No esperaba que las breves y un tanto elementales consideraciones sobre el posible cierre de la televisión asturiana y la idea de servicio público dieran lugar a una pequeña avalancha de comentarios. Pero bienvenidos sean, desde luego. Me parece que, como dicen los pedantes hoy en día, conforman un mosaico muy significativo. ¿Significativo de qué? De la caraja mental en que andamos metidos. Así que me tomo la licencia de intentar analizar y, si no es mucha pretensión, aclarar algunas ideas, mías o de otros. Lo que más me interesa, en cualquier caso, es averiguar si yo amo o no mi tierra asturiana. Eso me tiene preocupado, pues yo sé que la quiero, pero a lo mejor no la quiero y le pongo cuernos cosmopolitas.
1. Empecemos por algún asunto que no me afecte tanto, pero que nos permita ir preparando diagnósticos. Uno de los comentaristas, el que se pone el alias de “independencia asturiana”, comienza así su aserto: “no me extraña que quiten la televisión asturiana, el Niemeyer, las subvenciones a la lengua asturiana, haya amenazas de cerrar hospitales, etc.”. Luego concluye que estamos abocados a ser reprimidos “por fascistas y moros”. Me pregunto si se refiere a moros fascistas o a moros y fascistas como categorías separadas pero equivalentes en su peligrosidad antiidentitaria. Se intuye llamada a una nueva Covadonga contra los moros como necesidad asturiana, aunque muchos digan aquí que el covandonguismo no basta como seña de identidad astur: covandonguismo como condición necesaria, pero no suficiente. Se nos está poniendo erecto el Volksgeist.
Pero lo más interesante de esa intervención es la enumeración con la que empieza, las cosas que asocia y mete en el mismo cajón: cierre de la televisión asturiana, cierre del Niemeyer (o amenazas de tales, por el momento; puntualicemos), fin de las subvenciones a la lengua asturiana (¿se acabaron? No lo sabía) y riesgo de cierre de hospitales. Todo al mismo saco. ¿Es todo lo mismo?
Lo último que se ha visto en el Niemeyer, en Avilés, según leo en los periódicos, es una excelente representación de Ricardo III protagonizada por Kevin Spacey, supongo que en inglés y con subtítulos. Simultáneamente hay una exposición de fotografía de Jessica Lange, de la que aquí ya he hecho hace semanas alguna coña antipatriótica. Tengo un antiguo cuñado yo, Ricardo Martínez Moreno (busquen en internet, busquen), que es un fotógrafo asturiano de tres pares de narices y que apuesto a que no tiene o tenía ninguna posibilidad de exponer en el Niemeyer, pues, aunque sus fotografías sin duda son mejores, no es él Jessica Lange ni tiene de lo suyo, ni de lejos.
No es que me parezca mal la programación que el Niemeyer ha seguido hasta ahora, sino que no veo por qué las objeciones a su administración y orientación, provenientes del gobierno asturiano (y al margen de que Cascos sea o no de nuestra cuadra), son un ataque a la identidad asturiana. Es decir, por qué nuestro interlocutor lo pone en el mismo cajón que el cierre de la televisión autonómica o la amenaza para las subvenciones al asturiano.
Si vemos los periódicos astures de esta temporada, comprobamos que las críticas al Consejero de Cultura casquista insisten en que quiere acabar con el enfoque cosmopolita del Centro Niemeyer e imponer programas de boina y gaita, de localismo ramplón. Y pregunto yo: ¿esto último no encaja mejor con las pretensiones de servir a la cultura local? O sea, la televisión autonómica se justifica porque fomenta la cultura asturiana y el Niemeyer, dentro del mismo paquete, porque permite asistir a representaciones de obras de Shakespeare en lengua inglesa. ¿Por qué no ponen a Kevin Spacey a recitar en bable, con don William traducido y Ricardo III como Ricardu el Terceru?
Y los hospitales. Para que la mención del riesgo de cierre de hospitales públicos (no he leído nada de que ese riesgo exista a día de hoy en Asturias, aunque a lo mejor, con espíritu de servicio a la nación propia, se acaba imitando a los catalanes, al gobierno nacionalista catalán que, como es lógico, se ocupa de los servicios públicos esenciales para los catalanes) al lado de la de las subvenciones al asturiano o a la televisión pública no sea una procacidad, hace falta justificar lo que tienen en común, lo que tienen suficientemente en común. ¿Se trata, en los tres casos, de servicios públicos? ¿Son igual de importantes o esenciales? ¿Importan tanto los quirófanos como “Asturianos en el mundo” o como el apoyo a la lengua asturiana? Por cierto, el dinero destinado a la lengua asturiana, ¿cómo se gasta? ¿Hacemos como los catalanes y ponemos perras para los periódicos que insertan unas páginas en asturiano? ¿Puede y debe una lengua sobrevivir con respiración asistida? ¿Usted qué prefiere, que lo operen pronto de esa fea verruga que le ha salido o que con cargo a alguna Consejería me traduzcan a mí el blog al asturiano? Hombre, si a mí me lo traducen o me pagan algo, a lo mejor me hago identitario a calzón quitado. O lo traduzco yo mismo si el bocado es mayor. Porque yo sí hablo bable, el bable de mi pueblo, ¿sabe usted? Aunque sea, al parecer, un traidor. Y ahora vamos con las traiciones. Y lo llamo bable, como antes, porque me da la puñetera gana.
2. Opina uno por ahí, por lo visto antiguo alumno ovetense, que nunca quise realmente a mi tierra asturiana. Que mucho cuento con la aldea y los recuerdos, pero que era para fardar. Eso tiene tufo de suegra: “Nunca te quiso de verdad, hija”. Malmeten. “Si te quisiera de verdad te regalaría el brillante y se llevaría bien con los cuñados”. Como si tuviera que ver lo uno con lo otro.
Si no entiendo mal, el amor a la tierra de uno o tiene un componente político o no es amor de verdad. Yo podré sentir hasta lo más hondo que quiero a mi pueblo, a sus gentes, mis vivencias de entonces, el paisaje, aquellas costumbres o maneras… Pero si no estoy a favor de una mayor autodeterminación de Asturias como nación (¿como nación celta?) o, al menos, del mantenimiento de la RTPA por lo que sirve a la nación (¿celta?), no es auténtica mi devoción, no busco más que sexo. No es sentimiento, es genitalidad, como decían los curas aquellos. Son como curas, igualicos, estos jodíos naciopancistas de ahora. Siempre poniéndole etiquetas al sentimiento, para disciplinarlo. Para disciplinarlo, sí. Para someterlo. Pues no, majetes, no. ¿A vosotros quién os ha dado el cargo de clasificadores de sentimientos y capadores de afectos?
Por más que me esfuerzo, no veo por qué no se puede tener a la tierra de uno más amor que un amor politizado. No veo la razón por la que es más intenso tu amor si se hace de Derecho público que si se queda íntimo y susurrante. No pensé jamás que por el afecto a los lugares de mi infancia y de los míos me estuviera comprometiendo, para ser congruente, a apoyar una televisión y a defender algunas subvenciones. Con cualquier comparación que me lo quiera ilustrar me vienen aires muy antiguos: como si al declararte a una dama te contestara ella que bien, pero que o le pones un piso o no se cree tu pasión; o como si, sin declararte, pero apasionado al fin, ante tus avances ella alegara que es tanto y la cama. Córcholis, se vuelven venales los amores a la mínima; o banales.
Se me escapa por completo qué tendrá que ver el apego asturiano que guardo por aquí muy adentro, en lo profundo del pecho, con todo el aparataje de cámaras, museos, salas de exposiciones, cursos, mítines, banderas, druidas echando sidra, subvencionados con madreñes o Fichte traducido a tonada del Alto Aller. Francamente.
Me pregunto qué sería de mí si fuera de Soria o de Teruel o de Guadalajara, cómo podría profesarle afecto al terruño. Tal vez ninguna de esas localidades tiene televisión autonómica o municipal, no sé, su identidad peculiar resultará, pues, dudosa. Sería un amor estéril, incompleto, un vaciarse sin sustancia. Amarlas con verdad supondría pedir para ellas radiotelevisión exclusiva, saberse ibero o mediopensionista, numantino en algún caso, poner una web desde Argentina, emparentar la identidad propia con algún arquitecto brasileño, convertir a los de la braña en sujetos experimentales para un proyecto financiado por la UE. ¿Ven? Ya casi me apetecería hacerme soriano, para no tener compatriotas propiamente dichos, solamente vecinos y recuerdos.
Dicho lo anterior y así expuestas mis dudas, añado sin demora: que me digan dónde hay que firmar para que no cierren la televisión asturiana, que firmo y se acabó. Al fin y al cabo, eso es disparar con pólvora del rey y no tengo ganas de que me vuelvan aquí con el cuento de que mis sentimientos son fingidos y mi asturianía postiza. No, no, quiero televisión y variadísimas actividades públicas para que pueda sentirme asturiano de verdad, como ellos, genuino, asturcón pequeñín pero bien tieso, asturiano de los valles, astur tan cierto como un xatu culón o un quesu d´afuega´l pitu.