13 noviembre, 2016

Ventosidades del móvil. Por Francisco Sosa Wagner



A las gentes de mi generación nos acompañó siempre la cartilla de urbanidad que tenía ilustres precedentes en el siglo XIX, el famoso manual de Carreño, y en ella nos enseñaban a no meternos los dedos en la nariz, en público se entiende porque, en privado, hurgar en esas lóbregas intimidades estaba tolerado si se trataba de aliviarnos de esas molestias a las que las narices se complacen en prestar cobijo.

Otras advertencias consistían en ceder el asiento en el tranvía a los sazonados en años, quitarnos la gorra al paso de los ataúdes -cuando gimen las calaveras-, lavarnos las manos antes de comer y también tras habernos proveído, no practicar el regüeldo, al menos el que va acompañado de estrépito pues el quedo, ejecutado con pericia, podía pasar desapercibido y por ello carecía de sanción... Todo esto ¿quién lo duda? hacía la vida menos enojosa y el trato con nuestros semejantes menos rudo. 

Había también las prohibiciones rigurosas y, entre ellas, figuraban no escupir -por miedo a las enfermedades-, no cantar con desmesura y -suprema desatención- desafinando, no blasfemar, al menos, como decía un cartel de un bar de mi niñez, contra los santos “más importantes”, una transigencia que demostraba cierta liberalidad pues permitía llenar de improperios a los de menor enjundia santificadora.

¿Qué puede decirse hoy de aquella urbanidad elemental, fastidiosilla, sí, y un poco como de merengue almibarado? Pues que fue eficaz. De resultas de ella las narices no son sobadas en público, el eructo y otras ventosidades han sido encerradas intra muros, nadie escupe más que con el pensamiento, etc.

De ahí que se eche de menos en la actualidad una reedición de las normas de urbanidad, publicadas en edición de postín y repartidas gratuitamente con cargo a los fondos de reptiles de algún ministerio.

¿Por dónde empezamos? Alcanzadas las conquistas señaladas, procede ponernos al día y empezar a tratar esas mudanzas que nos trae la vida diaria y que son como los afeites y ungüentos con que se embadurna la nueva sociedad.

El primer envite será con el móvil y así enviaremos al círculo del infierno de los malos educados irrecuperables a quienes lo atienden cuando les estamos hablando, no digamos a quien, en medio de un almuerzo, hace o contesta una llamada y, encima, se pone la mano en la boca para embozar su perorata en un gesto de suprema desconfianza, de agravio, hacia sus contertulios. A este personaje preciso es mandarlo a sufrir ásperas penitencias y el rigor de la chancillería más próxima. 

La misma pena corresponde a quien anda mirando la pantallita de su móvil acechando la última noticia del Ibex o el resultado de las primarias de Podemos -tan apasionantes ellas- o envía un mensaje a un su pariente para comunicarle que está lloviendo.

¿Qué pena se les puede aplicar? Graves: el bloqueo de sus cuentas de guasap, de tuitero y tuentero hasta llegar al móvil sin batería, sin conexión, con el wi-fi mudo y averiado, sepultado en los confines donde las sombras informáticas se hacen más lóbregas y espesas. Y así hasta la consumación de los siglos y las trompetas de Jericó nos avisen para el postrero desperezamiento.

En próximas soserías trataré los siguientes envites contra la mala crianza.