26 septiembre, 2005

El matrimonio y los homosexuales.

El pasado sábado publicó Juan Manuel de Prada en ABC un artículo titulado “La destrucción del Derecho”. Admiro muy sinceramente la calidad de la prosa de este autor y su arrojo a la hora de defender sus convicciones. Más aún, creo que él y unos pocos más cumplen una muy saludable función en nuestro sistema democrático, pues frente a la escasa capacidad argumentativa que desde hace muchas décadas caracteriza a la derecha española, más dada al exabrupto cuartelario que al razonamiento sosegado, y frente al tópico pseudoprogresista de que la derecha no defiende en realidad ideas, sino intereses bastardos y talantes dictatoriales, plumas como las de De Prada nos demuestran que sí hay razones y convicciones serias y bien sostenidas en la derecha, al igual que las hay en la izquierda. Y que ser progresista no es evitar el debate con los conservadores fingiendo un olímpico desprecio que no esconde más que ignorancia y dogmatismo, sino que ser progresista y crítico supone batirse lealmente con sus propuestas y creencias, desde el respeto que se debe al contendiente al que se quiere ciertamente derrotar, sí, pero en buena lid y no cayendo precisamente en lo que retóricamente le reprochamos: dogmatismo, demagogia y autoritarismo.
Y servidor, modestamente, quiere aquí cuestionar algunas de las ideas que De Prada expone sobre el matrimonio en el referido artículo.
La primera tiene que ver con la disputa sobre si el derecho al matrimonio es el derecho de una institución social o es un derecho de los individuos particulares. La ley de matrimonio homosexual estaría “privatizando” el matrimonio, según nuestro articulista, pues hace que el casarse o no dependa de “la mera voluntad de los cónyuges”, de modo que “el matrimonio se convierte en un derecho del individuo que se casa con quien le apetece”. Y la secuela sería ésta: “De este modo, el Derecho claudica en su función primordial (que no es otra que la consecución de un bien social a través de la seguridad jurídica), para someterse a la voluntad del individuo y autorizar legalmente su capricho”.
Y digo yo, ¿qué van a ser, sino derechos individuales, los derechos relacionados con el matrimonio? Porque lo contrario de esa llamada “privatización” del matrimonio sería su socialización. Tiene gracia ver a la derecha, aunque sea la derecha civilizada y más culta, como la que puede representar De Prada, mostrándose a favor de la socialización de las instituciones. Pero así es, se trata de una paradoja frecuente. Analicemos despacio el caso. No es cierto que el Derecho haya hecho, aquí y ahora, del matrimonio una institución enteramente caprichosa. Cierto que ahora una persona puede casarse con otra de su mismo sexo, cosa hasta el momento legalmente impedida, pero siguen rigiendo múltiples prohibiciones: uno no puede casarse con menores de cierta edad, no puede casarse con ciertos parientes, no puede estar casado con varias personas al tiempo (poligamia y poliandria), etc. Sólo ha cambiado una cosa, aunque sea relevante, pero los partidarios de que el matrimonio de verdad se privatice seguramente impugnarán muchos de esos impedimentos que todavía rigen. Pensémoslo: tratándose de adultos que consienten, ¿por qué no va a tener una mujer dos o tres esposos –o esposas-, o un hombre dos o tres esposas –o esposos; o mitad y mitad-?. ¿Es tan distinto de tener un único cónyuge y algunos/as amantes?
Con eso último llegamos a otro aspecto importante. La subordinación, en materia de matrimonio o de derecho de familia en general, de los derechos individuales a los intereses colectivos es algo que ya se probó más que sobradamente en la Alemania nazi y el algunos países comunistas. Con los resultados bien sabidos. En tales regímenes, el derecho de cada cual a casarse con quien quisiera se subordinaba a intereses eugenésicos, reproductivos o productivos. Según los países, se ponían reparos legales a los matrimonios interraciales, o a los de personas con alguna tara física; o a los matrimonios con mujeres que ya no se hallaban en edad fértil; o a matrimonios que supusieran para alguno de los cónyuges una dificultad para su plena entrega a la industria nacional o a las labores del partido. Está muy bien documentado todo esto en múltiples estudios en los que ahora no podemos detenernos; pero es así.
Cierto, absolutamente cierto que De Prada no es en modo alguno un totalitario, y estoy dispuesto a batirme dialécticamente con cualquiera que tal cosa afirme. Ahora bien, él tilda de totalitaria y destructora del Derecho la ley de matrimonio homosexual. Y eso tampoco. Porque lo que los totalitarismos siempre han querido es exactamente ver en el matrimonio una institución al servicio primariamente de objetivos sociales, como la mejora de la raza, el aumento de la natalidad, el alza de la producción, la consolidación de la revolución o la construcción de una sociedad santa o virtuosa, en lugar de contemplar dicha institución como mero resultado del deseo de dos (¿o más?) personas de vivir juntos y compartir su vida en lo emocional o lo físico. Pero los conservadores dignos, como De Prada, no van tan lejos, por fortuna. Su preocupación es la reproducción, la perpetuación de la especie, puesta peligro, al parecer, por el hecho de que los homosexuales puedan casarse, en lugar de serlo toda la vida, pero como solteros, eso sí. Nos dice nuestro autor que “La institución matrimonial, tal como la concibió el Derecho, no atiende a las inclinaciones o preferencias sexuales de los contrayentes, sino a la dualidad de sexos, conditio sine qua non para la continuidad social. La finalidad de la institución matrimonial no es tanto la satisfacción de derechos individuales como la supervivencia de la sociedad humana, a través en primer lugar de la procreación y luego de la transmisión de valores y derechos patrimoniales que dicha procreación genera”.
Porque vamos a ver, ¿habrá menos homosexuales si los que lo sean no pueden casarse? ¿Será más alta la tasa de descendientes generados por los heterosexuales si a los homosexuales les está prohibido contraer matrimonio? ¿Deberíamos, en aras de la procreación, obligar a cada homosexual a reproducirse por medio de una relación heterosexual, con ganas o sin ganas? Y, si lo importante es el hecho de la reproducción, ¿por qué no fomentar la paternidad o maternidad de laboratorio, en lugar de ponerle trabas? Y, ya en el colmo, si se trata de que por razón del supremo interés social de la reproducción estén prohibidas las prácticas o instituciones que de algún modo saboteen o contravengan ese interés reproductivo, ¿por qué no declaramos ilegal el celibato sacerdotal u obligamos a que los conventos sean mixtos y con sexualidad frecuente y sin anticonceptivos? ¿Y por qué no decretamos la nulidad automática de todo matrimonio en que una de las partes sea estéril, obligando a la otra a casarse con alguien que sí sea fértil? Y ya puestos, ¿prohibimos los anticonceptivos? De tanto usarlos hay parejas de esposo y esposa que tienen tan pocos hijos como si fueran matrimonios homosexuales. ¿Los penalizamos al menos? Si la institución es social y los fines que la justifican no tienen mayormente que ver con los intereses y deseos de los individuos, todas estas medidas serían tan coherentes como prohibir el matrimonio homosexual por razones reproductivas. Igual de coherentes, ni un ápice menos.
Pero lo de la reproducción es una burda disculpa, bien lo sabemos. No preocupa a la derecha el que los matrimonios homosexuales no puedan reproducirse, no es eso en verdad. La clave nos la proporciona la última parte del párrafo que hace un momento citamos, cuando De Prada nos cuenta que la otra finalidad del matrimonio es “la transmisión de valores”. ¿Qué valores? ¿Los valores de quién? ¿Tienen sexo los valores? ¿Hay valores heterosexuales y valores homosexuales? ¿Son por definición perversos e inconvenientes los valores que pueda transmitir una persona o un matrimonio homosexual? Y, sin tan malos son esos valores que los homosexuales pueden transmitir, ¿sólo son peligrosos cuando los transmiten estando casados o convendrá reprimirlos en general, casados y solteros, para que ni hablen ni actúen con riesgo de escándalo para los buenos de la sociedad? ¿Censuramos, pues, la literatura homosexual? ¿Hacemos delito de los tratos carnales de los homosexuales? ¿Los obligamos a pasar por el aro de la doble vida o la clandestinidad? ¿Es más sana y se gobierna por mejores valores una sociedad en la que un homosexual tenga que tener una pareja hetero como tapadera y un amante de su sexo bien oculto? ¿Es moralmente más sano y mejor ejemplo social el de una pareja casada en la que uno de los cónyuges doblega su inclinación por miedo al qué dirán o por servicio a la reproducción?. ¿Es superior la moral de una sociedad que mantenga a los homosexuales en el armario y los castigue si intentan salir?
Sé que es muy probable que De Prada diera a la mayor parte de estos interrogantes una respuesta que se quiera bastante “liberal” y tolerante, en términos de que no pretende limitar derechos individuales de los homosexuales, sólo evitar que se cause daño a la institución social del matrimonio. Pero estos conservadores bienintencionados –cuando lo son, como creo que es el caso- también deben meditar sobre las consecuencias aterradoras a que puede conducir –e históricamente ha conducido- su empeño en socializar las instituciones del derecho de familia, su propensión a subordinar la libertad de los individuos, al elegir las formas de su vida privada, a los imperativos de la conveniencia social. Y ni siquiera de la conveniencia social en rigor, sino de una determinada fe o concepción del mundo que pretende hacer de la sociedad un modelo de virtud autoritariamente impuesto, en lugar de la sede de la convivencia entre ciudadanos autónomos que no deben tener en su libertad más límite que el de evitar el daño a los otros individuos y poner de su parte lo necesario para que todos puedan comer, tener educación y un mínimo aseguramiento de su integridad personal. El matrimonio no es un servicio social o público, es una institución privada y así debe seguir si amamos la libertad. Porque para que siga habiendo niños y niñas no es necesario el matrimonio, tampoco el heterosexual. Y para que las personas sigan queriendo y defendiendo a sus hijos no hace falta tampoco que estén casadas. Se les puede querer como quieren los curas a sus sobrinas, pongamos por caso.

23 septiembre, 2005

BLANCO NO DA EN EL BLANCO: NO TODOS LOS DERECHOS SON CONSTITUCIONALES.

Ayer escuché en los noticiarios radiofónicos unas declaraciones de José Blanco, Secretario General del PSOE, en las que decía, si no recuerdo mal, que cómo va a ser inconstitucional una ley que otorga derechos. Se refería a la ley que permite el matrimonio homosexual.
No pretendo explayarme hoy sobre si será o no será constitucional tal norma (véase, aquí mismo, la entrada de ayer, “Cuatro bodas y un Tribunal”). Sólo quiero referirme a que la mencionada afirmación de José Blanco es una perfecta... bobadita. ¿Por qué? Porque el hecho de que una norma jurídica conceda a alguien algún derecho no es mano de santo para hacerla, sin más y sólo por eso, constitucional. Para nada. Buscar ejemplos es facilísimo, caben miles en un momento. Pongamos que una ley me da expresamente el derecho de golpear a mi vecino si no me saluda cuando nos cruzamos en la escalera (cosa cada vez más habitual, por cierto; y la tentación, fortísima). O una que declarara que si estoy de copas y se me acaba el dinero, puedo sustraer de la cartera de cualquier cliente del bar la cantidad que necesite para soplarme otro lingotazo. Cuando alguien cuestionara dichas normas yo podría alegar, invocando la excelsa autoridad jurídica de Blanco, que quiero parao, que tales normas son perfectamente legítimas y constitucionales porque otorgan derechos. A lo que cualquiera con dos dedos de frente y tres nociones de Derecho fácilmente replicaría que esos derechos van a costa de los derechos de otros, lo comido por lo servido: se amplían los derechos de A, esto es, la lista de cosas que el Derecho le permite hacer, a costa de los derechos de B., quien, en los anteriores ejemplos, ve limitado su derecho a la integridad física, en un caso, y su derecho de propiedad, en otro.
Alguien puede con razón replicar que con dichos ejemplos no damos en el Blanco, pues en el caso al que Pepiño se refiere se amplían derechos de determinadas personas, los homosexuales, sin pérdida para los derechos de los demás. Se trataría, por tanto, de conceder a la expresión del prócer socialista el siguiente sentido: no es inconstitucional la ley de matrimonio homosexual porque concede derechos a los homosexuales sin dañar o limitar otros derechos de nadie. Con esto sí se pone más sustanciosa la discusión jurídica, y nos lleva a terrenos que tendrá que transitar el Tribunal Constitucional en su razonamiento.
La primera pregunta sería: ¿hay derechos de unos que no afecten negativamente a ningún derecho de otros? Imaginar casos es más difícil de lo que parece. Por ejemplo, mi derecho a beber de la fuente de la plaza del pueblo parece que no merma el derecho de nadie, pues todos pueden beber igual que yo... salvo que mane poco y haya que racionar para repartir. Mi derecho a la vida no impide que otros ejerciten tranquilamente el suyo... salvo que mi estado de necesidad obligue al otro a arriesgar su vida para salvar la mía, o que mi derecho a la legítima defensa me autorice incluso a matar al que pone mi vida en peligro cierto y grave. Y el derecho de un adulto a casarse de modo libre y consentido, ¿puede repercutir negativamente en los derechos de alguien? Parece que no, pero muchas veces sí. Puede afectar a los derechos e intereses de los hijos anteriores, o, incluso, de los que vengan. Afecta también a los herederos. Y hasta, si exageramos un poco, a los derechos de otros aspirantes a ocupar el sitio del esposo o la esposa. Si yo me caso con Fulanita, ya no va a poder ejercer con ella su derecho al matrimonio mi primo Alfredito.
En el caso del matrimonio homosexual, no van a tener muchas dificultades los impugnadores de la ley a la hora de enumerar derechos que, en su opinión, se ven dañados. Ya lo hacen cuando se refieren, por ejemplo, a los hijos que la pareja homosexual, conjuntamente o por separado, pueda adoptar, en su caso, o tener como fruto de alguna relación (física o de laboratorio) anterior. A esto hay que añadir que mis derechos no sólo pueden y deben estar limitados por consideración a y compatibilidad con los derechos de otros, sino también por razones de interés social. Así, cuando se limita mi derecho a portar armas no sólo se tiene en cuenta el derecho de los que con ellas puedo herir o matar, sino también el interés social general en una convivencia pacífica y ordenada. Mejor aún: cuando me obligan a ir en coche con el cinturón de seguridad abrochado están limitando mi libertad, y la razón para ello no es sólo, ni fundamentalmente, proteger a cambio otros derechos míos, como el derecho a la vida y el derecho a la integridad física, sino el interés social en una baja tasa de muertos y heridos en accidente, debido a los altos costes sociales (costes de seguridad social, laborales, etc.) que tales infortunios suponen. Y por ahí es por donde atacan también los denostadores del matrimonio homosexual, alegando que legalizar como matrimonio tales uniones supone el ataque grave a instituciones que cumplen una función social importantísima en su configuración tradicional, comenzando con la familia. Desde este punto de vista, ampliar derechos con una interpretación generosa del art. 32 de la Constitución supondría poner este precepto en conflicto con el art. 39 de la misma, que obliga a los poderes públicos a velar por la protección de la familia. Todo cuestiones de interpretación, sí, pero la práctica y aplicación del Derecho es ante todo eso, praxis interpretativa, no propaganda ni dogmatismo voluntarista.
En resumen, que el que una ley conceda o desarrolle derechos de alguien no es, en modo alguno, razón para que pueda afirmarse, sin más, su constitucionalidad. Que porque los homosexuales posean, gracias a esta ley, un derecho que no tenían, no se sigue automáticamente la constitucionalidad de tal norma. Y ello porque siempre cabe invocar otros derechos, de otros, que puedan resultar limitados; y, sobre todo, porque la Constitución no sólo trata de derechos y no se limita a instar su extensión y desarrollo, pues también consagra instituciones y prácticas con las que los derechos tienen que convivir, siempre en tensión y bajo alguna forma de recíproca limitación. Por eso el eje del juicio que realice el Tribunal Constitucional va a estar en la apreciación de si la concesión a los homosexuales de tal derecho es o no compatible con otros derechos, otras instituciones, otros principios y otros valores constitucionales.
Estas cosas tienen muchos más matices que los que pinta Blanco. Pero tampoco hay por qué pedir peras al olmo, ciertamente.

Derecho y poesía. Antología. XII

Desde abajo

Entonces nos colgaron de los pies, nos sacaron
la sangre por los ojos,
con un cuchillo
nos fueron marcando en el lomo, yo soy el número
25.033,

pidieron
dulcemente,
casi al oído,
que gritáramos
viva no sé quién.

Lo demás
son estas piedras que nos tapan, el viento

Gonzalo Rojas, Metamorfosis de lo mismo.

22 septiembre, 2005

CUATRO BODAS Y UN TRIBUNAL. ¿QUÉ SIGNIFICA "INCONSTITUCIONAL"? Nota para no juristas.

Parece que el PP se anima a presentar recurso de inconstitucionalidad contra la norma legal que permite el matrimonio entre personas del mismo sexo. Sus abogados alegarán que la norma es patentemente inconstitucional. Quienes defiendan la ley aducirán que su constitucionalidad es clara. Y el pueblo en masa se preguntará (si es que existe el pueblo en masa y si es que se pregunta algo) de qué diablos depende que una norma legal sea constitucional o inconstitucional. Porque la cosa parece ciertamente misteriosa, y más cuando se aprecia la seguridad con que unos y otros afirman que de su lado está la Constitución.
Una norma es contraria a otra cuando los contenidos de la una y la otra son incompatibles, es decir, cuando hay una contradicción entre lo que una prescribe y lo que prescribe la otra. Cuando tal contradicción se da entre una norma legal y un precepto de la Constitución, se dice que dicha norma legal es inconstitucional. Tal juicio de inconstitucionalidad estaría perfectamente fundado y sería difícilmente discutible si, por ejemplo, una ley estableciera la pena de muerte para los delitos de terrorismo. Puesto que la Constitución, en su artículo 15, dice que “queda abolida la pena de muerte”, parece fuera de toda duda que la norma que permita tal pena contradice sin remisión esa otra norma constitucional que la prohibe. Como si yo le digo al camarero “póngame un café” y en lugar de eso me sirve una fanta. Su acción incumple mi mandato o ruego.
¿Son habitualmente tan claras las cosas? Ni mucho menos. Sigamos con la comparación sencilla. Yo he dicho al camarero “póngame un café”, y él me sirve un café con leche. ¿Ha incumplido mi pedido? Depende de cómo se interprete mi expresión. Tanto servir un café solo, como un cortado o uno con leche son maneras de cumplir con el pedido de un café, pues son tres formas en que el café suele tomarse entre nosotros. Ahora bien, tal vez lo que yo quería era tomar un café solo. Pero no lo expresé con suficiente claridad, con precisión bastante. Puedo alegar ante el camarero que mi intención era ésa, y que cuando digo un café quiero decir un café solo, sin aditamentos ni añadidos, pues cuando quiero leche ya lo especifico. Pero el camarero me podrá replicar, con toda razón, que por qué no especifiqué que lo quería solo, y que él me sirvió un café en una de las formas en que suele tomarse, tal vez, incluso, la más común. Y que, en suma, no desatendió mi petición expresa, pues mi petición expresa era confusa. La diferencia entre esta situación y la problemática constitucional está en que el camarero me podía haber preguntado, antes de servirme, cómo quería el café, pero nosotros, y tampoco el TC, no podemos ya preguntarle ni a los padres de la Constitución ni al poder constituyente cómo quería el matrimonio.
Vamos con el matrimonio y la Constitución. Ésta reconoce expresamente el derecho a casarse. Pero no especifica si cortado o con leche, digamos. Es decir, no dice con precisión con quién se puede casar uno, a quién se refiere el derecho constitucional a contraer matrimonio, si a parejas de sexo opuesto solamente o también a parejas de sexo idéntico. Porque el tenor del art. 32 de la Constitución es éste: “El hombre y la mujer tienen derecho a contraer matrimonio con plena igualdad jurídica”. Así que una cosa queda clara y otra no. La que está clara es que tanto los hombres como las mujeres tienen derecho a casarse. Si una ley excluyera a los unos o a los otros de tal derecho, dicha ley sería inconstitucional, sin lugar a dudas. Pero lo que no está claro es si tal derecho del hombre y de la mujer se refiere a casarse entre sí, los unos con las otras y las otras con los unos, o si de lo que se trata es de que cada uno, hombre y mujer, tiene derecho a casarse, en igualdad de derechos, con quien le dé la gana, en unión homo o heterosexual.
Puestas así las cosas, ¿es constitucional la ley de matrimonio homosexual? Depende. ¿De qué depende? De cómo se interprete el mentado artículo 32. ¿Qué significa interpretar? Interpretar aquí quiere decir asignar a la norma un significado preciso, eligiendo uno de los que su tenor indeterminado permite. Porque dicho tenor indeterminado, ya lo hemos visto, tanto admite un significado como el otro. ¿Y de qué dependerá que una persona, o un juez, interprete de una forma o de la otra, elija un significado o el otro y que, por tanto, correlativamente diga que hay constitucionalidad o inconstitucionalidad de la ley? De dos cosas, íntimamente correlacionadas: de su concepción del Derecho y la Constitución y de su ideología.
Si dicha persona o juez considera que el Derecho no tiene más contenido que el que se expresa en sus palabras, de modo que el Derecho manda claramente lo que está claro en sus normas y deja a la elección, discrecional y fundada, del juez o aplicador el inclinarse por unos u otros de los significados posibles en lo que en las normas esté indeterminado, entonces tendrá que concluir que una norma como el art. 32 de la Constitución no resuelve por sí sola la pregunta que aquí se. Esto es lo que pensarían la mayoría de los que se llaman positivistas jurídicos. Bajo esta óptica, la decisión que el Tribunal Constitucional habrá de tomar en este caso será de su cosecha, por mucho que la impute a la Constitución y a su artículo 32, junto con otros aún más indeterminados para el caso. Será, pues, una decisión predominantemente política, o político-moral, ideológica en cualquier caso. Salvo que aplique una regla decisoria que dijera algo así como que lo que la Constitución expresamente y claramente no prohibe debe considerarse constitucional, por compatible con la Constitución. Y puesto que expresamente no prohibe el matrimonio homosexual, puesto que el texto del art. 32 se presta a lecturas contrapuestas... Pero aun con esto la ideología estaría presente, pues ideológica es también la decisión de aplicar dicha cláusula u otra de sentido opuesto, que también las hay.
Por contra, otros, generalmente los conservadores, suelen mantener que la Constitución contiene más que lo que expresa y que sus normas mandan más de lo que dicen. Y eso porque, según dicha opinión, de la Constitución no sólo forman parte esos enunciados que configuran sus artículos, esas palabras que todos podemos leer, sino también otras cosas, como valores y naturalezas de las cosas, que cuentan y están ahí, en el fondo de la Constitución, aunque en ella no se lean y aunque su modo de conocimiento sea la reflexión o la meditación, tal vez reservadas a mentes privilegiadas o particularmente sensibles. Parten los que así razonan de que las cosas son como son, también a efectos jurídicos, y no como la Constitución o las leyes digan que son. Y, al igual que ningún círculo puede pasar a definirse como cuadrado por prescripción legal, ya que, por definición, por necesidad conceptual y por la “naturaleza” de los cuerpos geométricos, un círculo es un círculo y un cuadrado es un cuadrado, así también el matrimonio es la unión (antes decían que indisoluble, además) de hombre y mujer y no de hombre y hombre o mujer y mujer, por necesidad esencial, conceptual y natural, esta vez en razón de la naturaleza de los cuerpos humanos, se supone.
Puestas así las cosas, y así son, ¿es constitucional o inconstitucional la ley de matrimonio homosexual? Para los que creemos que no hay en la Constitución nada más y nada distinto de lo que la Constitución dice, no es inconstitucional, aunque no sea más que porque la Constitución no veta expresa y claramente tal tipo de matrimonio. O porque en caso de duda... la prioridad para el legislador, que es el que nos representa, mal que bien. Que en términos políticos, sociales, morales, etc. nos haga más o menos gracia que tal ley se haya promulgado es otra cosa que no consideramos que deba interferir ni determinar el juicio de constitucionalidad; es harina de otro costal. Por contra afirmarán rotundamente la inconstitucionalidad los que creen que, por encima de las voluntades de los hombres y de los textos de las normas que los hombres se otorguen para organizar la convivencia, están los dioses o las metafísicas naturalezas o el orden de la creación o un determinado sistema moral tenido por el único verdadero y cierto, y vinculante para todos por encima y al margen de toda consideración del pluralismo moral y de las mayorías políticas, por encima de cualquier forma de consenso.
Pero, en el fondo, todos, unos y otros, saben, sabemos, que una decisión como ésta que el TC va a tomar es fundamentalmente política y será evaluada en términos de apoyo al Gobierno vs. patada al Gobierno. Porque sólo razones políticas o morales, no propiamente jurídicas en el sentido más estricto, serán las que harán decir al Tribunal cualquier cosa al respecto, cualquier cosa que, sea la que sea, la Constitución no dice. Y que todos lo sepan, en este caso y siempre, es la razón por la que los partidos se pegan tanto a la hora de elegir a los magistrados del Tribunal Constitucional o los del Supremo. No discuten sobre su competencia técnica, no. Ésta se supone y es casi siempre muy alta en todos los candidatos. Les importan más otras cosas. Es normal, no debemos escandalizarnos. No hay vuelta de hoja; ni se ha inventado sistema mejor.

Un dibujo de Avelino Fierro

21 septiembre, 2005

MA/PATERNIDADES POSMODERNAS

¿Cómo salimos adelante? ¿Cómo conseguimos sobrevivir a la infancia en medio de tales peligros? ¿Qué clase de irresponsables eran nuestros padres? ¿En qué libertinajes incurrimos desde bebés y que pudieron costarnos la vida y la integridad física y moral? Se me pone la piel de gallina sólo de pensarlo. Todos los de mi pueblo gateando por los prados cuando aún no habíamos aprendido a andar, tocando a las vacas, ay, embarrándonos, bebiendo leche recién ordeñada y, por supuesto, sin pasteurizar. Y nada de potitos, patatas desde que salía el primer diente. En mis recuerdos más lejanos me veo sentado a la orilla de la tierra de labranza, jugando con los terrones y tratando de coger lombrices, mientras mi padre y mi madre, azada en ristre, sembraban alubias (fabes) o plantaban lechugas. A la escuela íbamos desde los cinco años caminando solos, varios kilómetros, en invierno bajo la lluvia y el frío, con madreñes o chanclos. Dos o tres días a la semana comíamos fabada, también los más pequeños, con su dosis generosa de morcilla, tocino (entonces no sabíamos que comer tocino es de mal gusto, pero que bacon sí se puede), lacón y chorizo. Mi madre de niño me llevaba a la cama, al amanecer, un ponche a base de huevo crudo batido y vino blanco peleón. Toma pelotazo para echar a andar.
¿Era mi madre una asesina? ¿Mi padre un desalmado? ¿Mi pueblo el infierno de la infancia? No, amigos, aquello era el paraíso. Mis viejos trabajaban de sol a sol. Todos los niños éramos intensamente felices, alegres, dichosos. Y sanos. Y adquirimos buenas habilidades (trepar a los árboles, saltar zanjas, saber cómo sujetar a una vaca, plantar hortalizas, no respirar cuando se coge una ortiga) que aún hoy le permiten a uno, con la cuarentena más que servida, salir del paso cuando hay que saltar un charquito o rescatar a algún cuitado urbanita de las fauces temibles de una abeja.
Y luego en la ciudad, desde los diez años. Salíamos solos y en pandilla por las calles del barrio. Jugábamos al fútbol en descampados donde había de todo: piedras, cristales, palos, barro, perros. Íbamos solos hasta el colegio, caminando, sin que un papá nos llevara en coche masacrados de bufandas. Las actividades extraescolares nos las montábamos propiamente fuera de la escuela, en billares y boleras. A veces había peleas y puñetazos, y bien libre estabas de quejarte en casa si te había tocado con los perdedores, no fuera a empeorar tu situación.
¿Seré un inconsciente? ¿No me daré cuenta, acaso, de que mi psique padece todos los traumas imaginables como consecuencia de aquella disoluta y arriesgada vida impúber? ¿Será consecuencia de aquel ríspido ambiente el que yo ahora me indigne cuando veo a tanto capullín de mírame y no me toques? ¿Será por el abandono sufrido antaño por lo que ahora me provocan impulsos homicidas esos papás atildados y untuosos que vienen a mi despacho a explicarme que su hijo/a estudia mucho, mucho, mucho, pero que este modo de exigir no es normal y que pobre chico/a, por los traumas que los profesores le causamos está yendo ahora a una terapia tántrica muy buena, combinada con una dieta baja en aminoácidos, y que si no puedo, anda porfa, subirle la nota un poco, cuatro puntitos de nada? Mi alternativa, en el pasado, si los puntitos no me alcanzaban, estaba clara: a trabajar con las vacas, que ellas tampoco tienen carrera; ni la necesitan. O carrera o carro. Tú eliges. ¿Será que ahora me sigue gustando el fútbol porque en aquel tiempo era fútbol lo que jugábamos en parques, prados, campos y descampados, en lugar de asistir, conducido por un progenitor de gesto bobalicón y orgullo de canguro, a clases de ajedrez, o ballet, o tiro con arco, o esgrima, o clavicémbalo, o tuba?
No estoy bajo un ataque de nostalgia, no. Más bien de mala leche. Miro a mi alrededor. No veo a Pepita, que lleva años sin venir por el trabajo (esto es la Universidad, ya lo sé. Véase mi viejo articulillo recién colgado, ayer) más que una horita cada cuatro semanas. No pregunto dónde anda, pues sé la respuesta que todos me darían, con un mohín de reproche por lo intempestivo e inhumano de mi interrogación. Es que tuvo un niño, ¿no te acuerdas? Eso me contestarían. Y líbrenme los dioses de replicar, sí, ya sé, pero hace cuatro años. Porque el enojo crecería, al responderme que ahora es lo peor y cuando más atención requieren. Y que qué horror, porque los llevas a la guardería y te cogen todos los microbios. Antes mis amigos y colegas iban al bar todos los días un rato, y al fútbol una vez a la semana. Ahora sólo van al pediatra, con su criaturita, esa cosa enfermiza, fofa, ruidosa, impertinente. Sí, sí, me gustan los niños, aunque no lo parezca. Pero he dicho los niños, no los semovientes embutidos que hacen a diario la ruta entre la casa y el pediatra, o entre la casa y el lugar donde imparte las clases de tuba, a 100 euros la hora, ese exiliado ruso que sueña con tirarse a la mamá. O al papá. O a toda la familia.
No hace mucho un buen amigo tuvo descendencia. Enhorabuena, of course. Alguien deberá cotizar cuando a uno le toque pillar pensión. Pero, aparte de eso, la sensación es guapa, lo sé y lo recuerdo. Una monada de chaval, dicen. Digo dicen porque sus papis, al cabo de los meses, aún procuran no sacarlo de casa. No sea que se enfríe, se resfríe, se constipe, se acatarre o tenga una diarreíta, con tanto virus que hay por ahí, hija. El caso es que el otro día vi a mi amigo. Nos reunió un compromiso absolutamente ineludible, que por eso apareció él. No pude evitar preguntarle por qué ya casi nunca va a la oficina. Ni a ningún lado. Su mujer no trabaja. Antes creo que buscaba trabajo. Ahora, puf, imagínate, como para ponerse a trabajar, con lo que da que hacer un niño, que te tiene todo el día esclavo. Y eso que éste es bueno y duerme bien. Todos, al parecer, son especialmente buenos, lo que no les impide, a los muy cabronazos, esclavizar a toda la familia, la política incluida, y frustrarle el descanso al obrero del quinto a base de barritos nocturnos, matutinos y vespertinos. Pobres, es que se expresan así. A veces se me olvida. Lo que no puedes hacer es decirles que se callen o griten más bajito, porque luego vienen las reacciones psicosomáticas que les provocan angustia y anemia. El caso es que mi amigo me miró muy serio y, sin rastro de ironía, me contestó que tenían que estar los dos, papá y mamá, todo el día con su bebé, pendientes y atentos, pues no sabe cuándo se va a despertar, qué puede necesitar o cuándo surge un imprevisto. Que son muy absorbentes, los niños, ya sabes. Sí, ya veo. Absorbentes. Como los dodotis. Absorbentes. Tan ricos. Angelitos de los demonios. Con lo que ellos quieren a sus papás y lo que les gusta tenerlos todo el santo día mirándoles el pitín a ver si van a orinar otra gotita. No lo cojas así, Borja Xuacu, ¿no ves que nos dijo el pediatra que se le vienen gases si se le dobla la orejita? Ay, mira qué pedete. Tenemos que decírselo a la abuela, que ya tira pedetes. Mi niño. Le propuse a mi amigo, viejo juerguista con solera, irnos de copas, y me miró aterrado. Creo que hasta me odió un poco. No era envidia. Ni mucho menos. Era desprecio. Posiblemente me considera ya un perverso cruce de narcisista y hedonista. El otro día leyó que hay sujetos así porque no han salido de la fase anal, que diría un freudiano; o porque sus hormonas no producen una enzima que induce la empatía psico-física con los niños. Encima. Sí, venía el otro día en uno de los fascículos de Padres100. Los estamos coleccionando y aprendes cosas buenísimas y muy útiles. ¿Te los pasos y vas viendo?
Esto parece la guerra. Cada parto dos bajas, papi y mami. Más el bebé, que en su puta vida va a conocer el gusto de soltarle una pedrada a un vecino amigo, sacar un grillo de su cueva o merendarse a pelo una manzana recién caída del árbol. Un zombie, garantizado. For ever. Llegará a los treinta y nueve y seguirá convencido de que lo más sublime del mundo se halla en su pipí y sus pedetes. Es muy sensible mi John Xuaquín, todo le afecta, hija. Ya no sé que darle. A ver si acaba la carrera y se centra. Lo que pasa que hay un profesor que le tiene ojeriza. Ya va a hablar mi Borja Xuacu con un primo suyo que es vecino del Rector. A ver si lo arreglamos, pobrecíto mío, mi chiquirriquitín. Y eso que ahora está con el tratamiento que le da aquel psiquiatra de Barcelona que le recomendó mi cuñada y vamos tirando.
Probable, que no deseado, desenlace. EFE: Niño de cuarenta y dos años, de nombre John Xuacu, ataca a sus padres con una katana. Cuando la policía llegó, lo encontró chapoteando en un charco de orines y sangre. Y sonreía. Mi niño.

20 septiembre, 2005

Universidad

(Publicado por Juan A.Gª. Amado en La Nueva España el 6 de junio de 2004).

Me permito proponerle al paciente lector un acertijo. Quien más quien menos ha trabajado, y la mayoría lo habrá hecho por cuenta ajena y en una empresa. Así que el tema lo conocen. Quiero que atiendan a los datos y pistas que les iré dando y que traten de imaginar a qué empresa o institución “productiva” me refiero. Si no lo adivinan, mal asunto. Si aciertan, peor.
Pues imaginen una empresa en la que, según se dice, sólo se asciende después de esfuerzo denodado y sesudo estudio. A los treinta y tantos o cuarenta años un buen trabajador de ese ramo puede haber llegado al empleo más alto de su filial. Se supone que es cuando la empresa requerirá de él lo mejor y lo incentivará para que persevere en los logros de su especialidad, en la que tan notablemente se ha formado. Pues no, llegados a ese punto, un buen número de tales profesionales sienten que hay que dedicarse a la política, la de andar por casa o la otra, dejarse de análisis e investigaciones y agenciarse un puestecillo con mando en plaza y que nos alivie del desgaste de codos. Y me pregunto yo, ¿no sería mejor dedicarse desde jóvenes a la política, si lo que uno ansía es ser jefe de la banda municipal o director de agasajos y oropeles, pongamos por caso?
En tal empresa rige un código teórico muy estricto, a tenor del cual las máximas responsabilidades han de corresponder a los que más valen y se esfuerzan. Pero los más altos directivos periódicamente convocan a sus trabajadores para ascensos cuasiautomáticos, bajo lemas como “aquí todos somos iguales” y "todos tenemos derecho a lo mismo". ¿Y los que trabajan más? Será porque les gusta, y bastante premio tienen con ello, que no se quejen ni invoquen agravios comparativos.
Ah, pero ojo, que falta una información fundamental. Al jefe supremo de la empresa lo eligen democráticamente los trabajadores y usuarios. Y es perfectamente explicable, y hasta legítimo, que los trabajadores quieran el mejor puesto y el mayor sueldo, sí; y los usuarios el menor precio con las mayores prestaciones, por supuesto. E igual de explicable y legítima es la aspiración de cualquiera de esos vocacionales trabajadores para convertirse en supremo directivo de tan sacrificada grey. ¿Y cómo van a conseguir los votos si no es con un poco de manga ancha?
El ya sufrido lector se preguntará dónde quedarán en tal empresa las consideraciones de productividad y competitividad. Paciencia, que faltan más pistas. Una de las cosas que más quebraderos dan en tal sector productivo es la selección de personal. Cuando se ponen románticos e idealistas están tentados de decir que hay que buscar y escoger con esmero a los mejores. Pero, a la hora de la verdad, el que le preocupa a uno es aquel chico de su barrio que no aprobó para conductor y que tiene dos hijos, fíjate qué situación, y encima que su mujer lo dejó. Así que a los directivos de cada filial lo que paternalmente les obsesiona es que no vaya a venir un aspirante de fuera con un montón de méritos y una gran experiencia a quitarle la plaza al hijo de la Loles. Y eso, mal que bien, se va consiguiendo, porque se inventan sucesivos métodos de selección que aseguran casi siempre que el osado de fuera no se nos cuele, en primer lugar, y, en segundo, que no se quede sin su vitalicio cocido el chico éste, ¿cómo dices que se llama? Y eso que no acaban de reconocer nuestro derecho a exigir que el que quiera colocarse de oficial de primera tenga que demostrar que es un as de la “cuatriada”. Hosti tu, falta sensibilidad multicultural en este curro.
La política de personal no tiene desperdicio. Desciende la demanda y el trabajo escasea en los últimos tiempos. Pero que no cunda el pánico, que de aquí nunca se ha despedido a nadie (salvo a algunos colaboradores a tiempo parcial que comen de otro lado) porque no haya trabajo o porque no se desempeñe bien el que se tenga. Al contrario, cuando parece que va a sobrar gente se decreta un ascenso general y se promociona a todos a puesto más alto y bien blindado. ¿A los torpes también? Hombre, a esos los primeros, por razones de justicia y de sensibilidad social, como es obvio. No es nada nuevo, pues desde hace tiempo esta empresa se preocupa de que tengan colocación para siempre y vida tranquila todos sus trabajadores que se vuelven chalados o que se declaran radicalmente incapaces de dar un palo al agua. Y el que haya estado alguna vez en la empresa y diga que no es verdad lo que acabo de afirmar miente a sabiendas y con descaro. En esa empresa hay tantos empujones para mandar que los puestos directivos a veces duran mucho y otras veces poco. Pero se han conseguido dos cosas importantes. Una, que los cargos de más alta jerarquía conserven para siempre su sueldo. Sí, sí, como lo oye, amigo lector. Como si en su fábrica a usted un día lo eligieran para jefe de personal y luego, al cabo de unos años, lo cesaran y volviera usted a su lugar anterior. Volvería, sí, pero con el sueldo de jefe. Así da gusto que lo degraden a uno. Y si el puesto que usted tuvo y perdió no es de los más altos, tampoco se entristezca. Le mantienen un porcentaje en concepto de productividad. Debe de ser para compensarle la frustración por el tiempo que perdió sin producir gran cosa, entregado como estaba al desprendido servicio a los demás.
La vida privada se respeta más que en ninguna otra parte. Pongamos que usted trabaja en esa empresa en Huelva y que logra un puesto mejor en otra filial en Cáceres. Todos en Cáceres comprenderán que, si usted es de Huelva, si tiene en Huelva su domicilio, su familia y su huerta, cómo vamos a pedirle que renuncie a todo eso, cómo vamos a imponerle un horario laboral en Cáceres de lunes a viernes. Venga uno o dos días a la semana, en épocas de mucho trabajo, y no se estrese más, pobrecico mío. Y no digamos si usted tiene un hijo pequeño o una tía enferma, con qué cara vamos a exigirle que incumpla sus deberes familiares para atender a los profesionales. La empresa puede esperar y madre no hay más que una. Es el único trabajo en el que cuando le preguntan a uno por qué lleva tres días (o semanas) sin aparecer (no suelen preguntarlo, la verdad), queda uno como un señor o señora si responde que porque su hijo está jugando la final del campeonato intercolegios de parchís, o porque ha decidido cambiar el tresillo del salón y anda ojeando tiendas.
Pero, curiosamente, en esa institución bombardean continuamente a su personal con la cantinela de que tenemos que funcionar como auténtica empresa, nuestra razón de ser es el mejor servicio, nuestro objetivo irrenunciable la mayor productividad, nuestra consigna la transparencia, nuestra razón de ser la apertura a la sociedad, y bla, bla, bla. Y que conste una cosa, para acabar. Un buen número de los empleados, de todos los niveles y en todos los puestos, se toma su labor y su formación muy en serio y se aplica a su oficio con denuedo. Son los que tiran del carro y mantienen el chiringuito abierto, en todos los sentidos. Pero están sistemáticamente deprimidos, por el poquito caso que se les hace y porque les abruma la sombra alargada de “los otros”, que suelen ser mayoría y que más de una vez les afean su exceso de celo o su afán productivo con expresiones del tipo de "si tanto estás aquí será que no tienes otra cosa que hacer", o "para lo que nos pagan, buenas ganas tienes de matarte", o "me han ofrecido ser director de área".
Y aquí la pregunta. ¿De qué empresa, real o fingida, estoy hablando? No, no es Carrefour, no sea usted tan bromista. Que todavía hay clases.

19 septiembre, 2005

Bocetos para un catálogo de pelmazos. II. El capador de conversaciones.

(La escena transcurre en un restaurante, a la hora de la cena. Estás con algunos amigos con los que has quedado para hablar sobre las últimas cosas de la vida de unos y de otros. Al final, no habrá tal conversación, sino un monólogo, pues alguien no está dispuesto a escuchar nada de nadie, y menos si es bueno o grato -puede hacer una excepción durante un rato si cuentas que te ocurrió alguna desgracia-, sino a “colocar” lo suyo, caiga quien caiga).
TÚ (respondiendo a la bienintencionada pregunta de alguien).- Este verano he estado una semana en Buenos Aires y allí la comida...
EL/LA MONOLIGUISTA (interrumpiéndote despiadadamente).- Ay, pues para comida la que tomamos Pepe/a y yo la semana pasada en Torrelodones. Fuimos al Chorry´s, que es lo último. El otro día salía en el dominical de El País, en un reportaje sobre los cinco restaurantes europeos que mejor preparan las alitas de pollo con castaña rusa a la pimienta jamaicana. Increíble. Tenéis que ir un día. Mira, viene primero el camarero con un ponche de pippermint al aroma de cuscús y sólo con ver al camarero ya te das cuenta de todo. Te pone la copa en la misma mesa y te dice...
(El recital se prolonga quince minutos. Sin aliento. En la mesa todos los demás os miráis con desaliento. Tú intentas remediar la situación)
TÚ.- Creo que ha empezado a llover. Acabaremos mojándonos esta noche...
EL/LA MONOLOGUISTA.- Ay, como cuando Pepe/a y yo tomamos el año pasado aquel mojo picón con setas. Eso es lo último en mojo picón y lo llaman pimojo, porque lo empezó a preparar así un cocinero nuevo de La Palma que ahora ha abierto en Madrid, en la zona de Concepción Arenal. El Empty-Monty se llama el local. ¿No habéis ido? Uy, de lo más. Al entrar te recoge el abrigo una chica en patines y luego al sentarte en la mesa te traen una carta que es como un papiro y tienes que pedir primero un aperitivo de apio o de rúcola, porque el maitre te dice que no es comer por comer, sino que hay una filosofía que...
(Veinte minutos más, en los que tú y el resto de los comensales os enteráis en detalle de cosas tan vitales e interesantes como que: a) el maitre es de Logroño, pero estudió en Biarritz y Budapest; b) que dicho maitre se llama Luis, pero los amigos de confianza lo llaman Lu; c) que en el dichoso restaurante comió una vez un primo de Brad Pitt; d) que los baños de caballero tienen unas lámparas retráctiles y los de señora otras muy bonitas, pero que no son retráctiles; e) que sólo con leer en la carta la lista de entrantes ya alucinas, increíble; f) que la carta de vinos no es tan amplia, pero que el sumiller se parece así un poco a un primo de éste/a; g) que a media cena sale el cocinero a preguntar qué tal y que tiene un hoyuelo aquí en el mentón, ¿sabes?; h) que ese día estaba el restaurante lleno hasta los topes, pero que hay días que es peor aún, ¿sabes lo que te quiero decir?; i) que es caro, pero que un día es un día, chico/a, y merece la pena aunque sólo sea por ver cómo te lo ponen; j) que si te llaman un taxi desde la recepción del restaurante llega en un momentito, fíjate...
Ahí, ante las miradas de súplica y los bostezos del resto de la concurrencia, decides hacer un nuevo intento para salvar la noche y que aún resulte un poco civilizada. Para ello tienes que interrumpir al/la monologuista, que en ese momento está contando que el taxista era de lo más enrollado y que tenía un hijo que estudiaba Económicas en Deusto).
TÚ.- ¿Habéis visto la cantidad de incendios de este verano?
EL/LA MONOLOGUISTA.- Ja, ja, como el otro día, que creímos que era un incendio y sólo estaban flambeando unas peras al ron. ¿No las habéis comido nunca? Las ponen en ese restaurante que antes era de Luisi y Carlos y que ahora lo lleva el ex-marido de la que tenía antes el Sota de Copas en Cercedilla. Sí, hombre, que se separaron porque ella era alérgica. Nosotros coincidimos con ellos una vez en La Habana, en el Floridita, y fueron ellos los que nos contaron que si vas en octubre te dan al entrar un vale para un cóctel gratis si vuelves otro día, aunque nosotros nos volvimos, porque al otro día salíamos para Varadero y como llovía el avión se retrasó y mientras esperábamos en el aeropuerto nos encontramos con Charly, un compañero de carrera de éste/a que ahora es el que lleva allí la concesión para papel de imprenta y es el que sirve también el papel de carta a Fidel. Nos dijo que le encanta el papel tamaño folio y que escribe con tinta negra. Él se casó allí con una cubana que ahora tiene aquí una tienda de lencería, pero al parecer no le va bien...
(Y así horas, hasta el fin de la cena. O del mundo. Aunque la experiencia enseña un modo poco menos que infalible de hacer callar a semejante energúmeno/a: levantar la mano hacia el camarero y hacerle seña de que traiga la cuenta. En ese momento el energúmeno/a suele interrumpir su apasionada disgresión sobre los tipos de cebollino con que se aliñan las ensaladas tailandesas que ponen en un restaurante muy fino de Andorra, según información recientemente publicada en el libro Cebollinos con encanto de Andorra (ed. Aguilar), y pasa, sin transición, a decir una de estas cosas:
a) Bueno, voy al baño, que con tanta conversación llevo aguantando dos horas.
b) Bueno, invitarás para celebrar lo bien que dices que te lo has pasado en Buenos Aires.
c) Paga si quieres, pero a condición de que un día quedemos en el nuevo que van a abrir en Chiclana.
d) Ya que no has abierto la boca, si te empeñas en pagar...).

Una lección sobre el federalismo alemán.

Mi querido y admirado Paco Sosa ha publicado el pasado sábado un artículo de primera en la tercera de ABC, titulado "Federalismo alemán: un enfermo con ganas de vivir" Toda una lección para los que gustan de hablar sobre territorios, poderes, autonomías y federalismos. Y más todavía para los que no tienen gran hábito de documentarse antes de abrir la boca.
El autor prosigue de este modo la senda que hace poco abrió con la traducción y presentación del libro de Th. Darnstädt, Las trampas del consenso (ed. Trotta). Ay, si la gente leyera, otros gallos cantarían, y no los que en este tiempo promiscuo se fingen pavos por el corral.
Enhorabuena.

Refranes de mi aldea... global.

Al fin me detuve un rato en un autor colombiano que me habían recomendado reiteradamente mis amigos paisas. Se trata de Fernando González. En los años treinta editaba y escribía él solo una revista que se llamaba Antioquia. Hizo diecisiete números, entre el 36 y el 45, y acaban de reeditarse todos conjuntamente como libro. Y, al ojear, sorpresa.
Una vez vi una antología de refranes y dichos populares asturianos, se supone que muy autóctonos, o así. Y se me grabó este, en la versión de entonces: "El hombre pon la mecha, la muyer la estopa, vien el diablu y sopla". Y resulta que el tal Fernando González, en el número de 1938 de su revista, escribe un cuentecillo en el que el personaje, un cura de Medellín, dice:

"Yo la voy muy bien con todos; soy curita de misa y olla...¡Eso sí, el que me joda, le doy a entender quién es Casiano Restrepo!... Se me sube la restrepada... Soy curita de misa y olla, humilde... De vez en cuando veo por aquí cerca, después de mi casa, unas doncellitas en agüita, con galanes, conversando en la acera... Yo me bajo al pasar y les digo:
El hombre es el fuego;
la mujer, la estopa;
el diablo viene,
se acurruca y sopla...
A ellas se les sale la babita, y a los galanes, el prana... Me preguntan:
¿qué nos dijo, padre? Adiós, preciosuras, respóndoles, yo no acostumbro repetir".

Sí, ya sé, en numerosos repertorios de refranes castellanos aparece este otro tan similar:
La mujer es estopa,
el hombre fuego,
viene el diablo y sopla.

Sea como sea, ¿se explica la similitud entre la variante asturiana y la colombiana como señal de una globalización avant la lettre? ¿O tal vez porque en la colonización antioqueña hubo mucha presencia de emigrantes asturianos, tal como acredita la abundante presencia en aquellas tierras de apellidos como Arango o Arias, por ejemplo? ¿O será que apenas hay en parte alguna nada propiamente local que justifique cabalmente los localismos?
En una de estas resulta que el localista es un universalista y poco leído, uno sujeto en serie (o una serie de sujetos) con ínfulas de originalidad. O puede que nada quiera decir nada, sin más.

15 septiembre, 2005

Trabajo en equipo. O: por las culpas de Adán

Juan A.Gª.Amado
Bogotá, Iglesia de La Candelaria
15-sept.-2005

¿Idiosincrasia?














Juan A. Gª Amado
Bogotá, 15-IX-2005

Un poco de cuento (breve). V.

Sentimiento filial
Úrculo Combarro

Vi los ojos del taxista clavados en mi desde el retrovisor y me pareció que el espejo devolvía mi propia imagen, que sus ojos eran los míos.
- Usted es español.
El acento siempre nos delata y esta misma pregunta me la habían hecho ya antes muchos taxistas mientras circulábamos por la Séptima.
No me quitaba ojo y se tocaba el mentón con mano nerviosa. Antes de que me hiciera la siguiente pregunta ya sabía que le iba a mentir.
- ¿Tal vez su papá emigró a Colombia?
- No.
- ¿Usted es asturiano?
- No.
Pagué y me bajé del coche sin decir más. Me tragué las ganas de gritarle a la cara que yo no había conocido a mi padre.

14 septiembre, 2005

EL DATO HISTÓRICO Y EL JUICIO POLÍTICO. O DE PERAS Y MANZANAS

El debate político está siendo sustituido por la discusión histórica. Los periódicos y la red se llenan a diario de muestras. Una de las últimas, bien significativa, la tenemos en los comentaristas de un artículo que hace un par de días publicó Javier Orrico en Periodistadigital.com. No entro en opiniones sobre el artículo en sí, muy bien escrito, eso sin duda. Voy a otra cosa.
La política es labor eminentemente pragmática, prosaica, resolución de problemas comunes del día a día, con la mejor virtud en la prudencia y las habilidades necesarias de espíritu negociador, disposición pactista, capacidad de diálogo, sensibilidad para el sentir social y conciencia de la prelación entre los problemas que merecen el mayor esfuerzo. Por eso la política práctica no puede pretenderse científica ni lógica, del mismo modo que no son ni la ciencia ni la lógica las que determinan cómo puede y debe uno gobernar su casa, orientar su vida o administrar su tiempo. De ahí que la política buena, la que a los ciudadanos de a pie más nos conviene, es la que hacen sujetos con sentido común, no iluminados ni profetas. No estoy inventando nada, todo esto sobre la política lo han escrito magistralmente en el siglo XX autores como Isaiah Berlin o Michael Oakeshott, al margen de que el uno fuera más progresista y el otro más conservador, pero hermanados en un liberalismo de fondo que se espanta de los dogmtismos que intentan traducir a normas sociales supuestas esencias metafísicas o verdades intemporales. Con la que ha caído en el siglo XX, y no escarmentamos.
Una tal concepción práctica y humanizada de la política es por vocación democrática, pues nadie queda excluido de la capacidad de opinar por no ser lo bastante sabio o no estar en contacto con los dioses, la tierra, el espíritu del pueblo o los antepasados, y porque el objetivo que al pensamiento y la acción política se otorga no es otro que el de ir resolviendo, de la mejor manera posible en cada momento, los problemas fundamentales de los ciudadanos: que hemos de comer, que queremos trabajar, que necesitamos salud, vivienda, educación y ocio, etc. Se ha de renunciar, pues, a todo propósito de construir sobre la tierra o en la nación de uno cualquier variante del paraíso, inasible por definición. Esta del paraíso es suprema trampa para manipular incautos y engañar a bobos, ya sea paraíso de los proletarios, de los creyentes, de los del pueblo de uno o de los de sangre azul.
De esa idea práctica, democrática y con dimensión ciudadana de la política es de la que nos estamos alejando en nuestro país, Estado, nación o lo que diablos sea esto. Y ahora la disculpa es la Historia (así, con mayúscula). Otras veces fueron la Justicia, el Bien, la Fe, la Verdad. Ahora es le toca a la Historia convertirse en opio del pueblo y pretexto de la manipulación. Pero no porque los historiadores, pobres, vayan a ver crecido su estatus o aumentado su sueldo (salvo los más pillines que escriban al dictado de algún lerdo gobernante), sino porque los políticos con menos escrúpulos han encontrado ahí el último filón para mantener en vilo y sometida a una ciudadanía crecientemente escéptica y desengañada después de haber visto en que acabaron las otras metafísicas falaces: en abuso, explotación y sangre.
¿Por qué ahora la Historia? Al parecer, las decisiones cruciales de nuestra convivencia tienen que pasar por el aro de la Historia, y por eso se habla y se habla de derechos históricos, naciones históricas y cosas por el estilo. Late en el fondo de semejantes categorías un profundo prejuicio metafísico, un dogma perfectamente acrítico y exento de todo fundamento mínimamente racional y comprensible, aunque tremendamente conservador en todo caso. Según tal prejuicio dogmático, lo que un día fue debe volver a ser o tiene que seguir siendo. La idea de progreso histórico está siendo remplazada por la de regreso histórico, según unos, o la de estancamiento histórico, según otros. Me explicaré.
Los unos, tenidos por progresistas pero que gustan cada día más de volverse al pasado, consideran que si un día, hace un siglo o cinco, un pueblo le ganó la batalla a otro o fue independiente de él, tiene el derecho por esa sola razón a volver a aquella situación que un día se dio. O si una vez un rey eximió a ese pueblo de un impuesto, eximido queda para siempre, porque la Historia es intocable, sobre todo si hay pasta de por medio. Y ahí viene la discusión erudita sobre si fue verdad o no que tal batalla significó tal cosa o tal decreto tal otra. ¿Y qué más da? Sólo importa para esos que creen que el dato histórico, el pasado, es totalmente determinante de nuestras opciones presentes y futuras. Mama dicho prejuicio de la metafísica idea de que lo que un día fue debe volver a ser; un pasado no pasado en verdad, sino con permanente vocación de presente. Una quimera.
Ah, pero están también los otros, guiados por un prejuicio igual de metafísico, por no decir supersticioso, mas de contenido levemente distinto. Para éstos es el presente el que tiene vocación y propósito de eternidad, y el estado de cosas en que nos hallamos debe permanecer incólume, intocable y sustraído a toda discusión que lo cuestione o toda decisión que lo modifique, por los siglos de los siglos. Amen.
No hace falta, creo, que traduzca a términos más claros quiénes están en cada variante del dogma prejuicioso. Los primeros buscan la prueba histórica de que un día fueron nación política al menos un poco o un ratito, como justificación principal de que deban volver a serlo ahora y como causa de deslegitimación suprema de nuestra forma actual de Estado y convivencia. Los segundos se agarran al hecho de que ahora, o desde hace tiempo, o casi siempre, hemos sido lo que somos, un Estado-nación unitario, para elevar a intocable dicha configuración jurídico-política y a réprobos a quienes osan cuestionarla. Estos y los otros, los de acá y los de allá, ¿no tienen mejores argumentos para hacer política que éste, precisamente, que en el fondo excluye la política?
Y la excluye porque hace que gobiernos y ciudadanos eleven a preocupación suprema lo que menos importa en estos tiempos de tan cacareada globalización (qué nombre o dimensión tenga la unidad política en que organizadamente convivimos) y hurtan a la reflexión y la elección lo único que para el ciudadano y sus políticos tiene que ser preocupación central, inmediata y puramente práctica: que todo el mundo pueda vivir dignamente, a un lado y a otro de cualquier frontera, que a nadie le falte de comer, que a todos se les den las letras y las libertades que se precisan para entender el mundo, elegir la vocación de cada cual y participar con todos en el gobierno de los asuntos colectivos.
A esos patriotas de pega, a los que viven y cobran de perpetrar patrias y fosilizar historias, que los encierren juntos, a todos, en una isla lejana infestada de fronteras y bien dividida en cuadraditos, sectores y zonas que puedan llenar de banderas, himnos y discursos. Que los aguanten las gaviotas. O los pingüinos.

Colombia: las alternativas. Dos fotos


















Bogotá, 13 de septiembre de 2005
Juan A. Gª. Amado

13 septiembre, 2005

Poesía y Derecho. Antología. XI.

ALTA TRAICIÓN.

No amo mi Patria. Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal) daría la vida
por diez lugares suyos, cierta gente,
puertos, bosques de pinos, fortalezas,
una ciudad deshecha, gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
(y tres o cuatro ríos).

José Emilio Pacheco, No me preguntes cómo pasa el tiempo.

12 septiembre, 2005

Derecho y poesía. Antología. X.

ACTA DE INDEPENDENCIA

Independientemente
de los designios de la Iglesia Católica
me declaro país independiente.

A los cuarentaynueve años de edad
un ciudadano tiene perfecto derecho
a rebelarse contra la Iglesia Católica.

Que me trague la tierra si miento.

La verdad es que me siento feliz
a la sombra de estos aromos en flor
hechos a la medida de mi cuerpo.

Extraordinariamente feliz
a la luz de estas mariposas fosforescentes
que parecen cortadas con tijeras
hechas a la medida de mi alma.

Que me perdone el Comité Central.

En Santiago de Chile
a veintinueve de noviembre
del año mil novecientos sesenta y tres:

plenamente consciente de mis actos

Nicanor Parra, De la camisa de fuerza.

Días de amor a la colombiana

La foto no es muy buena, pero porque los del comercio no me dejaban retratar el cartel y tuve que recurrir a emboscamientos al más puro estilo de los paparazzi. El próximo 17 de septiembre Día del Amor y la Amistad en Colombia, ya ven. Nada de particular, un nuevo invento con fines comerciales diríamos si se tratara de otro país. Pero aquí... Ya me estoy imaginando la rumba y al desmadre. Porque la filosofía del amor que cultiva este pueblo no es exactamente parangonable a lo que puedan entender por tal cosa en Alemania o Noruega. No.
Este anuncio me trajo a la memoria otro que hace un par de años vi en los periódicos más serios de Bogotá con ocasión de otra celebración que se han inventado, el Día de la Secretaria. Estaban todos los comercios llenos de carteles del estilo del de la foto, con descuentos en todo tipo de regalos y regalitos con los que agasajar a las sacrificadas secretarias en su día. Pero aquel anuncio nos hizo reparar en esencias nacionales más profundas. Era de una cadena de moteles que ofrecía importantes descuentos con ocasión del Día de la Secretaria. Tal cual.
Ya lo cantaba Niche, ese gran grupo salsero de Cali:
Que bello es quererse así
y no saber si habrá segunda vez
Que minutos se vuelvan horas
y que llueva y no pregunte la señora.
Marca de la casa. Más colombiano que Juan Valdés. Porque el café, después.

Usaquén en domingo



Una mañana de domingo en Bogotá merece una escapada a Usaquén, al norte, hoy una parte de la ciudad, antes su límite. Se transita por la Séptima, que tiene los domingos una de sus calzadas convertida en "ciclovía" y es la imagen misma del disfrute ciudadano.
Usaquén es un remanso de casas bajas y coquetamente pintadas, con restaurantes acogedores, aceras llenas de vendedores de todo y esquinas en las que estratégicamente se colocan cada domingo los que tienen que colocar cachorros de cualquier raza canina imaginable.
Usaquén tiene tiendas secretas, auténtico recreo para el comprador calmoso, privilegio para iniciados. Son un abigarramiento de los objetos más diversos, pero algún extraño arte de la disposición de las cosas consigue que no nos atosigue el escaso espacio. Y el color. Estamos acostumbrados a las tiendas de antiguedades en las que predomina la oscuridad del ambiente, de los objetos mismos y hasta de un tiempo presente en los objetos y que por doloroso es oscuro. Y aquí no. Los objetos más heterogéneos, y hasta decrépitos, tienen color y luz, infunden buen ánimo en el que los contempla; es como si el tiempo se acompasara a otros ritmos y su tránsito no doliera. No son cosas muertas. Estas tiendas tienen más de recopilación de versos que de cementerio de cosas, de verbena para los sentidos que de mausoleo para coleccionistas. Pero nunca veo que vendan nada. Tal vez son museos clandestinos. Auténticos museos, sí, no como lo que se ve por ahí.
Y, para acabar, imprescindible darse una vuelta por el mercado de las pulgas (rastro) de Usaquén, donde uno puede encontrar las más sugerentes artesanías a un precio excelente. Y comer en puestos al aire libre con los lugareños que mejor saben vivir, porque no son ricos y aún entienden de sabores y de los nombres de las cosas.

11 septiembre, 2005

Atardecer en La Candelaria (Bogotá)

Hoy mismo, sábado 10 de septiembre, La Candelaria tenía este aspecto poco antes del atardecer y contemplada desde el Hotel de la Ópera. La Candelaria es un rincón tremendamente atractivo, vivo y sorprendente de esta Bogotá de resonancias hostiles, pero tan plácida en algunos de sus lugares más secretos.
La Candelaria resume esa personalidad doble de Bogotá, que puede hechizar y horrorizar a un tiempo. Contemplando esta calle de la fotografía, que sube hacia los cerros desde la Plaza de Nariño, me ha venido a la mente una fascinante novela que acabo de leer, La piel fría, de Albert Sánchez Piñol (Edhasa). La historia que cuenta transcurre en un islote antártico, en el que los dos protagonistas, únicos habitantes, viven plácidamente durante el día, pero reciben cada noche la visita de seres marinos de aspecto semihumano, que los acosan y pretenden devorarlos. De la misma manera, quien pasee en horas de luz por la Candelaria podrá abandonarse a la ensoñación de que se encuentra en un viejo pueblo castellano, o en una pequeña ciudad criolla que conserva un ritmo pausado y un gusto por la vida que se recrea en casas de comidas bien recogidas y con poso de décadas, propicias para la conspiración o el amorío, mientras en las empinadas calles hay tráfago de alumnos de las muchas universidades que en los alrededores se concentran.
Y sin embargo... Y sin embargo cuando cae la noche otros habitantes toman las calles, como salidos de las profundidades más oscuras de una ciudad que esconde miseria y muerte. Ahora mismo, mientras escribo con la ventana abierta, pasa un joven decrépito que grita amenazas a los fantasmas que deben de atosigar su espíritu. Nunca he conseguido averiguar las claves de ese pulular nocturno de figuras desesperadas y pobres, amenazadoras para el visitante, y hasta para el nativo. No puedo evitar sentirme, aquí en mi hotel, como aquel oficial atmosférico de la novela, encerrado en el faro y aprestándose a resistir los embates de los que le parecen enemigos y monstruos, y que seguramente no son más que otros, sólo otros, otros que acobardan y atraen a un tiempo.
Pero son pensamientos de extranjero. Porque aquí el extranjero soy yo, como eran los extranjeros, en verdad, aquellos oficiales atmosféricos que se defendían en el faro.

09 septiembre, 2005

Quihubo. Nos vemos en Colombia

La semana que viene toca pasarla casi toda en mi querida Bogotá. País de locos maravillosos, Colombia, donde es perfectamente imaginable que antes de darle a uno el tiro de gracia le digan, muy cortésmente, qué pena con usted, le aseguro que no es nada personal. Hay todo un género literarario sobre sicarios, con buenas obras como Rosario Tijeras, de Jorge Franco, o, muy especialmente, La Virgen de los Sicarios, de ese salvaje iconoclasta, maravilloso escritor, que es Fernando Vallejo. De las dos se han hecho películas. Pero conviene leerlas.
Y, sin embargo, Bogotá tiene sitios maravillosos y horas en las que se puede pasear sin peligro ninguno. Y Colombia toda es una joya ya sólo para iniciados.
Para peligro de verdad, una autopista española a las dos de la madrugada de un sábado.
Conozco más colombianos asaltados en España (sin contar a los obreros colombianos diariamente atracados aquí, muchos, por sus patronos) que a españoles que hayan tenido problemas en Colombia. Aunque no conviene dar papaya, que dicen por allá. Pero eso en ningún sitio, tampoco en Wall Street.
Aquí lo dejo por hoy. Prometo que contaré algo de cómo se ven las cosas por allá estos días.

Penas y delincuentes

J.A. García Amado
Publicado en La Nueva España, 1 de julio de 2005.

Supongamos un par de casos. Una persona de mal carácter golpea a un vecino al que odia. Le produce graves lesiones y es condenada a pena privativa de libertad. En aplicación del régimen de beneficios penitenciarios legalmente establecido, dicha persona cumple una parte de la pena y cuando le toca salir de prisión las autoridades caen en la cuenta de que no sólo no está arrepentido de lo que hizo, sino que ha dicho en alguna ocasión que el vecino golpeado es mala gente y merece que le zurren. ¿Estaríamos de acuerdo en que a dicho condenado se le impidiera la salida de prisión y se le mantuviera así hasta que se arrepienta, pida perdón o asegure que no volverá a agredir a su vecino? Para muchos resultará tentador decir que sí, que así debe ser, pero quiero pensar que será por inadvertencia sobre las "tremendas" consecuencias que tal política tendría para todos los ciudadanos. Otro ejemplo. Ponga que usted, aficionado a los licores de alta graduación, un día se toma unas copas de más y provoca un accidente con víctimas mortales, e imagine que le condenan como responsable de un homicidio por imprudencia. Cuando el cumplimiento de su condena está finalizando, las autoridades constatan que sigue siendo usted miembro de la sociedad de amigos del orujo y crítico con las normas que reprimen el consumo de alcohol por los conductores. Así que la autoridad judicial dispone que siga usted en prisión hasta que conste fehacientemente que ha cambiado de opinión y que nunca querrá volver a emborracharse. O sea, para siempre, pues cómo se prueba que uno en el futuro no va a hacer determinada cosa, por mucho que diga.
Esos modos de proceder no son nuevos. Bajo el nazismo, los delincuentes que eran mal vistos por los jerarcas del régimen cumplían las penas de cárcel a las que eran castigados por sus delitos y, cuando finalizaba su reclusión ordinaria en prisión, a la salida de la cárcel los esperaba la Gestapo para conducirlos a los campos de concentración y evitar así todo peligro futuro de que reincidieran o, simplemente, dieran mal ejemplo a la sociedad. Mucha gente cree aún hoy que la sociedad viviría más segura si las leyes permitieran que determinados delincuentes permanecieran encerrados de por vida o hasta que con seguridad supiéramos que no van a repetir sus delitos. De lo que no se dan cuenta es del serio peligro que todos corremos cuando las garantías penales y procesales se sacrifican en pro de la obsesión por la seguridad. En estos tiempos en que, sin diferencia de partidos, la ley penal se manipula por puro afán electoralista, se hace particularmente urgente recordar a los ciudadanos algo que es consustancial al Estado de Derecho: que las garantías penales y procesales no están para dar privilegios o ventajas al delincuente, sino para protegernos a todos nosotros, pues hay algo aún más temible que unos cuantos asesinos, reales o potenciales, en la calle, y eso más temible es un Estado no sujeto a los frenos legales y a salvaguardias tales como el principio de legalidad penal, el debido proceso, el derecho a la defensa y la presunción de inocencia. En un Estado de Derecho nadie puede ser condenado o aislado por lo que un día pudiera llegar a hacer, sino sólo por lo que ya hizo. Y la pena es expiación de la falta pasada, pago de la deuda con la sociedad por el mal causado, no sanción por una forma de ser que a la mayoría no le agrade o profilaxis a cuenta de las hipotéticas acciones futuras de aquellos a quienes más tememos. No hay que remontarse muy lejos para saber a qué lleva la histeria de la seguridad y el uso incontrolado de los instrumentos del Estado. Sólo hay que pensar en el franquismo, en el Chile de Pinochet, la Argentina de Videla, la Alemania de Hitler, la Unión Soviética de Stalin, la Rumanía de Ceaucescu, etc., etc.
O en Guantánamo hoy. Porque tiene gracia escuchar a tanto progre que critica a Bush, con toda justicia, por mantener el campo de concentración de Guantánamo, y proclama a continuación que los asesinos de ETA no deben salir de la cárcel cuando marca la ley, sino cuando no sea de temer que vuelvan a las andadas. Igual que resulta chocante escuchar al actual Ministro del Interior afirmar que es "tremendo" que cierto preso terrorista, condenado por sus crímenes a varios miles de años de prisión, salga de la cárcel al cabo de dieciocho, dejando de lado en tales declaraciones cosas tales como que el referido Ministro es juez y, por más señas, miembro de una asociación judicial que opuso sus críticas a la ley que en la legislatura anterior estableció para los terroristas el cumplimiento íntegro de las penas. ¿No le tocaría a él, por su triple condición de miembro de un Gobierno democrático, juez y persona progresista, recordarle a la sociedad para qué sirve la legalidad penal y que las cárceles en democracia no pueden ser un campo de concentración para encerrar a los que los gobiernos o la sociedad consideren peligrosos, sino los lugares donde los ciudadanos cumplan, con todas las garantías, las penas legalmente establecidas por lo que han hecho, y no donde se los aísle a cuenta de lo que un día podrían hacer, o hacer de nuevo? Porque cuando se abre esa espita se comienza encerrando a los terroristas que pueden volver a asesinar, se sigue con los que pueden hacerlo un día por primera vez y se acaba reprimiendo a todos los que no piensan como le parezca bien al dictador de turno. Al paso que vamos, y si no conseguimos detener la demagogia imperante, acabaremos levantando campos de concentración en cada Comunidad Autónoma. Y más de un hijo nuestro acabará encerrado ahí porque algo que dijo un día o la melena que lleva o el tatuaje que se puso lo hacen sospechoso de poder llegar a atentar contra algún bien esencial de nuestra sociedad.
Sí, estoy hablando del escándalo provocado por la posible libertad del terrorista De Juana Chaos. No me cabe ni la más mínima duda de que se trata de un sujeto de la peor calaña, un asesino absolutamente despreciable y un fanático degenerado. Pero sus derechos son los mismos de todos los demás, por la cuenta que nos tiene a todos los demás, si queremos, precisamente, vivir tranquilos y no temer al Estado más que a nadie. Podemos debatir sobre cuánta debe ser la pena que se aplique a los terroristas y en qué proporción deben cumplirla. Y me parece perfectamente legítima la postura de los que piden mano dura, penas más altas y cumplimiento íntegro, siempre que lo hagan desde el respeto al principio de legalidad y a las garantías procesales. Porque una cosa son los contenidos de la ley penal y penitenciaria, y otra, más importante aún, los principios con los que se aplica. Y según la esencia misma de esos principios, a cada uno se le aplica la ley penal que estaba vigente en el momento en que cometió su acción y sólo la ley favorable se puede aplicar retroactivamente. Si empezamos a saltarnos esas barreras acabaremos un día no muy lejano arrepintiéndonos, porque habremos comenzado así a alimentar, paso a paso, al más peligroso terrorismo de cuantos han existido en la historia moderna: el terrorismo de Estado. Para mi vida y mi libertad es más conveniente que ese canalla salga cuando le toca según la ley, buena o mala, que el mantenerlo encerrado para siempre al margen de ella o contraviniéndola. Aunque parezca mentira. Es lo que nos enseña la historia.

Amigos con cuento (I) A. Fierro

Callos fríos a la leonesa
A. Fierro.

Tenéis que reconocer que, a veces, las cosas vienen mal dadas. Que no es que el santo no lo tengamos de cara, sino que viene de culo o atravesado y dando hostias. Que a los pequeños dioses caseros y familiares, manes, lares, penates, de vez en cuando se unen los hijoputatis, que son unos primos jaraneros y calaveras que se divierten horrores gastando bromas pesadas. Además, queríamos que todo saliera bien. Era la cena con la que despedíamos el verano. Que todo transcurriera en un ambiente de sosiego y melancolía, como el tono de los artículos de Julio para el periódico que tituló “Veraneo interior”.

Ayer, ya tenía yo que haber intuido unos pequeños desequilibrios en la fuerza que hacían presagiar estas tragedias caseras. Para empezar, después de unos hermosísimos días de calor soportable y frescor a la anochecida, amaneció nublado y chispeando. En el telediario de la 3, hablaron de que el Katrina se había revuelto un poquito y que podía empezar a bufar de nuevo. Esto lo dijeron antes de que le dieran el Príncipe de Asturias a Fernandito Alonso que, por cierto, el otro día estuve en Oviedo comiendo con un amigo e hice la prueba y no me lo podía creer: si pronuncié tres veces su nombre a tres interlocutores distintos, los tres tenían algo que ver con el muchacho: o habían ido con él al colegio, o conocían mucho a una prima, o el chaval mayor suyo era colega porque compitió –y alguna vez lo ganó- cuando, de pequeñinos, corrían juntos en los karts. En fin, una cosa asturiana y no grave, porque me gustaría saber a mí qué pasaría si hoy mismo, cuando salga a tomar los vinos, hago la prueba con ZP.

Estábamos, digo, con lo del epicentro. Pues bien, al atardecer se descolgó con estruendo de su pared en el salón el cuadro de Emiliano. Ya sé que el nuevo marco es frágil y no aguanta el peso del cristal, pero mira tú por dónde tenía que ser ayer precisamente. Luego, en la tele dijeron que Morientes se había lesionado en vísperas del trascendental partido contra Serbia-Montenegro, antigua Yugoslavia, como bien explicó Milosevic, el delantero centro.

Pero hoy, sin embargo, hasta que comenzaron las llamadas de teléfono, nada hacía presagiar tanto renglón torcido. De hecho, Mar y yo organizamos todo sin contratiempo alguno. Yo madrugué y estuve dibujando un buen rato. Tenía ganas de usar un pincelito nuevo. Dibujé mi mesa de trabajo en la que aparece desplegado un mapamundi con las corrientes oceánicas. Es un motivo simbólico y globalizador que le vendrá bien a la blog de Toño Amado, cada día más internacional. Luego, leí un par de horas “Vida de Rossini”, de Stendhal. Mar, creo que anduvo limpiando, y a eso de las doce me llamó para ir a comprar los callos.

Nada, digo, hacía suponer los dramas familiares de la tarde, aunque siempre podemos sacarle punta a cualquier anécdota: Recordé, al anochecer, cuando ya estaba abrumado y sentado solo en la enorme mesa del comedor, que un borrón de tinta china casi había arruinado mi dibujo y me había tenido rascaqueterasca un buen rato y que Stendhal lleva a rajatabla su teoría del medio y que las pasiones cálidas, su expansión, el ocio contemplativo sólo se dan en los soleados climas meridionales y hoy también había amanecido nublado.

El primero en llamar, a eso de las seis, fue Sendo. Estaba desolado, no se lo podía creer: el caminante de casi cuatro metros de alto que tenía en el taller, dándole los últimos retoques y casi a punto para volver a colocarlo en la plaza de Astorga, se había incendiado de nuevo. No se explicaba cómo había ocurrido. Lo más probable era que el obrero que había estado a última hora de la mañana para aplicar unos puntos de soldadura y que fumaba como un carretero hubiera dejado una colilla sin apagar y que tanto papel, disolventes, y demás enseres apetecibles al fuego, hubieran hecho panda y salido de marcha en busca de emociones fuertes.

El Jacobeo se quedaba otra vez huérfano de uno de sus símbolos. Sendo, que tenía que recoger a Gus, lo llamó contándole el fregao en el que andaba y éste, después de serenarse pegando unas voces al más hermoso estilo asturianín, agarró la moto y en menos que se reza un credo, enfiló hacia San Justo para retratar las pavesas y no sabemos si a consolar a Sendo o mandarlo al guano, que depende del día que tenga.

Eran las dos primeras bajas.

A las siete y pico, fue Tacho. Acababa de llamar Marisa, que había comido fuera y acababa de llegar a casa y acababa de recoger una notificación de la Universidad que le anunciaba la fecha del nuevo examen de su oposición y estaba histérica perdida. Tacho, que es un profesional, le dijo que tuviera calma, que en cinco minutos estaba con ella. Cogió el portátil, donde tenía copia del recurso y salió a la calle pensando que de ésta entraban en el Guiness si conseguían anular por cuarta vez la convocatoria. Estaba contento. Ya en camino, se puso a tararear “bella figlia dell’amore, /schiavo son de’vezzi tuoi; /con un detto sol tu puoi/ la mie pene consolar”. Casi se le olvida llamarnos para decir que no podía venir, que le dejásemos lo suyo en un taper.

Como no hay dos sin tres y las desgracias nunca vienen solas, estaba yo gritándole a Mar, que había subido a regar en las terrazas de arriba, “¡sólo faltaba que…!”, cuando sonó el teléfono. Julio y Cecilia llamaban desde Urgencias. Cuando estaban saliendo desde la casa de La Mata, a Julito se le había antojado traer el pato. Le dijeron que no y cogió un berrinche. Cecilia discutió con Julio y le hizo ver que no pasaba nada por darle el capricho porque en un par de días estarían en Madrid y allí el pobre niño tendría que sujetarse a las espartanas reglas y horarios de la vida escolar. Volvió Julió al patio, Julito corrió detrás y Gastón, el enorme samoyedo, desde el otro extremo del jardín, hizo lo propio loco de contento y arrollando a Julito, que cayó mal y hasta que no les dieran las radiografías no sabrían si la muñeca izquierda tenía algún problema serio. Vamos, que aquello iba para largo y que Julio, con la navaja que le había regalado Yuma, estaba en ese momento partiendo un cachín del postre que iban a traer para la cena, porque eran casi las nueve y le había entrado hambre.

Mar se ha sentado frente a mí en la mesa del comedor. Está muy bonita con flores y velas. Mar también está guapa, alta y delgada. Pensé que iba a echarse a llorar, pero le ha dado una risa nerviosa. Yo, que llevo el día intelectualizándolo todo, estoy serio como una patata. He recordado el poema de Pessoa “Dobrada à Moda do Porto”. El poeta se enfada, pero no protesta porque es un mindundi; no los come, no pide otra cosa y se va a dar una vuelta. Pero hace un hermoso poema, “Un día en un restaurante, fuera del espacio y del tiempo, me sirvieron el amor como unos callos fríos”. Pero a mí, ahora, con un cabreo del ocho, lo que menos se me ocurre es escribir nada y aquí quería yo ver a don Fernando, porque lo suyo, al fin y al cabo, sería una ración de nada y esto son más de dos kilos.

A. Fierro.

Miércoles, 7 de septiembre de 2005.

08 septiembre, 2005

MANIFIESTO APÓCRIFO POR UN NUEVO NACIONALISMO ESPAÑOL

Los abajo firmantes, profesionales de distintos sectores y naturales de o residentes en diferentes ciudades y pueblos de Castilla-León, Castilla-La Mancha, Cantabria, Asturias, Andalucía, Extremadura, Murcia, La Rioja y Aragón, queremos manifestar lo siguiente:

1. En el marco del actual y candente debate sobre la organización del Estado Español, la idea de pertenecer, en tanto que ciudadanos, a una entidad jurídico-política llamada España no sólo no nos molesta, sino que hasta nos agrada, y ello sin perjuicio de nuestra interna diversidad y de nuestros vínculos emotivos y lealtades con el terruño de cada uno.

2. Creemos que es positivo que un Estado tenga arraigo nacional auténtico, de modo que las estructuras políticas y jurídicas se engarcen sin distorsión con un imaginario colectivo común y unas señas de identidad compartidas, por lo que es deseable y queremos para nuestro Estado una mayor uniformidad, dentro del respeto máximo a las libertades individuales. En esto, nuestro sentimiento como españoles es plenamente coincidente con el que respecto de sus naciones vienen manifestando catalanes o vascos, por ejemplo, y de ahí que, como se verá, nuestro apoyo a su segregación se base en sentimientos nacionales perfectamente parangonables a los suyos y respetuosos de ellos.

3. Consideramos que el hecho de que del Estado Español formen parte naciones, nacionalidades, comunidades o regiones cuya idiosincrasia, lengua y sentir no encajen sino forzadamente con los que a nosotros nos aglutinan en nuestro común sentimiento de españoles, produce una doble tensión, por no decir injusticia: les obliga a ellos a convivir bajo estructuras jurídico-políticas comunes con nosotros, a quienes sienten distintos y considerablemente ajenos, y nos obliga a nosotros a convivir de la misma forma con ellos, a quienes también tenemos por considerablemente ajenos y distintos.

4. Todo lo anterior nos lleva a propugnar una revisión constitucional profunda que permita revisar y reestructurar territorialmente el Estado llamado España, de forma que en él no permanezca ninguna comunidad, nacionalidad o nación que no lo desee, y de forma también que ninguna comunidad, nacionalidad o nación se vea obligada a convivir en él con otras que le son extrañas y distantes.

5. A tal fin, defendemos que respecto de todas la Comunidades Autónomas en las que consistente y reiteradamente se haya manifestado un espíritu nacionalista de corte independentista o similar se organice un referéndum sobre su permanencia como parte del Estado español. Opinamos que tal referéndum debe tener lugar tanto en cada una de ellas como en el resto de lo que actualmente es el Estado español, a fin de que unas partes y otras puedan manifestar su voluntad de permanecer juntos o separarse.

6. Proponemos que pase a quedar segregada del Estado Español toda Comunidad en la que los votos en ella emitidos y partidarios de la separación sean más que los de la opción contraria, así como toda Comunidad respecto de la que los votos emitidos en el resto del Estado y partidarios de su segregación sean más que los de la opción contraria.

7. Si tales consultas populares se llevan a cabo, desde este mismo momento anunciamos que propugnaremos que quienes, como nosotros, son partidarios de un Estado español políticamente cohesionado, jurídicamente moderno y económicamente competitivo voten en contra de la permanencia en el mismo de las Comunidades que no comparten nuestras señas de españoles o que, compartiéndolas, reiteradamente dan muestras de malestar, aprovechamiento o deslealtad.

NOTA: ESTE DOCUMENTO ES UNA PURA INVENCIÓN, POR SUPUESTO. Y UNA BROMA. PERO PUEDE INVITAR A MEDITAR SOBRE ALGUNOS DETALLES IMPORTANTES: ¿POR QUÉ, SI “A” Y “B” NO SE ENTIENDEN Y SI “B” QUIERE SEPARARSE LEGALMENTE, HA DE INSISTIR “A” EN QUE DEBEN SEGUIR JUNTOS? ¿POR QUÉ NO PUEDE TOMAR “A” EN CONSIDERACIÓN PARA SÍ MISMO LAS RAZONES QUE ADUCE “B” PARA QUERER VIVIR SOLO? ¿TIENE LEGITIMIDAD “A” PARA MANTENER CONSIGO A “B” CONTRA SU VOLUNTAD? ¿PERO NO LA TENDRÍA TAMBIÉN PARA TOMAR LA INICIATIVA Y DECIR QUE SÍ, QUE SE VAYA “B” Y QUE TAMPOCO “A” QUIERE SEGUIR CONVIVIENDO? ¿SI SE ES ESPAÑOLISTA O NACIONALISTA ESPAÑOL –SUPONGO QUE NI LA LÓGICA NI LA DECENCIA EXCLUYEN ESTA OPCIÓN DE ENTRE LAS ADMISIBLES Y LEGÍTIMAS- ¿NO RESULTARÁ MÁS COHERENTE QUERER QUE EL ESTADO ESPAÑOL SE BASE EN UNA NACIÓN Y NO EN UN CONGLOMERADO DISPAR Y MAL AVENIDO?
¿A QUIÉN MOLESTARÍA MÁS, EN SU CASO, ESTE HIPOTÉTICO MANIFESTO, A LOS NACIONALISTAS ESPAÑOLES EN EJERCICIO – PP...- O A LOS NACIONALISTAS CATALANES Y VASCOS? PROBABLEMENTE A TODOS POR IGUAL, Y AHÍ ESTÁ LA GRACIA
Y LA ÚLTIMA PREGUNTA, ESTA PARA TEÓRICOS: ¿SE PUEDE SER NACIONALISTA ESPAÑOL Y DE IZQUIERDAS? QUE SE PUEDE SER NACIONALISTA VASCO O CATALÁN O GALLEGO Y DE IZQUIERDAS PARECE FUERA DE DISCUSIÓN. ¿ENTONCES? ¿ENTONCES POR QUÉ SON EL PP Y LA EXTREMA DERECHA LOS QUE MONOPOLIZAN LA IDEA DE ESPAÑA MIENTRAS QUE A LOS DE IZQUIERDA QUE ESTÁN A GUSTO EN ESTE ESTADO LES DA VERGÜENZA DECIRLO? ¿POR QUÉ A LOS DE IZQUIERDA NO LES DA VERGÜENZA DECIR QUE SON NACIONALISTAS CATALANES Y SÍ QUE SON NACIONALISTAS CASTELLANOS O NACIONALISTAS ESPAÑOLES? ¿PARA CUÁNDO UN MOVIMIENTO INDEPENDENTISTA CASTELLANO? ¿NO HABRÍA BUENOS ARGUMENTOS PARA UN PROGRAMA, UNAS CUANTAS REIVINDICACIONES Y UN PARTIDO BISAGRA?

Un poco de cuento (breve). IV

Dirty Realism
Úrculo Combarro

Cuando la inspiración decae me imagino que soy un escritor norteamericano que desde la ventana de un motel polvoriento contempla la felación que la vecina de la casa de enfrente le esá haciendo a otro escritor norteamericano que sabe que está siendo contemplado por varios pares de ojos norteamericanos que narrarán el suceso en primera persona (por la parte pasiva del asunto, se entiende), pero con mayor parsimonia de lo que el acto en sí supone e insertándolo en un ambiente de rutinario desencanto, en medio de un vacío existencial de honda tensión dramática, pero con un lenguaje desnudo y cortante, muy lejos de esos tejemanejes triviales del sexo de pago para inspirar a los escritores norteamericanos que miran.

07 septiembre, 2005

Normas

Con el desastre del Katrina andamos perplejos por cosas tales como que en la primera potencia económica del mundo existan tales bolsas de pobreza (¿de verdad no lo sabíamos?) y que un país con tal poder esté en manos de una Administración tan torpe y zafia (eso sí lo sabíamos). Todo eso es bien cierto; y relevante. Pero en lo que no se está reparando suficientemente es en lo que significa que el desastre natural haya hecho a tanta gente retornar a lo que los filósofos políticos llaman el estado de naturaleza.
Algunos aprovechan el desastre y la indefensión para darse al pillaje, los saqueos, las violaciones y el asesinato. Allí donde las comunicaciones se han hecho difíciles y donde la policía no puede llegar o tiene gran dificultad para actuar nace de inmediato un orden espontáneo basado en la pura fuerza y el matonismo. Las normas y pautas civilizadas son a toda velocidad reemplazadas por el mero imperio de los que tienen armas y arrojo y se agrupan para dominar al grupo. Lo fácil es reaccionar ante tal fenómeno con condenas morales elementales y demonizando a los sujetos que así proceden. Pero no estaría de más que la reflexión se tornara un poco más compleja y nos parásemos a reparar en asuntos como los siguientes.
Gran parte del pensamiento político progresista se ha venido basando desde hace siglos en la confianza en la bondad natural del ser humano, cuyas perversiones y peores inclinaciones no serían más que reflejo de una sociedad que, por injusta y opresiva, lo malea. Por contra, los conservadores siempre insisten en nuestra innata ferocidad y en la correlativa necesidad de estructuras sociales fuertes que mantengan a raya nuestros instintos de agresión y rapiña.
Va siendo hora de que la izquierda abandone aquel optimismo antropológico sin renunciar a sus objetivos de democracia y justicia social. Esto significa que la búsqueda de una organización social más equitativa y con mejor democracia no puede apoyarse en la contraposición entre libertad natural del individuo y estructuras sociales opresivas por definición, sino en la idea de que sólo desde unas pautas colectivas bien firmes y asentadas se puede construir un mundo en el que las reglas distribuyan oportunidades vitales para todos, en lugar de que sea la fuerza bruta la que administre las posibilidades reales de cada uno. Esto no supone de ningún modo nostalgia del autoritarismo, sino receta de realismo para todos los que de verdad aspiren a una convivencia mínimamente justa. Las normas sociales (jurídicas, morales, usos sociales) no son todas y por definición opresivas. Al contrario, son lo único que nos puede librar de la opresión a manos de los más fuertes o los más diestros en el manejo de la violencia. Así que tengámoslo claro: ninguna reforma social seria y positiva es posible desde ese acratismo barato que se practica durante las cenas de los sábados en urbanizaciones vigiladas por empresas privadas de seguridad. Libres e iguales sólo podremos ser bajo un entramado normativo bien consolidado y bien administrado. La libertad natural no existe y no hay más libertad que la libertad en sociedad. No toda norma es buena, naturalmente, pero no habrá nunca sociedad buena sin normas firmes. Y una cosa es buscar para las normas los contenidos que hagan mejor nuestra vida y otra, bien distinta, soñar con quiméricas sociedades sin normas.
Por otro lado, el discurso pedagógico de las últimas décadas del siglo XX también bebió de aquel optimismo antropológico. El niño es bueno en sí, y si arrebata de mala manera el caramelo a su hermano o le parte la cabeza al compañero de pupitre es porque ha comenzado a imitar los modelos coactivos y solapadamente violentos que familiares y maestros emplean para inculcarle conocimientos, habilidades y reglas. No, se dice, dejémoslo que a sus anchas se moldee como sus personales inclinaciones le dicten, y veremos cómo se hace una persona feliz y libre que espontáneamente irá reclamando los conocimientos que precisa y asumiendo las reglas que mejor le sirven para convivir en armonía con los demás.
De esos polvos vienen muchos de estos lodos. Qué gran material tendrían los maestros, si quisieran y pudieran, en esas imágenes e informaciones sobre las violencias, robos y abusos en Nueva Orleans tras el paso del Katrina. ¿Pero a cuántos maestros somos capaces de imaginar diciendo a sus pupilos “veis, niños, cómo es muy importante que haya normas que nos organicen y policías y jueces que las hagan cumplir”? Podemos suponer la consternación del director del colegio, las admoniciones del inspector de turno y hasta las amenazas de la asociación de padres. Los más lerdos tacharían a semejante profesor de franquista y lindezas así. Y, sin embargo, son los mensajes que conviene transmitir, reposadamente y haciendo énfasis a continuación en cómo esas normas serán tanto mejores cuanto más democrático y transparente el proceso de su creación. Si no, de la frívola utopía del buen salvaje no quedará en la realidad más que el salvaje a secas. Que es lo que hay.

Derecho y poesía.Antología. IX

no bajo a los infiernos/subo
hasta mi hijo clausurado
en su bondad/belleza/vuelo/
y torturado/concentrado/

asesinado/dispersado
por los dolores del país/
¿algún fueguito crece de
la gran silencio de tus ojos?/

oigo la noche caminar
por tus huesitos/duelen/huelen
a tu menor pisado/a
la palomita que tenías

tornasolándose la voz
de hijito solo por la guerra/
por la mitad/por las provincias
desiertas del puro dolor/

hijo que nadie hará otra vez/
golpeo las puertas de la muerte
para desalojarte de
hechos que no te corresponden.

Juan Gelman, de palabra.

06 septiembre, 2005

Se acabó la crisis ideológica de la izquierda..

Andaba la izquierda europea un tanto desdibujada en sus perfiles ideológicos y considerablemente huérfana de ideas remozadas que pudieran ilusionar a las masas y movilizarlas para emprender nuevas y más ambiciosas reformas en pro de la justicia social. Pero, eureka, como por azar, pero sin duda tras ardua reflexión y prolija consulta, nuestro Presidente ha abierto un nuevo y prometedor camino al señalar que es de izquierdas la lucha contra el tabaco y el alcohol. Esto tiene como ventaja más inmediata y práctica la de ayudarnos a confirmar lo que ya sospechábamos: que el pueblo es derechista. No hay más que ver a los jodidos obreros de la construcción a la hora del bocadillo, en una mano el pan con butifarra y en la otra un ducados, y ligotazos de morapio cada minuto.
Descubrimos también, y no resulta cosa vana, cuán progresista hay que considerar la Ley Seca, que estuvo vigente en EEUU de 1919 a 1933, con los extraordinarios resultados sociales de todos conocidos.
Según se comenta en círculos próximos y fiables, el Gobierno ha formado una Comisión de politólogos, sociólogos, filósofos, economistas y directores de cine para que en el plazo máximo de seis meses elabore una lista exahustiva de actividades derechistas, con su correlativo comportamiento progresista. A fin de que los trabajos de dicha Comisión tengan un punto de arranque fiable y homogéneo, se les ha pedido que comiencen analizando si son de izquierdas o de derechas los siguientes comportamientos:
- Comer con poca sal.
- Ir al fútbol.
- Ver El Gran Hermano.
- Ducharse con agua fría.
- Echar una partida al mus.
- Jugar a la play station.
- Ir sentado en el autobús.
- "Coger" por detrás.
- Hacerse un tatuaje.
- Soñar con la Kournikova.
- Hurgarse la naríz en los semáforos.
- Comer fabada asturiana.
- Tomar el café con sacarina.
- Conducir un Golf.
- Decir palabrotas.
- Comer los domingos en casa de los suegros.
- Mentir a los papás.

Bocetos para un catálogo de pelmazos. I. El amigo de to er mundo.

"Ayer estuve en el bar de Arturo y me encontré con Fran, que venía de ver a Manoli, que se separó el mes pasado y anda tristona. Me dijo que la llamara, pero para esta semana he quedado con Chus, que ya regresó de Andorra y quiere contarme que vio allí a Marian, que estaba intentando montar una exposición. Aquí no lo consiguió, pues ya sabes que le puso la proa Nando, el de la galería nueva, que desde que está con Fran se le ha puesto un carácter que no parece él. Por eso yo ya paso de él también, pues desde que le dije aquello de parte de Andrea y me cambió de conversación ya vi que el horno no estaba para bollos. Aunque peor fue lo de Luismi cuando se rompió la pierna y le pidió a Fran que le agilizara lo de la operación y éste le contestó que ya no se hablaba con Maru, cosa que tampoco me extraña, pues Maru anda pidiendo el traslado y su cabeza ya está más allá que acá, y todo por culpa de la discusión aquella cuando lo de los niños de Maru, que iban al colegio con la pequeña de Nacho y no sé que incidente tuvieron con la señorita, que resultó ser la mujer de Mino, el del Dólar, que ahora dejó el bar y anda, al parecer, tratando de acabar la carrera que había dejado colgada, aunque ya le dice Merche que total para qué...".
NOTA IMPORTANTE: EL INTERLOCUTOR O VÍCTIMA DE ESTE TIPO DE PELMAZO ENFEBRECIDO NO SUELE CONOCER O SABER NADA DE NINGUNO DE LOS SIGUIENTES PERSONAJES QUE APARECEN EN EL MONÓLOGO: ARTURO, FRAN, MANOLI, CHUS, MARIAN, NANDO, LUISMI, MARU, ANDREA, NACHO, MINO Y MERCHE.

De vuelta. Tres perplejidades posvacacionales.

Je, je, imagínense que ahora voy y les cuento por extenso mis periplos. Y que adorno la narración con fotos y anécdotas insustanciales. Adiós blog. Cuántas amistades se echan a perder por semejantes abusos. ¿Ha reparado usted en que el disfrute del que cuenta primorosamente sus viajes es proporcional casi siempre al desagrado y la impaciencia del que lo escucha? Hay mucha gente, creo, que sólo viaja para contarlo luego, y mucha más que evita concienzudamente a los amigos que viajaron durante el último trimestre, no vayan a sacar las diapositivas y nos acaben la paciencia. Viajamos para dar envidia y evitamos a los viajeros para no perder los nervios con sus intrescendentes apostillas sobre la forma de las sombrillas en Bali o el modo de hacer las verduras a la plancha en Murcia.
Tranquilos, yo sólo quiero compartir brevísimamente tres cosillas que me han llamado la atención. De paso, ya lo sé, dejo caer por dónde he andado. Pero finamente y como quien no quiere la cosa.
1. Resulta que tocó pasar en Suiza el día de la fiesta nacional, el 1 de agosto. Sorprendente. Suiza, Estado confederal, eso ya lo sabemos. Pues resulta que en casi todas las casas de casi todos los cantones colgaban en los balcones banderines con los colores de la bandera suiza y de las de todos y cada uno de los veintitantos cantones. Y que en cada ciudad y hasta en el pueblecillo alpino más pequeño y apartado se pasaron dos noches seguidas lanzando fuegos artificiales.
Habrá que estudiar el fenómeno suizo un poco mejor y luego escribir algo. Pero, entretanto, ¿por qué no vamos pensando aquí en un Estado confederal al estilo suizo? ¿Con fiesta nacional y todo?
2. Lo que hace la propaganda turística. Resulta que uno ha tenido la suerte de recorrer variados caminos de Centroamérica: bastante de El Salvador y Guatemala, algo de Panamá, Honduras y Nicaragua. Faltaba Costa Rica y todo hacía pensar que iba a ser otra cosa, aún mejor. Pues no. Pura propaganda. Carreteras infames con cráteres en lugar de baches, puentes a punto de caerse, policías corruptos parando al extranjero para cobrarle mordidas (eso me lo hicieron a mí mismo), precios altísimos por servicios que no los merecen... Sólo se salvan los animales, eso sí.
No digo yo que no haya que ir a Costa Rica, no es eso, pero sí afirmo que quedan en los otros países citados muchos rincones igual de interesantes, menos explotados y con precios infinitamente más razonables. ¿Alguna recomendación para ir pensando? Ahí van tres, sin mucho pensar: La isla de Ometepe (Lago Nicaragua), en Nicaragua, el archipiélago de San Blas, en Panamá, y Antigua, en Guatemala.
3. ¿Por qué dan tantas ganas de hacerse apátrida cuando uno se encuentra con grupos de turistas españoles y oye sus gritos, escucha sus conversaciones y ve sus posturitas y actitudes? Hay un estándar que es temible y aborrecible: pareja en torno a los treinta o treinta y pocos años, poseídos por el coronel Tapioca y ansiosos por contar el menú de su reciente boda y lo bien que nos lo pasamos, ¿te acuerdas de cuántas veces se sirvió lechazo la tía Vicenta? Yo estaba tranquila, pero éste parecía un flan desde tres días antes. Etc.