Estamos sumidos en un clima de miedo y cobardía. Si fue antes el uno o la otra, si somos miedosos por cobardes o es nuestra cobardía la que hace el ambiente para que hasta sea normal el temor, es difícil de saber. Pero, al menos como hipótesis, se podría arriesgar la de que hay un divorcio muy fuerte entre la teoría de las libertades y la práctica de ellas. Somos una sociedad fuertemente esquizofrénica, y no solo en esto, pero en esto también. Y es así porque rige una especie de sistema bipolar, porque existe una disonancia notable entre los dos conjuntos de reglas sobre cuya base la sociedad se estructura y con las que socialmente nos orientamos y encauzamos nuestros comportamientos. Por un lado, están las normas jurídicas y toda la gozosa apoteosis de los derechos fundamentales, como una especie de grata superstructura. Por el otro, eso que llaman el tejido social se va configurando mediante una red más densa y honda de reglas que constituyen o salvaguardan otro tipo de actitudes y lealtades. Las normas del Derecho, que nos  hacen tan libres, van de la mano de sanciones y garantías institucionales, pero las reglas de ese otro sistema se mantienen merced a una presión social difusa pero constante. Ante un juez vas a ir a parar rarísimamente, sea porque reclamas o te reclaman, pero un censor lo tienes siempre a la vuelta de la esquina. Hasta que esa censura es por cada uno asumida y se incorpora a su propia conciencia. En ese momento, se acabó la libertad en serio, diga la Constitución lo que diga o sea cual sea la correspondiente jurisprudencia. Un pleito lo ganas o lo pierdes, pero si tienes miedo a decir y no dices, porque los conciudadanos de guardia te van a hacer ver que vas camino del ostracismo y el aislamiento o porque cualquier crítica tuya te rebota ya que te hacen sospechoso ante los otros y hasta ante ti mismo, está perdido, en esa pugna ya saliste derrotado, tu libertad no vale un pimiento. De hecho, no la tienes, aunque de derecho te la nombren.

                ¿Qué guardan los guardianes? No denomino guardián a ninguno que consciente y deliberadamente se haga protector de esto o aquello al afear al que críticamente opina o fundadamente acusa, esa labor se suele cumplir inconscientemente y es un segundo paso bastante lógico, ya que primero se vive el miedo en carne propia y se acostumbra cada cual a guardar silencio o mira dónde habla, y, después, ese mismo será quien censure al que a la misma pauta no se atenga.

                Entendámolos así, pues, pero ¿qué guardan los guardianes, aunque sea sin plena conciencia de su labor o sin saber muy bien a quién de esa manera sirven? Es el modo como se protege ese sistema social de impunidades. Al volver sospechoso al acusador y revoltoso al que levanta la voz ante lo que, certeramente o no, tiene por injusticia o escarnio, es el status quo lo que se ampara. Con el añadido de ciertos desplazamientos, pues muchos de esos mismos que protegen el castillo se harán pasar por indignadísimos ellos mismos y nos dirán que hay que ir a la manifestación, a tomar las instituciones, a hacer la sentada del día, o que no tendríamos que votar o que deberíamos fundar un partido político nuevo. Cuentos. Bien está (y no digo que sean censores y tengan inconsciente doblez todos los que a tales protestan llamen), pero es otro falaz desquiciamiento, es parte de aquella bipolaridad de marras. Por eso yo, modestamente, me he jurado que nunca estaré en una manifestación o en protesta pública ninguna al lado del que cuando alguien da la cara donde el riesgo es mayor o la injusticia bien concreta y clara, silba tangos o hasta le dice al osado aquello de que los trapos sucios se lavan en casa o que no se excite, que es peor. Estoy hasta la coronilla de progres y justicieros que achantan cuando de verdad toca hablar o que no firman aquella carta de protesta contra el compañero abusón porque, chico, les resulta muy violento y, además, lo conocen desde el parvulario y ya sabes. Una carta al director con objeciones a los recortes, por ejemplo, la firma cualquiera, menudo atrevimiento, y bien está. Los auténticos bemoles y lo hondo de las convicciones se demuestra mejor en otros lados, a pie de obra, en el día a día.

                Lo explico de otro modo, por activa, por así decir. Puedo ir mañana mismo a manifestarme contra la corrupción política, económica o de cualquier tipo, en compañía de mil o cien mil conciudadanos, estupendo y ninguna pega veo. Pero ni la quinta parte de las corrupciones habría si cada uno de nosotros mismos, de los que en la plaza del pueblo para ese fin nos juntamos, no achantara en lo que a diario ve y lo que de cerca le toca. Es muy práctico y entretenido traducir a cuestión de política general lo que ante todo se nos presenta como dilema moral de cada uno, particular, personal. Es fantástico, sí, hacer o firmar un gran manifiesto contra quienes en la Administración o desde la Administración roban, por ejemplo, pero eso en nada tapa la miseria del que se calla cuando, por ejemplo, ve robar a su compañero de despacho o a su jefe. Y ya es el colmo si ese mismo pone de locos para arriba o de sospechosos naturales a los que sí nombran sin tapujos lo que él calla y tolera cuando lo tiene bien cerca.

                No sería mano de santo ni solucionaría los muchos problemas del país, pero algo ayudaría y constituiría una verdadera revolución que nos pusiéramos a hablar en voz muy alta, a decir lo que haya que decir, aun a riesgo de equivocarnos cada tanto. No lo que haya que decir del país, que ya se sabe, lo que cada uno tenga que decir de lo que a diario ve y sobre lo que constantemente está mudo o sobre, lo que, incluso, impone silencio a sus cercanos.

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Ya, vale, pero...que hay de lo mio ?

Juan Carlos Sapena dijo...

Leyendo el artículo no puedo evitar echar de menos algunas leyes de responsabilidad concreta, no sé, quizá alguna para los políticos en cargo, o para los mandatarios del partido que allí los pusieron (alegremente exonerados en el CP actual de cosa semejante) porque denunciar debe tener alguna diferencia con gritarle al viento y a mí se me ocurre que una puede ser la responsabilidad exigible y cuantificada y exhaustiva.
He dicho políticos, pero vale para la fauna en general el razonamiento. En la facultad donde me hallo, franquicia de tantas semejantes, uno podría denunciar al rector, e incluso al decano en un alarde, comportamientos como los que comenta. E igualmente uno podría cantarlos en coplillas subido a una mesa, el efecto sería el mismo. ¿Dónde están esas normas que castiguen y reprendan severamente, que disuadan, que prevengan, de qué Derecho habla usted? ¿del que se aplica a los varios cientos de indultados por los kinder del Gobierno? He estado repasando los estatutos universitarios y nada parecido he visto, nada más allá de que el castigo venga de la voluntad rectora, así esté de humedad el día.
Apartado el Derecho, la otra parte de su queja eran las personas, entiendo que la moral. Quizá una de las claves esté en una frase que comenta usted, algo de que hemos ido avanzando en derechos y libertades...No ha sido así, es cierto que hay una formalidad de los mismos, y las mismas (formalidad ya sabe), pero al estirar la fina manga, del jubón se nos salió el brazo, peludo, castizo, como de bandolero. Ese brazo nunca se fue, siempre estuvo ahí, éramos nosotros, y al final sonreía una navaja de siete muelles.
Al final, son las personas. Estrabón en su "geographica" ya nos definía a los hispanos siempre en guerra constante unos contra otros, dedicados al saqueo y al pillaje, de fuertes convicciones religiosas y escaso apego por los eruditos o el saber, amén de nulo respeto por la autoridad, aunque sí por los caciques varios a los que se seguía de manera suicida hasta el final.
Y al final, la vida la hacemos las personas, no las ideas, ni mucho menos las normas de Derecho que no son más que garabatos en un papelito sino llevan detrás un poder coercitivo que asegure su cumplimiento.
Así pues nos falla la norma, inexistente, cuando no las personas, poco dadas a su cumplimiento, y siempre el poder coercitivo, ausente de iniciativa para estos menesteres (porque también se podría perseguir de oficio todas estas cosas que denuncia, mediante cuerpo especial pongo por caso)
Resumiendo, que no sé de qué se extraña...

Perplejo dijo...

La cuestión es sencillísima. Hay, claro, excepciones; pero, en términos generales, los españoles (bien por cultura, genética o las causas que se quieran):

1) Somos maestros en la cobardía vocinglera; confundimos el ejercicio crítico con la queja; tenemos teorías para casi todo y práctica para casi nada.

2) Culpamos de todo al "enemigo" y disculpamos de todo al "amigo"; funcionamos como una gran familia: clientelismo, nepotismo... facetas de la misma figura: el espíritu mafioso y el odio a la meritocracia.

3) Nuestros lemas son: "Después de mí, el diluvio", "Sálvese quien pueda", "¿Qué hay de los mío?" y el donjuanesco "Largo me lo fiais". Vivimos el ahora sin previsión alguna por el futuro: somos la cigarra que aspira a vivir eternamente de la hormiga.

4) Nuestra religión es la picaresca; la pereza, nuestro blasón; el sinvergüenza, el caradura y el vividor, nuestros modelos.

5) Etc.

Luego, cuando las cosas no funcionan, cuando todo se derrumba, la culpa siempre es del otro. Nos negamos incorregiblemente a entender que no hay nada gratis, que cada elección tiene sus consecuencias. Hay una falta de responsabilidad absoluta. Las consecuencias de nuestros (errados) actos son tenidas por maldición bíblica, por conspiración ajena o acaso mal de ojo.

En suma, somos como niños perezosos que aspiran a una vida eternamente subvencionada, a tener el estómago lleno sin "calentarse la cabeza". Por eso adoramos a los caciques y los caudillos y los Papas: el rebaño que busca su pastor.

El 99% de los artículos que escribe, profesor García Amado, refleja esta sencilla realidad.

La cuestión capital es: ¿podemos hacer algo para cambiarlo o sólo quedan la resignación o el exilio?

Perplejo dijo...

Juan Carlos,

De acuerdo con su comentario; pero habría que precisar un aspecto fundamental.

El problema no es tanto la ausencia de normas suficientemente coercitivas, como la ausencia de normas éticas y morales. Es sabido que quien hace la ley hace la trampa; y no hay ley, por muy "justa" que sea, que "eduque" a una sociedad "injusta".

Ya lo decía el viejo Horacio: leges sine moribus, vanae.

Juan Carlos Sapena dijo...

Perplejo.
Será, pero no opino lo mismo. El mayor problema es la ausencia de coercitividad en las normas, el relajo autoritario, (y conveniente al son alegre de).
Las normas morales o éticas no resultan vinculantes pero la norma legal sí y su vinculación es consecuencia de la coercitividad que asegura la autoridad que está detrás de ellas.
Cuando hace referencia a normas éticas y morales, supongo que se refiere a una ética concreta y a una moral concreta. Obtendríamos los mismos problemas que queremos evitar si esa moral y esa ética de las normas no es la de los sujetos a los que se dirigen.
Por tanto, para dejar de confundir autonomía, universitaria, federal, confederada o de la reserva india, con oriental satrapía lo que se precisa son normas coercitivas en esa línea y que los jefes de negociado se pongan las puñetas.
Y luego si resultan apropiadas a los usos éticos exigibles por la moral clásica pues ya nos pagamos unas paellas, pero de oficio se puede y se debe hacer más, mejor, algo...

Anónimo dijo...

Uno de los mejores post que he leído en este blog. Francamente bueno.

Me tranquiliza que diga expresamente que en este blog no hay "trolls". Quedé preocupado con el comentario de hace unos días de un tal señor Pepe que aludía a la presencia de "submarinos" (sic) en respuesta a un comentario mío anterior.

Un saludo,

Perplejo dijo...

Juan Carlos,

No me ha entendido. O, probablemente, me he explicado mal.

No sostengo que las normas de Derecho verdaderamente coercitivas no sean importantes. Sostengo que es una ingenuidad pensar que de una institución o sociedad sustentada en determinados principios éticos, morales y políticos pueda surgir un poder coercitivo y unas normas de Derecho radicalmente contrarias a esos principios.

No es coerción lo que nos hace falta. Coerción hay de sobra. Póngase seriamente en contra del sistema imperante y lo comprobará en carnes propias. La cuestión es que hoy las normas y el poder coercitivos están dirigidos a defender un determinado sistema
(clientelista, oligárquico, mafioso, populista...): esto es, a una ética, una moral y una política determinadas.

Esas normas de Derecho y ese poder coercitivos sólo se pondrán al servicio de otros valores cuando los valores cambien. Cuando la norma va a contracorriente de las "mores" fracasa inevitablemente.

Juan Carlos Sapena dijo...

Perplejo.
Ahora sí que le he entendido y comparto su punto de vista. Yo me refería más bien a la falta de aplicación de esa coercitividad cuando conviene, pero como bien dicen el profesor y usted el sistema se blinda y el legislador está al servicio del statu quo, no del bien común.
Estamos los tres cantando en el mismo desierto.
Un saludo.

Perplejo dijo...

Juan Carlos,

Al menos, nos quedan ganas de cantar.

Abogados en Guatemala dijo...

Una muy buena publicación no podía parar de leerte.