08 noviembre, 2005

Qué poder es más poderoso. La absolución de Atutxa

Es noticia de hoy la absolución de Atutxa, decidida por el Tribunal Superior de Justicia del País Vasco. No sorprende mucho, pues la propia fiscalía cambió de tono en un momento conocido y solicitaba últimamente sentencia absolutoria. Cosa que tampoco causará sorpresa a nadie en esta fase del partido. Quiero decir del juego. Por mí como si le dan a Atutxa la medalla al ciudadano ejemplar o le imponen la banda al mérito jurídico. Ya tiene más bandas, imagino.
Lo que invita a reflexión más sesuda es el tema de cómo queda la relación entre los poderes del Estado. Es de sobra sabido y aceptado que los parlamentarios son inviolables "por los votos y opiniones que emitan en el ejercicio de su cargo", como dice el mismo Estatuto Vasco. Eso no se discute. La interpretación y el alcance de eso sí se puede debatir.
El caso arranca de la negativa de la Mesa del Parlamento Vasco, presidida por Atutxa, a cumplir la orden del Tribunal Supremo para que se procediera a la disolución del grupo Sozialista Abertzaleak. Atutxa y los con él absueltos ahora dijeron que nones, que rien de rien. Se les acusó de delito de desobediencia, pero esta sentencia dice que no hay tal, pues son inviolables "por los votos y opiniones" que emitan en el ejercicio de su cargo parlamentario. No voy ahora a lo de si esa decisión era una "opinión" emitida o una determinación testicular, ni a discutir sobre si éstas también se acogen a la inviolabilidad.
Lo que importa más resaltar es esto: la Mesa de un Parlamento puede desatender una orden formal del Tribunal Supremo. Y eso significa algo más y algo ligeramente distinto de la inviolabilidad parlamentaria y de su filosofía. Significa que la Mesa del Parlamento Vasco tiene jerarquía superior a la del poder judicial, por expresa decisión de éste a través del Tribunal Superior Vasco. Y como el fallo del Tribunal Supremo lo era en aplicación de una ley aprobada por el Parlamento Español, nos topamos con que la mencionada Mesa también está por encima de dicho Parlamento del Estado.
O sea, hay ahí soberanía de la buena, soberanía de pata negra, aunque sea sólo un trozo. Pero menudo trozo. Vayan imaginando más casos posibles y otros supuestos en que dicha Mesa diga tururú a los requerimientos de los poderes del Estado central, incluso en materias que fueran de la competenica de éste. Pues eso, que serían inviolables, que pueden hacer lo que quieran. El esquema es éste: que hagas tal cosa; no me da la gana; que te castigo; no puedes, porque soy inviolable por haber opinado que no me daba la gana. Estupendo, cambió el jefe del cotarro. Una revolución limpia.
Soberanía. Ya la tienen, mira por donde.
Aunque a mí me da bastante igual, que conste. Yo seguiré viajando, como si tal cosa, a los países que me sean simpáticos y donde me traten bien. A los otros que les den soberanía o pastillas de mentol. Tal cual.

El nacionómetro. Llega el invento definitivo.

Bueno, pues parece que ya está a punto de llegar a los mercados el nacionómetro. Como su nombre indica, es un aparato que mide naciones. Su mecanismo es complejo y lo intrincado de sus circuitos se escapa a mis entendederas, pero he leído la publicidad con que la casa fabricante lo va a lanzar y es sorprendente el chisme en cuestión.
Vayamos con un poco de orden. La idea fue concebida por un equipo interdisciplinar de expertos (ingenieros, psicólogos, psiquiatras, sexólogos, sociólogos, asistentes sociales y médicos) de la Universidad de Seúl. La patente se vendió a una empresa suiza, que es la que ahora va a comercializar el invento, después de haber producido y probado varios prototipos previos.
Se dice que mide con precisión absoluta cuánto de nación tiene cualquier grupo humano. El resultado aparece, con decimales y todo, en una escala de uno a cien. Así, una nación plena y total se considera aquella que da una medida superior a ochenta en esa escala. Dicen los padres del hallazgo que es prácticamente imposible encontrar con este medio una nación de cien, pues siempre aparece algún inmigrante, maketo o charnego que hace bajar el resultado. Esa nación absoluta, la de cien, sería aquella en la que todos los miembros del grupo hablasen una sola y única lengua, tuviesen un rh idéntico, compartiesen unánimemente un solo credo religioso y tomasen en las tres comidas del día una única dieta, compuesta por una variedad de no más de cinco o seis platos tradicionales.
El proceso de medición es complejo y toma un tiempo mínimo de una semana. Se divide en dos fases. En la primera, la máquina se coloca en alguna calle transitada del lugar que el grupo en cuestión habite. Allí durante unas horas una cámara incorporada va grabando a los transeúntes, al tiempo que un procesador va archivando y haciendo la estadística de datos tales como tamaño de los pies, tipo de movimiento o bamboleo al andar, índice de protuberancias, gestos más frecuentes, lado hacia el que cargan los caballeros, grado de inclinación de los senos femeninos, frecuencia de ventosidades, etc. Ni que decir tiene que a mayor homogeneidad en estos parámetros, mayor intensidad de la esencia nacional en cuestión.
En una segunda fase se estudia el árbol genealógico de los líderes del grupo. Cuanto más intensa y antigua sea la implantación de las respectivas familias en el territorio de ese grupo, tanto mayor será el cociente nacional resultante. De todos modos, una llegada reciente a ese territorio y unos orígenes foráneos pueden ser compensados, a efectos de medición, por el número de veces que el sujeto en cuestión repita que él se siente nacional de allí o por el grado de su desprecio a los que nacieron en el pueblo originario de sus ancestros.
Los primeros experimentos con el nacionómetro han proporcionado resultados sorprendentes, pues la más alta puntuación en la escala antes mentada la alcanzó un grupo de gorilas de la montaña Virunga, en Ruanda. A raíz de tal descubrimiento, un grupo de profesores de diversas universidades norteamericanas ha enviado una petición a la ONU para que se les reconozca oficialmente la condición de nación sin Estado. A los gorilas, quiero decir.
Y no es broma.

07 noviembre, 2005

Ni la izquierda ni el Papa parecen de los pobres, la verdad

Estuvo deliciosa la prensa este fin de semana. Hace una temporada me preguntaba yo por aquí si era posible ser partidario de España como nación unitaria y de izquierda. A mí me parecía que sí, pero no me atrevía a decirlo muy alto, no fuera que muchos de mis amigos más progres dejaran por eso de tenerme presente en sus oraciones. Ahora leo con regocijo y consuelo a Umbral, que en artículo del pasado sábado en El Mundo dice cosas tales como éstas:
"Ocurre que, en la actual subversión de valores, un patriota español es un fascista y un fanático de su pueblo es un progre, porque ahora lo progre consiste en usar como bandera la cabra/fetiche de Manganeses, el toro asesinado lorquianamente, o sea con clase (...). No hay mayor confusión que presentar las cosas del revés, y eso es lo que están haciendo hoy quienes vienen a Madrid con bandera republicana a pedir más pasta en los Presupuestos, mayores ventajas comerciales y económicas, que ellos disfrazan de culturales y autóctonas".
Y añade Umbral, después de algunas otras consideraciones:
"Pero la izquierda no es así, no lo ha sido nunca y no vamos ahora a dejarnos engañar".
Leo esto y me da gustillo, ciertamente, pero me desazonan de inmediato dos interrogantes. Una:¿dónde está esa otra izquierda que no es así? Porque en el menú electoral o en los escaños del Parlamento no se ve. ¿Habrá sido abducida por alguna nave espacial? ¿La tendrán secuestrada los malos? ¿Tal vez algún maligno genio la tiene encantada y convertida en sapo? Y la otra pregunta que me desasosiega es la de por qué de todos mis amigos que se dicen progresistas y de izquierda sólo hay uno (loado sea dios) que dice cosas como éstas, mientras los otros callan como muertos o recitan al unísono lo de que el culpable de todo fue Aznar por tener tan mal carácter y un bigote tan poco fashion.
Pero sigamos con la prensa. Nuevo placer con el artículo de Savater el sábado en El País. Miren esto que dice:
"Sin embargo, el laicismo va más allá de proponer una cierta solución a la cuestión de las relaciones entre la Iglesia (o las iglesias) y el Estado. Es una determinada forma de entender la política democrática y también una doctrina de la libertad civil. Consiste en afirmar la condición igual de todos los miembros de la sociedad, definidos exclusivamente por su capacidad similar de participar en la formación y expresión de la voluntad general y cuyas características no políticas (religiosas, étnicas, sexuales, genealógicas, etc...) no deben ser en principio tomadas en consideración por el Estado. De modo que, en puridad, el laicismo va unido a una visión republicana del gobierno: puede haber repúblicas teocráticas, como la iraní, pero no hay monarquías realmente laicas (aunque no todas conviertan al monarca en cabeza de la iglesia nacional, como la inglesa). Y por supuesto la perspectiva laica choca con la concepción nacionalista, porque desde su punto de vista no hay nación de naciones ni Estado de pueblos sino nación de ciudadanos, iguales en derechos y obligaciones fundamentales más allá de cuál sea su lugar de nacimiento o residencia. La justificada oposición a las pretensiones de los nacionalistas que aspiran a disgregar el país o, más frecuentemente, a ocupar dentro de él una posición de privilegio asimétrico se basa -desde el punto de vista laico- no en la amenaza que suponen para la unidad de España como entidad trascendental, sino en que implican la ruptura de la unidad y homogeneidad legal del Estado de Derecho. No es lo mismo ser culturalmente distintos que políticamente desiguales. Pues bien, quizá entre nosotros llevar el laicismo a sus últimas consecuencias tan siquiera teóricas sea asunto difícil: pero no deja de ser chocante que mientras los laicos "monárquicos" aceptan serlo por prudencia conservadora, los nacionalistas que se dicen laicos paradójica (y desde luego injustificadamente) creen representar un ímpetu progresista...".
La tesis de Savater, ya ven, es que la supuesta progresía nacionalista ni es izquierda ni es laica, sólo una más de las iglesias armadas de cepillo y excomunión. Y de nuevo las malditas dudas: ¿por qué la mayoría de mis amigos progres odian tantísimo a Savater? Al fin y al cabo, él se la ha jugado más de una vez por decir lo que piensa y pensar en los derechos de todos, mientras que yo conozco a más de uno que va por la vida de superactivista chachi de los derechos humanos y cuando le toca currar en Euzkadi no tiene savateres para decir esta boca es mía, por si se la parten, hija, ya sabes, allí la cosa no está tan mal como se dice, eso son intoxicaciones de la derechona.
Se queda unos dando vueltas a la sugerente idea de que el nacionalismo no es meramente sectario, sino una verdadera secta religiosa, y ¡toma castaña! llegamos a la última página de El País del sábado, en la que, bajo el sorprendente título de "Guerra de sastres papales", uno se entera de que andan a la greña los sotaneros romanos porque el Papa ha decidido cambiar de sastre, pues, por lo que se ve, le tira la cosas de las marcas y el diseño. Otro que se nos pasa al sector ideal de la muerte. Acabará habiendo Pasarela San Pedro, si no al tiempo. Vean:
"Benedicto XVI ya causó una cierta sorpresa cuando empezó a lucir unos vistosos zapatos de Prada. Hubo quien lo comparó con las modestas pantuflas con que fue enterrado Juan Pablo II y criticó el dispendio. Por el lado del gasto no había mucho que criticar, ya que las pantuflas de Karol Wojtyla estaban hechas a medida y venían a costar lo mismo que los zapatos más caros del mercado. Pero los Prada se combinaban con unas gafas de sol de diseño, y los vaticanistas, a falta de encíclicas y nombramientos curiales, empezaron a prestar atención al vestuario".
Cómo no se va a poner pija total la progresía si, a este paso, hasta en el Vaticano acabarán dándose en masa a la depilación másculina y los ungüentos para el cutis, de esos que con tanta fruición compran mis amigos después de comprobar marcas y precios en el suplemento dominical de El País.
Es el momento, queridos amigos, todos a una: arriba, parias de la tierra, en pie famélica legión. Je, tío, después de la mani por el Estatut quedamos en un japonés nuevo que pone un sushi que te cagas. Que además hoy es vigilia, tronco.
PD. Ya sé que prometí contar hoy los detalles del nacionómetro, ese invento que revolucionará la ciencia política del siglo XXI. Es que todavía estoy traduciendo el manual de instrucciones, que viene en latín. Mañana les cuento con calma.

06 noviembre, 2005

Tres naciones seguras y alguna probable. Maragall introduce precisión en el debate

Hay que ver, a veces el azar bromea hasta con los humildes artesanos del blog, como éste que suscribe. Resulta que hace tres días colgaba yo aquí aquello de "Las naciones las miden los herreros. Y las riegan los zapateros" y contaba, con la natural rechufla, que Miguel Herrero y Rodríguez de Míñón, padre de la Constitución (permítaseme el pareado), había declarado allá por septiembre a un periódico asturiano que en España había naciones indudables, como Cataluña, País Vasco y Navarra, y otras meramente probables, como Galicia. Claro, lo de meramente probables da para mucha guasa, pues uno piensa en que a don Miguel (no de Unamuno, no; este otro) se la averió el aparato justo al ir a medirles la nación a los gallegos. ¿O será que los gallegos, fieles al tópico, no acaban de pronunciarse claramente y andan a vueltas con el depende?
Y hete aquí que ahora nada menos que el honorable Maragall nos sale, en entrevista concedida a ABC, con la misma finura analítica y repite aquello de que hay en este Estado no sólo naciones seguras, sino también otras que son probables. Véanlo:
—¿Qué es una nación?
—Una nación es un sistema compartido de sentimientos.
—Carod dice que los sentimientos sobrepasan las leyes.
—Los sentimientos pesan.
—¿Las naciones han de tener Estado?
—Nosotros somos una nación de naciones, que tiene un Estado. Y varias naciones.
—¿Cuántas? —Tres seguras, y alguna probable.
—¿Y un señor de La Mancha, qué es?
—Español. Bueno, manchego, pero español.
—¿Y usted?
—Catalán. Y por tanto, español.
—Hay quien se siente sólo catalán.
—Es que los sentimientos son libres.
Yo sigo pensando que una nación probable debe de ser algo así como una nación en potencia que aún no es nación en acto, esto en términos de metafísica aristotélico-tomista. Pero no, no puede ser tanto el nivel. Así que más bien tengo para mí que esas naciones en trance de ser, pero que aún no son del todo, podrían llamarse también naciones-huevo u ovonaciones. O sea, que a lo mejor están en el huevo, pero igual no, pues todo depende de si un gallo se benefició con éxito o no a la gallina que lo puso, o a la inversa (esto de la inversa lo digo para evitar el estilo sexista, pues a los efectos también cabe, en sede teórica, que sea la gallina la que con lascivas intenciones acabe gozándose al gallo; sólo que en ese caso la analogía con el meneo político-nacional queda menos visible). O sea, que pueblo fecundado por gallo fértil pone huevo nacional. Pero no nos enredemos más, pues acabaremos preguntándonos cosas tan impropias de estos tiempos como quién fue el gallo, si consintió verdaderamente la gallina o hubo abuso, o, para desesperación definitiva de nuestro cacumen, si fue antes el huevo o la gallina.
Apenas escritas estas líneas gozosas, llega a mis oídos noticia de que ya hay solución para tanto enigma: un grupo de investigadores coreanos ha creado el nacionómetro, aparato infalible que con altísima sensibilidad y fiabiliad plena mide la esencia de las entidades grupales y establece exactamente y sin error posible cuándo estamos ante una nación y cuando ante una piltrafilla territorial. Pero lo contaré mañana, que aún tengo que enterarme mejor de los intringulis del chisme.

05 noviembre, 2005

Crispación. II. Los encapuchados de la web borroka.

Madrugo en sábado y no sé para qué. La intención era leer un buen rato, pero se me ocurre echar antes un vistazo a la prensa digital. Y me deprimo. No es sólo el contenido de las noticias, que ya tiene lo suyo, como siempre. Es que muchos de esos medios incluyen los comentarios que mandan los lectores. Por supuesto, hay de todo y cualquier generalización es injusta y peligrosa. Pero me parece más que relevante la cantidad de insultador compulsivo que pulula por el ciberespacio, amparado en el anonimato y el nick.
Bien pensado, son un poquillo más cobardes -y ya es decir- que los que salen a la calle encapuchados para ponerle un petardo a un cajero automático o prenderle fuego a un autobús. Éstos aún arriesgan algo. Los otros nada. Pero da que pensar el hecho de que se trate gente que lee las noticias, que suele tener mucha información, que sabe de cosas. Y, sin embargo, ya ven el regüeldo de sus opiniones.
El insulto se va convirtiendo en norma y ejemplo, la violencia verbal sube y sube de tono. ¿Son simples desahogos inofensivos? ¿Conviene que el personal suelte por esa vía el lastre de sus neurosis y sus frustraciones? ¿Cuánto tardarán en hacer grupitos para salir a la calle a zumbarse de verdad, eso sí convenientemente enmascarados? ¿Quiénes son los culpables de que la bestia aceche de nuevo? ¿Quién se beneficiará si volvemos a las andadas?
Y la libertad de expresión, pobre. Hay docenas de tipos apostados tras una pantalla, seguramente sentados en el wc, que preparan insultos en cadena con el curioso argumento de que defienden la libertad de expresión frente al que se atreve a dar su parecer o a pensar distinto. ¿Distinto de qué? Digas lo que digas van a salir un puñado de energúmenos a ponerte verde, aunque sin dar la cara, por supuesto. A los unos les dicen los otros fachas de mierda y a los otros les dicen los unos rojos de mierda. Y coinciden los otros y los unos, aparte de en la mierda, en no admitir matices ni mediaciones. Para todos ellos el mundo se divide en buenos y malos: buenos los de mi rebaño, malos los del otro. Y el que quiera hablar ya sabe lo que tienen que hacer, alinearse a un lado o a otro de la cuadra. Y el que no sea ni rojazo ni facha, que se calle, ése no tiene nada que decir. Y viva la libertad de expresión, sí señor. Libertad que en manos de este personal no duraría ni tres días.
Son carne de cañón los unos y los otros, y acabarán acometiéndose de nuevo en cuanto un par de líderes carismáticos se pongan a dirigir la recua. Se atacarán en grupo, bien formados y alineados, como tanto les gusta, y anónimos, fundidos y confundidos en la masa, sintiéndose pueblo elegido y raza de covocados a imponer la justicia o la verdadera fe. Los unos y los otros. Como otras veces. Y morirán muchos que de nada tienen culpa, sólo por no confraternizar con la bestia.
Ojalá me equivoque. Ojalá me equivoque estrepitosamente. Ojalá.
Pero tomemos una muestra de hoy mismo, demostrativa de ese ambiente que desalienta.
En Periodistadigital de hoy sábado viene la noticia de los últimos incidentes en París y otras ciudades francesas, con más de setecientos vehículos quemados por los revoltosos y más de doscientos detenidos.
A mediodía esta noticia tiene dieciseis comentarios en la misma página. Me permito reproducir aquí seis de los siete primeros, quitándoles algún detalle que pueda molestar a alguno de sus sublimes autores. Los que siguen son iguales.
Es lo que hay. O, al manos, lo que se ve.
1. seguro qu emas de un progre gilipollas, desde su casa de 500 m2 hablara de solidaridad, derechos humanos, igualdad...Yo vivo rodeado de esta escoria de inmigrantes, viendo como me roban el trabajo y las subenciones. El problema ha sido haberlos dejado entrar. Que esta escoria negra, mora y sudaca se vayan a sus putos paises, que novengan, y si vienen, se los recibe a tiros en la forntera. Y si en su pais pasan hambre, quwe se jodan y que trabajen en sus paises. INMIGRANTES=MALEANTES
2. Lo mismo XX, si no tienes trabajo es por una de las siguientes razones que a continuacion te enumero:1º porque no sabes escribir, pues se dice subvencion, no subencion.2ºporque eres un nazi hijo de puta al que habria que romper el culo.3ºporque tu madre no la chupa bien y a las personas que te iban a contratar les decepcionó y retiraron la oferta de trabajo.A mi me gusta como la chupa tu madre, asi que mandame tu telefono y te ofrezco un trabajito.
3. Bueno, la cosa es muy sencilla, pero la mayoria de los muertos de hambre q viven rodeados (y me refiero en España) de inmigrantes son votantes del PSOE, IU, ERC y demas.Lo q no se puede es votar a un jilipollas como Zp o Caldereta (q plan lacrimogeno dijo a los del PP q los pobres venian de paises donde pasaban hambre, ¡fijate!), la respuesta de este jilipollas casi me produce flato. Seguro q el cretino no durmió de pena por las noches.Todos estos progres recibirán en sus carnes lo q su estúpido voto ha dado, como en Francia, recibirán robos, atracos, violaciones, y posteriormente incendios de sus coches y haciendas.Sabeis una cosa: ¡Ajo y Agua!Hace siglos q hay un partido q clama por expulsar a los extranjeruchos sin papeles ¿y sabeis cuantos españoles desdentados le han votado? 4 gatos.Dejad q me arrellane en mi sofa para cuando empiece el show y reviente por las carcajadas. Esto es mejor q la sucia TV, y cuando llegue aqui necesitare el puro y el cubata.
4. xx, yo como tengo pelas a mi me la chupan 2 titis y por lo q me cuentan deben de ser tu madre y tu hermana. Oye y lo hacen de puta madre !eh¡¡Que delicadeza!¡No hay nada como las perras en celo progres!¡Todo hay q reconocerlo!¡Las progres la chupan mejor!¿Será poque pasan hambre de morcilla?
5. Simplemente....LA REVOLUCION NO PARA!!!Que se atengan a las consecuencias...TANTO MACHACAR A LOS POBRES...Y LOS POBRES SE REVELAN...TOMAN CONCIENCIA DE SI...Y DE QUE LA IZQUIERDA INSTTUCIONAL NO LES SIRVE...Y SE ARMA LA MARIMORENA...LO MISMO DE SIEMPRE...SER POBRE AHORA ES SER JOVEN ,MUSULMAN...Y MORENO...Y ESOS SON LOS QUE SE SUBLEVAN..Y A CUIDARCE...PORQUE EL MODELO NEO.LIBERAL...ESTA LLEVANDO A UNA CONTRAREACCION QUE NO SE YO SI ALCANZARAN CON LAS FUERZAS REPRESIVAS A SERENARSE...NO CREO QUE TARDEMOS MUCHO EN VER VALLAS SEPARANDO BARRIOS...(COMO EN ISRAEL)...Y VECINOS BOMBA..A ESTO NOS LLEVAN LOS NUEVOS FASCISTAS...LOS NEOCOM...DECIR LA SIMPLEZA DE QUE SOLO SON JOVENES EXALTADOS...O HACERLE EL JUEGO A LOS NEOCOM DE INMIGRANTE=DELINCUENTE ES LO QUE ESTA PRECISAMENTE PROVOCANDO QUE EL CONFLICTO SE EXTIENDA...Y CUIDADO,PORQUE A MUCHA DE ESTA GENTE LA UNE UNA CAUSA COMUN.
6. Coño, la escoria zurrasposa de alicante ya salio del retrete y nos deleita con sus opiniones de nazi hijo de puta. Me alegro que lo pases bien. A mi me pasa lo mismo cuando le rompo el culo a tu padre el cura y a tu madre la monja. Un deleite, si señor. Y no tomes mucho cubata que debes estar muy mayor ¿titis? ¿pero de donde te has escapado carcamal? Se les debio olvidar juzgarte en los juicios de Nüremberg.Jodete que los rojos gobiernan, los negros y los moros se follan a las tias de tu familia y pronto va a venir un negro cubano que te va a soplar la nuca hasta que te tragues la almohada mi amolll
*****
Fin de la antología. Todo esto, repito, en Periodistadigital. ¿No habría que reflexionar sobre unas pocas cosas? ¿No convendría empezar a pensar que las condiciones para publicar cosas en periódicos digitales no deberían ser tan distintas de las que se ponen para publicar en los de papel? ¿Puede un encapuchado plantarse en medio de una calle a gritar cualquier cosa? ¿Y en medio de la red? No, la censura no es la solución. Pero cada periódico, incluidos los digitales, es responsable de lo que en él se publica, supongo.
Pues eso, me declaro contra la web borroka.
Aunque me lluevan esputos.

04 noviembre, 2005

Poesía y Derecho. XV.

POR VENIR

Madre y madrastra mía,
España miserable
y hermosa. Si repaso
con los ojos tu ayer, salta la sangre
fratricida, el desdén
idiota ante la ciencia,
el progreso.
Silencio,
laderas de la sierra
Aitana,
rumor del Duero rodeándome,
márgenes lentas del Carrión,
bella y doliente patria,
mis años
por ti fueron quemándose, mi incierta
adolescencia, mi grave juventud,
la madurez andante de mis horas,
toda
mi vida o muerte en ti fue derramada
a fin de que tus días
por venir
rasguen la sombra que abatió tu rostro.

Blas de Otero, Que trata de España

03 noviembre, 2005

Las naciones las miden los herreros. Y las riegan los zapateros.

Allá por el 26 de septiembre Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, padre de la Constitución, pero que ha cedido la custodia de la misma y ya no le pasa ni pensión de alimentos, declaraba al periódico La Nueva España, de Oviedo, lo siguiente:
“Tener, como Asturias, una acusada identidad territorial por razones geográficas, históricas y culturales no implica que esas identidades se vivan al margen de España. A mi juicio, sin embargo, sí hay autonomías que tienen identidad nacional propia. En ese caso estarían Cataluña, el País Vasco, Navarra y probablemente Galicia”.
Confieso humildemente que esas palabras me quitaron el sueño un par de noches. Como asturiano de nacimiento y corazón que soy, me enteré de que mi identidad y la de mis paisanos es mera “identidad territorial”, eso sí, “acusada”. O sea, que de las identidades territoriales, de las que más. ¿Cómo serán –me preguntaba en mis desvelos- las gentes que no tienen identidad territorial, o que la tienen pequeña? Y hasta pesadillas padecí, imaginándome pueblos enteros de sujetos pálidos, mustios, alicaídos, tipos que ni fu ni fa, monigotes sin sustancia, maniquíes con derecho de ciudadanía por pura caridad, personajillos de segunda-b. O como angelotes, todos orondos y rubicundos, pero todos iguales y sin pito, por no formar parte de alguna identidad nacional que pite. Pobrecillos. Pensaba en los sorianos, sin ir más lejos, y se me saltaban las lágrimas. O imagínate cómo se sentirán los de Las Navas del Marqués y qué pensará el tal Herrero de ellos. Yo creo que si se topa con uno ni lo distingue, lo tendrá por mero adorno del paisaje. Pero qué paisaje, ahora que recapacito, pues si no tienen ni identidad territorial, digo yo que será porque no están siquiera en tierra alguna, son evanescentes, fantasmas desarraigados, ánimas en pena del purgatorio de los apátridas. Pues identidad nacional castellana no van a tener, o parte de la nación española tampoco van a ser, ya que Herrero se habría dado cuenta de inmediato y los habría mencionado entre los que tienen identidad nacional o identidad territorial, que esto último debe de ser algo así como que no te toca el gordo pero te cae una pedrea.
Ya soy también castellano de adopción (bueno, en sentido muy lato, si prefieren soy leonés, que es otra cosa allá por la parte donde León se parece Asturias, pero sin ser tampoco Asturias. Tengo que repasar mis viejos apuntes de metafísica el próximo fin de semana) y si me imagino castellano (que no lo soy, insisto, pues nací en Asturias y viajo mucho) me veo preguntándome por qué Castilla no tiene identidad nacional ni territorial acusada. Repaso y repaso y voy viendo la luz: pues por qué va a ser, porque Castilla (o León, rediez) no tiene lengua propia (bueno León sí, eso nadie lo discute), ni historia particular, ni cultura que la identifique, ni derechos de antes que resuciten ahora en esa cosa zombi-jurídica que se denomina derechos histéricos (¿se me deslizó una errata? Ay, los duendes de la imprenta), ni ná de ná. Aquí no pasó nada nunca, esto siempre fue un desierto sin gente, pues la que hay levita, es extraterritorial, ahistórica y abstracta, gaseosa, ni chicha ni limoná, aguachirles.
Así que repasemos. En esto que llaman el Estado español conviven tres tipos de seres. Los totales o fetén, que participan de identidad nacional propia. Herrero ya ha comprobado que ésos están en Cataluña, el País Vasco y Navarra. De los gallegos aún no está seguro, como hemos visto en su ilustrativo párrafo, y se ve que todavía habrá de hacerles algunas pruebas más. Quién sabe qué tendrá que mirarles para decidir su definitiva clasificación, pero por si acaso que vayan mudados.
Luego aparecen los mediopensionistas, los que pululan entre Pinto y Valdemoro, aunque precisamente por donde esas localidades no hay ni uno. Me refiero a los que, como los asturianos, no son nación pero tienen identidad territorial acusada. ¿Esto cómo lo explicamos? Pues podríamos llamarlos los cuarto-y-mitad, o los demediados, como aquel Vizconde de Italo Calvino. O tal vez son como centauros, una mitad humana y la otra de plastilina, yo qué sé.
Al fin y al cabo, de qué se quejan. Que reparen en los otros, los sin tierra, los fantasmas sin identidad, i castrati, y verán cómo se consuelan. Un madrileño, por ejemplo, figúrense, qué va a reclamar, cómo va a pretender autodeterminación, autogobierno, transferencias o derechos si no tiene identidad, si es un cero a la izquierda (?). Cómo va a tener derechos lo que no tiene identidad. ¿A quién nombramos titular de un derecho del que no posee sustancia ni nacional ni territorial? Así que chitón y que se callen.
A todo esto, el tal Herrero de Miñón nació en Madrid, según se señala en una buena página de euskalnet.net que cuenta algo de su vida y recoge muchos de sus escritos periodísticos. Figúrense lo que sufrirá este hombre, todo el día calibrando, untando y afilando las identidades de los que la tienen y viendo que él mismo no da la talla ni posee esa sustancia tan buena, repitiéndose todo el tiempo aquello de no soy de aquí ni soy de allá, no tengo edad ni porvenir ni ser feliz es mi color de identidad. Ah, cuánto dolor causa el destino a algunos al repartir las identidades. Aunque vaya usted a saber. He oído que el señor Herrero de Miñón casó con vasca y a lo mejor tenemos que la identidad nacional también se pilla con la cosa del himeneo, como tantas otras cosas.

¿QUÉ ES UNA CONSTITUCIÓN? BREVES NOCIONES PARA NO JURISTAS

La Constitución es la norma más alta, la de superior jerarquía, del ordenamiento jurídico de un Estado. En un ordenamiento o sistema jurídico hay normas superiores e inferiores. Lo que diferencia a las unas de las otras es que las más altas no pueden ser modificadas ni derogadas (eliminadas) por las más bajas, mientras que las más bajas sí pueden ser derogadas o modificadas por las de mayor jerarquía. De esa manera está un reglamento administrativo por debajo de una ley; y una ley por debajo de la Constitución. Así pues, una norma constitucional no puede ser reformada por ninguna otra norma, por ninguna que no sea constitucional, pues la Constitución es la superior de todas. ¿Y cómo se modifica un precepto contenido en la Constitución? Mediante el procedimiento de reforma que la respectiva Constitución establezca. En eso hay mucha variedad en las Constituciones del mundo. Algunas declaran que partes de sí mismas son inmodificables. Otras establecen distintos procedimientos de reforma según que el precepto que se quiera cambiar se considere más importante o menos. Etc. En nuestra Constitución de 1978 este asunto se regula en los artículos 166 a 169. No vamos a entrar aquí en el detalle.
¿Y por qué es la Constitución la norma de más jerarquía, intocable, en consecuencia, por las otras? Pues porque sí. Permítaseme aclarar esto con un poco de calma.
Las cosas no siempre han sido de este modo. Antiguamente era distinto el Derecho y también diferente su justificación. Por ejemplo, durante mucho tiempo y en muchos lugares se ha estimado que la norma suprema es la tradición, lo que históricamente se ha venido haciendo y respetando, siglo a siglo. Ahí a la pregunta de por qué las cosas deben ser o hacerse de una determinada manera, la respuesta que se daba es que porque siempre ha sido así. Hablamos de épocas, como la medieval, en que todavía no ha penetrado el ideal del progreso y el gusto por el cambio. Las normas del Derecho protegían una determinada forma de organización social y, dentro de ella, una cierta manera de organizar el poder y la distribución de beneficios y cargas, y se justificaba todo ello en nombre de una tradición que tenía su respaldo último en la voluntad de Dios: cada uno está donde debe estar, ocupa el lugar que por nacimiento le corresponde, y así tiene que ser, pues nuestro lugar en el mundo corresponde a lo querido por Dios para nosotros según el esquema mismo de la Creación. No había ahí Constitución, en el sentido de hoy, ni hacía falta, pues se consideraba que el verdadero Derecho era aquel cuyas normas se atenían a la voluntad divina. El Derecho por debajo de la moral, y los dos, Derecho y moral, sometidos a la religión.
Luego las cosas cambiaron. Los factores de esa transformación fueron muchos y resumirlos aquí es tarea imposible. Pero mencionemos algunas cosas. Los exploradores y aventureros descubrieron lugares nuevos y culturas ignotas; los comerciantes más arriesgados abrieron nuevas rutas y hallaron sorprendentes productos; fueron apareciendo universidades y los estudiantes y algunos profesores –pocos, como hoy- comenzaron a hacer y hacerse preguntas incómodas y a cuestionar el orden heredado; y apareció la imprenta y las ideas corrían como la pólvora; y también la pólvora y otros inventos guerreros hicieron que cambiara la organización de los ejércitos y, con ello, el fundamento del poder y el orden; y en esto llegó Lutero y se acabó la homogeneidad religiosa: ya no había un solo credo tenido por verdadero, sino dos al menos, y les entraron a los unos y a los otros unas incontenibles ganas de exterminarse por amor a Dios, y casi lo consiguen. Hubo que buscar gobernantes firmes que impusieran la paz por la fuerza, por la fuerza de ejércitos no comprometidos ya ni con señores territoriales ni con ideas o credos, sino sólo con el rey que les pagaba: eran soldados porque recibían la soldada. Un tal Bodino, con ayuda de otros, se inventa el concepto moderno de soberanía, como poder supremo y total de un gobernante en un Estado. Así que el Estado empieza a identificarse con la figura del rey que lo rige, ayudado por un ejército pagado y una burocracia que recauda impuestos, hace censos y controla cada vez más cosas. Por eso aquel Luis XIV dijo lo de “El Estado soy yo”, lo mismo que hoy piensa, sin decirlo, alguno con talante de cazurro. Antes, la paz de Westfalia, en 1648, había puesto fin a las guerras de religión con el acuerdo de que en cada territorio o Estado la religión oficial fuera la de su monarca. Aquí paz y después gloria.
Ya ha nacido el Estado moderno, gobernado por la monarquía absoluta. Todo el poder para el rey, que dicta las normas que quiere para los demás sin que ninguna lo vincule a él; o casi. Pero, ay, amigo, no hay quien aguante en el cargo sin un poco de propaganda. Al pueblo no se le puede manejar sin una dosis de engaño o, en términos más finos, sin unas gotas de ideología que le hagan pensar que le pegan y lo exprimen por su mismísimo bien. Y se van a legitimar esos gobernantes del jovencísimo Estado territorial moderno a base de decir cosas tales como que lo que da sentido a su función de mando es el cuidado del interés general, o la protección de todas las personas de su territorio, o el garantizar a cada uno la vida, la libertad y la propiedad; y cosas así. Y el pueblo se lo creyó, que es lo que acaba pasando. Y la gente empezó a hacerse preguntas: ¿si todo es por mi bien, por qué estoy tan mal? Si me dicen que lo más importante es mi libertad, ¿por qué no puedo elegir la profesión que me dé la gana o vivir como quiera? Si tanto insisten los filósofos del poder, como Hobbes, en que la sociedad y la política ya no se organizan de una determinada forma porque sí o porque Dios lo desea así, sino porque nos ponemos de acuerdo y consentimos todos, ¿por qué lo que unos dicen vale más que lo que piensan otros?, ¿por qué unos tienen más derechos y mejores y a otros en ninguna parte se les escucha? ¿No quedamos en que todo ser humano vale por humano y no por nacer en una cuna u otra o por tener sangre azul o roja del montón? Especialmente molestos estaban los muchos que se habían enriquecido con el comercio o con la explotación de algo parecido a las primeras empresas modernas, pues veían que su mucha pujanza económica no les servía para tener influencia política, ya que continuaban al timón los de siempre, aunque la mayoría de ellos anduviese medio arruinada: nobles, aristócratas, pelotas de la Corte. Yo no he dicho nada de que como hoy, así que menos insinuaciones a costa de un servidor.
Y se armó la revolución. Primero fue Inglaterra, a mediados del XVII, aunque lo de Inglaterra merece comentario aparte en casi todos estos asuntos. Pero ya la gorda fue la de Francia, 1789, que acabó en un derroche de guillotinas y llevándose por delante todo el Antiguo Régimen. Era el momento de hacer dos cosas. Una, que pudieran mandar en el Estado los que ya dominaban en la economía. Dos, que se hiciera verdad, como Derecho, lo que tanto se venía proclamando como teoría: que todos nacemos iguales, que todos merecemos por igual un respeto y una cosa, y que aquí nadie tiene derecho a mandar por ser vos quien sois, sino que hay que votar y organizar el cotarro democráticamente. Pero eso son palabras, y las palabras las puede llevar el viento. Asentémoslas firmemente, pensaron, y procedieron a dos cosas: formularon la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano y luego hicieron una Constitución. Y dejaron bien clarito que en adelante el juego político y social se hacía con reglas bien tasadas y que nadie podía ya tocar: respetando los derechos de la Declaración y organizando los poderes del Estado según las normas de la Constitución.
Había mucha desconfianza del poder y los poderes, mucho temor a la tiranía y el abuso, por lo que se quiso que la Constitución imperara como límite al legislador, al gobierno y a los jueces. Y lo primero fue evitar que los tres poderes se unieran o se concentraran, y se dio a cada uno competencias diferenciadas y se procuró que recíprocamente se controlaran. Sin separación de poderes no hay verdadera Constitución, se dijo. Y es que sin tal separación, si uno manda en todo, es decir, si los mismos dictan las leyes, las desarrollan y aplican y resuelven los pleitos sobre ellas, ¿quién nos defiende si esos que lo hacen todo son los malos? Divide y vencerás a los malos, esa es la consigna del Estado Constitucional y de Derecho, que así va naciendo.
Dicho quedaba que la Constitución es norma suprema del Derecho y que ella marca las reglas del juego y las cortapisas de todos los poderes del Estado. Pero a veces por mucho que digas una cosa, no basta. Insistes e insistes en que se debe respetar no sé qué, y como si nada. Para nuestro caso el tema era que el legislador se hallaba sometido a la Constitución, sí, pero si se la saltaba ¿qué ocurría? Pues que lo criticarían algunos, seguro, pero al final se salía con la suya. Porque si una ley llevaba la contraria a la Constitución seguía siendo ley, por mucho que medio mundo insistiera en que qué gamberro y qué poco considerado ese legislador.
Ahí fue muy importante el invento de los norteamericanos. En 1803 en Estados Unidos el Tribunal Supremo dictó la famosísima sentencia Marbury vs. Madison. En ella el Tribunal Supremo, máximo órgano judicial de aquel Estado, dijo que él era competente para declarar no válidas, no Derecho, las leyes que contradijeran la Constitución. Ya tenemos a uno que le planta cara al legislador cuando éste no se atiene a los límites constitucionales: los jueces. Y la idea prosperó, hasta hoy. Luego, en Europa, tras la Primera Guerra Mundial se inventaron los Tribunales Constitucionales y se los hizo figurar en las Constituciones con su competencia principal bien clara: a ellos les compete anular la ley contraria a la Constitución, la ley inconstitucional. Así que el legislador puede hacer ley de lo que quiera, pero sin violar los preceptos constitucionales, y, si lo hace, ahí está el Tribunal Constitucional para pararle los pies. Obviamente, el invento funciona sólo si dicho Tribunal es independiente del Parlamento y ajeno a los partidos, cosa en la que alguna trampita se va haciendo aquí y allá cuando se puede.
Resumamos: la Constitución es norma suprema porque esa idea históricamente se ha impuesto, vinculada al deseo y la necesidad de proteger a los ciudadanos todos y de garantizar que todos puedan participar en la decisión de los asuntos que les conciernen o sean de su interés. Y esa idea de que la Constitución es la que fija límites y marca pautas a todos los poderes pasa de ser mera formulación de píos deseos a erigirse en realidad en funcionamiento cuando se instituyen poderes del Estado que la protegen: los jueces, ya sea la judicatura ordinaria, ya los Tribunales Constitucionales.
Muy bonito, sí, pero de vez en cuando menudos chascos. No me refiero a los golpes de Estado violentos que se cargan todo eso a fin de reinstaurar el abuso y la tiranía en nombre de Dios y la Patria; o del Pueblo unido que jamás será vencido. Hablo de otros peligros, como el que afectó mortalmente a la República de Weimar, en la Alemania posterior a la Primera Gran Guerra. Pues la inmensa mayoría de los funcionarios, jueces, gobernantes y políticos de aquel Estado no estaban nada convencidos de las bondades del régimen constitucional y democrático y añoraban la mano dura y el aliento del Emperador. Y entre casi todos hicieron casi todo lo posible para que aquello no funcionara. Y tan es así que no funcionó (ayudada la desgracia también por otras cosas, como crisis económicas brutales y una población resentida por culpa del Tratado de Versalles) y que miren quien acaba por aparecer: aquel engendro llamado Adolfo y que supuestamente encarnaba las virtudes físicas y morales del pueblo alemán. Sí, ya ven, con aquella facha, pero así es la gente cuando se pone a creer chorradas y a seguir a iluminados neuróticos. Qué nos van a contar. ¿Y saben qué más? El tal Adolfo y sus secuaces nunca derogaron formalmente la Constitución de Weimar. Más aún, muchos de los profesores de Derecho que mojaron la pluma en sangre y la pusieron al servicio de los nazis, por el módico precio de una cátedra o unas palmaditas del bigotudo gritón, escribieron sesudos tratados intentando hacer ver que lo que perpetraban los nazis era perfectamente compatible y acorde con la esencia de la Constitución de Weimar, aunque en alguna cosilla menor se forzara un poco su letra. Pero no vamos a reparar en pormenores de letra ni en detalles de picapleitos picajoso cuando tenemos tanto que hacer, cuando nos reclama la construcción gloriosa de la gran nación alemana. ¿Constitución?, decían, ¿qué Constitución más grandiosa y mejor que ver cómo un pueblo crece, prospera, triunfa, se expande, conquista y se libra de sus enemigos? Deutschland, Deutschland über alles.
Pues perplejos nos quedamos. Perplejos al ver que una Constitución puede irse a la porra sin que nadie la toque, la derogue o cambie sus cláusulas por el procedimiento establecido. Basta que los que tienen el poder en sus manos se la tomen por el pito de un sereno; y que el pueblo no la defienda. Porque a la Constitución la guardan sus protectores: legislativo, ejecutivo y judicial, pero ¿quién vigila y tiene a raya a todos estos? ¿quid custodet custodes? El pueblo o nada. Pues nada, ya lo sé.
Jamás ha habido ni habrá en parte alguna una Constitución que como norma suprema y límite del poder sea efectiva, y no papel mojado o adorno del disimulo, si no se da la feliz conjunción de estas dos cosas: unos gobernantes y funcionarios que quieran respetarla y un pueblo que la sienta como la parte más importante de su identidad colectiva y la garantía primera de los derechos y bienes que más le importan. Y eso también está estudiado y se explica con una expresión bien hermosa: lealtad constitucional. Muchas constituciones han muerto por golpes de Estado violentos. Pero otras perecen dolorosamente por la deslealtad de sus supremos custodios y la indiferencia de una ciudadanía que piensa que porque tiene la barriga llena ya no le queda nada que temer.
Y, a todo esto, ¿a mí por qué me ha dado hoy por hablar de semejante cosa?

Parábola de como si tal cosa.

Eran dos hermanastros, Alfa y Beta. No se llevaban bien, pero tenían que convivir. Discutían a menudo. Un día estaban en el campo. Se declaró un incendio voraz a la espalda de Alfa.
Beta gritó:
- ¡Fuego, hay fuego!
- ¡Mentira!, replicó Alfa de inmediato.
- ¡Si, sí, fuego detrás de ti! ¡Hay fuego detrás de ti, te vas a quemar! -insistió Beta.
Y, Alfa, furioso, exclamó sin mirar:
- ¡Mientes, falsario! No te haré caso jamás, nunca, para nada porque una vez me dijiste que yo no era bueno. Porque tienes un amigo que es mala gente. Porque una vez te peleaste con un vecino. Porque te huelen los pies. Porque hace años estabas soltero. Porque trasnochas. Porque no me agrada el color de tus ojos. Porque tus ideas no son las mías. Porque no me haces caso bastante. Porque llevas gafas. Porque no te gustan mis chistes. Porque tienes un tatarabuelo que luchó en la guerra de Cuba. Porque no te comes lo que cocino. Porque no sabes decir supercalifragilisticoespialidoso. Porque no juegas a las canicas. Porque cuentas con los dedos. Porque comes las manzanas sin pelarlas. Porque los domingos vas a misa. Porque te rascas con la mano derecha. Porque no te cortas las uñas en jueves. Porque cuando hace viento te despeinas poco. Porque me llevas la contraria, caray. Porque no me gusta tu tía soltera. Porque juegas al mus. Porque fumas. Porque recuchufletas la rantaporronda. Porque no amas las moscas. Porque vas a natación. Porque...
Beta iba a replicar, pero no le dio tiempo.
A Alfa lo quemó el fuego. Pero no le importó. Lo importante era dejar las cosas claras. Y quedaron claras. Y todos se convencieron de que el fuego lo había provocado Beta.

02 noviembre, 2005

Nuevo dibujo de A.Fierro. Y una carta.



Batofóbico busca profesor de power point. María Salgado

Siguen los amigos buenos ayudando a rellenar este blog y mostrándole a uno cuánta cosa bien escrita guarda la gente en sus cajones. Esto llegó como comentario al último post, pero, previo permiso de la interesada, lo subo a donde merece. Su autora se llama María J. G. Salgado.
Padezco batofobia cultural, por eso huyo de las conversaciones sesudas, de las argumentaciones profundas y de los reportajes documentados. No es falta de interés ni pereza mental, de veras, es sólo la sensación de ahogo que experimento en cuanto abandono la cómoda superficie de lo trivial. Lo malo es que a la batofobia existencial que siempre tuve empieza a sumarse un principio de esquizofrenia galopante que está volviéndome loco y que no sé combatir. Yo, con mi aversión a las profundidades, nunca soñé ni pretendí convertirme en intelectual. Lo mío, ya lo he explicado, son las lecturas ligeritas, la cultura de babelia y los pedazos de actualidad arrancados a los titulares de los diarios. Siendo la extensión y la ausencia de intensidad las notas que caracterizan mi vida, no me he explico cómo he podido llegar a esta situación. Soy un hombre atractivo (invierto el noventa por ciento de mi tiempo en serlo) y sé hablar francés (mi madre era francesa). Estudié pedagogía cuando pedagogía no se estudiaba (yo no quería estudiar, pero mi padre me convenció de que era una carrera compatible con mis dolencias –había otras, muchas, pero pedagogía quedaba muy cerca de mi casa-), y el francés de mi madre me procuró una beca postgrado en París. Una comparación entre la ley de enseñanza obligatoria francesa y la ley de enseñanza obligatoria española, con un anexo relativo al funcionamiento de los comedores escolares en ambos países, me hizo doctor; y una ley de reforma universitaria me convirtió en funcionario sin más obra que una carta al director de un periódico nacional, donde manifestaba mi disgusto por la introducción de la jornada continua en las escuelas de nuestro país. Al director del periódico (viudo con cuatro hijos para los que desearía la jornada escolar ininterrumpida de veinticuatro horas) le gustó mi carta y me pidió que le concediese una entrevista. Salí en el suplemento dominical, dos páginas centrales, en una de ellas la foto (ya he dicho que soy un hombre atractivo) y en la mitad de la otra un anuncio de telefonía. En negrita el título de la entrevista: “Amancio Graviou: la jornada continua sobrecarga al niño”. Y en subtítulo: “El experto internacional en pedagogía infantil manifiesta sus dudas”. Desde entonces mi teléfono no deja de sonar. Me invitan a todas las tertulias de la radio, a los desayunos de televisión, a cursos de verano y a conferencias. Me he convertido en el hombre de moda, en el experto internacional. Y la batofobia me está matando. No sé durante cuanto tiempo podré hacer pasar por intensos silencios reflexivos mis clamorosas lagunas. Llegará el día que alguno de mis oyentes habrá leído algún libro por mi mencionado, del que mi batofobia no me habrá permitido mirar más que la solapa. Después de las conferencias finjo migrañas en racimo para evitar las preguntas, y sólo me quedo si después hay algún cóctel o algún vino español. Esta mañana me han invitado a impartir un master, noventa horas, doscientos euros la hora, más alojamiento y dietas. Mi anuncio aparecerá mañana en los periódicos: “Se necesita profesor de power point para curso individual e intensivo. Bien remunerado. Apartado de correos 345, Salamanca”. ¡¡Gracias Bill!!

01 noviembre, 2005

EL POWER POINT Y EL ORADOR INDOLENTE. UNA HISTORIA DE AMOR FOU

¿Asiste usted a conferencias o charlas en las que se use el dichoso power point? Pues estará de acuerdo conmigo en que semejante invento está asestando la puñalada terminal a la oratoria y a la capacidad expresiva de los expositores.No digo que no sea útil esa herramienta para ir proyectando a la vista de todo el auditorio el esquema o los puntos capitales de lo que se esté contando. Es cosa más limpia y aparente que la vetusta tiza y no mancha ni hace estornudar. Pero, como siempre, el problema no radica en la herramienta, sino en los vicios y taras del cantamañanas que la emplea.¿Que dónde veo el problema? Pues en que muchos conferenciantes con power point parecen talmente lelos hablando para lelos. ¿O acaso no se supone que todos sabemos leer? ¿Por qué no programar el ordenador para que vaya pasando él solo las imágenes al ritmo que el espectador lee sus contenidos, en lugar de colocar allí a semejante mandado, perfectamente fungible y prescindible? Diré por qué me pongo así.Uno entra en un salón, se sienta, espera. Al cabo entra el conferenciante y se apagan las luces principales, para provocar una penumbra que vaya bien a la proyección, pero que acaba por resultar como la más dulce caricia de Morfeo. Con esa oscuridad algo interesante comienza ya a perderse, pues el centro de atención se traslada de la persona del que diserta a la pantalla que recoge gráficos y esquemas. Y comienza el show.Ya en varias ocasiones me he encontrado con que la cosa inicia así. Se enciende el proyector y en la pantalla aparece este profundo mensaje: “Buenas tardes”. El conferenciante clava su mirada ahí y, sin siquiera observar de reojo a la concurrencia, repite: “buenas tardes”. Acto seguido hace su segundo clic y ante los ojos admirados de todos florece, esplendoroso, un nuevo letrero, esta vez con el título de la charla. En ese instante, un servidor ya empieza a impacientarse y a notar súbitos picores en las partes velludas. Y me invade la añoranza del conferenciante clásico, del buen retor que, a pelo, sólo con su modo de presentarse y de dar cuenta de para qué está allí, ya se mete a los oyentes en el bolsillo.Pero no da tiempo en realidad a tanta reflexión, ni siquiera al primer rascado, pues un nuevo clic nos deja ver en pantalla que la exposición va a tener dos partes, la A y la B, que el charlista poco charlatán lee con los ojos atados a la pantalla, cual si ésta tuviera imán y los que escuchamos no estuviéramos allí. Como él no nos mira, nosotros ponemos también nuestra vista en los complejos enunciados de A y B, de media línea cada uno.Apenas se anuncian los primeros sopores, cuando un nuevo clic nos enseña que el apartado A tiene, a su vez, dos subepígrafes, el 1 y el 2, que el orador reproduce con lenta delectación, por si somos ciegos, o lerdos. Y así todo el rato, mera repetición no comentada de divisiones y subdivisiones a golpe de ratón. Discurso sin argamasa, razonamiento sin razones, exposición sin norte ni pasión, somnífero por vía tecnológica, diálogo entre la pantalla y un dedo que magrea un ratón por la parte del lomo, con una voz en off que lee lo que todos ya estamos viendo, lo que vemos, al menos, mientras el párpado resiste su imparable caída. Si Demóstenes o Cicerón levantaran la cabeza se dedicarían a la fontanería, oficio mucho más noble y arriesgado que este de orador robotizado, rehén del diagrama simplón y el colorito chillón, sin memoria, sin verbo, sin gesto, sin tono, cuyas capacidades supongo que habrá que contar por bytes y no por neuronas u ocurrencias.Ah, ¿y cuando la máquina decide agasajar a los oyentes, ya mentalmente idos hace rato, con un oportuno atasco? Momento prodigioso en el que queda patente la plena simbiosis entre el hombre-máquina y su adminículo adorado. En el mismo instante en que dejan de correr en la pantalla los escolares esquemitas y suena un dramático clic-clic-clic, la voz del orador (llamémoslo así) se atranca también. Si hubiera mejor luz comprobaríamos cómo el sudor resbala por su rostro, que parecía de piedra. Se le licúa la cara al hombre, como la de esas virginales y milagrosas estatuas que lloran sangre por los males del mundo.Se nos atoró el locutor. ¿Recursos para salir del paso? No tiene ni uno el buen laptop-man. Si aquella falla técnica no se arregla a golpe de meneo frenético de cables y conexiones, el sujeto será incapaz de decir esta boca es mía, seguramente porque en verdad no lo es. ¿Despedirse y dar por finalizada la disertación? Tampoco, pues ¿cómo hacerlo si no aparece en la pantalla la palabra “fin” ni la fórmula final de “adiós”? Quintaesencia de la ciberangustia, pánico de robot, temblor de orate desenmascarado.Y el caso es que quien en estos tiempos no vaya a su conferencia armado de portátil y del puñetero power point parece que no tiene ni madre, ni padre ni perrito que le ladre. Por ejemplo, los economistas se consideran los supremos virtuosos del invento de marras. Así nos va. Todo el día haciendo diagramas electrónicos que les queden chulis, hija, fíjate en este vector, no me digas que no es fashion. Y total para acabar enseñándonos muy ordenadamente, eso sí, que ni aciertan una sola previsión ni son capaces de explicar en román paladino por dónde nos va a dar la próxima crisis . Pero vestir, lo que se dice vestir, visten un montón, con su portátil de marca y su pantalla de diseño. Tan monos.

31 octubre, 2005

EL OFICIO DE LEONOR. Sobre el sentido de la monarquía.

Vaya por delante una declaración personal: no soy monárquico, como se verá, pero tampoco me molesta especialmente la monarquía que tenemos. Existen tantos problemas en esta sociedad, quedan tantos entuertos por deshacer y se avizoran tantas averías, que el hecho de que los borbones reinen dentro del marco que la Constitución les traza no me quita el sueño ni un instante. Por mí que sigan, si quieren. Pero dudo que puedan por mucho tiempo, ya que me parece que la propia institución soporta hoy contradicciones tan potentes, teóricas y prácticas, que irremisiblemente, creo, acabarán por restarle todo atisbo de la legitimidad que con su acatamiento la sociedad le brinda. De eso quiero hablar un rato.
Estamos bajo el impacto mediático del nacimiento de la hija de Letizia, que así es como la gente mayormente lo ve. Es éste uno de esos días en que más vale apagar radios y televisores y no ir a la tienda. Esto cabreará a muchos, y a un servidor también, pero debemos quizá reconocer que tamaño bombardeo no es exclusivo de las bodas reales o el nacimiento de herederos del trono. Pon que un día Raúl, el futbolista, tenga trillizos o que Ronaldo se case con un señor modelo –de todo se cansa uno y en la variedad está el gusto- y verás que el despliegue no será mucho menor.
La pregunta crucial es cómo se justifica que Leonor vaya a ser reina, en su caso, y cualquier otro niño que nazca hoy mismo tenga ese oficio como el único que le está vedado, en esta sociedad en la que la Constitución garantiza cosas tales como la igualdad ante la ley, la igualdad de oportunidades (más o menos), el principio de mérito y capacidad y la libre elección de profesión u oficio. Si a la vieja pregunta de vecino solícito sobre qué quiere ser de mayor, el niño de nuestro barrio le responde que rey o reina (lo cual ya es independiente del sexo del mocoso, pues habría que pensar también qué inconveniente constitucional aplicaríamos al niño que declarase que de mayor quiere ser reina; y a la inversa), ¿cómo le explicamos que no, que todo lo más consorte, pero que lo de rey o reina en propiedad le está impedido por apellidarse García o Zunzunegui y ser hijo de su madre y de su padre? Semejante cuestión nos arroja de bruces sobre el gran tema de la fuente y la justificación de la legitimidad monárquica; es decir, nos lleva a buscar o repasar razones por las que uno o una va a ser rey o reina por razón de nacer de rey o reina, mientras que a todos los demás no se les da la posibilidad de llegar a tal por no llevar esos genes o esa sangre y, de rebote y por lo mismo, también se les birla la ocasión de ser Jefe de Estado, pues el puesto está ocupado por el rey de su madre y de su padre.
Antes de entrar en el espinoso asunto, consuélese el vulgo un rato y piense que algo se ha avanzado, pues un hijo mío no podría reinar sino como consorte, pero un nieto sí que podría con el tiempo ocupar el trono en propiedad. ¿Cómo así? Pues porque si mi hijo se casa con Leonor de Borbón y Ortiz (por cierto, ya que a la mamá le gusta trastocar la ortografía castellana en cosa de nombre, por qué no le metieron una h por ahí, tal que se escribiera Lehonor, pongamos por caso?) siendo ésta reina, sus hijos encabezarían la línea sucesoria. Y de paso, más sangre asturiana para esta segunda edición de la monarquía astur. Y en el escudo unes fabes, cagunmimanto. Esta posibilidad teórica de que un nieto/a mío o de cualquiera de los amables lectores no reales trinque trono para él y para su descendencia no se daba hace poco, pues obligados estaban los herederos de la corona a casarse con quien llevara en sus venas sangre real, que no quiere decir verdadera sangre, sino sangre de reyes. Cosa que tenía su sentido, como pasamos a ver.
¿Cómo llegaron a reyes los antepasados de los que lo son y cómo convencieron al personal de que estaban donde les correspondía al estar en el trono? Busquemos por donde busquemos, en los orígenes vamos a encontrar poder, ya sea poder guerrero o poder económico, y más fácilmente la síntesis de ambos. Jamás ocurrió en pueblo alguno, que se sepa, que buscaran para rey a uno que se ganaba la vida herrando caballos o enseñando latines, por ejemplo. Hacía falta, como mínimo, solmenarle a alguien y ganar unas batallas. Ahí tenemos los asturianos a Pelayo haciendo en Covadonga con el moro lo que muchos hoy quisieran, y fundando con ello dinastía, pese a la incomprensión del oso que se cepilló a Favila, su heredero. Esa sería una bonita discusión en la que sin duda un día se embarcará el nacionalismo asturiano, tan necesario en esta malhadada época en la que no tienes futuro si no eres nación y no cuentas con ancestros presentables y guerreros: si era más asturiano Favila, al fin y al cabo hijo del inmigrante Pelayo (por cierto, que los borbones también son inmigrantes en origen, si nos ponemos así; aunque más a lo Zidane que en plan patera) o el oso que se lo merendó. Pero volvamos al hilo.
Así que el primero de una familia que pilla cetro de rey siempre le ha atizado a alguien, ya sea en la crisma o en el monedero. Pero luego eso se olvida o pasa a un plano muy secundario, pues sobreviene la legitimidad, que es la justificación teórica exitosa que se da a cualquier poder para que en él no se vea abuso personal del que manda, sino noble desempeño por el bien de todos y en nombre de la justicia debida. Ahí concurrirán filósofos, pintores, arquitectos, historiadores, literatos, bardos y curas para hacer ver que quien impera no lo hace por ser de natural mandón o propenso a la egolatría, sino cumpliendo con una misión más alta, y hasta dolorosa. Cuando resulta exitosa esa construcción de legitimidad, deja de verse en el que gobierna a la persona de carne y hueso y comienza a ser percibida como altísima institución, mejor cuanto menos de este mundo. Por eso no hay cuadros ni representaciones de reyes haciendo caca o eruptando, v.gr., sino siempre en posición de grandiosa magnificencia, como si hubieran nacido únicamente para ganar batallas y acrecentar el éxito y la riqueza de su nación, como Maragall, que se pirraría por ser rey y hace lo que puede, con bufones y todo en su corte de plástico. Al lector inquieto le remito a un libro magnífico de Peter Burke titulado La fabricación de Luis XIV, donde ese gran historiador de la cultura nos enseña cómo se construyó en su tiempo la imagen de ese rey que todos llegaron a ver efectivamente como Rey Sol y no como paisano corriente que, eso sí, mandaba un huevo. Porque son cosas distintas cuánto se manda y ser rey o no. Para lo primero hay que tener mucha guita y/o muy mala leche. Para lo sengundo hay que tener legitimidad monárquica. Por eso Polanco no es rey y Juan Carlos I sí, mismamente.
La principal fuente de legitimidad monárquica fue durante muchos siglos la teología. Se entendía y se propagaba que el rey lo era por designio divino, por la gracia de Dios, como el general pequeñajo aquel que tuvimos por aquí y que no se hizo rey porque ya había un candidato titular. Preguntados en la Edad Media los grandes pensadores sobre por qué le competía al rey ser rey, la respuesta solía ser que porque así lo había querido Dios. Unos nacían para herreros o zapateros, por ejemplo, por ser hijos de herreros y de zapateros y porque a esa familia la había elegido Dios para herrar o hacer zapatos por los siglos de los siglos. Y a otra familia la había señalado para reinar. Así de sencillo. Por eso nunca podría reinar un zapatero ni hacer zapatos uno de sangre real. Según el pensamiento de entonces, el orden social era y debía ser reflejo y expresión de un orden de la Creación pergeñado por Dios, y supremo mandato para cada uno era el de conformarse y cumplir con el lugar que en semejante esquema del mundo le asignó en origen el Supremo Hacedor. Luego, en el cielo, todos plebe, eso sí, que allí el trono no se le discute al dueño del invento.
Lo de que el rey lo era por la voluntad de Dios coló mientras coló. A unos, como Luis XVI and family, la cosa les costó un disgusto grande. Otros, como las mil monarquías de los territorios alemanes durante tres cuartos del siglo XIX, se fueron adaptando y buscando justificación de su rol en razones más mundanas, como la tradición o la experiencia. Pero, al fin, todas las monarquías que pervivieron acabaron por convertirse en monarquías parlamentarias, previo paso a veces por la monarquía constitucional (el que quiera ver las diferencias entre las dos que se vaya a Wilkipedia, y listo). Monarcas como los de antes, de poder absoluto y legitimación indiscutible por la cuenta que le tiene al pueblo, ya no quedan en Europa y sólo podemos verlos en lugares como Cuba y, pasito a pasito, en Venezuela. Por eso todos los actuales republicanos españoles son tan férreamente anticastristas, por su fe en la igualdad de oportunidades y en la democracia sin límites ni excepciones.
En la monarquía parlamentaria el rey reina, pero no gobierna. Su poder es escasísimo y su papel simbólico y representativo. No muy distinta en esto su función de la de los Presidentes en las Repúblicas no presidencialistas. Es decir, ordenan poco pero van a muchas cenas oficiales y andan todo el día entre banderas. Como Maragall.
Es como cuando te tienen fichado y disimulas, adoptando una vida de perfil bajo. Piensas que a lo mejor si no das mucho el cante ni te haces notar inoportunamente, pasas desapercibido y nadie pregunta qué diantre haces ahí todavía. Porque, si ya nadie dice ni se cree que el rey lo sea porque Dios lo hizo así o porque resulte el más sabio o experto en las lides del gobierno, un día a uno se le va a ocurrir la gran interrogación: ¿por qué es rey el rey, ahora que lo pienso? Correrán de tres en fondo los juristas, que son los que más corren y se corren cuando de justificar poderes y cargos se trata, a declarar que porque así lo dispuso el poder constituyente y quedó fijado en la Constitución. Pero, ay, amigo, precisamente ahora andamos consternados ante la dolorosa conciencia de que las constituciones se hacen, se deshacen, se doblan, se desdoblan, se pliegan y se planchan, pues hasta vamos a meterle pronto una modificación a la nuestra para que no se quede sin destino Leonor en caso de que el próximo o el siguiente salgan con colita. Y ya están los malos declarando a troche y moche, sin respetar la alegría de día tan señalado, que, puestos a cambiar para que pueda reinar sin sombra Leonor, cambiemos más, para que también lo pueda el hijo del panadero; o Maragall, sin ir más lejos. Y sé yo de uno, nacido en Valladolid, pero que pasa por leonés, al que se le hace el popó gaseosa sólo de pensar cómo luciría él en todo un trono, con esos ojos, ay madre. Y, si no, de Jefe de Estado, qué le vamos a hacer, menos es nada. Ahí se jorobó el tripartito, salvo que consiguieran hacer una Jefatura una y trina, que cosas más raras se han visto. Y Rajoy de republicano total en ese caso, dando coña, digo caña.
Broma a broma, hemos llegado a la pregunta del millón: ¿cómo se legitima hoy una monarquía? En la respuesta que en la teoría y en los hechos se brinda a esta cuestión es donde me parece que late la gran contradicción que acabará con la monarquía, su destructiva paradoja interna. Porque todo el esfuerzo de las casas reales y de los que fabrican -ahora mediáticamente- su legitimación se dirige a mostrar dos cosas: que lo que justifica que el rey sea rey es su profesionalidad y que, fuera de eso, es una persona como cualquier otra, con sus pasatiempos, su sentido del humor, su gusto por los amigos, las motos o los barcos, su afición al deporte o a las setas con torreznos y hasta sus debilidades, incluidas las de bragueta o, si fuera el caso, el corpiño (no me he atrevido a culminar el paralelismo; tanto hablar y mira, me corto hasta yo). Parte fundamental de esa reconstrucción de la legitimidad monárquica por la vía de hacer ver que la sangre real no le hace a uno tan distinto es la política matrimonial. Antes, como ya indiqué, se suponía que la sangre real hacía seres de otro calibre, por lo que esa sangre no debía mezclarse con la plebeya, no fueran a salir herederos sin la debida majestad. Ahora no, al contrario. Para que aceptemos la monarquía se nos deja ver que cualquiera puede ligar con heredero o heredera real y que basta ser bombón para casar con borbón, por ejemplo, con lo que sí se democratiza un poco la institución por la parte del consorte y se somete al muy moderno principio de mérito y de capacidad. Yo jamás reinaré, pero tal vez un nieto mío sí. Oh cielos, la entronización de los garcíamado. Que tiemblen Maragall y su alcurniosa descendencia.
Pero el pueblo se va a conformar poco rato con tan estrecha vía. Y se pondrá a pensar que para profesional bueno, uno mismo o cualquiera de sus hijos. Y con don de gentes, y deportistas, y simpáticos a carta cabal, y con muy buena presencia, adónde vas a parar. Y que parece mentira que no pueda llegar a reina la mi Jennifer, a ver qué tiene la Leonor esa que le falte a mi niña, por Dios. O mi Borja Iker. Y que por qué va a tener que ligar con esa tía para llegar a rey, si vale mucho más que ella, ya te digo. Cuando ese sea el tono que predomine en bares, tiendas y cenas de los sábados con amigos, adiós monarquía, todo el personal se habrá hecho republicano en nombre de la igualdad de oportunidades para reinar. O se pedirá que el rey se elija en una Operación Reinado o en un Gran Monarca, con los votos de los telespectadores. Y, si lo piensas bien, por qué no; salvo que fijo que gana un Maragall, con el saber estar que tienen en esa familia, que míralos qué naturales y desprendidos.
Si yo fuera el papi o la mami de Leo convocaría a lo mejor del seso nacional para fabricar una reina; o para implorar un milagro. Si no, ya la veo yo ganándose la vida en Tele 5, la pobre.
Pero por mí que reine, en serio. Porque todo lo que se me ocurre como recambio me da más temor; o más risa. Y porque como no la tengamos a ella de reina, tardaremos mucho más en tener a una mujer de Jefa del Estado. ¿No ven lo que pasa en el gobierno, que la más inteligente está de segundona?

30 octubre, 2005

El cuadro de la semana



















Teodicea
Aníbal Huidobro

Llamadas interurbanas. A. Fierro

Menos mal que de vez en cuanto algún amigo con buenas letras echa una mano y permite que este blog tenga más cosas y se tomen un descanso mis monsergas. Es el spleen particular de Avelino Fierro.
LLAMADAS INTERURBANAS
A. Fierro.
- Hola, señor Secundino, ¿qué tal, qué haces?
- Hola Ceci, nada, aquí estamos, instalados en esta murria de día. Me acabo de levantar de la siesta... con las contradicciones.... oyendo un poco de música. He puesto un disco de Sabina. No sé porqué, no me gusta. Bueno, si alguna vez me han preguntado, es lo que he dicho y no sé muy bien por qué. Parece que es obligatorio lo contrario para los que hemos sido un poco de izquierdas. Pero me cae gordo y tampoco sé muy bien por qué.
- (“Calla niño, que no es pápa, que se han equivocao”)
Es Julito, que está como loco dando voces “pápa, pápa” porque han llamado al portero y ya le digo yo que pápa se fue a por tabaco y no va a volver. Oye, ¿y qué disco es?
“Carnavales en los arrabales de mi corazón”
- Ah, no sé cómo se titula. Está haciendo el chorras, vestido o desnudo de boxeador. El disco sí me cae simpático, es un ilegal. Lo cogió Martita aprovechando una levantada rápida de los manteros. Cogió ése y unos cuantos de Operación Triunfo, que es lo que había. Oye, ¿te cuento una muy buena que vi de manteros en el Húmedo?
- A ver.
- Hace un año y pico pegaron la voz de alarma y recogieron ipsoflauto. La verdad es que se dan mucha maña; eran de esos sudamericanos que son chiquititos y todos iguales. Me parece que algún pequeñajo que andaba por allí, sorbiéndose los mocos, fue también para la manta. Bueno, pues todos expectantes y, de repente, aparece por la esquina del Lateral un clarinetista de la banda municipal, gordo, gordo, secándose el sudor con el pañuelo, pero como era ya casi de noche y el uniforme es como de municipal...
- Ah, ah, es bueno. Pues yo he puesto hoy a Paco Ibáñez y me he empeñado en aprender las letras.

“vamos a soplar la raya del amanecer”

- Ostia, lo tuyo es más jodido. Si, además, no tienes edad para eso. Que lo hiciera yo, todavía...
- Ya , ya, es que llevo unos días que no me encuentro a mi pispa. A ver si eso arregla algo.
- No sé, no sé.
- Bueno, yo te llamaba para darte las gracias por las fotos, que son preciosas. Ya pensé hacerlo hace días.
- No te preocupes, ya me dio las gracias Julio hoy. Le mandé un correo y ya me lo dijo. Así que, a ver si hay más comunicación en esa pareja.
- Ya, ya, si es que comunico más con Gastón cuando doy el paseo de bajarlo a mear. Y Mar, ¿qué tal?.

“y desafiando el oleaje sin timón ni timonel
por mis sueños va ligero de equipaje
sobre un cascarón de nuez mi corazón de viaje”

- Nada, bien. Acaba de ir a tomar café a casa de una amiga que ha puesto casa. Luego he quedado con ella en el teatro, en el Auditorio, que no sé qué ponen que parece que está bien.
- Joder, cómo os cultiváis.
Calla, que estoy hasta el gorro. La semana pasada fuimos cuatro veces al flamenco, al ballet y otras historias.
- Pero si luego no hacéis más que quejaros los de provincias, que si no hay nunca nada. Por lo menos vais a lo que hay; aquí es que no vamos, con todo lo que hay.
- No, no, que yo estoy hasta el moño. Que ando haciéndome el muerto, despistando, a ver si no se fija en mí. El quinto día no fuimos al Emperador, pero porque no había entradas. Y, mira, podía haber estado bien, era esa de la cena, de Flotats y el de Sahagún, cómo se llama...
- Carmelo...
- Ese, Carmelo Gómez. Bueno, que me dice Julio que vais a venir para el puente, a ver si nos vemos. Dile que vi lo suyo en “eñe”.
- Ya, lo de Pantagruel en el Bierzo. Cada vez que lo leo, bueno, cada vez que me acuerdo, ya me viene el ardor al ombligo y me tengo que tomar unas almax, qué pasada de menú. Qué ardor.
- Ardor guerrero. Oye, que si vienes no dejes de ir a la exposición del Instituto de Cultura, que a los fotógrafos os interesa.
- ¿Qué ponen?
- Son fotos de Juan José Gómez Molina, uno que tiene unos libros cojonudos sobre dibujo en Alianza. No sé si están a punto de cerrar.
- Nada, nada, haz lo que sea pero que no la cierren, que tengo que ir a verla.
- Bueno, me encadenaré a la verja de la puerta de entrada. Me hago fuerte allí. Aunque no sé si acaba otra en el MUSAC, de Art Futura. Bueno, no te preocupes, allí mando a otro, a uno de esos que piden por turno en San Isidoro. Bueno, o sea que te gustaron las fotos. La de la furgoneta en lo alto del Mirandelo está bien. Tú tienes un gesto guapo. Parece de esas de road-film o road-runner o como se diga. Estamos todos bien, en la cima del mundo. Sin preocupaciones, sin dolores en la vejiga, sin toses por la noche, sin niños. Parecemos hasta jóvenes y felices, ¡cagon la hostia!
- Téngase, señor Secundino, no se me emocione. Eso de la vejiga ya no se oye, se la deben haber quitado a las nuevas generaciones. Estoy acabando los diarios de Ruano y habla mucho de ella, de la suya. Me están gustando las historias del señorito, hasta estoy dando algunos paseos buscando sitios de los de aquel Madrid de los cincuenta. Qué encanto y qué cutrez. Me está prestando. Ridruejo decía de él que era un bohemio que había vivido toda la vida de su trabajo.
- Yo lo tengo subrayado. Te voy a estropear el final: “El terror es blanco. La soledad es blanca.”

“lágrimas de plástico azul
rodando por la escalera”

- Oye, ¿sabes que no pasé a la final del Fotofest?
- Ya, ya ... ya lo vi en Internet. La verdad es que estaba jodido, había gente muy buena. Las tuyas están muy bien. Me sorprendieron mucho, no sabía yo de esa afición tan en serio. Qué callao te lo tenías. Aunque con esa Leika... Bueno, igual es más llevadero que lo del andamio, que ibas a acabar con tortícolis crónica como Buonarotti.
- Ya, es que estoy hasta la cígara de concursos apañaos, de soportar a curas que te dan dos duros y se creen que te hacen un favor, de estar mucho fuera de casa. Me lo tomaba muy a pecho. La última vez que tuve mucho tiempo una talla de un Cristo que estaba hecho un cirineo acabé hablando con él y se me aparecía por las noches, se desclavaba y se me caía encima de la cama, estaba to ensangrentao. Una ossessione.
- No sé, tú verás. Si eres una virguera, si me contó Julio que cuando fuiste a Alemania te pagaron bien, te lo pasaste bien y trabajabas la mitad que los otros, que te parabas a esperarlos haciéndoles el molinillo con los pulgares y silbando, pa joder. Me decía que los restauradores españoles estáis acostumbrados a ir mucho más rápido con tanto metro y metro de retablo tocho.
- Sí, algo de eso hay. No sé, igual estoy cansada, me estaré haciendo mayor.
- Vete a cagar.

“el gallo a sueldo de la madrugada”

- Oye, ¿y qué correo decías?
- Uno sobre los políticos que mandé a “El País”. Dile que te lo pase, no te lo mandé a ti porque no tenía tu correo en la ofi. Nada, lo de siempre, que quieren cobrar el paro y no van ni por la oficina de empleo. En el debate de los presupuestos había cuatro contados y eso porque habrían quedado luego en el bar de las Cortes con las churris.
- Son la ostia los “pofesionales”. El otro día, en los muñegotes, hablaban de la pandemia del estatut.
- Joder..., bueno, anda, que te vas a arruinar. No dejéis de llamar. A ver si nos vemos, que estamos muy encerrados últimamente.
- ¡Pero si no paráis en casa!
- No, te digo del Montecarlo, o así, de enredarnos hasta tarde, que después de las culturetas tomamos un par de vinos y nos vamos a casa, que al día siguiente hay que dar el pego en la ofi.
- Bien, bien, oído plancha. Besos.
- Bersos, bersos.

“las niñas ya no quieren ser princesas
las estrellas se olvidan de salir
la muerte pasa en ambulancias blancas
pongamos que hablo de Madrid”

28 octubre, 2005

Mi madre, la vida y un cuento.

Hoy ando un poco sensible. Contento sí, pero sin ganas de pelea. Son días, luego se pasa. Será porque ayer volví a Castiello de Bernueces, al lado de Gijón, a visitar a mi madre. Lo hago todas las semanas, salvo que me encuentre muy lejos. Vive en una residencia de ancianos, rodeada de verde, con una gran finca llena de frutales. Ahora es tiempo recoger la manzana, y hay mucha allí, para “pisarla” y hacer sidra. Mis padres son campesinos –ya lo he dicho muchas veces, me repito- y en casa hacíamos sidra en un pequeño “llagar” artesanal. Cuando era muy chico me fascinaba todo ese proceso, y el sabor de la sidra dulce recién salida de la espita y recogida en un barreño. Me vigilaban para que no me diera el gran atracón, pues en sus primeros días es un poderoso purgante.
Lleva ya tres años mi madre viviendo en ese lugar. Tiene ochenta y ocho. Cuando miro atrás y recuerdo cómo era, la veo siempre trabajando. Se tenían bien repartidas las labores mi padre y ella. Lo de mi padre eran las vacas. Compartía con los mejores de su gremio esa capacidad, que a mí siempre me pareció prodigiosa, para radiografiar a veinte metros una vaca y saber cuántos años tendría, cuánta leche daría, qué tipo de crías podría parir y tantas cosas más que de “guaje” me llevaban a considerarlo poco menos que un mago. Pero lo de mi madre era el trabajo de azada. Y las flores. Justo en estas fechas en que estamos cortaba cada año los crisantemos y se pasaba la noche tejiendo coronas. Luego bajaba, en tren, a venderlas a Gijón en el mercado. Con los dinerillos que sacaba se iba a la tienda y compraba viandas y cosas para la semana. Yo esperaba ansioso siempre que comprase alguna lata de atún o de mejillones. De niño me juraba que si alguna vez conseguía tener dinero cenaría cada noche una lata de atún en aceite o una de mejillones en escabeche. Lo hago a menudo, es bueno cumplir lo que en la infancia se soñó, en lo que se pueda.
Luego mi madre tomaba el tren de vuelta, otra vez cargadas de bolsas las dos manos y un bolso más sobre su cabeza, como sabían hacer, en magistral equilibrio, todas aquellas aldeanas. Se bajaba en el apeadero, que estaba a unos cuatro kilómetros de nuestra casa monte abajo, y yo la esperaba a lomos de la Cuca, que era la burra de casa. Metíamos en las alforjas sus bolsos y echábamos a subir por el monte los cuatro, pues también estaba nuestro perro, que no se perdía evento.
Otro día me concedo licencia para rememorar más cosas de estas. Cómo no va a ser uno antinacionalista, maldita sea, si mi bable lo mamé allí y así, y no como esos burguesillos que lo estudian en cursillos de verano y luego se sienten descendientes directos de algún druida, no me jodas. Murió ese mundo que yo viví, pues ya no existen las cosas que nombraban aquellas palabras. Ayer me dijo mi madre, viendo cómo las trabajadoras que atienden la residencia se daban buen afán en ir de un lado al otro: “mírales como dan el dengue, pero la mitá de les veces no faen más que correr al devalu”. Cuando falten mis padres ya no me quedará casi nadie con quien poder hablar así. Con los burguesitos del cursillín no es lo mismo, a ver cómo dices en aquella lengua nuestra que está un poco soso el sushi o que has pasado un finde chachi de turismo rural. Por favor.
Se me ha ido la olla. Y casi acabo como siempre, pese a comenzar todo sensible y manso. Yo quería sólo contar que ayer estuve con mi madre y que cuando mi madre tuvo que empezar a vivir en la residencia, porque necesita cuidados grandes, temí que cada visita me causara depresión o desgarro. Y no, al contrario. Son mis momentos de mayor relajación, de bienestar, de plenitud casi. Por un lado, por el ambiente, mucho más recomendable, ni te cuento, que el de la Junta de Facultad o el de las aulas. Cada viejecillo es una historia para escuchar y una ternura para compartir. Y mi madre, por otro lado, que nunca recuerda quién la visitó ayer o qué comió hace dos horas, pero que tiene memoria exacta de cada detalle de lo que aconteció en su vida hace cincuenta o sesenta años, cuando la guerra, o cuando conoció a mi padre, o cuando salía de noche con algún hermano a asaltar alguna huerta para poder comer algo, porque eran catorce y no había dinero.
A lo que iba. Ya puestos en este tono tan confianzudo e íntimo, confesaré algo más. Después de las primeras visitas sentí ganas de escribir alguna cosa que expresara mi estado de ánimo y las sensaciones que me producían todos aquellos seres. Y mira lo que son las cosas, me salió algo parecido a un cuento infantil. No hay personaje en él que no sea real. Más bien me quedo corto.
Es éste. Se titula Viejos bichos. Quizá deberíamos casi todos hablar casi siempre de estas cosas y no de lo que solemos. Quizá.

Viejos bichos.
En la Residencia Bye-Bye viven viejos animales. Algunos están allí porque los llevó su familia, que ya no tenía cómo atenderlos; otros porque no tienen familia y necesitan cuidados; y hay otros que sí la tienen, pero no tienen humor para soportar a sus nietos, tan ruidosos y llenos de caprichos.
En la Residencia todos los viejos animales son amigos, pero se llevan fatal. Veamos. Hay un gallo mudo que todo el rato hace gestos amenazadores a la oveja calva. El gallo se llama Herminio y antes de quedar mudo por culpa de un catarro, fue el rey de varios gallineros de postín. La oveja se llama Obdulia, y en su barrio la llamaban Duly. Últimamente sus amigos la llaman Dolly, para tomarle el pelo. El pelo se lo tomarán, pero la lana no, pues Dolly, digo Duly, se quedó calva una tarde en que se durmió al sol en un prado, mientras rumiaba.
Duly no le hace caso al gallo mudo, Herminio, porque ella se pasa todo el rato hablando con Gertrud, que es una gata sorda; sorda, sorda, como una tapia. Lo que pasa es que Gertrud tiene un tic que la hace mover todo el rato la cabeza arriba y abajo, como si asintiera, y a Duly le gusta mucho que le den la razón cuando habla.
Lo único que hace que Gertrud, la gata sorda, deje de mover la cabeza, es el paso de Fasty a toda velocidad en su silla de ruedas. Fasty es una liebre que en realidad se llama Faustina. Va en silla de ruedas porque se quedó inválida por culpa de las heladas que soportó tantos años en el monte. Pero sigue amando la velocidad, como cuando era el animal más rápido de su región. Ahora, en la Residencia, cuando pasa a toda marcha con su silla de ruedas, todos se apartan y le dicen:
- Dónde vaaaaaas... que te vas a empotrar contra una puerta.
El único que le ríe las gracias es Pigeón, un jabalí que tiene más de cien años y se pasa muchas horas tumbado ante el televisor. Sólo deja de mirar la tele cuando circula por allí Fasty con su silla. Nadie entiende por qué a Pigeón le da tanta risa con las carreras de la silla de Fasty. Y, para colmo, cada vez que Pigeón suelta sus risotadas se le desprende la dentadura postiza y hay que andar buscándola por el suelo.
El campeón para encontrar cosas es el Paquirri, un viejo toro que está de lo más flaco. En sus tiempos pesó quinientos kilos. Ahora no pesará ni cuarenta. Todos lo llaman el Paquirri porque en su juventud fue un imponente toro de lidia. Estaba destinado para el día grande de la Plaza de las Ventas, pero se fugó y vivió en la clandestinidad hasta que ya no había peligro de que quisieran torearlo, de tan viejo y tan flaco que se había hecho. Ahora era el mejor amigo del jabalí Pigeón. No sólo le encontraba siempre su dentadura postiza. Además echan la partida todas las tardes y dicen piropos a las compañeras de la Residencia.
La que más agradece sus piropos es Marcelina, una gallina gordota que a veces se pone triste porque sus hijos nunca la visitan. Con lo que ella había trabajado para labrarles un futuro...
La vida en la Residencia Bye-Bye transcurría plácidamente, esa es la verdad. Y en el fondo todos eran amigos y se querían, aunque pasasen tanto rato discutiendo y chinchándose .
Toda esa paz se alteró un día de julio. Acababan de comer y casi todos dormitaban con la barriga llena. De pronto oyeron un sonoro golpe en la puerta.
Herminio señaló con su ala, pero no se movió. No dijo nada, por supuesto, pues ya sabemos que es mudo. Pigeón se asustó con el ruido y del sobresalto se le cayó la dentadura, una vez más. Inmediatamente el toro Paquirri se agachó a buscársela y comenzó a recorrer todo el suelo a gatas. Y, a propósito de gatas, Gertrud siguió asintiendo, mientras Duly decía a voz en grito.
- Alguien debería abrir la puerta y ver quién llama.
Apenas había acabado la frase cuando una corriente de aire los despeinó a todos, bueno, a todos menos a Duly, que es calva, como ya se ha dicho. La corriente de aire la provocó la liebre Fasty al pasar a toda velocidad en su silla de ruedas. Ella fue la que abrió la puerta. Miró a un lado y no vio nada. Miró al otro, y tampoco. Ya iba a cerrar de nuevo cuando de la esquina salió una pata que sujetó la puerta. Fasty miró la pata y vio que era la pata de un pájaro. Es más, como experta campesina que era, reconoció que se trataba de la pata de un cuervo. Y dijo:
- Vaya, ya están aquí los de la funeraria. Pues no se ha muerto nadie, así que aire.
Pero ante ella se irguió un cuervo, que dijo:
- Aparta, vieja chocha, que me persiguen.
- Oiga, oiga, un respeto. Y no me levante la voz, que seré vieja, pero ni estoy chocha ni se me trata como un estorbo, porque mire, joven, aquí donde me ve....
Y Fasty siguió hablando un buen rato en la puerta, pero ya ni el cuervo estaba delante ni la escuchaba nadie. Porque el cuervo había saltado por encima de ella y se había colocado en medio del salón.
- Necesito esconderme rápidamente- dijo.
Todos se quedaron quietos, sin decir ni pío. El cuervo vio que la gata Gertrud movía la cabeza y fue hacia ella.
- Amiga, escucha, acabo de fugarme del zoo y me persiguen los guardianes y hasta la policía municipal. Necesito un escondite seguro para pasar esta noche, y mañana me piro. No temas, soy pacífico y sólo quiero evitar que me atrapen. No soporto más tiempo aquella jaula ni a todos aquellos niños empeñados en arrojarme caramelos y más caramelos. ¡¡¡¡Odio los caramelos!!!, ¡¡¡detesto los caramelos!!! ¡¡¡Los cuervos no comemos caramelos!!!!.
Al decir eso último se excitó y gritó mucho. Gertrud seguía asintiendo.
- ¿Tú me entiendes?- le preguntó el cuervo.
Gertrud no dejaba de asentir.
A la espalda del cuervo una voz ronca dijo:
- Está sorda del todo, da igual que le grite o que no.
Era Pigeón. Paquirri ya había recuperado su dentadura. Mientras el cuervo se explicaba a Gertrud, todos se habían acercado y ahora lo rodeaban. El cuervo se fijó en todos ellos. Exclamó:
- ¿Pero qué manicomio es este?
Todos le miraron con enfado. Marcelina, la gallina, le dijo, muy digna:
- Oiga, jovenzuelo, esto no es un manicomio, es una residencia de bichos muy respetables y honrados que lo han dado todo por la sociedad y disfrutan aquí de un merecido descanso. Habrase visto. Me recuerda usted a mis nietos con esos ademanes tan chulines.
El cuervo comenzaba a mostrarse desconcertado. Miró al gallo y le dijo:
- A ver, pariente, explícame tú qué pasa aquí.
El gallo, Herminio, se encogió de hombros de ese modo tan raro que tienen los gallos para encogerse de hombros, con las alas ligeramente abiertas.
Volvió a sonar la ronca voz del jabalí, Pigeón:
- Usted no da una, amigo, ése no le puede contestar porque es mudo.
El cuervo ya no sabía adónde mirar y comenzaron a resbalarle unas gotas de sudor por el pico. Sonó la dulce voz de Duly:
- ¿Quiere un caramelo, hijo?
- ¡Ajjjjj! ¡No! Ya les he dicho que odio los caramelos. Lo que yo necesito es un escondite para esta noche. Pero ya veo que aquí lo tengo difícil, no sé cómo van a ayudarme todos estos viejos.
- Oiga, oiga, jovenzuelo, cuidadito con lo que dice. Somos mayores pero no estamos acabados. -Era Paquirri el que hablaba- ¿Y usted cómo se llama? No se ha presentado.
- Me llamo Flánagan, pero los amigos me llaman Flan.
Al oírlo, Marcelina, la gallina, se puso a hablar todo seguido:
- Ay, Flan, como mi hijo mediano. De pequeño era así moreno, como usted, pero luego... Y bla, bla, bla, siguió hablando y hablando de sus hijos y de no sé cuántas cosas más.
Al mismo tiempo había comenzado a meter baza también Fasty, la liebre:
- Pues cuando yo era joven tuve un conejo pretendiente que era también muy descarado y un día... Y bla, bla, bla, siguió hablando y hablando.
Pasaban los minutos y el cuervo Flan se sentó en el suelo, medio desesperado. El gallo Herminio se había dormido sobre una pata (queremos decir sobre una de sus dos patas, no sobre una hembra de pato) y Gertrud asentía. Pigeón y Paquirri sacaron la baraja y se pusieron a jugar una mano a la brisca.
Repentinamente sonaron unos golpes en la puerta y una voz tronante dijo:
- ¡Abran! Somos del zoológico.
Flan dio un gran brinco y murmuró:
- Ay, mi madre, estoy perdido, vienen a por mí.
- Tranquilo, hijito, veamos qué se puede hacer.- Fue Marcelina la que dijo esto.
- Disfracémoslo de viejo - dijo la gata Gertrud.
Flan, el cuervo, la miró muy sorprendido y preguntó:
- ¿Pero esta no era sorda?
- Sorda sí, pero no muda. El mudo es Herminio. Fue Pigeón el que le contestó. Y añadió, como para sus adentros:
- El cuervo este no se entera de nada.
Flan prefirió no hacer más preguntas. Estaba verdaderamente asustado.
Paquirri, que había salido del salón, reapareció con una peluca blanca y se la tendió al cuervo.
- Póngase esto, Iván. No lo va a reconocer ni su tía.
- Me llamo Flan.
- Sí, ya sé que se llama Flan, pero ahora, cuando esté disfrazado, lo llamaremos Iván.
Flan se puso la peluca para disfrazarse de Iván. Parecía mucho mayor con aquella melena blanca. Preguntó:
- ¿Se me reconoce?
- Ay, me recuerda tanto a mi hijo mayor cuando se disfrazó en aquellos carnavales. En realidad estaban todos guapísimos y fuimos...
- Calle, Marcelina, luego nos lo cuenta. Yo creo que aún hay que disfrazarlo más. Pintémosle unos lunares en el pico.- Eso dijo Pigeón, que sacó un lápiz y le llenó el pico de rayas negras.
- ¿Creéis que está bien así? -preguntó Pigeón.
- Ummm, no sé, no sé- Contestó Duly- ¿Qué más podríamos hacer para ponerlo irreconocible del todo?
Se acercó Herminio con un puñado de caramelos y se los tendió a Flan. Todos rieron disimuladamente. Y varios dijeron al tiempo:
- Eso, eso, que se ponga a comer caramelos, que seguro que así no se imaginan los del zoo que puede ser él.
Flan los miró con cara de pocos amigos, pero reconoció que la idea era buena. Desenvolvió tres caramelos y se los metió en el pico. Tuvo un ataque de tos y los ojos se le salían de las órbitas, pero aguantó.
- Ya podemos abrir, dijo Duly.
Y apenas lo había dicho, cuando ya Fasty estaba en la puerta y la abría de par en par.
Dos señores altos, flacos y con finos bigotes se quedaron allí mirando hacia adentro.
- Buscamos a un cuervo presumido que se ha fugado del zoo, ¿podemos pasar?
Nadie dijo nada, pero vieron a Gertrud mover la cabeza y se sintieron invitados a entrar.
Volvieron a hablar:
- ¿No habrán visto por aquí a un cuervo engreído y maleducado que se fugó del zoo esta mañana?
- ¿Qué pinta tiene?- Fue Paquirri el que hizo la pregunta.
- Pues es feúcho y desgarbado, aunque él se considera muy guapo. En realidad, no sé ni para qué lo buscamos, pues no vale ni para comer caramelos.
Flan se atragantaba con los caramelos, pero se metió otro más en el pico.
Esta vez habló Marcelina:
- Pues no, por aquí no ha estado. Pero eso que cuentan me recuerda mucho cuando una vez, en mi juventud, una vaca se perdió y....
- Bueno, bueno, no se preocupen, tenemos prisa. Hemos de seguir buscando
- Antes de irse ¿no les apetece un poco de flan?
Fue Gertrud la que habló. Todos la miraron muy sorprendidos y luego tuvieron un ataque de risa. A Pigeón se le cayó la dentadura y Paquirri se agachó a cogerla, sin dejar de troncharse. Flan tuvo un nuevo y más fuerte acceso de tos.

Los tres hombres se miraron y uno dijo:
- Vámonos, aquí no está y estos están bastante turulatos.- Y se marcharon.
Flan suspiró muy aliviado. Los demás aún se partían de risa, menos Gertrud, que los miraba y asentía muy seria. Cuando se calmaron, Flan dijo:
- Muchas gracias, amigos, son ustedes geniales.
Herminio, el gallo, volvió a encogerse de hombros y sonrió. Todos se mostraban muy complacidos y fue Pigeón el que lo interrogó así:
- ¿Qué piensas hacer ahora, muchacho?
- No sé, la verdad es que no conozco a nadie aquí, no sé adónde ir.- Así contestó Flan.
Continuó Pigeón:
- Aquí no nos vendría mal una ayudita. Somos listos pero de fuerzas andamos un poco justitos, ¿sabes? A mí, por ejemplo, me hace mucha falta alguien que me apriete esta dichosa dentadura. Y Fasty necesita ajustar el freno de su silla de ruedas, que un día se va a estrellar por ahí. En fin, y a Marcelina no le vendría mal un poco de conversación.
Flan, entretanto, se había quitado el disfraz. Luego se quedó pensativo. Por fin, contestó:
- Bueno, pues encantado. Dónde iba a estar mejor que con unos viejecillos tan simpáticos. Trato hecho. Lo único que les pido es que no vuelvan a gastarme más bromas con los caramelos.
Ahora fue Marcelina la que tomó la palabra:
- Venga, hijo, venga, que le voy a contar unas cosillas. Me recuerda mucho usted a un nieto que yo tengo y que también odia los caramelos. Una vez... Y siguió y siguió hablando. Hasta que Flan, que estaba agotado después de todo el día de huida, se quedó dormido a su lado.
Todos sonrieron y siguieron a sus cosas. Pigeón y Paquirri comenzaron una nueva partida. Herminio dormitaba, esta vez apoyado en la otra pata. Duly se probaba la peluca blanca que Flan había dejado. Fasty daba vueltas a su alrededor con su silla y Gertrud asentía.

Flan acabó haciéndose viejo en la Residencia Bye-Bye. Pero, para entonces, todos los demás ya no estaban...