28 octubre, 2005

Mi madre, la vida y un cuento.

Hoy ando un poco sensible. Contento sí, pero sin ganas de pelea. Son días, luego se pasa. Será porque ayer volví a Castiello de Bernueces, al lado de Gijón, a visitar a mi madre. Lo hago todas las semanas, salvo que me encuentre muy lejos. Vive en una residencia de ancianos, rodeada de verde, con una gran finca llena de frutales. Ahora es tiempo recoger la manzana, y hay mucha allí, para “pisarla” y hacer sidra. Mis padres son campesinos –ya lo he dicho muchas veces, me repito- y en casa hacíamos sidra en un pequeño “llagar” artesanal. Cuando era muy chico me fascinaba todo ese proceso, y el sabor de la sidra dulce recién salida de la espita y recogida en un barreño. Me vigilaban para que no me diera el gran atracón, pues en sus primeros días es un poderoso purgante.
Lleva ya tres años mi madre viviendo en ese lugar. Tiene ochenta y ocho. Cuando miro atrás y recuerdo cómo era, la veo siempre trabajando. Se tenían bien repartidas las labores mi padre y ella. Lo de mi padre eran las vacas. Compartía con los mejores de su gremio esa capacidad, que a mí siempre me pareció prodigiosa, para radiografiar a veinte metros una vaca y saber cuántos años tendría, cuánta leche daría, qué tipo de crías podría parir y tantas cosas más que de “guaje” me llevaban a considerarlo poco menos que un mago. Pero lo de mi madre era el trabajo de azada. Y las flores. Justo en estas fechas en que estamos cortaba cada año los crisantemos y se pasaba la noche tejiendo coronas. Luego bajaba, en tren, a venderlas a Gijón en el mercado. Con los dinerillos que sacaba se iba a la tienda y compraba viandas y cosas para la semana. Yo esperaba ansioso siempre que comprase alguna lata de atún o de mejillones. De niño me juraba que si alguna vez conseguía tener dinero cenaría cada noche una lata de atún en aceite o una de mejillones en escabeche. Lo hago a menudo, es bueno cumplir lo que en la infancia se soñó, en lo que se pueda.
Luego mi madre tomaba el tren de vuelta, otra vez cargadas de bolsas las dos manos y un bolso más sobre su cabeza, como sabían hacer, en magistral equilibrio, todas aquellas aldeanas. Se bajaba en el apeadero, que estaba a unos cuatro kilómetros de nuestra casa monte abajo, y yo la esperaba a lomos de la Cuca, que era la burra de casa. Metíamos en las alforjas sus bolsos y echábamos a subir por el monte los cuatro, pues también estaba nuestro perro, que no se perdía evento.
Otro día me concedo licencia para rememorar más cosas de estas. Cómo no va a ser uno antinacionalista, maldita sea, si mi bable lo mamé allí y así, y no como esos burguesillos que lo estudian en cursillos de verano y luego se sienten descendientes directos de algún druida, no me jodas. Murió ese mundo que yo viví, pues ya no existen las cosas que nombraban aquellas palabras. Ayer me dijo mi madre, viendo cómo las trabajadoras que atienden la residencia se daban buen afán en ir de un lado al otro: “mírales como dan el dengue, pero la mitá de les veces no faen más que correr al devalu”. Cuando falten mis padres ya no me quedará casi nadie con quien poder hablar así. Con los burguesitos del cursillín no es lo mismo, a ver cómo dices en aquella lengua nuestra que está un poco soso el sushi o que has pasado un finde chachi de turismo rural. Por favor.
Se me ha ido la olla. Y casi acabo como siempre, pese a comenzar todo sensible y manso. Yo quería sólo contar que ayer estuve con mi madre y que cuando mi madre tuvo que empezar a vivir en la residencia, porque necesita cuidados grandes, temí que cada visita me causara depresión o desgarro. Y no, al contrario. Son mis momentos de mayor relajación, de bienestar, de plenitud casi. Por un lado, por el ambiente, mucho más recomendable, ni te cuento, que el de la Junta de Facultad o el de las aulas. Cada viejecillo es una historia para escuchar y una ternura para compartir. Y mi madre, por otro lado, que nunca recuerda quién la visitó ayer o qué comió hace dos horas, pero que tiene memoria exacta de cada detalle de lo que aconteció en su vida hace cincuenta o sesenta años, cuando la guerra, o cuando conoció a mi padre, o cuando salía de noche con algún hermano a asaltar alguna huerta para poder comer algo, porque eran catorce y no había dinero.
A lo que iba. Ya puestos en este tono tan confianzudo e íntimo, confesaré algo más. Después de las primeras visitas sentí ganas de escribir alguna cosa que expresara mi estado de ánimo y las sensaciones que me producían todos aquellos seres. Y mira lo que son las cosas, me salió algo parecido a un cuento infantil. No hay personaje en él que no sea real. Más bien me quedo corto.
Es éste. Se titula Viejos bichos. Quizá deberíamos casi todos hablar casi siempre de estas cosas y no de lo que solemos. Quizá.

Viejos bichos.
En la Residencia Bye-Bye viven viejos animales. Algunos están allí porque los llevó su familia, que ya no tenía cómo atenderlos; otros porque no tienen familia y necesitan cuidados; y hay otros que sí la tienen, pero no tienen humor para soportar a sus nietos, tan ruidosos y llenos de caprichos.
En la Residencia todos los viejos animales son amigos, pero se llevan fatal. Veamos. Hay un gallo mudo que todo el rato hace gestos amenazadores a la oveja calva. El gallo se llama Herminio y antes de quedar mudo por culpa de un catarro, fue el rey de varios gallineros de postín. La oveja se llama Obdulia, y en su barrio la llamaban Duly. Últimamente sus amigos la llaman Dolly, para tomarle el pelo. El pelo se lo tomarán, pero la lana no, pues Dolly, digo Duly, se quedó calva una tarde en que se durmió al sol en un prado, mientras rumiaba.
Duly no le hace caso al gallo mudo, Herminio, porque ella se pasa todo el rato hablando con Gertrud, que es una gata sorda; sorda, sorda, como una tapia. Lo que pasa es que Gertrud tiene un tic que la hace mover todo el rato la cabeza arriba y abajo, como si asintiera, y a Duly le gusta mucho que le den la razón cuando habla.
Lo único que hace que Gertrud, la gata sorda, deje de mover la cabeza, es el paso de Fasty a toda velocidad en su silla de ruedas. Fasty es una liebre que en realidad se llama Faustina. Va en silla de ruedas porque se quedó inválida por culpa de las heladas que soportó tantos años en el monte. Pero sigue amando la velocidad, como cuando era el animal más rápido de su región. Ahora, en la Residencia, cuando pasa a toda marcha con su silla de ruedas, todos se apartan y le dicen:
- Dónde vaaaaaas... que te vas a empotrar contra una puerta.
El único que le ríe las gracias es Pigeón, un jabalí que tiene más de cien años y se pasa muchas horas tumbado ante el televisor. Sólo deja de mirar la tele cuando circula por allí Fasty con su silla. Nadie entiende por qué a Pigeón le da tanta risa con las carreras de la silla de Fasty. Y, para colmo, cada vez que Pigeón suelta sus risotadas se le desprende la dentadura postiza y hay que andar buscándola por el suelo.
El campeón para encontrar cosas es el Paquirri, un viejo toro que está de lo más flaco. En sus tiempos pesó quinientos kilos. Ahora no pesará ni cuarenta. Todos lo llaman el Paquirri porque en su juventud fue un imponente toro de lidia. Estaba destinado para el día grande de la Plaza de las Ventas, pero se fugó y vivió en la clandestinidad hasta que ya no había peligro de que quisieran torearlo, de tan viejo y tan flaco que se había hecho. Ahora era el mejor amigo del jabalí Pigeón. No sólo le encontraba siempre su dentadura postiza. Además echan la partida todas las tardes y dicen piropos a las compañeras de la Residencia.
La que más agradece sus piropos es Marcelina, una gallina gordota que a veces se pone triste porque sus hijos nunca la visitan. Con lo que ella había trabajado para labrarles un futuro...
La vida en la Residencia Bye-Bye transcurría plácidamente, esa es la verdad. Y en el fondo todos eran amigos y se querían, aunque pasasen tanto rato discutiendo y chinchándose .
Toda esa paz se alteró un día de julio. Acababan de comer y casi todos dormitaban con la barriga llena. De pronto oyeron un sonoro golpe en la puerta.
Herminio señaló con su ala, pero no se movió. No dijo nada, por supuesto, pues ya sabemos que es mudo. Pigeón se asustó con el ruido y del sobresalto se le cayó la dentadura, una vez más. Inmediatamente el toro Paquirri se agachó a buscársela y comenzó a recorrer todo el suelo a gatas. Y, a propósito de gatas, Gertrud siguió asintiendo, mientras Duly decía a voz en grito.
- Alguien debería abrir la puerta y ver quién llama.
Apenas había acabado la frase cuando una corriente de aire los despeinó a todos, bueno, a todos menos a Duly, que es calva, como ya se ha dicho. La corriente de aire la provocó la liebre Fasty al pasar a toda velocidad en su silla de ruedas. Ella fue la que abrió la puerta. Miró a un lado y no vio nada. Miró al otro, y tampoco. Ya iba a cerrar de nuevo cuando de la esquina salió una pata que sujetó la puerta. Fasty miró la pata y vio que era la pata de un pájaro. Es más, como experta campesina que era, reconoció que se trataba de la pata de un cuervo. Y dijo:
- Vaya, ya están aquí los de la funeraria. Pues no se ha muerto nadie, así que aire.
Pero ante ella se irguió un cuervo, que dijo:
- Aparta, vieja chocha, que me persiguen.
- Oiga, oiga, un respeto. Y no me levante la voz, que seré vieja, pero ni estoy chocha ni se me trata como un estorbo, porque mire, joven, aquí donde me ve....
Y Fasty siguió hablando un buen rato en la puerta, pero ya ni el cuervo estaba delante ni la escuchaba nadie. Porque el cuervo había saltado por encima de ella y se había colocado en medio del salón.
- Necesito esconderme rápidamente- dijo.
Todos se quedaron quietos, sin decir ni pío. El cuervo vio que la gata Gertrud movía la cabeza y fue hacia ella.
- Amiga, escucha, acabo de fugarme del zoo y me persiguen los guardianes y hasta la policía municipal. Necesito un escondite seguro para pasar esta noche, y mañana me piro. No temas, soy pacífico y sólo quiero evitar que me atrapen. No soporto más tiempo aquella jaula ni a todos aquellos niños empeñados en arrojarme caramelos y más caramelos. ¡¡¡¡Odio los caramelos!!!, ¡¡¡detesto los caramelos!!! ¡¡¡Los cuervos no comemos caramelos!!!!.
Al decir eso último se excitó y gritó mucho. Gertrud seguía asintiendo.
- ¿Tú me entiendes?- le preguntó el cuervo.
Gertrud no dejaba de asentir.
A la espalda del cuervo una voz ronca dijo:
- Está sorda del todo, da igual que le grite o que no.
Era Pigeón. Paquirri ya había recuperado su dentadura. Mientras el cuervo se explicaba a Gertrud, todos se habían acercado y ahora lo rodeaban. El cuervo se fijó en todos ellos. Exclamó:
- ¿Pero qué manicomio es este?
Todos le miraron con enfado. Marcelina, la gallina, le dijo, muy digna:
- Oiga, jovenzuelo, esto no es un manicomio, es una residencia de bichos muy respetables y honrados que lo han dado todo por la sociedad y disfrutan aquí de un merecido descanso. Habrase visto. Me recuerda usted a mis nietos con esos ademanes tan chulines.
El cuervo comenzaba a mostrarse desconcertado. Miró al gallo y le dijo:
- A ver, pariente, explícame tú qué pasa aquí.
El gallo, Herminio, se encogió de hombros de ese modo tan raro que tienen los gallos para encogerse de hombros, con las alas ligeramente abiertas.
Volvió a sonar la ronca voz del jabalí, Pigeón:
- Usted no da una, amigo, ése no le puede contestar porque es mudo.
El cuervo ya no sabía adónde mirar y comenzaron a resbalarle unas gotas de sudor por el pico. Sonó la dulce voz de Duly:
- ¿Quiere un caramelo, hijo?
- ¡Ajjjjj! ¡No! Ya les he dicho que odio los caramelos. Lo que yo necesito es un escondite para esta noche. Pero ya veo que aquí lo tengo difícil, no sé cómo van a ayudarme todos estos viejos.
- Oiga, oiga, jovenzuelo, cuidadito con lo que dice. Somos mayores pero no estamos acabados. -Era Paquirri el que hablaba- ¿Y usted cómo se llama? No se ha presentado.
- Me llamo Flánagan, pero los amigos me llaman Flan.
Al oírlo, Marcelina, la gallina, se puso a hablar todo seguido:
- Ay, Flan, como mi hijo mediano. De pequeño era así moreno, como usted, pero luego... Y bla, bla, bla, siguió hablando y hablando de sus hijos y de no sé cuántas cosas más.
Al mismo tiempo había comenzado a meter baza también Fasty, la liebre:
- Pues cuando yo era joven tuve un conejo pretendiente que era también muy descarado y un día... Y bla, bla, bla, siguió hablando y hablando.
Pasaban los minutos y el cuervo Flan se sentó en el suelo, medio desesperado. El gallo Herminio se había dormido sobre una pata (queremos decir sobre una de sus dos patas, no sobre una hembra de pato) y Gertrud asentía. Pigeón y Paquirri sacaron la baraja y se pusieron a jugar una mano a la brisca.
Repentinamente sonaron unos golpes en la puerta y una voz tronante dijo:
- ¡Abran! Somos del zoológico.
Flan dio un gran brinco y murmuró:
- Ay, mi madre, estoy perdido, vienen a por mí.
- Tranquilo, hijito, veamos qué se puede hacer.- Fue Marcelina la que dijo esto.
- Disfracémoslo de viejo - dijo la gata Gertrud.
Flan, el cuervo, la miró muy sorprendido y preguntó:
- ¿Pero esta no era sorda?
- Sorda sí, pero no muda. El mudo es Herminio. Fue Pigeón el que le contestó. Y añadió, como para sus adentros:
- El cuervo este no se entera de nada.
Flan prefirió no hacer más preguntas. Estaba verdaderamente asustado.
Paquirri, que había salido del salón, reapareció con una peluca blanca y se la tendió al cuervo.
- Póngase esto, Iván. No lo va a reconocer ni su tía.
- Me llamo Flan.
- Sí, ya sé que se llama Flan, pero ahora, cuando esté disfrazado, lo llamaremos Iván.
Flan se puso la peluca para disfrazarse de Iván. Parecía mucho mayor con aquella melena blanca. Preguntó:
- ¿Se me reconoce?
- Ay, me recuerda tanto a mi hijo mayor cuando se disfrazó en aquellos carnavales. En realidad estaban todos guapísimos y fuimos...
- Calle, Marcelina, luego nos lo cuenta. Yo creo que aún hay que disfrazarlo más. Pintémosle unos lunares en el pico.- Eso dijo Pigeón, que sacó un lápiz y le llenó el pico de rayas negras.
- ¿Creéis que está bien así? -preguntó Pigeón.
- Ummm, no sé, no sé- Contestó Duly- ¿Qué más podríamos hacer para ponerlo irreconocible del todo?
Se acercó Herminio con un puñado de caramelos y se los tendió a Flan. Todos rieron disimuladamente. Y varios dijeron al tiempo:
- Eso, eso, que se ponga a comer caramelos, que seguro que así no se imaginan los del zoo que puede ser él.
Flan los miró con cara de pocos amigos, pero reconoció que la idea era buena. Desenvolvió tres caramelos y se los metió en el pico. Tuvo un ataque de tos y los ojos se le salían de las órbitas, pero aguantó.
- Ya podemos abrir, dijo Duly.
Y apenas lo había dicho, cuando ya Fasty estaba en la puerta y la abría de par en par.
Dos señores altos, flacos y con finos bigotes se quedaron allí mirando hacia adentro.
- Buscamos a un cuervo presumido que se ha fugado del zoo, ¿podemos pasar?
Nadie dijo nada, pero vieron a Gertrud mover la cabeza y se sintieron invitados a entrar.
Volvieron a hablar:
- ¿No habrán visto por aquí a un cuervo engreído y maleducado que se fugó del zoo esta mañana?
- ¿Qué pinta tiene?- Fue Paquirri el que hizo la pregunta.
- Pues es feúcho y desgarbado, aunque él se considera muy guapo. En realidad, no sé ni para qué lo buscamos, pues no vale ni para comer caramelos.
Flan se atragantaba con los caramelos, pero se metió otro más en el pico.
Esta vez habló Marcelina:
- Pues no, por aquí no ha estado. Pero eso que cuentan me recuerda mucho cuando una vez, en mi juventud, una vaca se perdió y....
- Bueno, bueno, no se preocupen, tenemos prisa. Hemos de seguir buscando
- Antes de irse ¿no les apetece un poco de flan?
Fue Gertrud la que habló. Todos la miraron muy sorprendidos y luego tuvieron un ataque de risa. A Pigeón se le cayó la dentadura y Paquirri se agachó a cogerla, sin dejar de troncharse. Flan tuvo un nuevo y más fuerte acceso de tos.

Los tres hombres se miraron y uno dijo:
- Vámonos, aquí no está y estos están bastante turulatos.- Y se marcharon.
Flan suspiró muy aliviado. Los demás aún se partían de risa, menos Gertrud, que los miraba y asentía muy seria. Cuando se calmaron, Flan dijo:
- Muchas gracias, amigos, son ustedes geniales.
Herminio, el gallo, volvió a encogerse de hombros y sonrió. Todos se mostraban muy complacidos y fue Pigeón el que lo interrogó así:
- ¿Qué piensas hacer ahora, muchacho?
- No sé, la verdad es que no conozco a nadie aquí, no sé adónde ir.- Así contestó Flan.
Continuó Pigeón:
- Aquí no nos vendría mal una ayudita. Somos listos pero de fuerzas andamos un poco justitos, ¿sabes? A mí, por ejemplo, me hace mucha falta alguien que me apriete esta dichosa dentadura. Y Fasty necesita ajustar el freno de su silla de ruedas, que un día se va a estrellar por ahí. En fin, y a Marcelina no le vendría mal un poco de conversación.
Flan, entretanto, se había quitado el disfraz. Luego se quedó pensativo. Por fin, contestó:
- Bueno, pues encantado. Dónde iba a estar mejor que con unos viejecillos tan simpáticos. Trato hecho. Lo único que les pido es que no vuelvan a gastarme más bromas con los caramelos.
Ahora fue Marcelina la que tomó la palabra:
- Venga, hijo, venga, que le voy a contar unas cosillas. Me recuerda mucho usted a un nieto que yo tengo y que también odia los caramelos. Una vez... Y siguió y siguió hablando. Hasta que Flan, que estaba agotado después de todo el día de huida, se quedó dormido a su lado.
Todos sonrieron y siguieron a sus cosas. Pigeón y Paquirri comenzaron una nueva partida. Herminio dormitaba, esta vez apoyado en la otra pata. Duly se probaba la peluca blanca que Flan había dejado. Fasty daba vueltas a su alrededor con su silla y Gertrud asentía.

Flan acabó haciéndose viejo en la Residencia Bye-Bye. Pero, para entonces, todos los demás ya no estaban...

3 comentarios:

David García dijo...

Olé

... como en su día me dijo, cuando yo enfilaba Canadá, él estaba en los montes de Burgos pegando tiros.

Anónimo dijo...

Otro olé, por lo entrañable y divertido.
Aunque pongo y quito algo: un abrazo a su madre (espero que se lo dé en el próximo viaje)y ¡Paquirri no se fugó ni vivió en la clandestinidad! fue tan buen toro que se le indultó y después de años en las dehesas dijo bye-bye y se fue.

Lia dijo...

“Murió ese mundo que yo viví, pues ya no existen las cosas que nombraban aquellas palabras”. Tiene razón, murió ese mundo y , en muchos aspectos, bien muerto está –y ojalá estuviese más muerto-, aunque con él también hayan muerto muchas cosas buenas. Desde la distancia, el recuerdo de la madre cargada como una mula bajando a vender coronas para comprar viandas es poesía, es la vida pasada por el tamiz de la nostalgia; los días con sus horas, todos los días con todas sus horas, necesarios para hacer posible el recuerdo, ya son, seguramente, más duros de rememorar (aunque también tengan, como seguramente tendrán, muchos momentos buenos y felices, que compensen –no estoy segura- las carencias y las ausencias). Ese mundo murió, como usted bien dice. Y ya no existen las cosas que nombraban aquellas palabras. Ojalá pudiésemos impedir que burguesillos con biografías saciadas se apropiasen de esas palabras; ojalá pudiésemos impedir que poetas y escritores sin pizca de arte loen las bondades de un mundo que no han conocido (si lo hubiesen conocido no verían tantas bondades) en libros y cuentos subvencionados con dinero público; ojalá pudiésemos impedir que se prive a los niños del aprendizaje de lenguas inmensas y universales, y se les obligue a repetir la lengua muerta de un mundo que ya no existe, artificialmente resucitada en beneficio de unos pocos que viven de reescribir la historia; ojalá pudiésemos poner a arar y a ordeñar y a velar vacas parturientas de cuya matriz dependía el manduque, a los nostálgicos del paraíso perdido, a los politicuchos de los estatutos y las naciones, a los que no han visto ni de lejos la desesperación por la cosecha perdida, por el ternero muerto, por las horas de trabajo de burro que no se pueden recuperar. Que cuando desde las poltronas de sus despachos universitarios, desde los escaños de sus parlamentos, desde las tertulias decadentes con copa de remy martin, invoquen y evoquen ese mundo, y expropien en perfecto castellano a sus legítimos dueños –a usted, a sus padres, a mis abuelos- de sus recuerdos, les caiga encima un rayo, y los parta.