07 noviembre, 2016

Contra los pelmazos progres



(Publicado ayer, 6 de noviemre, en El Día de León)
                Vaya por delante que si se me pregunta si me considero conservador o progresista, contesto enseguida que progresista, y que si me interrogan acerca de si me tengo por persona de derecha o de izquierda, respondo que de izquierda. Pero no sé si esas maneras de alinearse importan mucho hoy, pues sospecho que son muchos los conciudadanos nuestros que se dicen de acá o de allá por lo mismo que se declaran seguidores del Madrid o del Barça, o del Betis o el Sevilla, pues porque nací en tal barrio o porque de pequeño me regalaron una camiseta con tales colores y ahí me quedé.
                Cada día me siento más fuera de lugar, en lo que a afinidades políticas se refiere, y no porque me atraigan los mensajes o las maneras de los partidos conservadores de estos pagos, para nada. Lo que me sorprende y hasta me preocupa es que ya casi siempre prefiero tomar un café con una persona más bien conservadora y hasta probable votante del PP, que con muchos de los que sobre el papel estarían en mi lado. ¿Por qué? Trataré de dar algunas razones.
                Una, porque no me gustan nada los que aparentan superioridad moral, y más si en el fondo son, algunos, más bien lerdos o algo toscos. Que me lleven la contraria me estimula, pero que mi interlocutor se alce de puntillas para intentar mirarme por encima del hombro me fastidia un poco. A lo mejor yo cuento que no me cae simpático Bob Dylan o que no me parece tan grave el impacto ambiental de no sé qué línea de alta tensión y los veo poner gesto de desdén y como si quisieran atizarme con un hisopo imaginario. Ideas tenemos todos y es interesante discutirlas, pero me incomodan los que se las dan de superiores y, a la hora de la verdad, no manejan más que el catálogo de eslóganes del discurso único. El último catecismo me lo endilgaron cuando era un crío, y no quiero más. En mi juventud esas actitudes solían adoptarlas algunos católicos que hacían como que se apiadaban de los que no teníamos fe, pero hoy con los católicos casi siempre da gusto. Los plastas de ahora son los progres, nueva iglesia bufa.
                Otra razón es que no entiendo por qué para ser de izquierda hay que abrazar al por mayor ideas tan dispares como que el nacionalismo catalán o vasco son progresistas, pero el español es reaccionario; que vale más no hacer una carretera por la que se sirvan varios pueblos que molestar a dos osos o impedir anidar a unos buitres; que a nuestro catolicismo castizo no hay que pasarle ni una, pero que con el islamismo hay que ser tolerante y multicultural a tope; que se es políticamente más avanzado si se come más brócoli que carne de vaca o más acelgas que lubina de criadero. Y así sucesivamente. La relación entre esos prejuicios o gustos y las ideologías políticas me parece bien similar a la existente entre la velocidad y el tocino, escasa y misteriosa.
                Un motivo más está en que me fatigan los censores. Recuerdo aquella adolescencia en la que, de tanto que nos atosigaban otros, no podía uno tener una pequeña fantasía sexual sin que le vinieran las mil ideas de perdición eterna que nos habían inculcado los represores. Ahora cuentas un chiste que no sea de cuarentones heterosexuales y se te queja el corrector de guardia; te pones a comer tu chuletón de buey con ensalada y te salen con que cuánto habrá sufrido ese animal al final de sus días o con que si habrá sido esa lechuga rociada con pesticidas horrendos. ¿Esta gente no descansa o qué? Y lo tremendo es que ellos se ven avanzados y liberadores, sin darse cuenta de que se parecen como dos gotas de agua a aquellos frailes del colegio y que su rollo es clavado a los sermones de antaño. Y, por poner un ejemplo más, y de los estúpidos, que alguien me explique por qué es más progresista andar todo el día mirándose las transaminasas que tomarse fabada con espíritu de que me quiten lo bailado, o beber agua con gas que atizarse un tinto del Bierzo a la salud de las generaciones futuras, si las hay.
                Ser de izquierda es creer en la igualdad de oportunidades y trabajar para que ningún ser humano pase hambre y para que ningún niño tenga al nacer menos posibilidades que cualquier otro de ser lo que quiera y lo que merezca, sin ventajas heredadas, con equidad. Lo otro son cosas de pelmazos irredentos y de quienes también en cuestiones ideológicas y políticas confunden el culo con las témporas. Yo, si tengo que tratar con iglesias y religiones, prefiero las de toda la vida y no a estos sectarios estiradillos y petulantes.

3 comentarios:

Isa dijo...

Amén (perdón por el exabrupto) :-)

Anónimo dijo...

Yo digo algunas veces que los antiguos inquisidores se han hecho progres pero no han dejado de ser inquisidores.

Jorge Ocantos dijo...

Desde Argentina, excelente!