07 julio, 2007
Sobre la rama verde manos negras,
bajo la bóveda celeste ojos
como estrellas errantes
o como pájaros.
Desde las hondas selvas suben gritos.
Huele a sangre y a heces.
Trotan enhiestos los ceñudos seres
con sus retoños al hombro y en las manos
un dolor puntiagudo.
Ya hollaron sus pies las arenas del llano,
tomaron la cosecha de los gélidos ríos.
Ya van llegando al mar.
Un súbito temblor posee a las otras bestias,
pues al amanecer
la muerte acecha con ojos de sangre.
06 julio, 2007
Pactos de progreso
¿Progreso en qué? ¿Progreso de quiénes? Ah, eso es justamente lo que oculta la etiqueta, lo que esconde el envoltorio semántico. Hay palabras con connotaciones mágicas y efectos hipnóticos, vocablos que no cuentan por lo que significan, sino por su pura sonoridad, y la de “progreso” es una de ellas. En tiempos, “progresista” era el antónimo de reaccionario, pero luego “progreso” y sus derivados fueron mutando hasta convertirse en nociones-pegatina. Uno de los hitos de tal evolución se dio en las escuelas, donde, de la mano de los pedagogos más tarambanas, la expresión “progresa adecuadamente” se utilizó para equiparar al infante aplicado y al pequeño cantamañanas descarado, zángano y con móvil de última generación. A uno le cuentan que la criatura de sus entrañas progresa adecuadamente en la escuela, y eso significa que todo va bien, aunque el jodido chaval no sepa hacer la o con un canuto y se pase las horas puteando a los maestros y tirando pedorretas. ¿Qué tal tu hijo en el cole? Progresa adecuadamente. ¿Y el tuyo? Lo mismo, hija, da gusto, qué suerte hemos tenido. A este paso acabarán de concejales, qué ilu. Concejales de progreso, casi seguro.
Luego vinieron los locutores deportivos y el progreso llegó al fútbol. Cuando el lateral, que antes se llamaba defensa, sube por la banda a millón el metro recorrido, ya no se dice que sube, avanza, corre o pierde el culo, sino que progresa por la banda, de la misma manera que lo que lleva entre las piernas ya no es un balón, sino un esférico. Así y poco a poco, el que contempla el partido con sus gordas posaderas bien asentadas y sudorosas en el sofá de Ikea no sólo se siente deportista de pro, sino partícipe privilegiado en un saber esotérico que tiene su propia jerga para iniciados.
El paso a la política estaba cantado, pues ya se sabe que el buen político se deforma en la escuela y consolida su vocación en el estadio. Basta adaptar levemente la terminología y el éxito va de suyo. En lugar de esférico se dice consenso, en lugar de carrilero, secretario general y en lugar de progresar por la banda se forma una banda y a progresar. Eso sí, lo que se hable hay que hablarlo pausado, como Zapatero, nuestro Demóstenes de peluche, y Fernández de la Vega, barbie con veneno en los pliegues. Importantísima esa lentitud de rumiante: “Vamos... (dos segundos) a establecer... (dos segundos)... un pacto... (tres segundos) de progreeeso" (largo silencio y mirada al vacío, como en un éxtasis místico). Y el espectador se va durmiendo, acunado por las pausas, aletargado por la monotonía. Y le meten a uno lo que quieran, el pacto de progreso, el proceso de paz o la lista de los reyes godos. Nanas para adultos, adormidera para votantes que aún mean las sábanas.
¿Qué es lo contrario de un pacto de progreso? ¿Un pacto de regreso? ¿Un pacto de retroceso? Qué dudas tan bobas. Es como si nos preguntamos que es lo contrario de un hipo o de una tos. No hay ni antónimos ni sinónimos, lo que importa no es la letra, sino la música. Es como si uno se topa al toro y la vaca apareándose con afán y le da por decir que están haciendo el amor. Qué amor ni qué leches de vaca, sobran las palabras, salvo que se trate de describir en serio el acontecimiento, cosa que no es plan, pues se nos jode la poesía. Pues lo del pacto de progreso, lo mismo, coyunda para darse gusto y hacer engordar la faltriquera, por mucho que lo ponga en endecasílabos el mismísimo César Antonio Molina, poeta premonitorio que en su poema “Olvido necesario” escribió aquello de “nunca tan altivo como a la hora del hundimiento”, o en aquel otro titulado “Juncos” ya parecía verlas venir cuando decía “Cómo quisiera no imaginar/ a aquél que desconozco./ Cada uno debajo de su duna/ y el sagrado simún sellando todo”.
Los del PP van a lo mismo, qué duda cabe, pero a ellos les desertan los poetastros y sus intelectuales de guardia se pasan la vida buscando lemas que rimen con España y, para colmo, sólo se les ocurre maña y caña, y acaban deslizándose por la cucaña. Pactan en Canarias, por ejemplo, y al pacto lo llaman nada más que pacto y se quedan tan oreados, como si hablaran para gente normal y despierta. Están tontos.
05 julio, 2007
Lataratos
De ese arte entiendo bien poco, ni voy a entender jamás, salvo que decida ponerme estupendo y tirar p´alante. Pero la literatura sí me interesa y he de confesar que cada día se me atragantan más los autores del canon actual, que me temo que está hecho también a golpe de confabulación crítica y mamoneo editorial. Se me atoran muchas obras de las que se dicen imprescindibles y dejo cada vez más libros a medio leer. Al principio me desasosegaba y me daba complejo ese proceder. Ahora simplemente me cabreo y ya no me da corte ante mi mismo.
El último caso lo estoy sufriendo con una novela de César Aira, prolífico y muy promocionado autor argentino, del que suelen afirmar las crónicas que es inclasificable, como si eso fuera ya una ventaja. La pieza se titula Las noches de Flores y tiene sólo 140 páginas en edición de bolsillo y letra bien legible. Es lo más legible, el tamaño de la letra. Noche tras noche leo cuatro o cinco páginas y o bien me cabreo o bien me duermo; o ambas cosas. Y no es la primera obra de este autor con la que acabo sumido en la perplejidad y la impaciencia más feroz.
Trata de un matrimonio entrado en años que en plena crisis económica argentina se dedica a repartir pizzas a domicilio y lo hace a pie, no en motocicleta como sus jóvenes compañeros. Trata de eso supuestamente, pero, en realidad, de todo y de nada. Porque se dice que han ocurrido cosas –un secuestro, una investigación policial, un fiscal atareado-, pero ése es el trasfondo, ya que las páginas van pasando como si un miope contemplara sin gafas una realidad que se le escapa. Ni chicha ni limoná. Puede que su arte, para mí tan incomprensible, radique en el aire de improvisación. Demonios, eso sé hacerlo hasta yo, si me pongo. Pero me daría corte y de mi escrito nadie diría que qué bien, vaya prosa y qué ignotas profundidades se adivinan bajo la superficie superficial.
Creo que el procedimiento es tal que así. Usted piense cualquier cosa para echar a andar e ir emborronando páginas. Por ejemplo, que un hombre camina bajo la lluvia con un paraguas azul y demasiado grande. El hombre va recordando que de pequeño tuvo un paraguas verde que le regaló su tía Maruja y que su tía murió de susto al encontrarse una cucaracha en el bidé. Luego échese unos párrafos glosando las sensaciones de la cucaracha mientras se ahogaba cañería abajo y, ya que estamos con cañerías, cuente que había una vez un fontanero que vivía obsesionado con las tuercas y las coleccionaba de todos los colores, tanto que su mujer lo dejó porque pensaba que al señor le faltaba un tornillo. Y después esa señora emigró a la Tierra del Fuego, donde pretendía aclimatar los geranios que se había llevado de casa, pero se le morían y llamó a un jardinero experto, del que se enamoró porque era bizco y le recordaba a un tío político suyo al que adoraba de pequeña porque le cantaba tangos mientras le tocaba las nalgas. Y acabe con que deja de llover y el paisano aquel del principio cierra su paraguas y entra en el supermercado a comprar unos bastoncillos para limpiarse los oídos. Entremedias, márquese unas reflexiones aparentemente sesudas sobre cómo la televisión aliena al pueblo porque lo tiene todo el rato pendiente de las noticias del tiempo, y sobre la incomunicación entre los del Norte y los del Sur. ¿El Norte y el Sur de dónde? Da igual, se trata de darle a esa joya literaria un tono ensayístico y reflexivo, para hacer patente que son ficticias las fronteras entre los géneros y tal y cual y esto y lo otro.
Ya imagino las críticas. La nueva narrativa argentina –o leonesa o compostelana o riojana- ha roto con el boom a base de una construcción fragmentada que toma posesión de una realidad polivalente y abstracta que desubica al lector para hacerlo sutilmente consciente de los influjos policéntricos que adornan su ser-en-sí que no es más que un ser-para-los-otros-pero-en-soledad y sobredetermina la aspiración expresiva que se acompasa con el descarte de lo inmediato y lo concreto para elevarse a una improvisada inmanencia de lo intempestivo inminente. Con un par de críticas así en el Babelia y en unas cuantas revistas para masocas, y con que tenga usted una prima que siempre le amó en secreto y que le hace el trabajo sucio con el editor, ya va lanzado para el nobel y le traducen al catalán y al checo.
Se impone el retorno a Corín Tellado y a Marcial Lafuente Estefanía, al paso que vamos. Antes, esta misma noche, me voy a leer un par de prospectos de medicinas y las instrucciones en japonés de mi nueva lavadora, y me dormiré perpetrando unas tesis sobre las relaciones entre estética de la recepción y que te den por la hermenéutica. Y mañana me llevo la noveluca al Musac y me duermo en mitad de una sala vacía llena de arte, para que todos piensen que estoy instalado y se vayan arrepentidos por no haberse atrevido a interactuar conmigo, ya que estamos.
Manda güevos.
04 julio, 2007
Bandidos
pierden la vista paulatinamente,
y lo mismo sucede con los cerdos,
incluso algunos nacen ya sin ojos.
Julio Martínez Mesanza
“La torre y los cerdos”
Soy en mayo (Sevilla, Renacimiento, 2007, p. 103)
No he prestado atención ninguna al debate sobre el estado de la nación. ¿Qué nación?, por cierto. Bueno, la que sea. El caso es que uno tiene que velar por su paz interior y que mantener a raya la bilirrubina cuando te miro y no me miras. Pero no he podido evitar que la radio me metiera algún fragmento en la cabeza o que los periódicos me impusieran sus resúmenes, pese a que hoy he ojeado pocos y poco, a posta. Así que me he enterado, a mi pesar, de que Rajoy la tomó de nuevo con la política anti-para-por-según ETA y que le dijo a Zapatero que era un tipo mentiroso, tramposo, esquinado y de mala fe. Craso error. Estos mantas del PP no aprenden que el pueblo llano sólo se allana a que les hablen de la nueva cosecha de Ribera o de que estamos colonizando Liverpool con unos tipos hábiles con los pies y que allí pasan por españoles sin tacha. Y, como viene siendo habitual, Zapatero se llevaba en lugar de las ideas un precio y en lugar de la política un escaparate de rebajas, y ha puesto a todo el mundo feliz y contento porque va a subvencionar el parir del pueblo. En adelante, cada miembro de la familia Botín que procree se va a embolsar unos euros a costa de todos y para que los españoles seamos muchos antes de saber si somos españoles o qué leches.
Me encanta la justicia distributiva y me declaro ferviente partidario de esa humanista manera de favorecer a los más desfavorecidos. Si uno fuera españolito con vocación de rebaño, andaría hoy comentando con su parienta que mecachis, por qué no habremos esperado un mesecito más para abandonarnos al apareamiento sin aditamentos, y así habríamos trincado este aguinaldo por nuestra pequeña Elsa. Que no lo necesitamos, ya lo sé, y que mejor estaría gastado en becas para los más menesterosos, pero que, ya que lo dan así por el morro y sin reparar en ingresos, mira qué pena que nos quedemos por tan poco sin la pedrea infantil.
Pero voy al otro tema, al de Rajoy dale que te pego y empeñado en hacerle la radiografía moral a la lapa de la Moncloa. Está tonto el gallego, la verdad. Esta gente no aprende que hay cosas que no se deben decir, porque el pueblo no está para sinsabores. Que Zapatero miente como un bellaco es verdad que nadie duda, y los zapatistas menos que nadie. Que es más tramposo, falaz y felón que una pandilla de alacranes haciendo pacto de gobierno con una familia de camaleones, nadie en sus cabales lo discute. Que vendería hasta a su abuelo bueno por un ratito más en el sillón lo saben hasta los negros (con perdón). Pero, carajo, una cosa es saberlo y otra cosa andar proclamándolo por ahí para general indignación contra el vocero. No queremos saber, ¿vale? Pues ya está.
Por lo poco que hoy he leído y escuchado, el personal se ha puesto furioso por semejante sarta de verdades a quemarropa y tan atinado diagnóstico de nuestro gran timonel. Pensarán los desavisados que son los del PSOE los que se indignan al verse con ése su culo al aire, pero no es así, el malestar es general, suprapartidista y apolítico. Pues nos tocan la fibra íntima y hasta nos agitan el genoma nacional con esas imputaciones. Dígamoslo bien claro y sin tapujos: lo que más nos gusta de Zapatero es precisamente que sea así, un gandul, un piernas, un pícaro de tres al cuarto. Es más, en estos tiempos él es el único que hace nación, que nos hace nación, que aglutina el sentir colectivo y nos recuerda las señas de identidad que nos unen. Que no nos lo toquen, que es nuestro, que es la síntesis de lo peor de nosotros que más nos gusta. Que nadie lo toque, que lo dejen tranquilo y no lo provoquen, ese toro bonito ya nacio pa sementar.
La historia viene de largo, pero quedémonos en lo que todos podemos recordar. Franco aguantó cuarenta años en el pedestal porque aquí no se le oponía ni el dos por ciento, por mucho que ahora el antifranquismo se aplique con efectos retroactivos. Lo que nos hechizó de Suárez fue su condición de perjuro y su habilidad para cambiar de camisa con cara de no romper un plato. Calvo Sotelo no nos emocionó lo más mínimo, pues parecía hombre de una sola cara y de palabra única, además de ser leído, que eso sí que no se perdona. Luego fuimos aprendiendo a querernos así como somos y cuando González nos metió en la OTAN porque estábamos en contra nos rendimos a su maestría para cambiar de baraja en plena partida. Llegaron los GAL y miramos para otro lado porque gato blanco o gato negro, lo importante es que cace ratones. Más tarde, ya poseídos por la conciencia de nuevos ricos, nos extasiamos ante el vil pelotazo y todos soñábamos que un día nuestros hijos serían como Mario Conde. De Aznar nos gustó que estaba sin pulir y que llevaba en los bigotes la determinación cejijunta de la Meseta en agraz; hasta que se lo creyó y empezó a fastidiarnos. Ayer mismo, casi todos los pueblos que tenían alcalde procesado, o en vías de tal, por corrupción urbanística, lo reeligieron por amor a la perseverancia. Antes, va un independentista catalán, hijo de guardia civil aragonés, a Perpiñán a decirles a los etarras que no maten en la tierra de la que come y que en otros lugares allá se las compongan, y consigue en ella unos resultados electorales que ni soñaba. Y así todo el rato, mil y mil casos. ¿Cómo no vamos a querer a Zapatero, que es de los nuestros?
Sólo Luis Candelas, Pasos Largos o el Tempranillo podrían hacerle sombra a nuestro Talante Cazurro. O tal vez firmara con ellos un pacto de progreso, y todos contentos.
03 julio, 2007
¿Esto es la guerra o qué?
Puestas así las cosas, ya no concebimos más alternativas que las extremas. Unos, los bienpensantes, las almas cándidas imbuidas de un pseudohumanismo decadente y dimisionario, no se apean del todo el mundo es bueno y del algo habremos hecho para merecer esto. Otros, nuestros propios primitivos, hacen la guerra por su cuenta y la hacen sucia, como el amigo americano. ¿Qué nos queda?
El País dedica hoy un editorial al atentado de Yemen y concluye con un párrafo que acaba en una frase enigmática, que subrayo: “El ataque de ayer parece cambiar radicalmente el guión. En una estrategia planetaria que parece tener raíces inequívocamente comunes, aunque se manifieste en escenarios y circunstancias diferentes, el coche bomba no aguarda ya solamente a tropas no combatientes, como en Líbano, o se estaciona en calles céntricas de Londres. Espera también a inofensivos turistas que acuden a visitar en Yemen el mítico reino de Saba. Sería suicida que los países democráticos en general y España en particular no sacaran las conclusiones pertinentes”. ¿Qué habrá querido decir el editorialista de este medio tan poco dado a creer –quizá por fortuna- en el choque de las culturas y tan poco crítico con la alianza de civilizaciones?
Si se trata de interpretar esa insinuación o de proponer, modestamente, nuevas estrategias para enfrentarse al animal sanguinario poseído de sagrado celo, ahí van algunas opiniones.
En el plano interno, el de los Estados y organizaciones internacionales de esto que llamamos el Occidente liberal, parece de cajón que va haciendo falta reforzar el empeño ideológico, ratificar con mayor esmero los principios en los que supuestamente creemos. Si creemos en las libertades, si creemos en la democracia, si creemos en la justicia social y los derechos sociales, ratifiquemos todo esto con la cabeza bien alta y sin complejos y vayamos culminando tales tareas en lugar de abandonarnos a la melancolía y la duda. Respeto a todos, justicia y equidad para todos, pero manos a la obra y basta de penitencias de fariseos. No puede ser que aquí nos empeñemos, con toda razón, para conseguir la igualdad entre los sexos y que, al tiempo, transijamos con el machismo de chilaba y alfanje. Si nos preocupa que todos los ciudadanos del mundo tengan de qué comer y con qué alimentar en libertad sus espíritus, no más concesiones a las cleptocracias de jeques, ayatolás y dictadores que se escudan en la religión para hacer de su capa un sayo y para mantener a sus poblaciones en la indigencia y la más cerrada ignorancia. Al pan, pan y al vino, vino y que ni el uno ni el otro le falten a nadie que los quiera.
Aquí dentro hasta hacemos penalmente punible la negación del holocausto –asunto con el que no estoy de acuerdo, pero no es ése el tema ahora- o la incitación al odio racial, pero les reímos las gracias a gobiernos que elevan a doctrina oficial dicha negación o que ponen su principal objetivo en la eliminación completa de otro pueblo, otro Estado o la civilización occidental por entero. Aquí mantenemos a raya a la parte más retrógrada y antidemocrática de nuestro catolicismo –no todo él es retrógrado, pero una parte sí-, pero cuando el retrógrado va con turbante nos ponemos multiculturalistamente respetuosisimos. Aquí al que sueña con el retorno a teocracias y medievos lo llamamos facha y reaccionario, pero cuando otro se plantea lo mismo Corán en mano, invocamos la sacrosanta libertad de los creyentes. Cuando aquí una iglesia se rasga las vestiduras porque se admita el matrimonio homosexual o por todo lo que le parece una ola de libertinaje que nos invade, los ponemos en su sitio con cuatro frescas, invocamos la libertad de expresión y las otras y no dejamos que nos intimiden ni nos coarten, pero cuando los de Alá queman homosexuales o ahorcan actrices porno o no dejan que las señoras enseñen ni tanto así de la pantorrilla, nos da un ataque de relativismo cultural. ¿En qué quedamos? Si los principios de libertad que aquí consagran las constituciones y conquistan las sociedades día a día los estimamos buenos para nosotros, ¿a cuento de qué hemos de mostrarnos tolerantes con los que ni los quieren para los suyos ni nos los permitirían a nosotros si pudieran dominarnos?
Lo primero que hace falta es que coloquemos la religión –las religiones- en su lugar y que en ese tema dejemos de confundir el culo con las témporas. Mi condición de ateo tranquilo no me impide apreciar el componente poético, sublime, de la fe religiosa ni captar incluso los beneficios sociales que de ella pueden derivarse. Todo el respeto para cualquier confesión, por tanto, pero lo primero, el respeto para todos y cada uno de los seres humanos y para todos por igual. Y la libertad religiosa conviviendo con las otras, no suplantándolas ni arrinconándolas. Si se puede hacer caricatura de Cristo o de Buda, se puede hacer de Mahoma y no hay más tutía. Escrupuloso respeto a cada religión, pero en la medida precisa en que cada religión respete al que no cree o al que cree otra cosa. El principio de reciprocidad funcionando a pleno rendimiento. ¿Que usted considera que todos los que no comulguen con su credo son unos infieles que merecen el desprecio y hasta la muerte? Pues lo sentimos mucho, pero en ese caso aquí pierde usted, pues por encima de la fe trascendente de cada cual está la religión civil inmanente a esta sociedad, en la que se puede creer en libertad en cualquier libro sagrado y cualquier paraíso ultraterreno, con huríes o con angelitos asexuados, mas sin pisotear la vida y la libertad. Usted sálvese como quiera, coma cordero o marisco, beba güisqui o pepsi-cola, rece de cara a la Meca o peregrine a Lourdes, pero no le toque las narices al prójimo. Se acabaron las Cruzadas, las de ida y las de vuelta. Y contra el reticente, la legislación vigente. Ha costado sangre, mucha sangre, domesticar a nuestros profetas y abolir inquisiciones. Así que no vamos a volver a las andadas, ni nosotros ni nadie. Y el que no trague con estos mínimos, ya sabe donde está la puerta de salida. A predicar al desierto, que mola más y puntúa el doble.
02 julio, 2007
Balbuceos en el foro
Cualquiera que tenga una misma sensibilidad para las cuestiones del lenguaje vive permanentemente escandalizado y en pleno desánimo al escuchar a diario a los políticos que padecemos. Pero cabía esperar, ingenuamente, que los que viven de la abogacía y tienen en su capacidad retórica buena parte del destino de sus clientes se manejaran con mucha más soltura. Vana ilusión. Habrá de todo, ciertamente, pero lo común hoy en día es deprimirse al escuchar esas intervenciones entrecortadas, de tono mortecino, vocabulario ramplón y nula capacidad persuasiva.
¿Por qué hemos ido a parar a tan lamentable estado? Serán muchas las causas, pero supongo que entre ellas se encuentra, y en lugar bien destacado, el hecho de que en las facultades de Derecho continúa el predominio del empolle acrítico y se sigue inculcando a los estudiantes la torcida idea de que en Derecho la verdad no tiene más que un camino y que éste se ilumina con sólo abrir los códigos. A los estudiantes se les practica durante cinco años una especie de cirugía, consistente en abrirles la cabeza, expurgar de ella todo sentido crítico y cualquier capacidad analítica e implantarles leyes y reglamentos, como si con ellos bastara para convertirlos en juristas capaces y hábiles. Como se piensa que las verdaderas soluciones para los casos de Derecho aparecen por irradiación directa desde los textos legales, basta instalar éstos dentro del cráneo del jurista en ciernes para que, sólo con que éste ponga la vista sobre los hechos de un caso, el fallo debido se aparezca, igual que de la lámpara surge el genio de Aladino o a los partorcillos de Fátima se les mostró la Virgen. Cuestión de fe y de frotar, en este caso el código. No hace falta pensar, no es necesario razonar, sobran las reflexiones y los argumentos, es suficiente abandonarse y escuchar el latido de la ley, de la misma manera que la medium sigue con la vista la ouija hasta que se posa sobre el nombre del bisabuelo. Usted, ya todo un juez, se pregunta si esto que tiene entre manos es homicidio o asesinato, y una voz que nace de las honduras y del espíritu de la ley le sopla en la oreja: ¡asesinatooooo! Y ya está.
Así que la formación jurídica es eminentemente esotérica y básicamente consiste en la deglución y digestión de libros sagrados, en el aprendizaje de técnicas espiritistas varias y en la progresiva anulación de la capacidad de raciocinio. No hay más que ver esos casos prácticos que nos ponían en algunas asignaturas –y que supongo que se mantienen en muchas- en los que planteaban unos hechos la mar de complejos y luego te pedían que dieras la solución. No que propusieras una solución bien argumentada y competentemente fundada en los textos legales, reglamentarios y jurisprudenciales y sazonada con consideraciones que pueden ir desde el sentido común hasta su opuesto, la estadística, pasando por la justicia, la equidad o los mil y un valores constitucionales. No, tenías que adivinar cuál era la única salida correcta, entendiendo por tal la que el profesor creía así, y teniendo en cuenta que probablemente el tal profesor en su puñetera vida redactó una demanda ni resolvió un litigio ni planteó un recurso ni leyó más de media docena de sentencias ni se da cuenta de que sabe tanto de práctica jurídica como usted de física nuclear: nada.
Y pasa lo que pasa. Estas víctimas de nuestras facultades se colegian y el primer día que les dicen defienda usted a Mengano susurran treinta y tres. ¿Cómo que treinta y tres? Sí, el artículo treinta y tres. Su defendido lo mira, el fiscal también, el juez lo mismo, y el abogadete recuerda a sus profesores, piensa en Ticio y Cayo y no sabe qué más decir. Pero arguméntelo, hombre de Dios, le ruegan. Y entonces, cayendo de la burra, comienza el hombre esa simpática perorata que tan bien conocemos los profesores de hoy: esto es por ejemplo que si uno mata a otro... Salvo que se haya pasado sus añitos preparando judicaturas o notarías por darle gusto a la family, en cuyo caso recitará en treinta y tres del derechas, del revés y en decúbito supino.
Y así vamos. Aunque ahora con lo de Bolonia y el portafolios bien limpito que cada estudiante va a llevar para hacer los deberes, se va a arreglar, seguro. Tal que así:
- A ver, tú, Borja Alejandro Ortiz de las Batuecas y Alcanfor, ¿qué opinas de ese asesinato que viene hoy en el periódico?
- ¿En qué periódico, profe?
- En todos.
- Pues mira, yo te cuento: un marido mató a su mujer de tres puñaladas, y todo por los celos. ¿Que opinas?
- Que eso no se hace, profe, que está muy mal.
- Pero ¿en qué tipo penal encajaría?
- Supongo que un tipo más bien delgado, profe, tal vez con bigote.
- Concreta un poco más, Borja Alejandro.
- Es que no he visto la foto profe.
- Bueno, por hoy vale así.
- ¿Qué tal lo he hecho, profe?
- Bueno, no ha estado del todo bien, pero al menos has captado el fundamento ético de la punición de esos comportamientos.
- Gracias, profe. Le preguntaré a papi, que es notario, qué quiere decir eso de la punción.
- Pregunta, majo, pregunta. De momento tienes un notable. Dale recuerdos a tu papá y dile que ya nos veremos el sábado en el club.
01 julio, 2007
Ejército y crema pastelera.Por Francisco Sosa Wagner
29 junio, 2007
Acosos
C.- Pues anda que yo. Llevo toda la tarde aquí metida. Con este tiempo asqueroso no se puede ni pisar la calle.
A.- No la pisas porque no quieres, ya se sabe cómo es tu pereza.
C.- Oye, oye, no empieces con lo de siempre. Que esta misma mañana he hecho mil cosas y hasta saqué tiempo para ir a la peluquería.
A.- ¿Fue el peluquero quien te hizo eso? Demándalo.
C.- ¿No te gusta?
A.- Pareces talmente una remolacha.
C.- Habló cara de pepino.
A.- Oye, oye, que hoy no estoy para bromas. No te imaginas la que me ha armado la perra de Matilde.
C.- ¿Matilde?
A.- Sí, Matilde. Te he hablado mil veces de ella, lo que pasa que sólo tienes la cabeza para peinarla, y mal.
C.- A lo mejor es que tú llamas hablar a esos murmullos que te traes para ti sola y que parecen eruptos más bien.
A.- Te digo que tengamos la fiesta en paz. La zorra de Matilde ha presentado una demanda por acoso moral en el trabajo.
C.- ¿Contra ti? Ay, que me troncho. Ya era hora de que alguien te plantara cara, todo el día gruñendo de mal humor.
A.- Habló la dulzura, mírala. ¿O es que ya no recuerdas que X te dejó por verdulera y chillona?
C.- Anda que te jodan.
A.- La que me va a joder bien jodida si no me ando lista es la puta de Matilde. Y yo que la contraté porque parecía una mosquita muerta, la mar de disciplinada y complaciente.
C.- Algo le habrás hecho.
A.- ¿Hacerle? Si lleva tres meses de baja.
C.- ¿Y antes?
A.- ¿Antes? ¿Tú crees que por mandarle que me sirviera el café y preguntarle por qué va siempre con esos vestiditos de Nancy que no le pegan a su edad es para ponerse así?
C.- Algo más le dirías.
A.- Sólo cosas de ese estilo, y pocas para lo que debería haberle dicho.
C.- Pues a mí no me extraña. También a mí me parecías dulce y amorosa y mira en qué pedazo de cardo borriquero te has convertido.
A.- Cardo borriquero lo será tu madre, guapa. Y ya te he dicho que mi psiquiatra me ha sugerido cuarenta veces que te mande a la mierda y no te aguante más. Por tu culpa vivo colgada de las pastillas.
C.- No te atreverás. No tienes donde caerte muerta ni nadie más que te aguante como yo.
FIN.
Artículo 173.1 del Código Penal: “El que infligiere a otra persona un trato degradante, menoscabando gravemente su integridad moral, será castigado con la pena de prisión de seis meses a dos años”.
Artículo 620.2 del Código Penal: “Serán castigados con la pena de multa de diez a veinte días... Los que causen a otro una amenaza, coacción, injuria o vejación injusta de carácter leve, salvo que el hecho sea constitutivo de delito".
Preguntas para penalistas:
1. ¿Debe ser condenada A por su trato a su empleada Matilde?
2. ¿Debe ser condenada A por su trato a C ?
3. ¿Debe ser condenada C por su trato a A?
Yo no he dicho nada, que conste. Es por saber, simplemente. Y porque hoy no se me ocurre otra cosa.
28 junio, 2007
Es nuestro Derecho, por Dios
Ha resonado en la sociedad el ruido del rasgado de vestiduras, inducido por periódicos, cadenas de radio y de televisión y en justa correspondencia con el talante farisaico que esta sociedad nuestra va asumiendo a marchas forzadas. No seré yo quien defienda la idea cristiana, o, más concretamente, católica de la familia. Pero es esa decisión judicial es un buen motivo para reflexionar un poco sobre cosas de jueces y sobre el lugar de las ideologías y la convicciones personales de los juzgadores en las sentencias.
Lo primero que pensará cualquiera que sepa algo de asuntos jurídicos es que este juez es un perfecto pardillo, y no le faltará razón. ¿Por qué? Por plasmar negro sobre blanco en su resolución los motivos personales que la determinan. Lo peculiar del caso no es el contenido de la decisión, sino el ataque de sinceridad del juez y su curioso propósito de dar testimonio de su fe y sus convicciones particulares por esa vía.
¿Acaso los jueces son autómatas capaces de poner radicalmente entre paréntesis su pensamiento privado cuando resuelven los asuntos que se someten a su competencia? Poco apoyo teórico encontrará tal pretensión, pues hace tiempo que ha quedado bien demostrado lo ingenuo e irreal de la misma. Todos, desde profesores del tema hasta políticos, asumen hoy que la ideología de los jueces determina en alguna medida e inevitablemente el cariz de sus fallos. Si no fuera así y no se asumiera así, no tendrían explicación las peleas políticas para colocar en los más altos tribunales magistrados de esta o aquella tendencia, conservadores o progresistas, por ejemplo. Lo que sucede es que les exigimos que trasciendan sus móviles individuales, no en el sentido de evitarlos, empeño seguramente vano, sino en el de revestir sus decisiones de justificaciones que puedan considerarse razonables incluso por aquellos ciudadanos que no compartan las convicciones del juez.
Hace ya un buen puñado de décadas, los teóricos del llamado realismo jurídico lanzaron un órdago importante frente a la creencia de que los jueces podían operar en su labor con perfecta neutralidad y objetividad, desembarazándose de su ideología, de sus opiniones, gustos, inclinaciones, complejos y hasta manías, para ver sólo puro Derecho y soluciones estrictamente jurídicas donde el común de los mortales se dejaría arrastrar por esos factores personales. Ese desafío “realista” se sintetizó en la siguiente fórmula, muy conocida: “los jueces primero deciden y después motivan”. Esto significa que sus móviles particulares, su visión de las cosas, del mundo y de las personas, guían su opción decisoria y que, luego, a la hora de motivar, tales móviles personales determinantes son hábilmente camuflados en una motivación de la sentencia que apela a argumentos de apariencia puramente técnica y estrictamente jurídica. Durante un tiempo la disputa teórica se dio entre ese “realismo” y el idealismo de quienes afirmaban la capacidad de los jueces para desembarazarse verdaderamente de su personalidad a la hora de juzgar. Así puesta la disputa, no llevaba muy lejos. Más recientemente, autores ligados a las llamadas teorías de la argumentación jurídica han dado con una salida que parece razonable: los motivos personales del juez son seguramente ineliminables y, además, incognoscibles o indemostrables, salvo que, como en el caso que comentamos, sea tan ingenuo el juez como para proclamarlos abiertamente; lo que tenemos que juzgar a la hora de analizar las resoluciones judiciales no son tales motivos, sino la calidad de las motivaciones que en la sentencia se expresan, la fuerza de convicción de tales razones que se aportan como fundamento de la decisión. Será aceptable la sentencia cuando las mismas puedan ser asumidas como aceptables, válidas y acordes con las reglas del juego jurídico por cualquier observador, aun cuando las convicciones personales y la ideología de éste sean diversas. En suma, las sentencias han de basarse en razones que apelen a los fundamentos comunes y admitidos con carácter general en un sistema jurídico y en una sociedad en un momento dado. No importa que, además de su capacidad de convicción general, esas razones encubran también los motivos particulares del juzgador. De lo que se trata es de que quien vea la sentencia pueda decir que él también habría podido decidir así con base en tales fundamentos, que no son chirriantes ni indican parcialidad, aun cuando ése que examina la sentencia se acoja a convicciones ideológicas diferentes de las del juez.
Pongamos un par de ejemplos. Alguien decide invitarle a usted esta noche a cenar un suculento plato de verduras a la plancha. Usted le pregunta que por qué ese plato y él argumenta que estamos en temporada de las mejores verduras, que en ese restaurante las preparan magníficamente, que las verduras aportan vitaminas muy importantes para la salud y que está bien comerlas al menos de vez en cuando. Usted las toma y queda plenamente satisfecho y relamiéndose. Luego descubre que su compañero es vegetariano y que su verdadero propósito era el de hacer propaganda y apología del vegetarianismo, aunque no se lo haya confesado así. ¿Acaso perderían valor las razones que le dio y por las que usted se animó a comer ese plato que le dejó tan buen sabor de boca? De esa persona podríamos decir que no ha sido sincera, pero de la concreta decisión de tomar verduras esta noche no hay por qué afirmar que haya sido irrazonable. Diferente sería que le hubiera dicho que usted tenía que comerlas porque es pecado comer carne, porque son unos malnacidos los que la incluyan en su dieta y porque le retira el saludo si no acepta cenar lo mismo que él. En suma, que lo que hace razonable o no el hecho de que usted haya decidido comer esas verduras son las razones en que se apoya esa decisión, no la intención de quien le expresó a usted esas razones que le convencieron.
Ahora compliquemos el ejemplo y hagámoslo jurídico. Supongamos que dos jueces iguales van a juzgar dos casos perfectamente idénticos, casos penales. El primero, al que llamaremos juez A, en cuanto le ve las pintas al acusado decide que lo va a condenar pase lo que pase. El segundo, juez B, está obsesionado por la imparcialidad y porque no se cuelen en sus decisiones sus personales fobias y filias. El juez A condena, pero en la motivación de su sentencia ofrece argumentos sumamente convincentes, tanto que nos hacen pensar que bien condenado está y que cualquier otro juez podría perfectamente haber condenado igual y por idénticas razones. El juez B no decide hasta el último momento, después de un inaudito esfuerzo de reflexión, y condena finalmente, pero los argumentos de su motivación son tan endebles y torpes que pensamos que la decisión malamente se sostiene. ¿Cuál de los dos es mejor persona y más honesto? Sin duda B. ¿Cuál es mejor juez y hace mejor labor en Derecho? Seguramente A. ¿Por qué? Porque las decisiones jurídicas no son trabajo de ángeles bañados de pureza y capaces de no dejarse influir por sus determinaciones personales, sino de humanos dotados de capacidad técnica y argumentativa para trascender sus motivaciones personales mediante argumentos que pongan sus fallos en buena sintonía con el Derecho vigente y sus fundamentos y con el sentir general, al menos el sentir general de los juristas. De ahí que hoy sea moneda común admitir que lo más importante de las sentencias –salvo para las partes, claro- no es el fallo, sino la motivación en la que el fallo expresamente se justifica mediante argumentos.
¿Dónde estuvo el error del este juez del que hablan hoy los periódicos? En haber expuesto en la motivación sus motivos, como si éstos pudieran ser los motivos de cualquier ciudadano, los motivos de todos. Lo dicho, un pardillo que no encontró mejor lugar para hacer apostolado.
¿Y por qué no han de valer sus razones religiosas como apoyo expreso de su resolución? Al fin y al cabo, serán muchos los jueces que operen llevados por idéntico credo, del mismo modo que a otros les podrán sus convicciones machistas o feministas o neoliberales o simplemente liberales o socialistas, etc., etc.; o el puro deseo de quedar bien ante los poderes establecidos o de que los inviten a dar conferencias en New York. La cuestión está en que en una sociedad pluralista y en la que la propia Constitución garantiza la libertad de todo tipo de credos religiosos e ideológicos, nadie que juzgue de los asuntos de interés social –y la aplicación de la ley democráticamente legitimada es el interés social primero- está facultado para hacer pasar a los demás, a la sociedad, por el aro de sus opiniones personalísimas, sino que ha de buscar con ahínco que sus decisiones pasen por el tamiz de lo común, de las reglas y las convicciones generales que puedan ser aceptables incluso para el que piense distinto y tenga otros móviles personales. Al Derecho se juega desde el interés común y desde reglas generales, no desde propósitos particulares o convicciones personales de virtud o de salvación.
27 junio, 2007
Manos abajo, esto es sexo
En las últimas semanas se ha informado, por ejemplo, de que en la India el gobierno la ha tomado con unos condones que llevan vibrador acoplado y que han sido prohibidos porque incitan a un intolerable desgaste de los ciudadanos, lo cual, en opinión de la ministra india de energía –precisamente de energía- resulta intolerable. O que en Irán siguen empeñados en ahorcar homosexuales y en condenar a muerte a las actrices porno. Mal vamos a dialogar con civilizaciones que reprimen los cuerpos como técnica primera para someter las almas. Menos mal que en España nuestra inefable ministra de sanidad sigue absorta en las cosas de comer, beber y fumar, pues el día que decida racionarnos el apareamiento se nos va a acabar la risa.
Pero la noticia más sorprendente nos la daba hace unos días el ABC. Resulta que el Pentágono anda experimentando con un arma nueva, la bomba gay. Las guerras pueden acabar como el Rosario de la Aurora, pues, al parecer, la idea consiste en bombardear a los ejércitos enemigos con hormonas, en lugar de con napalm o metralla. Lo contaba así nuestro periódico conservador: “El maquiavélico plan tenía como oscuro fin crear un dispositivo que rociase con un potente afrodisíaco a los combatientes enemigos, algo que desencadenaría una bacanal derivada del presumible comportamiento homosexual que experimentarían los afectados”. ¿Maquiavélico? ¿Oscuro fin? ¿Comportamiento previsible? Vaya, la monda.
No está mal la idea, pero no sobraría que los científicos se esmeraran un poco más, para que también se pudiera rociar a los más belicosos con sustancias que incentiven pasiones heterosexuales, a fin de que los pobres soldados tengan garantizado su sacrosanto derecho de elección. Y, desde luego, convendría extender el uso de tan expeditivos métodos, para que no se lo coman todo los militares. Como primera medida, me atrevo a proponer que el invento se pruebe una temporada en el mismísimo Pentágono y en la Casa Blanca. Ya me imagino la escena, con Bush, Cheney y Condoleezza perdiendo los papeles de a tres. Tampoco estaría mal una pasadita por el Vaticano. Luego, cuando los rendimientos del arma estén suficientemente demostrados, convendría regar países enteros, como Irán o Arabia Saudí, para ver a jeques y ayatolás con sus faldas a lo loco.
26 junio, 2007
Breve guía para la creación y triunfo de partidos nacionalistas
1. Los de X somos distintos y especiales y va siendo hora de que nos autodeterminemos, al menos un poco.
Sustitúyase la variable X por el lugar donde usted nació o en el que habitualmente pace. Puede ser una zona, una región, una comarca, una ciudad, un pueblo, una parroquia o un barrio. Conviene, eso sí, que el grupo abarque al menos varias familias, por aquello de que la unión hace la fuerza y, además, es muy importante incluir a los antepasados entre los que siempre fueron distintos, aunque ellos ni lo sospecharan, de tan alienados como estaban y aunque hayan vivido felices y contentos siendo como los demás y sintiéndose del montón.
2. Nuestra especial identidad se apoya en dos datos irrebatibles: la historia y nuestra manera de actuar y comportarnos.
Lo de la historia es crucial. No resulta difícil, pues basta delimitar el territorio y preguntarse lo siguiente: ¿qué pasó aquí hace cien, quinientos o mil años? ¿Que un día llegó un ejército invasor y los lugareños pelearon como tigres? Pues vale, eso significa que luchaban por su libertad como pueblo. ¿Que hace tiempo hicieron los de esta parte una asamblea para decidir si segaban antes el trigo o la cebada? Importantísimo, tal cosa quiere decir que tenían conciencia de su interés común como colectividad y, además, que creaban –o intentaban crear, en medio de la hostilidad de los opresores del otro lado- sus propias instituciones de autogobierno. ¿Que en ciertos descampados hay unos tejos milenarios o unas piedras gordas puestas al bies? Genial, atribúyalo a que aquí ya había pobladores autóctonos con sus propios credos y ritos antes de que llegaran los romanos, el cristianismo e internet.
En cuanto a la particular idiosincrasia de los paisanos, si hay a mano una lengua propia ya está todo hecho, pues ya se sabe que el que habla distinto es muy suyo y de otra manera, pues hablando se entiende la gente, pero sólo con los de aquí, que con los de fuera para qué. Si ese idioma lo hablan sólo cuatro bisabuelos o tres pastores analfabetos, mejor que mejor, así se puede comenzar por hacer una academia de la lengua y se van traduciendo palabras o expresiones tales como antijuridicidad, esternocleidomastoideo, orgasmo, sinfonía, psicoanálisis, taxi o bonoloto.
En caso de que el habla local no dé ni para dialecto, por mucho que se le apliquen los más modernos sistemas de estiramiento, tampoco pasa nada. Siempre habrá un par de refranes autóctonos y media docena de modismos que, bien aderezados, dan para mostrar que lo que lleva el personal debajo de la boina es diferente y mejor que lo que se gastan los piltrafillas de más allá de las montañas o del otro lado del río fronterizo.
3. El árbol genealógico le va a costar una pasta, pero la pasta siempre aparece.
Si hay que demostrar que aquella batalla era por la libertad de este pueblo y no, por ejemplo, por el triunfo de la cristiandad, o si se impone rescatar los cuatro palabros que dicen que usaba un tío abuelo de uno del partido, hará falta dinero para financiar como es debido a historiadores, lingüistas, antropólogos y espiritistas, dispuestos todos ellos a sacrificarse por la objetividad científica y la investigación independiente. Pero no se apure, la guita para ponerlos en nómina la va a soltar el enemigo, que parece tonto. En efecto, gobierne quien gobierne el ayuntamiento, la comunidad autónoma respectiva o el mismísimo Estado, en cuanto usted suelte el gusanillo y empiece a dar la matraca con que lo nuestro para nosotros y lo demás a pachas, los partidos dominantes se van a querer hacer más nacionalistas que usted e igual de preocupados por las raíces y hasta por los tubérculos grupales, y ellos van a destinar partidas presupuestarias para becas, proyectos y publicaciones en las que se demuestre bien claramente que ellos son los impostores, colonizadores, centralistas y abusicas y usted y los de su partido unos sacrificados luchadores por la autodeterminación de su comunidad. Vamos, que si se lo monta usted bien hasta le ponen la cama y le jalean durante el triquitraque.
4. Los otros nos roban, nos explotan y nos vilipendian.
Que no se le olvide este punto, pues como se le pase no hay negocio. Una vez que ha quedado científicamente bien sentado quiénes somos nosotros y quiénes son ellos, se debe poner un puchero así de largo y soltar a grito pelado que ellos nos vienen esquilmando desde tiempo inmemorial y ahora todavía más, pues se llevan de aquí las riquezas naturales, nos fríen con tasas y diezmos, no invierten aquí un carajo y, para colmo, no han tenido el detalle de plantar aquí la capital, tal como demandan la historia y el sentido común. ¿Que no llega hasta estos parajes el tren más rápido? Culpa de esos puñeteros centralistas que nos sacan los ojos y nos desprecian. ¿Que sí tenemos ese tren? Corcho, pero mira que birria de aeropuerto. ¿Que el aeropuerto es mayor que el de Frankfurt? Diablos, pero nos niegan el puerto. ¿Qué puerto, si no tenemos ni mar ni río navegable? Ah, pues mire, ahí está la prueba: ¿quién cree usted que se viene empeñando en negarnos la salida a los océanos a nosotros, que siempre hemos sido navegantes de vocación?
5. Lo que exigimos no es privilegio, es justicia.
Barra para casa todo el rato, pida y pida como si se estuviera muriendo de hambre y sed de justicia. Y, si le pone apellidos a la justicia que reclama, mejor; llámela justicia histórica. Porque no es que exija para tener más que los otros, no, es que ya está bien de que se nos niegue lo que tanto merecemos. ¿Que ya tenemos más que nadie? Ah, claro, eso lo dicen los que carecen de perspectiva histórica, porque por mucho que hayamos recibido, lo que se nos debe es mucho más, después de mil o dos mil años de tenernos así, como si fuéramos el culo del mundo. Porque, sépase, la deuda que con los de aquí se mantiene es histórica, por lo que el proceder equitativo es tal que así: primero que nos paguen todo eso y luego nos independizamos, por ese orden.
6. Nuestro pueblo tiene derecho a decidir.
Esto hay que decírselo bien clarito al pueblo, que suele estar en la inopia: ustedes, pueblo mío, tienen derecho a decidir. ¿A decidir qué?, preguntarán los más lerdos, pues hasta en las naciones y pueblos superiores hay algunos palurdos que no se enteran, alienados como topos, víctimas de la propaganda política y la manipulación de los medios de comunicación. Pues a decidir si queremos decidir, hombre qué va a ser. ¿A decidir si queremos decidir qué? Y dale. Pues a decidir si queremos decidir sobre quién decide aquí. Llegados con éxito a esa etapa de la dialéctica liberadora de los pueblos, los súbditos ya se abandonarán sin remisión en sus manos, convencidos de que esto es mucho nivel y que ya estaba haciendo falta por estos lares alguien que dijera al pan pan y al vino vino.
7. Lo que el pueblo debe decidir autónomamente ya se lo decimos nosotros.
Al personal hay que explicarle que una cosa es que tenga derecho a decidir por sí mismo y otra cosa es que ya esté preparado para hacerlo. Todo tiene sus pasos y sus procedimientos. ¿O es que aquí nadie ha oído hablar de las vanguardias políticas? La cosa es de este modo: nuestro partido, querido pueblo, está luchando con denuedo y en medio de la incomprensión de la burguesía dominante para que a ustedes, el pueblo de aquí, se les reconozca el derecho a decidir. Pero mientras no se le reconozca, qué diantre van a decidir si, para colmo, ni siquiera están acostumbrados a mandar un pimiento. Parece mentira, un pueblo como éste, con una identidad tan marcada, y semejante falta de conciencia histórica, tamaña mansedumbre. Cocinillas, que sois todos unos cocinillas y unos sumisos abandonados al seguidismo más inconsciente. Así que hagamos lo siguiente: mientras sigáis así, hechos una calamidad y con más pinta de globalizados que de autóctonos, hacéis lo que nuestro partido os indique y vamos tirando con esta autodeterminación sui generis. El día de mañana, cuado ya sepáis lo que os conviene, hablamos y vemos.
8. Contra las ideologías.
Que si izquierdas, que si derechas, que si conservadores, que si socialistas. Zarandajas. Eso son ideologías para comerle el tarro a la gente, cuentos de políticos que sólo van a lo suyo. Nosotros no tenemos ideologías de ésas, nosotros tenemos conciencia histórica y orgullo de nuestra identidad, que es la vuestra, conciudadanos, aunque no os enteréis mayormente. Así que vamos a proceder en consecuencia y con habilidad: pactamos con cualquier partido que nos de bola, le seguimos la corriente al que más nos convenga cada vez, le ponemos sonrisitas y le hacemos pensar que qué placer y que cómo lo pasamos y, en cuanto se descuiden, ¡zas!, ya es nuestro el pastel y a la porra los pactos de progreso y los de regreso.
9. Solidaridad con los pueblos oprimidos.
Compañeros, connacionales, no estamos solos. Nuestras angustias y nuestras penurias son como las de tantos otros pueblos abandonados a merced del imperialismo, la globalización, las multinacionales y la ropa china. Ya lo vais a ver. El día de la fiesta local organizaremos un desfile de pueblos sin patria y vamos a traer quechuas, aymaras, esquimales, chechenos y apaches, para que nos muestren sus danzas y enseñarles las nuestras, para que nos hablen en sus idiomas y enseñarles nuestra lengua. Y organizaremos también un ciclo de conferencias con diapositivas a cargo de un par de antropólogos de Arkansas y algún viceministro venezolano, para que entre todos nos ayuden a tomar conciencia de que nuestra lucha tiene tanto en común con la de todos los parias de la tierra.
10. El urbanismo para nosotros.
25 junio, 2007
Experiencias recientes de un padre añoso.
Pues sí, toda una experiencia, y bien agradable, por cierto. Era verdad mucho de lo que decían tantos amigos con vivencia reciente del asunto: verás cómo te emocionas, te cambiará para bien el humor, te pasarás las horas embobado. En efecto. A lo que se suma tanta alegría compartida con familiares y amigos que disfrutan con el acontecimiento y viéndote en tu nueva vida y con esa cara de bobo sin remisión que se te ha puesto.
Pero, dicho esto y para que no se diga que no parezco yo, vamos a sacarle un poco de punta a lo de vivir (de nuevo) la paternidad cuando uno ya tiene sus años y el colmillo muy retorcido. Sin ánimo de molestar a nadie, desde el cariño universal y como puro aviso para navegantes que aún no hayan pasado por el trance o no lo hayan vivido recientemente.
1. Una nueva obligación para el padre: asistir al parto.
Mire usted, pues yo no estuve y, para más inri, a mi mujer le pareció muy bien así. Desalmados, inconscientes, insensibles, antiguos, descastados, bandidos, cobaldes. Nos dirán –y nos han dicho, especialmente al que suscribe- eso y mucho más, pero es lo que hay y, para colmo, voy a incurrir en el atrevimiento de justificarlo.
No me gusta la sangre, no me gusta ver a mi mujer sufrir sin poder ayudarla verdaderamente –salvo que llamen así a lo de dar la mano y empeñarse en filmarlo todo con el último modelo de cámara-, no me apetece quedarme con el recuerdo de aquellos cuerpos en aquel trance, aunque comprendo perfectamente las inclinaciones distintas y al principio hasta dudaba. Dudaba hasta que las diez o veinte primeras personas me miraron con los ojos muy abiertos y me trataron poco menos que como réprobo y reaccionario al conocer mi propósito inicial. Entonces me ratifiqué, por ese gusto que a uno le da al ir a la contra. Después de haber pasado la adolescencia bajo el franquismo y de haberme tirado unos años estudiando en colegio de curas, uno creía que ya había logrado escapar de mandamientos, preceptos inapelables y convenciones sin vuelta de hoja. Pero no, ahora nos gobiernan la vida, el cuerpo y el alma nuevas normas, esta vez provenientes de los suplementos dominicales de los periódicos y de los manuales sobre la manera de ser un buen cualquier cosa: buen amante, buen amigo, buen procurador de orgasmos, buen compañero, buen tocador de gaita, buen padre... Carajo, cuando te quieres dar cuenta has hecho de tu vida un reglamento y estás más pillado que si vivieras en un convento de clausura. Si un padre no tiene ganas de presenciar el parto y la madre está completamente de acuerdo, ¿qué pasa? Seguramente hay mucho progenitor que asiste al emocionante evento y disfruta grandemente, segurísimo. Pero también me apuesto unas cervezas a que son más de cuatro los que están allí por la pura presión social, la moda y un par de artículos del “Ser padres”. Pues, amigos, viva la libertad. Yo hasta me fumé un purito en la espera y me tomé una cerveza, siguiendo el rito tradicional y con un estimulante espíritu de transgresión que a mí me dejó la mar de contento y a la mamá muerta de risa. Hay gente pa tó. Y que no falte.
2. Cada médico, un consejo... distinto.
Andan los paradigmas revolucionados, discrepa la doctrina y el “paciente” puede volverse majara en cualquier momento. ¿Amamantar? Llega la comadrona y dice que cada tres horas, como toda la vida. Acto seguido aparece el pediatra y sentencia que cuando el bebé lo demande, cosa que, al parecer, se dice “amamantar a demanda”. Pasa haciendo su gira el ginecólogo y sostiene que ni se le ocurra, que como no se ponga orden en eso se van a quedar las mamas echas unos zorros. ¿Qué hacer? Está clarísimo: haga usted lo que le dé la gana, pues la ciencia no se aclara.
Nace la niña con unas hermosas uñas como para pintárselas ya mismo (no sé si habré dicho aquí algo políticamente incorrecto; si es así, mis disculpas a los censores de guardia). Una amable enfermera afirma que no se le pueden cortar ni tocar hasta quince o veinte días más tarde; otra, que bueno, que se le pueden limar; la pediatra, que haga usted lo que quiera con las uñas de su hija, que no pasa nada. Más perplejidad y nuevo canto a la libertad de los progenitores que quieran mantenerse en su sano juicio. Y eso sin consultar la amplia bibliografía especializada.
Y así todo.
3. Cada pariente y amigo, tres consejos opuestos.
La paternidad es un mundo de experiencias variopintas y cada cual habla de la feria según le va en ella. Casi todo el personal maneja alguna rebuscada tesis sobre cuánto de mucho o de poco hay que abrigar a los bebés, sobre la recta manera de acostarlos, sobre si es mejor limpiarles el culete con esponja o con toallitas higiénicas o sobre la postura más conveniente para que expulsen los gases después de cada atracón. Dan ganas de hacer una porra y que cada cual vaya apostando. A lo que se suma lo que podríamos llamar el paradigma familiar reciente, cosa que funciona más o menos así. Alguna señora de la familia ha tenido descendencia hace unos pocos años. Durante su manejo fue objeto de reiteradas críticas por no hacer como se debe con su hijito. Pero ahora, de pronto, se convierte en referencia autoritaria. Tú procedes de cierta manera y todo el rato oyes el siguiente comentario: pues X no lo hacía así, y mira qué bien se crió su chaval. Veleidades de una opinión pública mutable.
4. Agoreros.
Es genial lo que anima la gente, alguna gente. Llega mi suegra a la clínica cariacontecida y nerviosa. ¿Qué pasa? Nada, que me he encontrado a mi amiga Lupita, le he contado lo del parto y se ha puesto contentísima, pero luego me sacó la lista de todos los casos que ella conocía de muerte súbita de recién nacidos. Y luego la del quinto me explicó que ahora hay un virus en los hospitales que produce a los pequeñines daños irreversibles, la carnicera me hizo saber que algunas enfermeras atan el ombligo al revés y provocan parálisis en los juanetes y que hay ginecólogos que asisten borrachos a los partos y causan desastres incontables. Ostras, Pedrín, esto es la guerra. Nos posee el don de gentes y el sentido de la oportunidad. Da gusto.
5. La aventura de comprar un cochecito.
Aquí he de narrar experiencias más puramente personales. Resulta que tanto la madre de la pequeña Elsa como un servidor somos más bien tranquilos y tirando a pasotas para ciertos eventos domésticos de obligada observancia. Tanto es así, que nació la criatura y en casa no había ni cuna, ni carricoche (así lo llamamos los de mi pueblo) ni casi nada que no fueran las toneladas de ropitas que los parientes más caritativos iban arrimando durante los meses previos. De modo que a los tres días del feliz natalicio allá me voy yo solito a El Corte Inglés, tarjeta de crédito en ristre y dispuesto a enfrentarme con lo que hiciera falta. No sabía lo que me esperaba. En el primer minuto ya conseguí, sin proponérmelo en modo alguno, que la dependienta me mirara como se mira a un marciano; concretamente a un marciano degenerado. Y todo porque yo quería llevarme puesto uno de los modelos de cochecito multifunción que allí mismo tenían en exposición y que me parecía la mar de guapo. ¿Y no lo va a encargar usted? ¿Encargar? ¿Qué significa eso? ¿Para qué si ya está éste aquí? Pues que usted elige aquí el modelo, el color y los aditamentos, combinándolo todo del modo que quiera, nosotros se lo encargamos a Valdemoro (?) y en una semana se lo sirven. Mire, gnädige Frau, es que ya tenemos el bebé en casa y esto empieza a hacer falta. Ahí los ojos se le salían de las órbitas a la buena señora y yo empecé a sentirme francamente acomplejado por querer hacer fácil una cosa que se puede complicar mucho más cuando se tienen ganas de resolver en ocho vueltas lo que se puede arreglar en una sola.
Cuando se resignó a mi excentricidad y se cansó de revisarme la indumentaria –por qué no llevé el traje bueno y la corbata cara, maldición- buscándome rastros de gitanillo o de inmigrante inadaptado, se avino a mostrarme las existencias. Comenzó por un modelo al que yo no le notaba nada de particular, pero que resultó que costaba mil euros y un pico más. ¿Y qué tiene para ser tan caro?, quise saber. Pues que va más suave y se desliza mejor, fue la respuesta. Ganas me dieron de decirle que no estaba buscando un lubricante de ésos, sino un coche de bebé, pero por una vez supe callarme a tiempo. Creo que sólo susurré que mi hija no era una infanta borbónica y que si no había de estas cosas para gente normal, limpia y tal, pero del montón. Entonces entró en razón y me enseñó los normales que, aun así, son proporcionalmente mucho más caros que un Mercedes o un BMW. Me lo llevé en mi carrito junto con una bañera y un par de cosillas más y cuando me iba noté a mis espaldas el cuchicheo de varias vendedoras que se habían reunido apresuradamente para comentar que hay que ver y que cómo está el mundo, hija.
6. Armar el cacharro, labor de ingenieros.
Ay, qué sería de nosotros sin ese cuñado manitas que todos tenemos. Primera salida de casa en el flamante vehículo. Toca armarlo. Cielos. Es más fácil aprobar Derecho mercantil en sexta convocatoria. El libro de instrucciones es un prodigio de síntesis: en dos cuartillas, consejos en siete idiomas y en una letra tal que ni con mis mejores gafas consigo leer. Me armo de valor y acometo la empresa. Y fracaso, claro. Menos mal que el bien dispuesto cuñado vive cerca. Si no, ahí seguiría yo pillándome los dedos entre tuercas y botones. Con lo que avanzan las ciencias y el diseño, ¿no se podrían hacer cachivaches de éstos para gente de letras?
7. Los primeros días en casa: ¿quién es el dueño del bebé?
Llegas a casa todo contento, con la madre hecha una moza y la chiquitina como para comérsela sin descanso. Y te dispones a hacer lo que llevas deseando desde hace unos días: tumbarte en el sofá, echártela encima de tu barriga y cantarle unas tonadas de tu pueblo. Y cuando te canses o se canse ella, ponerle a Mozart y unas de El Gran Combo para que vaya pillando el ritmo. Pero ni hay sofá libre ni se escucha la música ni te atreves a ponértela en ningún lado, no te vayan a decir -de nuevo- que no es así, que no se coge así, que no se pone así y que, además, todavía son sordos, ciegos y de todo. Pues vaya. Tienes que esperar a que llegue lo más profundo de la noche para, con la complicidad sonriente de la mamá, tumbarte con ella, marcarte unos bailes llevándola en brazos y decirle cuatro cosillas en bable. Porque, amigos varones, he de decirles una cosa, que seguramente ya sabían: usted asistirá al parto si quiere, comprará la cunita, cocinará para toda la familia y se leerá tres tratados enteros sobre paternidad guay, pero para manejarse con el niño como si fuera suyo tendrá que pasar a la clandestinidad. Y eso si tiene suerte, como en mi caso, y su mujer está de su parte. Si no, ni por la noche toca a gusto y a su bola más parte de la criatura que no sean las cacas, eso seguro.
8. Hagas lo que hagas, no es así.
Es lo más parecido a un congreso científico de los buenos, donde cada uno le machaca la ponencia al otro y se forma un galimatías de aquí te espero. Después de un sano intercambio de pareceres entre los presentes, parece que hay acuerdo en que si el niño llora, es mejor cogerlo en brazos un rato. Y, de pronto, llora. Allá vas tú, papá bien dispuesto y feliz, a tomar a tu retoño. Vade retro, justo en ese instante se modificó la doctrina y se elevan voces advirtiéndote de que así lo vas a acostumbrar malísimamente mal. Así que lo dejas donde estaba y vuelves a tu discreto segundo plano. Al rato llora otra vez y ya no te mueves, para no enfrentarte con la opinión dominante. Y justo en ese instante se levanta quien antes te amonestó, toma al bebé y le canta al oído un rororó la mar de mono. De lo cual y a la tercera vez que sucede concluyes que esto no se parece a la ciencia, sino al baloncesto, pues lo que importa es ganarle la posición al rival.
9. Los parecidos, cuestión de alta diplomacia.
Jamás de los jamases he conseguido sacarle un parecido a bebé ninguno, aunque muchas veces he asentido cuando variadas voces afirmaban que era clavadito a su padre, mientras pensaba que seguramente sí, pero vaya usted a saber, según están los tiempos. Pero, sumando observaciones en casa ajena a mis vivencias recientes, me siento en condiciones de sentar una tesis revolucionaria: cuanto más tarda la familia política de usted en sacarle parecidos a su hijito o hijita, más seguro es que se parece un montón a usted, jejeje.
10. Eppur si muove.
Dicho todo lo anterior, reitero, y reitero con convicción plena, que es una gozada, que, como no hay mal que por bien no venga, de tanta contradicción se aprende a amar la libertad y se ratifica uno en el propósito de que eso es lo primero y principal que hay que enseñarle desde pequeñito a un hijo, a ser libre, y que es muy de agradecer, y muy sinceramente, el ánimo con que todo el mundo, parientes y amigos, se propone apoyar y ayudar en lo que se pueda. Eso sí, con tanto lío el que está a punto de exiliarse es el lavavajillas.
24 junio, 2007
Obispos, catedráticos y profesores de a pie
Son dos consideraciones absolutamente incidentales las que aquí quiero dejar, pero, antes, para que sepamos de qué se está hablando, resumiré brevísimamente los hechos del caso.
El recurso de amparo que da lugar a la referida Sentencia se plantea porque el Obispado de Cartagena retiró la idoneidad para impartir clases de religión a un varón que durante años venía realizando dicho trabajo en la enseñanza pública. Es un sacerdote que había colgado los hábitos siguiendo el procedimiento canónico al efecto establecido y que se había casado y había tenido con su esposa cinco hijos. Esta circunstancia era conocida por el Obispado cuando le otorgó la idoneidad para impartir clases de religión y moral católicas. En principio y según la normativa pertinente, los sacerdotes casados no son considerados por la Iglesia católica aptos para dictar tales enseñanzas, si bien puede el Obispo correspondiente de modo excepcional permitirlo, velando en esa resolución, entre otras cosas, porque no se produzca “escándalo”. El profesor y sacerdote casado era miembro, además, de una asociación de sacerdotes en pro del celibato libre -circunstancia que cabe suponer que también era conocida del Obispado durante el tiempo que lo consideró idóneo para la enseñanza de la fe católica y de su moral- y participó en un acto reivindicativo de las propuestas de tal asociación. Un periódico de Murcia informó sobre dicho acto y publicó unas fotos de algunos de los presentes, fotos en las que aparecía dicho sacerdote con su familia. Además, el periódico ponía en boca de esa asociación una serie de discrepancias con la doctrina oficial católica en materias como el sexo, el aborto o la planificación familiar. Según da por sentado la Sentencia y parece que las propias partes admiten, fue tal información periodística la que provocó la resolución de la jerarquía eclesiástica competente retirándole la ideoneidad para la docencia y determinando, con ello, que no se le renovara su contrato de trabajo en la enseñanza.
La Sentencia y el voto particular se extienden en consideraciones sobre el alcance de la libertad religiosa, en su dimensión colectiva, sobre la acentuada condición de empresas ideológicas o de tendencia que tienen a estos efectos laborales las iglesias, sobre la necesaria neutralidad del Estado aconfesional en asuntos estrictamente religiosos atinentes a los contenidos de la respectiva fe y a la organización interna de las iglesias y sobre el modo en que todo ello puede condicionar el alcance de ciertos derechos individuales de sus trabajadores, como los de libertad ideológica o libertad de expresión. Interesantísimos y complejos asuntos sobre los que, insisto, ni pretendo aquí explayarme ni tengo las ideas suficientemente claras. Doctores tiene la Santa Madre Iglesia...
Lo que sí me llama la atención y me enerva el espíritu crítico es la sospecha de fariseísmo eclesiástico. Tal como vienen pintados los hechos, parece que lo que en verdad, en verdad movió al Obispado para la resolución contraria a “su” trabajador no fue el pensar que las circunstancias y convicciones religiosas de éste no lo hicieran apto para el desempeño de la enseñanza religiosa católica, pues todo ello o bien era conocido ya cuando se le reconoció formalmente esa idoneidad que permitió contratarlo, o bien fue sabido por el Obispado durante los años que se mantuvo en su puesto sin que se le revocara tal aceptación. Lo que provoca tal medida es la presencia del hombre en los periódicos, con foto propia y de su familia y en el marco de una información en la que se da cuenta de las consideraciones críticas de esos sacerdotes con algunos dogmas, aunque no se ponen específicamente en boca de este trabajador afectado. Y uno no puede evitar la siguiente pregunta: ¿qué hace inidóneo a este trabajador, sus ideas o el hecho de que sean éstas públicamente conocidas? Si el Obispado ya sabía de ellas y de su situación familiar y no por ello lo estimaba inadecuado para impartir religión y moral católicas, y si lo que le molesta tan grandemente es que la sociedad conozca que ese profesor está casado, tiene hijos y discrepa de la doctrina católica oficial, podemos sospechar que el Obispado da más importancia a las apariencias que a las convicciones de los profesores de su credo. Mientras aquellas convicciones no se muestren públicamente, mientras sean “clandestinas”, como dice el Voto Particular, parece que no hay problema, que no hubo problema. Cuando, por los periódicos, todo el mundo puede tener conocimiento de lo que el Obispo ya sabía, la cosa cambia y el contrato no se renueva. ¿Se vela así por el dogma y los contenidos de tal enseñanza o se cuidan meramente las apariencias como lo único o lo que más importa? Yo diría que tiene el tema un cierto tufillo a fariseísmo, sepulcros blanqueados y esas cosas. Pero quién soy yo para juzgar de la santa conciencia de los obispos y para valorar el modo en que ellos valoran. Si hasta dice el refrán eso de vivir como un obispo...
Pero lo que más me importa es otro asunto. Con este caso he visto la luz y he entendido al fin una cuestión que me desvelaba: ahora ya capto cómo funcionan habitualmente las comisiones y tribunales que juzgan los concursos de acceso a plazas de profesor universitario funcionario. Los grandes jerifaltes de cada disciplina, los capos académicos, tienen espíritu de obispos y proceden como tales. Las disciplinas académicas, las áreas de conocimiento, son empresas ideológicas o de tendencia. Igual que para ser profesor de esta o aquella religión en un instituto no cuenta cuánto se sepa de religión y religiones, cuán profundos sean los conocimientos teológicos o cómo se domine la historia del credo respectivo, sino el placet del obispo respectivo, el sometimiento disciplinado al dogma y, sobre todo y por lo visto, el modo como se finja su acatamiento –aunque luego, sin darle publicidad, cada uno haga de su capa un sayo y coma y beba como el mismísimo obispo-, así también los que tienen en aquellos tribunales aparentemente laicos la sartén por el mango no se interesan mayormente por los saberes que los candidatos objetivamente tengan de la disciplina de turno, sino por su lealtad, sumisión y obediencia. Del mismo modo que no va el Obispado de Astorga, pongamos por caso, a reconocer idóneo para enseñar religión católica a un gran experto en tal confesión que sea ateo u homosexual declarado o divorciado con pareja de hecho o partidario del sexo libre, tampoco va el capo de la disciplina universitaria que toque a permitir que se cuele uno de otra escuela, o uno que criticó sabiamente alguna teoría del grupo académico coyunturalmente dominante o que no crea y no propague que los únicos listos y guapos son los de ese grupo, comenzando por su sheriff.
23 junio, 2007
Gobiernos de progreso. Por Joaquín Leguina
En fin, aparte de esta necia anécdota leonesa, uno tiene derecho a preguntarse qué es eso del progreso, tal y como lo entienden los tácticos que ahora mandan en el socialismo español. Porque yo no lo entiendo, a no ser que de progreso se predique de todo aquel plato donde no moja el PP.
Lo diré de una vez: los nacionalismos y, en general, los localismos, no tienen absolutamente nada de progresismo o de izquierdas, y la tendencia a pactar o a juntarse con ellos en torno a gobiernos de coalición
que tienen ahora algunos socialistas constituye una atracción tan fatal como peligrosa que, eso sí, parece encantar a los dirigentes actuales del PSOE, y muy especialmente al Secretario General.
¿Por qué digo fatal y peligrosa? Porque estos pactos sistemáticos (con ERC en Cataluña, BNG en Galicia o con diversos nacionalismos en el País Vasco, Navarra, Baleares, etc.), aparte de apoyos coyunturales para gobernar o aislar al PP aquí y acullá, son oxígeno y alimento para esos partidos, a menudo, independentistas, siendo el independentismo el único riesgo serio que padece hoy la Democracia española. Así lo han pensado los socialistas españoles desde Paulino Iglesias hasta Felipe González; claro que para el adanismo hoy reinante, antes de su propionacimiento sólo existía en el mundo un magma tenebroso.
22 junio, 2007
Acreditación del profesorado universitario. Por Francisco Sosa Wagner
Una de las pintorescas razones dadas para cambiar el sistema es su coste pues, al parecer, resulta gravoso al erario público organizar tales comisiones con su cortejo de dietas y viáticos. Este modo de razonar olvida que hay muchas cosas caras en la universidad: ejemplo, mantener cargos y más cargos a dedo. Es evidente que no se trata de un argumento serio porque seleccionar a un profesor ni es gratis ni debe acomodarse a las épocas estacionales de las rebajas comerciales.
La ley nos decía poco sobre el sistema de selección, punctum saliens de toda ordenación universitaria. Se remitía al reglamento que dictara el Gobierno y a la exigencia de una representación equilibrada de hombres y mujeres en las comisiones llamadas a «acreditar» a los aspirantes, pero nada sabíamos acerca de cómo se designaban sus miembros, si por sorteo, a dedo, en combinación con la lotería nacional ... Eso sí: «los currículos de sus miembros se harán públicos tras su nombramiento». Garantía superflua pues hoy, tecleando un nombre en el ISBN o en Yahoo o Google, sabemos con aproximada exactitud el «quién es quién» de cada especialidad y bastante de la verdad o la mentira que hay en su trabajo. Se comprenderá que, conociendo el paño, tal vivero de indeterminaciones erizara los cabellos del más alopécico de los miembros de la comunidad universitaria. El borrador del decreto ha puesto precisión allí donde había vaguedad, convirtiendo en realidad los peores pronósticos. Las nuevas comisiones estarán compuestas también por siete miembros pero su designación será el fruto de una propuesta que hará la Agencia nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación al Consejo de Universidades, es decir a los rectores.
Adiós pues a los sorteos por los que clamábamos en el franquismo los jóvenes aspirantes, deseosos de acabar con las corruptelas debidas a la mediación de las autoridades ministeriales en la composición de los tribunales. La garantía de la suerte, que trataba de igualarnos a todos bajo el principio «a quien Dios se la dé, san Pedro se la bendiga», se consiguió ya en época democrática aunque pronto sufrió una tergiversación que sería funesta y la causa del peor periodo de endogamia de la historia reciente de la Universidad. Ahora es sin más sepultada.
Con ser esto malo, no es lo peor. Porque esto, lo peor, es que hasta ahora han sido especialistas los llamados a reclutar a quienes habían de acompañarles y, en su día, sucederles en el ejercicio de la docencia universitaria; los pediatras seleccionaban a sus jóvenes colegas, y lo mismo los físicos o los lingüistas o los químicos. Esta antigualla es desterrada creando unas cuantas ramas del conocimiento: Artes y Humanidades, Ciencias, Ciencias de la Salud, Ciencias sociales y jurídicas, Ingeniería y Arquitectura.
Para que el lector comprenda la originalidad recurramos a un ejemplo: la rama en la que yo habré de columpiarme en el futuro será la de «Ciencias sociales y jurídicas». En ella conviviremos los estudiosos de la Sociología, la Ciencia Política, la Estadística, la Economía aplicada, el Derecho Penal o el Tributario, etc. Por tanto, los siete miembros de la Comisión serán sociólogos, economistas, juristas... El joven doctor que pretenda «acreditarse» para enseñar derecho mercantil presentará su «currículum» a esta Comisión que lo valorará de acuerdo con un baremo que el propio borrador de decreto incluye.
Es evidente que el sociólogo presente en la Comisión o el experto en econometría nada sabe de Derecho Mercantil por lo que los expedientes irán a parar normalmente a quien en ella ostente la condición de jurista. Pero tal jurista puede no ser un mercantilista sino un reputado constitucionalista que ni de lejos sigue las publicaciones de Derecho Mercantil. Ayuno de tales conocimientos, el borrador le permite recurrir a dos expertos del ámbito científico correspondiente. Expertos de nuevo designados a dedo, en este caso -y para abreviar- por el citado jurista de la Comisión.
Cuando todo el material vuelve a la deliberación de los siete comisionados, serán ellos con sus calificaciones los competentes para «acreditar» o rechazar la acreditación solicitada.
Es decir que lo que hasta ahora ha sido función de siete especialistas de una disciplina universitaria, ahora será cometido de unas personas en general carentes de los conocimientos adecuados para juzgar la labor de un joven que aspire a ser acreditado como «profesor titular» o como «catedrático». Porque es preciso aclarar que en los trabajos académicos se hila fino y que cualquier tesis doctoral aborda asuntos de detalle que sólo pueden ser valorados por quienes dedican su vida y sus esfuerzos a una concreta asignatura. Volviendo al ejemplo del mercantilista, para saber si un libro sobre la reducción del capital en las sociedades anónimas es original, es preciso conocer cuál es el estado del tratamiento de la cuestión en la bibliografía existente, los problemas planteados, las soluciones propuestas etc. Es decir, se necesita ser un especialista en derecho mercantil.
Como además en el sistema diseñado no hay plazas limitadas, todo parece indicar que vuelven las «idoneidades» de la ley de 1985. Mi optimismo me lleva a pensar que quizás no caigamos en tal degradación, pero mi experiencia me hace temer las peores corruptelas y los más ominosos compadreos. Si los ha habido con la publicidad y el sorteo de los componentes de los tribunales, calcule el lector lo que se avecina ...
La intervención de estas Comisiones son un sucedáneo de los tradicionales concursos públicos que acogen todos sus defectos y prescinden de todas sus virtudes.
Adviértase además que, a lo largo de este proceso, en ningún momento se le ha visto la cara al candidato ni tampoco se sabe cómo habla o cómo se comporta subido en una tarima. Nunca tampoco ha de acreditar ante especialistas si se sabe la asignatura que pretende explicar, más allá de los temas concretos que haya seleccionado para sus investigaciones.
Por fin, la adscripción a una plaza concreta en una Universidad depende de otra prueba interna, ahora local. Podrá ser seria o, lo que es más probable, un simulacro. Una alternativa que se deja a los estatutos de las universidades, normas poco fiables por su escaso rigor técnico y jurídico. Las posibilidades de que se nombre al acreditado en una universidad distinta a aquélla en la que ya presta sus servicios son prácticamente inexistentes. Tal candidato está destinado a ser nombrado en su propia Universidad. Y lo será, es decir, se le creará la plaza y se convocará la prueba con diligencia, etc, si tiene buena relación con la autoridad académica local, es decir, en la mayoría de los casos, cuando haya atinado a la hora de votar en las elecciones a rector.
Dicho esto, oigo la acusación contra mí: reaccionario, conservador y otras lindezas menos contenidas. Ante ellas debo proclamar que no sólo contribuí con mi voto a que la señora ministra se halle sentada donde está sino que -para las elecciones de 2004- firmé un manifiesto de apoyo al actual presidente del Gobierno. Además considero al socialismo como el sistema más eficaz para corregir las desigualdades sociales y territoriales, y entiendo humildemente que la socialdemocracia ha prestado brillantes servicios en la Europa del siglo XX. Por ello, es puro contrabando cobijar el contenido de estas ocurrencias ministeriales en esa digna maleta ideológica. Con todo, acepto que se descargue contra mí un cargador e incluso proporciono algún arma adicional a los tiradores, por ejemplo, la de que sucumbo a diario a las trampas que me tienden varios pecados capitales. Dispárese pues contra mis humildes huesos pero por favor borren el borrador".
Francisco Sosa Wagner es Catedrático de Derecho Administrativo. Acaba de salir la tercera edición de su libro El mito de la autonomía universitaria(Civitas-Thomson).