Ya no habrá más EL Mundo de León. Se terminó el suplemento para León de El Mundo. Lo lamento porque desde el principio tuve ahí mi columna de los jueves y no fallé ni una sola semana en estos años, aunque más de un martes atareado maldecía para mis adentros por tener que pensar en algo para madar. Pero que yo tuviera ese pequeño espacio era un privilegio para mí, sin ninguna importancia para el mundo (sin mayúsculas).
Lo que de verdad impresiona es ver una y otra vez la caída imparable de los periódicos. He estado estos días en la Universidad de Barcelona y en los pasillos se apilaban los ejemplares de los diarios locales para que libremente los tomara quien quisiera, en particular La Vanguardia. Desde hace tiempo pasa lo mismo con otros diarios en las facultades de León. Los regalan porque las gentes no los compran.Y de los que regalan, la mayoría sobra. Los estudiantes no los quieren ni gratis, no vayan a tener dentro una bomba o a pegarte la tiña con la tinta.
Ya conté aquí, creo, que cada año trato de averiguar cuántos de mis alumnos siguen las noticias más o menos a diario, por los periódicos o por otros medios, y cada día son menos, son muy pocos. Me refiero a las noticias generales, a las de cómo va el planeta y cómo marcha este país, no a las imbecilidades del fútbol y de los puticlubes de la farándula.
No se trata de señalar culpas ajenas, sino de hacerse preguntas. Pues yo mismo he sido un voraz consumidor de periódicos durante la mayor parte de mi vida, pero reconozco que cada vez los compro menos, aunque los consulte muchísimo a través de internet. Y no es lo mismo, conste. Cada vez que abro un periódico de papel, y más si es en sábado o domingo, me asombro ante la cantidad de trabajo que contiene, cuántas páginas, qué variadas informaciones, qué cantidad de fotos, qué alardes de todo tipo. Pero eso se muere, se acaba. Quedan cuatro días de nada a todos los periódicos que conocemos y al periodismo clásico. Los porqués se me escapan, francamente. Veo lo innegable, sí, incluso en mi propia conducta, pero no acabo de explicármelo bien.
Mucha gente prefiere facebook. Acabo de echar otro vistazo por ahí, palabra. Mi infinita curiosidad con el facebook se frustra por completo una y otra vez. No veo lo que le ven. Vale, yo una vez colgué un par de fotos en las que me veía guapetón y que además eran un farde porque estaba en Marruecos y que se note que viajo y tal. Bien, un ratito de autoerotismo con su lado de exhibición y gabardina. Pero y qué más.
Repaso, cada vez más despacio y con mayor perplejidad, los “muros” ajenos, que no son los de la patria mía, y no consigo sentir nada. Aquí veo a un tal Pepín, de mi pueblo, que cuelga unas tomas de cuando hizo la mili en Jaén. Ni que decir tiene que me trae al fresco la mili de Pepín en Jaén. Tres amigos del susodicho comentan que les gusta esa foto y que cuán marcial se le ve. Bueno, ya se darán cuenta de que me estoy inventando el caso, pues el día que una palabra como “marcial” aparezca en un comentario de esos, empezaré a creer. Descubro también que Pepín y yo tenemos cinco amigos en común. Tres de ellos son unos guatemaltecos que ignoro de dónde salieron ni por qué los tengo yo, otro es el hijo pequeño de Pepín, que no recuerdo cómo se llama, y la quinta es la mujer de Pepín, en cuyo muro hay dos docenas de vídeos de La Oreja de Van Gogh, grupo que me interesa tantísimo como La Oreja de Matisse o El Pito de Picasso, si tales hubiera. Constancia queda, ciertamente, de que a la señora de Pepín si le agrada esa música, pero no sé por qué tiene que importarme a mí lo que le guste a la ilustre dama en materia musical, paisajística o culinaria. Si todavía se pusiese unas fotos propias en tanga presentable, podría tener su aquel, pero de esta manera para qué.
Volviendo a las noticias y los periódicos, en internet se consultan, sí, pero de otra forma. Todo a uña de caballo, sincopadamente, con ansiedad, sin pausa. Porque la impresión no es la de que las cosas estén unas detrás de otras, página a página, como en el papel, sino la de que se encuentran todas amontonadas en un inmenso saco que hay que revolver ansiosamente, más por ver qué sale que para ver lo que sale. En la red no se lee, por la red simplemente se pasa. Y no se puede pasar si ir a la red, sin enredarse. Pruebe usted a leer un libro y dígame si aguanta una hora en sus páginas sin fugarse a la pantalla y fisgar un poco, a ver qué hay en el correo electrónico o si llegó el mensaje de que Marupi ha colocado en el Facebook unas fotos de cuando el verano pasado estuvo en Benidorm con Menchu.
Pues eso, que estoy apenado por El Mundo de León y por el mundo de todas partes. Que esta abundancia de medios y contactos es una tristura y una soledad y que a ver cuándo nos corremos unas juergas de las de antes, de las de hablar y tal. Y que un abrazo para los trabajadores de El Mundo y de los periódicos que se van quedando en la calle aunque nadie lea esa noticia porque me acaba de llegar el mensaje de que Jacinto ha rotulado en Facebook una foto en la que se me ve a mí con unas señoras de Atapuerca, mecagoensusmuertos (los de Jacinto).