15 diciembre, 2014

Vademécum del buen conferenciante. III. Contenidos

(Primera parte, aquí; segunda, aquí)



   Acabemos con esta pequeña serie y vamos con lo que más debe importar, los contenidos de la conferencia, lo que al público se le va a contar y cómo.
                1. Ellos no son tontos.
      El público puede ser muy variado, según los casos y las ocasiones, pero, sea del tipo que sea, el público casi nunca se compone de puros indocumentados. Eso es obvio, claro que sí, pero hay mucho conferenciante que toma a sus oyentes por tontos.
   Adaptar el guion, el tono y los contenidos a la índole intelectual y la especialidad del público es criterio claro para cualquier conferenciante que se precie. A un auditorio de estudiantes más bien novatos no les plantee una charla propia de una audiencia de expertos que están a la última, y si son expertos muy cualificados los que le escuchan, no los trate cual alumnos primerizos. Pero, ante todo, respete a los que tienen el detalle de sentarse a oír.
   La sutil o descarada falta de respeto puede acontecer de diversas maneras. Una, muy evidente, es dedicarse más que nada a hablar de uno mismo y a glosar la propia figura y los méritos que adornan al que perora. Si lo va a hacer de esa guisa, sea honesto al poner el título, titule la conferencia “Yo y todo lo que valgo”, o cosa por el estilo. Cierto que puede el expositor ser una gran autoridad o una persona con una biografía apasionante. Cuando ése sea el caso, pase. Pero raramente lo es. Lo más común es que quien diserta no sea más que un profesor más o menos del montón, y entonces es de básica educación mostrarse agradecido y que tal disposición de ánimo se exprese en el propósito de hablar de algo serio y en no dedicarse al autobombo del Narciso despendolado.
   El hábil conferenciante parte de un par de suposiciones dictadas por la prudencia, la de que entre el público es posible que haya alguno que sepa de la cuestión tratada tanto o más que él y la de que es probable que la mayoría no tenga ni idea de casi nada. Lo primero invita a no dárselas de demasiado listo y lo segundo llama a no ponerse más exquisito de la cuenta.
   A los asistentes se les puede sutilmente herir de dos maneras opuestas. Una, haciendo como si se les tomara por bobos y empecinados ignorantes, y la otra, poniendo muy en evidencia que no saben tanto como aquel al que escuchan. Así que lo más recomendable es adoptar la actitud del que trata de entenderse con iguales, lo que implica descontar tanto por abajo como por arriba: ni ser tan erudito y oscuro como para que no me entienda casi nadie, ni ser tan elemental como para que se aburran los que algo informados están.

                2. Domine la ansiedad.
   A veces es emocionante atender a un conferenciante al que se le nota la cabeza en plena ebullición mientras habla, a ése que va pensando muy a fondo mientras diserta o al que se le agolpa en la mente toda la buena erudición que ha ido acumulando a lo largo de años. Pero a eso hay que meterle orden y mesura, control y pausa, porque puede acabar en gatillazo y desconcierto. Los hay que parecen estudiante empollón en examen oral o amante ansioso que hace años que no cata carne humana digna.
   Sus oyentes no son un tribunal, son seres que quieren aprender un rato, disfrutar y descubrir alguna cosa, captar problemas teóricos y doctrinas al respecto, pero no que los azoten con un maremágnum de nombres, referencias, citas, fechas y librescas menudencias. Es bueno que el público acabe admirando un poco al expositor, no que prefiera no volver a oírlo y librarse del dolor de cabeza. Tenga en buena consideración al auditorio y no se empecine en que lo tomen por la persona más sabia del mundo y, al tiempo, el mayor pelmazo que se ha visto. Dosifíquese, administre su saber, si lo tiene, déjelos con ganas de más otro día y no magullados para siempre y lamentando haberse topado con usted. No haga de su audiencia un público cautivo, en plan aquí te cojo, aquí te hablo hasta que revientes o te duermas.
   No pierda de vista que es limitada la capacidad del oyente pasivo para seguir enumeraciones y retahílas. Por tanto, evite la típica parrafada de diez minutos que empieza mencionando la tesis de un autor, las réplicas sucesivas de otros doce, las contrarréplicas del primero y los pormenores de la traducción de los términos principales a tres idiomas. En otras palabras, no trate de sintetizar en una hora todo un tratado sobre la materia, y menos aparentando que es el tratado que usted podría haber escrito. Porque quien así procede delata que habitualmente no encuentra con quien hablar ni ser que lo atienda, y que se deleita abusando del que se citó con él para una amigable charla de un rato nada más.

                3. Antes de hablar, tenga pensado lo que va a decir.
   Hay improvisadores geniales, pero no es lo habitual. Lo corriente es que al que improvisa se le note que no se preparó, y eso se percibe como otra falta de consideración con el auditorio.
   En la mesa o la tarima, ante un micrófono, hay que estar preparado para evitar la angustia. La angustia suprema viene del temor a quedarse en blanco o a perder el hilo. Cuando ya de mano no hay hilo, el desasosiego acaba apareciendo y, lo que es peor, acaba notándose. Al expositor angustiado porque no lleva en su cabeza la secuencia de su discurso enseguida se le observan las reacciones habituales: repetir lo ya dicho, volver al principio, escapar hacia anécdotas triviales, abrir paréntesis que no se terminan, despistarse en laberínticas digresiones hacia ninguna parte, acabar contando lo que se está acostumbrado a decir en clase. Y esa inquietud desbordante se delata en los gestos y las posturas: mirar el reloj cada minuto, sonreír sin motivo, no dominar los vaivenes de la voz, gesticular a deshora, quedarse con la boca seca y tomar el vaso de agua con gesto tembloroso…
   Se tiene que contar, además, con que puede haber que sobreponerse sobre la marcha a circunstancias adversas y que distraen o desconciertan, como ése de primera fila que se duerme, el propio colega presentador que se pone a jugar con su móvil -o se queda roque y ronca, eso lo he visto yo mismo-, aquellos jovenzuelos de la quinta fila que charlan y enredan, los que entran y salen de la sala y abren y cierran una puerta que chirría, el vendedor ambulante que pasa por la calle con su altavoz, el ruido de unas obras en el recinto de al lado. Si en la cabeza o el papel con el esquema está claro lo que toca explicar en cada momento, la concentración se recupera con facilidad; si uno ya anda perdido para sus adentros, el vuelo de una mosca puede acabar de condenarlo. Y no hay peor condena que ver que faltan treinta minutos y que ya no se sabe qué decir ni por dónde salir, ratoncillo encerrado ante gatos acechantes.

                4. Ponga orden en su concierto.
   Una conferencia es, en pequeño y con sus peculiaridades, como un cuento o una novela. No hay una única estructura posible, pero ha de tener su estructura y, además, debe presentar una correcta combinación de forma y sustancia.
    En la medida en que el tema lo permita (búsquese temas que lo permitan), conviene ordenar la exposición con dos objetivos a la vista: que el interés del público surja pronto y que ese interés se mantenga hasta el final. Sin una parte de misterio o algo de suspense, sin una trama argumental consistente, los que oyen acabarán sucumbiendo a la tentación de ponerse a pensar en sus cosas.
   Use legítimos trucos de buena narrativa, hágase a la idea de que está contando una historia o de que los densos asuntos a los que se refiere tienen que ser captados como si de una historia se tratara. Mencionemos algunos recursos bien simples para ese fin.
    En la introducción o planteamiento inicial es cuando se juega al menos la mitad del éxito. Por tanto, prescíndase de las introducciones tediosas, de los preámbulos que no se sabe a dónde van, de los iniciales rodeos innecesarios. El que comienza con rodeos, acaba envuelto en su propio hilo enredado. Al grano rápido y que hasta pille por sorpresa al público, que se cree alguna inquietud, que haya algo de reto cautivador desde el principio. Piense en el esquema tradicional de planteamiento nudo y desenlace y, por tanto, no gaste mucho tiempo en prólogos, prefacios, notas preliminares, datos ociosos y explicaciones a mayor abundamiento. Al grano. No pueden haber pasado diez minutos sin que los asistentes sepan bien por qué merece la pena atender.
   De lo más recomendable es empezar con un caso o un buen ejemplo. Si se trata de Derecho o materia similar, materia de ésas que aúnan con facilidad teoría y práctica, la exposición de los hechos de una sentencia interesante es herramienta infalible. Antes de hablar de soluciones o teorías se tiene que apreciar bien cuál es el problema práctico, y lo mejor de todo es que los asistentes lo vivan como algo que a ellos mismos les puede ocurrir. Lo abstracto debe venir después de lo concreto, lo teórico o doctrinal ha de aparecer cuando ya estamos insertos en los dilemas de lo práctico. Mejor todavía, cuente casos y sucedidos reales y deje abierta y para el final la solución posible o las decisiones que quepan, y la parte más abstracta o teórica colóquela en medio, como en un bocadillo se mete el jamón entre los dos trozos de pan.
   Si, como es probable, va a referirse a debates teóricos, hágalo de tal forma que la contienda no se produzca entre puras doctrinas y en una especie de limbo para doctrinantes perversos, sino entre soluciones alternativas con consecuencias para la práctica, alternativas y consecuencias que el oyente se esté representando como dilemas vitales que él mismo ha ido asumiendo al hilo de su disertación. Baje y suba, muévase entre lo lírico y lo prosaico, entre lo abstracto y lo concreto, entre lo libresco y lo más vívido de la experiencia cotidiana de cualquiera.

                5. Mantenga su plan de vuelo.
    Cuando se trata, por ejemplo, de un congreso y toca hacer una ponencia, tiene su importancia el turno en que se habla. Generalmente, el que habla el primero marca el tono, para bien o para mal, y por referencia a él van a venir luego las comparaciones que el público haga. Cuando ya han expuesto unos cuantos, la ventaja es que ya se han captado algunos datos importantes para ubicarse y obrar en consecuencia, tales como el nivel y habilidad de los otros conferenciantes, la actitud del público y hasta las ventajas o defectos del lugar (luz, acústica, comodidad, ruidos…).
   Suele ser preferible intervenir cuando ya hayan hablado algunos. Véalos amablemente como competidores, en buena lid, como si cada uno fuera a vender su producto y en el público estuvieran los potenciales clientes. Si los otros lo han hecho bien, anímese, crézcase, siéntase estimulado por el buen nivel y contento de poder dialogar con ellos. Si han estado flojillos, no se relaje ni se contagie de indolencia o aburrimiento. En uno u otro caso, aproveche para seguir pensando en lo suyo e ir adaptando sus planteamientos.
   Lo que no suele dar buen resultado es cambiar en ese instante y sobre la marcha el contenido o el enfoque de lo que ya se traía pensado y organizado. La pauta de lo que vaya a decir y del cómo vaya a decirlo no se la pueden marcar los otros, a esas alturas. Adaptarse sí, pero el venirse abajo o muy arriba puede acabar en desastre.
   En mi opinión, hay un error garrafal, que ya he visto cometer a unos cuantos. Me refiero a cuando un ponente postrero se dedica a comentar críticamente lo que antes ha dicho otro. Eso tiene tres desventajas considerables. La primera, que el auditorio piensa que se está improvisando porque no se traía nada seriamente preparado, que el hablante se está agarrando como a un clavo ardiendo a lo que han dicho otros porque, en el fondo, él no tenía nada apreciable que relatar. La segunda, que se hace una cuestión personal de lo que no debe serlo. La tercera, y principal, que si hay turno de réplicas o debate último y ése al que se le ha querido responder es muy competente (y, por lo general, si ha forzado a ese desafío es porque es bien competente y ha estado brillante), en la segunda vuelta es muy posible que él lo destroce a usted, que lo haga literalmente papilla.
   Porque ahí tenemos también un buen consejo para mesas redondas y conferencias seguidas de debate entre los disertantes: deje en la recámara alguna bala para ese momento, no enseñe de mano todas sus cartas, prevea por dónde pueden ir las críticas o ataques y reserve una salva final. Siempre con guante de seda, sonrisa y suprema cordialidad, por supuesto. Pero directo al mentón.