01 julio, 2007

Ejército y crema pastelera.Por Francisco Sosa Wagner

Hay que ver la de vueltas que es necesario dar para llegar más o menos al mismo sitio. Viene esta tonta reflexión a cuenta del triste asesinato de unos militares en el Líbano, de unos soldados que cobraban un sueldo por trabajar en una empresa que se llama Ejército: de tal a tal hora, guardias, retenes, vigilancias, participación en esta o en aquella acción, vacaciones, etc. Esfuerzos y desvelos llevados a cabo por dinero, nada que ver con esas milongas que proclaman los políticos, magos en el uso de las palabras gastadas y vacuas, artistas de esa hipocresía que a fuerza de batirla acaba convertida en merengue averiado.
Ese era el Ejército que hemos querido muchos: un Ejército profesional, adiós al servicio obligatorio, una antigualla de la más oscura reacción. Lo suprimimos y nos creíamos modernos, justos y benefactores. Si, además, eliminábamos una molestia a nuestros jóvenes, mejor, porque los jóvenes lo merecen todo, tanto es así que en la Universidad los rectores les “compensan” asignaturas en las que han sido suspendidos con otras que han superado en un alarde de condescendencia que sería un delito si la demagogia estuviera acogida en el Código penal.
Olvidábamos con esta forma atolondrada de decidir que el servicio obligatorio fue una aspiración igualitaria y por eso hoy un intelectual tan poco sospechoso de conservadurismo como Chomsky sostiene que es más justo para los pobres y las minorías. La razón es clara: las clases acomodadas no apoyarían las guerras si pensaran que sus hijos podrían ser reclutados para morir en ellas. Recordemos ahora quiénes han muerto en el Líbano: unos españoles humildes y unos extranjeros inmigrantes que buscaban su sustento enfundados en el uniforme de un país extranjero.
Cuando hablamos con tanto desparpajo de lo que es “progreso” (maestros como somos en los pactos precisamente “de progreso”), este ejemplo de lo que sucede con el Ejército profesional nos debería llevar a meditar acerca de nuestros alocados prejuicios y a sopesar esas afirmaciones que se acaban tambaleando al menor soplido. Pues ahora resulta que no era tan “progre” defender la abolición del servicio militar sino que se ha tratado de un ardid destinado a librar a los hijos de los burgueses de una molestia. El tiempo empleado en el cuartel es más productivo con una moto de gran cilindrada o en una noche de botellón.
Tal forma débil de razonar que llevamos en la solapa como la flor de ese gran banquete que es nuestra vida descuidada y voluptuosa, es a la que podemos identificar como el pensamiento “crema pastelera”.
Recordemos que, cuando termina el siglo XVII, la situación del Ejército español era calamitosa, por eso Felipe V intentó el reclutamiento obligatorio a través de las quintas, poco efectivas porque los soldados desertaban con la eficacia del alma que lleva el diablo. Este sistema de levas resultó insuficiente y llevó a los “asientos privados” para el suministro de soldados: el rey contrataba con un “asentista de hombres” la formación de los regimientos y extendía, firmados, los nombramientos de oficiales que rellenaba a su capricho el asentista (todo esto lo ha estudiando Andújar Castillo en un libro apasionante). Al final, el soldadito cumplía sus funciones o no, en función de la diligencia con la que era retribuido. Es en el siglo XIX, con la creación del Estado nacional, cuando se empieza a establecer la conscripción obligatoria que, sin embargo, liberaba por dinero a los pudientes. La aspiración democrática consistiría en eliminar estos privilegios.
Ahora, por el camino del progreso, volvemos al Antiguo régimen: el rico hace oposiciones a notarios o consigue un empleo en la Caja de Ahorros, y el pobre y el inmigrante se alista en el Ejército. Y muere en lueñes tierras.
Y así, envueltos en este pensamiento pastelero, pasamos la tarde. Con la conciencia tranquila.

1 comentario:

Antón Lagunilla dijo...

El ejército siempre ha sido profesional, y continúa siéndolo, puesto que todos los jefes y oficiales, del Capitan General al Sargento, han vivido y viven de la profesión militar, voluntariamente asumida. Cosa diferente son los soldados de a pie, pero éstos continúan siendo meros instrumentos de los profesionales de la milicia, como lo eran cuando la mili era obligatoria.

Y en cuanto a los soldados de a pié, los hijos de los ricos y/o poderosos, cuando el servicio militar -de los soldados, insisto- era obligatorio en España, siempre han tenido destinos de privilegio. O se les ha formado, sin más, como a oficiales, y han hecho la mili como tales, como a los universitarios en las milicias universitarias.

Por ello la cuestión de si el ejército debe o no ser profesional siempre me ha parecido que oculta el debate de fondo, que no es otro que cual deba ser la función del ejército en una sociedad democrática, y los mecanismos concretos a través de los cuales dicha sociedad dirige, organiza, controla y supervisa su ejército.
En España, el artículo 8 de nuestra Constitucíón establece que las Fuerzas Armadas tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional. Además, los pactos y tratados internacionales que suscriba España pueden implicar misiones de nuestras Fuerzas Armadas en el extranjero, y es precisamente en virtud de uno de esos pactos internacionales por lo que las Fuerzas Armadas españolas están en el Líbano.

Así que la cuestión no consiste únicamente en lamentar las dolorosas muertes de jóvenes soldados en tierras libanesas, que no serían menos lamentables ni dolorosas si los fallecidos hubieran sido oficiales o jefes en vez de soldados voluntarios, sino discutir si debermos estar allí o no y, caso afirmativo, dotar a nuestos militares de todos los medios materiales (armamento, tecnología, transportes, ...) necesarios tanto para su mayor protección personal, como para la máxima efectividad de su esfuerzo. Y, si no han dispuesto de esos medios, exigir responsabilidades a los que debían de habérselos facilitado.