13 septiembre, 2007

Queridos maestros. Por Joaquín Leguina

También este escrito de Joaquín Leguina me lo enviaron hace unos días y aquí va.
Queridos maestros. Por Joaquín Leguina.
Durante mis años de juventud y aprendizaje, primero en Bilbao y luego en París y en Madrid, tuve una convencida devoción por el marxismo y no sólo como militante, como activista político contra una dictadura que –para quienes la soportábamos- amenazaba con ser inmortal, pues aquel general bajito y de voz aflautada (que estaba convencido de poder pasar a la Historia por todas las virtudes de las que carecía) no daba señales de querer morirse.
Muchos llegamos a creer, en efecto, que el marxismo, es decir, “el materialismo histórico”, era una ciencia al estilo de la Física. Una ciencia que había tenido en Carlos Marx a su Copérnico y también a su Newton. Tratábamos de hacer con esa poderosa arma, “científicamente”, la revolución que nos traería, a impulsos del proletariado, un mundo libre al fin, es decir, sin clases. Sin explotación del hombre por el hombre.
El marxismo había movido en el pasado muchas conciencias, incluso había sido capaz –revolución mediante- de crear unas sociedades sin capitalistas, por ejemplo, en Rusia y en China. Claro que veíamos a esos países anticapitalistas con no pocas reticencias, pues sabíamos que allí no había, ni por asomo, libertades civiles…. aunque tampoco existían banqueros. “Vaya lo uno por lo otro”, era ésta, quizá, nuestra justificación de lo injustificable.
Mas, en lo tocante a la citada ciencia, las modas –también en el marxismo- venían de París y se llamaban entonces “estructuralismo”… y como en cualquier culto, tenían sus teólogos y sus pontífices y, en primer lugar, a Louis Althusser, un profesor de la École Normal, que vivía en una residencia universitaria de la Rue D’Ulm. Althusser era por aquellos días el gurú del “marxismo estructuralista”, un pensamiento con gran prestigio entre la progresía universitaria, dentro de la cual brillaban con luz propia muchos de los alumnos normaliens de Althusser que se habían pasado al maoísmo y se dedicaron a aplaudir en revistas “teóricas” o en hojas volanderas las virtudes de aquel escarnio que se llamó “Revolución cultural”.
En el otoño de 1966, siendo yo estudiante en la Sorbona visité -con ocasión de un acto que estábamos montando en solidaridad con los demócratas españoles- a Althusser en su residencia de la Rue D’Ulm.
El filósofo, de mirada perdida, camisa gris mal planchada y pantalón del mismo color, me recibió en pantuflas en lo que parecía una celda conventual. En efecto, todo en aquel recinto tenía aires monásticos. Una cama grande, un armario, dos sillas, una biblioteca a rebosar y una puerta que, seguramente, daba al baño. Al fondo de la habitación, otra puerta corredera desembocaba en un despacho con su mesa de trabajo -orientada a un jardín otoñal- y su silla. Dos sillones de orejas y una mesa baja poblada de libros completaban la estancia. El filósofo me hizo sentar en uno de los sillones, se mantuvo de pie, leyó el manifiesto, lo firmó y me despidió. Eso fue todo.
Saqué la impresión de que sobre aquel hombre pesaba algún dolor, quizá a causa de una enfermedad física o, más probablemente, mental. Tampoco envidié su vida de intelectual abandonado en aquel reducto deprimente.
Althusser era apreciado entre la izquierda –ya lo he dicho- y sus discípulos habían comenzado en 1965 a editar la revista Cahiers Marxistes-Léninistes, que dedicó su número 11 precisamente al maestro. Éste publicó en 1965 su libro canónico: “Pour Marx” y en 1966, su Vulgata: “Para leer El capital”. Libros que Siglo XXI se encargó de traducir al castellano. Aquellas obras, junto a los tratados económicos de Bettelheim, fueron el alimento de un marxismo juvenil y dogmático al que se había adscrito con mayor o menor entusiasmo una buena parte del movimiento progre de la época.
Algo más tarde, una alumna aventajada de Althusser llamada Marta Harnecker –una chilena a quien por entonces yo solía ver predicando la buena nueva a sus fieles latinoamericanos en el restaurante universitario de Mabillon- escribiría un par de catecismos althusserianos que se vendieron como churros entre los aprendices -castellano-parlantes- de marxismo a un lado y otro del Atlántico.
Pero, ¿quién era este Althusser? Su mentalidad torturada y tortuosa, de la que habría de dar cumplidas muestras, le había llevado desde Acción Católica –en la que militó antes de la guerra mundial- al Partido Comunista francés, el más estalinista de Occidente. De ahí –y de la mano de algunos de sus alumnos- pasó al maoísmo, para retornar definitivamente al catolicismo en los últimos días de su vida. No por casualidad en aquella biblioteca de la Rue D’Ulm pude ver que los libros de Santa Teresa de Ávila acompañaban a las Obras Escogidas de Lenin.
En lo que se refiere al marxismo althusseriano, éste logró envolver con los ropajes del estructuralismo a pensamientos tan envejecidos como “Sobre el materialismo histórico y el materialismo dialéctico”, cuyo autor era –el ya por entonces innombrable- José Stalin. Sólo por su envoltorio estructuralista, aquellas vejeces se vendían como novedades… con un toque, incluso, de psicoanálisis vía Lacan, a quien Althusser debía el concepto de sobredeterminación.
Althusser y los suyos hablaban de “inversión, de puesta sobre sus pies” de la dialéctica idealista y hegeliana en materialista y marxista. Incluso fueron más allá y sostuvieron, siguiendo a Bachelard, que hacia 1845 se había producido un corte epistemológico entre el joven Marx –que según ellos no era todavía marxista- y el Marx de la madurez. Un Marx maduro que ya no tenía nada que ver con la dialéctica hegeliana, un Marx que ya era “el verdadero Marx”. De esta guisa, los althusserianos descubrieron en El Capital conceptos y verdades que su autor ignoraba. Por eso resucitaron a Stalin –uno de los asesinos en serie más mortíferos de la Historia-, considerándolo un teórico muy superior al propio Marx “juvenil”.
En vísperas del mayo francés aparecieron los Cahiers pour l’Analyse dedicados a recoger, mezclar y revolver las ideas de Althusser con las de Lacan, Foucault y las del mismo Lévi-Strauss, el antropólogo fundador del estructuralismo francés.
Las contradicciones sociales tenían, según Althusser y sus seguidores, su origen y fundamento en las leyes de la materia. Para ellos, la conciencia no era sino un mero reflejo de la acción humana, un producto fatal. El marxismo, en sus manos, abandonaba al fin la filosofía y la práctica política para convertirse en una ciencia con fundamentos parejos a los de las ciencias de la naturaleza.
Cuando, en 1956, se celebró el XX Congreso del PCUS y Kruschev descubrió alguno de los masivos crímenes de Stalin, Althusser, por exigencias del guión, dejó de ser estalinista, pero acabó por buscar refugio en Mao. Lo demuestra el hecho de que publicara en el número 14 de Cahiers Marxistes-Léninistes, un artículo elogioso sobre aquella aberración -a la que ya he aludido- que se llamó Revolución Cultural china.
Mientras el populacho apoyado por las más altas magistraturas del Estado chino, con Mao a la cabeza, se dedicaba a maltratar de las más viles formas a los profesores e intelectuales de su país, incluyendo a simples oficinistas, esa parte de la inteligentzia francesa se hacía lenguas a favor de la proletarización impuesta por una sedicente “Revolución cultural”, cuyos objetivos verdaderos no eran otros que la toma del poder por una pandilla de forajidos políticos: “la banda de los cuatro”.
Tras asesinar a su mujer, estrangulándola con un pañuelo de seda –precisamente sobre la cama que yo había visto en aquella residencia monacal-, Louis Althusser fue recluido en un convento, donde murió en el seno de la Iglesia Católica. Pero antes habría de escribir sobre sí mismo unas confesiones que destruyeron definitivamente el crédito –si alguna vez lo habían tenido- de sus ideas. Soy un ser –escribió- lleno de artificios e imposturas… y nada más. Un filósofo que no conocía casi nada de historia de la filosofía y casi nada de Marx… Raymond Aron no estaba equivocado al hablar de mí y de Sartre como “marxistas imaginarios”.
Un final de traca para una gran impostura que colonizó -¡y de qué manera!- a una parte de la izquierda y no sólo en Francia, pues por nuestros pagos abundaron también los traductores-introductores.
El final tragicómico de Althusser no fue una excepción en aquella generación de maestros, fue una epidemia. Así ocurrió con su contradictor más relevante dentro del PCF, Roger Garaudy, con quien Althusser sostuvo en La Nouvelle Critique, la revista teórica del Partido, una larga controversia que había comenzado en 1955 y que concluyó en 1966.
El PCF permitió ese debate por ver de recuperar algo del prestigio perdido entre los intelectuales, pero al final (1966) se inclinó por las tesis del “humanismo marxista” que representaba Garaudy, silenciando definitivamente a Althusser. Garaudy estuvo empeñado por entonces en el diálogo cristiano-marxista que él mismo propició y mantuvo en el candelero como nadie. Este influyente pensador comunista no acabó como Althusser en las filas de la Iglesia Católica, con cuyos miembros tanto había bregado, sino que, después de abandonar el PCF, abrazó la fe… pero la del Islam (“cosas veredes, amigo Sancho”).
Nikos Poulantzas, el más político de la cuadra del marxismo estructuralista, tal vez dolido por el fracaso de sus ideas, a finales de 1979 agarró sus obras, salió al balcón y se arrojó a la calle –abrazado a sus libros-desde un décimo piso. El año siguiente, 1980, resultó aún peor para aquella influyente tropa intelectual. En enero, Lacan disolvió la Escuela Freudiana, en noviembre, Althusser enloqueció, asesinó a su esposa y fue recluido en un convento hasta que, en diciembre, murió y a Roland Barthes lo atropelló y mató un camión. En 1981, Lacan moría afásico y en 1984 Foucault se extinguió, víctima del SIDA. Gilles Deleuze se suicidó en 1995…
En realidad, la fiesta post-estructuralista había durado poco más de una década. Sólo Lévi-Strauss, el padre fundador -negado por sus seguidores marxistas a quienes él, por cierto, despreciaba- los sobrevivió a todos en una tranquila y prolongada vejez.
Sartre, dueño de una filosofía más solvente que la aquí descrita, también acabaría como el rosario de la aurora, defendiendo –tras el mayo revolucionario de 1968- una causa imposible: “La causa del pueblo”, un infumable panfleto maoísta que el ya anciano filósofo vendía personalmente por las calles del Barrio Latino.
Tampoco el “fin de fiesta” de Marta Harnecker fue como para tirar cohetes. Tras su periplo francés regresó a Chile y allí dirigió, después del triunfo de Allende, un influyente semanario: Chile hoy. Su atractiva figura de entonces (era una chica, en verdad, muy “neumática”) la podemos ver, mientras “mitinea”, en el famoso documental de Patricio Guzmán: “La batalla de Chile”. Después de sufrir –como todos- el golpe militar del 11 de septiembre (1973), la Harnecker se exilió en Cuba y en aquella isla se casó con Piñeiro, el jefe de la Policía Política de Castro. Y allí sigue, ya viuda, pues Piñeiro murió, hace ya algunos años, en un accidente de tráfico que, según los cubanos del exilio, no fue tal, sino un atentado preparado por el régimen contra un hombre que, obviamente, “sabía demasiado”.
¿Y nosotros qué? Pues visto a la distancia que el tiempo procura resulta incomprensible que nos dejáramos pastorear intelectualmente por una traílla de embaucadores en una impostura política con aires de secta religiosa. Una ensoñación de la cual sólo la realidad –que se abrió paso tras la muerte del dictador- fue capaz de sacarnos.

11 septiembre, 2007

Los nuevos antepesados. Por Iñaki Ezquerra

Como estos días no tengo tiempo apenas para escribir nada, ni siquiera para pensar un poco, embotado como anda uno con toda la ciencia que se destila en los concursos universitarios, aprovecho para colgar algún artículo majete que me he topado por ahí. Este de Iñaki Ezquerra, publicado hace días en El Correo, me lo envió un amigo y aquí lo planto. Ahí va:
Siempre ha habido gente que valora como propios los méritos de sus antepasados y que cuenta como si fueran suyos los logros de sus abuelos, bisabuelos y tatarabuelos; gente que me inspira la certeza de que no estoy ante un antepasado sino ante un “antepesado”. Pues bien, aquí es adonde yo quería llegar. La nueva era política o geológica que estamos viviendo hoy en España con Zapatero ha traído un nuevo tipo de “antepesado”, de pelma delpedigrí que uno nunca habría sospechado que pudiera existir, pero que me siento con el deber moral, científico y ciudadano de delatar. El nuevo “antepesado” se diferencia del tradicional, del de toda la vida en que su supuesto pedigrí familiar es de izquierdas. Y así, igual que siempre ha habido gente que daba la chapa asegurando que desciende de la pata del Cid, esta tribu sociológica recién aparecida en nuestro paisaje nacional se elabora una genealogía tan roja como fraudulenta que -como la del viejo “antepesado”- se resquebraja a poco que rascas si es que tienes interés de rascar. El nuevo “antepesado” dice cosas como la que dijo nuestro ministro de Cultura cuando tomó posesión de su cargo: “Vengo de una familia de muchas generaciones de republicanos”. No es que uno vaya a indagar nada pero el propio concepto de “republicanismo español”, moderno por antonomasia y desgraciadamente tardío, se da de tortas con la expresión “muchas generaciones”. ¿Cuántas? Cinco a lo sumo si contamos con que los Molina ya eran partidarios de la Primera República. Porque más de dos no ha habido en España. Quiero pensar que ése fue un simple y disculpable lapsus de “antepesadez” en el hombre que, por otro lado, nos ha dado la alegría desacar a Rosa Regás de la Biblioteca Nacional.

La verdad es que el propio concepto de “izquierda” se pega con el de “pedigrí”. Si hay algo que caracteriza esencialmente a la izquierda es su rebelión ante la tradición y la reivindicación de la libertad del ser humano para oponerse a sus padres, al pasado y a los antepasados más que a nadie. La verdad es que la moda de los nuevos “antepesados” se ha extendido tanto y tan comercialmente en los últimos tres años que no es fácil sustraerse a ella. A veces es difícil discernir donde termina la fantasmada infantiloide y comienza la indecencia. Sé de un personaje que siempre ponía voz de pijo para presumir de que su papá le había pagado una estancia parisina en los años setenta en una buhardilla alquilada a Marguerite Duras y que ahora ha convertido aquellas vacaciones en un exilio. Nunca se me ocurriría recordarle que volvió antes de la muerte de Franco porque es capaz de contarme que regresó para derrocarle sólo que la parca se le adelantó. Tengo amigos que pasaron un par de semanas en Portugal en aquellos mismos años y que también me quieren convencer de que se exiliaron por republicanos y antifranquistas. Uno piensa que Portugal no era el lugar más adecuado para los republicanos (en todo caso lo sería para los monárquicos) pero se calla por no molestar. Tengo, en fin, hasta un tío navarro que fue siempre un carlistón irredento y que ahora cuenta a todo el mundo que estuvo en la cárcel por nacionalista. El otro día le pregunté a mi madre por él y me dijo riéndose: “Estuvo una vez en la cárcel, pero por borracho”.

Última moda para rebeldes

Cada vez que me cruzo por la calle con una mujer con chador me quedo mirándola con esa curiosidad con que las vacas contemplan el paso de los trenes. Misterios. ¿Nacieron para sumisas? No creo. Al fin y al cabo, también aquí vimos a las abuelas ir un paso por detrás de sus maridos, con la saya negra y un hatajo de churumbeles colgados de las entrañas. Pero, hombre, es el siglo XXI.
Cuando me pongo feministo ando torpón, ya lo sé. El caso es que son parte de nuestros paisajes, y bendito sea el paisaje, por la cosa ecológica y tal. Ecología humana, que se multipliquen entre nosotros las especies mientras hacemos de boquilla política de género, para que ninguna novia de ministro se quede sin su acta de diputada. Qué putada.
Mi perplejidad aumenta considerablemente cuando la señora tocada por la mano de Alá es de aquí mismo, españolita conversa. Acabo de toparme con una en Barajas. Me quedé un rato meditando sobre qué tuerca se le habría aflojado a esa joven que iba toda contenta luciendo las galas de su fe adoptiva, hasta que caí en la cuenta de que, bien pensado, no es tan raro. Dicen las estadísticas que son miles y miles los europeos de toda la vida que se pasan esta temporada a la fe islámica. Es el último grito en vida alternativa, menú ideal para ahítos disconformes. Hace cuarenta años los burguesitos se apuntaban por las mismas al trostkismo y al maoísmo y babeaban con el sueño de una revolución cultural a la china, pero aquí, en las Alcarria mismamente. Ellos, que habían estudiado en los mejores colegios, viajado a la playa en el Dodge de papá y comido los primeros yogures, soñaban con una política radical que pusiera a todos a plantar lechugas y a vendimiar. Pobrecitos, lástima que no se cumplieran sus sueños. Habría sido entrañable verlos, con sus blancas manitas, arrancando hierbajos bajo la mirada torva del comisario político de turno. Claro, supongo que ellos más bien soñaban con ser comisarios políticos y reprimir con mano de hierro la contaminación capitalista de mentes y cuerpos. Luego supimos que era una posturita para follar con liberadas y un buen entrenamiento para ir curtiéndose en conspiraciones y baja política de partido. Los más avispados acabaron de ministros y secretarios de Estado y los más lelos se conformaron con hacerse catedráticos o empresarios de hostelería, a ser posible con casa rural. Pero conservan algo de aquel barniz alternativo y lo exhiben al hilo del calentamiento global o el pacifismo con chófer. Pasaron del arrobo ante las leyes de la historia a ser legisladores o evasores de impuestos. Es su larga marcha particular, largo rodeo para no bajar de clase social. Pues creo que no conozco a ninguno de aquellos que se haya hecho pobre o simplemente proletario. Sus papis pudieron descansar tranquilos, al fin.
No sé cuantos de éstos que ahora se pasan al Islam acabarán perdiendo su nueva fe o cuantos llegarán a imanes y cosas así. De lo que estoy bastante convencido es de que la mayoría se apuntan por hacer algo distinto y llevar la contraria, para dar la nota. En el supermercado de las alternativas va quedando poca cosa que ponerse en la biografía juvenil, y tampoco está todo el mundo dispuesto a irse en serio de cooperante a Burundi o a partirse la cara por los oprimidos de verdad, que haberlos haylos. Así que cara a la Meca y en pompa para cambiar el mundo.
Esperemos que estos nuevos beatos acaben como sus predecesores, devorados por las aguas de la historia y vencidos por los molinos de viento contra los que fingen que luchan.

10 septiembre, 2007

Delito político

Aquí copio la columna que acabo de enviar a Ámbito jurídico, la publicación colombiana. El tema sonará raro por estos pagos, pero allá está de plena actualidad, pues el presidente Uribe pretende rebajar sustancialmente las consecuencias penales de los crímenes paramilitares alegando que son delitos políticos y que la Constitución colombiana permite tal apaño.
A ver si esta semana puedo seguir contando algo aquí, pese a que toca de nuevo encerrarse en la capital de capitales con hábiles habilitadores.


LAS CONTRADICCIONES DEL DELITO POLÍTICO.

La idea de delito político surge en la tercera década del siglo XIX en países como Bélgica o Francia, en un contexto ideológico preciso. En la pugna contra el Antiguo Régimen, los primeros sistemas políticos de corte liberal contemplan con los mejores ojos la lucha, incluso violenta, contra aquel sistema político anterior. El optimismo racionalista llevaba a ver la imposición de las nuevas libertades como un movimiento imparable de la Historia. El romanticismo hacía que se juzgara con admiración y alta estima moral a los que se alzaban contra el orden pretérito, opresivo de vidas y conciencias. De ahí que, frente al delincuente común, cuyas acciones se tenían por guiadas por el egoísmo, el delincuente político recibiera algunos privilegios, fundamentalmente en materia de asilo y extradición. Se rompía así con la situación anterior, cuando la rebelión contra los poderes establecidos recibía las penas más duras.

Posteriormente los Estados van a poner algunos frenos a ese trato de favor para el delito político. En las relaciones entre Estados constitucionales de estirpe liberal no parecerá coherente privilegiar al que se rebelaba contra alguno de ellos. Además, se introducirá un criterio moral de evaluación del delito político, superando la ambigüedad de la pura definición genérica del mismo. Desde los orígenes el delito político era definido como aquella acción penalmente punible realizada en nombre de ideales opuestos a los del Estado establecido y que, en razón del bien jurídico atacado, se consideraba apta para socavar los fundamentos de dicho orden estatal. Conforme a tal caracterización, en nuestros días habrían de recibir trato favorable, como delitos políticos, las acciones de ETA en España o de la banda Baader-Meinhof en Alemania o de las Brigadas Rojas en Italia. Al fin y al cabo, con aquella definición en la mano, el terrorismo con finalidad subversiva sería el delito político por antonomasia. Y llegamos a la cuestión decisiva: ¿tiene sentido que un Estado constitucional y democrático de Derecho otorgue ventajas legales a los que, desde ideologías opuestas a las que fundamentan ese Estado, atentan contra otros Estados del mismo cariz? ¿Cabe que se dé la consideración de luchadores de alta condición moral a los que, para sus fines políticos, convierten la vida, la integridad física o la libertad de los ciudadanos en mero instrumento de sus designios políticos? Me parece que la respuesta sólo puede ser negativa. En buena lógica, en un Estado de Derecho el único delincuente que puede recibir trato de delincuente político es el que pelea contra la tiranía de Estados que violan los derechos humanos más elementales y que lo hace desde el respeto a los aquellos derechos más básicos de los ciudadanos. Ése es el camino tomado en nuestros días por el Derecho internacional, que no permite conceder beneficio ni al que atenta para imponer dictaduras ni al terrorista sangriento ni a quien comete genocidio o crímenes de lesa humanidad, aunque sean o se digan políticos sus móviles. ¿Qué pensaríamos, sino, de un Estado democrático que amparara al que en otro Estado igual mata para acabar con las libertades e imponer, por ejemplo, un sistema nazi o una teocracia?

Hay países, como Colombia, que usan la categoría de delito político a efectos de dar trato mejor a los que en su seno delinquen para modificar el orden constitucionalmente establecido o, supuestamente, para salvaguardarlo. Semejante anomalía responde, sin duda, a razones históricas. Pero supone introducir en la propia Constitución una paradoja con peligrosos efectos disolventes, efectos que sólo pueden evitarse con una interpretación sumamente restrictiva de aquellas cláusulas. Una Constitución que afirme como supremos valores el respeto de los derechos fundamentales y de los procedimientos democráticos no puede reservar tratamiento mejor ni alabanza ninguna para los que hacen tabla rasa de tales derechos, por mucho que digan que los mueve el afán de justicia o la defensa de las mismas libertades que con sus acciones niegan. No se trata de que no quepa pugnar por cambiar los fundamentos del Estado y de la propia Constitución, sino de que los medios que se usen no pueden jamás consistir en el asesinato, el secuestro, la tortura o la rapiña. Una Constitución que lo admitiera así se estaría negando a si misma, estaría sentando que, por encima de los derechos fundamentales de los ciudadanos, se acepta y tiene legitimidad y valor constitucional el uso de la violencia contra tales derechos, la conversión de éstos en moneda de cambio que es posible emplear, con todos los parabienes, en la disputa política.

Un grupo alzado en armas y que violente gravemente los derechos humanos, ya sea so pretexto de hacer la revolución o de defender el Estado contra la revolución, puede poner contra las cuerdas a las instituciones estatales y forzarlas a hacer concesiones. Pero si entre éstas está la impunidad de sus crímenes, la apropiación definitiva de lo robado o la obtención de un papel político dominante, no podrá decirse que eso ocurre con la Constitución en la mano y por aplicación de ninguno de sus preceptos, ni siquiera el atinente al delito político. Pretenderlo es escarnio constitucional. Si la Constitución lo consintiera, esa Constitución habría sido simple pretexto para legitimar la violencia como vía política alternativa y superior. Una Constitución que merezca tal nombre no puede al mismo tiempo afirmar los derechos fundamentales y defender a los que los vulneran con mayor saña. Tampoco cabe que esa Constitución convierta al que por convicción mata, roba, tortura o extorsiona en ciudadano acreedor de consideración mayor que la del ciudadano que se atiene a sus reglas fundamentales, aun cuando delinca.

En suma, si las cláusulas constitucionales referidas al delito político no reciben una interpretación fuertemente restrictiva, se estará dinamitando la Constitución desde la propia Constitución, echando por tierra sus normas más cruciales, las que definen como Estado de Derecho y de derechos al que esa Constitución funda. Equivaldría a mantener que la propia Constitución afirma que por encima de los derechos fundamentales y de la democracia se halla la violencia como medio válido y legítimo de acción política. Sería como si la Constitución aceptara que más allá de cualquier otra ley vale, y vale con todos los merecimientos, la ley del más fuerte.

08 septiembre, 2007

El ojo de las instituciones

Allá por los albores de la juventud era en el grupo de amigos tema recurrente el de por qué las chavalas acababan morreando siempre con el más cabronazo, que nunca era ni el más inteligente, ni el más aseado ni la mejor persona. En cada grupo y en cada pueblo había un descarado que se las llevaba de calle, mientras los demás veíamos pasar los días a dos velas y con un primer convencimiento de que en este mundo no hay ni justicia ni providencia ninguna. Luego supimos todos que las chicas tenían conversaciones paralelas, pues su enigma estaba en por qué eran mejor pretendidas las más guarras y más dispuestas para el magreo apresurado.
En fin, aquellos tiempos pasaron, por fuerza todos nos hicimos de orden y las partidas de más nivel comenzaron a jugarse en la clandestinidad. Pero a mi la sensación se me renueva cada dos por tres, si bien no a propósito de las equívocas relaciones entre los sexos, donde ya va uno sabiendo que no hay reglamento ni estadística que valga, sino en lo referente a las instituciones. Sí, ha leído bien, he dicho instituciones.
Si me apuran, los devaneos institucionales son mucho más raros que aquellos otros, propios de la edad y de las pulsiones en sazón. Unos y otras lo que en el fondo buscábamos era el ayuntamiento carnal, por mucho que se comenzara siempre por los veinte poemas de amor y se acabara en la canción desesperada. Pero la relación entre la mente y el cuerpo de las instituciones es mucho más compleja y esquiva al análisis facilón, pues díganme si no por qué ese empeño de las instituciones en que se las beneficien los más incapaces. A los humanos nos posee el instinto de sobrevivir y reproducirnos, y de ahí que cuanto más se nos embota el seso más busca el sexo el macho impulsivo o la hembra receptiva. Luego nos hacemos racionales y tal y descubrimos que la familia es célula básica de la sociedad y que el amor hay que santificarlo y todo eso. O sea, la edad. Pero, repito, ¿y las instituciones? ¿Por qué su empeño en la autodestrucción, su afán por que las posean y les saquen el jugo los más incapaces?
Sí, ya he contado aquí que ando estos días con dolor de huesos porque me toca hacer de juez en habilitación para cátedras. Pero palabra que no me refiero a esas vivencias; o solo a ésas. Ni mucho menos. Llueve sobre mojado, diluvia en plena inundación. ¿Qué de qué hablo, pues? Veamos.
Últimamente he tenido diversas y variadas ocasiones para repasar currículos de profesores universitarios. Dramático. Uno se topa de tanto en tanto con la trayectoria de magníficos profesores e investigadores que no se comen una rosca. Ahí van escribiendo sus trabajos con calidad y esmero, sobreponiéndose a la soledad del corredor de fondo y exponiéndose cada tanto a que una comisión cualquiera o una anequilla de chupatintas les diga que muy bien pero que al peso se les ve pobretones y pelín apocados. Lógico, si no hacen más que estudiar y elaborar su obra con espíritu artesanal y más vocación que habilidad para el marketing. ¿Qué usted sólo escribió un libro en siete años y no fue ni siquiera secretario de la comisión de convalidaciones de su facultad? Inútil, que es usted un inútil y un perezoso incorregible. Sí, el libro será bueno, no digo que no, pero tampoco nos vamos a poner a leerlo. Si al menos nos presentara un esquema del mismo en power point…
Y luego están los otros. Madre mía, cómo se lo montan. Han desarrollado los atributos faciales del oso hormiguero. Escriben mucho, lamentable en la forma e incomprensible en el fondo. Tienen una antena muy sensible para detectar los tópicos de moda, lo que mejor se vende en el mercadillo académico: que si globalización, que si multiculturalismo, que si nuevas tecnologías y sociedad de la información, que si derechos humanos de octava generación, que si adaptación al espacio de Bolonia. Mucho ruido, muchísimo ruido, y pocas nueces, batiburrillo de lugares comunes y faltas de ortografía, bazofia adobada para alimento de burócratas, posturitas para la galería, vacías entelequias de exquisito diseño. Son los que se llevan el/la gato/a al agua. Becas, ayudas, proyectos de investigación, cargos, subvenciones, viajes a porrillo con dineros públicos, publicaciones de tapa dura y letra blanda.
Hasta es diferente el estilo con que los logros de presentan. El friqui académico nunca expone sus méritos, tan abundantes como dudosos, diciendo que se presentó a tal convocatoria o consiguió con esfuerzo y mucha suerte publicar tal cosa, sino que usa siempre las siguientes expresiones: me invitaron, me ofrecieron, me pidieron. De alguna forma han de explicar por qué se pasan la vida viajando y obteniendo fondos a espuertas, y lo cuentan, así, orgullosos, pletóricos, satisfechos. No dicen me arrastré, engañé, aparenté, fingí, aproveché que tenía un primo con mando en la subsecretaría de turno. Y los más trabajadores y esforzados, los que de verdad dan el callo y producen obra seria, los oyen y se quedan con cara de alelados, preguntándose por qué a ellos nadie los llama, los invita o les ofrece una pasta por decir cuatro paridas ante auditorios amaestrados y de pega. Misterio.
En el estercolero los que mejor se las componen son los gusanos, eso es bien sabido. Pero, caramba, no resulta fácil asumir que nos movemos en ciénaga tan putrefacta. Mas es lo que hay. A ver, si no, cómo explicamos que las instituciones académicas y científicas –con las consiguientes excepciones, escasas- otorguen sus más generosos favores a los más inútiles y desmelenados. Chalados que se han pulido cantidades mareantes de dineros públicos en proyectos de investigación absolutamente inverosímiles, atrevidos que se han ido a gobiernos autonómicos con propuestas para digitaliizar las danzas regionales o para hacer un archivo con las lavanderas que frecuentaban en el siglo XIX la fuente del pueblo, y que han recibido el apoyo entusiasta y generoso de la consejería oportuna, linces que lo mismo convierten en euros el género que la memoria histórica de una parroquia de tercera.
El buen investigador, el profesor honesto, el autor de investigaciones cuidadas y que vienen a cuento, se pudre entre libracos y se deja las pestañas en su despacho o en su casa, mientras que los más osados se pasan toda ciencia por el arco del triunfo y se dedican a ordeñar la idiotez institucionalizada.
¿Y todo eso por qué? Porque son analfabetos los políticos y burócratas que deberían velar por la excelencia y los buenos rendimientos del personal universitario, porque cuenta sólo lo que pueda venderse al peso en el zoco de las modas y de la corrección política, porque las instituciones juegan nada más que a coser los imaginarios trapos con los que piensan disimular que el rey está denudo. Simbiosis perfecta entre el político sin luces y el cínico que come en su mano a cambio de mejorarle los réditos simbólicos.
En España las universidades y las instituciones políticas que se ocupan de la investigación de consuno están consiguiendo levantar una casa muy aparente que por fuera va cobrando pinta de palacio y que por dentro no es más que una cacharrería de mala muerte. Es lo que hay. La gallina de los huevos de oro descubre su íntima vocación de meretriz y aprende a buscar los gallos que le convienen.

06 septiembre, 2007

Madrid es nación.

Otra vez en Madrid para hacer de juez, sin ganas, en el dichoso concurso de habilitación de cátedras. Buena ocasión para reflexionar de nuevo sobre el hecho indudable de que los madrileños son nación propiamente dicha y tienen una cultura propia, bien distinta de la de los humildes habitantes de maravillosas provincias de medio pelo. Resumo esta impresión, puesto que hay que dormir un poco ahora, por la noche, para no hacerlo mañana mientras disertan esmerados aspirantes a la gloria académica. Atengámonos a unos pocos detalles, para elevarnos al final a la conclusión antedicha.
1. Cuando en provincias recibimos a colegas les organizamos el viaje con esmero, y ay del que no lo haga así con un catedrático de la capital. A la inversa no sucede.
2. Cuando los de provincias recibimos a un colega por cualquier motivo, hasta lo recogemos en la estación o el aeropuerto. A la inversa no sucede.
3. Cuando los de provincias hacemos de anfitriones con los colegas, buscamos con esmero un restaurante de postín. A la inversa no sucede.
4. Cuando los de provincias seguimos de anfitriones, con ganas o sin ellas, hasta invitamos a unas cañas, tontamente. A la inversa no sucede mayormente.
5. Los de provincias solemos hacer sobremesa. Los madrileños no tienen tiempo; o ganas. Total, para qué. Si en la capital no vas apurado pareces un mindundi total.
6. Los de provincias solemos llegar puntuales a las citas con los colegas de Madrid, para que no se molesten y porque nos lo enseñaron así en el pueblo. A la inversa ocurre más bien poco.
7. Los provincianos nos ofrecemos para tomar unas cervezas con los colegas cuando se acaba lo que hubiera que hacer. Los madrileños tienen prisa siempre y cosas más importantes de las que ocuparse, en casa o vaya usted a saber donde.
8. Los de provincias a la mínima nos ponemos a hablar con los colegas de cosas personales, que si la familia, que si aquella juerga, que si a cómo están por aquí los garbanzos. Los madrileños no tienen vida personal o no hablan de ella con extraños. Todo lo más, algún cotilleo sobre un secretario de Estado que aspira a embajador en Guatemala. Apasionante.
¿Hay algo de reproche en lo anterior? No, no y no. Y mil veces no. Seamos justos: Madrid es nación y los demás una panda de de frívolos apátridas. ¡Independencia para Madrid ya!
Seguimos haciendo amigos. Pero es broma, ¿eh?

04 septiembre, 2007

Titular real

Estupefacto me quedo al toparme con el siguiente titular de periódico: “La princesa Leticia regresa a la vida laboral”. Ahora me permito preguntarle al sufrido lector si adivina en qué diario aparece. Frío, frío, no es La Razón. Tampoco ABC. Está en El País de hoy, versión electrónica.
Confieso que mi pasmo procede a partes iguales de mi ingenuidad y de esta deformación jurídica que me hace tomar por conceptos precisos los términos utilizados a humo de pajas. Creí que doña Leti retornaba a televisión para ganarse el pan con el sudor de los informativos o que se colocaba de cajeraza en algún banco. Pero calma, siempre conviene leer hasta el final y no tirarse en marcha de las letras grandes. Y ahí, en la tipografía menuda, se comprueba que no era exactamente lo que parecía, sino que simplemente ha terminado la princesa asturiana su baja maternal. ¿Baja maternall? Diablos, ¿cómo se tramitarán las bajas maternales de toda una princesa? ¿Será mucho papeleo? ¿Pondrá pegas la empresa? ¿Qué empresa?
El real parto tuvo lugar el 29 de abril, pero a los esmerados periodistas se les ha hecho largo el paréntesis laboral, pues hablan de que ha sido un “largo retiro”. En cualquier caso, como una curranta más, doña Leticia “ha unido el periodo de lactancia con las vacaciones”. ¿Estaría todo calculado y medido? Crece el desconcierto y uno se pregunta si lo que ha concluido es la lactancia, las vacaciones, la baja o todo a una. ¿Habrán destetado a la pobre infanta para que su mamá labore ya como una negra?
Seguimos leyendo para imaginar cuánto de duro será el retorno al tajo y comprobamos que ha consistido en asistir al cumpleaños del príncipe Guillermo Alejandro de Holanda, con muchos miembros de casas reales, eso sí. Se recrea el autor de la noticia en explicarnos que cargaba la princesa un vestido del copón, igual que si nos contara que en su primera jornada laboral tras el regreso hubiera encofrado un puente entero. Y, para colmo, hoy le toca acompañar a la ministra de Medio Ambiente a una conferencia sobre desertificación. ¿Llevará escote? El jueves tendrá que estar presente en la entrega de un premio de periodismo a un ex Primer Ministro portugués, como es lógico. Esto es un no parar, hija.
Y digo yo que si lo del titular será contrainformación por lo de El Jueves y tal. Quién sabe.
Me da la nariz que nos esperan tiempos de sorpresas preelectorales, con El País haciéndole sombra al Hola y con ZP envuelto en la roja y gualda. Real como la vida misma. Letizia y cierra España.
No se pierdan la foto. Me parece que la de pistacho es la Ministra de Medio Ambiente, como es natural. O tempora, o mores.

03 septiembre, 2007

Matemáticas y caderas femeninas. Por Francisco Sosa Wagner

Unos científicos británicos han demostrado con pruebas matemáticas que la actriz Jessica Alba tiene una proporciones perfectas. Son nada menos que investigadores de la Universidad de Cambridge quienes han confeccionado una fórmula matemática para medir el atractivo sexual femenino que se basa en la proporción entre la anchura de la cintura y de las caderas. Por este camino han descubierto que la mejor tiene un 0,7, justamente la de la magnífica hembra citada. Hay otras que tienen un 0,67 y alguna que se pasa y llega al 7,5.

Que la investigación en la Universidad anda descarriada en manos de proyectos otorgados por el favor político y sumida en otros desvaríos procedimentales y sustanciales, es cosa sabida. Por lo menos para mí lo es respecto de la flagelada Universidad española, pero resulta una sorpresa que, por los mismos caminos, se despeñe la Universidad inglesa a la que se ha tenido por más seria y comprometida con estudios relevantes y ensayos copiosos de sapiencia.

Pero, almas de Dios, colegas ingleses ¿a quién se le ocurre medir el hechizo de las caderas de una señora por medio de números? Los números sirven para contar los muertos en la carretera, también para darnos el índice Nikkei de las bolsas y el precio de los pollos y las bombillas en las estadísticas oficiales. Pero ¿para definir el embrujo de una mujer? ¿a qué cotas de desvarío ha llegado vuestra ciencia para afirmar tal disparate?

Las caderas y la cintura femenina son copas balsámicas, flores en forma de fuente, placer que enciende repentinas lumbres, el abismo por el que se precipitan nuestros suspiros y nuestos ayes. ¿No se entiende esto? ¿cómo es posible decir que x por y da como resultado n y por eso, por el n, nos hemos de poner en estado de admirativa verriondez?

Un respeto por favor. Y ¿cómo es posible que no salgan las feministas a manifestarse en Trafalgar Square contra estos científicos de número y tiza? ¿cómo no los queman en efigie? Por asuntos más fútiles, esas activistas han montado un caramillo. ¿Cómo es que ahora se dejan valorar por medio de un número como cuando les ponían las notas en matemáticas?

Para alguien como yo, para quien las caderas y la cintura -y otros elementos de los que ahora hago gracia- son ensueños del corazón que sufre, ilusiones que se alzan al cielo clamando por el festín, brindis a la juventud, arpones de un infatigable Cupido que dispara a quien carece de escudo, para mí, esas cifras infamantes -¡un 0, 7, un 0, 62!- merecen un correctivo de los gordos, una llamada de atención por lo menos del speaker de la Cámara ya que hablamos de ingleses. ¿Dónde está ese señor? ¿por qué no castiga como es debido? ¿dónde está la hermosa tradición de Cambridge que ahora calla y consiente atropellos de este dislate?

Ay, Señor, algo muy grave se descompone en el mundo cuando acciones de esta naturaleza pasan por los periódicos como noticia volandera e inconsistente.

Sépanlo, señores de Cambridge: las caderas y la cintura no son tales más que para el profesor de anatomía, para las personas finas y moralmente bien constituidas, como es mi caso, las caderas y la cintura son coronas plenas de hojas verdes, son guirnaldas, ramas henchidas de gloria, cortezas calientes ... Las caderas y la cintura, señores, son talle, talle con esbeltez de cisne, espacio donde se asientan las manos trémulas, el estímulo del lenguajepues que suscitan inspirados requiebros y el ardor de los versos, la ocasión para que ellas -sus dichosas propietarias- se apiaden de nosotros y ejerzan su benevolencia dejándonos acariciarlas y ceder a nuestros sollozos y a nuestras súplicas.

Las caderas y la cintura son el sobresalto que todos queremos vivir, un apunte voluptuoso, ánforas del encaje que los más estamos siempre tejiendo ... Pero ¿un número? Al diablo, científicos de pacotilla, chapuceros, fulleros ... no sigo porque se me va a echar la justicia encima.

02 septiembre, 2007

La lengua de los clones

Aparecen de tanto en tanto noticias que lo reconfortan a uno. Bueno, en realidad todos los días surge alguna información estimulante. La de hoy es que en Galicia comienzan a funcionar unas escuelas con enseñanza exclusivamente en gallego. Las llaman las galescolas. Esto hay que explicarlo: no es que en Gales se hayan formado colas, es que el gallego es galego y las escuelas son escolas. Ah, amigo, para que luego digan que no le dan bien al cacumen los políticos, mira qué juego de palabras tan churri. Por lo visto, esa galleguización de las almas comienza por las guarderías, que, como es sabido, son los centros educativos con estudiantes más resistentes y con mayores defensas frente a los abusos. En pocos años llegarán hasta lo geriátricos y dormirá al relente el vejete o la vejeta que no se sepan la alineación del Celta de Vigo: Smith, Kaufmann, Kolakowski, Togliatti, Burunga, Evo, Chernikov, Confetti, Olalá, Cachicachi y López.
El objetivo de tan progresista iniciativa lo ha enunciado un tal Anxo Quintana, que creo que es un político muy importante en Galicia, aunque no sé qué le enseñaron en la guardería y desconozco si manda a sus hijos a algún colegio inglés. Ha dicho que los niños de diez años saldrán cantando el himno gallego. Y se queda el tío tan ancho en su quintana, sin darse cuenta de qué gran cosa está haciendo por los infantes de la tierra de cuyo presupuesto pacen él y varios más de su tribu.
Uno mismo tiene experiencia en lo de cantar el himno en la escuela. En la de mi pueblo lo cantábamos cada día, al menos en el tiempo que yo pasé en ella, entre los cinco y los diez años. Era muy emocionante. En aquella época el himno nacional español (ojo, era español, lo cual es malo, pero era nacional, lo cual digo yo que a don Ancho le parecerá bueno; ¿o me he liado?) tenía letra y todo. “Viva España, alzad los brazos hijos del pueblo español, que vuelve a resurgir”. Nos decían en el mismísimo himno que resurgía el pueblo español, ya ves. Ahora a los peques gallegos más indefensos, los hijos de la gente humilde que no tiene con qué enviarlos a Suiza y que le den por lo estrecho a Anxo, les contarán que el que resurge es el pueblo gallego y que manos arriba y tal.
Todos los himnos son iguales y más mentirosos que ministra de vivienda. En realidad, usted coge la letra que se ponía al himno nacional en tiempos de Franco y donde dice España sólo hace falta sustituir esa palabra horrible por el nombre de la nación alternativa y queda perfecto. Viva Galiza, brazos arriba hijos del pueblo galego y tal y cual. Lo mismito, y no hay que andar devanándose los sesos. Y, así, si cambia el régimen, basta modificar cuatro cosas de la letra y se puede seguir tan ancho cantando con la mano en alto y la palma bien estirada, igual que ahora.
Tengo entendido que el himno gallego hace homenaje a la resistencia de los celtas frente a los romanos. Bien es verdad que el gallego tiene raíz latina, pero eso son menudencias. Seguro segurísimo que el tataratatarabuelo de Ancho era un celta que te cagas, de los Quintana de toda la vida. Un tipo dispuesto a dar la vida por Galicia y que estaba hasta el casco de la puta España. Esto de la puta España, ahora que recuerdo, lo dijo otro gallego que flipa de emoción cuando va a Cataluña y le cuentan que allí son todos segadores.
Volviendo a lo de las giliscolas, debemos reconocer que a esos niños les hacen un gran favor al procurar que sólo sepan gallego. Porque, vamos a ver, hoy en día sin hablar gallego no puedes ir a ningún lado: ni a Betanzos ni a Porriño ni al mismísimo Lugo, ciudad ésta que, como se sabe, tiene unas murallas que son celtas hasta por la parte del filtro. Pues eso, que tú llegas por esas tierras todo ancho -pero decente- con tus habilidades lingüísticas, que si castellano, que si inglés, que si alemán, que si un poco de francés los viernes por la noche y tal, y no te entiende ni Panoramix Quintana. Y entonces piensas: cómo seré yo tan corto, con lo anchos que son éstos, tu fíjate, Maruxa (y Maruxa que no pilla lo que le quieres decir). Uno por ahí todo desarraigado, que si estudia en Londres, que si trabaja en Berlín, que si liga en París, que si veranea en Sicilia, que si tapita de jamón de Guijuelo, y éstos aquí más felices que el pupas, sin enterarse de nada, pletóricos, incontaminados, sin globalizar ni un pimiento y cada día más celtas. Eso sí, mira que espectáculo inusual, qué maravilla atávica: van haciendo cola de tres en fondo y cantando el himno con los brazos en alto. Es el día de las elecciones y van a votar. Está todo lleno de carteles con la foto de Ancho subtitulada en gaélico, perdón, en galego. Luego, creo que seguirán andando y con sus cánticos hasta la Costa da Morte y que van a realizar unos sacrificios humanos sobre los acantilados. Jo, qué bien y cuánto gozo. Prístinas criaturillas. Animalitos.

31 agosto, 2007

Pitos pecaminosos

Un hombre de treinta años, de Salamanca, se ha cortado el pene y lo ha tirado por el retrete. La razón es, al parecer, que no quería pecar más. Que no quería pecar más con el pene, se supone. Imagino que ladrón no era, pues en ese caso se habría cortado la mano. Ya sé que el asunto es trágico y lamentable, y no es que quiera tomarme a chufla los sufrimientos de ese ser tan escrupuloso con los requerimientos de su entrepierna, pero no puedo evitar el cabreo que me causa la obsesión religiosa con las cosas del sexo. Tal vez debería amputarme una parte del cerebro para tomármelo con calma.
Quizá el atribulado salmantino se ha quedado tranquilo y convencido de que ha dado con un atajo para alcanzar el cielo. Ya va a ser puro y no hay más tu tía ni tía ninguna que lo incite a lo que él consideraba una degradación de su cuerpo y de su alma. Muy bonito. Se habrá quedado a gusto, pero me parece que alguien debería pagar por inducir a los más vulnerables a tales desmanes contra sí mismos. Lo ideal sería que, por cada uno que se castre por terror al pecado carnal, les cortasen el pito a un cardenal y a un par de obispos, elegidos por sorteo. Se acababa el cuento en un periquete. Total, imagino que a los obispos la pilila sólo les produce quebraderos de cabeza también. Muerto el pene, se acabó la rabia. Digo más, ¿por qué los obispos no refuerzan su fe con la automutilación? Camino seguro de santidad, sangriento, pero efectivo.
Los propios términos de la noticia ya se las traen. Se cercena el pene para no pecar más. Tal parece que no hay otro pecado que se solucione con instrumento cortante o que, simplemente, el pecado sexual es el pecado por antonomasia, y los demás, menudencias veniales. Ardo en deseos de leer en un periódico que un obispo gordinflón se operó del estómago para reducir la gula o que un constructor de misa diaria tiró por la alcantarilla la libreta de ahorros para curarse la avaricia. Pero no pasará, no hay cuidado. El mejor mártir siempre es el más cuitado, el tonto del pueblo. Y que me disculpe esa alma cándida que se ha despenado.
Qué tortura. Me pongo así porque me vienen recuerdos de aquella adolescencia en colegio religioso. Recuerdo, por ejemplo, aquel cura cabrón que nos lavaba el cerebro a base de asegurar que, si nos masturbábamos, la médula espinal se quedaría reseca y el resto del cuerpo paralítico. Además, nos insistía en que cada vez que recaíamos en ese vicio nefando la Virgen lloraba a lágrima viva al vernos enfilar a mano el camino del infierno. En una ocasión estábamos de ejercicios espirituales con semejante ser infecto y enfermo. Después de explicarnos que sólo había tres mujeres propiamente puras, María, nuestra madre y la que un día sería nuestra esposa, si elegíamos bien y no la magreábamos nada antes de pasar por vicaría, iba por las habitaciones a confesarnos. En mi habitación ser hartó de acariciarme el lomo y de echarme su fétido aliento, mientras me insistía en que le contase si yo me tocaba, cómo y pensando en qué. Ojalá se haya muerto retorciéndose de asco y se le estén derritiendo los genitales en las llamas del Averno.
Me acuerdo también de que en una ocasión, allá por los quince años, resistí un mes entero sin tocarme eso que, al parecer, Dios me había dado nada más que para que el día de mañana me reprodujera ampliamente con alguna santa frígida. Un día tomé el autobús, me apoyé en la barra de la ventanilla y me puse a pensar en las musarañas. A mi lado se puso una señora que, inadvertida o perversa, colocó su seno izquierdo exactamente encima de mi codo derecho. Hasta ahí llegamos, y aquella noche recuperé la cordura, no sin angustias e internamente convencido de que la había enviado el mismísimo diablo para comprobar si era genuina mi santidad. Bendita mujer. El diablo estaba en otra parte, vestía sotana y comía como un cerdo.
Otro día nos contaron lo que nos jugábamos cuando jugábamos con nosotros mismos: la vida eterna, nada menos. Según el padre Bernardo, que en teoría explicaba religión, una vez estaba en el infierno, echo polvo, un sujeto que se había echo pajas a tontas y a locas. Andaba sumido en la desesperación y en los más inimaginables padecimientos. Un pajarito se le acercó –de lo que se deduce que hay pájaros que también paran en los dominios de Belcebú- y le dijo que sus penas se acabarían y se libraría de la condena con el siguiente trámite: ese pájaro bebería una gota de agua de los mares cada mil años y cuando los mares se secasen, de resultas de ese gasto de sus aguas, saldría del infierno ese hombre, al que la noticia llenó de alegría y esperanza. Manda güevos, precisamente.
Siempre me apresuro a aclarar que le tengo todo el respeto del mundo a la religiosidad, entendida como sentimiento poético, como misterio o como místico sentido de trascendencia. O como amor al prójimo, mira por donde. Pero eso es una cosa y otra, bien distinta, los códigos que los eclesiásticos más obsesos y desvergonzados aplican a los fieles incautos, para sorberles el seso y tenerlos en un puño. Adoradores de un dios caprichoso y perverso que nos pone órganos y pulsiones para putearnos y llenarse de vanidad y soberbia cuando no los usamos, de puro miedo que le tenemos a él. Infinitamente bueno y sabio, sí, pero con una mala baba de no te menees. Una contradicción en los términos, un sinsentido a costa de los sentidos, un amoroso represor con galones y salas de tortura. O conmigo o contra mí, y al que se salga de madre lo quemo. Venga ya.
Puestos a probarnos, podrían decidir los curas del diablo que es pecado rascarse los juanetes o hacer bolas con los moquillos. O la especulación urbanística, o la usura. Pero no, con eso no se controla un carajo al personal. Hay que dar por donde más duele, es mejor llevarnos al redil con una cuerda atada a las partes.
Si al pobre obseso de Salamanca le hubiera rebanado el pene un médico por error o impericia, la indemnización iba a ser de órdago y los tribunales condenarían por daño físico y moral. Pues yo propongo que, cuando recupere la cordura y caiga en la cuenta de que le han tomado el pelo y el pene con historias para niños tontos, demande a su confesor y a la empresa entera. Y si me apuran, al mismísimo Estado como responsable civil subsidiario, por permitir que tanto sádico ande suelto comiéndole el tarro a los inocentes. Porque semejante engaño, semejante timo, semejante abuso, semejante crueldad, no debería quedar impune. Y, si los jueces no atienden a razones, que se tome la justicia por su mano la propia víctima y cape al párroco o a todos los que le habían dejado sin cerebro antes de quedarse sin miembro. Si Dios existe, aplaudirá la revancha, eso seguro. Trabajo que le ahorran en el Juicio Final.
Vuelvo a las precisiones y los matices, antes de que algún lector apenado solicite que se reabran para un servidor las mazmorras de la Santa Inquisición. Mi propia mujer es católica y tengo buenos amigos que creen y practican el cristianismo. Hace un año me casé en la iglesia por respeto a la fe de mi pareja, si bien acogiéndome al artículo del Código Canónico que permite los matrimonios mixtos, y eso también por consideración a su fe y para no hacer el paripé que la mayor parte de los curas y de su grey prefieren para que todo parezca ideal y chiripitifláutico. Por las mismas, permitiré que nuestra pequeña Elsa sea bautizada. Ahora bien, al primero que le venga con la milonga de que su cuerpo es de mírame y no me toques y que reprimiéndolo se gana la salvación, me lo como con patatas; o lo capo por el procedimiento que en el pueblo aprendí para los cerdos, para ayudarlo a ser coherente con su morbosa fe de pacotilla; palabra. Algo hay que hacer contra el terrorismo, contra ese terrorismo, y parece que el Derecho ahí nos ayuda poco. Pues ya está.
Uy, qué poco académico me ha quedado este post. Me siento tan inseguro e incorrecto como cuando me meto con ciertas feministas castradoras. Los extremeños se tocan.

30 agosto, 2007

Quejicas profesionales

Ya le vale a la Rosa Regàs (así, con la tilde al bies). Si fuera un hombre diríamos que mejor habría estado en su casa viendo fútbol, hinchándose a cervezas y soltando regüeldos a diestro y siniestro. Pero como es una tía, cualquiera dice nada, oiga. Y no sólo porque hoy llamas zafia a una mujer zafia o fea a una mujer fea o zángana a una mujer zángana y te la cargas y te ponen de vuelta y media por tratar así el género. Así está el género, efectivamente. Pero es que, además, la Regàs se lo monta de profesional del género-vacuna (he dicho vacuna, no vacuno, ojo): puesto que soy mujer, chitón, que como me critiquen grito y me alboroto, pero no para que me llamen histérica desmelenada o vieja chocha, sino para que se libren muy mucho de mentarme una sola cosa que haga mal, ya que es un machista y un güevazos el que hace un reproche a una señora, aunque sea un cargo público y aguantar chaparrones le vaya en el sueldo.
Fíjense, he usado a posta las expresiones “histérica desmelenada” y “vieja chocha” y a más de uno/a se le habrá atragantado el tercer café de la oficina. Son expresiones sexistas, seguro, amén de que la segunda ofende también a la tercera edad. Pues, sépase, no hay mujeres histéricas ni señoras mayores que chocheen. Hombres sí, pero féminas no.
Un día voy a acercarme a un partido de fútbol femenino a ver cómo se grita desde la grada. Porque tu vas a ver al Sporting de Gijón y a la mínima gritas al jugador del equipo rival aquello de inútil, mastuerzo, cabrón y tal. Si juegan señoras, ni se te ocurra abrir la boca, salvo para comentar oh, qué pase tan preciso o qué regate tan sutil, ya que, como te caiga una Regás cerca y digas algo feo de la defensa central, te va a cascar que eres un machista y un cobardica que sólo se mete con las damas que van en pantalón corto.
Viene todo esto a cuento de que la señora Regàs ha declarado que eso de que el ministro de Cultura la cese y la ponga a caldo se lo hace a ella por ser mujer, que, si llega a ser señor Regàs en lugar de señora Regàs, el otro ni pía. Vamos, que no la critican porque haya desempeñado mal su cargo, cosa imposible por ser vos quien sois, sino porque son todos unos falócratas, empezando por el Molina. De lo cual se desprende que si una señora se luce en su puesto, puedes cantarle alabanzas, pero si la embarra, como diría un sudamericano, a callar la boca para no ser un vil machista y un abusón de las nenas. ¿Será ésta la manera correcta de practicar el feminismo y de luchar contra la opresión de las mujeres? Tengo para mí que no.
Y digo yo, si Rajoy fuera Mariana en lugar de Mariano, ¿se animaría la Rosa de los vientos a afearle su política o a echarle en cara sus decisiones más torpes? Porque si no podemos meternos con las chicas, no podemos, y listo. Y luego va la buena mujer –la Regàs, quiero decir- y deja caer que le parece a ella que el ladronzuelo de los valiosos mapas de la Biblioteca Nacional es un investigador argentino. Toma castaña. ¿Y si ahora el aludido nos sale con que eso se lo dice a él porque lo tratan como sudaca y que si fuera de Reus no se insinuaría tal cosa? Pues debería salir con ésas si fuera hábil, decir que ya está bien de colgarles a los latinoamericanos la imagen de ladrones y pillos y tal y cual. Y así todo el mundo. ¿Que a usted le vienen con que no cumple bien con su trabajo? Muy fácil, diga que el reproche se endilgan por ser castellano, o murciano, o cántabro o gallego, pero que si fuera de otro lado no osarían. A mí me critican porque soy bajito, que si no…. Pues a mí porque tengo granos. Ah, pues a mí porque soy moreno. Y todos echando balones fuera al grito de viva lo políticamente correcto y para mí lo gordo y que los demás se queden con lo estrecho. La ley del embudo aplicada a todo género y a todo trapo.
Que sigue habiendo desigualdad entre los sexos, discriminación de las mujeres, machismo y de todo, es verdad difícil de discutir. Que puedan estar justificadas las cuotas y demás medidas de discriminación positiva también podemos admitirlo. Pero, oiga, si no las nombran, porque no las nombran; si las nombran y lo hacen mal, que no se las critique; si se las critica, que vuelve el machismo por sus fueros. Carajo, y si una señora no da una en su cargo, a juicio del Ministro que pone y quita, ¿qué diablos se debe hacer? ¿Ponerle una vela a la Virgen de Monserrat?
Esto pasa por no cuidar los nombramientos. Bien está que haya hombres y mujeres en el Gobierno, pero cuidadín con los y las gilipollas. Porque la idiotez no tiene ni seso ni sexo.

29 agosto, 2007

La monda universitaria (privada, eso sí)

Veo en los periódicos de hoy un anuncio que me pone loca la bilirrubina. Resulta que una universidad privada privadísima, de las de a tanto el título y me lo pone envuelto en papel de colorines y con unas gominolas y unos globos, se anuncia con un titular que reza así: "El 98,5 de nuestros titulados tiene trabajo en 6 meses". ¿Habrán puesto un puticlub? Al lado, en letra pequeñita, figura esta nota: "Estudio por Demométrica". La tal Demométrica, Metri para los amigos, debe de ser la gobernanta.
Esto de poner datos a voleo (¿o será "boleo", de bola?) en los anuncios tiene mucha miga. En tres semanas adios a los michelines. En un mes se le alarga dos centímetros, garantizado. Y el personal a soltar la mosca para que el niño mastuerzo o la niña lerda lleven a casa el título que los papis cuelgan en la salita de estar para envidia cochina de los parientes del pueblo. Y luego a trabajar por todo lo alto de administrador de empresas futbolísticas o de diseñador de puentes sobre el río Kwai. Un chollo, oiga.
¿Cómo diablos puede uno comprobar la certeza de semejantes estadísticas? ¿Por qué trabajan más -si es verdad que trabajan- los que se licencian sabiendo menos? Misterios insondables.
Me pongo aún más contento cuando veo que esta universidad pecadora es aquella que me llevó al tribunal de la primera tesis en Derecho que en ella se defendió. Nunca me pagaron el viaje. Podría haber sido un anuncio: "el ciento por ciento de los tontainas que vienen a nuestros tribunales se lo ponen de su bolsillo".
Así vamos. De trasero.

¿Virtuosos a la fuerza?

Esto ha escrito Rogelio, un amigo del blog, a propósito del debate que el último post ha provocado sobre el tema de la castración química de ciertos delincuentes sexuales:
"¿Qué sucederá el día en que los investigadores, que lo harán, den con un gen, retrogén o protogén inhibidor de la maldad, que nos despoje del germen del mal? ¿ Será lícito el suministro obligatorio de dicha sustancia desde la guardería, al igual que ahora lo son los programas de vacunación infantil por motivos de salud pública ? Si la salud según la OMS es: "El estado de completo bienestar físico, psicológico y social", ¿no podrían incorporarse estas cuestiones al ámbito de la salud pública?".
Me ha recordado una cosilla que escribí hace unos cuantos años después de leer una novela de H. Stangerup titulada El hombre que quería ser culpable. En la novela se recrea una sociedad en la que las terapias y medios de control social casi han desterrado el delito y todo comportamiento antisocial. Todos son buenos y probos sin alternativa posible, pero el protagonista de la novela mata a su esposa porque no soporta esa virtud impuesta y quiere sentir la culpa y la condena para seguir considerándose humano.
El que tenga ganas y paciencia, puede ver aquel texto si pincha aquí.

27 agosto, 2007

¿Dónde está Wally capador?

Anteayer, sábado 25, me pongo a leer con calma los periódicos en papel, aprovechando que estamos en Gijón de asueto, que me he levantado el primero, he ido al quiosco, me he tomado un cortado mañanero en al cafetería de toda la vida y no pienso ni dedicar un minuto del día a pensar en cosas de Derecho ni a escribir un post sobre cualquier cosa.
Pero el diablo acecha en cada rincón de la ciudad y en cada página de los diarios. Resulta que veo en el ABC un artículo de uno de sus afamados colaboradores, buen escritor y combativo militante de las derechas católicas; un conservador en toda línea, vaya, y en su derecho está. Y dice este día cosas como éstas:
SARKOZY no me mola nada. No me gusta cómo gallea, cómo saca pecho mientras profiere fantochadas. Sarkozy tiene el ademán resolutivo y el verbo propenso a las pomposidades propio de los gobernantes con ínfulas cesáreas; fuegos de artificio que combina con una corrección política nauseabunda cuando se trata de formar gabinete ministerial (y quizá en esta mezcolanza de protofascismo aspaventero y complejito ante la superioridad de la izquierda se resuma su condición poco fiable). Ahora, aprovechando el marasmo estival, los medios de comunicación se han empleado en glosar una ocurrencia del personaje cuya mera mención causa vergüenza: al parecer, ha propuesto «castrar químicamente» a pederastas y violadores reincidentes (…) Castrar químicamente» a los delincuentes sexuales es una indignidad y una abyección que sólo puede ocurrírsele a un mentecato o a un demente; es como volver al Código de Hammurabi, que castigaba a los ladrones con la amputación de las manos. Los sistemas punitivos civilizados se fundan en la convicción de que el delincuente, tras penar su culpa, puede convertirse en un hombre nuevo; también en la consideración de que todo hombre, incluso el más sórdido criminal, es titular de una dignidad inalienable. Castrar a un delincuente significa pisotear esa dignidad inalienable; significa también negar su capacidad para convertirse en un hombre distinto. Aquí podría oponérseme que un pederasta no es un delincuente, sino un tarado incurable. Puede que en algunos casos así sea (aunque no en la mayoría, como luego trataré de explicar): habilítense, pues, centros psiquiátricos donde tales enfermos encuentren tratamiento adecuado; pero parece evidente que el modo de combatir las enfermedades mentales no es la amputación, física o «química».
Pues quien así escribe sobre la ocurrencia de castrar químicamente a ciertos delincuentes sexuales es Juan Manuel de Prada, en su artículo que titula precisamente “Castración”. Luego fundamenta su opinión con sus habituales referencias a la sacralizad de la persona para el cristianismo y otras consideraciones de raíz religiosa. Pero ahí lo tienen, oponiéndose a esa medida que tanto excita a más de una feminista y que no tardará en proponernos don Zapa si piensa que por ahí van los votos.
Porque miren lo que me encuentro a continuación en otro periódico, esta vez La Nueva España, bajo un titular que se las trae: "Cataluña apoya la castración química si hay evidencia de su efectividad". Se trata de las declaraciones de una tal Marina Geli, que no es aspirante a Operación Triunfo ni azafata de concurso televisivo, sino “consellera de Salud” del Gobierno catalán. En el periódico asturiano aparece así, “consellera”, con lo que no soy capaz de discernir si es que lo han puesto en bable al baño María o si lo recogen en catalán aprovechando que estamos en Asturias. Bueno, pues consellera o lo que manden los meapilas de turno. Pero el caso es que esta señora forma parte de un gobierno de progreso, no sé si por la parte del gobierno o la del progreso, pero ahí está, de avanzadilla, levantémonos todos y tal. Esta chorba, desde su atalaya sanitaria, matarile-rile-rile, nos dice que la propuesta de castración química para delincuentes sexuales reincidentes “tiene sentido si existe un aval de evidencia científica que apoye su efectividad”. Que no vamos a tirar el dinero, vaya, no sea que el violador se tome la pastilla y siga igual. Pero que, si funciona, adelante y viva la rehabilitación amputada.
Y más, pues ahora va a resultar que la publicidad se la lleva Sarko, pero los generalistas de la Generalitat generalizante lo vieron primero, pues el pasado mes de julio se creó en aquella nación –Catalunya, digo- una comisión a instancia de “la Consellería de Justicia y el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) –¿por qué huevos, me pregunto yo, interrumpiendo el entrecomillado, pone el periódico aquí esta chorrada de las iniciales?-, en la que participa personal del sistema sanitario de Cataluña”. Perdón, ¿el Tribunal Superior de dónde? De Cataluña, rey. Ah, entonces no digo nada, que ésos son progres y comprometidos con la liberación de los pueblos y la promoción de personas, y, por tanto, si hacen una comisión para ver a quien castran no van a castrar a tontas y a locas, eso seguro. Pero, ay, si ese tribunal y esa comisión llegan a ser de Valencia o Murcia o si la prepara un gobierno de Aznar o Rajoy, arde Troya. Al día siguiente, ocho mil catedráticos de Derecho penal y sus correspondientes becarios firmando enfebrecidos una carta en El País contra la involución penal por obra de la derechota y de su aversión a los pitos. Pero, chico, si lo hacen los amontillados, será que está bien; y si se le ocurre a Sarko, lo copiamos, pero decimos que a nosotros se nos había ocurrido antes.
Cuenta el periódico que dice doña Marina Geli, la “consellera”, que “considera que la castración química podría <<plantearse con intensidad>> en caso de presos sobre los que psicólogos y psiquiatras consideren que es necesario realizar un seguimiento cuando se reinserten en la sociedad”. Maravilloso, absolutamente maravilloso. Esto lo dice Esperanza Aguirre -que es igual de boba, pero del PP- y aquí arde El País. Pero lo dice la Marina esta y chitón, progres callados y con las piernas apretadas, que andan por ahí unas conselleras con la tijera en ristre. Van a practicar la castración química intensa con los delincuentes sexuales que se reinserten en la sociedad. Viva la lógica difusa.
- ¿Usted adónde se cree que va?
- A reinsertarme, he cumplido y pena de cárcel por mis delitos pasados y salgo como nuevo
- Quieto parao. Pase por aquí, que lo vamos a capar.
- ¿Y eso?
- No por lo de la reinserción y tal.
- Ah, bueno, pues procedan, que ardo en ganas de reinsertarme a trozos. ¿Cómo se llama esta clínica?
- Buchenwald. Es un centro de rehabilitación muy moderno y lo dirige una de ERC de Manresa.
- ¡Ay!
- Tranquilo, ya está. No le dolerá más. Vamos a probar si ha quedado bien.
- De acuerdo.
- Mire esta foto de la consellera. ¿Qué siente?
- Amor.
- ¿Y deseo?
- No, deseo no.
- Perfecto, ya está rehabilitado.
- Muchísimas gracias, quedo en deuda con ustedes.
- Pues vótenos, buen hombre, vótenos.

23 agosto, 2007

Caja de citas. Saki

Todo un descubrimiento los Cuentos completos de Saki, seudónimo de Hector Hugo Munro, escritor inglés muerto en la Primera Guerra Mundial. Humor inglés del mejor, ironía envenenada, sátira finísima.
Copio unos pocos fragmentos, correspondientes a su primer libro, Reginald (1904), recogido en la primera parte de esta edición reciente en castellano de sus cuentos completos. Anímense a devorar el tomo entero, merece la pena. Pinchando aquí se puede también ver una selección de sus cuetos, en edición electrónica.
1. “Se dirá lo que se quiera del declive del cristianismo; el sistema religioso que ha producido el Chartreuse verde no puede morir nunca”.
2. “- Después de todo –dijo la duquesa con vaguedad-, hay cosas ineludibles. El bien y el mal, la buena conducta y la rectitud moral tienen unos límites bien definidos”.
- Si es por eso –contestó Reginald- también los tiene el Imperio ruso. El problema es que los límites no están siempre en el mismo sitio.
(…) La duquesa pensaba que Reginald no superaba el nivel ético que las circunstancias requerían.
- La moda imperante –prosiguió de modo combativo- es creer en el cambio perpetuo, la mutabilidad y todas esas cosas; y decir que sólo somos una forma mejorada del mono primigenio; imagino, claro está, que suscribe usted esa doctrina.
- La considero claramente prematura; en la mayoría de las personas que conozco, el proceso dista mucho de haberse completado.
- E imagino también que es bastante descreído.
- Oh, de ninguna manera. Ahora mismo la moda es tener una disposición de ánimo católica con una conciencia agnóstica: así disfruta uno del pintoresquismo medieval de lo primero con las comodidades modernas de lo segundo.
La duquesa reprimió un respingo. Era una de esas personas que contemplan la Iglesia anglicana con un cariño condescendiente, como si fuera algo que hubiera crecido en el huerto de casa.
- Pero supongo que hay otras cosas –prosiguió- que hasta cierto punto son sagradas para usted. El patriotismo, por ejemplo, el imperio, la responsabilidad imperial, la propia sangre y todas esas cosas.
- Reginald esperó un par de minutos antes de contestar, mientras el señor de Rímini monopolizaba temporalmente las posibilidades acústicas del teatro.
- Esto es lo peor de las tragedias –comentó-, que no siempre te puedes oír hablar. Acepto, por supuesto la idea del imperio y la responsabilidad que conlleva. Al fin y al cabo, tanto me da pensar en continentes como en cualquier otro lugar. Y algún día, cuando termine la temporada y tengamos tiempo, me tiene usted que explicar la precisa hermandad de sangre y todas esas cosas que existen entre un canadiense francófono, un afable hindú y un habitante de Yorkshire, por ejemplo.
(…) – Oh, saca usted de quicio a cualquiera. Ha leído tanto a Nietzsche que ha perdido todo sentido de la proporción moral. ¿Se rige usted, si se puede saber, por alguna regla de comportamiento?
- Existen ciertas reglas fijas que uno observa por comodidad. Por ejemplo, no ser nunca irrespetuosamente descortés con un extraño inofensivo y de barba gris que puedas encontrar en bosques de pinos o en salas de fumadores de hoteles de Europa. Al final siempre resulta ser el rey de Suecia”.
3. “Así que sintió un gran alivio cuando la hija del vicario emprendió la reforma de Reginald. Se llamaba Amable; era la única extravagancia del vicario. Se la consideraba una belleza e intelectualmente dotada; nunca jugaba al tenis, y le atribuían haber leído La vida de las abejas de Maeterlinck. Si en un pueblo pequeño no juegas al tenis y además lees a Maeterlinck, eres necesariamente un intelectual. También había estado dos veces en Fécamp para adquirir un buen acento francés de los estadounidenses que allí veraneaban; por lo tanto, tenía un conocimiento del mundo que podría considerarse útil en los tratos con una persona de mundo”.
4. “En la actualidad mi tía se encuentra en un estado de ánimo más bien balcánico a causa del tratamiento que reciben los judíos en Rumanía. Personalmente, considero que los judíos tienen cualidades dignas de estima: son muy amables con sus pobres… y con nuestros ricos. Imagino que en Rumanía el coste de vivir por encima de los propios ingresos no es tan elevado”.
5. “Y el más joven, que estaba destinado al mercado matrimonial estadounidense, ha desarrollado tendencias políticas y escribe panfletos sobre las viviendas para los pobres. Es una cuestión de mucha importancia, por supuesto, y yo misma le dedico una buena cantidad de tiempo por las mañanas; pero, como dice Laura Whimple, no estaría mal tener casa propia antes de agitar a favor de las de los demás”.
6. “Los jóvenes tienen aspiraciones que nunca se cumplen; los mayores, recuerdos de lo que nunca sucedió. Sólo los de mediana edad son realmente conscientes de sus limitacines; y por eso hay que ser muy pacientes con ellos. Pero nunca lo somos”.
7. “Ninguna mujer realmente previsora almuerza de modo regular con su marido si desea aparecérsele como una revelación a la hora de la cena. Debe darle tiempo para olvidar; una tarde no basta".

22 agosto, 2007

Debate interesante y respuesta a un amigo.

Miren por donde, el post de hace unos días a propósito de la calaña de un etarra que echó a correr y dejó a un niño perdido en el monte ha provocado un bonito debate entre unos cuantos amigos de este blog. Como creo que los comentarios de todos son sumamente interesantes y aleccionadores, me permito remitir de nuevo al lector a ellos, recojo aquí, en primera plana, la muy ponderada aportación última de "un amigo" y añado después un nuevo comentario de mi cosecha.
Esto nos dice últimamente "un amigo":
Estimados contertulios,
Me explicaré un poco, aunque no sé, veo indicios de que las pasiones se hayan apoderado de algunos comentarios. Pero por escrúpulo.
1) Sobre el fondo de mi comentario inicial. Reitero que no he equiparado a nadie con nadie; simplemente he señalado algunos datos objetivos que, a mi juicio, indican que el problema de la siniestralidad vial es demostrablemente mucho más grave para la sociedad española que el de la violencia criminal de ETA.
2) Sobre mis intenciones comunicativas, seguramente fallidas. Había por supuesto intenciones en mi observación; la más evidente era la de suscitar la reflexión sobre el hecho de que en este país se ganan o se pierden elecciones hablando de ETA, y que en cambio se considera un ¿éxito suficiente? -con la oposición de muchos- unas medidas que a lo mejor han ahorrado un 10% de muertos en carretera, permaneciendo de cualquier manera cifras absolutas que serían de vértigo en cualquier otro ámbito. No sólo eso, sino que un ex-presidente del gobierno se ha permitido eructar en público su desvergonzado apoyo al consumo de alcohol por parte de los conductores.
3) Sobre mi uso (errado) de términos coloquiales. Usé el término "hijueputas", sobre cuyo empleo "en serio" me he expresado críticamente más de una vez en estas páginas, de manera coloquial, y tomando pie del uso que se hacía en la entrada original en la bitácora. En (10) propongo un método para reparar mi desatino, que espero encuentre el favor de todos.
4) Sobre el significado real al que aludía con tales términos. Cuando coloquialmente hablo de nuestra hijueputez, característica evidentemente no medible, me estoy refiriendo a lo medible que hay debajo. A la alucinante estela de cadáveres, tetra- y parapléjicos, mutilados y lisiados varios que estamos dejando detrás de nosotros, año tras año, el colectivo de conductores españoles. Permítanme ver por consiguiente en las reacciones a la tal "hijueputez" un rechazo y una incomodidad enormes ante la idea de hablar de esta estela. Diré que no me ha sorprendido. Se vive probablemente mejor con la cabeza bajo la arena -hasta que alguien se salte el stop adonde nuestro vehículo está llegando incauto, claro está-.
5) Sobre mi condición personal. Soy yo también conductor español, aunque eso probablemente no calmará a quien se sienta ofendido por lo que prediqué con ligereza del colectivo. Pido perdón desde ya, y vuelvo a remitir a (10) para la solución concreta.
6) Sobre la "T-palabra". Ni la he usado para hablar del problema, ni la pienso usar, y aunque parezca mentira, no fue por un despiste, ni por timidez. Encuentro la última intervención de ATPDT, en el fondo, apropiada, porque viene a recordar lo mismo que ya considero, es decir que la pobre está casi vacía de significado desde hace tiempo.
7) Sobre algunos hechos técnicos. Enfatizar en la discusión las carreteras inadecuadas y las señales mal puestas me parece una aburrida figura de lenguaje, que a mi juicio persigue sólo un fin: desplazar la responsabilidad a otros. Pasar la patata caliente, vamos. La responsabilidad del conductor es llevar su vehículo a la velocidad adecuada a la carretera y a las condiciones de la misma, e interpretar prudentemente las señales, incluyendo en esa prudencia la posibilidad de que las señales estén equivocadas. Persiste una interpretación contractualística (que considero inane, o criminal, según lo que ocurra como consecuencia de ella) de las señales de tráfico, según la cual un signo de "prohibido circular a más de 80" se considera como compromiso vinculante de la Administración de Obras Públicas con la sociedad, garantizando el derecho de circular en ese punto a 80,0 kms/hora, y atribuyendo a la Administración cualquier desgracia que de ello derive. Cuando lo que dice realmente la señal es, "conduce como mucho a 80", expresión donde permanece intacta en cualquier circunstancia la responsabilidad que implica la palabra "conduce" -que es independiente de la velocidad, pues deriva de la acción de ponerse al volante, encender el motor y poner el vehículo en movimiento-.
Arreglar las carreteras y mejorar las señales es una ayuda a la responsabilidad del conductor, no un sustituto de la misma. Los criminalmente irresponsables sobre "buenas" carreteras con señales "correctas" seguirán siendo criminalmente irresponsables.
8) Sobre otros hechos técnicos, demasiado técnicos. La energía cinética de una masa en movimiento es proporcional al cuadrado de su velocidad. Los daños que recibe un cuerpo humano de un impacto son aproximadamente proporcionales, a igualdad de otras circunstancias, del cuadrado de la energía absorbida. De donde se sigue, como regla de andar por casa, que los daños recibidos por peatones y ocupantes de vehículos en accidentes de tráfico son más o menos proporcionales a la cuarta potencia de la velocidad. En un impacto a 80 km/h a hay un potencia de daño 16 veces mayor que en un impacto a 40 km/h. La responsabilidad de ese agravamiento del 1500% (en absoluto, de 15 veces, 16-1) reside íntegra en la persona que, libremente, había decidido aumentar la velocidad. [Nota supracultural: estos datos técnicos siguen siendo ciertos expresados en alemán, o en swahili].Para los peatones se conocen bastante bien las probabilidades de supervivencia en un atropello. Más allá de 30-35 km/h de velocidad, en el momento de impacto, comienzan a ser dolorosamente bajas. Por eso hay limitación de 50 km/h en los cascos urbanos, considerando (arriesgadamente) que en la mayor parte de los atropellos se suele reducir algo la velocidad de impacto, relativamente a la de circulación, gracias a un inicio de frenada.
9) Sobre casualidad y causalidad. La interpretación de los accidentes como hechos "casuales" es manifiestamente acientífica. La influencia de lo casual es ya baja para el accidente aislado -prueba palmaria de ello es que hay, o debería haber, una detallada investigación forense sobre cada accidente de tráfico-. Cuando se contempla el sistema, y se evalúa el impacto conjunto de las decenas y decenas de miles de accidentes graves de un año, con sus miles y miles de muertos, argumentar que ello se deba a la mala pata da las espaldas -obcecadamente- a la realidad. De esos números, y de todos los análisis científicos y judiciales que llevan años haciéndose, y que son archiconocidos, emerge un sistema de causas bien definido. Prepondera entre ellas, con mucho, la responsabilidad de los conductores.
10) Sobre las excusas que debo a todos los ofendidos, y el método de reparación que propongo. Cerrando el círculo de los adjetivos que mal usé. Pido perdón, los retiro, y voy a sustituirlos por los que ustedes exijan. Les pido sólo equidad y ponderación, y la garantía –me basta su palabra, faltaría más– de que habrán hecho el mejor esfuerzo por encontrar un adjetivo que describa adecuadamente los hechos que todos conocemos. Cuando tenemos un sistema que produce 3.000 muertos al año, amén de otros horrores innumerables, y donde sobresale la clara responsabilidad de un colectivo que, nos pese o no, es definible como el de los "conductores españoles" (si queremos ser más precisos, el de los conductores activos en España, mayoritariamente españoles), ¿qué adjetivo piensan ustedes aplicable, estimada Ariadna y estimados contertulios, para describir la responsabilidad ética de nuestro colectivo?
¿Nos autodenominamos "malandrines"? ¿"Pillines"? ¿"Traviesones"? ¿"Descocados"? ¿Nos tiramos de las orejitas, o nos privamos del postre esta noche?
Elija Vd., estimada; me apremiaré en ese momento a retirar públicamente lo de la "hijueputez", cubriéndome la cabeza de cenizas, y presentando mis más sentidas excusas a todos los ofendidos. Y reescribiré mi imprudente primera entrada de esta serie de comentarios con el término correcto de "malandrinez", o el que usted me señale.Cordiales saludos a todos.
***********
Mi comentario al hilo de éste y de los anteriores.
Muy estimado “Un amigo”:
Este último comentario suyo me parece absolutamente reconfortante y magnífico, y no hay en estas palabras ni la menor ironía. Gracias. Le haré algunas consideraciones rápidas, pues en este momento no me alcanza el tiempo para más y no quiero dejar pasar la ocasión.
Este tipo de comunicación cibernética que nos traemos se presta a malentendidos y equívocos abundantes. Confieso que yo mismo me he perdido en muchas de las amables obervaciones que unos y otros han venido haciendo a propósito de este post. Ni yo mismo debí de expresarme con una mínima claridad en mi comentario anterior. Tengo para mí que esta perplejidad de que no se nos interprete como quisiéramos la comparten y también usted –ya lo ha dicho-, ATCM o Ariadna.
Ahí van unas pocas ideas sueltas:
- Hace lo menos un año yo mismo escribí por aquí, creo, que la sociedad tiene problemas mucho más graves que el del terrorismo, problemas mensurables en muertes y dramas. Mencionaba precisamente los muertos en accidentes de tráfico y lo hacía con la intención de mostrar que el empeño de políticos y medios de comunicación para que consideremos el terrorismo la más grave de las lacras que padecemos tiene propósitos más manipuladores que otra cosa y se trata de jugar con las pasiones y los impulsos más primarios de los ciudadanos. No me atribuyo la paternidad de la idea, ni pretendo jugar al yo lo vi primero, sino expresar mi acuerdo de fondo con usted.
- Es verdad que yo mismo entro al trapo de lo del terrorismo muy a menudo. Me solivianto a veces cuando creo que veo trazas de razonamiento del siguiente tipo. Uno dice: los X son malos. Y otro responde: peor son los Y. Y tal respuesta puede darse con dos propósitos. Uno, afirmar que efectivamente los Y son aún más malos que los X, sin negar lo malos que éstos son; otro, diluir la maldad de los X mediante la mención de la de los Y o pedir que el mismo tratamiento que tienen o se demanda para los X se aplique también a los Y.
En esta comparación que nos ha salido estos días aquí entre terroristas de ETA y conductores que causan muertes, podemos poner el énfasis en el elemento subjetivo o en la índole objetiva del problema. En términos objetivos, me parece absolutamente cierto que es más grave el asunto de los muertos de la carretera, pues son muchas más las víctimas, muchísimas más, como bien ha señalado usted. De ahí que los políticos, que deben preocuparse ante todo de solucionar problemas objetivos de la sociedad, debieran ocuparse mucho más y más en serio de los accidentes de tráfico y no limitarse a medidas más o menos aparentes, legislación para la galería y campañas de publicidad dudosamente efectivas. Nos tienen pendientes del “coco” del terrorismo mientras seguimos matando y matándonos con los coches y las motos. Creo que en esto estaremos bien de acuerdo. Otro frecuentador de este blog mencionaba hace días a los muertos en el andamio, que también son bastantes más que los del terrorismo.
En cambio, si atendemos al elemento subjetivo, también acordaremos que la maldad o perversidad del terrorista que coloca una bomba o da un tiro en la nuca es de tal grado, que justifica la indignación, el más puro asco hacia su persona y sus móviles, llámense éstos autodeterminación de un pueblo o guerra santa. Hay mucho conductor irresponsable, loco y hasta “hijoeputa” (no nos asustemos de las palabras y sigamos hablando como solemos), pero es difícil imaginar un conductor que cause muertes con una deliberación tan fría, una demencia y una saña como la que a menudo los terroristas demuestran. Esto último es lo que hace que la indignación con la persona del terrorista sea mayor que la que aplicamos al que con su coche siega vidas, y por eso algunos pensamos que, aunque sea pertinente tildar de “hijoeputas” a unos y a otros, los unos lo son AÚN MÁS claramente que los otros. ¿Y el que ordena bombardear ciudades y masacrar a la población civil en Iraq o en cualquier otro lugar? Pues también y seguramente no menos que esos terroristas. El que quiera, que sustituya "hijoeputas" por "malandrines", "malones" o lo que su exquisita sensibilidad le permita.
Si nos fijamos en esas actitudes, en tales designios abiertamente asesinos, me parece que está justificado que la indignación MORAL que provocan los crímenes terroristas sea AÚN mayor que las que nos despiertan los conductores homicidas. Pero al decir moral nos estamos refiriendo al aprecio o desprecio que nos merecen las personas por sus actitudes y por las acciones consiguientes. Supongo que ese trasfondo de juicio moral sobre intenciones y actitudes es lo que explica, por ejemplo, que el delito doloso tenga mayor castigo que el culposo, pero que me corrijan los buenos amigos penalistas si estoy equivocado en esto.
Ahora bien, creo que los muy doctos penalistas también proclamarán de inmediato que la inmoralidad de una conducta no tiene que dar la pauta, o la pauta principal, a la hora de que el Derecho tipifique delitos y aplique penas. De ahí que alguien –yo mismo- pueda admitir sin problema que a todo asesino se lo trate por igual, sin necesidad de agravar las penas cuando ese asesino es tan indecente como un terrorista. Estamos moralizando en exceso el Derecho y, en particular, el Derecho penal, y eso, creo, es lo propio de sociedades crecientemente autoritarias.
Más aún, estoy perfectamente de acuerdo con tres cosas. Una, que el terrorismo no puede ser la excusa para que se conviertan en delito conductas que seguramente no deberían serlo, por mucho que sus autores nos susciten a muchos un juicio personal muy negativo. Me refiero a la exaltación del terrorismo y otros delitos de opinión similares. Otra, que no parece de recibo que se amplíe a lo loco la lista de acciones terroristas, hasta el punto de que parezca que todo el que no es un probo ciudadano de orden, obediente y sumiso, es un terrorista y debe ser castigado como tal. En esto creo que estoy de acuerdo con ATMC, si he entendido bien su irónico comentario. Ariadna (que sospecho que también ha sido mal interpretada aquí) nos daba ayer un magnífico ejemplo de esa desmesura de tratar como terrorista al que usa no sé qué palabra o simpatiza con este o aquel movimiento de protesta. Me refiero a lo que está ocurriendo en Alemania con Andrej Hola, profesor de Sociología. Y la tercera cosa es que no me parece mal que se aumenten los controles y los castigos para los conductores que proceden del modo que usted bien describe, con las consecuencias por usted señaladas y de todos conocidas. Dicho todo esto, si dejamos de hablar de lo que el Derecho hace o debería hacer, yo sigo pensando que difícil será encontrar hijoeputas más hijoeputas que los terroristas propiamente dichos. Como le digo una cosa, le digo la otra.
- Es muy común que nos enzarcemos en debates del tipo “o esto o lo otro”, cuando probablemente todos queremos decir (o deberíamos querer decir) “tanto esto como lo otro” o “tanto esto como lo otro, pero más de esto o de lo otro”. Me explico. El gran número de muertos que provoca el tráfico tiene dos causas, por lo menos: las actitudes y torpezas de los conductores y factores “objetivos” como el mal estado de algunas carreteras, deficiente señalización, escaso o mal orientado control del tráfico, etc. ¿Qué lo primero influye o determina más que lo segundo? Seguramente, pero no lo excluye, y los accidentes serán menos si se hace la política adecuada en los dos campos, en la proporción que corresponda. Usted ponía más hincapié en los conductores, Ariadna en las carreteras. Pero sospecho que el desacuerdo entre ustedes no será muy profundo, aunque tal vez discrepen algo en las proporciones.

20 agosto, 2007

Entrevista con Francisco Sosa Wagner

No se pierdan la entrevista con Francisco Sosa que aparece hoy en el periódico asturiano La Nueva España. Pueden verla si pinchan aquí.

19 agosto, 2007

Mística promiscuidad con ángel estrella y baratillo religioso

Me he reído un buen rato con esta noticia que viene hoy en El Mundo, escrita, ciertamente, con muy mala leche. Supongo que no es para menos. ¿Fundará Garzón un Opus Iuris algún día y será canonizado junto a Justiniano y el Dioni? Cada uno tiene su Camino, está claro. Y las ovejillas andan necesitadas de pastores...
Vean la noticia:
Garzón 'levita' en el Festival de la Espiritualidad: «Siempre quise ser más que un juez» Pide en Edimburgo reconocimiento a su papel pionero en la creación de la «Justicia universal» EDUARDO SUAREZ. Enviado especial.
EDIMBURGO.- Lo del juez Garzón ayer en Edimburgo fue una experiencia religiosa. Lo fue para él, que predicaba por primera vez en una iglesia. Y lo fue desde luego para la fervorosa feligresía que poblaba los bancos de la parroquia episcopaliana de San Juan, deseosa de ver en carne mortal al hombre que puso en un brete a Pinochet. «Siempre quise ser más que un juez», afirmó a los oyentes.
El programa del Festival de Espiritualidad y Paz de Edimburgo lo presentaba como «el superjuez» y lo cierto es que super-Garzón cumplió su papel con creces, presentándose como el pionero absoluto de la Justicia universal, regodeándose en cada detalle del asalto a la inmunidad del tirano chileno y refiriéndose a sí mismo en tercera persona como si no fuera el propio Garzón quien estaba hablando. «No sé si soy o no un activista», proclamó, «pero sí he tratado de ejercer mi oficio de juez como si fuera algo más que un mero aplicador de normas».
El magistrado se apareció -prácticamente levitó- sobre el altar de la iglesia poco después del mediodía, acompañado de su mujer y del director del Comité de Apoyo al Tíbet, Alán Cantos. De traje, demasiado formal, como un vendedor de Cortefiel en un concierto de Raimon... Porque la audiencia no eran precisamente las abuelitas del Domund sino una extraña mezcla de ecologistas, laboristas de izquierdas, sacerdotes y gays cristianos.
El traje fue lo de menos. Desde el principio se vio que era una parroquia entregada. No más de 100 incondicionales. Muchos de ellos chilenos, cuya colonia en Escocia ronda el medio millar. Uno de ellos tomó la palabra al final del acto: «Estábamos ansiosos de conversarlo, de verlo, de mirarlo, sabemos que hay personas que le odian, pero hay muchos que lo amamos...».
Con semejante declaración de amor, ¿cómo no sucumbir siquiera levemente a la autocomplacencia? Garzón no pudo evitarlo. Sucumbió. Se puso el traje de superhéroe, cargó las alforjas de edulcorante y se abandonó al onanismo intelectual: «Muchas veces me preguntan que por qué tomé esas decisiones. Y la respuesta siempre es la misma: porque no se podían dejar de tomar. ¿Que por qué no lo ha hecho nadie antes? No lo sé. Sólo hay que analizar los riesgos y llegar hasta el final. Y créanme que no pasa nada».
«Algunos dicen que soy incansable», añadió, «no es cierto. A veces uno se cansa, pero es difícil desfallecer cuando tienes experiencias tan intensas como la del 96, cuando tres mujeres mayores, con pañuelos blancos en la cabeza, tocaron en la puerta de mi despacho y me dijeron: 'Gracias porque es la primera vez que alguien investiga la desaparición de nuestros hijos'. Yo les dije sencillamente: 'Para eso nos pagan'».
Desde luego, como predicador no tiene precio. Alguna tecla debieron de tocar en el ex alumno del seminario de Jaén el altar engalanado, los libros de himnos en los bancos, la melodiosa flauta dulce que abrió el acto, la poltrona casi episcopal desde la que hablaba... porque lo cierto es que el juez Garzón se trasfiguró ayer en una especie de justiciero universal, perseguidor implacable de todos los villanos.
¿De todos? Bueno, de todos no. Con Bush y Blair el justiciero se arruga. Cuando alguien del público le preguntó entre vítores cómo se les podía llevar a los tribunales, Garzón torció el gesto y remó contracorriente: «Yo siempre he dicho que no debe uno ir a buscar justicia fuera». O sea que con Pinochet sí y con Bush no, debió de pensar el espectador medio del acto. Tal vez por eso, Garzón se apresuró a sacar el pedigrí antiamericano: «Para mí es muy grave que hayan muerto en Irak miles de personas. Y lo digo con la legitimidad que me da haber estado desde el primer momento contra la guerra. En cuanto a Blair y Bush, puede haber responsabilidades y tarde o temprano es probable que llegue el momento de abordarlas. A aquéllos que iniciaron esos hechos algún día habrá que exigirles una responsabilidad penal».
Pero las querellas que vayan mejor a otros juzgados: «Yo en un caso así estoy completamente contaminado pues he sostenido una posición pública y muy beligerante contra la guerra».
En una atmósfera como la de ayer, aquello no podía terminar sino en el martirio: «Por mis opiniones sobre Irak me abrió dos investigaciones el órgano de gobierno de los jueces en España [el CGPJ]. Estaba dispuesto a perder la carrera judicial por defender aquello en lo que creía».
Irak y Pinochet no fueron los únicos temas. El anfitrión, el prestigioso abogado escocés Derek Ogg, le mencionó a Garzón su papel en la investigación de la trama de los GAL, algo que pilló con el pie cambiado al protagonista, que desvió como pudo la pregunta relacionando el terrorismo de Estado con Guantánamo y devolviendo el morlaco -no pregunten cómo- a los territorios de las dictaduras latinoamericanas, que era de lo que tocaba hablar ayer. Ni palabra de sus devaneos entonces y ahora con la política, ni de sus años en el Gobierno de Felipe González.
Se habló también del Tíbet y de la querella que se ha presentado en la Audiencia Nacional por crímenes contra la Humanidad contra el régimen chino. Aquí el juez se puso misterioso: «No creo que desvele aquí ningún secreto de Estado al decir que el ministro español de Exteriores, que es muy amigo mío, me dijo antes del viaje de Zapatero a China: '¿Cómo hacer para que no interfiera [el caso del Tíbet]?'. Yo le dije: 'Muy fácil. Dándole órdenes al fiscal para activar el caso. Porque el fiscal general en este caso no ha hecho nada. Bueno, por lo menos no ha interferido como hizo el Gobierno anterior en los procesos argentino o chileno... La Justicia universal es la panacea pero no es nada fácil'».
Inesperadamente el de ayer fue un sermón a dos voces: La voz aflautada de Garzón y la voz sugerente de la intérprete, que iba traduciendo sobre la marcha lo que decía el juez en lo que en algunas fases se antojaba un número de ventriloquía.
Cualquiera hubiera esperado más del magistrado de la Audiencia Nacional, que ha disfrutado de una excedencia reciente precisamente aprendiendo inglés en Estados Unidos. Sin embargo, Garzón no se aventuró más allá de las primeras palabras que es casi mejor no traducir: «My English is not good. It's better translator. Time is very quick». Genio y figura.
El Festival de la Espiritualidad y la Paz es uno de los muchos eventos que en agosto hacen que bulla la agenda cultural de la ciudad de Edimburgo. Al frente está el sacerdote Donald Reid y el programa es una extraña mezcla de 'ecopacifismo', buenas intenciones y religiosidad 'new age'.
La charla de Garzón es sólo la punta del iceberg de un programa rico en excentricidades. El favorito del público este año ha sido Lionel Blue, un rabino 'gay' que ha hablado sobre sus experiencias como homosexual en el mundo de la religión y como hombre religioso entre los homosexuales. El sacerdote Abott C. Jamison y la monja budista Ajahn Candasiri han dialogado sobre los inescrutables caminos que conducen a la paz interior.
Y el reverendo Christopher Goodwins ha firmado ejemplares de su Biblia en verso. Como lo oyen, sí: la Biblia en verso.
Por lo demás el cartel es muy variopinto. Hay conciertos de música de arpa, minutos de silencio y meditaciones zen. También se programan vigilias por la paz, recitales poéticos y talleres de caligrafía y eficiencia energética. Ayer por la tarde se celebraba uno de los actos más llamativos: un certamen de recitación coránica organizado por la mezquita de Edimburgo. Quienes se acercaran podían disfrutar además de un taller de caligrafía en árabe.