11 octubre, 2011

Nubes en guerra. Por Francisco Sosa Wagner

Lo de las nubes, asunto que fue tratado con el rigor habitual ya en otra sosería, sigue dando que hablar y no solo en la información meteorológica donde, como es lógico, son invitadas habituales.

Habíamos quedado -recuerdo al lector- en que la nube es ese espacio enigmático donde se almacenan cartas, películas o vídeos y documentos de todo tipo, incluso esa novela a la que todos andamos siempre dando vueltas pero que no acaba de salirnos, escritos como están ya los Episodios nacionales y el Quijote. Menos las grasas que acumulamos y la mala leche todo acabará en la nube, regazo de todos los regazos y puerto de acogida de nuestras intimidades, manías y desvaríos. El disco duro y la unidad DVD pasarán a formar parte de los cachivaches del desván junto a los sombreros de la abuela y la máquina Singer.

Aparentemente el uso de la nube es simple y todo consistiría en darle a un botón y mandarle nuestros mensajes para que ella vele por su integridad y los mime. Pero las cosas se complican, y no porque un potente anticiclón disuelva las nubes y se lleve a un limbo ignoto nuestros envíos, sino porque ahora resulta que cada país quiere tener su propia nube por razones defensivas y de seguridad. El presidente de la República francesa lo ha dicho de una forma que está a medio camino entre la amenaza diplomática y el desafío chulesco: “crearé mi propio sistema de nube en Internet” y ha adelantado un montón de millones de euros para tal fin.

¿Nos damos cuenta del vuelco que estamos viviendo? Durante siglos la defensa de nuestro patrimonio ha estado confiada a las murallas de la ciudad y, después, a los tanques y los buques de guerra. Los gobernantes se esforzaban en comprarlos y tenerlos limpios y lustrosos para cumplir su misión de forma aseada. En ello radicaba la soberanía que, desde Bodino para acá, asegura la seriedad de los Estados, es decir, que nadie se los tome por el pito de un sereno (otras antiguallas por cierto: el sereno y el pito). “¿Cuántos carros de combate tiene el Papa?” dicen que preguntó un gobernante sobrado y soberbio para mofarse de las opiniones del Santo Padre de Roma, sabedor de que carecía de ellos y solo disponía de sus mustios sermones.

Antes, para declarar una guerra había que invadir Polonia o asesinar al príncipe heredero en Sarajevo, a ser posible con su esposa. Ahora, los más terribles conflictos podrán estallar porque Inglaterra ha invadido la nube de Suecia o viceversa. Se enviarán aviones de combate para que abran fuego contra las nubes y las crónicas nos dirán que se ha derribado tal “cirro” o tal “cúmulo” o “la toma de tal nimbo ha dado gran moral a nuestras tropas”.

Todo un sistema complicadísimo de acecho se pondrá en marcha y tendrá por objeto espiar la nube del vecino y tomar nota de lo que almacena para usarla en la batalla por la hegemonía en el cielo do las nubes moran. ¿Quién se lo iba a decir a estas? Toda la eternidad se han esforzado tan solo en componer inofensivos decorados, a lo sumo mandaban una tormenta pero era solo para que un pintor, pongamos el riosellano Darío de Regoyos, la sacara en un cuadro.

Tan inocentes han sido que estos días se ha recordado el oficio al que le hubiera gustado dedicarse a Ramón Gómez de la Serna, precisamente el de “inspector de nubes”, seleccionado por el imaginativo escritor como símbolo del trabajo inútil, de un ocio tibio parecido al de quien se contenta con buscar violetas.

¡Ahora querría ver yo a Ramón inspeccionando las nuevas nubes que asoman por el horizonte preñadas de delicados secretos! Esas nubes como piñatas que, en vez de caramelos, arrojan sobre nuestras cabezas un manantial de datos encriptados, de códigos html, de bits, de dígitos infames. ¿Tendremos que volver a la mili a aprender a despanzurrar nubes? Si así fuera ¡cuán grande es el retroceso lírico que padecemos!

10 octubre, 2011

El culo, las témporas y el amor a la tierra de uno

No esperaba que las breves y un tanto elementales consideraciones sobre el posible cierre de la televisión asturiana y la idea de servicio público dieran lugar a una pequeña avalancha de comentarios. Pero bienvenidos sean, desde luego. Me parece que, como dicen los pedantes hoy en día, conforman un mosaico muy significativo. ¿Significativo de qué? De la caraja mental en que andamos metidos. Así que me tomo la licencia de intentar analizar y, si no es mucha pretensión, aclarar algunas ideas, mías o de otros. Lo que más me interesa, en cualquier caso, es averiguar si yo amo o no mi tierra asturiana. Eso me tiene preocupado, pues yo sé que la quiero, pero a lo mejor no la quiero y le pongo cuernos cosmopolitas.

1. Empecemos por algún asunto que no me afecte tanto, pero que nos permita ir preparando diagnósticos. Uno de los comentaristas, el que se pone el alias de “independencia asturiana”, comienza así su aserto: “no me extraña que quiten la televisión asturiana, el Niemeyer, las subvenciones a la lengua asturiana, haya amenazas de cerrar hospitales, etc.”. Luego concluye que estamos abocados a ser reprimidos “por fascistas y moros”. Me pregunto si se refiere a moros fascistas o a moros y fascistas como categorías separadas pero equivalentes en su peligrosidad antiidentitaria. Se intuye llamada a una nueva Covadonga contra los moros como necesidad asturiana, aunque muchos digan aquí que el covandonguismo no basta como seña de identidad astur: covandonguismo como condición necesaria, pero no suficiente. Se nos está poniendo erecto el Volksgeist.

Pero lo más interesante de esa intervención es la enumeración con la que empieza, las cosas que asocia y mete en el mismo cajón: cierre de la televisión asturiana, cierre del Niemeyer (o amenazas de tales, por el momento; puntualicemos), fin de las subvenciones a la lengua asturiana (¿se acabaron? No lo sabía) y riesgo de cierre de hospitales. Todo al mismo saco. ¿Es todo lo mismo?

Lo último que se ha visto en el Niemeyer, en Avilés, según leo en los periódicos, es una excelente representación de Ricardo III protagonizada por Kevin Spacey, supongo que en inglés y con subtítulos. Simultáneamente hay una exposición de fotografía de Jessica Lange, de la que aquí ya he hecho hace semanas alguna coña antipatriótica. Tengo un antiguo cuñado yo, Ricardo Martínez Moreno (busquen en internet, busquen), que es un fotógrafo asturiano de tres pares de narices y que apuesto a que no tiene o tenía ninguna posibilidad de exponer en el Niemeyer, pues, aunque sus fotografías sin duda son mejores, no es él Jessica Lange ni tiene de lo suyo, ni de lejos.

No es que me parezca mal la programación que el Niemeyer ha seguido hasta ahora, sino que no veo por qué las objeciones a su administración y orientación, provenientes del gobierno asturiano (y al margen de que Cascos sea o no de nuestra cuadra), son un ataque a la identidad asturiana. Es decir, por qué nuestro interlocutor lo pone en el mismo cajón que el cierre de la televisión autonómica o la amenaza para las subvenciones al asturiano.

Si vemos los periódicos astures de esta temporada, comprobamos que las críticas al Consejero de Cultura casquista insisten en que quiere acabar con el enfoque cosmopolita del Centro Niemeyer e imponer programas de boina y gaita, de localismo ramplón. Y pregunto yo: ¿esto último no encaja mejor con las pretensiones de servir a la cultura local? O sea, la televisión autonómica se justifica porque fomenta la cultura asturiana y el Niemeyer, dentro del mismo paquete, porque permite asistir a representaciones de obras de Shakespeare en lengua inglesa. ¿Por qué no ponen a Kevin Spacey a recitar en bable, con don William traducido y Ricardo III como Ricardu el Terceru?

Y los hospitales. Para que la mención del riesgo de cierre de hospitales públicos (no he leído nada de que ese riesgo exista a día de hoy en Asturias, aunque a lo mejor, con espíritu de servicio a la nación propia, se acaba imitando a los catalanes, al gobierno nacionalista catalán que, como es lógico, se ocupa de los servicios públicos esenciales para los catalanes) al lado de la de las subvenciones al asturiano o a la televisión pública no sea una procacidad, hace falta justificar lo que tienen en común, lo que tienen suficientemente en común. ¿Se trata, en los tres casos, de servicios públicos? ¿Son igual de importantes o esenciales? ¿Importan tanto los quirófanos como “Asturianos en el mundo” o como el apoyo a la lengua asturiana? Por cierto, el dinero destinado a la lengua asturiana, ¿cómo se gasta? ¿Hacemos como los catalanes y ponemos perras para los periódicos que insertan unas páginas en asturiano? ¿Puede y debe una lengua sobrevivir con respiración asistida? ¿Usted qué prefiere, que lo operen pronto de esa fea verruga que le ha salido o que con cargo a alguna Consejería me traduzcan a mí el blog al asturiano? Hombre, si a mí me lo traducen o me pagan algo, a lo mejor me hago identitario a calzón quitado. O lo traduzco yo mismo si el bocado es mayor. Porque yo sí hablo bable, el bable de mi pueblo, ¿sabe usted? Aunque sea, al parecer, un traidor. Y ahora vamos con las traiciones. Y lo llamo bable, como antes, porque me da la puñetera gana.

2. Opina uno por ahí, por lo visto antiguo alumno ovetense, que nunca quise realmente a mi tierra asturiana. Que mucho cuento con la aldea y los recuerdos, pero que era para fardar. Eso tiene tufo de suegra: “Nunca te quiso de verdad, hija”. Malmeten. “Si te quisiera de verdad te regalaría el brillante y se llevaría bien con los cuñados”. Como si tuviera que ver lo uno con lo otro.

Si no entiendo mal, el amor a la tierra de uno o tiene un componente político o no es amor de verdad. Yo podré sentir hasta lo más hondo que quiero a mi pueblo, a sus gentes, mis vivencias de entonces, el paisaje, aquellas costumbres o maneras… Pero si no estoy a favor de una mayor autodeterminación de Asturias como nación (¿como nación celta?) o, al menos, del mantenimiento de la RTPA por lo que sirve a la nación (¿celta?), no es auténtica mi devoción, no busco más que sexo. No es sentimiento, es genitalidad, como decían los curas aquellos. Son como curas, igualicos, estos jodíos naciopancistas de ahora. Siempre poniéndole etiquetas al sentimiento, para disciplinarlo. Para disciplinarlo, sí. Para someterlo. Pues no, majetes, no. ¿A vosotros quién os ha dado el cargo de clasificadores de sentimientos y capadores de afectos?

Por más que me esfuerzo, no veo por qué no se puede tener a la tierra de uno más amor que un amor politizado. No veo la razón por la que es más intenso tu amor si se hace de Derecho público que si se queda íntimo y susurrante. No pensé jamás que por el afecto a los lugares de mi infancia y de los míos me estuviera comprometiendo, para ser congruente, a apoyar una televisión y a defender algunas subvenciones. Con cualquier comparación que me lo quiera ilustrar me vienen aires muy antiguos: como si al declararte a una dama te contestara ella que bien, pero que o le pones un piso o no se cree tu pasión; o como si, sin declararte, pero apasionado al fin, ante tus avances ella alegara que es tanto y la cama. Córcholis, se vuelven venales los amores a la mínima; o banales.

Se me escapa por completo qué tendrá que ver el apego asturiano que guardo por aquí muy adentro, en lo profundo del pecho, con todo el aparataje de cámaras, museos, salas de exposiciones, cursos, mítines, banderas, druidas echando sidra, subvencionados con madreñes o Fichte traducido a tonada del Alto Aller. Francamente.

Me pregunto qué sería de mí si fuera de Soria o de Teruel o de Guadalajara, cómo podría profesarle afecto al terruño. Tal vez ninguna de esas localidades tiene televisión autonómica o municipal, no sé, su identidad peculiar resultará, pues, dudosa. Sería un amor estéril, incompleto, un vaciarse sin sustancia. Amarlas con verdad supondría pedir para ellas radiotelevisión exclusiva, saberse ibero o mediopensionista, numantino en algún caso, poner una web desde Argentina, emparentar la identidad propia con algún arquitecto brasileño, convertir a los de la braña en sujetos experimentales para un proyecto financiado por la UE. ¿Ven? Ya casi me apetecería hacerme soriano, para no tener compatriotas propiamente dichos, solamente vecinos y recuerdos.

Dicho lo anterior y así expuestas mis dudas, añado sin demora: que me digan dónde hay que firmar para que no cierren la televisión asturiana, que firmo y se acabó. Al fin y al cabo, eso es disparar con pólvora del rey y no tengo ganas de que me vuelvan aquí con el cuento de que mis sentimientos son fingidos y mi asturianía postiza. No, no, quiero televisión y variadísimas actividades públicas para que pueda sentirme asturiano de verdad, como ellos, genuino, asturcón pequeñín pero bien tieso, asturiano de los valles, astur tan cierto como un xatu culón o un quesu d´afuega´l pitu.

09 octubre, 2011

Dos más uno en la T-4

Me encuentro en la T4, de vuelta de Colombia, donde he pasado estos últimos cuatro días. Transcurren unas horas de espera en la sala VIP de Iberia, no por mérito propio ninguno (¿alguien anda por estas salas por algún mérito especial?), sino gracias a mi tarjeta Iberia Plus Oro, resultado de volar tanto como si volara. Me aposento en un comodísimo sillón, cojo un café y una copa, y me dispongo a leer tranquilamente. Hay tiempo por delante, horas. En el sofá de al lado, en diagonal, se ha sentado una pareja de edad levemente inferior a la mía, yo diría. Él habla español con soltura, pero se le nota que es italiano de origen, claramente. Su voz suena como la de mi amigo Roger, si bien su español no sea tan perfecto, aunque sea muy bueno. Me parece que el deje de ella es argentino.

Han aparecido con un tentempié y unos refrescos. El hombre habla por el móvil todo el rato. Explica que acaba de leer el Cinco Días y que le parece bazofia demagógica. Que mismamente dicen algo de Zapatero que es una injusticia. No logro entender del todo el argumento. Aconseja a su interlocutor sobre la inminente campaña electoral. Dice, literalmente: “Tu amigo candidato está incluso por debajo de Rosa Díez en índice de aceptación social”. La mujer ha empezado a besarle el cuello y luego se lo lame; le lame el cuello. A mí se me escapa la mirada, sorprendido por la particular síntesis de conversación política y mimo ansioso, y mi vista se cruza con la de ella un instante. Bajo los ojos. Ella cambia de postura, cruzando las piernas en sentido inverso a como las tenía y dejando ver un trozo de espalda entre su blusa con manchas de leopardo y su falda negra. Es rubia no natural, tiene los ojos oscuros, la cara grande con marcados surcos, que no arrugas, la nariz afilada. No es guapa; tampoco fea; pero le gusta sentirse mala, eso parece obvio. Se creen buenos y se saben malos. Disfrutan.

El varón se levanta, con el teléfono en la oreja. Me echa una mirada de reojo y se va al mostrador a procurarse más frutos secos y otra coca-cola. Ella, entretanto, vuelve a la posición anterior y se enseña de perfil. Ha puesto los ojos en el infinito, como si meditara. Él retorna con sus provisiones. Ha dejado el móvil y, cuando se sienta, hay entre la pareja una breve conversación en italiano y con voz tenue. Pero de nuevo marca y empieza otra vez al teléfono. Ahora habla de sociedades e inversiones, de estrategias financieras. Alterna el español y el italiano y se apasiona ostensiblemente. Ella vuelve a besarlo en la cara sin que la voz de él se altere. Oigo que dice a su lejano interlocutor que, maldición, se ha olvidado en el coche el diploma de hijo predilecto. Exactamente eso. La mujer le hace fotos con una cámara digital minúscula. Mira luego la pantalla, sonríe, y otra vez se lanza a besuquearle la cara. Él comenta algo sobre unas acciones, ella le da lametones en el cuello, dejando ver la lengua, lame como una vaquilla acelerada.

La mano del hombre se posa en la pantorrilla de la dama. Están a un metro o metro y medio de mí. Se le oye sentenciar que ahora es buen momento para comprar, antes de las elecciones. La mano se ha detenido un rato en la rodilla y después acaricia el muslo con vaivén. Ella ha abierto las piernas lo justo para que la mano quepa. Su mano, la de ella, está en el muslo del hombre y su cuerpo se ha deslizado lentamente hacia abajo en su parte del sofá. Él la mira mientras habla, y sigue hablando, ahora ha pasado al italiano y sopesa los efectos de los cambios esperables en un ministerio. La mujer ha ido con la mano a su espalda, le levanta la camisa, recorre una y otra vez, lentamente, el camino entre los hombros y la cintura. Él se ha puesto a repasar con presteza las páginas del ABC. Tiene cuatro periódicos delante: El Economista, La Vanguardia, Público y ABC, el que ahora hojea. No deja de hablar y concluyo que ahora la conversación es más personal e íntima, pues se hace inaudible.

Diríase que la mujer se aburre un poco y tengo la sensación de que me ha mirado un segundo, tal vez preguntándose qué escribiré a estas velocidades. Paro un momento y me alejo para ir a ponerme una copa de Gran Duque de Alba. Descubro, muy sorprendido, que en el grupo de asientos de al lado hay otra mujer con un vestido de leopardo, con manchas idénticas a las de la camisa de mi vecina y que habla en italiano por el móvil. A lo mejor esto es un sueño raro. Regreso a mi asiento y ahora la mano de él hace una excursion debajo de la falda, bien abajo, por la parte de atrás. Le recorre las nalgas, demorándose y saltando. Está tumbada de medio lado, con la cabeza en su hombro y la boca muy cerca de la de su hombre. Él está en este instante contando algo de un teniente de alcalde. Lo juro. Su mano sigue bajando, se ha caído por la pendiente. Es una mujer más huesuda que voluptuosa, pero es hábil en las torsiones. Escucho que él pregunta a alguien por cuánto compró la finca. Va bene.

Mi vecino deja al fin su teléfono y la besa a ella profundamente. La mujer se ha colocado horizontal sobre los cojines. Al cabo él se incorpora y va a ver la pantalla con los vuelos y las puertas de embarque. Ella vuelve a apoyar su espalda en el respaldo del pequeño sofá, saca un tubo del bolso y se va poniendo crema en las piernas, hasta bien arriba del muslo. Tienen color de mostaza de Dijon. Es evidente que yo no estoy allí. O sí. Cuando el hombre se sienta de nuevo, ella se le echa encima, le coloca la mano muy cerca de la bragueta y le muerde el lóbulo de la oreja. Él, como si hablara solo, dice que, por lo que le han dicho, van a comprar a pesar de todo.

Saco un libro sobre positivismo jurídico incluyente que se titula “El caballo de Troya del positivismo jurídico. Estudios críticos sobre el Inclusive Legal Positivism”, coordinado por Juan Etcheverry y Pedro Serna en la editorial Comares. Lo estoy leyendo y es bien interesante. Ahora ando en esos temas nuevamente, no tengo arreglo. Decido acabar este post. Mis vecinos se están besando y él me observa asomando sus gafas livianas sobre la cabeza de ella. Viste completamente de negro, estudiadamente informal, barba de dos días, pelo colocado en controlado desorden. Tienen las manos entrelazadas y las mueven en arco, de las bocas a las piernas. Me pongo con el tema de si el positivismo jurídico incluyente presupone alguna forma de objetividad moral. Poco a poco, se me van aliviando las ganas de ser italiano; o asesor de algo; o inversor. En cuatro horas o así estaré en casa. Y muy bien.

PS1. Ya sé que con esta aclaración arruino el leve toque literario que pueda tener la entrada, pero quiero explicar que cuanto acabo de escribir es narración fiel y en vivo, no invento mío, como alguna otra vez.

PS2. He ido un momento al baño antes de ponerme a colgar esta entrada. Se han marchado. Dejan unas latas de Aquarius y de Coca-Cola y unos vasos. Les han sobrado almendras y con su servilleta de papel la mujer ha hecho una pajarita. Una pajarita perfecta que me contempla. Pero yo sigo con mi libro y me pregunto qué les ve esa gente a los valores constitucionales.

07 octubre, 2011

Servicios públicos y recortes

Una Comunidad Autónoma, pongamos por caso, pone en marcha un sistema de cantos populares semafóricos. Consiste en que en los semáforos de las principales ciudades y villas de la Comunidad unos señores y unas señoras cantan aires regionales para los viandantes. Lo hacen en turnos de una hora y en horario de ocho de la mañana a ocho de la noche. Cada semáforo tiene asignados cuatro cantantes al día y los semáforos elegidos son quinientos. Así que dos mil cantantes en nómina. Semejante iniciativa se justifica con muy variadas razones: cultivo y divulgación de la tonada tradicional, promoción turística del territorio con esa atracción nunca visa en otras partes, estímulo para el asueto de los viandantes y ánimo para que recorran las calles a pie y no en coche, etc., etc.

Un día llega la crisis. El Gobierno de esa Comunidad decide terminar con ese gasto. Saltan por todas partes las críticas y los lamentos: más gente al paro, nuevas familias sin recursos y que no van a consumir, con lo que la actividad económica se contraerá todavía más, desprecio hacia una de las señas de identidad de esa tierra, falta de consenso para ese recorte, formas dictatoriales en el modo de comunicar e imponer la medida. Entre los partidos de la oposición hay simultáneo rechazo y unánime crítica, aunque algunos vienen diciendo a los cuatro vientos que hay que suprimir gastos superfluos.

¿Les parece raro? El Gobierno de Asturas, presidido por Cascos, acaba de comunicar que elimina la subvención de 11,3 millones de euros anuales para la televisión pública asturiana, pero que si es capaz de mantenerse con sus propios ingresos, que siga. De inmediato se le recuerda al Gobierno astruriano que hay noventa trabajadores en esa televisión y que, teniendo en cuanta la plantilla de las empresas con las que contrata, pueden quedar setecientas personas al en la calle. Cada uno de esos setecientos trabajadores sale a 16.142 euros, resultado de dividir 11,3 millones de euros entre setecientos. Y yo me digo que hay una fórmula estupenda en la que todos salimos ganando: que se sigan pagando esos once millones y pico de euros anuales, pero sin televisión: que se den los dieciseismil euros por año a cada uno de esos setecientos laborantes y problema resuelto. ¿Acaso algún ciudadano en algún lugar necesita una televisión autonómica para algo?

Lo que más me encanta en el caso es que el PP asturiano se ha puesto a criticar como loco esos recortes. El PP asturiano es un PP muy peculiar y todo el rato enseña el popó.

Se podrá discutir la comparación entre los cantos semafóricos y las televisiones autonómicas. Ahí está el quid del asunto, aunque los políticos pasen de puntillas sobre él. Sentado que ya hay una televisión pública estatal, con dos cadenas, las cadenas autonómicas sólo se justifican, y en especial si tienen coste para el contribuyente, por el servicio al público que se derive de la calidad y especialidad de su programación. Si la condición no se cumple, sobran, como tantas otras cosas, como tantos otros gastos que suponen darle al ciudadano gato por liebre, y pagando él el gato.

Servicio público no es todo lo que al público se le sirve, sino lo que le sirve al público. Y hay muchos servicios púbicos de pega, que no valen para nada; o para nada decente, al menos. Eliminarlos no es atacar el Estado social, es decencia.

Y, antes de que algún anónimo me entienda mal, aclaro que nada más lejos de mi intención que defender a Cascos, nuevo azote de mi tierra ya bien azotada por tantos.

06 octubre, 2011

Incontinencia

(Publicado hoy en El Mundo de León. La noticia que da pie a este comentario puede verse aquí)

Debe de ser un problema de incontinencia. De incontinencia verbal. Otra explicación no cabe. Tendrían que tratárselo. Que un concejal haya gastado en seis meses casi tres mil quinientos euros en conversaciones de móvil, más de ochocientos cincuenta euros al mes, tiene su aquel. No sabemos qué tarifa tendrán esos móviles, pero es de suponer que de las más caras, porque lo caro viste más. Así que un cálculo muy por encima da que charlaría unas dos horas al día, sólo con lo que él llamaba. Agotador. Si sumamos que también lo llamarían a él de vez en cuando, nos ponemos en dos horas y media o tres. Si tenemos en cuenta que, puesto que los gastos de ese móvil los pagaban las arcas municipales y que, como es natural, tendría su móvil personal para las conversaciones sobre sus asuntos particulares y que alguien tan locuaz también telefonearía cada tanto a la familia para ver cómo van las cosas en casa, o a los amigos para comentar los últimos partidos de la Champions, habrá que agregar algunos ratos más de intensa conversación inalámbrica. Si, de propina, suponemos que el buen hombre dispondría de teléfono fijo en su despacho municipal y que también lo utilizaría en alguna ocasión con un sano propósito de ahorro, nos sale que se le iba la jornada de trabajo al teléfono. Qué angustia, qué estrés. Tuvo que sufrir lo suyo.

Porque otras cosas no podemos imaginar. No vamos a pensar que todo un concejal usara el móvil que sufragan los contribuyentes para llamar a esos números tan caros en los que te susurran cochinadas por un potosí al minuto, o que se dedicara con él a mandar mensajes para apoyar a algún candidato para Eurovisión. De todos modos, para desterrar las sospechas y chafar a los malpensados, deberían ser públicos y de general conocimiento los números que marcan esos servidores nuestros y habría que exigirles que explicaran, uno por uno, a quién se dirigían sus llamadas. Por si por un casual un día se equivocaron y llamaron a su tía o a una tía cualquiera y para que conozcamos sus relaciones y la intensidad de su trabajo. Bien está que los políticos tengan su intimidad, pero no con cargo a nuestros bolsillos. Bastante es que no los encarcelan o que no los tiramos de cabeza al río. De momento.