17 junio, 2008

Pirámides

Se suponía que todos conocíamos el juego de la pirámide. ¿Se acuerdan? Uno ponía un dinero para los jugadores anteriores de una lista que le daban al incorporarlo y luego buscaba unos cuantos que siguieran pagando en cadena, éstos convencían a otros más y comenzaba a llegar dinero extra al que antes se apuntó, y así sucesivamente, con ganancia mayor cuanto más se iba ensanchando esa pirámide invertida. Hasta que el montaje reventaba y los últimos pardillos ambiciosos se quedaban a dos velas.
Desde hace unos años se venía jugando igual, pero con pisos. Hoy compro un apartamento y mañana mismo lo revendo con un beneficio de cincuenta mil euros. Pero uno creía que los jugadores eran conscientes del riesgo, que sabían que el chollo no podía durar y que muchos se verían con las posaderas al aire. Parece que no. Dado el estupor del Gobierno, se nota que hasta los ministros pensaban que esto no se terminaría ni cuando no quedase sitio para una casa más. Mientras el dinero subía por la pirámide a golpe de pelotazo de hormigón, los méritos eran de los gobiernos; ahora que pintan bastos, la responsable es la economía internacional. Y cuando promotores, constructores y especuladores se forraban, nadie se acordaba de repartir ganancias; desde que se acabó el botín, se pretende que se socialicen las pérdidas. No conocemos más ley que la del embudo.
En ciudades como León la población no crece, pero el número de casas en construcción se multiplicaba cada año. Las afueras se iban cada vez más afuera y a un puñado de kilómetros del centro se seguían levantando pisos muy céntricos. Los que vivían en el campo sentían acercarse la ciudad como un maremoto de ladrillo. El que tenía una casa compraba otra y que el ya tenía dos compraba cuatro. Los bancos te daban hipotecas mejores cuanto más insolvente fueras, sin más aval que tu rostro de cemento. Nos parecía normal tanta anomalía. Hasta que pasó lo que siempre pasa en estos juegos. Se acabó la diversión, llegó el Euribor y mandó a parar.
El otro día atravesé en coche un polígono leonés que iba a ser un nuevo Manhattan y en el que ahora no se yerguen más que dos o tres edificios, como arquitectónico homenaje al gatillazo inmobiliario. Todavía habrá quien diga que no se veía venir y que la culpa fue del chachachá. O que se esperaba, pero era antipatriótico advertirlo.
Que le echen imaginación los negociantes y que monten otra pirámide. Ya no cabe con casas ni con sellos, pero pueden convencernos de que invirtamos en parcelitas de Marte o en peines para calvos. Éxito seguro. Y cuando se descubra el entuerto que nos subvencione el Estado por nuestra buena fe y nuestro gran servicio a la economía productiva.

15 junio, 2008

Malos tiempos para la buena teoría

Se avecinan tiempos oscuros para ese tipo de producción intelectual llamado teoría o doctrina, muy especialmente en lo que tiene que ver con las denominadas ciencias humanas, sociales y jurídicas. Los primeros síntomas hace rato que se observan. Creo que las mesas de las librerías que contienen las novedades filosóficas son un buen indicio. Hace años que se entremezclan ahí, indiscriminadamente, algunos restos de filosofía “dura”, manuales de autoayuda, textos de una supuesta nueva espiritualidad que debe de ser espiritualidad para ánimas despistadas y biografías de gurús y timadores diversos. Y lo que de filósofos que merezcan el nombre va quedando se pone más que nada porque han dicho algo en un periódico sobre la globalización o sobre qué calor va a hacer cuando el clima se caliente.
La clientela natural y primera de los libros más sesudos eran los universitarios, profesores e investigadores, por un lado, y estudiantes, por otro. Eso se acaba. Hace tiempo que no hace falta leer gran cosa para llegar a profesor titular o catedrático, y cualquiera que haya estado en concursos bien lo sabe. Pero hasta ahora un mínimo barniz había al menos que aparentar. En adelante ya se ha indicado a las claras que se nos prefiere duchos en el powerpoint, bien cargados de cargos académicos embrutecedores y hábiles en el comentario informal de las noticias de la tele, tipo peluquería, pero evaluando competencias para decir cositas muy monas. En cuanto a los estudiantes de hoy, víctimas inocentes de los pedagogos más iletrados, su cara de pasmo es absoluta cuando se los invita a leer alguna monografía. Vade retro. Casi no resta más rincón para la prosa científica que el Rincón del Vago.
Los manuales universitarios, que ya veremos lo que duran ante el acoso de la frívola Bolonia, hace rato que se llevan sin referencias bibliográficas, podados de debates doctrinales y sin más bibliografía final que cuatro cositas que han escrito los padrinos o los de la secta del autor de turno. Si has leído, por lo menos disimula y que no se te note.
En los congresos y simposios se va imponiendo la más burda picaresca, pues ponencias y comunicaciones cuentan nada más que por el bulto y por lo que pesan para anecacas y anecaquitas y para diversas comisiones de expertos en naderías con pompones, y ya se sabe que curriculum grande, ande o no ande. A lo que se ha de sumar el peso aplastante de las modas, que llevan a que cualquier hijo de vecino se monte el discursito fácil sobre la opresión de las minorías oprimidas o la conveniencia de cambiar el género de las palabras por razones de género. Cualquier cantamañanas se finge experto en lo que haga falta con un par de estadísticas y tres noticias de prensa sobre las últimas mujeres asesinadas por sus parejos.
La teoría social se va tornando clandestina ocupación de minorías perplejas, vicio solitario de excéntricos desubicados, hábito improductivo de solitarias ratas de biblioteca. Para qué tanto rollo si sólo se valora el buen rollito, a cuento de qué hacerse preguntas y dar vueltas a enigmas si nada más que importan las llamadas pueriles a ser buenos, abstemios y prudentes al volante. Y en casa las familias advertirán a los chavales que se dejen de libros si quieren llegar a ministros y menestras, visto lo visto. Porque qué carajo ha leído la Bibiana, vamos a ver.
Del mismo modo que en los tiempos oscuros de la más lejana Edad Media el saber no tuvo más refugio que unos pocos monasterios, en estos venideros, en los que se alabará la virtud de los iletrados y las más estúpidas competencias de los tontos de capirote, el pensamiento habrá de cultivarse en pequeñas redes que se comuniquen a través de blogs y páginas electrónicas y que se encuentren cada tanto en seminarios caseros, al margen de toda institución y, desde luego, fuera de las universidades. En las viejas sociedades paupérrimas y analfabetas el saber sólo podía ser dedicación de una ínfima minoría, labor de unos pocos círculos apartados del mundanal ruido. En estas nuevas sociedades opulentas el pensamiento sosegado sólo estará al alcance de unos cuantos excéntricos que pugnen por sustraerse a la dictadura de los idiotas enriquecidos, ésos que nos quieren masa cerril, consumidores sin seso y mano de obra conforme, los mismos que han perpetrado el enjuague de Bolonia y que ahora babean ante toda esta gazmoñería de niñatos.

14 junio, 2008

Fragmento para un debate sobre Latinoamérica

Un querido amigo me invita a exponer un pequeño texto la semana próxima en Valladolid, en un debate sobre la situación de los derechos humanos en Latinoamérica. El escrito tiene que estar terminado mañana y ahí vamos, al borde del colapso. Para colmo, esta tarde partido de la selección y después cena con los amigotes.
Reproduzco aquí un framento de lo ya escrito, más que nada con el fin de ir preparando el bazo para los posibles golpes.
¿Qué derechos? El problema mayor que cada vez se oculta mejor: la miseria.
En el papel lo cuentan las cifras y las estadísticas. Al viajero lo impresiona la visión a distancia de tantos barrios míseros, de tantas aldeas donde la vida transcurre sin los más elementales medios. Millones y millones de seres humanos sumidos en la carencia más absoluta, abandonados a su suerte, sin servicios públicos que merezcan tal nombre, sin más asistencia social que la visita del político de turno en tiempo de elecciones, cargado de bocadillos o de botellas de leche. Niños descalzos jugando entre perros famélicos, regueros de orines por las calles, adultos con la mirada perdida, pandillas organizándose para una supervivencia que sólo puede ser delictiva, adolescentes embarazadas, niños aspirando bolsas con pegamento... Miseria a raudales, pobreza extrema, vidas invivibles. Son la mayoría de la población. Y, frente a ellos, minorías exquisitas que se esponjan al enseñarle al visitante sus colecciones de porcelanas, de libros, de cuadros, de joyas, de pieles, que hacen gala de sus estudios y sus títulos, todos con la firma de las universidades más rimbombantes, que empequeñecen al viajero europeo al hacerle la cuenta de las capitales visitadas en la vieja Europa, de los hoteles frecuentados, de las amistades cultivadas, de todo lo carísimo consumido y que queda fuera del alcance de ese europeo de clase media y mirada atónita.
El más elemental de los razonamientos llevaría a asumir sin duda que urge repartir la riqueza y que los Estados deben meter mano en una buena parte de los bienes de esa clase tan económicamente pudiente como, por lo general, ociosa e improductiva, y redistribuir oportunidades a base de asegurar derechos mínimos a todos y cada un de sus nacionales. Pero no. Si echamos un vistazo a publicaciones de hoy y a teorías a la moda, parece que urge más que el Estado se ocupe de otro tipo de derechos, derechos con los que ni se come ni se curan las enfermedades ni se pone al individuo en condiciones de luchar por una vida digna en esta sociedad global, pero que, al parecer, son los más importantes, pues se relacionan con la identidad de cada sujeto y su manera de ser y percibirse en el mundo: los derechos culturales colectivos. Retornan las reservas indias, pero con la mejor conciencia de los blancos capitalinos, cobran nueva legitimación los viejos resguardos. Se aplica a los grupos humanos el patrón ecológico de las especies animales o vegetales y se concluye que se debe preservar la prístina identidad de los grupos aborígenes, salvar sus lenguas, proteger sus costumbres, asegurar su perpetuación intemporal e incontaminada, allá y así. Con las tribus lejanas y pobres se extasían antropólogos nacionales con máster estadounidense y paternalismo de colonizador sin remordimientos; en favelas y poblados de miseria los teóricos del Derecho y de la Política afinan sus doctrinas sobre el pluralismo jurídico, para convencernos de que este Derecho positivo, oficial y estatal que a nosotros tan bien nos defiende, no es ni tan Derecho ni el único Derecho ni el más auténtico, puesto que nace del artificio y los procedimientos formales y no de la vida espontánea de los pobladores.
Con la misma conciencia tranquila con que antaño se repartían limosnas y se le explicaba al pobre cuán feliz era en el fondo, sin tanto negocio que atender ni tanta hacienda que administrar, se siembran ahora derechos de nuevo cuño, el derecho de cada cual a seguir cazando como sus tatarabuelos, a hablar en exclusiva la lengua con la que no se entenderá con nadie que no sea de su territorio, a practicar sus ritos, aunque a nosotros nos parezcan crueles, a usar la medicina natural que lo salvará mejor que esos hospitales públicos de medicina pervertida e inhumana y que nunca tendrá a menos de cien o quinientos kilómetros, y todo como sentido homenaje a autenticidades intocadas, a identidades cristalinas, a raíces profundas en tradiciones y mitos fundantes, a la feliz simpleza de lo primitivo; no como nosotros, que fíjese usted qué mal estamos y qué mala vida nos damos por abandonarnos al bienestar, al cosmopolitismo, al mercado y a una permanente crisis de valores que sólo nos permite disfrutar y disfrutar de bienes y ocasiones.
Retornan esquemas medievales y los derechos primeros de cada cual son los que le tocan por razón de su grupo. Sólo que ahora, al menos en primera instancia o al primer golpe de vista, ya no son derechos de casta o derechos marcados por razón de oficio; pero siguen siendo derechos por razón de nacimiento y su función continúa la misma: encasillar a cada individuo en su grupo, pues no es supremo destino de cada cual el realizar su personal autonomía por encima de raíces y tradiciones, sino el de perpetuar el ser grupal haciendo lo que nació para hacer, viviendo donde por cuna le corresponde y manteniéndose ajeno a mundos, grupos y formas de vida que no son los suyos. Vidas pobres, sí, pero dignas, se dice, con esa suprema valía de ser fieles a las raíces y saberse parte de una historia milenaria; no como nosotros, tan desarraigados, tan infelices en medio de tantísima dicha y semejantes oportunidades de gobernar nuestro destino.
Nunca fue tan superestructural la cultura, ahora en términos de derechos culturales. Con suma habilidad, el burgués bien viajado exalta las virtudes de lo autóctono, el capitalino de sofisticada cultura alaba las ventajas de la vida simple y el académico curtido en títulos, lenguas y universidades de medio mundo insiste en que no hay nada como la raíz comunitaria y su visión de las cosas, monolítica, única y sencilla. Cómo articular las convivencia entre culturas es debate que sustituye al de cómo repartir bienes tangibles y oportunidades reales para los individuos. Cómo preservar incólumes las culturas que, al parecer, encarnan las esencias nacionales que proclaman los tataranietos de los conquistadores europeos, es tema que nos ayuda a no ocuparnos de por qué siguen mandando, dominando y, ante todo, enriqueciéndose esos descendientes de las viejas oligarquías. Maniobra de despiste, hábiles artificios para que el discriminado se conforme y hasta se sienta envidiado por quienes lo oprimen, lo explotan e, incluso, lo utilizan como cobaya en supuestos trabajos de campo en traje de Coronel Tapioca y con abstract en inglés.
En Latinoamérica se seguirá haciendo escarnio de los derechos humanos mientras no existan Estados suficientemente fuertes como para expropiar de una buena parte de sus privilegios económicos a sus élites más improductivas, al tiempo que sean capaces de atraer capitales extranjeros que inviertan en los países con la misma confianza con que pueden hacerlo en Europa, por ejemplo. Estados que, al tiempo, deben estar en condiciones de poner en práctica unas políticas educativas y de información que contrapesen, entre otras muchas cosas, la fuerza alienante de esas “iglesias” de los nuevos derechos allí donde todavía no se han respetado jamás los derechos primeros.

13 junio, 2008

La eutanasia pasiva es un derecho. Por Jacobo Dopico Gómez-Aller

Jacobo Dopico, buen amigo y amigo de este blog, ha publicado hoy este artículo en Público. Para pensar y debatir un poco, si ha lugar.
“Las leyes hacen que esa pequeña diferencia entre mover o no mover un brazo supongan que pueda salir de esta estupidez por mí mismo, que tenga que poner en peligro de cárcel a quien me haga de brazo o que acabe en una residencia esperando una cacotanasia”
Jorge León Escudero
El día 4 de mayo de 2006 Jorge León Escudero fue hallado muerto, desconectado de la máquina que obligaba a sus pulmones a respirar contra su voluntad. Había declarado solemnemente en multitud de ocasiones su intención de abandonar esa vida. Sabedor de que la mera desconexión le podría traer terribles dolores, solicitó ayuda de otras personas para poder hacer realidad su última voluntad sin convertir el tránsito en una horrible tortura. El cuerpo de quien fue Jorge León Escudero apareció en el suelo, separado de la máquina que le mantenía con vida contra su voluntad. Cuentan las crónicas periodísticas que cerca de él apareció un vaso.
Si hay un tema moral y jurídicamente complejo es el de la dignidad y la libertad en la fase final de la vida, en especial cuando se refiere a personas físicamente dependientes pero mentalmente lúcidas, que por incapacidad física no pueden ejecutar su voluntad de propia mano y requieren para ello el auxilio de otros. Por ello, no pretendo en las próximas líneas tomar posición sobre el estatus jurídico y moral de la eutanasia, y quiero limitarme únicamente a plantear una breve reflexión sobre los límites entre la eutanasia activa y la pasiva; tema que ha cobrado renovada actualidad a raíz del anuncio de un proyecto de Ley andaluza que pretende regular estos extremos.
El art. 143 del Código penal castiga diversas formas de colaboración en la decisión de morir de una persona que sufre una enfermedad terminal o causante de penosos padecimientos permanentes. Así, sanciona con prisión entre el año y medio y los 6 años la conducta de quien llega a ejecutar materialmente la muerte del solicitante, y con pena de prisión de 6 meses a 2 años a quien, sin ejecutarla, coopera a dicha muerte “con actos necesarios”. La colaboración con actos de entidad menor (“no necesarios”) es impune.
Sólo es punible la eutanasia activa y directa. La eutanasia indirecta u ortotanasia no es delictiva: consiste en una conducta que acorta la vida del paciente, pero que lo hace como efecto colateral, pues su finalidad principal es paliativa o terapéutica. Un ejemplo claro son las sedaciones en las fases terminales de enfermedades muy dolorosas.
También es impune la eutanasia pasiva. La duda está en cómo entender la distinción entre eutanasia activa y pasiva. Los penalistas han discutido hasta la saciedad la distinción entre conductas activas y pasivas, y las diferencias que cabe encontrar entre unas y otras. Inicialmente, solía sostenerse que es activa la eutanasia en la que el sujeto activo hace algo que acorta la vida del disponente, pero pasiva aquella en la que se limita a no hacer algo que la alargaría. Sin embargo, las cosas no son tan fáciles.
Imaginemos un enfermo que para prolongar su vida necesita una inyección diaria. Si el enfermo, cansado de sus penosas condiciones de supervivencia, decide no volver a recibir una nueva dosis, el médico debe cumplir con su voluntad y no volver a inyectársela: se trataría de una eutanasia claramente pasiva e impune.
Sin embargo los avances técnicos nos han traído máquinas que dan a los enfermos periódicamente la dosis que necesitan, tanto de fármacos como de sustancias más básicas, como el aire. ¿Acaso si el enfermo está enchufado a una de estas máquinas pierde su derecho a rechazar una nueva dosis? ¿Le ha robado el desarrollo tecnológico la capacidad de decidir? Sería una conclusión absurda.
Esto nos lleva a la necesidad de interpretar de otro modo la diferencia entre eutanasia activa (delictiva) y pasiva (impune): de un modo coherente con la vigente regulación de los derechos del paciente. El art. 8 de la ley de autonomía del paciente (Ley 41/2002) establece que “toda actuación en el ámbito de la salud de un paciente necesita el consentimiento libre y voluntario del afectado, una vez que, recibida la información prevista en el art. 4 (“como mínimo, la finalidad y la naturaleza de cada intervención, sus riesgos y sus consecuencias”), haya valorado las opciones propias del caso”. La Administración no es quién para decidir contra la voluntad de la persona qué tratamiento debe recibir. Si la ley instituye al paciente como instancia soberana para decidir si consiente en recibir un tratamiento o lo rechaza, ello debe extenderse también a la decisión de seguir recibiéndolo o rechazarlo.
Debe entenderse, pues, que la eutanasia activa directa (la punible) consiste sólo en el suministro de tratamientos directamente dirigidos a acortar la vida, y la pasiva consiste en el no suministro o en la interrupción del suministro de un tratamiento (como la “desconexión”) a petición de quien es competente para decidir al respecto: el paciente. Así, la licitud de la eutanasia pasiva no es sino una consecuencia del derecho a no recibir tratamientos inconsentidos.
Ocurre, no obstante, que con frecuencia la interrupción de un tratamiento, sin más, puede acarrear unas consecuencias terribles. En el caso que nos ocupa, la mera desconexión de un respirador trae consigo de modo natural una muerte por asfixia, paro cardíaco, etc., que supone una auténtica tortura precisamente para quien está intentando librarse de una vida que se ha convertido en tormento. Si es un derecho del paciente consentir o dejar de consentir en la recepción de un tratamiento, el Estado debe proporcionar los medios para que el ejercicio de ese derecho no obligue al sujeto a pasar un infierno de sufrimientos físicos. Del mismo modo que si un enfermo en su derecho decide no someterse a un tratamiento anticanceroso largo e inseguro tiene derecho a recibir el debido tratamiento paliativo, es también un derecho del paciente recibir la sedación necesaria para que la desconexión no sea traumática ni dolorosa.
Debe saludarse, pues, un proyecto de ley como el andaluz que pretenda perfilar con mayor claridad las implicaciones del derecho del paciente al rechazo del tratamiento; pero esto no debe llamar a error. Conforme a la legalidad vigente, ese derecho ya asiste a los pacientes en toda España.
Jacobo Dopico Gómez-Aller es profesor de Derecho penal de la Universidad Carlos III de Madrid.

11 junio, 2008

Materialismo y membrillos

¿Se acuerdan los de mi quinta y así de aquellas lecturas juveniles de Marx pasado por los marxistas yugoslavos, los Petrovic, Markovic y tal, y por la Escuela de Budapest de antes de que llegara la Agnes Heller y se fuera con la música a donde el Imperio contraataca? Uno de los principales temas era si la estructura económica determinaba al cien por cien las superestructura ideológica o si desde el mundo de las ideas también se podía cambiar algo de la endemoniada configuración de los modos de producción y las relaciones de idem. La había liado Engels en aquella famosa carta a Bloch, aprovechando que don Carlos había palmado y seguramente dándose cuenta de que si el marxismo no influía como idea, a ver cómo iba a pintar un pimiento en la marcha de la historia; corcho, y de que don Carlos y él habían comido de sus plusvalías inglesas y no se resignaban a ser tan superestructurales. Luego vino Lenin y dijo que tranquilos, que donde esté una buena vanguardia que se quite todo y que allá vamos aunque no se den las condiciones objetivas que había previsto el bueno de Karl. En vez de estallar en Inglaterra o Alemania, la revolución prendía en Rusia y de algún modo había que justificar que ocurriera donde no tocaba, pues en lugar de proletarios deprimidos había campesinos más o menos y, a falta de capitalistas ahítos de plusvalías, terratenientes con ínfulas aristocráticas y ganas de tirarse una zarina. Así que lo que no alcanzaban los determinismos estructurales se suplía con voluntarismos que ya no eran ideología como falsa conciencia, sino canela fina, conciencia proletaria de dirigentes que antes muertos que obreros. Al fin y al cabo, igual que de sexo siempre han hablado más que nada los curas célibes, la revolución obrera han solido dirigirla burguesitos de fina estampa y espinazo rígido. Así resultó. Y lo de la determinación estructural de las superestructuras empezó a ser como el misterio de la Santísima Trinidad, pero en laico y con barbas.
Pero con tanta Guerra Fría y tanto cuento, la cosa iba colando y al que señalara una contradicción en el dogma se le tildaba de cómplice objetivo de las fuerzas de la reacción, amén de pequeño burgués y hasta kulak, cosa esta última que no se sabía muy bien lo que era, pero que sonaba de lo más pecaminoso para esa moral marxista que siempre fue un poco de vía estrecha en lo que tiene que ver con la liberación de los cuerpos y las almas por libre y sin desfiles ni pancartas. Luego Mao escribió un Libro Rojo que no tenía nada que ver con nada, pero que cada uno interpretaba según convenía para el avance triunfal de la historia en su barrio, y hasta se organizó en China una Revolución Cultural que acabo siendo agricultural, pues mandaron a todo quisque alfabetizado a plantar lechugas en los pueblos donde Confucio dio las tres voces, menos al propio Mao y a los cuatro de su banda de entonces, que no fueron porque tenían que organizar la Revolución Cultural, precisamente, y no todo iba a ser escardar cebollinos.
Pero vamos a lo que íbamos: que en esto y con el alboroto de las vísperas del sesenta y nueve llegaron los semiólogos y acabaron de liarla. Por ejemplo, me acuerdo de mi perplejidad cuando hace un porrón de años cayó en mis manos aquel libro de moda, Para leer al Pato Donald, escrito por un chileno y un belga con los resultados que cabía esperar de tal amalgama. Ahora resultaba no sólo que las ideas repercuten sobre las estructuras económicas de base y configuran las relaciones sociales por sí y un montón. No olvidemos que para entonces Althusser ya andaba meneando los que llamaba aparatos ideológicos del Estado, en la estela del gran Gramsci, don Antonio, que nos había enseñado desde la cárcel que más vale currar en la hegemonía que en el tajo, si queremos que cambie algo más que el nombre de la empresa. Luego Althusser estranguló a su señora con maneras nada ideológicas y acabó confesando en sus memorias que ni había leído apenas a Marx ni se enteraba mayormente de nada, pero que le echaba imaginación y que iba colando todo en aquellos tiempos propicios para la revolución creativa sin salir de la École Normale Supérieure.
Bueno, pues te leías lo del pato Donald y resultaba que una de las causas principales de los desaguisados y las injusticias del mundo se hallaba en la factoría Disney, que con sus viñetas daba malos ejemplos al proletariado y le inducía todo el rato a meter la pata. Esa era, creo, la lectura correcta de tan profundo escrito, y, por tanto, no fue la que perduró. No, la idea que al final se impuso en el selecto mundo de la cultura crítica y la política con conciencia con clase, a base de resúmenes, versiones, conferencias y me lo ha contado fulano, el de la Fundación, que lo ha leído, fue la siguiente: que la culpa del capitalismo la tenía el pato Donald propiamente dicho. Mano de santo, oiga. Si por pintar un pato erigimos todo un modo de producción y damos pie a tanto aprovechamiento malsano de fuerzas del trabajo y plusvalía, con pintar un pato bueno, o mejor una pata, cambiamos el mundo y alcanzamos el socialismo, la igualdad y el orgasmo en gracia de Dios, sin necesidad de más quebraderos de cabeza ni de putear a los electores con impuestos, tasas o expropiaciones que quitan un montón de votos, pues ya se sabe que esta gente vota peor cuanto más alienada está y menos conciencia tiene de nuestra clase y estilo.
Y ahí andamos, en ésas estamos, talmente. Convencidos de que el mundo se cambia hablando de otra manera, alterando por decreto el diccionario, haciendo que la loba del cuento sea la abuela, los cazadores manifestantes pacifistas y el lobo presidente de una ONG de ayuda a los caracoles, y pintándole al miembro unos lunares para que parezca miembra o membrillo. Maquillas la superestructura, le pones a la ideología unos tirabuzones, cambias el nombre de las cosas y.... ¡tachán!, tienes hecha la revolución por cuatro duros de nada y sin despeinarte las cejas.
Embargado de gozo y henchido de satisfacción ante tan potente descubrimiento, cuando viajo por esos mundos y veo en algunos lugares tanta pobreza y semejante abuso, me pregunto: ¿pero a qué esperan aquí para hablar de otra forma? ¿Por qué no les enviamos nosotros, de avanzadilla y para expandir los frutos de nuestra revolución, a Tere, a Bibiana y a su famoso tío, el tal Gilito?
Qué diría don Carlos Marx si viera esto, qué diría. Yo creo que se reconciliaría con Bakunin, al fin.

10 junio, 2008

Más sobre la ola de idiotez que nos invade

Escrito y colgado el post anterior, me voy a ver el partido. En el descanso miro el correo electrónico y, cáspita, me encuentro un mensaje que reenvía una comunicación de un decanato de la Universidad de Alcalá. Lo transcribo a continuación sin más comentario, pues para qué dar más vueltas a las estupideces que van imponiendo estos tontitos con mando en plaza.
Dice así el documento:
La UAH había solicitado la implantación del grado en Estudios Ingleses para el curso 2008/09. Hemos recibido ya la valoración previa de la ANECA, que ha sido desfavorable, mientras no sigamos una serie de recomendaciones que se nos hace o no subsanemos unas pocas deficiencias, para lo que contamos con diez días. Porque creo que nuestra experiencia puede ser útil a quienes estéis redactando los planes de estudio de las facultades, os comento uno de los puntos que debemos cambiar en la propuesta: el tema de los contenidos en la igualdad de género y la cultura de la paz.
Nuestra Facultad, muy reacia al tema de incluir asignaturas que llevasen la nomenclatura "género", pensó que era suficiente con asegurar que todas ellas tendrían en cuenta, de forma transversal, la perspectiva de género. Por tanto, en el apartado 2. de VERIFICA (Planificación de las enseñanzas), dábamos la lista de materias y competencias a adquirir, añadiendo frecuentemente: «todo ello desde una perspectiva que tenga en consideración los valores democráticos, de igualdad de género y de la cultura de la paz.»
Bien, el informe de la ANECA nos recomienda expresamente dar un paso más y nos sugiere literalmente:
«Se recomienda considerar la posibilidad de incluir módulos o materias específicas relacionadas con los derechos fundamentales y de igualdad entre hombres y mujeres, con los principios de igualdad de oportunidades y accesibilidad universal de las personas con discapacidad, más allá de la oferta que se incluya institucionalmente en el componente transversal».

¿Aló? Aquí el teléfono del maltratador

Un día de éstos me voy a declarar en huelga de comentario caído. Qué blog ni qué gaitas. Empiezo a ponerme paranoico y a ver en todas partes signos de una conspiración mu mala. Porque lo que está pasando no puede estar pasando de verdad. No, lo hacen para que en los blogs y demás webs nos obcequemos y embistamos y para decirnos luego aquello de tontín, has picado, era broma, jeje. Por otro lado, si lo que ocurre, ocurre de veras, que le den por el saco al mundo y allá cada cual se las componga. Cuantos más tarados meten en un Gobierno, más simpatías despierta; cuantas más gilipolleces hace un Gobierno, más encantado se muestra el pueblo con unos políticos tan in, tan cool, tan guais. Que se vaya a la porra el pueblo. Once millones de moscas no pueden equivocarse, vota mierda. ¿Cómo dice usted? ¿Que fueron veintiuno o veintidos los millones de moscas? Tiene razón: vota mierda.
Por ejemplo, estoy segurísimo de que la mayoría de las compatriotas y los compatriotos andan encantadas y encantados con ese engendro llamado Ministerio de la Igualdad. Uy, hija, qué cosa tan progresistísima. Va a haber un antes y un después en la historia de la mujer en este país. Fijate tú, Marilú. ¿Que la Menestra no sabe hacer la o con un canuto? Chica, pero es que tampoco la han puesto ahí para andar con canutos, sino de florero ideológico, para confirmar a los de IU que se cambiaron de cama que fíjate qué bien y que estamos salvando a la izquierda frente al embate derechoso insoportable y violentísimo.
Tiene co/ajones la tipa. Suelta lo de miembra y luego se disculpa con que así se dice en ciertos lugares de América Latina que no especifica. Mentira. Lo que pasa que si no inventa palabros, a ver qué carajo/coño hace. No hay más que fijarse en las medidas que, al parecer, va a poner en marcha su Ministerio. Gilipolleces/chuminadas como la copa de un/a pino/a. Pero a mí lo que más me excita es lo del teléfono del maltratador. Ideal de la muerte. Hoy en día se ponen teléfonos para todo. Y observatorios. ¿Para cuándo el observatorio del maltratador? La imaginación al poder.
Los martes tengo visiones y capto el futuro, no sé si se lo había comentado a ustedes alguna vez. No puedo evitarlo. Hoy lleva toda la mañana persiguiéndome el runrún de las primeras llamadas al teléfono del maltratador. Se las trancribiré tal cual, a ver si me libro de ellas.

Conversación 1.
- Buenos días, aquí el teléfono para hombres maltratadores. Le habla Venus, ¿en qué puedo ayudarle?
- Verá usted, estaba yo a punto de partirle la crisma a mi santa y me dije: hombre, voy a llamar primero al teléfono este que han puesto nuevo.
- Cuénteme, ¿cuál es su problema?
- No, problema ninguno, que me dan unos ataques con mi mujer, que de hoy no pasa.
- Pero usted ha llamado aquí, eso es buen síntoma.
- Sí, yo es que llamo por si me dan alguna idea para hacer que desaparezca el cadáver.
- ¿A qué cadáver se refiere?
- Al de mi mujer, pues cuál va a ser.
- No lo diga ni en broma.
- Pero, vamos a ver, ¿este no es el teléfono que puso el Gobierno para ayudar a los maltratadores?
- Sí, señor.
- Pues ahí está. Yo soy un maltratador y quiero que me ayuden con lo del crimen perfecto. Lo tengo todo pensado menos lo del cadáver.
- No, no, no. Yo debo convencerlo a usted para que no practique la violencia de género con su cónyuge.
- ¿Mande?
- Nada de matar ni de pegar.
- Y entonces para que se supone que los llamo a ustedes, ¿para hablar del tiempo?
- Para asegurarse de que no hay que practicar la violencia de género.
- ¿Mande?
- Que no se mata ni se pega a las mujeres.
- Vale. Pero ¿usted cree que si la tiro al río con unas piedras en los bolsillos saldrá a flote muy pronto?
- Señor, creo que usted necesita una terapia urgente y yo se la puedo brindar.
- ¿Mande?
- Para compensarle el desarreglo psicomotriz que le empaña la percepción de su ego masculino en armonía con los fluidos cósmicos.
- ¡Anda ya!
- Cierre los ojos.
- ¿Cómo dice?
- Que cierre los ojos.
- De acuerdo, ya está.
- ¿Tiene las manos libres?
- Bueno, me estaba rascando las ingles, pero si quiere lo dejo.
- Ponga en contacto las yemas de sus dedos pulgar e índice de cada mano. ¿Está?
- ¿El pulgar es el gordo?
- Sí
- Pues ya está.
- Con los ojos cerrados.
- Ondia, se me olvidaba.
- ¿Listo?
- Listo.
- Ahora repita conmigo: eimmmmmmm, eimmmmm, eimmmmm. Tres veces.
- Eimmmmmmmm, eimmmmmm, eimmmmmm. Tres veces. Ya está.
- ¿No se siente mejor ahora?
- Uy, sí, mucho mejor.
- ¿No nota como si se le hubiera quitado un peso de encima?
- Ya lo creo.
- Ya ve que no era tan difícil.
- Tiene usted razón, no sé por qué no se me ocurrió antes. Lo he visto clarísimo. Enterrada en la carbonera.
- ¿Cómo dice?
- Nada, nada, cosas mías.
- Bueno, ya sabe donde nos tiene si se vuelve a presentar la ocasión.
- Vale, muchísimas gracias. Y recuerdos a don José Luís.
- Se los transmitiré de su parte.

Conversación 2.
- Buenos días, aquí el teléfono del maltratador. Le habla Deysy.
- Yo quiero hablar con un tío, mecagoentó.
- Cuénteme a mí lo que le pasa.
- Pues que tentado estoy de darle un par de cachetes a la parienta.
- No debe hacerlo, ni se le ocurra.
- ¿Ves? Lo que yo le decía. Pero ella burra y burra y que por qué no le atizo en la rabadilla como hacen en las pornos.
- ¿Se refiere usted a las películas pornográficas, caballero?
- Sí, a las pornos. Antes las veíamos juntos, pero la Juani, mi mujer, coge todas las mañas y no me deja vivir.
- Dígale a su esposa que ésos son espectáculos degradantes para la mujer.
- ¿Degraqué?
- Degradantes.
- Ah. Bueno, como le iba diciendo, doña Bety
- Deysy.
- Eso. Pues que mi señora insiste en que le arree cachetadas en el culo mientras practicamos el sexo, pero a mí me da cosa.
- Es usted un varón ejemplar, muy bien.
- Gracias, ¿pero, entonces, no debo atizarle un poco para que le guste?
- ¿A qué se refiere usted exactamente?
- Pues mire, doña Deysy, a que según ella está en pompa y yo ataco desde el sur, le dé así con la mano abierta en las posaderas.
- ¿En las posaderas?
- Sí, mujer, en las nalgas. Pero sin hacerle daño.
- ¿Y a ella le gusta?
- Se pone como loca.
- ¿Y le da usted muy fuerte?
- Bueno, mucho, mucho no.
- ¿Con las dos manos?
- Esto..., pues unas veces con una y otras con la otra. Más con la derecha.
- ¿Y ella gime?
- ¿Cómo que si gime?
- Así: ummm, ahhhh, aaaaay, ohhh.
- Más o menos. Oiga, ¿se encuentra usted bien?
- Sí muy bien. Eres un encanto.
- Pues, esto... gracias. En fin, ya llamo otro día un ratito más.
- No, cielo, espera. Cuéntame qué le dices mientras le das palmadas en el culo.
- Pues qué quiere que le diga, que no sé a quién salió tan guarra.
- ¿La llamas guarra, mi amor?
- Bueno, es en confianza.
- Llámame guarra a mí, anda.
- ¿Cómo dice?
- Que me llames guarra y me digas que me vas a azotar un poquito en el trasero el día que nos veamos.
- Oiga, señora, que usted se confunde. Voy a colgar.
- No por favor, que ya falta poquito.
- Descarada, fresca, cerda.
- Ay, así, así, sigue.
Clic.

PD.- Sí, ya sé. Me la he vuelto a cargar. Caerá sobre el que suscribe la furia incontenible de las vestales y los vestalos de la corrección política. En cambio lo de la Aído no son chistes, ¿verdad? Manda narices. Qué país.

09 junio, 2008

País de masocas

Ayer, domingo, los periódicos leoneses daban cuenta del anuncio del presidente Zapatero en esta su tierra: de aquí al 2012 se instalarán en las carreteras españolas 1800 nuevos radares fijos y se espera que desde el Centro en Onzonilla se gestionen tres millones y medio de denuncias.
Lo que ha cambiado este país. Ahora reprimir y dar leña supone ganar votos. ¿Cuántas multas dice usted que me va a meter? Ah, más, por favor, qué bien. ¿Y que me va a controlar con radares a porrillo? Me muero de gusto, no pare, siga, siga. Con tanto paternalismo estatal, nos vamos quedando los ciudadanos en la tierna infancia, dependientes y sumisos hasta dar las gracias al que nos atiza. Si nos pegan, será porque nos quieren, no faltaba más. Luego un mimo de 400 euros y tan contentos. Palo y zanahoria. Ya cuando Franco se decía aquello de que a los españoles había que atarnos corto y que por eso sin dictadura acabaríamos en la anarquía. Pero no hay peligro, en democracia seguimos gimiendo placenteramente ante el castigo. Controles, admoniciones, avisos, advertencias, resta de puntos, multas, cárcel. ¿Para cuándo unos azotes? El pueblo goza y da las gracias, ofrece las posaderas al flagelador y se siente bien amado así. Voto al que más me regañe, cambio mi sufragio por un buen látigo que me zumbe.
Se dirá que de algún modo hay que poner coto a la lacra de los accidentes de circulación y qué mejor que vigilar y castigar. Vale. Pero resulta que también nos encanta que no nos dejen fumar, que nos prescriban un condón de esparto, que nos regañen por engullir hamburguesas y que nos amarguen la copita de vino, aunque en esto último fue el Gobierno a dar con las empresas y hasta ahí podíamos llegar. Que, si es por nosotros, ciudadanos en pompa, ya regaríamos el chuletón con agua sin gas para no contrariar al Ministerio de Sanidad.
Cuando los curas mandaban los enemigos del alma eran el mundo, el demonio y la carne. Ahora que imperan los progres de aguachirle, se han ido agregando pecados y prohibiciones, para que muramos con la satisfacción cierta de no haber disfrutado mayormente en vida, y así dará menos pena palmar. Hasta por una gracieta te puedes condenar, como cuando Franco. Entonces no podías hacer risas a costa del generalísimo pequeñajo y barrigón y ahora no debes contar chistes de mujeres ni de negritos ni de homosexuales ni de gordos ni de nadie que no sea del PP. Vivan las caenas.
Es cierto que la carretera mata demasiado, que el tabaco provoca cáncer y que el tocino te pone el colesterol como el Euríbor. Pero alguien debería también advertirnos de que el exceso de sumisión nos hace marionetas, beatos de la fe más insípida, ciudadanía light.

08 junio, 2008

No tenía que haber venido. Por Avelino Fierro

(Una presentación sin power point; nº 6 de “Birds”; “Club Leteo”; 6-junio-2008; Instituto Leonés de Cultura)

Sólo porque Alberto es insistente y antojado estoy aquí. Hubiera sido más cómodo enviar una carta, ya que estamos homenajeando un dossier epistolar, para que la leyera alguna “letea” de buen ver, cosa que el público agradecería. Veis? No tendría que haber venido. Ya se deslizó el primer comentario de género (masculino); ya empiezan los problemas.

Y es que a mí la escritura no me ha dado más que disgustos. Bueno, esto no es del todo exacto. Tengo con la escritura una primera aproximación gratificante y salutífera: voy buscando que me tranquilice o me cure de algo y en eso no me ha fallado, siempre ha estado ahí, abierta de… brazos. Como lo está Jessica Lange en “All that jazz” al final de aquel travelling inacabable y sensualísimo para recibir en su seno al crápula de Rod Steiger.

Así que cuando he tenido alguna obsesión, de esas que hacen presa en la chepa o en alguna neurona y empiezas a tener desarreglos, lo he puesto por escrito. Antes, quizá, con algún íntimo lo he verbalizado, como les gusta decir a los psicólogos, esa panda de abrojados (abrojado,a. adj. (Arg.) Entrometido, metiche, que se mete en asuntos ajenos). Pero no es lo mismo, las intuiciones se vuelven más claras con el esfuerzo de ponerlas en palabras. Y uno se atreve a forzar ciertos límites. Escribió Rubert de Ventós en “Oficio de Semana Santa”, “mucha gente… nunca se ha atrevido a explorar sus propias fronteras: ignorantes de lo que les sobrepasa, tampoco sabrán nunca lo que les pasa”.

A mí mi primer cuento “Dos horas de bondad y tres pecados capitales”, me sirvió para sobrellevar el mariposeo y posterior ninguneo de una camarera. En “El cuento de los cuentistas”, tenía que cotillear sobre un secreto de sumario. En el publicado en este número de la revista no me quedó más remedio que exorcizar otros demonios. Y así, buscando terapias, en varios casos.

Las consecuencias, la penitencia, los daños colaterales vinieron después. Con el primero, mi mujer me envió una temporada a dormir al salón; en el segundo, me libré de un expediente por los pelos; tras éste de hoy, algunos amigos arquitectos o periodistas van a negarme el saludo.

Así que para mí, el escribir no es una entretención –como diría un mexicano- ni la aspiración a las mieles de la fama, o al menos a esa fama lerda y un tanto escuálida de la que habla Jorge Volpi, sino la búsqueda de una cierta calma, la simpleza de dormir un poco mejor.

¿Veis por qué no tendría que haber venido? Un tipo que va pensando en su ombligo, buscando terapias, que escribe muy ocasionalmente y lo que escribe en realidad son cartas, no tiene derecho a dar explicaciones. Las únicas que le gusta dar, por un prurito de parecer “rara avis”, es a las dependientas de los estancos empeñadas en hacerle una factura por los sellos. Siempre les digo: “No la necesito, soy de los que todavía escriben cartas”.

Decía que esta última me traerá complicaciones. Se la envío a un amigo y éste va, y la publica en su blog. Alberto me pide que hable de los blogs. Comprenderéis que sólo puedo decir pestes de esa moda tonta que va a acabar con la amistad y la literatura.

Hace unos días Sidney Lumet, el director de cine, decía, “la gente pasa diez horas frente al ordenador y lo llama comunicarse”.

Con esto de los blogs, acabaremos no viéndonos. Iremos al bar esperando encontrar a otros tertulianos letraheridos y nos pasará como a Josep Pla, que visitaba todas las tardes al sepulturero de su pueblo, quien le decía: “Esto está cada día más muerto, señor Pla”.

Así que a un servidor, las blogonovelas o la regla cuarta para la supervivencia de la novela de la que hablaba Vicente Verdú hace nada en “El País”, “la fragmentación de las historias, con sus anotaciones e intervalos mentales, tiende a copiar del blog y de la comunicación fragmentaria omnipresente”, todo eso, digo, me parecen sandeces.

Además, qué manía con escribir; lo que es necesario es leer. Y ahí sí que no podemos andarnos con contemplaciones. Hay que leerlo todo.

La única grieta que todavía nos permite asomarnos al mundo de la verdad de lo inactual, escribía Azúa, es la voz de los muertos; sólo así podemos atisbar algún lejano eco de nuestro origen y de nuestro destino final.

Leer es la mejor higiene para combatir a los idiotas o desenmascarar el cinismo de los políticos, el pragmatismo imbécil, la prosa facinerosa de los psicopedagogos. Se trata de leer hasta quemarse los ojos. Discriminando un poco. Yo creo que tengo la suficiente intuición masculina (aunque ellas digan que eso no existe, que es suerte o casualidad) para saber que no he perdido nada por no leer las sombras del viento o los códigos davincis o las catedrales de los mares; sólo habría perdido tiempo.

Hace unos días una jefa me recomendó a Ian McEwan; uno de esos consejos a lo estricta gobernanta. No podía desairarla. Perdí el tiempo con “Ámsterdam”. No he escrito nada más allá de cuarenta páginas, pero dadme papel, lápiz y una semana de vacaciones y os fabrico otra “fábula moral e irónica que despliega su elegante estructura para placer de los lectores”. Otra novelita para europeos cincuentones, con un poco de sexo, paseos por la montaña, música sinfónica, intrigas periodísticas y pavesas del 68.

¿Entendéis por qué no tenía que haber venido? Resulta que llevo un buen rato pontificando. Y voy a seguir en ese plan profesoral y plúmbeo, recomendando como un gurú cultural cualquiera: Hay que leer, sobre todo, poesía. Porque no sabemos bien lo que es, pero sabemos con Brodsky que la manera de desarrollar el buen gusto en literatura es leer poesía. Y es el primer consejo que da Bradbury a quien quiera ser narrador: “Lea usted poesía todos los días”.

Aquí también no todo vale. Creo que podemos, debemos saltarnos a Ajo, un derivado de Mª José, una chica de Palencia, que asoma en la última página del País del 3 de junio. Dicen que “ha logrado la proeza de convertir la micropoesía en medio de vida”. No hay que leerla, salvo que sea amiga. Hay que leer a los amigos aunque sean insoportables, les debemos cariño e indulgencia. Y a Biedma y Machado, Auden y Larkin, Juaristi y Gil Albert. Pero hay que huir de los youtubes, myspaces, blogueros domingueros y vendedores de consignas y no ideas, novelas google y frases hechas, el todo vale como valor cultural. Vuelvo a Brodsky: “La cultura es ‘elitista’ por definición y la aplicación de los principios democráticos en la esfera del conocimiento propicia la equiparación de la sabiduría con la imbecilidad”.

Escribir no es una pamplina, es una cosa seria, ardua y penosa. Al menos hay que exigirle al plumífero que pase las de Caín, como un tal Junot Díaz, la gran esperanza de la nueva narrativa norteamericana, según El Cultural de ayer, que ha tardado once años en terminar su primera novela. Y eso no es garantía de nada si no estás tocado por la Gracia.

Poco más puedo decir. Bueno, que llevo unos años en compañía de Pla, D’Ors, Camba, Baroja, Nabokov…, que el último best seller que compré fue “El nombre de la rosa”, que mi último hallazgo es un maravillosos historiador del arte, Elie Faure, que se me están atragantando los Diarios de Valéry…

Y que no os agobiéis. Que el que escribe es porque no sirve para otra cosa. Pase que sea un pecado de juventud, porque hay exceso de energía y cierto desgobierno mental en esas épocas dominadas por hormonas y testosterona, pero más adelante es mejor dejarlo: Shakespeare lo hizo cuando le empezó a ir bien el negocio de cereales y Rimbaud se dedicó a traficar con armas. También podemos vender lavadoras y escribir un cuentito de vez en cuando, como nuestro Antonio Pereira.

Aunque reconozco que es complicado acabar con esa especie de virus. Y si insistimos en ello, hagámoslo en serio; busquemos la idea justa, la palabra perfecta. Y cuidemos los detalles. Hasta yo me he tomado en serio esto de venir hoy. He dormido la siesta; he llegado con tiempo (la última vez -Alberto lo sabe bien porque iba a una lectura suya- me metí en una conferencia sobre el Alzheimer); me he comprado un diccionario de la injuria, de dos argentinos, por si tenía que replicar a algún impertinente del público; hasta pensé en un nombre también sudaca para presentarme hoy, ya que los latinoamericanos parece que molan y han ganado los cinco últimos premios Herralde, para presentarme hoy y por si publico allá: Abel Ferrari.

Cuidemos el detalle, elijamos bien las corbatas y los amigos y seamos pacientes y resignados. Sabemos que este vicio solitario, de lectores o escritores, nos acabará convirtiendo en una pandilla de inadaptados.

Avelino Fierro.
León, 5 junio 2008.

07 junio, 2008

Nuevas impresiones mexicanas, con sorpresa final

Verá el amigo habitual de este blog que en este viaje por tierras de México he ido con tiento y poca tinta. La matraca de los censores va haciendo su mella, quiera que no. En España puedo decir pestes de los españoles y no pasa nada, pues soy de casa. Fuera, ojito, pues todo lo que no sean parabienes lo interpretarán los guardianes del templo aristocrático, los aristogatos de turno, como racismo, imperialismo, machismo y abuso en general. Nadie objeta si afirmo, como más de una vez he hecho, que da grima tropezarse con tanto varón español en chanclas, camiseta de tirantes bien sudada, bermudas con pelajos rizados en las pantorrillas y gritando por el móvil que enseguida llego, querida, vete poniendo los platos. En cambio, si sostengo que vaya feos los michelines apretados bajo camiseta de lycra que llevan las señoras en la playa, ya va a caer algún profeta de la sacrosanta corrección a llamarme obseso sexual y falócrata apocado. Y como las gordas embutida sean de un país que yo visite, mi falocracia será cómplice de Bush y de la explotación de los pueblos oprimidos. Donde esto escribo, en Ciudad Juárez, ando impresionadísimo con la obesidad desmedida de tantas damas, pero chitón, antes muerto que hacer chistes ni observaciones sobre la alimentación de las interfectas. Ya una sogenannte académica hispano-mexicana que habla con un tal Esteban dejó dicho en un comentario ahí abajo algo al respecto. No me suena de nada la tal mujer ni firma su escrito, pero no le resulta impedimento para insinuar que soy el enésimo cerdo hispánico y para, de paso, congraciarse con quien quería congraciarse, que sí la reconocerá pos las miguitas que deja. Pues nada, chica, ánimo, y, como dice la canción, a mover a mover, a mover la colita.

Sentado que soy español, varón, canoso y, de resultas de todo ello, un sujeto lamentable y siempre sospechoso de albergar los vicios más atroces en su alma sucia, algo sí quiero contar de mi periplo de ahora. La experiencia en Puebla me resultó sumamente grata. Llegué sumido en algún desconcierto, pero poco a poco fui entendiendo dónde me hallaba, con quién y para qué. Como personas, los poblamos resultaron muy acogedores y amables. Como auditorio, el de los estudiantes que traté era extraordinario, pues estaban llenos de inquietudes y se expresaban con tanto acierto como desenvoltura. Buena ocasión hubo también para tomarse cuatro “pasitas” en diez minutos (son bebidas, ojo) y para degustar tequila de primera, acompañado de horas y horas de conversación. Hastiado como, lamentablemente, va estando uno con tanto viaje y tanta historia, recuperé un poco de los antiguos ánimos y me fui con la sensación de dejar amigos a los que volveré a ver.

Ciudad Juárez es otro mundo, ciudad fronteriza, abigarrada, triste, dura. Le van contando a uno cómo están las cosas, y están muy mal. Estos mexicanos, y más los de aquí, se gastan un humor especial y un estoicismo sorprendente. Casi se ríen al narrarte que la maestría en la que imparto mis clases comenzó con más alumnos en su momento, pero que han ido matando a unos cuantos. Con el profesor anterior, español también, tuvieron que suspender alguna clase y cambiar el lugar de las otras, pues corría la amenaza de que entrarían los sicarios a “ejecutar”, como aquí se dice, a alguno de los profesionales del Derecho asistentes. Advierten que no se salga del hotel, no vaya a cruzarse uno con una “balasera”, y que ni se te ocurra ir a comer con algún fiscal o similar, por si toca que lo “ejecuten” en el restaurante y te cae algo de rebote.

Pero no se les nota tan inquietos como sería de esperar. Algunos tienen pistola, pero admiten que es herramienta de poca ayuda frente a los “cuernos de chivo”, los AK-47 que llevan los matones. Tampoco van con guardaespaldas los que están en peligro, y cuando se les pregunta por qué, miran con extrañeza, como si no fuera digno hacer tal cosa o no vieran la necesidad o la utilidad.

Los periódicos parecen crónicas del salvaje Oeste. Anteayer mismo, en portada, un par de cadáveres decapitados y con un papel escrito encima. Parece que el record de asesinatos mensuales está en ciento cuarenta y ahora mismo los muertos oscilan entre diez y veinte por día. Por cierto, explican los lugareños, un poco molestos, que las mujeres asesinadas misteriosamente en los últimos diez años aquí son sólo unas quinientas, no los miles que salen en algunas estadísticas. Y que eso ya pasó.

Dentro de la Universidad, en la maestría, nadie podría adivinar que fuera pasa lo que pasa y que el peligro es tan fuerte. Atienden, preguntan, discuten y se interesan como si la vida les fuera en la ciencia. Gratos misterios del alma humana, o del alma mexicana.

HASTA AQUÍ LO QUE HABÍA ESCRITO EN MI PENÚLTIMO DÍA. Ahora vamos con lo sucedido al final.

Última clase. Cuatro horas. Tras la pausa y cuando quedaba menos de una hora, una estudiante que había salido poco antes abre la puerta y dice a sus compañeros que es mejor dejarlo ahí e irse, pues acaban de matar allí cerca a dos funcionarios ministeriales y se teme que vengan a la maestría a buscar a más de los que están amenazados. Se produce la desbandada. Apurados apretones de manos de los más corteses, para despedirse del profesor. Aceleradas disculpas, gestos apenados. Instantáneamente aparece la persona que me trae y me lleva, me meten con rapidez en el coche y me escoltan unos cuantos estudiantes con sus vehículos. Están en plena psicosis y les urge quitarse de en medio. En el hotel tres de los estudiantes varones dicen que me invitan a una cerveza para que no me vaya con mal cuerpo. Acepto por su amabilidad y porque me interesa mucho escuchar sus opiniones sobre lo que está pasando en esta ciudad. No tienen ganas de contar demasiado, están prudentes y sofocados.

Sumando conversaciones y noticias de aquí y de allá y de unos y otros, algunas en susurro, voy atando algunos cabos; mejor dicho, quedo convencido de que es muy difícil atar cabos. Veamos. Leo los periódicos locales y del DF, en papel y en internet. La versión unánime es que el Estado mexicano se ha embarcado en una lucha a muerte contra los narcotraficantes en las zonas fronterizas, en particular en este Estado de Chihuahua y en esta Ciudad Juárez. Mueren sicarios y narcos en luchas entre bandas y mueren policías y funcionarios por la venganza de las bandas. El Presidente Calderón acaba de declarar que si hay polvo es porque se está limpiando la casa. Pues bien, parece que tal versión oficial no se la cree nadie. Así que paso a reconstruir la versión oficiosa que circula por todos los rincones.

Habría un Plan u Operación Chihuahua, consistente en servirse de un determinado grupo narco, encabezado por un personaje que hace unos años se fugó tranquilamente de una cárcel de seguridad, el Chapo Guzmán. En la contienda entre las bandas el Estado estaría apoyando al Chapo Guzmán y muchos sospechan que hasta la CIA no es ajena a todo esto. Hasta hace un tiempo dominaba otro grupo, llamado La Línea y dirigido por Amado Carrillo. Éste habría muerto por un fallo de anestesia en una operación de cirugía plástica para cambiar sus rasgos. Parece que son bastantes los que no creen que realmente fuera él el muerto. Un importante agente de la DEA norteamericana certificó la identidad del cadáver y puso su placa en juego como testimonio de su seguridad. Ahora están siendo sistemáticamente exterminados quienes tenían vínculos con La Línea. ¿Y los policías y funcionarios de justicia que son asesinados? Rige la convicción general de que todas esas muertes se deben a sus pasadas relaciones con La Línea, a cuyos miembros en su momento habrían dado amparo y protección. Este dato hace especialmente tristes dichas muertes, pues todos suponen que se trata de personas marcadas por esos vínculos anteriores. Cuando al despedirme de alguna persona le dije cuídese mucho, me respondió: maestro, quien nada debe nada ha de temer. El temor de la gran mayoría no es más que el de resultar atrapado entre dos fuegos con ocasión de alguna de esas “ejecuciones”.

El ejército patrulla las calles, pero no tranquiliza a las gentes, al contrario. Se habla de desmanes sin cuento, de patrullas del ejército entrando en las casas y matando o robando impunemente, de pruebas falsas de droga que dejan para incriminar a quien trata de hacer alguna resistencia o de defender sus derechos. Los ciudadanos están convencidos de que el ejército ha llegado para proteger al Chapo Guzmán y ayudarlo a consumar su tarea.

Parece que la situación de la policía es crítica. Los de tráfico, con un puñado de muertos en sus filas, están en huelga porque la autoridad pretende retirarles las pistolas y que vayan desarmados. Otros opinan que muchos de esos policías dan constantemente a los matones información sobre los movimientos de las víctimas señaladas.

En un periódico leo hoy mismo la protesta de policías que han sido traídos a Ciudad Juárez desde el sur de México y que se quejan de que están hacinados en barracones inmundos, sin medios, sufriendo vejaciones y viendo como hasta les roban los refrescos que tienen asignados, refrescos que revenderían los militares que están a su mando.

Todo es desconcertante y caótico, pero lo que más me sorprende es la actitud de las personas. Una y otra vez insisto en mi pregunta de por qué el Estado no les pone escoltas y nadie parece que entienda el sentido de mi pregunta, no le ven razón de ser. Tampoco se exilian o se van a otro lugar. Aquí a muchos les bastaría caminar unos cientos de metros y cruzar la frontera con EEUU para refugiarse en El Paso, donde casi todo el mundo tiene familiares y amigos. Pero no lo hacen. Permanecen estoicamente, siguen haciendo su vida como si nada pasara, mientras los matan y los matan. Es como si llevaran en la idiosincrasia o en los genes esa actitud vital. Me acuerdo del viejo tópico de la cultura de la muerte en México y, a falta de mejores referencias, no puedo evitar asociar esta situación con lo que ocurrió en tiempos de la Conquista, cuando llegó Cortés con unos cientos de hombres y los indígenas se perdieron en augurios y oscuros presagios, se resignaron a un supuesto y esperado castigo de los dioses y, siendo decenas y decenas de miles, no reaccionaron ni se defendieron hasta que fue tarde, hasta que estaban ya diezmados. ¿Será posible que perduren tanto y tan profundamente las mentalidades de los pueblos?

Las historias que día a día traen los periódicos son espeluznantes. Anteayer mismamente dos funcionarios de seguridad, matrimonio, fueron asesinados en la puerta de su casa, cuando se disponían a llevar a sus dos hijas pequeñas al colegio. La mujer entró en su coche con las niñas y apareció el “comando” y comenzó a disparar contra el vehículo. La mujer tumbó a las hijas en el suelo del coche y salió a pecho descubierto para ser abatida y que las pequeñas se salvaran. El marido asomó a la puerta en ese momento y fue acribillado también. Las niñas quedaron ilesas. Una persona me hizo ayer este sorprendente comentario: vea, maestro, qué belleza, aún no se han perdido los principios, los “comandos” siempre tienen mucho cuidado de que no mueran los niños. Eso dijo, “qué belleza”. Era un jurista.

Al irme trato de averiguar si en verdad fueron dos alumnos de la maestría los muertos el último día al atardecer. Parece que no. Era una funcionaria de seguridad que viajaba en su coche con su madre. Las dos quedaron gravemente heridas después de que les agujerearan el coche, la funcionaria con una bala en la cabeza. Alguien me dice que fue inusual ese atentado, pues se hizo con pistolas y no con AK-47. Una hora antes fue asesinado un hombre a bordo de su coche y mientras intentaba escapar de los que lo perseguían. Acabó dando con una farola y lo remataron allí mismo. Dos horas después, a las diez, otro varón fue “ejecutado” a la salida del cine. Es un goteo continuo, día tras día. Y lo terrible, repito: la gente piensa que los únicos inocentes que mueren son los que reciben una bala perdida, como esa trabajadora de una gasolinera, madre de tres hijos y embarazada, que recibió un tiro que no le correspondía mientras lavaba un coche. Ayer sus padres pedían ayuda económica para llevarse el cadáver a su tierra originaria y no regresar nunca. Habían venido a Ciudad Juárez a buscar trabajo para poder comer.

Pregunto y pregunto cada vez que tengo ocasión y a cualquiera que muestre ganas de conversar, estudiantes, profesores, camareros, conductores. Todos me dan esas mismas versiones con una naturalidad pasmosa, como quien habla de este calor sofocante. Y luego la mayoría pide mi opinión sobre qué tal le irá a la selección de España en la Eurocopa y averigua si vi el otro día la final mexicana entre el Santos y el Cruz Azul. Es la misma experiencia de otras veces y otros lugares, la misma sensación de tantas ocasiones en Colombia o en El Salvador, por ejemplo, salvando las distancias que haya que salvar. La muerte se vuelve un suceso casi trivial, una parte normal del día a día, un sobresalto que no empaña la calma cotidiana ni las pequeñas diversiones.

Y los periódicos también repiten sus modos en países con semejantes tragedias. En la portada se mezcla la cuenta de los muertos del día con las noticias sobre el fútbol o sobre la peripecia amorosa de alguna actriz de telenovela. Anoche mismo buscaba en internet alguna página informativa sobre esos supuestos muertos cercanos a la maestría. Al fin la encontré, bajo un sorprendente titular: “Violencia de género en las calles”. Violencia de género porque eran dos mujeres, la funcionaria y su madre, las que habían recibido los balazos de rigor.

Tengo ante mí un periódico local del día. Trae la relación de muertos en primera página, y también que aumenta la contaminación y escasea el agua. Con el periódico viene un suplemento lleno de fotos de gente guapa y de comentarios sobre la moda de temporada. En las dos páginas centrales, fotos de una jovencita en posiciones bien poco naturales. El titular: “Futura escritora”. El reportaje comienza así: “Sami es una niña super cool y muy artística con un hobby muy particular... escribir. Y todo lo que comenzó como un pasatiempo varios años atrás, se ha ido convirtiendo cada vez más en una realidad ya que dentro de sus próximos proyectos, está el publicar uno de los cuatro libros que ya tiene escritos. Esta linda estudiante del Tec adora leer novelas de amor y entre sus autores favoritos está Paulo Coelho”. Y sigue: “Otro de los pasatiempos de esta talentosa juarense, es pintar al óleo y cuando tiene tiempo libre gusta pasarlo con sus amigas o su novio en el cine. Te presentamos a una chica sensible, romántica y súper buena persona”.

Siempre lo mismo, la prodigiosa capacidad para desdoblarse que poseen las sociedades más acosadas; o la habilidad de las élites de cada lugar para vivir como si se hallaran en el mejor de los mundos posibles, esa capacidad estremecedora para negar a los muertos; o para aliviarse pensando que algo habrán hecho.

El avión despega y al poco ya no se divisa la ciudad, envuelta en una nube de humos y polvo. Alrededor todo es desierto. Hoy morirán unos cuantos más, pero la vida seguirá igual. La próxima semana llegará otro profesor a la maestría, con toda normalidad. Son valientes los juarenses, o locos, o fatalistas. Y a un servidor le va a caer otra buena bronca en casa y de sus amigos. Pero sin ver no se aprende y, luego, sale lo que sale cuando hacemos esas lujosas teorías del Estado y de los derechos, ésas que les contamos aquí llenos de orgullo, mientras a pocos pasos los muertos nos aplauden.

PD.- Mis respetos para este país de gentes acogedoras, de contrastes sociales extremos y de valientes que por estudiar se juegan la vida. Y si algún academiquito chic y cool se molesta, como ya me ha ocurrido en otros lugares, que se joda. O que vaya a ciudad Juárez a pelo, en lugar de arreglar el mundo desde una piscina de Miami, desde alguna universidad de ricos pedantes o desde los barrios más seguros y protegidos de alguna capital vuelta de espaldas a sus propios barrios. Cretinos.

05 junio, 2008

Un epistolario y muchas historias. Sobre el nuevo libro de Francisco Sosa

Francisco Sosa, compañero, amigo y ejemplo, acaba de publicar un nuevo libro, titulado Carl Schmitt y Ernst Forsthoff: coincidencias y confidencias (Madrid, Marcial Pons, 2008). Seguimos en aquella Alemania de universitarios y juristas y de convulsiones sociales y políticas que tan bien nos retratara el mismo autor en su obra Maestros alemanes del Derecho público (Marcial Pons, segunda edición, 2005). Esta vez se analiza y se glosa el intercambio epistolar que a lo largo de cuarenta y ocho años mantuvieron Carl Schmitt y Ernst Forsthoff, dos brillantes exponentes de la ciencia jurídica alemana del siglo XX y tocados ambos por la sinrazón del nazismo.
Las cartas fueron publicadas en Alemania en un libro del pasado año (Ernst Forsthoff-Carl Schmitt Briefwechsel 1926-1974, Akademie-Verlan, 2007). El reto, difícil, que Francisco Sosa enfrenta es el de narrarnos lo que los dos se cuentan, sin caer en el mero resumen, en la simple antología de frases o en la fácil apostilla. Reto superado como sólo puede quien no solamente se maneja con soltura en la historia alemana y la teoría del Derecho, sino, y ante todo, quien posee una habilidad literaria labrada en el cultivo de los más diversos géneros, desde la historia hasta la novela, desde el ensayo hasta la prosa particular de los textos jurídicos.
¿Cómo abordar la empresa complicada de dar interés y empaque a la exposición de lo que dos profesores alemanes se confiesan en sus cartas? Francisco Sosa pergeña una estructura teatral en la que primeramente se nos presenta a los dos personajes de la obra, con sus biografías cargadas de entusiasmos y desfallecimientos, afectados por las contradicciones del tiempo que les cae en suerte, atrapados entre la brillantez de sus intelectos y las debilidades de su moral cuando el nazismo los tienta con poderes y vanagloria. Vemos al Carl Schmitt que deslumbra a sus colegas con sus primeros libros, en tiempos de la República de Weimar, que cultiva doctrina con un fuerte componente elitista y crecientemente autoritario y que con el ascenso de Hitler se deslumbra y trata de lograr poder e influencia poniendo su exquisita pluma al servicio descarado del tirano, con textos que serán su tacha perpetua. Luego, su orgullosa negativa a asumir arrepentimientos y excusas, la vana pretensión de haberse sentido siempre por encima de los tiempos y en el fondo ajeno a los dictados del partido nazi. Atrapado en medio de la rivalidad entre Göring, su valedor, y Himmler, cae en desgracia ya en 1936 y pierde puestos y honores. Se le echa en cara el haberse relacionado con judíos antes de 1933, su espíritu acomodaticio, su afán por congraciarse con cualquier gobierno. Se le priva de todo cargo, pero lo escrito, escrito estaba, con todos sus deplorables excesos. Después de la guerra, detenciones, declaraciones en Núremberg. Y el ostracismo. Se refugia en Plettenberg, su pueblo, y ahí tendrá su casa para siempre. El retorno a la Universidad le está vedado, experimenta el rechazo de los académicos y se sume en la perplejidad de ver cómo se mantienen y ascienden en el mundo político y universitario muchos de los que no fueron menos nazis que él, pero sí más volubles y acomodaticios. Pero pasan los años y su obra, expurgada de aquellos escritos infames, va siendo recuperada, y su casa se convierte en lugar de peregrinación de nuevos investigadores que buscan el magisterio de su erudición y el amparo de su enorme potencia teórica. Terminará por haber una lectura de izquierda y otra de derecha de su obra. Su vida familiar tiene más de un sobresalto, pasa apuros económicos, sigue escribiendo, redacta apasionadamente cartas a sus amigos y a los colegas que mantienen su trato.
Ernst Forsthoff, catorce años más joven, fue su discípulo doctoral y conserva de por vida la veneración al maestro y la lealtad. También su juvenil conservadurismo termina en obnubilación y en 1933 publica su libro El Estado total, libro que corrige en la segunda edición para hacerlo aún más del gusto de la jerarquía nazi. Es el libro que lo marca, tanto para su prestigio académico en tiempos hitlerianos como para sus destinos más tarde. Publica obras que serán referencia obligada en la dogmática administrativa hasta hoy, pero su buena avenencia con la dictadura totalitaria habrá de pasarle factura y, acabada la guerra, le costará años volver a una cátedra en la universidad alemana. Finalmente recobrará prestigio, hará discípulos, dirigirá un afamado seminario anual y será, incluso, nombrado Presidente del Tribunal Constitucional de Chipre, en 1960. La relación con algunos de sus colegas siempre será tirante y su actitud frente a los nuevos tiempos y las nuevas ortodoxias doctrinales, distanciada y crítica.
Presentados los personajes, vemos pasar las cartas como diálogos de una obra en la que ambas figuras se sinceran y se manifiestan sobre las más diversas cuestiones, las alegrías y los sinsabores de la vida, las novedades bibliográficas, las pasiones librescas compartidas, las peripecias académicas, los viajes, los dramas familiares, los buenos vinos, a los que ambos son aficionados. Se confiesan temores, inquietudes y ansiedades ante cada nuevo escrito que elaboran, se intercambian chismes y reparos frente a los de su gremio, afilan juntos el sentido crítico con el que observan tanta doctrina nueva y exitosa que tienen por escasamente fundada. Se inquietan ante los nuevos rumbos de una universidad que ya no entienden y de una vida política que no comparten, rehenes tal vez de un elitismo intelectual que condiciona su juicio, pero certeros siempre a la hora de prever decadencias y demagogias. Ellos, que también un día se cegaron ante la demagogia más burda y el poder más infame.
Pero en el libro que comentamos hay mucho más. Los textos epistolares se ponen en su contexto y vamos aprendiendo de lo que en Alemania ocurre, de los cambios sociales, de las nuevas teorías jurídicas, de la jurisprudencia constitucional que se va asentando, de las inquietudes que mueven con el paso de los años a estudiantes y profesores. Como en toda buena obra teatral, los diálogos acaban siendo la excusa para enseñarnos un trozo de historia y para plantearnos dilemas vitales que trascienden con mucho a los personajes. Y eso ya no es mérito de Schmitt y Forsthoff en sus cartas, se lo debemos al autor del libro, que hace fluir la historia en medio de la anécdota y rebasándola con mucho. Y el libro se cierra con un epílogo para el espectador, tras el mutis de los protagonistas, con una invitación para ponerse a reflexionar y trascender clasificaciones elementales y esquemas simplistas. Es inevitable acabar en la pregunta de cómo pudieron tan brillantes cabezas ser seducidas por las degeneradas patrañas del nazismo, cómo fue posible que intelectuales de tal calibre sucumbieran a hechizos tan primitivos, por qué su preparación teórica no les sirvió de freno que evitara su degradación moral después de 1933. Y por qué jamás expresaron arrepentimiento ni pidieron perdón. La condena sin paliativos nos resultará la actitud más fácil, pero también nos bloqueará la valoración ponderada de unas obras que, dejando al margen aquellos deprimentes trabajos de tinte racista y autoritario, loas a Hitler y ensañamiento con quienes no podían defenderse, son referente que aún perdura, pues no hay constitucionalista o teórico del Estado que no deba batirse con los textos de Schmitt ni administrativista que pueda prescindir de algunas innovaciones teóricas de Forsthoff. ¿Hasta qué punto puede o debe la ciencia valorar teorías y doctrinas con prescindencia de la talla moral de los que las sentaron? Este libro podría y debería ser un nuevo acicate para el sosegado análisis de tan cruciales cuestiones.

04 junio, 2008

Como para echar a correr

El amigo Lopera nos pone en la pista de un texto que no tiene desperdicio. Es un artículo publicado en El Ideal, de Granada, el pasado veinte de marzo. Así estamos y la cosa se comenta sola. Lean, lean.
Analfabetos y osados. Por Andrés Cárdenas Muñoz.
PERMÍTANME ustedes que comience contándoles un acaecido, entre preocupante y gracioso, relacionado con mi pueblo. Resulta que allí, en Bailén, hay un Colegio llamado '19 de julio', nombre puesto en honor de aquel día en que un ejército andaluz venció a las tropas de Napoleón en la llamada Guerra de la Independencia. Fue un hecho histórico muy importante y por eso este año, en el que se cumple el bicentenario, se quiere celebrar por todo lo alto. Pues bien, un Sindicato Andaluz de Estudiantes se reunió hace unos días en Sevilla y decidió enviar una carta a este colegio, acompañada por una resolución aprobada nada menos por el Consejo Escolar del Estado, en la que se instaba al centro a cambiar de nombre porque, asómbrense ustedes, ¿hace referencia al régimen franquista! Con un par. Señores y señoras, así está el patio educativo en Andalucía. A ellos, a los del sindicato, les debía sonar 18 de julio de 1936 y ni cortos ni perezosos quieren suprimir el 19 de julio de 1808.
Hasta aquí lo gracioso. Ahora viene lo preocupante. La Concejalía de Cultura de Bailén y el director del citado colegio enviaron una carta a los responsables del sindicato para sacarlos de su error y estos, en vez de agachar la cabeza y decir aquello de tierra trágame por demostrar su ignorancia supina con la historia, van y dice que esta equivocación esta siendo utilizada por todos aquellos que no quieren aceptar la Ley de la Memoria Histórica. «Utilizan un error inocente para desprestigiar una iniciativa de gran calado político que ha sido apoyada incluso personalmente por José Luís Rodríguez Zapatero», dicen los estudiantes, los cuales terminan su comunicado diciendo que en Andalucía hay decenas de centros educativos con nombres ligados a la dictadura franquista y «no descansaremos hasta que cambien sus denominaciones, ya que suponen todo un insulto para las familias obreras que tuvieron que sufrir la Guerra Civil y la dictadura». También, en su escrito, el sindicato estudiantil pide que se les quite el nombre todos aquellos centros andaluces que llevan el nombre del Padre Poveda, ya saben, ese linarense que tanto tuvo que ver en la educación de los niños pobres de las cuevas de Guadix y que se preocupó de erradicar el analfabetismo en Andalucía. Hablando de analfabetismo, si estos estudiantes se hubieran interesado por su biografía, que por lo que se ve no lo han hecho, habrían comprobado que este hombre fue asesinado a los diez días (el 28 de julio de 1936) de comenzar la guerra civil y que el único delito que le habían encontrado fue que era cura. Los muy analfabetos se atreven a decir que este hombre es un símbolo franquista, cuando en realidad el pobre ni siquiera se imaginaba que Franco iba a ganar la guerra tres años más tarde. ¿Qué les parece? No solamente estos estudiantes son ignorantes, sino osados, las dos cualidades que permiten identificar a los tontos de capirote, por decir algo que está en consonancia con la Semana Santa.
Como nadie le ponga remedio a tanta estulticia, lo más preocupante para el futuro no será el cambio climático, sino la estupidez de los que están empeñados en demostrar que la inteligencia humana está en peligro de extinción. 'Apañaos' vamos.

Que me presenten a la amiga de la señora Casas, que tengo un asuntito

¿Cuándo fue la última vez que, en este país que es nuestro espejo, dimitió alguien con muy alta responsabilidad institucional por haber sido pillado con el trasero al aire? Debe de hacer un siglo. Aquí el que aguanta triunfa, el que resiste tiene la razón. A poner cara de palo, a mirar para otro lado, a echarle la culpa al primero que pase cerca y, sobre todo, a escudarse en que lo que no es delito no es nada malo. El Código Penal se ha convertido en nuestro único código moral, ya no hay más patrón de decencia o indecencia que el de la legalidad penal. Toda corruptela y todo manejo que no estén penalmente tipificados y sobre los que no recaiga condena judicial se tornan actos perfectamente defendibles y disculpables, probos y muy dignos comportamientos. Proceda usted como un auténtico cochino, como un ser sin principios ni vergüenza, que no pasa nada mientras no se logre meterle mano en los tribunales. Y, si usted es político, tenga en cuenta que su valía se va a medir por la negrura de su alma y la dureza de su rostro. Pero nada ocurre sin su debida causa y los que nos gobiernan y juzgan no son más que el puro reflejo de nuestra misma fealdad moral. País de nuevos ricos y pecados viejos.
Hoy viene en El País, sí, en El País, la transcripción de la conversación de la Presidenta del Tribunal Constitucional con la señora acusada de organizar el homicidio de su marido. Cierto que este dato, obviamente, no lo tenía la señora Casas. Pero lo que cuenta es que por recomendación de una amiga común recibe los papeles de los pleitos de la otra con su esposo por el divorcio y la custodia de su hija, se toma tiempo para estudiarlos, se pone de su parte, al parecer nada más que porque es mujer, la llama ella, sí ella, la Presidenta del TC, le da consejos procesales sobre qué puede hacer para tener aún oportunidad del llegar al recurso de amparo ante el TC y le sugiere que la llame si finalmente interpone el amparo. Sale a la luz todo el asunto, pero de dimitir ni hablar. Se ve que es imprescindible, la pobre, y qué iba a ser del Tribunal sin tan esmerada vigía. Enésima prueba de que va siendo hora de que nos planteemos muy en serio la supresión del TC o su radical reforma.
¿Pensaba la señora Presidenta echarle una mano a la amiga de su amiga si el recurso de amparo llegaba? ¿Por qué? ¿Por ser amiga de su amiga? ¿Por ser mujer? ¿Qué clase de solidaridad la impulsa a apearse de su alta responsabilidad institucional y meterse en el fregado con ánimo tan parcial? Cuando ve las orejas al lobo porque la otra canta lo de la sospechosa muerte del marido, le da el número de unos abogados (supongo que abogadas) muy buenos que la van a asesorar muy bien. ¿Qué debo hacer yo para que la Presidencia del TC reparta mis tarjetas por si alguien anda buscando un conferenciante muy majo? ¿Eso es el TC o una agencia de trabajo temporal? ¿Y qué tal trata la señora Casas los asuntos que llegan al TC desde ese despacho tan buenísimo que ella tan encomíasticamente recomienda? ¿Son amiguetes suyos? ¿Son del partido o simplemente echan con ella la partida?
Según las estadísticas, el TC no admite a trámite ni un cuatro por ciento de los recursos de amparo. ¿Alguien duda de que éste sí habría pasado el filtro? Intente usted, parte procesal o abogado de parte, que se le ponga al teléfono la Presidenta del TC para ver qué se puede hacer y cómo conviene enfocar pleitos o recursos. ¿Lo va a conseguir? Pues se diría que no, y así debe ser; pero si media una amiga de doña Emilia, ésta no sólo le contestará cortésmente, sino que ella misma le llamará, previo análisis de los hechos y el Derecho del caso, para darle unos consejillos, hacerle unas sugerencias y expresarle su apoyo. Hay que ver lo que hace la amistad. ¿En qué momento quien detenta magistratura tan elevada se siente señor o señora de vidas y haciendas, dueño/a y señor/a del Derecho, profeta de la justicia alegal contra machos, felones o rivales de sus amigos?
Lo más tremendo no es lo sucedido en esta ocasión, con ser grave, vergonzoso y demostrativo del talante parcial y poco institucional de la Presidenta del supremo órgano de garantía de la Constitución y sus derechos fundamentales. Lo que asusta es imaginar cuántas llamadas de “amigos” atenderá la señora Casas cuando el litigio versa, por ejemplo, sobre la constitucionalidad del Estatuto Catalán, o sobre la Ley de Igualdad o sobre cualquier tema que afecte seriamente a gobiernos y partidos. Si en el caso de marras se pone del lado de una ciudadana por ser mujer y por ser amiga de una amiga, qué no hará si la llama a capítulo el partido que la propuso y si se trata esta vez de defender el sacrosanto progresismo oficial y de contentar a María Teresa Fernández de la Vega, que debe de ser también buena amiga, pues sólo entre amigas de mucha confianza se toleran broncas como aquella famosa de hace meses.
A joyas como la señora Casas no les importa cargarse la imagen y el prestigio de todo un Tribunal Constitucional, pasarse el ordenamiento jurídico que han de proteger por el forro de las enaguas, guiarse por sus fobias, filias o intereses antes que defender su independencia o la integridad de las leyes. Sujetos de este talante (¡uy, qué palabra!) se sienten legitimados para mandar, conciben su magistratura como puesto político, calculan intereses en lugar de garantizar imparcialmente derechos, sirven a sus patronos con el espíritu del lacayo que desea medrar, piensan que los han puesto en su alta responsabilidad para ser justicieros y no jueces, para hacer política de género, política de partido, política de grupo de presión o simplemente política de lo que toque. Deslegitiman los órganos que ocupan sin reparar en gastos ni consecuencias, pues probablemente están poseídos por un narcisismo que los obnubila. Qué guapo soy, qué tipo tengo y qué listo me veo.
Se dirá que seguro que hay muchos más magistrados que hacen otro tanto y operan con idéntico espíritu. Probablemente es verdad, auque esta vez la hemos trincado a ella, casualmente, ¿y qué? ¿Cambiaría algo si la señora Casas fuera hombre y se hubiera puesto de parte del hombre por ser hombre? No. ¿O tenemos que admitir ahí la discriminación positiva? ¿Cambiaría algo si la señora Casas fuera secuaz y siervo del PP en lugar de serlo del PSOE? No. ¿O acaso en la lucha contra los conservadores hay bula y se justifica poner al Estado en esta especie de larvado estado de excepción, en cualquiera de los sentidos de la expresión? Nos hemos instalado colectivamente en la falacia del tu quoque, en la trampa del y tú más y sé lo que hiciste el último verano, en el vicioso razonamiento de que si esto hacen los buenos, qué no harán los malos, que, naturalmente, son siempre los otros. Cada comportamiento indebido de “los buenos” tiene su excusa en que, fíjate, si éstos andan así, qué no harán los del PP por lo bajinis. Patente de corso para todo el mundo bajo presunción de que siempre los habrá peores y eso nos justifica.
Día a día tenemos más de país bananero, nos impregna la corrupción más vulgar y degradamos la convivencia y sus normas supremas. Todo vale con tal de que no sea delito. Y de lo que es delito ya juzgaremos nosotros también. Jueces y parte, dueños absolutos del Derecho, agencia de relaciones públicas, trepas, enfermos de soberbia, elitistas sin estilo, presuntuosos sin fundamento, vanidosos mal aseados, serviles de la ortodoxia que preste mayores réditos, caciques, señoritingos con ínfulas de sabiduría equívoca, cretinos.
O se reforma en serio el Tribunal Constitucional o se suprime. No se debe permitir que su imparcialidad se ejerza nada más que con los que no tienen agarraderos, amistades y buenos contactos, con el infeliz ciudadano que no cuenta con nada que ofrecer, ni su género ni su poder ni su influencia social ni su complicidad de camarilla. Y, mientras no cambiemos o no suprimamos el TC, que se haga público el teléfono directo de quien lo presida; o el de sus amigas. Que tengo yo un asuntito que me gustaría ganar en el TC, vaya.

03 junio, 2008

Escuela de emprendedoras

Albricias, ya sabemos para qué sirve el Ministerio de Igualdad de la Señorita Pepis. ¿Usted qué se pensaba? ¿Que porque no le habían puesto el apellido “De Género y de las Grandes Empresas Europeas” era de la igualdad en general? Pues no, de la igualdad entre pobres y ricos no se va a ocupar mayormente. Tampoco va a tratar de que una cirujana de la sanidad pública castellano-leonesa no gane, por igual trabajo, menos que un cirujano de la sanidad pública navarra, o de que cobre igual una guardia civil con destino en Tomelloso que una moza de escuadra. No, mujer, ahí no hay discriminación ninguna, eso es secuela necesaria de la natural diversidad de los pueblos que componen esta nación de naciones tan maja que nos hemos dado. Que por muy importante que sea la liberación de la mujer, más lo es la de los pueblos oprimidos.
Tampoco se trata de que la chavala que nace en mi pueblo vaya a tener las mismas oportunidades que la nieta de Botín, pues para eso habría que quitarle bastante pasta a los Botín y quién sabe si hasta mantener el impuesto sobre el patrimonio de las señoras ricas que son mucho más ricas de lo que puede soñar la paisana de mi pueblo que no tiene patrimonio ni leches. La igualdad de la mujer ha de ser compatible con el sagrado mercado, del que tantos bienes nos esperan en los tiempos venideros. No vas a desvestir una santa para vestir a otra, sólo faltaba.
El Ministerio de la cosa sexual de la señora aidó, aidó, traralaralará se va a preocupar meramente de que las mujeres más pobres no sean más pobres que sus maridos y hermanos, y ahí se acabará el adelanto. Algo es algo, ya sé. Y también va a reparar las estadísticas: que no existan menos torneras que torneros ni menos mujeres que hombres en los consejos de administración de los grandes bancos. Por supuesto, ninguna de mi pueblo va a tener en su puta vida la oportunidad de figurar en uno de esos consejos de administración, pero las sobrinas de Botín ya no van a padecer un trato inferior al de sus hermanos varones. Algo es algo.
Es natural que este Gobierno, que es tan de izquierda tan de izquierda, que se llevó con razón casi todo el voto más de izquierda en las pasadas elecciones, se preocupe de que se creen muchas empresas, a ser posible empresas de mujeres. ¿Sabrá Zapatero qué es la plusvalía? Seguro que responde que la suya es de tipo fijo. Además, una plusvalía en manos de una dama no es una plusvalía tan basta y ofensiva.
Asturias está de enhorabuena, ya que, según leo en La Nueva España, el Ministerio de Igualdad va a poner dineros para que en Avilés se cree una escuela de emprendedoras. ¿Verdad que suena a aquellas cosas de la OJE o del Frente de Juventudes o de la Sección Femenina? Bueno, quién se acuerda ya de qué era la OJE ni de la Sección Femenina. Ay, si cultiváramos un poquito mejor la memoria histórica. Pues la mentada escuela de emprendedoras va a servir, dicen, para que las mujeres emprendedoras sepan cómo emprender la aventura de hacerse empresarias. Es bien sabido que los empresarios y empresarias que ya existen y triunfan en lo suyo lo deben todo a que fueron a escuelas de emprendedores. Lo que pasa que antes las escuelas de emprendedores eran sólo para hombres y ahora va a haber escuelas de emprendedoras exclusivas para emprendedoras. No cuenta la noticia si van a impartir docencia sólo profesoras emprendedoras en la escuela de emprendedoras, pero es de suponer. A Amancio Ortega no lo van a llevar ni de conferenciante, por no haber sido jamás emprendedora. Las excelentes clases en la escuela las darán Marichu, Pichuca y Pachina, todas profesoras de Derecho y Económicas con igual discurso e idéntica apariencia, sólo que Pachina impartirá sus charlas en bable, pues, además de profesora de sociología especializada en asuntos de género, es emprendedora lingüística.
Y se pregunta uno si podrá asistir a la escuela de emprendedoras un muchacho de mi pueblo, bien pobretón pero que tiene unas cuantas ideas buenas para montar una empresa resultona y salir de la vida apretada. Y va a resultar que no, pues con ser hombre ya bastantes privilegios goza. Pero si fuera hija de papá del Oviedín de toda la vida, sí que podría. Porque no olvidemos que se trata de combatir la discriminación, así que el de mi pueblo que se joda, que para eso es varón y, si se quedó pobre, él sabrá por qué.
Se me ocurre que una buena manera de luchar contra las desigualdades y conseguir más empresarios buena gente sería dar unas suculentas becas para que estudien Empresariales gratis los más menesterosos de cada lugar, incluidos los de mi aldea. O, incluso, otorgar tales becas sólo a las estudiantes sin medios económicos. Pero no, seguro que esta idea es un producto más de mi deformación masculina y de mi perversidad machista. Es muchísimo más progresista ayudar a que las burguesitas vayan a la escuela de emprendedoras a aprender cómo se monta un hotelito rural para pasar gratamente el finde. Chachi.

02 junio, 2008

¿Para qué nos sirven las autonomías?

Pensemos heterodoxamente y rompamos algún tabú. Cada día encuentro menos ventajas tangibles en esto de que nos topemos la respectiva Comunidad Autónoma como ente político-administrativo incrustado entre el Estado central y los municipios. La teoría cuenta que de esa manera el poder y la gestión se acercan a los ciudadanos y éstos participan en él y lo controlan más eficazmente. Sin embargo, vemos a los que mandan tan lejanos y tan suyos como si los hubieran nombrado desde Madrid. Se han multiplicado cargos, funcionarios y sinecuras de toda laya, eso es cierto, y bien está que se combata el paro dando labor a los políticos. Pero en lo único en que mi participación crece es en que estoy invitado a votar cada cuatro años en unas elecciones llamadas autonómicas. Alguno dirá que así conozco mejor a los candidatos y elijo con más fundamento. Falso. Me son igual de extraños casi todos y de los que algo sé más querría no tener noticia. Sentado que uno no es un elector talibán, férreo seguidor de un partido aunque rebuzne o sea un hormiguero de trepas, suelo inclinarme en tales convocatorias por la lista en la que no tengo el dolor de conocer a nadie, pues los conocidos disuaden. Suelen estar el torpe de la clase, el listillo sin oficio, el mentiroso incorregible y el que lleva desde niño mamando de la teta pública.
Antes se decía aquello de que la descentralización estatal es necesaria para que el ciudadano no tenga que ir a Madrid para cualquier gestión. Con los medios de hoy no haría falta. ¿Qué cambiaría si, por ejemplo, el edificio de la Junta en León lo fuera de la Administración central en León? Poquita cosa. Tal vez habría menos clientela local entre los cargos y el funcionariado, pero eso sólo beneficia a los que logran tajada de esa manera, no al ciudadano en general. Además, y puestos a admitir que es muy loable aproximar al pueblo el gobierno de las cuestiones que lo conciernen de cerca, ¿por qué tenemos los ayuntamientos tan escasos de competencias y asfixiados de presupuesto?
No da la impresión de que los franceses sufran más ni tengan mayor atraso con su Estado centralista de toda la vida, ni que estén menos protegidos o promocionados los vinos de Burdeos, el queso de Brie o el coñac de Cognac. Parece que vamos renqueantes hacia un Estado federal o confederal. Yo, modestamente, no consideraría retroceso un Estado central con sucursales bien lozanas en cada capital. Entre otras cosas, para que tantos políticos autonómicos no vivan de hacerse los imprescindibles y de enfrentar a las gentes que antes se apreciaban.

01 junio, 2008

Raimon y la ANECA. Por Francisco Sosa Wagner

Estos días han publicado los periódicos una foto expresiva de la actual situación universitaria. En 1968 el cantante Raimon ofreció un recital en la Complutense de Madrid que tuvo una gran repercusión como protesta contra el régimen, ya entonces sin más respiraderos que los artificiales prestados desde su reseco organigrama. Estos días de mayo de 2008 el mismo Raimon ha vuelto a reeditarlo.
Pero no ha podido hacerlo en el mismo escenario porque el amplio vestíbulo de la vieja Facultad de Ciencias Políticas, donde entonces tuvo lugar el acto, se ha convertido en oficinas de la nueva Facultad de Geografía e Historia.
Un símbolo y una parábola. La Universidad inundada de oficinas y ventanillas, de impresos, de formularios, de acreditaciones, de evaluaciones, de vicerrectores, de secretarios de vicerrectores, de jefes de área y de vicejefes de hectárea de los secretariados ... y por ahí seguido hasta formar una abigarrada covacha que acabará sepultada entre programas de ordenador e impresoras y donde no se oirán voces acordadas sino las llamadas del móvil del rector al vicerrector y de este al secretario general. Porque sépase que los móviles sonando forman ya el bajo continuo de este infernal (des) concierto que es la burocracia universitaria.
Encuentra uno en los viajes a los colegas. Todos forman parte de una comisión que está acreditando a los ayudantes para ser contratados, a los contratados para ser ayudantes, a los no doctores para que lo sean, a los que lo son para que dejen de serlo. O están evaluando proyectos de investigación o “chequeando” a una titulación o a una Facultad, a lo que sea, a todo el que se deje. “Evaluaos los unos a los otros” es sin duda el nuevo mandato bíblico en las Universidades.
Hay unas iniciales en el panorama universitario español que se han hecho famosas, ANECA (se trata de una Agencia para la evaluación de la calidad) que, según sus estatutos, colabora eficazmente con sus hermanas, las iniciales AQU y ACSUG, para desarrollar el programa AUDIT. Gracias a la mutua ayuda que se prestan existe la evaluación externa y la final, dentro del programa PEI que, además, se “orienta al diseño del SGIC”.
Todo esto parece cabalístico pero no lo es porque la ANECA proporciona a los despistados una “guía de evaluación de sistemas de calidad” y un “protocolo para la revisión preliminar de la documentación” junto a un modelo de “informe de evaluación”. Quien se pierda es que no tiene remedio porque además se le ofrecen generosas “directrices para el diseño de sistemas de garantía interna” y “herramientas para el diagnóstico”.
Con este bagaje, nuestra entrañable ANECA se halla en el club “excelencia de gestión”, “socio de la NPO de la EFQM en España, y por tanto el único responsable de representar a las organizaciones españolas ante la EFQM”.
La ventura de esto que cuento, sacado de la página de la Agencia en la red, ya resulta completa si se sabe que la ANECA ha engendrado diecisiete hijas pues cada Comunidad autónoma tiene su propia ANECA, es decir, su ANECACA donde se reproducen todos los procesos institucionales de autodiagnóstico, de diseño y de planificación documental.
¿Cómo va a extrañar que Raimon se encontrara con unas oficinas en el lugar donde un día hubo música y esperanzas? Hoy allí no hay palabras de revuelta sino “elementos transversales” e “indicadores de seguimiento”, es decir, el pozo de la felicidad burocrática donde podemos beber a grandes sorbos la vacuidad.
Y, lo que es peor, nadie pide ahora, rasgueando una guitarra, que todas esas siglas superfluas sean esparcidas “al vent”.