25 junio, 2013

Más sobre lo normal que nos parece lo extraño. Con la universidad como ejemplo



                Cuando me llegue el día de jubilarme formalmente, fecha por sí lejana y que no adelantaré ni aunque se vuelva a poder, me iré con algo de tristeza. No sé si tristeza es la palabra, pero no me refiero, desde luego, a sensaciones de nostalgia por los buenos años pasados o de añoranza de gentes y momentos. De eso poco. En los treinta años que llevo de oficio, he sido y soy feliz y privilegiado y en la universidad he conocido maravillosos colegas y amigos y un buen puñado de estudiantes que han merecido mucho la pena. Pero la mayor parte de los personajes vistos y con los que me he rozado son o bazofia moral o de una vulgaridad personal e intelectual que pasma. Así que no es de esa índole la tristeza aludida, no. Puede que perplejidad fuera términos que describiera mejor la sensación, pero uso demasiado esa palabra. Tal vez incomprensión pudiera valer, incomprensión de los entresijos y razones de fondo de un mundo que superficialmente me es tan familiar. En fin, tristeza, perplejidad, incomprensión, que sea lo que quiera con tal de que acierte a explicarlo. A ello voy.

                Es muy extraño ir dándose cuenta de que en tu lugar no importas a nadie, que menos que tú todavía importan los que son mejores que tú, y que, sin embargo, pululan dichosas y en plenitud las sabandijas. Comparemos y busquemos analogías, según es uso en este blog.

                Un grupo de personas crean un club de tiro al plato, con el propósito de poder competir en los mejores torneos de ese deporte y de ganar competiciones y trofeos en España y fuera, quién sabe si hasta tener un día un campeó olímpico. Las autoridades locales se implican y ponen dinero, mucho dinero. Los directivo del club se eligen de entre los socios y los candidatos prometen siempre que lograrán para los tiradores afiliados, y por extensión para esas tierras, éxitos mayores y premios cada vez más importantes. Ése es el marco en el que transcurrirá nuestra historia.

                Usted desde pequeño, o poco menos, tuvo afición al tiro y se quedaba boquiabierto leyendo sobre o viendo fotos o filmaciones de los viejos tiradores, y ya de jovencillo se sabía mil y un historias sobre memorables torneos y figuras señeras de la esa disciplina deportiva. Cuando tuvo edad, comenzó a hacer sus pinitos y le dijeron que sí podría ser usted un buen tirador. Así que, de un modo que al principio casi le parecía natural, fue pasando pruebas de ingreso en el club y de acceso a las competiciones. Todo marchaba a pedir de boca. Incluso el club o alguna institución pública le financiaron unas cuantas estancias juveniles en centros internacionales de alto rendimiento o de entrenamiento especial. Poco a poco, sin embargo, la extrañeza se apoderaba de usted, sepamos por qué.

                Hay que contarlo desordenadamente, pues son anécdotas y sucedidos que no tienen una trama ordenada ni una secuencia muy lógica. Diríase que existe un componente onírico y surreal, pero cuando mencionaré ahora son experiencias bien ciertas y que usted ha ido viendo y viviendo. Primero le extrañaron las pruebas para ir subiendo de categoría tanto dentro del club como en la Federación correspondiente. No sabe por qué, pero se había hecho la idea, al principio, de que tendría que disparar a un montón de platos los días de autos y conseguir unas marcas muy notables, mejores en cada oportunidad. Pero no. En cada ocasión señalada aparecían unos señores y, si acaso, alguna señora, y le pedían que desarmase y armase una escopeta, que los ilustrara sobre marcas y tipos de munición y que les contara algún chascarrillo sobre tiradores famosos o antecedentes de este deporte, amén de similitudes y diferencias con otros de tiro, como el tiro con arco y el tiro al pichón. Con el tiempo acabó usted oyendo que, con tales métodos de examen y admisión, más de una vez se había colado algún tirador que no sabía ni apuntar a un blanco de diez metros, y hasta uno que era medio cegato pero que entró por parentesco y cuota. Cuéntase que había uno que fingía disparar, mientras en verdad lo hacía y abatía los platos un “negro” que tenía escondido entre los matorrales, pero vaya usted a saber y seguro que es todo falso y que los”negros” eran dos.  

                Lo que son las cosas. Años después, y ya bien curtido usted en el club y la competición, descubrió detalles tales como la abundancia entre los tiradores al plato federados y distinguidos de hijos de campeones de tiro con arco, en la misma proporción que había y hay un alto número de tiradores reconocidos de tiro con arco que son hijos o sobrinos de campeones locales del tiro al plato. Que se practica entre clubes y federaciones el intercambio de vástagos, vaya, lo cual no es delito, al menos dicho así y dado que la prueba más jodida es la prueba del dolo. Mas no le arrebatemos al azar su mérito ni a la Inocencia su presunción y prosigamos con las experiencias tan raras, diríase casi que paranormales.

                En el club se cobra, y no se cobra mal del todo, aunque todo depende de las comparaciones y el agraviado suele ser muy de compararse y de no verse la viga intraocular. Pagan por el oficio ese de tirador al plato, oficio vocacional y sacrificado. Vocacional porque hay cosas menos pesadas y agotadoras que alguien puede y debe hacer si no siente esa llamada insondable, y sacrificado debido a que nadie puede competir ni dar pie con bola escopeta en ristre si no entrena con esmero, échele usted horas y más horas y esfuerzo tras esfuerzo. Vale, pues va usted comprobando, poco a poco, que hay en el mismo club e idéntica profesión compañeros y compañeras que no tiran un carajo, aunque cobran cual si como dioses dispararan. Quiero decir que no acuden a entrenar y que hasta de las competiciones se escaquean siempre que pueden, hoy poniendo un dolor de muelas como disculpa, mañana trayéndose una baja psiquiátrica  y a la tercera hablando con el capitán del equipo para que los exonere porque un hijo se examina ese día de flauta, casualmente. Irán perdiendo afición, pensaba usted, trabajo tan duro como este desgasta y cansa, agota a ratos. Ya, pero cuando habla con muchos de esos evasores, se topa con que no sólo incumplen alevosamente, sino que proclaman a los cuatro vientos su odio al club y al tiro, y más ante entregados profesionales como usted. Que si aquí no se nos paga bien, que si no se nos respeta bastante, que si están adulteradas las competiciones, que si quién es nadie para decirme a mí -aquí ya se exaltan y casi gritan- que rompa un plato o que yo no acudo ya jamás a los entrenamientos porque estoy hasta la coronilla de ver tanto mangante escopeta en mano, y ¿sabes qué? –ya se excitaron del todo-, los que más medallas ganan son los peores, pues es indicio de que no tienen otra vida ni saben hacer cosa que no sea la del oficio.

                Caramba, ahí sale siempre usted un poco herido, ya que: a) esos colegas suyos que como usted o poco menos ganan, que tan a disgusto se encuentran y que al trabajo no acuden sino para aparentar o pegar unos tiros al aire, no le están diciendo que dimiten o se cambian de empresa o renuncian a la nómina, no; lo que mantienen es que los que cobran igual que ellos pero cumplen bien o lo intentan son unos memos y unos corruptos que encima presumen de sus éxitos; b) ellos casi siempre llaman tener “otra vida” o saber y ser capaz de hacer “otras cosas” a pasarse las jornadas limpiando mierda de bebé o haciendo las camas o buscando telas para unas nuevas cortinas del salón o dándole la turra al profesor de kárate del niño porque el niño últimamente cuando vuelve a casa llora porque en el gimnasio se ríen de su pitirrín y como eso siga así va ese pedazo de padre o madre a poner una denuncia y no sabe usted con quién está hablando, que yo soy tirador al plato.

                Es curiosísimo este último punto, el b) pues usted ha visto tiradores de su club y de otros que son unos deportistas de élite y que, al tiempo y por ejemplo, se han hecho los viajes más tentadores o se han montado las juergas más divertidas, pero de estos que dicen que los buenos no tienen vida y que ellos no trabajan porque sí la tienen, no conoce uno solo que haya pasado de emocionarse cuando el cuarto hijo o de irse una Semana Santa a Dublín, y encima llovió, como era de esperar.

                Resulta muy entrañable ese momento que casi siempre llega, cuando de esos críticos con el club y el tiro se trata, los que sostienen que no cabe trabajo peor ni lugar más cutre. Hacía años que usted no veía a su colega tirador Fulano, pues primero se montó una baja de diez meses porque le dolía mucho aquí atrás, tócame ese bulto, ahí, ahí, sí, tú no lo notarás, pero yo siento como una descarga cada vez, luego se inscribió para un intercambio con tiradores checos que casualmente se hacía durante un mes en Marbella y con charlas, no con cartuchos, más tarde juntó la baja por la muerte de su padre con el permiso por la lactancia de su quinto hijo, y, por fin, los últimos cinco años los pasó de liberado sindical y porque no nos pagan una mierda con todo lo que trabajamos aquí. Total, que casi no lo reconocía usted con esa barriguilla y las nuevas gafas de pasta, pero tras los saludos de rigor le presenta a Paquín y le pide ayuda para colocarlo en el club como tirador junior y luego ya irá ascendiendo por sus propios méritos, pues aunque es miope de ocho dioptrías, tiene mucha intuición para los platos y cuando sea tirador oficial a lo mejor hasta se opera. Paquín es su hijo de él, of course. Tú, todavía con resquemores por alguna de aquellas conversaciones de antaño, le preguntas, cuco, que si cambió de idea y ya le parecen una profesión digna y un club aceptable, a lo que, sin correrse un ápice, te contesta que no, que la misma porquería de siempre pero que es para mientras Paquín asciende en el partido y hasta que se haga concejal o algo y no sé si sabes que sale con Emérita, la hija del que fue ministro y es cuñado del presidente del club. Por cierto, hace nada hablábamos de ti y decía el padre de Emerita que si no estarías interesado en dirigir un área de percutores y gatillos que vamos (sí, en estos casos esta gente usa la primera del plural) a crear aquí y que es todo un trampolín y yo porque no quiero dejar ahora a mi Encarna con toda la faena de la reforma del salón, pero si no me pedía yo mismo ese chollo y ya sabes que donde pongo el ojo pongo la bala, jejeje, cómo me alegro de verte y qué te parece mi Paquín que el día menos pensado se nos casa.

                La puta que los parió.

                Y luego está lo de los directivos del club. Cambian los estatutos cada año para aumentar el tamaño de la letra con la que se escribe que el club busca la excelencia en la competición y la eficacia en los resultados y tal y cual y esto y lo otro. Se ponen como motos magreando a la Excelencia y jurándole amor a la Sostenibilidad. Pero perdonémosles los excesos retóricos y los oníricos desarreglos y vayamos a su gobernanza. Esta, la tal Gobernanza, los tiene igualmente encandilados. Usted pensaba, en aquellos juveniles años suyos, que si el club está para justificarse con los triunfos, en cuanto usted empezara a ganar trofeos el Presidente de la entidad y su equipo entero se desharían en felicitaciones. Pues no. Hubo uno, incluso, que en una asamblea de socios afirmó que eso de las copas y las medallas estaba todo amañado y que si él no había ganado ni una en su prostituta vida era porque no se prestaba a tales enjuagues. Es muy parecido a lo que afirmaba sobre los tramos de investigación un rector que hubo en mi universidad y que no tenía más que uno, si acaso, al tiempo que insistía en que el profesorado estaba para dar clases y que lo de la investigación era para el tiempo libre y el que quisiera. Pero no andábamos hablando de la universidad, ya sabe usted que no. Así que no entremos en cómo puede ser rector de una universidad un zascandil que ni ha investigado un pimiento ni sabe hacer la o con un canuto, y menos aún en el enigma de cómo será que para el cargo lo votaron los mismos a los que ese indocumentado tenía que gobernar. A la postre, alguien vendrá que bueno te hará y, como decía don Carlos, lo que empieza como tragedia termina como farsa.

                Dos experiencias de hace poco en su club lo tienen a usted conmovido. Una, cuando alguien de su mismo grupo ganó el campeonato de España de tiro al plato. ¡El campeonato de España, oiga! Se le comunicó al Presidente de la institución y su reacción fue el silencio, un silente disimulo con un y a mí qué resonando entre lo no dicho. Sin embargo, al mismo cantamañanas lo vieron ayer inaugurando un certamen sobre la decoración mozárabe de los plato de tiro. Es verdad, se ha perdido el Norte. Y bastantes cosas más, todas muy cardinales.

                Y ya el acabóse es cuando se jubila por enfermedad o edad alguno de los tiradores titulares y que habían traído unos cuantos trofeos a lo largo de su carrera. Usted piensa que buscarán otros. Y los buscan, ciertamente, pero entre la asociación de mancos o en la ONCE. Caray, pero si no van a poder ni sujetar la escopeta ni sabrán a dónde disparan. Da igual. Es que hay que ahorrar, sabeuzté, y, ya puestos, los platos los vamos a sacar de plástico y en vez de disparar con munición los enfocaremos con un puntero láser. ¿Y esa nueva modalidad cómo se va a llamar? Pues cómo va a ser, hombre, tiro al plato, como toda la vida. Precisamente hemos reformado ayer los Estatutos del Club para insistir en que nos mueve la Excelencia y que nos justifican los rendimientos y nuestra altísima responsabilidad social. Sí, ese clon-clón son sus partes íntimas, que se le acaban de caer sobre el entarimado.

                Bah, me he despistado. Yo iba a inventar alguna analogía para luego hablar de la universidad, pero ya no recuerdo cuál era la idea en lo que a la Universidad se refiere. Creo que tenía algo que ver con que es un sitio muy raro que a todos nos parece muy normal, y que cuando un sitio tan raro parece normal a todos es porque ya todos somos anormales. Pero no estoy nada seguro de que la comparanza con lo del club deportivo sirva aquí de algo, pues no le veo tan notable el parecido. Nuestras universidades son infinitamente peores y la proporción de sinvergonzones no tiene parangón en ningún otro club de nada, en cualquier otro tipo de clubes, diurnos o nocturnos, céntricos o de extrarradio.

                Lo dejo y otro día procuraré explicarme algo mejor. Voy a apuntarme a un curso que en mi universidad se imparte para dejar de fumar y a otro sobre cómo cocinar saludable y para ir bien de lo intestinal. Lo que te digo, las funciones sociales de la institución.

23 junio, 2013

De nuevo sobre la gestión del propio tiempo y de las maneras de estar ocupadísimo perdiéndolo



                Retorno a este tema que me mantiene en constante perplejidad. Al fin y al cabo, el blog de uno también ha de valer como sede para el desahogo ante los amigos y lugar en que se lanza a los mares cibernéticos la  botella en la que el náufrago busca alguna lejana comprensión que lo rescate. Digamos antes que nada, y por si acaso, que cada uno es cada uno y suyas de cada cual son las circunstancias, por lo que no pretendo que mi situación y mis experiencias sean extrapolables a otros, ni para bien ni para mal. Aunque quizá más de uno halle analogías y puede que a la postre entre varios podamos consolarnos o darnos eficaz receta para curarnos algún desatino.

                Esta mañana, que en León es festiva, he comenzado por hacer cuentas de cuántas labores, compromisos o encargos tengo pendientes. Ahora no me refiero a esos trabajos sesudos que me haya comprometido a entregar anteayer o el mes pasado en no sé qué revista o para el coordinador del enésimo libro colectivo sobre galgos y podencos iusfilosóficos. Eso ya ni lo cuento, si bien he de presumir de que últimamente he aprendido a dar algún no y, más que nada, los trabajos de los que soy ahora mismo deudor me los debo a mi mismo o son de proyectos que yo manejo. Porque esa es otra y bien interesante, la manía que le ha dado a todo zurrigurri de editar un libro colectivo sobre pormenores del sexo angélico. Ya lo he contado aquí en alguna ocasión, pero me repito un poco, permítaseme.

                Te llega un correo electrónico de remitente personalmente desconocido pero que te cuenta que es de un exótico país y que está haciendo la tesis en universidad de tronío con director de lujo. Excelente. Que va a publicar un libro sobre tal o cual tema tan crucial para el destino de la humanidad como la teoría de los principios constitucionales o los derechos de primogenitura animal y que de sobra sabe que tú eres de lo más mejor del mundo sobre dichas materias, por lo que te invita a colaborar, junto con Dworkin y Ferrajoli y Schauer, que ya le han dado el sí. Primero te quedas halagadísimo, luego te acuerdas de aquellas otras veces y te viene el mosqueo. Así que le comentas a tu interlocutor que qué bien, pero que vaya lío lo de Dworkin, pues se murió hace unos meses. A vuelta de click te contesta que sí, que es una gran desgracia y que comprende que tú estarás bajo de moral y cariacontecido porque bien le consta por tus escritos cuánto admirabas a Dworkin. Esto ya termina de ponerte los pelos de punta sobre las intenciones del corresponsal, pues tildarte a ti de admirador de Dworkin es como decirle a un tuerto que qué bonitos ojos tiene, maniobra sucia del que no sabe con quién habla pero desea llevárselo al catre igualmente y sin más datos. Y tu alarma engorda cuando te añade el bribón que ya solucionó lo del deceso de Dworkin y que ha contactado con una sobrina suya que ha aceptado escribir una necrológica y que será ese texto funerario el que encabezará vuestro libro común sobre “La justicia proteica en el contexto de la globalización”.

                Bueno, pues decía que a esos ya he aprendido a esquivarlos, aunque al principio piqué con unos cuantos y acabé yo pagando la cama y las cremitas, igual que ya me libro también con bastante soltura de los que para alguna revista te piden o te aceptan colaboración, pero a cambio de que el texto lo pongas en un tipo de letra que sólo existe en la versión 16.0 de un programa neozelandés de procesamiento de texto, y que las notas vayan en cursiva julandrona y en la bibliografía cites cada obra poniéndole una greca y un asterisco del tipo de los que se consiguen bajando un programa de ingeniería aeroespacial. A esos les digo para mis adentros que se metan la arial con tirabuzón en salva sea la parte y a ellos les escribo que caray qué pena, ya que se murió mi abuelita el mes pasado y no voy a poder terminar el artículo que me iba quedando tan mono así con esas rayitas al bies que luego el lector anónimo iba a decir que estaban bien pero que las pusiera en lucinda bizca punto uno.

                Es simpatiquísimo, porque tú escribes una colaboración para mayor gloria del fulano que edita el libro de marras o envías un artículo a una revista con la que una editorial gana pasta y un director aumenta currículum, y tal parece que el favor al publicar te lo hacen ellos a ti. Tengo entendido que los de ciencias duras hasta pagan porque les saquen cosas en garitos revisteriles americanos, todo lo cual viene a ser, si tu trabajo es realmente bueno, como si fuera la modelo famosa la que pagara a ese presidente de club de fútbol que la lleva de cena y cócteles. El mundo al revés. Porque, repito, si el trabajo tuyo es malo, lo que han de decirte es que fatal y que no y que no vuelvas a aparecer por esa imprenta, no que tal vez pero que le cambies el tamaño a las notas a pie de página y que por qué no citas a López, que es un concejal de Burguete del Cepillo amigo del editor o del par de pares anónimos. Y si tu aportación es buena, lo que procede es agradecértela y, si acaso, invitarte a unos vinos por darle vidilla y calidad a la publicación, en lugar de insistirte en que pase por esta vez, pero el título no llevaba la letra en penix siete, como figura en las instrucciones para publicar.           

                Pero yo iba a hablar de otra cosa. Decía que esta mañana me puse a calcular cuántos compromisos tenía para cosas tales como corregir trabajos pendientes de diversos cursos y eventos, leer escritos enviados por amigos, colegas o discípulos, todos los cuales y muy legítimamente esperan cometarios, responder a correos electrónicos de personas que me honran al pedirme consejos o indicaciones sobre aspectos diversos del estudio del Derecho y su teoría, rellenar papeles diversos de la burocracia de mi universidad y de mi país y del mundo en general (te pide copia compulsada y escaneada de tu DNI una universidad de no sé dónde que has de visitar el año que viene, te mandan impreso de tal institución para que lo rellenes con tus datos y de la misma forma que ya hiciste el año pasado y el anterior y el otro, te recuerda un ministerio o consejería que ya se te está acabando el plazo para enviar la memoria de aquel proyecto que hiciste o aquel seminario que organizaste, etc., etc.). Bueno, no sigo con la enumeración, pero ya se hace una idea el lector experto. Tirado a la baja, he visto que hacer todo eso que tengo pendiente me supondría ahora mismo un mínimo de seis días, a diez horas por día; o sea, sesenta horas.

                No pasa nada, lo sé. Pero, por ejemplo, hay colegas de por el mundo que se mosquean un montón si a los cinco minutos de mandarme un trabajo suyo no les respondo en tres folios apretados que muy bien y que me gustaría leerles otra doscientas paginitas mañana. Igual que hay otros que, a los tres días de cumplir tú el plazo perentoriamente indicado por ellos para que les mandaras no sé qué escrito o papelucho, te dicen que era broma y que en realidad el plazo de verdad vence dentro de ocho meses, pues hasta ahora el único pendejo que se había creído la fecha marcada eras tú, so tontín.

                Pero todo esto tiene algo muy bueno o que según para quien puede suponer ventaja. Si yo me tomo al pie de la letra cada insinuación o requerimiento y si hago lo que se supone que unos y otros me solicitan, cada cual a su manera, tengo las disculpa perfecta para no volver a trabajar en serio en mi mísera vida. Porque, vean, esas sesenta horas impepinables de limpieza de mi buzón electrónico las adeudo ahora, pero dentro de una semana ya estaré necesitando cuarenta horas más para contestar a las contestaciones o para aportar la radiografía de mi juanete a la memoria aquella que envié incompleta, ya que se requería prueba ósea de mi autoría, según las condiciones de la convocatoria que yo había olvidado.

                Laboriosidad real o grosería patente, ese es el dilema. Tengo algún amigo que cuando se encierra para rematar un trabajo -y lo hace a menudo- puede pasarse hasta una semana sin abrir el correo electrónico o pone en él un mensaje automático de esos de no interrumpa con melonadas, que estoy trabajando y no tengo tiempo que perder. Admirable.

                Que no se me moleste ningún amigo o colega querido y que me sigan escribiendo como quieran, pues siempre me encantará tener noticias suyas y me distraeré un poco mirando lo que cuentan. Pero que tengan comprensión y paciencia, porque es posible que esa semana me haya echado al monte y no dé respuesta, bien porque ande con un ataque de laboriosidad, bien porque esté hablando con alguien delante de un vaso de vino, por ver cómo era eso y si todavía tiene sentido.  

20 junio, 2013

UN PEQUEÑO EJERCICIO DE TEORÍA DEL DERECHO. Sobre formalismos y antiformalismos en la decisión judicial



                Trabajemos con un caso bastante sencillo y que hasta puede servirnos, a los del gremio teórico, para explicar algunas clasificaciones doctrinales a nuestros alumnos. Y que cada uno saque las conclusiones que quiera después de haber entendido cuáles y cómo son las alternativas.

                Pongamos que las normas que componen los reglamentos de los diferentes deportes y que rigen en las competiciones oficiales son normas jurídicas. Porque, en verdad, lo son. Y tomemos la norma del reglamento futbolístico que dispone que el árbitro deberá sancionar con penalti el caso en que dentro del área de un equipo un jugador de campo de dicho equipo toque intencionadamente el balón con la mano durante un lance del juego.

Y propongamos un caso sencillísimamente subsumible bajo esa norma, un caso fácil, en el sentido de que no surgen dudas ni sobre si la norma en su significado es aplicable ni sobre los hechos acontecidos. Juegan el equipo A y el equipo B, que son equipos de primera división. Es el último partido de la liga de ese año y el que pierda descenderá a segunda división. Es más, si pierde A no sólo bajará de categoría, sino que todo el mundo está al tanto de que, en la dificilísima situación económica en la que se encuentra A, es harto probable que hasta desaparezca, por la merma de ingresos por derechos televisivos y otros factores económicos. Para colmo, A es un equipo de gran solera, muy querido por los aficionados al fútbol de todo el país y que en esta campaña está teniendo malísima suerte, pues hasta ha habido ocasiones en que ha perdido por un gol algún partido durante el que los jugadores de A habían estrellado cuatro o cinco balones en el poste o en el larguero de la portería rival. En las últimas diez temporadas siempre se ha llevado A el premio a la deportividad que otorga la Federación. Sus jugadores tienen fama de ser poco menos que unos perfectos  caballeros, en el terreno de juego y fuera de él, y, lo que es más sorprendente, entre sus directivos jamás se ha visto un ladrón ni un estafador ni delincuente alguno de guante blanco.

                En este partido de hoy, tan dramático por sus consecuencias, llega el minuto 89 y están empatados a cero los dos equipos. Pero el dominio de A ha sido abrumador, comparable solamente a su mala fortuna. A ha jugado un partido excelente y B no ha hecho más que defenderse como ha podido. Lo que pasa es que el mal fario sigue haciendo de las suyas y ya van tres tiros al poste de los jugadores de A. Al menos el arbitraje está siendo excelente, imparcial y con todas las decisiones perfectísimamente acordes con el Reglamento.

                Estamos en el minuto 89, sí, y sucede que el defensa central de A, dentro de su  área, corta con la mano, separada del cuerpo y de manera claramente voluntaria, un balón que iba a llegar a un delantero de B y que lo habría dejado en muy buena situación para meter gol. La norma reglamentaria es clara en su prescripción para los casos así y los hechos, tal como han sido contemplados por el árbitro, los jueces de línea y los espectadores, dan lugar a poco debate, al menos entre personas no completamente obnubiladas por la pasión por un equipo u otro. Y aquí viene nuestra pregunta: ¿debe el árbitro sancionar ese penalti o será mejor y más ajustado a Derecho que se haga el sueco o que expresamente diga que eso, bien mirado, ni es panalti ni puede serlo, ya que es de lo más injusto que A salga de ese partido derrotado y hundido?

Hemos dicho que, por un lado, el caso es fácil, dada la claridad de la norma sobre esos hechos y dada la evidencia de los hechos mismos. Pensemos en que estamos nosotros enjuiciando el papel del árbitro en ese encuentro, que tenemos delante lo que el Reglamento señala y que contemplamos una grabación televisiva que poco nos puede hacer dudar de que fue mano intencionada del defensa dentro del área y cortando una clara jugada  para gol. Por ese lado y con una actitud como la que muchos profesores de Derecho o magistrados de altas Cortes llaman formalista, convendremos en que, Reglamento en ristre y de conformidad, pues, con el Derecho, el árbitro pudo y debió sancionar con penalti. Para que no mezclemos los temas y nos ocupemos en esta ocasión nada más que del que nos interesa, repito por enésima vez que no concurren problemas ni de interpretación ni de prueba y que, así, en lo “formal” es un caso muy sencillo.

Mas no dejemos de fijarnos en los argumentos que manejaría un competente antiformalista:
a) El equipo A mereció, sin lugar a dudas, ganar ese partido, pero por ese simple ilícito de una única mano dentro del área, puede perderlo seguramente, ya que pocos penaltis se fallan en el fútbol.
b) El equipo B no ha hecho apenas méritos para vencer en este encuentro, su juego ha sido ramplón y nada más que defensivo, sin calidad ni vigor.
c) Las consecuencias para el que resulte vencido son duras, pues perderá la primera categoría, pero para A son particularmente trágicas, pues casi con toda seguridad desaparecerá, pese a que se trata de un equipo muy honesto y con una ejemplar afición, aunque con muy mala suerte últimamente.
c) B no va a quebrar si baja a segunda y, además, tiene medios de sobra para fichar jugadores y un mejor entrenador y es de esperar que la próxima temporada vuelva a ascender triunfalmente a la categoría de honor.
d) Por si fuera poco, y como las desgracias nunca vienen solas, se sabe que el defensa que tocó con la mano el balón, un tal Agapito, tiene graves problemas depresivos y no sería raro que acabara entrando en una crisis psicológica sin vuelta atrás si le pitan el penalti y se da cuenta de que por ese desliz suyo su equipo se va al traste para siempre.

Vuelvo a preguntar: ¿debe o debería el árbitro tomar en cuenta todas estas razones a la hora de decidir si en este caso pita o no pita penalti? En otras palabras, como juez que es sobre el campo, ¿habrá de aplicar a rajatabla el reglamento, según su leal saber y entender, con absoluta imparcialidad y caiga el equipo que caiga y con las consecuencias que sean? En ocasiones en que es tan palmariamente injusto que un equipo pierda y que gane el otro y cuando las consecuencias para el perdedor son tan catastróficas, ¿no convendría más que los jueces se tentasen la ropa y prescindiesen del frío formalismo, buscando que la justicia no falte del resultado en el caso, aunque para ello haya que saltarse la clara dicción de la norma?

Para evitar que alguno se me quiera salir por la tangente, añado que ese Reglamento del fútbol nadie lo cuestiona, ni en el terreno de la legitimidad o la justicia de sus normas ni en el del rigor técnico. Lo que pasa es que por bien hecho que esté un cuerpo legal, siempre puede surgir un caso en que chirríe moralmente su aplicación, en que nuestra sensibilidad quede algo dañada por las consecuencias de aplicar la norma a los hechos. Es, por ejemplo, lo que les ocurrirá a bastantes jueces al sancionar penalmente a alguno que les parece buena gente, o a otros al decretar que un niño pequeño ha de vivir con el padre o la madre, dadas ciertas circunstancias del otro progenitor, circunstancias legalmente contempladas. Y así en infinidad de casos.

Bien, pues yo no voy ni a resolver ni a opinar y únicamente quiero dejar en el aire unas pocas preguntas y que cada lector amable se las conteste para sus adentros; o aquí mismo, si así le peta.

(i) Piense usted nada más que en el caso del fútbol, tal como se lo he contado. ¿Le parece que el árbitro debe aplicar el Reglamento sin otras consideraciones o cree que conviene que analice más cosas que las que dicho Reglamento menciona y considerar, ante todo, la justicia del resultado a tenor del juego de cada equipo y de las consecuencias para cada uno de ganar o perder? Si lo desea, añada que el equipo B, el llamado a ganar injustísimamente si el penalti se marca, es un equipo con fama de mafioso y que ya debería haber sido expulsado de la liga por los órganos federativos correspondientes, aunque ese tema sí que no es de la competencia directa o formal del árbitro de este partido.
(ii) Si opina usted que en una ocasión como la que glosamos el árbitro debe adoptar una actitud no formalista y evitar las decisiones que lleven a la injusticia, ¿estima que, cuando se le pregunte -si fuera un juez “normal”, diríamos que ya en la sentencia, en la parte de la misma en que el fallo es motivado- hará bien el árbitro en explicitar sus motivos y dar las razones que lo han llevado a excepcionar la aplicación de la norma vigente para el caso, incluso en lo que ésta estaba para el caso bien clara?
(iii) Si usted, al hilo de las preguntas anteriores, se está inclinando por las tesis antiformalistas o de predominio de la justicia de los resultados sobre las frías prescripciones generales de las normas deportivas, medite ahora sobre si está dispuesto a pedir que rija con carácter general ahí ese predominio de la justicia sobre la norma y sus soluciones y si piensa que para el fútbol eso tendría consecuencias mejores o peores. ¿Cuáles de unas y de otras, en su caso?
(iv) Por último, compare ahora la opción que ha preferido para los árbitros de fútbol con la que estaría dispuesto a aplicar para los jueces en general, para los jueces y magistrados que resuelven nuestros asuntos de Derecho penal, civil, laboral, mercantil, fiscal, administrativo, etc., etc. ¿Cree que lo que vale para ese tipo peculiar de jueces que son los árbitros de fútbol -o de baloncesto, o de balonmano…- ha de valer y sirve también para los jueces que sentencian en los litigios jurídicos típicos? Si piensa que no, porque hay diferencias sustanciales, trate de explicarse cuáles serán dichas diferencias. Si cree que sí, reflexione, al fin, sobre en qué tipo de Estado, con qué clase de normas y con cuáles actitudes en los jueces le gustará a usted más vivir. Si lo desea, dele también unas vueltas al concepto de Estado de Derecho y plantéese si tiene algo que ver con lo que estamos hablando o si no se relaciona con ello en modo alguno.

P.D.- Si ya le cogió afición a la meditación jurídica, y puestos a jugar con la analogía arbitral, párese además un rato para preguntarse qué clase de árbitro será algún magistrado del Tribunal Constitucional que nosotros sabemos y de qué manera utilizará el pito para los partidos.