15 enero, 2017

Deberes



(Publicado hoy en El Día de León)

             Estoy en contra de la campaña contra los deberes escolares que han puesto en marcha algunas asociaciones de padres y madres. Y conste que el tema me concierne, pues tengo una hija de nueve años que estudia en un excelente colegio público de León.
                Evidentemente, hasta lo bueno puede ser dañino si nos propasamos. Está bien comer fruta, por ejemplo, pero si uno devora cada día veinte plátanos y cincuenta naranjas, seguramente resultará pernicioso el exceso. De manera similar, tendremos que admitir que si las tareas que los niños se llevan a casa les ha de ocupar seis horas diarias, se trataría de una desmesura. Pero, hasta donde he visto y oído, no es esa la situación. Sí me he fijado en que muchas veces a los niños les mandan en el colegio que terminen en casa lo que en clase no han acabado, de modo que los que en el aula se andan listos tienen poca labor casera, mientras que a los otros les toca dedicarle más tiempo. ¿Será malo eso? ¿Les iría mejor a esos chavales si los maestros se despreocuparan y procuraran solamente que cada cual aprenda dentro del colegio lo que buenamente pueda?
                Con el mayor respeto a todo el mundo, me hacen gracia ciertas explicaciones de las que se oyen a algunos adultos en campaña contra los deberes. Por ejemplo, la de que los pequeños han de tener tiempo para el juego, para el descanso y para la vida familiar, de manera que si han de gastarse dos o tres horas al día haciendo en el hogar ejercicios de matemáticas o lengua, se les van las jornadas y no satisfacen tales necesidades. No digo que no haya familias que se esfuercen y se organicen de maravilla para que los hijos en edad escolar se formen y disfruten también con el juego, la convivencia familiar, las buenas conversaciones, la lectura, el cine, la música, el deporte, los paseos con los progenitores, etc. Habrá casos, seguramente. Pero pocos. Y apuesto unas cenas a que las familias que tal consiguen no suelen ser las que se oponen a los deberes; más bien al contrario. Piense el paciente lector en la mayoría de los niños y niñas que conoce y en el tipo de vida que llevan. Para empezar, esos mismos padres que tanto insisten en que necesita el niño bastantes ratos para sus cosas, los llevan a mil y una actividades extraescolares, actividades que en ocasiones son las que al niño le apetecen, pero otras muchas veces se trata de las que a los padres ilusionan, porque sueñan los papás con que la criatura acabe de futbolista de primera, concertista de piano o primer bailarín de la Ópera de Berlín. Y, para seguir, observemos qué suelen hacer en sus hogares y día a día muchos de esos pequeños cuyos padres luchan contra los deberes. ¿Cuántas horas semanales pasan ante el televisor? ¿Cuántas dale que dale a la videoconsola de última generación? ¿Por qué es tan terrible que el niño haga unas cuantas divisiones y escriba una pequeña redacción y, sin embargo, no hay problema en que gaste tiempo y más tiempo con videojuegos nada formativos o viendo fútbol en la tele?
                Sospecho que más de cuatro padres y madres de los que tanto se quejan son de esos que se consideran obligados a hacer ellos los deberes de los niños o con los niños. Craso error y enésima manera de pugnar para que nuestros hijos no crezcan ni sean nunca responsables de nada. Ese adulto protesta porque acaba agotado después de tanto intentar acordarse de cómo se hace una división con decimales o una raíz cuadrada. Y, claro, para no cansarse él, pide que no haya tarea para sus niños. Pues muy mal y quién le manda meterse en lo que a su hijo compete.
                Pero lo que más me espanta es que estamos labrando generaciones a las que se priva de uno de los más altos placeres, el placer de hacer cosas, el gusto de alcanzar metas, el disfrute al superarse. Adultos pasivos, cansados, perezosos, desmotivados, pelean para que sus hijos sean formados a su imagen y semejanza, seres flojos más dispuestos a pedir que a dar, más dados a protestar por todo que a ser responsables de algo, desconsiderados con el buen profesional que cumple con esmero, como tantísimos maestros, y comprensivos con el que vive del cuento y cobra por escaquearse.
                Que no se desanimen los profesores competentes y vocacionales. Que sepan que somos mayoría los que queremos que hagan de nuestros hijos personas capaces, honestas y dispuestas a esforzarse y a trabajar a conciencia; que tengan en cuenta que somos más, aunque se nos oiga menos o no dediquemos tiempo a urdir campañas ni inventar eslóganes.